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La Brigada de Luz: así es como se denominan los soldados que luchan contra Marte cuando regresan "distintos" de los frentes de batalla interplanetarios a los que han sido teletransportados convertidos en luz. Dietz es un despojo, alguien a quien se le niegan los derechos sociales básicos que proporcionan las megacorporaciones que controlan el sistema solar, y se alista en el ejército corporativo de Tene-Silvia para vengar a los millones de personas que han muerto a manos de los marcianos. Pero se da cuenta de que sus saltos temporales no coinciden con los de su pelotón. Y lo que estos saltos cuentan sobre la guerra no es lo que los ejecutivos de las corporaciones quieren que los soldados crean que está ocurriendo.
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Seitenzahl: 489
Veröffentlichungsjahr: 2019
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LA BRIGADADE LUZ
KAMERON HURLEY
Traducción de Natalia Cervera
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Posfacio
Agradecimientos
Créditos
Para Hannah.Todo esto es culpa suya...
No te limites a combatir la oscuridad. Trae la luz.
Sacaron a rastras al insurgente de las ruinas de San Petersburgo. La ceniza bailaba en el cielo. El insurgente tenía los nudillos magullados de un luchador, y le rompió la nariz a un soldado: un crujido y un chorro de sangre y mocos. Cuando al fin lograron reducir al insurgente oyeron un aullido terrible, no de miedo, sino de triunfo.
«Pobres cabrones sin edad —dijo el insurgente enseñando la dentadura: un diente podrido y un colmillo roto—. Os esperaba».
Decían que la guerra nos transformaría en luz.
Quería contarme entre los héroes que nos trajeron este mundo mejor. Fue lo que dije al reclutador. Fue lo que le dije al jefe de mi primera escuadra. Fue lo que les dije a todas mis CO, y hubo... un par. Y era lo que me decía cuando me veía a solas en la oscuridad, lejos de mi pelotón, el cielo convertido en un fuego rojo abrasador, demasiado caliente para enviar una unidad de evacuación, con algún novato gimiendo y muriendo en el campo.
Pero no es cierto.
Me alisté por lo que hicieron en São Paulo. Me alisté por el Blink. Todos mis héroes habían seguido el camino de la luz, por mucha oscuridad que hubiera. Hasta los pobres socialistas hipersolidarios que eligen el personaje de paladín en los juegos pueden jurar venganza para justificar la violencia. Eso hice yo.
El enemigo se había comido a mi familia y la vida que había conocido; un pasado que ahora recuerdo a ráfagas, como una vieja imagen de satélite interrumpida por un huracán. Quería ser la luz, estar con los salvadores, con los héroes. Cómo no.
Pero ante todo quería exterminar al enemigo.
¿Cuántos soldados corporativos se alistaron por dinero, o por el derecho a voto, o para saldar una deuda, o para permitirse una buena casa, o para tener acceso a trabajo en una de las torres altas?
Yo creía que mis motivos eran más nobles.
Cuando acudí, después de lo de São Paulo, mis amigos y yo nos sorprendimos de que el centro de reclutamiento no estuviera abarrotado. ¿Dónde se habían metido todos los patriotas? ¿No sabían lo que habían hecho los extraterrestres? Consideraba unos cobardes a todos los que no corrían a alistarse. Mientras estabais actualizando vuestros inmersivos y masturbándoos con un juego nuevo, nosotros estábamos combatiendo a la verdadera amenaza. Éramos los buenos.
Vosotros erais las piltrafas cobardes.
No me paré a pensar qué ocurriría después de que me alistara. Ni en quién tendría que convertirme. Creía que el mundo era sencillo: buenos y malos, ciudadanos y despojos, patriotas corporativos y esclavos socialistas.
Si no estás con nosotros, estás contra nosotros.
Elige bando.
Yo estaba en una fiesta, poco después del Blink, bebiendo un brebaje que sabía a combustible de aviación en una pringosa bolsa compostable, cuando entró un chaval de mi clase de educación básica. Junto con seis amigos, me había alistado en el Ejército Corporativo de Tene-Silvia; a cuatro de ellos los habían enviado al frente de inmediato. Los otros dos, Rubem Mujas y Andria Patel, igual que yo, habían conseguido ir a la fiesta. Rubem había entrado en la casa, probablemente a dormirla, así que en el césped solo quedamos Andria y yo para responder a todas las preguntas. Andria estaba muy animada. Puesto que no bebía alcohol, había que atribuir su buen humor a la emoción por nuestra nueva trayectoria profesional.
—¿Os dieron una bonificación por alistaros? —preguntó un chico de dentadura dispareja—. ¿Os concedieron la ciudadanía en el acto?
—No —respondí.
Andria estalló en carcajadas y se echó hacia atrás la melena de rizos negros. Tenía las mejillas tachonadas de pecas. Recuerdo haber pensado entonces que era delgada, de piernas largas y atlética, pero aún tardaría en ver lo que el hambre verdadera puede hacer a una persona.
—¿Tenéis familia a la que no blitzearan? —preguntó otra chica. La conocía de la clase de Física Básica, patrocinada por Teslova Energy.
—No —respondí bruscamente.
—Sé más amable —dijo Andria—. La guerra nos ha quitado mucho a todos. Estoy deseando masacrar alienígenas.
—Al parecer os enseñarán ochenta formas de matar a un hombre —dijo el de los piños—. Cuando lleguéis a Mendoza.
—No quiero matar hombres —dije—. Quiero matar extraterrestres.
—Dicen que antes eran humanos —dijo mi excompañera de clase.
—Y una mierda —dijo el otro—. Ningún humano haría lo que hicieron en São Paulo.
—Supongo que ya lo averiguaremos —dije.
—Te quitarán el nombre —dijo un tipo alto que salía de la cúpula de la carpa principal—. Seguro que esa es la ventaja principal para un despojo como tú.
Apreté la vista. Franklin Kowakski me sacaba veinticinco kilos y medía dos metros por lo menos; no podía mirarlo a los ojos sin echar la cabeza hacia atrás. Hacía dos años me había arrebatado el puesto de quarterback titular. Todos los medios preferían caras como la suya, dijo el entrenador, y la corporación solo podía justificar un equipo de fútbol americano si le subía la audiencia. Podía ser suplente. Mandé al entrenador a mamarla y me pasé dos años jugando al rugby, hasta el Blink. No me gustaba que me dijeran qué podía hacer.
Visto así, es irónico que me alistara.
—Tengo entendido que en los ejércitos corporativos se comen a los ricos con patatas, Frankie —dije—. Seguro que estás delicioso. ¿A qué esperas para apuntarte?
—Ya me he apuntado. —Se introdujo los enormes pulgares en los bolsillos y me dedicó una sonrisa sibilina; supe que era el anuncio de una andanada de pullas que se le acababa de ocurrir.
Andria puso los ojos en blanco y dijo:
—Voy a ver cómo anda Rube. Seguro que está potando en una cartera de mensajero. —Me cogió de la manga, pero me aparté.
Así era Andria, siempre velando por mí. ¿Y yo? Siempre autodestruyéndome.
—Sabes que tendrás que combatir a los extraterrestres —dije antes de que Frankie pudiera soltar una palabra—. No basta con que te los folles.
El chico de los dientes disparejos soltó una risita. Andria puso cara de exasperación y se quedó muy quieta. La chica de mi clase de física abrió mucho los ojos, giró en redondo y se dirigió a la carpa. Probablemente era la más lista de todos.
—¿No llamaban a tu padre Dietz el Loco? —dijo Frankie—. Ese al que Teni tuvo que reeducar cuatro veces. Se lo vendieron a Evecom a cambio de opciones sobre acciones, ¿no?
—Que te den, Frankie —dije.
Se inclinó sobre mí, más deprisa de lo que esperaba, probablemente porque yo llevaba unas copas encima, y me plantó la lengua en la mejilla. Dejó un rastro de saliva mezclada con ginebra. Me eché hacia atrás; la sorpresa me había paralizado. Más adelante pensaría un montón en ese momento, preguntándome qué debería haber hecho de inmediato en vez de quedarme como un botarate. Las cosas habrían sido distintas en alguna otra línea temporal. Le habría roto la nariz y le habría arrancado la rótula de una patada, todo en un instante. Es lo que habría hecho un soldado; lo que habría hecho yo, más adelante. Pero toda mi experiencia en peleas se reducía a las melés del terreno de juego. No me habían condicionado para la violencia; necesitaba mucha provocación. Si hubiera actuado de otro modo, no habría sido yo. No estaríamos aquí.
Frankie se apartó riendo.
—Ya te gustaría que te diera por culo.
—Eh, dejad... —empezó Andria.
Salté hacia Frankie y le hice un placaje. Desapareció la sonrisa. Cayó al suelo.
Gritos de la multitud. Unos cuantos vítores. Olor a hierba y tierra, con el toque químico del abono. Frankie babeando, escupiéndome. Lo sujeté clavándole el codo en la garganta.
—¡Ríndete! —le dije.
—Vete a la mierda. —Me soltó un puñetazo en la sien.
Un relámpago de luz intensa. Oscuridad que se apoderaba de mi visión. Lancé un golpe, pero él ya estaba a cuatro patas. Volví a derribarlo y le clavé los dientes en la oreja izquierda.
Gritó y se puso a darme zarpazos en la cara. Se desprendió un trozo de oreja. Noté un sabor salado y metálico. Escupí la carne gomosa.
Alguien me sujetó; después, un montón de manos me apartaban y ayudaban a Frankie a levantarse. El chundachunda de la música de dentro marcaba el ritmo del martilleo que sentía en la cabeza. Tenía la cara mojada. Me había roto la nariz, y la humedad era sangre. La escupí, junto con la de Frankie. Levanté un puño hacia el cielo, hacia el espectro distorsionado de la luna. Faltaba un buen trozo, desde hacía casi un año. Seguía costando acostumbrarse a aquella silueta y al cinturón de residuos que giraba en torno a su ecuador. Después de aquello había estado lloviendo fuego durante semanas; cada fragmento que se precipitaba hacia la Tierra era como un misil nuclear.
—No pierdas eso de vista —le grité—. De ahí vendré a partirte la cara.
—Si te han aceptado es porque eres un despojo —dijo Frankie—. Te aniquilarán a la primera.
Apareció la patrulla de GPE, Gestión de Pérdidas Empresariales, hombres y mujeres bien entrenados, con kevlar y gafas de antidisturbios, táser en mano. Nos rodearon desde la entrada de la carpa. Andria echó a correr, probablemente en busca de Rubem. Era una buena ciudadana y no quería meterse en follones. No le reproché que pusiera pies en polvorosa.
—Qué lástima —dijo la mujer que me esposó. Apagó la grabadora de las gafas, y yo me estremecí. Si las llevaban era para que tuviéramos la seguridad de que los agentes no nos grababan con lentillas de cámara retinal, imposibles de detectar a no ser que proyectaran datos frente al ojo. Había sido un despojo el tiempo suficiente para saber que, por lo general, que un agente de GPE desconectara la grabación era el presagio de una buena paliza o, directamente, de la muerte.
—Qué lástima que te trinquen cuando tienes todo el futuro planeado, ¿eh? —me susurró al oído—. ¿Quieres ir a la guerra? —Todos los agentes de GPE tienen funciones de reconocimiento facial integradas en las gafas antidisturbios, y enlace directo a nuestros expedientes. Sin duda ya conocía los detalles más íntimos de mi última relación y sabía dónde había cagado por la mañana.
Guardé silencio. No hay que hablar con los agentes de GPE a no ser que apelen a la cláusula de Revelación Corporativa del contrato de residencia. Mi madre se encargó de metérmelo en la cabeza cuando nos hicimos residentes de Tene-Silvia. Mi padre y ella se habían desvivido por conseguirnos sitio en una corporación, pero llegó acompañado de un código nuevo. Probablemente ese código era el responsable de que no me dieran una paliza o me mataran, como habrían hecho si toda esta mierda hubiera pasado antes.
—Necesitamos buenos chicos ahí arriba —dijo la agente—. Tienes que saber de qué lado estás. No desperdicies aquí tu vida; la batalla está en Marte. —Volvió a conectar la grabadora.
Quería ser alguien heroico, alguien que hubiera sabido qué hacer exactamente cuando Frankie se puso gallito. Alguien que tuviera una familia a la que volver después de la fiesta, en vez de un albergue para menores sin tutela. Alguien a quien impulsara algo más que un estúpido y sanguinario voto de venganza. Me daba igual que alistarme significara la muerte, porque por aquel entonces no entendía en qué consistía morir.
«Haz cosas heroicas —pensaba—. Véngate». Fin de la historia.
Pero eso, en realidad, no es vivir.
No tenía ni idea de qué importancia podía tener la vida después del Blink.
No la tuve hasta el final.
En cuanto a la guerra...
En esta guerra hay muchos frentes. Los humanos estamos desplegados hasta el cinturón de asteroides. También estábamos en la Luna, hasta que el enemigo la dejó tan destrozada que tuvimos que abandonarla.
Tene-Silvia, nuestra corporación, tenía un montón de intereses en la Luna: extracciones mineras, laboratorios de investigación y ciudadanos que desempeñan trabajos ultraconfidenciales. Hay corporaciones mayores, como Masukisan, ShinHana o Evecom, que también tenían intereses ahí, pero las Seis Grandes, en su mayoría, habían trasladado a Marte sus competencias centrales antes de que volaran un buen pedazo de la Luna. Para las corporaciones, Marte era la frontera actual. No les importaba que ahí arriba ya hubiera separatistas que construían ciudades al margen de la Tierra y se hacían llamar marcianos. Todas las empresas plantaron sus estandartes e intentaron imponerse con palabras amistosas como «ciencia», «investigación» y «establecimiento de relaciones comunitarias».
Así pues, ¿cómo nos las apañamos en tantos frentes?
Ahí está el truco, ¿no?
¿Cómo se llega más allá de Marte? Los humanos no estamos hechos para abandonar la Tierra. Tenemos la sangre, las vísceras y los huesos configurados para ella.
Las distancias constituyen el mayor problema del viaje interplanetario. Todo está lejísimos. Todavía miro a veces el cielo, por la noche, y pienso en el universo, en su inconcebible inmensidad. Me da dolor de cabeza. Las Seis Grandes partieron de conceptos como el entrelazamiento cuántico y la física de partículas para dar con una tecnología de comunicación instantánea que salvara esas distancias, pero ¿trasladar a personas?
Con la masa es bastante más difícil.
Supongo que para quien sepa algo sobre los límites de la velocidad de la luz resultará razonable lo que se les ocurrió para resolver el problema de la masa.
La forma más rápida de transportarnos de un frente a otro consiste en convertirnos en luz.
Pensadlo. ¿Cuánto tarda la luz en llegar a Marte? Unos doce minutos y medio. ¿Al cinturón de asteroides? Entre veinte y cuarenta minutos, según a qué parte de su órbita vaya.
Al igual que casi todos los inventos y descubrimientos que han cambiado el mundo, como la penicilina o la cura del cáncer, la forma de convertirnos en luz llegó por accidente. Habían terminado las guerras de las Semillas, y las Siete Grandes habían pasado a ser las Seis Grandes tras la Gran Guerra Corporativa. En la posguerra, la gente intentó desvincularse de las Seis Grandes y montar sus propias comunas y repúblicas radicales. Fue una época temible y peligrosa. Es lo que dicen todos los inmersivos. Los tiempos desesperados exigen planes de acción desesperados. ¿Cómo se conserva una forma de vida que se deshilacha por todos lados, que se precipita hacia la anarquía? A todos les gusta presumir de que lo tendrían controlado, pero ¿cómo se gobierna a cinco mil millones de personas?
Nos convirtieron en luz.
Mi madre decía que recordaba la primera vez que vio a alguien materializarse frente a ella. Oyó voces y se acercó a la cocina compartida de su planta. Había dos mujeres con el uniforme gris de la policía militar frente a la impresora de comida, echando con gestos a una trabajadora que había ido a por café. Un aroma de cítricos quemados llenaba el aire. Del centro de la impresora salía el torso de un joven.
«Tenía una expresión tan pacífica... —me relataba mi madre años después—. Eso fue lo que más me impresionó. —Volvió a la consola de inmediato—. Sabía lo que le pasaba a la gente que veía cosas que los militares no querían que viera. Aquel día desapareció la compañera de trabajo a la que habían echado de la cocina. No volví a verla. La explicación oficial fue que había ocurrido un accidente durante la instrucción».
Transcurrió un decenio antes de que anunciaran formalmente la nueva tecnología. Hasta entonces, el pilotaje era siempre manual. Mi padre se pasó la guerra siguiente de transportista, en lanzaderas que trasladaban a los muertos de Marte a la Luna. Ahí aprendió a pilotar. Mi madre y él estuvieron al servicio de Teni durante los primeros conflictos entre Marte y la Luna, y gracias a eso conseguimos la residencia.
Hubo muchos asuntos turbios en el mundo anterior al Blink. Lo que para mí estaba claro era que algo había ocurrido en Marte desde que los marcianos abandonaron la Tierra, decenios atrás, hasta que los intereses corporativos se abrieron paso a codazos en el planeta.
Fuera lo que fuera, se cortó la comunicación con Marte.
Casi todas las corporaciones sacaron de Marte a sus investigadores y científicos, pero dejaron a los civiles. Qué fue de ellos, no lo dijeron.
Tene-Silvia nos facilitó la explicación corporativa según la cual los marcianos eran socialistas locos que bombardeaban sus instalaciones de investigación, pero Evecom tenía una versión distinta, en la que los marcianos atraían a los civiles corporativos hacia sus sectas, y las otras cuatro corporaciones narraban historias igualmente descabelladas. Ocurre a veces: no se ponen de acuerdo sobre una realidad. Escuchar a las Seis Grandes, cuando se tiene permiso para acceder a medios de comunicación ajenos a la corporación propia, es como escuchar a un hatajo de viejos que intentan recordar en una cena algún suceso esotérico de su niñez. Cada cual rememora algo distinto. Cuando se sienten frustrados se ponen a hablar a gritos, como si eso fuera a hacer su recuerdo más real.
Lo que sabía, sin lugar a dudas, era que nadie había hablado con nadie de Marte en casi diez años. Y Marte tampoco nos había hablado. No sabía con qué tecnología contaban, ni con qué ventaja, para mantener alejadas a las corporaciones terrestres cuando cortaron la comunicación. Era como si Marte hubiera dejado de existir. Todos los que habían quedado en Marte se convirtieron en algo ignoto, algo distinto. Extraterrestres.
Un decenio después de que se hiciera el silencio, un grupo de marcianos disidentes abrieron la comunicación con nosotros. Decían que querían ayudar a la Tierra, que se sentían oprimidos bajo su Gobierno socialista. Decían que podían reparar nuestros territorios más contaminados con nuevas tecnologías si les permitíamos bajar y colonizar esos paisajes infernales de las guerras de las Semillas.
Unas cuantas corporaciones lo permitieron. Y los colonos marcianos consiguieron que en el norte se volviera a producir comida, mejor y más abundante que nunca.
Y entonces...
Una cosa en la que coincidieron las Seis Grandes fue que no hubo provocación para el Blink.
Un día había dos millones de personas en São Paulo.
Al día siguiente...
Blink.
¿El Gobierno marciano se había enfadado porque aceptamos a los colonos? ¿O solo había estado esperando a que nos relajásemos para destruirnos de una vez por todas? Puede que no hubieran perdonado a las corporaciones que intentaran apoderarse de Marte. Puede que tuvieran intención de vengarse de nosotros desde el principio.
Marte siempre había estado por delante en tecnología. Las corporaciones no lo confirmaban, pero era un rumor a voces. Si no, ¿cómo podían haberse independizado? ¿Cómo podían haber borrado de la faz de la Tierra a dos millones de personas con el Blink?
Se reunió e interrogó a los marcianos que se habían asentado aquí, pero nadie parecía saber nada. Algunos se rebelaron. Todavía se los toleraba cuando me alisté. ¿Durante cuánto tiempo? Esa era la incógnita.
Esa era la guerra que conocía, los sucesos según los entendía. Así fue como decidí de qué lado estaba. Y lo estaba. En el lado correcto, quiero decir.
Nadie piensa nunca que ha elegido el bando incorrecto.
Todos creemos que somos de luz.
Es difícil entender algo con solo oír hablar de ello u observarlo. Es como echar un polvo o meterse en una pelea; no se asimila hasta que se hace.
Pasa lo mismo con el Ejército Corporativo.
Durante la primera semana de instrucción obligatoria nos meten un montón de mierda en la cabeza. Ni siquiera esperan a ver si nos ha entrado, porque aunque no nos entre siguen necesitando nuestros servicios, trabajos peligrosos o tediosos que no quieren asignar a los civiles. Yo tenía la residencia. Podría haber trabajado en una planta química o haberme dedicado a soldar equipo militar hasta que se me cayeran los dientes y la corporación aprobase que se me administrara un humanitario cóctel de bromuro de pancuronio con cloruro de potasio.
Pero renuncié.
Ya no era posible no participar en esa guerra, como en los viejos tiempos. Si no estuviera en el Ejército, estaría apoyando el esfuerzo bélico de alguna otra forma. Había pasado hambre y no me había gustado mucho. Tener residencia en una corporación no es lo mismo que la ciudadanía, pero es preferible a ser contratista o, peor aún, un fantasma sin trabajo, un despojo. Ser un despojo es pasar hambre. Vivir de los desperdicios ajenos. Rezar para que un catarro no se convierta en neumonía. Ser un despojo es saber cómo huele la gangrena. Es morir de un arañazo en la rodilla que se infecta. Es cagar en una zanja. Es comer bichos atropellados.
Prefiero estar con los héroes.
Cuando terminan de procesar los datos de un recluta, lo primero que hacen es desnudarlo e instalarle el RCV (rastreador de constantes vitales). Se lo inyectan entre los omóplatos para tenerlo controlado en todo momento. Además, en ese sitio es difícil quitárselo sin ayuda.
—¿Tenéis miedo de que me escape? —pregunté a la técnica, pensando que tenía gracia.
—Es para garantizar una evacuación médica rápida —respondió—. En caso necesario. Y para asegurarnos de estar al tanto de vuestro estado físico y emocional.
—¿Emocional?
—No podemos extirparos las emociones —respondió—. Por ahora.
—Lo pillo —dije. Había algo en su cara que sigo sin saber si comprendí— ¿Qué es lo demás?
—No te preocupes por eso —dijo, y me clavó otra jeringuilla precargada de alguna guarrería lechosa.
No paraba de coger jeringas, una tras otra, de una bandeja. Creía que ya me habían vacunado contra todo, porque las corporaciones saben que la gente enferma no es gente productiva. Sin embargo, me pusieron por lo menos una docena más de inyecciones después de que me atendiera esa técnica. Me trasladaban de sala en sala: caras nuevas, guantes nuevos, hipodérmicas nuevas. Nadie decía qué contenían y no volví a preguntar. Me parecía... grosero. Les había entregado mi cuerpo y había firmado todos los formularios sin leer, así que supuse que yo tenía la culpa de no entender qué hacían.
A continuación nos equiparon con la pantalla interna. Suena a artefacto tecnológico aparatoso, pero consiste en poner unas lentillas como las lentes de contacto retinales de los civiles. Esas lentillas dan acceso al sistema de comunicaciones, a esquemas y a cualquier cosa que quiera transmitir el comandante. Hasta es posible examinar las constantes vitales propias con un parpadeo. Toda la información se muestra en la parte inferior del ojo izquierdo. Hay que mirar hacia abajo para activarla y hacia arriba para despejar la visión.
No me impresionó al principio. Ya había llevado lentes de contacto retinales para ejecutar inmersivos y para tomar lecciones. Me calificaron de torpe cuando ingresé en el colegio, a los siete años de edad, después de que nos dieran la residencia. Era la primera vez que iba al colegio, y pasé un montón de tiempo poniéndome al día a base de inmersivos.
Tampoco había accedido nunca al knu antes de ser residente. El knu era un sistema complejo de nodos de datos entrelazados cuánticamente que almacenaban y transmitían información para todas las corporaciones. Contaba con niveles de acceso a la información, y no todos los nodos de knu de las diversas corporaciones podían comunicarse entre sí. Como residente, mi nivel de acceso al knu era bastante bajo. Como recluta me lo limitaron más aún. Durante la instrucción obligatoria estábamos completamente aislados del mundo exterior. Cada vez que intentaba acceder al icono del knu me salía un «Restringido» y me echaban.
Aquellos primeros días, las comunicaciones de las corporaciones eran bastante suaves. Los mensajes que discurrían por la parte inferior de nuestro campo visual, parpadeando hasta que bajábamos la vista para leerlos, eran recordatorios sobre el horario de EF (educación física), cuándo teníamos que levantarnos, cuándo se apagaban las luces y cosas así. Casi podíamos olvidarnos de que las lentillas también servían para grabar todo lo que veíamos y hacíamos.
Corrían rumores de que estaban vacunándonos contra enfermedades que propagaba el enemigo. Eran enfermedades lo que había usado Marte para tener una baza contra las Seis Grandes. ¿Qué mejor manera de declarar un bloqueo prolongado que una epidemia creada para ello? Otros decían que nos atiborraban de fármacos que supuestamente nos hacían más rápidos, más listos, más duros. Todo el mundo quiere ser más duro, ¿no?
Eso pensaba Muñoz.
Conocí a Muñoz después de la inscripción y la orientación. En el Ejército Corporativo todos llevábamos el peinado reglamentario, y el poco pelo que le habían dejado a ella era negro como boca de lobo, igual que sus pobladas cejas. Era toda rodillas y codos, tan delgada que no entendía que la hubieran aceptado. Le asignaron raciones dobles para que ganara algo de peso. Levantaba un lado de la boca al hablar, por lo que siempre daba la impresión de que el interlocutor le provocaba risa o asco.
Los ciento treinta y siete reclutas de nuestra promoción compartíamos barracón, con literas de tres alturas. Muñoz intentó quedarse con la superior; yo tiré de ella para bajarla y el instructor me castigó con cincuenta flexiones. Muñoz ni se inmutó.
—Se te dan fatal las flexiones —me dijo después, tendiéndome un chicle. No era de las raciones, lo que significaba que lo había colado. Toda una proeza. Lo acepté.
—¿A qué viene eso?
—Yo puedo hacer cien.
—Y una mierda.
—¿No habías hecho educación física antes de venir? Pues espero que seas bastante inteligente para ponerte al día, o que tengas mucha velocidad. Aunque debo decir que no lo parece.
—Es fácil tener velocidad cuando se abulta tan poco como tú —contraataqué.
—Jugaba al fútbol americano.
—¿En un equipo infantil?
—Vete a tomar por culo.
—Qué eras, ¿pateador? —le pregunté.
—Y tú, ¿receptor externo? ¿Quarterback? Te comportas como un puto quarterback.
—Rugby. ¿Estás en el equipo de debate? ¿Comunicaciones corporativas? ¿Te has alistado porque quieres una licencia de matrimonio múltiple?
—Ahí lo tienen más fácil los despojos. No necesitan licencia. Pero tienes pinta de saberlo de sobra. Me he alistado para entrar en Inteligencia Corporativa.
—Oxímoron.
—¡Hala, qué palabro!
—Un montón de sílabas.
—Muñoz —se presentó.
—Dietz. —Chocamos los codos.
Muñoz y yo nos sentamos en la cantina después de la primera sesión de EF. Fue entonces cuando me contó su teoría sobre la finalidad del laberinto médico de orientación.
—Nos están convirtiendo en superhéroes —dijo.
Estábamos comiendo concentrado proteico mezclado con puré de algún tubérculo, puede que batata, encima de una tostada.
—Mi abuelo llamaba a esto «tostas de mierda» —comentó Muñoz mientras hundía la cuchara biodegradable en el revoltijo pastoso y lo dejaba gotear—. Decía que era lo que comían en el cinturón porque era lo único que podían cagar las impresoras con algo de precisión. Supongo que seguimos en las mismas.
—Yo creía que los héroes comían mejor —dije.
—Puede que mejore.
No mejoró.
Al día siguiente, todos estábamos descompuestos.
Los instructores nos obligaron a hacer educación física de todas formas. Cuando hay que correr sin dejar de cagar y vomitar es fácil asimilar el hecho de que solo somos sacos de vísceras.
—No somos más que mierda —dijo Muñoz durante aquella primera sesión de EF—. Mierda que va a viajar a la velocidad de la luz.
—Solo si me sigues el ritmo —grité, dándole una palmada en la espalda, y la adelanté a toda velocidad. El instructor soltó algún insulto, pero no llegué a oírlo. Me consideraba en buena forma, por encima de la media. Podía correr once kilómetros sin pararme. Pero los fármacos nos dejaron hechos polvo en una semana. En dos casos resultaron mortales. Un chaval flaco llamado Faros y una joven llamada Acosta, en su segundo intento de soportar la instrucción, murieron ahogados en su propio vómito, deshidratados, despotricando contra fantasmas. En cuanto a mí, quería salirme de mi piel. Me engancharon a un gotero de solución salina. Era como tener gastroenteritis y un monstruo en las entrañas que intentaba liberarse a zarpazos.
—Esto va a comerme, Dietz —dijo Muñoz, y echó la pota por el borde del camastro.
Rache, el ocupante de la tercera litera, le soltó una maldición y cubrió el vómito con una manta. Después dio media vuelta y siguió durmiendo.
Corrí al váter dando tumbos, y llegué por los pelos justo antes de que un torrente de mierda abandonara mi cuerpo. Fue tan intenso que parecía que algo me hubiera estallado dentro del culo.
Había muchos más igual que yo. Los sonidos de malestar se elevaban como un coro de zombis que se hubieran quedado sin cena.
—Una persona normal solo caga doscientos gramos al día como mucho —dijo el chaval del camastro de al lado. Tenía el rostro, oscuro y orondo, perlado de sudor. Estaba inclinado hacia delante; la humedad se agolpaba en la punta de la ancha nariz y caía al suelo, una mezcla de sudor y mocos. Era un tipo grande, puede que de uno ochenta, pero era un blandengue.
—Los héroes no cagan —dije.
—Entonces, ¿en qué nos convierte esto?
—En soldados. —Me reí hasta que volví a notar la bilis en la garganta.
—Voy a pasarme toda la puta guerra cagando.
—Ya te gustaría.
El sonido despectivo se transformó en gemido, seguido de otra explosión de gas húmedo.
—Jones —se presentó.
—Dietz.
—Estoy deseando llegar a soldado.
—Todo empieza aquí —dije, y me llené los pies de vómito.
¿Cómo reaccionas cuando estás destrozado físicamente?
¿Sabes usar una brújula para orientarte?
¿Tienes aptitudes para conseguir comida cuando eres un soldado muerto de hambre, aislado en territorio enemigo? ¿Te paralizará el miedo?
Estas son las preguntas a las que debemos buscar respuesta durante la instrucción obligatoria. Si somos incapaces de aprender, nos largan. Les quitan la ciudadanía a quienes la tengan, la residencia a quienes se la hayan ganado. Los expulsados se convierten en menos de lo que eran cuando se alistaron y siguen siendo propiedad de las corporaciones, que los usan en algún otro puesto.
Así es como nos destrozan anímicamente.
Somos mierda. Todo lo que hacemos es mierda. Desde el momento en que salimos del transporte en la base de instrucción de Mendoza, no damos una a derechas. No caminamos correctamente. No tenemos el aspecto adecuado. No hablamos bien. Somos sacos de excrementos con forma de persona. Nadie nos aprecia, mucho menos nos quiere. ¿Estás en buena forma? No es suficiente. ¿Eres listo? Peor aún. Nada es suficientemente bueno para el Ejército Corporativo. Quiere obediencia ciega.
Al cabo de una semana estamos hambrientos de cualquier cosa. Hambrientos de un «Así se hace» o un «Buen trabajo». Queremos cariño, aceptación. Los humanos desean conectar. Me parecían paparruchas hasta la instrucción obligatoria. No creía que fuéramos sacos de carne impulsados por la emoción, pero me equivocaba. Los instructores lo saben. Saben con exactitud qué somos y cómo manejarnos.
Así es como enseñan a matar.
Puede resultar sorprendente, pero la mayor parte de la gente no quiere matar a nadie. No somos asesinos natos.
¿Tienes ganas de sacarle los ojos a un desconocido? ¿Lo has intentado? ¿Qué tal fue? Casi nadie hace esas mierdas, y cuando ocurre es en un ataque de furia o locura. Pero ¿matar con frialdad y premeditación? Solo el uno por ciento de los humanos son psicópatas. Los demás tenemos que aprender.
Me había peleado antes de la instrucción obligatoria. Con tipos como Frankie, sobre todo, y con alguna que otra mujer cortada por el mismo patrón. Pero pelearse no consiste en matar. Consiste en quedar por encima, en someter al otro. ¿De qué sirve matar a quien nos jode cuando podemos inmovilizarlo contra el suelo, obligarlo a rendirse y demostrar a todos los demás qué pasa cuando nos tocan los cojones? Un sometimiento puede ahorrar un montón de mierdas a la larga. El rugby, la vida que llevaba antes de ser residente, la educación básica, me enseñaron esa clase de pelea.
La instrucción obligatoria me enseñó a matar. Me enseñó a querer matar.
Hicieron que deseara matar más de lo que deseaba el aire, más de lo que deseaba la comida, más de lo que deseaba follar. Ansiamos matar porque es lo único que nos hace acreedores del aprecio de los instructores. Las personas que no reciben ningún elogio están dispuestas a todo lo que sea por conseguirlos. Si es necesario, se comerán entre sí.
¿Sabéis cómo se entrena a los perros de pelea?
Los crían a solas, en cautividad. Los tienen encadenados, cerca de otros perros, pero a suficiente distancia para que no puedan alcanzarse. Ponen pesas en las cadenas para aumentarles la fortaleza torácica. Les pegan, les dan con picanas, los regañan, les escatiman la comida.
Los entrenan con «animales cebo». Pueden ser conejos, desde luego, pero sobre todo son otros perros. Encadenan al perro cebo y dejan que el perro hambriento, golpeado, maltratado, le coja ojeriza a cierta distancia.
Cuando consideran que el perro está listo, cuando tiene nueve o diez meses, lo sueltan para que mate al perro cebo.
Cuando mata al perro cebo… lo elogian. Le dan de comer. Lo recompensan. Le dicen «Bien hecho». La primera vez que experimentan la amabilidad humana en toda su vida es cuando matan a un miembro de su propia especie.
No somos tan distintos, ese perro y yo.
Ojalá lo hubiera sabido por entonces.
Ojalá hubiera sabido un montón de cosas.
—¿Por qué te alistaste? —pregunté a Jones en la cantina, dos semanas después, mientras a Muñoz le entraban arcadas con la comida.
—En mi familia somos todos ciudadanos. Siempre nos hemos alistado todos, desde las guerras de las Semillas. Aunque todo es distinto de lo que pasaron ellos, antes del apagón de Marte. ¿Y tú?
—Tenía mis motivos. Pero mi familia…
—Despojos —dijo Muñoz, sacudiéndose los dedos frente a la cara—. Despojos, todos ellos.
—Vete a la mierda, Muñoz —respondí.
—¿Tú eres ciudadana? —le preguntó Jones. Era de mala educación preguntarlo, pero Jones era así.
—Desde hace poco —respondió—. Mis dos padres lo eran, pero mi madre no lo consiguió hasta justo antes de que yo cumpliera los dieciocho.
—Menuda potra —comenté—. No me digas que no tuviste suerte.
—Ya me había alistado en el Ejército Corporativo. —Se encogió de hombros—. Habría llegado a ciudadana por mi cuenta.
—Puede que en veinte años —dije.
Me lanzó una mirada asesina.
—No pasa nada —dijo Jones—. Todos tenemos que empezar en algún sitio.
—No soy un despojo —dije—. Tengo la residencia.
—Y tu madre la obtuvo cuando ibas a gatas, ¿verdad? —dijo Muñoz—. No me digas que no tuviste suerte tú también. No te tocó trabajar para conseguirla.
—Estoy trabajando para conseguir la ciudadanía —dije—. No me pienso morir de un puto cáncer, ni morirme poco a poco de alguna mierda crónica, como mi madre.
—Mi bisabuelo era residente —dijo Jones—. Estuvo conduciendo un autobús hasta que se desplomó. Murió en el asiento. Se ganó la ciudadanía. Tú también te la ganarás, y si no eres tú, puede que tus hijos.
—No podemos esperar que nos regalen nada —dije, más que nada porque mi padre lo decía siempre.
—Sí, claro —dijo Jones—. No existe el almuerzo gratis.
Apareció el instructor. Nos tocaba levantarnos. Llené el tenedor un par de veces y me lo llevé a la boca. Nunca comía suficientemente deprisa.
Todo lo que hacíamos esas primeras semanas era motivo de que nos pegaran o nos gritaran. Nuestra postura. Nuestra forma de hablar (o de guardar silencio). Nuestra forma de dirigirnos a los superiores por su rango (o todo lo contrario). Nuestra forma de correr. Nuestra forma de hacer flexiones. Nuestra forma de ducharnos. Nos enseñaron a caminar. A comer. A vestirnos. A hacer la cama. Nos instruían en todas esas cosas básicas que creíamos que sabíamos hacer. ¡La higiene! ¿Quién no sabe lavarse?
Pero en el baño había instructores y encargados que nos gritaban órdenes mientras nos duchábamos. Había un cartel en la pared, para quienes se olvidaran:
Haz cola.
Sitúate bajo la ducha.
Mójate la cabeza.
Enjabónate el pelo y la cara.
Enjuágate.
Enjabónate el brazo izquierdo.
Enjuágate.
Enjabónate el brazo derecho.
Etcétera. Si creíamos saber lavarnos los genitales, ahí estaba el Ejército Corporativo para sacarnos de nuestro error. Los militares sabían hacer las cosas. Todo lo hacían mejor.
Volvimos a aprender a vestirnos. A cagar (¡Sube las rodillas! ¡Ponte en cuclillas, no te sientes!). A limpiarnos las botas. A hablar (mencionando el cargo del superior con posesivo de respeto). A quien no se adapta pronto lo expulsan y lo pierde todo.
Hay que recordar que muchos de nosotros perdemos la capacidad de elección en cuanto nos metemos en esto. Nos dicen que tenemos toda la libertad. Libertad para trabajar. Libertad para abandonar las corporaciones. Y es cierto: podemos no trabajar. Y conseguir que nos echen de las corporaciones. Podemos salir de la corporación y vivir en las chabolas de un campo de trabajo, como vivíamos mis padres y yo, con la esperanza de no morir de una gripe. Pero no es que esto sea una elección, ¿verdad? Así es como nos engañan. Es como jugar a uno de esos inmersivos en los que hay que elegir entre tres puertas, pero las tres conducen al mismo supervillano de fin de nivel. Nunca hubo nada que elegir.
Soy una persona competitiva, lo que me resultó ventajoso el primer par de semanas, cuando íbamos cada cual por su cuenta. Todas las mañanas, menos la del domingo, corríamos cinco kilómetros y hacíamos dos horas de EF. Siempre quedé entre los tres primeros, pero no me elogiaron por ello. No había elogios para quien cumplía lo esperado.
Los elogios se reservaban para los asesinos.
La segunda semana nos presentaron nuestras armas.
Los fusiles de pulsos solo pesaban medio kilo. Sus disparos dispersan la biomasa con tanta potencia explosiva que no dejan gran cosa que limpiar. Es como tener un lanzagranadas láser personal, pero sin la metralla. Cuando se alcanza a alguien de lleno solo queda una neblina rojiza.
Dormíamos con esos fusiles. Los desmontamos y volvimos a montarlos tantas veces que, al final de la semana, podíamos hacerlo con los ojos vendados. Yo tenía buena puntería, pero Muñoz era mejor. Eso no parecía satisfacerla tanto como yo esperaba.
—No es precisamente una de las aptitudes que puntúan más para Inteligencia —me decía—. Tú eres un buen ejemplo.
Los domingos por la mañana teníamos cuatro horas para dedicar a asuntos propios. Casi todos se ponían al día con las noticias corporativas, dormían y, por fin en la semana dos, miraban y grababan mensajes personales. El acceso a esos mensajes tenía en vilo a todo el mundo, con excepción de los que, como yo, no esperábamos ninguno.
No había demasiada intimidad en nuestro barracón; no la había en ninguna parte de las corporaciones. Veíamos los mensajes en las cabinas abiertas de la entrada de la cantina. El primer día, después del desayuno, la cola era larguísima, así que fui más tarde, hacia el final del tiempo libre de los domingos. Me esperaban seis mensajes de Vi Ruiz, mi exnovia. Los borré sin mirarlos. Solo eran fantasmas; ya había recibido muchos de esos. Aprendí a tirarlos directamente. Los otros eran de Andria y Rubem, los dos amigos con los que estuve de fiesta antes de incorporarme a filas. Ya me parecía que había pasado toda una vida. Habían acabado en otro campamento una semana antes que yo, en Mendoza.
Normalmente, las pantallas internas deberían habernos servido para gestionar los mensajes y conectarnos directamente con quienes quisieran hablar con nosotros. Pero no querían que nos llegara información exterior sin procesar. Todos los mensajes que nos llegaban estaban filtrados, censurados y vueltos a filtrar, y teníamos que verlos en público.
Activé el mensaje de Andria. Su rostro floreció en la pantalla, con tanta nitidez que podía contar las manchas de tierra que tenía en la barbilla y cada uno de los capilares reventados bajo el ojo izquierdo. Su piel clara se estaba pelando por el exceso de sol. A pesar de que sabía que le habrían cortado el pelo, me sorprendió verla sin su mata de rizos negros, lo que revelaba una frente ligeramente inclinada y un cráneo cubierto de pelusa oscura. Detrás de ella, Rubem me hacía gestos, pero un recluta que pasaba por delante me impidió entenderlos.
—¡Dietz! —dijo Andria—. Estás en la semana dos, ¿verdad? Conociéndote, ni siquiera mirarás si tienes mensajes hasta la semana tres. ¡Ja! Oh, mierda, hay tantas cosas que me gustaría contarte… Pero supongo que las censurarían. Rube y yo estamos bien, muy bien. ¡Aguanta! Tenemos que ir juntos al frente, los tres. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, ¿verdad? ¡Mira qué mierda! —Levantó el brazo izquierdo; le faltaba la mano desde la muñeca, y en su lugar había una prótesis semiorgánica. Las extremidades falsas se distinguían porque la piel brillaba demasiado y el color no coincidía nunca. Cerró el puño a una velocidad sorprendente—. Un ejercicio con fuego real. Deberías… —La pantalla quedó en negro, atravesada por la palabra «Censurado». Esperé hasta que se reanudó el vídeo. Andria se había girado y gritaba a Rubem—: ¡Sí, dos minutos! —Se volvió de nuevo hacia mí—. Vamos a ganar, Dietz. —Levantó las manos, con los índices extendidos—. ¡Cambio y corto! —Terminó el vídeo.
Había un par más del estilo, Andria dándome ánimos. Me conocía demasiado bien. Puede que sintiera lástima de mí. Esperaba que no.
—¿Buenas noticias de casa? —preguntó Jones en la cantina, cuando comíamos al día siguiente. No sabía bien si preguntaba a Muñoz o a mí.
—¿Cuándo vamos a emborracharnos como piojos? —dijo Muñoz—. Es lo que estoy deseando que llegue. ¿Cuántas semanas faltarán?
—¿Malas noticias? —preguntó Jones.
—Nada. La mierda de siempre. ¿Y tú, Dietz? ¿Tienes amigos?
—Sí, Muñoz, tengo amigos.
—Como rebosas encanto y esas cosas…
—Son los palabros rimbombantes —dije—. Tengo a todo el mundo encandilado.
—¿Has leído algo de Jorge Amado? —preguntó Jones—. ¿O de Machado de Assis?
—No creo que Dietz lea.
—Amado me suena; el otro, no. ¿No están censurados?
—Para los ciudadanos, no —dijo Jones—. Machado de Assis dijo, digo escribió: «Cada cual sabe amar a su modo. El modo no importa; lo importante es saber amar».
—Y eso, ¿qué tiene que ver? —dije.
—Te he visto borrar un montón de mensajes. De una chica. —Jones levantó las cejas.
No hay puta intimidad.
—¿Tienes novia, Dietz? —intervino Muñoz.
—No. Ya no.
—¿Y ella lo sabe? —preguntó Muñoz.
No me apetecía ponerme a hablar de Vi.
—¿Tienes una de esas citas para cada ocasión? —le dije a Jones, que llenó el tenedor de pasta de proteínas y masticó lentamente, con la mirada perdida.
—«Me gustan los ojos que sonríen, los gestos que se disculpan, los roces que saben hablar y los silencios que se declaran».
—¿Esas citas funcionan con todas las chicas? —pregunté.
—¿Tienes envidia?
—Si funcionan, sí.
—Tengo a varios álguienes en mi pueblo, así que sí: funcionan. Aunque, joder, sería más fácil ir al grano sin tanto dramatismo.
—¿Citas a un muerto y echas un polvo? Pues sí que tiene que ser pequeño el pueblo —dijo Muñoz.
—¿Por qué no te hiciste poeta? —le pregunté a Jones.
—¿Crees que Teni fomenta la poesía? ¡Vamos, Dietz, que se te ven las costuras de despojo!
—Lo decía con sarcasmo.
—Hay trabajos de escritura bastante bien pagados, eso es cierto. Me encantaría ser periodista corporativo. Puede que después de la guerra.
—¿No les dicen qué escribir?
—Nah, solo hay que someter los artículos a la aprobación de la Oficina de Comunicaciones Corporativas antes de publicarlos. Hay mucha libertad a la hora de escribir, siempre que se traten los temas aprobados.
—Para los ciudadanos —dije.
—Solo los ciudadanos pueden ser periodistas —dijo Jones.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque así son las cosas —Jones se encogió de hombros.
—Es una ventaja del modelo de ciudadanía —dijo Muñoz—. Los periodistas ciudadanos tienen más que perder si el mensaje corporativo no es coherente. Quiero decir, si aquí Dietz difamara públicamente a Teni, no tendrían gran cosa que quitarle.
—Que te den —dije.
—Me parece muy pesimista —dijo Jones—. Los ciudadanos, simplemente, están mejor preparados para hablar elocuentemente de esos temas. Ya sabes, tenemos educación.
La carcajada de Muñoz fue tan fuerte que sonó a chirrido.
—Los de familia ciudadana de toda la vida estáis cortados por el mismo patrón —dijo—. Es como hablar con un póster de propaganda.
—¿Qué? —dijo Jones.
—A Andria no le dejaron decirnos qué tenemos por delante —intervine, porque no me gustaba el derrotero que estaba tomando la conversación. No me gustaba hablar de política.
—¿A qué viene eso? —dijo Muñoz.
—La censuraron cuando intentó contarnos qué pasa esta semana.
—Estupendo —dijo Muñoz, apuñalando la comida y fulminando a Jones con la mirada—. Eso siempre es buena señal.
Había un buen motivo para la censura. La corporación tiene sus motivos. Se protege.
A continuación llegaban los módulos de tortura.
Nos hicieron formar un jueves por la mañana. Hacía calor y, con la humedad, todo estaba cubierto de una fina capa de rocío.
—El enemigo os hará un montón de cosas horribles —dijo el instructor—. Nuestro trabajo consiste en prepararos para ello. Por eso vamos a ser los primeros en haceros un montón de cosas horribles.
Muñoz puso cara de fastidio.
Yo no. Miré fijamente al instructor, con la esperanza de hacerme una idea de lo que nos esperaba.
No voy a hablar de los módulos de tortura, al menos de momento. Diré que fueron tres días de mierda. Diré que las experiencias inmersivas son inmersivas de cojones. Diré que después de eso deberían habernos mandado a todos al loquero.
Pero no fue así.
Al menos de momento.
Seguimos adelante.
Seguimos adelante.
Porque en eso consiste la guerra.
Se sigue adelante hasta que se acaba.
O hasta que se muere.
—Me he dado cuenta de que esta es la semana en que os enseñamos a no morir de hambre —dijo el instructor—. Supongo que es necesario, teniendo en cuenta que vamos a dejar vuestros culos blanditos en el bosque, para que os hundáis u os coman los jaguares y los parásitos.
Estábamos en formación, el día uno de la semana tres. No había sentido tanto cansancio en toda mi vida. Muñoz estaba a mi lado, oscilando de un pie a otro. Lo que no había dicho el instructor sobre el campamento de tortura virtual era que vivir un horror tras otro dificultaba el sueño considerablemente. Y cuando se conciliaba llegaban las pesadillas. Aún me parecía ver mierdas por el rabillo del ojo: niños con la cabeza reventada, hombres con machetes ensangrentados. Aún percibía el hedor metálico de la sangre. Gruñí en un intento de disiparlo.
—Hoy salimos de caminata, chavales —dijo el instructor—. Cuando terminemos sabréis qué es el dolor. Entenderéis el verdadero agotamiento. Y lo más importante, seréis capaces de alimentaros en vez de intentar comeros entre vosotros.
Unos cuantos reclutas se rieron, en la parte de atrás. Supuse que serían de los que habían sabido librarse de los módulos de tortura. Al parecer era posible salir de ellos, pero puede que solo lo consiguieran tres o cuatro por promoción, y siempre los ascendían a Inteligencia. Muñoz no había estado entre ellos, y seguía cabreada.
Los instructores nos hicieron caminar cincuenta kilómetros selva adentro. Al principio seguíamos un sendero desgastado, pero después, los ciento veinte que quedábamos tuvimos que avanzar campo a través. Alrededor de las doce hubo un descanso de quince minutos para beber, mear y comer barras de proteínas, y después seguimos caminando.
Jones empezó a quedarse rezagado detrás de Muñoz y de mí. Tenía la mirada perdida de quien tiene la cabeza en otro sitio. Le eché agua a la cara.
—¡Mueve el culo, Dietz! —gritó el instructor desde delante—. ¡Muñoz! Estás malgastando aliento ahí detrás con Jones. Si os quedáis atrás, no podréis alcanzarnos. ¡Vamos! —El instructor iba en un jeep a nuestra velocidad, en la carretera de más abajo. Por qué cojones no podíamos caminar por la carretera es algo que se me escapa. Había otro jeep en la parte trasera, para hostigar a los remolones.
Apretamos el paso.
Ya había oscurecido cuando volvimos a descansar. El instructor y sus ayudantes aparcaron frente a nosotros, en un claro. En el centro había ocho mesas plegables, y a su alrededor, unas cuantas cajas de madera.
En serio, pensé que las cajas estaban llenas de munición, de granadas. Pensé que iban a dispararnos a ver quiénes sobrevivían a un ejercicio con fuego real. Con esa gente, ¿quién sabe?
Nos dieron agua. Entonces empezó el espectáculo. Nos colocamos alrededor de las mesas, a la expectativa, como corderos en el matadero.
—Bien, chavales —dijo el instructor; se encaramó a una mesa y se puso en jarras con los puños cerrados—. ¿Tenéis hambre? ¿Estáis dispuestos a curraros la cena?
Los ayudantes volcaron las cajas.
Salieron dos docenas de conejos gordos y blancos, que se pusieron a saltar alejándose de las cajas. Roían un poco de hierba y seguían saltando.
—La tarea es sencilla, chavales —dijo el instructor—. Os buscáis un compañero y cazáis la cena. La matáis. La desolláis. Os la coméis. Que no se os adelanten los otros bichos de la selva. Si queréis, los ayudantes os echarán una mano. ¡Vamos!
Atrapé un conejo; fui quien primero lo consiguió. Me quedé mirando sus vacuos ojos negros. Se acercaron Muñoz y Jones, sin duda dispuestos a dejarme hacer el trabajo sucio. Probablemente era la primera vez que miraban a su cena a la cara.
—¿Qué te pasa, Dietz? —dijo el instructor—. ¿Tienes reparos?
—No, mi sargento —dije.
—¡Pues muévete! ¿O quieres morirte de hambre? Es la costumbre, ¿no?
Me quedé mirando al conejo que pateaba entre mis manos. A mi alrededor, otros chicos que ni siquiera habían aplastado una araña en su vida intentaban decidir cómo matar a un conejo. Los conejos heridos se escapaban hacia la selva, seguidos por reclutas extenuados.
—Sé matar a un conejo. Lo que pasa es que no sé si es necesario, mi sargento.
—¡Mata a ese conejo y cómetelo, Dietz! —dijo inclinándose sobre mí—. Es una puta orden. ¿Ya te parece más necesario?
Lo miré a los ojos. Se supone que no debemos, pero tengo un problema con la autoridad. Odio que me digan qué hacer. Me dan ganas de contraatacar, de incordiar, de evadirme, de liarme a puñetazos o empujones, de ponerme desafiante.
Me saqué el cuchillo del cinto, sin dejar de mirar al instructor, y rebané la yugular del conejo. La sangre salpicó la cara del instructor. Habría sido más clemente desnucar al conejo con una rama, pero no había ninguna a mano y me venía mejor que hubiera sangre.
—¡Me cago en todo! —gritó el sargento, pasándose la mano por la cara.
Entonces le retorcí el cuello al conejo, con un fuerte tirón. Ya lo estaba pasando bastante mal, y con voto de venganza o sin él, yo no era ningún monstruo. De momento.
—¡Cincuenta flexiones! —gritó el instructor.
—¡A tomar por culo! —dije.
Me dio una hostia. Con fuerza.
Oscilé y perdí el equilibrio.
—En todas las promociones hay alguien como tú —dijo el instructor, cerniéndose sobre mí—. Algún despojo venido a más que intenta demostrar que su mamá no era basura. Pues tengo una noticia para ti, Dietz: siempre serás basura.
Tenía la cara contra el suelo y me preguntaba si de verdad quería levantarme para que me cayera otra hostia. El instructor no era un niñato jactancioso que intentaba hacerse el duro, como Frankie. Sabía cómo matarme. Sabía cómo hacerme daño sin dejarme una marca. No sería la primera vez.
—Mi sargento…
—¿Cómo dices? —Me hundió más la cabeza en el barro.
—A la orden, mi sargento.
—¡Arriba!
Me levanté a duras penas. Los demás se afanaban, mal que bien, en matar y desollar sus conejos. Un par de reclutas flacos ya tenían un cadáver en el fuego. El olor recordó a mi agotado cuerpo que tenía un hambre canina. Me rugió el estómago, con un dolor agudo y punzante que me dobló por la mitad. Jones y Muñoz daban vueltas al conejo muerto, sin saber qué hacer.
—Vuelve al campamento. Quédate en posición de firmes junto a la bandera hasta que te diga que puedes moverte.
Para llegar al campamento tenía que desandar cincuenta kilómetros. Me moría de cansancio y deshidratación. Me hacía una idea de lo que supondría eso. Me quedé con la boca abierta, sin llegar a decirlo.
—¡Mueve el culo, Dietz! ¿Me tomas por un puto loro? No pienso repetirme.
Pasé junto a él dando tumbos, aún grogui por el golpe en la cabeza. Capté la mirada de Muñoz, que se apresuró a apartar la vista. Seguí a trompicones, intentando dar con el camino. El instructor me dio una patada en el culo y trastabillé, pero conseguí no volver a caer y seguí andando por donde habíamos llegado. Me ardían las piernas, dos trozos de carne muerta al final del cuerpo.
Cincuenta kilómetros. Mierda.
Seguí avanzando.
Había cazado el conejo. Me había ganado la comida. Me había ganado el descanso. Me había ganado el sueño. ¿Por qué estaba volviendo? Pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Dar media vuelta y que me ahogaran en barro? Tenía la vista nublada.
No hay más remedio que seguir.
Durante los treinta primeros pasos me impulsaron la angustia y el pánico. Después me quedé en blanco. Cincuenta kilómetros, mierda, cincuenta kilómetros. Todo el camino de ida pasó por delante de mis ojos. Vomitar, cagar en zanjas, y los temblores, hostia, los temblores, el esfuerzo interminable.
Seguí andando; ya me ardía el pecho. «Puedo con esto —me decía—, puedo soportar cosas peores. Quiere anularme físicamente. Quiere que me queje. Quiere que dé media vuelta, me ponga de rodillas y le suplique agua, que le suplique comida. Quiere extenuarme, quiere hacerme limpiar letrinas hasta que no pueda más y me eche a llorar por la muerte de mi madre y por la muerte de mis sueños de ciudadanía.
Este era el módulo de tortura en la vida real.
No hay que pensar en el propio cuerpo. No hay que pensar en la distancia. No hay que pensar en el agua, en gloriosos estanques cristalinos, frescos y transparentes como la lluvia de primavera. No hay que pensar en cómo el cuerpo consume grasa, la quema hasta que se acaba y entonces empieza con el músculo.
No hay que pensar.
El hambre abrasa y después desaparece. Abrasa. Parece que va a matarnos, pero no es así; se desvanece, como el agotamiento. Ya lo sé, porque crecí con hambre. Me despertaba con hambre. Me iba a dormir con hambre.
Recuerdo estar buscando desperdicios en la orilla de un fangoso río llamado Tajo Luz, con mis primos. Mi hermano era demasiado pequeño; mi madre aún lo llevaba a la espalda. Con él a cuestas, iba por delante de nosotros arañando la arena con un rastrillo casero, para descubrir desechos ajenos.
Más adelante, cuando la arena daba paso a la maleza, capté un movimiento por el rabillo del ojo y trepé por las dunas bajas. En lo alto había una madeja retorcida de tiras de plástico, ramitas, rebabas de aluminio y fibras sintéticas, y un polluelo de paloma medio dentro, medio fuera del nido. Tenía un ala extendida y la agitaba fútilmente. Cogí a la pobre criatura entre las manos.
—No pasa nada —murmuré, pasándole el dedo por la cabeza temblorosa. Notaba los latidos del corazón en la palma de la mano.
Bajé la duna como un tobogán y alcancé a mi madre. No llevaba zapatos, pero ya casi no notaba la arena pedregosa de la orilla. Tenía los pies sucios y callosos, trozos de carne recia.
—¡Mamá! —grité, con el ave herida en la mano. Se volvió; la melena negra le ondeaba sobre un hombro. El sol salía a su espalda, denso y viscoso como la yema de huevo fresco—. ¡Mamá! Se ha hecho daño. ¿Podemos quedárnoslo?
—Vamos a llevárnoslo a casa —dijo, y me apartó el pelo de la cara. Me recordó a mí cuando acaricié la minúscula cabeza del pájaro.
Sonreí de oreja a oreja.
Volvimos a casa con el polluelo, además de seis moluscos, un poco de alambre de cobre y un trozo de metal de un metro de largo en el que se distinguían, desvaídos, los círculos del logotipo de NorRus.
Aquella noche dormí junto al polluelo. A la mañana siguiente, mi madre lo desplumó y lo cocinó entero. Me gustaría decir que no tuve estómago para comérmelo, pero si alguien piensa que no deseaba meterme ese pajarillo en el gaznate a pesar de haber estado cantándole la noche anterior, es que nunca ha pasado hambre.
Se lo comió mi madre, para tener bastante leche para mi hermano. Yo me quedé en el suelo con las piernas cruzadas, frente a ella, y la observé devorarlo de tres bocados crujientes.
No lloré hasta que se fue para recibir a mi padre, que volvía de una expedición a los vertederos de desechos médicos de la academia de instrucción militar cercana. Hasta que en Teni necesitaron más pilotos para la guerra contra Marte, no fuimos nadie. Despojos. Como todos los demás de allí.
Me apreté las rodillas contra el pecho y lloré de hambre. Lloré porque quería que acabase el dolor.
Tropecé con mis propios pies, aún conservo vívido el recuerdo, y me di con el barro. La caída fue un alivio. Me quedé allí, respirando trabajosamente, llenándome del olor a tierra; sentía entre los dedos el pringue de las hojas podridas.
La primera vez que los agentes de Seguridad Corporativa de Tene-Silvia fueron a por mi padre fue dos años después de que obtuviéramos la residencia; dos años después de que se pusiera a conducir lanzaderas entre Marte y la Luna. En Teni pusieron a nuestra disposición viviendas en condiciones, y raciones básicas. Pero mi madre ya estaba muriéndose para entonces, consumida por alguna enfermedad crónica cuya curación solo estaba al alcance de los ciudadanos; solo ellos tenían acceso a la asistencia médica avanzada, y nosotros estábamos muy lejos de eso. Yo tendría trece o catorce años, y mis padres me inspiraban a la vez orgullo y vergüenza. Mi hermano se quedaba en casa a cuidar de mi madre; era un poco menos despierto que yo y no había aprobado los exámenes de ingreso en la educación básica. Solo los ciudadanos obtenían ayuda en casa; los residentes teníamos que apañárnoslas por nuestra cuenta.
Mi padre escuchaba un montón de emisiones ilegales. Veía vídeos y ejecutaba inmersivos que no estaban aprobados por la corporación. Yo no entendía por aquel entonces por qué lo hacía.
Cuando los de seguridad corporativa nos echaron la puerta abajo, yo acababa de sentarme a la mesa de la cocina y me quejaba de que hubiera pan tostado sin más. Recuerdo ese detalle porque ahora me parece estúpido, pero con catorce años se me antojaba importante que fuéramos como todos los demás, y todos los demás se untaban las tostadas con mantequilla. ¿Por qué nosotros no?
—Haz lo que te ordenen —me dijo mi padre, sujetándome por los hombros.
—¡Al suelo! ¡Todos al suelo! —gritaban.
Mi padre me arrastró consigo.
—¿Y Tomás? —dije.
