Sueños del corazón - Nicole Foster - E-Book
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Sueños del corazón E-Book

NICOLE FOSTER

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Beschreibung

La doctora Lia Kerrigan no tenía un remedio para el mal de amores, y eso era exactamente lo que suponía querer a Duran Forrester y a su hijo de siete años. Ellos le hacían anhelar cosas que sabía no existían. ¿Pero cómo podía esperar un final feliz para esa relación cuando toda su experiencia pasada le decía que no podría durar?Duran Forrester, por su parte, tenía otras ideas. Si la pediatra se había convertido en la tabla de salvación de su hijo enfermo, quizá también él pudiera   encontrar una segunda oportunidad en los brazos de Lia.

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Seitenzahl: 248

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2009 Annette Chartier-Warren & Danette Fertig-Thompson

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un extraño en mi vida, n.º 1831- julio 2021

Título original: Healing the M.D.’s Heart

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-671-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

Capítulo 1

 

 

 

 

A UNOS mil kilómetros de su casa, Duran Forrester ansiaba creer, después de todas las decisiones equivocadas y frustraciones de los últimos meses, que aquél no iba a ser el mayor error de su vida.

Pero luego se recordó que no importaba. Porque aunque lo fuera, no habría enmienda posible ya que se le estaban acabando las opciones. Y, lo que era mucho más importante: se le acababa el tiempo.

Miró por el espejo retrovisor a su hijo. Noah, despeinado con las mejillas acaloradas y la frente perlada de sudor, dormía en el asiento trasero abrazado a su panda de peluche. Diez minutos… diez minutos y llegarían a Luna Hermosa, en cuyo hospital ingresaría a su hijo.

«Sólo es una infección de oído. Un antibiótico y un analgésico y se pondrá bien. Seguro». Duran se repetía aquellas dos frases como si fuera un mantra que pudiera protegerlo del miedo helado que le oprimía el pecho. Y, como en todas las ocasiones anteriores, se preguntaba al mismo tiempo si una vez más volverían a decirle que no, que su hijo nunca se pondría bien.

Que Noah no debería estar allí, resultaba obvio. Duran había mantenido un largo debate consigo mismo al respecto. Noah ya se había llevado suficientes decepciones en su vida y Duran no había querido que aquélla fuera una más. Pero una vez que se enteró de la razón de aquel viaje, Noah se había mostrado tan excitado y entusiasmado que, después de pasarse tres días enteros suplicando e insistiendo, había terminado por convencerlo. Y, a pesar de sus recelos iniciales, Duran se había convencido a sí mismo de que aquel viaje, como poco, significaría la oportunidad de pasar un tiempo precioso con Noah. Unas pocas semanas sin interrupciones y trastornos.

Pero faltaba algo menos de una hora para que llegaran a su destino cuando las cosas empezaron a ir mal. La fiebre de Noah se había disparado, había empezado a quejarse de un dolor de oído y, en ese momento, el sentido común de Duran estaba luchando con el impulso de hundir el pie en el acelerador y saltarse los límites de velocidad.

Agarraba con fuerza el volante, pobre desahogo para el torbellino de preocupación, frustración, incertidumbre e ira que lo envolvía por dentro. Porque la culpa de su actual situación y de la de Noah, así como de las desagradables sorpresas de las últimas semanas… la tenía él mismo y su reciente determinación de descubrir su verdadera identidad, anterior a que Eliza y Luke Forrester lo adoptaran como hijo.

Siempre había sabido que era adoptado, pero hasta el momento nunca había sentido el menor deseo de buscar a sus padres biológicos. Sus padres adoptivos eran gente cariñosa y generosa, que desde el principio le habían hecho sentir que no importaba el motivo por el que lo hubieran abandonado; sólo que habían tenido la inmensa suerte de haberlo elegido a él y que su lugar estaba con ellos.

El porqué seguía sin importarle; lo urgente era el quién. Mirando de nuevo a Noah, deseó, por el bien de su hijo, no haber tomado aquella impulsiva decisión de buscar a sus verdaderos padres. Y rezó para que esa vez la experiencia no fuera tan negativa como cuando logró contactar con la mujer que, desde un principio, lo consideró su mayor error en la vida: su madre biológica.

«Yo no quise tenerte. Y no hay nada que pueda hacer por ti ahora. Ha pasado mucho tiempo. Mi familia no sabe nada de tu existencia y yo no pienso decírselo». Ésas habían sido sus palabras. Y ninguna súplica consiguió hacerle cambiar de idea.

Pero al menos le había dado algo: dos nombres y una nueva oportunidad de mantener viva su esperanza: la de salvar a su hijo. Volvió a recordar sus palabras: «La culpa la tuvo una racha de mala suerte. Demasiado whisky y una larga noche con aquel vaquero… que no tardó en desaparecer, dejándome embarazada de los dos».

«Dos». Así fue como descubrió Duran que tenía un hermano gemelo. Ry Kincaid no había querido que lo encontrara y menos aún que lo llamara su hermano. Pero ninguno de los dos podía negar quiénes eran y, tras un incómodo encuentro, Duran se marchó para rastrear el segundo nombre de la lista.

Jed Garrett, del Rancho Pintada, en Luna Hermosa, Nuevo México. Su padre, el hombre al que más ganas tenía de conocer… y menos.

 

 

La pequeña sonrió y Lia Kerrigan le dio un efusivo abrazo, recibiendo un beso ligeramente pegajoso por la negativa de Nina a dejar de chupar su piruleta. Habría dado cualquier cosa por ver con más frecuencia a su hermanita, más allá de aquellas infrecuentes visitas al médico. Para tener siete parientes como tenía, resultaba sorprendente el poco tiempo que pasaba con ellos. A su hermano mayor ni siquiera lo conocía, y los demás eran prácticamente unos desconocidos con los que simplemente compartía un mismo padre.

Se trataba de un antiguo dolor, empeorado por la convicción de que por mucho que quisiera a Nina, su relación estaría condenada a no desarrollarse. Diversas circunstancias y una diferencia de edad de más de treinta años se encargaban de ello.

Lia hizo a un lado inmediatamente aquel pensamiento tan pesimista, atribuyéndolo a las largas horas de trabajo en el hospital y al hecho de que su padre hubiera aparecido con Nina diez minutos antes del final de su jornada de once horas. Era típico por su parte, una costumbre que siempre la irritaba. Walter Kerrigan era un famoso cirujano que debería haber entendido mejor que nadie las exigencias del trabajo de su hija. Pero desde que nació Nina, su quinta hija, había insistido en viajar desde Santa Fe en cualquier ocasión en que su pequeña necesitara una pediatra, por muy intempestiva que fuera, ignorando los repetidos ruegos de Lia de que la avisara antes por teléfono.

–Madelyn quiere saber si piensas ir a la fiesta que daremos en nuestra nueva casa –le preguntó su padre mientras Nina se entretenía con un cuento de los que tenía Lia en la sala de reconocimientos–. Dice que te ha dejado varios mensajes, pero que no has respondido a ninguno.

Lia reprimió un suspiro. La cuarta esposa de Walter era seis años más joven que ella, y sin embargo no tenían absolutamente nada en común. A Lia no se le ocurría peor manera de pasar una tarde de sábado que en una fiesta en la nueva casa de su padre. A Nina era imposible no quererla, pero no podía decir lo mismo de su madre.

–He estado muy ocupada –era la excusa habitual–. Y puede que me toque turno este fin de semana.

–Siempre me dices lo mismo –replicó Walter–. No me afectaría si fueras a visitarnos de cuando en cuando, aunque no fuera más que para ver a Nina. Y eso cuando tú misma te quejas de lo poco que la ves. Puedes llevarte a ese bombero tuyo, no me acuerdo de su nombre, ése que estás viendo…

–Tonio Peña. Nuestra relación terminó hace ya más de un año.

–¿De veras? –Walter miró ceñudo a su hija–. Supongo que seguiría el mismo camino que los demás. Tus relaciones empiezan a parecerse a profecías autocumplidas: esperas que vayan mal y al final es así como acaban.

–He tenido un buen maestro –replicó ella en un tono más duro del que había pretendido. Quizá hubiera algo de cierto en la afirmación de su padre, pero Walter, que había cambiado de novia o de mujer más veces que de coche, difícilmente podía tenerse por un experto en relaciones estables.

–La diferencia entre nosotros es que yo no sufro cuando rompo una relación. Al contrario que tú, hace tiempo que renuncié a la ilusión de una relación duradera. Casarse tiene sus ventajas, pero ninguna tan grande como para que sienta la necesidad de condenarme a mí mismo a no ser feliz si la cosa no funciona.

Aparentemente, ésa era la misma filosofía que había compartido con su madre, pensó Lia una vez que Walter se hubo marchado con Nina. Resistiéndose a ahondar en un pensamiento tan poco productivo, estaba acariciando la idea de tomar un buen baño cuando sonó su buscapersonas. La idea se evaporó en cuanto reconoció el número de la unidad de urgencias.

–El doctor Núñez quiere saber si puedes ayudarlo con un caso, un niño de siete años –le explicó la enfermera al teléfono–. Esta tarde tenemos mucho trabajo, y Núñez pensó que podrías encargarte tú.

«Traducción: a Héctor no le gustan los niños», pensó de inmediato. Rápidamente se dirigió a la sección de urgencias. Su primer pensamiento nada más entrar en el habitáculo fue que el hombre que estaba sentado en una esquina de la mesa de reconocimiento, con el niño en los brazos, iba a darle problemas. Su expresión ceñuda revelaba su disposición a enfrentarse con cualquiera que, a su modo de ver, no atendiera debidamente a su hijo.

Un vistazo al cuadro clínico del pequeño le confirmó que probablemente se había ganado ese derecho. Los papeles le suscitaron muchas preguntas. Como por ejemplo, lo que podía estar haciendo un hombre como él, de profesión cineasta y residente en Los Ángeles, a más de mil kilómetros de su hogar y además con un niño seriamente enfermo.

–¿Señor Forrester? –lo miró rápidamente, reparando en su pelo castaño oscuro y en su cuerpo enjuto y fuerte, ataviado con una camisa negra y tejanos. El arete de plata que llevaba en una oreja le daba un toque sensual.

Su persistente mirada indicaba que la estaba estudiando a fondo y que, hasta el momento, no parecía haberle gustado mucho lo que veía. Lia era consciente de que no debía de ofrecer su mejor aspecto, después de una jornada de once horas de trabajo, con la cola de caballo medio deshecha.

–Soy la doctora Lia Kerrigan, la pediatra del centro –al rodear la cama para acercarse al niño, vio que la miraba con los ojos entrecerrados, vidriosos por la fiebre–. Y tú debes de ser Noah. ¿O quizá es éste? –señaló su panda de peluche.

Una pequeña chispa asomó a los ojos del crío.

–No, éste es Percy.

–Bonito nombre para un perrito –comentó Lia antes de proceder a examinarlo, consciente durante todo el tiempo de la mirada de Duran Forrester.

–No es un perrito –protestó Noah–. Es un oso panda.

–¿De veras?

Noah se lo tendió para que lo inspeccionara.

–¿Lo ves?

–Mmmm. Puede que tengas razón. Pero dado que yo nunca antes he visto a un oso panda de verdad, no estoy muy segura.

–Yo he visto dos, en el zoo, son fantásticos –el pequeño Noah se apoyó en el hombro de su padre–. Me duele el oído.

–Lo sé, cariño –le dijo Lia en tono suave, apartándole con delicadeza un mechón de cabello de la frente–. Vamos a ver qué podemos hacer para ayudarte.

Noah era como una versión en pequeño de su padre, con su mismo pelo oscuro y sus ojos verdes. La diferencia estribaba en su palidez y en sus ojeras, consecuencias de la enfermedad.

Después de sonreír al niño, rodeó la cama para acercarse a Duran.

–Normalmente, lo enviaría a casa con un antibiótico. Pero ambos están lejos de casa y las circunstancias de Noah requieren un tratamiento especial… –dejó la frase sin terminar, teniendo en cuenta que el niño la estaba escuchando–. Creo que lo mejor sería que se quedara aquí esta noche. Supongo que entenderá que es posible que surgieran complicaciones, y yo podría atenderlo mejor estando hospitalizado.

Duran no contestó de inmediato, como si estuviera sopesando su consejo. Finalmente, asintió con la cabeza.

–De acuerdo. Si a usted le parece lo mejor…

–Yo no quiero quedarme aquí –protestó Noah–. Quiero irme a casa.

–Sí, pero no esta noche, amiguito –le dijo su padre, acercándolo hacia sí–. Sólo será una noche. Y yo me quedaré contigo, te lo prometo.

–Desde luego, y Percy también –añadió Lia–. Tienes suerte de que no sea un perrito, porque aquí no admitimos perros. Pero con los osos panda es distinto. Son como invitados especiales.

Para distraerlo, Lia hizo la pantomima de tomarle el pulso a Percy, ganándose la aprobación del niño y, lo que resultó aún más sorprendente, una sonrisa del padre.

Se encargó personalmente de asignarle una habitación y lo acostó después de darle una sopa para cenar. Aturdido por la medicación que había tomado, Noah se durmió casi de inmediato.

Incorporándose, Lia se volvió hacia Duran.

–Necesito hacer una llamada –le dijo él–. He faltado a una cita que tenía aquí con alguien y tengo que avisarle –se palpó el bolsillo de la camisa y frunció el ceño–. Maldita sea, me he dejado el número en el coche…

Lia pensó en ofrecerse a quedarse con Noah mientras él iba a buscar el número y hacía la llamada, pero visto su extremado instinto protector hacia su hijo, no se atrevió.

–¿Adónde se dirigía? Ésta es una población pequeña, quizá yo pueda ayudarlo.

–Al Rancho Pintada. Se suponía que tenía que encontrarme con Rafe Garrett a las cinco.

Aquello la sorprendió.

–¿Es usted ranchero, además de director de cine? –le preguntó, curiosa.

–No. Es un asunto personal.

Lia recibió alto y claro su mensaje: que no se entrometiera.

–Conozco a Rafe y a Jule. También soy su pediatra –recogió un folleto de la mesilla y le apuntó su número–. Rafe debe de estar en casa a estas horas, sobre todo si se suponía que iba usted a verlo –vacilando, reconsideró la oferta que había estado a punto de hacerle–. Si quiere, yo puedo quedarme con Noah mientras usted hace la llamada. No me importa. Técnicamente he terminado mi turno y no tengo nada que hacer.

–Gracias –rezongó–. Me daré prisa.

Salió de la habitación, y Lia se dejó caer en una silla, al lado de la camita de Noah. Lo contempló mientras dormía, pensando durante todo el tiempo en Duran Forrester, preguntándose quién sería y por qué estaba allí, o qué tipo de trato personal o de negocios podía tener con Rafe. No era asunto suyo, pero no podía evitar la curiosidad, en parte porque la familia de Rafe era famosa por sus escándalos, y en parte también por ese aire de secretismo que parecía irradiar aquel hombre. Recordó los papeles y el casillero vacío que había visto en el nombre de la madre de Noah, como si no hubiera tenido ninguna. Preguntas y más preguntas. Y no era nada probable que fuera a conseguir respuesta alguna.

Duran no la dejó mucho tiempo para especular. Volvió menos de diez minutos después, con una expresión extraña, como si las noticias que había recibido lo hubieran dejado consternado. Por respeto, Lia fingió no advertirlo.

–¿Ha podido hablar con Rafe?

Asintiendo con la cabeza, se acercó a la cama y se quedó mirando a su hijo. Con extremada delicadeza, le acarició una mejilla con las yemas de los dedos. El amor que le profesaba al niño era evidente en su expresión, pero también el dolor. Lia tuvo que reprimir el impulso de consolarlo de alguna manera.

Por alguna razón, y pese a saber que era eso y no otra cosa lo que debía hacer, no podía marcharse sin más a su casa y dejar allí a Duran Forrester, con su miedo por Noah como única compañía. No estaba obligada a quedarse, pero tampoco podía evitarlo.

–Sé que Noah no tenía mucho apetito antes –se aventuró a señalarle–, pero usted no ha cenado nada. Yo tampoco, la verdad. ¿Y si traigo algo de cenar para los dos? ¿Qué le parece?

–No tiene por qué hacerlo.

–No, pero usted está solo en una población desconocida, con un niño enfermo, a punto de pasar la noche en una incómoda silla. Lo menos que puedo hacer es ofrecerle un plato de comida. Además, como ya le he dicho, yo también tengo hambre –sin darle oportunidad a negarse, se levantó para dirigirse rápidamente a la puerta–. Ahora vuelvo.

Llamó a la cafetería desde el mostrador de enfermeras y encargó dos comidas para la habitación de Noah. Luego se presentó ante las compañeras del turno de noche para decirles que ella ya había terminado, pero que quería quedarse un rato para monitorizar a Noah. Para cuando terminó, la cena ya había llegado y regresó a la habitación. Duran había bajado la intensidad de la luz y se hallaba sentado frente a la cama. Tenía la frente apoyada en un puño y resultaba obvio su cansancio.

–No es la mejor comida del mundo –dijo ella, señalando las bandejas, cuando él alzó la mirada–. Pero algo es algo.

Duran se irguió de inmediato, asintió agradecido y cenaron en silencio durante unos minutos. El aire de la habitación parecía adensarse de tensión. Finalmente dejó su bandeja a un lado y le preguntó en voz baja, para no despertar al niño:

–¿Todo el mundo en este pueblo es tan amable como usted?

Lia se echó a reír, halagada por el cumplido.

–No creo que pueda responder a esa pregunta sin parecer que me estoy jactando o hablando mal de alguien… Hay mucha gente buena en este pueblo. Por eso llevo tanto tiempo aquí. Me gustan las poblaciones pequeñas. Estoy segura de que tiene que ser muy distinto de Los Ángeles…

–Como la noche y el día –repuso él–. En realidad yo sólo he vivido allí desde que empecé a estudiar en la universidad. Me crié no muy lejos de esta zona, en las afueras de Río Rancho. Aquello no es tan diferente –echándose hacia atrás, apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos–. Estoy pensando en volver, al menos a Nuevo México. Si el trabajo me lo permite, claro está. He arreglado las cosas para poder disponer de tiempo para decidirlo, entre proyecto y proyecto. La verdad es que Los Ángeles no es el lugar más adecuado para criar y educar a un niño.

–A mí me cuesta imaginarme viviendo en un lugar como Los Ángeles. Pero parece que usted ha hecho un gran trabajo con Noah. Sé que no es fácil criar a un niño estando solo.

–¿Tiene alguna experiencia directa al respecto?

–No –replicó ella, riendo–. Pero soy pediatra. He visto familias de todos los tipos.

Duran alzó la cabeza para mirarla con una extraña fijeza, como si le estuviera diseccionando el alma.

–Yo siempre he querido para Noah el mismo tipo de familia que tuve yo. Tuve dos abuelos, un perro fiel y la versión de Nuevo México de la típica casita con jardín y valla blanca.

–¿Pero?

–Pero mi ex mujer no lo veía de la misma manera que yo. Se marchó de casa antes de que Noah cumpliera un año, consiguió un rápido divorcio, me cedió la custodia completa y desde entonces no la he vuelto a ver. Así que Noah tuvo que conformarse con contar únicamente conmigo.

–No parece que le haya ido tan mal –repuso Lia en tono suave–. Además, las cosas siempre pueden cambiar, ¿no?

–No para mí –respondió él en tono rotundo–. No me arriesgaré a volver a poner a Noah en una situación semejante. Ya ha sufrido demasiado. Cuando su madre se marchó, Noah era demasiado pequeño para darse cuenta de que ella no lo quería. Más de una vez me ha preguntado por qué él no tiene madre, y yo todavía no sé qué decirle.

Lia podía entender la tristeza que traslucían sus palabras, al igual que su certidumbre de que el amor no volvería a llamar a su puerta con la suficiente fuerza como para que se decidiera a darle otra oportunidad. Ella, precisamente, sabía eso mejor que nadie. Cualquier padre que amara a su hijo tanto como ese hombre juzgaría que no valía la pena correr ese riesgo… al contrario que sus propios padres, para quienes los hijos no habían sido más que la consecuencia inevitable de relaciones no duraderas.

Un suave golpe en la puerta interrumpió su conversación y Lia, pensando que sería la enfermera de noche, se levantó para abrir. Con quien se encontró fue, sin embargo, con Cort Morente; amigo suyo, pero la última de las personas a las que habría esperado ver allí aquella noche.

–Cort… ¿cómo sabías que…? –se lo quedó mirando, completamente confundida. Duran le había dicho que había ido a Luna Hermosa a entrevistarse con Rafe, y ahora el hermano pequeño de Rafe se presentaba allí, sorpresivamente–. ¿Le ha ocurrido algo a alguno de los niños?

–No, todos están bien. No te estaba buscando a ti.

Cort miró detrás de ella y reparó en Duran, que se había levantado de la silla. Lia se apartó. Los dos hombres se miraron fijamente: Duran tenso, a la defensiva, y Cort cauto, como si estuviera pensándoselo bien antes de decir nada. Cuando finalmente lo hizo, Lia se llevó la sorpresa de su vida.

–He venido a ver a mi hermano.

 

 

La primera reacción de Duran fue el pensamiento completamente irrelevante de que se estaba acostumbrando a conocer a parientes que no había visto nunca: aquél era ya el tercero.

Rafe Garrett le había advertido, cuando Duran lo telefoneó para posponer su encuentro, que Ry Kincaid y él no eran los únicos hermanos que tenía. Cinco de los hijos de Jed Garrett vivían en Luna Hermosa y, por alguna razón que Rafe no se molestó en aclararle, ninguno de ellos había querido que se entrevistara primero con Jed. Suponía que el hermano que acababa de entrar en la habitación era el que habían delegado para esa tarea.

Duran se volvió para mirar a Noah. Su hijo dormía plácidamente, ajeno a la escena que se estaba desarrollando. No tenía ninguna gana de separarse de él, pero probablemente no despertaría hasta después de algunas horas y tampoco quería que su primer encuentro con parientes de Luna Hermosa estuviera condicionado por el temor de que Noah pudiera despertarse y escuchar algo.

Lia debió de percibir sus vacilaciones, porque se acercó a la cama y le dijo:

–Yo me quedo con él.

Duran experimentó una sensación de gratitud inmensa, casi demasiado, como fuera de lugar para un gesto tan sencillo. Por un instante, sintió incluso que eran aliados.

–Gracias, pero no hace falta; hablaremos en el pasillo. Lo que quiero pedirle, sin embargo… es que nos acompañe. Usted podría ayudarme a explicarle la situación.

Sin dudarlo, Lia volvió a revisar al niño y los siguió a los dos fuera de la habitación.

Una vez en el corredor, Duran se volvió hacia Cort, sin saber por dónde empezar. Fue Cort quien habló primero:

–No era así como imaginamos que tendría lugar este encuentro… Pero cuando Rafe nos llamó y nos contó lo de tu hijo, quisimos acercarnos cuanto antes para ofrecerte nuestra ayuda.

El ofrecimiento parecía sincero. Pero había cierta reserva en su actitud; no tanto sospecha o desconfianza, sino una especie de contención, de resistencia a aceptar la afirmación de Duran de que eran parientes.

No podía culparlo por ello: no había llevado consigo ninguna prueba de su parentesco con Jed Garrett. Y él tampoco tenía ninguna, excepto la palabra de la desconocida que lo había concebido. Pero tenía que convencer a Cort Morente de la sinceridad de sus intenciones, porque no podía permitirse fracasar como lo había hecho con su madre biológica.

–La verdad es que no esperaba encontrarme con seis hermanos. Es más de lo que podía esperar, dadas las circunstancias, sobre todo si realmente estáis dispuestos a ayudarme.

–No quiero ponerte las cosas difíciles –le dijo Cort–, pero lo cierto es que toda esta situación me intriga bastante. Jed no sabe ni de tu existencia ni de la de tu hermano gemelo; de lo contrario, te aseguro que el resto de nosotros ya lo sabríamos. Por eso no puedo dejar de preguntarme por qué has esperado tanto tiempo para rastrearle la pista y venir hasta aquí.

–Porque yo tampoco sabía de su existencia. Mi… –se resistía a llamar «madre» a aquella mujer– progenitora no registró su nombre en mi partida de nacimiento. Tuve que localizarla primero para conseguirlo.

–¿Estás seguro de que Jed es tu padre?

–Ella sí lo está. Me facilitó su nombre y el de su rancho. Fue lo único que hizo por mí –agregó, incapaz de disimular la indignación que le había producido aquel encuentro–, aparte de contarme lo de Ry… Ry Kincaid, mi hermano gemelo. Yo tampoco sabía que existía hasta hace unas semanas. Al parecer, nos separaron nada más nacer –suspiró profundamente–. Pero la verdad es que a mí nunca antes me había importado saber si tenía o no parientes.

Cort lo miraba escrutador y Duran comprendió que él también estaba protegiendo a alguien: sus hermanos, su familia, quizá incluso al propio Jed Garrett.

–Y ahora, en cambio, sí –pronunció Cort, rotundo. Era más la constatación de un hecho que una pregunta.

–Sí, y mucho. Mi intención es encontrar a la mayor cantidad de familiares que pueda. Se me está acabando el tiempo –y reunió el coraje necesario para decirle lo que ni siquiera se había atrevido a reconocer para sí mismo, aquello con lo que batallaba diariamente en sus pesadillas–. Mi hijo se está muriendo.

Capítulo 2

 

 

 

 

ESA vez sí que consiguió alterar la compostura de Cort. Duran experimentó una sensación parecida al triunfo, porque supo, por pura intuición, que en esa ocasión no lo defraudarían.

–Lo siento –se disculpó Cort con una nota ronca en la voz–. Yo tengo cuatro hijos y ni siquiera puedo imaginar… –se pasó una mano por la cara. Cuando volvió a mirarlo, un brillo de compasión se reflejaba en sus ojos–. Tiene que haber algo que podamos hacer para ayudarte. De lo contrario, no estarías aquí.

–Sí que lo hay. Noah necesita un trasplante de médula, pero hasta ahora los médicos no han podido encontrar un donante compatible.

–Noah tiene una extraña enfermedad del sistema inmunológico –procedió a explicarle Lia a Cort–. Se han conseguido numerosos éxitos en el tratamiento con trasplantes de médula. Pero sin trasplante… –miró a Duran, con una disculpa en los ojos– Noah probablemente no sobreviviría más de unos pocos años. Cuanto antes reciba uno, mayores serán sus posibilidades de curación. Y las probabilidades de que encuentre un donante compatible entre parientes consanguíneos son mucho más altas.

–Ése es el motivo por el que empecé a buscar a mis padres biológicos, dado que ni yo ni mi ex mujer éramos donantes compatibles –añadió Duran–. Esperaba que uno de mis padres lo fuese; y si no, quizá pudiera encontrar algún otro pariente que sí. Por eso te dije que el descubrimiento de que tenía tantos hermanos era mucho más de lo que había esperado.

–Ya. Así que ni tu hermano gemelo ni tu madre resultaron ser donantes compatibles.

–Ry no lo era. Lo único que demostraron los análisis fue que sí éramos hermanos. Y mi madre rechazó someterse a las pruebas –volvió a experimentar otra punzada de furia–. Me dijo que no quería que su familia actual se enterara de los errores que había cometido hace treinta años. Según sus palabras, el hecho de admitir haberse acostado con un desconocido que conoció en un bar cuando sólo contaba veintidós años arruinaría su vida actual.

–A Jed no le importará nada que se sepa. Su familia ya conoce sus peores pecados, y una aventura de una sola noche no significa nada –Cort vaciló, y Duran se preparó para llevarse una nueva decepción–. Está muy enfermo. Se está muriendo, de hecho. No podría hacer de donante ni aunque quisiera. Pero estoy seguro de que puedo hablar por todos mis hermanos y asegurarte que nosotros estamos dispuestos a someternos a los análisis cuanto antes, cuando tú gustes –se volvió hacia Lia–. ¿Hay algo que podamos hacer para acelerar el proceso?

–Yo me daré toda la prisa posible –le aseguró ella–. En fin de semana no puedo hacer nada, pero intentaré dejarlo todo preparado para principios de la semana que viene.