Libro extraño - Francisco Sicardi - E-Book

Libro extraño E-Book

Francisco Sicardi

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«Libro extraño» es la historia de una familia de clase media argentina narrada en cinco volúmenes. Carlos Méndez y Dolores del Río son los fundadores de una estirpe que padece un mal hereditario: la locura. Como un informe médico, la novela expone el caso de cada personaje.

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Seitenzahl: 510

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Francisco Sicardi

Libro extraño

 

Saga

Libro extraño

 

Copyright © 1911, 2022 SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726642049

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

Prólogo

Porque es necesario, que los hechos tengan sitio, fecha y criaturas, escribo estos capítulos del libro, que lleva por esto mismo en la entraña la simiente de su muerte, porque en el arte, no tienen vida duradera, sino las cosas sobrehumanas, que en todo tiempo y lugar sean reflejo de verdad. Requiescat in pace. Se irá en el montón, en buena compañía, a descansar en la huesa, que el olvido abre todos los años para los que escriben. Yo tengo conmiseraciones, llenas de respeto, por todas las ideas, que se arrojan a la pelea diaria, y muy en mucho los campeones esforzados, que defienden iracundos la brecha, erguidos sobre el escombro... Me acerco a ellos siempre, leo sus libros y veo cómo se enflaquece el vigor intelectual, que echa a la hoguera sus aristas de diamante pulido y cómo sepulta el hombre todas las exuberancias pasionales de nuestro espíritu. Escribo, a pesar de todo, con caricias en la frase y plasmo, en los soliloquios de creación, las figuras, que cruzan sonriendo la zona sombría del pensamiento. No hay frío en la pluma, ni desesperaciones; y, cuando resbala y cruje sobre el papel, saltan chispas de alegría, porque otros se emborrachan de alcohol y nosotros de visiones: es lo mismo. Lo importante es que el tiempo, que no puede llenarse siempre de trabajo material, pase en alguna forma, aunque sea poblado de deleznables fantasmagorías; -el tiempo, que es tan largo, cuando la inercia y el tedio penetran los huesos... No importa lo que suceda después; escribamos. Sé que el sepulcro está siempre con la tapa de mármol levantada y pendiente en actitud de caer... pero yo digo, que esos libros muertos, que han enriquecido nuestra inteligencia con el esplendor de sus pasiones, son los amigos desinteresados de las horas solitarias; y a medida que se van borrando de la memoria humana, se concentran y se retiran en tropel y entran por las puertas iluminadas de nuestras casas, como hijos pródigos, que vuelven moribundos de la lucha a buscar otra vez el seno tibio de nuestros cariños. Yo los he visto después, en las urnas, donde están guardadas las cenizas de los dioses tutelares, al lado de los retratos, sobre el escritorio de los hijos. ¡Sobrado galardón es este! ¡Qué bien están los libros muertos allí!... Por qué el arte no vive, si es estéril vanidad y exhibición burda y fugaz; pero es eterno, cuando es fragua calentada en todos los amores del corazón, cuando, hecha de dolor y de recuerdos, diseca una por una las tristezas del espíritu humano. ¡No haya miedo, hermanos míos; dejad esta síntesis a vuestros hijos, aunque no viva fuera nunca! Allí guardados, dentro de las cuatro paredes, donde han sido escritos, tienen la vida inmortal, a pesar de todos; y, cuando suenan las alegrías de íntimos festivales, siempre hay quien estira la mano a recogerlos. Yo he visto estas familias... En la noche del santo de los padres, se reúnen todos alrededor de la mesa con esos libros, que son a veces la única herencia... Los genios amables del hogar, con alas blancas y grandes, se ciernen en la atmósfera tibia y la vieja sobreviviente está sentada en la cabecera. Tiene en los ojos pensativos toda su historia de alma resignada y tranquila, mientras los mayores, con tez morena y ojos negros, leen en voz alta las páginas adorables... Pasa el alma del padre en los rasgos extraños y los arabescos y las curvas y los círculos y las líneas de las letras... formando rayas pequeñas y grandes, separadas por blancos espacios, que van contando apresuradas, las unas después de las otras, las distintas estrofas, mientras su sombra melancólica vaga por los comedores, donde se sienten ruidos de besos cariñosos.

* * *

Yo canto como el poeta y veo las líneas elocuentes de los objetos y escribo el alma de la naturaleza de mi comarca... y hay tinieblas y poemas de luz y temblores de corazones en sus páginas. Hay símbolos, porque ciertas horas juveniles de amor se parecen en todos los que han nacido, y más símbolos, porque está allí el pueblo, que tiene el gran espíritu sintético, la efigie deslumbradora y gloriosa, mezcla de artista, de filósofo y de gaucho indomable... ¡Oh Grecia, que tienes a Esquilo y al Partenón y has echado a las estrellas el perfil divino y eterno de la Venus celeste; diosas de las ondas del mar y de los bosques, que camináis el mundo antiguo, destilando perfumes salinos de algas y deliciosa ambrosía; observad este pueblo de poetas, que encuentra el himno a la belleza inmortal en la infinita y dilatada planicie de la pampa, templo abierto de sus glorias, sepulcro de su ciclo heroico! Monta su potro alazán con cambiantes de terciopelo, la cabeza altísima, anhelando las fragancias exquisitas de los jardines silvestres. Tropieza adelante en el huracán bravío de la carrera y de noche vela -de los picachos, que blanquean en la negrura- la integridad del territorio, armado, con plumaje de cóndores en la renegrida cabeza, la daga brillante y el ojo redondo y oscuro del fusil...

 

Habrá en el libro pasiones, de esas que por casualidad se visten de carnes; zonas de fuego, que marchan en la vida, sin que la educación roce y atenúe ninguna de sus cosas salvajes; corazones sacudidos por todos los instintos, tétricos actores de la catástrofe horrenda... Y hombres, que viven la vida humana -redimidos- y hogares con luz de sol, sombras de arboledas y trinos armoniosos de pájaros y penumbras de alcobas y cánticos tiernísimos de madres, al lado de las cunas y uno que otro cajoncito de ébano, que se va para siempre por la puerta con llantos y plegarias... Y locos, mártires de la ambición de renombre, bregando por la luz en sus extravíos intelectuales, con las puertas del manicomio abiertas de par en par... para concluir muriendo todo ese mundo en la forma en que las cosas todas concluyen. Yo escribo, porque en la vida hay madrugadas, noches, casas, caracteres, pobrezas y dolor... porque se vive al lado de las muchedumbres que se agitan y se revuelven y gritan bulliciosas el cántico de la existencia vertiginosa; porque hay cielo y sol y niñas enamoradas, que iluminan los vergeles sonrientes de heliotropos y pasionarias y balbuceos de chicos y padres que se sientan por la noche a contarles cuentos para hacerlos dormir. Yo grabo todas estas cosas con los fragmentos lastimados de mi corazón y se derraman en las páginas del libro todas las afectuosas soledades del espíritu, porque si yo no escribiera, tendría siempre reverencias en las pupilas de mi alma, para esas pobres criaturas consagradas en las congojas inacabables. Yo me arrodillo, con la frente hasta el suelo, peregrinas melancólicas del libro doloroso, porque he encontrado para vosotras, de esta manera, las estrofas de las gratitudes eternales. Aquí estoy sentado en mi comedor. Oigo el reloj, que marca con cadencia monótona los pasos del hombre cansado hacia el sepulcro, y asimismo, sediento de recuerdos, ebrio de beatitudes seráficas, evoco las inefables visiones... ¡Oh Eros paradisíaca, blanca flor de alabastro, tronchada en edad temprana; numen y síntesis de todos los amores!... ¡Bohemio, símbolo, creador huraño de poemas, que tienen todas las armonías de la comarca, filósofo y soldado, que construyes en la cumbre tu castillo de piedra, como baluarte indomable y bravío! Vengan las frases y los deliquios de los amores inmortales... y Genaro y Enrique y Paloche, pasiones desnudas, zonas de fuego enloquecidas, que cruzan el LIBRO EXTRAÑO como regueros de muerte... y criaturas humildes que viven en los conventillos... y tú ¡oh Carlos Méndez! Hombre, que me has prestado tu nombre y apellido, para que yo dijera la forma, como tú cierras contra tu pecho redimido a la chiquita deliciosa de los cuentos... Ellos van a sostener el libro en su camino azaroso y cuando vuelvan a mi hogar, tal vez encuentren la urna que guarde mis cenizas y habrá plegarias de niños arrodillados en el comedor, cuando levanten la tapa y allí lo encierren, como para significar a los intelectuales, hermanos míos, que los fragmentos lastimados del corazón, al corazón de los hogares vuelven...

Libro primero

- I - Carlos Méndez

Carlos Méndez era médico. En un tiempo eso significaba alguna cosa excelsa. Ahora que se ha llegado, hasta creer en la alquimia y se han establecido consultorios nigrománticos, mejor es doblar la hoja. Antes podía decirse: «los médicos» así como suena. Hoy está uno obligado a distinguir:

¿Cómo es el Dr. Fulano?...

No es extraño, desde que estamos en la década del análisis y del detalle. Eso es bueno, entre otras cosas, tiene este progreso del arte, porque siquiera enseña, con quién tiene uno que habérselas y en lo que se refiere a este gremio, debemos congratularnos, porque los sumos pontífices de la literatura han declarado, que no puede escribirse hoy, si no se sabe medicina. Han conseguido así echar baldones sobre muchas obras de labor y de genio; han diluido en páginas interminables la hermosa síntesis de las pasiones y refugiados en los manicomios, pedagogos afectados, han construido con sus piedras enloquecidas el edificio de la vida humana. -¡Pobre Shakespeare! ¡Te han mandado con la música de tus creaciones a otro planeta!

* * *

Vivía en Almagro, si comer y tener cuartos y dormir a veces en ellos, quiere decir vivir en alguna parte. Hace tiempo de esto ya, cuando ese barrio era un suburbio lleno de quintas y cercos de moras e higos de tuna, y hornos, -las hileras de ladrillos apilados- y montones de cardos y el túmulo en forma de pirámide truncada y pequeñas casitas aquí y allá y ranchos y ombúes corpulentos y enormes charcos cenagosos... Vivía en la única casa de altos del barrio solitario, en cuatro cuartos. Tenía una cocinera negra, que le decía: su merced, y Genaro era su cochero, hacía tiempo y su sirviente a la vez. Ejercía su profesión de médico pobre, con muchas dificultades a pie, a caballo y muy rara vez en un pequeño cupé... Su día era el trabajo, su noche el estudio... pero sin duda por no ser de nuestro tiempo, leía pocos los libros de medicina y pasaba esas horas escribiendo. Tenía una fantasía vivísima y era un extraño y salvaje poeta, que acometía todos los libertinajes del arte con extraordinaria audacia, rompiendo en sus escritos forma y ritmo. Sus cosas no eran leídas, sino por algunos amigos y echaba al fuego todo, sombrío y huraño, enemigo de que hablaran de él y salvándose inconscientemente de que lo lapidaran en la calle. Era una desenfrenada inteligencia, calentada y enloquecida a veces por violentas pasiones y vivía mártir, sin embargo, de las muchas horas de inacción, caminando con los brazos abandonados, pensativo y escéptico. Es muy posible, que aquellos excesos bruscos y repentinos y el estallido formidable de las ideas en su cabeza, le arrebataran el vigor varonil y lo precipitaran en las hondas y amargas tristezas que lo sorprendían a veces. Lejos de la madre, a quien visitaba poco, concluyó por tener el corazón muerto y el labio mudo y fue su espíritu una cosa desventurada y yerma. Se aisló más todavía, hasta casi no salir de su casa y todo este admirable mundo, divino por la luz, la línea y la armonía y las ráfagas exquisitas del sentimiento y las creaciones, que resuenan en nosotros, como alboradas parleras, habían perdido su esplendor. La criatura humana era una sombra triste, sin fe y sin esperanzas, vagando sin rumbos, ni objetivos por el espacio. Tenía tedio, disgusto de todas las cosas, tedio negro e implacable -esa inercia gigantesca, que desgasta y contamina átomo por átomo. Su casa estaba desnuda. No había alfombra, ni cortinas. Sus paredes no tenían sino los cuadros de familia, que él no miraba nunca en medio de aquella helada atmósfera. Andaba por esos cuartos, como un espectro, buscando una mano amiga y una sonrisa, como el ciego, que va bamboleando a tantear trecho a trecho las cosas, para encontrar algo, en que apoyar su camino. Sentía latigazos en la frente, burlas y palabras socarronas, que le decían: cobarde, ¡y los libros! ¡Hasta ellos! esos sublimes dolores de sus años juveniles, saliendo con sus dorsos de colores, fuera de la biblioteca, reían y reían con los dientes largos de esqueleto. En el día interminable y aburrido, buscaba con avidez los altos problemas, para resolverlos, los enigmas desolados, que rodean el destino humano, sin tener fuerzas para salir del ensueño estéril y trágico. Meditaba el horrendo desastre; las furias arrastrando por los aires su cuerpo muerto y miserable y el destino siniestro, con máscara lóbrega, que otras veces había aguzanado sus intuiciones y precipitado su mente en todos los abismos del saber, la esfinge eterna caía hecha pedazos en la indiferencia del que ya no puede pensar, ni sentir. Estaba vencido: ¡era un suicida, que tenía la pasión dolorosa del eterno descanso!

Esa noche del mes de abril, en medio de un vaho abrasador, estaba el cielo lleno de tormentas y la atmósfera procelosa. De cuando en cuando, un relámpago, que rasgaba la noche y el trueno, retumbando a saltos. A lo lejos, zumbidos extraños, y nubes oscuras enroscadas en alto como serpientes y vertiginosas de polvo, un olor a tierra húmeda y unas cuantas gotas gruesas, flagelando los vidrios. Después relámpagos más frecuentes, más breves y centelleantes, zig-zags ardientes y rápidos aquí, allá y más allá, incendios súbitos y estallidos de luz, abriendo grietas y cráteres y el trueno más cerca y más fulmíneo sacudiendo con espantoso fragor las espesas montañas de aire negro. Los ruidos del huracán, trasformados en estampidos, con una enorme nota central, grave y formidable y por dentro gemidos lúgubres y lastimeros, chirridos, una tempestad de voces coléricas, una zambra tumultuaria llena de bramidos de bestias feroces apaleadas y de todas las desesperaciones demoníacas del sonido y después el agua a torrentes, se desploma a torrentes, inunda las aceras y levantan en las calles un mar embravecido...

Una pequeña lámpara de queroseno iluminaba el dormitorio de Méndez, mientras los fogonazos sucesivos de los relámpagos saetaban los vidrios y la casa solitaria parecía temblar, en aquella perversa furia de los vendavales de afuera. El médico estaba sentado al lado de su escritorio, con el ceño hondo y la cara oscura y escribía «las sombras» un poema terrible y macabro, en que como siempre, en todas sus cosas, grabó con profunda sinceridad la estereotipia de ese lóbrego momento. Escribía y de cuando en cuando, miraba una pistola, que tenía al lado con los gatillos levantados en son de fúnebre amenaza, sobre los dos cañones oscuros.

* * *

«Fuegos fatuos, decía el poema, vuelan brillantes y aparecen como estrellas en la punta de las cruces del cementerio -¡Adiós! Corren, saltan y ruedan sobre las calaveras, sucias de barro y se desvanecen en la tiniebla. Iluminan poco los sepulcros a flor de tierra. Son huacas de pobres y descansan siquiera tranquilos, sin plegarias hipócritas, ni flores, ni recuerdos... Moriré así yo también, sin que nadie se aperciba, llevándome todo (el bien y el mal) para que no quede en el sitio que yo ocupaba, sino una vacía y oscura caverna, donde no brille jamás pupila humana.»

* * *

«¡Veo blanquear el mármol de las tumbas en la noche y las estatuas caminan y hacen tiritar al aire, maullando las agrias lamentaciones de los que no tienen paz! Buscan aquí y allá alguno, que haya sido virtuoso, para arrodillarse y entregarle las caricias de la blanca cabellera y el abrigo de sus mantos y la plegaria, que consuela a los esqueletos estirados en los negros cajones. Las veo empinarse a las rejas y mirar los altares y las coronas, que se han secado, colgadas de la pared y reunirse en conciliábulo y cantar el siniestro coro: este no ha sido virtuoso... adelante... este no ¡adelante!

Y todas las noches siguen la peregrinación los fantasmas blancos, cruzando los entenebrados senderos y repiten el estribillo lúgubre: este no ¡esto no! Hasta que el alba los rodea con sus claroscuros y los arroja derechos y desconsolados sobre los pedestales.

* * *

«Porque yo he perdido la fe, como ellos, girando dentro del círculo oscuro de mi pensamiento y en la hoguera del tedio, que me abrasa la cabeza, he dejado caer todos los átomos creadores y una tras otra las sensibilidades pasionales y se ha hecho un torbellino de cenizas. No queda sino este cuerpo, cuyas células palpitan sin virtud, como las tumbas, dentro del gran lago de mi sangre y debe morir disgregado y desvanecido al fin en la vida de la materia, que no tiene término...»

* * *

Yo me detuve muchas veces a mirar, tendiendo los brazos y manoteando todavía las últimas quimeras de la imaginación, que marchaban rápidas a la hornaza y vi crecer y hacerse honda la sombra, que me envolvía, y me busqué sin encontrarme ya, deshecho en hilos negros flotando dentro de la tiniebla...

* * *

Giré entonces en remolino con ella, cansado y melancólico, envolviendo a las estatuas en su peregrinación. Me alargué, doblándome en líneas serpentinas para entrar en el pecho y ver el corazón de esos que están allí acostados mirando las tapas negras y veía la víscera irse de un lado a otro, como un péndulo y sentía la voz de los espectros noctámbulos chicotearme los oídos con el grito rechinante: ese no ¡adelante! Sigue tu camino cuerpo esfacelado ¡otro! Otro más ¡hasta que esta noche las he visto a todas circundar mi escritorio danzando y señalándome con las manos oscuras y han mordido mi cerebro con la salmodia fatídica: tú tampoco eres virtuoso! ¡Adelante! ¡Muere! ¡Muere!

* * *

Méndez se levantó y tomó con violencia la pistola, mientras seguía la tormenta estrepitando. Avanzó con el arma a la altura de la sien y con la izquierda dio vuelta la falleba y el huracán atropelló adentro brutal y bárbaro. Sonó un tiro y él se precipitó con su cuerpo convulso en medio de aquel fúnebre torbellino, cayendo sobre la baldosa del balcón, mientras sentía que el frío de la salvaje escena le trituraba los huesos y le quitaba la vida...

- II - D. Manuel de Paloche y otras alcurnias

Genaro llegó como Siempre a las nueve a pedir órdenes y al intentar entrar al dormitorio, fue casi rechazado por la violencia del huracán. Tanteando entre la oscuridad y llamando a Méndez al salir al balcón, tropezó con sus pies en el cuerpo tirado del médico. Se agachó temblando para moverlo y enseguida creyéndolo muerto sintió un gran frío y dos lágrimas dolorosas que asomaban. Rodeó la cintura del suicida y lo levantó para acostarlo en la cama, mientras el viento se arremolinaba furioso contra las paredes del dormitorio y la lluvia había inundado el cuarto hasta el medio. Enseguida tomando las batientes, que se sacudían aquí y allá con estrépito, con ese extraordinario vigor de sus músculos, los cerró y parecía entonces que todos los rumores se habían alejado gran trecho... En la atmósfera quieta con la luz, que había prendido lo mudó Genaro; mirando la cara y el cuerpo ensangrentados y tuvo miedo de estar solo allí y corrió hasta el fondo dando alaridos, para llamar gente... Nadie contestaba. Él debía dejarlo para llamar un médico y en la urgencia del caso misérrimo, sabiendo que los amigos de Méndez vivían en el centro de la ciudad, se dirigió después de haber tapado cariñosamente el cuerpo del patrón, bajo el torrente de la tempestad, hacia la casa de D. Manuel de Paloche y otras alcurnias, curandero con fama en el barrio de excelente componedor de huesos rotos y articulaciones dislocadas y especialista en la curación de las heridas. A medida que iba llegando, oía la voz de Paloche hacerse cada vez más fuerte y lo vio a través de los vidrios empañados en su estudio iluminado y distinguía apenas las hijas sentadas, escuchándole con gran atención y la luz saltaba fuera asimismo alumbrando el fangal tembloroso de la calle y la cadena, que iba de poste a poste...

-¿Quién es? Salió preguntando Paloche y otras alcurnias, enarbolando un fémur largo y blanco. ¿Tú, Genaro? ¿Qué quieres a estas horas? ¿El doctor necesita acaso mis servicios profesionales? ¿Quiere que lo acompañe en alguna difícil operación?

-No, señor, contestó Genaro: es para él que vengo a buscarlo; está herido.

-¿En qué región? Preguntó Paloche, muy serio.

-No sé... en la cabeza... vamos pronto.

-¿Cómo no sabes? Todo el mundo debe saber eso.

-Así será... apure, señor, porque el patrón está lleno de sangre.

-¿Una hemorragia? ¿Y no has cohibido tú la hemorragia, Genaro, y no has hecho la antisepsia, practicante liliputiense?

-Yo no sé lo que Vd. dice... vamos de una vez, exclamó con tono enérgico e impaciente Genaro, y lo tomó del brazo izquierdo, mientras D. Manuel amenazaba a las hijas, todavía vociferando: dentro de una hora vuelvo... tú Clarisa... el maxilar inferior; tú que vas a estudiar odontología y toda la patología del hueso... para dentro una hora... cuidado con no saberlos. Y a Vd., D. Enrique... Genaro tembló todo oyendo ese nombre... «le recomiendo, seguía Paloche, me la perfeccione. Ya fuera D. Manuel, conversaba todavía: Tú lo conoces pues a ese Valverde, buen médico, le enseña anatomía a mis hijas... un poco calavera...» Genaro seguía caminando con tétrico silencio, porque sabía todo el mal que esa figura lúbrica de Enrique Valverde venía haciendo en el barrio de tiempo atrás.

* * *

D. Manuel de Paloche y otras alcurnias tenía grima y dolor por la condición oscura de su origen y allá en los vericuetos de su desencuadernada inteligencia empezó a crecer el fantasma de las grandezas. Miraba a su familia, que vivía hasta entonces con la honrada pobreza de su trabajo y deseó para ella riquezas y renombre. Entró a soñar y a moverse como sonámbulo y su fantasía a calentarse en las visiones de todo ese brillo efímero de la gran vida moderna, que él leía afanosamente descrita en los periódicos. Esos apellidos de clásica herrumbre, que suenan asimismo como ecos de las añejas glorias, le hacían perder el juicio, y miraba con emulación esas gentes venturosas, que pasan tan despreocupadas en los festivales espléndidos y ruedan en el torbellino de los corsos, y entran de noche entre el esplendor de los comedores, lucientes del brillo diáfano de la cristalería y de los chispazos de las cosas de plata. Tienen muebles oscuros y grandes, con columnas y chapiteles, y molduras graciosas, y flores en festones y bajorrelieves maravillosos y pequeños, veteada de manchas y rasgos raros y alabastrinos; la rosada piedra de mármol... y las sillas de marroquí negro y cabezas de amarilla tachuela, arrimadas al borde de la mesa y el gran centro de oro fragante de las guirnaldas multicolores y el crujir de las sedas del traje largo con caireles de azabache y damas y señores del brazo llegando al comedor en la línea del frac elegante y alto... y después el teatro; sus hijas en un palco, el pecho desnudo palpitando en la brillante luminaria y debajo el hemiciclo oscuro de la platea y butacas y claros, y más butacas y claros atrás, atrás y muchedumbres hormigueantes en las desazones pasionales, suscitadas desde la enorme boca abierta del escenario y ondear de tules los vestidos y brotar chispas de fuego blanco y tembloroso de gargantillas y solitarios. Hundido en estas meditaciones y para conseguir tamaña bienandanza, dio en la rara manía de creer que su profesión de curandero tenía con la medicina lógicos engranajes. Empezó a pasar noches enteras en la lectura de los libros de esta ciencia, con tan mala suerte y atascamiento tan extraordinario, que se transformó en un ser extraño y ridículo y llenó su casa de tristezas. Creyó de esta manera llegar a descubrir algún remedio, que fuera como la panacea universal y asomó entonces sus crestas el masaje, que, en vez de darle fortuna y renombre, debía más tarde echarlo a rodar perseguido por los corredores y los patios cuadrados del manicomio... Y empeoró la dolorosa locura, obligando a sus hijas al estudio de la medicina y se las veía en las mañanas heladas acercarse tiritando al banco a repasar sus lecciones. Abandonó a sus viejos amigos y buscó la sociedad de estudiantes, cayendo en la amistad del peor de todos: ese Enrique lúbrico, cuya siniestra silueta esbozaremos más tarde... El pobre hogar fue muriendo en aquel ventarrón de la demencia y empezaron sus pisos, y las alfombras y los muebles a llenarse de polvo, y los rincones de la caliginosa y sucia tela de araña, y a cubrirse de musgo resbaladizo el patio y a levantarse espesos y verdes los cicutales y los abrojos, mientras caminaba por los cuartos la madre como melancólico duende, asistiendo al doloroso derrumbe...

* * *

Los dos hombres caminaban debajo de los paraguas, hundiendo los pies en el barro, iluminado de repente por el chisporrotear de los relámpagos, mientras el horizonte negro se rasgaba hecho trizas aquí y allá en las deslumbradoras iluminaciones y el agua iba cayendo sorda y rumorosa sobre las combas huecas de seda, que se movían a un lado y a otro, sacudidas por el viento. Caminaban mirando al suelo para buscar los pasos, a beneficio de los repentinos incendios, detenidos y titubeantes a veces en medio de las tenebrosas y enceguecidas oscuridades. Pasaban las boca-calles con los botines pesados del barro denso, mientras los charcos achatados, salpicaban a todo viento chorros de líquido fango y los zig zag de las centellas se reflejaban por todas partes en el espejo de las aguas detenidas. Y como si aquella luz se fracturase en prismas escondidos detrás de la negrura, estallaban por todas partes zonas de vivos colores y celajes con formas de monstruos maravillosos y aterradores, mientras las oscuridades, mezcladas con los estampidos del trueno, giraban lejos, como si fueran mundos sacudidos en las alturas y arrojados de astro en astro.

Llegaron a la casa de Méndez y subieron la escalera, que sonaba en el chapaleo de pies y botines de fango y entraron en la atmósfera tibia, tranquila y cariñosa del dormitorio, en medio de las penumbras, en el vago y tembloroso rayar de la vela de estearina...

* * *

Estaba Méndez acostado en su cama insensible y yerto, con los párpados cerrados y el rostro sucio de grumos apelotonados de sangre rojiza y largas hebras fijas se diseñaban hasta abajo sobre el planchado blanquísimo de la camisa. Había puntos y puntos escarlatas por todas partes, manchando la pared y las sábanas y aparecían aquí y allá zonas húmedas y rosadas y se veían, cerca de la ventana, a los grandes espacios oscuros de la primera hemorragia. Méndez respiraba, dormido en aquel silencio, detrás de los bigotes negros y aglutinados, mientras Paloche con su cartera de cirugía desplegada y lucientes y bruñidos los instrumentos, lavaba la herida y desprendía con gran cuidado los coágulos. A medida que estos iban cayendo aparecía más purpurina y húmeda la superficie y se veían allí mismo estrías de un rojo vivísimo, hasta que se destacó como en estereotipia la herida profunda y negra. Paloche levantó un poco la esponja y dejó caer un hilo de agua largo y tibio un gran rato y tomando un estilete, sintió que tropezaba adentro con las rugosidades de una fractura.

-¿Qué hay, señor? Preguntó Genaro, que vio pasar una nube por el rostro del curandero. ¿Es grave la herida?

-¡Oh! Muy grave.

-Entonces voy enseguida a buscar un médico.

-¿Médico? Contestó Paloche. ¿Con esta perversa furia de afuera? ¿Estás loco, Genaro? Tú no los conoces... y este frío de Judas... a ellos que están calentitos entre las frazadas.

-No importa eso, D. Manuel... yo lo traeré, si Vd. cree necesario. Porque si sucediera una desgracia, ¡con qué coraje me presentaría yo a la madre!

-No se trata de tanta cosa, pues... Curará con la rigurosa antisepsia... yo lo curaré... para eso estudio cinco horas diarias y tus desconfianzas me irritarán, señor Genaro.

-Pido disculpa, contestó este... pero Vd. sabe todas las gratitudes del corazón que tengo para él.

-Bueno, bueno, dijo Paloche. Mañana que venga la señora y los médicos amigos de él, tendremos consulta... yo diré, discutiré, probaré y resolveremos, y trajo enseguida un gran colchado de algodón fenicado, con que envolvió la cabeza de Méndez, que comprimió con una venda larga encontrada en el estudio del médico.

- III - Genaro

Genaro, sentado a los pies de la cama, lo veló esa noche... Aquella escena, producida como corolario lógico de las profundas desolaciones del espíritu, sorprendían su voluntad enérgica y resuelta... Era un sombrío misterio. ¿Por qué morir sin razón, tan joven, viviendo, entre el agasajo humano? Con esa niña Dolores que lo miraba pasar por su casa con tanta tristeza en el semblante hermoso de mármol y D. Carlos no la miró nunca, nunca más, orgulloso, cruel y frío después de una noche de baile y todo porque donde está ese Valverde indecente, entra la desgracia con sus lutos... ¿y por sonseras? Porque ella es el ángel bueno de la casa y la virtud misma... ¿Por qué morir sin razón tan joven y hacerse pedazos la frente donde la madre cariñosa lo besa siempre?... esa gran madre de sesenta años con la cabeza blanca de nieve y las mejillas rosadas y frescas todavía... porque solamente se debe hacer eso cuando uno está deshonrado y las gentes cuchichean en voz baja, cuando pasa y nos señalan con el dedo las manchas sucias, que llevamos en la cara... entonces sí... se clava uno el puñal en el corazón, y se acabó todo... pero así como D. Carlos, no, ¡nunca! Porque se dejan lágrimas y lutos y no se sabe la razón. Él había observado en Méndez algunas cosas extrañas. Había perdido la voluntad para el trabajo y no le importaba nada -y se acordó que alguna vez le dijo: yo soy Genaro, como los presos. Arrastro dentro del pecho una larga y pesada cadena, que me aplasta y ya no puedo con ella.

Qué cosa curiosa son estos señores, seguía meditando Genaro en aquel silencio del dormitorio, con esos trajes lindos y limpios parecen vestir a la felicidad, pero no es así... ninguno de ellos goza paz y sosiego en el corazón, como si tuvieran un martillo adentro, que les machacara una alegría cada minuto. Cuántas veces yo lo he dicho a Santa: si pudiéramos entregarle a D. Carlos un poco de esta bienaventuranza que tenemos.

Así iba pensando Genaro en la ingenuidad varonil y fuerte de sus veinte años, mientras los rumores del viento se desvanecían lejos y los ecos de la lluvia volaban perdidos en el espacio y los nubarrones gruesos se habían dispersado, arrojados de allí con el ímpetu del huracán... El cielo azul y limpio tenía plácida semblanza y los astros maravillosos, innumerables y fijos, titilando en la mansa tranquilidad de la atmósfera, envolvían la tierra dormida, en las medias tintas tenues de la difusa luz. Había paz profunda y húmedas frescuras, y en aquellas vagas claridades se distinguían lejos, lejos en las calles las aguas detenidas y quietas, que reflejaban la comba inmensa y apacible. Era una de esas noches serenas del cielo de nuestra patria, tan espléndido y tan bueno a veces en las castas y religiosas resignaciones de su color azul, suave y blando descanso al ojo humano, exacerbado en las reverberaciones fulmíneas de las tormentas. Es el cielo, que reza como arrodillado la eterna y dulce plegaria y derrama la luz de las estrellas en el ambiente tranquilo de la naturaleza, y el fecundo rocío sobre hojas y flores que mitiga como bálsamo las tristezas de la noche tenebrosa.

Así era también bueno y amable con aquel pobre herido el corazón de Genaro y sobre él la desventura ya se cernía con las garras de sus tempestades y sus venganzas de muerte. Miraba los vidrios, velados de la humedad ligera del vapor de agua y detrás las gotas colgantes, como cristalizadas de la tersa superficie y oía en aquel silencio caminar y crujir el reloj en el tic tac monótono y una infinita piedad se apoderó de su espíritu y de rodillas rezó por Carlos Méndez, dentro de su alma casi con llanto. En ese momento empezaron a formarse líneas blancas en la puerta, que daba al balcón dibujando un rectángulo luminoso: eran las penumbras de la aurora que iban entrando empujadas de afuera, mientras la vela temblorosa esfumaba en las nuevas claridades su luz mortecina y fugitiva.

* * *

Genaro tenía veinte años, el organismo robusto y alto y los ojos grandes, serenos y serios. Hablaba poco y había en su carácter dulzuras y abnegaciones e intrepideces terribles. Todas sus cosas estaban en orden; las guarniciones bien negras, bruñidos los platinos, luciente y sin manchas la caja del coche, los caballos limpios; un doradillo brioso y una yegua oscura de manos finas y largas, ágil y nerviosa. Todas las mañanas a la misma hora estaba el coche a la puerta y a fuerza de conocer los menores detalles de esa vida azarosa del médico, concluyó por experimentar los mismos sufrimientos y sentía hondamente las cosas irascibles, que atormentaban el espíritu de Méndez. Alegrías pocas, malas noches muchas; siempre vivir entre el dolor, exasperarse en la impotencia, tener las intuiciones de muchas perfidias y alguna vez un poco de gratitud... habas contadas.

* * *

La hermana se llamaba Santa. Vivía con la madre trabajando en una pieza del conventillo largo, estrecho y hondo, con patio de ladrillo, que estaba cerca de la casa de altos. Allí se veían frente a cada puerta unas y bateas y braseros de hierro y cuerdas extendidas con ropas colgantes y húmedas, y chicos sucios por todas partes, y mujeres descalzas de brazos arremangados. Genaro estaba acostumbrado a defenderla desde chico y no hubiera consentido sin pelear que nadie le tocara el ruedo del vestido; y a misa y a los paseos del domingo la acompañaba siempre y su sueldo servía para sus juguetes y los graciosos vestidos; y así crecía hermosa y morena, envuelta la efigie en los reflejos de sombra de su cabellera negra.

-Tú vas a ser buena siempre, le decía, como si tuviera el presentimiento de alguna cosa funesta.

-Sí, Genaro; buena como tú dices que era tata.

-Tata era bueno y honrado, contestó Genaro y la besó en la frente. Tú no te acuerdas porque eras muy chica... pero cuando murió yo estaba arrodillado cerca de la cama y le mojaba la mano derecha con mis lágrimas... Todavía tengo en el corazón las cosas que me dijo... «Esa chiquita va a ser tu hija, no olvides nunca tu nombre». Después yo vi entrar al cura, que le puso la extremaunción en los pies y en las manos y él te tomó en sus brazos todavía y te miraba largo tiempo sin hablar ya, ni respirar, con una gran gota de llanto, que no resbaló nunca de sus ojos con los párpados abiertos y las pupilas grandes y fijas. Tú no te acuerdas porque eras muy chica... Tenía los ojos azules...

-Como los míos. Genaro, ¿no es cierto? Así me lo has dicho otras veces.

-Sí, como los tuyos, con ese color del cielo en los días serenos de sol... y muchas veces, cuando volvía de noche de su trabajo y yo estaba al lado de la vela de sebo, leyendo la cartilla, él me contaba las cosas de su tierra,-un pueblito todo blanco, al lado de la playa, donde los pescadores cantaban con las piernas desnudas hasta la rodilla, sacando en hileras paso a paso la red, que traía agua verde y pescados -y a mí me enseñaba las cantinelas que tenían como rumores y estruendos de borrascas y bofetadas del mar contra los barcos perdidos y solitarios...

-Yo lo conozco al hermoso pueblito por el retrato que está en la cabecera de la cama, repuso la niña, con su mar grande adelante y la corona de las montañas que lo sostienen.

-Algunas veces, continuaba Genaro, temblándole la voz de ternura, él me decía con tristeza: tal vez ya no vuelva yo a mi país y, cuando yo entonaba los versos del himno, ese que tú también cantas en la escuela, me abrazaba estremecido y me decía: «Es necesario quererlo mucho al pedazo de tierra donde has nacido como yo al de allá»... y apuntaba lejos con el dedo, como si quisiera alcanzarlo... Porque parece, que esa tierra era hermosa y desgraciada y sus hijos fueron todos a morir en las batallas de gloria, como dice nuestro himno; y por eso mismo todo el mundo sentía lástima por ella, pisoteada por extranjeros, porque uno quiere siempre mucho a los que sabe, que están sufriendo y tiene odios de puñaladas para los otros, y yo no sé porqué te miraba tanto a veces y se ponía sombrío.

-Tú también me miras así a veces Genaro, interrumpía la niña, y me das mucho miedo.

* * *

Eran las cariñosas pláticas a menudo en los paseos de los domingos o sentados en el cordón de la vereda del conventillo, y así fue haciendo Genaro en su corazón un altar grande para ella, iluminado de todas las auroras místicas de la pureza como esos de las iglesias con columnas y nichos y vírgenes de blanca vestimenta. La llamaba Santa desde chiquita. Él la protegía con el molde férreo de su alma y cuando en el día y durante su trabajo se acordaba de ella, le parecía oír las notas largas y quejumbrosas del órgano achatarse, como en adoraciones, delante de su persona y serpear inacabable la modulación, que va revelando en sus sonidos las pasiones de la muchedumbre arrodillada.

¡Oh entraña dolorida a quien sacuden los vientos de los fuelles! ¡Cómo danzan dentro del armazón de tu madera los gritos de la vida humana, y cómo se rompen en las vibraciones de tus lengüetas y en la convulsión rumorosa y estridente de los tubos de lata las largas carcajadas de los que acechan la inocencia y apuran en la orgía beoda el momento de morir!...

¡Qué pronto vas a cantar, entraña dolorida, para la pobre Santa, la fúnebre elegía que tiene manchas en las estrofas virginales y suenan en el ardor de las cosas lúbricas!... porque yo he visto las canas de las viejas de cincuenta años cubrirse con el crespón de la deshonra y sentadas en los rincones de sus casas, llenar los largos silencios solitarios con las lágrimas del recuerdo lastimoso... aquellas criaturas ideales, el amor de los amores del alma materna, extraviadas en los charcos cenagosos, y los hermanos caminar con la cabeza erguida y feroz, hundidos los ojos allá lejos en el negro infierno, iracundo de los rencores inmortales...

- IV - Catalina Méndez

Cuando despertó el médico dos días después, estaba su cuarto en la luz. Veía enfrente el retrato del padre que pendía oblicuo de la pared de su gran cordón azul y sentía como si una cosa le apretara las sienes y levantando la mano para tocar, observó que estaba flaca y las uñas negras y sucias. Quedó suspenso y como soñando, cuando se apercibió que tenía un pañuelo grande de seda atado a la cabeza.

¿Por qué? Dijo para sí... y trató de incorporarse y no pudo, porque el cuerpo le dolía y no tenía fuerzas. Miraba alrededor, como un sonámbulo, con cierta inconciencia, la mesita de noche llena de libros, al lado de su cama y las cuatro o cinco sillas que estaban por allí. Vio los ojos negros, serenos y tristes de Genaro, que ponía su dedo índice sobre los labios como para imponerle silencio.

No la recuerde, señor, por favor le dijo en voz baja, no la recuerde.

¿Y a quién? Contestó el médico, abriendo los ojos.

Entonces sonó en el silencio una voz -una voz que él conocía- un arrullo dulcísimo lleno de ternuras inefables. Hablaba lentamente, como persona dormida, con alguien que estuviera muy cerca. Decía con el ruido leve de un murmullo: este hijo vivió siempre solo... saben ustedes... nunca quiso estar con nosotros... tanto que lo queremos... ¿por qué no busca su casa?... los niños adorables... las cunas de pino bajitas que se mecen con el pie... las cunas pobres... en las noches de invierno sentada al lado de la mesita cosiendo el percal... la lámpara de queroseno con pantalla, que ilumina mi regazo y hecha un manto de sombras al techo de zinc yerto... yo tomo mi rebozo de lana y lo arrojo sobre sus piececitos blancos y desnudos que tiritan... mi niño y mi sol... pedazo...

Genaro, gritó el médico: ¡ven pronto, álzame!

La vio entonces acostada sobre el catrecito de hierro con la cabeza blanca y los ojos cerrados en el abandono celestial del ensueño. La vio a través de un velo con transparencias tenues y seráficas, como cuando se tienen lágrimas en los ojos silenciosos. Tenía un vestido negro y largo, que la cubría toda y un pañuelo de espumilla en el cuello, el mismo que se ponía para adorar a Dios con los hijos, cuando eran chicos. Dormía; la mejilla rosada en la palma de la mano izquierda, mirando hacia él santa y tranquila, moviendo los labios, como si conversara todavía: corazón... amor mío... Genaro se había arrodillado con la frente hasta el suelo y el médico hacía por incorporarse de nuevo, cuando sintió crujir el catre y elevarse su espléndida figura divinizada. Avanzaba lentamente, temblando, agarrándose de todos los muebles, y, cuando estuvo cerca de él que besaba sus cabellos blancos, en medio de sonrisas llenas de lágrimas, ella le hundió el rostro en el pecho -todo su rostro- como si quisiera buscarle el corazón con sus sollozos. Movía a cada momento su cabeza blanca y adorada y todo su cuerpo estremecido para rechazar la impetuosa congoja de aquel prodigio de alegría infinita. Habíale rodeado la cintura con sus brazos temblorosos y sobre su pecho, más cerca, más cerca todavía, tenía los gritos de la pasión sobrehumana en sus palabras ininteligibles: este mi hijo solo... quería morir... ¡dulce amor mío!.. todavía mi niño y mi sol...

* * *

Largas veladas fueron esas de las noches de invierno. La madre se lo pasaba sentada a los pies de la cama, cabeceando a veces y rehaciendo otras en la memoria toda aquella vida, que hubo de concluir de tan lúgubre manera. Hacía tanto tiempo que no había vivido con Carlos, que su voz, sus ideas, y todo aquel mundo nuevo, en que ella había entrado tan de repente, le producía sobresaltados. Lo veía muchacho juguetón y alegre, amigo de todas las pendencias, audaz en la pelea y temerario en el entrevero: más de una vez lo habían traído a su casa con la cabeza rota. Se acordaba del día aquel en que le encontró en el patio al lado do las higueras, delante de un gran fuego: estaba pálido y sonriente y a ella le pareció, que temblaba y que aquella blancura tenía los matices fugitivos de desvanecimiento. Lo sentó en sus faldas con lágrimas en los ojos, para preguntarle muchas cosas; pero, a poco, la infantil y tostada efigie fue tomando la estupefacción inmóvil de los muertos.

Se asustó ella, buscó inquieta por todas partes y vio que un hilo de sangre salía del pecho, colorado, largo y silencioso, y caía gota, a gota, a gota... Fue una lucha a trompadas. Él le había deshecho el rostro al adversario, que le hundió un cortaplumas en el pecho... En estos casos, él quemaba sus ropas, callado la boca, en el último rincón del patio... En los días de tormenta, cuando el huracán se hacía pedazos, como animal bellaco, contra las piedras, y resaltaba lejos, con sus parábolas borrachas y enloquecidas de reboatos, a estrellarse en las paredes como furiosa catapulta, él se arrojaba entero, entero, perdido su cuerpo en las órbitas raudas del remolino, y echaba su cabeza gozosa entre el diluvio de las aguas, en los charcos hasta la rodilla... el huracán que revienta los techos de los ranchos, levanta por los aires las chapas de zinc y arranca los álamos de cuajo que se acuestan en la calle largo a largo. Honda fascinación ejercía sobre su espíritu el peligro. Montaba en pelo cualquier caballo, siquiera fuese un potro, y se arrojaba adelante con él en desenfrenada carrera, cacheteándole el pescuezo a un lado y otro para dirigirlo; y de noche, en el comedor, cuando estaba sacando cuentas en la pizarra, salía fuera corriendo a entrar en la tiniebla lleno de desazones...

Algunas veces, desde la ventana, lo miraba jugar a la rayuela, ese símbolo con que los chicos pintan con tiza sobre la piedra la imagen de la vida humana... Están los primeros pasos alegres sobre los dos rectángulos acostados, de donde tan fácil es sacar el tejo, y después la cruz de los años juveniles, sobre la cual uno marcha a horcajadas. Están los primeros ensueños y las sonrientes imaginaciones y allí se agitan los ojos negros y los perfumes celestiales de la primera mujer, que acaricia el espíritu con sus alas de seda blanca de ángel dormido. Las dificultades para sacar el tejo a puntapiés, y el martirio del primer cariño -todos los ritmos del alma enamorada para el ensueño paradisíaco, y las estrofas de la inteligencia, y después la tortura del amor despreciado con su congoja sorda y terrible, y los primeros horizontes, surcados de oscuridades funerarias y el cuerpo arrojado al fin en la desesperación de la noche sombría y loca... ¡Cruz de la rayuela! ¡Cuántos meditabundos de dieciocho años te llevan a cuestas en este fragoso Calvario, en la primavera de la vida; que tiene el color rojo de la cereza y la transparencia deliciosa de las hojas verdes! ¡Qué poco dura la maravilla de tu cielo, cruz de la rayuela! ¡Y los esplendores de la vegetación, en el prado de la existencia, lleno de leticias deliciosas! Vienen los cajones, dos cuadrados, que se sientan sobre los años juveniles, como torres de bronce, y los bonetes que nos envuelven la cabeza, porque así marchamos a guisa de galeotes en esta mazmorra del mundo tan extensa y el cono agudo del infierno, donde los que juegan no pueden hablar, como si para llegar hasta allí hubiera sido necesario dejar trozo a trozo las hebras del alma y los fragmentos de la lengua en el camino. Parados en un pie sacan los muchachos el tejo de una sola leche como para significarnos, que de los más inconsolables dolores no se triunfa sino merced a titánico esfuerzo y contemplado detrás girones de la carne en los zarzales del camino. Llegan al fin a la amplia curva del cielo, donde se sientan, y pasean tranquilos, y se mandan, como los astros, rayos de luz, y conversan, y sonríen y salen a paso lento como los triunfadores, porque solamente los chicos pueden jactarse de haber vivido alguna vez en las regiones de la eterna dicha. Y si algunos de vosotros, que tenéis barbas negras y canas en la cabeza, habéis llegado al cielo antes de morir, levantad la mano, porque habréis realizado el milagro de la salamandra, que en las consejas de antaño pasaba a través del fuego sacando ilesa su alma, llena de brillazones, y su caparazón roja y negra de deslumbradoras escamas.

En esas noches pasaban por la inteligencia de la madre todas las escenas de la niñez. Aquella vez que ella había tomado un látigo iracunda para castigarlo y Carlos pateando el piso de madera tuvo las palabras de la rebelión sacrílega... Ella se sentó en su silla de hamaca, con el corazón lleno de dolor, y él, dominado, se acercó despacio, con los brazos caídos, temblándole los labios, a pedirle perdón, y se estuvo muchos días así, haciéndole caricias, y la noche lo encontraba arrodillado al lado de ella para acompañarla a rezar. Recordaba los días de Semana Santa, cuando el viejo sacaba de la biblioteca el drama de la pasión, escrito por él en versos sencillos. Reunidos en la sala, leía en voz alta las estrofas, e iban pasando las escenas de aquel sublime apostolado y a través de ellas, las virtudes y el trabajo de sacrificio, con que se habían construido ladrillo sobre ladrillo las paredes del hogar bendito. ¡Oh las viejitas adorables, que usan manto negro, porque se quedan solas y vagan por la casa buscando las memorias de los que ya se han ido al cielo a esperarlas! Él dormía a esas horas su sueño todavía agitado de convaleciente y ella sentaba delante del candelero con pantalla azul, lo veía a los catorce años volver con los botines llenos de tierra, de las zanjas lejanas con enormes ramos de violetas. La Virgen de Dolores, con el corazón atravesado de muchos puñales, recibía la ofrenda piadosa y más tarde, cuando creía que podía tener frío, se acercaba en puntitas de pie a la cama, como hacía ahora que tenía treinta años, a mirarlo dormir. Después se había hecho muy estudioso: parecía que un mundo de luz iba entrando en su inteligencia, a medida que sus hilaridades infantiles se desvanecían. Todo leía; los poemas indios, las leyendas graníticas de los tiempos prehistóricos, el salmo, el himno y la epopeya, la crónica y la historia, ese romance doloroso, en que los pueblos se abrazan para marchar como síntesis hacia la muerte conquistando y redimiendo una por una las cosas ideales en las ásperas bregas de sangre.

Veía a los de su tiempo mojar la pluma en los estercoleros del hueco y en el cajón de basuras, que amanece todas las mañanas en la puerta de las casas con papeles y barro aceitoso, inmunda col y caracuces con tendones y puntas negras de carne. Esa pluma la mojaban los viejos caballeros con espuela de oro en los torbellinos azules diáfanos del firmamento y estallaban de sus puntas astros y auroras y síntesis sublimes de la vida humana, donde la pasión cruje y castañetea su sempiterna danza macabra. ¡Oh progreso! A veces se ponía a escribir y de allí lo arrancaban los brazos suaves de la madre, que llegaba despacio en la alta noche, llevando en la mano derecha el candelero de vidrio. La luz de la vela de estearina entraba con sus rayos amarillos y temblorosos en las tenues iluminaciones del quinqué, con su esfera redonda y azulada y la pantalla de blancas opacidades. Luchaba con la forma y cantaba espectáculos de la naturaleza y las intuiciones de su espíritu juvenil y al rato, descontento y huraño, colocaba sobre el tintero grande de bronce montoncitos de papel y poco a poco el fuego los iba devorando, para no dejar sino negras superficies, que se retorcían irguiéndose como si tuvieran vida, y se desmenuzaban llenas de crujidos. Así su espíritu en esas precocidades intelectuales iba perdiendo de su energía, hasta tornarse sombrío y amargo, entrando cada vez más en los hondos desfallecimientos, que son como el prólogo de la catástrofe futura. Un día se fue de la casa y anduvo mucho tiempo errante hasta que los padres oyeron decir que se había hecho médico. Veía todos los enfermos, porque era bueno en el corazón, y entró por mucho tiempo en el rancho pobre y en el cuarto desmantelado del conventillo. Echó su cuerpo a morir en las epidemias, cansado de estar solo, sin más objetivo que el tran-tran monótono de todos los días, y se apoderó de su alma un profundo disgusto. Vivió mucho tiempo, contemplando la degeneración de aquella gran nobleza del ejercicio de su profesión. Veía algunos médicos arrebatarse los enfermos, hacer alquimia, murmurando el día entero de los demás, perder en las lubricidades del comercio vil las insignias caballerescas del sacerdocio. Entonces lo aferró con su garra fría el tedio y vivió con ese gran personaje sombrío en el corazón. La madre había oído después que se había ido de la casa paterna hablar mucho de su hijo; la chismografía del lugar se había apoderado de su cabeza de soñador dolorido y había hecho de él un misántropo. Era un irascible, un perdido insoportable y hasta brujo, por lo que veían filtrar tarde la luz de sus ventanas. ¿Qué importaba eso? Si ella tenía en el corazón todos los alborozos y habían en aquel cuarto como deslumbramientos de cielo, porque la cama, donde estada el enfermo podía muy bien ser aquella su cuna de la niñez, que tenía colcha de raso blanco y cortinas azules, y ella encontraría en su alma las encantadoras armonías para hacerlo dormir como entonces. Porque los muchachos suelen ser malos y se van de la casa como si eso no lo hiciera sufrir a uno -pero después, si caen enfermos, los vamos a buscar siempre, porque ellos se han llevado todas nuestras alegrías.

Qué feliz era ¡Cómo le temblaba el corazón cuando él en su delirio pronunciaba su nombre... ¡Si ella lo hubiera podido despertar y mecerlo el día entero contra su pecho y abrigarle la frente herida con el calor de su seno tibio! Miraba su tez cobriza y recia, sus ojos grandes y castaños y el surco aquel de la frente tan hondo y tan movible... Ella le conversaba muchas veces en la noche tan larga, en aquel profundo silencio, partido por el tic-tac del reloj y el rechinar agudo de las carretas que venían entrando. Eran las melancólicas historias aquellas, los recuerdos inefables de los que ya no existían, que se iban desatando poco a poco y poblando de ternezas el dormitorio... la casa donde él nació, las higueras, el comedor y el padre muerto, -todo aquel mundo de inolvidable amor, que iluminó su fantasía de muchacho. Eso estaba tan atrás, allá tan en la sombra, lleno de hojas secas, extraviado en el tiempo todo su perfume... Así eran también ahora, llenos de amable delicadeza, los ritornelos en esa voz de la madre, que sonaban en aquella atmósfera fría de su cuarto como los ecos del hogar perdido.

* * *

-¿Te acuerdas, Carlos, de la leyenda de Pedro de Valbuena, el negro caballero?

-No, madre, no me acuerdo.

-Sin embargo yo tela conté muchas veces en el comedor de casa, en las noches de invierno, al lado de la estufa, cuando eras chico.

-He olvidado tantas cosas, en esta vida estúpida de fastidio.

-Si tú quieres, voy a leértela, para matar las horas tan largas.

-Desde que tú has venido, contestó Carlos, tengo una cosa tan dulce en el espíritu, que desearía oírte siempre.

-Tanto más, repuso la vieja, en cuanto que eso tiene contigo mucho que ver. Escucha.

- V - Leyenda

Eran los condes de Valbuena señores de fértiles campiñas y alpestres cordilleras y Pedro, el último vástago de la noble estirpe. Tenían su castillo en lo más abrupto de la roca sobre despeñaderos, de cuyas piedras filosas cuelgan las águilas sus nidos. Por el sendero escarpado en la parda y desnuda peña, habían padres y abuelos vuelto más de una vez victoriosos de las reyertas de sangre con los vecinos y el laúd de los ministriles cantaba en heroicas silventenses las hazañas y las glorias. Su armadura de hierro tenía negro color y yelmo de visera levantada y penacho de plumaje oscuro y sobre la banda de seda roja extendida y atravesada el ala del cuervo, recamada en seda negra, emblema de su casa y colores de la dama de sus pensamientos. Su bridón de guerra, un moro robusto, solía acercarse al amo, retozando en la explanada y moviendo aquí y allá la cabeza, cuando él lo montaba, la maza colgada del arzón, escudo de luciente acero y la enorme espada al cinto con empuñadura de oro. Muchas veces, al caer la tarde, solían verlo perderse lentamente en las tortuosidades de los desfiladeros, sentando con violencia su casco sobre el fragoso sendero con retumbamientos, que morían en el báratro por donde saltan los torrentes. Iban lejos, al poniente, al feudo de Isabel, la hermosa castellana, de negra y larga cabellera, como el ala del cuervo, que vestía rojo cendal y traje largo de cola de brocato blanco y paje de oro a la rodilla, de donde colgaba el bolsillo de terciopelo azul. Fueron amores en los grandes salones del castillo, en medio de las estupefactas panoplias de los abuelos, que tuvieron la magia de los cánticos de la cítara de bronce y el perfume agreste de los líquenes de la helada cumbre y se cantó la divina poesía del coloquio de la fiereza y de la gracia, en elegantes trovas, en las mansiones señoriales de entonces.

* * *

Gran tropel y rumor hubo un día en el castillo. Iban llegando los viejos escuderos del padre, que conservaban en las miradas de águila la tradición. de las feroces contiendas, la manopla de aros de hierro sobre la guardia de la espada y pajes, y halconeros y juglares de traje de malla roja y jubón grotesco, el birrete con visera en punta y soldados y siervos de la gleba. Sentada Isabel en el gran sillón de enero negro con relieve de endriagos y feroces vestiglos y arabescos extraños y espaldar altísimo, de cuyo centro surgían grabadas en escudo de oro las armas de la familia, saludaba con graciosa sonrisa al cortejo de vasallos, que desfilaba a rendirle homenaje. A su lado, de pie, las damas de su compañía y Ricardo, el rubio paje, que hacía vibrar del laúd la sinfonía estremecedora de los ecos de la montaña y narraba las leyendas intrépidas y los sombríos conciliábulos de lo conseja. Fue llegando Valbuena a paso lento en medio de la doble fila, el yelmo en la mano izquierda, la efigie hermosa varonil y de luciente azabache la ensortijada melena.

Dobló sobre mullido cojín la rodilla y dijo: porque esta espada está cubierta de la hoja de encina, con que se teje al gallardo guerrero la corona, esta espada gloriosa de mis abuelos, que yo arrojo a tus pies, reina de la hermosura y de la virtud, concédeme que a tierra de Palestina llegue a redimir con mi sangre, si hubiere menester, el Santo Sepulcro de la ira musulmana...

-Nunca fue albergue mi casa, ¡oh Valbuena!, de cobardes sentimientos y a mengua tendrían los dioses tutelares, que en cuadros nos contemplan, que en el castillo de Insuriz se aconsejaran jamás cosas que a caballero no correspondan. Dios proteja tus armas, Pedro mi señor, y se canten tus empresas en estrofas de inmortal epopeya.