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Este volumen recoge las conferencias, comunicaciones y homilías pronunciadas en las Jornadas celebradas en 2016 por el 25 aniversario de la muerte del venerable José Rivera. También incluye la Carta Pastoral de monseñor Francisco Cerro (arzobispo de Toledo), cinco años después (2021), con motivo del 30 aniversario. Participantes: OBISPOS: D. Demetrio Fernández González, D. Ángel Fernández Collado, D. Francisco Cerro Chaves, D. Ángel Rubio Castro. SACERDOTES: D. Fernando Fernández de Bobadilla, D. José Luis Pérez de la Roza, D. Alejandro Holgado Ramírez, D. Christopher Harley Sartorius, D. Eugenio Isabel Molero, D. Ángel Gómez Negrete, D. Julio Alonso Ampuero. SEGLARES: D. Miguel Ángel Martínez López, D. Mario Pena Garrido, D. Gabriel Salinero Gervaso, D. Carlos Sancho Zamora, D. Fernando López Luengos, D. José Díaz Rincón También incluye el acceso a los videos de las distintas conferencias.
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Seitenzahl: 488
Veröffentlichungsjahr: 2021
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La figura del venerable José Rivera
© Del texto, Fundación José Rivera
© De la edición, Ediciones Trébedes, 2021. Centro Comercial Buenavista, local 45. 45005, Toledo.
Diseño de la portada: Ediciones Trébedes. Fotografía de la inauguración de las Jornadas.
Nihil obstat. Censor: Alfonso Fernández Benito.
Imprimatur. X Francisco Cerro Cháves, Arzobispo de Toledo, Primado de España. Toledo, 15 de julio de 2021.
www.edicionestrebedes.com
ISBN: 978-84-122679-9-0 ISBN de la versión impresa:978-84-122679-8-3
Edita: Ediciones Trébedes
Printed in Spain. Impreso en España.
Este escrito ha sido registrado como Propiedad Intelectual de su autor, que autoriza la libre reproducción total o parcial de los textos, según la ley, siempre que se cite la fuente y se respete el contexto en que han sido publicados.
Fundación José Rivera
La figura del venerable
José Rivera
Jornadas en el 25 aniversario de su muerte (marzo 1991 - abril 2016)
Ediciones Trébedes
Contenido
NOTA INTRODUCTORIA 11
CONFERENCIAS 15
LA HEROICIDAD DE LAS VIRTUDES DEL VENERABLE JOSÉ RIVERA RAMÍREZ 17
Fama de santidad 19
Sólo aspiraba a la santidad 21
Las virtudes teologales 22
Conclusión 57
DON JOSÉ, IMPULSOR DEL ESPÍRITU DEL CONCILIO VATICANO II 59
1.- Introducción: 59
2.- Hagamos historia: 62
3.- Contemplativo y estudioso del Concilio: 66
4.- Visión del Concilio: 70
5.- Algunas claves fundamentales: 76
Final: 92
JOSÉ RIVERA, PROMOTOR DE LA SANTIDAD LAICAL 95
Ejemplos de santidad seglar que influyeron en José Rivera 96
La llamada universal a la santidad 99
Promotor de santidad 103
Promotor de santidad laical 107
Situación de los laicos 110
LA VIRTUD DE LA OBEDIENCIA EN EL VENERABLE JOSÉ RIVERA 119
Primero: De niño rebelde a seminarista observante. 121
Segundo: Con hambre constante de la voluntad de Dios. 127
Tercero: Obediente hasta en los mínimos detalles. 131
Cuarto: Nada sin el Obispo. 134
Quinto: Hombre de comunión. 136
Y obediente hasta la cruz. 136
JOSÉ RIVERA, MISERICORDIOSO COMO EL PADRE 141
Introducción 141
La misericordia divina que «hechiza» a don José 144
En qué consiste la entrañable Misericordia de nuestro Dios 159
Felicidad y misericordia 173
Conclusiones 182
COMUNICACIONES 185
EL VENERABLE JOSÉ RIVERA, MÍSTICO Y PASTOR 187
Reflexión conclusiva 195
LA PERSONALIDAD EN LOS ESCRITOS DE JOSÉ RIVERA 197
Introducción 197
Personalidad única, diferente y extraordinaria 198
Conclusión 205
Referencias Bibliográficas 206
D. JOSÉ RIVERA, SUMERGIDO EN LAS PROFUNDIDADES DIVINAS 209
1. Es un misterio de fe. 209
2. Es un don de Dios. 210
3. Unión actual con las Personas Divinas y con las demás personas humanas. 210
4. La oración es un sacrificio. 212
Oración continua. 212
Oración y psicología. 213
La meditación. 217
Oración comunitaria y en soledad. 220
La oración litúrgica. 221
Conclusiones 225
UNGIDO CON ÓLEO DE ALEGRÍA (LA CRÓNICA DE SU ÚLTIMO VIAJE) 227
Razón de esta comunicación 227
“Ese sacerdote...” 228
Alegría de Pascua 229
Mañana lluviosa en Toledo 230
Llegada a Los Yébenes 231
Síntomas de infarto, pero... 232
Una sonrisa, pero, ¡¡¡qué sonrisa!!! 234
“¡¡Don José, Don José!!” 234
“¡¡Dios mío, cuánta hermosura!!: Toledo” 235
“Para ungir con óleo de alegría” 237
“SI NO OS HACÉIS COMO NIÑOS”: LA VIDA DE INFANCIA ESPIRITUAL Y LA INFLUENCIA DE TERESA DE LISIEUX EN DON JOSÉ RIVERA 239
Introducción 239
El camino a la santidad pasa por hacerse como niños 241
Influencia de santa Teresita 244
Conclusión 248
VENERABLE JOSÉ RIVERA: RIQUEZA DEL TRATO PERSONAL 251
GENIALIDAD Y SANTIDAD 259
Las personas con Altas Capacidades Intelectuales (ACI): superdotación, genialidad y personalidad talentosa 260
Rasgos de la superdotación de Rivera 264
La canalización de sus capacidades 268
Genialidad o santidad 276
DON JOSÉ EN LA FAMILIA Y EN EL APOSTOLADO 285
Introducción: 285
1. Fundamentos doctrinales 285
2. D. José Rivera y la familia 289
3. D. José y el apostolado 293
DESBORDANTE DE CONFIANZA Y VARÓN DE DESEOS. LA ESPERANZA DEL VENERABLE JOSÉ RIVERA 297
1.- “Todo consiste en estar a la espera del milagro” 298
2.- “Lo peculiar de Dios es hacer maravillas” 299
3.- “Imposible que no sea santo” 301
4.- “Suscitar movimientos espirituales salvadores de muchedumbres” 304
5.- “Dios va a renovar la Iglesia” 306
6.- “Siembro para una cosecha eterna” 310
HOMILÍAS 313
SANTIDAD. “SED SANTOS” 315
VEINTICINCO AÑOS 323
OBSESIÓN POR LA SANTIDAD 333
APÉNDICE 339
SANTIDAD: FIDELIDAD Y FELICIDAD 341
“Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios” (Hb 13,7a) 343
Sacerdote de una pieza 344
Amante fervoroso de la Iglesia 346
Un regalo de Dios para la Iglesia de hoy 348
Conclusión 350
NOTA INTRODUCTORIA
Cinco años después de las jornadas conmemorativas de la muerte del Venerable José Rivera, cuando se cumplen treinta años de su partida a la casa del Padre, la Fundación José Rivera quiere publicar los textos de las conferencias, comunicaciones y homilías de aquellos días (8-10 de abril de 2016). No es un material estrictamente inédito, ya que ha estado disponible en las grabaciones de vídeo accesibles desde la página web de la Fundación (www.jose-rivera.org). Sí es cierto que en esta publicación se recogen íntegros los textos como los elaboraron los diferentes ponentes, en muchos casos más extensos que los finalmente expuestos, por limitaciones de tiempo y la adaptación al momento de su presentación.
Las aportaciones que se dieron en aquellas jornadas se dividieron en Conferencias y Comunicaciones. Las primeras fueron ponencias de cerca de una hora de duración, mientras que las segundas seguían un formato breve, en torno a quince minutos.
Conferencias:
D. Fernando Fernández de Bobadilla, La heroicidad de las virtudes del Venerable José RiveraD. José Luis Pérez de la Roza, D. José Rivera, impulsor del espíritu del concilio Vaticano IID. Miguel Ángel Martínez López, José Rivera, promotor de santidad laicalExcmo. y Rvdmo. D. Demetrio Fernández González, La obediencia en D. José RiveraD. Alejandro Holgado Ramírez, José Rivera, misericordioso como el PadreComunicaciones:
D. Cristopher Hartley Sartorius, Venerable José Rivera: Místico y PastorD. Mario Pena Garrido, La personalidad en los escritos de D. José RiveraD. Ángel Gómez Negrete, Rivera, sumergido en la intimidad divinaD. Eugenio Isabel Molero, Ungido con óleo de alegríaD. Gabriel Salinero Gervaso, Infancia evangélica e influencia de Teresita de LisieuxD. Carlos Sancho Zamora, Venerable José Rivera: riqueza de trato personalD. Fernando López Luengos, Genialidad y santidadD. José Díaz Rincón, D. José, en la familia y en el apostoladoD. Julio Alonso Ampuero, A la espera del milagroEn esta recopilación también hemos incluido las homilías de las misas celebradas en las tres jornadas y que fueron presididas por:
Excmo. y Rvdmo. D. Ángel Fernández Collado.Excmo. y Rvdmo. D. Demetrio Fernández González.Excmo. y Rvdmo. D. Ángel Rubio Castro.Este volumen aporta un crisol de visiones y testimonios llamativamente amplio, con dieciséis personas aportando su visión, testimonio y experiencia con el Venerable. Sacerdotes, obispos y seglares, compartiendo diferentes aspectos de la vida de José Rivera y de la huella que ha dejado en ellos. El lector puede contrastar lo común y lo variado de todas ellas. Para ello se ha intentado respetar al máximo los textos aportados por los ponentes, manteniendo la originalidad de los diversos estilos de cada uno de ellos. Adicionalmente, se puede acceder a la grabación en video de las ponencias a través del código QR que se incluye al inicio de cada capítulo.
Finalmente, se ha incluido, como apéndice, la Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo 2021, titulada «Santidad: fidelidad y felicidad», publicada por el arzobispo de Toledo, D. Francisco Cerro Chaves, con motivo del XXX aniversario de la muerte del Venerable, que hemos considerado como un testimonio relevante que debía ser incluido en esta compilación, aunque esté datado cinco años después del resto de escritos.
Por último, agradecer a los ponentes su solicitud en aportar este material escrito y a la Fundación José Rivera por su custodia y preparación, especialmente a D. José Luis Pérez de la Roza por su celo en recopilar y custodiar todo este material y a Alicia del Casar por la transcripción de alguno de los textos.
El Editor.
CONFERENCIAS
LA HEROICIDAD DE LAS VIRTUDES DEL VENERABLE JOSÉ RIVERA RAMÍREZ
Por D. Fernando Fernández de Bobadilla1
A los pocos meses de haber sido declarado venerable por la Santa Sede D. José Rivera, y coincidiendo con el XXV aniversario de su tránsito de este mundo a la Casa del Padre, es bueno que todos podamos conocer por qué la Iglesia ha juzgado que verdaderamente vivió todas las virtudes de manera heroica. De esta manera la ejemplaridad de D. José se nos hará más asequible, y apreciaremos más y mejor la riqueza de la herencia que nos ha dejado este sacerdote diocesano.
Nunca daré suficientes gracias a Dios por haber sido encargado para colaborar en el Proceso de Canonización de D. José Rivera como vice-postulador. Yo le conocí personalmente durante los once últimos años de su vida. Me beneficié de su dirección espiritual, y siempre lo tuve por un santo y sabio sacerdote, al que amé y sigo amando con admiración, veneración y gratitud. Pero, desde este ministerio de vice-postulador he tenido la oportunidad de escuchar y leer las declaraciones de los 53 testigos del Proceso durante su fase diocesana, desde 1998 hasta 2000. Y después, más recientemente, también la lectura de las declaraciones del Proceso Supletorio. He de reconocer que del conjunto de todas ellas, con las alusiones personales, opiniones, experiencias y emociones que han aportado los testigos, he ido viendo crecer cada vez más ante mí la figura de este sacerdote extraordinario, así como la convicción de que merece ser más conocido y amado por todos.
Esto es lo que me ha movido a realizar este pequeño trabajo, aprovechando el material del Proceso al que he tenido acceso como vice-postulador, y la oportunidad de estas Jornadas con motivo del XXV aniversario de la muerte del venerable José Rivera. He de aclarar de antemano que en la etapa en la que se desarrolló la fase diocesana del Proceso de D. José Rivera, aún estaba permitido a los postuladores estar presentes en las declaraciones de los testigos. Actualmente, tras las reformas dictadas por la Congregación para las Causas de los Santos, ya no pueden estar presentes, aunque naturalmente sí que tienen acceso a las actas del Proceso. También conviene aclarar que, una vez que D. José Rivera ha sido declarado venerable, no incurro en ninguna violación de secreto al manejar las actas del Proceso para esta exposición.
Quiero aprovechar esta ocasión para agradecer públicamente a todos los que han colaborado con su trabajo, tiempo e interés en el Proceso. Tanto a los miembros de los Tribunales constituidos para el caso, como a los teólogos e historiadores, así como a los testigos y transcriptores, sin cuya colaboración no habría sido posible llevar a término esta fase del Proceso de Canonización. También quiero agradecer de manera muy especial a quienes desde su pericia teológica, buena fe e interés por preservar la verdad doctrinal de la Iglesia, han presentado dudas, objeciones u opiniones contrarias a la vivencia de las virtudes de D. José Rivera, o a la ortodoxia de sus escritos. Debo decir con toda honestidad y gratitud que, gracias a esas dudas, objeciones y pareceres contrarios, ha sido necesaria la aportación de nuevas reflexiones, argumentaciones y pruebas que han hecho resplandecer más aún la belleza de las virtudes del venerable José Rivera y la riqueza teológica y profética de sus escritos. Así son habitualmente los procesos de las virtudes, que se aquilatan y purifican con su ejercicio frente a las dificultades. Por cierto, también conviene dejar constancia de que todos los escritos personales de D. José Rivera han pasado por las censuras de teólogos expertos de la Santa Sede, y no se ha encontrado nada que sea contrario a la doctrina de la Iglesia Católica, incluidos aquellos textos que, por sus expresiones –íntimas y apasionadas– algunos podrían percibir como conflictivos o confusos, leyéndolos fuera de su contexto. Mi exposición va a tratar sobre “La heroicidad de las virtudes del venerable José Rivera”. Intentaré sacar a la luz en qué se han basado los Teólogos, y demás miembros de la Congregación para las Causas de los Santos, para llegar a la convicción de que D. José Rivera vivió heroicamente las virtudes y, por tanto, se podía pedir al Santo Padre que lo declarase venerable y lo propusiese como tal a los fieles de la Iglesia. Para ello me centraré especialmente en las virtudes teologales, que son el soporte y el aliento de todas las virtudes cristianas. Aludiré a algunos argumentos aportados por los testigos y las conclusiones de los teólogos.
Fama de santidad
Es evidente que para que se pueda iniciar un Proceso de Canonización es necesario que haya al menos una cierta fama de santidad del sujeto de que se trate. En el caso de D. José Rivera, fue Mons. Francisco Álvarez Martínez quien hizo las investigaciones previas acerca de la fama de santidad de D. José en 1998, recibiendo un elevadísimo número de testimonios que avalaban esa fama en la Diócesis de Toledo, en otras Diócesis de España y también de Hispanoamérica. Naturalmente, en las declaraciones de los testigos del Proceso abundan las expresiones en las que afirman y argumentan esa fama de santidad, tanto en vida, como en el momento de la muerte, como después de la muerte de D. José Rivera.
Mons. Gabino Díaz Merchán, que fue compañero seminarista de D. José Rivera en el Seminario de Comillas declaró: «La fama que el Siervo de Dios tenía en el seminario de Comillas era la de ser un alumno extraordinariamente piadoso y un buen discípulo del P. García Nieto. Muchas veces escuché del P. García Nieto grandes alabanzas de José Rivera. Le distinguía como a uno de los mejores seminaristas por su vida espiritual» (Summ. 418). Otro testigo afirma con claridad: «Cuando le conocí ya tenía fama de santidad; y así me lo presentaron a mí: “este es un santo sacerdote”» (Summ. 61). D. Baldomero Jiménez Duque, preclaro sacerdote, formador de sacerdotes, autor de varios libros de espiritualidad, y de espiritualidad sacerdotal, gran conocedor de las vidas de los Santos y de los entresijos por los que caminaron hacia la santidad, y de los grandes místicos del Siglo de Oro Español, escribió unos días después de la muerte de D. José Rivera: «Admirable por su abundante oración, por su austeridad de vida, su despreocupación por los detalles sin importancia que el mundo valora [...]. Sólo le importaba trabajar por Dios y llevar a los hombres a Dios [...]. Pudo muy bien ‘hacer carrera’ dentro del sacerdocio, pero no quiso… Estamos ante un caso de extraordinaria y excepcional santidad sacerdotal… Me gustaría que la Iglesia lo glorificara» (Summ. 462).
De entre los testimonios, sobresale el del Cardenal Marcelo González Martín, que dice no sin cierta ironía: «La fama de santidad de que gozaba entre seglares, y lo que es más notable, entre el clero, fue unánime y casi clamorosa. Su fe, esperanza y caridad fueron visibles, vivas, ardientes y así se manifestaba en sus escritos y conversaciones, en sus pláticas y predicaciones de diverso estilo. Se desprendió de lo que tenía, lo dio todo, ejerció la caridad para con Dios de un modo ejemplar; y, para con el prójimo. [...] Desde que yo vine a esta diócesis de Toledo empecé a oír hablar de D. José como de un sacerdote santo, sin atenuaciones, ni frases genéricas. Era un hombre santo, me decían todos, ... seglares y sacerdotes... Y ya se sabe que éstos últimos no suelen ser fáciles para calificar como santo a un compañero suyo» (Summ. 275-276).
Sólo aspiraba a la santidad
De todo el material aportado en el Proceso de Canonización hay una verdad incuestionable que sobresale continuamente. Es la aspiración constante de D. José a la santidad. Sólo aspiraba a ser santo. En sus continuos y exhaustivos exámenes de conciencia, escritos en su Diario, aparecen sus defectos, sus limitaciones y fallos; pero al concluir cada una de sus reflexiones, siempre resulta más crecida la esperanza de alcanzar la santidad más alta. Dice él mismo: “Dios acabará su obra, ¡qué duda cabe! Y por algo desde siempre espero la santidad plena, la de los ‘grandes’ santos con arrastre para convertir a muchos. La humillación –¡tan larga!– prepara indiscutiblemente la exaltación eterna” (Diario 20-V-1981). Esta convicción alentaba su vida, su ministerio, y sus relaciones con todos, tanto con Dios Uno y Trino, como con el resto de los humanos. La llamada personal y universal a la santidad fue una convicción y un motor fundamental en la vida del venerable José Rivera. Estaba convencido de que Dios quiere la santificación de sus hijos y, por tanto, convencido de que Dios hará que sus hijos lleguen a ser santos como Él es Santo. Esa santidad, que es la comunión plena y perfecta con Dios, se realiza y manifiesta en la tierra en las virtudes y su ejercicio.
Las virtudes teologales
La vida de virtudes de D. José era notable para todos los que se acercaban a él. Tanto las virtudes teologales como las cardinales se transparentaban en su vivir diario. No se puede explicar una vida tan intensamente y tan constantemente vivida en el nivel sobrenatural sin una verdadera vivencia heroica de las virtudes.
La virtud de la fe:
La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Dios ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, porque Dios es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que “la fe actúa por la caridad” (Ga 5,6). Esta definición del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (386), describe preciosamente la fe con que vivía, y de la que vivía, D. José Rivera.
Fe espontánea, viva:
Para D. José no era lo mismo tener fe que vivir de la fe. “El justo vive de la fe” (Rm 1,17). Él mismo se reconoce un privilegiado en este sentido: “Reconozco haber recibido, desde muy temprano en mi vida, el don de la fe, y de manera casi absolutamente singular, extraordinaria” (Diario 15-XII-1989) Y más adelante: “La espontaneidad de la fe, y con aplicaciones inmediatas desde el principio, ha sido como un milagro, desde luego una maravilla” (Diario 4-IV-90).
Todos los testigos manifiestan que vivía la fe de una manera continua, espontánea, incluso llamativa: “Me impresionó la certeza con la que hablaba de las cosas de fe; hablaba como si para él fuera evidente” (Summ. 56). Hasta el punto de contagiarla, tanto en el trato personal directo como en la predicación: “Con él, era como verlo todo ‘desde arriba’; y con esa perspectiva orientaba coherentemente hasta los más mínimos detalles de la vida práctica y de las reacciones espontáneas” (Summ. 207). Para D. José la Realidad es el Invisible, el misterio de Dios y lo que Dios tiene reservado para el hombre. Así afirma un testigo: “Dios y las realidades espirituales eran para él más evidentes que lo que veía con sus ojos o tocaba con sus manos” (Summ. 370) Y otro: “Vivía de la fe con absoluta normalidad” (Summ. 10) Y otro dice: “Vivía la fe con naturalidad, de forma espontánea” (Summ. 146) Y también: “Era un hombre de Dios, todo lo veía desde la fe, desde Dios” (Summ. 50).
Fe alimentada en la Palabra:
“La fe viene por el oído” (Rm 10,17). La fe se alimenta de la Palabra de Dios, y D. José se nutría de ella abundantemente. Declara un testigo: “Amaba profundamente la Palabra de Dios, la leía continuamente” (Summ. 8). Otro añade: “Pasaba las noches en vela orando y meditando textos de la Palabra de Dios (…) Tenía una profunda veneración por la Sagrada Escritura; amar la Palabra de Dios suponía estudiarla en profundidad; le he visto utilizar muchos comentarios a la Sagrada Escritura” (Summ. 33). Pero no buscaba erudición en los comentarios de especialistas, sino escuchar con más certeza y atención a Dios, que habla en su Palabra. Así lo declara un testigo: “Tenía especial predilección por leer y estudiar la Palabra de Dios con actitud orante” (Summ. 373). Así era para él punto de apoyo seguro para la formación de sus criterios: “Manifestaba y vivía la confianza total en la Palabra de Dios” (Summ. 21). Era para él fuente de discernimiento: “Manifestaba hambre de conocer la voluntad de Dios, y se afanaba por buscarla en la Palabra” (Summ. 176). Dice un testigo: “Acudía con avidez y confianza al estudio de la Palabra de Dios (…) con verdadero deseo de abrirse al don de la fe (…) Ante la Palabra de Dios se colocaba como un niño. Gustaba y saboreaba las comunicaciones divinas de la Revelación con verdadera fruición” (Summ. 323). Mons. Gabino Díaz Merchán, afirma refiriéndose a la etapa de estudiantes: “Tenía la Biblia siempre a mano, muy marcada de anotaciones a lápiz. Era su libro de texto preferido y le gustaba hacer oración de su estudio” (Summ. 415).
Fe educada y contrastada en el Magisterio:
La virtud de la fe tiene su norma inmediata en el Magisterio de la Iglesia, y de manera especial en las enseñanzas del Papa. Para D. José Rivera el Magisterio no era sólo digno de respeto, sino punto de referencia, garantía de certeza, alimento seguro de su fe, y materia constante para su predicación. Así manifiesta un testigo: “Constantemente estudiaba el Magisterio de la Iglesia para aplicarlo a su vida y ministerio” (Summ. 7). Otro añade: “Respecto al Magisterio de la Iglesia era muy respetuoso y se apoyaba en él para su predicación y estudio” (Summ. 16). Y otro: “La adhesión de D. José al Magisterio, a los sagrados pastores, y a sus enseñanzas era fidelísima, no sólo porque lo proclamara, sino porque lo estudiaba y lo asumía con obediencia religiosa” (Summ. 85). Leía todo el Magisterio de Juan Pablo II, que fue muy abundante, y ya entonces se editaba con prontitud y se accedía a él con facilidad a través de la revista “Palabra”. Dice un testigo: “Estudiaba de forma incansable el Magisterio de la Iglesia, lo seguía fidelísimamente y se dejaba fecundar por él. Toda su vida espiritual y sus planteamientos pastorales estaban cimentados aquí. Curiosamente había una semejanza plena entre las enseñanzas de Juan Pablo II y las de D. José” (Summ. 132). Su fidelidad al Magisterio le llevaba no sólo a creerlo y predicarlo, sino a querer vivirlo en su plenitud, y a sufrir cuando no es aplicado suficientemente. Así declara un testigo: “Me acuerdo que cada vez que salía una Encíclica, o un documento importante de la Conferencia Episcopal o de algún Dicasterio, nos hablaba de ello con gran conocimiento, respeto y profundidad, como punto esencial para nuestra orientación. Si le daban pena algunos puntos de la Iglesia, sobre todo en lo referente a la pobreza, era porque la misma Iglesia no fuera siempre y en todo consecuente con lo que enseñaba (…) No sólo era fiel al Magisterio de la Iglesia en todos sus aspectos, sino que era algo en que insistía continuamente, para vivirlo espiritualmente, en profundidad” (Summ. 358. 366).
Fe celebrada y gustada en la Liturgia:
D. José Rivera se alimentaba continuamente del alimento continuo de la Iglesia, que es la Liturgia. Dice un testigo: “Él estaba firmemente persuadido de que cuanto se dice en la Liturgia, Dios lo quiere realizar en nuestras vidas” (Summ. 32). Son muchísimos los testimonios directos e indirectos que resaltan cómo valoraba D. José la espiritualidad litúrgica: “La Liturgia, cada vez más, era su alimento en la vida espiritual, algo imprescindible en su vida” (Summ. 97). Y así lo enseñaba a los demás. Dice un testigo: “A los que tratábamos con él nos invitaba siempre a preparar la Liturgia, especialmente la celebración de la Eucaristía, también la Liturgia de las Horas” (Summ. 188). Otro constata: “Desde que él llegó al Seminario (Toledo 74-75) se multiplicaron las adquisiciones de misales entre los alumnos” (Summ. 227). De manera que propició la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II en la formación de los sacerdotes, consagrados y laicos que trataban con él, ayudándoles así a participar de manera más consciente, activa y devota en las celebraciones; sin fijaciones arcaicas, sino entrando en el misterio de la celebración viva, que es la vida de la que vive la Iglesia. Dice un testigo: “Vivía según el ritmo litúrgico de la Iglesia. Es algo que aprendí de él. Vivir y valorar el tono vital de la Iglesia a través de la Liturgia” (Summ. 119).
Su vida, como certifican los testigos y las páginas de su Diario, está ritmada por la Liturgia, por los Tiempos Litúrgicos, las Horas Litúrgicas, los Sacramentos. Él estaba convencido del realismo de la presencia activa de Cristo Sacerdote unido a su Iglesia en cada acto litúrgico. Por eso deseaba penetrar más y más en el misterio que celebraba. Dice un testigo: “Esta vivencia de Dios se nutría (…) de una Liturgia eclesial que él buscaba comprender. Tenía un gran aprecio por la Liturgia de las Horas, los Tiempos Litúrgicos, y la seriedad con que celebraba y vivía los Sacramentos” (Summ. 274). Otro añade: “La vida de Rivera era una vida litúrgica, y lo contagiaba a su alrededor. Para cada Fiesta litúrgica se preparaba especialmente” (Summ. 227). Y también añade otro: “Los Tiempos Litúrgicos eran vividos por Rivera con extraordinaria atención y esperanza: leía y meditaba los textos correspondientes de la Liturgia, hacía si podía algunos días de retiro para prepararse a los Tiempos Litúrgicos intensos o a las grandes solemnidades, se disponía a celebrarlas con más oración y ayunos, leía comentarios litúrgicos propios del Tiempo o comentarios a los libros de la Escritura que el curso de las Horas o el Misal le iba ofreciendo, practicaba con especial empeño las virtudes más propias del Tiempo Litúrgico que, en comunión con la Iglesia, estaba viviendo: la penitencia, por ejemplo, si estaba en Cuaresma (…) esperando con suma esperanza una mayor donación del Espíritu Santo en la inminencia de Pentecostés” (Summ. 291-292).
Fe enamorada en la Eucaristía:
La oración es el medio normal por el que se actualiza el crecimiento de la fe. La oración de D. José Rivera tiene su centro en la Eucaristía, celebrada con esmero en su preparación y posterior acción de gracias, y en la presencia Real de Cristo Esposo al que trata amorosamente. La relación personal de Rivera con Cristo Eucaristía irá haciendo cada vez más de su vida una Eucaristía, una ofrenda al Padre, unido a Cristo, para gloria de Dios y salvación de los hombres. Su certeza de la presencia Real de Cristo en la Eucaristía es motivo para establecer relaciones verdaderamente personales con Él. Esto se manifiesta de manera especial en los acontecimientos que rodean la instalación de la Capilla con el Santísimo Sacramento en su domicilio. Cuando todavía era un privilegio reservado a la Santa Sede, el Cardenal Marcelo González, conociendo el tenor de vida sacerdotal que llevaba D. José, hace las gestiones pertinentes en Roma para solicitar este privilegio para D. José Rivera. Así lo declara el Cardenal en el Proceso: “Fui yo quien pidió a la Santa Sede la concesión del privilegio de tener oratorio privado en casa a D. José Rivera porque supe que dormía poco y mal. Un sacerdote tan piadoso y tan digno, merecía una atención de la Iglesia a quien tanto se sacrificaba por ella. Dejo copia de las cartas que escribí al Cardenal Prefecto de la Congregación del Culto Divino pidiendo la gracia que fue concedida” (Summ. 275). D. José recibió esta gracia como verdaderamente extraordinaria en su vida. Cada año el día 1 de febrero, fecha del aniversario de la bendición de la Capilla y de la instalación del Santísimo, lo dedicaba al retiro y a la oración. Así consta en sus notas personales: “El hecho patente de que tal venida no ha sido idea mía, sino inmediatamente suya, llegada por el cauce normal de mi obispo, hace resaltar vivamente su amor. Que Él quiera habitar conmigo… A los apóstoles les dijo ‘venid, y lo veréis’; a mí me dice ‘voy, para que veas’. ¡Y cómo espero ver!” (Diario 1-II-1978). Un testigo presencial del momento, cercano e íntimo a D. José, declara: “Sólo le he visto llorar dos veces (…) cuando se puso el Santísimo en su casa dijo unas palabras y lloró de emoción y agradecimiento” (Summ. 90). Mons. Rafael Palmero Ramos, entonces Vicario General de Toledo, que presidió la celebración en nombre del Cardenal, declara en el Proceso: “Para mí fue una tarde de satisfacción y de gozo espiritual el poder concelebrar con D. José la primera Misa en este oratorio doméstico, acompañados de un grupo reducido de personas (…) Advertí enseguida que desde la habitación contigua y con la puerta del oratorio abierta, D. José se disponía a pasar largas horas del día y de la noche en compañía de Jesús Sacramentado. Oí decir con posteridad a esta fecha que así era en realidad, y que esto le ofrecía a D. José más satisfacción y alegría que ninguna otra concesión” (Summ. 280). Pero Rivera no considera que esta concesión fuese un privilegio para su provecho exclusivo, sino para vivir más entregado y ser más fecundo en la Iglesia. Así deja constancia en sus escritos: “Como señalaba Palmero en su predicación, después de bendecir la capilla, y eso interpretando o manifestando la mente del Sr. Cardenal, si se me ha concedido tal privilegio, es porque piensa que de aquí brotará una corriente vivificante para muchos (…) No puedo dudar de que se trata de la más clara y eficaz teofanía posible en la tierra. Objetivamente, Dios no puede ya manifestárseme más. Y toda manifestación divina es operante con vigor infinito. Ahondo paulatinamente en la magnificencia de mi integración en la Iglesia: pero no hay nada que me integre, como esta convivencia con Cristo, Esposo y Cabeza de la Iglesia” (Diario 10-II-1978). La capilla fue instalada en la habitación en la que murió con fama de santidad su hermano Antonio, el apóstol de la Juventud de Acción Católica, el “Ángel del Alcázar”, cuyo Proceso de Canonización ha sido recientemente finalizado en su fase diocesana.
Fe razonada en el estudio:
D. José Rivera tenía una capacidad intelectual extraordinaria. Sin duda, si hubiese querido dedicarse a la tarea intelectual, habría destacado notablemente. Un testigo dice de su inteligencia: “Realmente la inteligencia de Rivera era muy superior a lo normal, por su lucidez, profundidad, intuición, razonamiento, capacidad de relacionar unas verdades con otras, y de fundir teoría y práctica” (Summ. 285). Pero para D. José las capacidades intelectuales sólo tienen valor si están a disposición de conocer la verdad, y la Verdad es Cristo. Por eso no es fácil distinguir en él dónde empieza la oración y dónde termina el estudio. Aporta un testigo: “Iba de la oración al estudio, y del estudio a la oración con toda fluidez, simplificándose cada vez más el paso de lo uno a lo otro en las largas madrugadas con las que comenzaba la jornada” (Summ. 226). No entiende el estudio como simple satisfacción de la razón humana, sino que brotaba de la oración y le conducía a ella, de manera que el estudio era ejercicio y alimento de la fe. Así declara otro testigo: “Cultivaba esa fe con una intensa vida espiritual, de oración, estudio también desde la fe, como un verlo a la luz de la fe. En este sentido decía que había que tener mucho cuidado para no profanar, tanto las personas como los medios sobrenaturales: no se podía estudiar teología como quien estudia matemáticas; precisa actitudes diversas, aunque todo hay que hacerlo con fe (…) Percibí claramente que su tendencia era ir a la oración y al estudio” (Summ. 10). Para él la tarea del estudio formaba parte del ministerio, y le dedicaba tiempo y atención. Dice un testigo: “Alimentaba su fe con abundante oración y estudio. Sacaba muchas horas diarias de oración y estudio, a pesar de la gran actividad que desarrollaba. Se levantaba de madrugada y dedicaba desde temprano varias horas al estudio y la oración” (Summ. 56). Y también otro: “Durante todo el tiempo que le conocí –desde 1977 a 1991– dormía muy poco, tres o cuatro horas al día, para poder dedicar el tiempo de la madrugada a la oración y al estudio, y las horas del día a atender en dirección espiritual” (Summ. 62). Y otro testigo precisa: “Yo creo que su vocación intelectual queda definida por esta actitud, que él mismo comentaba: La vocación intelectual, auténticamente cristiana, viene significada por la capacidad de gustar a Cristo Verdad en el estudio, sobre todo en el estudio teológico. Ni se entretenía en almacenamiento de conocimientos, aunque poseía muy buena memoria, ni gustaba de tecnicismos o modos científicos, que oscureciesen esa esencia del estudio y de la inteligencia del hombre” (Summ. 318).
Entendía el estudio como servicio a la fe e instrumento expresivo de la misma, y como medio pastoral para el conocimiento del corazón humano al que hay que salvar. Ni siquiera cuando fue estudiante usó el estudio para su lucimiento personal, pues los contenidos de los que trata la teología son acerca de las Personas Divinas, a las que hay que cuidar no profanar. Así renuncia a sus satisfacciones de sabiduría humana para poner también su inteligencia al servicio de la Sabiduría divina, para alcanzarla, acogerla, vivirla y servirla a los demás en el ministerio sacerdotal. Su enseñanza era muy nutritiva porque estaba muy bien dotada de contenidos, muy asimilados en actitud de oración.
El venerable José Rivera no solamente tuvo una fe luminosa recibida, sino que vivió de ella, la cuidó, la cultivó y la acrecentó de manera extraordinaria con los medios adecuados de la oración, el estudio, la abnegación y el ejercicio actualizado de la misma. Destaca en él no solamente la fe que tenía, sino la vida de fe que se transparentaba en su vida.
La virtud de la esperanza:
El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (387), define: “La esperanza es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena”. También esta definición es como una síntesis de la esperanza vivida por D. José Rivera. Él la vivió con una intensidad asombrosa, de tal manera que un testigo bien cercano a él llegó a afirmar que “murió mártir de la esperanza” (Summ. 326). Él solía definir la esperanza teologal como el deseo confiado de alcanzar a Dios y todo lo que Dios nos ha prometido. Y para él la principal promesa de Dios es la propia donación de Dios, con la consecuente divinización de sus hijos, llevándonos a la plenitud de la santidad.
Esperanza sobrenatural:
En cuanto a su temperamento natural, D. José no era de tendencia optimista, sino lo contrario. Él se recuerda a sí mismo, en su infancia y adolescencia, como pesimista y tendente a la desesperación, como él mismo anota en sus escritos: “la esperanza no es algo natural en mí, que por temperamento y por sensación infantil, soy absolutamente desconfiado, proclive a la desesperación pura” (Diario 30-III-72). Pero el encuentro con Jesucristo cambió de raíces su vida, de manera que ya no espera de las cualidades o proyectos naturales, sino sólo del Señor y de la gracia del Señor. Así lo recuerda él: “He dicho muchas veces que yo tengo costumbre de hablar bien de Él, y que, para no quedar Él mal, no tendrá más remedio que salvarme con totalidad. Desde los 17 años, no he dejado nunca de esperar, en medio de la experiencia más dura de mi fracaso. Ello es una gracia que sobrepasa, ciertamente, cualquier imaginación” (Diario 30-III-1972). La esperanza de D. José no era presunción pasiva de que Dios haría su obra sin su colaboración personal, sino virtud que le mueve al fervor y al entusiasmo para lanzarse hacia la santidad que el Señor promete a todos. Desde ahí espera la propia santificación y la de todos.
Su esperanza era literalmente sobrenatural, encontraba la seguridad en Dios. Dice un testigo: “Su esperanza se apoyaba en la certeza de la Palabra de Dios, en que lo que Dios ha prometido se cumple” (Summ. 171). Y afirma otro: “Yo la calificaría como tenaz, inquebrantable ante los fallos de las personas y eminentemente teologal, ya que muchas veces no había signos humanos en que apoyarse; se apoyaba sólo en Dios” (Summ. 32). Y otro abunda: “Para él, por muy mal que estén las cosas, Dios las puede cambiar (…) Se puede decir de él que espera contra toda esperanza” (Summ. 41).
Esperanza de la santidad:
Muchos testigos abundan en calificar la esperanza como la virtud clave de la vida y el ministerio de D. José Rivera. Algunos atestiguan desde los consejos recibidos: “No se trata de que Dios me exige, sino de que Dios me da; tengo que esperar, que recibir lo que Dios me ofrece” (Summ. 57). Otro aporta: “Decía que, en orden a la santificación, no hay ‘salida’, sino ‘sacada’; esto es, que nada podemos hacer nosotros sin la gracia y que, cuando llegamos a este convencimiento, lo esperamos todo de Él, que es quien nos saca…” (Summ. 397). Otro testigo dice: “D. José esperaba para sí y para los demás la santidad. Estaba convencido de que era lo único que merecía la pena esperar, y la esperaba por encima de cualquier otra cosa, como sentido de su propia existencia” (Summ. 10). Y otro: Ha mantenido siempre una firme esperanza de llegar a ser santo” (Summ. 31). La razón de esa esperanza era la iniciativa misma de Dios, como declara otro: “Pensaba que Dios no puede poner un deseo en el alma y luego no dar fuerzas para cumplirlo” (Summ. 189). Y confirma otro: “Le llevaba a decir frecuentemente que Dios no infunde deseos inútiles; si vienen de Él, los deseos son siempre eficaces” (Summ. 327).
D. José esperaba la propia santificación en plenitud. Dice un testigo muy cercano a él: “En relación a su propia santificación, le oí decir que nunca había desesperado de Dios, ni se le había ocurrido nunca echar la culpa a Dios de sus ‘desgracias’. Desde muy pronto había esperado siempre llegar a la santidad plena, incluso cuando atravesó épocas de pecado en su adolescencia. Nunca desesperó de llegar a esta meta” (Summ. 229). Esa esperanza no le hace olvidar sus pecados, sino acusarlos en el Sacramento de la Confesión. Dice un testigo: “Se confesaba con frecuencia más que semanal”. Y él recoge en sus escritos íntimos una reflexión luminosísima, que nos debe enseñar a confesar a nosotros: “El confesor, es claro, entenderá lo que pueda; pero en mi boca, mis acusaciones son la expresión de mis esperanzas. Me culpo de deficiencia de celo pastoral, porque espero que Dios va a colmar ese enorme hoyo; de debilidad ante mis impulsos, porque espero la confortación del Espíritu Santo”. (Diario 7-XII-1974).
D. José esperaba la santificación de los demás, de todos los demás. Esta es una de las afirmaciones que aparecen más repetidamente en las declaraciones de los testigos. Valgan algunas muestras: “Adelantado al Concilio Vaticano II, se sintió especialmente confirmado en este empeño. Y siempre predicó y se empeñó en la santidad con esperanza y confianza inquebrantables, que le levantan por encima de cualquier desánimo o pesimismo pastoral (…) Creo que manifestó verdadera esperanza heroica, para no cansarse nunca de insistir a tiempo y a destiempo, en esta llamada a todos, a todo tipo de personas, incluso cuando las circunstancias o la situación de las gentes parecían contrarias” (Summ. 316). Otro dice: “Me inculcaba la esperanza de alcanzar la santidad” (Summ. 5). Otro añade: “Se podía y se debía alcanzar la santidad sin dificultad, pero con cruz” (Summ. 10). Otro insiste: “A pesar de mi resistencia a sus indicaciones, él seguía insistiendo con esperanza en mi cambio” (Summ. 16). Esta tenacidad insistente contagiaba la esperanza de la santidad a sus dirigidos. Dice uno de ellos: “Yo salía de mis encuentros con él contagiado de esperanza, me ayudaba a superar mis crisis de desesperanza” (Summ. 16). Otro abunda en ello: “En un momento de dificultad que experimenté en el Seminario, él fue el único que mantenía la esperanza de que yo llegara al sacerdocio, animándome y sosteniéndome y hablando con los superiores para que me permitieran seguir” (Summ. 346). Y otro añade: “En la dirección espiritual planteaba los grandes temas de la santidad, la conversión, la caridad pastoral, con entusiasmo, con esperanza; de manera que yo salía con entusiasmo, con alegría espiritual, con gran confianza en el poder de la gracia” (Summ. 374). Otro testigo dijo: “Su confianza en la fidelidad y misericordia de Dios era de tal calibre que parecía que nada pudiera ser capaz de arrebatarle esta virtud teologal. Siempre me sorprendía, y casi me escandalizaba, con su actitud de plena esperanza en la santidad de los demás” (Summ. 359).
Y esperaba la santificación y la santidad “no ejemplar” de quienes padecían alguna anomalía inculpable. Un testigo cualificado, por ser sacerdote y psicólogo, declara: “Recuerdo haber conversado con él sobre cierta persona a la que yo veía poco menos que imposible de sanar, y él con toda naturalidad veía no solo posible sino cierto el que pudiera ser santo, con el auxilio de la gracia. Nos enseñaba a descubrir, profundizar y desarrollar la confianza absoluta en Dios, infinitamente misericordioso. Tenía una gran confianza en el perdón de Dios, y ese era el camino para nuestra propia santidad (…) Para mí sería impensable creer que D. José alguna vez dudara del Amor de Dios, dejara de tener en algún momento esperanza. La vivía con inmensa intensidad, la proclamaba continuamente, apelaba a ella en cualquier circunstancia, intentaba inculcar en nosotros este principio básico, para él, de toda santidad” (Summ. 359-360). Otro testigo, prestigioso psiquiatra, declara: “Le he visto proyectar la esperanza respecto de la acción de Dios en cada persona, de forma que no dudaba que más allá de las limitaciones morales o psicológicas, cada individuo podría llegar a la santidad heroica” (Summ. 31). Y añade otro testigo: “Esperaba incluso la santificación de personas que, por sus taras psicológicas, llegarían a una ‘santidad no ejemplar’ –así la calificaba él–, pero no menos valiosa que otras más vistosas” (Summ. 229).
Y esperó la transformación en santidad visible de la Iglesia Diocesana, y de la Iglesia Universal. Vivió siempre un profundo sentido eclesial. Veía a la Iglesia como madre que gesta, cría y educa hijos de Dios. Creía firmemente que la Iglesia es el Sacramento Universal de la Salvación y que, en cuanto Sacramento Universal, según el designio de Dios, tenía que ser signo sensible, visible, para todos. Por eso esperaba de Dios que su Iglesia fuese lo que debía ser: Madre fecunda y Sacramento visible en el mundo. Su esperanza le llevaba a desear confiadamente que se manifestase así. Dice un testigo: “Tenía gran esperanza en el avance de la Iglesia universal y de la Diócesis de Toledo” (Summ. 5). Y añade otro: “La esperanza en la victoria, no solo final, sino en la santidad de las iglesias particulares era absoluta” (Summ. 13). Y otro más: “En esta misma línea percibía la fealdad del pecado en los miembros de la Iglesia, empezando por sí mismo, y movido por una esperanza sobrenatural contra toda esperanza humana, deseaba ser víctima expiatoria por los pecados de todos. Toda su tarea expiatoria tiene en la esperanza su estímulo permanente” (Summ. 230). Esta esperanza en la renovación de la Iglesia se manifestó de manera singular en la celebración del 25 Sínodo Diocesano de Toledo. Él no fue miembro sinodal, pero sí lo fueron muchos de sus dirigidos, tanto sacerdotes, como laicos y personas consagradas. Dice un testigo: “Me impresionó su testimonio cuando el Sínodo Diocesano: él alentó la esperanza de muchos porque lo veía desde Dios, en una perspectiva teologal, incluso su esperanza era no solo para las personas, sino también para las instituciones y modos de ser y de actuar de la Iglesia Diocesana” (Summ. 78-79). Otro añade: “En el Sínodo Diocesano que se celebró, colaboró asesorando a muchos que eran miembros sinodales. Él lo vivió con la esperanza de que sirviera para la renovación de la Diócesis” (Summ. 189). Otro testigo confirma: “Cuando se celebró el Sínodo en la Diócesis, estaba muy alegre porque esperaba una santificación de la Diócesis; rezaba mucho por su fruto y nos hacía rezar a los demás” (Summ. 202).
Ciertamente, el venerable José Rivera vivió la virtud teologal de la esperanza de manera extraordinaria, resplandeciendo en él un entusiasmo que no podría ser explicado sino por la confianza absoluta depositada en Dios. Su alegría y buen humor constantes, su ecuanimidad y capacidad para levantar el ánimo de los demás, sólo se pueden explicar desde la certeza del amor y la bondad de Dios, en que vivía. Su esperanza contagió a muchos la confianza en Dios.
La virtud de la caridad:
El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica define la caridad (388) como “la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios”. Sin duda, también esta definición describe la caridad con la que D. José Rivera vivió su vida. El entendía esta virtud como el fuego del Espíritu Santo, que arde en nuestros corazones. Rivera gustaba repetir la frase de Jesús: «He venido a traer fuego a la tierra» (Lc 12,19). Los testigos describen el ardor de su vida y de su lenguaje. «Su palabra era como un fuego que encendía» (Summ. 127). Otro de ellos subraya: «ardor por la gloria de Dios» (Summ. 106). El Cardenal Marcelo declara: «Su fe, esperanza y caridad fueron visibles, vivas, ardientes y así se manifestaba en sus escritos y conversaciones, en sus pláticas y predicaciones de diverso estilo» (Summ. 275).
Caridad para con Dios, Uno y Trino:
D. José vivía con una conciencia muy viva de ser inmensamente amado por Dios. Así recoge en sus escritos personales un año antes de morir: «Volviendo la vista atrás, hasta mis primeros años objeto de posible recuerdo, vivo la sensación y la idea de “niño mimado por Dios”» (Diario 28-II-1990). Esta conciencia de amado y mimado por Dios le espolea a responderle. Dice un testigo: «Era muy consciente de que haber conocido el amor de Dios era el fundamento de su vida, y toda vocación o toda declaración de amor de Dios al hombre era una provocación a responder en el don total del hombre a Dios» (Summ. 172). Otro señala: «Decía muchas veces que [los cristianos] somos los que hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene» (Summ. 108). Su respuesta de amor era personal, y por eso dirigida a cada una de las Personas Divinas que le amaban. Así afirma un testigo: «Su amor a las tres Personas divinas fue enorme: Dios Padre, Jesucristo Esposo y el Espíritu Santo. En los ejercicios seguía un esquema tripartito, basado en las tres divinas Personas» (Summ. 5). Otro lo explicita así: «Vivía apasionado por la figura de Jesucristo, pero teniendo a Cristo como Él es: Hijo del Padre y dador del Espíritu Santo; un amor ardiente por cada una de las tres Personas divinas. Esto lo manifestaba, por ejemplo, en sus muy largos ratos de oración; me consta que se planteaba hacer una vigilia de oración semanal (las vigilias eran exponer el Santísimo y pasar la noche en vela orando y meditando textos de la Palabra de Dios y reflexionando escribiendo), en la época que yo le he conocido» (Summ. 32-33). Y otro declara: «El amor a Dios era el centro para él; no vivía para otra cosa que para dejarse amar por Dios, y para decir a todos cuánto les amaba Dios » (Summ. 71).
Merece la pena transcribir esta anotación íntima: «De verdad, de verdad, estas Personas divinas —Mi Padre y mi Esposo— me envían su Viento, que es no ellos, pero sí uno solo con ellos, y con este viento suyo me invaden y me infunden su vida, su vida única... Y todo esto es de Belleza maravillosa» (Diario 3-IV-1972). Así como esta otra, varios días después: «A mis pesimismos de los primeros años ha sucedido esta sensación de “hijo mimado”, que no puedo menos de guardar intacta. Sí, para testigo de la ternura del Padre, y del vigor de la fe...» (Diario 17-IV-1972). Confirmada justamente un año antes de morir: «Me he sentido desde hace mucho, como “un niño mimado” respecto del Padre» (Diario 25-III.1990). Esta paternidad de Dios, experimentada en su vida, es lo que le da paz y confianza, y es lo que le lleva a ejercer una profunda paternidad en el ejercicio de su ministerio.
D. José, además de experimentarse amado por el Padre, se siente amado y enamorado por Jesucristo. Así, cuando recibe el privilegio de tener el Santísimo en su casa, escribe: «Viene [Jesucristo] para eso, para transformarme, capacitándome a esa contemplación eterna, plenamente satisfactoria para los dos. ¡Cuánto he predicado de Cristo Esposo! ¡Y qué realidad adquiere ahora esta unión total con El, con el Esposo!» (Diario 5-I-1978). Y muchos testigos han abundado en este amor en sus declaraciones. Dice uno: «El conocimiento de Cristo era para él lo fundamental» (Summ. 45). Y otro: «Amaba a Jesucristo exageradamente, hablaba con un conocimiento pleno, como si lo tuviera delante, con total confianza; parecía que se transformaba su rostro cuando hablaba de Jesucristo, lo hacía con gran fervor» (Summ. 88). Declara otro: «Cuando hablaba de Cristo esposo lo imaginabas unido a él, en total armonía. Cristo era su ilusión, su fuerza al caminar, era todo para él. [...] Todo su querer, su sensibilidad se centraba en Cristo esposo; no es que no estuviera a gusto con los demás, pero Cristo era todo para él. D. José me deslumbraba por su capacidad de conocer y vivir la presencia de Cristo» (Summ. 182). Y otro sobre el contagio: «Contagiaba su vivencia de fe, su enamoramiento de Cristo» (Summ. 196). Y otra muestra: «Cuando me hablaba de Cristo, lo hacía con tal afecto y cercanía que siempre me impresionaba» (Summ. 358).
Pero D. José, además, distinguía y conocía bien la relación con el Espíritu Santo, en la Trinidad y en su alma. Un testigo declara: «Su hablar de las Personas divinas era constante, especialmente del Espíritu Santo» (Summ. 5). Y otro dice: «Se le veía poseído de los dones y frutos del Espíritu Santo» (Summ. 160). Y otro confirma: «Uno de sus puntos fuertes era la presencia y la actuación del Espíritu Santo. Era muy devoto del Espíritu Santo y nos lo comunicaba a los que tratábamos con él» (Summ. 182). Mons. Palmero declara: «Una de sus preferencias en el campo de la predicación, quizá fue el Espíritu Santo y la explicación de sus dones, de sus frutos y de su proyección en la vida de los humanos. Aunque pudiera parecer desde fuera que alguno de sus oyentes no iban a entender este lenguaje o no les iba a resultar sugestivo y atrayente» (Summ. 279). Y el Cardenal Marcelo, al día siguiente del entierro de D. José Rivera, comenzó la homilía de la Misa Crismal en la Catedral diciendo estas palabras: «Ése sí que estaba lleno del Espíritu Santo, el sacerdote que ayer enterrábamos...» (Summ. 131).
Caridad para con Dios en la Oración:
La relación de amor con las Personas Divinas es la oración. Así D. José Rivera definía la oración como «la conciencia de la presencia personal, amorosa y activa de las Personas divinas» (Carta 132). Es la conciencia y la vivencia de la inhabitación de la Trinidad. Esa presencia personal, amorosa y activa movía y reclamaba de D. José una respuesta personal, amorosa y activa por su parte. Son abundantísimas las declaraciones de los testigos sobre este punto. Así dice uno: «El misterio de la inhabitación era especial para él; era un apasionado del misterio de la inhabitación de las Personas divinas en el corazón del hombre que está en gracia; se le veía con mucha facilidad recogido, como quien es consciente de estar ante las Personas divinas» (Summ. 31). Otro afirma: «Tenía muy presente la inhabitación, viviendo la presencia de las Personas divinas» (Summ. 40). También otro: «Vivía de forma especial de la paternidad divina y la inhabitación de Dios en el alma en gracia» (Summ. 45). Otro declara: «Se palpaba [en él] la inhabitación de Dios» (Summ. 53). Otro: «Vivía con espíritu de oración, de comunicación personal con Dios y consideraba como el mayor regalo la inhabitación de la Santísima Trinidad» (Summ. 108). Y así, muchos más: «Para él, el conocimiento de Dios como Trinidad y la vivencia de la inhabitación era algo fundamental» (Summ. 195). «La relación con las tres divinas Personas, el misterio de la inhabitación, era central en su vida» (Summ. 201). «Vivía y hablaba de la inhabitación de las personas divinas en el alma del justo, con verdadera fruición» (Summ. 231). «El siempre vivió la inhabitación trinitaria y así la manifestaba, la predicaba y la testimoniaba» (Summ. 392). «La vida trinitaria y la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros era lo verdaderamente importante» (Summ. 358). Y algún testigo declara más explícitamente: «La inhabitación de la Santa Trinidad no era simplemente un consejo de dirección espiritual o un tema de la teología de la gracia en clase, sino un reflejo del que doy testimonio de su amor apasionado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo» (Summ. 274). Y otro: «D. José vivió con intensidad y experiencia extraordinarias la gracia de la inhabitación. Pues predicaba de ella constantemente, con especial claridad, con mucha familiaridad y con gran fervor y deseo de que todos vivieran esta gracia. Además vivía y cuidaba su estilo de vida en referencia siempre a este misterio, a la intimidad de los Tres» (Summ. 330).
Dedicaba largos tiempos a la oración explícita. Así aparece constantemente en sus escritos íntimos, como este: «Oración de 4:45 a 7. Realmente estos ratos deliciosos, anticipadores de la madrugada, prolongados, ¡aunque nunca lo suficiente para llegar a satisfactorios!, son mi nutrición. Frente al sagrario, con libros espirituales, con la liturgia de las horas. Me pacifican y alientan para días» (Diario 22-II-1990). Pero siempre con una motivación que no terminaba en satisfacción egoísta, como dice este texto: «Gusto de estas vigilias, en que me siento velando mientras duermen todos, o casi todos, los que me han sido confiados. Misión bien sacerdotal. Yo preparo sus días en mis noches» (Diario 21-XII-1972). Los testigos son unánimes al considerar a D. José como un sacerdote de profunda y larga oración. Así dice uno: «Hacía más de tres horas de oración diaria, largos retiros, solía estar en oración desde las tres o cuatro de la madrugada» (Summ. 5). Y otro: «Fue un hombre de mucha oración; al darnos retiros o ejercicios nos inculcaba el espíritu de oración. Daba mucha importancia a la oración y él mismo se retiraba días o tardes a la oración para cultivar su espíritu» (Summ. 10). También otro: «Recuerdo en los cursillos de Arenas de San Pedro y los ejercicios a sacerdotes, había siempre fija una vigilia de oración y yo solía hacer la lista de los turnos y él se ponía los turnos más duros, de 2 a 4 de la mañana, él siempre lo hacía y le gustaba estar sólo» (Summ. 22). Y otro dice: «Los medios que utilizaba para cultivar esta fe eran la oración abundante, especialmente delante del sagrario, la práctica de la actualización antes de cada obra (la presencia de Dios)...» (Summ. 30). Y otro más: «Dedicaba mucho tiempo a la oración, sobre todo por las noches» (Summ. 45). Y otro, con alusión a la Liturgia de las Horas: «“Espera unos minutos, que voy a rezar vísperas”, decía cuando llegaba el atardecer. No consentía dejar la oración litúrgica para después, pues entre las múltiples tareas, él consideraba la oración litúrgica como la más importante. » (Summ. 130).
D. José Rivera celebraba y oraba la Eucaristía. Dicen los testigos: «La Eucaristía la vivía y celebraba de una forma que impresionaba, por la realidad interior que se traslucía» (Summ. 19). Y otro: «Celebraba la Eucaristía con una profunda devoción» (Summ.359). Y otro: «El centro de su vida era la Eucaristía. Le oí contar que no había dejado la celebración de la santa misa ni siquiera en días de fiebre alta, y que incluso una vez que tenía fiebre muy alta, se decidió a celebrarla y la fiebre le bajó instantáneamente» (Summ. 232). Y otro muy cercano: «Cuando celebraba la eucaristía lo hacía con gran devoción; todos los días se preparaba un rato largo a la celebración de la Misa, leyendo el misal y con oración. En la acción de gracias después de la comunión estaba muy concentrado y de una forma especial» (Summ. 89). Y sobre sus maneras: «Parecía descuidado en las formas, sin embargo era sumamente cuidadoso con las normas litúrgicas, especialmente en la Eucaristía» (Summ. 346). Y otro: «La celebración de la Eucaristía, que cuidaba con tanta finura…» (Summ. 324). Dice un estrecho colaborador de D. José: «Rivera vive la actualización del sacrificio redentor de Cristo como misterio que impulsa y hace posible su propio sacrificio personal; escucha la Palabra bíblica y litúrgica para irradiarla después a sus hermanos; vive la entrega del Señor como gracia que impulsa su entrega diaria pastoral; al comulgar, come el Cuerpo de Cristo para ser él después comido en sus labores sacerdotales extenuantes; etc. Rivera vivía la Eucaristía como el centro vivificante de sus días, y con absoluta plenitud de sentidos teológicos, litúrgicos y espirituales» (Summ. 292).
Caridad para con Dios en adoración, reparación y expiación:
D. José amaba apasionadamente a Dios y buscaba que Dios fuese glorificado en todo y por todos. Así dice un testigo: «Al menos en toda su vida consciente y volitiva, siempre pretendió la gloria de Dios, sin importarle en absoluto la suya propia. Le tuvieron sin cuidado los títulos académicos, los puestos elevados, el éxito o el prestigio en el mundo o en la Iglesia...» (Summ 287). Y D. Baldomero Jiménez Duque, llega a escribir de él: «Se palpaba que tenía el mundo —incluido el “mundillo eclesiástico”— bajo los pies» (Summ. 462). Otro dice: «Entendía su ministerio sacerdotal como tarea de intercesión, de expiación, esto es, de búsqueda de la gloria de Dios para que el hombre viva» (Summ. 240). Otro declara: «Realmente el celo por la gloria de Dios le devoraba a Rivera, y era el impulso permanente de su vida, pensamiento y acción. Su gloria personal no le importaba nada; sólo le importaba la gloria del Señor, realizada en la santificación de los hombres» (Summ. 291).
D. José dedicó mucho tiempo y atención a la adoración de Dios Trinidad. Esta adoración a la majestad divina le colocaba en la humildad correspondiente. Así se lee en sus escritos: «Complacencia en la magnificencia divina, en el señorío de Cristo... Deseo de que adoren todos; alegría en la adoración perfecta de la Misa... Y humildad consiguiente. Estima de las humillaciones —sentidas o ni siquiera sentidas—. Mi humillación como revelación de su grandeza. Conviene que El crezca y yo mengüe a los ojos de todos» (Diario 5-VI-1987).
Pero la misma adoración le llevaba a constatar la gravedad del pecado personal y de la humanidad, y le movía a cultivar la reparación, la expiación, la satisfacción prolongando las actitudes de Cristo. También los testigos abundan en este aspecto fundamental de la vida de D. José. Dice uno: «Su caridad con Dios se expresaba también en su sentido de la expiación. Él se creía, por misterioso que resulte el asunto, que quien expía, completa lo que falta a la pasión de Cristo y que Dios realmente recibe esa ofrenda de amor de quien expía; de ahí la abundancia de sus ayunos, cilicios y de la búsqueda de la austeridad, incluso de la aspereza. Lo hacía porque amaba apasionadamente a Jesucristo y quería compartir la suerte del amado» (Summ. 79). Otro declara: «Hablaba mucho de expiación; muchos que se dirigían con él y él vivía la expiación por amor de Dios» (Summ. 119). También otro dice: «Uno de los rasgos más notables de su vida es la actitud de continua expiación. Tenía un fuerte sentido de la santidad de Dios, profanada por el pecado de los hombres. Y, entrando en comunión de amor con las Personas divinas, veía prolongarse en su vida las actitudes del Corazón de Cristo, que hizo de su vida terrena un canto de alabanza al Padre y se ofreció como víctima de propiciación por nuestros pecados [...] La vida del Siervo de Dios fue muy sacrificada, en el doble sentido de unión con Dios y de sufrimiento que lo acompañaba. Pero todo este sacrificio brotaba del amor a Dios y a los hombres. Se sentía continuamente estimulado a devolverle a Dios lo que los hombres le hemos robado por el pecado, como fruto de la unión con los Tres, y llevando en su cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Summ. 232). Y otro añade: «Al oírle predicar de la cruz y la expiación, con tanto celo y fervor, me parecía entender que había hecho de su vida, desde el principio de su conversión, un empeño por consolar a Cristo y reparar» (Summ. 317).
Caridad para con Dios, y con la Virgen y los Santos:
Este amor a Dios, se extiende a la Santísima Virgen María. Casi todos los testigos señalan este aspecto. Se trata de una devoción no melosa o dulzona, sino recia y viril, que se expresa en detalles de ternura. Dice uno: «Era más recio que meloso en su relación con la Madre, pero radicalmente tierno, con una ternura llena de fortaleza» (Summ. 233). Otro declara: «En el amor a la Virgen María le conocí especialmente tierno y entregado, a pesar de que D. José era muy escueto para manifestar sentimientos» (Summ. 330)
