La dama en la sombra - Armin Ohri - E-Book

La dama en la sombra E-Book

Armin Öhri

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Beschreibung

Una intrépida tournée por la Europa del siglo XIX y el Imperio del Antiguo Egipto, en un juego enigmático que nos transporta a los inmortales Conan Doyle y Wilkie Collins. En plena guerra austro-prusiana, el detective aficionado Julius Bentheim y su joven amigo Albrecht Krosick intentan sobrevivir en el campo de batalla hasta que son reclutados por el comisario Gideon Horlitz. Unas valiosas joyas pertenecientes al Imperio del Antiguo Egipto han sido robadas por una astuta banda criminal. Las huellas de este robo los llevarán a Egipto, convertido en un tablero de ajedrez donde se juega una partida por el gobierno del país del Nilo y en el que las alhajas robadas pueden tener un valor incalculable. Secretos, intrigas y una conspiración política internacional. Todas las pistas parecen llevar a una misteriosa mujer llamada Feline. Julius y Albrecht tendrán que decidir entonces si es una aliada en las sombras o la mayor mente criminal a la que se hayan enfrentado. La dama en la sombra es una trepidante novela de aventuras y misterio que rinde homenaje a las historias de Arsène Lupin, Belfegor o Sherlock Holmes. Una auténtica delicia del kriminalroman que deleitará a los paladares más exigentes. CRÍTICA «Hay en Öhri voluntad de divertir al lector pero no de ignorar el lado oscuro de la Historia.» —Mariana Enríquez, Página 12 «La escritura de Armin Öhri, una auténtica rara avis en el género, es simplemente deliciosa.» —Laura Fernández, El Cultural «Öhri obra un milagro especialmente apto para los amantes del cluedo literario con un gusto, en este caso, germánico —y he aquí su principal virtud, crear algo que nunca existió—, exquisito.» —Juan Carlos Galindo, El País «Armin Öhri podría ser el gran descubrimiento de la literatura detectivesca de este siglo.» —Neues Deutschland «Öhri tiene mucho talento. Es capaz de retrotraernos a un enfoque novelesco menos cínico que el de la novela negra más contemporánea y tiene a bien conducirnos muy bien documentados por la Alemania decimonónica, una sociedad moderna que funcionaba a una velocidad dual entre los paladines de la intelectualidad berlinesa y los sectores más tradicionalistas.» —Gerard Altés, Coordenadas Literarias «Al alemán Armin Öhri le flipa el XIX, así que lo suyo es la novela de detectives, la documentación a fondo y seguirle los pasos a Dickens.» —Eugenio Fuentes, La Nueva España/i> «Con un lenguaje narrativo actual, pero tratando al mismo tiempo de imitar las antiguas formas de escritura de la segunda mitad del siglo XIX, Öhri decide «viajar» con la historia.» —La espada en la tinta

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Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Para Katharina

La soga al cuello al pequeño maleante,

Pero si es gran ladrón, collar de diamantes.

GEORG ROLLENHAGEN, Froschmeuseler

CAPÍTULO UNO

Las puertas del infierno estaban abiertas de par en par y, desde sus abismos más recónditos, se arrastraban los demonios, monstruos y diablos del mundo real en forma de granadas de mano y fusiles de aguja.

Una maraña espesa de nubes oscuras se arremolinaba sobre la comarca bohemia, aquel 3 de julio de 1866, en las inmediaciones del fuerte de Königgrätz. Recordaba a una esponja empapada de agua sucia, lista para descargar sobre la región. Entre el río Elba y el Bistriţa, a lo largo de una hilera de colinas, una ráfaga de viento arrastró las nubes hasta la cresta. Al destello de un relámpago le seguía el estrépito de un trueno. Julius Bentheim dirigió la mirada al horizonte, iluminado por un instante por un rayo, y reparó en los contornos de las fortificaciones austríacas. A lo lejos, los cañones de la artillería enemiga se recortaban sobre el cielo como los huesos de un esqueleto.

El batallón de Bentheim llevaba cuatro horas atravesando campos neblinosos. Los soldados se habían desplegado en una estación con el andén muy estrecho y cubierta por un tejado bajo de color rojo. Un mensajero de posta les dio aceleradamente algunas órdenes antes de apresurarse para recibir nuevas instrucciones en la oficina de telégrafos más cercana. Las suelas de las botas de Bentheim estaban desgastadas y el uniforme se le pegaba al cuerpo como un cartón mohoso. El aire era húmedo y frío. De los arroyos y riachuelos que cruzaban los campos se elevaba una bruma de vapor. Cuando finalmente empezó a diluviar, el general Fransecky, al mando de la séptima División de Infantería de Prusia, dirigió a sus hombres hasta Swiepwald. Los soldados rompieron el orden de marcha y se abrieron paso entre la maleza.

—¡Formad una línea de fuego! —tronó la orden del asistente de campo—. ¡Desplegaos y atrincheraos lo mejor que podáis!

Habían avanzado ya unos trescientos metros en la espesura, sin toparse con ninguna posición enemiga, cuando Julius vislumbró una pequeña colina sobre la cual se alzaba un viejo y nudoso pino, cuyas anchas ramas resguardaban el suelo de la humedad. El suboficial que estaba a su lado captó la idea y asintió. Era Albrecht Krosick, el mejor amigo de Bentheim. Llevaba los galones plateados del cuello y de las solapas de la chaqueta salpicados de manchas. La expresión extenuada de sus ojos y sus mejillas hundidas deslucían el esplendor original de su apariencia. El rostro de aspecto inocente de Albrecht estaba sucio.

Los dos oficiales indicaron a sus cabos que levantaran un terraplén. Respirando agitadamente, estos obedecieron, y un cuarto de hora más tarde una docena de hombres exhaustos yacían amontonados en una trinchera. Las copas de los árboles los guarecían de la lluvia.

Julius sacó un poco de pan de la bolsa de provisiones.

—¿Tienes hambre? —le preguntó a Albrecht.

Este asintió y Bentheim le tendió un trozo. Comieron, perdidos en sus pensamientos, mientras sus compañeros de pelotón fumaban o se entretenían jugando a las cartas.

—¡Maldito Bismarck! —dijo Krosick, rompiendo el silencio—. ¡Si ese estudiante hubiera apuntado mejor…!

—¿Te refieres a Cohen-Blind?

Un gruñido fue todo lo que obtuvo por respuesta. Julius Bentheim cerró los ojos para recordar con mayor claridad aquella vez en el bulevar Unter den Linden, cuando ambos presenciaron el intento de atentado por parte de un joven estudiante contra el primer ministro Bismarck. La víctima salió ilesa de milagro, mientras que Cohen-Blind, tras ser conducido a comisaría para el interrogatorio, se rebanó el cuello en un momento de descuido. Julius conocía las costumbres del palacio Grumbkow, la sede de la gendarmería de Berlín. No podía librarse de la amarga sospecha de que quizá el criminal había contado con un poco de ayuda.

Al coger un segundo trozo de pan, sus dedos rozaron el paquetito con su correspondencia, que siempre llevaba consigo. Desde la movilización y la llamada a filas de los reservistas, solo había recibido cuatro cartas de su mujer embarazada. Durante la segunda semana de mayo, Albrecht y Julius, junto con otros hombres aptos para el servicio, habían sido reclutados a la fuerza en la casa de estudiantes regentada por la viuda Losch. Miles de soldados fueron arrojados al terreno de juego de la política europea, para marchar contra las tropas de la Confederación Germánica, siguiendo enrevesadas estratagemas y artimañas.

—En algún lugar allá afuera, al otro lado del Bistriţa —musitó Bentheim señalando a la lejanía—, está el enemigo. Puede que sea un sajón o un bávaro o quizá un joven austríaco. No nos conocen, ni nosotros a ellos… Y, sin embargo, vamos a enfrentarnos y a dispararnos, porque así se le ha antojado a un viejo demente.

Albrecht miró a su amigo con expresión cansada.

—Eso no importa, Julius, nada va a cambiar. Desecha los malos pensamientos. Haz como yo: ¡vive! Vive el aquí y el ahora. No pienses en el ayer ni en el mañana. Simplemente, vive.

—Sobrevive, querrás decir.

—Sí, Julius, de eso se trata. Lo demás ya se verá.

Bentheim entrecerró los ojos y dejó que su mirada vagara por el bosque. A través de la lluvia, distinguió a los soldados de otras compañías y escuadrones, apelotonados en los embarrados senderos o agazapados detrás de los árboles caídos, en busca de refugio. En la lejanía, se oía el clamor de la batalla, que iba en aumento conforme avanzaba la contienda.

—Se están acercando —dijo Albrecht con voz sombría.

Bebió un trago de su cantimplora, la cerró con cuidado y limpió el barro acumulado en la mira de su fusil. Julius le imitó. El ruido venía del este, del cuarto cuerpo del Ejército austríaco, que avanzaba bajo las órdenes del conde Festetics. Los cañones de las armas prusianas apuntaban en fila en la dirección en la que se esperaba al enemigo. Uno de los factores más importantes en una guerra —en esta como en cualquier otra— era la habilidad de ser impredecible y tomar un rumbo que nadie pudiera adivinar. Por eso a Julius le pareció oportuno apostarse en el húmedo suelo de un bosquecillo insignificante, pocos días después de la importante batalla de Münchengrätz, en la cual Prusia se había hecho con el control absoluto de la línea del Iser.

De pronto, se oyó un relincho. En algún lugar debía de haber un jinete. Julius fijó la vista en un punto oscuro: un árbol a unos trescientos o cuatrocientos metros de distancia. Allí, entre los troncos, aparecería el enemigo. Un caballo volvió a relinchar; claramente, esta vez mucho más cerca. Algunos hombres salieron de entre los arbustos: era la avanzadilla, formada por sargentos y soldados de primera. Avanzaban por el terreno pantanoso, deteniéndose de vez en cuando para tratar de escuchar algún ruido, pero la lluvia torrencial no les permitía oír nada.

Bajo las órdenes de Bentheim, dispararon una primera descarga, y después una segunda, y en la tercera andanada se unieron los disparos de sus camaradas. Los fusiles de percusión M41 del Ejército prusiano cumplieron con su terrible propósito. Mientras que los austríacos aún luchaban con armas de avancarga, algunas de las cuales tenían que cargarse de pie con una baqueta de hierro, Julius y sus camaradas contaban con novedosos fusiles con percutor de aguja, armas con cartuchos de pólvora negra y una potencia de fuego de siete tiros por minuto.

Las balas surcaron el bosque, rompiendo hojas y ramas a su paso, cercenando las copas de algunos abetos jóvenes y atravesando las piernas, los brazos y los estómagos de los soldados austríacos. De pronto, apareció uno de los caballos, una montura blanca. Se encabritó, se sentó sobre sus patas traseras como si fuera un perro y salió desbocado, arrastrando tras de sí a su jinete, que se había quedado enganchado en los estribos. Cayeron nuevos disparos. Por un momento, Julius no pudo ver nada, hasta que la silueta del galopante animal emergió de repente de entre la humareda que, poco a poco, se iba disipando. El caballo a la carrera, imposible ya de refrenar o dirigir, se precipitó en un estanque cenagoso, donde quedó atrapado. Sus flancos estaban cubiertos de sudor y el jinete caído yacía maltrecho en el suelo. El soldado se hundía cada vez más en el fango mientras su uniforme se empapaba de agua, y Julius le apuntó con el arma para darle el tiro de gracia.

Pero Albrecht empujó el cañón del arma hacia el suelo, y no disparó:

—Ahorra munición. Esta bala podría costarnos la vida si nos quedamos sin cartuchos.

Bentheim maldijo. Conocía la cínica verdad que se escondía tras la lacónica afirmación de su amigo y por esa razón volvió a girar el fusil hacia delante. El bosque se había sumido en un traicionero silencio. Ni los prusianos ni los austríacos se atrevían a disparar, y los pájaros que anidaban en las copas de los árboles habían abandonado sus nidos hacía tiempo. Pasaron unos minutos angustiosos.

—A lo mejor no era una avanzadilla —conjeturó uno de los soldados de infantería, un muchacho pelirrojo que aún no había cumplido los veinte.

Albrecht Krosick asintió.

—Es posible que fueran batallones dispersos.

—Eso espero —dijo Julius.

Extrañamente, no tenía miedo. La adrenalina que corría por sus venas mantenía el miedo a raya. Pero el hambre y la sed empezaron a atormentarle poco a poco. Ya se habían terminado todas las raciones de pan seco, y no habían recibido más provisiones. Al menos, podrían llenar las cantimploras con el agua de la lluvia.

Entonces oyeron el ruido sordo de una batería de disparos. Siguieron más disparos, pero los artilleros no parecían saber en qué dirección apuntar. El fuego se había desplazado, pero, para su desgracia, no parecía alejarse.

Las granadas impactaron en el bosque, cien metros detrás de ellos, abriendo enormes cráteres en el suelo, partiendo árboles y levantando la hierba y el barro. Con un solo vistazo, se dio cuenta de que su tropa estaba en un callejón sin salida: frente a ellos estaban los soldados austríacos y a su espalda, las bombas que estallarían de un momento a otro. Estaban rodeados, habían perdido el contacto con el grueso del ejército.

—Sus exploradores no han vuelto —apuntó Julius con sequedad—. Saben que están muertos y no les preocupan.

Uno de los hombres miraba hacia arriba, como si pudiera presentir las balas que se avecinaban; otro se encendía tranquilamente un puro, ofreciendo con displicencia la pitillera a sus compañeros. Por fatalista que el gesto pudiera parecer, Julius Bentheim aceptó el ofrecimiento de buena gana, y cogió del estuche un Corona Gail’schen de aroma recio. A falta de un cortapuros, utilizaron una navaja para cortarlos a la altura de la vitola. Apartaron a un lado los rifles de percusión, acercaron las manos a una tea que Albrecht acababa de prender y la usaron para encender la punta de sus cigarros.

El chirrido de los cartuchos acercándose sonaba cada vez más fuerte. La madera se astillaba, las vibraciones hacían temblar el suelo. Junto a los estallidos de tierra, cuerpos destrozados y miembros desgarrados salían disparados, alcanzados por las armas de los primeros batallones prusianos. Los dedos de Julius aferraban con fuerza el puro mientras se lo llevaba a la boca, como si esto pudiera ayudarle a escapar de la situación. Sin duda alguna, sus camaradas pensaban lo mismo. Con estos pequeños rituales, trataban de dominar el pánico.

Las explosiones se fundieron en un violento trueno, un rugido furioso, en el cual los impactos de los proyectiles ya no podían distinguirse unos de otros. «¡Por Prusia!», gritó uno. «Bismarck, ¡maldito bastardo!», gritó otro. Bentheim se ajustó el casco y volvió a ponerse a cubierto. Albrecht se agachó junto a él, y ambos se agazaparon contra el terraplén. Tras un par de caladas, escupieron sendos puros y se taparon los oídos. De repente oyeron el silbido de un obús de metralla que se acercaba en su dirección.

Rebotó en el tronco del pino y atravesó la cara del chico que les había ofrecido su pitillera, clavándolo al suelo con violencia, como si de un gigantesco clavo se tratara. Horrorizado, Julius fijó la mirada en la masa pastosa que, hasta hacía un instante, había sido un rostro humano. Intuitivamente, agarró a su camarada mientras otra explosión sacudía el bosque.

Más metralla zumbó en el aire. Un dolor repentino sobresaltó a Julius. Se llevó la mano izquierda a la cara y gritó. No pudo evitar las náuseas al contemplar su propia carne herida, que sangraba copiosamente. Solo le quedaban el pulgar, el índice y el dedo corazón. En el lugar de los dedos restantes, dos muñones sobresalían de los nudillos.

—¡Al suelo! —gritó Albrecht, luchando contra el estruendo de la batalla—. ¡Baja la cabeza!

Bentheim lo miró, confundido, y luego miró a su alrededor. Lo que hacía un momento había sido un hermoso bosque, densamente cubierto de maleza, se había convertido en un yermo paisaje de barro y cascos de metralla. A pesar de la lluvia, algunos arbustos y árboles se habían incendiado y ardían ahora con un humo acre. Julius oyó el sonido creciente de otro proyectil y levantó la cabeza. Contra el cielo gris oscuro, vio la fina estela del humo de una granada fallida, que había detonado demasiado pronto. El proyectil trazó un arco y estalló en el aire como un cohete.

La violencia de la descarga levantó a Julius de su sitio. Albrecht salió despedido hacia arriba mientras su amigo se estrellaba contra el tronco del pino. El pincho del casco de Bentheim se enredó en una maraña de ramas nudosas, y una de ellas se desprendió de repente y se les cayó encima. Julius escupió sangre. Estaba atrapado, le dolían todos los huesos del cuerpo mientras observaba, con una mezcla de fascinación y repugnancia, el infierno que se había desatado a su alrededor. Cerca de él, un fresno de cinco metros de altura se levantó del suelo casi con elegancia y voló por los aires, para estrellarse poco después sobre ellos. Acompañado por el sordo rugido de las armas, Julius perdió el conocimiento.

CAPÍTULO DOS

Filine Bentheim escudriñaba cada mañana la lista de los caídos en combate. Día tras día, la joven de diecisiete años visitaba la Gendarmenmarkt y repasaba los registros que un mozo colgaba puntualmente en un tablón a las nueve de la mañana. No le prestó ninguna atención al esplendor de la plaza, descrita en cierta ocasión por E. T. A. Hoffmann como la más hermosa de toda la capital, sino que atravesó decidida la explanada, abriéndose paso entre la multitud. Los anuncios oficiales del distrito de la Universidad Friedrich Wilhelm y de sus alrededores se colgaban en el monumento a Friedrich Schiller, frente al Schauspielhaus[1] y, a estas alturas, las mujeres que allí se reunían cada mañana ya se conocían de sobra.

Una cincuentona de aspecto apesadumbrado esperaba junto a una panadera regordeta; una sombrerera, junto a una molinera; la prostituta, junto a la señora de buena familia. La guerra y la muerte no hacían distinciones. Filine saludó con la cabeza a sus compañeras de infortunio mientras se acercaba al tablón, y se agarró el costado, jadeante. Debido a su avanzado embarazo, no dormía bien. El bebé daba patadas en los momentos más inoportunos, le dolía la espalda y su abultada barriga no le permitía posturas demasiado cómodas. Por la noche no hacía más que dar vueltas en la cama y, a pesar del cansancio, rara vez conseguía dormir del tirón sin tener pesadillas.

Deslizó el dedo fatigosamente por la lista de nombres. Primero los de los desaparecidos, después, los de los soldados capturados por el enemigo, y finalmente, los de los caídos. Como nadie se había tomado la molestia de ordenar el listado alfabéticamente, repasar uno a uno los nombres era una tortura diaria. Detrás de cada uno de ellos había un destino. Estos jóvenes, muchos de los cuales apenas acababan de abandonar la niñez, dejaban atrás hermanos, madre, padre.

—Capitán del Estado Mayor Longolius, teniente Bemburg, suboficial mayor Graevenitz, cadete Burkart…

La joven repasaba apresuradamente la lista. De pronto, se quedó sin respiración.

—Krosick —murmuró Filine y repitió, presa del pánico—: teniente primero Albrecht Krosick, regimiento de Braunschweig.

No había nadie para pasarle un brazo por el hombro o para abrazarla. Su respiración entrecortada se aceleró y, justo cuando Filine sintió que estaba a punto de desmayarse, su hijo se movió dentro de su vientre, impidiendo que perdiera el sentido. Por primera vez agradeció las patadas, tan fuertes y dolorosas que no le dejaban pensar en ninguna otra cosa. Las lágrimas acudieron a sus ojos cuando se dio la vuelta y salió de la plaza.

No sabía cómo había conseguido volver a casa.

Se había apresurado por las calles, sumida en un estado de aturdimiento, hasta llegar al umbral de la residencia de estudiantes de Amalia Losch. La esposa del oficial, una vigorosa anciana con un corazón de oro, se había ocupado de la embarazada como si de su propia hija se tratara, cuidando con mimo y dedicación de su bienestar físico. Seguramente había visto a Filine desde la ventana de la cocina, pues, nada más tocar el picaporte, la casera le abrió la puerta, invitándola a entrar.

—Por el amor de Dios, hija mía. ¿Por qué traes esa cara?

Los rizos rubios de Filine se enredaban alrededor de su demacrado rostro, carente de la saludable y sonrosada frescura que suele caracterizar a las mujeres en estado de buena esperanza. Meses atrás había contraído una enfermedad pulmonar cuando estuvo a punto de ahogarse en las gélidas aguas del lago Stechlin. Con el calor del verano la muchacha había mejorado un poco, pero, aunque la tos había remitido gradualmente, los esfuerzos y la tensión del embarazo le habían impedido recuperarse por completo. Unas profundas ojeras surcaban sus ojos.

—Albrecht —balbuceó Filine Bentheim—. Está en la lista.

—¡Dios mío! —Espantada, Amalia Losch se llevó la mano a la boca. Blanca como la pared y con el corazón en un puño, estrechó a la embarazada en sus brazos—. Ven aquí, mi niña —dijo entonces enérgicamente, obligándose a sí misma a salir de su estupor—. Vamos a preparar un poco de té. Debo de tener aguardiente en algún sitio.

La casera la agarró del brazo con determinación para meterla en casa, pero una voz la detuvo en seco. La viuda Losch entrecerró los ojos. Bajo la luz cegadora del sol de la mañana, distinguió la silueta de un caballero vestido con una levita gris de faldones largos. Al acercarse, reconoció a Gideon Horlitz, comisario de la gendarmería prusiana y mentor de Albrecht y Julius. Respirando con dificultad, se detuvo frente a las dos mujeres y se levantó el sombrero en señal de cortesía, haciendo una breve reverencia.

—Quiera Dios que no haya visto usted la lista todavía —dijo mientras tomaba la temblorosa mano de Filine—. Ya la ha visto, ¿verdad? Su cara lo dice todo. Pero, señora Bentheim…, y usted también, señora Losch…, tengo una buena noticia que darles. Dos, en realidad. Albrecht sigue vivo, y Julius también está bien. Pero vamos, hablemos dentro y no aquí en la calle. —Empujándola con suavidad, la condujo al interior de la casa sin dejar de hablar—. El señor Krosick, nuestro señor Krosick, está en la séptima División de Infantería de Prusia. Su desconocido tocayo, que Dios lo tenga en su gloria, era teniente primero del regimiento de Braunschweig.

Filine respiró con alivio. Albrecht estaba vivo. Y también Julius, el padre de su hijo nonato. Se sentía profundamente conmovida. Abrió la boca y volvió a cerrarla, balbuceante, sin poder articular ni una sola palabra. Habían llegado a la cocina de Amalia, donde la joven tomó asiento en el banquito esquinero mientras la señora de la casa servía el café en una valiosa vajilla de porcelana de Dresde, adornada con rosas rojas. Amalia Losch puso una jarra de agua fría frente a ella y echó dentro un poco de té.

—No nos deje con la intriga, señor comisario —dijo la anciana—. ¿No ha dicho que tenía dos buenas noticias?

Secándose el sudor de la frente, Horlitz se explicó.

—Llevo semanas intentando alejar a nuestros amigos del frente. Estoy haciendo todo lo que está en mi mano, ustedes lo saben. No hago más que dorarles la píldora a mis superiores, no dudo en lisonjear a quien haga falta en todas las delegaciones posibles. En una palabra: me humillo siempre que puedo para ganarme el favor de cualquiera que pueda ayudarme a conseguir lo que quiero.

—¡Vaya al grano! —exigió, decidida, la viuda.

Antes de que el comisario pudiera responder, Filine levantó la vista, le miró a los ojos, y dijo, con voz queda y exhausta:

—No diga nada más, Gideon. Tan solo asienta o niegue con la cabeza. Con eso basta. ¿Estará mi marido en Berlín para el nacimiento de nuestro hijo? Los médicos estiman que será a mediados de este mes.

—Eso espero, señora Bentheim. Aunque dos semanas es un plazo muy ajustado.

—Filine. Llámeme Filine, por favor.

—Con mucho gusto. Filine, entonces. Como les iba diciendo, estoy muy contento. Ha surgido algo que me da cierta libertad de acción a este respecto. Estoy al frente de una comisión especial que se acaba de formar. El asunto es serio, y me han concedido plenos poderes para actuar como me plazca o como considere más oportuno. Esta mañana he estado en la Wilhelmstraße y me han dado carta blanca.

Amalia Losch alzó una ceja con expresión incrédula.

—¿En el número 76?

—En efecto, con el mismísimo conde Von Bismarck.

—Si el primer ministro en persona le ha hecho un hueco en su agenda, precisamente ahora que acaba de librarse la batalla de Königgrätz, debe de tratarse de un asunto muy importante —concluyó ella.

—No puedo revelar nada, señora Losch. Es alto secreto. Estoy seguro de que lo entenderá. Lo que sí puedo decirles es que el conde se ha mostrado muy abierto a mis sugerencias. Le he dicho que necesitaba un dibujante criminalista: concedido. Y un fotógrafo: concedido también. Lo cierto es que no necesito los servicios de ninguno de los dos, pero Bismarck no tiene por qué saberlo. Lo importante es que nuestros amigos vuelven a casa.

La ciega obcecación que hacía un momento se había apoderado de Filine había dado paso a una lucidez que le permitía aguardar un futuro brillante y lleno de esperanza. Su respiración y su pulso, que parecían haberse puesto de acuerdo para martillear sus sentidos, empezaron a calmarse. Una radiante sonrisa se dibujó en el rostro de la joven. Se acarició la tripa y susurró, feliz:

—Mi Julius vuelve a casa.

[1]. Inaugurado en 1821 con la célebre obra de Goethe Ifigenia en Táuride, el edificio del Schauspielhaus, situado en la Gendarmenmarkt de Berlín, se conoce hoy en día como Konzerthaus. Fue reconstruido en 1984 con el fin de albergar una gran sala de conciertos en Berlín Oriental, equiparable a la célebre Philarmonie, situada en el sector occidental. (Todas las notas son de la traductora.)

CAPÍTULO TRES

No habían pasado ni doce horas cuando un soldado les comunicó que Bentheim y Krosick habían sido trasladados al improvisado hospital de campaña de la ciudad de Königinhof, junto al río Elba. Los combates en Königgrätz habían llegado a su fin: de los más de 400 000 contendientes, 7500 seguían en el campo de batalla, mientras que aproximadamente el mismo número de hombres habían sido dados por desaparecidos.

En el atrio de la Kreuzkirche, cerca de la plaza del mercado, los prusianos habían desplegado un campamento para heridos y enfermos. En las tiendas donde estaban los soldados rasos se habían instalado robustas camas de campaña, mientras que las habitaciones de las casas vecinas estaban acondicionadas para acomodar a los oficiales.

Tumbado sobre una otomana, como un gato mimado, Krosick sonreía para sus adentros mientras cogía una carta y la colocaba sobre la mesita de juego que lo separaba de los otros tres jugadores. Concentrado, miró alrededor de la mesa. El teniente segundo, sentado en una litera enfrente de él, tenía unos veinticinco años. Sus dulces rasgos no delataban nada de la obstinación con la que había combatido al enemigo y que le había costado las cuatro balas que ahora estaban en su pierna. En la silla de al lado se sentaba un joven visitante. Una bala le había atravesado el casco, rozándole el cráneo, motivo por el cual tenía vendada la cabeza. El cuarto jugador era Julius Bentheim. Como los gruesos vendajes de su mano izquierda le impedían participar en el juego, cuyas reglas conocía razonablemente bien, se dedicaba a apuntar con un lápiz los resultados de cada ronda.

Albrecht había ganado la subasta y, por tanto, jugaba como declarante, mientras que el resto de los jugadores conformaban el equipo defensor.[2] Abrió la mano con un triunfo, los oponentes tuvieron que seguir el palo y Albrecht se llevó la carta más alta. Tras recoger los naipes y colocarlos en el montón, Julius le dijo:

—Te basta con una última baza. Ya tienes 60 puntos.

—Culo torcido.

Irritado, Julius levantó la mirada del cuaderno.

—¿Cómo dices?

—Se llama culo torcido. La baraja tiene 120 puntos y necesito al menos 61 para ganar. El resto de las cartas no sirve para nada y se llama culo torcido.

—Vaya dominio de la jerga, amigo —dijo Hindenburg, el soldado de dieciocho años con la cabeza partida.

—Paul tiene razón —replicó Krosick—, ¿no le parece, alteza?

El príncipe sentado en la litera, Anton von Hohenzollern, asintió afablemente, tras lo cual Albrecht continuó.

—Deberías mostrar más interés en el lenguaje del skat, amigo mío. Su profundidad poética, sus ricas connotaciones nunca dejan de sorprenderme. Creo que ha llegado el momento de actualizar mi repertorio de chistes verdes con algunas expresiones del skat. ¿Tú qué opinas, Julius? La sota juega con la bellota. El que empieza pillando, acaba palmando. Dios da calzones a quien no tiene culo. Quien primero gana, luego estruja la lana.

El príncipe hizo un gesto de rechazo con la mano y los amigos sonrieron, satisfechos. Justo cuando Krosick estaba a punto de empezar la siguiente ronda, se oyó un golpe en el marco de la puerta. Una hermosa novicia vestida con el hábito de las hermanas de Santa Isabel anunció una visita.

—Señores Bentheim y Krosick —dijo, señalando resueltamente al hombre que estaba a su lado—, noticias del ministerio.

El correo entró en la habitación con el casco sujeto bajo el brazo derecho. Tras cuadrarse y saludar al príncipe, sacó del bolsillo un documento con sello oficial y se volvió de nuevo hacia la enfermera.

—¿Cuál es el estado de las heridas de los oficiales?

Cierto matiz en su voz hizo que los soldados se incorporaran y prestaran atención.

La novicia respondió con calma:

—El señor Bentheim puede valerse por sí mismo, pero la herida de la mano todavía requiere cuidados médicos. En cuanto al señor Krosick, la última vez que lo vio el médico todavía sufría fuertes dolores de cabeza. A juzgar por las botellas de vino que tiene junto a la otomana, no me extraña lo más mínimo. Es un paciente de lo más impertinente y adolece de un descaro pasmoso. Pero pregúntele directamente. Señor Krosick, ¿se siente usted en disposición de viajar?

—No estoy seguro, señorita. Cada vez que la veo, experimento cierta rigidez.

La novicia se puso colorada y su respiración se aceleró.

—Como le comentaba, ha sufrido una conmoción cerebral. Es deficiente, frívolo, indiferente a toda norma moral… Por lo que a mí respecta, puede llevarse a este imbécil.

Julius y Albrecht viajaron a Berlín en un tren hospital, parte de cuyos asientos habían sido sustituidos por camas. Dejaron atrás la línea del frente mientras el tren avanzaba por un ramal ferroviario en dirección noreste hacia la ciudad silesia de Breslavia, donde transbordaron al ferrocarril que conectaba las provincias de Silesia y Brandemburgo. Un humo acre salía por la chimenea mientras la locomotora iba ganando velocidad. A una marcha máxima de 60 kilómetros por hora, el tren avanzaba a todo vapor. Árboles, campos y pueblos pasaban zumbando tras la ventana junto a la cual estaban sentados los dos estudiantes. Volvían a ser dos civiles, un par de tipos extraños y silenciosos, sumidos en sus propios pensamientos, contemplando el paisaje. El regular repiqueteo sobre el techo del vagón había cesado, lo que hizo que Julius se percatara de que por fin, tras varios días de mal tiempo, había dejado de llover. A pesar del ruido de las ruedas, del silbido de las calderas y del chirrido de la caja de humos, el joven sentía que reinaba un silencio lúgubre.

Embriagado por la melancolía de la atmósfera, acercó el muñón de su mano izquierda a la ventana, estremeciéndose de dolor mientras tocaba el cristal con los tres dedos que le quedaban. Cuando echaba la vista atrás y recordaba la batalla de Swiepwald, comprendía que, en realidad, su comportamiento había sido extremadamente primitivo. Habían dejado de ser personas para convertirse en meros instrumentos al servicio de la política. Habían estado atrapados cinco horas, hasta que una patrulla de un batallón prusiano los encontró. Para ahuyentar los malos recuerdos, Julius trató de adivinar las melodías que Albrecht tarareaba para sí mismo de cuando en cuando. Después volvió a pensar en Filine. Solo le había llegado un puñado de cartas. No sabía si su mujer ya le había hecho padre, ni en qué estado se encontraba. Intuyendo los sombríos pensamientos de su amigo, Albrecht empezó a agitar su licencia delante de sus ojos.

—¡A la salud de Gideon Horlitz! —exclamó con entusiasmo—. Me pregunto cuál será el motivo por el que nos ha hecho volver a casa. ¿Un asesinato bestial, quizá? ¿O un cadáver descuartizado, como el de Lene Kulm? ¿O tal vez se trate de un caso nuevo, como el de nuestro Gabinete de los Ocultistas? Dime, Julius, ¿no estás intrigado por saber de qué se trata?

Bentheim se rio ante la indisimulada curiosidad de su amigo.

—Sí, en cierto modo sí. Posiblemente Gideon necesite un fotógrafo y un dibujante criminalista…

—¡Dios santo! ¡No había caído! ¿Aún puedes dibujar?

—Sí. Soy diestro —lo tranquilizó Julius.

—Bien, bien —farfulló Albrecht, intentando distraer a Julius con la conversación.

Miró, divertido, el rostro de su amigo, cuyos ojos empezaban a perder poco a poco su apagada opacidad, recuperando el brillo a medida que el ambiente se animaba. En la siguiente estación, unos cuantos civiles se subieron al tren. Una arrogante pero encantadora muchacha, acompañada de su dama de compañía, se sentó a su lado en el compartimento. El fotógrafo miró a la joven de arriba abajo. Cuando la anciana se quedó dormida, Albrecht le preguntó con descaro:

—Señorita, ¿querría usted acostarse con un héroe de guerra por cincuenta táleros?

—¡Cómo se atreve! —le espetó ella.

—Lástima —respondió Albrecht—. Me habría venido muy bien el dinero.

Ella lo miró indignada. Resopló con desprecio y, tras despertar a su institutriz, salió con ella del compartimento. Los soldados se desternillaron de risa. El vaivén y el traqueteo del vagón tenían un efecto hipnótico y, cuando se hizo oscuro, se quedaron dormidos. Un par de horas más tarde, en mitad de la noche del 10 al 11 de julio, el tren llegó a Berlín.

[2]. Los amigos están jugando al skat, un popular juego de naipes para tres jugadores en el cual, al comienzo de cada ronda, se determina qué jugador juega solo contra los otros dos. Los jugadores contrarios forman una alianza, pero no se les permite coordinarse durante el juego. Tradicionalmente, se utilizan naipes alemanes con bellotas, hojas, corazones y campanas, pero también se puede jugar con una baraja francesa. Cada carta tiene un valor determinado, y la baraja tiene 120 puntos en total. Desde las guerras napoleónicas, el skat se convirtió en un juego muy popular entre los soldados alemanes y, por tanto, aparece con frecuencia en el arte y en la literatura asociado con la guerra, como en el cuadro de Otto Dix Die Skatspieler (1920) o en la famosa novela Sin novedad en el frente (1929), de Erich Maria Remarque.

CAPÍTULO CUATRO

En el guardarropa de la residencia de estudiantes de Amalia Losch, la viuda, la embarazada y los dos soldados recién llegados a casa se abrazaron. Filine contempló a Bentheim largamente sin decir una palabra. Sin poder dejar de llorar, finalmente señaló el cabestrillo y le preguntó:

—¿Estás muy malherido?

—No.

—Estás muy delgado.

Julius le acarició la tripa.

—Y tú muy gordita.

Todos se rieron de buena gana, hasta que la viuda les indicó que ya era hora de irse a la cama. Filine subió primero y Julius la siguió apresuradamente escaleras arriba. Se despidieron de Albrecht en el pasillo y se retiraron a su habitación. Bajo la luz de las velas, Filine retiró con suavidad el vendaje de la mano de Bentheim y aplicó unas gotas de cloruro de hidrógeno sobre la herida. Le escocía terriblemente, pero no había signos de infección. Tras cambiarle las compresas y vendarle de nuevo la herida, Filine señaló el colchón. Le obligó a dejarla tomar la iniciativa y a que fueran sus dedos los que hablaran.