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Este libro quiere ayudar a recuperar el sentido más amplio y holístico de la educación. ¿Está cumpliendo la educación con sus metas básicas? En la actualidad, la educación a menudo se somete a los contenidos, olvidando que el conocimiento se asimila de forma significativa cuando el docente activa, impulsa y abre horizontes. En nuestra sociedad líquida los niños y adolescentes necesitan, más que nunca, de ejemplos positivos y de impulso. También de pensamiento crítico, de sentido ético, de actitudes proactivas, conscientes y responsables. Es necesario, más que nunca, el papel crucial de profesores inspiradores y de familias que trabajen en equipo con ellos. Es preciso recuperar verbos básicos para impregnar las aulas de aprendizaje significativo: inspirar, observar, escuchar… La educación útil a largo plazo, la que siembra la emoción del conocimiento, la que enseña a convivir en el respeto, requiere de ambientes idóneos, donde todos los alumnos se sientan protagonistas.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2019
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A todos aquellos que procuran sembrar razón, sentimiento y virtud.
A todos aquellos que plantan árboles con ramas cargadas de generosidad y creatividad.
A todos aquellos que enseñan a pensar, a descubrir y a vivir.
A todos aquellos que impulsan sueños y voluntades.
A todos aquellos que educan.
PRESENTACIÓN
I. EL SENTIDO DE EDUCAR
1. El fondo y las formas
2. Educar en equipo
3. La segunda aula
4. Equilibrar la balanza
II. LOS VERBOS DEL AULA
5. Inspirar
6. Observar
7. Escuchar
8. Sentir
9. Pensar
10. Persistir
11. Comunicar
12. Comprender
13. Leer
14. Motivar
III. EDUCAR PARA TIEMPOS NUEVOS
15. Autonomía, libertad y límites
16. El reto de la convivencia
17. Profesores con alma
18. Humanizar el aula
19. Por una educación holística
20. Sensaciones, valores y actitudes: lo invisible
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Educar siempre ha sido una carrera de fondo; no es suficiente con esfuerzos esporádicos, grandes discursos o ambiciosos planes de enseñanza. Educar significa poner en marcha lo más vital y profundo de cada alumno, andando un largo camino, donde cada detalle importa; un camino que debemos transitar con una mezcla de sentimiento y conocimiento, de emoción y de sabiduría.
Y no es un camino llano. Se tropieza, se cae, se sigue, se mira siempre hacia delante, con sentido de mejora y avance. Como un senderista que afronta complejos itinerarios, es importante estar preparados para encontrarnos con bifurcaciones, subidas pronunciadas, inclemencias del tiempo… Hay que resolver imprevistos, y los docentes tenemos la necesidad de ser reflexivos, consecuentes, sensibles y ágiles, y, en todos los casos, constantes, sabiendo que cada paso bien dado es un pequeño éxito y que la meta se alcanza tras una suma de muchos de estos pasos.
En este andar de la mano con nuestros alumnos conocemos el mapa, pero poco más. El mapa dibujado por los programas nos habla de cosas muy concretas, y se nos antoja casi imposible abarcar la larga lista de contenidos. Es decir, nos especifican muy bien el qué, pero siempre nos asaltan dudas sobre el cómo y el para qué hay que enseñar.
En La alegría de educar ya intenté aportar claves prácticas para que el día a día de un profesor tenga sentido y para ayudarle a identificar su visión del hecho educativo como una experiencia humana vital. Este nuevo libro pretende ser una segunda parte, en el sentido de dotar al binomio enseñar-educar de un significado esencial y profundo. Porque no hay otra forma de vivirlo dinámicamente: tenemos que incluir, en cada interacción con el alumno, una visión global, que contenga valores, métodos y apoyo constante.
Decía la gran pedagoga Marta Mata que se aprende por impregnación. Por supuesto. Cada uno de los intercambios emocionales con nuestros alumnos los impregna y nos impregna, y es el primer paso para una educación significativa, capaz de difundir actitud, interés y pasión. Es preciso tratar, por tanto, lo más intangible, escurridizo e importante de nuestras relaciones en el aula. Hablaremos de unos pocos verbos que nos pueden ayudar a identificar este fondo, y vamos a sacar a la luz sus más variados matices para posibilitar que la alegría de educar se instale al máximo en las aulas.
La estructura de este libro se desliza a lo largo de tres bloques. En el primero se trata de compartir inquietudes que interpelan cada día al educador, para recordarnos el verdadero sentido de nuestro papel en el aula, la necesaria cooperación con las familias y la influencia de las tendencias y realidades sociales —en realidad una segunda aula— y sus consecuencias, que nos obligan a una crítica constructiva y reflexiva.
La segunda parte, el cuerpo central, trata de las cuestiones invisibles —lo que he denominado los verbos del aula— que deberían guiar nuestra acción en el aula. Seguramente, los que me acompañéis a lo largo de estas páginas añadiréis verbos derivados o diferentes, pero también útiles para nuestra labor diaria. Simplemente, me gustaría que este libro fuera un impulsor para derivar ideas, para inspirar nuevas actitudes proactivas y optimistas en el aula.
En el tercer bloque, educar para tiempos nuevos, se cierra el círculo. Más que nunca, el papel fundamental de las humanidades, el arte y la ética tendría que constituirse de nuevo en el eje del habitar del aula.
Es urgente retomar el sentido de una educación holística, de una educación invisible que transpire a través de todos sus poros respeto, libertad, creatividad y solidaridad, mediante cada pequeño detalle, a través de cada interacción con el grupo clase, mediante cada conversación, cada gesto, cada actitud.
Las últimas páginas resumen la necesidad de recordar nuestro papel —el de educadores, profesores, maestros— en la permanencia de actitudes, sensaciones y valores. La huella de lo invisible permanece, mientras que otros ecos más superficiales, como programas, fórmulas o datos se desdibujan con el tiempo.
Permanece en nosotros lo intangible: saber más, sentir más, intentar mejorar y crecer como personas. Este es el sedimento que, sin que sean del todo conscientes, acabará condicionando el desarrollo personal y vital de nuestros alumnos.
Con la misma y humilde intención de inspirar, se incorporan textos que pueden ayudarnos en este sentido. Se trata de una minúscula parte de la inmensidad de aportaciones que tenemos a mano para aupar la labor docente a un estadio más vital, a un tono más positivo. Se han incluido con la esperanza de que puedan significar un asidero, una reflexión en aquellos momentos de desánimo o de duda, un despertador contra la monotonía, o el ánimo necesario, o una semilla de creatividad. Estos textos refuerzan la idea de que el conocimiento es compartido, necesariamente compartido. También pueden depositar en nosotros el germen de nuevas ideas y el retorno, deseable siempre, a un sentido total de la tarea educativa.
Todos los seres humanos somos poliédricos, sentimos diferentes intereses, distintos objetivos, variadas aficiones, y añadimos constantemente nuevos estímulos a nuestras vidas. Hoy, en pleno siglo XXI, redescubrimos de nuevo las capacidades inmensas de conocernos y comunicarnos, y no me refiero solo a las redes sociales. La gestión de las emociones, la pasión, la integridad, la ética…, están retomando su fuerza como cuestiones fundamentales y necesarias.
Educamos en presente, pero de alguna manera los docentes gestionamos el futuro e influimos en él. En palabras del escritor Ian McEwan, “cuando tienes hijos comienzas a desear que la humanidad funcione, y que esté fuera de peligro, y te comprometes a aportar tu grano de arena en este sentido. No te queda más remedio que ser optimista”. Y la playa inmensa de lo humano está compuesta de nuestros granos de arena.
Por lo tanto, en las aulas necesitamos altura de miras y optimismo. En educación, los profesores son la pieza clave. Una buena organización, los recursos tecnológicos son, sin duda, importantes, pero el factor personal, la capacidad de gestionar las emociones y el talento es lo que acaba determinando el progreso más auténtico de nuestros alumnos. Hoy, inmersos en un mundo heredado de la caída del muro de Berlín, complejo y convulso, la educación es la gran esperanza para derribar otros muros mucho más altos que los materiales, y constituye la gran palanca para vencer injusticias, egoísmos y mentiras. Convivir juntos y comprendernos serán, sin duda, los grandes retos.
Insisto en el optimismo. Hay que abrir camino, hay que construir. Necesitamos, más que nunca, de un profundo humanismo, que haga posible un futuro deseable; y la educación es la artesana que lentamente puede dar forma a este futuro.
Todos los que intervenimos en educación —de hecho somos todos, toda la sociedad— estamos obligados, por imperativo ético, a no olvidar los fines más nobles de la educación: animar, impulsar y acompañar al alumno en su pleno desarrollo individual y social. El fondo y las formas están relacionados. Nuestra tarea docente no es útil si no está presente siempre ese objetivo de dejar como huella la curiosidad permanente. Palabras como generosidad, esfuerzo, empatía, solidaridad, amabilidad, creatividad…, conforman la manera ilusionada y abierta de convivir en el aula.
La educación puede ser holística o limitarse a un manual de instrucciones y contenidos. La primera es educación con mayúsculas, la segunda consiste solo en aplicar métodos y recetas. La diferencia entre la reflexión y la creatividad y la simple funcionalidad. Una gran diferencia.
AGRADECIMIENTOS
Tenemos que agradecer. Somos gracias a los demás y con los demás. Infinitas gracias a mi familia, a mis amigos, a mis colegas de profesión, a todos los alumnos y a sus familias, a un amanecer inspirador, a los paseos que generan intuiciones, a los ojos que se abren y descubren, a los esfuerzos y voluntades que nos dan ejemplo, a los libros, con sus vidas, mensajes, sensibilidades y conocimientos, al equipo humano de la editorial, a todas las personas que con su aportación han hecho posible este texto.
Nuestra conciencia debe ponerse a la altura de nuestra razón; si no es así, estamos perdidos.
VÁCLAV HAVEL
El debate sobre el sentido de la educación siempre ha esta- do abierto, y sigue generando opiniones diversas y contradictorias. Los sistemas educativos, como grandes monstruos burocráticos que son, no nos aportan las claves esenciales para gestionar un aula y hacerlo con el éxito que se nos pide a los docentes. Partimos de una situación un tanto forzada: se aplican los mismos programas a alumnos muy diversos, con ilusiones, inteligencias y habilidades diferentes. Alguien decide, desde instancias superiores y comités de expertos, qué hay que aprender y todos aceptamos, sin más, a pies juntillas, que esas materias o contenidos se tienen que impartir a grupos de alumnos con una amplia gama de intereses y sensibilidades.
Los modelos educativos siempre llegan tarde. La sociedad tecnológica —y líquida— en la que estamos inmersos está evolucionando a una velocidad de vértigo, a la que las administraciones públicas que gobiernan la educación no pueden adaptarse. Es más, mientras los borradores y las previsiones que circulan por los despachos de los ministerios se revisan y retocan, y las leyes se presentan y se publican, la sociedad a la que se dirigía la reforma de turno ya no es la que era. Corremos detrás de una liebre que no se deja atrapar. La inercia y las formas nos ocultan el fondo de lo que está sucediendo, como si intentásemos plasmar en unas pocas fotografías imágenes continuas. En realidad, los docentes de hoy son malabaristas que caminan sobre una cuerda frágil e insegura, porque nunca hay que olvidar una cuestión fundamental: educar es mucho más que instruir.
En esta contradicción, en esta pugna diaria entre fondo y forma, tenemos que mantener el equilibrio, y no es fácil. En cambio, es apasionante, y nos obliga a realizar una investigación continua del estado anímico de cada alumno, que acaba convirtiéndose, o así debería ser, en el protagonista del desarrollo de su talento. Una educación de calidad siempre ha tenido por sólido fundamento los valores, las actitudes, el sentido de avance, la imaginación, la pasión, las emociones. Y muchas de estas condiciones —las más importantes— no aparecen en los decretos.
Y el problema central reside precisamente en esta paradoja, en la distancia existente —y seguramente es mejor que sea así— entre la vida profunda y fértil del aula y el mapa limitado de los programas o las tendencias del momento. La escuela tuvo el monopolio de la formación durante el pasado siglo, pero la presencia masiva del mundo digital aporta una cantidad de estímulos y de información que ninguna institución educativa puede abarcar. La liebre sigue corriendo.
En este sentido, la escuela debe actuar como gestora y canalizadora de esta cantidad ingente de información, pero sin olvidar nunca las verdaderas finalidades. Al final, el alma, lo invisible, es lo que nos define como educadores. Convivir en el aula, educar, conlleva una responsabilidad enorme. No nos pongamos pantallas defensivas; se perciben, las perciben nuestros alumnos. No apliquemos un método infalible; no se ha inventado. La razón, aunque la olvidamos frecuentemente, es muy sencilla: los grupos son diferentes, los alumnos son distintos. Y no tan solo entre ellos. Un adolescente ha evolucionado entre octubre y abril. Está aprendiendo, está mirando al mundo, y espera de nosotros grandes dosis de sentido común, de honestidad, de humanidad, de ejemplaridad.
Educar requiere energía, optimismo, organización, creatividad. Cuidado con las recetas mágicas, no existen.
Así pues, el fondo y las formas constituyen nuestra guía fundamental en materia educativa. De hecho, forman el material que abarca toda nuestra labor. Maestros y profesores deberían estar más atentos a las emociones, a los hilos invisibles que cosen el tejido que posibilita vestir a la persona —a nuestro alumnado— de cualidades, conceptos e ilusiones indispensables para vivir. El fondo nos reviste de la autoridad moral, la sustentada por nosotros mismos, necesaria para educar. El fondo que debemos cuidar contiene muchos ingredientes: generosidad, entrega, compasión, pero también equilibrio, asertividad y responsabilidad. Cada día deberíamos recordarlo. Nuestra tarea como educadores requiere de la persistencia en estos principios, porque no tenerlos a mano ante una situación difícil nos llevará a actuaciones y conclusiones equivocadas.
Los alumnos perciben perfectamente la vigencia o la ausencia de este fondo. Saben diferenciar perfectamente nuestras actuaciones y perciben el carácter formativo que les confiere sentido. Una gestión satisfactoria del conflicto parte de una consideración elemental: debe de ser proporcional a la situación creada, a la problemática que se nos presenta. La ausencia de proporcionalidad, en uno u otro sentido, provoca consecuencias derivadas que pueden desvirtuar una percepción justa y positiva por parte del alumno. El exceso de celo o la comodidad propia del no querer ver (para no tener que actuar) nos desvían del ajuste sensible necesario para que nuestra gestión del problema aporte soluciones y el conflicto tienda a desaparecer. La vida es conflicto, pero hay que procurar afrontarlo aportando imaginación, humanidad y mesura. Hay algo mágico en nuestra experiencia diaria como docentes. Es el fondo.
De un pequeño conflicto nace una ventaja, un resituarnos frente al alumno para restablecer el principio de la cooperación.
El sentido más profundo de nuestra tarea pedagógica debería consistir en abrir horizontes, en impulsar una libertad y responsabilidad auténticas y en crear capacidades. En un mundo complejo, educar en la dignidad, el respeto y la solidaridad ya se ha convertido en un tema urgente. Martha C. Nussbaum (2006) habla de crear capacidades y argumenta esta reorientación frente a la gran crisis invisible y persistente de la educación entendida desde su razón de ser, la transmisión de valores para vivir con sentido:
“Se están produciendo cambios drásticos en aquello que las sociedades democráticas enseñan a sus jóvenes, pero se trata de cambios que aún no se sometieron a un análisis profundo. Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos”.
Bertrand Russell, hace un siglo, ya cuestionaba la educación tradicional y abogaba por un aprendizaje significativo, basado en la aventura mental y una pulsión interior, que alimentara sin cesar las ganas de saber. A Russell le preocupaba la educación y se ocupó también en actividades pedagógicas, instalando en Sussex, con la ayuda de su segunda esposa, una escuela de niños. Como Nussbaum, el filósofo y matemático inglés defendía la educación para la libertad y el libre pensamiento:
“La aceptación pasiva de la sabiduría de los maestros es fácil para la mayoría de los niños y de las niñas. No implica ningún esfuerzo de pensamiento independiente y parece racional porque el maestro sabe más que sus discípulos; es, por otra parte, el camino para ganarse el favor del maestro, a menos que este sea un hombre muy excepcional (…) Si el objeto fuera hacer que los discípulos pensaran, más bien que hacer que acepten ciertas conclusiones, la educación se llevaría de modo completamente distinto: habría menos rapidez de instrucción y más discusión, más ocasiones en que los discípulos se encontraran animados a expresarse por sí mismos (…) habría un esfuerzo en levantar y estimular el amor a la aventura mental”.
Si pasamos por alto estas cuestiones básicas, referentes a la motivación, al asombro y al descubrimiento, se desperdicia el talento de nuestro alumnado. Tendríamos que huir de la obsesión de los resultados y ocuparnos más del íntimo disfrute que se experimenta mientras los elaboramos. Es la mejor forma, además, de alentar para conseguirlos y de conseguir que sean los correctos. La satisfacción es mucho mayor para alumnos y docentes, y les deja el sedimento de un interés permanente por el conocimiento y su significado real.
También en la enseñanza superior se está promoviendo, en muchos casos, el culto al resultado en sí, sin un valor añadido y asumido personalmente. Esta deriva es peligrosa, porque nos puede conducir al olvido de cuestiones más básicas, como la forma en que podemos fomentar unas relaciones sanas y el desarrollo de una cultura humanista respecto al diálogo interior y respecto a la comunidad.
Si no nos orientamos hacia la motivación “desde dentro”, hacia el asombro y el descubrimiento, privamos al alumno del motor emocional y se desperdicia su talento.
Estas tendencias utilitaristas pueden implicar, sin duda, apatía y déficit motivacional en muchos alumnos, es un hecho patente. Necesitamos ilusionarnos y emocionarnos para vivir. Y también para aprender y para mantener el deseo de hacerlo. Los profesores que quieren dotar de significado su tarea diaria, se enfrentan a la evidencia de que las causas de un fracaso académico casi siempre son “ocultas”, en el sentido de que no se hallan, generalmente, en el simple territorio de la adquisición de conocimientos.
De alguna manera, la escuela actual se está reorientando a formar ciudadanos acríticos, centrados en la integración en un sistema económico también acrítico, que solo mira su propio ombligo y no sus propios déficits de los valores humanistas de progreso, en los cuales se había basado un indudable avance en la extensión de la libertad y la justicia social.
Este enfoque funcionalista tiene un coste personal en los alumnos, porque unifica excesivamente el tipo de habilidades y bloquea la comprensión y el análisis que se refieren a su futuro personal, sacrificando capacidades que, aunque podrían no ser decisivas para su proyección profesional, sí que ampliarían su abanico en el mundo sensible de lo social y lo artístico, completando de esta manera su educación como persona receptiva a nuevas ideas y a sus propias posibilidades creativas.
Esta reflexión conecta con la difícil integración en el sistema de algunos alumnos. La enorme paradoja es que, bajo el paraguas de fechas, urgencias y temarios, les ofrecemos caminos cerrados, como si fueran clones, como si todos tuvieran los mismos anhelos y cualidades. Pero cada alumno, como sabemos, es diferente. En el caso de no acertar con los estímulos de aprendizaje, casi siempre existe algo genuinamente humano en la trastienda, a veces difícil de detectar, que bloquea o impide el avance académico: problemas de autoestima, familiares, de integración en un diplodocus académico rígido, etc. Cuando nos vemos enfrentados a situaciones de este tipo, podemos comprobar que se substituyen valores humanos por valores utilitarios.
Existe una necesidad urgente y global de dotar a la educación de materias y programas que contemplen una formación humanística y artística sólida. El sesgo excesivo que muestra la orientación de los planes educativos hacia las ciencias y la tecnología implica un coste a medio y largo plazo. Podemos, sin duda, seguir en esta línea, pero el sentido permanente y substancial de la educación debe ser holístico. Como afirmaba John Dewey, el logro viene a equivaler a la clase de cosas que una máquina bien planeada puede hacer mejor que un ser humano, y el efecto principal de la educación —la construcción de una vida plena de significación— queda al margen.
La necesidad de una educación integral, de una sólida formación en la más amplia sabiduría, ya está presente en el pensamiento clásico griego. Todos los maestros y profesores deberíamos recordar siempre la frase con la que Aristóteles inicia su Metafísica: “Todos los hombres por naturaleza desean saber”. El filósofo griego ya pensaba, muchos siglos antes que Nussbaum, en la necesidad de un aprendizaje de horizontes amplios, de incorporar la auténtica sabiduría. En el Protréptico nos ofrece estas reflexiones, plenamente actuales y urgentemente necesarias de nuevo:
“Ocurre a quienes no tienen ninguna valía que cuando alcanzan a poseer una fortuna, consideran sus posesiones incluso más valiosas que los bienes del alma, y eso es lo más infame de todo (…) la saciedad cría insolencia y la incultura con poder, insensatez. En efecto, para quienes tienen en mal estado las cosas del alma, no son bienes ni la riqueza, ni la fortaleza, ni la belleza, sino que cuanto mayor es el exceso en que poseen estas condiciones, tanto más intensa y frecuentemente trastornan a su propietario, si no van acompañadas de sabiduría”.
También Bertrand Russell reflexionó sobre la necesidad de una educación orientada a la plenitud: “El concepto que yo sugeriría como propósito de la educación es el de civilización, un término que, como yo lo concibo, tiene una definición en parte individual y en parte social”. Partimos de la base de que nuestros alumnos, niños y adolescentes, se están incorporando a la vida, y todos ellos poseen diferentes aptitudes, habilidades e ilusiones. Pero parece que desde la escuela en general, y desde muchas familias, estas diferentes capacidades quieran concentrarse en unas pocas. Y se cae en una trampa peligrosa.
Comentemos el caso del hábito de la lectura, algo tan básico y necesario desde el ámbito de las competencias. Leer, que nos proporciona placer y saber a la vez, adquiere una relevancia de primer orden, porque en nuestros ambientes cotidianos de inmediatez y de resultados nos transporta a otros mundos, nos hace reflexionar, nos conduce al equilibrio y al pensamiento crítico y nos abre las perspectivas de nuevas sensaciones, de nuevas ideas o nuevas posibilidades, o facilita que salgan a flote, desde su escondrijo interior celosa e inconscientemente cerrado.
La lectura posibilita que nuestros alumnos sueñen, dispongan de un amplio vocabulario, sean capaces de expresar lo que sienten y piensen de forma coherente. Son, por tanto, algo sospechosos los sucesivos intentos de suprimir la Filosofía de los planes de estudio, así como la tendencia a minimizar la presencia de las materias humanísticas o artísticas como la Música, la Literatura, la Historia o el Arte, que son vitales para dar un sentido a la vida y para pensar de manera equilibrada, crítica y razonable. Si queremos alumnos preparados para un mundo en cambio, deben formarse en una mentalidad abierta, en valores democráticos sólidos y en cualidades humanas fundamentales.
Cuando educamos estamos construyendo futuro, y todos deseamos que ese futuro se haga realidad incorporando valores humanistas de amplio espectro.
Estas cuestiones, enmarcadas en una sociedad global, adquieren una importancia capital, porque se refieren a la cooperación y a la amplitud de miras necesarias para asimilar la diversidad, comprender el momento histórico y disponer de la capacidad intelectual y ética que es y será necesaria.
Nuestra sociedad pide resultados. Este culto exclusivo al resultado, acompañado de la visión del error como fracaso, en lugar de tratarlo como una oportunidad de mejora, provoca situaciones que pueden derivar en el bloqueo de capacidades que no pueden manifestarse. En algunas ocasiones, nuestros alumnos lloran, se lamentan, o se quejan de forma poco razonable de un mal resultado académico. El acto reflejo de dramatizar un resultado proviene del carácter sagrado que se le otorga; y caemos, tanto profesores como alumnos, en un engaño habitual, consistente en despistarnos de la tarea primordial, que consiste en profundizar en las causas. El resultado siempre llega tarde, y no es satisfactorio si antes no se ha cultivado la constancia y el estudio y no se ha activado la red de sinergias y emociones que nos conduce a aprender. Hay que relativizar el número y tenemos que centrarnos en las cuestiones de fondo, porque en ellas radica la solución a medio plazo.
El ánimo y nuestra disposición a colaborar en la capacidad de superar obstáculos y fortalecer la resiliencia son el mejor bálsamo. Siempre hay que impulsar. Hablo con una antigua alumna que, radiante, expresa la satisfacción de haberse graduado en Ciencias de la Educación. Y me comenta, emocionada, un recuerdo: “Siempre tuve en mente —me decía— sus ánimos cuando tuve que repetir aquel curso en secundaria; yo estaba totalmente desolada, y usted insistía en que las personas podemos cambiar, evolucionar, y en que estaba seguro de que conseguiría lo que me propusiera. Y aquí estoy”.
A un profesor, a un maestro, un momento como este le compensa con exceso el tiempo empleado y la paciencia que requiere educar. Compensa también haber vivido algunas sensaciones desagradables, algún error de perspectiva que hayas cometido en alguna ocasión. En ese momento, cuando un profesor se da cuenta de la importancia de una conversación o de una percepción, percibe la responsabilidad que le otorga su poder de influencia. Y en el caso de que esta influencia haya catapultado la autoestima, en ese momento, te sientes la persona mejor pagada del mundo.
En nuestro sistema educativo, el error o el fracaso se viven de forma dramática, cuando en realidad son una lanzadera para la mejora de los alumnos.
