La canción del insomnio - Francisco Sicardi - E-Book

La canción del insomnio E-Book

Francisco Sicardi

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Beschreibung

«La canción del insomnio» es un poemario de Francisco A. Sicardi publicado en 1918. Los protagonistas de estos poemas son personas torturadas por el miedo, el amor, la pobreza… Gente insomne que habita casas silenciosas, monasterios, hospitales o cárceles.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Francisco Sicardi

La canción del insomnio

 

Saga

La canción del insomnio

 

Copyright © 1918, 2021 SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726642025

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A MI HERMANO JACINTO

In Memoriam!

VAGANDO…

En las noches calladas por las calles,

vagando, en soledad, en la penumbra,

puerta por puerta voy, interrogando

del morador la vida misteriosa.

Oigo pasos celeros en las casas;

velan allí. No baja la tranquila

inconciencia del sueño hasta las almas,

en la pasión turbadas. Las torturas

del amor crucifican; los temores

de las pobrezas acongojan; punza

el odio; el rencor exacerba; teme

por el tesoro la avaricia; nadie

reposa. Muchos rezan los rosarios

largos y quejumbrosos y el murmullo

hasta la calle sale, con crujidos

apagados de cunas, con las nenias

de las augustas pensativas sobre

el sueño de los hijos. La armonía

del amoroso canto en el silencio

de la calle nocturna va diciendo

la ternura materna, la impetuosa

idolatría santa. Así en el ruido

sumiso de los besos, que se escuchan

de cuando en cuando, se oyen los divinos

cancioneros. — las fablas del martirio

recóndito en la sombra de la estancia, —

si piensa en los futuros peligrosos

la madre arrodillada, con la frente

prona sobre la cuna, con las palmas

implorando, hacia Dios, misericordia!

¡Pobres las almas de los niños, cuando

las arrebata el cierzo por la vida,

como a las hojas otoñales, lejos

de los amores de los troncos muertos!

Sigo mi caminar; oigo los ritmos

del sueño sano, y ronquidos sonoros

de gargantas hinchadas por el vino

de la reciente bacanal. Se agitan

en pesadilla los borrachos; ven

a los espectros los dormidos sobre

los revueltos colchados; ven sepulcros

que abren la boca pavorosa y cuentan

de sus cadáveres la pena; sienten

llegar el frío de la muerte; gritan

sus macabros poemas. . .

Se despiertan.

¡Cuánto hielo en la carne! ¡El corazón

da vuelcos en el pecho; hiede a podre!

Inquietos en las camas, miran hondo

en el pasado: ven a sus dolores,

a los idilios muertos para siempre,

a la nupcia imposible, al beso férvido

de las amantes sobre las mejillas

rivales. . . ¡Crucifícalos pensar

en las horas feliees fugitivas

que ya no vuelven más!

Otros intuyen

la miseria cercana, el espectáculo

de los hijos hambrientos en harapos,

a los padres mirando en la pavura

del día sin pan!. . . Oigo a los soñadores,

ímpetus temerarios, de la gloria

en pos! ¡Vieron desvanecerse lejos

al ensueño, alejarse las estatuás,

esperanzas del genio, convertidas

en polvo ignoto sus cenizas! ¿Libros

habéis escrito? ¡La comida sois,

a tarascones, de la envidia perra!

¡Con avidez os ha mordido el cuerpo,

la creación manchando a salivazos!

¡Hïeren las espinas la cabeza

del angustiado! ¿Acaso la apoteosis

andáis buscando? Encontraréis la befa,

como extraviados fueseis, como seres

inertes. No dormís, oh melancólicos

del ideal cultores, perturbados

por esa amarga grima. . .

LOSCENOBIOS

Un monumento

en mi camino surge; es un sombrío

cenobio enorme, obscuro, una gualdrapa

en la penumbra insomne. ¿Acaso duermen

los cenobitas? Sale de la esquiva

pared musgosa un largo murmurar

de diálogos vivaces y confusas

palabras de protesta. ¿Anacoretas,

es vuestra vida, en el callar huraño

de la celda, un remedo mundanal?

¿Fascinan las pasiones de la tierra

a vuestro día? ¿Os acosa la carne,

oh penitentes flagelados? Digan:

¿las morbideces blancas y los besos

de perfumada hetera, sus caricias,

— en los ojos el paraíso perdido

por libídine fiera en un ardor

concupiscente — oh anacoretas, quitan

la paz, el sueño? ¡Qué rumores oigo!

¡Caen las disciplinas despiadadas

sobre el cuerpo desnudo! ¡Satanás

os mantiene despiertos; no podéis

al rebelde domar, cuando al oído

os sopla tentaciones deliciosas,

— los deleites soñados en las largas

soledades — y os susurra con burla,

— mientras en el in-folio escudriñáis

al humano destino, — la protesta

airada y la duda perturbadora

de la Fe revelada! ¿Y si no hubiera

un más allá, si todo terminara

en las cenizas del sepulcro, acaso

en el silencio eterno, sin amores

divinos y sin las resurreciones

prometidas? ¿Y para qué los rezos,

si no hay quien los escuche en lo Infinito?

¡Vanas palabras, voces dispersadas

hacia el enigma, con las energías

universales! ¡Y si ese Omnisciente

no fuera sino un miedo, si la frágil

ánima humana lo ha creado en susto

por los peligros de la vida y busca

en esa fuerza una égida, en presencia

de los hondos misterios de la muerte,

la tristura es inútil del cenobio,

el sacrificio austero, la abstinencia,

nada de sol ni de ojos negros, nada

de fervores de amantes! ¡Es inútil

el martirio de los acres cilicios

para matar las bramas insaciadas,

si toda ha de concluir esa odisea

en esfacelos pútridos! ¿Por qué

habemos de alejar a la embriaguez

de las fiestas sonoras, a la brega

impetuosa hacia destinos obscuros,

a la ausencia feliz, a los cantares

de la Natura alerta y fecundísima?

¡Dormir queremos! ¿Por qué estos infiernos

molestan nuestro sueño? ¿Por qué andamos

con las dudas a cuestas? ¡Qué callar

en la tiniebla del convento! ¿Cuándo

acabará el martirio?

Llega el alba;

los encuentra despiertos.

¡ A rezar

sin haber descansado, anacoretas!

¡Qué pesado es el fardo! ¡Hasta morir

lo haréis rodar ansiosos, como rueda,

la mula en la atahona hasta la fosa!

¡Que no hay mayor congoja que la duda,

perturbadora de la paz!

“¡Huimos

de la celda!”

¡Van por los corredores

tan-tan sonando las sandalias, como

ecos de cosas muertas! ¡Cada monje

lleva su cruz de vagabundo el día

entero, sin descanso, — las sandalias

tan-tan sonando por los corredores!

¿Qué te ha hecho fugar, hermano triste?

¡He pensado en la orgía!

¿Y a ti?

¡La duda!

* * *

En el rústico banco, bajo el cielo,

donde brillan los astros tan serenos,

entre la paz angélica, en la suave

plegaria de las cosas te sentaste,

oh monje, a meditar. Dime: ¿qué quieres?

¡El dominio del hombre! ¡Es mi venganza!

¡Las fiestas para ellos, el cilicio

para nosotros; el Universo helado

sobre nuestra alma, ellos la primavera!

¡Queremos dominarlos! ¡Sean vasallos,

cosas del campanario, cuando suena

en largo dondonear el De-Profundis!

¡ Teman la Eternidad!

¿Y por qué corres,

hermano, tú? ¿Te punza qué aguijón?

¿No ves, oh peregrino, allá en el fondo?

Va huyendo la ventura. ¡La persigo,

la bramo para mí; nunca la alcanzo!

¿Quién es ese fantasma?

¡No lo alcances!

¡Ese es el esqueleto de la muerte,

con los huesos mondados, la guadaña

amenazante! ¡Cruje en la carrera

el armazón a saltos, negrecidas,

áridas las pezuñas, bamboleando

en la punta la calavera, como

si echara maldición, con las quijadas

apretadas, resecas sobre dientes

cándidos como nieve!

Va muy lejos

el fantasma agorero; va detrás

el monje en un jadeo, como van

los hombres al sepulcro, protendiendo

las palmas adelante. Si lo alcanza

en la fosa será donde se esconda

con su cuerpo y su grima, a no dormir

condenado en la vida. . .

Otros descansan,

humildes frailes fervorosos. ¡Pasan

en una paz angélica, en la Fe,

en la Esperanza, con sus sueños quietos!

No dudan, sufren, aman, dan violetas

a los altares. La aurora solerte

los encuentra rezando. ¡Dulces almas

modestas, ignoradas, energías

de la pureza, resignados mártires!

¡Cómo dormís sobre el amor de Dios!

¡Os despierta Jesús, cuando las albas

luminosas despiertan a la vida

calentando los gérmenes! ¡Amad

a los vencidos del convento, cuando

los corroe la carne en el insomnio!

¡Que las palabras del amor son versos

de la misericordia, poemas son

de la bondad divina, la paz cantan

y calman las angustias de las noches

eternas, desgarradas por los gritos

lúgubres, largos del remordimiento!

¡Cerca del monasterio yo pensaba

en esas vidas rudas, en los siglos

de penitencia, de plegaria, heroicas,

moderadoras de la bestia humana,

del misionero veía el holocausto

y la piedad ardiente para todos,

y la cruz en las regiones salvajes,

entre las burlas de las plebes ebrias!

¡Yo reverencio y grito el anatema

contra el escarnio, contra el exterminio,

cuando los cuelgan del madero y olvidan

dar sepulturas a esos bienhechores!

¡Pastos del cuervo sois, oh sobrehumanos!

¡Por la sangre vertida surgen días

mejores! ¡El sol pudre vuestras carnes,

del caduco licor se empapa el prado,

estremecido en el furor fecundo

de brotar y bebe el humano espíritu

en ese Gólgota el consuelo, cuando

las fuerzas desfallecen! ¡Desgarrad,

oh cuervos, al cadáver! ¡Sombras negras,

harponead a las vísceras calientes!

¡Por qué vais y volvéis, llenas las garras,

de ese esfacelo en el bestial banquete!

¡Qué angurria! ¡Qué zarpazos! ¡Cuánto apuro

por tragar la osamenta! ¡Qué asamblea

de gritos carniceros! ¡Qué volar

en torno de la presa! ¡Pronto! ¡Pronto!

¡Deshaced los cadáveres! ¡El mártir

al impregnar la tierra hará surgir

futuros inmortales!

Yo pensaba

este poema cerca al monasterio.

La calle estaba quieta y susurrando

la brisa fugitiva traía ecos

de avemarías lejanas. . .

Me acerqué.

¡Una verja, un vergel, plantas de lirios;

en el muro excavada una hornacina,

en el hueco una virgen con las palmas

juntas para rezar y las pupilas

taciturnas, tristísimas, en llanto!

Y de profesas vi llegar un coro,

negro-vestidas, lentas. De rodillas

al pie de la hornacina se pusieron

en la alta noche.

Cuenten, oh viajeras,

¿por qué rezáis en la hora del reposo?

¡Ave María, contestan, gratia plena,

pídele a Dios perdone los pecados!

¡Oh madre, tú que viste al Crucifijo

bendecir tu martirio, tú bendice

el dolor del insomnio la agitada

cruz del alma nocturna! ¡Fué leyenda

de amor nuestra leyenda! ¡En la tiniebla

el ausente nos mira! ¡Otras mejillas

besas, oh idolatrado! ¡Ya olvidaste

la luz de mis pupilas, tu sendero

pías iluminando, como el sol

al árbol acaricia!. . . En el silencio

besamos en el cuarto solitario

tu boca anhelante. De tu persona

un efluvio misterioso salía,

como de flor abierta al beso cálido

de las nupcias deseadas. La embriaguez

de los recuerdos nos aferra; el sueño

abandona al pecado. ¡Ave María

misericorde, ayuda al penitente!

¡Tú quieres al gusano pordiosero,

derramas el rocío en las estepas,

te busca en la borrasca el navegante,

en la fulmínea soledad naufrágica!

¡Como la barca erramos en peligro

en las revueltas sirtes; somos náufragos!

¡A las arrepentidas da la mano,

oh esperanza del cielo, tú que anuncias

el vanecer del día en los tañidos

vesperales, en las melancolías

de la vida muriente, en el transmonto

de todos los amores, ¡ay, muy lejos

de la dicha, en las hondas tristezas

de las almas quebradas, cerca al lúgubre

deseo del sepulcro! ¡Ave María,

dominus tecum, flor de los jardines,

oh, paz del alma! ¡Nuestras manos pálidas

juntamos, implorando, en estas noches

penosas de la celda, donde suenan

del pasado feliz las remembranzas,

en la casa paterna, las alegres

horas de la niñez, los viejos cuentos,

cerca a las chimeneas invernales,

y en el parque florido los idilios.

¡Mientras cantan las fuentes, deshojábamos

el horóscopo de las margaritas

bajo los trinos de los ruiseñores!

¡Perdón! ¡Perdón, oh mater dolorosa,

a los amores nuestros.

Castas fuimos,

otro grupo clamaba, bajo el velo

de crespones obscuros! ¡Moribundas

el amor de Jesús nos ha traído!

¡Soñadoras perennes no tenemos

otra idea, otro norte! ¡Somos cosas

en su dominio deleitoso; erramos

cerca de su persona, como tórtolas

de amor heridas cerca de los nidos,

adoratrices en silencio! ¡Así

adora la maleza a los escombros,

cubriéndoles las lágrimas con flores!

¡Oh frenesí de voluptad seráfica!

¡Besamos a Jesús en esta brama

impetüosa del insomnio! ¡A veces

nos desmaya el placer en un profundo

letargo extraterrestre! ¡Así quisiéramos

no separarnos de El, hasta morir

entre los brazos de ese amor divino

insacïadas. . .

Van para las celdas

en hileras, calladas. Parecía

una retahila de sombras adustas,

lentas, a paso leve, resonando

lejos, hasta la calle, las pisadas

bajo los claustros.

HOSPITALES

Hacia unos gemidos

sordos, lejanos, fuéronse mis pasos

de vagabundo. Cada vez más claros

llegan esos gemidos, desde lo alto

de grandes ventanales, semiabiertos

en la penumbra. Veo las murallas

del hospital musgoso, viejo como

la pena. . . Allí no duermen. En las filas

de camas blancas, lívidos los cuerpos,

yacen hundidos y los desazona

la noche sola cuando ellos recuerdan

la torva angustia de la despedida

en la casa fría, sin pan. No duermen,

acostados tosiendo. Hay estertores,

soponcios bruscos, gritos. . . ¡El delirio

produce el canto a veces del amor!

¡La flor primera, el alma avasallada

en la alegría de la pasión, el culto

a la creadora de la vida nueva,

el primer beso, la promesa eterna,

el miedo de perderla!. . . ¡En ese fuego

del corazón y de la mente, celos

en ásperas tinieblas, en demencias

vengadoras, caricias y reproches,

un poema cantado en el espíritu

para la virgen celestial, que viene

con nívea forma en la lóbrega sala,

llamada con anhelo tan sublime,

como se llama a las reliquias, — fuera

del cobertor la mano del enfermo

para atraerla a sí, — desmesurados

los ojos turbios, sonriente la boca,

cuchichëando en confusa farfulla,

llena de unción para la imagen santa

de sus adoraciones!

¡Moribundo!

¡Olvidada después de juramento.—

sobre el cajón que encierra tu cadáver

para el osario, — la arrastra el instinto

hacia el novel amante, hacia los goces

de la carne! ¡Nunca llevó violetas

a tu sepulcro anónimo y tus átomos,

tal vez, nutren las flores regaladas

en la pasión reciente! ¡Pobre insomne!

¿Pensaste, acaso, en esa felonía,

en las torturas de la noche larga?

De repente un silencio. . . El estertor

ha callado un momento. . . Se ha muerto uno. . .

La monja reza un De-Profundis. Pone

sobre el inmóvil pecho el crucifijo. . .

Han venido los fámulos; lo envuelven

en un blanco sudario; en la camilla

lo han colocado para el anfiteatro

a la implacable autopsia. A paso lento

cruzan con el cadáver los salones;

los enfermos lo miran; la pavura

de perecer como él los tiene alerta.

¡Pasan la noche larga en la vigilia

por miedo a ese cadáver que se ha ido

al arcano de donde no se vuelve!

¡Qué terror, Dios Eterno! ¡De ese país

tan siniestro, adonde vamos todos,

de esa ignorada sombra, de ese cuento

tan torturante, aléjanos, Señor!

¿Y si llega la muerte en nuestro sueño

con su tenaza helada? ¡Fuera! Fuera!

¡Abramos las pupilas; la veremos

venir por la tiniebla! ¡Fuera! ¡Lejos!

¡No queremos dormir, porque ese miedo

de la muerte nos hiela las entrañas!

¡No queremos dormir! ¡Y si el cansancio

nuestro cuerpo subyuga, venga súbita

la remezón feroz que nos despierte!

¡Llegue el martirio del insomnio!

¿Y tú,

no acompañas el coro? ¿La tragedia

no consiguió moverte? ¿Acaso tienes

una mayor congoja?

¡No tememos!

¡El delito retuerce nuestras almas;

despierta y mata la quietud! ¡Morir

es irse de la angustia!

Tú nos ves

en estas camas pordioseras, — otros

sofocados hablaban en voz baja,

mustios los ojos y los rostros lívidos.

¡En las pompas del mundo hemos tirado

en danzas, en orgías la fortuna,

en mujeres, en lujos. Inconscientes

augures, en nefandas bacanales,

llenos de vino, de impudor, en medio

de sistros y de flores, sin dormir,

sátiros insaciables, — las rameras,

borrachas de festín y de lujurias,

comieron nuestro cuerpo como comen

al cadáver los vermes! ¡Poco a poco

nos dejaron sin sangre esos vampiros,

y el tambor de la muerte con la tos

empezó a redoblar la funerala!

¡Nos va a acostar la tisis en el féretro

hacia el sepulcro, donde besaremos

los labios de ellas carcomidos!

¡Nunca,

tal vez, tuvieron primavera! ¡Acaso,

fatal un sino las arroja fuera

de la virtud, al mal, al holocausto

prematuro, como si fueran víctimas

a cultivar votadas los fangales

de la sentina humana! ¡Necesarias

sacerdotisas de lascivias, ellas,

con su martirio, salvan a la especie

y en el destrozo de su carne son

las válvulas del fuego comprimido

en los vicios del hombre! ¡Son los pájaros

de los pobres tugurios, que se van

a pedir a los rayos meridianos

la luz que falta en ellos y no ven

que el sol quema las alas y las ansias

de vivir en el sol lleva a la muerte!

¡Oh, mariposas, no busquéis la luz!

¡Oh, soñadoras, no busquéis al príncipe!

¡Si queréis en invierno chimeneas,

prendidas al amor de las quimeras

de las llamas del sauce, si queréis

sombra de bosques en verano, sedas

y terciopelos sobre las sarazas

si os entumece el frío, si os cansáis

así encorvadas sobre la costura

¡oh, pobres fugitivas, preparaos!

¡Oh, juveniles ánforas! ¡El lodo

enturbiará las linfas cristalinas,

el desengaño os llenará de duelos,

el alma ingenua se hará trizas ante

la lues dispersa en el camino vuestro!

¡Vendrán, después, las horas solitarias

y con ellas la cruz de la nostalgia!

¡Pensaréis en la casa que fué vuestra,

en los patios floridos, en los tiestos

de primavera llenos de claveles,

en el pequeño cuarto, tan feliz

en el amor de vuestros viejos! ¡Cuando,

paseando por la tarde los tapices,

frente a la seda de los muros, suenen

las campanas del Angelus, tal vez

os acordéis de la pequeña iglesia

donde ibais a rezar la Avemaría,

a ese obrero mirando, que os llevaba

amor y rosas!. . . ¡Todavía os espera!

¡Todas las tardes pasa! ¡Si vosotras

camináis por allí veréis un luto

cubriendo al llamador! ¡Es que se han muerto

los viejos de dolor; es que se ha ido

el novio lejos y no ha vuelto más!

Mi caminar seguí por la ciudad,

entre penumbras, pensando en la Erinnis

que la carne devora de esas gentes

miserables. . . Cerca de mí pasea

algún noctámbulo su insomnio. . . Va

sin rumbo por las calles, mientras marchan

al paso algunos coches. . . Suele abrirse

la puerta de un zaguán; por ahí escapa

un fugitivo con el rostro oculto

y se desliza cerca a las paredes,

como a esconder delitos, un adúltero,

un tahur, un felón, la meretriz

que escupe de asco en la vereda, ahita

de ser sucubo a todos los borrachos,

embriagada ella misma, delirante

por la demencia de la orgía. Surge

de un umbral, de repente, un harapiento

de greña larga, nariz roja y dice,

en su canto estridente, una odisea

de hambre y de frío, que hace estremecer

a los silencios de la noche. Acaso

narra el desastre de una vida, o escribe

en la lúgubre nota una novela

de amor desventurado, cuyo término

fué el abandono, fué una muerte de alma,

la inmundicia del cuerpo y la tristura

de la mente vencida. Esa pareja

que acaba de pasar dándose besos,

a perderse camina, como piérdese,

en el misterio del espacio, el átomo

del cosmos desprendido, no se sabe

hacia qué abismo. Yo oigo de un balcón

salir una armonía de violines

en idilio celeste. Era un crepúsculo;

los pájaros piaban en voz baja;

el bosque estaba quieto y se veían,

a través de las hojas, los destellos

del moribundo sol tras las colinas. . .

Un susurro de brisas; de una fuente

musgosa el argentino canto. Venus

Anadiomena asómase al espejo

del agua fresca, como contemplara

estupefacta la belleza increada,

entre un tapiz de deshojadas rosas,

caïdas en la cuenca. En el sendero

sobre la alfombra de conchilla blanca,

los novios de la mano. . . ¡Oh virginales!

¡Oh, puras almas de los quince abriles!

En esa hora augusta se miraban. . .

¡En la mente la mente, la pupila

en la pupila, enajenados, ebrios

de amor espiritual, casi seráficos,

como la sombra benigna del bosque,

como el Dios de la noche, que en su seno

recoge todos los candores!. . . ¿Dónde

os vais, oh castas almas? ¿A escribir,

acaso, el verso de la Eucaristía?

a vivir en el cielo, arrebatados

en éxtasis suprema sobre el mundo?

¡Oh, comunión de espíritus sagrados

sin mancha terrenal, oh, femenino

eterno, deificado; oh, Beatrice!

¡En los rayos de luna, en esa noche,

vedlos, se van honestos hacia el lago

a seguir el idilio hasta el final

de los siglos, debajo a las estrellas

que miran del azul tan verecundas,

como miraran a una iglesia, donde,

arrodillados cerca del altar,

comulgaran los novios de la mano,

las pupilas en Dios!. . . ¡Oh, salve, salve,

oh pasión redentora! Los violines

cantaban armonías inefables,

como acallar quisieran los oprobios

de las calles nocturnas. . .

En la barca,

lentamente remando por el lago,

sueñan los novios la vida futura:

El, paladín, en ella la alegría

de la flor, de la luz. . ., una perpetua

égida el caballero, sobre el frágil

vaso de nácar, que es su personita,

ella el canto de amor inenarrable,

de la eterna sonrisa la leticia,

dos purezas en ese panorama. . .

Remaban en la sombra de las aguas,

bajo los astros del cielo sereno,

mientras corre la luna al más allá,

hacia el anhelo interminable, sobre

el lago manso como el bien. . . La brisa

susurra su canción con el siseo

del agua, que resbala en la carrera

bajo la quilla. . . Lejos la arboleda

como una hilera de monjes obscuros,

rezando su plegaria en los silencios

vastos del orbe; entre las ramas, luces

de caseríos escondidos; trovas

que llegan de la tierra, nunciatrices

de la alegría humana en el retorno

del labrador humilde hacia las chozas,

adonde espera la frugal comida. . .

¡Un poema de ensueño!. . .

Los violines

decían armonías inefables

como acallar quisieran los oprobios

de las calles nocturnas. . .

LAS CÁRCELES

Bruscamente

oigo blasfemias; miro en frente. Se alza

una monstruosa mole, como un signo

agorero, fatal, — una tiniebla

de un murallón cercada. Se apagó

aquel hermoso idilio. . . Centinelas,

con el fusil al hombro, se pasean

en siniestra amenaza, la atalaya.

¡Escucho los rugidos de la cárcel. . .,

almas feroces, horas de delitos,

vísceras rotas a puñal, de sangre

borbotones y chorros en las manos

del sicario, el retumbo sepulcral

del cuerpo muerto sobre la vereda!

“¡Tanto te amé, gritaba una voz áspera,

y tú me traicionaste con lujuria,

chupándole los labios a tu amante

en mi ausencia de noche! ¡Te agarrabas

como una loca de su talle! ¡Hundí

en tu pecho la daga tantas veces;

tus alaridos tengo en el oído!

¡No me dejan dormir, desgarradores

como gritos de Infierno! ¡No me dejan

dormir! ¡Mas te amo, muerta! Eres veneno

de mis malas pasiones! ¡Tú te acuestas

al lado mío tan fría como un hielo,

como una caja fúnebre; me besas

con esa escarcha de tus labios; hiedo

a cadáver!”

Salen de las troneras

las carrasperas del rencor. ¡Decían

de almas aviesas, foscas, en incubo

de venganzas, las calladas fruiciones

de los felones en las emboscadas

nocturnas, del tigre el salto impetuoso,

abierta la garra al degüello, el grito

de exterminio sonando en soledades

obscuras, sin amparo!. . . Decían otros

los duelos encarnizados, el choque,

las chispas del puñal, las bufaradas

de las bocas cercanas, el rocío

de arterias rotas al estadio, en sangre

caliente, desmesuradas las pupilas

opacas del difunto, en tambaleo

trágico, hasta caer pesadamente

el cuerpo largo a largo sobre el césped,

en la luz suave del cielo tranquilo,

indiferente y fugas pavorosas

por los atajos, lejos de la ergástula,

hacia las cuevas ignoradas. Llevan

en el espíritu el delito; ven

en la tiniebla de la celda el ojo

acerbo, extinto, frío. . .

Aquellos cuentan

los estupros salvajes, las brutales

concupiscencias y los espantosos

aullidos de las víctimas, forzadas

en sangre. . . Suenan en las reas orejas

los anatemas. Cuando caen en sueño

esas almas aviesas, la cohorte

ultrajada a la bestia roe, roe,

desgarra trozo a trozo. En sobresalto

de la tarima arrójanse, despiertos,

en fuga por el piso hasta golpear

con el cráneo los muros. Yo entreveía

a esas máscaras lóbregas detrás

de las altas troneras, en eterna

vigilia. . . Los cleptómanos risueños

no duermen, fraguan trampas para el robo,

para el asalto en las encrucijadas,

para el zarpazo traicionero. A veces

por el botín pelean y el despojo

robado es la mortaja que los tapa

boquiabiertos, cinéreos. . .

En el alma

de la ergástula vibra un afanoso

deseo de fuga. Piensan los ardides

audaces y no duermen. Las paredes

raspan a uña viva; los barrotes

gastan con limas sordas; giran bruscos

en torbellino, como poseídos

por la celda. ¡Ser libres! ¡Más allá

del muro sucio el sol! ¡Ser libres! ¡Se oyen

los rumores del mundo en un lejano

murmullo alegre, largo, interminado,

como esa vida esclava! ¡Afuera! ¡Afuera,

a derribar la cárcel! ¡Las inquinas

acumuladas, hondas, otra vez

lleven al homicidio! ¡Vamos pronto

a exterminar felices! ¡Ellos gozan

la luz, el vino, la mujer! ¡Nos quedan

los desprecios, el sexo insacïado

en bramas vïolentas, en estériles

ansias. . .

¡Yo veía pasar las prisiones

de las edades todas, las blasfemias

de los galeotes eseuchaba en ese

peregrinar tan lúgubre al costado

del calabozo insomne! ¡Una simbólica

sinfonía del delito estallaba

en el espacio obscuro — condensados

en las notas los crímenes horrendos,

la destrucción, el desierto! ¡Era un ejéreito

de maníacos corriendo por la tierra,

en el puño el incendio, con las llamas

al orbe incinerando, en precipicio

el mal sobre los siglos y en la luz

de la salud espiritual la ruina

delincuente! ¡Y comprendí la leyenda

de los viejos rescoldos, dispersados

en los escombros de naciones muertas,

la leyenda de Ormuz y de Arimanes

trenzados en la lucha — el bien y el mal

para agarrar a la alma humana — y quise

salir del vaho mefítico! ¡Apuré

mi caminar por las aceras. Sólo

llevé mi desconsuelo; fuí pensando:

lo que nace, perece! ¡Nada aprenden

los hombres en los tiempos; nunca habrá

paz! ¡Llevarán la tea del incendio

hasta el fin de las eras! ¡Oh, fecundo

sol bienhechor, alumbrarás cenizas!

¡Cantarán los gusanos en tu fuego

las odas del estrago, en los sepulcros

de las guerras presentes, en las quejas

de los pútridos fangos de los muertos

que hacen pensar al alma contristada

que ya no existe Dios, en esos besos

glaciales de la fosa, donde yacen

juntos los enemigos y se dan

el abrazo fraterno! ¡Se olvidaron,

para amarse en la tumba, de los odios,

de las heridas!. . . ¡El silencio eterno,

la piedad ha creado; eso no pudo

nunca la vida, donde no está Dios,

y lo pudo la muerte!

¡Yo seguí,

pensando a la desgracia, que es la herencia

de los nacidos, al camino triste

de los romeros míseros, al sino

fatal votados de la desventura

inacabable!

NO DUERMEN

Está la noche quieta.

¿Acaso habrá quien duerma? Veo que hay paz

en muchas casas. Oigo el respirar

del sueño manso. Reposan los padres

y duermen hondo sobre las labores

de las jornadas arduas. Las frugales

mesas alegres dieron el pan sano,

el agua cristalina de las fuentes

a los chicos inquietos; el trabajo

limpia la sangre, limpia el alma, obtiene

el equilibrio triunfador. La aurora

los arroja de nuevo hacia las bregas,

impetüosos, ágiles, solertes,

ricos de nuevos vigores. Las madres

en las bocas rosadas muñen leche

de los pezones pardos. Cuando sale

a la tarea el hombre, asean la casa,

de los niños contemplan el dormir

angélico. Se asoman al balcón

a regar los claveles olorosos

en los tiestos en fila, en el alféizar,

el jardín diminuto de ese templo

de tan prolífica pureza. Luego

por los cuartos, cantando las canciones

de los amores juveniles, visten

al hijo recalcitrante en las faldas

y útiles, como el sol, llenan la vida

de besos y de amores. . .

A esos otros,

con luz en la alta noche entro a las casas,

la ambición los taladra. Carcomidos

por el afán del lujo no descansan

y la deuda los muerde en la congoja

nocturna. Se revuelven en las camas,

arrojar quieren la tortura, huir

del sollozo, que brota en tanta pena

del pecho ansioso, huir de la ira estéril,

por la ruina fatal, ineludible

en su sombra agorera, como anhela

— sin poder conseguirlo — el miserable

los derroches del rico y las exvírgenes

quieren volverse castas otra vez

envano. . .

¡Y se van en alguna noche

del insomnio al suicidio, a fracturarse

contra las piedras la cabeza, o se abren

el corazón con el puñal! ¡La deuda

exacerba implacable, quita el sueño

ásperamente! ¡Luego la familia

en los ojos del padre ve su grima,

agiganta el peligro, la tristeza

a sus horas conturba y es tanto más

profunda la tristeza, cuanto el padre

más calla su misterio. ¡Así los hijos,

para el festín nacidos, saben luego

de los dolores de la vida y donde

existir no debiera sino el alba

con la divina luz de la alegría,

en las almas inciertas, en las frágiles

corolas juveniles carpintea

su féretro la angustia! ¡El corazón

de las niñas solloza en ese duelo,

pobre nido de lágrimas, que llora,