Malvinas. Historia, conflictos, perspectivas - Federico Lorenz - E-Book

Malvinas. Historia, conflictos, perspectivas E-Book

Federico Lorenz

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Arriesgada en sus apuestas y definiciones, la obra de Federico Lorenz fue pionera al propiciar estudios sociohistóricos sobre las islas Malvinas, ampliando las investigaciones más allá de la ocupación británica de 1833, el reclamo diplomático y la guerra de 1982. Fiel a su perspectiva y a partir de su experiencia como historiador, docente y director del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur entre 2016 y 2018, el autor propone revisar los "relatos públicos" sobre las islas a 40 años de la guerra entre Argentina y Gran Bretaña. Analiza las formas en que la definición de una "causa nacional" –la recuperación del archipiélago– limita y condiciona las preguntas que podrían hacerse para un panorama más completo del problema. Con perspicacia, Federico Lorenz relee cronistas olvidados que visitaron las islas, revisa el afán argentino para explicar su historia y recuperarlas, y analiza las consecuencias de la guerra en el continente y en las islas a través de la voz de los isleños, preguntándose por qué no escuchar también lo que ellos tienen para decir. Reflexivo y ameno, el ensayo trabaja con distintas polémicas, una tapa de libro ministerial descartada, las relaciones entre Naturaleza, Geología y Nación, las tensiones entre el conocimiento histórico y el Derecho Internacional, la figura del Gaucho Rivero y la manera en que isleños y argentinos cuentan distintas versiones en sus museos. El resultado es un libro que analiza la historia y los conflictos por Malvinas planteando la posibilidad, más amplia, de revisar los vínculos que algunos relatos han construido entre argentinas y argentinos, así como las barreras que algunas definiciones de pertenencia levantaron en el país y la región.

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Seitenzahl: 254

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice de contenido
Agradecimientos
El rey desnudo a la salida del templo
Prefacio
El Cubo de Rubik y una tapa que no fue
Capas geológicas
La subordinación de la Historia como saber crítico al Derecho Internacional
Juan Carlos Moreno: Gagarin de las Islas
El gaucho entra en la historia
El símbolo
La “Historia completa de las Malvinas”: un libro con vocación fundacional
Las vísperas
Hubo una guerra
El Museo
Sangre y tierra
Ellos
Historia(s) nacional(es)
Epílogo
Bibliografía citada

Malvinas. Historia, conflictos, perspectivas

Lorenz, Federico

Malvinas : historia, conflicto, perspectivas / Federico Lorenz ; prólogo de Julio Vezub. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : SB, 2022.

Libro digital, EPUB - (Tanteando al elefante / Julio Vezub ; 6)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8918-15-0

1. Historia Argentina. 2. Islas Malvinas. 3. Guerra de Malvinas. I. Vezub, Julio, prolog. II. Título.

CDD 997.11

ISBN 978-987-8384-8918-15-0

© Federico Lorenz, 2022 ([email protected])

© Sb editorial, 2021

Piedras 113, 4º 8 - C1070AAC - Ciu­dad Autónoma de Bue­nos Ai­res

Tel.: (+54) (11) 2153-0851- www.editorialsb.com

1ª edi­ción, marzo de 2022

Director general: Andrés C. Telesca ([email protected])

Director de colección: Julio Vezub ([email protected])

Imagen de cubierta: “Encounter of a Sealer with a Sea-Lion, in a Tussac Box”, en una imagen para “The Falklands Islands”, una crónica aparecida en el Illustrated London News en abril de 1856.

A los predicadores solo les gusta su propia voz.

John Berger, Confabulaciones

Qué impertinente era el mundo fuera de su patria portátil.

Pablo De Santis, Hotel Acantilado

Querían que comiéramos

de las miguitas del olvido

Pero no quedan palomas

después de una guerra

Pichones de cóndor desgarrando

las tripas de la verdad

Gustavo Caso Rosendi,

“En El Palomar” (Soldados)

Agradecimientos

Investigar y escribir sobre Malvinas ha sido mi pequeña epopeya personal. Modesta, gris, pero propia y permanente. Las características de esa tarea, junto a otros temas que he investigado, dieron forma a mi trabajo y construyeron mi visión del mundo.

Mi interés por Malvinas me permitió conocer personas generosas, con historias fascinantes, escucha atenta e información precisa. Estudiar sobre las islas me permitió conocerlas y recorrer mi país. Estaré siempre agradecido por eso, por el apoyo y la amistad de muchas personas y por constatar nuestra diversidad. Esas personas me perdonarán que no haga el intento de nombrar a todas, porque cualquier ejercicio en ese sentido sería injusto. Por omisiones de mi memoria, porque a la vez cada gesto debe ser situado en un momento concreto, aunque luego, en ocasiones, cambiaran las cosas. No obstante, al final del recorrido intento que prevalezcan los buenos gestos.

Por este mismo motivo agradezco a los incondicionales, a quienes durante muchos años, a pesar de estar en desacuerdo con mis posturas o decisiones, las respetaron. A quienes leyeron borradores, disintieron, aprobaron, sugirieron, me abrieron sus casas mientras trabajaba o descansaba, porque no hubiera podido nada sin su ayuda. Uno de ellos es mi amigo Julio Vezub, a quien agradezco su minucioso trabajo como editor junto a Andrés Telesca, así como la confianza y el estímulo para que concretara este libro.

Agradezco a mis estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires. Nada como compartir mis días con ellas y ellos para renovar el compromiso con el conocimiento.

Finalmente, agradezco a quienes siempre me acompañaron. A mis hijos Ana, Vera e Iván, y a mi esposa María Inés. Ellos, más que nadie, fueron testigos y compañeros de alegrías y sinsabores hasta hacerlos propios. Es una forma de amor que espero ser capaz de corresponder.

Prólogo

El rey desnudo a la salida del templo

Julio Vezub

Un nuevo libro de Federico Lorenz, ni su autor, necesitan demasiadas presentaciones. Sí advertencias al lector desprevenido sobre obviedades que no son necesariamente evidentes. Lorenz es, qué duda cabe, la figura maldita de la historiografía argentina contemporánea. Su nombre y su intervención, tanto en relación con la historia de las islas Malvinas como del campo de la historia reciente, produce escozor a ambos lados de la grieta política que atraviesa el país en las últimas décadas. Del lado liberal porque se ocupa de problemáticas y sensibilidades que mayormente no interesan o que sería mejor no agitar para no sumarlas a la agenda crítica de la globalidad desde un país periférico. Del lado nacionalista y populista, porque tanto respecto de Malvinas como del análisis de la represión y la dictadura y la violencia de los años setenta sus investigaciones ponen en crisis a las verdades dogmáticas.

El título de la colección en la que incluimos este ensayo debe en buena medida su inspiración a Lorenz: la parábola del elefante, y su enseñanza sobre la imposibilidad de dar cuenta de los fenómenos complejos de la Historia con visiones parciales, me vino a la mente avistando el archipiélago desde el avión que me llevó a Malvinas en 2016 como parte de un proyecto en el que también participó el autor de este libro. No puedo responsabilizarlo de la revelación desde 13.000 pies de altura en esa mañana sin nubes que permitía ver las islas casi completas dibujadas en el océano como en el mapa, alumbramiento casi místico de esos que solo se alcanzan cuando se está de viaje a un lugar especial, pero sí del marco de ideas que motivaron una búsqueda que combinó el trabajo etnográfico con la pesquisa de documentos para indagar el pasado malvinero y patagónico previo a la guerra de 1982: que era perentorio ir al terreno del tuteo con las personas y el registro de sus historias y sus memorias más allá del corsé de los archivos nacionales si verdaderamente se quería indagar algo. Complejidad metodológica y multidimensional que Lorenz ilustra con la imagen del Cubo de Rubik y el relato de la frustrada tapa de libro que se encontrará en uno de los capítulos, que es elocuente de su actitud como historiador, porque por más difícil que sea y más desarmadas que estén las facetas de una problemática es posible reconfigurarla y explicarla.

Entre las cuestiones que Lorenz ha iluminado con sus trabajos, pero que de tan obvias se tornan opacas para quien prefiere la simplificación, es que la historia de las islas Malvinas no debe quedar acotada a los dos hitos del conflicto entre Gran Bretaña y la Argentina, la colonización de 1833 y la guerra de 1982 (“usurpación” y “derrota”), cualquiera sea el tema que se quiera conocer, marítimo y de larga duración, mundial, socioambiental, diplomático o de la vida y las relaciones de sus pobladores, identidades y representaciones.

Otra evidencia marcada a fuego en las publicaciones del autor, que impacta directamente en las discusiones historiográficas: quienes estudiamos Historia en las universidades argentinas durante las últimas décadas nos hemos habituado a pensar que la nación es un invento, el resultado de una construcción y contingencia histórica que no responde a esencias genéticas ni a “capas geológicas”, a la vez que se asume que la disciplina histórica moderna surgió paralela a la emergencia de los Estados nacionales y su legitimación. Hasta aquí el consenso del sentido común académico que, sin embargo, parece olvidarse al pasar de la teoría a la práctica en el caso de los estudios y los pronunciamientos sobre Malvinas, donde es muy difícil siquiera dudar o preguntarse en voz alta cómo es que se fundamenta la nacionalidad de las islas a partir de una historia que se basa en un mito de origen que se data antes de que estuviera conformada la Argentina.

La obra de Lorenz fue pionera al propiciar una nueva corriente de estudios sociohistóricos sobre las islas Malvinas al margen de los abordajes reduccionistas y los apriorismos que achicaban el campo de investigaciones a la ocupación, el reclamo diplomático y la guerra. Sin estar aislada de otras intervenciones que a partir de los años noventa fueron novedosas, la de Lorenz fue la más arriesgada en sus apuestas, itinerarios y definiciones, incluso en sus giros, contradicciones y autocrítica. Esto es lo que hace que sea especialmente atractiva. Si una obra es tomada en su conjunto y no solamente por los libros, artículos y notas periodísticas, sino también por las acciones prácticas, polémicas y políticas, que son las que hacen que el trabajo de investigación, campo y archivo trasciendan, se entenderá mejor el sentido de la interpretación que quiero proponer.

Decisiones que pudieron resultar gravosas para el autor como asumir la dirección del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur entre 2016 y 2018, devenido desde su fundación como templo de la “causa nacional”, y de cómo se la debe honrar, fueron en realidad experiencias que nutrieron sus reflexiones y sus audacias, simultáneas y posteriores. Pasos atrás y adelante que siempre tuvieron como eje una ética profesional e intelectual.

Si se observa el periplo completo, Lorenz fue de los primeros en indagar sobre “las guerras” de Malvinas, proponiendo reconocer los conflictos y enfrentamientos en plural sin solución de continuidad para los protagonistas de 1982. Estuvo entre quienes innovaron en ciencias sociales y humanidades para pensar los problemas de las identidades de los veteranos (no exclusivamente argentinos), pero fue suya la originalidad de vislumbrar que había preguntas que solo se podían resolver o incluso formular en la interlocución con los isleños, despojada de prejuicios y a agenda de conversación abierta. Una propuesta de investigaciones que hoy tiene varias continuaciones entre los y las intelectuales que asumen que para opinar sobre cada problemática hay que conocer en profundidad las diferentes variables y que “Malvinas” no es solamente una cuestión de enfoques ya que el rótulo aloja una pluralidad de temas y problemas, no solamente la soberanía.

Lorenz fue quien prologó Días difíciles en Malvinas, autoría de John Fowler, el director de escuelas al momento de la guerra, quien vislumbra el futuro de las islas como un Estado independiente más de Sudamérica. En la decisión compartida de escribir “Malvinas” en lugar de “Falklands” en la traducción de la edición original al castellano, tanto Lorenz como Fowler muestran la flexibilidad y el tipo de diálogo, de escucha, que hay que propiciar. De aquí se comprende la invitación del autor de este nuevo libro que presentamos a dejar de ver el mundo cómo y desde una trinchera. Para lograrlo él recogerá el hilo de Ariadna reconstruyendo los argumentos y las genealogías históricas de las visiones argentinas sobre Malvinas, recuperando el papel que le cupo en la serie a viajeros o ensayistas de distintas tradiciones ideológicas, como Juan Carlos Moreno, Hipólito Solari Yrigoyen y Martiniano Leguizamón Pondal.

En las visiones quejumbrosas de la enajenación territorial la “identidad nacional” se ha separado imaginariamente del Estado como sistema de dominación y esta es otra de las evidencias que deja al descubierto el libro de Lorenz, separación que la cláusula transitoria de la Constitución Nacional reformada en 1994, instrumento de Estado por excelencia, paradójicamente encubre al plantear la soberanía de las islas como un objetivo permanente al que no se puede renunciar, cuestionar ni dudar, siquiera intelectualmente, como parte del pueblo argentino (Doy fe que el sainete criollo que se cuenta en el capítulo “Sangre y tierra” entre “científicos” y “comentaristas” en unas jornadas organizadas en el Museo fue así, que estuve allí y fui uno de los protagonistas).

Lorenz muestra muy bien las contradicciones de esta y otras constataciones invisibles al nacionalismo, como la fábula del rey desnudo, pero particularmente sensibles para quienes, desde la Patagonia, estamos especialmente atentos a la variedad de metrópolis y colonialismos que se ejercen sobre una región que hasta hace pocas décadas no estaba integrada por provincias sino por “Territorios Nacionales” que habían sido el resultado de la “Conquista del Desierto” (Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur es provincia recién desde 1990). Es en este sentido importante para mí, como director de la colección, que este sea el primer título de temática propiamente patagónica que la integra, más aún porque Malvinas. Historia, conflictos, perspectivas está en la encrucijada global y conectada de los debates sobre el pasado, presente y futuro a los que queremos contribuir.

Prefacio

Cuando cierro los ojos y pienso en Malvinas se superponen distintas imágenes. Me encuentro una vez más ante las trincheras en ruinas de alguno de los cerros que defendieron los soldados argentinos en 1982, y siento la roca fría en la yema de mis dedos, mientras palpo, como una vez lo hice, esas efímeras heridas que los hombres dejaron en las rocas. Otras veces, el sol platea un mar calmo que contemplo desde el faro de Cabo Pembroke y, como un manojo de algas, veo flotar la cabellera de la joven ahogada del City of Philadelphia, el último barco de vela que se engulleron las rocas de esas islas. Evoco libros y apuntes, visitas a bibliotecas, charlas y discusiones, viajes y encuentros en localidades grandes y pequeñas de mi país, dolores atesorados con la fuerza que solo tiene la fe en regresos que se saben imposibles, mi propia y pequeña historia atravesada por la historia de unas islas, como escribió Jorge Luis Borges, “demasiado famosas”. Si la intensidad de la presencia de Malvinas en la cultura política argentina se correspondiera con su tamaño, estaríamos antes un nuevo continente.

Este es un libro que quiere ser la síntesis de un cuarto de siglo de trabajos dedicado a un tema: la historia y las memorias asociadas a las Islas Malvinas. De allí que considero indispensable llamar la atención sobre algunos elementos personales para poner en contexto un trabajo que intenta algo aparentemente ilógico: cerrar una puerta en el mismo acto en el que abre otras.

Llegado a este punto, es evidente que después de veinticinco años de explorar un objeto de estudio en sus diferentes aristas, es razonable que un investigador adopte una posición propia fruto de sus investigaciones. Esto se vuelve más evidente cuando el desarrollo profesional ha coincidido con la inmersión en el objeto de estudio. La advertencia vale porque entonces la mirada del científico está teñida, inevitablemente, de lo personal.

No creo en la objetividad, como no sea aquella basada en el tratamiento honesto de las fuentes y en la explicitación de la propia parcialidad. Tampoco creo en los mandatos sagrados cuando se trata de historiar la experiencia humana. Creo, contra toda evidencia presente, que la razón es emancipatoria, pero que depende también de una ética. Recelo de aquellas acciones tendientes a homogeneizar el pensamiento: “evangelizar”, “argentinizar”, “malvinizar”, son conceptos que se han traducido en radicalizaciones empobrecedoras del pensamiento tan simplificadoras como agresivas Es curioso cómo la denuncia de la situación colonial en Malvinas se ha transformado en el gesto colonial, por antonomasia: marcarle al otro lo que debe pensar y ser, y clasificarlo a partir de eso.

Cuando comencé a trabajar este tema, hacia 1995, trabajaba en un desierto, a no ser por los trabajos pioneros de la antropóloga Rosana Guber. A nadie parecía importarle Malvinas como no fuera a los integrantes de la Cancillería, siempre celosos de su trabajo y sus secretos, a los veteranos de guerra y a sus deudos (muchas veces enfrentados en forma irreconciliable entre ellos), a las silenciadas ciudades patagónicas que habían vivido la guerra como algo más intenso y propio que “el Norte” y a las maestras que cada 2 de abril tenían que preparar algunas palabras y organizar un acto. No parecía importarle a mucha gente más, sobre todo quienes, como quien esto escribe, en esa época conformaban el campo de lo que se llama “historia reciente”. En aquellos años –todavía hoy– los sucesos de la guerra de 1982 parecían separados de manera estanca de la historia de este país en ese mismo año, en los de la posguerra, hoy. Afortunadamente este panorama está cambiando, por lo menos en la cantidad de investigadores que abordan el tema. No necesariamente, me parece, en la renovación de las preguntas y perspectivas sobre un tema íntimamente ligado a nuestras representaciones como nación.

Pisé por primera vez Malvinas más de diez años después de mis primeras entrevistas con veteranos de guerra, y solo uno después de la publicación de mi primer libro de importancia sobre el tema, Las guerras por Malvinas. El contacto con el terreno y con sus habitantes fue una conmoción conceptual y emotiva que incidió notablemente en mi mirada sobre la cuestión, forzándome, por honestidad intelectual y ante la evidencia, a hacerme nuevas preguntas, que tanto ampliaron el marco temporal de mis trabajos como debilitaron numerosas asunciones a priori. Hasta la fecha visité el archipiélago en tres ocasiones: en 2007, 2013 y 2019, pero no puedo decir que conozco las Islas Malvinas. Apenas he estado Port Stanley, que los argentinos llaman Puerto Argentino luego de que otros argentinos, fugazmente, lo bautizaran Puerto Rivero. Recorrí los cerros que lo rodean, estuve en Goose Green, en Darwin y en el Cementerio de Guerra Argentino allí emplazado. Visité Fitz Roy, el Cabo Pembroke, Gipsy Cove, Bertha´s Beach y, sólo desde sus orillas, el Estrecho de San Carlos. No, no conozco lo suficiente las Malvinas, pero he estado allí, “en el campo”, en ese lugar cuyo nombre millones de mis compatriotas pronuncian como un santo y seña. Y desde la primera vez que fui, mi pensamiento no fue el mismo.

Entre 2016 y 2018 dirigí el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, un museo nacional argentino dedicado a la causa por la recuperación de las islas. La materialización en la capital porteña de la Argentina de las islas irredentas. Es la experiencia profesional y personal más ingrata que hasta ahora he vivido, probablemente porque en contadas ocasiones me enfoqué con tanta fuerza en una tarea y seguramente muchas de estas reflexiones están teñidas por el sabor amargo de esos años en los que verifiqué la enorme brecha entre la tarea del científico y la del político.

Mi formación de base es la de profesor de Historia y siempre concebí la tarea del investigador como ineludiblemente asociada a la divulgación y a la polémica, nunca a la catequización. Ni escribo ni actúo para sectas ni para círculos cerrados, y creo que es nuestra obligación que nuestras manifestaciones sean comprensibles y claras, así como honestas intelectualmente. Me formé en el sistema público, soy investigador del CONICET, la divulgación es el mínimo acto de devolución de todo lo que una sociedad pauperizada como la nuestra me permitió hacer.

A cuarenta años de la guerra de 1982 mi trabajo se esfuerza, una vez más, por encontrarle un sentido al sacrificio de tantas vidas. No me refiero a aquellos que se enuncian, y que llevaron a la muerte a tantas personas a partir de un sistema de valores de época, sino al que encarna en quienes sobrevivimos, que recibirán los más jóvenes y que nos obliga a pensar en un país mejor que el que envió a sus soldados a combatir. No es un libro de homenaje, sino de compromiso con su recuerdo.

Yo quería que el primer libro que publicara sobre Malvinas se llamara “Archipiélagos de la memoria”. Me parecía un título poderoso y polisémico. Era una alusión clara a esos territorios en disputa. Reenviaba a la tierra bajo la que yacen decenas de compatriotas, a las aguas heladas donde descansan para siempre otros tantos. Pero, sobre todo, remitía directamente a la idea de que si bien hablamos de una “causa nacional”, la urgencia de pensar los matices de un tema ribeteado por lo sagrado se vuelve cada vez más evidente. Con el paso del tiempo constaté de distintas formas que esas memorias en fragmentos son otras tantas islas Escilas y Caribdis; quien surque esas aguas deberá estar atento como quien navega entre hielos flotantes, a riesgos de chocar de forma inesperada con un bloque letal.

Este libro toma algunas de esas peligrosas islas a la deriva como emergentes para pensar algunos temas asociados a Malvinas que pueden ser otras tantas preguntas y seguramente muchas otras. Se asume uno más de esos fragmentos y defiende la potencia de aquella primera imagen: un nombre que une piezas de historia, fragmentos de discursos y experiencias, debe ser situado históricamente, pensado, vuelto a enunciar con otros significados, para de ese modo pasar de la melancolía dañina a la proyección poderosa de imaginar nuestros objetos históricos de otra manera y, en consecuencia, un futuro diferente también. Eso no implica que sea un libro optimista, pero sí que es un texto de intervención que trata de materializar lo que entiendo que es pensar históricamente: interrogar desde el presente el pasado, en sus múltiples aristas, tanto las amables como aquellas cortantes o insatisfactorias, para imaginar un futuro. Asumir los cambios que el propio pensamiento experimenta en ese proceso.

En el Prefacio a “Mahoma y Carlomagno”, de Henri Pirenne, su hijo Jacques dice que “la última obra escrita por mi padre encierra sus pensamientos más vivos, más atrevidos, más jóvenes”, los que bullían en su cerebro en víspera de su muerte”.1 Ese libro es, como sabemos, una obra de síntesis, y al releerlo hace muy poco mientras preparaba una clase para mis estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires, entendí que me representaban a la hora de encarar la versión final del trabajo que van a leer. Pretendo que este sea un libro que reúna mis intereses en torno a Malvinas, en un ejercicio que también es de introspección y autocrítica profesional y no quería que lo orientaran ni el desengaño, ni el rencor, ni cierto desencanto, sino precisamente el atrevimiento intelectual, la imaginación de hojas de ruta y puntos de encuentro, una tarea siempre desafiante y vital.

1 Henri Pirenne, Mahoma y Carlomagno, Barcelona, Alianza Editorial, 2019, pág. 13.

El Cubo de Rubik y una tapa que no fue

Una rápida búsqueda en Internet arroja un número impresionante y un imposible: una persona necesitaría 1.400 billones de años, calculando un segundo por giro, para realizar todas las combinaciones posibles del Cubo de Rubik, que son 43.252.003.274.489.856.000.

Ni siquiera puedo leer correctamente el número, pero creo que cuando pensamos en esa imagen para la tapa de un libro sobre Malvinas destinado a las escuelas, allá por 2010, como una propuesta del Programa Educación y Memoria del Ministerio de Educación de la Nación, habíamos dado en el clavo. El libro, que se titula Pensar Malvinas, ofrecía una selección de fuentes y actividades para trabajar el tema en las escuelas argentinas. Creíamos que el cubo mágico era la imagen perfecta para mostrar tanto la complejidad del tema como los múltiples abordajes posibles (aunque estoy seguro de que ninguno de quienes integrábamos el equipo imaginó entonces una cifra de combinaciones tan grande, ni la imposibilidad, en una vida humana, de resolverlas).2

Hace poco le pedí a mi hija Vera, que es muy habilidosa con ese juego en sus distintas formas, que me explicara en qué consiste. Me contó que el cubo de Rubik (creado en 1974) es un rompecabezas de ingenio en tres dimensiones. “Es muy importante entender esto último ya que en eso se basa su dificultad. Todos en un principio lo pensamos como un cuadrado”, me dijo.

Yo aprendí a llamarlo así, “de Rubik”, gracias a ella. Para mí, generacionalmente, pero también por mi perenne incapacidad e impaciencia para resolverlo, siempre fue “mágico”. Prosigue Vera: “probablemente alguna vez hayas tenido uno en tus manos y te hayas cansado de girarlo sin llegar a completarlo. Ultra atractivo por sus colores y curioso por su mecánica, este puzzle propone mucho más que su resolución. Para quien no lo conozca, sus seis caras están atravesadas por dos cortes verticales y dos horizontales, formando nueve cuadraditos. Cada una lleva un color y la obtención de los seis de manera uniforme en simultáneo determina la resolución del rompecabezas […] No hay forma de no resolverlo, le des los giros que le des, lo compliques como lo compliques, siempre lo resolverán los mismos movimientos”.

Los aficionados al Cubo inventaron distintas formas de competencia: por tiempo, para realizar determinados patrones de dibujo, etc. Lo que es cierto es que es difícil que, si alguien nos pone un cubo mágico a nuestro alcance, no tendamos a tomarlo y darle unas vueltas. Concluye mi hija: “Aunque no se llegue a ningún lado o se llegue por milésima vez al mismo, siempre llama la atención”.

Tan pero tan parecido a las Malvinas para los argentinos. Sin tener toda esa información, creo que aquella propuesta de tapa para un libro destinado a la educación sobre las islas era acertada. Y sin embargo, no prosperó. El diseño final aplanó el rompecabezas: con un paisaje malvinense como fondo, al costado de una ruta que se perdía hacia el horizonte (tomada durante mi primer viaje a las islas), un pizarrón, plantado como un estandarte, tenía firmemente escrito en tiza: “Las Malvinas son argentinas”. Al estilo de los conquistadores que tomaban posesión, la fotografía expresaba una concepción de la educación como transmisora de verdades, en ese pizarrón que parecía el rollo de justicia que acostumbramos a ver en las viejas punturas de las tomas de posesión.

Tierra, educación, una guerra de por medio: mandatos que han condicionado nuestro pensamiento mucho más de lo que lo han liberado para buscarle variantes, soluciones a ese rompecabezas multidimensional que son las Malvinas para los argentinos. Como resultado, la realidad simplificada en una consigna, tan sencilla como movilizadora, tan eficaz como limitante al pensamiento crítico.

Creo que las Malvinas son nuestro Cubo de Rubik: tentadoras, convocantes, adictivas. Con millones de variantes posibles, pero sin dejar de ser un desafío que se puede resolver aunque sea de muy difícil solución. El problema es que para eso no hay una única manera, ni lo puede hacer una sola persona. En principio, para ser resuelta, la prueba tiene que dejar de ser chata; la pregunta tiene que ser más que una, o por lo menos una que admita múltiples respuestas. Debe permitir el ensayo de combinaciones (preguntas); tantas como la curiosidad y el pensamiento crítico nos permitan hacer. Tantas como podamos, aunque nos disgusten. Llamar “mágico” al cubo de Rubik es una claudicación de la inteligencia. El pensamiento mágico aplicado a las Islas Malvinas, también.

Supe hace poco, gracias a las investigaciones de la historiadora Florencia Gándara, que al final de la guerra el gobierno militar destinó, entre otros elementos, una partida de cubos mágicos para los soldados que recién volvían de Malvinas, internados en Campo de Mayo.

La imagen de un combatiente sobreviviente de los bombardeos probando las combinaciones entre sus manos, él mismo una de las caras del cubo con el que juega, es una reivindicación de aquella tapa que no fue y de la necesidad de pensar ese tema tan profundamente arraigado en la cultura y la política argentina de otras maneras.

“Las Malvinas fueron, son y serán argentinas”. Esa consigna devino en axioma y el axioma en una tautología: en una afirmación obvia y redundante, que se demuestra por sí misma. En consecuencia, la investigación se reducirá a acumular evidencia que redunda en lo evidente: la argentinidad de las islas. Puesto que las islas son argentinas, en un mundo argentino ideal todas las producciones de intelectuales de esa nacionalidad confluirán en reforzar esa idea, en aportar elementos para fortalecer el dictum. Es un robusto sistema de ideas que, por un lado, no presenta salidas a su lógica interna y, al mismo tiempo, pone límites concretos a lo que se puede decir o no sobre un tema. Es esencialista, fruto de un largo arraigo de un nacionalismo territorial constitutivo del Estado moderno, que vio en él un instrumento para unir una nación de inmigrantes y que construyó en el Sur (e impuso a sangre y fuego) como promesa de realización nacional (y encarada en trayectorias de vida individuales, personal).

Esa creencia ha encarnado con la fuerza del sentido común por dos vías: la construcción de una causa nacional (a partir de iniciativas públicas, conmemoraciones, la apropiación por parte de distintas fuerzas políticas) y la conmemoración de una guerra y vidas perdidas, que refuerza ese compromiso. “Causa” y “guerra” se retroalimentan y potencian para sellar, como aquellos viejos conjuros en las tumbas de los faraones, la posibilidad de discutir. La guerra se justifica por sus causas históricas (a lo sumo, se discuten sus condiciones) y cuestionarla sería impugnar las memorias de los muertos: su origen es sagrado en tanto miles de argentinos combatieron en defensa de un fragmento del territorio nacional usurpado (al que habían tomado por asalto antes).

Así, quien somete a la crítica histórica la posición oficial argentina, ofende la memoria de los caídos; quien discute el conflicto diplomático, pone en duda los derechos argentinos. Por supuesto que hay matices entre ambos extremos de este segmento conceptual, pero lo que es imposible es salirse de los límites que marcan. En algunos casos, se puede transformar en una prisión en jaula de oro que desnaturaliza el trabajo del científico: se puede publicar, dar conferencias, sin salirse de los límites de lo políticamente correcto. En el campo político, se puede llegar a ser sacerdote del culto laico de la causa por la recuperación de Malvinas, un pasaporte abierto para recorrer el mundo en defensa (retórica) de los intereses nacionales. Es suficiente con hablar para la propia tribuna, en un campo de juego donde intelectualmente jugamos contra nosotros mismos. Si a finales del siglo XIX y comienzos del XX la “patria” era la religión laica de los Estados modernos, “Malvinas” es la particular forma argentina de la prolongación de ese culto en el Tercer Milenio.

Así, el dictumde la argentinidad de Malvinas se transforma en dogma y se naturaliza; se convierte en transversal a las distintas fuerzas políticas y conforma un sentido común que se refuerza con el paso del tiempo. La premisa del investigador debería ser desnaturalizarlo, pero lo cierto es que esto se revela difícil y costoso pues las agendas políticas y diplomáticas, rituales y repetitivas, colonizan el pensamiento científico, cuya función es la de extender el conocimiento. En el caso más leve, el resultado es la falta de imaginación.

Pensar la posición argentina en relación con Malvinas y la relación de este país con el archipiélago es, entre muchas cosas, un anacronismo tan añejo como el colonialismo que denuncia oficialmente todos los años ante la ONU. Pero esa línea de pensamiento tiene la fuerza de las causas sagradas y la emotividad de la lucha del débil contra el fuerte. Curioso, pues como desarrollaré más adelante, anida en una visión hiperbólica de lo que se esperaba que la Argentina fuera acuñada por la élite dirigente desde 1880 y reforzada a lo largo del siglo XX.

No todos los conflictos territoriales entre naciones se resuelven por la guerra; pero para que una guerra se produzca se requiere de un relato histórico que la justifique y alimente con motivos y referentes para que la sociedad movilizada llegue adecuadamente dispuesta a ella. Un ejemplo del primero de los casos fueron las disputas limítrofes entre Argentina y Chile, el ejemplo por antonomasia del segundo es la guerra de Malvinas.

2 El libro puede descargarse en http://educacionymemoria.educ.ar/secundaria/wp-content/uploads/2011/01/pensar_malvinas.pdf