Las estrellas son legión - Kameron Hurley - E-Book

Las estrellas son legión E-Book

Kameron Hurley

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Beschreibung

En los confines del universo, la Legión, un sistema de naves-mundo que se van pudriendo poco a poco, se desplaza por los intersticios de las estrellas. Parece que nada es capaz de detener la agonía de esos mundos, en los que durante siglos dos familias han estado luchando por la supremacía, y se pone en marcha un plan desesperado. Zan no recuerda quién es. Recupera la conciencia entre personas que dicen ser su familia y le aseguran que tiene en sus manos la salvación porque solo ella es capaz de abordar el Mokshi, esa misteriosa nave-mundo abandonada que puede sacarlas de la Legión. Zan tendrá que elegir de qué lado está en una campaña genocida que la llevará desde los límites de la Legión hasta el vientre mismo del mundo. Una "space opera" sobre un amor trágico, la venganza y la guerra.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Índice

PARTE I. Emerjo

1. Zan

2. Zan

3. Zan

4. Jayd

5. Zan

6. Jayd

7. Zan

8. Jayd

9. Zan

10. Jayd

11. Zan

12. Zan

13. Jayd

PARTE II. Profundidades

14. Zan

15. Zan

16. Jayd

17. Zan

18. Zan

19. Zan

20. Jayd

21. Zan

22. Jayd

23. Zan

24. Zan

25. Jayd

26. Zan

27. Zan

28. Jayd

29. Zan

30. Jayd

31. Zan

32. Jayd

33. Zan

34. Zan

PARTE III. Resurrección

35. Jayd

36. Zan

37. Zan

38. Jayd

39. Zan

Agradecimientos

Créditos

PARA TODAS LAS MUJERES BRUTALES

 

FUE EL ABISMO LO QUE PUDO CON NOSOTRAS. CUANDO CRUZAMOS EL ABISMO, ALGO VOLVIÓ CON NOSOTRAS.

 

«NO HAY NADA QUE TEMA MÁS QUE ALGUIEN SIN RECUERDOS. UNA PERSONA SIN MEMORIA ES LIBRE DE HACER LO QUE LE PLAZCA.»

LORD MOKSHI, ANALES DE LA LEGIÓN

1

ZAN

Recuerdo haberme deshecho de un bebé.

Es el único recuerdo que sé que es mío. El resto es cruda negrura. Todo lo que tengo, pues, es lo que me han contado como verdad:

Mi nombre es Zan.

Estuve al mando de un gran ejército.

Mi misión era acabar con un mundo que ya no existe.

Me dicen que mi ejército fue desperdigado, o devorado, o destruido en un millar de escombros centelleantes, y que desaparecí.

No sé por qué querría dirigir un ejército, especialmente uno perdedor, pero me cuentan que pasé mi vida esforzándome para alcanzar el rango y la habilidad que poseo. Y cuando volví, escupida por el mundo o liberada por voluntad propia, volví mal. Todavía no sé qué significa mal, tan solo que ha dado como resultado mi falta de recuerdos.

El primer rostro que veo al despertar en la cama, cada periodo, tiene labios carnosos y resplandece tanto que es como mirar a un sol repleto de vida. Dice que su nombre es Jayd, y es ella quien me ha contado todo lo que creo que es cierto. Cuando pregunto, ahora, por qué hay un cadáver en el suelo tras ella, tan solo me sonríe y dice: «Hay muchos cuerpos en el mundo», y me doy cuenta de que las palabras mundo y nave son casi idénticas. No sé cuál utilizó.

Me hundo.

Cuando vuelvo a despertar el cadáver ha desaparecido, y Jayd trastea a mi alrededor. Me ayuda a sentarme por primera vez. Me asombro al ver los moratones de mis antebrazos y piernas. Una amplia cicatriz divide mi vientre en dos y termina junto a la ingle. Hay algo raro en mi mano izquierda; salta a la vista que es mucho más pequeña que la derecha. Al tratar de cerrar el puño, los dedos se quedan a medio camino, simulando una garra atormentada. Cuando me deslizo al suelo descubro que apenas tengo sensibilidad en las plantas de los pies. Jayd me pone una bata porosa sobre los hombros y no me da tiempo a examinarlos. Es de la misma talla que la suya, aunque la mía es verde oscuro y la de ella es azul.

—Ha llegado la hora de ponerte al corriente —dice Jayd, mientras trato de comprender el alcance de mis heridas.

Jayd me coge de la mano y me lleva fuera de la estancia, a través de un pasillo palpitante y oscuro. Miro de reojo. Veo que nuestras manos entrelazadas son del mismo color cobrizo, aunque su piel es mucho más suave que la mía.

—Estuviste desaparecida durante media docena de giros —dice Jayd.

Me sienta a su lado en una habitación del pasillo. Me miro las palmas de las manos, intentando abrirlas y cerrarlas. Si pongo empeño, puedo cerrar la izquierda un poco más. La estancia, como los pasillos, es cálida, un lugar brillante que late como el interior de un órgano. Jayd aparta de mi ceja un mechón de cabello oscuro con un gesto tan ensayado y reverente como el de una oración. Su contacto me reconforta.

—Te creíamos muerta —dice—. Reciclada.

—¿Reciclada en qué? —pregunto.

Pero la pared se abre, la puerta se despliega como una flor, y una mujer mayor nos indica que entremos. Jayd ignora mi pregunta.

Jayd y yo nos acercamos a la mujer y nos sentamos en un banco húmedo a un lado de una enorme mesa. La mujer está sentada al otro lado. Por la superficie de la mesa ondulan figuras, aunque si se trata de escritura, decoración o algo diferente, lo desconozco. Al observarlos, los siento palpitar en mi cabeza. Me llevo la mano a la sien y descubro que mis dedos están untados de un lubricante o ungüento pegajoso y viscoso. Deslizo el índice a lo largo de la marca de una cicatriz que une el final de mi ceja izquierda con el lóbulo de la oreja del mismo lado. Todavía no me he visto el rostro. No hay superficies donde verme reflejada. Desde luego hay algo que va mal en este lugar, pero no creo que sea yo.

—Soy Gavatra —susurra la mujer con voz grave.

Su cabello negro está rapado, trasluce la piel oscura y cuatro largas cicatrices como arañazos sobre la nuca. Viste una prenda larga de tela azul brillante, como de algo exudado por las paredes, y unida por nudos intrincados. Se inclina sobre mi rostro, observando, y suspira.

—¿Sabes quién eres?

—Es lo mismo que en las demás ocasiones —dice Jayd.

—¿Las demás ocasiones? —pregunto. Porque ¿cuántas veces puede una perder un ejército y ser devorada por una nave, volver con heridas como estas y sobrevivir?

Jayd me observa fijamente, buscando con desesperación algo en mi mirada. Su rostro serio es ancho, con los ojos hundidos y nariz respingona. Creo que debería saber o entender algo de esa mirada, pero mi memoria es un vacío cálido y pegajoso. No intuyo nada. Vuelvo a abrir y cerrar las manos.

—Ochocientas seis de tus hermanas han intentado abordar el Mokshi —dice Gavatra, mientras golpetea la superficie de la mesa con sus dedos. Las figuras cambian, y ella las observa como si pudiera descifrarlas—. Eres la única que siempre vuelve, Zan. Parece que es la razón por la que Lord Katazyrna sigue enviándote allí, a pesar de que nunca has conseguido que un ejército entrara. Tan solo tú.

—El Mokshi —digo—. ¿El mundo que no existe?

—Exacto —contesta Jayd—. ¿Te acuerdas? —¿Lo dice con esperanza o con recelo?

Sacudo la cabeza. La frase no significa nada para mí. Tan solo ha surgido.

—¿Cuántas veces me ha ocurrido esto? —pregunto.

Mi mano izquierda tiembla y la observo como si perteneciera a otra persona. Se me ocurre que quizá fue así, y siento un escalofrío. Quiero saber qué le pasó a mi memoria, y por qué había un cuerpo en mi habitación, y por qué me deshice de un bebé. Pero sé que las respuestas no van a ser agradables.

—Estás bendecida por el Dios de la Guerra, hermana mía —afirma Jayd. Pero lo dice mientras mira a Gavatra. Es como volver a ser una cría, metida en una habitación con personas que comparten un pasado profundo, demasiado insondable y complicado para que una niña lo entienda. Todavía más curioso es que si Jayd es de verdad mi hermana, esta sensación que encoge mis entrañas cuando pasa sus dedos por mi pelo es completamente inapropiada.

Alzo la mirada hacia Gavatra y aprieto la mandíbula. Me inunda un propósito sombrío.

—Quiero saber qué me pasó —digo—. Puedes decírmelo o te lo puedo sacar por las malas.

Ahora ya puedo cerrar las manos en puños. Siento que este movimiento es mucho más natural que nada de lo que he hecho hasta ahora.

Gavatra ladra una carcajada. Golpea la mesa y provoca que un grupo de luces danzarinas floten en el aire. Las observo fascinada enredarse por encima de ella, que las devuelve a la mesa de un manotazo.

—Estás cumpliendo tu deber hacia tu madre, Lord de Katazyrna —dice Gavatra—, como todas nosotras. Pero quizá Jayd tenga razón esta vez. Quizá ha llegado la hora de que te retiremos.

—Tengo la sensación de que me debéis un recuerdo —digo.

—Para eso tienes que recuperar el Mokshi —afirma Gavatra—. No tenemos tu recuerdo aquí. Esa nave lo engulló. Parece devorarlo cada vez. Quieres tu memoria, pues aborda el Mokshi… y mete a una escuadra contigo esta vez.

—Entonces volveré a ir —digo.

—Madre no se puede permitir arriesgar otra escuadra —dice Jayd—, y menos con las Bhavajas esperándonos en la órbita del Mokshi. Las Bhavajas han tomado otra nave desde que estuviste desaparecida, Zan.

—¿Qué es una Bhavaja? —pregunto.

—Estos ciclos empiezan a cansar —dice Gavatra mientras hace un gesto de impaciencia.

—Son las grandes enemigas de nuestra familia —responde Jayd—. Una familia con la que estamos en conflicto desde que Madre era una niña. Es solo cuestión de tiempo que también nos arrebaten el Mokshi. Quizá incluso todas las naves Katazyrna.

Esta vez estoy segura de que dice nave y no mundo, porque arrebatar todo un mundo parece imposible.

—El Mokshi ha destruido a mucha gente —dice Gavatra—. Tu madre se limitará a robar más de algún otro mundo en apuros. Si Zan está lista para asaltar el Mokshi de nuevo, no se lo negaré.

Jayd se encoge en la silla, derrotada. ¿Soy algo sobre lo que pelear y ganar?

—Es una locura de misión —asevera Jayd—. Existen las mismas probabilidades de que muera como de que recupere la memoria. Algunos fragmentos vuelven sin que tengas que regresar al Mokshi, Zan. Si te quedas…

—No —interrumpo. De nuevo recorro con el dedo el borde de la larga cicatriz de mi rostro—. Me gustaría terminar lo que se ha empezado.

Gavatra sacude la mano por encima de la mesa y las figuras de luz se desvanecen para revelar que la superficie es un lienzo cosido de suave piel humana.

Doy un respingo en el asiento. El temblor del brazo se convierte en un espasmo, me revuelvo y golpeo la pared. Esta se hunde bajo mi puño, como si hubiera chocado contra un pulmón. Cuando saco la mano, está húmeda. Me estremezco; la respiración se me acelera y me falta el aire.

Jayd me rodea con sus brazos.

—Tranquila, pasará —susurra.

Me siento como si observara mi cuerpo desde gran altura, incapaz de contenerlo o controlarlo. El pánico es algo monstruoso. Mi cuerpo trata de luchar o huir, y no puedo permitirle hacer ninguna de las dos cosas hasta que comprenda qué está ocurriendo aquí. El ataque es tan súbito, tan incontenible, que me aterroriza.

Gavatra resopla y se levanta.

—Va a estallar de nuevo —dice, mientras se rasca la cicatriz de la cabeza.

Mi corazón martillea con fuerza en el pecho. Un oscuro y retorcido impulso se apodera de mí; se desata todo lo que he aguantado mientras me manipulaban y pinchaban en la enfermería.

Cruzo la mesa de un brinco y agarro a Gavatra por la garganta. Chocamos contra la pared y caemos al suelo. Ella se retuerce tras de mí, jadeando como una moribunda, y quizá lo es. Al sentarme a horcajadas sobre ella y ver mis manos, temo que la izquierda, más débil, no sea capaz de estrangular a una mujer hasta la muerte.

—No me creo una sola palabra de lo que has dicho —le digo a Gavatra enseñando los dientes.

Gavatra retuerce mi brazo débil. El dolor me atraviesa, y ciega mi pánico. Me golpea con la cabeza en la cara, de un modo tan rápido e inesperado que retrocedo tambaleándome tanto por la sorpresa como por el daño, con las manos sobre el rostro mientras la negrura me oscurece la vista.

Jayd se interpone entre Gavatra y yo. Se desliza por el suelo para sujetarme entre sus brazos, como si fuera un valioso animal que se ha vuelto salvaje.

Gavatra se ayuda de la mesa para levantarse. Se frota la garganta y sonríe con sorna.

—Puede que quede algo de la antigua Zan en ella —dice.

—¡Mi memoria! —grito.

—Idiota —responde Gavatra—. No sabes el regalo que ha sido esa pérdida para ti. —Entonces sonríe, las arrugas se hacen más profundas, su rostro más cavernoso a la pálida luz—. La verdad es mucho peor de lo que puedas imaginar.

—Sácame de aquí —digo. El pánico está remitiendo, pero las paredes palpitantes parecen estar más cerca, como si la sala misma fuera a tragarme entera.

Jayd presiona su mejilla contra la mía. Agarro un mechón de su cabello y lo aprieto con suavidad.

—¿Quién eres en realidad? —susurro.

Siento cómo se alzan las comisuras de su boca.

—Soy tu hermana, Zan mía.

Y le devuelvo la sonrisa porque mi rostro palpita, y me caen gotas de sangre de la nariz, y recuerdo mis otras heridas. Tengo dos opciones ahora: luchar y arriesgarme a ser reciclada —sea lo que sea eso— o seguirles la corriente, darles lo que quieren, y descubrir adónde ha ido en realidad mi memoria y por qué se esfuerzan tanto en fingir que son parientes mías.

—Estoy asustada —digo, y no es del todo cierto. Tengo miedo de lo que voy a tener que hacerle a esta persona que dice ser mi hermana, pero a la que quiero abrazar y follar hasta que se acabe el mundo.

 

«LA MEMORIA ES ALGO CARNOSO Y DELIRANTE, Y NOS VUELVE PROPENSAS A ALBERGAR FALSOS RECUERDOS. LAS HISTORIAS FORJAN LA MEMORIA; SOLO ES CUESTIÓN DE REPETIR EL RELATO QUE MEJOR CONVENGA A NUESTROS FINES.»

LORD MOKSHI, ANALES DE LA LEGIÓN

2

ZAN

Duermo en una habitación que mide tres pasos de ancho y ocho pasos de largo. Me acurruco en una manta ligera que es algo esponjosa, como pan poroso. Los periodos de sueño están marcados por el cambio en la luz de toda la nave, de verde lechoso a azul suave. Me sorprendo de que mi cuerpo responda tan de inmediato al cambio de luz, arrullándome para dormir casi al instante en cada periodo. Quizá mi cuerpo recuerde cosas que mi mente no puede.

—La memoria volverá —me tranquiliza Jayd en cada periodo de sueño mientras me arropa tras las largas y sudorosas sesiones de ejercicio en la sala tubular al final del pasillo, fuera de mi habitación. Ese pasillo me recuerda a la garganta de una bestia. Cuando pregunto por la línea ondulante del techo, Jayd me explica que una de las grandes arterias de la nave pasa por encima.

—¿Una arteria? —pregunto—. ¿Transporta… sangre?

—En cierto modo —responde—. La sangre vital de la nave. Es diferente de la nuestra, pero tiene la misma función. Lleva todas las proteínas recicladas desde el centro del mundo y alimenta cada nivel.

La idea de vivir en el vientre de un organismo me inquieta.

—¿Es seguro? —pregunto de nuevo—. ¿Por qué no nos come la nave?

Ella aparta la mirada.

—Al final nos devora a todas.

Durante los periodos en los que estoy despierta, entreno con varias mujeres en combate y lucha cuerpo a cuerpo. Cuando trato de hablar con ellas, Jayd me dice que no tienen lengua. Creo que quizá es una manera de hablar, pero cuando abren la boca para dar un grito o mirar con lascivia, veo que realmente no tienen lengua. Se comunican con un lenguaje de signos que me resulta familiar. Tras unas cuantas de estas sesiones, recuerdo qué significan algunos de estos signos: más lista, buen trabajo, y devoracráneos. Hago la señal de devoracráneos a una de ellas y me mira como si hubiera dicho que iba a sacarle las tripas.

—¿Qué es devoracráneos? —le pregunto a Jayd mientras volvemos a mi habitación.

Ella se pone rígida.

—¿Dónde has escuchado eso?

—Solo es algo que me ha venido a la cabeza —respondo. No quiero que sepa cuánto puedo entender del lenguaje de signos. Todavía no.

—No lo sé —dice Jayd, y es un alivio saber con seguridad que está mintiendo. Todavía no sé cuánto de lo que me ha contado es mentira o una exageración. Me muero por creerla, pero mi cuerpo me pide cautela. Una vez más, intuye lo que mi mente ha olvidado.

—¿Por qué no puedes explicarme qué pasó —le pregunto—, del mismo modo que me has contado el resto?

—Porque te volverías loca —responde Jayd. Abre la puerta de mi habitación. Mis moratones están desapareciendo.

—¿Cómo lo sabes?

Jayd duda en el umbral. Habla con suavidad, como si lo hiciera para sí misma, sin darse la vuelta.

—Porque si te lo contamos demasiado pronto, te vuelves loca —susurra—, y entonces podrías ser reciclada, o arrojada al Mokshi sin el reacondicionamiento que estás llevando a cabo. No puedes empezar así otra vez. No tendrías ni una oportunidad, y entonces te quedarías atrapada ahí fuera de nuevo, durante giros y más giros. O quizá el Mokshi te matara esta vez. Y yo… yo no lo deseo.

—Quiero recuperar la memoria, Jayd. Quiero lo que me fue robado.

—Lo tendrás —dice ella—, cuando Madre tenga el Mokshi.

Aquí no tengo percepción del tiempo, y aunque Jayd la llama nave, o quizá mundo, por lo que sé, podríamos estar bajo tierra en el centro de alguna estrella. Me paso noches interminables tratando de averiguar cómo abrir la puerta que se sella tras Jayd cada vez que se marcha. Recorro con las manos las vetas de los enormes paneles que se abren en forma de cuña cuando Jayd entra. Pasar las manos por la superficie me trae recuerdos de hacer esto mismo una vez tras otra, pero nada más.

Los hematomas van desapareciendo y me doy cuenta de que no es así como moriré, atrapada en lo que quiera que sea este horror cíclico que estas chifladas han diseñado para mí.

Esto es en lo que pienso cuando doy un puñetazo en el rostro a una de las mujeres de la pista de entrenamiento. Esta vez no contengo el impacto como he hecho con el resto y ella se tambalea, agitando los brazos en círculos.

Salto hacia ella. Sus compañeras se lanzan sobre mí. Esquivo y eludo. Levanto los puños. Conecto cuatro sólidos puñetazos. La sangre me salpica el rostro. Ya no entreno, estoy luchando, y la voz temerosa de Jayd es tan solo un zumbido sordo en el filo de mi conciencia.

Cuando Jayd me coge del hombro, me giro, puños en alto. Ella no se echa atrás. Pero el arrebato se está apagando. Dejo escapar el aliento.

A mi alrededor, las tres mujeres con las que entrenaba están en el suelo. Hay sangre. No mucha, pero la suficiente para asustarme.

—Vuelve a tu habitación —dice Jayd.

Observo a las mujeres. Una tiene la nariz destrozada. Otra escupe sangre. La tercera se aleja de mí arrastrándose y se aprieta con una mano las costillas.

—Lo siento —digo—. No sé qué…

—Ve —ordena Jayd—. Yo me ocuparé de ellas.

—Lo siento —repito de nuevo, giro sobre los talones y me escabullo de la sala. Llego al pasillo y recupero el aliento. Contemplo mis puños. ¿Qué soy en realidad? ¿En qué me han convertido?

Me apresuro por el corredor. Al levantar la mirada, me doy cuenta de que lo último que quiero hacer es volver a mi celda. Cambio de dirección y escojo al azar un pasillo que se aleja del principal. Pruebo algunas puertas, pero ninguna se despliega ante mí. Atrapada en un laberinto. Sin salida.

Empiezo a correr.

Mis pies descalzos golpetean contra el suelo húmedo. Llego al final de un pasillo y me adentro en otro. Corro y corro, y mientras el aire inunda mis pulmones, me siento verdaderamente viva por primera vez desde que desperté. Tuerzo a la izquierda y el corredor se ensancha en una enorme boca. Una puerta abierta. Me acerco y me quedo mirando. A través de la abertura hay un espacio cavernoso con un techo tan alto que se pierde en la oscuridad. Verde, flora o fauna bioluminiscente de algún tipo se alinea en las paredes y el suelo, pero no es suficiente para ayudarme a discernir la profundidad de la sala.

Atravieso la boca y el techo se ilumina de verde y azul. Entorno los ojos y ahora soy yo la que se queda con la boca abierta, ya que he entrado en un gigantesco hangar. Hilera tras hilera de vehículos chatos. Son extraños, como animales hibernando. Parecen babosas retorcidas con tubos enrollados, su exterior brillante está salpicado de amarillo, rojo, azul y verde. No sé cómo esperaba que fueran los vehículos, pero parece raro que no tengan alas, ruedas o pies.

Mientras paso, los acaricio con los dedos, y vibran y parpadean con el roce. Son cálidos, y su superficie parece piel endurecida. Extrañas criaturas, estas. Me pregunto de qué se alimentan.

Me agacho junto a una, abre un ojo enorme que tiene un iris naranja. Por un largo instante nos miramos una a otra. Veo que gotea un fluido amarillo viscoso de uno de los tubos que se entrecruzan en la parte trasera. Hay un banco de trabajo junto a la pared donde los demás vehículos están expuestos en varios estados de deterioro. Algunos de ellos cuelgan de la pared en ganchos de hueso como piezas de carne.

La nave me mira con su único ojo anaranjado. Siento lástima por ella, resopla en soledad, aquí en el hangar, y gotea fluido vital. Paso cerca del banco de trabajo, e igual que en la sala de entrenamiento, mis manos se mueven por sí solas, impulsadas por algún recuerdo latente. Sé cómo arreglar esta lastimosa nave, y ese conocimiento me da mucho más placer que saber cómo golpear a alguien.

Corto, coso y embadurno con ungüento por toda la longitud de los tubos del vehículo. Tiene una textura y una consistencia que están entre la de un intestino y la de un cordón umbilical; saber cómo es la textura de ambos me da que pensar. Hay un montón de tubos en una cálida papelera en el banco de trabajo. Sé dónde está todo, y conozco los nombres de las herramientas: escalpelo, hilo de sutura, espéculo, ancestro.

Me agacho junto al vehículo, con un bisturí de hueso entre mis dientes, y reparo el tubo que gotea. Este zumba con suavidad debajo de mí. Cuando termino, estoy empapada en lubricante pegajoso y fluido amarillo. El aparato mueve los ojos hacia mí y ronronea. Palmeo su chata parte frontal; es como tocar con el pulgar una babosa tibia. Probablemente ambos estamos muy felices en este instante.

—Había oído que estabas viva.

Alzo la cabeza. Una persona que no me resulta familiar está junto a la puerta. Es esbelta y nervuda, allí donde Jayd es suave y luminosa. Su cabello oscuro es corto en un lado y peinado en una larga trenza en el otro, enrollado encima de la cabeza como una corona. Se mueve hacia mí. Agarro el escalpelo, desconfiada.

—¿Quién eres? —pregunto.

—Sabita —responde ella—. Supongo que es demasiado pronto para que te acuerdes de eso. —Acaricia el morro chato del vehículo. Este ronronea bajo sus dedos—. Quería asegurarme de que estabas a salvo esta vez.

—Por ahora solo he conocido a Jayd —le digo—, y a las que no tienen lengua.

Sabita se muerde el labio.

—Infrahabitantes.

—¿Y eso qué significa?

—Personas que viven en los niveles inferiores —responde—. El mundo es bastante salvaje en las capas que hay más abajo. Cuando Lord Katazyrna toma un mundo, envía a las que no recicla a los niveles más profundos. Al final, casi todas son reclutadas a la fuerza para el ejército.

—¿Por qué estoy aquí? —pregunto.

Sabita se lleva un dedo a los labios. Duda.

—¿No te lo ha dicho todavía?

—Dice que se supone que debo tomar el Mokshi. Dice que me robó la memoria.

Sabita sonríe, pero es una sonrisa triste.

—Entonces supongo que esa es la verdad que quiere que creas —dice.

—Tengo la sensación de que la verdad escasea en lo que me están contando —respondo.

—Nunca te he mentido —dice Sabita—. Aunque tú sí lo has hecho muchísimas veces antes de confiar en mí. Supongo que es lo mismo con Jayd.

Sacudo la cabeza.

—No tengo ninguna razón para creerte a ti más de lo que creo en Jayd.

—¿No crees a Jayd?

Se me pone la piel de gallina.

—Me preocupo mucho por Jayd —respondo—. Todavía trato de darle sentido a todo.

—¿Estás lista para volver al Mokshi? Solo vienes aquí cuando estás preparada para salir de nuevo.

—Estoy lista —afirmo—. ¿Cuántas veces he hecho esto?

—Me pediste que no te lo dijera.

—¿Cuándo?

—Antes de que perdieras la memoria. Antes de… todas estas misiones imposibles.

—¿Qué puedes responder, entonces?

Se encoge de hombros.

—Nada sobre tu pasado. Según oí Jayd trató de hablarte sobre ello cuando regresaste por primera vez, pero no fue bien. Te volviste una loca rabiosa y violentísima. Lord Katazyrna casi te recicla de nuevo. Pregunta cualquier otra cosa. La nave, los vehículos. Aunque ya lo estás haciendo muy bien con estos. Siempre les has gustado.

—¿Por qué iría alguien a deshacerse de un bebé? —pregunto.

Sabita ve el bisturí en mi mano por primera vez. Da medio paso atrás, aunque me doy cuenta de que trata de ocultar el pavor.

—¿Por qué lo preguntas?

—Es algo que he oído —respondo. Es una mentira fácil de descubrir para ella, ya que ¿de quién lo podría haber escuchado?

Pero no parece que le preocupe.

—¿Deshacerse de ellos dónde? —dice—. ¿Te refieres a reciclarlos?

Busco el fragmento de aquel primer recuerdo con el que me desperté, el que sé que es mío. Sacudo la cabeza.

—Negrura. Un pozo negro.

—Los bebés se reciclan cuando salen mal —explica—. Igual que todo lo demás que sale mal. —Me mira de arriba abajo—. O cualquier cosa que vaya mal.

—¿Qué haces aquí? —Es la voz de Jayd.

Me sobresalta. Escondo el bisturí bajo el vehículo, ya que no quiero pensar qué haría Jayd si me ve con un arma. Cuando me giro hacia ella, veo que no me mira a mí, sino a Sabita.

—Ninguna de vosotras debería estar aquí —dice Jayd.

Acaricio la nave una vez más.

—Pronto estaremos juntas, amiga —digo con un murmullo, y Jayd frunce el ceño. Dejo que crea que recuerdo mucho más.

Sabita sonríe a Jayd; una sonrisa dura. Su mirada es lóbrega.

—Te dejo con ella —dice Sabita. Pasa junto a Jayd.

—No vuelvas aquí hasta que ella salga de nuevo —dice Jayd.

—Por supuesto —responde Sabita, al mismo tiempo que cruza la boca de la puerta y se aleja.

—¿De qué habéis hablado? —pregunta Jayd.

—De nada —respondo. Me levanto. —Me había cansado de estar encerrada en aquella habitación. Salí a correr. Vi que aquí había trabajo por hacer.

—Hablaré con las mecánicas —dice Jayd—. Deberían hacer un mantenimiento mejor de las naves para el siguiente asalto. Y asegurarse de que las puertas están cerradas.

—¿Cuándo es el próximo asalto?

—Cuando estés preparada.

—Estoy preparada.

—No —dice ella.

Me apoyo en el vehículo y cruzo los brazos.

—Estoy cansada de que me traten como a una cría inválida —digo—. Vine aquí por mi memoria. Si no me la devuelves te haré lo que les hice a esas en la sala de entrenamiento.

—No, no lo harás —dice Jayd, y su rotundidad me sorprende—. Yo te diré cuándo estás lista.

Me acerco a ella. Le saco medio palmo de altura, y la sobrepaso bastante en corpulencia. Pero sigue firme. Tan solo levanta la cabeza para mirarme a los ojos.

—Podría matarte —le digo.

—Podrías hacer muchas cosas —dice ella—. Pero no las harás.

—¿Qué te parece esto? —pregunto, y me echo sobre ella. Trato de abrazarla y besarla, pero se asusta y se escabulle de mí.

—Ya basta —protesta. Pero su voz es temblorosa, ya no me mira, y en ese instante sé que estoy en lo cierto. No es mi hermana. Esta gente no son parientes míos, y se siente tan atraída por mí como yo por ella.

—¿A qué viene este juego? —pregunto—. Seguro que sabes que no me creo ni una palabra de lo que me has contado.

—El juego no es para ti.

—¿Entonces para quién es?

Pasa la mano por la tela de su vestido. Sigue sin mirarme.

—Por favor, vuelve a tu habitación, Zan.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces aviso a Gavatra para que te drogue, y te arrastraremos allí nosotras —contesta—. ¿Prefieres eso?

—No —respondo.

—Entonces ven conmigo —dice Jayd—. Debes confiar en mí, Zan. Sé que es difícil, pero la única razón por la que hemos llegado tan lejos es porque has confiado en mí.

—¿Hemos llegado tan lejos a dónde? —pregunto.

—Al Mokshi —dice ella—. ¿Confías en mí?

—No —respondo.

Tras otra ronda en solitario de calistenia —Jayd no me cuenta qué les pasó a las mujeres que golpeé la última vez—, de vuelta en la celda que tengo por habitación me arrullo en la manta esponjosa, pero no puedo dormir. En vez de ello, veo juguetear las luces que se mueven bajo la membrana del techo. Es perturbador, como observar las entrañas de una bestia.

En cierto momento me debo de quedar dormida, porque sueño.

Sueño con una mujer con un enorme rostro temeroso que camina por la superficie de un mundo inmenso. Es una titán. Caza vehículos voladores en el aire y los mastica con sus dientes diamantinos. Lubricante verde y nubes amarillas de cansancio se escapan de su boca abierta. Pequeños insectos azulados parpadean alrededor del éter, y cuando encuentran la niebla amarilla caen muertos, como hojas.

La superficie del mundo está cubierta por tentáculos temblorosos, la titán se agarra a ellos para darse impulso en sus grandes zancadas, ruge y escupe los cadáveres de sus enemigos y envenena todo lo que respira. Caza uno de los vehículos voladores y se apuñala a sí misma en el estómago con él. Corta a lo largo y hacia abajo, y aunque espero escucharla gritar de dolor, tan solo ruge y muestra los dientes, al mismo tiempo que borbotones de sangre se derraman de su cuerpo y flotan perezosos por la superficie del mundo, despacio y distorsionados por la baja gravedad.

Cuando despierto, las luces palpitantes del techo se han atenuado. Jayd está sobre mí con un cuchillo en la mano. Me despejo al instante y agarro su muñeca.

—Tengo que cortarte el pelo —dice.

El corazón me late tan fuerte que creo que puede oírlo, y quizá sea así, estando tan cerca de mí con el arma de filo negro.

—No hace falta cortarme el pelo para volver al Mokshi —digo.

—Las brujas lo recomiendan.

—¿Las… brujas?

—Ya hablaremos de ello.

Me corta el pelo con mucho menos cuidado del que esperaba, sus labios son una fina línea. Me sorprende ver que entre los mechones de pelo negro que ha cortado hay algunos grises. Una vez satisfecha, me coge de la barbilla y observa mi rostro, como si intentara ver bajo mi cráneo. No me puedo acostumbrar a la forma en que me mira, como si fuera mi amante, mi hermana y mi enemiga, todo a la vez.

—Estoy lista —digo—. ¿Y ahora vamos al Mokshi?

Me aparta el pelo del rostro.

—Te echo de menos cuando vas.

—Ahora, Jayd.

Le tiembla la mano.

—Quería pasar un poco más de tiempo contigo.

Me lleva al hangar.

Lo han limpiado desde la última vez que estuve aquí. El banco de trabajo está ordenado. Voy directa a la gran nave con el ojo anaranjado que reparé antes. Esta abre el gran globo ocular y ronronea con el roce de mis dedos.

—¿Cómo se mueven? —pregunto.

—Vuelan —responde Jayd—, a través de los espacios desprovistos de aire entre nosotras y el Mokshi.

—¿Cómo de lejos está nuestra… nave del mundo errante?

—No somos exactamente una nave —matiza Jayd—. Lo entenderás cuando salgas al exterior, y dentro del Mokshi, bueno… —Baja el tono de voz—. Necesitarás una escuadra allí dentro contigo. Sea lo que sea que te ocurra ahí, o cómo pierdas la memoria, quizá puedan evitarlo y ayudarte a recuperarla.

—Así que en realidad no sabes si recuperaré mi memoria si vuelvo.

—Si el Mokshi te la quitó, el Mokshi puede devolvértela.

—¿Y si no consigo salir? —pregunto—. ¿No es ese el problema?, ¿que no salí la última vez?, ¿que estuve fuera durante… cuánto tiempo?

—Lo recordarás —dice con firmeza.

Esperaba recordar más a estas alturas, descubrir alguna certeza, pero mi memoria sigue siendo tan indescifrable como Jayd. Todo lo que sé es que puedo hacer daño, puedo reparar, y una vez reciclé a un bebé. Por ahora, la persona que era no parece ser alguien a quien quiera recordar; perseguir estos recuerdos puede ser como hurgar en una costra blanda que apenas oculta el pus y la putrefacción que hay debajo.

Jayd me explica cómo funciona el vehículo de asalto mientras me guía por el hangar. Nos detenemos ante una larga hilera de hendiduras que hay en una pared y saca varios objetos de esas cavidades de carne reseca. Uno de ellos es un traje de aerosol, y Jayd me dice que me rocíe yo misma antes de salir. El bulbo que lo contiene es blando al tacto. El otro objeto es una colosal arma que espero que sea fácil de llevar fuera, ya que solo sostenerla me hace daño en el brazo bueno.

—Despliegas el emisor de interferencias del vehículo cuando las defensas del mundo se alcen —explica Jayd, mientras señala una nudosa espiral que interpreto como el panel de control de la nave—. El mundo está muerto, y ya nada vive en el interior, pero las defensas todavía están activas.

—Si nunca has estado dentro del Mokshi —pregunto—, ¿cómo sabes que todo está muerto en su interior?

Jayd sujeta mi brazo bueno y recoloca mis dedos en el arma.

—No la sujetes así o te pegarás un tiro en el pie —dice.

Un recuerdo pegajoso se agita: rememoro una gran nave redonda tan enorme como un mundo, bañada ola tras ola en luz verdeazulada. La imagen se desvanece un instante después, pero el recuerdo mismo me eriza los pelos de la nuca. El corazón me late un poco más rápido; me preocupa sufrir un nuevo ataque de pánico, como con Gavatra. Pero mi cuerpo sigue firme. Inhalo profundamente por la nariz. Empiezo a aprender a controlar mi cuerpo de la misma forma que aprendo sobre Jayd, la nave y los vehículos. Si no puedo recordar, empezaré otra vez. Comenzaremos de nuevo.

—El primer ataque del mundo será una oleada de energía —dice Jayd, y aunque la explicación sobre el vehículo ha terminado, ella mantiene el ritmo, con el ceño fruncido. Quiero acariciar la arruga entre sus ojos y decirle que todo irá bien. Pero ¿qué sabré yo?

—El segundo te golpeará antes de que entres en la atmósfera —continúa Jayd—. El emisor de interferencias servirá para repeler los dos ataques, pero tienes que recargar después de cada disparo. No lo presiones mucho, ni demasiado rápido. Es importante. —Señala el panel de control verde pálido, donde hay otra protuberancia retorcida, casi como una raíz.

No entiendo demasiado de todo esto pero, como con la pelea y con el vehículo, empiezo a creer que algunos retazos quebrados de mi memoria van a volver, espero que cuando me sean más necesarios. Me pregunto por qué Jayd y Gavatra y quienquiera que sea su madre están tan locas como para seguir enviándome a este destino, y por qué yo estoy tan loca como para aceptar una vez tras otra. ¿Acaso el mismo motivo funciona cada vez, la promesa de que recuperaré mis recuerdos? Quizá no existan tales recuerdos. Quizá la memoria sea una mentira y soy como estos vehículos, criados con un fin, como un saco de triste carne.

—¿No me caeré? —pregunto, y señalo el brillante tubo del transporte abierto.

Ni el vehículo ni el bulbo que contiene mi supuesto traje parecen especialmente seguros. Tengo cierta idea de qué es el espacio desprovisto de aire, lo cual me resulta raro. Puedo comprender cosas como comida, muebles y calor, pero no quién soy, ni dónde estoy, ni por qué sueño con mujeres caníbales que se abren el estómago.

—Te sientas a horcajadas —dice, palmeando el asiento—. Tu traje se queda pegado. Para despegarte pulsa aquí. —Me muestra el botón de liberación. Parece una enorme pústula blanquecina.

Mientras Jayd me sonríe, un recuerdo burbujea hasta la superficie: Jayd, con sus grandes ojos y su amplio y redondo rostro, me recuerda a Maibe. Pero no tengo ni idea de quién es Maibe. Quiero preguntar cuántas «hermanas» hay, y dónde está el resto de la gente que vive en la nave, como Sabita, y quiénes son todas esas infrahabitantes, pero ni siquiera hay garantía de que vaya a sobrevivir al asalto. ¿Para qué molestarme, de todas formas, en preguntar por un lugar que lo más probable es que nunca vea, y con cero probabilidades de que Jayd me dé una respuesta directa?

Levanto el arma.

—¿Cómo uso esto? —pregunto.

Jayd palmea la empuñadura del arma, justo por encima de un gatillo blando con forma de gancho hecho del mismo material esponjoso que las paredes.

—Solo apunta y dispara —dice.

Bajo el arma, y Jayd la aparta de un golpe.

—No a mí.

Saca algo del bolsillo, pequeño y con forma de gusano, y me dice que me lo ponga en el oído.

—No —protesto.

—Es la única forma de que podamos hablar una vez que te rocíes el traje —dice Jayd.

Tuerzo la cara con una mueca. Levanta la mano para hacerlo por mí, y agarro su muñeca.

—Yo lo haré —digo, y lo hago, y siento un escalofrío cuando esa cosa se desliza por el pliegue de mi conducto auditivo.

Entonces quiero irme. Pero una parte de mí sabe que si me niego a participar en el asalto, algo todavía peor ocurrirá, y esta madre nuestra —¿de ellas?— nos reciclará a todas, y la muerte al servicio del Dios de la Guerra sonaba algo más glorioso que la muerte en las fauces de algún monstruo reciclador.

Ese nombre, esa entidad, el monstruo reciclador, florece en mis pensamientos de la misma forma que lo hicieron espéculo e hilo de sutura. Mi memoria me proporciona una imagen: una enorme bestia, torpe y de un solo ojo, que me gruñe desde las entrañas de una pila de cuerpos putrefactos desechados.

Y ahí es cuando dejo de pensar, dejo de hacerme estas preguntas, porque me aterroriza qué otros horrores están encerrados en mi mente rota.

—Hora de salir —dice Jayd. Una puerta ancha se despliega en el otro lado de la sala, y hacia ella se dirige mi glorioso ejército.

 

«LAS KATAZYRNAS SE CONSIDERAN LA FUERZA MÁS PODEROSA DE LA LEGIÓN. NO SOY LA PRIMERA QUE LES HA DEMOSTRADO LO CONTRARIO.»

LORD MOKSHI, ANALES DE LA LEGIÓN

3

ZAN

El ejército que Lord Katazyrna ha reunido para mí es más bien una escuadra. Son casi doscientas, y cuando me giro y pregunto a Jayd de dónde han salido, ella se encoge de hombros y dice:

—No tenían elección. —Y me ordena que me rocíe el traje.

Jayd se retira a una plataforma superior junto al hangar. Las doscientas mujeres montan doscientas naves. Estrujo el bulbo del traje de aerosol, y desprende un mejunje translúcido y finísimo que se ciñe a mi cuerpo y sella el sonido. Durante un instante hiperventilo, claustrofóbica, pero puedo respirar con facilidad, y el traje absorbe mi sudor. Me maravillo ante mis manos recubiertas durante un largo instante, interrumpido por la voz de Jayd haciéndome cosquillas en la oreja, transmitida por el auricular gusanáceo.

—Monta —ordena—. La puerta se abrirá pronto. Serás impulsada a la deriva si no estás sobre un vehículo.

Me ciño al asiento del gran vehículo ronroneante y le palmeo con firmeza. Sobre mí, luces rojizas parpadeantes resplandecen por todo el techo. Allí la piel empieza a arrugarse. No es que se abra, sino más bien como si se estirase. Se vuelve translúcida y entonces se rompe.

Soy absorbida por el agujero en el cielo, donde fuera veo la negrura salpicada de estrellas. En torno a mí, los otros vehículos pasan zumbando y se alejan, precipitándose hacia el vacío. Todo ocurre tan deprisa que jadeo. Nubes de combustible amarillo y verde crean torbellinos a mi alrededor mientras los vehículos ruedan hacia arriba. Es como ahogarse.

Mientras atravieso girando el desgarrón del techo, golpeo los controles del vehículo hasta que se sacude hacia delante por propia voluntad. Aunque las vueltas son lentas, bastan para atontarme y marearme. Cargo mi peso en otra dirección y el vehículo responde, enviando pequeños chorros de combustible de propulsión a la oscuridad. Cuando encuentro el equilibrio, alzo la mirada y veo que estoy lejísimos del mundo del que fui propulsada. Debajo de nosotras está suspendida una enorme esfera parduzca cubierta de tentáculos carnosos. Es tan gigantesca que no puedo ver el fondo desde tan lejos, tan solo la curva de su superficie… ¿O estamos debajo? La rotación me ha dejado insegura sobre lo que está arriba o abajo. Solo cuando contemplo las largas líneas de mi ejército, todas ellas dando vueltas y pivotando en formación, una flecha que señala lejos del mundo llamado Katazyrna, dirijo la mirada más allá de él.

Lo que veo me deja sin palabras.

Por todo el negro mate plano del cielo, salpicado de estrellas, hay unos orbes gigantescos que flotan. Están suspendidos ahí fuera en el vacío como si estuvieran sujetos a unas cuerdas, orbitando despacio alrededor de un núcleo neblinoso de luz tenue tan oscurecida por la niebla que no puedo ver qué emite la claridad reflejada y refractada. Mi memoria me dice que es el sol, y que ahora duerme. Los orbes a mi alrededor varían de tamaño, pero son más o menos esféricos, como Katazyrna, abajo.

Pasa un largo rato hasta que comprendo que no son orbes sino otros mundos, otras naves, mayores o menores dependiendo de lo lejos o cerca que están de donde nos encontramos. Las superficies están cubiertas de luces rojizas, azuladas y moradas; algunas titilan, otras están oscurecidas y otras están terriblemente heridas. Estas tienen rostros enroscados hacia atrás, y se tambalean en sus órbitas. Hay otras con grandes tentáculos que recubren las superficies, como en Katazyrna, y cuando vuelvo la mirada a nuestro mundo, veo que hacia los polos de Katazyrna, los tentáculos están ennegrecidos con podredumbre en algunos sitios, la piel exterior despellejándose. ¿Qué le ocurre a la gente de abajo cuando la piel se quiebra? Observo cómo la rotura por la cual hemos sido expulsadas empieza a cerrarse de nuevo, como una herida que sana deprisa, y vuelvo la mirada a los polos. Allí hay podredumbre y muerte.

—Bienvenida al Anillo Exterior de la Legión —dice Jayd en mi oído, hablando desde el vibrante auricular gusanáceo—. Ahora ves por qué no podía explicarlo. Somos la Legión de mundos. Los nuestros son los Katazyrna. Pero el Mokshi es otra cosa. El Mokshi ha escapado al Núcleo, más allá del velo de niebla que oculta al sol. Hay mundos allí, lo sabemos, pero nunca nadie del Anillo Exterior ha sido capaz de pilotar una nave desde el Núcleo. De alguna forma, el Mokshi es capaz de abandonar el Núcleo. Nuestra madre debe entender sus secretos y, por lo tanto, debemos conquistarlo.

Acelero el vehículo hasta la punta de flecha de la formación del ejército. Encara un mundo que no parece ser mayor que mi puño desde esta distancia, y conozco ese mundo a primera vista como conozco mi mano izquierda.

Jayd me explica que el mundo llamado Mokshi no debería estar entre los otros, y puedo verlo en la manera en que se mueve entre ellos. Las otras mundonaves tienen unas órbitas mucho más fijas; incluso los espacios entre ellas son regulares, pero no así el Mokshi. Este se tambalea en el Anillo Exterior como un viajero agotado y hecho polvo, alterando las órbitas de sus vecinos más cercanos, reluciendo con auroras azuladas y verdosas que serpentean a través de sus polos con la promesa de una fina atmósfera… y aun así la superficie que puedo ver desde aquí es estéril.

Alzo el brazo y cierro el puño, y lidero a mi ejército hacia delante, a través de los espacios sombríos entre los mundos. Avanzamos con rapidez, mucho más de lo que creía capaces a las naves. Hay una gigantesca cantidad de detritus dando vueltas entre los mundos, y veo largas filas de gente atada a los tentáculos de algunos de los que dejamos atrás. Están recolectando la basura que orbita alrededor de sus naves, almacenándola en los blandos vientres de los mundos. Estos equipos se alarman cuando pasamos, y aunque nunca estamos demasiado cerca como para ver sus rostros, noto su veloz retirada del espacio abierto. Todos dan media vuelta hacia los acogedores tentáculos de sus mundos, y se esconden entre ellos como si fuera follaje. Después de que pasemos, miro hacia atrás y veo a los carroñeros que reemprenden su labor con cautela.

Mientras nos vamos acercando al Mokshi, mantengo la distancia para explorar el ecuador. Busco un punto de entrada. Rodear el ecuador revela unas ruinas abandonadas que antaño fueron grandes ciudades, un imperio olvidado, ¿asfixiado por la falta de oxígeno quizá? Lo que me sorprende de esta mundonave son esas estructuras. No veo nada igual en Katazyrna ni en los demás mundos que hemos pasado. Me meto un poco más en la superficie, retando al mundo a despertarse, y ahora veo que las estructuras no son ciudades sino campos de hueso machacado y escombros rocosos como marcas de viruela en la epidermis. No puedo evitar sentir que el mundo no está muerto, sino… en duermevela.

Y aunque al verlo no recuerdo nada, sí que siento cierto aire de familiaridad. Puede que sea la sensación de encontrarme de nuevo con antiguos enemigos, una, y otra, y otra vez. ¿Cuántas veces hemos estado así: yo con un ejército y sin recuerdos, el Mokshi en una órbita errática y sin amos?

Al acercarnos a una extensión de color hueso en la superficie del Mokshi, mi ejército se divide en dos equipos y se dispersa alrededor del ecuador, como si el haber visto el terreno hubiera activado una orden de la cual no soy partícipe. Las combatientes están equipadas con armas relucientes y trajes de aerosol que reflejan la luz del enorme sol errante que hay en el núcleo neblinoso, que parpadea despertándose mientras se abre tras medio giro para bañarlas a ellas y al mundo errante en un fulgor anaranjado. Bizqueo. La niebla que esconde el núcleo se arremolina con la luz como si estuviera en llamas.

Sin embargo, el Mokshi todavía se mueve, eclipsando el gran sol naranja, y debemos movernos más deprisa para seguir su ritmo. Miro hacia atrás, en dirección a Katazyrna, y me abruma la idea de que exista una Legión de mundos precipitándose a través de la inmensa oscuridad, un espacio tan vasto que no puedo ver nada más que luces titilantes más allá de Katazyrna. ¿Son esos otros soles como el nuestro? ¿Otras legiones? Si lo son, las distancias involucradas me provocan dolor de cabeza. Me vuelvo hacia la Legión. Es de un imposible asombroso, como algo salido de mis sueños más oscuros y pegajosos.

Pero esta es mi realidad.

Este es mi hogar.

¿No?

—Tu equipo es el primero en entrar en la órbita del Mokshi en una rotación completa —dice Jayd, su voz tan cercana que doy un respingo en el asiento. Me había olvidado de ella.

—¿Qué es una rotación? —pregunto.

—Un giro es un ciclo de sueño y vigilia —responde—. Una rotación son cuatrocientos giros.

—¿Entonces quién me recogió —pregunto— cuando me liberé del Mokshi?

—El Mokshi te escupe —dice—. Sales en una cápsula, expulsada de su atracción gravitacional. Y no, no sabemos por qué, y tú siempre dices que no te acuerdas.

—¿Qué ocurre en esa nave? —pregunto.

—Estás aquí para averiguarlo —responde ella, pero estoy aquí para mucho más, por supuesto. Estoy aquí por Jayd, y su Lord madre, y para lo que sea que quieran hacer con la única nave que puede abandonar la Legión. Observo las titilantes luces que hay más allá del Anillo Exterior.

Una sensación de que algo va mal se agita en mis entrañas.

—¿Qué son esos desechos que dan vueltas alrededor del Mokshi? —pregunto, tratando de comprender mejor los temas tabú.

—El ejército devastado de nuestra hermana Nhim —dice Jayd.

Los restos esparcidos del ejército de Nhim todavía orbitan alrededor del gran disco del Mokshi: cuerpos disecados en trajes llenos de ampollas, vehículos escolta machacados como esponjas, siluetas irreconocibles y armas retorcidas y fundidas que parecen haber implosionado, devorándose a sí mismas desde dentro.

—Enviamos equipos para traerlas de vuelta cuando ocurrió por primera vez —explica Jayd—. El Dios de la Guerra no quiere que nada se desperdicie. Pero no les fue mejor que a Nhim. El Mokshi exterminó dos equipos por completo. Otros seis equipos simplemente… desaparecieron.

—¿Desaparecieron?

—Devoradas por el mundo… o quizá arrojadas más allá del alcance de la gravedad de la Legión. Cuando estás perdida para la Legión, estás acabada.

—¿Por qué Anat quiere este mundo si solo se come a sus hijas? —pregunto.

—Debe hacerlo suyo —responde Jayd—. Hay muchas otras tratando de controlar la Legión, incluyendo la familia Bhavaja. Las Bhavajas están ganando, aunque Lord Katazyrna no quiere admitirlo.

No puedo imaginar que sea posible conquistar mundos así, ni a este collar desparramado de naves dando vueltas y más vueltas alrededor del núcleo. Mi memoria chisporrotea y golpea y se estremece como una bestia cautiva de pura y aterrorizada energía.

Sudo muchísimo dentro del traje. Desde mi posición justo encima del enjambre de mi ejército, les hago una señal para atacar. Mi cuerpo conoce el gesto igual que sabe cómo respirar.

Los lamentos empiezan entonces.

Se alzan del propio Mokshi. Escucharlos debería ser imposible, ya que todavía estamos muy lejos de su fina atmósfera. Ni siquiera puedo hablar con mis equipos una vez que están dentro de sus trajes.

Y aún así siento los lamentos en mis huesos, como una bestia lastimosa despertando del letargo.

Me armo de valor y piloto el vehículo hacia delante, con el arma en ristre. Soy la primera en cruzar la zona de seguridad exterior del Mokshi, y la primera en ver iluminarse la enorme ola carmesí de su red de defensa. El lamento continúa sin cesar. Sacude a mi ejército como una fuerza física.

El lamento trae consigo un recuerdo terrible de Jayd en tratamiento; por qué o para qué, lo desconozco. Está escondida tras una puerta negra que palpita al ritmo de los latidos de Katazyrna. Jayd había gemido así, una y otra vez, mientras yo golpeaba con los puños contra la puerta hasta que las manos me sangraban y una mujer grande y achaparrada —¿Lord Katazyrna?— me abofeteaba y me decía que las soldados deben soportar sacrificios, y que todas sus hijas son soldados, y lo que Jayd portaba no estaba permitido en la nave. Este era el precio que las Katazyrnas tenían que pagar por reinar en el Anillo Exterior y, finalmente, en la Legión, dijo ella.

Si esto es un recuerdo real y no un sueño, me confunde todavía más. ¿Qué podía llevar Jayd que fuera tan peligroso?

La primera oleada rojiza de las defensas del Mokshi se desprende de la atmósfera: una gigantesca llama roja. Desvío mi vehículo con eficacia hacia el polo sur del Mokshi, despliego el emisor de interferencias por el morro de mi vehículo y viro la trayectoria, por lo que colisiona con la ola en su punto más débil. Esta explota alrededor de la nave como una pompa de jabón, y me pasa de largo, hacia la escuadra que viene detrás. Otra oleada se fusiona más abajo. Con las prisas me hago puré la mano al aplastarla contra los indicadores del tablero de mandos, y recargo el emisor, o lo que sea esto.

Dos del escuadrón me pasan de largo, queman tanto combustible que veo las esporas amarillas de sus cargas vacías formar ondas tras ellas; dos jóvenes y estúpidas crías sin una pizca de sentido común entre ambas.

Les hago señales, «Seguid en formación», instintivamente, me pregunto de dónde he sacado esa indicación, pero tienen la clara intención de ser las primeras en internarse en la atmósfera. No miran atrás, tan solo hacia delante.

—¿Qué ocurre? —pregunta Jayd, pero yo ya estoy en movimiento, mi cuerpo actúa por intuición, como Jayd prometió que haría. Es como ser pilotada por un extraño, una bolsa de carne empujada con la punta de un palo.

Hago una nueva maniobra arriesgada, desciendo y paso de largo la siguiente oleada que surge de las defensas exteriores, acelero para conseguir la velocidad necesaria para penetrar bajo la red. Ahora sé que debo llegar allí, lo he hecho en un centenar de ocasiones, pero la red de defensa es solo el primer obstáculo. Asaltar el mundo es como tantear el camino de una ruta conocida.

Alcanzo a las crías en el mismo instante en que se internan en la atmósfera, deslizándose sobre la superficie de las ciudades derruidas de hueso calcificado, roca erosionada y retorcidos depósitos ambarinos.

Veo que la mayor le da indicaciones a la más joven. Viro el vehículo cerca de ella para captar su atención antes de hacer señales: «Volved a la formación».

Las dos chicas se sitúan tras de mí, donde seis más del escuadrón han penetrado la red, surcando la superficie como máquinas trotamundos en una operación de reparación. Ahora están bajo la zona de seguridad del mundo, pero el mayor peligro todavía está por llegar. Puedo sentirlo. Todo mi cuerpo está tenso y expectante.

Tomo el liderazgo de nuevo, acelero hacia el frente, y entonces lo veo: un enorme abismo bostezante en el centro del mundo. Aquí es a donde estábamos yendo, un cráter colosal en el que no parece que algo se haya estrellado contra el mundo, sino que algo tan grande como imposible haya salido despedido de él.

En ese momento me siento contenta de no tener recuerdos de lo que eso pueda ser.

Las soldados que quedan forman una línea larga y dentada en el borde del cráter. Hago un recuento rápido: sesenta de las doscientas que traje conmigo han llegado hasta aquí. Las defensas del mundo se han llevado al resto, o han huido del campo de batalla, o se han estrellado con los escombros, o han tenido alguna avería durante el trayecto. Son pérdidas enormes, de las que debería haber tenido contra las defensas.

—Numerosas bajas —digo en voz alta.

—Son las Bhavajas —contesta Jayd, con voz queda y tono adusto.

—¿Esa familia? —pregunto, escaneo el horizonte, busco algún otro ejército, un grupo de bestias enloquecidas, quizá, tan dementes como para venir aquí a buscarnos.

—No les gustan las Katazyrnas —contesta Jayd—. Conquistamos ocho de sus mundos en tiempos de nuestra abuela.

—Entonces estaremos bien, ¿verdad? —digo, y Jayd se ríe, y yo me pregunto qué puedo decir, qué puedo hacer, para escuchar de nuevo esa risa en este lugar negruzco.

Levanto un puño y llamo la atención de mi escuadra. Mi corazón golpea sordamente en mis oídos. Me pregunto si el Mokshi lo escucha. El lamento continúa; ya se ha vuelto parte de mí, como mis latidos, mi respiración acelerada, mi propio olor dentro del traje empalagoso.

Por debajo algo parpadea en los filos del negro cráter abierto. Una repugnante niebla amarilla emerge, enroscándose en la atmósfera como el aliento de algún dios titánico. Un mecanismo de defensa secundario.

—Somos el puño del Dios de la Guerra. —Hago señas a mi equipo—. Somos las herederas de los mundos. Mostraos merecedoras de ello. —Las palabras suenan vetustas, una bendición, indicios de que mi cuerpo lo ha hecho tantas veces que las reproduce de memoria.

Cuando me fijo en sus rostros confusos me doy cuenta de que les he hecho las señales en el idioma equivocado. Observo mis manos. Lo vuelvo a intentar, utilizando un nuevo lenguaje de signos, y sus rostros pasan del desconcierto al asombro. Alzan los puños.

Seguimos adelante.

El ejército se lanza hacia el cráter. Con suerte, irrumpirán en el corazón del mundo, se enfrentarán a lo que quiera que les espere, lo conquistarán como conquistarían su mundo, y volveré a Jayd como una heroína, y nuestra madre no me volverá a reciclar.

Me lanzo tras ellas, la ráfaga de la atmósfera contra mi traje. Desvío la trayectoria bruscamente para evitar las volutas del aliento amarillo del cráter.

La mujer tras de mí maniobra demasiado tarde, una espiral del aliento le atrapa la pierna y la arrastra hacia las profundidades de sus brazos. El traje crepita en su cuerpo. Su carne burbujea en los huesos. Mi vehículo y yo nos arrojamos en picado, caemos dando vueltas hacia la oscura boca del mundo.

Me impulso hacia delante, quemando combustible para controlar la caída. Las dos jóvenes me alcanzan de nuevo, valientes y ebrias de juventud, sus rostros eufóricos.

El cráter parece crecer a medida que nos acercamos, negro como los tintados espacios entre los mundos, negro como la Legión cuando el núcleo se apaga, negro como la muerte, como la nada, como el universo antes de que los dioses soltaran a los mundos con una sacudida de sus cabellos y encendieran el corazón rotatorio de la Legión. Tengo un instante para preguntarme quiénes son todos estos dioses antes de que, en la confusión, un disparo pase zumbando junto a mi cabeza. No proviene de la negrura que hay debajo de nosotras, sino de detrás. El disparo hace un enorme agujero en el vehículo de la chica que está junto a mí. La boca de la joven se abre, sorpresa más que miedo, y entonces empiezo a caer en espiral, abajo, abajo, hacia la oscuridad tras ella. No dejar a nadie atrás. Salvar a todas.

Su compañera más joven vira para acercarse a mí, y casi colisionamos. Otro disparo perturba la niebla. Una protuberancia espinosa florece del pecho de la chica caída. Estamos en el pozo de gravedad del Mokshi, y tira de ella con fuerza.

La alcanzo justo cuando se suelta del vehículo. Este se desprende de ella y se precipita.

Sujeto con fuerza el brazo de la chica. Ahora está cerca, puedo ver sus grandes ojos oscuros. Su rostro es completamente visible dentro del traje transparente que se le ciñe como una segunda piel. Observo su cara joven y condenada. Solo es una cría, no hace mucho que ha pasado la menarquia. Tengo que salvarla. Me duelen los dientes de tanto apretarlos.

La cosa que florece de su pecho es un proyectil cefalópodo de tres tentáculos cuyo veneno de tinta oscurece su traje transparente mientras va corroyéndolo.

—¿Qué ocurre? —pregunta Jayd. Calmada. Tan calmada.

Empiezo a balbucear, intento explicar lo que le ocurre al cuerpo de la joven.

—No es un arma Mokshi —dice Jayd—. Es Bhavaja. Tienes que salir de ahí. No puedes sobrevivir al Mokshi y a las Bhavajas al mismo tiempo. Lo hemos intentado otras veces.

Giro la cabeza y veo una escuadra completa de soldados detrás de mí; no son mías, conducen los restos de mi ejército en tres hileras, con grandes armas angulares montadas sobre los morros de los vehículos.

Todavía sujeto el brazo de la chica cuyo traje se desintegra por momentos. Se despelleja de su cabeza, dejando su cabello negro ondear fuera del traje, creando espirales en el aire como dedos encrespados. Boquea un aire demasiado fino para sustentarla. Pienso en mi hermana Nhim y el ejército muerto que rodea el Mokshi. ¿Cuántas han caído de esta misma forma? ¿Cuántas más sacrificarán para controlar un mundo que no puede ser conquistado?

Me aferro a ella durante un largo rato, quizá más del que debería, hasta que su cuerpo se vuelve flácido y un tercer disparo le cercena la pierna y la nave sale despedida. Suelto a la chica y enfilo la nave hacia la ondulante nube amarilla.

Con un golpe en el panel de mandos despliego el escudo de energía, corto a través de la nube limpiamente, e irrumpo en el otro lado. Giro bruscamente el vehículo y me encuentro ante lo que debe de ser la familia Bhavaja. Están acabando con las últimas tres miembros supervivientes de mi ejército.

Gruño y les hago un gesto obsceno, consciente de que estoy demasiado lejos para que lo vean. Acelero al máximo hacia ellas, mientras disparo mi arma contra sus filas.

Estas se apartan y soslayan mi ataque.

Quien controle el Mokshi controla la Legión, otro fragmento de sabiduría burbujea desde mi memoria quebrada. Quienquiera que lo dijo, parece que las Bhavajas también lo saben; jamás dejarán que lo tome, nunca recuperaré mis recuerdos, y todas estas chicas han muerto para nada. Jamás estaré más cerca de lo que estoy ahora de esta herida boqueante, este portal al centro del mundo.

Paso a toda velocidad ante una larga fila de Bhavajas, entonces me ladeo hacia la sinuosa niebla ocre, y disparo mi arma hacia ellas como una lunática. Algunas me persiguen, estúpidas. ¿Y por qué no iban a hacerlo? Creen que he arrasado y conquistado sus mundos, y me seguirían hasta los mismísimos límites de la Legión por venganza, ¿no? Yo lo haría.

A un palmo de la niebla, corto el combustible del vehículo y caigo a plomo, tan fuerte y tan rápido que no saben qué está ocurriendo hasta que se sumergen en la bruma amarillenta, efervescente y crepitante, colisionando unas con otras como estrellas quebradas.

Detengo la caída y me elevo deprisa, tan rápido que casi me estrello contra otro vehículo Bhavaja, uno de los que se había retirado. Rodeo el cráter una vez y no veo a ninguna de mis combatientes surcar la fina atmósfera del Mokshi. Estoy sola. La niebla ambarina cubre por completo la boca del cráter, bloqueando la entrada. No hay modo de entrar; he perdido la breve oportunidad entre el primer y el segundo despliegue de sus defensas.

Otra de las Bhavajas se aproxima a mí, toma la delantera del grupo, y me hace señas: «No llegarás al espacio de Katazyrna. No volverás a casa».

—¿Qué ocurre? —La voz de Jayd.

Mi respuesta es golpear los mandos y propulsarme abruptamente hacia arriba, atravieso la atmósfera tan rápido que siento el calor de la fricción en mi traje.

Me libero y dejo que el estallido de impulso me aleje del débil pozo de gravedad del mundo. Veo la oleada carmesí de la red de defensa acercándose por detrás. Trato de virar el vehículo y contrarrestar la oleada con el escudo de energía. La onda rebota en el filo de mi protección y salgo disparada sin control, caigo y doy vueltas por los desolados espacios entintados que hay entre los mundos.

El impacto de la onda defensiva me quema el costado izquierdo del traje, ennegreciendo la visión en ese lado. Echo un vistazo con mi ojo bueno, cegado por el brillo caoba del nebuloso sol del Núcleo.

Ante mí, una docena de mundos arden con las auroras de sus defensas exteriores, desprendiendo oleadas de bermellón, turquesa y neblinosa luz esmeralda.