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He aquí la novela que corrige las versiones bastardas de la historia de La Moragas (1896-1936), actriz destacada del teatro español del primer tercio del siglo pasado. Javier Pérez Bazo restituye la verdad de quien, después de un brevísimo matrimonio con el célebre torero mexicano Rodolfo Gaona, mereció los favores de Alfonso XIII al despuntar los años veinte, convirtiéndose en su consejera política y madre de dos bastardos nunca por él reconocidos. Retirada de los escenarios y aún por nacer el segundo, Leandro Ruiz Moragas, la actriz decidió abrir su alcoba al escritor y crítico teatral Juan Chabás, crear con él una compañía, y mudar sus afanes monárquicos por el fervor republicano.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
narrativa izana
JAVIER PÉREZ BAZO
Narrativa izanaColección dirigida por Justo Sorelo © JAVIER PÉREZ BAZO, 2015 © Diseño de cubierta: LARA BOTO © Fotografía de cubierta: ANTONIO CALVACHE © AMBAMAR DEVELOPMENT S.L., 2015www.izanaeditores.com Avenida de Machupichu, 17-3 28043 MADRID Tel.: 913880040 e-mail: [email protected] ISBN: 9788494522123 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares. salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra iurunoconlicencía.com: 91 702 1970 I
A mis lectores, exceptuado Leandro Ruiz Moragas, hijo de La Borbona, bastardo fabulador que de sus padres desmerece. A quienes tanto debo y lo saben. A mi nieta, aún sin nombre.
Llevadme por piedad a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad!, ¡tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas! GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
Al poco de nacer, todos los gatos de Chamartín de la Rosa parecían celebrarlo con ronroneos hasta bien entrada la madrugada. La abuela debió sonreír pícara identificando aquella algarabía con un buen augurio. Pero no pudo suponer entonces que tiempo después volvería la tristeza de un otoño anochecido, esa que enferma y casi asfixia cuando se padecen las fiebres de la traición y comienza a verse más claro en el delirio. Apenas separada y recién cumplidos los veintiún años, perdida entre las querencias irrepetibles, resultaba conveniente franquear el paso al tiempo y dirigir los amores azarosos al olvido. Porque era demasiado bonita, sí, y aún muy capaz de imantar los deseos de los varones hasta hacerles perder el sentido persiguiendo la fragancia de canela y clavo.
Aquella fui yo. Me recuerdo rubia de corta melena, los ojos grandes casi verde oliva, blanquita como las azucenas. Solía pintarme con carmín del color de las cerezas, amaranto en ocasiones, las uñas siempre escarlata, como las de los pies, y me cuidaba con obsesión los dientes. Durante un tiempo me acomplejé por los pechos, pues crecían muy despacio y con pezones abultados. Era grandota, con cintura frágil, aún más espigada cuando me encaramaba a los zapatos mary janes del treinta y ocho; atrevida en la falda y el escote si acaso, irresistible al cloché reboux de fieltro, alicorto, ligeramente vencido sobre la sien derecha a lo Lucy Hamar. Durante nuestras tardes de té y de complicidad cada último sábado de mes en una cafetería del centro, mis amigas decían envidiar los altos tobillos y unas piernas como las mías, largas como las confidencias de alcoba. Seguro que al igual que la mayor parte de jóvenes, soñaría con casarme pronto y presumir del éxito de célebre bailarina o primera actriz en un teatro. E incluso llegar a tener una compañía en propiedad. En cierto modo yo vi muy temprano consumados esos anhelos, aunque mi matrimonio durase lo que un mal vahído y la buena ventura estuviera conduciéndome todavía por los sinuosos escenarios del teatro y del destino.
Pues sí, me casé con Rodolfo. Y sin comerlo ni beberlo comencé a sufrir como un alma en pena. Fueron excesivas sus ausencias y mucha la respiración contenida, tanto vivir a su modo mientras larguísimos insomnios me impedían apaciguar la memoria. Sabía que iba a resultar difícil borrar de un plumazo a mi indio grande, el mismo que me condujo el lado oculto de los besos, con quien dejé de ser doncella al segundo intento un viernes antes de la medianoche, festividad de la Inmaculada Concepción, en el hotel Miraflores de Lima.
Después mi entendimiento y yo urdimos otra locura.
Merecí los favores de un rey, que me preñó dos veces y a quien intenté sin éxito hacer solo mío. Fui la amante de turno, la favorita real, la ramera oficial, la puticómica, o todo al mismo tiempo, según las voces y los ecos. Ahora reconozco que quizás no aprendí a quererle a su manera, ni supe que el amor en Palacio sería eterno mientras aguantaran frescos los surcos de mis uñas en su espalda, que revivirían los lances de la pasión y luego el del dolor cicatrizando. Hubo mil razones para acabar con lo que fue la relación furtiva nuestra, sin luz de día ni esperanza, con aquella cosa de amoríos cuyo rostro el tiempo había ajado laceradamente, pero a la que sin embargo debo dos hijos y mucha felicidad. Ya se sabe, la nostalgia le hace a una anidar ciertas cosillas en el corazón, ilusiones que siembran mentiras que, de tanto repetirse, crecen con la firmeza de las verdades imposibles. Nadie puede imaginar cuánto me hubiera gustado estar en su palacio, si no para dilatar una noche en las alcobas reales, al menos para perderme paseando los atardeceres de abril entre el olor de las magnolias del Campo del Moro. Mas no pudo ser. Ni quise que fuera.
Y casi acabado todo, se impuso con gran calma un desdén por lo que hubo a la vuelta de la esquina de sus caprichos o, si se prefiere, construí una reprobación interior cada vez más quejumbrosa por renunciar hasta de mí misma. El rey conoció la verdadera dimensión de mi entrega, cómplice y discreta durante nuestros encuentros públicos, atenta a las inquietudes de la corona y a los muchos asuntos de alta gobernanza que Alfonso sometía a mi juicio en tardes sin prisas. Jamás pudo dudar de mi abnegación de sierva entre las siervas, cuánto y de qué manera fui súbdita de sus lágrimas y de sus fantasías verbales en el lecho, cómo abdiqué de mis convicciones y sumisa enamorada renuncié a ser yo misma entre las sábanas de seda negra que tanto le excitaban. A cambio me hizo madre y me colmó de ingratitudes. Por eso la atracción que me abandonaba siempre entre sus brazos fue convirtiéndose en malaventura por sus variadas traiciones, que la gente colgaba de los rumores, y por las mías, cada vez más frecuentes, urdidas en silencio con otro hombre. Hasta que llegaron a sus oídos las certezas y decidí confesarle cuanto ocurrió una noche de mayo después de su visita. Porque me iba sintiendo enamorada por una palabra hecha caricia, por un nuevo vértigo que asomaba encaprichada al horizonte, por un hombre con quien por fin podía imaginar la claridad más insolente de la primavera urgiéndome a amar hasta el vicio del querer sin límite. Ni siquiera se apercibió de que en ese momento estaba amamantando a nuestro segundo hijo, apenas le importaron mis educadas maneras con las que le suplicaba que bajara la voz y que no me insultase más, únicamente preguntaba sin cesar si acaso había compartido sus besos con los suyos. Asentí. Entonces no le oculté la largueza de tantas noches que se sucedieron junto a Juan, ni que era crítico y poeta, ni que había conseguido recuperar mi ansia de triunfar en los escenarios.
Siempre he tenido la premonición de que moriré joven, a los treinta y pocos, y por ahora no hay nadie quien pueda contradecirme. Fue un temor irreprimible de niña, que jamás averigüé de dónde me salía a bocanadas siempre que al acostarme notaba la cama fría. Esta idea premonitoria anduvo torturándome inmisericorde después de la separación conyugal que pacté con mis creencias; ni tan siquiera la recuperada libertad ni los requiebros que escuchaba en los cafés de moda ni los sueños recobrados contribuyeron a quitármela de encima, contrariamente al augurio de la tía María, la hermana mayor de mi padre, quien prediciendo que iba a ser yo mujer de varios enamoramientos advertía, en cada novio que le presentaba, mi corto amor y larga vida.
A menudo me figuraba cómo me verían las gentes allegadas si yo de pronto desapareciera de este mundo. Podría establecer entonces una gradación de los afectos y del amor que me profesaron. Pero, sobre todo, sabría qué harían sin mí, o cuánto tiempo les duraría mi recuerdo, o, mejor, quién me echaría verdaderamente en falta de por vida. He de decir que alguna vez he sufrido con la posibilidad contraria, con la muerte de personas cercanas y familiares, con quienes compartí los meandros más importantes de mi existencia. Y cuando esto ocurre, horrorizada soy incapaz de echar a un lado el pánico a perderlos para siempre. Entonces, trato por todos los medios de engañarme pensando en irrealidades e imposibles, aplicando apósitos, remedios caseros e infalibles propósitos a la mente, pero sin éxito: porque me sobraría vida y media si perdiera a mis hijos. Y si Juan se alejara de mí. Algo parecido a aquella premonición siento últimamente dentro de mí y, sin embargo, distinto al mismo tiempo, algo mucho más que un presentimiento, una especie de inminencia que me apremia para vivir con más ahínco, un revoltijo de miedos y ganas de tragar en la garganta como si todo fuera a acabarse pronto sin dar al traste con aquella profecía mía de cuando era niña.
Tal vez sólo por esto escriba sobre los vaivenes de adentro y acerca de los logros y tropezones de mi existencia artística. Lo hago porque me han ocurrido muchas cosas gratas y algún que otro desgarro por infortunio o maltrato en los afectos. Hasta hoy tuve suficientes horas para hablar conmigo misma de cómo tentó la suerte al corazón, pero quizás ya no haya tantas para contarlo antes de lo que venga y el destino disponga.
Con el paso de los años llegó a comprender que teatrera no sólo significaba gesticular el dolor tras los sopapos de la maestra de novicias, sino también que la rubita de bucles apuntaba maneras en los recitados de la festividad de santa Magdalena Sofía. En cambio, nunca logró saber sobre qué fundamento pudo basarse sor Purificación cuando predijo que tendría una boda como siempre había imaginado, célebre y rumbosa. Instruida por deseo paterno con las religiosas del Sagrado Corazón del barrio madrileño de Chamartín, memorizó las normas de urbanidad y del recato. Hablaba francés sin deje y se defendía en inglés. De dónde le viniera el gusto por la declamación y ese sin parar nunca quieta, ni ella misma lo sabía.
—Ni una pizca de rebeldía le falta a esta niña —se escuchó decir a la abuela—; es el vivito retrato de su abuelo, que fue para actor y lamentablemente terminó de picapleitos.
—Porque los amores, madre, se le cruzaron en el camino, que por algo estoy yo aquí, ¿no? —se apresuró a apostillar con retranca Mercedes.
María del Carmen Marina había nacido a las doce y cinco de la madrugada del viernes 10 de septiembre de 1896 en la calle Zurbano, número 4, 4 bajo. Era hija natural de Leandro Antolín Ruiz Martínez, malagueño de Cortes de la Frontera, casado, médico y abogado de Almadén, que había sido gobernador civil durante la Regencia, y de María de las Mercedes Moragas Pareja, soltera, mayor de edad y natural de Málaga. Con 21 años, el 24 de septiembre de 1917, fue legitimada por matrimonio canónico en la iglesia parroquial de Santa Bárbara. Aún niña, la familia viajaba con frecuencia a Granada. Allí vivió siempre Natalio Rivas, presidente de la Diputación, a quien aquella jovencita de ensortijada miel en el pelo y ojos de mar adentro, como él decía, llamaba padrino. Historiador y literato, abogado con bufete en el número 13 del Paseo de los tristes, frente a la Alhambra, don Natalio se afilió al Partido Liberal de Segismundo Moret, ocupó un puesto de importante responsabilidad en la Presidencia del Gobierno y llegó a ministro de Instrucción Pública. Nunca levantó la voz para hablar de política en reuniones de familia ni en banquetes de amistad, lo hacía por lo bajines, cuerpo a cuerpo y con parsimonia para mejor marcar a fuego sus ideas. A la monarquía que no se la tocaran y que el rey, su amigo, fuera siempre sordo a los chascarrillos sobre sus devaneos y ciertas visitas a alcobas de hotel o de Palacio. A batallas de amor, campos de pluma, solía apostillar don Natalio sin entender demasiado por qué lo decía.
Debía su prestancia al padre, ciertas maneras de expresarse con las manos y esa fea manía de golpear intermitentemente con el brazo el de la persona con quien conversaba. La cabezonería y el ofuscamiento eran, según decía su madre, los de la abuela Carmina. La edad la fue haciendo testaruda y dócil según soplara la brisa del interés o del cariño; candeal para los de casa, dadivosa y tiquismiquis para el resto conforme cuadrara, de extrema rectitud o tolerante a la luz de los hechos, rencorosa a la vez que indulgente. Y golosa hasta el exceso. Se pirraba por el marisco con huevo hilado, las frutas escarchadas, los buñuelos de viento, las trufas de La Mallorquina, el marron glacé y los pestiños con canela en rama. Nunca supo de dónde le venía esa querencia suya hacia la interpretación.
Con la abuela Carmina mantuvo una gran complicidad hasta sus últimos días en el manicomio San Juan de Dios, en Ciempozuelos. Hecha una pavesa, allí fue olvidándose de los nombres y gritaba con dolor una retahíla de apodos algunos amaneceres. Habían sido confidentes contándose amoríos ocultos, pero jamás consiguió sonsacarle lo que en verdad tuvo con Pablo Herráiz, aquel pretendiente suyo de juventud, célebre banderillero de la cuadrilla de Curro Cúchares, virtuoso a la hora de parear los garapullos al quiebro y los pies muy juntos.
Fue Carmina Pareja quien intercedió ante la familia para que la niña ingresara como meritoria, sin sueldo, en la compañía que en el teatro madrileño de la Princesa tenía doña María Guerrero, interesada por la joven a instancias de la actriz María Álvarez Tubau. La avalaba la excelente prestación en los ejercicios de fin de carrera en el Conservatorio, para los que le había preparado su profesor Enrique Sánchez de León y en los que obtuvo por unanimidad un diploma de honor que se concedía por vez primera. Sin duda también contó lo suyo la recomendación que de su propio puño y letra Natalio Rivas escribió a su amigo Tomás Bretón y al crítico y musicólogo Cecilio de Roda.
—Merchi, no permitamos que lo mejor deje de ser bueno —sentenció la abuela, provocadora más por el intrincado aforismo que por el ruego—. Hay que tener la audacia de los tiempos que corren.
A mediados de enero de 1913, Manuel Linares Rivas estrenaba en el Teatro de la Princesa la comedia en tres actos Doña Desdenes, representada en la temporada anterior con extraordinario éxito. La prensa anunció que Conchita Ruiz, en el papel de Pepita ]iménez, había sido sustituida por una señorita de familia distinguidísima, de elegante figura y verdadera vocación artística. Carmen Ruiz Moragas estuvo medio ausente mientras los aplausos del público festejaban el saludo de los actores en el escenario. Hubieron de salir cuatro o cinco veces a los bises, ella parecía asomada a un vacío que iba llenando con trozos de memoria, buscando entre la niebla de lo imposible a sor Purificación y a la abuela Carmina en la primera fila.
La alegría que la encaminaba a los ensayos, las risas entre amigas, las tardes a solas aprendiendo las réplicas y la vuelta feliz a casa después de la función de noche, eran la mejor excusa para su contento según pasaban los meses. Después de una gira por varias ciudades españolas —en Oviedo y Salamanca hubo lleno—, la compañía Guerrero-Díaz de Mendoza inauguraba, mediado noviembre, la temporada en la capital con el drama fantástico-religioso en verso de Eduardo Marquina El retablo de Agrellano, un canto en tres actos. Entre las jóvenes actrices la crítica teatral destacaba a María Fernanda Ladrón de Guevara y a Carmen, quien se desenvolvía pletórica de juventud encarnando el personaje de Escarpina.
Después llegaron otros estrenos y el gran éxito de Jacinto Benavente con La malquerida. El12 de diciembre de 1913 en el Princesa. Carmen, la moza Milagros, presintió por vez primera la gloria en el teatro algunas semanas antes del estreno, cuando terminó de leer el texto. Benavente hacía que mataran a Faustino y que Norberto también muriera después de prometerse con la hija de Raimunda, la Acacia, amante pasional de su padrastro Esteban... La obra quitó hierro y penas al hecho de que El audaz, triste adaptación escénica de la novela de don Benito Pérez Galdós, únicamente hubiera alcanzado diez representaciones aquel mismo mes de diciembre. Sus protagonistas habían sido Carmen Ruiz Moragas y Ricardo Calvo.
Con gran algarabía entraban las mujeres, las mozas y la Acacia. Entonces Raimunda, como le daba un no sé qué de verla tan parada, mandó a Milagros que anduviera abajo con Acacia y los mozos. Y Milagros, que por fin hablaba, salió obediente. Con el permiso de ustedes, dijo.
Estuvo zascandileando a lo largo del primer acto hasta que un ruido ronco no fue alguna puerta que habrían cerrado de golpe, sino el tiro de escopeta que mató a Faustino a la salida del pueblo. ¡No quiero decírtelo, no quiero decírtelo!, Milagros se resistía a decírselo a la Acacia. Carmen no volvió a salir al escenario. Y desprendiéndose luego de su indumentaria en el camerino compartido con su amiga María Fernanda, se quedaba desnuda frente a los ensueños.
De pronto reparó en que cuando murió la abuela estaba miedosa la noche; sin luna y sin estrellas, llenando todo de mucha pena. Recordaba que Carmina Pareja dejaba a su hija Mercedes buenos caudales más el piso de la calle Lagasca, número 117, y a su nieta todas las alhajas para el ajuar, tres pañuelos que el banderillero le trajo de Toledo con las letras PH bordadas por las monjas, una libreta de refranes y poemas manuscritos, un escapulario con lentejuelas y una foto color sepia en la que había salido muy guapa y desde la cual, según quedaba precisado, acompañaría a su Carmela en esos días de febrero en los que se mete un frío canalla en el corazón.
Carmen apuntaba maneras. Los gestos precisos, una voz bien modulada que le daba mayor prestancia y aquella juventud suya con ansia de rápido renombre, iban propiciándole cada vez más confianza en el escenario. Las noches del Teatro de la Princesa y los papeles secundarios fueron curtiéndola. Fue la Calorosa en una obra de los Quintero, Elvira en El Gran Capitán de Marquina. Se abrigaba con los consejos de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. Se hizo amiga inseparable de María Fernanda Ladrón de Guevara, María Cancio y Ricardo Calvo. Era la niña de los ojos de don Jacinto.
El día 15 de mayo de 1916, la compañía estrenó Clitemnestra, de Ambrosio Carrión, en presencia de los reyes. Sin duda alguna, aquella fue la noche en la que Alfonso XIII intercambió por vez primera algunas palabras con Carmen. Que su juvenil belleza suscitara el inmediato interés de un hombre dado a mujeres como el monarca es bastante probable, igualmente que alguien le precaviera de una relación de la actriz muy comentada en los mentideros madrileños.
Recién llegado a Palacio supo que la relación se llamaba Rodolfo Gaona y Jiménez, nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, Estado de Guanajuato. Mexicano. Había llegado a España en 1908 precedido por la fama de excelente diestro, desde su debut en la plaza del Distrito Federal tres años antes. Las crónicas contaban una memorable tarde suya en la inauguración de la plaza madrileña de Vistalegre con «Bornbita» y «Machaquito» y su alternativa al final de la primavera de 1908 en Tetuán de las Victorias, apadrinado por Manuel Lara, «Jerezano». Por lo demás, se decía que tuvo un idilio con la cupletista aragonesa Paquita Escribano y que era un empedernido conquistador. Le llamaban El Califa de León. Llegó a ser uno de los toreros con más tronío de Madrid. Lidiaba bonito.
Carmen le amó hasta el delirio, o al menos así lo recordaba. Sobre las seis de la tarde del miércoles 15 de septiembre de 1915 comenzó a llegar gente a la Embajada de México con motivo del día del Grito de Dolores. Entre los asistentes, autoridades eclesiásticas con el arzobispo a la cabeza, cargos de ministerios, jefes de delegaciones diplomáticas, dos o tres políticos municipales, militares de gala, actores, artistas, media colonia mexicana en Madrid, el famoso psicólogo Pirkas, de Cuernavaca, especialista en alcoholismo y otras dependencias... Carmen era incapaz de poner nombres a rostros que sonreían con exquisita cortesía al cruzar con ella sus miradas. En aquella velada conoció al fundador del Mariachis de Tecalitlán, maestro Gaspar Vargas, de paso por la capital. Ya Rodolfo Gaona. Fue el mismo embajador quien se acercó con el torero a la señorita comedianta Ruiz Moragas. Carmen se ruborizó porque segundos después Gaona la miraba descaradamente y pidió disculpas por volver al lado de su amiga, para no dej arla sola.
—Mira —señalándole con un movimiento discreto de cabeza—, mira con disimulo, María Fernanda, por favor. Aquel mocetón que habla con mi padrino... Es más guapo de cerca. Se nota de lejos que le gusto.
—Eres una exagerada, Carmela, ¡vamos, ni Sisí emperatriz! Tendrá unos treinta, ¿no?
—Don Rodolfo Gaona, permítame que me tome la libertad de presentarle a mi amiga María Fernanda Ladrón de Guevara, actriz también; le he dicho que usted es mexicano.
—De León de los Aldamas, en Guanajuato, señoritas. Qué bueno conocerlas, pero ¿cómo es posible que no me advirtieran de tanta belleza madrileña? Son ustedes un peligro de purititita hermosura. ¿Gustan ustedes de los toros?
A Carmen se le escapó un rotundo no; y, comoquiera que sintió cierto embarazo, comenzó a hablar de la abuela Carmina y sus amores con un banderillero...
No volverían a verse hasta muy entrado el año siguiente. Carmen buscaba noticias a través de la prensa, seguía las notas de sociedad y las secciones taurinas, sentía pavor ante el absurdo de presentir una cogida. Guardaba con sumo celo recortes del ABC, entre ellos la página quince de uno atrasado, el del día anterior a conocer a Rodolfo. La desdobló con mimo y leyó por enésima vez. Seis toros de Angoso. Gallo, Gaona y Joselito. Final de la corrida de ayer. Salamanca 13, 6 tarde. Al salir el cuarto, grande y cornalón, continúa la ovación a Joselito. Rafael torea colosalmente por navarras y verónicas (Ovación). Cinco veces acomete el bicho a los piqueros, ocasionando dos tumbos y proporcionando la ocasión a los maestros para que se luzcan en los quites. Los matadores toman los palos y clavan sus respectivos pares, después de hacer filigranas; Gaona coloca la montera en los cuernos, y [oselito corre al toro, abanicándole de tercio y termina agarrando un pitón (Ovación). Cierra el tercio Cuco con un par superior de dentro a fuera (Palmas). Gallo inicia una soberbia faena, dando pases por alto con los pies juntos (Ovación). Sigue su faena, adornandose; da un pinchazo superior; otro, y termina con media superior y un descabello (Palmas) Quinto. Negro, pequeño. Gaona le torea por verónicas y escucha palmas. Tres varas por dos tumbos y otras tantas bajas caballares constituyen el primer tercio. El público protesta porque el presidente ha cambiado el tercio y le pide más caballos. Gaona hace indicaciones en igual sentido, y la presidencia, revoca la orden en medio de un formidable escándalo. En realidad, el toro no necesitaba más varas. Gaona hace una faena desconfiada de muleta; luego se confía y sufre un desarme, sigue con precaución y, previo un pinchazo, deja media delantera y caída que basta (Palmas). Sexto. Negro y de muchas arrobas, al que torea Joselito colosalmente por verónicas. Durante el tercio, en el acéptale toro cuatro puyazos, proporciona dos caídas y mata un jaco, los matadores hacen filigranas y Joselito se muestra incansable. Los banderilleros cumplen bien su cometido. Gallito manda retirar la gente y se apodera del bicho al primer pase, quedándose arrodillado en el segundo frente a la cara del bicho ‘Ovación). Sigue luego con pases artísticos, coreados por los olés del público, y da media en las agujas que hace rodar al toro (Oreja y salida a hombros). ¡Mira que son rebuscados estos taurinos! Media delantera y caída que basta. Media en las agujas... ¡Tuvo que ser bonito verle colocar la montera en los cuernos!... Pero, ¡qué horror que maten tantos jacos!... —se dijo a sí misma Carmen.
Se escribieron, él puso varias conferencias, prometió que se encontrarían cuando ella llegara a América. Y así fue.
En el mes febrero de 1916la compañía estrenaba Campos de armiño, de Benavente, en Madrid; seis meses más tarde volvía a Buenos Aires, primera etapa de una tournée por Uruguay, Chile, Perú, Panamá, Venezuela, Puerto Rico y Cuba. Comenzaron en Lima un noviazgo que difícilmente podría mantenerse en secreto. Gaona le dijo que había hecho una memorable faena en la plaza de Acho, Carmen enumeraba algunas obras calurosamente aplaudidas. Con La enemiga, de Darío Nicodemi, alcanzó enorme éxito. Se les hizo cortísimo aquel mes de diciembre.
A mediados de enero hasta Panamá llegó la noticia que pareció detener su alegría enamorada. Pidió a María Fernanda que se la leyera de nuevo:
—El domingo pasado se celebraba el beneficio de Gaona, con la cuarta corrida. Como en las anteriores el diestro mexicano había entusiasmado con su labor; la corrida despertó gran interés, y se llenó la plaza. Se lidiaban toros de Asín. Salió el primero, y Gaona, entusiasmado con los aplausos con que fue recibido al hacer el paseo, empezó a torear de capa muy parado y ceñido. En uno de los lances fue cogido aparatosamente, lo que causó en el público dolorosa impresión. Conducido a la enfermería, los doctores Rapadé y Conchita le curaron una profunda herida en el muslo derecho, por suerte superficial. Tardaría en curar de doce a quince días. Limeño y Algabeño 11, que completaban el cartel lidiaron la corrida con mucho éxito.
—No gano para disgustos. Se me sale el alma por la boca —se quejó Carmen.
—Anda, Carrnela, no te preocupes. Ya verás como el mozo se te cura en un periquete —María Fernanda comprendió que era imposible consolarla.
No le faltaba razón. Antes de cumplidos dos meses, e! 11 de marzo, a las once de la noche, desembarcaba en Cádiz e! Califa de León. En sus primeras declaraciones a la prensa se mostró muy satisfecho de la campaña americana. Regresaba a España dispuesto a triunfar en los ruedos y, esta vez —sonrió en gesto pícaro—, con especial y personal contento. En el mismo barco habían viajado otros toreros.
Semanas después Gaona compartía cartel con Pastor y Saleri para lidiar seis toros de Santa Coloma en la recientemente reformada Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Diez días después, procedente de Cuba fondeaba en Vigo el transatlántico Alfonso XII con la compañía Guerrero-Mendoza a bordo. Directamente desde el puerto todos sus integrantes se trasladaron a La Coruña en automóvil para dar en aquella ciudad varias funciones.
Por entonces la vida madrileña era un cuplé para iniciados, con música del Ven y ven:
Ricardo Torres «Bombitaha pretendido a «la Goya», y «la Goya» no le quiere, ¡mi vida! porque no tiene memoria.
Lo tatareaban quienes hablaban de las relaciones entre toreros y cantantes o artistas de varietés, algo así como una Corporación mixta. No había camerino de artista famosa donde no entrasen y saliesen constantemente los toreros famosos, ni corrida donde no se luciesen ellas con su buena mantilla de blonda o de madroños. Los matadores solían enamorarse de ellas mientras las veían bailar la rumba o cantar, y el idilio y la boda eran después motivos de reclamo para los dos. Por eso nadie se explicaba el noviazgo entre La Moragas, la delicada damita de la compañía de doña María Guerrero, y un diestro de postín, mexicano, tan asiduo a nocturnidades cabareteras y tablaos. Lo cierto es que no hubo periódico o revista que dejara de anunciar en los últimos días de julio la boda de «la aplaudida actriz» y el matador de toros.
Las bodas siempre son para tenerles miedo y su caso no había sido la excepción que confirmara la regla, se dijo Carmen. Aunque creyó propicia la ocasión para unirse a un hombre maduro, famoso y probablemente con fortuna. Una mujer sola no es nada en el mundo, oyó decir a un personaje suyo.
—¿Es a gusto tuyo esa boda? Parece que no te veo muy cumplida —intervino Doña Isabel en La malquerida. —Las bodas siempre son para tenerles miedo, recordó a Raimunda en el escenario.
Alguna vez había que poner buen oído a las locuras del corazón y para Carmen esa vez había llegado. O acaso sería por la existencia generosa de los amores. Cuando confirmó la boda la futura esposa, fue grande el alborozo de Natalio Rivas, declarado admirador de Lagartijo. Lloró mucho la víspera, cada vez que recordaba el brindis que le hizo Rodolfo en el dormitorio de Lima reclamándole una vida más alargada que los besos.
La ciudad de Lima estaba esplendorosa abriéndose de par en par aquel mes de diciembre del dieciséis en una suite del hotel Bolívar. Resultaba fácil imaginar su destreza en desnudar mujeres haciéndolas sentir sin límites un arrebato muy especial, porque dejaba la palabra más oportuna en los oídos bien atentos; porque sabía que nada excitaba más a una que esperar encendida entre agasajos amorosos, que la despojasen de la cordura y la vieran rendida por el placer dentro de un espejo. Era enorme aquella luna con marco de caoba que teníamos enfrente.
Nos mirábamos y todo era luz de amanecida. Acaricié su pelo, las dos mejillas, en su nuca brincaban las yemas de mil dedos y de pronto, cuando desde muy adentro salía a borbotones el ansia, le besé infinitamente en los labios. El loco asedio se entretuvo marcando el territorio donde intuyó que crecerían los placeres hasta la lujuria. Mi carne se abría bajo sus manos, que apretaban hasta cerca del dolor, que estarían dejando surcos sonrosados en la espalda, que eran como los arados cuando acaba el invierno y la tierra se dispone para la simiente. Se me hizo grande, mayor, enorme la impaciencia. Nos encumbrábamos. Entonces las caricias parecían germinar en su pecho y eran sin aviso pellizco de los dientes en sus pezones y rogó que la lengua se quedara merodeando cada cumbre y dirigió luego mi cabeza más allá de la cintura y me declaré huésped de su vientre de canela perfumado.
Pensé que sería feliz familiarizándome con las hechuras amantes de aquel hombre de labios carnosos y pobladas cejas, tumbado de costado junto a mí, colmándome de halagos y sexo hasta que fue acabándose el alba; el mismo con el que pasé la noche en la que dejé de ser doncella. Así, aturdida por el canto, fueron durmiéndose las caricias mientras por la boca se me escapaba el alma llamándole mi indio grande.
En Madrid nuestras citas se sucedieron en las terrazas de Recoletos o en el café Gijón, al salir del teatro y siempre en presencia de mis padres, que decidían el momento del regreso a casa. Por entonces nadie daba crédito a nuestro noviazgo. Pero, como alguien dijo, los caireles y las lentejuelas se habían atraído irremediablemente. Cuando hablamos de boda consentí visitarle para arrancar un par de horas escondidas a las tardes, dos veces por semana. Como excusa daba el tiempo que requerían los nuevos ensayos, aunque hoy tengo la certeza de que mi madre nunca me creyese. Nos veíamos en un piso de la calle Velázquez, número 19, en la alcoba con triple espejo que, como si hubiera sido testigo de nuestros secretos, describió Wenceslao Fernández Flórez tras haber entrevistado a mi prometido el seis de mayo de mil novecientos diecisiete.
Rodolfo le recibió con el abundante cabello en desorden, hinchados aún los ojos por el sueño, descamisado, con esa leve ronquera que hay en la voz al abandonar la cama. Le ofreció almorzar, una taza de café o de té y un puro; pero declinó la invitación porque ya había almorzado, porque no tomaba brebajes a deshora.
—¡Me cago en la mar: he pinchao en hueso todas las veces! —Rodolfo estaba con los brazos en jarras; los presentes enmudecieron unos segundos con la violencia de quienes nada tienen que decirse.
—¿No vienen a verle a usted sus amigos, Gaona? —se apresuró el escritor.
No, no iban a verle. Porque, según respondió, los amigos le molestaban en esos instantes. Acaso vivía una vida un poco aislada, un poco sombría...
—Usted debe de aburrirse mucho.
—Me aburro siempre —respondió mi novio, pero no era cierto.
Mi Califa hacía gala de su carácter desabrido con bastante frecuencia, de malhumor, de irritación contenida, a claras luces sobre todo los días de corrida. Que se lo preguntaran a Maera, su mozo de espadas. Se levantaba muy tarde y aún la habitación en penumbra le vestían un traje estrecho y pesado; y su malhumor y tedio iba creciendo. Se convertía en un tipo displicente, muy desagradable. De lo que sucedería seguidamente dejó constancia don Wenceslao:
—De pronto lo sacan a la calle —leí a media voz—.
La brusca luz del sol le hará parpadear, le cegará; su cuerpo tendrá aún destemplanza, no habrá comido... Medrará más aún su cólera, una cólera silenciosa y disimulada, de indio... Todo esto está tan sabiamente calculado, que cuando Gaona va a estallar en un torbellino de bofetadas, de tiros, sale una espada en la mano. Lo que ocurre después, ya lo saben nuestros lectores.
Cuatro meses después de mi boda jamás volví a aquella alcoba.
De nuestro matrimonio se habló mucho en las abundantes tertulias taurinas de la capital. La noticia fue extendiéndose como una mancha de aceite y, como escribió un cronista, los señores gruesos que reposaban en las ventanas del Casino dejaron por un rato de hablar de la guerra mundial y del emperador alemán Guillermo II para hacer corrillos y ocuparse de la comidilla que circulaba por medio Madrid. Desde luego, aquella boda había desbancado del interés popular la abdicación del zar, la actuación del Consejo de obreros, campesinos y soldados que acabaron con el gobierno provisional del Aleksandr Kérenski, la misma Revolución de Octubre.
Algún periodista afirmó que se celebró en Granada por imposición mía, lo cual era cierto, pero no porque hubiera nacido allí. Se dijo que iba guapísima, peinada con todo el pelo a caracolitos dorados, que me daban a la cara una expresión de deliciosa ingenuidad. Y más de uno puso el acento en mi extremada juventud, quejoso por la pena que daba verme tan chiquilla y tan bonita, como hecha para casarme con uno de los legendarios príncipes rusos, del brazo de Rodolfo Gaona. Se quiso resumir nuestra historia mediante suposiciones:
—¿Ellos se habían conocido aquí en Madrid?
—No sé. Tengo idea de que se conocieron durante una tournée de la Compañía Guerrero-Mendoza por América. Allí, me parece que en México, él vio trabajar a Carmencita y se enamoró perdidamente de ella. La ley de los contrastes. El hombre rudo, negro, hecho a bregar con los toros, se sintió irresistiblemente atraído por la muñeca frágil, rubia y delicada de la voz de oro. Pero pronto se dio cuenta Gaona de que a aquella muchachita no se la deslumbraba con su fama de gran torero ni con sus billetes de Banco ni con sus estrepitosos alfileres de corbata. Para conseguirla no había más camino que el de la iglesia y el juzgado, y Gaona se decidió a seguirlo. A cambio, pidió a Carmen que se retirara de los escenarios. Fue un sacrificio muy grande, inmenso, porque ella amaba el teatro con toda su alma. Pero como a aquella edad suya se reflexiona poco, Carmen aceptó.
Los periódicos gráficos publicaron el estado oficial de la noticia con retratos nuestros destacando que me retiraba de la escena. Y la gente se lanzó a hacer conjeturas. ¿Cómo diablos iba a resultar la unión de aquel torero basto, bruto y feo como un indio, con Carmen Ruiz Moragas, la damita bella, la actricita rubia y fina de la Compañía de María Guerrero, la de la voz suave como un arrullo? Nada me afectaron los comentarios. Mucho menos las ofensas.
Me recuerdo alegre y poco favorecida en las fotos tomadas en los jardines de la Alhambra antes del banquete en el hotel Washington Irving. En una estamos sentados y rodeados de familiares. La ausencia del tío Natalio se dejaba notar y a muchos extrañó que el padrino fuera don Manuel Sánchez Tabernero, el acaudalado ganadero salmantino y senador por Granada, marqués de Llen por más señas. Rodolfo calza botines, tiene su mano derecha en el bolsillo como si protegiera los caudales, con los ojos entornados a medio camino entre ingenuidad ficticia y desafío; yo, en cambio, sin mirada, parezco una jovencita resignada. Próximos y ya distantes. Conservé la notita que apareció en la prensa: En Granada, en el templo de Nuestra Señora de las Angustias, se casaron, a las dos de la tarde del 18 de noviembre de 1917, la bella actriz Carmen Ruiz Moragas y el gran torero mejicano Rodolfo Gaona. Muy guapa, la novia. Muy apuesto, el novio, que vestía traje corto y lucía en las chorreras de su camisa soberbia botonadura de brillantes. Fue padrino el marqués de Llen. Boda de rumbo, boda de leyenda por las calles granadinas. Cada vez que tropezaba con aquel recorte, me acordaba de las palabras que aún niña me dijo la monja del Sagrado Corazón: una boda como siempre había imaginado, célebre, rumbosa, a lo grande. Pero lo mejor que puede pasar con las imágenes ingratas de color sepia, y de la vida, es poderlas clasificar como sueños desechables.
Aquello iba a tenerse en pie el tiempo de un suspiro. Ya se sabe, buena o mala, la ventura poco dura. Pronto fluyeron las desavenencias y las sospechas evidentes y los hechos fuera de concierto y tantas madrugadas de sábanas vacías y otras cosas que debían callarse..., y fui ahogándome lentamente en una vida de sinrazones.
—¡Ese hombre ya no podrá nada contra ti! ¡Estás salva! ¡Bendita esta sangre que salva, como la Sangre de Nuestro Señor! —recordé la voz premonitoria de Raimunda.
Los diarios y revistas se interesaron por nuestro divorcio, reservaron planas al asunto y daban pábulo a cualquier conjetura. Yo misma me sorprendía de tanto revuelo. Bien recuerdo la conversación que entre jardines, durante un atardecer tintado con el color de la amatista, mantuve con José María Carretero, el célebre reportero que se escondía bajo el seudónimo de El Caballero Audaz. Por él supe la versión que Rodolfo confió a un colega suyo:
—No hemos llegado a comprendernos; pero yo le digo a usted que nunca la he ofendido. La he querido y la quiero demasiado para eso. No hemos congeniado. Yo no me acuso más que de los pecados de que pueda acusarse cualquier otro hombre. Algunas amistades antiguas..., alguna noche que he pasado fuera de casa. Pero, ¿no es esto natural?, ¿no lo hacen el noventa y nueve por ciento de los hombres casados?
—Es cierto, Rodolfo. Pero hacerlo tan pronto...
—Yo no creo que ciertas correrías ofendan nada a la mujer propia, que siempre está por encima de las flaquezas del marido. En fin; ella quiere que nos separemos y yo me resigno. Pero le aseguro a usted que mi cariño por ella es el mismo de antes. La quiero y la querré siempre igual que cuando se lo juré ante el altar de la Virgen de las Angustias, en Granada.
y así fue forjándose una especie de novelón por entregas, que tuvo en mi todavía marido terreno bien abonado. Se comparó nuestro divorcio con el de la cantaora Pastora Imperio y el torero gitano Rafael Gómez Ortega, El Gallo, hermano mayor de joselito y buen amigo de Rodolfo, que se produjo también antes de cumplir un año de matrimonio; hasta llegó a escribirse acerca de cláusulas económicas, de una supuesta pensión concertada y de que él depositó en un Banco veinte mil duros, que había de cobrar el que superviviese al otro. Tonterías dicho de tal modo.
Es cierto que yo tenía sobrados motivos para dejarle, pero durante un tiempo evité contar las verdaderas causas de la separación. Y no por ocultamiento de alguna falta, sino por no remover las penas del corazón. Recuerdo que lloré como una Magdalena, mucho, mucho por mi indio grande. Desde luego, nada tuvo que ver un desgraciado episodio de Rodolfo con una jovencita mexicana que, según lenguas viperinas, se suicidó por despecho o por miedo a confesar verdades, pues estaba comprometida. Tampoco que hubiera mantenido relaciones con la canzonetista Paquita Escribano tras la Feria de Sevilla dos o tres años antes. Cuando al poco de casarnos me la presentó Rodolfo, sentí un no sé qué extraño adentro, una mala intuición al verla estirarse hacia atrás en la pose más ruin de la vanagloria, como restregándome en la cara haber conocido desnudo a mi marido. Me disgustaban aquellos aires de suficiencia tan suyos, presumiendo de ropas traídas, decía ella, de París, o de que se marchaba en breve a Buenos Aires para actuar con Carlos Gardel en el Majestic de la calle Lavalle. Pero reconozcamos que algo debía tener esa mujer. Cumplidos los cuarenta todavía daba guerra entre jovencitos, si hemos de creer a mi querido Juan Chabás, que de ello supo. Mi marido siempre me lo negó. También se dijo que Rodolfo cortejó a la enjoyada Adelita Lulú una noche a la salida del teatro Apolo, al poco tiempo de conocerme, dando al traste su noviazgo con joselito. De lo que pudo haber con Manuela Tejedor, La Preciosilla, o alguna otra, ni rastro. Y el colmo de los colmos: llegué a oír que había exigido a Tina de Jarque que enseñara el pecho en el escenario. Hube de aguantar mucha maledicencia y algunas medias verdades. Pero en fin, como solía repetir la abuela Carmina cuando circunstancialmente se mentaba al abuelo, es sabido que la cabrita que tira al monte, no hay cabrero que la guarde.
Si no me falla la memoria me vi con el periodista Carretero en el Retiro, camino del atardecer bajo un cielo pintado de cobalto. Después de los cumplidos galantes, comenzó el diálogo mostrando su extrañeza ante el hecho de que yo, a su parecer tan delicada, tan frágil y tan exquisitamente espiritual—en esto último se equivocaba de cabo a rabo— pude enamorarme de un torero...
—Sobre todo sin haberle visto torear jamás y porque en absoluto soy aficionada a los toros —le interrumpí.
—¿Cómo? Pensaba yo que usted se habría sentido hechizada por la elegante manera de torear de Rodolfo Gaona. Entonces, ¿qué la enamoró a usted de ese hormbre?, ¿qué recuerdos conserva de casada?
—Recuerdo ninguno. ¡Qué sé yo lo que de él pudo enamorarme! Así de caprichoso es el destino. Creo que fue un mal sueño. Lo mejor que puede pasar con las cosas ingratas de la vida, es poderlas clasificar como sueños, ¿no? —le contesté un poco avergonzada por el tono altísono de mis palabras.
—No le falta a usted razón, Carmen; pero me cuesta creer que su pasado con Gaona no haya dejado alguna huella, más o menos profunda, dolorosa, difícil de borrar.
—y ¿por qué debo borrar lo que se borró un día al despertar de un mal sueño que no quiero recordar? Nada de tristeza. Yo poseo una alegría loca. Mire usted, don José María, en el teatro mi cuarto es un cascabel; los que quieren divertirse se vienen allí un ratito; yo tengo risas y buen humor para todos, de salud y lozanía.
Entendió, por fin, que no quisiera hablar de Rodolfo y mucho menos de mi vida con él. Entonces, viéndole ligeramente compungido dije que de esa etapa de mi vida nada había que mereciera la pena contarse, que podía reducirse a una equivocación.
—¡Qué le hemos de hacer! —no pude menos que añadir—. Por supuesto que entristecerse mucho... y algo reconforta llorar... Pero, créame, no hubo ningún acto de rebeldía... Ya le digo, fue una simple rectificación. Pero como usted, en la conversación, me va llevando por derroteros que me resisto a aceptar, sepa que padezco una amnesia horrible; que he olvidado en absoluto mi vida de casada; mejor dicho, que casi acabo de nacer, en el mes de octubre de mil novecientos diecinueve, en el escenario del teatro Español. Y me dispongo a seguir creciendo en el tiempo febril de los ensayos y de los estrenos.
He de reconocer que me lastimaban profundamente los rumores que llegaban hasta mí. Todavía se me abren las carnes al recordar que los periodistas se formaron juicio de nuestra ruptura por indicios infundados, es decir, que Rodolfo, una vez que había conseguido hacer su esposa a una mujer frágil, embelesada, y muy bella, se volvió brusco, maleducado, juerguista, insensible a la ternura y a la total entrega. Ni yo me sentí ciegamente subyugada y rendida a sus encantos, ni desconocía su carácter antes de presentarnos ante el altar. Dos meses de matrimonio son insuficientes para mudar la personalidad y es demasiado tiempo para ocultarla. Simplemente Rodolfo quiso ignorar esa frontera que existe entre la soltería y la marital convivencia. O acaso porque fuimos incapaces de medir la auténtica generosidad y nobleza de las renuncias: yo misma, que por él dejé el teatro, fui sintiendo entre las primeras lágrimas más amargas de mi vida que había sido imprudente en exceso con mi promesa. El continuaba con pactos, juramentos y voluntades insostenibles, hasta que decidí refugiarme en casa de mis padres.
Tuve que esperar hasta el mes de marzo de mil novecientos diecinueve para que los letrados Trinitario Ruiz Valarino y Fernando Guitarte consiguieran la nulidad. El juez eclesiástico del obispado de Madrid-Alcalá, ante el cual se tramitaba, declaró probados todos los hechos que expuse como demandante y dictó sentencia firme, condenando a Rodolfo al pago de las costas y concediéndome el divorcio perpetuo que había solicitado más de un año antes.
Aunque me sentí reconfortada, jamás olvidaré la noche en la que terminaba nuestro primer y último invierno de casados. Mientras esperaba como una imbécil enamorada en la cama, resolví que ya no era recomendable aguardar más tiempo de la vida ni romances en ascuas, ni pasiones imposibles. Si acaso algún amor de contrabando, y sólo mientras que hubiese luna llena. Rodolfo abrió la puerta al amanecer e inmediatamente le oí hablar a voces consigo mismo en el lavabo y, luego, golpearse con cada esquina que se interponía tozuda en su camino. Venía descamisado, a trompicones, sonriendo estúpidamente. Y así fue, le dije al señor juez, se sentó de golpe en la cama y tuve mucho miedo mirándole con los ojos medio cerrados, viéndole desnudarse. Pavor me produjeron la alargada cicatriz en el muslo derecho y aquel costurón en el omoplato del mismo lado. Luego me echó en cara que estuviera en camisón y me chilló colérico y luego me dijo desnúdate, güerita. El señor juez supo por mí que en los cuatro meses de casada le había cuidado, le había querido con admiración, le había dado todo lo que una mujer honrada puede dar a su marido. Aquella noche, perdiendo saliva me beso en el cuello yen voz alta voceó que qué rica está mi chamaquita. Yo no moví ni un músculo, le conté a su señoría. Se retorció en espasmos de lascivia, pero sin alcanzar el vigor de hombre. Con fuerzas crucé las piernas, me apretó los pechos, con mano torpe rebuscó en mi vientre. Ándale, vamos a coger y no me seas pendeja, chillaba. Entonces me abofeteó con saña, tres o cuatro humillaciones, y grité basta. Como en otros amaneceres, le olía la boca a ginebra y a alcantarilla.
Hube de dejarle porque me dolían hasta el tuétano del alma sus engaños. Hube de dejarle por tanta espera en sus noches de tequila y ron. Hube de dejarle por reservar las mejores miradas de sus ojos a las jovencitas lagartonas y por sus insinuantes floreos a mujeres propicias. Hube de dejarle harta de que me presentase a sus amigos de fiestas y tertulias como su dulzón figurín rubio de ojos verde oliva, sin importarle luego los piropos pasados de la raya a los que él mismo incitaba. Hube de dejarle por las frecuentes sesiones con su chamán, que le organizaban a precio astronómico, y por aquella maldita ayahuasca que siempre quiso compartir conmigo. Hube de dejarle porque era mucha mi ingenuidad y mayor su insistencia para que yo dejara los escenarios, más por ridículos celos que por otros fundamentos. Hube de dejarle por no soportar más el mal amor de los cobardes.
Quienes tenían trato próximo con Carmen Ruiz Moragas conocían unos hechos que se remontaban a diciembre de 1909. En círculos taurinos hacían protagonista de ellos a Rodolfo Gaona. Se decía que una jovencita mexicana de familia adinerada de origen alemán, María Luisa Noeker, se hizo invitar a una fiesta organizada por el industrial Cirilo Pérez en la calle Victoria, a la que acudiría el maestro de León, quien, al parecer, no se presentó a la juerga. Según se dijo, el industrial y sus amigos tras emborracharla abusaron de ella en el hotel en el que se alojaba la cuadrilla de Gaona y regresó bien amanecido a la casa de un tío suyo con quien vivía, en la calle Nuevo México. Por las razones que fueran, vuelta a su habitación supuestamente deshonrada, se disparó en la sien con una pistola de su pariente, según dejó constancia la prensa. Jamás se probó el encuentro del torero con la muchacha y mucho menos que provocase su suicidio. Hasta hubo quien dedujo que Enrique, hermano del torero, aprovechara el hechizo de la jovencita por el matador para ofrecerle una pronta cita con él, a cambio de que juntos alcanzaran el alba entre las sábanas. El encarcelamiento del diestro veintiún días en la cárcel de Belem por presunto responsable del crimen causó un gran revuelo, hasta que fue puesto en libertad bajo fianza de cinco mil pesos.
Carmen se enteró de ello por boca de su marido durante una agria discusión en el coche camino de Granada. En medio de la violencia que ensucian las palabras a causa de los celos, él reconoció que estuvo besuqueándose con aquella chiquilla en la balconada del hotel de la esquina del Zócalo y la avenida 16 de septiembre, y que eso era ya agua pasada. Pero Carmen nunca olvidaría aquella confesión, que sonaba a falsa.
Entre ella y Rodolfo todo comenzó a derrumbarse un par de semanas después de las navidades, acabando el mes de enero de 1918, cuando más necesitaban comprenderse. Aborrecía los toros y le horrorizaba imaginar caballos agonizantes en el albero. Era incapaz de conocer la costumbre de ofrecer los palos a un compañero de lidia hasta que llegó la moda descortés de que cada matador banderilleara su propio toro; incapaz de diferenciar una verónica del pase al natural, o de explicar el porqué del viciado latiguillo, tan de Gaona, de chocar los palos en el tercio de banderillas perdiendo el tiempo necesario para levantar los brazos e igualar; incapaz de describir la gaonera, inventada por su marido. Rodolfo la aburría con sus triunfos en las Ventas, en la peruana de Acho, en el Circo metropolitano de Caracas, en la Maestranza, en Colmenar Viejo... Que si Belmonte había logrado por despecho la faena de su vida en la corrida del Montepío, después de que el público le hiciera de menos pidiendo que torease sólo con Gallito; que si vestía de oro y plomo en el par inolvidable que le puso en todo lo alto a Rodillero, con el morro rozándole la taleguilla, en una de feria de los Sanfermines de 1915; que si los cuatro toros de prueba con Gallo, Belmonte y Fortuna; que si su presentación en 1917 en el entonces recién inaugurado Toreo de la Condesa en Ciudad de México... A Carmen, alejada de las tablas, le amedrentaban los grandes precipicios de la soledad; él desconocía lo que fuera de los cosos le disgustaba.
