La concentración - Martín Cinzano - E-Book

La concentración E-Book

Martín Cinzano

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Beschreibung

Los cuentos que dan cuerpo a este libro, nos hacen transitar por un periodo de tiempo reconocible por nuestra historia reciente, tiempo que se configura como el telón de fondo de la galería de personajes que develan estas historias: un exiliado chileno en Ecuador quien, sin proponérselo y casi por casualidad, termina trabajando como fotógrafo de un policía para el que debe retratar distintas escenas de crímenes; un niño juega béisbol en un ambiente de represión y apariciones fantasmagóricas; un joven poeta que se convierte en librero luego de intentar, inútilmente, vender su primer libro de poesía; la venganza de dos hermanas seducidas por un galán algo "chanta"; un comerciante de libros saca provecho de su homonimia con un poeta famoso: este podría ser el esqueleto de la historia astillada, agrietada, de La concentración. Cuentos atractivos, sabrosos, vitales, bien desarrollados, y con un humor muy destacado, que en la mayoría de los casos sirve para generar cierta distancia con las situaciones angustiosas y marginales que se narran. Dictadura, exilio, deporte, decepción, viajes inmóviles, vidas marginadas y marginales, lecturas, la insatisfacción que brota durante la postdictadura y el azaroso afán de vivir, son parte de las inquietantes conjeturas acerca de esa fotografía aún borrosa que es la historia reciente.

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Seitenzahl: 190

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© LOM ediciones Primera edición en LOM, abril 2024 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN impreso: 9789560018144 ISBN digital: 9789560018823 RPI: 2024-A-3012 Primera edición en G0 ediciones, 2020. Fotografías de interior: Chicolú: capítulos I, IV y final,y Celeste Rojas Mugica: capítulos II y III Imagen de portada: Paulo Slachevsky<https://www.flickr.com/photos/pauloslachevsky/>@pauloslachevsky Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile

El manicomio(Nota preliminar)

Mi primer cuento era excelente, pero no era mío. Se titulaba –se titula– «El manicomio»: dos estudiantes de educación básica se meten una noche al hospital psiquiátrico de la ciudad, donde, para su sorpresa, se encuentran con que los locos son los mismos profesores que durante el día les hacen clases. Por mucho tiempo pensé que lo había escrito yo, pero no, se trataba de uno de mis tantos recuerdos falsos. Lo había escrito un compañero de colegio; lo supe a raíz de un correo electrónico enviado por él para saludarme en mi cumpleaños. Me mandaba abrazos y parabienes y al final agregaba una posdata inquietante: siempre pensé que tú y tu actitud ante la vida me habían inspirado para escribir «El manicomio». ¿Te acuerdas de ese cuento? En mi correo de respuesta le agradecía sus saludos, y sin más rodeo añadía que me sentía extrañado por su posdata, dado que el cuento lo había escrito yo. Su correo de respuesta llegó de inmediato: partía riéndose de mi mala memoria, a la cual llamó: parcial, conveniente, autocomplaciente y perversa. Luego pasaba a refutar mi autoría mediante el relato pormenorizado de las circunstancias de escritura del cuento, cómo se le ocurrió, dónde trazó el primer borrador y cuándo escribió la versión final, junto con año, mes y día, todo lo cual –pensé con envidia– constituía un cuento en sí mismo, para colmo muy bien escrito, con una dosis de humor que lo hacía equilibradamente macabro. El párrafo final de su correo era aún más aplastante: sentenciaba que, en el fondo, el cuento le importaba una mierda y que como sabía que yo desde siempre había intentado ser escritor, desde ya lo podía considerar, sin ningún problema, un regalo de cumpleaños. Qué tal. Estaba pensando en cómo responderle cuando llegó un nuevo correo con el pdf del manuscrito del cuento, dos hojas de papel roneo perfectamente conservadas con «El manicomio» en tinta azul, con su letra e inobjetablemente firmado por él. Releí el cuento y me siguió –me sigue– pareciendo excelente, aunque desde la primera línea hice todo lo posible para que me pareciera malo. Entre tanto había llegado otro mail; el cuerpo del correo venía otra vez vacío –como si ya estuviese todo dicho entre nosotros y las palabras estorbaran– y traía un nuevo archivo adjunto, esta vez en formato jpg: en la foto aparecía mi amigo, inconfundible, quemando el manuscrito del cuento. Las razones por las cuales yo había asumido durante años la autoría de «El manicomio» son para mí un misterio. No podría sino inventar las circunstancias de su escritura, es decir, seguir intentando ser un escritor. Al final creo haberlo reconocido (a medias): mi primer cuento es el cuento de otro.

M.C.Ciudad de México, julio 2020

La concentración

Para Cecilia González y Lucho Rojas

Lo que ahora no toquesenmohecerá;lo que ahora no sientaste ha de herir algún día.

Omar Lara

I

Guayakill

1

Primera noche afuera como quien se da una vuelta por el barrio. Pero qué tal el calor. Era para reírse de su propia madre, que como buena chilena le había regalado un pesado abrigo negro, porque en esas tierras dicen que llueve mucho, mijito. Y puta que llovía con ganas, pero con calor. Un calor que por lo mismo nada tenía de semejante al de Ovalle o al de Tongoy en verano. Ni al de Santiago. Ni a ningún otro calor chileno.

Tres opciones hubo: Suecia, México o Ecuador. Le sugirieron la más cercana, aunque esto parecía otro planeta. Las papayas no eran como las de La Serena: otro color, otro tamaño, otro sabor. Y puta que comen plátano estos huevones. Frito, a la parrilla, con queso, arroz, lentejas y carne.

Será no más, se dijo, y lo tomó como venía. Total, de seguro en Chile la cosa no duraría mucho rato más; los milicos volverían a los cuarteles y ellos a reorganizar el Partido. O si no, si los milicos siguen metiéndole bala al pueblo, preparamos el retorno clandestino y la guerrilla. ¿No era eso lo que siempre habían querido acaso? «Guerrilla», «clandestino», qué palabras tan bonitas, aunque aquí sonaban algo raras y lejanas.

A la semana, instalado en un pequeño hotel, ya comenzaba a moverse con soltura en el calor. Lo raro era que hasta ahí no había establecido nada ni remotamente parecido a un contacto. Le habían dicho que pronto se le acercarían, en el ágora de la Facultad de Economía o en el Parque Centenario, pero nada, cero indicio de algún compañero o compañera. En todo caso, ¿cuáles serían las instrucciones en este pueblo de novela? ¿Pasar a la vanguardia o resistir no más? Más difícil la tenían los compañeros en Uruguay o en Argentina; ahí el cerco en torno al Partido se estrechaba velozmente y con brutalidad; pero eso, de todas maneras, no implicaba pasar por alto los métodos de vigilancia en cualquier parte, porque así como venía la cosa estaba claro que los milicos tenían conexiones por todo el continente, aun cuando algunos compañeros lo negaran y lo acusaran de derrotista.

Se habituó a las caminatas por el malecón; lo distraían, a pesar de la humedad y los mosquitos. Pero también les temía. El lumpen se apoderaba de la zona apenas comenzaba a oscurecer, y no era como para dárselas de valiente en tierra de nadie, sobre todo si se le ocurría abrir la boca y el acento de extranjero lo delataba. Un atardecer vio a un tipo darle un culatazo en la cabeza a una mujer. Esta se había tambaleado solo un poco antes de que el hombre aprovechara para seguir golpeándola hasta tirarla al suelo, donde la siguió pateando. Salió de ahí cautelosamente, la respiración cortada, y al llegar al hotel, más calmado, se preguntó quién sería más peligroso, si uno de estos «manes» o un agente de la DINA.

Al día siguiente buscó la noticia en el periódico, seguro de que la mujer había muerto, pero no la halló. En cambio se encontró con la noticia de la muerte de Orlando Letelier. No ocupaba más que un miserable párrafo plagado de informaciones confusas, un auto, una bomba, Washington. Nos estamos yendo a la mierda ahora sí, pensó. La mano negra de Pinochet, a quien en el Partido habían subestimado ingenuamente, mostraba ser cada día más larga e implacable.

Quiso traer a la memoria la cara del general antes del golpe –un ejercicio frustrante al cual su cabeza se había ido acostumbrando desde 1973–, pero no consiguió sino recordar la estampa socarrona de ciertos almirantes, incluso de ciertos marinos de menor rango, pues era en la Armada, y no en el Ejército, donde se gestaba el golpe; y era por tanto a la Armada a la que se debía vigilar, infiltrar y combatir.

Esa noche quiso estudiar, darle al menos un ojo a los apuntes de clase que se había traído. Le gustaba repasar esos apuntes, consignar anotaciones a los costados, pequeños comentarios mediante claves que solo él conocía. Tampoco lo logró: estaba desconcentrado, y al intentar enfocar nuevamente la imagen de Pinochet, se interpuso, abrupta, la escena del hombre armado pateando en el suelo a la mujer. ¿Por qué esa brutalidad?

En Chile, a mediados del 72, a él lo habían dejado inconsciente durante una marcha en la que junto a otros compañeros repartía el diario oficial del Partido.

Nunca supo cómo había quedado rezagado, pero de pronto se encontró solo en medio de un contingente de jóvenes democratacristianos. Ahí reparó en que aún traía unos pocos ejemplares del diario bajo el brazo, y quiso disimularlos. Fue demasiado tarde: una patada en la espalda lo hizo hincarse en el piso y otro golpe en la cabeza, antes de intentar cualquier reacción, lo apagó todo.

Después de eso, más de una vez había pensado en el hecho de matar, en el hecho de anular la vida de otro. Lograba justificarlo desde un punto de vista político, sin mayores objeciones, pero se decía que de llegar ese momento lo haría con practicidad, lo más rápido posible. Por eso no entendía –y se estremecía ante esta incomprensión– a quienes, como el hombre del malecón, aplazaban, con crueldad, el tiro de gracia.

2

Durante las semanas siguientes, enflaqueció. De hecho, ya era preocupante su situación económica, algo que en Chile nunca le alarmó en exceso. Aquí, eso sí, las tentaciones de la comida callejera le retorcían el estómago, empezando por el descubrimiento de las guatitas con maní y la carne en palito, esos anticuchos a media vereda, jugosos. Chile en ese terreno era un país bastante fome, reglamentado, cada cosa a su tiempo: si querías comerte un anticucho, debías esperar el Dieciocho, y si querías colemono, la Pascua. «Y si querís comer rico, al mercado negro nomás pus, hueón», le había dicho su hermano a mediados del 73 al regalarle unos tarros de duraznos en conserva imposibles de rechazar.

Pero el país del que venía, conforme el tiempo avanzaba, iba quedándose lejos, apartándose de su campo de movilidad, como una isla cercada por el enrejado de la memoria. Si se hubiese quedado en esa isla tal vez lo torturaban y lo desaparecían, o tal vez no. La orden tajante, al menos durante un tiempo, había sido la de no asilarse, la de no huir, y él, aunque la había respetado, ahora la consideraba como una involuntaria invitación al suicidio.

Sin embargo, no estaba en condiciones de juzgar a nadie. Parecía como si la vida anterior, especialmente la vida en torno al Partido, se fuera alejando de él mientras ambos se contemplaban con indiferencia, sin resentimientos de ambas partes, con el único resultado de verse emplazado en un país desconocido donde la lengua, la vida y él mismo, tan distintos ya, seguían siendo al fin y al cabo iguales.

Se cambió a un hotel más barato en un barrio pobre del centro. Era una vieja casona de cuatro pisos con azotea, donde se podía lavar ropa y compartir la cocina. Su cuarto, eso sí, era diminuto, y la cama prácticamente agotaba el espacio. No le importó: aparte de sus apuntes y un par de libros, toda su ropa, incluyendo el ridículo abrigo negro, era perfectamente acomodable en una silla. Y eso era todo lo que tenía.

Con la plata restante empezó a hacer malabares. El arroz, la fruta y el café eran baratos; el transporte también, aunque él prefería caminar para ahorrar el máximo dinero posible y de paso seguir conociendo la ciudad. La universidad fue un buen refugio; ahí encontró menús a bajo precio y algo para mantenerse ocupado; se metía a las clases de filosofía y economía, tomaba apuntes, pensaba. Ahí también conoció círculos de chilenos que cada tanto organizaban reuniones en donde se escuchaban noticias frescas (todas malas) traídas por los recién llegados de allá. No era extraño que grupos de estudiantes locales se sumaran con entusiasmo, chifles y botellas de ron a tales reuniones, de modo que estas, por lo general, acababan en parrandas catárticas en las que la comunidad chilena exhibía su legendaria aptitud para el trago y su también legendaria ineptitud para bailar. Por lo demás, durante esas juergas él descubrió que el prestigio del expatriado de izquierda era un socio eficaz a la hora de abordar a la joven y solidaria estudiante nativa.

3

Al llegar al hotel una madrugada se encontró a la policía. Durante la noche habían baleado a dos hombres cuando estos intentaban huir por la azotea.

–Una vaina de drogas, usted no se preocupe –le dijo el portero del hotel.

Sin embargo, al verlo llegar, los policías lo habían mirado detenidamente. Uno de ellos, de civil, con guayabera y reloj de oro, se le acercó: «El chileno», dijo sorpresivamente, y le tendió la mano.

Habían revisado todos los cuartos, usted disculpará, y en el suyo, al abrir uno de los cajones, les fue imposible no darle una revisada al pasaporte rojo. ¿Notó él algún movimiento extraño en el hotel durante los últimos días? No. ¿Nada de nada? Nada de nada.

Continuaron con las preguntas rutinarias un rato más; luego, cansado, el de la guayabera se despidió, no sin antes soltarle una pregunta curiosa:

–¿Sabe tomar fotos usted?

–No, sí, no… ¿por qué sería?

–El hijueputa del fotógrafo dijo tener una calamidad doméstica. Por culpa de ese mamaverga tendremos que aguantar aquí hasta que llegue otro artista.

–La verdad, alguna vez tomé, pero como simple aficionado nomás… –lo dijo sin pensar, justo para arrepentirse en el acto. El policía sonrió:

–¿Me aguanta un chance?

Chifló potentemente y salió a la calle. Regresó de inmediato con una cámara fotográfica entre las manos.

–Aquí tiene.

Era una Nikkormat con lente de 50 milímetros, el visor y el lente algo rayados, pero de todas maneras en buen estado. La siguió mirando, sabiendo que si no decía algo rápido la cosa se pondría fea. Optó por fingir que ese tipo de tecnología le excedía, y empezó a esbozar una disculpa:

–Estos japoneses…

–Los fiambres están arriba –lo cortó el policía–. ¿Me acompaña?

Ya estaba. Por huevón. Titubeó unos segundos antes de empezar a subir por las escaleras.

4

Al comienzo, impresionado, debió respirar hondo para tranquilizarse. Uno de los muertos estaba tendido bocabajo en el umbral de la puerta que daba a la azotea. Tenía en total tres balazos, explicó el policía: uno en el muslo, otro en la espalda y finalmente uno más en el cuello, como si el hijueputa de los disparos se hubiese entretenido haciendo puntería con el cuerpo de ese infeliz.

Creía estar recuperándose de la impresión cuando el policía le hizo señas para que lo siguiera. Pasaron con mucho cuidado por encima del cadáver y salieron a la azotea. Estaba sudando y él sabía que esta vez no era a causa del calor. Quería terminar lo más rápido posible para irse a dormir. El policía, al contrario, parecía divertirse.

Entonces lo vio: yacía de lado en el piso de la azotea, y tenía los sesos fuera. El policía debió sujetarlo para que no se cayera del susto.

–Tranquilo, broder –le dijo–, no pasa nada. ¿Es la primera vez? Bueno, siéntese acá y prepare la vaina esa.

Se dejó caer en un rincón, mareado, apoyando la espalda contra la pared. Creyó que iba a vomitar, pero al sentarse la náusea desapareció. Respiró hondo, intentando calmar los nervios, con los ojos cerrados; luego los abrió, ajustó la cámara y le dio otra mirada al cadáver.

Le calculó más o menos veinte años; un joven moreno de aproximadamente metro setenta de estatura, flaco, vestido con blue jeans y una camisa blanca salpicada de sangre. Lo más impresionante –aquí sintió otra oleada de asco– era el desparramo de materia que coronaba la cabeza y chorreaba por las orejas y las cejas, que estaban intactas. De verdad, entonces, la frente era como se decía en las películas de acción: «la tapa de los sesos». Automáticamente se palpó la suya y vomitó.

Pidió disculpas, pero el policía no le hizo caso. Parecía concentrado en un charco de sangre esparcido por el piso. ¿Cómo había llegado él a una azotea sangrienta del trópico acompañado de dos muertos y de un extraño policía, cargando además una cámara fotográfica?

–Enfoque el punto, broder –le decía el poli–. Enfoque el punto que yo le señalo, ¿me oye?

–Sí –respondió, y con las manos aún temblorosas, enfocó.

–¿Ya lo tiene?

–Ya.

–Jale del gatillo.

Repitieron el procedimiento en unas veinte fotos más. El policía le indicaba un punto con el dedo, él lo enfocaba, ajustaba el diafragma y disparaba.

Hicieron lo mismo con el otro, aunque aquí debieron esforzarse un poco más. El policía debió voltearlo para que él pudiera enfocar bien el rostro. La luz, en ese ángulo, no favorecía una buena toma; sin duda un flash hubiese solucionado el problema, pensó, pero no se atrevió a sugerirlo y se las arregló con la exigua luz que había.

Ambos ahora sudaban al bajar las escaleras. Se topaban con policías uniformados que los saludaban con desgano. En uno de los rellanos, dos hombres vestidos de blanco intentaban transportar como fuese un par de camillas destartaladas.

Él se detuvo en la puerta del hotel. La calle se iba llenando de curiosos y no quería que la gente lo identificara como miembro de la policía ni nada por el estilo. Aunque debía admitirlo: el trabajo, por muy crudo, por muy asqueroso, al final había tenido su gracia.

–A desayunar, broder –le dijo el policía–. Me mata el hambre.

–Yo traía hambre –respondió–… pero se me quitó hace rato.

–Bueno, entonces no le caerá mal una biela.

–¿Una qué?

–Una biela, bien helada.

–¿Una cerveza?

–Simón –dijo sonriendo el policía–, yo invito.

–La verdad, disculpe, pero preferiría echarme a dormir un rato, estoy cansado y…

–No sea maricón, broder –lo cortó el policía–, los polis de acá no somos como los de su país.

–¿Y cómo son los policías de mi país? –preguntó, intrigado.

–Para hablar de eso necesitamos varias bielas –dijo el policía, señalando un auto estacionado al final de la calle–. Vamos.

Al traspasar la puerta del hotel se cubrió el rostro con la cámara, como si estuviera enfocando cualquier punto: ¿lo reconocería la gente después? El policía, al verlo, soltó una carcajada.

5

El local estaba en las afueras de la ciudad. Para cuando llegaron, después de una media hora de viaje en la que pudo dormitar, ya se le había despertado nuevamente el hambre. Dos policías uniformados –vigilantes, les llamaban– los habían acompañado en el auto policial, pero al llegar al local habían dado media vuelta y desaparecido.

Ocuparon una mesa al aire libre, en un patio trasero entierrado en el que nada hacía pensar en comida. Aun así, de pronto una niña les puso cerveza, patacones y maní. El policía explicó:

–Vengo aquí cuando me siento bien y solo con mis panas. Sé que el lugar no tiene nada de bonito, pero la comida, ya lo verá, está bacán.

–¿A qué se refería con eso de los policías de mi país?

–Ajá…–tomó un largo trago de cerveza y sonrió–: usted bien sabe lo que quise decir, ¿no, broder?

–La verdad, no –respondió, cauteloso.

–No se me haga el hijueputa. Vivir rodeado de mierda no quita que pueda darle un ojo al periódico de vez en cuando. ¿Cuántos chilenos han llegado aquí con un pasaporte marcado como el suyo? ¿Cuántos hay ahora en Quito o en Cuenca? He escuchado historias, broder, y recuerde que en este país hay bastantes milicos admiradores de su Pinochet.

–De todas maneras –dijo él, apesadumbrado–, los milicos son los milicos. Pero usted dijo algo de la…

–Acá no somos torturadores, por ejemplo –soltó bruscamente el policía–. Por lo menos, no hasta ahora –sonrió con malicia–. A algún man lo podemos presionar, a otra puta hembra la podemos pegar, pero torturarlos no. Eso es de mamavergas. Eso y la polaca.

–¿La polaca?

–La política, broder, la política.

–¿Qué les interesa entonces? Y no me venga a decir que la justicia porque…

–La plata. Irnos de putas. Vivir.

–Ya.

–¿Contento?

Le dio un buen trago a su cerveza y sintió las rodillas agradablemente adormecidas.

–Una cosita nomás: ¿qué es eso de «calamidad doméstica»?

El policía torció la boca y mascó un patacón.

–Es una mariconada reglamentaria para faltar al trabajo. Por eso una calamidad doméstica puede ser muchas cosas. La muerte de un familiar. La muerte del perro. Hasta la muerte de la suegra es un tipo de calamidad doméstica más o menos común. El problema es que la vaina se usa bajo cualquier pretexto. Un corte de luz o un corte de agua pueden ser una calamidad doméstica. Si el televisor no funciona, calamidad doméstica. Si tu hijo se meó en la cama, calamidad doméstica.

–Ya.

–Pero hoy usted ha hecho un buen trabajo, broder.

–¿Qué tiene que ver? Además ni siquiera ha visto las fotos.

–Ni me importan mucho –dijo el policía antes de beber lo último que quedaba de cerveza–. Usted me sacó de un apuro y eso se agradece.

–Esos tipos... ¿eran narcotraficantes?

Una mujer gorda de pelo encanecido les trajo una fuente de ceviche de camarón a cada uno, además de platos de arroz con patacones. Frotándose las manos, el policía aprovechó para pedir dos cervezas más.

–Aquí se deben matar las bielas rápido, broder, porque si uno las deja vivas un rato, se calientan y se van al carajo.

–No respondió mi pregunta.

El policía se encogió de hombros y eructó:

–No se meta en pendejadas.

Comieron en silencio. ¿Había visto él tal cantidad de camarones en un solo plato? Empezó lentamente, degustando con placer, alternando los camarones con pequeños bocados de patacón y tragos de cerveza. Pero a medida que comía el apetito se le fue agrandando hasta convertirse en insaciable, y pronto debió esforzarse para disimular su desesperación al tragar.

Más tarde, los mismos policías uniformados aparecieron para conducirlos de vuelta al hotel. Él estaba mareado, y sudaba. Los pantalones se le pegaban a las piernas, incomodándolo. Tenía la sensación de haber pasado mucho tiempo junto a un tipo misterioso, ¡un tira!, que sin embargo, más allá de lo que había dicho, le transmitía confianza.

Estuvo todo el día tendido en la cama, sudando desnudo, durmiendo a ratos. El pequeño cuarto no tenía aire acondicionado, solo un viejo ventilador incapaz de producir siquiera una leve corriente de aire. Pensó en sacar sus apuntes, pero el solo hecho de moverse requería de un esfuerzo que lo sobrepasaba.

Recordó el cadáver del joven. Tenía la imagen muy viva, aunque ahora, por supuesto, la cosa era distinta. Nada de asco. Tampoco miedo. Solo extrañeza ante los sucesos, ante la sangre y la muerte, ante ese policía tan distinto a él. Pero, ¿cómo era él? ¿Como un revolucionario? ¿Como un exrevolucionario? ¿Importaba saberlo acaso?

Algo había que hacer por la vida, sin embargo. Con lentitud se levantó: era el ritmo del trópico: la pesadez, la parsimonia, incluso la desidia. Caminar por el malecón, pensó, lo despejaría lo suficiente para intentar estudiar.

Al salir del cuarto decidió hablar con el portero del hotel, por si sabía algo más de los asesinatos. Pero nadie había en la recepción. Y nadie, tampoco, en la calle. Dobló por esquinas, recorrió algunos portales del centro, atravesó parques, comercios cerrados; salvo uno que otro borracho tirado en el suelo, una patrulla de policía y las impertérritas iguanas, la ciudad parecía haberse vaciado.

De golpe se le despertó el ansia de hacer algo con todo eso, meter ese paisaje de silencio en alguna parte, como para resguardar su maravillosa fragilidad, y deseó con fervor tener la cámara fotográfica con la que unas horas antes había retratado a dos muertos. La ciudad de pronto se le agrandaba en su insondable quietud, y él, después de todo, era lo que era: un tipo joven, solo, dentro de un paisaje extraño.

6

Días más tarde, al salir del hotel, el policía lo estaba esperando. Tenía la cámara en la mano y lo acompañaba una mujer morena que al verlo venir agachó la cabeza. Cuando estuvo cerca de ellos, percibió olor a alcohol.