La espada perdida. Sicrammus parte 2 - Gabriel Nahuel Pizzi - E-Book

La espada perdida. Sicrammus parte 2 E-Book

Gabriel Nahuel Pizzi

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Beschreibung

Si el mundo se corrompe, las almas que ignoran la vanidad del lúgubre ocaso que se avecina serán fácilmente seducidas. Sin embargo, aún queda un tenue rayo de esperanza entre los adeptos de esta inevitable locura. El reino de Venion se tambalea ante la llegada de Nébula, una enigmática y poderosa entidad de otro mundo. Con el rey Simpion dispuesto a manipular cualquier fuerza para asegurar su dominio, la tensión entre magia y poder humano alcanza su punto más alto. Mientras tanto, Luna Thamis, y el joven heredero al trono supremo Rosinante Légales se enfrentan a desafíos que pondrán a prueba su valentía y lealtad en una tierra asediada por el caos. La espada perdida: Sicrammus es una increíble saga de intriga, magia y épicas batallas, donde cada decisión puede alterar el destino de dos mundos. Descubre cómo la lucha por el poder y la integridad personal se entrelazan en un relato lleno de misterio y aventura que te mantendrá en vilo hasta la última página.

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Seitenzahl: 466

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de mapa: Andrés Aguirre Jurado.

Pizzi, Gabriel Nahuel

La espada perdida : Sicrammus 2 / Gabriel Nahuel Pizzi. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

334 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-212-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Pizzi, Gabriel Nahuel

© 2024. Tinta Libre Ediciones

La espada perdida: Sicrammus

Tomo I1

Índice

Si el mundo se corrompe, las almas que ignoran la vanidad del lúgubre ocaso que se avecina serán fácilmente seducidas. Sin embargo, aún queda un tenue rayo de esperanza entre los adeptos de esta inevitable locura.

Anteriormente

En el vasto continente de Inlandin, las sombras de una antigua profecía comienzan a cobrar vida. El mundo entero acaba de sentir el verdadero terror de algo que no puede comprender y que podría cambiar totalmente el curso de la historia.

Hermes Sassir viaja a través del brazo oceánico occidental hacia Sprinter, escoltando al último heredero del trono supremo, Rosinante Légales, cuya misión es dirigirse al Reino Celestial. También es acompañado por el capitán de los osos pardos, Nicolas Werlys.

Mientras tanto, el rey de los osos, Dimetrux Mordor, marcha con su gran ejército hacia Suitfire, la ciudad sin banderas. La inesperada noticia de la derrota del príncipe Máximo Mordor a manos de Drum Mandrake, conocido como el Animal de Suitfire, se ha extendido rápidamente por todo el continente.

En otra parte, Idol Sassir y su familia huyen desesperadamente del Reino de los Osos. Su condena a muerte fue anulada gracias a la ayuda de la cazarrecompensas Luna, quien los transporta a la vieja ciudad de Tittania del Este.

En el sur del continente, más concretamente en el Castillo de Yilan, el rey Simpion Thamis parece haber realizado con éxito el intercambio de cuerpos, provocando que la criatura Nébula entre en el mundo humano y que la reina Amanda llegue, en consecuencia, al Oculhus.

¿Qué ocurrirá a continuación? Espero que estés preparado para lo que está por venir, pero de una cosa puedes estar seguro: Inlandin no será el mismo después de lo que leas.

Capítulo I

Primer contacto

Simpion lo sintió hasta en las entrañas, el gigantesco cuerpo metálico de Nébula salió del portal, era aún más aterrador que en el mundo del Oculhus, su cabeza casi tocaba el techo. El rey de Venion estaba de pie frente a la mesa, tratando de deducir si este monstruo era real. El portal se desvaneció, devolviendo las paredes a la normalidad y la barrera mágica desapareció, liberando toda la sala. Los ministros, junto con los soldados que esperaban fuera, se sintieron sobrecogidos por semejante presencia. Cuanto más se acercaba uno al ser del otro mundo, más fuerte era su aura.

—El mundo humano —expresó Nébula algo desorientada, mirando hacia los lados, y luego respiró hondo—. Puedo olerlo todo desde aquí, el olor humano es muy particular, una mezcla de metal con algo de savia —bajó la mirada hacia el rey—. ¿Qué dices, humano, quieres que aplaste a tus enemigos ahora mismo?

Simpion no le quitaba los ojos de encima, tenía que mostrar autoridad, pero le sudaban las manos, y los dedos de los pies no paraban de contraerse.

—Aún no es el momento —dijo Simpion mientras se acercaba a la puerta—. Primero debemos planear bien nuestra estrategia ¡Sígueme y no toques nada ni a nadie!

—¿Planear? —indagó Nébula, apretando la empuñadura de su hoz—. Dime dónde están esos asquerosos humanos y los destruiré en segundos.

El tono de Nébula irritó a Simpion. Estaba agachado mirando el cuerpo inconsciente de la princesa Lizz; luego la levantó sobre sus hombros y se volvió hacia ella con una mirada desafiante.

—Harás lo que yo te diga —ordenó con severidad Simpion, con la mandíbula en alto—. Seré yo quien conquiste Inlandin, tú solo serás mi arma de último recurso.

Nébula escuchó atentamente las palabras del rey humano y apartó la mirada del cuerpo de Lizz. Simpion salió de la sala donde los ministros y soldados se inclinaron al verlo.

—Su Majestad —dijeron todos en señal de reverencia.

El rey, sin mirar a nadie, continuó su camino hacia las escaleras, pasando junto a las tumbas de los antiguos reyes. Skall se inclinó y pudo ver que era el cuerpo de Lizz el que llevaba sobre sus hombros.

—Maldición… —masculló Skall mirando al suelo, mientras pasaba el rey—. Te has salido con la tuya.

Todos los presentes se preocuparon al escuchar que algo se acercaba desde el interior de la sala, se oía claramente el sonido de la armadura metálica y sus pasos duros. Los ministros Hans y Pedrick se acercaron para intentar ver qué había detrás. Nébula atravesó la puerta como si fuera una simple hoja, la madera salió disparada junto con los escombros y el polvo, que no dejaba ver nada. Los soldados que seguían a un lado temblaron de miedo cuando vieron entre la densa polvareda a una gigantesca criatura que caminaba siguiendo al rey humano. Skall no podía creer que realmente un monstruo hubiera llegado a este mundo. Su poder se podía sentir cuando daba pasos cortos, la altura era algo que chocaba y el ruido de la hoz que arrastraba por los adoquines del suelo era insoportable. Nébula no miró a nadie, solo dirigió sus extraños ojos verdes hacia Skall por un momento y pudo darse cuenta de la diferencia de poder entre ambos.

—Su presencia es más fuerte que la de Simpion —murmuró Skall viéndola pasar.

Hans y Pedrick ni siquiera podían respirar, para no llamar la atención de la temible criatura, en sus rostros solo había miedo y desesperación. Nébula llegó a las escaleras y se agachó para poder subir y no estrellarse contra el techo. Al rato, Simpion dejó a la princesa en su habitación al cuidado del sacerdote Radamés; Lizz tenía algunas heridas leves en el hombro y la espalda.

—Hazme saber cuando se despierte —ordenó Simpion, de pie cerca de la cama, con el rostro compungido muy evidente.

—No tiene nada de qué preocuparse, majestad —informó Radamés con seguridad, mientras untaba pomada en el hombro de la princesa—. Solo tiene magulladuras por el impacto recibido.

Mientras el rey hablaba con el sacerdote, Nébula esperaba afuera de la habitación, de pie, en medio del pasillo, contemplando la estructura del lugar.

—Mi cuerpo es demasiado grande para este sitio —dijo Nébula, tocando el techo con la mano izquierda—. Será mejor que reduzca mi tamaño.

Extendió la mano izquierda hacia delante y pronunció unas palabras en voz baja, que apenas se entendían: desde su dedo índice comenzó a brillar una luz incandescente que deslumbró en todo el pasillo. Simpion se dio cuenta de que algo ocurría al ver la luz que aparecía en los bordes de la puerta, se dio la vuelta y se acercó a la salida. El cuerpo de Nébula había disminuido a una altura de 1,75 metros. La luz se dispersó por completo cuando Simpion salió de la habitación.

—Tuve que hacerlo —aclaró Nébula mirando al rey humano—, sus estructuras no están hechas para mi tamaño y además no soporto la mirada de miedo de los tuyos.

—¿Y esa armadura? —indagó Simpion acercándose a ella—. ¿La usarás por siempre?

—Mi killjab fue creada con magia de mi mundo —confesó Nébula, quitándose el guantelete metálico de la mano izquierda, revelando el aspecto azul grisáceo de su piel—. En el Oculhus nacemos de la fecundación in vitro, somos elegidos exclusivamente para nuestros puestos. —Sujetó su hoz con ambas manos y la colocó horizontalmente—. Si te has fijado, mi harvestsoul tiene esta forma porque me dedico a cosechar almas, soy una especie de exploradora en busca de alimento para mi lord, ese es mi único propósito en la vida.

—¿Así que has llevado esa armadura toda la vida? —preguntó con curiosidad Simpion.

—Aunque nuestros cuerpos tienen cierto parecido, yo no necesito comer ni beber ningún tipo de líquido —reveló Nébula, mirándose la mano desnuda—. El Slihs me proporciona los nutrientes que necesito para vivir, no sudo y no huelo. —Miró de reojo el atuendo del rey humano—. Así que si lo que quieres saber es si me pondré algún tipo de ropa de este mundo, no me pondría algo así ni en mil años.

—Tu aspecto llama mucho la atención aquí —comentó Simpion, se dio la vuelta y caminó por el pasillo—. Ven, te llevaré a tu habitación.

En el último piso del Castillo de Yilan, cerca de la habitación real, había un pequeño despacho con una mesa y una cama sencilla, que habían preparado y limpiado para la llegada de la criatura. Simpion llegó al lugar y entró con ella.

—Esta es tu habitación —señaló Simpion mostrándosela—. Estarás aquí todo el tiempo, hasta que partamos hacia el Castillo de Taika —se acercó a ella—. Ahora que me has revelado todo lo que necesitas, nadie te molestará, ya que no dependes de nada para vivir.

Nébula, sin contestarle una sola palabra, comenzó a inspeccionar la habitación, rozó con su mano la madera de la mesa que estaba un poco polvorienta de suciedad, luego se la llevó a la boca para sentir el sabor que tenía; al probarla, no notó nada interesante. Giró su cabeza hacia la cama que estaba pegada a la pared frente a ella.

—¿Qué es eso de ahí? —señaló extrañada Nébula.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Simpion sin entender la pregunta—. ¿Te refieres a la cama?

—Sí, no entiendo el propósito de este tipo de lugar —dijo Nébula mirando de reojo y observando el sitio—. ¿Qué hacen aquí?

—¿No dormís? —preguntó Simpion con asombro—. Aquí se puede descansar y es un sitio privado para todos.

—Sí, dormimos, pero no necesitamos estar encerrados en estas cuevas y menos tumbados en esos troncos —reveló Nébula mirando al rey humano—. Dormimos de pie en cualquier sitio, desconectamos nuestro cuerpo para que se renueve y eso dura unas 6 horas.

—Oh, entiendo —dijo Simpion fingiendo entenderla—. Bueno, no uses nada si no quieres, pero no salgas de la habitación bajo ninguna circunstancia.

Nébula asintió con la cabeza mirando al rey humano a los ojos, Simpion se retiró de la habitación donde un guardia real lo esperaba en el pasillo.

—Su Majestad —asintió el guardia en señal de reverencia—. La princesa Lizz se ha despertado.

—De acuerdo, enseguida voy —dijo Simpion y empezó a caminar apresuradamente por el pasillo.

Al llegar a la habitación, Simpion entró, pero el grito eufórico de su hija lo detuvo antes de que pudiera dar un paso adelante.

—¡Sal de aquí! —gritó Lizz, sentada en su cama, llena de lágrimas secas mezcladas con el maquillaje negro de sus ojos—. No quiero volver a verte, ¿cómo has podido hacerme esto? —Rompió a llorar, incapaz siquiera de mirarlo a la cara—. Hice de todo para que me aceptaras, pero nada funcionó, y si no fuera por mi madre, no estaría aquí. Tú ya no eres mi padre, realmente no sé quién eres, vete ¡ahora!

El cura Radamés estaba de pie frente a la cama, con la cabeza gacha, sin mover un dedo. Simpion sabía que no tenía derecho a contestar nada porque Lizz tenía toda la razón, había defraudado su confianza y no había nada que pudiera hacer para hacerla cambiar de opinión. Los ojos del rey se inundaron de lágrimas, pero se retiró antes de que cayeran. Cuando salió de pie en la puerta no pudo contenerse más y estalló de angustia, había perdido lo único que tenía, a sus seres más queridos, solo permaneció unos minutos sollozando en el pasillo.

En ese momento, Nébula estaba sentada en una silla de madera en medio de la sala, mirando al frente en silencio. Después de unos segundos, cerró los ojos y comenzó a murmurar unas palabras.

—Drimar dumu [domo liberado] —pronunció Nébula y abrió los ojos. Luego se generó una cúpula imperceptible, del tamaño de 100 metros cuadrados, que casi ocupaba la mitad del castillo. Este encantamiento hizo que todo lo que había dentro del domo fuera percibido por Nébula. En su mente podía trazar sus movimientos, pero no podía escuchar nada de lo que hablaban, solo conocer sus ubicaciones exactas.

Simpion levantó la vista cuando sintió el hechizo, miró a ambos lados y se dio cuenta al instante, pero había previsto que haría algo, solo tenía que asegurarse de que no lastimase a nadie en el reino hasta que sus tropas estuvieran listas para marchar hacia el norte.

«Espero que no haga ninguna estupidez», pensó Simpion mientras se acercaba a la ventana que tenía delante.

El ministro Skall estaba en su despacho terminando de escribir unas cartas. Al otro lado del escritorio estaba sentado el mensajero real Alib, parecía un poco nervioso.

—Perdone mi impertinencia, ministro, pero, ¿es cierto que un demonio de otro mundo está aquí en el castillo? —indagó el mensajero real, agarrándose la túnica con miedo—. Pude sentirlo hace un rato, esa sensación recorrió todo mi cuerpo.

—Así es —afirmó Skall, sellando la última carta y mirando al mensajero—. Esa cosa que sentiste no es un demonio, es nuestro aliado y está aquí para ayudarnos en la conquista de Inlandin. —Juntó todas las cartas y se las entregó al mensajero real—. Toma, llévalas a las ciudades e informales que todo está listo para nuestra partida. Recuerda mencionarles que si alguno se opone, será considerado un enemigo para el reino de Venion.

—Sí, ministro —asintió Alib, con las cartas en la mano, y salió del despacho.

Skall se sujetó la cabeza, intentando pensar en todo lo sucedido, era algo que superaba todo lo que había supuesto. Se levantó y se sirvió una copa de vino; justo cuando iba a beber, el rey Simpion irrumpió en la habitación.

—¡Te había ordenado que no dejaras entrar a nadie! —gruñó Simpion con dureza, acercándose al ministro.

—Su Majestad, lo siento, merezco cualquier castigo que me ordene —dijo Skall, dejando el vaso sobre el escritorio e inclinándose ante el rey—. No creí que fuera capaz de atravesar la barrera mágica.

—Debería matarte por lo que has provocado —masculló Simpion mordiéndose los labios, se acercó, agarró la copa de vino y la bebió toda—. Pero debemos continuar con el plan, no podemos tirarlo por la borda; si queremos que Amanda regrese a este mundo, debemos apresurar las cosas cuanto antes.

—Me lo he imaginado, majestad —dijo Skall con reverencia—. Acabo de mandar al mensajero para que envíe la notificación del inicio de la guerra.

—Bien, nuestras tropas deben partir cuanto antes, el punto de encuentro será la ciudad de Inmer, entraremos por la Flor de Nazca —dijo Simpion, sirviéndose más vino—. Dudo que ese monstruo se quede sin hacer nada, hace un rato activó un hechizo, no sé qué pretende, pero seguro que no es nada bueno.

—¿Crees que nos traicionará? —preguntó Skall mirando al rey—. Solo tú puedes detenerla en caso de que intentara algo, pero temes por la vida de Amanda, ¿no?

—Sí, me tienen atado de pies y manos —dijo Simpion y bebió todo el vino de un trago—. Debemos tener cuidado, son seres muy diferentes y sus intenciones no son como las nuestras.

Simpion y Skall se miraron con la misma sensación de miedo, el precio de la conquista puede llegar a ser muy alto si no se cuidan las espaldas.

En el mundo de Oculhus reinaba la noche oscura con la espesa niebla que se cernía sobre el castillo en ruinas; a un lado del enorme trono, levitaba una especie de cápsula anaranjada, con el cuerpo desnudo de la reina Amanda en su interior, que yacía inconsciente y estaba en posición fetal, cubierta por un espeso líquido transparente. El recinto estaba vacío, desde la entrada apareció Miseria, dando pasos lentos hacia su trono, subió por los peldaños y se acercó a la cápsula, levantó su mano derecha y apoyó sus largos dedos sobre la extraña piel áspera que la cubría.

—Deminur pl Mustras [vida y muerte] —murmuró Miseria contemplando el cuerpo de Amanda—. ¿Hasta dónde llegará tu amado humano? Será interesante verlo.

En plena madrugada, una poderosa explosión sacudió el Castillo de Yilan, despertando a todos sus habitantes. El rey Simpion, alerta ante la situación, se vistió con prisa y salió al pasillo. Lo acompañaron los dos guardias que custodiaban la puerta de su habitación; el ministro Skall y Hans ya estaban en el lugar. Al llegar a la habitación, se encontraron con un inmenso agujero en la pared, que daba al lado oeste del castillo, causado por la explosión.

—¿Dónde está Nébula? —preguntó Simpion, acercándose a los ministros.

—Su Majestad —asintió Hans, volteándose hacia el rey—, no sabemos dónde está, vinimos en cuanto oímos la explosión.

Simpion se dirigió hacia el agujero en ruinas mientras Hans le explicaba los detalles del suceso. Subió al borde del acantilado y se detuvo un momento a contemplar la impresionante vista que se extendía frente a él y que dominaba toda la ciudad hacia el oeste y las montañas, apenas visibles en el horizonte.

—Sabíamos que algo así podría ocurrir —dijo Skall acercándose a Simpion por detrás—. No creo que sea tan estúpida como para hacer algo contra nosotros. Debes demostrarle que eres el conquistador. —Se inclinó cerca de su oído y le susurró—: Debemos apresurar las cosas cuanto antes, cuando ese monstruo llegó a este mundo, todos lo sintieron, llegaron noticias de todo el continente. No podremos ocultarlo por mucho tiempo.

—Lo sé, Skall —dijo Simpion con seriedad, mirando hacia la ciudad—. Reúne a todos mañana, al mediodía daremos el comienzo de la conquista del Castillo de Taika.

—¿Y qué pasa con Nébula? —indagó Skall.

—Si no ha vuelto para entonces, tendré que ir a buscarla —respondió Simpion, dándose la vuelta y caminando hacia la puerta—. Espero no tener que hacerlo, no sé si podré contenerme contra ese monstruo. La vida de mi mujer depende de esa cosa.

Skall y Hans lo observaron alejarse con aquella calma inusual, el aura que emanaba era clara, sabía los riesgos que corría y debía afrontarlos a como diera lugar.

Sur de Venion

Mientras tanto, en la cima de las montañas Aghor, la diosa Rati estaba sentada en una roca muy cerca del acantilado, las nubes rozaban la cima, lo que lo convertía en un lugar húmedo y con poca visibilidad. Un fuerte sonido se escuchó a lo lejos acercándose a una velocidad irreal; desde los cielos cayó como un meteorito, que creó un enorme cráter y disipó la niebla que abundaba en la cima de la montaña.

—Mus drilar, pronter [mi señora, creadora] —asintió Rati, mirando hacia el cráter, una silueta comenzaba a aparecer tras la densa niebla—. Fuiste capaz de encontrar la forma de entrar en el mundo humano, me di cuenta al sentir tu presencia, pues soy parte de ti.

—Tú no eres parte de mí —aclaró Nébula con seriedad, caminando hacia Rati, arrastrando su afilada hoz—. Solo eres parte de un conjuro creado por mí, con el único propósito de alimentar a mi Ambhar.

Rati bajó la mirada mientras la escuchaba, descendió de su roca y se arrodilló ante la criatura del otro mundo.

—Lo siento, mi creadora —se disculpó Rati, inclinándose, con las manos apoyadas en el suelo rocoso—. He cumplido fielmente tu petición, el Ambhar está listo y esperándote —dijo y alzó las manos hacia el cielo oscuro, luego susurró unas palabras en lengua luminan. Una misteriosa esfera de color negro brillante descendió desde lo alto y se posó encima de ellas, levitando en el aire.

—¡Oh! Veo que te han alimentado muy bien —dijo Nébula complacida, levantando la mano derecha y extendiendo los dedos, haciendo que el Ambhar se sintiera atraído hacia ella—. Veamos cuánto has consumido.

El dedo índice derecho de Nébula tocó la esfera incandescente, en ese momento todo su cuerpo se cargó con una energía oscura que envolvió todo su ser, lo que le provocó una excitación inexplicable. En su rostro se notaba una expresión de placer, como si hubiera disfrutado de un manjar divino creado por los mismos dioses.

—Las almas de los humanos tienen algo particular —comentó Nébula satisfecha, con los ojos cerrados, disfrutando al máximo de la energía proveniente de la esfera—. Es algo que no puedo describirlo con simples palabras.

De un segundo a otro, el Ambhar comenzó a encogerse lentamente, haciéndose cada vez más pequeño. Durante más de doscientos años, Rati se encargó de entregarle cuerpos humanos para almacenarlos en la misteriosa esfera, miles de personas de todo el continente fueron engullidas por ella. La diosa tenía que encontrar la forma de alimentarla como fuera, así que esparció por todo el mundo el rumor de que una diosa yacía en la cima de la montaña para juzgar a la gente por sus crímenes, también decía que podía cumplir cualquier deseo a cambio de algo de igual valor que su vida. Cuando la esfera se consumió por completo, se redujo al tamaño de una bola de billar y cayó en la mano de la criatura.

—Quiero más humanos —añadió Nébula, limpiándose los labios con su lengua azul oscura.

—Mi creadora, debe regresar al castillo —informó Rati, mirando a la criatura—. Primero debe cumplir el propósito para el que fue enviada.

Nébula la fulminó con la mirada, colocó el Ambhar en el hueco que había entre su busto, la esfera formaba parte de su cuerpo. Luego levantó su harvestsoul y acercó la hoja al rostro de la diosa.

—Litram Plurim [cancelación acrónica] —pronunció Nébula en tono frío, mirando a Rati. Después de unos segundos, el cuerpo de la diosa se desintegró, convirtiéndose en partículas brillantes que se amoldaban a la misteriosa hoz una tras otra.

A la mañana siguiente, toda la ciudad en torno al Castillo de Yilan se movilizaba, miles de soldados marcharon de un lado a otro, la gente del pueblo se reunió en diferentes lugares para dar los últimos saludos a sus seres queridos, ya que podría ser la última vez que los vieran. Conocían muy bien el significado de una conquista, la mayoría daría su vida por la causa. Todos vestían la armadura particular del reino de Venion, que era negra con detalles de cromo pulido. Los soldados de infantería llevaban el escudo de Yilan en el pecho, la típica serpiente de tres cabezas. Y, en consecuencia, los altos mandos llevaban también una capa gris con el mismo escudo.

A medida que pasaban las horas y se acercaba el mediodía, todos los consejeros y líderes de la ciudad comenzaron a acudir a la sala de reuniones del castillo. Dentro esperaban el comandante del ejército, Rigard Harlyn, y su hija, la subcomandante Eria Harlyn. Ambos llevaban la armadura de alto mando, así como hombreras con colas de serpiente y yelmos de cabeza de víbora que indicaban su alto rango. Por la gran puerta doble entraron el ministro Pedrick y el mensajero real Alib.

—Los informes han sido entregados —comentó Alib, caminando junto al ministro—. Sprinter comenzó a marchar hacia Inmer.

Pedrick asintió mientras se acomodaban en sus lugares, situándose en el lado derecho de la sala, cerca de la escalinata. El ministro Hans llegó detrás del sacerdote Radamés, y los demás ocuparon sus puestos en la parte delantera del lugar. Había guardias por todas partes.

En los pisos superiores del castillo, la princesa Lizz estaba tumbada en su cama, leyendo un libro, parecía muy concentrada, aún no había salido de su habitación después de lo ocurrido. Arriba, el rey Simpion bebía vino mientras un sirviente terminaba de ajustar su atuendo real. Iba vestido de ceremonia, sus ropas más formales, con un traje de cuerpo labrado de fina seda, verde oscuro con detalles negros, botas ocres, con broches dorados, su corona de serpientes entrelazadas de oro y plata, y su capa real de piel y cuero con el escudo de Yilan bordado en el centro.

—Está listo, majestad —dijo la sirvienta, terminando de atarle la capa, luego se inclinó ante el rey.

Simpion bebió el resto de su copa y se dirigió a la puerta, donde dos guardias reales lo esperaban para escoltarlo a la salida. Luego se dirigieron a la escalera, donde esperaba el ministro Skall con los brazos cruzados por la espalda.

—Su Majestad —asintió Skall en señal de reverencia—. Todo está listo, solo falta tu anuncio oficial.

—Gracias, Skall —dijo Simpion acercándose a él—. Has hecho un trabajo excelente, voy a necesitar mucho de ti, a partir de ahora el mundo conocerá a su nuevo rey supremo.

Skall se inclinó ante su elogio y comenzaron a bajar las escaleras, caminó a la sala de reuniones. Al llegar, un guardia apostado en las puertas dobles se paró en el centro de esta.

—¡Silencio! —gritó el guardia—. ¡Muestren sus respetos al rey de todo Venion y próximo conquistador de Inlandin, Simpion Thamis VI!

Todos los presentes se volvieron hacia la puerta, donde el rey estaba resplandeciente en su atuendo real, hacía mucho tiempo que no se lo veía con tan buen aspecto, la gente se inclinó cuando pasó hacia su trono, detrás de él lo seguía Skall, que ocupó su lugar con los demás ministros. Simpion se sentó en su trono, luego miró al portavoz a su lado derecho y asintió con la cabeza. El muchacho, que era un hombre joven, delgado y de pelo castaño, hizo una reverencia al rey y se acercó a la escalinata, luego abrió un pergamino en dirección a los presentes.

—Hoy, 17 de mayo del año 2789, bajo el nombre de vuestro rey, declaro por decreto, que fue firmado por los veintisiete consejeros activos, tres ministros y gobernadores de las ciudades aliadas, dar comienzo a la conquista del reino supremo, el Castillo de Taika y todo lo que conlleva ser el protector de todo el continente —vociferó el portavoz a los presentes y cerró el pergamino—. Ahora las palabras de vuestro nuevo rey de Inlandin, Simpion Thamis VI.

El joven volvió a su posición, algunos dudaban de que pudieran ganar esta guerra, pero solo pretendían no oponerse al reinado, algunos querían que muriera en batalla para poder cambiar de rey, todos sabían que si la princesa Lizz se quedaba sola, iniciarían una revolución en su contra. Los demás afirmaban con confianza el liderazgo de su rey. Simpion se levantó y miró al frente, se notaba que estaba un poco nervioso, la mayoría pensaría que era por el inicio de la guerra, pero, en realidad, temía que Nébula se hubiera ido a algún lugar del vasto mundo.

—¡El reino de Venion prevalecerá, de eso no tengo ninguna duda! Puedo dar por seguro que conquistaremos Inlandin y dominaremos el mundo entero, los cuatro continentes conocerán el poder supremo, nadie podrá derrotarnos —tronó Simpion con severidad, mirando con confianza a la multitud—. Solo debéis venerarme y jurarme lealtad, os daré a todos lo que hemos soñado durante siglos.

Todos gritaron de júbilo ante las palabras de su rey, convencidos en sus sentencias, lo adoraban sin pudor. Los ministros guardaron silencio, Hans y Pedrick se limitaron a observar, Skall miraba orgulloso. Rigard y Eria se miraron cuando terminó de hablar, no querían saber nada de él, pero debían fingir total lealtad. Mientras aplaudían y vitoreaban, la gran puerta doble se abrió de par en par, lo que hizo que todos se giraran sin entender lo que estaba pasando. Simpion levantó la vista, serio, para ver que se trataba nada menos que de Nébula, el ser del mundo Oculhus. Caminaba sutilmente, el molesto sonido de su hoz inquietaba a todos; la presencia maligna se podía sentir entre los humanos presentes, no había duda de que ella no pertenecía a este mundo.

—¿Qué es esa cosa? —preguntó uno de los concejales, mirando hacia los suyos.

—Esa armadura que lleva no la he visto en toda mi vida de herrero —dijo un hombre gordo y de pelo largo, dueño de una de las herrerías más importantes de Yilan.

Simpion notó al instante que su poder había aumentado y se sorprendió de que el hueco que había visto sobre su busto tuviera ahora una extraña esfera negra que lo cubría. Nébula llegó a los escalones y miró al rey humano. Todos estaban atónitos sin saber qué podía pasar, el ambiente era muy tenso.

—No vayas a intentar hacer una locura, maldito monstruo —masculló Simpion con rabia, mirando hacia ella.

—Lamento mi ausencia, rey Simpion —asintió Nébula en tono sumiso y se arrodilló con una mano en el suelo, mirando hacia abajo—. Estoy a sus órdenes.

Simpion le lanzó una mirada intensa y llena de ira, sabía que había hecho algo, pero de igual manera la necesitaba si quería conquistar Inlandin y, lo que era más valioso, traer a su amada esposa de vuelta al mundo humano.

—Muy bien, Nébula —gruñó Simpion, mirándola desde arriba—. Ahora ve a tu posición.

La criatura se levantó y fue hacia el lado izquierdo, donde estaban Rigard y Eria. La miraron asombrados, pues nunca la habían visto desde que llegó al mundo humano.

—Hay que estar más que atentos, este monstruo no es de fiar —susurró Rigard, mirando al frente, para no ser oído por nadie.

Eria lo escuchaba atentamente, había sentido lo mismo que su padre, su presencia pondría en alerta a cualquier persona.

—Ahora que estamos completos, me gustaría presentaros a nuestra comandante al mando, Nébula, ella dirigirá, junto con Rigard Harlyn, nuestro ejército hacia el Castillo de Taika —comunicó Simpion, mirando a la criatura.

Los presentes guardaron silencio, desconfiando de que fuera humana; sus caras eran de asombro y rechazo. Nébula, ignorando a todos, miraba al frente, sin un punto fijo.

—¡Escuchad con atención! —vociferó Simpion y su voz hizo eco en toda la sala—. ¡Doy inicio a una nueva era en nuestro continente, doy inicio a la guerra contra aquellos que nos desafíen en nuestra conquista, con todos ustedes el nuevo rey supremo de todo Inlandin!

Todos gritaron y aplaudieron eufóricos. Skall asintió con la cabeza mientras veía al rey bajar los escalones, Hans y Pedrick aplaudían a rabiar. Al descender, el rey comenzó a caminar hacia la puerta, dando a entender que la guerra había comenzado, era una forma tradicional del continente, debían cruzar la puerta del salón para afirmar su posición.

—Acabemos con esto de una vez —dijo Nébula mientras veía pasar al rey humano y lo seguía detrás—. Tanta ceremonia para matar a unos cuantos miserables humanos, sigo sin comprender sus estúpidas acciones.

Rigard y Eria la miraron sorprendidos por sus palabras, y luego fueron detrás de la criatura. Todos siguieron al rey mientras salía por la puerta del gran salón. Fuera del castillo lo esperaban más de tres mil quinientos soldados listos para partir, todo el ejército se puso en posición de firmes cuando vieron salir al rey Simpion.

—Escúchenos, Su Majestad, estamos dispuestos a dar la vida por usted —gritaron todos los soldados al unísono—. ¡Larga vida al rey! ¡Simpion Thamis VI!

Toda la ciudad estaba reunida para ver el inicio de la guerra. Detrás del rey salió Nébula, junto con Rigard y Eria. Nadie de Yilan la había visto, había rumores y mitos, pero se confirmaron cuando la vieron bajar las escaleras del castillo. La criatura esquivó el carruaje real al que debía subir y continuó su camino hacia la ciudad.

—¡Nébula!, ¿adónde vas? —tronó Rigard, acelerando el paso para acercarse a ella—. Debes subir al carruaje real, los comandantes iremos allí.

—No —dijo Nébula sin mirarlo siquiera y sin detenerse—. Iré delante de los soldados, no pienso subir a esa cosa con ruedas.

—Pero… —intentó decir Rigard.

—Déjala ir, padre —interrumpió Eria, agarrando el brazo de Rigard—. Si eso es lo que quiere, déjala hacer, ese monstruo no es de este mundo, no entiende nuestras reglas ni nuestras costumbres.

Rigard se apretó los dientes de rabia, al ver cómo era ignorado delante de todo su ejército, volvió la mirada hacia el castillo y Simpion lo observaba seriamente desde las escaleras, tuvieron un contacto visual muy leve; luego, subió al carruaje real.

Los soldados comenzaron a marchar hacia la salida norte de Yilan, estaban alineados de ocho en ocho, en el horizonte parecía una serpiente que nunca terminaba. El plan era que tres mil quinientos soldados salieran de Yilan hacia Inmer, Sprinter aportaría mil quinientos más, Calmus, setecientos e Inmer, novecientos, las demás ciudades no estaban autorizadas a entregar sus tropas para la guerra.

Simpion observó hasta que el último soldado abandonó el castillo, luego volvió a entrar y se dirigió directamente a la sala de juntas que había sido dispuesta para la táctica y la planificación de la guerra. Estaba en el primer piso del castillo, una gran sala con una mesa redonda y un mapa de todo Inlandin que cubría toda la tabla. Había figuras de madera talladas con el diseño de los reinos circundantes. La suya era una serpiente de tres cabezas, otra era un oso pardo sentado y la última era una ola de mar. Simpion llegó y solo estaba el ministro Skall colocando las piezas en el mapa, había tres serpientes en el lado de Venion, cinco en el lado de los osos y nueve en la del Reino Celestial. En el centro del mapa había un castillo de madera bellamente tallada, que representaba a Taika.

—Su Majestad —saludó Skall mientras colocaba el castillo de madera en el centro—. No sabía que venías ahora, la reunión es dentro de unas horas.

—Lo sé, pero estoy un poco impaciente —dijo Simpion acercándose a la mesa y cogiendo una de las serpientes de madera—. Debemos unirnos antes de lo previsto, no puedo dejar que ese monstruo destruya el Castillo de Taika.

—Ha estado afuera toda la noche. ¿Qué será ese orbe en su pecho? —indagó Skall mirando al rey—. ¿Volvió al Oculhus?

—No, no lo hizo —respondió Simpion en tono serio—. No sé por qué, pero tengo la sensación de que fue el orbe que vi en las montañas de Aghor.

—Aghor, ¿dónde está la diosa Rati? —indagó Skall inquisitivamente.

—Sí, pero como dije, solo es un presentimiento —respondió Simpion, dejando la ficha de madera sobre la mesa.

—En cuanto a tu petición, yo también creo que será mejor que vayamos antes de lo pactado —añadió Skall—. Cuando pasen el puente de Calmus, estaremos fuera de aquí, y si no me equivoco en mis cálculos, deberíamos estar allí para cuando lleguen a la primera entrada de Taika.

—Bien, ocúpate de eso —dijo Simpion en un tono frío, con la mirada perdida—. Ahora debo irme por un rato, quiero afirmar mi corazonada.

Skall no entendía qué quería decir al afirmar tal cosa. El rey dio un paso atrás y cerró los ojos durante unos segundos, luego pronunció: “Placqton”. El ojo de Miseria se abrió, estrechándose verticalmente, y su cuerpo fue desintegrado por un haz de luz que lo hizo desaparecer de la escena. Cuando desapareció por completo, el ministro comprendió las palabras que dijo, quería ver si Nébula había ido a las montañas de Aghor a recuperar lo que parecía ser algo que le pertenecía.

Brazo del océano occidental

Barco mineral, navegando a unos ciento cincuenta kilómetros de Sprinter

Aquella misma tarde, con una majestuosa puesta de sol en el horizonte, a pocos kilómetros de su destino, Hermes Sassir se encontraba fuera del camarote, apoyado en la barandilla metálica, contemplando los últimos minutos de luz solar. Nicolas Werlys se acercaba por el pasillo, donde una especie de enfermera le había curado la herida del ojo izquierdo, que debía mantener cerrado durante unos días.

—Ya era hora de que te curaran esa herida —comentó Hermes, escuchando sus pasos desde el largo pasillo del barco—. Las muertes más comunes suelen estar causadas por simples infecciones, por eso siempre es recomendable tratarlas cuanto antes.

—No necesito que me lo expliques, lo sé perfectamente —aclaró Nicolas, apoyándose de espaldas sobre la barandilla, a un costado de Sassir, mientras bebía de una botella de ron—. Sigo pensando en esa presencia que sentimos hace unas noches, tengo un mal presentimiento sobre todo esto.

—¿Aún crees que el muchacho debe morir? —preguntó Hermes con curiosidad, mirando al capitán—. Su vida podría ser la clave de lo que pudiera ocurrir.

—Esa no es mi decisión, y lo sabes, Hermes —respondió Nicolas con severidad, entregándole la botella de ron—. Me da igual que el niño viva o muera, mi misión aquí es no dejarlo escapar e informar de su paradero cuando toquemos tierra.

Mientras Hermes bebía de la botella de ron, del camarote, unos pasos por delante de ellos, salió Rosinante Légales, que parecía despertarse de una larga siesta.

—Veo que a este pequeño le gusta dormir —comentó Nicolas, mirando al chico, que se acercaba a ellos.

—En Whiting, cuando mi madre trabajaba y los días eran cortos y fríos, solía dormir antes de que ella llegara, para poder ayudarla a preparar la cena —contó Rosinante, bostezando por el sueño y estirando los brazos hacia arriba—. Hermes, ¿cuánto falta para que lleguemos? Llevamos días en este barco, ya no soporto esta sensación de mareo que tengo.

—Hace unas horas pasamos por la ciudad de Riverclack, deberíamos llegar en no más de tres días —respondió Hermes, entregándole la botella al capitán Werlys.

—Niño, ¿nunca has viajado en barco? —preguntó Nicolas, mirando el misterioso colgante que apenas se veía a través de su túnica.

—No, y si no fuera por tu reino, jamás habría tenido que hacerlo —gruñó Rosinante, mirándolo desafiante mientras se acomodaba junto a Sassir, ignorando al capitán—. ¿Por qué sigue con nosotros si quiere matarme?

—El capitán Nicolas puede parecer muy duro, con esa mirada tan seria, pero cuando yo lo conocí tenía más o menos tu edad —relató Hermes con cierta nostalgia—. Era tan frágil que no podía blandir una espada con sus pequeñas manos.

Sassir hizo una mueca al relatar la infancia del capitán de los osos, y el niño se reía a carcajadas al ver la cara de enfado de Nicolas.

—Nadie nace siendo un experto, tú mismo desde luego no eras nadie cuando eras niño —reprochó Nicolas, mirando con enojo a Sassir.

—¿Conocías al oso pardo de pequeño? —preguntó Rosinante mientras se reían de él.

—Sí, hace algunos años formé parte del Reino de los Osos, fui el alto comandante —reveló Hermes en tono serio—. Nicolas era un niño cuando se unió a los entrenamientos del ejército, fui yo quien lo entrenó hasta el famoso ritual para convertirse en oso pardo.

—¡Espera, espera! —exclamó Rosinante, mirando a Sassir con extrañeza—. ¿Eres del Reino de los Osos? Pero si me dijiste que eras de Venion, me enseñaste el tatuaje de tu cuerpo.

—Que haya nacido en Venion no significa que no pueda vivir en otro reino, si juras lealtad y apoyas sus intenciones, puedes pertenecer al reino que quieras, un tatuaje no te dice quién eres, tú decides quién quieres ser —confesó Hermes mirando al chico.

—Lealtad, ¿en serio, Hermes? —reprochó Nicolas con dureza—. Eres la última persona para hablar de lealtad, nos traicionaste e hiciste un pacto con el enemigo en plena guerra. Y no solo eso, asesinaste a tu mejor amigo, Rilantes Mordor, sabiendo que era el hijo del rey. Todo el reino te ha estado buscando desde ese maldito día. ¿Cómo pudiste traicionarnos así, Hermes? Fuiste como un padre para mí, di mi vida por ti en cada batalla que libramos juntos.

La actitud de Nicolas hizo que el momento se tensara, Rosinante no sabía nada de la historia de Hermes, pero podía deducir que no había tenido un pasado agradable, el capitán apartó la mirada mordiéndose los labios con resentimiento, no quería mostrar sus ojos vidriosos por tales recuerdos.

—Rosinante, entremos —ordenó Hermes con gravedad, caminando hacia el camarote—. La bruma comienza a instalarse y se acerca la hora de la cena.

El capitán Nicolas se volvió hacia el mar, mirando con odio hacia el horizonte, Rosinante lo siguió con la mirada hasta que entró en el camarote detrás de Hermes, por dentro sentía un poco de lástima por él, aunque no terminaba de entender lo que había pasado entre ellos.

Horas más tarde, el pequeño y Sassir se encontraban dentro del camarote, comiendo lo que parecía ser un trozo de pan con un plato de sopa, junto con un vaso de agua cada uno. Rosinante comía sentado en su cama y Hermes, en la silla junto a la puerta.

—Hermes, ¿puedo preguntarte algo? —dijo Rosinante algo nervioso, mirándolo comer.

—Dime —respondió Hermes, bebiendo agua, mientras tragaba un trozo de pan.

—¿Tienes… hijos? —preguntó avergonzado Rosinante, mirándolo en busca de su respuesta.

—No —dijo Hermes en tono frío, dejando el plato de sopa sobre el piso de madera, bajo sus pies—. Por el tipo de vida que he llevado, no pude permitirme criar a un hijo. Es algo que he dicho muchas veces: si quieres ser el mar fuerte, debes dar toda tu vida a cambio, eso incluye tu propia felicidad.

—Mi padre solía decir que la guerra nunca ayudó a nada, solo trae tristeza y muerte —comentó cabizbajo Rosinante, recordando a su difunto padre, Ben Légales—. Para qué queréis ser los más fuertes si lo único que vais a hacer es matar los deseos del otro.

—Así es la vida, Rosinante —dijo Hermes, acercándose a la ventana del camarote—. Algún día te tocará decidir, y recordarás lo que te dije. Cuando tu deseo y el de tu enemigo estén en juego —miró la palma de su mano derecha, donde una fuerte cicatriz horizontal la atravesaba—, la única forma de cumplirlo será matar su deseo.

Rosinante pudo sentir que las palabras de Sassir no eran banales, por lo que decía y la forma en que miraba su mano, debía haber matado a mucha gente en su vida, Hermes no era un simple caballero y se dio cuenta de eso al instante.

18 de mayo, año 298 d. D

Este del continente de Inlandin

En la ciudad de Suitfire aún no había llegado la noticia de que el reino del fin del mundo había declarado la guerra. En el salón del Fénix se estaba llevando a cabo una asamblea extraordinaria. El príncipe Máximo Mordor ya estaba consciente y solo tenía algunas heridas leves que el tiempo curaría. En la sala se encontraban los tres mentores en sus tronos, la mayoría de los consejeros reunidos a la derecha y al otro lado algunos de los soldados de Máximo, varios osos pardos y al frente, el general Yiurg Ledorg. Mientras todos murmuraban y hablaban entre ellos, la gran puerta se abrió haciendo que los presentes se callaran y miraran hacia atrás. Los mentores se levantaron al ver que se trataba del príncipe del Reino de los Osos, que apenas podía caminar, apoyado en un bastón de madera, con la cara medio vendada y un brazo pegado al cuerpo por la rotura.

—Bienvenido, príncipe Máximo —saludó Europa en tono amistoso, mirándolo desde los escalones—. ¿Cómo están tus heridas?

Máximo llegó a la escalinata, observó a sus soldados y pudo comprobar que se encontraban en excelentes condiciones, estaban alimentados y bien cuidados, el general Yiurg lo miró con seriedad. Los mentores estaban nerviosos, de esta reunión dependía la gran batalla que se avecinaba.

—Pude verificar que mis soldados fueron bien tratados —comentó Máximo mirando a sus hombres—. Pero no entiendo qué está pasando aquí, ¿por qué estoy vivo?

Los mentores se miraron y asintieron tras unos segundos.

—Si estás vivo es porque no queremos una guerra contra el Reino de los Osos —reveló Ganímedes, bajando los escalones para acercarse al príncipe—. Nos has mentido y ocultado al niño, pero en nombre de todo Suitfire, sentimos lo que sucedió. —Se acercó aún más, casi delante de él—. Lo único que queremos es evitar una disputa innecesaria entre dos facciones que tienen sus diferencias, no lo eches todo por la borda solo por un niño que ahora está en manos de —le susurró con dureza— la reina Lissandry.

Las últimas palabras no las oyó nadie, pero el general Yiurg pudo deducir por la cara de asombro del príncipe que no era nada bueno. Máximo frunció el ceño con rabia al escuchar tal comentario, miró a los demás mentores y estos le devolvieron la mirada con seriedad, demostrando que estaban de acuerdo con su decisión.

—¿Y por qué supones que puedo detener a mi padre? —indagó Máximo, fulminando con la mirada a Ganímedes—. El rey Dimetrux llegará mañana y puedo asegurarte que quemará toda esta ciudad —susurró con altivez—. Y tu vida y la de los demás mentores no están exentas de ello, nadie quedará vivo. Conocerás el gran poder del Reino de los Osos en todo su esplendor.

Ganímedes se quedó serio ante las palabras del príncipe, Europa y Calisto pudieron escuchar todo lo que dijo; aunque Máximo se acercó a su oído para susurrar, habló alto y claro para que todos lo oyeran.

—¡Déjenme pasar! —Se escuchó un fuerte grito desde fuera del salón—. ¡Soy el mensajero Umar, traigo una carta urgente para los mentores! —dijo el joven, de baja estatura, pelo corto y ojos marrones; vestido con una túnica de mensajero, de color gris oscuro y con el símbolo del fénix negro en la espalda.

Todos los presentes se giraron al oír los gritos, la gran puerta se abrió, dejando entrar al mensajero, que corrió a toda velocidad hacia el mentor Ganímedes.

—¿Qué haces aquí, Umar? Sabes perfectamente que no puedes entrar cuando tenemos una reunión de esta naturaleza —aclaró Ganímedes con severidad, mientras el mensajero llegaba ante él.

—Mentor Ganímedes… —asintió Umar con reverencia y extendió la mano, mostrando una carta dorada—. ¡Noticias urgentes que llegaron desde Venion!

Los consejeros murmuraron entre ellos, sin entender qué podía ser aquella carta dorada procedente del reino del sur. La ciudad de Suitfire casi no tenía relación alguna con Venion, solo tenían un ocasional tratado de comercio de minerales que dependía de entidades privadas. El general Yiurg se sorprendió al igual que el príncipe Máximo al ver la carta; dudaban de que hubieran encontrado al niño y quisieran utilizarlo en su beneficio.

—¿Venion? —preguntó Máximo mirando al mensajero.

—Sí, alteza —respondió Umar con reverencia—. Por el tipo de sello que lleva, fue enviada a todos los reinos circundantes.

Ganímedes le dio la vuelta a la carta y tenía una serpiente de tres cabezas como sello de color verde oscuro y otro sello en el lateral con una letra mayúscula, una “V”, esa era la marca que indicaba que había sido enviada a todos los reinos. El mentor comenzó a abrirla y sacó la carta, que tenía un pliegue descuidado, como si se hubiera escrito en apuros.

—¡No! ¡No! Esto no puede ser real —exclamó Ganímedes al leer la carta, su cara lo decía todo, levantó la mirada hacia el príncipe—. El rey Simpion atacará el Castillo de Taika, ha anunciado una guerra contra los reinos que intenten detenerlo. —Se volvió hacia Europa y Calisto—. Se proclama rey supremo de todo el continente de Inlandin.

—Entonces lo que sentimos hace días era real —añadió Europa, mirando temerosa a Calisto—. Simpion no está solo, de alguna manera tiene a alguien con él que puede usar magia.

—¿Tú también lo sentiste? —preguntó Máximo, acercándose todo lo que pudo al borde de la escalinata.

—Sí, príncipe Máximo —respondió Calisto en tono serio—. Una entidad que no pertenece a este mundo consiguió entrar a Inlandin, su presencia es muy fuerte, deducimos que tiene un poder fuera de nuestro conocimiento.

Máximo agachó la cabeza, pues creía que solo había sido un terrible sueño lo que había sentido; cuando Nébula entró en el mundo humano, el príncipe aún estaba inconsciente, pero en lo más profundo de su ser, pudo sentir la temible presencia inhumana. Ganímedes se apresuró a subir los escalones y se situó en medio de los mentores.

—Esto lo cambia todo —dijo Ganímedes, mirando a todos los presentes—. Príncipe Máximo, ¿entiendes lo que está a punto de suceder? No es momento para que tengamos una disputa innecesaria, sé que será inoportuno lo que voy a decir, pero si un monstruo puede usar la magia en este mundo, necesitamos al niño vivo para luchar contra él, es el único que puede salvarnos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que el chico luchará con nosotros? —agregó Yiurg con dureza—. Además, el Castillo de Taika está custodiado por el ejército blanco, y cuentan con dos de los guerreros más fuertes del Reino Celestial, los caballeros olvidados Odiner el Implacable, y Roy, el mejor arquero jamás visto de nuestro tiempo.

—Hay unos dos mil quinientos soldados del Reino Celestial en el Castillo de Taika —informó Europa, tratando de pensar—. Deduzco que Simpion avanzará con más de cinco mil de los suyos, si sumamos al ser del otro mundo, y que pueden utilizar magia —miró a Yiurg con total seguridad—, los números no mienten: Taika caerá en un abrir y cerrar de ojos.

—Así es —dijo Máximo, dándole la razón—. Si la carta llegó hoy, las tropas de Simpion ya deberían estar llegando a la ciudad de Calmus —contuvo la mandíbula para reflexionar—. El ejército blanco y algún almirante zarparán hacia el Castillo de Taika, y con todo a su favor, deberían llegar dentro de tres o cuatro días.

—El rey Dimetrux tiene más posibilidades de llegar al castillo justo a tiempo para la batalla —comentó Ganímedes, mirando al príncipe—. Si sumamos nuestros soldados, tendríamos aún más ventaja.

Todos los presentes guardaron silencio, esperando la decisión del príncipe. Máximo apartó la mirada, tratando de pensar. Ganímedes miró a ambos mentores y asintió. Europa y Calisto tomaron nota de la situación y bajaron las escaleras hasta la sala contigua al vestíbulo, que era una especie de comedor para los mentores.

—Por favor, ya podéis marcharos —comunicó Ganímedes en voz alta, luego miró al portavoz de los consejeros, que estaba de pie en primera fila a la izquierda—. Mark, tú vienes con nosotros y, príncipe Máximo, tú también.

Los consejeros comenzaron a abandonar la sala junto con los soldados del Reino de los Osos. Mark fue con Ganímedes a la habitación de la derecha. Máximo se acercó cojeando con su bastón al general Yiurg.

—¿Qué has podido averiguar sobre Nicolas? —preguntó Máximo delante del general.

—Pudimos encontrar a un testigo de aquella noche, un pescador que estaba salando unos surubíes, dijo que Nicolas subió a un barco junto con Hermes y el niño —informó Yiurg con seguridad.

—Bueno, eso nos da esperanzas —dijo Máximo, sujetando el hombro de Yiurg con su mano sana—. Hermes no le hará daño, lo conoce desde que era pequeño. Trata de contactarlo, inténtalo de todas las formas posibles. Dile que proteja al niño.

El príncipe se retiró a la habitación, la cara de Yiurg había cambiado al escuchar las últimas palabras, no podía creer lo que había dicho, algo realmente malo tendría que estar pasando para que el último heredero al trono supremo pudiera vivir. Máximo se adentró a la sala, todos estaban ya sentados en la mesa principal, tenía una forma redonda, con el escudo de un fénix tallado en el centro.

—Príncipe, por favor, siéntate —indicó Europa en tono amable.

Dos sirvientes trajeron bebidas para todos, había vino y ron de la mejor calidad, también sirvieron algunas galletas para degustar. Luego, Calisto les hizo un gesto para que se marcharan y dejaran la sala solo para los mentores y demás presentes.

—Máximo, seré sincero contigo, que esto haya ocurrido y que el niño esté vivo es mera coincidencia —aclaró Ganímedes y miró a los suyos—. ¿De verdad consideras que es posible que Dimetrux coopere con nosotros?

—Antes de responder, no te he dado las gracias por salvarme la vida —asintió Máximo, mirando al mentor a los ojos—. Me dijeron que fuiste tú quien detuvo a Drum.

—No tienes nada que agradecerme —dijo Ganímedes con seriedad—. Es algo que haría cualquiera en nuestra ciudad, tu muerte únicamente traería una guerra sin sentido y tal vez la destrucción de Suitfire. —Dio una pequeña carcajada, mirando al príncipe—. Conozco a tu padre mejor de lo que crees y puedo afirmar sin temor a equivocarme que él solo acabaría con toda esta ciudad si quisiera.

—Lo haré —respondió Máximo en tono esperanzador—. Convenceré a mi padre de una alianza para ir a por el rey Simpion. —Se quitó la venda que le cubría media cabeza, mostrando sus magulladuras y su ojo izquierdo hinchado, lleno de sangre en su interior—. Tenéis mi palabra, de momento no iremos a por el niño Légales.

El suspiro de tranquilidad de Europa hizo que todos la miraran, pues se sentían de la misma forma. Pero aún tenían que esperar la respuesta del rey Dimetrux, que llegaría al otro día a Suitfire con treinta barcos hacia el puerto.

—Mark, quiero que reúnas los votos de todos los consejeros para mañana —ordenó Ganímedes, sorbiendo un poco de vino—. El rey Dimetrux llegará después del mediodía, ocúpate de que reciba la bienvenida que se merece, luego nos reuniremos en el salón del fénix.

—Como ordenéis —asintió Mark, se levantó de la mesa y abandonó la sala—. Mentores, alteza, me despido.

—Ya podéis iros, príncipe —dijo Europa—. Debes dejar descansar tus heridas, si necesitas algo, no dudes en acudir a nosotros.

—Gracias, pero solo quiero acostarme —respondió Máximo, levantándose de la mesa y caminando hacia la puerta—. Por cierto, ¿dónde está Drum? Sé que se estaba recuperando en la misma habitación que yo, pero cuando me desperté ya no estaba, me gustaría ir a verlo.

—¿Seguro que quieres ir a verlo? —indagó Europa extrañada ante la rara pregunta del príncipe—. No suele ser alguien con quien se pueda razonar, está muy afectado por la muerte de su hermano.

—Lo sé, pero necesito verlo —respondió Máximo con seguridad.

—Probablemente esté en el bosque, al norte de la ciudad —reveló Europa mirándolo con curiosidad—. Suele ir a practicar con sus labrys cerca de un manantial que hay unos metros tierra adentro.

—Gracias —asintió Máximo y abandonó el lugar.

—Ahora pasamos a lo siguiente —añadió Ganímedes, mirando a los mentores—. ¿Qué vamos a hacer con la madre del niño?

—Es muy testaruda —comentó Calisto, sorbiendo un poco de vino—. He intentado hablar con ella, pero no quiere saber nada de mí, está furiosa porque le hemos quitado a su hijo.

—¿Quién es el otro que está con ella? —preguntó Europa, bebiendo un vaso de agua.

—Según los informes, Fistt los encontró malheridos, galopando por la ciudad aquella noche —comentó Calisto, mirando a la mentora—. Se llama Temir Fuser, causó un alboroto en la ciudad de Middle, dicen que él y Hermes asesinaron al alcalde Mirnor. Todavía no sabemos cómo está involucrado en todo esto.

—Hay que mantenerla oculta hasta que terminemos el asunto con el rey Dimetrux, no sabemos qué pasaría si se llegasen a encontrar —dijo Ganímedes en tono serio—. La quiero vigilada día y noche.

—Déjamelo a mí —respondió Calisto con seguridad—, yo me encargaré de todo.

A la mañana siguiente, la gran ciudad del fuego negro se preparaba para recibir al rey de los osos, Dimetrux Mordor, que se estimaba que llegaría en horas de la tarde. El cielo estaba empapado de nubarrones, las temperaturas en esas zonas no llegaban a los 20 grados centígrados; Suitfire solo tenía dos estaciones, siete meses para el invierno y cinco para el verano. El recinto ferial cercano al puerto había sido desmantelado para hacer sitio a los miles de soldados que llegarían, los mentores habían dado instrucciones a sus soldados para que se reunieran en fila cerca de la ciudad, había más de dos mil hombres listos para la guerra.

En la torre más alta, donde descansaban los mentores, Mark, el portavoz de los consejeros, se dirigió a la habitación de Ganímedes, donde un guardia que escoltaba la puerta lo detuvo.

—Vengo a ver al mentor —comunicó Mark con unos pergaminos enrollados en la mano derecha—. Dile que tengo los votos que me pidió.

El guardia lo miró y asintió, luego llamó dos veces y entró. El mentor estaba leyendo un libro cuando lo interrumpieron.

—Mentor, el consejero Mark está aquí —asintió el guardia en señal de reverencia—. Dice que tiene los votos que usted pidió.

—Hacedle pasar —ordenó Ganímedes y cerró el libro, dejando una cinta blanca como marcapáginas.

Mark entró en la habitación y se acercó a unos pocos pasos de la mesa que daba a la ventana.

—Mentor, los votos que solicitó —dijo Mark, haciendo una reverencia y extendiendo la mano con los pergaminos.

—Déjalos sobre esa mesa —señaló Ganímedes, que estaba sentado cerca de esta—. Ahora dime el recuento, ¿tenemos unanimidad de los consejeros?

—No, no como predijiste —informó Mark, mirándolo nervioso—. El treinta y cinco por ciento se opone a la guerra, pero el resto está de acuerdo con tus decisiones. Eso significa que puedes enviar tres mil soldados, más suministros y quince barcos.

—Creí haber sido claro —se lamentó Ganímedes, apartando la vista hacia la ventana que daba a la gran ciudad—. Nadie entiende lo que está pasando en realidad, si Simpion se apodera de Taika, Suitfire se convierte automáticamente en su ciudad —reprochó y se levantó, se dirigió a una estantería de libros viejos, miró los de arriba y cogió uno con encuadernación roja con el símbolo de Taika en el marco—. Nuestra ciudad fue liberada por el rey Dam III, pero ese tratado fue firmado por los antiguos mentores y consejeros. —En las últimas páginas del libro, después de todas las firmas, había una cláusula, escrita por el propio Dam Légales—. Aquí dice que Suitfire solo será una ciudad sin banderas si el Castillo de Taika es desterrado y desmantelado. Ningún rey supremo debe haber reclamado su legado.