La Era Digital - Paolo Benanti - E-Book

La Era Digital E-Book

Paolo Benanti

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La tecnología está transformando el mundo que nos rodea y a nosotros mismos: la Era Digital es la nueva era de la historia de la humanidad. ¿Cuáles son sus herramientas? ¿Cuáles son sus lenguajes? ¿Quién es el nuevo ser humano de la Era Digital? ¿Qué relación existe entre tecnología y calidad de vida y entre la cultura pop actual, los jóvenes y la familia? Paolo Benanti, experto en inteligencia artificial y ética de las tecnologías, nos regala un apasionante viaje a través de la realidad virtual, la comunicación veraz y fiable y las fake news, la robótica, el transhumanismo y el nuevo concepto de ser humano. Un verdadero viaje al corazón del hombre contemporáneo, tratando de comprender cómo busca hoy la verdad, cuál es su actitud ante la finitud y radicalidad de la existencia humana. Un libro idóneo para todos aquellos que sientan la necesidad de encontrar las coordenadas del tiempo en que viven para captar los cambios que se están produciendo e imaginar hacia dónde vamos.

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Seitenzahl: 241

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Paolo Benanti

La Era Digital

Teoría del cambio de época: personas, familia y sociedad

Traducción de María Soledad Aguilar Domingo

Título original: Digital Age. Teoria del cambio d’epoca. Persona, famiglia e società

© 2020 Edizioni San Paolo s.r.l.

Piazza Soncino 5 – 20092 Cinisello Balsamo (Milano) – ITALIA

www.edizionisanpaolo.it

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2024

Traducción de María Soledad Aguilar Domingo

Imagen de cubierta: Turi Distefano

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 147

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-204-2

ISBN EPUB: 978-84-1339-537-1

Depósito Legal: M-17458-2024

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

Prólogo a la edición en español

Premisa

La cultura: una historia para contar

Primera parte. TEORÍA DEL CAMBIO DE ÉPOCA

I. El siglo corto y el fin de un mundo

La crisis del modelo científico del siglo XIX

Más allá de la visión científica «tradicional»

El hombre en cuestión, desde cualquier punto de vista

II. La Era Digital: el nacimiento de una nueva época

Un mundo artificioso: el antropoceno y el chicle

Goma, de mascar

La vida «sintética»

Medios de comunicación de masas... hasta el ordenador

La cuarta revolución: el hombre como «organismo informacional interconectado»

El macroscopio

El dataísmo

¿Sigue existiendo el «libre albedrío»?

Segunda parte. Observar el cambio

III. Lo posthumano: ¿qué queda de la persona?

Modificar el ADN

Biohackers

La cultura sintética y la relación con nosotros mismos

El hombre como «información» y la biología sintética

Posthumanistas y transhumanistas

¿Dignidad humana?

IV. La invención de los jóvenes

Una nueva forma de ser joven

Los Millennials

Los Centennials

La educación mediática: una necesidad cada vez más urgente

V. La sexualidad y la familia

La sexualidad unidimensional del hombre «posmoderno»

La familia en cuestión

La familia y las expectativas de los individuos

El mercado de los sentimientos

¿Una red que elige a quién conocer?

VI. Los mitos de masas

La nueva mitología

Del monstruo al cíborg

VII. Horizontes inéditos

Tres cuestiones fundamentales para la Generación Omega

Nota bibliográfica

A B. F.

Prólogo a la edición en español

Han pasado pocos años desde la edición italiana de este texto; sin embargo, las dinámicas que aquí se describen no solo siguen siendo relevantes sino que, tal vez, sean aún más marcadas y eficaces a la hora de configurar nuestra contemporaneidad. ¿Por qué? Tratemos en estas breves líneas de encontrar algunas razones.

En una de las metáforas más famosas de la historia de la filosofía, para explicar de qué modo esta nos ayuda a comprender la realidad, Hegel hablaba de la lechuza de Minerva1. Mediante esta imagen del ave sagrada de la diosa de la sabiduría, Minerva —Atenea en la mitología griega—, Hegel pretende indicar que la filosofía, de forma similar a la lechuza que solo vuela al anochecer, puede comprender y explicar la realidad solo a posteriori, cuando una época histórica ha llegado a su fin y ha completado su proceso de desarrollo.

Por un lado, este texto es un vuelo de la lechuza, porque se produce después de que los fenómenos de la digitalización y la difusión de las plataformas sociales digitales, las llamadas redes sociales, se han extendido en la sociedad: es un vuelo tardío al cabo de las dos primeras décadas de este siglo.

Hoy, en cambio, para entender la realidad, parece necesario cambiar de animal y recurrir a la comadreja. En el Museo de Historia Natural de Rotterdam hay expuesta una extraña comadreja disecada: su pelaje quemado y sus patas carbonizadas atestiguan su resistencia en una batalla en la que fue derrotada. Este pequeño animal murió en un enfrentamiento con la máquina más poderosa del mundo. La comadreja vio cómo su suerte quedaba sentenciada cuando trepó por la valla de una subestación del Gran Colisionador de Hadrones (LHC en inglés) del CERN en Ginebra y se electrocutó al instante con un transformador de 18.000 voltios. El suceso tuvo lugar en noviembre de 2016 y no merecería una mención especial si no fuera por lo que iba a ocurrir poco después, tal y como es posible reconstruir a partir de un evocador ensayo de Mattia Salvia2.

En efecto, poco después, comenzó a circular rápidamente por la red la teoría de que los experimentos del CERN habrían provocado el desplazamiento del mundo a una realidad alternativa en la cual Donald Trump se convirtió en presidente, el Reino Unido salió de la Unión Europea con el Brexit, todo ello mientras tenía lugar una serie de acontecimientos que antes se consideraban imposibles. Lo realmente impresionante es que el volumen y la presión de este rumor difundido casi obligaron al portavoz del CERN a emitir una declaración oficial en la que se calificaba la teoría en cuestión como imposible y producto de una especie de noticia falsa derivada de una teoría de conspiración mundial.

Es posible que esto sea una expresión de lo que los sociólogos han denominado el efecto Mandela. Se trata de un fenómeno que se produce cuando grandes grupos de personas creen que algo ha sucedido no obstante las pruebas demuestren lo contrario. El nombre viene del hecho de que muchos creyeran que Mandela murió en la cárcel cuando lo cierto es que no fue así. Volviendo al caso con el que empezamos, mucha gente cree que desde que se fundó el CERN se han producido numerosos accidentes con resultados no siempre comprensibles que hacen pensar que sus experimentos de física de partículas están provocando el desplazamiento del mundo a universos paralelos. Más allá del hecho concreto, lo que nos llama la atención es la forma en que la comadreja del CERN es capaz de revelarnos algo sobre el significado de la historia en nuestra época y sobre cómo perciben el mundo nuestros contemporáneos. El efecto Mandela, además, parece haberse vuelto cada vez más común y relevante desde la aparición de las redes digitales y sociales. Esto invita a reconsiderar los efectos de la era digital desde una perspectiva más filosófica, como la de Minerva.

En estos términos, ¿qué actitud debemos tener hacia quienes creen en la pluralidad de mundos generados en la infoesfera o en hipótesis radicales similares? Simplificando al máximo, hay que considerar dos opuestos. Por un lado, hay quienes proponen tomar muy en serio lo que a primera vista parecen rumores incontrolados, cuando no auténticos bulos. Según los defensores de tales tesis, la condición digital ha cambiado la ontología, es decir, la forma en que concebimos la disposición del mundo. Por tanto, hay que tener mucho cuidado antes de hablar del efecto Mandela, porque la realidad ya no está hecha de roca sólida. Más bien, tiene una apariencia gaseosa, de modo que existen varios mundos posibles y coexistentes. Por otra parte, están aquellos —intelectualmente más conservadores— que abogan por la responsabilidad y la seriedad. Según ellos, existe una sola verdad de los hechos, ya que de lo contrario se llegaría a la imposibilidad de tomar en serio cualquier discurso racional y cualquier forma de conocimiento científico.

Estamos convencidos de que muchas personas, culturalmente curiosas y con sentido común, adoptarían una posición intermedia entre estas dos. El clima posmoderno y el pensamiento del posthumano ya han persuadido a varios miembros activos de la esfera pública de la muerte del sujeto y del colapso del ser humano.

El texto que sigue intenta reconstruir cómo y por qué es necesario analizar los primeros veinte años de nuestro siglo para entender por qué el símbolo de la contemporaneidad es la comadreja del CERN y no la lechuza de Minerva.

Paolo Benanti

Roma, 8 de junio de 2024

P.D. Debo mi agradecimiento por el impecable y paciente trabajo realizado en el texto a la traductora María Soledad Aguilar Domingo.

Premisa

Ningún texto es una creación aislada y abstracta, sino que vive en relación con lo que podríamos llamar un pre-texto, es decir, todo lo que precede al texto y en cierta medida lo provoca, y un con-texto, es decir, todo lo que acompaña a la realización del texto y a su articulación. En estas páginas también impera la misma dinámica.

Lo que precede a este texto, lo que lo origina, es el camino trazado por las investigaciones que el escritor ha llevado a cabo hasta ahora y por una serie de encuentros. A lo largo de los últimos diez años, he profundizado en los temas que fueron objeto de mi doctorado: la tecnología y su relación con el hombre. Las líneas de esta investigación han sido múltiples: el reto de lo posthumano, las inteligencias artificiales y la algor-ética, la transformación de la Era Digital, las neurociencias y la neuro-ética, las implicaciones culturales de la transformación digital, la comprensión del cuerpo y de la sexualidad, la relación del hombre con el artefacto tecnológico y la tecno-ética, la aparición de lo sintético y el desafío de comprender lo que es la vida, la dignidad específica de la persona humana en un contexto de transhumanismo. Son temas que pueden parecer distantes entre sí, pero que en realidad se mantienen unidos por una influencia mutua y una relación continua. Sin embargo, hasta hace poco tiempo, aún no había identificado con claridad una forma que unificase todos estos retos contemporáneos.

Tras mi encuentro con S.E Marcello Semeraro, obispo de Albano (Roma), y algunas conversaciones con él con vistas a la formación de presbíteros en su diócesis, y también gracias a la amistad que surgió, me di cuenta de que las transformaciones que estaba profundizando no solo estaban cambiando la cultura científica, sino también la práctica pastoral y la percepción de la realidad en la cultura popular3.

El siguiente paso tuvo lugar a raíz de una reflexión del papa Francisco que me afectó profundamente. Bergoglio, estando en Buenos Aires, escribió en uno de sus discursos: «Es un tiempo de cambio (DA 33) de alcance global (DA 34), que tiene consecuencias en todas las dimensiones de la vida de nuestros pueblos [...]. Lo que estamos viviendo es un ‘cambio epocal’»4. Así fue cobrando fuerza en mí la idea de que ya no era posible describir la mutación como una serie de cambios, sino que más bien era necesario contemplarla en su conjunto.

Fue el encuentro con el Dr. Paolo Ruffini, Prefecto del Dicasterio de la Comunicación al pedirme que presentara una ponencia en la plenaria del Dicasterio sobre los cambios que se estaban produciendo, lo que puso en marcha mi proyecto de sistematizarlo todo.

Por último, la invitación a dar clases en el Curso superior de formación en orientación familiar con especialización pastoral organizado por la Conferencia Episcopal Italiana, Oficina de Pastoral Familiar, me llevó a centrarme en la descripción de los cambios en la Era Digital y la familia, y en los problemas de la educación de las nuevas generaciones. Fue finalmente el diálogo con Simone Bruno, director editorial de Edizioni San Paolo, lo que propició que todo se recogiera en este texto.

El con-texto es el que ya hemos descrito en parte. La idea central es examinar si debemos o no hablar de un cambio de época. El objeto de este texto es apoyar la teoría del cambio de época y describir su alcance. Reúne los resultados de diversas investigaciones parciales realizadas en los últimos años, que encuentran aquí una síntesis original y, en la medida de lo posible, orgánica. Este libro contiene no solo los resultados más innovadores de mis publicaciones y los artículos que he escrito, sino también las reflexiones que he ido anotando en mi blog y compartiendo con los cientos de miles de lectores que lo visitan.

Para presentar todo esto he intentado recurrir a la narración de un escenario. Combinando los distintos elementos, con un lenguaje que confío sea llano y accesible y limitando al mínimo el aparato de notas, intento poner de manifiesto las características y las causas de este cambio de época. Un cambio de época que adquiere fuerza y genera la llamada cultura pop. Así pues, no solo una teoría del cambio de época, sino un análisis de la cultura dominante, la cultura pop.

Mi análisis se centra en el intento de captar la objetividad del cambio que se ha producido y las características de la cultura contemporánea, así como las nuevas coordenadas existenciales que la nueva época plantea a nuestros contemporáneos. Este texto, si se nos permite resumir la obra en una frase, no pretende ser un estudio sobre la naturaleza de las cosas de las que habla (realidad, verdad, hombre, familia, etc.), sino más bien una descripción de cómo estas parecen surgir en la conciencia de nuestros contemporáneos.

Para acompañar esto, he querido incluir un pequeño guiño. Cada capítulo va precedido de algunas estrofas de una canción pop: el tema de la canción hace referencia al tema del capítulo, creando una refracción recíproca entre lo que se aborda y lo que se vive en la cultura.

La estructura del texto es dual, como se describirá mejor en el primer capítulo. En la primera parte intento esbozar la teoría del cambio de época; en la segunda, observo algunas dimensiones de este cambio. Al final de cada capítulo de la segunda parte, resumo y recojo los retos que más emergen en el ámbito de la vida que el mismo capítulo analiza.

Por último, he de confesar que estoy en deuda con Elisabetta Curzel. A Elisabetta, periodista atenta a cuestiones contemporáneas y aguda divulgadora científica, con la que me une una sincera amistad, le debo una valiosa discusión sobre algunos de los temas del texto, y a ella debo la revisión y lectura crítica de las páginas que siguen. Con extrema generosidad, no solo escuchó mis tesis, sino que también contribuyó a aclararlas y exponerlas de forma más lineal.

Dicho esto, solo me queda emprender este viaje siguiendo la ruta de la época de cambio que estamos atravesando o, siendo quizás más realistas, que ya hemos atravesado.

El autor

La cultura: una historia para contar

Un anciano y un niño se cogieron de la mano

y caminaron juntos hacia el anochecer;

el polvo rojo se alzaba lejos

y el sol brillaba con luz incierta...

[...]

Y el anciano decía, mirando a lo lejos:

«Imagina esto cubierto de trigo,

imagina los frutos e imagina las flores

y piensa en las voces y piensa en los colores

y en esta llanura, hasta donde alcanza,

los árboles crecían y todo era verde,

la lluvia caía, los soles marcaban

el ritmo del hombre y de las estaciones...».

El niño se detuvo, su mirada era triste,

y sus ojos miraban cosas nunca vistas

y luego dijo al anciano con voz soñadora:

«Me gustan los cuentos ¡cuéntame más!».

Francesco Guccini, Il Vecchio e il bambino (El viejo y el niño)5

El tema de este texto es el complejo y variado universo contemporáneo de la cultura pop. Por desgracia, esta afirmación, tan perentoria, no es trivial ni inmediata. No es banal porque hablar de cultura es una operación que requiere ciertas premisas metodológicas. No es inmediata debido al complejo entramado de significados que engloba el término «pop».

En primer lugar, debemos precisar en qué sentido hablamos de cultura. Según un diccionario de la lengua italiana, se puede hablar de cultura en el sentido de lo que contribuye a la formación intelectual y moral del individuo y a la adquisición de una conciencia de su papel en la sociedad. Decir «cultura» es, por tanto, indicar el acervo de conocimientos y experiencias que puede adquirir un individuo mediante el estudio, durante una formación específica, en uno o varios campos del saber. En este texto, no hablaremos de cultura como un conjunto definido y codificado de nociones. Tampoco queremos indicar con el término «cultura» un fenómeno elaborado de forma reflexiva y consciente.

El sentido que damos a la palabra «cultura» es eminentemente descriptivo. Nos referimos al conjunto de manifestaciones de la vida material, social y espiritual de un pueblo o grupo étnico, en relación con las distintas etapas de un proceso evolutivo o con diferentes periodos históricos o condiciones ambientales.

Esta acepción del término «cultura» incluye no solo vivencias, sino también lo que podríamos llamar una «cultura material», es decir, el análisis de una civilización que resulta posible gracias a la observación de sus realizaciones técnicas y sociales. Si bien es cierto que las realizaciones materiales de una cultura son la parte más visible de la misma, es igualmente cierto que estos artefactos son también los más difíciles de descifrar. Cada edificio, infraestructura, organización social y producto de los miembros de esa cultura es un artefacto. Según esta definición, no solo un banco, sino también una asociación o una organización son artefactos culturales. Incluso una canción o un libro que consigue conmover y emocionar a los miembros de esa cultura es un artefacto de esa cultura.

Observar una cultura, es decir, observar lo que una cultura produce y consume —adelantándose a lo que veremos próximamente sobre el pop— es, pues, tocar una parte invisible pero muy eficaz de la misma cultura: sus valores, sus sentimientos, las expresiones de lo que significa ser humano y querer vivir de manera humana.

La cultura así entendida es por tanto una amalgama de artefactos que se apoyan en los valores y las experiencias de las personas y que contienen elementos profundos y a veces inconscientes compartidos por el propio grupo. Observar la cultura es observar lo humano en una determinada comprensión y entendimiento de sí mismo en un periodo histórico concreto y homogéneo que, precisamente, se expresa y reconoce en una determinada cultura.

En última instancia, la cultura nos interesa porque es una expresión del hombre y de su actitud ante la finitud y radicalidad de la existencia humana, referida a ciertos valores profundos y vitales que le motivan a pensar, sentir y actuar. La cultura es, por tanto, material y a la vez profundamente espiritual. Este es el nivel que nos interesa y que queremos poner de relieve en nuestro análisis.

Precisamente la aclaración del significado del término «cultura» que nos interesa y que será objeto de este estudio introduce el segundo elemento complejo de nuestro análisis. La forma de cultura que estamos examinando es la denominada «cultura pop».

«Cultura pop» no es el término que se utiliza como anglicismo del término «cultura popular» (en cuyo caso el inglés utiliza el término folk); en el Occidente contemporáneo, denota una serie de artefactos culturales como la música, el arte, la literatura, la moda, la danza, el cine, la televisión y la radio, en su forma analógica o predominantemente digital, que consume la mayoría de la población de la sociedad. La cultura pop es aquella que no se caracteriza por su adscripción geográfica o lingüística, como ocurría con otras culturas en el pasado, sino porque se define por el consumo de una serie de medios de comunicación que son atractivos y accesibles para las masas.

El término «cultura pop» se originó como término de contraste: indicaba una forma de cultura diferente de la «cultura oficial» del Estado o de las clases dirigentes. En la actualidad, el término está muy extendido y se define principalmente en términos cualitativos: la cultura pop se considera a menudo, en el lenguaje cotidiano, como aquella que se nutre y expresa en formas artísticas más superficiales o menores.

Desde una perspectiva histórica, los sociólogos hablan del auge de la cultura pop como expresión de la creación y ascenso de la clase media que generó la revolución industrial. Las nuevas clases de trabajadores que fueron encontrando su lugar en los entornos urbanos, abandonando las formas de vida agrícola y campesina, empezaron a crear esta forma específica de cultura que lleva en sí misma los signos de la fractura y la ruptura con el pasado: una especie de herida inconsciente fruto de la separación y la ruptura con las costumbres y la vida de sus padres y de la parte dominante de la sociedad.

Históricamente, fue sobre todo tras el final de la Segunda Guerra Mundial cuando las innovaciones en los medios de comunicación de masas provocaron importantes cambios culturales y sociales en Occidente. Al mismo tiempo, el capitalismo industrial, con la producción en masa y la necesidad de vender los bienes producidos en grandes cantidades, asumió un papel clave en la relación entre producción, consumo y cultura en ese entrelazamiento inextricable, como se ha descrito anteriormente, de lo «material» y lo «espiritual».

«Cultura pop» y «cultura de masas» son dos expresiones que se han fusionado gradualmente hasta hacerse inextricables e indistinguibles. A menudo se encuentran como sinónimos de «cultura pop» los términos: cultura de consumo, cultura de la imagen, cultura mediática y cultura creada por los productores para el consumo de masas.

Esta pluralidad hace especialmente difícil dar una definición única del término «cultura pop» o reducir su compleja composición a una sola característica. Para explicar al menos parte de esta complejidad, repasemos las seis posibles definiciones de cultura pop que el especialista británico en medios de comunicación John Storey ofrece en su obra Cultural Theory and Popular Culture6.

Para Storey, en una primera acepción, la cultura pop es simplemente la cultura preferida o apreciada por mucha gente. La cultura pop debe identificarse como la cultura de la mayoría de la población contemporánea, y no debe atribuirse al término ninguna connotación negativa.

Una segunda forma de definir la cultura pop es por diferencia: sería «cultura pop» todo lo que queda en la cultura después de identificar y restar la llamada «alta cultura». Esta definición conlleva la idea de que la cultura pop debe considerarse inferior y que, de hecho, funciona como indicador de estatus y clase.

En un tercer sentido, la cultura pop puede definirse a partir de los artefactos comerciales producidos para el consumo de masas por consumidores carentes de pensamiento crítico. En esta definición, la cultura pop es algo profundamente instrumental: el medio que las élites han puesto en marcha para dominar o explotar a las masas. La cultura pop sería así el resultado de un proceso premeditado de unos pocos, y todo en ella es comercialmente identificable y evaluable.

Storey también ofrece una definición opuesta: la cultura pop es cultura popular, algo que procede del pueblo y no algo que se le impone. Según esta definición, la cultura pop es una cultura auténtica, que nace y se genera en el seno de un grupo homogéneo de personas, y no coincidiría con la cultura comercial, aunque se exprese en productos que tienen cabida en el mercado o están relacionados con el consumo de masas: ropa, música, cine, videojuegos, etc.

La cultura pop también puede definirse en relación con la forma en que se genera. Es una cultura fruto de la negociación: en parte impuesta por las clases dominantes y en parte resultado de la resistencia o la modificación de las clases subordinadas. Los poderes industriales y comerciales dominantes, incluidos los gigantes digitales, pueden crear cultura; pero son los consumidores de productos culturales, aunque sean subordinados, quienes deciden qué pasa a formar parte de la cultura pop y qué se descarta.

Por último, para Storey, no podemos entender la cultura pop si no nos damos cuenta de que, en nuestra época contemporánea, la distinción entre lo «auténtico» y lo «comercial» no es nítida. Hoy en día, en la cultura pop, los consumidores, y en particular los usuarios digitales, son libres de adoptar algunos contenidos, modificarlos para su propio uso o rechazarlos por completo, o incluso crear contenidos propios que tienen a su vez el poder de plasmar la cultura.

Precisamente en la pluralidad de estas definiciones radica toda la complejidad del tema y la no inmediatez de la que hablábamos al querer identificar y analizar la cultura pop. Pero también la razón para abordarla con urgencia. Solo descifrando los rasgos espirituales de esta cultura tan material podremos comprender mejor los deseos y esperanzas, los miedos y ansiedades que habitan en nuestros contemporáneos. Paradójicamente, solo sumergiéndonos en la cultura de masas podemos sacar a la gente de la masa y reconocer en sus ojos las necesidades más profundas y verdaderas de su vida.

Cabe señalar que las seis definiciones de Storey siguen utilizándose en los diversos estudios que caracterizan nuestra contemporaneidad, pero ante todo nada parece indicar que una prevalezca sobre las demás. Además, las definiciones de «pop» pueden cambiar profundamente en función del contexto. Baste decir que en el siglo que acaba de terminar, los medios de comunicación de masas —la forma en que se transmite y difunde gran parte de la cultura pop— han cambiado tan radicalmente que los investigadores tienen serias dificultades para establecer cómo funcionan los medios de comunicación en relación con la cultura. Hace poco más de veinte años, el término «medios de comunicación de masas» se refería únicamente a la prensa (periódicos y libros), la radiodifusión (televisión y radio) y el cine (películas y documentales). Hoy abarca una enorme variedad de medios y formatos. A modo de ejemplo, podemos citar los videojuegos, las plataformas de streaming, YouTube, TikTok, etc.

Incluso en relación con la cantidad que caracterizaba ciertos significados de la cultura pop, como el concepto de masa, la cultura pop es hoy algo definido por un público de nicho. En otras palabras, en la era de las redes sociales y los influencers, ¿qué es la «comunicación de masas»? Muchos productos comerciales, como la música y las series en streaming, se consideran pop, aunque su audiencia sea reducida, en comparación con iconos mundiales del pop como Britney Spears y Michael Jackson. Gracias a la presencia de las redes sociales, los consumidores pueden hablar directamente con los productores y, a decir verdad, son ellos mismos los productores, lo que trastoca algunos de los conceptos clave utilizados anteriormente para describir la cultura pop. Por último, el algoritmo, con su poder para asociar usuarios y contenidos, también se ha convertido en un importante productor de cultura, cambiando radicalmente la forma en que un producto se convierte en un producto de masas. El término «viral» es el nuevo nombre de esta forma de éxito, y acaba formando el imaginario colectivo.

Quizá, en cierto modo, podemos decir que la cultura pop ha retomado su significado más simple: es aquella que describe lo que le gusta a mucha gente.

La profunda complejidad que se ha descrito, es decir, el hecho de que cada uno de nosotros exista en una cultura y que no sea fácil distanciarse de ella, el hecho de que la cultura pop sea una cultura en evolución y transformación y, por último, el hecho de que existan numerosos actores y contextos que modifican profundamente los medios con los que se genera y propaga la cultura, podría llevarnos a concluir que se trata de un intento inútil. Debemos reconocer que hay formas inútiles, en el sentido de infructuosas, es decir, sin utilidad, de hablar de la cultura pop. Una forma que quisiera definir, confinar o juzgar esta cultura como si fuera un objeto o algo muerto y acabado o con límites determinados e inmutables sería algo que resultaría superado por la vida natural de la cultura pop en el mismo momento en que trazara un límite a esta, es decir, una identidad propia.

Sin embargo, si recordamos lo que nos enseña el filósofo Franco Volpi, a saber, que todos los problemas humanos reales no tienen otra solución que la historia, podemos vislumbrar algunas líneas de reflexión interesantes.

En primer lugar, la cultura pop nace de una historia, de una ruptura con el pasado que indica una discontinuidad con lo anterior y alimenta su progreso y cambio. Hablar de cultura pop es por tanto hablar de algo nuevo que está sucediendo. La cultura pop nace y se nutre de algo nuevo en la historia de la humanidad. La cultura pop es una señal de que algo del pasado ya no existe, y de que está surgiendo algo nuevo en la comprensión del mundo y de nosotros mismos. En otras palabras —y esta es la tesis que expone este texto—, el pop, la forma en que describimos tanto la cultura como sus diversos componentes, solo puede justificarse mediante la hipótesis y la investigación de lo que se configura como un verdadero cambio de época.

En segundo lugar, al ser copartícipes de esta transformación y fractura con el pasado, no podemos hacer descripciones que no tengan en cuenta nuestro propio ser copartícipes de esta cultura (en cierto modo, este texto también puede considerarse una obra pop, al menos en el afán del editor). No podemos diseccionar y analizar el pop como lo haría un anatomista por una sencilla razón: la cultura pop no está muerta, sino viva. Así que no es el momento de la anatomía, sino de la observación in vivo, para seguir utilizando el símil médico.

Hemos llegado así al núcleo que sustenta y determina el presente trabajo. El texto que sigue es una teoría del cambio de época.

Es ante todo «teoría» en el sentido del étimo griego del término: el verbo theoreo, que significa observar. Este texto pretende ser una observación del pop, especialmente en su forma más actual, la Era Digital, que está transformando la forma en que los individuos se perciben a sí mismos, cómo se imagina y se describe a sí misma la familia, y cómo tienen lugar las diferentes formas de relaciones sociales.