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¿De qué manera nuestra comprensión del alma humana se relaciona con las posibilidades del diálogo? ¿Es posible identificar diferentes niveles de interioridad a la hora de dialogar? ¿Qué sucede cuando en un diálogo las personas se encuentran en niveles de interioridad muy dispares? ¿Son estos interrogantes planteos teóricos o acaso su comprensión modifica de alguna manera la práctica de diálogo cotidiana? Esta propuesta, que Roxana Fantin ha llamado comunicación nuclear, busca repensar el diálogo desde el centro de la persona, su núcleo: el alma. No entendida esta como un espacio interior reductivo (lo mental, lo religioso, lo místico, el impulso vital), sino como la dimensión espiritual que asume toda la realidad biopsicosocial espiritual. En este estudio, la autora compara y analiza distintos autores contemporáneos que han hablado acerca del diálogo y advierte la falta de una visión integrada del ser humano que dé sustento a sus teorías. Por eso, uno de los principales objetivos de Fantin consiste en realizar su aporte desde una antropología filosófica de base personalista que asuma la esencia espiritual del ser humano como dimensión integradora.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
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¿De qué manera nuestra comprensión del alma humana se relaciona con las posibilidades del diálogo? ¿Es posible identificar diferentes niveles de interioridad a la hora de dialogar? ¿Qué sucede cuando en un diálogo las personas se encuentran en niveles de interioridad muy dispares? ¿Son estos interrogantes planteos teóricos o acaso su comprensión modifica de alguna manera la práctica de diálogo cotidiana?
Esta propuesta, que Roxana Fantin ha llamado comunicación nuclear, busca repensar el diálogo desde el centro de la persona, su núcleo: el alma. No entendida esta como un espacio interior reductivo (lo mental, lo religioso, lo místico, el impulso vital), sino como la dimensión espiritual que asume toda la realidad biopsicosocial espiritual.
En este estudio, la autora compara y analiza distintos autores contemporáneos que han hablado acerca del diálogo y advierte la falta de una visión integrada del ser humano que dé sustento a sus teorías. Por eso, uno de los principales objetivos de Fantin consiste en realizar su aporte desde una antropología filosófica de base personalista que asuma la esencia espiritual del ser humano como dimensión integradora.
ROXANA FANTIN es docente, facilitadora, asesora e investigadora en temas de comunicación, participación y diálogo interpersonal. En 2003 fundó Comunia, asociación civil destinada al desarrollo de la comunicación para el cambio social. Desde 2015 se desempeña como coordinadora académica del posgrado en Comunicación para Organizaciones Sociales que Comunia realiza en alianza con la Universidad Austral. Editó el libro Comunicar para el cambio social (2007) y en 2009 participó del primer manual de comunicación para organizaciones sociales. Trabajó como periodista para revistas empresarias y medios especializados en temáticas sociales. Es cofundadora del programa Tercer tiempo de Radio América.
ROXANA FANTIN
LA COMUNICACIÓN NUCLEAR
Un aporte a la teoría del diálogo
A mi padre, que me enseñó a soñar en grande y a dar pasos pequeños.
Desde hace muchos años trabajo analizando, asesorando y facilitando procesos de comunicación en instituciones sociales. Y si bien siempre se observan cambios (sobre todo en la gente que participa) cuando se trabaja la comunicación, esta no deja de ser una ciencia “etérea”, fácil de advertir su necesidad (cuando las cosas no andan bien), pero difícil de medir su impacto.
Quizás por ello, siempre admiré al rubro albañil, por esa capacidad propia que posee de crear estructuras visibles y sólidas donde inicialmente había un terreno vacío lleno de escombros. Ver la evolución en la construcción de una casa me resulta un evento maravilloso. Toda esa suciedad y desorden, propia de los inicios de las obras, de a poco se va transformando, casi por arte de magia, en una casa habitable, cálida y hermosa.
Algo similar pude experimentar mientras realizaba esta investigación para obtener el doctorado en Comunicación de la Universidad Austral. Cuando miro hacia atrás apenas puedo creer cómo, de esas desordenadas ideas iniciales (apenas esbozadas en alguna libreta borrador), de a poco se fue armando, ladrillo por ladrillo, esta pequeña “casa intelectual” que hoy resulta este trabajo. Claro, conté con un maestro mayor de obras de lujo, mi director de tesis, Gabriel Zanotti, quien con gran paciencia y sabiduría me acercó materiales excelentes, nobles y de tan buena calidad que rápidamente pude sentar los cimientos firmes para empezar a levantar paredes. Gracias siempre, Gabriel.
Sin embargo, a diferencia de la construcción tradicional, esta casa intelectual no tuvo planos originales. O quizás los tuvo, pero solo se hicieron visibles a posteriori. Es el desafío de la fenomenología prescindir del plano como herramienta exploradora. Porque el plano supone ya, de alguna manera, que sabemos el camino, y la fenomenología invita siempre a “suspender”, al menos por un tiempo, nuestras certezas. Es un desprendimiento difícil pero apasionante. No se trata de buscar, sino de dejarse “encontrar” por aquello que estamos buscando, aún sin saberlo.
Como toda casa, espero que se convierta en un lugar de encuentro al que otros quieran entrar para compartir su interior. Quizás alguno la quiera ampliar, tirar una pared, añadir una habitación, abrir una nueva ventana… Todas esas modificaciones serán bienvenidas, porque las casas tienen vida, crujen, se resquebrajan y requieren mantenimiento.
Esta vivienda tiene muchas habitaciones y, para cada una, he recibido la ayuda de diferentes autores, como se verá en este libro. Agradezco a todos ellos su lucidez y legado, pero especialmente me gustaría destacar, por su incomparable dimensión integradora, a Francisco Leocata.
Agradezco también a todas las personas que enriquecieron con sus comentarios y apoyo este trabajo, especialmente a Marcela Pizarro, Enrique Adúriz, Paola del Bosco, Damián Fernández Pedemonte, Carlos Álvarez Teijeiro, y Patricia Nigro. También a mis compañeros del doctorado, a los profesores y a la comunidad académica de la Universidad Austral, de la cual aprendí y aprendo cada año.
Y para terminar, aunque no en menor grado, agradezco a quienes con su sola presencia, amor y compañía, me animan y sostienen en las grandes empresas: a mi marido Diego, en primer lugar, y a mis hijos, Pedro, Catalina y Santiago. Ellos son, sin saberlo, los primeros destinatarios de este trabajo de investigación.
Gracias siempre a Dios, por quien todo ha sido posible.
Roxana Fantin,
diciembre de 2018
Profesor de Ética de la Comunicación, Escuela de Posgrados en Comunicación, Universidad Austral
Escribir el prólogo del libro de una querida amiga y apreciada colega es siempre un desafío y un privilegio. Desafío porque se trata de un libro exigente, intenso y apasionante, como los lectores tendrán ocasión de comprobar. Privilegio porque he sido uno de los primeros en leerlo. A mi modesto entender, un prólogo no debiera ser nunca un resumen del libro al que precede, salvo que se trate de uno de esos libros incomprensibles que tienden a escribir los academicistas, más que los académicos. No es el caso del libro de la profesora Roxana Fantin, afortunadamente. Ella ha escrito un libro muy profundo pero sencillo al mismo tiempo. Dicen que eso es la sabiduría.
No, no se trata de anticipar por completo el contenido al estilo de los spoilers, palabra frente a la cual prefiero la muy castiza expresión española “destripacuentos”. Se trata de invitar a la lectura presentando tan solo algunas pistas o puertas de entrada al libro, algunas ventanas a través de las cuales asomarse a un contenido riquísimo y variado. La primera, breve y esencial ventana la ofrece la propia autora en su propuesta al lector del texto, donde resume apretadamente los contenidos de los capítulos que la suceden. Esa propuesta sirve de manera perfecta como una guía para los navegantes, sirve para ofrecerles una singladura con razonables expectativas de llegar a buen puerto.
Cabe decir, en primer lugar, que el libro de la doctora Fantin no es un libro de filosofía, así, a secas, aunque también. Es un libro de filosofía de la comunicación y, más en concreto todavía, un libro que trata acerca de la filosofía del diálogo, tan ausente como necesario en nuestro tiempo, ya sea entre las instituciones como entre las personas singulares, de ahí la casi urgente conveniencia de su lectura.
Dice Fantin poseer “la esperanza de que el aporte teórico realizado en esta publicación pueda resultar una base que permita revisar, potenciar o, incluso, crear nuevas formas de abordar las diferentes situaciones de diálogo en nuestra sociedad. Para ello, concentraré mi aporte dentro de la tradición filosófica del diálogo, integrando la mirada de diferentes autores, en su mayoría contemporáneos, que desarrollan tanto los fundamentos antropológicos como los comunicacionales”.
A partir de esta esperanza, la autora avanza sintetizando tres caminos en torno a un concepto (y una práctica) unificador, el diálogo. Esos tres caminos son la fenomenología, la hermenéutica y la logoterapia: “la vida tiene un sentido (es lo que sostienen las tres teorías) y el hombre no solo es capaz de descubrirlo (fenomenología y hermenéutica), sino que, el hacerlo, lo vuelve esencialmente humano (logoterapia)”.
Roxana Fantin ofrece una fundamentación del diálogo (en potencia) extraordinariamente profunda, pues considera sus fundamentos ontológicos, gnoseológicos, antropológicos y ético-existenciales. A partir de tales fundamentos, se encuentra en condiciones de considerar el diálogo en acto, lo que ella llama propiamente “el lenguaje dialógico”, con sus cuatro dimensiones: decir, pensar, hacer, sentir. Su grandísima contribución en este aspecto es la de mostrar cómo el diálogo puede realizar a la persona desde el punto de vista existencial.
A partir de un estudio exhaustivo de múltiples autores y diversas corrientes de pensamiento, la autora arriba en este viaje a una propuesta sumamente original, la que denomina como “la comunicación nuclear”, como su aporte precioso a la teoría del diálogo, un repensar el diálogo desde el centro de la persona, desde su “núcleo”, el alma.
Esta comunicación nuclear asume, en palabras de la autora, que “la libertad de encontrar sentido (que se gana a medida que se ingresa en los niveles de interioridad) resulta el componente fundamental que permite lograr mejores niveles de entendimiento entre las personas”. El tema del sentido no es menor para nuestra autora y su obra, pues desde él se integran las diversas dimensiones que constituyen la personalidad (biopsicosocial). Este sentido acontece a través del diálogo (y en él) y del encuentro intersubjetivo desde el que es posible la donación de sí, que es el modo más humano de autorrevelación, el modo en virtud del cual nos damos a conocer (también) a nosotros mismos.
Dice Umberto Eco en su Obra abierta que los grandes textos no están cerrados para el autor, no se le entregan clausurados sino abiertos a su interpretación. Precisamente porque el que aquí se prologa es un gran texto que no concluye con sus Conclusiones. Es un primer paso y, al mismo tiempo, un punto de referencia obligado para todos los interesados en la filosofía del diálogo, para todos sus estudiosos. Como la propia autora indica, su propuesta, más que exhaustiva, pretendió ser motivadora. Y decididamente lo ha sido.
En la vida hay más o menos la posibilidad de llegar hasta sí mismo.
Edith Stein, 1941
En la vida hay más o menos la posibilidad de dialogar desde sí mismo.
Roxana Fantin, 2018
La distancia que existe entre Edith Stein (1891-1942) y quien escribe –su vida, su momento histórico, sus escritos y su “talla” (para ser más específica)– es tanta y de tan variada gama que resultaría irrelevante siquiera analizarla. Sin embargo, he encontrado un punto de cruce entre nuestros recorridos intelectuales o, más bien, existenciales en relación con la manera de comprender el alma humana. Un solo punto, en medio de una línea, es la fracción más pequeña, pero aun así permite que dos líneas se crucen y esos recorridos queden unidos para siempre.
En una de sus obras filosóficas más importantes, Stein (1950) se preocupa por desnudar el misterio del alma humana. La publicación es un tratado de metafísica que intenta llegar hasta las profundidades de la naturaleza humana donde lo finito y lo infinito se unen.
Su lectura, como la de sus otras obras de carácter espiritual, me ha permitido alcanzar la hondura máxima de mi búsqueda intelectual. Me ha proporcionado un piso (cuya consistencia se asemeja más a un estado gaseoso que a una construcción de hormigón armado) en la naturaleza del ser personal.
Puesto que el alma es un ser personal espiritual, su interioridad y su originalidad más profundas son su esencia, de donde tienen nacimiento sus fuerzas y los cambios en su vida. (Stein, 1950: 523)
¿Cómo se relaciona esta concepción del ser personal con el potencial del diálogo interpersonal? ¿De qué manera nuestra comprensión del alma humana se relaciona con las posibilidades del diálogo? ¿Y de qué manera el conocimiento acerca de uno mismo abre o cierra posibilidades de diálogo? ¿Son estos interrogantes planteos teóricos o acaso su comprensión modifica de alguna manera la práctica de diálogo cotidiana? Este trabajo será un camino lento, pero no por ello menos apasionado, que intentará dar respuestas posibles a estos interrogantes.
Este estudio académico busca realizar un aporte a las teorías de la comunicación acerca del diálogo desde una antropología filosófica de base personalista que asuma la esencia espiritual del ser humano como dimensión integradora de los aspectos biopsicosociales. El camino propuesto se estructura de la siguiente manera:
Una introducción en la que se ofrecen los fundamentos últimos que guían la mirada sobre el tema, seguida de un breve desarrollo del marco metodológico en el cual se enmarca el presente trabajo académico, así como el marco teórico comunicacional desde donde se desprende la teoría del diálogo que se retomará a lo largo de todo el libro.
En el primer capítulo desarrollo el potencial del diálogo humano, es decir, aquellas condiciones que están latentes en toda posibilidad de diálogo. En él explicitaré las bases a nivel ontológico, gnoseológico y antropológico sobre las que se apoyará todo el desarrollo teórico posterior. En este capítulo le dedicaré especial atención a la condición antropológica que consistirá en definir a la persona humana desde su centro espiritual. Para este último objetivo, me valdré especialmente de la mirada fenomenológica que, a partir de Husserl (Leocata, 2007), abrió un camino metodológico para captar aquellos fenómenos esenciales de la vida humana, sostenida principalmente por una de sus discípulas, Edith Stein. La mirada fenomenológica llevará en cada una de sus manos a dos compañeras de camino: la hermenéutica por un lado y la logoterapia por el otro (oportunamente explicaré en detalle cómo se arma este equipo). Así, con estas tres teorías que tienen de común denominador la captación del sentido, iré recorriendo el camino para responder la pregunta ¿qué significa ser persona? Esta base antropológica se retomará luego en el tercer capítulo.
El segundo capítulo busca analizar el diálogo en acto a través de aquellas condiciones que han desarrollado diferentes autores referentes en el tema, tanto en el ámbito latinoamericano como europeo. En este capítulo selecciono, analizo, comparo y reordeno bajo criterios propios las diferentes categorías actualmente existentes en el tema (que son de muy variada índole y profundidad) con el objetivo de llegar a una síntesis que permita abarcar el fenómeno en su máxima extensión y ofrecer un material de lectura completo para todos aquellos interesados en continuar los estudios sobre la temática.
En el tercer capítulo integro las categorías del diálogo seleccionadas en el capítulo anterior con la visión antropológica desarrollada en el capítulo 1. Es una revisión crítica de las condiciones de diálogo que culmina en una propuesta teórica llamada “comunicación nuclear”. Este aporte personal busca abrir marcos nuevos de pensamiento que permitan entender los procesos de diálogo desde el centro integrador de la persona, el alma humana (su núcleo).
Uno de los desafíos más importantes que representa el tema que nos ocupa consiste en integrar teorías filosóficas y antropológicas con aquellas comunicacionales, centradas en la teoría del diálogo. Por tratarse de tradiciones naturalmente interrelacionadas (filosófica, antropológica y comunicacional) aunque muy dispares en cuanto a su surgimiento y desarrollo, resulta difícil poder establecer un recorrido lineal en su tratamiento. Por ello, este trabajo consistirá en un intento de establecer puentes o, mejor dicho, identificar aquellos “mojones” donde las ciencias puedan sostenerse entre sí en pos de una visión integrada del ser humano.
Si bien desde sus inicios los filósofos del diálogo han enraizado sus teorías en fundamentos antropológicos (de manera más o menos explícita), como se verá en detalle más adelante, con la conformación moderna de la ciencia de la comunicación, la discusión al respecto se fue focalizando alrededor del “cómo” por sobre el “quién” dialoga. De esta manera, se relegaron los fundamentos antropológicos al terreno de lo implícito.
El objetivo de este trabajo es volver a poner en primer plano los fundamentos antropológicos para, desde allí, reinterpretar la teoría de la comunicación acerca del diálogo. Es decir, el primer piso del problema que intentaré abordar consiste en la falta de una visión integrada del ser humano que dé sustento a las teorías actuales sobre el diálogo.
¿Por qué se da esta ruptura entre las ciencias1 y a qué se debe la falta de fundamentos antropológicos en las teorías contemporáneas de diálogo?
Creo que aporta luz para este punto la distinción que el filósofo Karl Jaspers (1962) realiza entre los términos comienzo y origen. Mientras que el primer concepto remite a un momento específico de la historia, el segundo tiene que ver con su raíz última. Así, en referencia al tema que nos ocupa, me limitaré en esta introducción a esbozar los comienzos del problema y a dejar abierta la cuestión del origen que creo, sin duda, dado el tema elegido, se remonta a los inicios de la humanidad.
Es posible situar los comienzos del problema con el nacimiento que se da en el siglo XIX, y su consolidación durante todo el siglo XX, de un paradigma científico moderno en el que predomina una razón instrumental que pone en el centro de la escena el conocimiento técnico movido bajo una lógica de dominio. Dentro de este paradigma se va parcializando paulatinamente el estudio del hombre en detrimento de una visión más unificada de los diferentes fenómenos que atraviesan la vida humana, sobre todo de aquellos aspectos que escapan al conocimiento medible y cuantificable.
Así, de ahí en más, también el modelo de racionalidad humana se ha visto reducido a una sola de sus caras, lo cual generó amores o rechazos según la postura científica que se considere. Si la razón encuentra su ideal en el modelo matemático, solo nos queda lo “irracional” para integrar las demás realidades humanas. En este camino me resulta obligado recordar a Heidegger, quien en su denuncia por el olvido del ser ha inaugurado formalmente un camino de “resistencia” que vuelve la mirada al arte, la intuición y el espíritu.
Entonces, como constructores de un edificio en el que se miran distintas fachadas, pero se desconocen sus bases y planos originales, las teorías científicas proliferan cada una por su cuenta, muchas veces sin encontrar puntos de conexión o, incluso, enfrentadas en “fachadas” contrapuestas. No es mi intención ampliar la brecha ya existente entre autores y escuelas que, a propósito de la modernidad, se enfrentan en sus paradojas de progreso técnico versus deshumanización; pero sí destacar algunos planteos principales que se relacionan con la comunicación y el diálogo para retomarlos a la luz de una antropología integrada.
En ese sentido, coincido con la propuesta del filósofo contemporáneo argentino Francisco Leocata, quien, luego de analizar los efectos de la modernidad en las ciencias humanas, concluye:
[…] desde un punto de vista fenomenológico, las posibilidades técnicas no son en sí mismas negativas siempre y cuando la humanidad tome conciencia de su dignidad y emprenda un camino de renovación ética. (Leocata, 2007: 168)
En medio del paradigma científico predominante del siglo XX, nace y evoluciona la comunicación como ciencia. Así surgen múltiples estudios y teorías que asumen la realidad comunicativa de la persona humana, pero sin explicitar su antropología de base, sin detenerse a pensar en la unidad y esencia del ser humano.
Como si las teorías de comunicación pusieran el foco en el punto de llegada (la “utilidad” científica propia del paradigma instrumental) sin detenerse en el punto de partida: la persona humana.
En definitiva, con esta investigación me hago eco de la pregunta que el filósofo Ismael Quiles plantea acerca de la ciencia:
[…] si no sabemos qué es el hombre, cuál es su última realidad, ¿cómo podremos ensayar una solución acerca de los demás problemas humanos, que no se plantean sino en función del hombre mismo? (Quiles, 1980: 2)
Para este trabajo retomaré teorías comunicacionales que analizan las diferentes dimensiones del diálogo. Así, tenemos autores que se centran en el estudio del entendimiento a nivel lingüístico y pragmático, lo que funciona como primer escalón necesario, pero insuficiente para abarcar el sentido que tiene el encuentro entre personas. Otras teorías priorizan la dimensión psicológica a nivel individual y otras el sentido social que tiene el diálogo como garante de la democracia y evolución de la sociedad.
Dentro de esta última línea, se destaca el filósofo alemán Jürgen Habermas –autor que aportó una teoría sistematizada acerca de la evolución de la comunicación en la sociedad–, quien denuncia la razón instrumental y propone la razón comunicativa como garante de entendimiento entre las personas (Habermas, 1990, 1992). Sin embargo, Habermas, a pesar de haber sido uno de los autores más abarcadores y reconocidos en materia de diálogo, por la profundidad de sus planteos y el recorrido histórico que realiza, tampoco ha explicitado en sus escritos una antropología de base que permita iluminar su teoría desde una visión integral del ser humano.
No es mi intención minimizar el enorme aporte que las diferentes teorías acerca del diálogo han hecho en pos de comprender un poco mejor esta compleja realidad comunicacional que nos atraviesa como seres humanos, sino revisar algunas de ellas a la luz de una antropología integral del ser humano de forma tal de contribuir a la humanización de una ciencia que nos permita desarrollarnos plenamente como personas.
El filósofo español Fernando Savater lo explica muy claro:
[…] los demás seres vivos nacen ya siendo lo que definitivamente son, lo que irremediablemente van a ser pase lo que pase, mientras que los humanos lo más que me parece prudente decir es que nacemos para la humanidad […] Llegar a ser humano del todo es siempre un arte. (Savater, 1997: 22)
¿Qué significa llegar a ser cada vez más humanos?, ¿de qué manera el diálogo se relaciona con ello?
Mi interés por indagar sobre el potencial del diálogo para la persona humana me llevó a buscar en el campo de la filosofía, la antropología y la psicología los cimientos sobre los cuales repensar las teorías actuales acerca del diálogo. Por ello, el presente trabajo intensificará la mirada interdisciplinaria ya presente naturalmente en la comunicación y pondrá en discusión a autores de diferentes ámbitos del saber.
La razón instrumental y científica moderna que guió el desarrollo del conocimiento occidental del siglo XX ha contribuido a parcializar el estudio del hombre, entronizando el conocimiento técnico. De esta manera lo refiere Leocata al analizar el salto cualitativo que se produce cuando el cálculo de finalidad práctica se potencia con elementos matemáticos.
En la historia humana, ese paso indica un salto a una era en que el progreso técnico llevaría la delantera sobre la educación integral del ser humano y la intercomunicación cultural. (Leocata, 2007: 163)
Es así que pueden distinguirse, según Zanotti (2013), como herederos de este escenario, dos grandes paradigmas epistemológicos en materia de comunicación: el de la información y el de la hermenéutica. El primero, representado, según Zanotti, por la corriente positivista y neopositivista –como Rudolf Carnap, Carl Hempel y Ernest Nagel–, hace hincapié en el mundo objetivo, hechos palpables y cuantificables. Se derivan de esta posición varias teorías basadas en un modelo matemático-informacional-computacional de la de la comunicación (Shannon y Weaver, 1949; Goldman, Golden y Broek, 2007).
Por otro lado, el camino de la hermenéutica de Karl Popper, Thomas Kuhn, Paul Feyerabend y Hans-Georg Gadamer, entre otros, puso su foco en las interpretaciones y la subjetividad propias del acto comunicativo (Zanotti, 2013), y su aparición ha sentado las bases teóricas para varios modelos, muchos de ellos de carácter lingüístico y semiológico. Como si fueran rectas que nacen con una leve diferencia en sus ángulos, las teorías de base hermenéutica han crecido de un mismo punto de partida, pero muchas de ellas han arribado a conclusiones aparentemente irreconciliables. Así sucede con aquellas que han sido sostenidas por un punto de partida realista (Leocata, 2007; Zanotti, 2011) a diferencia de las teorías donde el consenso y la interpretación se constituyeron como última referencia de la verdad (constructivismo y posmodernismo).2
Ambos paradigmas conviven en una actualidad donde la comunicación ha ido ganando terreno como fenómeno central de la vida moderna sobre todo desde finales del siglo XX (Elizalde, 2013).
Estos dos paradigmas están atravesados, a su vez, por el prisma metodológico particular que le fueron aportando las diferentes disciplinas que desarrollaron los estudios de comunicación: la política, economía, sociología, antropología y etnografía, la psicología y el marketing. Este panorama da cuenta de la complejidad del fenómeno de la comunicación, tan difícil de delimitar, ya sea desde su objeto como desde su abordaje metodológico.
Es dentro de esta realidad tan multifacética del fenómeno de la comunicación que la mirada antropológica de base resulta, a mi entender, tener una relevancia particular y fundante. Si bien cada una de las corrientes de comunicación presuponen una mirada sobre el hombre, como lo presupone toda la construcción de la ciencia, esta no suele estar explicitada en los estudios de comunicación, lo que genera confusiones en la superficie que demuestran, a modo de iceberg, que lo que está oculto por debajo de la teoría explícita marca el rumbo principal del camino.
¿Qué es el hombre, cuál es su esencia, cuál su sentido? Estas son tres preguntas fundantes cuya respuesta desencadena la posibilidad de entender qué significado y potencial tiene la comunicación en la vida humana. Veremos a continuación de qué manera la conformación de la comunicación como ciencia intentó, de forma implícita, dar respuesta a alguna de estas preguntas.
¿Medios, mensajes, receptores, emisores, interacciones… dónde queda el diálogo en medio de este recorrido?
La comunicación como ciencia tiene pocos años de vida en comparación con otros ámbitos del saber, sobre todo en relación con la filosofía y la antropología, que han comenzado a preguntarse por el diálogo desde principios del siglo IV a.C.
Me interesa poder describir brevemente la complejidad que implica adentrarse en la comunicación como objeto de estudio y la necesaria interrelación de los ámbitos políticos, económicos, sociales y psicológicos y sus consecuentes enfoques naturalistas, constructivistas, cibernéticos, estructuralistas, funcionalistas, sistémicos (por mencionar algunos) y sus múltiples combinaciones posibles.
Resulta difícil, por la amplitud que abarca el fenómeno comunicativo, poder trazar un recorrido lineal para comprender su desarrollo histórico. Sin embargo, considero oportuno poner en perspectiva dentro de la ciencia de la comunicación dónde se ubican las teorías del diálogo a medida que el objeto de estudio, inicialmente identificado con los medios masivos, se amplía a la realidad multifacética que resulta el hecho comunicativo.
Toda ciencia está atravesada por su historia, por el lugar que la vio nacer, por el contexto de las personas que plantaron sus bases teóricas iniciales. Por ello, la conformación de la ciencia de la comunicación, tal como ingresa al ámbito académico, está necesariamente unida al siglo XX, a las guerras mundiales, a la polaridad de la posguerra, a la desconfianza en la razón y el progreso, y también marcada por esa búsqueda de reconstrucción de ideales de fraternidad y convivencia. Dentro de este mundo cambiante y en plena ebullición, la ciencia de la comunicación avanzó de manera inorgánica sobre los hombros de personas y escuelas que, desde diferentes partes del mundo, vieron en ella una nueva dimensión que como sociedad podemos “controlar”, “comprender” y “potenciar” para lograr otros objetivos mayores de la más variada índole, como ganar elecciones, vender productos y servicios, contribuir al desarrollo de países, construir ciudadanía, sanar vínculos, consolidar instituciones, fortalecer democracia, entre otros. Es así que la comunicación cobró, desde sus inicios, una fuerte impronta herramental (siempre al servicio de…) que continúa hasta nuestros días y genera una tensión y debate siempre abierto entre los fines y medios de la comunicación.
Las primeras investigaciones que surgen en Estados Unidos y Europa datan de fines del siglo XIX y principios del XX, y giran alrededor del concepto de sociedad de masas. Continúan su desarrollo en el período de entre guerras y es recién en la década de 1960 cuando la comunicación ingresa al ámbito académico apuntalada por la irrupción de los medios masivos de comunicación. Por dicha razón, han proliferado en su seno las teorías que toman como eje una visión “mediocéntrica” de la comunicación (Pasquali, 2007), poniendo mucho más énfasis en el canal y el mensaje –el hecho informativo–, así como en el fenómeno colectivo, que en la dimensión relacional e interpersonal de la comunicación humana.
Como se mencionó anteriormente, en medio de un contexto mundial convulsionado por las guerras, predomina en las primeras teorías de la comunicación una mirada política y económica que, de a poco, se impregna de análisis psicológicos de tipo empírico y experimental de las más variadas vertientes. Se pasó en pocos años de una mirada predominantemente conductista y funcionalista a estudios que comienzan a mirar, cada vez con más atención, a las audiencias y a los usos que estas realizan del fenómeno informativo (Wolf, 1987; McQuail, 1993). Así, de una concepción inicial de las “masas” totalmente manipulables por los medios poderosos se pasó a estudiar audiencias en las que los significados se negocian y se utilizan según las necesidades particulares y el ámbito de referencia. Se descubre, con estudios de base experimental, la capacidad activa de los receptores, la importancia de los sujetos en la comunicación.
Estas últimas teorías, empoderadas por los estudios que buscaban analizar la toma de decisiones en períodos electorales de Estados Unidos, ponen de manifiesto la importancia del contexto próximo de los receptores y la influencia de las conversaciones cotidianas en la toma de decisiones.
Por su parte, la escuela crítica de Frankfurt, durante todo este proceso de la conformación de la ciencia, aporta investigaciones desde sus postulados marxistas que hacen hincapié en los aspectos económicos e ideológicos de la denominada industria cultural. Sus miembros principales, Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, desarrollaron estudios orientados no solo a la descripción de los fenómenos, sino también a la denuncia y a la propuesta de cambio social propia de sus manifiestos políticos. Esta escuela ha ido evolucionando en diferentes áreas de análisis tanto en Europa como en Latinoamérica (Pasquali, 2007; McQuail, 1993). Una de esas líneas de estudio en materia de comunicación la lideró, hasta la actualidad, Habermas (1990, 1992); de ahí se desprende la “teoría de la acción comunicativa” que será retomada en detalle en los capítulos posteriores.
A mediados de la década de 1960, desde la perspectiva interpretativa, la comunicación interpersonal cobra fuerza impulsada por la psicología, la lingüística y, más tarde, la semiótica. La noción de “interacción” se torna central y se desarrollan varias teorías que apuntan a explicar de qué manera la comunicación es un fenómeno difícil de “controlar”, absolutamente dependiente de los vínculos y el entorno. Los límites entre la microsociología, la psicología social y la comunicación se vuelven mucho más difusos. Entre los teóricos de la comunicación en la década de 1980, se destacan George H. Mead, con el interaccionismo simbólico, Gregory Bateson, con el modelo antropológico cibernético, y toda la escuela de Palo Alto, identificada principalmente con Paul Watzlawick y Erving Goffman (Garza Guzmán, 2009).
Si bien estos últimos autores no se reconocen dentro de la tradición de la teoría del diálogo, su noción de la comunicación, que pone el foco en el aspecto relacional e interdependiente de la comunicación humana, ha avanzado en muchos casos por caminos similares a los teóricos del diálogo, sobre todo en aquellos estudios que integran la dimensión de lo no verbal (el comportamiento), el carácter vincular (las relaciones), el cambio permanente y la importancia del aquí y ahora que se requiere para el estudio de las conversaciones.
Este amplio abanico de miradas interrelacionadas trajo consigo una multiplicidad de metodologías de análisis asentadas muchas veces en concepciones antropológicas opuestas (implícitas o explícitas), lo que ha derivado en conclusiones contradictorias de tipo comunicacional. Esta realidad multifacética que sigue constituyendo hoy uno de los desafíos de la ciencia de la comunicación me ha llevado a confirmar la necesidad de establecer discusiones sobre las antropologías de base que sustentan las teorías de comunicación.
Me parece importante destacar que, con el correr de los años, ha ido incrementando la importancia de los diferentes actores e instancias que participan de la comunicación, lo que consolidó la noción de “proceso”, que difiere radicalmente del protagonismo que en sus inicios se le daba al emisor y a los medios.
Vemos así que la comunicación va seduciendo a las diferentes disciplinas que buscan aportar con sus metodologías propias algunas soluciones a esta realidad tan abarcadora. Mientras que en sus inicios la comunicación era solo parte de otro fenómeno mayor, con el paso de los años, esta se convirtió en el propio objeto de estudio (Elizalde, 2013).
Dentro de este amplio espectro de teorías que componen el canon de la ciencia de la comunicación, aquellas referentes a la teoría del diálogo interpersonal juegan, a mi entender, un rol mucho más de “visitantes” (si se me permite la metáfora deportiva) que de local. Siendo estas últimas las que estudian y hacen referencia, principalmente, a los procesos sociales mediados por diferentes canales: medios masivos en sus inicios, medios comunitarios, instituciones, el mercado, las redes sociales, entre otros.
Cada vez más “mediados” en nuestra comunicación (hoy somos capaces de mandarnos un mensaje de texto con personas que están apenas a unos metros de nosotros), el estudio de la comunicación sigue fuertemente atravesado por las herramientas que vamos diseñando para “comunicarnos mejor”. Y, por ello mismo, considero que la comunicación intersubjetiva se torna hoy, más que nunca, un desafiante objeto de estudio.
A modo de síntesis de este apartado y con el objetivo de organizar la perspectiva de comunicación que desarrollaré en este libro, me parece acertada la clasificación que realiza el sociólogo español Miguel Roiz Célix (2010) acerca de los distintos niveles de los que actualmente se ocupa la ciencia de la comunicación:
Comunicación de masas
: estudios clásicos sociológicos con foco en los medios de comunicación. Estas teorías ponen de relieve una visión política de la sociedad tal como se mencionó al inicio de este capítulo. Se centran en el hecho social. Ejemplo de ellas son la teoría de la información, la teoría matemática de la comunicación y la teoría general de los sistemas.
Comunicación personal:
estudios de la comunicación intersubjetiva humana y existencial, con base principalmente psicológica, antropológica y filosófica. Algunos de sus temas son la libertad, el amor, la angustia. Entre sus representantes más reconocidos se encuentran Heidegger, Buber, Lévinas y Gadamer.
Comunicación interpersonal:
hace hincapié en la relación entre personas que, a su vez, forman parte de diferentes grupos o instituciones. La teoría de los sistemas ha aportado mucho en esta dirección. Entre los autores y escuelas que han contribuido dentro de esta línea se destacan los siguientes: Goffman, con sus estudios sobre los roles sociales, el interaccionismo simbólico de Mead, la escuela de Chicago y la escuela de Palo Alto, entre otras. De esta última rama se deriva la comunicación institucional cuando trata de la comunicación formal entre organizaciones.
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Si bien resulta obvio que la comunicación se da de manera integral en la vida cotidiana y atraviesa todos estos niveles (por ello se pueden concebir modelos que articulen los tres niveles), considero que esta clasificación de Roiz Célix me permite circunscribir mi objeto de estudio para poder delimitar el aporte que busco realizar dentro de la amplia gama de fenómenos que abarca la temática de la comunicación.
Aunque ambas tradiciones (personal e interpersonal) se desarrollan dentro del paradigma interpretativo, la perspectiva epistemológica de las teorías agrupadas dentro de la comunicación personal (principalmente fenomenológica) difiere ampliamente de aquellas que desarrollaron los teóricos de la comunicación interpersonal (principalmente de base sistémica). Sin embargo, considero importante destacar que ambos campos de estudio se encuentran sumamente interrelacionados por hacer foco en la relación y la participación de los sujetos en el proceso comunicativo.
Por otro lado, me parece importante señalar una diferencia más entre ambas “perspectivas”4 dentro de los estudios de comunicación (personal e interpersonal). Aunque la unidad mínima de estudio quizás coincida (el diálogo, la conversación), la teoría del diálogo se caracteriza por indagar en primer lugar acerca del quién (da más importancia a la persona que al proceso) y para qué (el sentido del diálogo en la existencia humana), mientras que los teóricos interaccionistas5 se centran en la interpretación del qué se dice (en relación con roles sociales, el lenguaje, los símbolos, la situación) y el cómo es (estructura del proceso, la vida cotidiana, los rituales).
Considero que ambas perspectivas son complementarias e integrarlas es parte del lento pero seguro camino que iremos haciendo las diferentes personas que intentamos hacer ciencia dentro de este amplio espectro que llamamos fenómeno de la comunicación.6
