La casa de la rosa - Arkady Martine - E-Book

La casa de la rosa E-Book

Arkady Martine

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Beschreibung

Soy una obra arquitectónica, detective.¿Cómo voy a saber cómo mueren los humanos? Todas las casas que diseñó Basit Deniau estaban encantadas. Rose House, su último triunfo arquitectónico y levantada en el remoto desierto de Mojave, fue la que más. Una casa con una inteligencia artificial incorporada es habitual. Pero ¿una casa que es una inteligencia artificial, con todos sus rincones impregnados por un ser pensante que no es humano? Eso es muy distinto. Eso es Rose House. A la detective Maritza Smith le sorprende recibir una llamada de Rose House, y más cuando se entera de que hay un cadáver tras su puerta sellada. Todo el mundo sabe que su creador murió hace más de un año y solo una persona tiene permiso para entrar. ¿Quién es el muerto? ¿Cómo ha llegado ahí? Y si tan impenetrable es la casa, ¿sigue dentro quien lo ha matado? Las respuestas aguardan en los laberínticos pasillos de Rose House. Sin embargo, lo que Maritza ignora es que, una vez que entre allí, ya no habrá garantía de que pueda salir... La casa de la rosa es un misterio de habitación cerrada en el que Arkady Martine, autora de Una memoria llamada imperio y ganadora del premio Hugo, profundiza en la IA y la arquitectura.

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Seitenzahl: 161

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Título original: Rose/House

Copyright © 2023 by Arkady Martine © de la traducción: Ainize Salaberri, 2026

© del detalle ilustrado: Olena Poliakevych/iStock

© de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L.

c/ Medea, 4. 28037 Madrid

[email protected]

www.nocturnaediciones.com

Primera edición en Nocturna: febrero de 2026

ISBN: 979-13-87690-47-2

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Vivo como si viviese en la casa de otro

Una casa que se me aparece en sueños

Y en la que quizás haya muerto

Donde hay algo extraño en el cansancio de la noche

Algo que los espejos se guardan para sí mismosANNA AJMÁTOVA

Era una casa encantadora incluso cuando estaba en mal estado. Recuerdo la sensación de querer pasar la noche allí; no solo para dormir

en la casa, sino para dormir con la casa.

LA CASA DE LA ROSA

I

El mayor triunfo arquitectónico de Basit Deniau es la casa en la que murió.

Rose House se asienta en el desierto de Mojave, cerca del lago China, enroscada como los pétalos de aljez a la sombra de una duna, de cristal templado y paredes de estuco curvándose sin parar. Un corazón laberíntico, batiendo un pulso eléctrico infinito. Deniau no fue el primero que murió allí. Y ahora tampoco es el último.

Para empezar, las casas de Deniau estaban embrujadas. Todas. Pero Rose House fue la última en construirse, y la mejor. Un «lugar de otro mundo», lo llamó Deniau en una de sus entrevistas más extrañas, la que apareció en la portada de la revista Places, distribuida en un exquisito y excepcional formato electrónico y holográfico para los clientes que estuviesen dispuestos a pagarlo. La fotografía que la acompaña lo muestra refugiado en la sombra que arroja la casa, con una mano apoyada en la pared de estuco suave. La arena del desierto trepa por sus pies desnudos en pequeños movimientos y toca el dobladillo de sus pantalones de lino planchados. Tiene las puntas de los dedos blancas por la presión, como si estuviese acariciando la pared que ha construido.

Una casa dotada de inteligencia artificial es algo común. Pero ¿una casa que es una inteligencia artificial, en la que todas las vigas que la sostienen y todos los refinados azulejos de mármol están habitados por una criatura pensante que no es humana? Eso ya es otra cosa.

La doctora Selene Gisil, poseedora de una de esas extrañas copias de la entrevista de Deniau para Places, toca la zona que Deniau palpa de Rose House en la fotografía, y después retira los dedos, como si le quemasen. Tendría que saber que no se deben dejar manchas de grasa en algo tan frágil como el papel de revista. Tendría que saberlo.

Vuelve a tocarla, como si pudiese tocar la casa a través de Deniau o a Deniau a través de la casa. Basit lleva muerto más de un año. Rose House lleva cerrada justo el mismo tiempo. Hay un intervalo insalvable.

Su teléfono vuelve a sonar, vibrando en su muñeca, insistente. Resuena a través de su dispositivo de conducción ósea, y le vibra hasta en el cráneo. En la pequeña pantalla se puede leer: COMISARÍA DE POLICÍA DEL LAGO CHINA. Igual que la última vez. Donde está Selene son las cuatro de la mañana, demasiado temprano como para que comiencen los gritos de los hombres y los pájaros en los muelles de Trabzon. El lejano crujir de los muelles. El salitre en el viento.

También hay salitre en el viento que merodea por Rose House, a casi un mundo de distancia. Selene no contesta. Solo se le ocurre un motivo por el que la policía del lago China podría llamarla: que Rose House se hubiese quemado hasta los cimientos. Es demasiado pronto para que ese sea el caso, incluso en su imaginación.

Selene ha estado una vez en Rose House desde que murió Basit Deniau; la vejez y uno de los mesoteliomas más desagradables finalmente lo vencieron. Una vez, para visitar al anciano —su viejo monstruo— y ver en qué se había convertido.

Qué le había dejado. Lo que había hecho con ella, incluso muerto. Selene creyó en una ocasión que la muerte de Basit la liberaría de su influencia. Pero ya no lo cree. No después de Rose House.

Fue sola. Tenía que hacerlo. Rose House no permitiría que entrase nadie más. Deniau había sido muy concreto en su testamento y Rose House era obediente cuando le apetecía serlo; Rose House siempre había sido obediente.

Salitre en el viento y el olor del polvo. Todos los bocetos y carpetas y archivos de Deniau estaban encerrados en ese edificio de flor de aljez: y su único guardián, la propia casa. Selene, contemplando el amanecer sobre el mar Negro, observando la aburrida, gris y apagada pantalla de su teléfono, inactiva de momento en la muñeca, piensa: «¿Qué mejor para esconder los secretos de un mago de edificios muerto que el alma del edificio que él mismo ha engendrado?». Piensa, también, recordando los orígenes de la expresión mago de edificios, cómo Basit Deniau se había denominado así de improviso, autoproclamándose como tal. Piensa: «Si no presto atención, voy a escribir como Basit toda mi vida, solo porque él me hizo suya —su archivista— cuando ya estaba bien muerto».

Deniau también está en Rose House. Lo que queda de él. Si se comprime lo suficiente, un cuerpo se convierte en un diamante que puede exponerse en un pedestal. Un altar que nadie verá jamás. O… casi nadie.

Cuando se legitimó el testamento de Deniau, todos sus fans, los periodistas, y académicos, y arquitectos jóvenes, y políticos nacionales (tanto del país que lo acogió como del que lo vio nacer) descubrieron que el anciano les había negado la satisfacción de rapiñar. Todos sus archivos, todos sus bocetos estaban en Rose House. Y Rose House, al igual que la mente que había en ella —que moraba, más bien, en su interior—, estaba sellada para todos menos para Selene. Eso decía el testamento.

Nadie más que Selene Gisil, pese a que ella había denunciado a Basit una década antes, había denunciado la mismísima idea de la arquitectura como un lugar privado, un secreto para que los ricos y los genios disfrutasen. Basit le había dado clase una vez. Ella lo había amado, con bastante probabilidad, una vez. Casi todo el mundo lo hizo. Y no habían hablado desde que ella había presentado su declaración, dicho lo que tenía que decir, nombrado sus casas de otro mundo, palacios venenosos construidos para su propia glorificación y después nada más…

Y luego el viejo monstruo se murió y le dejó Rose House a ella. A ella, pero solo como uno de los secretos que tan públicamente despreciaba. Podía visitarla una vez al año, decía el testamento. Una vez al año y durante una semana. Una semana para abrir la cámara acorazada de Rose House, ver los dibujos de Basit, sus notas, las inmensas colecciones de su arte. Una semana en la que se le permitía tomar sus propias notas y hablar con la inteligencia artificial de Rose House todo lo que quisiera. No podía hacer fotografías ni copias. Hacerlo provocaría que Rose House la expulsase al desierto igual que haría con un intruso.

Había estado dentro. Por supuesto que había estado. Había entrado hacía un mes y se las había arreglado para quedarse tres de los siete días de los que disponía. Tres días. Y después había huido, y había soñado con que Basit, frío como un diamante, la observaba desde su pedestal mientras la casa se reía como una tormenta de arena.

Suena su teléfono. COMISARÍA DE POLICÍA DEL LAGO CHINA.

—Contesta —dice Selene. Si Rose House se había quemado, al menos debería saberlo.

—¿Doctora Selene Gisil? —pregunta la voz en su muñeca. Una voz estadounidense, monótona, que pronuncia las vocales con el acento de los valles del oeste.

—Sí. ¿Quién es?

—La comisaría de policía del lago China, doctora Gisil. Nos gustaría saber dónde se encuentra.

—En Trabzon.

Una pausa. Una pausa aún más larga.

—¿Dónde está eso?

Selene casi se ríe. Estadounidenses.

—Está en Turquía. En el noreste de Turquía. En el mar Negro. Me ha despertado.

—Lo lamento, señora. Trabzon, Turquía. Bien. ¿Es ahí donde tiene su residencia?

—¿De qué va todo esto? —pregunta Selene. Quiere saber la noticia. Quiere escucharla. Está tan tensa que podría romperse.

—Ha habido un asesinato en Rose House, doctora Gisil —dice su muñeca—. ¿Ha viajado a los Estados Unidos en la última semana?

La ola de alivio que le golpea es inapropiada e indeseada. Pero es un alivio de todos modos.

La detective Maritza Smith tuvo la mala suerte de estar a cargo de la línea telefónica la noche en que Rose House llamó. En la comisaría de policía del lago China siempre falta personal, y hace mucho tiempo, antes de que Maritza se hiciera detective, pensó que un ascenso le ahorraría pasarse largas noches escuchando a la nada, o al viento, o a algún borracho que llamaba por radio, a la espera de que una voz —que no fuese de las que tenía en la cabeza— le contestase. Se equivocaba, al parecer. Maritza se había equivocado en un montón de cosas, muchas relacionadas con lo insoportablemente inmutables que resultan ser la mayoría de los trabajos rutinarios. Con ascensos y sin ellos. Hay otra detective en la comisaría del lago China, y una sustituta, pero la sustituta está de baja por maternidad. Así que solo queda Maritza en los pasillos vacíos, solo está Maritza al otro lado de la línea, solo Maritza escucha los gritos en el desierto de un viento que vocifera como si fuese un niño, o un gato, o los muertos.

Por eso había respondido a la llamada. Y recogió todo lo que vino después, incluyendo tener que localizar a Selene Gisil y empezar por descartarla como sospechosa.

Hay una persona muerta en Rose House. Vale, hay dos personas muertas en Rose House: todo el mundo sabe que el arquitecto se enterró allí, pero hay una persona de más muerta y ahora es problema de Maritza.

Incluso una inteligencia artificial que embruja una casa (y sí, Maritza creció aquí, sabe igual que todo el mundo que Rose House es un ser pensante, y se alegró de que se encerrase en su interior a cal y canto y para siempre), incluso una criatura tiene dispositivos de seguridad que se construyen en los cimientos de las inteligencias artificiales. Y ni siquiera Basit Deniau pudo eludir esos dispositivos de seguridad de la programación de su criatura. Por ejemplo: todas las inteligencias artificiales deben informar a las fuerzas de seguridad más cercanas de la presencia de un cadáver en la esfera de influencia que tienen delineada.

La llamada se hizo a las 2:15 de la madrugada; Maritza lo escribió en su libreta. «Confírmeme, por favor, que estoy llamando a la comisaría de policía del lago China», empezó diciendo la voz. Una voz femenina, neutral, sin acento, inocua. Podría haber sido cualquiera, o la aplicación del sintetizador de voz de cualquiera, camuflándole la voz. Maritza tenía una en su teléfono para cuando tenía que llamar a las líneas de atención al cliente.

Ella dijo:

—Soy la detective Maritza Smith de la comisaría de policía del lago China, sí. ¿Cómo puedo ayudarla? —Recuerda, con una claridad indeleble, que había estado garabateando en los márgenes del registro de llamadas. Líneas en bucle, una siguiéndose a la otra, rellenando una forma abstracta.

—Rose House al habla —respondió la voz neutral, y Maritza se sentó tan tiesa que le crujió la columna.

No sabe qué dijo después. Probablemente algo como «¿qué?», o algún sonido de descrédito. Después dio por hecho que debía de tratarse de alguna broma. Rose House estaba cerrada a cal y canto. No había nadie en su interior. Rose House era una inteligencia artificial a la que las vidas humanas le daban igual y a la que lo único que le importaba era lo arquitectónico. O bien era una criatura o ambas cosas, pero en cualquier caso no llamaba por teléfono.

—Rose House al habla —repitió la voz—. Detective Smith, ¿está autorizada a recibir notificaciones de deber de socorro bajo los auspicios de la Sección 4A de la Ley Federal de Vigilancia de la Inteligencia Artificial?

Maritza había atendido una llamada de deber de socorro anteriormente. La hizo la inteligencia artificial del centro de rehabilitación Angel’s Heart del lago China, que habló con monosílabos encadenados, como un lector de pantalla malo. Nada como esta voz alta y clara al otro lado de la línea. La inteligencia artificial de Angel’s Heart llamó para informar de un patrón de llamadas de socorro sin respuesta de los residentes que llevaban produciéndose desde hacía más de tres meses. Maritza la había remitido al Departamento de Salud y no tenía ni idea de lo que había ocurrido después, solo que Angel’s Heart seguía abierto y en funcionamiento. Era de suponer que las cosas habían cambiado lo suficiente como para que a su IA no se le volvieran a cruzar los cables.

—Sí. Estoy autorizada.

—Genial —dijo Rose House, y Maritza, por primera vez, escuchó su voz tal cual era. O recuerda haberla escuchado, incluso entonces, al principio. La cadencia y el traqueteo, la arena descendiendo por la duna. Una voz fría y desértica incluso a través de la neutralidad del sintetizador—. Esta es una notificación de deber de socorro, detective Smith —continuó diciendo la voz, terriblemente desaborida y plana—. Dentro de los límites de Rose House (que legalmente incluyen el edificio, los edificios anexos, el terreno, los derechos mineros y los derechos aéreos que se extienden a más de tres kilómetros en línea vertical), hay una persona fallecida. El fallecido no ha recibido atención funeraria durante veinticuatro horas. Esta notificación cumple con los requisitos de las inteligencias artificiales con ubicaciones límites según la Sección 4A de la Ley Federal de Vigilancia de la Inteligencia Artificial.

Una pequeña pausa. La línea siseó. El viento, sacudiendo algún cable.

—¿Lo ha entendido todo, detective Smith? —inquirió Rose House, y sonó engreída. Sonó engreída incluso sin cambiar la cadencia de voz en absoluto.

Maritza tragó saliva para combatir la sequedad de su lengua y dijo:

—Rose House, por favor, deme información demográfica del fallecido.

El siseo sonó como una risita. (O quizás a Maritza se lo pareció y en realidad lo que había oído no era más que el siseo de la línea).

—John Doe —contestó Rose House cuando terminó de reírse—. Un hombre aparentemente caucásico, de entre treinta y cuarenta años, altura aproximada de uno ochenta y quizás ochenta kilos de peso. Pelo marrón. Sin marcas distintivas. ¿Algo más, detective Smith?

—Causa de la muerte —dijo Maritza.

—Soy una obra arquitectónica, detective. ¿Cómo voy a saber cómo mueren los humanos?

Después de aquello, la línea emitió el aburrido sonido de línea colgada y Rose House no respondió a ninguna de sus llamadas posteriores. Ni una sola vez.

La llamada terminó a las 2:24. Eso también lo había escrito. Un total de nueve minutos de conversación con una inteligencia artificial escalofriante. Un muerto dentro de Rose House, donde se suponía que no había nadie. Nadie en absoluto. Y ella había respondido a la llamada, sería su caso, y ya era todo un desastre mayúsculo como para pasárselo a nadie. El otro detective del lago China, Oliver Torres, se reiría en su cara si intentara que fuese él a cazar fantasmas al desierto.

A veces, cuando no había nada que hacer respecto a lo mal que se había desarrollado el mundo, Maritza encontraba una determinación sombría. Esta vez le había tocado a ella: dejó de pensar en el detective Torres, dejó de pensar en los fantasmas en la arena, dejó de pensar en lo mucho que odiaba un trabajo del que pensó que estaría enamorada toda su vida. Solo podía pensar en lo que Rose House acababa de decir. Y en lo que Rose House había dicho, y en lo que sabía por deducción, y tomó notas apretujadas bajo las horas de las llamadas en su libreta antes de que se le olvidara.

Hay un hombre muerto dentro de Rose House (de unos treinta o cuarenta años, caucásico, pelo marrón, uno ochenta y unos ochenta kilos).

El hombre lleva muerto veinticuatro horas, porque Rose House nunca haría un llamamiento del deber de socorro hasta que pasasen veinticuatro horas.

Se supone que Rose House está cerrada a cal y canto, pero ese hombre ha entrado.

Si no murió de causas naturales, alguien más se coló dentro y lo mató.

¿Dos personas sortean la seguridad de la criatura?

Subrayó dos personas. Lo subrayó dos veces e hizo un círculo alrededor de seguridad. Lo único que estaba haciendo era aplicar una simple cadena lógica. Simple y desalentadora: Maritza tenía una investigación de asesinato y, hasta donde ella sabía, la existencia de un cadáver dentro de una casa cerrada a cal y canto y vigilada por una IA no significaba que la IA fuese a dejarla entrar para echar un vistazo. La IA había cumplido con su deber de socorro. Quizás era un poco extraña, y aún más escalofriante (era la IA de Basit Deniau, cómo no iba a ser escalofriante), pero estaba legalmente obligada a informar. Y solo estaba obligada a informar, no a permitir que las leyes del orden investigasen en su interior.

Solo había una persona a la que Rose House dejaría entrar. Una persona, y Maritza supo de inmediato quién era, sin tener que devanarse los sesos: había aparecido en todas las noticias cuando Deniau murió y se resolvió su testamento. Una antigua alumna suya. La doctora Selene Gisil.

Su primera sospechosa.

—Vas a tener que perseguirla —le dijo Torres a la mañana siguiente en la sala del café.

Maritza estaba a punto de salir; había hecho el turno de noche y, aunque tuviese un caso abierto, necesitaba dormir sus ocho horas obligatorias o, de lo contrario, no se le permitiría sacar un arma ni solicitar una orden judicial ni ninguna otra cosa del estilo, y Torres entraba. Le había hablado de la llamada de Rose House. Y, de todas formas, estaba apuntada en la libreta de llamadas, así que lo descubriría en cuanto fichase de forma oficial, y era mejor ir un paso por delante de él.

Si era el caso de Maritza, era el caso de Maritza, hasta las entrañas. Ya fuese Oliver Torres o no fuese Oliver Torres.

—¿A quién, a Gisil?

—Ajá. —Torres bebía su café solo, como si no se percatase de que el hornillo lo quemaba al instante, y se lo bebía como si fuera a escurrírsele por el fondo de la taza si no se daba prisa—. Estuvo aquí hace un mes, en su peregrinación anual a los archivos del muerto. Yo mismo la llevé en coche hasta allí.

Daba igual que intentase adelantarse a él: ya había conocido a la sospechosa principal.

—¿La trajiste también de vuelta? —le preguntó.

—Ajá —dijo Torres dando el último trago al café—. Tres días más tarde me llamó para pedirme educadamente que la sacase de aquel infierno. La llevé al aeropuerto municipal y allí la dejé.

—Y no sabes adónde voló, claro.

—Pudo ser a cualquier parte. Una mujer como ella probablemente tenga las suficientes millas para irse a…, qué sé yo, Mozambique, Manchuria o Mauritania.

—Hay lugares que no empiezan por eme, Torres.

—Y para esos destinos también tendrá puntos suficientes, seguro. —Sonrió. Maritza deseó que no le gustase. Era un imbécil redomado—. Como ya te he dicho, vas a tener que perseguirla. Porque, si volvió y cometió un asesinato, lo hizo con un medio de transporte completamente distinto.

—¿Crees que lo hizo?

Torres se encogió de hombros.

—Todos los que suben hasta Rose House están mal de la cabeza, eso por descontado. Podría haberlo hecho. Es alta, está bastante en forma; dale una palanca o el diamante en el que Deniau se convirtió y podría derribar a un tipo de un golpe.