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Lucía Mendizábal es una joven de 27 años, veterinaria, que vive en Buenos Aires. Dolida por un desengaño amoroso, decide viajar y refugiarse en Bari, para olvidar y comenzar una nueva vida en la Italia de su madre y de su abuela. Allí conocerá a Franco De Lucca, un viudo viticultor, quien le tiene reservada una nueva oportunidad en el amor. Con él descubrirá nuevas sensaciones y emociones. Mientras tanto, ella consigue trabajo en su profesión, lo que le permite instalarse y olvidar los malos recuerdos del pasado. Todo iba de mil maravillas, hasta que el destino le juega una mala pasada. Conocerá el infierno y luchará para recuperar la potestad de su alma y de su cuerpo. ¿Logrará recuperar su dignidad y volver a empezar? ¿Podrá reconquistar la felicidad, sanando sus heridas y apostando al futuro? Deberá enfrentar sus más grandes temores, para volver a nacer.
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Seitenzahl: 195
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Salinas, Maria Lorena
Lucía : los lobos andan sueltos / Maria Lorena Salinas. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
188 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-882-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Salinas, Maria Lorena
© 2021. Tinta Libre Ediciones
LucíaLos lobos andan sueltos
Capítulo 1
Un pozo de aire me despertó, me estiré y mis huesos comenzaron a sonar. Había embarcado en Ezeiza rumbo a lo que, en realidad, sería el principio de mi verdadero viaje.
Todavía aletargada por el sueño, caigo en la cuenta de que me faltaba aún la mitad del recorrido. El vuelo me llevaba a Bari pero mi primera escala sería en Roma a donde esperaría unas horas en el aeropuerto de Fiumicino.
Mi destino final o el inicio de mi viaje era la casa de mi abuela. Mi escondite, en el mejor de los sentidos…
Mis recuerdos de momentos felices siempre se dirigían allí, por eso mis deseos de volver a ese lugar.
No había probado bocado. Escuché a la azafata cuando le preguntó al pasajero de al lado si yo era su acompañante para dejarme la bandeja. Él, en un susurro respondió que, al parecer, viajaba sola. Yo, Lucía Mendizábal, en ese momento tuve ganas de gritar fuerte: ¡Mejor sola que mal acompañada!
Hacía tres años que era “la novia de”, “la futura esposa de” … Usaba la preposición “de” porque, de alguna manera me indicaba que no estaba sola. Ahora solo me acompañaban las pesadillas y los malos recuerdos.
Esteban… ¡Qué gran estafa! Había comprado todas las palabras, los besos, las promesas y proyectos de una vida juntos. Los recuerdos recientes volvían insistentes a mi mente, a cada rato, en cada momento de soledad, de intentos de meditación…
Faltaban unos días para nuestra boda. Agotada, luego de suturar una herida en la pata de un labrador, me dirigí a su estudio. Quería sorprenderlo con una invitación al cine, pues tenía ganas de ver esa película de Robert de Niro que me habían recomendado. Ya era la hora en que solía terminar con su trabajo y cerraba su estudio. La sorpresa fue mía…
¡Lucía, no es lo que piensas! ¡No imagines cosas que no son!
Esas frases retumbaron en mi cabeza. Mi mirada, llena de indignación e incredulidad a la vez, esperaba que mi cerebro me enviara una señal de que no estaba viendo lo que en realidad veía. En el fondo me negaba a entender y a aceptar.
La escena en la que aparecía Paula Torres, mi amiga y compañera de primaria, prendiéndose el corpiño de espaldas a la puerta de la oficina fue tan fuerte que no podía olvidarla, aunque yo hacía esfuerzos por borrarla de mi retina y de mi vida. Por el contrario, una sucesión de recuerdos se disparaba en mi cabeza y trataba de analizar cada momento que habíamos compartido los tres juntos, sin darme cuenta de lo que existía entre ellos. ¡Qué estúpida!
El dinero que habíamos ahorrado para nuestra soñada luna de miel intentaría compensar el daño sufrido y serviría para ejecutar mi plan de escape.
La casa de mi Nonna, en Bari, estaba cerrada desde su fallecimiento, hacía diez años. Mi madre, desde el funeral no había querido volver. Carmela, su vecina, era la encargada de limpiarla una vez al mes y su hijo, Francesco, cortaba el pasto y cuidaba la huerta de la Nonna que tanto amaba, la que ella sembraba y cosechaba con sus propias manos. Siempre en cuclillas, tocando la tierra y agradeciéndole por brindarnos el alimento.
Mi mente regresó al vuelo de Aerolíneas Argentinas cuando el señor de al lado me pidió permiso para salir al baño. Yo había reservado en el pasillo para ahorrarme tener que molestar a alguien cuando quisiera levantarme. Era un viaje largo y estaba inventándome excusas y fingiendo dormir, para no hablar con nadie.
El hecho de hacer un resumen de mi autobiografía me molestaba porque tendría que suprimir el capítulo “Esteban “y aún no estaba lista para sacarlo de mi contexto y me estaba costando mucho borrarlo de mi corazón.
A las seis de la tarde arribé al aeropuerto de Palese, en Bari. Era un día caluroso, pero la brisa del Adriático acariciaba mi rostro y la sensación era muy placentera.
El chofer, muy charlatán, en italiano y en un dialecto que hablan los lugareños, me explicaba sobre cada rincón por el que pasábamos. Pasadizos empedrados rodeados de casas blancuzcas y bajas custodiaban y estrechaban las callecitas invadidas por coloridos balcones.
El taxi se detuvo frente al zaguán azul, el chofer bajó mis maletas y, a modo de saludo, se despidió levantando su boina negra.
Un ángel de bronce colgaba en el centro de la puerta. Parada allí, pensé «Mi vida no ha terminado aún, está por empezar».
Luego golpeé e inmediatamente se escuchó un alboroto desde el interior de la casa.
—¡La ragazza Lucía!
Carmela abrió la puerta y sus brazos de igual manera.
—¡La mía ragazza come sua madre! Benvenuta a casa, e preparano un rico stufato.
Francesco corría detrás de su madre y, en un solo viaje, cargó todas mis maletas.
—¡Ven, ven, niña, te llevaré a la habitación de la Nonna!
Cuando la nombró, noté que se persignó. Hubiera deseado que la Nonna Angélica me esperara con el estofado y un abrazo para consolarme.
Carmela vivía desde su nacimiento en la casa de al lado. En esa casa creció su abuelo, su padre y ahora su hijo de veinte años. Con su cabello encanecido y sus ojos verdes cansados, pero llenos de alegría, era un verdadero torbellino. Siempre hablaba en un tono muy alto y reía a carcajadas permanentemente.
Francesco, su único hijo, era su sombra y fiel compañero, ahora, ya un hombre, ayudaba a su madre. Trabajaba de albañil y cuidaba del jardín de la Nonna.
La habitación estaba tal como yo la recordaba. Las paredes pintadas a la cal con unas guardas en azul y detalles de caracoles y estrellas de mar cortaban la mitad de la pared.
La cama de dos plazas de la Nonna Angélica conservaba el colchón de lana. La cabecera de hierro estaba adornada con angelitos de todos los tamaños y frente a la cama, la cómoda con un espejo ovalado de color blanco, en el que se encontraba prendida la última foto que me había tomado con ella cuando yo tenía quince años.
Allí me quedé, sentada frente al espejo hasta que la voz de Carmela me sacó del ensimismamiento y sentí el aroma que venía de la cocina. Fui al baño a lavarme las manos y la cara. Al abrir el grifo de cobre, las cañerías temblaron e hicieron un ruido ensordecedor. Parecía que hacía años el agua había dejado de pasar por esa vieja plomería.
Francesco se levantó de un salto y me apartó la silla para que tomara asiento. Carmela desbordaba de ansiedad y de preguntas, a las que yo respondía con monosílabos. El estofado estaba delicioso, pero apenas pude probar bocado…
—¡Estás extenuada, ragazza! Ve a descansar, la cama tiene sábanas limpias. Yo me encargo de arreglar todo este lío y te dejo para que descanses —dijo Carmela y me dio un dulce beso en la frente. Francesco, sin mediar palabra, muy servicial me retiró la silla y me saludó con un movimiento de cabeza.
A la mañana siguiente, me desperté cuando el sol que se filtra por la ventana calentó mis pies a través de la manta portuguesa de hilo blanco. Bajé de la cama, mis pasos hicieron crujir los tablones de madera y ese ruido retumbó en el silencio de la casa. Sobre la mesa, Carmela, me había dejado un termo con café y unas masitas recién horneadas, a juzgar por la transpiración de la servilleta que las cubría.
Desayuné, luego me di un baño y me puse unos jeans, zapatillas y una musculosa blanca. El sol quemaba fuerte y decidí untarme con bastante protector solar. Mi piel es muy blanca y se enrojece fácilmente.
Me miro al espejo y dejo que él hable por mí. Lucía, veintisiete años, veterinaria, mujer con cara de niña, ojos verdes, cabellos lacios color almendra que caen pesadamente hasta la cintura, boca atractiva, de labios pulposos y bella sonrisa, que estaba apagada desde hacía un tiempo.
Me recogí el cabello y me puse la capelina de mi abuela que colgaba del perchero junto a otras cosas. Salí a la calle y descendí entusiasta todas las callecitas que terminaban en el mar. Caminé hasta el mediodía y de repente caí en la cuenta de que la brisa del mar y la caminata me habían dado mucha hambre. Me acordaba del estofado de Carmela y se me hacía agua la boca de solo pensarlo, pero no sentía ganas de volver.
Frente al mar encontré un restaurante muy pintoresco, con un deck que se extendía sobre la playa, cubierto con cañas de bambú y puertas con vidrio repartido, que se abrían invitando la brisa del mar. El interior estaba decorado en blanco y azul con redes de pescadores que colgaban desde el techo hasta el piso y hacían a la vez de separadores de las mesitas y sillas de hierro torneadas que hacían juego, decoradas con almohadones a rayas.
Describo con detalle porque ese panorama me invitó a entrar y sentarme frente al mar.
Una niña con dos trenzas platinadas que le enmarcaban la carita de ojos azules y nariz casi invisible, se acercó a mi mesa:
—Signorina, benvenutti.Io en grado di offrire il piatto del giorno di spaghetti alla bolognese.
Acepté la recomendación y pedí para beber una copa de vino tinto de la casa que se ofrecía en el pizarrón de la pared. Me respondió con una sonrisa fresca y se marchó con la orden a la cocina.
Giré mi cabeza y los malos recuerdos volvían, se agolpaban… Ahora estaba viendo el mar desde mi mesa y mis pensamientos volaban a Buenos Aires…
—¡No te vayas, nena, es solo una confusión! —decía Esteban.
Recordaba que a mi voz la encontré en el fondo de mi garganta porque al verlos, enmudecí.
—¡No me trates como a una nena! ¡Soy una mujer! ¡La confusión fue mía! —grité y salí corriendo.
—¡Sofía! ¡Sofi, querida, ven a llevar los platos! —gritaba una mujer de pelo azabache y ojos azules.
—Sí, nonnina —respondió la niña y corrió a buscar el plato de spaghetti.
En medio de la carrera de Sofi hacia la mesa, entró un cachorro de Beagle, que al ver a la niña saltó entre sus piernas y ese plato con malabares fue a dar a mis jeans. Detrás del cachorro, un hombre alto gritó:
—¡Madonna! ¡¿Picolo, qué has hecho?! —Y se agarró la cabeza.
Todo sucedió en fracción de segundos. Salté de la silla, Sofía corrió a la cocina a buscar a la abuela y el hombre que venía tras del perro intentó ayudar a limpiar mi ropa. Al levantar la vista me encontré con un par de ojos del color del agua y nos descubrimos… Porque él también me miró.
—Mamma, viene qui. Mira lo que ha hecho Sofía.
La dueña vino enseguida a socorrerme y, nerviosa, me pedía disculpas.
La tranquilicé e iba a dirigirme al baño para limpiarme cuando caí en la cuenta de que el hombre sujetaba mi mano para ayudarme a salir del enchastre de salsa y spaghetti.
Al volver a la mesa, los tres espectadores esperaban con otro plato y una copa de vino extra, ese hombre salió a mi encuentro, cargado de disculpas.
—Scusa, señorita. Nos tomamos el atrevimiento de servirle otro plato, permítame —repitió en español, por si no le había entendido, y estiró su brazo.
—Soy Franco De Lucca y ellas son mi mamma Pía y mía figlia Sofía.
La joven me abrazó y me dijo:
—¡Scuzzi!
—Mi nombre es Lucía Mendizábal —dije. Y la nonnita Pía, como le decía su nieta, levantó las cejas y sorprendida preguntó:
—¿Eres la hija de Celia?
Asentí con orgullo y pregunté:
—¿La conoce?
—Sí, somos amigas desde niñas. Luego, llegó tu padre de la Argentina, la enamoró y se la llevó de aquí.
—Déjanos hacernos cargo di lavaggio y te damos un pantalón de mia figlia, debe ser tu misma talla. —Y me miró para medirme—. Bueno, eres un poco más delgada, pero te va a ir bien.
Volví a sentarme a la mesa y los tres me imitaron.
—¡Es nuestra invitada! —dijo él.
Me puse colorada y lo miré detenidamente. Era muy alto porque aún sentado, su porte impresionaba, tenía la tez bronceada y esos ojos… Él pareció darse cuenta de mi escrutinio, porque me sonrió y sufrí un sacudón en el estómago. Pía, la madre, con una mirada llena de dulzura, se dirigió a su hijo:
—Déjenla mangiare tranquila. —Y se levantaron de la mesa.
Al levantarse, Franco dejó una estela de perfume y, ¡esos jeans…! Le calzaban impecablemente y combinaban de forma exquisita con esa camisa azul. «¡Un adonis!», pensé, si tuviera que describirlo como en una novela de Corin Tellado. Avergonzada de mis pensamientos, me volví hacia el plato.
Sofía me trajo de postre pastel de manzanas.
—Por cuenta de la casa —dijo, y se alejó.
Antes de terminar, Franco estaba sentado frente a mí, con unos jeans.
—Aquí se lo dejo para que se cambie. —Y me señaló el baño.
—¡No es necesario! —le respondí.
—Sí, es necesario. Deme su pantalón y mañana se lo llevaré a su casa.
Cuando salí del baño, saludé y agradecí a los dos. Franco tomó mis jeans y lo puso en una bolsa.
—¡Aspetta, espera! La llevo a su casa. —Corrió, se puso delante de mí cerrándome el paso y me condujo hacia su auto, un deportivo color rojo, no tengo ni la más remota idea de la marca, ya que jamás me he fijado en esas cosas, pero tenía una capota deslizada hacia atrás.
El día estaba espléndido y el sol brillaba a pleno. Acepté la invitación pensando en el camino de vuelta al rayo del sol. Me abrió la puerta.
—Aprovecharé para mostrarle la mejor vista de Bari —agregó, atento.
Al doblar en una curva, una brisa cruzada hizo volar la capelina y mi cabello comenzó a flamear. Franco, ante ese espectáculo, frenó para recuperar el sombrero y, cuando regresó al auto, me dijo sonriendo:
—Si no fuera por este sol que quema, yo no ocultaría tan bella cabellera con nada.
Me sonrojé como una adolescente. Detuvo el coche al final de la colina y quedé maravillada ante tanta belleza. El sol doraba la costa del mar Adriático. Nos apoyamos en el capó del auto y ambos quedamos mudos disfrutando del paisaje, hasta que Franco rompió el silencio.
—¿Mañana tiene algún compromesso? —Mezclaba español e italiano permanentemente—. Posso invitarla a cenar para compensarle el mal rato —agregó.
Yo había olvidado el incidente y me sorprendió la invitación.
—No, no tengo ningún compromiso, pero seguramente, usted debe estar muy ocupado.
—Yo trabajo todo el día y a la noche puedo hacer lo que me plazca, y en este momento lo que me daría mucho placer es compartir una cena para conocerla —respondió.
—Está bien —respondí.
Me dejó en la casa, sabía dónde vivía mi abuela. Entré y en la cocina, sobre la mesa, había una nota de Carmela en la que me decía que la comida estaba en la heladera. Sonriendo me fui al dormitorio, abrí las ventanas azules para que entrara una pequeña brisa, me tumbé en la cama y caí en la cuenta de que la sonrisa se había instalado en mi rostro y obedecía al recuerdo de las palabras de Franco y del color agua del mar, mezcla de azul y verde, de esos ojos increíbles…
Con ese pensamiento me quedé dormida, me despertó el frío en los pies. Con mucha tranquilidad, me levanté de la cama y preparé una ensalada, comí parte del estofado de la noche anterior. Estaba hambrienta y mientras saboreaba una copa de vino pensaba en ese italiano desconocido y me di cuenta de que hacía horas no recordaba mi pasado con Esteban. Tal vez ese italiano de ojos de agua fuera un remedio, aunque no era un remediar así nomás… Puse un disco de Nicola di Bari de mi abuela y empecé a bailar.
Rosa come un mattino che si sveglia pigrotra i capelli tuoi Rosa Un fiore un nome dentro ad un coloreche somiglia a te Rosa come un romanzo scritto da una donnache conosce mecolore della nostalgiadi antiche terre di magie…
Al día siguiente bajé hacia la playa y caminé por las tienditas del centro. Paseé por su casco antiguo (Barivecchia) hasta la Basílica de San Nicolás, donde descansan los restos de ese Santo. En una heladería me senté a saborear un helado. Mis pensamientos viajaban. De repente, en la vidriera pude observar en el reflejo a Franco, que detenía su auto en la vereda de enfrente y de él descendía una mujer morocha y muy alta.
—Te llamo cuando termine —le dijo haciendo la seña del teléfono en su oreja.
El auto siguió su camino y yo quedé masticando rabia. Una voz interna me preguntaba: «¿Lucía, estás celosa?». Sacudí mi cabeza en un intento de borrar esas locas ideas, regresé a la casa, pero Esteban seguía ahí, en mi cabeza, en mis pensamientos. Pensé en no arreglarme para la cena, pero a las siete me pasaba a buscar, debía acostumbrarme que los europeos cenan temprano.
Me bañé para limpiar el sudor y la mente y me puse un vestido tejido al crochet color marfil, delicado y simple, que se adhería al contorno de mi cuerpo de manera muy sensual. Decidí dejar mi cabello suelto a modo de atención a su comentario de la tarde de ayer. Un poco de rouge rosa pálido en los labios y rímel para alargar y dar volumen a mis pestañas.
A la hora acordada sonaron los golpes del angelito sobre la puerta azul. Me cubrí con un chal color lavanda de mi abuela, tomé el bolso y abrí la puerta. Franco me esperaba apoyado sobre la puerta de su coche, se irguió en seguida y corrió a abrirme la puerta del acompañante, sin dejar de mirarme.
—Avanti, señorita. Le prometo una noche inolvidable.
Se estiró hacia el asiento de atrás y sacó una bolsa en la que estaban mis jeans con aroma a enjuague e impecablemente doblados. Al ver mi asombro me dijo:
—Sí, mamma lo lavó.
—Dale las gracias de mi parte. ¡Todavía no puedo creer que nuestras madres hayan sido amigas! —Él me miró, sonrió y asintió con un gesto mis palabras y, atento a la carretera, continuó manejando.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—A mía casa. Preparé la cena —dijo.
—¿Vas a presentarme a tu esposa? —pregunté con sarcasmo. Pude ver cómo los músculos de sus brazos se ponían tensos en el volante y su mandíbula se endurecía y, liberando el aire contenido, me respondió:
—Ella no está en casa, falleció hace seis años. Vivo con mi hija Sofía.
Me corrió un escalofrío por todo el cuerpo, deseé no haber hecho esa pregunta, miré hacia abajo y le pedí disculpas.
—Tranquila, ya no duele como antes y Sofi me mantiene ocupado. Puedo recordar a mi esposa cada vez que veo la cara de mi hija —me respondió.
El resto del viaje fue en silencio y, antes de llegar, me preguntó:
—¿Estás casada?
—No, por suerte, no llegué a cometer ese error —me apresuré a responder—. ¿Por qué me lo preguntas? —dije
—Puedo ver la marca en tu dedo —contestó con picardía.
Se podía ver en mi dedo un hilo blanco que el sol no había tocado. Era la marca del anillo de compromiso que había terminado en el inodoro de mi casa en Buenos Aires.
—Esta marca es de mi anillo de compromiso, que ya no existe. Ni el anillo, ni el compromiso. Mi novio me engañó, lo encontré con mi mejor amiga —respondí con voz cargada de emocionalidad y fastidio.
Franco tragó saliva y dijo:
—¡Uy, entonces lo vedo difficile que vuelvas a creer en los hombres…!
Y agregó:
—Va a ser un trabajo… que con gusto puedo hacerle frente.
—¿Por qué dices eso? —pregunté. Su respuesta fue una bella y seductora sonrisa.
Llegamos y paró frente a un portón gigante de color verde inglés que abrió con un control remoto desde el coche. Estaba oscuro, pero con las luces del coche se veían hileras de viñedos y un camino largo que finalizaba en la casa que se encontraba en lo alto.
—¡Qué belleza! —pensé en voz alta, y él me respondió que pertenecía a su familia y que tres generaciones ya habían pasado por este lugar. Y agregó que él continuaba el trabajo de sus ancestros, y con el dedo señaló el campo que se encontraba a la izquierda.
Cuando detuvo el coche, me abrió la puerta y me dio la mano para ayudarme a descender. Su mano no se detuvo ahí, sino que se posó detrás de mi cintura para guiarme a la entrada. Nos abrió la puerta una señora muy amable, me la presentó:
—Ella es Rosa —dijo, y la mujer me saludó con dos besos.
A través de los grandes ventanales del comedor se podía ver el inmenso terreno que rodeaba la casa, pero la oscuridad impedía determinar dónde terminaba.
Franco puso música y Rosa encendió los candelabros que se encontraban sobre la mesa y, muy caballero, como de otra época, retiró la silla para que yo me sentara y con un aire ceremonial, anunció:
—Como le dije antes, Lucía Mendizábal, le tengo reservada una noche especial. —Cuando pronunció mi nombre, sentí un escalofrío. Todo, hasta el último detalle parecía planeado. Una velada en la que no faltó nada. Con el control remoto encendió un equipo de música en el que se empezó a escuchar una canción de Franco de Vita, se levantó de la silla, estiró su mano y me invitó a bailar. Con un brazo en mi cintura, que de a poco iba ajustando como si fuera un precinto, y el otro acariciando mi cabello, yo podía sentir su perfume y sus latidos intensos, cada vez más veloces. Sus manos recorrían lenta y sensualmente toda mi espalda y sus dedos ardientes se enredaban en el tejido de mi vestido. Cerré los ojos y por un instante creí ver a Esteban e intenté apartarme, pero fue en vano porque Franco me abrazaba de una manera tan seductora que mi resistencia duró muy poco, entonces decidí dejarme llevar y disfrutar del momento.
Cuando terminamos de cenar, envuelta en mi chal, recorrimos los viñedos. Caminábamos por los senderitos, sorteando las plantas. A pesar de que estaba oscuro, él no caminaba a ciegas.
Me contó la historia de su familia, de los viñedos. Hablamos mucho, como si fuéramos amigos, confidentes. Le conté, con una confianza inédita, de mi amor por los animales, motivo por el cual había estudiado la carrera de veterinaria.
Cuando subimos al coche, ya de regreso a mi casa, estaba cansada, pero tranquila. Volvimos en silencio y, no sé en qué momento, me quedé dormida. Desperté sobresaltada, cuando frenó su coche frente a la casa. Bajó, abrió la puerta del acompañante y me tendió su mano para que en un segundo estuviera pegada a él y susurrando en mis oídos:
—Hace tiempo que no la pasaba tan bien.
—Yo, también disfruté esta noche —respondí con sinceridad.
En ese mismo instante, buscó mis labios con los suyos, exigiendo una respuesta que no tardé en dar. Ablandé mi mandíbula y mi voluntad se entregó sin mi autorización. Sus manos subían y bajaban, con desesperación, por mi espalda. Se apartó agitado, y me miró con esos ojos brillantes, hermosos…y, aproveché para decirle, cuando recobré el aire:
—¿Quieres pasar a tomar un café? —Sin hablar, asintió.
Los dos entramos a la cocina, coloqué la cafetera de expresso en el fuego y sentí, enseguida, cómo sus manos hacían a un lado mi cabello y bajaban el cierre del vestido y, a la vez, me hacían girar sobre mi eje para, nuevamente, encontrarme con esa mirada intensa que me desmadejaba y me incendiaba, haciéndome presa fácil de este hombre que acababa de conocer…
