2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
Cruz Declan estaba en el rancho Pintada para asistir a una boda, y para reunirse con su padre y con cuatro hermanos que hasta hacía muy poco no sabía que tenía. Conocer a Aria Charez era un atractivo más de la visita, porque la sensual arquitecta le hizo sentir que había encontrado su lugar en el mundo y también hizo que deseara compartir con ella algo más que un beso robado. Aria se sintió atraída por aquel sexy ingeniero nada más verlo y de pronto sintió ganas de sentar la cabeza. Pero el miembro perdido del clan Garrett no era de los que se quedaban en un lugar… ni con una mujer.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 293
Veröffentlichungsjahr: 2019
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Annette Chartier-Warren & Danette Fertig-Thompson
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La dama de honor, n.º 1772- abril 2019
Título original: The Bridesmaid’s Turn
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1307-847-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
SOY Cruz Declan, estoy buscando a mi padre.
Las primeras palabras que pronunció no eran las que había planeado, pero nada de su vida en los últimos dos años había salido según los planes. Ya se había acostumbrado, sin estar muy cómodo con ello, a actuar por instinto, a tomar decisiones sin el lujo de pensarlas.
Aunque había tenido tiempo para pensarlo, su decisión de ir al Rancho Pintada y enfrentarse a Jed Garrett, el padre que nunca había conocido, no había sido distinta a las demás.
Presentarse sin avisar en la fiesta de la boda le pareció excesivamente dramático, la clase de gesto que era frecuente en las películas malas de la televisión. Semanas antes, cuando se estaba preparando para conocer al padre que lo había abandonado antes de nacer, se había encontrado con la invitación de Garrett para asistir a la boda de su hijo pequeño. La ocasión perfecta.
De pie en la entrada de la casa de su padre, Cruz no estaba seguro de su decisión.
Sabía sin que nadie se lo hubiera dicho que el hombre que lo miraba con expresión de asombro era su hermano, uno que no sabía que existía hasta unos pocos meses antes. Era una sensación desconcertante la de reconocer las líneas de sus propios rasgos en el rostro de un extraño. Eso había incrementado la sensación de irrealidad que tenía desde que había atravesado la puerta.
El otro hombre le tendió una mano. Cruz aceptó el firme y breve contacto de un modo automático.
—Cort Morente. Soy tu hermano —hizo una pausa como buscando algo adecuado que decir—. Lo siento. No he… Nadie esperaba…
—Sí. Yo tampoco lo esperaba —interrumpió Cruz—. No esperaba recibir una carta y después una invitación de alguien que no conozco. Incluso aunque reclame ser mi padre.
—Creo que podemos decir con bastante seguridad que es algo más que una reclamación —dijo Cort con una ligera sonrisa—. No podrás ocultar tu relación con Jed. Cuando la gente nos vea a Sawyer, a Josh, a Rafe, a ti y a mí juntos, no habrá nada que preguntar.
Cruz tardó un momento en asumir lo que le había dicho, pero enseguida se acordó de la carta de Garrett. Eran cuatro hermanos, todos más jóvenes que él: Sawyer, Rafe, Cort y Josh. Garrett no le había contado mucho más.
—Yo no he sido el que ha ocultado algo —dijo Cruz en tono ácido.
—Mejor —de nuevo una de esas extrañas pausas y luego Cort dijo—. Sawyer, Rafe y Josh querrán saber que estás aquí.
Cruz no dijo nada. Sin duda los cuatro estarían interesados en su súbita aparición ya que Garrett le había dejado claro en su carta su propósito de dejar a su hijo mayor, después de treinta y cinco años, una parte igual que la de los demás del Rancho Pintada. Suponía que la noticia no habría sido muy bien recibida por sus recién descubiertos hermanos.
Interpretando su silencio como renuencia, Cort añadió:
—Todo esto es bastante más complicado de lo que tú crees. Escucha, antes de formarte una idea en la cabeza, dame un minuto para encontrarlos.
No le dio a Cruz la oportunidad de decir que no y desapareció en dirección al gran salón. Unos pocos invitados lo miraron con curiosidad, él los ignoró y se hizo a un lado, centrándose en revisar los rostros en busca de algún detalle que le permitiera identificar a alguno de sus otros hermanos o a Garrett. Unos minutos después, apareció Cort con otros tres hombres, incluyendo al novio, quien fue el primero en hablar.
—Típico de papá hacer algo así sin avisarnos a ninguno —le tendió la mano con una sonrisa—. Soy Josh Garrett y Cort tiene razón: sin duda eres uno de nosotros.
Cruz pensó que si alguno de ellos no parecía relacionado con el resto, era Josh con su pelo negro y más desgarbado que los demás. Después Cort presentó a Rafe y a Sawyer. Cruz notó la evidente herencia de nativo americano de Rafe y decidió que Cort tenía razón, que todo era más complicado de lo que se imaginaba.
—Siento que hayas tenido que conocernos de este modo. Ha debido de ser una sorpresa de mil demonios —dijo Sawyer—, pero ninguno sabíamos que existías hasta hace muy poco.
—Al viejo se le dan bien las sorpresas —añadió Rafe.
—Queríamos conocerte antes que Jed —dijo Cort—. Puede que así consigamos reducir el impacto.
Con una carcajada, Josh apoyó una mano en el hombro de Cort.
—Cort es el pacificador de la familia —explicó—, pero creo que hasta él lo pasa mal intentando que una reunión de esta familia transcurra bien.
—Y Josh es el endemoniado —añadió Sawyer—, o lo era hasta que Eliana le hizo sentar la cabeza.
Cruz se sintió más excluido que nunca desde que había llegado. Lo habían aceptado sin cuestionar que fuera su hermano, tampoco parecía que tuvieran otra elección, pero era evidente que había un vínculo muy fuerte entre los cuatro y que él no estaba incluido. No tenía ninguna duda de dónde se encontrarían sus lealtades si llegaba a plantearse un conflicto.
También era evidente que ese vínculo no incluía a Jed Garrett.
—Tengo la impresión de que ninguno de vosotros está ansioso de que conozca… —Cruz se detuvo no muy seguro de cómo llamar al hombre— a Garrett.
—Tu tampoco lo estarías —murmuró Rafe.
Los cuatro intercambiaron miradas llenas de contenido y que Cruz no pudo descifrar.
—Jed nunca ha hecho mucho de padre de ninguno de nosotros —dijo finalmente Sawyer.
—Puede que no —dijo una voz ronca por detrás—, pero eso no cambia el hecho de lo soy —el recién aparecido, alto, corpulento, pelo gris y ojos oscuros se acercó despacio hasta ponerse cara a cara con Cruz—. Ya veo que al final has decidido aparecer.
Con un gran esfuerzo, Cruz fue capaz de contener la oleada de rabia y resentimiento que lo invadió y que no había esperado que fuera así de fuerte. Eso era lo que había deseado, estar cara a cara con Jed Garrett después de toda una vida sin saber nada del hombre a quien podría llamar padre. Miró a Garrett a los ojos y manteniendo la voz fría y sin entonación, dijo:
—Admito que tenía curiosidad. No todos los días descubro que tengo más familia que mi madre.
—Tu madre… —Jed sacudió la cabeza lentamente—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a Maria. Antes de que tú nacieras. Nunca me dijo nada de ti. Tuve que descubrirlo por mí mismo. Y me imagino que tampoco te hablaría nunca de mí.
—¿Por qué habría de hacerlo? Tenía dieciocho años, estaba embarazada y la abandonaste.
—Nunca le prometí nada, pero eso no evitó que concibiera esperanzas de casarse conmigo.
—¿Entonces por qué ese súbito interés en mí ahora? —replicó Cruz—. ¿Tengo que creer que te han entrado remordimientos de conciencia después de treinta y cinco años sin tenerlos?
—Tengo mis razones —respondió Jed.
—Ahora no es momento —interrumpió Cort poniéndose entre Jed y Cruz—. Tenemos que hacer esto en otro lado, donde podamos hablar sin media ciudad escuchando.
—En lo que a mí respecta, podéis seguir hablando el resto de la noche —dijo Josh—, pero yo tengo una esposa esperándome y pretendo quedarme a solas con ella en poco tiempo.
—Bien —gruñó Jed mirando a Cort antes de volver a Cruz—, pero quiero que sea pronto. Ya he perdido demasiado tiempo juntándoos a los cinco, no quiero perder más —desapareció entre la multitud dejando a Cruz con cuatro extraños, que se suponía eran su familia, y la sensación de que debería haber dejado esa parte de su pasado enterrada.
Estaba empezando a aborrecer las bodas. Y no sólo las bodas. También las fiestas, los bebés, los compromisos… toda la serie de eventos de feliz vida en familia.
Una ráfaga de viento frío batió la ventana de la habitación Florida y Aria Charez se estremeció, y deseó haberse llevado algo de abrigo por décima vez desde que se había refugiado allí huyendo de la fiesta. El vestido de dama de honor, por suerte, era de manga larga, pero la tela de satén dorado era demasiado fina para abrigar del frío. A lo mejor había alguien intentando decirle que no debería haberse escondido.
Parecía como si hubiera habido demasiados eventos de esa clase los últimos meses: Cort se había casado y adoptado un niño; Saul Tamar, el padre de Eliana, se había casado con Darcy Vargas; después Josh y Eliana. Incluso la rebelde hija de Darcy, Nova, estaba comprometida. Nova, la persona de la que, cuando estaban en el instituto, jamás hubiera pensado que se casaría.
No era que Aria no se alegrara por sus amigos, se alegraba, pero sus felices eventos la ponían sensiblera y le recordaban que ella no estaba casada, no tenía hijos, ni siquiera una mascota y que las fiestas nunca eran como decía la publicidad.
No importaba. Tenía mucho que hacer y aún le quedaba mucho más.
Pero era en los momentos como ése cuando sentía ese vacío que el éxito profesional no llenaba; una sensación de arrepentimiento por todas las relaciones que había conseguido echar a perder de uno u otro modo y las elecciones equivocadas de las que no se podía deshacer.
Había sido el enésimo comentario sobre su falta de pareja que había escuchado en la fiesta lo que le había hecho murmurar una excusa y escapar a la única habitación del enorme rancho que no se usaba esa noche. La música y las voces sólo eran un murmullo y así podía pensar que estaban muy lejos. No se había preocupado de encender la luz, simplemente se había acurrucado en un rincón cerca de la ventana y se había puesto a ver las nubes que arrastraba el viento.
La soledad no le había dado ninguna paz y con un suspiro decidió que ya se había entregado a la autocompasión demasiado tiempo. Se puso los zapatos y se disponía a salir cuando el sonido de unos pasos la dejó paralizada. Con la esperanza de que fuese alguien que se había perdido buscando el cuarto de baño, se quedó quieta. No tuvo suerte. Quien fuera llegó hasta la puerta y después entró en la habitación, pasó delante de ella y se acercó a la ventana para mirar al exterior.
Por su silueta, Aria supo que era un hombre, alto, de anchos hombros y que estaba en tensión, con los puños apretados a los dos lados del cuerpo. No quería molestar, pero tampoco quería seguir allí sentada, inmóvil, esperando que no hubiera notado su presencia para no tener que dar explicaciones. Se puso de pie, la seda del vestido hizo un ligero ruido. Él se dio la vuelta tan rápido que ella dio un brinco y casi perdió el equilibrio.
—¿Quién es? —preguntó él.
—Dado que yo estaba antes, debería ser yo quien preguntara —Aria encendió la luz y luego casi deseó no haberlo hecho.
Con aquella luz parecía aún más grande e intimidatorio.
—Lo siento —dijo el extraño—. No esperaba que hubiera nadie aquí.
—Yo tampoco —dijo Aria tratando de sonreír—. Está bien. Simplemente has interrumpido mi orgía de autocompasión. Créeme, necesitaba que me interrumpieran —un poco avergonzada por su propia sinceridad, se apresuró a decir—. Soy Aria Charez. No recuerdo haberte visto en la boda. ¿Eres amigo de Josh? —no le parecía ninguno de los habituales de Josh, pero había en él algo vagamente familiar.
—No exactamente. Soy Cruz Declan. Y no estaba en la boda.
—Cruz… —de pronto ella cayó—. Tienes que ser…
—El hermano perdido —dijo con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. He decidido hacer mi gran aparición esta noche después de treinta y cinco años de secreto.
—No sabía que Josh te había invitado. Quiero decir que nadie me ha dicho nada… —Aria se detuvo sin saber qué decir sin ofenderlo.
Todo el mundo había estado hablando de él y de cómo Garrett había seducido a una adolescente, la había dejado embarazada y después la había abandonado para casarse con Teresa Morente y su dinero. Eliana, una de sus mejores amigas, le había contado cómo Jed había estado buscando a su hijo mayor, pero no lo había conseguido en dos años porque Cruz, capitán en la reserva, había estado destinado en el extranjero. No le había dicho nada de que Cruz fuese a presentarse esa noche.
—Josh no me invitó. Fue Garrett —la amargura de su voz cortaba como un cristal—. Parece que mi así llamado padre, quería sorprender a mi hermano.
—Lo siento. No puedo imaginarme cómo te sientes al descubrir a una familia que no conocías.
—Yo tampoco me lo imagino. Estoy empezando a pensar que la ignorancia está infravalorada —se sentó en el borde del sofá.
Aria, con cuidado, se sentó en el otro extremo del sofá y lo miró.
—¿Ya has conocido a tus hermanos y a Jed? —preguntó tanteando el terreno.
—A todos, y a alguna persona más. Me he convertido en cuñado y tío varias veces esta noche —no la miraba—. Pensaba que estaba preparado, pero no era así. Pensaba que podría controlarlo, pero no he podido. Simplemente… lo he hecho. Ninguna idea, ningún plan al que agarrarme —sacudió la cabeza—. Ha sido una estupidez. No debería haber venido esta noche.
—A lo mejor sólo querías conocer a tu familia. Sé que tus hermanos querían buscarte cuando descubrieron que tenían otro hermano.
—¿Por qué?
—Porque… —la pregunta la había sorprendido— eres de la familia.
—No tengo familia. Soy sólo un extraño. Ellos tienen esposas e hijos, raíces aquí. Yo nunca he estado lo bastante en ningún sitio como para llamarlo mi hogar. Ellos son de aquí, yo no.
—Eso no significa que no puedan pensar que tú eres de su familia.
—No sé si yo quiero ser familia suya, o de cualquiera.
—Yo pensaría que sería más fácil.
—¿Más fácil? —Cruz se recostó en el sofá.
Si le parecía extraño que dos personas que no se conocían de nada estuvieran hablando como viejos amigos, no se le notó. A ella no le parecía extraño. Solos, con la sensación de estar aislados del resto del mundo, la confianza le parecía algo natural, como si pudieran hablar sin ningún temor porque daba lo mismo el tema de conversación. Ninguno se conocía y al día siguiente podrían hacer como si no lo hubieran oído.
—¿Es más fácil no aprovechar las oportunidades?
—Parece que hablas desde la experiencia.
—Podría ser.
—¿Por eso te escondías aquí? —preguntó él—. ¿Has tenido una discusión con tu novio sobre lo que es más fácil?
—No hay ningún novio —dijo con una carcajada.
—¿Son ciegos o idiotas todos los hombres de esta ciudad? —dijo en tono franco.
—No. Tus hermanos son buenos tipos, pero están todos ocupados —apoyó la cabeza en el respaldo y miró al techo—. Tú dices que no eres de aquí, pero yo he crecido en esta ciudad y estoy empezando a sentirme como una extraña —Cruz siguió en silencio y eso la animó a hablar—. Es la misma historia de siempre —siguió intentando quitar importancia al tema—. Ya sabes, una mujer que ha pasado de los treinta, sola, el reloj sigue su marcha… —se cubrió los ojos con una mano—. No me puedo creer que te esté diciendo esto. Es ridículo.
Como él no decía nada, lo miró de reojo y vio que la estaba mirando fijamente.
—No es ridículo si para ti es importante —dijo Cruz finalmente.
Las miradas se encontraron, ninguno de los dos parecía capaz de mirar a otro lado. Si las cosas fueran de otro modo y ella fuera una mujer menos escrupulosa con las aventuras de una noche, hubiera sido fácil pasar de las confesiones a un encuentro casual en la sala de Jed Garrett.
Por el modo en cómo la miraba, intensamente, en silencio, reconociendo la extraña intimidad que había surgido entre los dos, podía dar la sensación de que había dado un paso dentro de lo que parecía un arroyo somero, pero en realidad se había lanzado de cabeza a la parte más profunda del río. Sintió un estremecimiento.
Cruz lo notó, se quitó la chaqueta y se la echó a ella por los hombros.
—La próxima vez que te escondas, deberías elegir una habitación más caliente.
—Ésas están todas ocupadas. Gracias —contenta de que hubiera confundido la causa de su temblor. Se arrebujó en la chaqueta.
—¿Quieres volver a la fiesta? —preguntó él.
—No, aún no —no estaba preparada para poner fin tan rápido a ese interludio—, pero sí tú quieres… —hizo un gesto como para quitarse la chaqueta, él la detuvo.
—No, aún no.
—¿Vas a volver? —preguntó Aria tras dudar un instante
—¿Volver adónde? ¿Fuera de aquí? —señaló con el pulgar hacia atrás.
—Me refiero a lo que consideres tu casa.
—No considero mi casa ningún sitio. La semana pasada fue la primera vez que he visto mi apartamento en tres años. He pasado la mayor parte de ese tiempo en una tienda en el desierto y tampoco puedo decir que arda en deseos de volver a eso.
—¿Te vas a quedar aquí una temporada?
—No estoy seguro. Debería volver a mi vida. Tengo una empresa que dirigir en Phoenix, un par de trabajos. Tengo que empezar a trabajar. Aparte del hecho de que no estoy acostumbrado a quedarme mucho tiempo en el mismo sitio. Pero… —la pausa duraba tanto que Aria empezó a pensar que no iba a terminar la frase, pero Cruz se movió en el sofá y siguió—. He venido pensando en enfrentarme a Garrett y después largarme. No esperaba que me importara tener hermanos. En todo caso, pensaba que desconfiarían de un extraño que apareciera reclamando una parte del rancho. Pero no ha sido así. Habría sido más fácil si hubiesen desconfiado. Hubiera sabido manejarlo. Ahora no sé cómo enfrentarme a la situación.
El desconcierto en su voz resonaba dentro de ella. No parecía la clase de hombre que revela con facilidad sus debilidades y aun así se había mostrado vulnerable ante ella. Antes de ser consciente de lo que hacía, se movió un poco en el sofá, se acercó a él y le puso una mano en el cuello, le acarició la mandíbula con el pulgar. Dejó que hablara su caricia, no quería reducir sus pensamientos a ninguna frase hecha. Cruz la miró.
—¿No me irás a decir que todo se arreglará, que sólo es cuestión de tiempo?
—No —dijo ella con suavidad y apartó la mano—. Sé mejor que nadie que no hay ninguna garantía de ello. Algunas veces el tiempo sólo empeora las cosas.
—Otra mujer me estaría diciendo lo que quiero escuchar —dijo Cruz, riendo.
—No estoy segura de poder decir algo que quieras escuchar.
—No estés tan segura —dijo con una voz que casi pareció una caricia.
Un estallido de aplausos y gritos irrumpió abruptamente en su santuario haciendo que los dos se volvieran hacia la puerta. Josh y Eliana debían de estar a punto de irse y Aria fue consciente de que había estado desaparecida demasiado tiempo.
—Debería ir —dijo ella—. Soy la dama de honor de Eliana y todo el mundo se estará preguntando dónde estoy —Cruz se puso en pie con ella y Aria le devolvió la chaqueta.
De pronto se sintió extraña, insegura sobre qué decir cuando antes las palabras le habían salido solas. Una cosa era hablar allí a solas, casi a oscuras, y otra volver al atestado salón y ser consciente de las cosas que le había contado a un extraño.
—¿Quieres que te dé unos minutos de ventaja? —preguntó amable mientras se ponía la chaqueta.
—No es necesario —dijo imitando su tono—. Dudo que alguien se dé cuenta.
—Gracias por escucharme —le dijo, y antes de que ella pudiera notar sus intenciones, le dio un beso.
Empezó como un ligero roce en los labios, pero en el momento en que la tocó, de nuevo ella volvió a la ilusión de estar sola con él en el mundo y de que las restricciones que había entre ellos habían desaparecido.
En un instante, tenía la mano de él en la nuca y las de ella encontraron el camino hasta sus hombros. Le clavó los dedos cuando él profundizó el beso pasando de algo casual a una caricia sensual. Si él no se hubiera separado primero, lentamente, como si quisiera permanecer unido a ella el mayor tiempo posible, se habría convencido a sí misma de que era de esa clase de mujeres y hubiera olvidado esos escrúpulos.
—¿Es ésa mi recompensa? —consiguió decir intentando no parecer afectada.
—No. Sólo quería hacerlo. Parece ser la noche de hacer cosas sin planearlas.
Rápidamente, se dio la vuelta y desapareció dejando de nuevo sola a Aria.
—Bienvenido —dijo en un susurro sin estar segura de si era un saludo o una invitación.
COMO la mayoría de las habitaciones de hotel, desde los peores hasta los de cinco estrella, en las que había estado a lo largo de sus andanzas con su madre y en su trabajo de ingeniero, Cruz decidió que ésa le gustaba. Era el mejor hotel de Luna Hermosa, un antiguo monasterio de adobe lleno de calidez y de historia, pero apenas había sido capaz de dormir desde que había llegado. No era culpa del hotel. Habían sido excepcionalmente amables, sospechaba que por intervención de sus hermanos. El problema era él.
Se había preparado para una difícil reunión familiar, incluso para discutir. Lo último que había esperado era tener un desasosegante encuentro con una mujer. Desde la noche de la boda, Aria había llenado sus sueños y había ocupado también sus pensamientos por el día. Su cuerpo parecía empeñado en revivir cada recuerdo de ella: el suave tacto de sus rizos negros entre los dedos; las curvas de su cuerpo ceñidas por la suave seda del vestido; el especiado aroma de su perfume que seguía en su chaqueta horas después de separarse; la sensación de su generosa boca complaciente con la de él…
Cruz apartó los recuerdos sin piedad. Esa mañana no necesitaba distracciones extra. Iba a reunirse con sus hermanos en un par de horas para hablar del rancho y de Garrett. Tenía que tener la cabeza despejada. Las emociones relacionadas con ese encuentro ya eran bastante perturbadoras sin necesidad de pensar en una mujer que lo más seguro era que no volviera a ver.
Cerró la pesada puerta de madera labrada de su cuarto y bajó al patio donde se servía el desayuno. El aroma del café con una pizca de cinamomo y chocolate llegó hasta su nariz. Era una mezcla mexicana a la que ya se había acostumbrado por las mañanas y que lo había ayudado esos días a calmar su alterado estado de ánimo.
—Buenos días, señor Declan —dijo una robusta camarera vestida de un negro impecable y con el pelo recogido en un moño—. ¿Quiere volver a sentarse cerca de la ventana trasera?
—Sí, por favor, si no le importa.
La siguió hasta su mesa al fondo del comedor. Le gustaba la vista de las montañas en la distancia. El sol color azafrán justo encima de los picos color azul.
—¿Qué le gustaría hoy? —preguntó la camarera mientras le servía el café.
—Los huevos de ayer eran estupendos, sobre una tortilla con salsa.
—¿Le gustan nuestros huevos rancheros? ¿Con salsa de chile? ¿Y judías?
—Claro, ¿por qué no?
Sonrió orgullosa como si la elogiada fuera ella, inclinó la cabeza y lo miró.
—Espero que no le importe que le diga que se parece mucho a sus hermanos, sobre todo a Sawyer.
—¿Ha ido alguien con un megáfono por la ciudad? ¿Cómo sabe que somos hermanos?
—No, no —se echó a reír—, no me lo ha dicho nadie, pero cualquiera que conozca a Sawyer o a Cort notaría el parecido. Sabía quién era por su apellido. Limpiaba las casas de algunas familias. Cuando los Morente o alguna de las otras familias organizaban grandes fiestas, me contrataban para echar una mano al día siguiente. Conocí a su madre cuando trabajaba para Jed Garrett.
—Entonces conocerá toda la historia —dijo sin disimular su amargura.
—Lo siento tanto por su madre… Siempre me he preguntado qué sería de ella. Y de usted.
—Mi madre está bien. Es una mujer impresionante que se las ha arreglado para sobrevivir a Garrett y a todo lo demás que le ha deparado la vida.
—Me alegro de saberlo. Era tan joven. Le hicieron tanto daño —la mujer hizo una pausa mirando por encima de Cruz en dirección a la ventana—. ¿Ha venido con usted? Me encantaría verla.
—Claro que no —dijo un poco áspero, más que nada por su complejo de culpabilidad.
No le había dicho a su madre a qué iba a Nuevo México. Ella había asumido que era por un asunto de negocios y se lo había dejado creer.
Cruz trató de suavizar su tono con la camarera que lo miraba curiosa.
—No volverá nunca aquí. Ahora vive en Phoenix. El único problema es que pasa mucho tiempo sola. Mi negocio está allí, pero viajo bastante, así que no estoy mucho en casa.
—Seguro que ella lo comprende.
—Sí, pero sin más familia, los días se le hacen largos.
—Bueno, si decide mudarse, espero que vuelva aquí. Tendría muchos amigos, incluida yo.
Cruz no quería ofender a esa mujer, pero sabía que su madre se iría a vivir al infierno antes que volver a Luna Hermosa. El dolor por el rechazo y la humillación de Jed Garrett estaba tan presente aún en ella que apenas podía nombrar el sitio.
—Le diré que la he conocido.
—Gracias, dígale que Estrella López aún la recuerda —sonrió satisfecha con la promesa de él—. Ahora mismo le traigo su desayuno.
—Josh, evidentemente, no vendrá —dijo Sawyer tras cerrar la puerta de la biblioteca para evitar los gritos de sus dos hijos. Rafe, Cort y Cruz se habían acomodado en unos sillones que rodeaban una mesa de madera tallada—, pero me ha dicho que lo que decidamos le parece bien.
—Tenemos que enterarnos de los planes de Jed —dijo Rafe en tono sarcástico.
—Gracias por incluirme a mí, pero me siento extraño formando parte de esto —dijo Cruz.
—Nos lo imaginamos —sonrió Cort—, pero eres parte de esto. Tienes tanto derecho a estar aquí como los demás. Además, queríamos conocerte mejor.
Incómodo con la sinceridad de su hermano, Cruz descubrió que él no sentía lo mismo. Quizá nunca lo sentiría.
—Lo aprecio —fue lo mejor que se lo ocurrió decir.
—Cort nos ha contado que te había dicho que era complicado, pero de momento, te haré un resumen, al menos en lo que respecta al rancho —empezó Sawyer—. Jed lleva enfermo bastante tiempo y por las razones que sean, se le ha metido en la cabeza que quiere dividir el rancho en cinco partes y darnos una a cada uno. No sabemos qué piensas tú, pero para nosotros cuatro, Rafe y Josh son los rancheros. Lo último que queremos hacer Cort y yo es criar ganado o bisontes. La única relación que tenemos con el sitio es que Jed es nuestro padre.
—Sawyer y yo pensamos venderles nuestra parte a Rafe y Josh después de que Jed muera —continuó Cort—. En realidad —miró a Rafe sonriendo—, estaríamos felices de cedérselo, pero algunos son demasiado cabezotas para aceptarlo.
—No empecéis con eso otra vez —dijo Rafe en tono brusco—. Sabéis que habéis perdido.
—Aún espero convencerte —dijo Cort entre risas.
—No va a ocurrir —murmuró Rafe.
—Queríamos aclarar esto contigo antes de poner nada por escrito —dijo Cort a Cruz.
—¿Me estás preguntando si también quiero vender mi parte? —preguntó Cruz tras un silencio.
—No —dijo Rafe—. Tienes una quinta parte del rancho. Puedes hacer con él lo que quieras. Lo que queremos es saber si te importa que Cort y Sawyer nos vendan su parte a Josh y a mí.
Cruz estaba atónito. No podía creer que sus cuatro desconocidos hermanos le estuvieran tratando como uno más. No tenían por qué incluirlo, mucho menos por qué darle voz.
—Lo que hagáis me parece bien. No me malinterpretéis, pero creo que mi opinión no importa. Eso es todo… —se detuvo y sacudió la cabeza—. Esto apenas me parece real. No tiene sentido.
—¿Por qué no te tomas tu tiempo para pensarlo? —preguntó Sawyer—. No tenemos que decidirlo hoy. Tómate unas semanas y conoce el sitio.
—No necesito ese tiempo para saber que no quiero vivir aquí, si es eso lo que estáis pensando.
—Puedo entender que digas eso después de cómo trató Garrett a tu madre —dijo Rafe—. Trató de forma parecida a la mía, aunque fue un poco más complicado: estaba casada con el hombre que yo siempre he pensado que era mi padre.
Cruz empezaba a sentir la necesidad de tomar notas para entender toda aquella historia.
—Lo siento —se disculpó.
—Bueno, sí, no se puede hacer nada para cambiar las cosas. Además, si Garrett no me hubiera reconocido, habría crecido en la reserva en lugar de en el rancho y no hubiera conocido a Jule.
—Tu mujer, ¿no?
—Esposa y el amor de mi vida —dijo Rafe orgulloso.
—¿Has grabado eso, Cort? —dijo Sawyer entre risas.
—Maldición, se nos ha vuelto a olvidar la grabadora —dijo Cort riendo también.
—Era un día para haberse acordado —dijo Sawyer—. Nadie nos va a creer si no tenemos pruebas —para que Cruz entendiera, añadió—. Hace dos años, antes de que Jule volviera a la ciudad, creíamos que Rafe no sabía sonreír. Ahora cuando se pone sensiblero, es insoportable.
—Perdón —la mujer de Sawyer, Maya se asomó en ese momento al salón—. Aria ha dejado antes lo planos del rancho infantil. Vais a echarles un vistazo hoy todos juntos, ¿no?
Cuando entró en el salón, Cruz vio por primera vez realmente a Maya. La boda había sido tal jaleo de gente nueva, que no había tenido tiempo para pasar de un rostro al siguiente. Maya era pequeña, guapa, con una hermosa cabellera roja que nunca había visto. Cruz pensó que su hermano era un tipo afortunado. Maya se sentó en el borde del sillón de Sawyer. Descalza, con unos vaqueros desteñidos y una blusa hippie que dejaba ver la prominente curva de su vientre. Sawyer le había contado que esperaban su tercer hijo, una niña, y por el aspecto de Maya, no debía de faltar mucho. Maya parecía tan sencilla como el resto de los hermanos de su marido y a Cruz le gustó la falta de pretensiones. Por lo que había oído y visto, los abuelos de Cort y Sawyer tenían dinero y ambos habían heredado una buena parte de la fortuna familiar. Pero la fortuna Morente, evidentemente, no había comprado el alma realista de esa mujer.
Maya extendió los planos sobre la mesa y se volvió a Cruz.
—Si hubiera sabido que estabas aquí, le habría dicho a Aria que se quedase. Realmente es su proyecto. Y seguro que tú le gustarías.
—Ignórala —dijo Sawyer mientras la abrazaba—, es tan mala como su madre haciendo de casamentera.
—Bueno, mi madre con nosotros no lo hizo mal, ¿no? —dijo Maya mirándolo.
—Y con Laurel y yo —añadió Cort echando leña al fuego.
—Toda la ciudad estaba en lo cierto con Jule y yo —Rafe sonrió—. Sólo yo tardé en darme cuenta.
Todos menos Cruz se echaron a reír. Sabía que todos pensarían que era porque no se sabía la historia. No tenían forma de saber que la sola mención del nombre de Aria le había alterado. Miró con el rostro inexpresivo a sus hermanos mientras desenrollaban los planos de algo sobre la mesa, sin saber que Maya lo miraba.
Una parte de él quería volver a ver a Aria para comprobar si esa extraña intimidad era real o simplemente el resultado de las emociones que habían salido a la superficie. La otra parte, más conocida, racional, le decía que era mejor mantenerse alejado de una mujer que tenía la capacidad de complicarle la vida mucho más de lo que ya la tenía.
—Aria es arquitecta. Tiene esta idea desde hace años: construir un rancho para niños con necesidades especiales —las palabras de Maya sacaron a Cruz del ensimismamiento.
—Parece… —dijo parpadeando— interesante.
—Sabemos que eres ingeniero —dijo Maya con una sonrisa.
«Oh, no, por ahí no». Si aquello se dirigía donde él pensaba que iba, tenía que hacerlo descarrilar ya.
—Sí, pero la mayor parte de mi trabajo es en proyectos enormes: estadios deportivos, teatros, bibliotecas, museos. Y viajo mucho. Mi empresa ha hecho cosas en Europa, Hong Kong, Canadá y Australia y hemos aterrizado en Japón hace poco.
—Genial haber llegado tan lejos —dijo Sawyer.
—Estoy segura de que este proyecto no será un reto —dijo Maya ignorando la intervención de su marido—. No te importará echar un vistazo a los planos, ¿verdad? Aria ha estado dándoles vueltas a algunos de los detalles y estoy segura de que apreciará tu opinión.
Cruz lo dudó por el modo en que sus hermanos se miraron, tenía la impresión de que compartían su escepticismo. Sin embargo ninguno de ellos parecía dispuesto a salir en su ayuda. Estaba aprendiendo algunas cosas importantes sobre su nueva familia. Primera: sus hermanos eran una piña. Y segunda: quisieran lo que quisieran sus esposas, era evidente que lo conseguían. Pero esa vez no. No se iba a dejar arrastrar al proyecto de otra persona. Especialmente no al de Aria Charez. Y, sobre todo, no en esa ciudad. Llevaría mucho tiempo en Phoenix cuando empezaran el movimiento de tierras.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo —dijo firme—. No creo que la arquitecta apreciara mi interferencia. A mí no me gustaría.
—No conoces a Aria. Quiere más que nadie que este proyecto se realice. No te llevaría mucho tiempo y sería muy importante para la comunidad. No tenemos nada así para estos niños. Este verano Josh les ha organizado algo temporal en Rancho Pintada y deberías haber visto los cambios de esos chicos. Ha sido asombroso.
