Un solo amor - Nicole Foster - E-Book

Un solo amor E-Book

NICOLE FOSTER

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Beschreibung

Julene Santiago no comprendía por qué Rafe Garrett la había dejado marchar hacía años. Bien era cierto que nadie creía que el brusco ranchero pudiera estar a la altura de la bella e inteligente Jule. Especialmente sus padres… y el propio Rafe. Pero ella sí lo creía. Y cuando volvió al pueblo después de tanto tiempo, Jule descubrió que lo que había habido entre ellos seguía estando allí con la misma fuerza de siempre. ¿Cómo podría convencer a Rafe de que esa vez su historia podría tener un final feliz?

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Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2007 Annette Chartier-Warren & Danette Fertig-Thompson

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un solo amor, n.º 1750- enero 2019

Título original: The Rancher’s Second Chance

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1307-429-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

Hace trece años

 

 

Julene Santiago bajó del caballo con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole aceleradamente.

No llegaba así por haber ido hasta allí al galope, pues, aunque en aquella ocasión llegaba a Rancho Pintada en mitad de la noche y a la carrera, había hecho aquel camino en incontables ocasiones.

No, llegaba así, por aquella mezcla volátil de miedo, anticipación y coraje que la hacía sentir un nudo en la garganta y el cuerpo tenso por Rafe.

No estaba dispuesta a irse de Luna Hermosa sin él. Había dicho que no quería volver a verla, pero Jule no lo había escuchado. Nunca lo escuchaba cuando decía aquellas cosas. Prefería escucharlo desde el corazón.

Así lo había hecho hasta el momento y así lo haría siempre.

Jule dejó a su caballo dentro del redil, echó los hombros hacia atrás y se dirigió a la puerta de la pequeña casa de adobe y madera, agradecida como de costumbre de que estuviera alejada de la casa principal.

Aquella pequeña cabaña había pertenecido a los padres biológicos de Rafe y hacía unos años que Rafe había decidido volver a ocuparla, pues no podía soportar vivir en la casa grande junto a su padre adoptivo.

Rafe abrió la puerta medio desnudo y con el pelo revuelto. Cuando vio que era ella, se puso muy serio, pero Jule vio un brillo de esperanza en sus ojos.

—¿Qué haces aquí?

—Quería verte. Déjame pasar, Rafe —imploró Jule.

Rafe dudó, pero acabó haciéndose a un lado. Una vez dentro, se quedaron mirando.

—No deberías haber venido —comentó Rafe.

—Tenía que venir. Me voy mañana por la mañana y no me quiero ir sin ti.

Rafe negó con la cabeza.

—No vuelvas a decir eso.

—Rafe… —insistió Jule acercándose a él—. Te quiero. Te quiero desde que tengo ocho años. Eres mi mejor amigo. No quiero separarme de ti.

—No puedes quedarte aquí. Aquí no hay nada que te retenga.

—Estás tú —contestó Jule con ternura.

Rafe la miró con los ojos llenos de dolor.

—Eso es lo mismo que decir nada.

—Tu padre y mi padre están equivocados.

—¿Mi padre? —sonrió Rafe con amargura—. No soy hijo de Jed Garrett. Soy su empleado mestizo. La única razón por la que me dio su apellido es porque le pareció que le iba a salir más barato adoptarme que contratarme.

Jule no supo qué contestar. Era una vieja herida que Rafe llevaba en el corazón que ni ella había podido sanar y que había empeorado hacía cuatro años cuando su padre los había pillado besándose detrás del cobertizo.

Tanto Jed como su padre habían insistido en que Rafe no era lo suficientemente bueno para ella porque nunca sería más que un vaquero sin tierra que tendría que trabajar el rancho de otro. Sin embargo, Rafe había heredado de su padre biológico el amor que sentía por aquel rancho y la promesa de quedarse siempre allí y por eso seguía allí, decidido a demostrar que merecía heredarlo.

Y Jule también había decidido quedarse, igual de decidida a probar que nada podría separarlos.

Sin embargo, las cosas habían cambiado. Rafe se mostraba enfadado a menudo e incluso cruel, como si quisiera apartarla de su lado, pero no pudiera y se odiara a sí mismo por no tener agallas para dejarla partir.

Jule había observado aquel proceso de cerca durante los últimos cuatro años, había llorado por él y lo había amado lo mejor que había sabido, creyendo que el amor podría con todo.

—¿Me quieres? —le preguntó.

Rafe dio un paso atrás.

—Jule…

Jule dio un paso al frente y le acarició la mejilla, obligándolo a mirarla a los ojos.

—¿Me quieres? —insistió.

—Sí —confesó Rafe—. Claro que te quiero —añadió tomándola entre sus brazos y besándola con pasión, dejándole muy claro con sus labios la profundidad de lo que sentía por ella.

Jule se entregó por completo a aquel beso. Llevaba diez años jugando con aquel hombre, riéndose con él, contándole sus secretos y guardando los suyos como un tesoro. Ahora, quería amarlo completamente y no separarse de él jamás.

Jule sentía las manos de Rafe por todo el cuerpo. Era evidente que la necesidad se estaba apoderando de ambos. Jule intentó convencerse de que era imposible que lo único que Rafe quisiera fuera acostarse con ella antes de dejarla, se dijo que él no era así y que jamás le rompería el corazón.

El fuego los estaba abrasando a ambos, pero Rafe consiguió dar un paso atrás. A continuación, se quedó mirando a Jule a los ojos, haciéndole una pregunta con la mirada que no se atrevía a poner en palabras. Entonces, como si tuviera miedo de hacerle daño, le acarició el rostro con mucha ternura, volvió a besarla, muy despacio, tomándose su tiempo, haciendo que a Jule se le llenaran los ojos de lágrimas ante su dulzura.

Muy lentamente, ambos comenzaron a desvestirse el uno al otro y Rafe la llevó a su cama y le hizo el amor como si hubieran estado haciéndolo toda la vida.

Jule dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas, pues, aunque no había sido la ocasión perfecta, había estado muy bien.

Por primera vez en su vida, se atrevía a pensar que lo suyo iba a ser para siempre.

Sin embargo, para siempre tardó muy poco en terminar.

Antes de que amaneciera, Jule se despertó y se dio cuenta de que estaba sola en la cama. Rafe estaba de pie, mirando por la ventana, a oscuras. Jule se levantó y, sin molestarse en vestirse, lo abrazó por detrás.

—Todo va a salir bien. Vente conmigo. Encontrarás trabajo en Albuquerque y cuando yo terminé la universidad…

—No —la interrumpió Rafe—. Yo me quedo —añadió girándose hacia ella—. Todo lo que tengo está aquí. No me puedo ir.

—¿Pero si me puedes dejar a mí?

—La que te vas eres tú.

—¿Me estás pidiendo que me quede? —le preguntó Jule sin atreverse a hacerse ilusiones.

Rafe la miró con cariño y Jule se dio cuenta de que estaba experimentando amor, necesidad y dolor.

—Rafe…

—No, quiero que te vayas —contestó Rafe dándose la vuelta.

—¿Cómo me puedes decir eso después de lo que hemos compartido esta noche? —protestó Jule.

Sentía un frío inmenso apoderándose de sus entrañas, era como si se estuviera muriendo en vida.

—Lo de esta noche ha sido un error —contestó Rafe mirándola muy serio, con los dientes apretados y los puños cerrados con fuerza.

—No, no ha sido ningún error. Yo te quiero y tú me quieres.

—No puedo… —le dijo Rafe agarrándola por los hombros con fuerza para intentar convencerla—. No puedo, Jule, no puedo quererte.

—¿No puedes o no quieres?

Rafe la soltó de repente y dio un paso atrás.

—No puedo… no quiero… qué más da. Simplemente… vete. ¡Vete! —le gritó al ver que Jule se había quedado parada, petrificada en el sitio, intentando encontrar desesperadamente las palabras que lo convencieran.

Jule sollozó, se giró, recogió su ropa a la carrera y salió corriendo de la casa. Una vez fuera, escuchó que Rafe daba un puñetazo a la puerta, pero, mientras se montaba en su caballo, no lo vio llorar.

Capítulo 1

 

 

 

 

En la actualidad

 

 

Tenía que estar por algún sitio.

Rafe se maldijo a sí mismo por no tener todo aquello recogido y organizado. A continuación, abrió otro cajón y revolvió unos cuantos papeles para ver si encontraba los que necesitaba.

Abraham Santiago, que se había roto la cadera, le iba a mandar a otro veterinario en su lugar y Rafe necesitaba la cartilla de vacunaciones de su bisonte. Aquel mismo día había aparecido otro animal enfermo. Si al nuevo veterinario no se le ocurría algo para parar la enfermedad, que seguía extendiéndose y matando más crías, el pequeño experimento de Rafe de establecer un rebaño de bisontes en Rancho Pintada iba a irse al garete en un abrir y cerrar de ojos.

Rafe metió la mano por detrás del cajón para ver si se habían caído por ahí y tocó algo frío y duro, lo sacó y se encontró mirando un corazón de cuarzo rosa que colgaba de una cadena de plata.

Aquel objeto llevaba mucho tiempo en el fondo del cajón y casi había conseguido olvidarse de él.

Casi.

Rafe lo acarició con la yema del dedo y, al instante, los recuerdos se apoderaron de él. Rafe sintió cómo aquel objeto tan delicado no quedaba bien en una mano de trabajador llena de callos como la suya. Pasaba lo mismo con Jule Santiago cuando la tenía entre sus brazos. Simplemente, no podían estar juntos.

Aquel corazón de cuarzo era suyo. Jule se lo había dejado en su casa la última noche que se habían visto. Tenerlo en la mano lo exponía a aquel dolor tan horrible al que creía haberse hecho inmune por fin y le hacía comprender que no la había olvidado.

Por mucho que quisiera engañarse a sí mismo, lo cierto era que recordaba su piel desnuda y suave y la textura de su pelo.

Rafe se había dicho muchas veces que ya no le importaba, pero no era cierto.

«Jamás serás lo suficientemente bueno para ella. No eres más que un obrero, como tu padre. Jamás tendrás nada que merezca la pena para ofrecerle. Será mejor que nunca lo olvides y que te mantengas alejado de esa chica».

Pero Rafe no se había mantenido alejado, había seguido con ella aunque lo cierto era que saber que estar juntos para siempre, que era lo que ambos querían, no era posible lo había amargado.

Le había costado un gran esfuerzo dejarla marchar y lo cierto era que, en realidad, nunca se había ido, siempre estaba con él. Jamás había vuelto a desear a otra mujer y, a veces, había odiado a Jule por ello.

Rafe se dijo que lo mejor que podía hacer era tirar aquel collar a la basura de una vez por todas, pero los recuerdos se lo impidieron y se encontró depositándolo con ternura en el lugar en el que había estado escondido tanto tiempo y cerrando el cajón como si, con aquel gesto, consiguiera dejar el pasado atrás.

No era así, pero podía fingir.

Rafe se olvidó de los papeles, se puso su sombrero Stetson y se dirigió a las cuadras. Adrede, tomó el camino más alejado de la casa principal, pues no quería discutir con Jed, que veía como una auténtica locura su decisión de criar bisontes junto al ganado y los caballos de Rancho Pintada.

Rafe sabía que, si no aparecía por la casa, había pocas posibilidades de que se encontrara con su padre adoptivo, pues Jed solía pasar la mayor parte del tiempo en la cama ya que la quimioterapia lo dejaba sin fuerzas.

—¡Hola, Rafe! Espera un momento.

Rafe sintió que el cuello se le tensaba. Era su hermano pequeño, Josh. Rafe se giró para ver qué quería.

—¿Qué quieres? Ni te molestes en decírmelo si es algo que tenga que ver con el viejo.

—Está bien, me saltaré esa parte —sonrió Josh Garrett acercándose a Rafe.

Eran familia porque a Rafe lo había adoptado el padre de Josh, pero no se parecían absolutamente en nada. Josh era casi tan alto como él, pero mucho más desgarbado, tenía el pelo castaño claro y los ojos verdes. Nada que ver con Rafe, que tenía el pelo negro, la piel bronceada y los ojos como el azabache, rasgos propios de su herencia india.

—No sé por qué siempre te crees que te voy a dar malas noticias —se burló Josh apoyándose en la valla—. La verdad es que empiezo a pensar que ese ceño fruncido que luces se te ha quedado permanentemente grabado en la cara.

—Si eso es lo único que quieres y has terminado, me tengo que ir a trabajar —contestó Rafe.

—¿Cuándo vas a tener un rato libre? No, no me lo digas, no hace falta… ¡nunca! —se burló Josh—. No mates al mensajero. Sobre todo, cuando viene a invitarte a una fiesta —añadió su hermano sacándose un sobre del bolsillo.

—¿Qué es eso?

—Ya te lo he dicho. Una invitación. Sawyer y Maya han terminado su casa y dan una fiesta este fin de semana para celebrarlo —le explicó Josh.

—¿Tú vas a ir?

—Sí, claro que sí. Además de que Sawyer es mi hermano, habrá comida y bebida gratis y, a lo mejor, resulta que van las amigas solteras de Maya. A ver si son tan guapas como ella.

—Parece que es tu definición del paraíso. Qué te lo pases bien.

—Sawyer también es tu hermano y…

—Sawyer Morente no es mi hermano —lo interrumpió Rafe mirándolo muy serio, esperando en vano hacerlo callar de una vez.

—Sí, claro que lo es por mucho que tú finjas que Cort, él y yo no existimos —insistió Josh poniéndose muy serio, algo nada habitual en él—. Yo creo que ha llegado el momento de que depongas esa actitud con nosotros y con todos los demás seres humanos y admitas de una vez por todas, te guste o no, que tienes una familia. Ahora es un buen momento. Papá está como loco con esa aventura suya de encontrar a su hijo perdido. Sí, ya lo sé, ya lo sé, ya sé que también quieres hacer como que él tampoco existe, pero papá ha convocado una reunión familiar para obligarnos a permanecer juntos. Además, si eres un poco avispado con Sawyer y Cort, podrás convencerlos para que te vendan su parte del rancho. Puede que hasta yo esté dispuesto a venderte la mía.

—Cuando el infierno se congele.

—Cosas más extrañas se han visto —contestó Josh acercándose a su hermano y metiéndole el sobre en el bolsillo—. Piénsalo bien.

Rafe no se molestó en contestar, se giró y entró en las cuadras. Ya había pensado suficiente en el pasado aquel día. Ya había tenido suficiente. No iba a ponerse ahora a pensar en Sawyer y Cort Morente.

Sólo eran dos personas más con las que ya no tenía relación, dos relaciones que no se podían arreglar.

 

 

—¿Por qué no me lo has dicho?

Julene Santiago se quedó mirando a su padre, que estaba tumbado en la cama del hospital, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no enfadarse. Ver a su padre así le había impresionado tanto que había preferido no enfrentarse a él a pesar de que no le había gustado nada lo que había hecho.

Su padre nunca había sido un hombre fuerte, pero verlo en la cama con la cadera rota… parecía mucho más frágil y débil que de costumbre.

La había llamado para que volviera a casa y le había dicho que se hiciera cargo de la consulta mientras se recuperaba del accidente que había sufrido montando a caballo. Su padre era el único veterinario de Luna Hermosa, le había dicho que no le hacía ninguna gracia contratar a un desconocido de Taos y se le había ocurrido que quién mejor que su hija para sustituirlo.

Era cierto que Jule conocía la zona y a todos sus habitantes y, al fin y al cabo, tenía pensado dejar aquel enorme hospital de animales en Albuquerque para abrir una consulta privada más pequeña en otro sitio.

Su padre no le había dicho nada, pero Jule sabía que, en secreto, esperaba que se sintiera lo suficientemente cómoda allí como para quedarse permanentemente. En un par de ocasiones le había dado a entender que le parecía la persona perfecta para hacerse cargo de sus clientes cuando él se jubilara.

A pesar de todo ello, Jule solamente se había comprometido a quedarse hasta que se recuperaba y pudiera ponerse de nuevo en pie. Por una parte, había accedido porque quería a su padre y, por otra, porque últimamente se sentía estresada.

Siempre le había encantado trabajar con animales, pero, de alguna manera, en Albuquerque, se le hacía demasiado impersonal, no era como en Luna Hermosa, donde conocía a todo el mundo, pues era el lugar en el que se había criado.

El único detalle «sin importancia» que su padre había olvidado mencionar era que iba a tener que estar yendo constantemente a Rancho Pintada, el último lugar al que Jule hubiera querido volver.

Si su padre le hubiera dicho que iba a tener que pasar mucho tiempo con Rafe Garrett, no habría vuelto.

—¿Por qué no me lo has dicho? —insistió girándose hacia la cama.

Abraham Santiago se encogió de hombros.

—¿Qué querías que te dijera? Llevo yendo a Rancho Pintada desde antes de que tú nacieras. ¿Por qué iba a haber cambiado eso?

—Conozco perfectamente la relación que tienes con Rancho Pintada, pero no me habías hablado del rebaño de bisontes ni de que has tenido que ir todos los días durante el último mes.

Su padre le había contado aquella mañana que Rafe estaba intentando criar bisontes, pero que una enfermedad desconocida había matado ya a varios de ellos. Por lo visto, estaba tan preocupado que había llamado a su padre en persona a pesar de que nunca se habían llevado demasiado bien.

—¿Y qué más da? —protestó Abraham, a quien los días de inactividad habían vuelto quisquilloso—. ¿Tienes algo en contra de los bisontes?

—No, no tengo nada en contra de los bisontes, pero Jed Garrett no me cae bien.

—Jed Garrett no le cae bien a nadie, ni siquiera a su propia familia. ¿Y qué más da? —insistió su padre mirándola con los ojos entrecerrados—. No me digas que es por Rafe. Lo vuestro fue hace muchos años. No eras más que una chiquilla. ¿No me digas que todavía te importa?

—Por supuesto que no —contestó Jule apartando la mirada.

—Eso quiere decir que por supuesto que sí porque ni siquiera eres capaz de decírmelo mirándome a la cara —contestó su padre—. Nunca entendí que te gustara aquel chico.

Julia sabía que su padre la estaba observando, midiendo sus palabras. Nunca habían hablado de la relación que había mantenido con Rafe, se habían limitado a discutir, su padre diciéndole la cantidad de razones por las que Rafe no era adecuado para ella y ella contestándole que nada de todo aquello importaba y que jamás dejaría de querer a Rafe. Al final, no había importado, ya que había sido Rafe quien la había dejado a ella.

Jule se miró al espejo y vio a la niña que había sido y a la mujer en la que se había convertido. En aquel momento, eran la misma persona.

—No, jamás lo comprendiste, pero ya da igual —contestó volviéndose hacia su padre.

Mientras conducía desde el hospital hasta Rancho Pintada, Jule se repitió una y otra vez que todo daba igual, pero no podía dejar de sentirse como una ingenua por acercarse al rancho de Jed Garrett.

En lugar de trece años, se le antojaba que sólo habían pasado unas cuantas horas desde la última vez que había estado allí.

Desde la última vez que había visto a Rafe.

«Idioteces. No éramos más que unos chiquillos. Sólo eso. Amigos de la infancia y nada más. Papá tiene razón. Fue hace muchos años», se dijo.

No había motivos para estar nerviosa, pero lo cierto era que sentía un nudo en la boca del estómago. Ya no sentía nada por él. La última vez que se había visto, no era más que una adolescente demasiado melodramática y emocional, convencida de que su vida dependía de que Rafe la quisiera.

Pero Rafe había acabado con su amor, le había roto el corazón y, si sentía algo por él, era rencor por la forma tan cruel que había tenido de apartarla de él.

«Mentirosa».

Sí, claro, se había olvidado completamente de Rafe. Por eso tenía treinta y un años, pero todavía seguía buscando a su alma gemela como si tuviera dieciocho. ¿Por qué no había tenido ninguna relación que durara más que unos cuantos meses? ¿Por qué no había hecho el amor más que dos veces en su vida, las dos con Rafe y las dos hacía trece años?

«—No puedo, Jule, no puedo quererte.

—¿No puedes o no quieres?

—No puedo… no quiero… qué más da. Simplemente… vete. ¡Vete!».

Y se había ido, pero se había dejado el corazón y el alma atrás.

No debería haber vuelto.

«Tranquila. Probablemente, Rafe ya haya olvidado todo aquello, se haya olvidado de mí y haga mucho tiempo que esté con otra mujer. Exactamente igual que tendría que haber hecho yo», pensó Jule.

En aquel momento, entró en el camino que llevaba hasta la casa principal de Rancho Pintada y condujo hacia las cuadras, haciendo un gran esfuerzo para controlar sus emociones.

Debía concentrarse en los animales que había ido a ver. No se trataba de una reunión entre viejos amigos. Había ido a trabajar y nada más. Iba a volver a ver a Rafe, sí, era cierto, y le iba a servir para darse cuenta de que lo que había habido entre ellos había muerto hacía mucho tiempo y para, por fin, seguir adelante con su vida.

Jule no tomó la desviación que llevaba a la casa principal. No tenía ninguna intención de ver a Jed Garrett, al que seguía guardando rencor por cómo había tratado a Rafe en el pasado.

El padre de Rafe y Jed habían montado Rancho Pintada juntos, pero, cuando Jed se había casado con Theresa Morente, que procedía de una familia de mucho dinero, se había erigido en propietario más que en socio y el padre de Rafe había quedado relegado a capataz. Cuando los padres de Rafe se mataron en un accidente de coche y Jed y Theresa adoptaron a su hijo de seis años, la gente pensó que había sido por respeto a su socio y para asegurarse de que Rafe heredara su parte del rancho, pero Jule había llegado a la conclusión de que tras aquella adopción había algo más aunque ni ella ni Rafe sabían qué.

Theresa jamás consideró a Rafe como su hijo y abandonó a Jed dos años después de la adopción, llevándose a sus dos hijos y dejando a Rafe con Jed. Había muerto hacía tres años sin volver a ver a Rafe. Para Jed, Rafe no era más que un empleado del rancho aunque llevara el apellido Garrett.

Jule no estaba dispuesta a perdonar ni a Jed ni a Theresa por todo aquello, así que pasó de largo ante la casa principal y aparcó su furgoneta cerca de las cuadras. Estaba sacando sus cosas cuando oyó pisadas detrás de ella y, al girarse, se encontró con un hombre que salía de las cuadras.

Rafe.

Los dos se pararon en seco y se quedaron mirando.

Y, de repente, volvieron al pasado.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

RAFE fue el primero en moverse aunque lo hizo muy lentamente, como si se le hubiera olvidado caminar.

Jule no se podía mover. Ya tenía suficiente con poder respirar. Los recuerdos se habían apoderado de ella y volvía a tener dieciocho años.

Rafe apenas había cambiado. Los años de trabajo físico habían añadido músculo a su cuerpo y los rasgos que en el pasado Jule decía que habían modelado los elementos se habían vuelto más definidos. Seguía llevando el pelo largo, en una cola de caballo, y Jule sintió un cosquilleo en las yemas de los dedos al recordar lo mucho que le gustaba acariciar aquella melena negra.