La corte de los cuchillos rotos - Anna Smith Spark - E-Book

La corte de los cuchillos rotos E-Book

Anna Smith Spark

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Beschreibung

Una novela épica, oscura y deslumbrante: el debut de fantasía grimdark de Anna Smith Spark El antaño poderoso Imperio de Sekemleth se ve amenazado por la decadencia y la ruina; los nobles rivales luchan por la supremacía y están dispuestos a todo para conseguirla. El influyente aristócrata Orhan Emereth, que planea arrebatar el trono con ayuda de un ejército de mercenarios, ignora que entre sus filas se oculta un joven muy especial: Marith, que no solo huye de su propio pasado, sino también de su padre, un hombre tan poderoso como empeñado en verlo muerto. La suma sacerdotisa Thalia, una de las figuras más respetadas del Estado, jamás ha abandonado su templo, pero cuando empieza la masacre del golpe de Estado, tiene que huir para escapar de una muerte segura. En su camino se cruza con Marith, quien le promete que la sacará con vida de la ciudad. Juntos se convertirán en piezas clave en el gran juego por el poder.

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Seitenzahl: 810

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Primera edición: noviembre de 2025

Título original: The Court of Broken Knives. Empires of Dust 1

© Anna Smith Spark, 2017

© de la traducción, Claudia Casanova, 2025

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2025

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.

Ninguna parte de este libro se podrá utilizar ni reproducir bajo ninguna circunstancia con el propósito de entrenar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial. Esta obra queda excluida de la minería de texto y datos (Artículo 4(3) de la Directiva (UE) 2019/790).

Diseño de cubierta: Lauren Panepinto - Hachette Book Group, Inc.

Imágenes de cubierta: Gene Mollica Studio

Mapa: Sophie E. Tallis

Corrección: Pablo López

Publicado por Oz Editorial

C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, oficina 10

08013, Barcelona

www.ozeditorial.com

ISBN: 978-84-18431-14-2

THEMA: FM

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Anna Smith Spark
La corte de los cuchillos rotos
Empires of Dust I
Traducción de Claudia Casanova
Galeradas revisadas por Antonio Torrubia y Sara Segovia

Índice

Primera parte: Muros de bronce

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Capítulo diecisiete

Capítulo dieciocho

Capítulo diecinueve

Capítulo veinte

Capítulo veintiuno

Capítulo veintidós

Capítulo veintitrés

Segunda parte: El filo

Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticinco

Capítulo veintiseis

Capítulo veintisiete

Capítulo veintiocho

Capítulo veintinueve

Capítulo treinta

Capítulo treinta y uno

Capítulo treinta y dos

Capítulo treinta y tres

Capítulo treinta y cuatro

Capítulo treinta y cinco

Capítulo treinta y seis

Capítulo treinta y siete

Capítulo treinta y ocho

Capítulo treinta y nueve

Capítulo cuarenta

Capítulo cuarenta y uno

Tercera parte: La luz del sol

Capítulo cuarenta y dos

Capítulo cuarenta y tres

Capítulo cuarenta y cuatro

Capítulo cuarenta y cinco

Capítulo cuarenta y seis

Capítulo cuarenta y siete

Capítulo cuarenta y ocho

Capítulo cuarenta y nueve

Capítulo cincuenta

Capítulo cincuenta y uno

Capítulo cincuenta y dos

Capítulo cincuenta y tres

Capítulo cincuenta y cuatro

Capítulo cincuenta y cinco

Capítulo cincuenta y seis

Capítulo cincuenta y siete

Capítulo cincuenta y ocho

Capítulo cincuenta y nueve

Capítulo sesenta

Capítulo sesenta y uno

Capítulo sesenta y dos

Agradecimientos

Sobre la autora

Hitos

Portada

Primera parte

Muros de bronce

Capítulo uno

Cuchillos. Cuchillos por todas partes, cayendo como lluvia.

Al final, todo se reduce al combate cuerpo a cuerpo: hombres que forcejean en el barro y se apuñalan entre sí, demasiado cansados para preocuparse. Solo quieren morir y acabar con todo. La mitad combate con las tripas colgándoles del vientre, apestan a mierda y rezuman rosa, rojo y blanco. Hombres medio muertos tirados en la inmundicia. Gritan. Una masa de alaridos sin rostro. Es imposible distinguir quién es quién. Barro, sangre, sombras… y nada más. ¡Matadlos! ¡Matadlos a todos! Seguid matando hasta que no quede nadie. El cuchillo se hunde, gira, y el hombre contra el que lucha cae de lado, todo el aliento se le escapa en un último suspiro de alivio. Otro aparece por detrás. Por los dioses, le duelen los brazos. Le estalla la cabeza. Tiene sangre en los ojos. Retuerce el cuchillo de nuevo y arremete con una espada rota; ese también cae. Una explosión estalla a la izquierda: fuego blanco y silencioso, como las larvas. Después, los gritos. Hombres que arden. Blande la punta de la espada, alcanza a otro en la pierna. No con fuerza, pero sí lo suficiente para hacerlo tropezar. Cae sobre él con el cuchillo, rápido. La sangre sale a borbotones y el hombre se desploma sin vida. Aún coletea como un pez fuera del agua, pero sus ojos delatan que ya está muerto. Solo sus piernas siguen moviéndose, no se han dado cuenta de su muerte todavía.

El sol se pone y proyecta largas sombras. ¡Oh, qué hermosa tarde!

Las estrellas se alzan en un cielo del color de una herida gangrenada: la Boca del Dragón, la Dama Blanca, el Perro. Buena estrella, la del Perro, que trae peste, fiebres, y despierta el deseo. Su aparición marca la llegada del verano. Tal vez, por fin, se acabaron las campañas bajo la maldita lluvia. El cuero mojado apesta. El barro apesta. La mierda apesta, cuando se desborda la zanja de la letrina.

Otra ráfaga de fuego blanco. Odia que no haga ruido. Es antinatural, inquietante. Vuelven los gritos. Gritos tan atroces que te zumban los oídos durante días. El cielo llora y aúlla; y es difícil saber quién grita: tú, el enemigo, o esas otras cosas.

Los hombres luchan en nudos compactos, apelmazados como cuajos de leche. Corre hacia donde dos hombres forcejean. Salta sobre uno por la espalda, lo derriba y lo atraviesa. Siente el crujido seco de los huesos y la agradable suavidad de la grasa y las vísceras. Seboso. Su oponente suelta un grito ronco y le lanza un puñetazo. Pierde el cuchillo. Ahora pelean a puño limpio. Esquiva y lanza una patada fuerte, pierde el equilibrio y casi se cae. El oponente responde con otra patada, intenta atraparlo en un agarre de lucha. Se pegan, pecho contra pecho, furiosos y con los dientes apretados. Una mano le golpea la cara, le da en la nariz, y se le clava con fuerza; él la muerde, está sucia y encallecida, y siente el sabor metálico de la sangre con claridad en la boca. Pero la mano no se suelta, le aplasta la cara contra el cráneo. Traga y casi se ahoga con la sangre que brota de la herida que ha abierto. Sangre, mocos y jirones de piel seca y agrietada. Logra meter el cuchillo y lo clava con fuerza en la parte posterior del muslo del otro. No es suficiente para matarlo, pero la mano se aparta de su cara de un tirón. Arremete y acierta en la parte blanda del cuello, saca el cuchillo y contempla el campo de batalla, las figuras que se despedazan mientras la tierra se pudre bajo sus pies. Llevan luchando una eternidad. Todos los filos embotados: los de las espadas, las dagas, y los del pensamiento. Solo queda seguir matando. Seguir matando. Seguir matando hasta que no quede nadie.

Y entonces, muere. Una hoja lo alcanza en el costado, en el punto débil bajo el hombro, donde la armadura cede para permitir el movimiento de la articulación. La hoja penetra a fondo, gira y desciende. Es una herida mortal. Oye cómo su cuerpo se desgarra. Por los dioses. Por los dioses y demonios… joder. Se gira, lanza un tajo al hombre que lo ha apuñalado. La figura frente a él es un espectro, empapado de sangre, con la cabeza abierta y la masa cerebral colgando. «Te estás muriendo», piensa. «Te estás muriendo y me has matado. No es justo».

Las sombras se retuercen a su alrededor. «Todos nos estamos muriendo», piensa, «de una forma u otra. Solo que algunos más rápido que otros. Luchas y mueres. Y siempre hay otros veinte hombres que esperan detrás de ti».

¿Por qué marchamos? ¿Por qué caemos?

¿Y qué sentido tiene lo que hacemos?

La vida engaña, la verdad no advierte.

¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!

Lo entiende mejor que cualquier otra cosa que haya entendido jamás. Más incluso que su propio nombre.

Pero de pronto, por un instante, no está seguro de querer morir. El campo de batalla enmudece. Parpadea. Ve luz.

Una figura con armadura de plata, blanca y resplandeciente irradia luz como el sol. Su capa roja ondea en el viento mientras avanza entre las filas de muertos y moribundos, y la luz cae sobre ellos, pura y limpia.

—¡Amrath! ¡Amrath! —susurran las voces, ásperas como el viento que sopla sobre un pantano salado, con un timbre que recuerda al graznido de las aves que alzan el vuelo. Aquí camina, entre nosotros, radiante como el rocío en verano.

—¡Amrath! ¡Amrath! —Las sombras se desvanecen tras el paso de la figura. Todo es luz.

—¡Amrath! ¡Amrath! —corean los hombres al unísono.

Ya no hay bandos, solo gente que observa en silencio y aclama al pasar la figura junto a ella. Él también grita, hasta que la garganta le arde. Al verla, siente que algo dentro de él vuelve a encajar. Ya no está cansado, ni herido, ni moribundo, sino sano y fuerte.

—¡Amrath! ¡Amrath!

La figura se detiene y recorre el lugar con la mirada. Examina cada rincón hasta dar con lo que busca. Un hombre vestido de negro salta al frente, avanza y se tambalea hacia la luz. Se detiene frente a la figura radiante, con el deseo de alcanzarla, y desenvaina una espada envuelta en llamas azules.

—¡Amrath! ¡Amrath! —grazna con voz áspera y desafiante—. ¡Amrath!

Él observa con júbilo. ¡Qué hermoso! Mira, y nada en el mundo importa, salvo contemplar el esplendor de su dios.

La figura brillante desenfunda una espada que resplandece con la luz de todas las estrellas y la luna y el sol. En la empuñadura brilla un único rubí oscuro. Su contrincante se lanza al frente y emite un chillido agudo. Se encuentra con la figura resplandeciente en un choque brutal. Luz blanca y fuego azul. Fuego azul y luz blanca. Le arden los ojos al mirar, pero no puede apartar la vista. Ambos forcejean como una llama de vela que vacila, o como el sol naciente sobre el mar. La espada de plata se alza y lanza hacia atrás al adversario. El fuego azul estalla y lo consume todo, y la armadura plateada resplandece entre las llamas. Metal contra metal, chispas que saltan como el yunque de un herrero. La figura luminosa retrocede un paso, pausa y arremete. El otro bloquea, ruge, aúlla y ríe. La espada mágica vuelve a cortar el aire y deja una estela de fuego azul. Unos arcos de luz cruzan la penumbra del atardecer. Formas y palabras escritas en el aire. Palabras de muerte. Palabras de dolor. Palabras de esperanza, miedo y desesperación. La figura radiante detiene otro golpe, la hoja de plata ondula bajo el impacto del filo enemigo. Brilla con tal esplendor que los colores danzan sobre el suelo a su alrededor. Como el cabello de una mujer al sacudir la cabeza hacia atrás bajo la lluvia de verano. Como nieve que cae. Como estrellas de colores. Los dos combatientes se mueven, pisan las huellas del otro. Pisan las sombras del otro. Se mueven en círculos como las aves.

La espada plateada destella, se alza y cae; el rival retrocede con un tajo en la garganta. Brota un gran chorro rojo de sangre. El fuego azul se extingue.

Él vitorea y el corazón le duele casi de pura alegría.

La figura resplandeciente se vuelve y mira a los hombres que la observan. Lo mira a él, y grita. Los espectadores responden con alaridos que hacen temblar la tierra. La espada de plata se alza y cae. Cinco hombres. Diez. Veinte. Una pila de cuerpos. Hipnotizado, contempla a los moribundos. Y en la matanza, ve una belleza pura, brutal. Matar. Matar. Y una dicha perfecta que casi duele. El corazón desbordado. El corazón canta. Esto, oh, sí, por esto, para esto nacen todos los hombres. Grita en respuesta, y mientras muere, se lanza contra los enemigos de su dios con cuchillo, espada y uñas y dientes.

¿Por qué marchamos? ¿Por qué caemos?

¿Y qué sentido tiene lo que hacemos?

La vida engaña, la verdad no advierte.

¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!

Capítulo dos

—El Imperio Amarillo… Puedo entenderlo. Sí, tiene sentido.

Un desierto de tonos pardos y amarillos, salpicado de rocas quebradizas en gamas de gris y ocre, y espinos de un marrón amarillento. Un cielo amarillo amoratado, con nubes bajas y amarillas. Incluso la piel y la ropa de los hombres se vuelven amarillas, manchadas por el sudor y la arena. Hace tanto calor que Tobias ve el mundo a través de una bruma amarilla. Todo está seco, polvoriento y amarillo como la bilis y los huesos viejos. El Imperio Amarillo. La famosa ruta dorada. La famosa luz dorada.

—Moriría feliz si el resto de mi vida lo pasara metido en barro negro hasta las rodillas —dijo Gulius, y escupió en la arena amarilla.

Rate soltó una risita.

—Y está claro cómo se hicieron con toda esa fortuna. El polvo vale su peso en oro. Aunque sigo pensando que al menos es un cambio refrescante respecto al estiércol de vaca.

—Sí, yo también lo he estado pensando. Si este es el corazón del imperio más rico que ha conocido el mundo, entonces yo soy una de las vacas del padre de Rate.

—Un imperio construido sobre la arena… Suena poético, ¿no?

—Como si la poesía diera tanto dinero.

—No son las vacas de mi padre —aclaró Rate—. Son de mi primo, mi padre solo las cuida.

—Magia, creo yo —dijo Alxine—. Extraños poderes arcanos. Agitan las manos y el polvo se convierte en oro.

—Una vez conocí a un tipo en Alborn que podía hacer eso. Convertía peniques de hierro en marcos de oro.

Los ojos de Rate se abrieron de par en par.

—¿En serio?

—De verdad. Pero no podía comprar en el mismo sitio dos días seguidos, y tenía que cambiarse de nombre a menudo…

Llegaron al lecho seco de un arroyo, y se detuvieron a beber y rellenar los odres. El agua era tibia y estaba sucia, y tenía un inconfundible aroma a boñiga de cabra. Tras cinco horas de marcha bajo el sol, sentirla en la piel era casi tan dulce como saborearla en la boca. Agua corriente, unas cuantas piedras pequeñas para sentarse, dos grandes que ofrecían algo de sombra. ¿Qué más podía desear un hombre en la vida? Tobias se acercó a hablar con Skie.

—Vamos a parar aquí un rato, muchachos. Comed algo, descansad un poco. Esperaremos a que pase lo peor del calor.

Si hacía más calor, las espadas se les empezarían a derretir. Los hombres vitorearon al recibir la orden. Mientras se llenaban los pucheros y alguien recogía leña, Gulius se puso a preparar una papilla aguada. Enviaron al chico nuevo, Marith, a cavar el hoyo de la letrina. Tobias, por su parte, se dejó caer al suelo y estiró las piernas. Y cerró los ojos. Lo envolvieron la sombra fresca y espesa, y el olor del agua. Pura dicha.

—¿Cuánto crees que nos queda para llegar? —preguntó Emit.

Tobias habría soltado un puñetazo a quien volviera a hacerle esas preguntas. Abrió los ojos con un suspiro resignado.

—Ni idea. Pregúntale a Skie. ¿Un par de días? ¿Una semana?

Rate le lanzó una sonrisa burlona a Emit.

—No me digas que te estás cansando de la arena.

—Voy a morirme de aburrimiento si no veo pronto algo que no sea arena… y tu cara.

—He visto una cabra hace un par de horas. ¿Qué más quieres?

Y era sin duda una cabra hembra, antes de que preguntes.

Llevaban casi un mes de marcha. Cuarenta hombres, ligeramente armados y con poca armadura, sin caballos, ni arqueros, sin mago ni nada por el estilo. Ni siquiera llevaban un médico, aunque Tobias se consideraba bastante competente en cirugía de campaña y en tratar la blenorragia. Solo cuarenta hombres avanzando a pie por el desierto, rumbo al oeste, hacia el sol poniente. Ya casi llegaban. Solo los dioses sabían lo que iban a encontrar. El imperio más rico que el mundo hubiera conocido. Arena amarilla.

—No está mal esto —dijo Alxine mientras rascaba el fondo de su cuenco—. Los grumos de barro le dan un sabor distinto al que hemos tomado en el desayuno.

—No estoy del todo seguro de que sea barro…

—Yo… yo no estoy del todo seguro de que me importe.

Tenían por nombre la Compañía Libre de la Espada, un nombre muy imaginativo. Antiguo, sí, y con cierta fama; aunque más bien conocido en ciertos círculos políticos selectos. Tobias había propuesto varias veces cambiarlo.

—La arena también le da una textura interesante. Ese crujido entre los dientes.

—Eso lo dijiste ayer.

—Y probablemente lo diré mañana. Y pasado mañana. Llegaré a viejo y seguiré sacándome maldito desierto de las encías.

—Y de otros sitios.

—Eso, amigo mío, es algo en lo que preferiría no tener que pensar jamás.

Todo se reducía a lo esencial, por culpa de aquella tierra amarilla y caliente y de un aire igual de sofocante. Agua, comida, agua, descanso, agua, sombra. Tobias se recostó contra una roca y escuchó a sus hombres conversar, como lo hacían ayer, anteayer y el día anterior a ese. Era casi rítmico. Casi musical. Un patrón sencillo, predecible, casi reconfortante. De un lado a otro… de un lado a otro… de un lado a otro. Los mismos pensamientos. Las mismas palabras. La urdimbre y la trama de la vida de un hombre.

Rate estaba inspirado ese día.

—Cuando lleguemos, lo primero que voy a hacer es devorar un buen filete, bien veteado de grasa, con los huesos partidos para chupar el tuétano. Quizá un poco de pan caliente y unos champiñones para acompañar, perfectos para mojar en el jugo.

Emit resopló.

—El imperio más rico que ha conocido el mundo, ¿y tú sueñas con un filete?

—Muerte o una buena cena, ese es mi lema.

—Ah, no lo discuto. Solo digo que cuando lleguemos debería haber algo mejor para comer.

—¿Mejor que un filete? Nada es mejor que un buen filete.

—Como dijo la ramera al hombre santo.

—Pensaba que estarías harto de comer filetes, Rate, chaval.

—Pues pensabas mal. ¿Sabes lo que es cuidar de esas jodidas bestias día tras día, sin poder llevártelas nunca al plato?

—Como dijo el hombre santo a la ramera.

El cansancio empezaba a notarse. También el aburrimiento. Y el miedo. Marchaban entre gruñidos, con el calor apretando durante el día, y el frío colándose por la noche. Ansiaban llegar, pero al mismo tiempo, la idea de hacerlo los aterraba. Y ya estaban hasta los cojones del polvo amarillo, del calor amarillo y del maldito aire amarillo. «Buenos muchachos, en el fondo», pensó Tobias. Buenos muchachos. Lo sacaban de quicio y les faltaban un par de malas noches para partirse la cara entre ellos, pero en el fondo eran buena gente. Debería sentirse algo orgulloso.

—El Imperio Amarillo.

—El Imperio Dorado.

—El Imperio Soleado.

—Soleado suena alegre. Dorado, a esperanza. Pero «amarillo», el color de los cobardes, les irá de maravilla a sus soldados cuando estemos allí. Bien gallinitas, ¿eh?

Gulius golpeó el cucharón.

—¿Alguien quiere más gachas? Aprovechad ahora que aún no se han cuajado del todo.

—Juro que hace poco estornudé algo que se parecía a esa última cucharada.

—Un filete… bien sellado, con la grasa aún chisporroteando, chamuscado junto al hueso… champiñones… salsa… una copa de oro Immish…

—Yo me tomaré otro cuenco, si nadie más quiere.

—Este potingue ya ni se molesta en fingir que es comida. Está ahí tirado, esperando que alguien lo remate.

Un cuervo descendió cerca de ellos graznando. Alxine intentó atraparlo. Falló. El cuervo alzó el vuelo y cagó sobre una de las mochilas.

—Mierda. Se saca buena carne de uno de esos.

—Estaba flaco como un demonio, incluso para ser un cuervo.

—Bien cocinado, con unas hierbas… no te quejarías. En Allene las tripas de cuervo asadas a fuego lento son un manjar. Mejor que el filete.

—¡Era mi jodida mochila!

—En Allene, que te cague un cuervo da suerte.

—¡Silencio! —Tobias se puso en pie de un salto—. Algo se ha movido a la derecha.

—Probablemente una cabra —murmuró Rate—. Si tenemos suerte, será aquella cabr…

El dragón cayó sobre ellos antes de que pudieran siquiera desenvainar las espadas.

Tan grande como un caballo de tiro, y verde como la podredumbre de un pantano: cieno fétido y enfermizo, una mezcla de mocos, mierda y descomposición. Su piel estaba surcada de cicatrices, como un bordado grotesco, y sus alas, negras, blancas y plateadas, eran pesadas y feroces como cuchillas. El hedor resultaba asfixiante: fuego y ceniza, metal candente, miedo, gozo, dolor. «Hay dragones en el desierto», decían los viejos mapas del antiguo imperio, y ellos se habían reído de aquello. Decían que no, no tan cerca de las grandes ciudades. Que, si alguna vez los hubo, ya no existían. Que se habían desvanecido como el recuerdo de un sueño. Sus dientes se cerraron sobre el brazo de Gulius, enormes e irregulares, mientras sus ojos, afilados como cuchillas, brillaban al girarse con el brazo colgando, sangrante, entre las fauces. Escupió sangre y baba, rugió una vez más y lanzó otra llamarada al tiempo que se alzaba batiendo las alas. Los hombres retrocedieron gritando, con la armadura abrasada y derretida, fundida con la carne calcinada. El olor a carne asada los envolvió. Mejor que el filete.

Gulius seguía con vida, de forma inexplicable, contemplando el muñón sangrante donde antes estaba su brazo derecho. Las patas delanteras del dragón se abatieron sobre él con un golpe seco y demoledor, y un chorro de sangre estalló bajo el impacto. Gulius desapareció. Solo quedó una pequeña mancha roja sobre el verde. Un chillido metálico resonó cuando las garras del monstruo rasparon las piedras ardientes. Gritos. Más gritos. Alas batiendo. El arroyo comenzó a borbotear. Dos hombres estaban dentro intentando apagar el fuego que los devoraba, pero el agua hirviendo les abrasó la cara y ellos también gritaron. Todo era calor. Llamas. Viento seco. Tierra agrietada. Escamas ardientes. El cuerpo del gran lagarto irradiaba como un horno encendido, rugiendo, quemando, matando. Una criatura infernal hecha de fuego vivo y muerte asegurada.

«Vamos a morir», pensó Tobias. «Vamos a morir todos, vamos a morir, joder».

Se encontró junto al chico nuevo, el guapito de Marith, que estaba allí plantado, hipnotizado, con la cara blanca como el pus. Bueno, vale, se lo concedía: no era poca cosa volver al infierno después de pasarte la mañana cavando un hoyo para que tus superiores pudieran cagar en él. Parecía bastante atónito, incluso para él. Aunque no seguiría pareciendo ni guapo ni atónito en unos instantes, cuando el dragón lo abrasara y lo decapitara de un aliento. Si al menos intentara levantar un poco la espada. O se agachara, aunque fuera un poco.

—Por los dioses y demonios, me cago en todo —murmuró Tobias, veterano con diez años a las espaldas y muy pocas cosas capaces de alterarlo.

Alzó la espada con ambas manos y la hundió en el ojo derecho del dragón. El dragón rugió como si una ciudad entera se viniera abajo. Se lanzó de costado, la hoja se le quedó incrustada en la cuenca del ojo. Tobias cayó, medio empujado, medio por impulso propio, y arrastró a Marith consigo.

—¡La espada! —gritó—. ¡Saca tu jodida espada!

Las garras delanteras del dragón golpeaban el aire a pocos centímetros de su rostro, frenéticas. Giraba en círculos, arañándose, la cola y las alas golpeaban a ciegas. Escupía fuego sin control, chillaba, arqueaba el lomo. Por poco se quema a sí mismo, el estúpido cabrón. Dos hombres se encendieron como velas, los cuerpos en llamas; una tercera figura fue alcanzada por la cola y cayó con un chasquido de huesos rotos. Tobias rodó y se incorporó de nuevo, retrocediendo a trompicones. Con el casco torcido, apenas podía ver nada salvo lo que tenía justo delante. Un gran revoltijo de patas de dragón verdes. Se agazapó de nuevo, tratando de prepararse para el impacto de las llamas. Aunque no tenía mucho sentido prepararse para el fuego.

Un hombre se deslizó por debajo de la criatura y le hundió la espada en el costado, desgarrando hacia abajo. La hoja resbaló sobre las escamas, pero alcanzó la parte más blanda del vientre cuando la bestia se irguió. Hundió la espada y la arrastró, rasgando la carne. De la herida brotó sangre negra, seguida de entrañas que se desparramaban, blancas, rojas y viscosas. Era tan bonito como una fuente. Los hombres aullaron, se cubrían el rostro al ser rociados por sangre caliente. El dragón tenía ya dos espadas clavadas en el cuerpo, además de sus propias entrañas colgando, y redoblaba sus chillidos mientras giraba sobre sí mismo, se retorcía y sangraba, embistiendo a ciegas. Los hombres saltaban o caían, apartándose como podían de su camino.

—¡Retiraos! —gritó Tobias—. ¡Atrás, dejadle espacio! ¡Atrás!

Su voz se perdía en el torbellino de ruidos. «Tiene que estar muriéndose», pensó con desesperación. «Será un jodido dragón, pero tiene medio cuerpo abierto y una espada hundida un palmo en la cabeza». Una bocanada de llamas estalló en su dirección. Se lanzó de bruces al suelo. Volvió a encontrarse junto al chico nuevo, Marith.

—¡Distráelo! —le gritó Marith al oído.

—¿Eh…?

Marith se puso en pie de un salto y se lanzó. De pronto, y de forma absurda, el muchacho estaba encaramado a la espalda del monstruo. Se aferraba con desesperación, a punto de caer. Tan pequeño, joder, tan fuera de lugar, que casi resultaba ridículo. Entonces sacó la espada y la clavó hacia abajo. Un estallido de sangre. Marith gritó. Se echó hacia atrás y cayó. El dragón rugió más fuerte que nunca, como si fuera el fin del mundo. Su cuerpo se arqueó, y un chorro de fuego brotó de su garganta. Se desplomó con un alarido. La cola se agitó, se sacudió con violencia, y terminó enroscándose lentamente, en una última convulsión casi patética, casi obscena. El aire se inundó de gemidos, suspiros, y sollozos. Y entonces, por fin, quedó muerto.

Un dragón muerto es una enormidad difícil de imaginar. Tobias lo observó durante un buen rato. Sintió algo parecido al pesar. Era hermoso, a su manera. Salvaje, joder. Nada en su mirada hablaba de razón. Solo de instinto. De una libertad salvaje, y un deleite brutal por matar. Una fuerza inamovible, como una montaña o una nube de tormenta. Una criatura hecha para matar. Pero una muerte hermosa. Imagina decirle eso a la familia de Gulius: «murió luchando contra un dragón. Lo mató un dragón. Un dragón». Como decir que murió luchando contra un dios. En algunos lugares, los dragones eran dioses, o al menos, parientes cercanos de estos.

Alargó la mano y rozó las escamas de color verde oscuro. Eran suaves. Aún estaban calientes. La retiró de inmediato, como si se hubiera quemado. «¿Qué esperabas?», pensó. «Estaba vivo. Era una criatura viva. Claro que está blanda y caliente. Es carne y sangre, joder».

Debería ser piedra. O fuego. O sombra. No tenía sentido que algo así hubiera estado vivo… y ahora simplemente estuviera muerto. Que al tocarlo no se distinguiera de una vaca, un hombre o un perro muerto. Debería ser distinto. Como si el dolor de su muerte debiera ser diferente. Más profundo. Pero le dolía igual que tras una batalla contra hombres. Igual que la última vez que se peleó en una taberna. No debería ser así. Lo volvió a tocar, para asegurarse. Debería deshacerse en polvo, o quizá arder en una llamarada de fragancia y ceniza.

«Si es de carne y hueso», pensó, «va a apestar como mil demonios cuando empiece a pudrirse».

Algo crujió detrás de él. Tobias se giró con el corazón acelerado. ¿Otro dragón? ¿Un demonio? ¿Eltheia la hermosa, desnuda sobre un caballo blanco?

El chico nuevo, Marith, miraba al dragón como quien contempla su propia muerte. A Tobias le recorrió un escalofrío por el cuerpo. Un grito, o un chillido, le zumbaba en los oídos. O tal vez en la mente. Los ojos del chico, hermosos, inmóviles, miraban sin pestañear. La luz parecía haberse retirado del lugar donde yacía el dragón, como si el mundo contuviera el aliento y el cadáver aún pudiera estremecerse, moverse, vivir. Entonces el muchacho suspiró, agotado, se sentó en el polvo y se frotó la cara. Tobias vio el dorso de su mano izquierda: la piel estaba horriblemente quemada.

—Ha estado bastante bien —dijo Tobias al fin.

—Me has dicho que sacara la espada.

—Así es.

Un largo silencio.

—Lo has matado —dijo Tobias.

—Ya estaba muriéndose.

—Has matado a un maldito dragón, chaval.

Una risa amarga.

—No era un dragón muy grande.

—¿Y tú qué sabrás?

No hubo respuesta.

—Lo has matado, chico. De verdad has matado a un jodido dragón. Esa bestia notoriamente invulnerable en cuya existencia nadie creía de verdad… hasta que se comió a su compañero de tienda. Deberías estar satisfecho. Y en cambio estás ahí sentado, con cara de muerto, mientras Rate y los demás intentan poner un poco de orden por aquí —le espetó Tobias. Quería sacudir al muchacho. Quitarle de encima ese abatimiento, esa tristeza que se le pegaba como polvo—. Déjame al menos echarle un vistazo a tu mano.

Aquello pareció, por fin, captar la atención de Marith. Ojeó sus quemaduras.

—¿Esto? En realidad, no me duele.

—¿Que no te duele? Tienes media mano abrasada. ¿Cómo no te va a doler? Ha debido de ser la sangre… creo que quema. Ha destruido mi espada por completo. Y era una buena espada, joder. Tenía un rubí auténtico en la empuñadura y todo. Al tipo al que se la quité también debía de parecerle buena, teniendo en cuenta que tuve que matarlo para quedármela.

Siguió hablando, tratando de acallar el caos en su cabeza. Al fondo, escuchaba una vocecilla que no paraba de gritar «joder joder joder joder».

—La sangre es ácida —dijo Marith distraído—. Y está hirviendo. Una vez muerto, se enfría y se vuelve menos corrosiva.

Se giró de pronto hacia Tobias, como si acabara de comprender algo.

—Tú lo has apuñalado primero. Para rescatarme. Yo no he hecho nada, me he quedado allí quieto.

El chico parecía demasiado joven, frágil y débil. Tenía el cabello como terciopelo rojo y negro, los ojos como seda gris pálida, la piel como leche recién ordeñada y un rostro de una puta de lujo. Con la luz adecuada, probablemente podría pasar por Eltheia la hermosa. De cuello para arriba, al menos.

No sabía cocinar, ni encender un fuego, ni siquiera hervir ni una maldita tetera. Sabía blandir una espada, si alguien se la ponía en la mano… aunque le temblaba cuando la empuñaba. Lloraba por las noches, en su tienda. Emit apostaba diez monedas de hierro a que un día acabaría llorando por su madre. Eltheia la hermosa tal vez habría sido una mejor mercenaria.

—Te has quedado quieto, sí. Como la mayoría de los demás.

Y, por los dioses, sí, ahí venía la típica charla de ánimo del comandante de escuadra, saliendo de él como un torrente. Suéltalo, viejo Tobias, como si al fin pudieras soltar un pedo:

—No te preocupes. Aprende de los errores, hazte más fuerte y todo eso. La próxima vez que nos ataque un dragón devorador de hombres que escupe fuego, estarás hecho un roble, preparado y sabrás exactamente qué hacer.

Marith se estremeció. Se frotó los ojos.

—De verdad, de verdad que me vendría bien una copa.

Tobias se levantó con un suspiro. El chico ni siquiera tenía que pedir las cosas directamente, con un simple cambio en su tono de voz y esos ojos de cordero degollado, conseguía que uno terminara haciéndolo.

—Se supone que no deberías dar órdenes a tu comandante de escuadra, chaval. Y no nos queda licor, si eso es lo que buscas. Hay agua para té, siempre que la saques bien río arriba de… eso. Ya que eres un héroe y todo, iré a buscarte un poco.

Se dirigió al campamento.

—¿Quieres algo de comer ya que voy?

Trataron de comer, beber y poner algo de orden en el campamento, con la esperanza de que alguien con un estómago de hierro pudiera dormir sin que los sueños estuvieran plagados de sangre, vísceras y la imagen de su compañero de tienda derritiéndose como grasa de kebab. El parte final de bajas: Jonar, el hombre que le había abierto el vientre a la bestia, había desaparecido por completo, su cuerpo devorado hasta no dejar rastro; otros cuatro habían muerto, incluyendo a Gulius; uno más se moría tras haberse sumergido en fuego y vapor hirviente. Skie acabó con el último de un solo tajo, decapitándolo. La cabeza, negra y rosada, presentaba un aspecto carbonizado y quebradizo. Otros cuatro estaban gravemente heridos: Tobias sospechaba que al menos dos de ellos tendrían suerte si lograban llegar con vida al amanecer. Un joven llamado Newlin que pertenecía a su escuadra tenía una quemadura en la pierna derecha que apenas le permitía mantenerse en pie. Tobias ya había decidido que lo más compasivo sería acuchillarlo en cuanto tuviera la oportunidad, de lo contrario, seguro que algún otro muchacho acabaría empeorando las cosas al intentarlo.

Solo habían perdido tres hombres en el último año, y casi todos por accidentes desafortunados. ¿Cómo iban a saber que la dulce hija del granjero escondía una hoz de podar bajo la capa? Ni siquiera había puesto mucha resistencia, hasta ese momento. Perder diez era un desastre, y los dejaba peligrosamente cerca de quedarse sin suficientes hombres.

Fue una suerte pésima sentarse a almorzar junto a una roca que parecía un buen refugio y descubrir que detrás había un dragón escondido. Aunque no fuera uno muy grande.

Todavía estaban montando las tiendas cuando apareció Toman, el sirviente de Skie, para informar que Skie quería ver a Marith Matadragones para hablar con él.

—Bienvenida de héroe —dijo Tobias con una sonrisa. Aunque nunca se sabía con Skie. Podría ser que solo quisiera regañar al chico por no haberlo matado antes.

Marith se levantó despacio. En sus ojos había algo parecido al miedo. O quizá dolor. Tobias volvió a estremecerse. El chico estaba de un humor extraño.

Capítulo tres

La tienda de Skie era de un hermoso cuero viejo y bien curtido, muy distinto de los trapos grasientos y malolientes bajo los que dormían los demás hombres. Tenía un repujado con motivos de flores entrelazadas, y aún se conservaban, aquí y allá, los colores de la pintura original, e incluso algunos toques de pan de oro. Marith no tenía dudas de que había sido saqueada de algún sitio. Probablemente parte del pabellón de caza de alguna dama. Aunque esos solían llevar una pequeña banderita enjoyada en la punta. Esta, en cambio, lucía una mano esquelética.

El propio Skie era un hombre menudo y delgado, de aspecto gris, seco y calvo. Llevaba una barba gris desgreñada, que no le habría venido mal afeitar, y una cicatriz le cruzaba el puente de la nariz. Nada en él llamaba especialmente la atención… hasta que se movía, y entonces uno notaba que le faltaba el brazo izquierdo a la altura del codo. Marith bajó la mirada hacia las quemaduras desgarradas de su mano izquierda.

—Así que —dijo Skie, con la mirada fría y fija—, el famoso matadragones. Supongo que todos te debemos la vida.

Indicó a Marith que tomara asiento frente a él, junto a la entrada de la tienda.

—Debo admitir que resultaste mucho más capaz de lo que creí cuando te vi por primera vez. Por curiosidad, ¿cómo supiste dónde apuñalarlo?

—Sé cómo matar dragones.

—Eso no parece discutible. Lo que preguntaba era cómo lo sabías. No es precisamente un conocimiento común.

—Creía que era obvio.

Skie soltó un sonido ambiguo, algo entre un bufido y una risa.

—O eres un mentiroso muy tenaz, o el mayor idiota que he conocido, matadragones. Y ten cuidado con cómo me hablas, muchacho.

Marith bajó la cabeza, incómodo bajo aquella mirada. Esos ojos oscuros se clavaban en él, lo evaluaban, lo ridiculizaban. Era la misma mirada que le dirigía su padre: como si estuviera juzgándolo. Era una mirada condescendiente, desdeñosa. «No me juzgues», pensó con amargura. «Tampoco parece que tú hayas hecho gran cosa con tu vida, si me dejo guiar por tu aspecto».

Había un pequeño libro de cuero en el suelo entre ambos, muy viejo, ajado y rasgado en algunos puntos, con las tapas gruesas de cuero descoloridas hasta adquirir un tono incierto entre marrón, verde y gris. Skie se humedeció los dedos y empezó a hojearlo con cuidado. Parte de la tensión entre ellos se disipó; Marith observó el libro con interés, aspirando el olor húmedo del papel. Entonces, un recuerdo se le impuso con nitidez: él mismo acurrucado en un sillón, rodeado de libros viejos —relatos, poemas, crónicas, libros de viajes—, entregado a esos placeres sencillos, cosas buenas y honestas. Sacudió la cabeza y el recuerdo se desvaneció. «Quizá, al final, la geografía sirva para algo», pensó. Estuvo a punto de reírse del dolor.

Skie hojeó el libro con destreza usando su única mano hasta encontrar la página adecuada. Sacó una pluma y una piedra de tinta de su zurrón. Se llevó la pluma a la lengua antes de empezar.

—¿Qué es eso? —preguntó Marith.

El rostro gris se arrugó en un gesto de enfado.

—No se le hacen preguntas al comandante, muchacho. Recuérdalo bien. Habla cuando se te hable. Si no, calla y obedece. Es un registro de los hechos más notables de la compañía. Batallas ganadas, ciudades saqueadas, ese tipo de cosas. No se ha escrito mucho en él en los últimos años. «Aldea pequeña saqueada, dos ancianos muertos», no es exactamente material de leyenda. La Larga Paz no ha sido amable con gente como nosotros. Pero creo que un dragón y un matadragones merecen ser anotados.

La escritura de Skie era irregular, la caligrafía torpe e insegura, propia de un hombre semianalfabeto. Aunque, pensándolo bien, quizá fuera injusto juzgarlo así; tal vez tenía mérito el simple hecho de saber escribir, y más aún hacerlo con una sola mano. Marith se desesperaba al ver cómo las palabras avanzaban con tanta lentitud por la página.

—Lundra, veintisiete de la Tierra —leyó Skie en voz baja, pronunciando cada palabra con esmero.

Marith apretó los labios al notar el error ortográfico en «Terra».

—Este día, Marith, recién llegado a las filas de la noble Compañía, mató con valentía a un dragón en los desiertos al este de Sorlost. Recompensa: seis peniques de hierro. Debería ser plata, pero no tenemos suministros y tampoco hay nada por aquí donde valga la pena gastar una moneda. —Le dedicó una sonrisa fría al joven—. Desde luego, nada que pudiera interesarte, chaval. Anda, ve con Toman a ver si te da el dinero. Con suerte, puede que hasta te lo dé.

«He matado a un dragón», pensó Marith con amargura mientras regresaba a su tienda. «He matado a un dragón, viejo desagradecido. Deberías estar agradeciéndoselo a todos tus dioses y demonios. No riéndote de mí». Sentía un picor insoportable por todo el cuerpo, como si tuviera la piel al rojo vivo. Se notaba débil, enfermo. Cerró los ojos y respiró hondo. «Cálmate», pensó. «Solo cálmate. Todo irá bien». Cuando los volvió a abrir, la luz era tan intensa que lo dejó momentáneamente ciego. Parpadeó, forzó la vista, se frotó los ojos. «Está bien. Todo irá bien. Irá mejor que antes. Sí, así será».

El paisaje pardo y árido parecía casi irreal. Echó un vistazo al campamento: algunos avivaban las hogueras, otros preparaban más gachas aguadas. Alguien con más suerte que Alxine había atrapado un cuervo, y lo despiezaba para cambiárselo a alguien por té y sal. Dos hombres jugaban a los dados a la sombra de un espino; otros dos discutían acaloradamente sobre el precio de una olla destartalada. Las seis monedas de hierro se le pegaban a la palma. Suspiró y se las guardó en el bolsillo de la chaqueta. En efecto, no había nada en qué gastarlas allí.

Cuando volvió a su tienda, encontró que Alxine, amablemente, le había cortado un trozo de piel del dragón como recuerdo.

Partieron al día siguiente, avanzando con rapidez para poner tanta distancia como fuera posible entre ellos y el cadáver. Con el calor de la mañana, el dragón empezaba a apestar de verdad: un hedor rancio y podrido, seco y penetrante, como metal hervido. Ya atraía cuervos, insectos, incluso un águila del matorral. El suelo a su alrededor estaba salpicado de pequeños cuerpos sin vida.

—Uno pensaría que, con ese olor, tendrían cierta aversión natural —dijo Rate con curiosidad—; en la granja de mi primo, hasta los animales saben que deben mantenerse lejos de la carne en mal estado.

Tobias señaló el paisaje desierto que los rodeaba.

—No es que haya mucho para comer por aquí. Están lo bastante desesperados como para lanzarse sobre cualquier cosa que tenga sangre. Al final, la carne huele a carne, cuando el hambre aprieta. Además —añadió, guiñando un ojo a Marith con una sonrisa—, no creo que hayan visto muchos dragones muertos antes, ya que son notoriamente difíciles de matar.

Durante la noche murieron dos hombres más, víctimas de la simple pero implacable realidad de no poder seguir el ritmo de la tropa. Uno de ellos fue Newlin. Marith sintió cierta lástima por él, sobre todo porque compartían tienda, aunque tal vez había sido lo mejor. Al menos, murió dormido; no llegó a enterarse de nada. Alxine, en cambio, estaba visiblemente afectado; la preocupación ensombrecía su rostro cobrizo.

—Era un camarada —repetía una y otra vez—. Compartimos tienda. Confiaba en nosotros.

—No era un camarada, era un miembro de mi escuadra —replicó Tobias con brusquedad—. Y con la pierna como la tenía, no era más que un lastre. Probablemente habría terminado gangrenándose. Le hicimos un favor.

Cierto. También dejó más espacio libre en la tienda.

A media tarde, al subir una pequeña colina, divisaron un pueblo raquítico: cinco casas apiñadas en torno a un granero central. Era el mayor núcleo de población que habían visto en días. Varios de los hombres vitorearon.

Tras muchas discusiones, Skie envió a un puñado de hombres al pueblo para comprar o intercambiar provisiones. Regresaron con una cabra particularmente escuálida, ya muerta, un saco de cebollas y cinco botellas de barro de buen tamaño llenas de un líquido indeterminado. Como nadie en el pueblo hablaba immish, los últimos quinientos años, al parecer, no habían pasado por allí, y casi nadie fuera del Imperio hablaba más que un literano básico, cuya gramática y sintaxis eran, probablemente, las cosas más complejas que ha concebido el ser humano, la naturaleza exacta de la bebida siguió siendo un misterio. Era parduzca, espumosa y olía a alcohol, así que fue declarada cerveza… pero, a juzgar por su sabor, bien podría haber sido herbicida. Aunque, por lo que Marith pudo ver, bastante suerte habían tenido con conseguir algo, considerando que el grupo de aprovisionamiento se había visto reducido al lenguaje universal de señalarse la barriga y extender unas monedas mientras gritaban «comida» y «dinero» en immio, pernio e incluso aen. Con algo de mala suerte, lo que llevaban en las botellas era algún remedio local para la gripe.

—No podíamos comprar más —les recordó Tobias ante los gruñidos de protesta—. El pueblo está demasiado cerca de Sorlost como para saquearlo sin levantar sospechas. Además, sería un tanto llamativo que intentáramos abastecernos para cuarenta hombres. —Pareció pensar un instante—. Treinta hombres, quiero decir.

La bebida, a la que con generosidad llamaban cerveza, se repartió con cuidado entre los hombres a modo de velatorio improvisado por las víctimas del dragón. Era repugnante, sí, pero sorprendentemente fuerte: el pequeño vaso que Marith se había bebido de un trago le había dejado la cabeza agradablemente entumecida, tras semanas sobreviviendo a base de agua salobre y té. Volvía a sentir picor en los ojos. «Respira», pensó con desesperación. «Todo va bien. Solo respira». Cerró los puños con fuerza y se aferró a la sensación de las uñas clavándose en las palmas. Dolor. Calma. Respirar.

Algo debió de delatarlo, porque un par de hombres se giraron hacia él.

—¿Estás bien, chaval? —preguntó Alxine. Sonaba sinceramente preocupado.

—Estoy bien.

Apretó aún más los puños, dio un largo trago de agua.

—Este chico no soporta el sabor de una cerveza de verdad, eso es todo —dijo Emit.

No debía de ser más de cinco años mayor que Marith. «Un día lo mataré», pensó Marith. «Lo haría ahora mismo, si Skie no me mandara decapitar por ello». Se frotó los ojos de nuevo, esta vez con más fuerza. Dolor. Calma. Respirar. «Todo irá bien. Solo deja de pensar esas cosas».

Rate soltó una carcajada.

—Venga ya, Emit, deja ya lo de la «cerveza de verdad». Esto sabe a meado de burro y lo sabes. La cabra está lista, por si alguien quiere.

—¿Ya no la quiere nadie?

—Esta cabra no se vende ni regalada. Está peor que las gachas.

—Un manjar, en Allene: tripas de cabra asadas a fuego lento.

—No estoy del todo seguro de que eso sean sus tripas… Alxine repartió raciones con toda la elegancia que la situación permitía, sirviéndolas sobre lechos de gachas aguadas, sutilmente perfumadas con cebolla podrida. El sabor era, según opiniones divididas, peor que el de la cerveza.

—Por todos los dioses, imagina vivir aquí —dijo con alegre sarcasmo—. Bebiendo meado de burro y comiendo polla de cabra rancia cada día de tu vida. Al menos nos queda el consuelo de saber que nos espera una muerte rápida y violenta.

—Creo que la cerveza te está volviendo melancólico —dijo Rate—. Menos mal que ya no queda. ¿Alguien se sabe alguna canción de «gracias a todos los dioses por no seguir bebiendo»?

Cosas tan vacías. Inútiles. Y, aun así, eran capaces de vivir con intensidad, incluso con la certeza constante de que iban a morir. Podían vivir, y sentir satisfacción por ello. Marith se levantó y se alejó un poco de los demás, adentrándose en la oscuridad. El aire helado y seco, le raspaba la garganta al respirar. Lo aspiró en grandes bocanadas. Sobre su cabeza, las estrellas ardían como mil ojos ciegos. Dioses. Mujeres hermosas. Almas muertas. La luna creciente. La Dama Blanca. La Boca del Dragón. La Estrella de Fuego.

Hacía mucho que no miraba las estrellas así. Carin y él solían contemplarlas juntos, tumbados sobre la hierba húmeda o la arena mojada de alguna playa, con las manos entrelazadas y el cabello enredado. Carin conocía todos sus nombres. Bajo la luz de las estrellas, su cabello era pálido como ceniza. Y en sus ojos, las estrellas brillaban reflejadas.

—Esa es tu estrella, Marith, y aquella es la mía. ¡Mira! Y ahí está el Gusano, y la Doncella, y la Corona de las Carcajadas, y aquella grande y verde es la Lágrima. ¿La ves?

—La veo.

Girando, titilaba en su campo de visión, un torbellino de luz. Su estrella.

Pero no debía pensar en Carin.

El peso de las estrellas lo oprimía, una infinitud implacable, una presencia abrumadora. Mirarlas era como una muerte, una aniquilación del yo. El gran abismo, abriéndose, sobre todo. La oscuridad. Al final, solo quedaba la oscuridad. La única verdad. Y podía sentirla, como una presión muda bajo su piel. Te conoce. Sabe lo que eres. Miró hacia lo alto, dejando que su mente se vaciara. El desierto estaba en silencio completo. Allí se podía caminar eternamente, hasta enloquecer de sed o de soledad. También se podía vivir en paz, lejos de todo. Bastaba con sentarse a contemplar las estrellas hasta que la mente cediera. O dejarse morir, lentamente, bajo el sol implacable y la arena ardiente. Metió la mano en el bolsillo, donde aún guardaba las seis monedas de hierro. «Ayer maté a un dragón», pensó. La frase lo sostuvo un momento. «Maté a un dragón».

Regresó caminando hacia la hoguera del campamento. Se acomodó en la tienda, echándose la capa por encima antes de recostarse a dormir, mirando una vez más a través del desgarrón en la lona, hacia las estrellas. Los demás seguían junto al fuego, conversando. Escuchaba sus voces sin entenderlas, como en un delirio o un sueño. Había algo extrañamente reconfortante en ello. Como cuando era niño y oía murmullos en la habitación contigua mientras dormía.

Despertó de golpe, sobresaltado por una sensación húmeda en el rostro. Se incorporó bruscamente, desorientado, sin saber por un momento dónde estaba ni por qué tenía la cara mojada. Su agitación despertó a Alxine, que también se incorporó, llevando la mano instintivamente a la espada.

—Soy yo —susurró Marith—. Todo va bien.

Alxine murmuró algo ininteligible, se dio la vuelta y volvió a tumbarse, y luego se sentó de nuevo.

—¿Qué es ese ruido? —susurró, sin poder ocultar la inquietud. Todos estaban en tensión, después del dragón.

—Lluvia. Es lluvia.

—¿Lluvia?

Milagrosamente, estaba lloviendo. Gotas grandes, pesadas, gruesas, de lluvia de verano, cálidas y fragantes, tamborileaban sobre las paredes de la tienda como los cascos de un caballo. Marith se arrastró hacia la salida; se quedó allí, inmóvil, y dejó que el agua le corriera por la cara, empapándole la ropa y el cabello. Ya casi amanecía: el cielo palidecía con la llegada de la luz. Los hombres salían a trompicones de sus tiendas, mirando la lluvia, riendo o maldiciendo mientras el polvo bajo sus pies se transformaba en barro. En la penumbra, velados por una cortina de agua, parecían fantasmas.

De pronto, el agua empezó a correr por un pequeño barranco, mientras arrastraba piedras que repiqueteaban al chocar unas con otras.

Rate salió de su tienda de un salto, y dio un grito de alegría. Se arrodilló junto al arroyo recién formado, se echó agua sobre la cabeza y los hombros, y luego se dejó caer de espaldas, y se empapó el pelo y el torso. Al poco tiempo, salió tiritando por el aire frío, pero con el rostro resplandeciente de limpio. No tardaron en sumarse otros, y el arroyo se convirtió en un hervidero de cuerpos que reían, tiritaban y chapoteaban. Alxine, que había salido a rastras de la tienda protestando por el ruido, los observaba de pie, con una sonrisa.

—¿No vas a bañarte? —le preguntó Marith. Después de haber compartido tienda con él, la idea de ver a Alxine lavándose tenía un atractivo inesperado. La mayor ventaja de que Newlin hubiera muerto era que, al menos, la noche anterior tuvo algo más de espacio entre su cabeza y los pies de Alxine.

—Quizá cuando terminen —dijo Alxine, volvió a meterse bajo la lona y se tumbó envuelto en su capa—. Los pueblos del desierto la llaman «La locura de la lluvia». —Negó con la cabeza—. Nunca pensé que vería a hombres hechos y derechos tan entusiasmados por mojarse.

El sol ascendía, y las plantas empezaban a abrirse en el desierto. Los espinos se desenrollaban lentamente, soltando pequeñas hojas verdes, suaves como las orejas de un gato. Manchas de hierba, áspera y amarillenta, florecían de pronto con pétalos rosados y vivos, con bordes arrugados como seda rasgada. Una bandada de aves de plumaje verde esmeralda descendió a beber y bañarse en los charcos. De la tierra agrietada salían insectos: escarabajos iridiscentes del tamaño de un pulgar, saltamontes amarillentos con enormes ojos marrones. Incluso un par de ranas pequeñas, oscuras, que chapoteaban frenéticamente en las zonas someras del charco.

Marith lo contemplaba todo con asombro. Tanta vida. Tanta vida en aquel lugar muerto. El aire olía a vida. El arroyo cantaba, lleno de vida. El cielo, luminoso y líquido, rebosaba de ella. Sentía una felicidad salvaje y serena en su interior, como cuando era niño y se encaramaba a una roca alta, mirando hacia el mar con los brazos alzados en triunfo.

—Emmna therelen, mesereth meterelethem. Isthereuneth lei.

Isthereuneth hethelenmei lei.

Interethne memestheone memkabest.

Sesesmen hethelenmei lei.

En medio del desierto,

viniste a mí como el agua,

tu rostro me miraba, como el agua.

Mi amor floreció en un instante, como nacen las flores —dijo en voz baja.

—¿Tú qué? —dijo Alxine, sobresaltado, mirándole fijamente—. ¿Qué has dicho?

—Maran Gyste. Los versos iniciales de El Árbol de Plata. Primero la original en literano, luego la traducción del daljian. Me ha parecido apropiado.

—Ah. —Alxine negó con la cabeza. Se quedó pensativo un instante—. Se supone que suena indecente, ¿verdad?

Marith rio.

—Deberías leer lo que viene después.

La luz brillaba a su alrededor, la arena como plata nueva, el aire limpio como el cristal. «Algún día», pensó. «Algún día todo arderá, y ya no quedará vida»

Esa noche, al acampar, Skie ordenó establecer guardias formales y cumplirlas rigurosamente. Hasta entonces no se habían preocupado demasiado por la vigilancia, pues estaban en lo más profundo del desierto; solían dejar a dos o tres hombres a cargo de toda la tropa. Ahora, sin embargo, habría tres turnos de cinco hombres cada uno, y una guardia continua durante las marchas. No se encenderían fuegos, ni siquiera uno pequeño para calentar agua para el té. Solo con eso ya quedaba claro que se aproximaban a su destino. La gran desventaja de hacer campaña en el desierto era que el humo, el fuego, o incluso el reflejo de la luz sobre el metal pulido, podían verse a kilómetros de distancia. Si los descubrían allí, un grupo tan pequeño, serían aniquilados. No había adónde huir, aunque uno corriera: sin agua, un hombre sobrevivía dos días, quizá tres; sin dónde esconderse, sería avistado y perseguido hasta ser capturado. El sonido también se propagaba de forma asombrosa —cualquiera en un radio de treinta kilómetros debió de oír el ataque del dragón como una tormenta—, así que se les ordenó marchar y acampar en silencio casi total, comunicándose por gestos y susurros. A partir de entonces, pasaron un par de noches largas y oscuras. Lo más probable es que muriera en unos días.

A Marith lo sorprendió más de lo que había imaginado la manera tan animada en la que los hombres habían aceptado el nuevo régimen. La noche anterior habían sido un montón de rebeldes que se quejaban del tamaño de sus raciones de cerveza, al son de canciones y bromas, y después se habían puesto a chillar y vitorear en el agua fresca esa mañana, ignorando animados los gritos de enfado de Skie que los advertía de que nadar en un canal provocado por la tormenta era un posible suicidio. Ahora estaban silenciosos, eran disciplinados y no se quejaban de nada. Se dio cuenta por primera vez de que eran soldados curtidos de verdad, y de que seguirían las órdenes de Skie al pie de la letra sin pensárselo dos veces; se dio cuenta de que eran hombres que matarían si Skie se lo ordenara. Le pareció extraño ver algo así en ellos, darse cuenta de algo así, de que había algo que ejercía poder sobre ellos, de que Skie podría llevarlos a donde fuera y ellos obedecerían.

Cenaron unas gachas de avena empapadas en agua fría, a las que habían añadido unos trozos de carne y queso, que no habían mejorado exactamente después de haber estado empapados y que los hubieran secado de nuevo. Bebieron agua fría con unas pocas hojas de té que flotaban para «darle sabor». Era impresionante lo rápido que se podía echar de menos la cabra rancia y la cerveza repugnante. Solo había una tajada de luna, y unas escasas nubes oscurecían las estrellas. Se arrastraron hasta las tiendas en silencio guiándose por el tacto y la memoria, ciegos como pájaros en la oscuridad. Marith se acostó a dormir vestido por no tener que ponerse a batallar para quitarse la ropa; de todas formas, no es que no tuviera práctica durmiendo vestido.

Le costó mucho tiempo quedarse dormido, miraba la noche a través del agujero de la tienda. Oía a Alxine roncar, era un sonido tan hipnótico y sonoro como el latido del corazón. Aparte de eso, había silencio, un horrible silencio vacío roto solamente por algún grito ocasional de alguna criatura nocturna, triste y enfadada y salvaje. Marith se estremeció, le picaban los ojos y la piel. «Cuando lleguemos», pensó de repente, «cuando lleguemos tengo seis peniques de hierro para gastar». Seguro que habría cosas que le pudieran interesar. Ese pensamiento lo consoló, le quitó algo del miedo que tenía. Se quedó tumbado intentando obligarse a dormir antes de que tuviera que levantarse. Probablemente, estaría muerto en cuestión de días, no estaría mal dormir un poco antes.

Debió de quedarse dormido, porque de pronto Tobias estaba en la tienda, despertándolo para el turno del amanecer. Todo estaba sumido en una oscuridad absoluta. Las estrellas habían desaparecido por completo, ocultas por nubes densas. Marith se movió a tientas, desorientado, tratando de ubicarse y salir a rastras de la tienda, pero tropezó con Alxine, que lo maldijo. Salieron al aire frío, intentando ver algo en la oscuridad. A Marith le recordó a cuando, de niño, jugaba a la gallinita ciega, con una gruesa bufanda de terciopelo atada sobre los ojos. Esa claustrofobia de no ver nada, como si estuvieras muerto. Una vez gritó de miedo mientras jugaban, y su hermano se rio de él. Las estrellas siempre le habían dado miedo, pero ahora deseaba que volvieran, aunque fuera solo para poder ver algo, para fingir que había algo allí. Se llevó una mano al bolsillo, buscando aferrarse a la seguridad que había sentido antes. Seis peniques de hierro por gastar. Ahora todo era oscuridad. La oscuridad le oprimía los hombros, lo asfixiaba, lo llamaba, lo conocía. Los ojos le picaban tanto que las manos le temblaron y se arañó la piel de la cara.

Al fin vio la luz asomar por el este, el sol alzándose, mientras el cielo pasaba del negro a un azul profundo y sereno. Por el oeste, las nubes se despejaban, dejando al descubierto las últimas estrellas de la madrugada: la Doncella, el Perro, el Árbol y la Estrella de Fuego, que ardía incluso a plena luz del día. Un sol rosado y tenue iluminó el cielo, como las flores de la hierba delft al abrirse. Marith volvió el rostro hacia él, con las lágrimas rodándole por las mejillas, conmovido por la belleza y por la vida que aún latía en todo.

Tras el desayuno, formaron filas para recibir órdenes, con Skie de pie frente a ellos.

—Ya estamos cerca de la ciudad —dijo.

Tenía el don de hablar en voz baja y aun así hacerse oír con claridad. Una voz hecha para dar órdenes en combate: grave, agradable, un bajo profundo. «Me pregunto si sabrá cantar», pensó Marith.

—Nos quedan un par de días más o menos. Como dije anoche, a partir de ahora va en serio. El desierto es seguro: está prácticamente deshabitado…

—Salvo por un jodido dragón —murmuró Rate.

—No es una zona muy transitada; a cualquiera que se acerque, lo veremos. Pero el desierto termina aquí. Lo que viene ahora son pueblos grandes, villas, tierras cultivadas. Y con ellos, patrullas, milicias locales, soldados en maniobras, gente. Treinta hombres armados no pasan precisamente desapercibidos. Todo esto ya lo sabéis. —Skie asintió con la cabeza—. Ya habéis hecho este tipo de cosas antes. Todos lo hemos hecho.

»Nos vamos a dividir en las distintas escuadras, tomando rutas diferentes. Dejaremos las tiendas aquí. Hubo un coro de vítores a medio camino entre la ironía y la resignación—. Si podemos volver a por ellas, lo haremos. Me gustaría salir por el mismo sitio por donde entramos, y recogerlas. Pero el pago ya incluye dinero para unas nuevas.

»Si os atrapan, estáis solos. Sois un grupo pequeño de jornaleros en busca de trabajo en la ciudad. Campesinos expulsados de sus tierras por un cacique local que aún cree que las calles del Imperio Dorado están pavimentadas de oro. Ladrones, asesinos, o malditos músicos errantes, por lo que a mí respecta. Lo importante es que estáis solos y no sabéis nada de ningún otro grupo de hombres en los caminos. ¿Entendido?

Los hombres asintieron, murmurando en señal de conformidad. Skie los despidió y regresó a su tienda, haciendo una seña a los jefes de escuadra para que se reunieran con él. Después se pusieron a clasificar y guardar el equipo, organizando pequeñas mochilas de viaje, realizando las últimas compraventas, cambios y trueques de objetos sueltos. Se excavó una gran fosa en la arena. La cubrieron con las lonas de las tiendas, y luego colocaron cuidadosamente los mástiles encima. La tienda de Skie, con su escaso contenido, fue lo último que añadieron antes de cubrirla con otra lona y una última capa de arena. Encima se colocó una piedra como señal.

«Parece una tumba», pensó Marith.

—No volveremos a recogerlo, claro está —dijo Alxine alegremente—. Y aunque lo hiciéramos, seguro que algún cabrón ya habrá movido la piedra. Pero al menos, te consuela fingir que podríamos regresar a por las cosas en cualquier momento.

Comenzaron a alejarse, diminutos frente a la inmensidad del desierto, y avanzaron hacia las tierras de cultivo, las villas, los campos y las casas: el mundo humano.