La dama de fuego - María Lorena Salinas - E-Book

La dama de fuego E-Book

María Lorena Salinas

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Beschreibung

Londres, 1807. Anne Fitzgerald, una joven irlandesa de cuna noble, es obligada a exiliarse a América, para escapar de la codiciosa familia de su padre. Zarpó en un barco junto a su madrina y la criada, rumbo a la convulsionada Buenos Aires. Mientras tanto, Jaques Rondeau, un navegante escocés con patente de corso, recorre el mundo comercializando su whisky. La fuerza de la naturaleza hará que estos dos barcos amarren en la misma isla. La joven dama de fuego cambiará su corazón y sus planes. Cuando parecía que la unión entre ellos era indisoluble, una serie de acontecimientos los llevará a separarse. Pero el destino da muchas vueltas y siempre vuelve al mismo lugar.

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Seitenzahl: 194

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Salinas, Maria Lorena

La dama de fuego / Maria Lorena Salinas. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

176 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-829-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Salinas, Maria Lorena

© 2021. Tinta Libre Ediciones

la dama de fuego

Lorena Salinas

Capítulo I

Bermond, Condado de Cork, invierno de 1790. Una nevisca temprana sorprendió a los vecinos de esa tierra irlandesa. La galera se detuvo frente a la casa de los Russell sobre la costa del río Lee. Alis entró casi corriendo, se sacó el sombrero que le cubría la mitad de su cara, lo sacudió para sacarle los pocos copos que quedaban y los bucles colorados cayeron indiscretos e intempestuosos sobre sus hombros, lo que provocó un escalofrío en su espalda. Ian no pudo articular palabra, los gestos hablaban por él. Eliana Russell se le acercó y lo tomó del brazo para presentarle a su mejor amiga.

—Alis Conwy —dijo Eliana al tiempo que giró la cabeza y agregó—. Su merced Ian Fitzgerald, vizconde de Desmond, del castillo de Kinsale.

Ian le tomó la mano y se la besó acompañando el gesto con esos ojos verdes que no podían escapar del asombro. Alis, con una pequeña inclinación a modo de reverencia, devolvió sonrojada el saludo. Ese contacto le había quemado la mano. A Ian Fitzgerald, un caballero seguro de sí mismo, altanero, se le había derrumbado la coraza. De repente se sintió desprotegido, desnudo ante esa mirada de ojos azules que emanaba una profunda dulzura y había despertado en el vizconde una pasión desconocida, sentimientos de idolatría y deseos de protección.

Ian se había casado con la viuda Elisa Harlington en un matrimonio por conveniencia. Problemas económicos doblegaron sus deseos para salvar de la ruina a la casa Desmond. Elisa, viuda de un comerciante próspero, tenía un hijo, George, de quince años. El matrimonio se había realizado pasados dos años de la muerte de su esposo, como lo indicaba el riguroso luto. Esta unión fue un negocio conveniente para ambos: Elisa procuraba posición en la nobleza irlandesa e Ian necesitaba los recursos económicos para mantener ese título, puesto que existía una cláusula por la que no tendría derecho a disponer de todos sus bienes si no presentaba ante sus albaceas el certificado de matrimonio.

Ian se obsesionó con Alis. No lograba contener sus ansias de cortejarla, a veces poniendo en duda la honra de la muchacha. Las visitas entre ambos se hacían cada vez más frecuentes. Ella se paseaba por el jardín de su casa en Bermond esperando con ansias su llegada y, al caer el sol, Ian dejaba su caballo y corría a su lado, agitado, cargado de emociones, para desarmarse en sus brazos que se le presentaban como un bálsamo y, así, se amaban… Esta alegría lo ayudaba a olvidar la falsedad de su matrimonio. Su corazón, hasta la llegada de Alis, había estado vacío. Él no contaba con el cariño ni el respeto de su esposa y su hijastro ignoraba y despreciaba sus atenciones.

Gran felicidad le provocó saber que Alis estaba esperando un hijo suyo. Las tardes en su compañía hacían más largo y penoso el retorno a la casa familiar. Elisa ignoraba convenientemente las desapariciones de su esposo y ocupaba su tiempo en la organización de fastuosas tertulias y reuniones sociales para pavonear su título consorte y aparentar entre sus amistades un matrimonio feliz que, sin embargo, era objeto de más de una comidilla en el condado.

Bermond, caluroso 17 de junio de 1792, siete de la tarde. Se avecinaba una tormenta. Ian llegó sin aire y acalorado luego del mensaje enviado por la criada de Alis, la negra Ignacia —que sabía leer y escribir, aunque con una letra casi ininteligible—, en el que le decía: “Llegó la hora”.

En la casa Bermond situada en la colina, luego de su llegada, la tormenta despertó con toda su furia y el arribo del doctor Watson se imposibilitaba, el camino se había enlodado y hacía imposible cualquier acceso. Ian corrió hacia el vestíbulo, desde donde se escuchaban los gritos desgarradores de Alis y la voz impaciente y asustada de Ignacia.

—¡Vamos, mi niña, haz un esfuerzo, otro más…! —repetía la criada.

Ian se precipitó a la entrada del dormitorio e Ignacia lo detuvo antes de ingresar.

—Es un parto difícil —explicó—, el bebé viene torcido, el doctor no ha llegado aún y mi niña tiene pocas fuerzas, ya ha perdido mucha sangre…

Una hora después de un enorme tormento, se escuchó el llanto que alivió el corazón de Ian.

—¡Es una niña, bella como su madre! —Se escuchaban los gritos de Ignacia.

Fitzgerald entró en la habitación y la negra le puso a la niña en sus brazos. Él, a pesar de sus manos inexpertas, sintió toda su fortaleza y seguridad para cargar ese tesoro. La niña de ojos azul turquesa y piel rosada, lo que denotaba su ascendencia irlandesa, lo miraba. Eso a él le acarició el alma…

Se acercó a Alis que lucía pálida, demacrada y sin fuerzas, con su hija en brazos y al oído le dijo:

—Alis, mi amada, te daría el mundo si pudiera, para compensar este regalo. Esta niña será un bálsamo en mi historia.

—Se llamará Anne —dijo la negra—. Ese es el deseo de mi niña.

—Pues, será Anne Fitzgerald —agregó él y una sonrisa débil apareció en la comisura de los labios de la moribunda madre.

—Anne, heredarás mi sangre y mi nombre. No podré darte una cuna noble, hija del amor y de mi cobardía.

Horas después, Alis no volvería a despertar. Su hija vivió quince años en plenitud, con la contención de Ignacia, la educación de Eliana Russell y las visitas esporádicas de su padre. Tuvo una educación ejemplar, literatura inglesa, música, matemática, filosofía, idiomas y artes plásticas y culinarias que aprendía en sus ratos libres con Ignacia, pero siempre aislada en su hogar, presa de la inseguridad de su padre, ya que él había sucumbido a sus deseos, pero no soportaría el descrédito que le acarrearía el hecho de tener una hija bastarda. Aunque le haya dado su apellido

Elisa, a sabiendas del amorío de su esposo y de la existencia de una hija, había amenazado con destruir su buen nombre, lo que conllevaría perder el título y la fortuna adquirida del tráfico y comercio marítimo del que se había hecho cargo al casarse con la viuda; también sus propios bienes, que se sostenían por el matrimonio, como lo especificaba la cláusula del testamento de su padre y dejaba a la familia del condado de Desmond en la ruina social y económica. Por exigencia de su esposa y de su hijastro, George Brighton, debía internar en un convento a su amada hija Anne.

George, un hombre de treinta años, mujeriego y jugador, había sido criado en la opulencia. Por su aspecto desgarbado y un prominente abdomen, parecía mayor. La vida nocturna y los excesos habían hecho estragos en su persona, no tenía el respeto de sus pares, salvo el de los “amigos” que se le acercaban por su dinero para disfrutar de fiestas y juergas. Jamás consiguió el amor de Ian, porque había evitado todo contacto con su padrastro y solamente usó ese vínculo cuando necesitó escalar en la sociedad. Había persuadido a su madre con constantes berrinches y amenazas de abandono, debería hacer desaparecer a la otra Fitzgerald. No estaba dispuesto y no podría soportar la idea de repartir parte de su herencia y título con la hija natural de su padrastro.

Ian, desesperado, condenó al exilio a su niña de quince años con la negra Ignacia y su madrina Eliana Russell. Las envió con una dote muy importante a instalarse en otro lugar, aunque rodeadas de buenas influencias. Le entregó a su hija una carta y una llave con el escudo Desmond, formado por un casco de armadura y una cruz roja que lo atravesaba. Eliana recibió la misiva, lacrada con el sello familiar y se la entregó a su ahijada y protegida. Para Eliana, Anne era como su hija.

La señorita Russell seguía soltera, se consideraba mayor para formar familia. Sentía que Dios le había concedido a Anne como hija y a Ignacia como compañera fiel. Ignacia era hija de Fajú, una esclava de la que se apiadó y compró Eduard Conwy cuando la vio llegar en un cargamento de esclavos recién arribado desde África. La mirada temerosa de Fajú, acuclillada y engrillada, con la espalda curtida por los latigazos, además de embarazada, había despertado la conmiseración del padre de Alis. Eduard era un alma buena y Fajú intuyó, por su percepción cercana a la brujería, que nada debía temer.

Partieron las tres sin mirar atrás, llevando consigo la esencia y los años en esas tierras. Viajaron con otros pasajeros cerca de un mes, en carretas, desde Cork hasta Dublín para el Mar de Irlanda y desde allí acercarse a la costa británica y andar otros caminos escarpados hasta llegar a Londres desde donde, finalmente, tomarían un barco que las llevaría a América.

En el Puerto de Docklands, al sudeste de la ciudad de Londres, existía desde 1802, una construcción que consistía en un sistema de dársenas creadas por la expansión comercial. La primera fue la West India, le siguió la London y en 1805 la East India, y finalmente se construyó el Surrey, un puerto comercial con mucho tráfico y en constante movimiento. En junio de 1807, en ese puerto, un día de cielo plomizo y una bruma espesa cubierta de olores y personas con sus miserias a cuestas que pedían comida y disputaban con roedores restos de ellas, en ese escenario desconocido e intimidante, esperaban las tres mujeres frente al barco de tres palos con aparejos, velas cuadradas y tres cubiertas artilladas.

La voz del contramaestre anunciaba el abordaje y recibía los pasajes en mano con una inclinación de cabeza hacia las damas mostrando agrado y, a la vez, desconcierto al verlas sin la compañía de un caballero. Era un barco muy grande y lo abordaron con sentimientos de abandono y exilio, pero con esperanzas de un futuro prometedor en otro continente. Todo en el barco les llamaba la atención. Robinson, el contramaestre, las condujo al camarote. El mismo no era muy grande, lo que produjo en Anne cierta desazón. El encierro y el largo viaje le generaban algo que no podía describir, pero su mayor preocupación apareció al observar en el lugar solo dos camas.

—Mi criada, ¿dónde dormirá? —preguntó curiosa.

—No se preocupe, señorita… —esbozó el hombre.

—Fitzgerald… —agregó ella, con una mueca de impaciencia. El hombre continuó.

—Ella tiene un lugar en las barracas de abajo, con los demás esclavos.

Los ojos de Eliana y de Anne parecían saltarse de sus órbitas.

—Usted parece no haber comprendido. Hemos pagado tres pasajes, por lo que exijo una buena ubicación para ella —Y señaló a Ignacia—. Ella viene con nosotras, ¿entendió?

La demostración de enojo le hizo fruncir el ceño y las mejillas moradas dieron muestra del mal genio de la joven.

—Le ruego me disculpe, no quiero importunarlas. Estamos completos, no tenemos más camarotes disponibles, pero sí voluntad para solucionar el inconveniente. Pediré que agreguen un catre ahora mismo.

Anne aflojó la mordida en sus labios, que ya había hecho sangrar, y le dijo:

—¡Está bien! ¡Aun así, es mejor que en las barracas, pero esto no va a quedar así! ¡El capitán me va a escuchar!

—No se preocupe, señorita Fitzgerald —agregó el hombre, procurando no equivocarse.

—Esta noche, a las 18 hs., las espera para cenar con los demás pasajeros.

Anne, inquieta como un león enjaulado, daba vueltas tropezando con los grandes baúles y cuando se acercaba a la pequeña ventana, desde donde se observaba el oleaje del mar del norte, su cabeza golpeaba con el techo que bajaba hacia el extremo. Esto denotaba su estatura, alta y esbelta.

Ignacia ayudó a las damas a acicalarse para la cena con el capitán. Eliana, con sus cuarenta años, tenía una bella cabellera negra, larga hasta la cintura, unos ojos verdes rasgados que parecían de ascendencia árabe y una piel blanca como el mármol. El vestido de terciopelo verde, ceñido a su cintura por el corsé, y el amplio escote que permitía realzar sus pechos, hacían que el pequeño espejo le devolviera una muy agradable imagen. Anne acababa de cumplir dieciséis años. Era dueña de una exuberante belleza y las pecas le imprimían un dejo de inocencia. Esas pecas eran fruto de hacer caso omiso a los cuidados de su criada para que se pusiera el sombrero y que el sol del mediodía no dañara su piel rosa, de la que sobresalían algunas venitas indiscretas. El cabello, como el de su madre, rojo y desobediente caía en cascada de bucles sobre sus hombros.

Llegaron cinco minutos antes de la hora convenida, movidas por la puntualidad inglesa. Ingresaron al salón luego de que un marinero se lo indicara con una inclinación de cuerpo hacia adelante. Un hombre de gran prestancia, de unos cincuenta años, cabellos canos y vestido de impecable uniforme, salió a recibirlas.

—Señora, señorita, permítanme presentarme. Soy el Capitán Jack Rousseau y es un placer recibirlas en este barco. Deseo que todo sea de su agrado.

Ante esa palabra “agrado”, Eliana observó en la cara de su ahijada un gesto contrariado, pero con un oportuno pisotón salvó el momento y al unísono agradecieron la invitación. Recorrieron el imponente salón con la mirada y se acercaron para saludar a los demás invitados, un grupo conformado por otros pasajeros y algunos tripulantes: el coronel Jacinto Juárez, del ejército de Cádiz; la familia Thomson, compuesta por Juan y su esposa Leila con sus pequeños Juana y Andrés, quienes volvían a Boston luego de realizar unos muy redituables negocios con los ingleses, y, al final de la mesa, el doctor Peter Jenner. Los caballeros, al verlas, se levantaron de sus sillas para saludarlas. Era una mesa larga, de madera pesada con tablones anchos y agrietados amurada al piso. Coronaba el inmenso salón una araña con velas de aceite de colza.

La cena estuvo exquisita y el ambiente cálido y distendido por la conversación agradable, lo que hizo que todos disfrutaran de una gran velada. Anne observaba las miradas que el coronel le dirigía a su madrina y la forma en que, con un inglés simple pero cuidado, se esforzaba en captar la atención de la mujer. Terminada la cena, ofrecieron un té delicioso con un aroma muy fuerte, lo que motivó a Anne a preguntarle al capitán si ese aroma era el que se sentía por todo el barco y más esa noche en que se levantaba una pequeña brisa. El capitán, con una pícara sonrisa, le explicó.

—El barco es un transporte de carga y el cargamento es de carbón, turba, lignito y hulla grasa, que se destila para gas de alumbrado, todo eso extraído de las minas del sur de Escocia e Inglaterra y, por supuesto, ese aroma que nos trae la brisa es de varias toneladas que llevamos en las bodegas —dijo y para sí recordó con una sonrisa burlona el Motín del té, que se había llevado a cabo hacía veinte años en la ciudad de Boston y por lo cual se arrojó al mar todo un cargamento.

Fue un acto de protesta de los colonos americanos contra Gran Bretaña, que había gravado las importaciones a la metrópoli de varios productos, incluido el té, con el objetivo de beneficiar a la Compañía Británica de las Indias Orientales. Por esta razón comenzaron a comprarle el té a Holanda.

Al terminar la velada, el coronel Juárez las acompañó al camarote. Se encontraban un poco mareadas por el movimiento del barco.

Capítulo II

Jacques Rondeau, pensativo y aletargado, observaba el horizonte con sus codos apoyados sobre la rueda del timón. Viajaba en el tiempo, más allá de sus millas náuticas. El mar se mostraba calmo.

—Ocho reales por esos pensamientos —anunció Buba y se acercó por detrás apoyando la mano en el hombro de Jacques.

—No es necesario —respondió el capitán con una forzada sonrisa melancólica—, no debes tirar tu dinero. Ya conoces mis pensamientos desde que nací, no puedo ocultarte nada, Buba, viejo zorro y compañero. No te puedo mentir… me pesa la soledad… me pesa arrastrarla por las noches y levantarla por las mañanas…

—¡Ey, ey! ¿Qué dices! —se sorprendió Buba—. ¿Solo? Mira a tu alrededor, aquí estamos… a vuestra entera disposición —lo dijo con solemnidad disfrazada y el capitán se rio a carcajadas. Había confianza entre ellos.

—¡Vamos, Jacques, no digas sandeces! ¡Abre tus ojos, con solo pestañar nos tienes a todos a tu lado! Giuseppe, Ramón, la negra Tomasa… ¿Qué hubiera sido de Giuseppe, ese chiquillo ratero, si no lo hubieras recogido en Florencia luego del golpe tremendo que recibió al caer de un balcón con utensilios robados? Seguramente estaría en una cárcel. El oficial lo quería atrapar y llegaste a tiempo para esconderlo detrás de un cargamento de cebollas. Estaba maltrecho, el pobre inútil, ¡qué olor tenía…! ¡Ni con baldazos de agua fría y cepillo se iba el hedor a cebollas que tenía… je, je, je…!

» Ramón, algún día, va a poder decir una frase completa. Po, por, que, que… ¡Sí…! ¡No te rías, Jacques…! Cuando diga “capitán” sin tartamudear, prometiste ascenderlo a marinero de segunda. Es fiel como un perrito faldero y más rápido en el trabajo que con las palabras. ¿Y la negra Tomasa…? Esa mujer besa el suelo donde pisas. ¿Podrías vivir sin sus guisados…? ¡Claro…! Ella, a juzgar por sus redondeces, tampoco… No olvides que a tu familia hace tiempo que no la ves, no tienen noticias tuyas. ¿Cuánto tiempo que no ves a tu madre? No sabes nada de ella. Podrías enviarle una carta, hacerle saber que estás vivo… Deberías desembarcar un día de estos, poner los pies en la tierra.

Buba seguía hablando e intentaba sacarlo de ese estado de melancolía. Este fiel servidor había nacido en un pequeño pueblo de la India, tenía cincuenta años, una contextura maciza e imponente, intimidante, con el corazón noble y leal hacia la familia Rondeau. Había comenzado a trabajar para Jean, el padre de Jacques, hacía muchos años, toda su vida.

—Bueno, bueno… te dejo para que sigas viajando. Voy a controlar a este par de inútiles y recuerda lo que te dije: ¡Pon los pies sobre la tierra y al corazón, regálalo, alguna vez!

Los pensamientos de Jacques volaron y recordaba a su abuelo, William Graham, cuando le contaba historias y desventuras de su bisabuelo, el primer marqués de Montrose, James Graham, un noble militar escocés y jefe del clan. Este se había unido, inicialmente, al bando de los covenaters o covenats (movimiento religioso integrado por seguidores del presbiterianismo) y había luchado en la Guerra de los Tres Reinos (guerras civiles disputadas en Escocia, Irlanda e Inglaterra) y, posteriormente, intervino en el desarrollo de la Revolución Inglesa con apoyo al rey Carlos I. También dirigió una campaña como capitán general en Escocia contra su enemigo personal, el marqués de Argyll del clan Campbell, y en el verano de 1645, en Philiphaug, fue derrotado por superioridad numérica.

Los captores del marqués de Montrose lo habían trasladado al sur de Inverness y Dundee, precedido por un heraldo que proclamaba: “Aquí viene James Graham, traidor a la patria”. Iba sentado en un caballo de tiro, una fría tarde de mayo, ante una gran multitud de personas. Dos días después fue llevado al parlamento a escuchar su sentencia de muerte.

El día de la sentencia, se peinó cuidadosamente su larga cabellera por lo que se ganó el reto de unos de los teólogos puritanos por poner tanta atención en su aspecto en un momento así.

—Mi cabeza sigue siendo mía —respondió Graham y agregó—. Esta noche, cuando sea de ustedes, trátenla como les plazca.

A las dos de la tarde fue llevado a pie por la Calle Mayor hasta la Cruz Mercat, donde la horca había sido erigida sobre una plataforma. El condenado se vistió con su mejor uniforme de encaje y color escarlata, guantes blancos, medias de seda, zapatos con cintas y el sombrero en la mano. Tenía treinta y siete años de edad. Sus últimas palabras fueron: “Dios tenga misericordia de esta tierra de afligidos”. Las lágrimas corrieron por el rostro del verdugo.

El cuerpo estuvo colgado durante tres horas, luego fue desmembrado para exhibir sus miembros públicamente en Stirling, Aberdeen, Perth y Glasgow, y la cabeza, cortada y colgada en la cárcel municipal, donde permaneció en descomposición durante once años, cuando la cabeza de Argyll tomó su lugar.

El abuelo materno, William Graham II, duque de Montrose, era un hombre sereno y pacífico. La antítesis de su antecesor. Llevaba su título con orgullo y humildad. Era descendiente de Fernando I de León y Castilla.

Los Graham de Montrose poseían vastas tierras fértiles para la cría de ganado y la agricultura. William multiplicó sus bienes porque poseía habilidad para los negocios. Era un trabajador incansable y decía que la abuela Caroline llevaba guantes, no porque lo dictara la moda, sino porque sus manos se veían feas de tanto trabajar la tierra, aunque a la noche se las lavara con azúcar y aceite. El sistema Norfolk había sido implementado por él. Consistía en hacer rotación de los cultivos de manera que la tierra no quedara ociosa; eliminó el barbecho, es decir, ya no se dejaba reposar la tierra por varios ciclos vegetativos y al ganado se lo empezó a alimentar con forrajes en establos de modo que la tierra resultó, en todo sentido, productiva. Los sembrados de trigo, cebada y centeno no fueron solo eso, con la posterior cosecha se instaló la primera destilería de whisky escocés. El gobierno, al alertarse de los dividendos que generaba la bebida, comenzó a gravarla con costosos impuestos, lo que desencadenó la proliferación de destilerías ilegales y el consecuente contrabando.

¿Quién era Caroline Montagu? Era la abuela de Jacques. Al duque de Montrose le había robado el corazón, se casó con ella y trabajó a su lado hasta el día de su muerte. Sí, esa muchacha que caminaba absorta con su libro, fascinada con la historia que Marie de Gournay contaba en esa novela, se le cruzó en el camino. Un fuerte golpe la había lanzado a la calle y William saltó de su caballo para socorrer a esa hermosa mujer que con su vestido blanco enlodado yacía tendida en el piso. William pensó que era un ángel caído del cielo hasta que ella abrió la boca y enojada comenzó a gritar.

—¡¡¡Mon livre, mon livre, sauvage, a fait a ruiné mon livre!!!

Al día siguiente, Graham envió un mensajero con la colección de Gournay y una nota que decía: “Tendrá una biblioteca a su disposición si me regala una mirada. Suyo, W. G.”, y llevaba el sello de Montrose.

Jacques reía al recordar las historias de sus ancestros, pero un baldazo en sus botas lo hizo regresar de su viaje y lo trajo nuevamente al barco.

—¡Eyyyyy, Giuseppe…! —gritó ofuscado.

—Perdón, mi amo, usted sabe que soy algo inútil… —esbozó el muchacho.

Refunfuñando, Rondeau se fue a su camarote y se tiró sobre la cama. Al escuchar el taconeo, Telma corrió a sacarle las botas que sobresalían de las columnas adornadas al pie de la cama. Tironeó y cayó de espaldas, lo que provocó una sonora carcajada en Jacques.

—Bueno, señor. Veo que, además de las botas, le saqué una sonrisa —dijo la mujer.

Él la tomó de la cintura y la atrajo a la cama. Con Telma no había secretos, ni preguntas. Era una amante bien instruida en las necesidades de un hombre, una compañera de viaje y de malos ratos. Esa noche se durmió cansado, pensando en sus padres y en las palabras de Buba acerca de la posibilidad de regresar.

Capítulo III