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Hordas de ratas gigantes están atacando a las aldeas alrededor del bosque de Grunwald, matando a todos los habitantes. Filistan, un cazador de ratas, sospecha que su pueblo será el próximo y decide partir en busca del origen de los roedores para ponerles fin. Acompañado por Tulnan, un forestal, viaja hasta el centro del bosque, un lugar infestado de trolls, donde encuentra más de lo que buscaba.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
por Joel Puga
Text copyright © 2016 Joel Puga
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Historia
Sobre el Autor
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El día comenzó como cualquier otro en el pueblo de Lorindel. Pastores juntaban las ovejas junto a las puertas de sus recintos, preparándose para llevarlas hasta los pastos en las estribaciones de las montañas. Agricultores conducían yuntas de bueyes en dirección a los campos, pues era tiempo de labrar. El tabernero rodaba barriles de vino del almacén a la taberna, sabiendo que sus vecinos habían de aparecer allí para olvidar las penurias de su día a día.
Sin embargo, estas rutinas no tardaran en ser interrumpidas. Del bosque de Grunwald, que empezaba en las inmediaciones de la aldea, surgió un hombre que ninguno de los habitantes había visto antes.
Largos cabellos sucios y enmarañados le descendían por las costas, tapando parcialmente el manchado y sucio hábito verde que envergaba. Barro y polvo le cubrían la cara y las manos, y sus labios estaban retorcidos en una horrible y enorme sonrisa que se veía a la distancia.
Los primeros aldeanos que lo avistaron abandonaron sus quehaceres y llamaron a sus vecinos y familiares. En poco tiempo, la aldea entera estaba reunida frente al extraño. Sin embargo, nadie se atrevía a acercarse o hablarle.
Por fin, el hombre de verde dijo con una sonrisa sardónica en los labios:
– Pueblo de Lorindel, llamad a los juglares, cubrid las calles con flores y traed vuestra mejor comida, pues hoy vais a recibir la gloriosa raza de las ratas.
Y extendió los brazos. Detrás de él, la vegetación del bosque estremeció y murmuró. De ella, surgieron cientos de enormes ratas negras que corrían en línea recta hacia la aldea. Algunas ni siquiera contornaron a su maestro, trepando sobre él o pasando a través de los rasgones en su hábito, mientras él carcajeaba maniáticamente.
Como una avalancha, las ratas cayeron sobre la población, tragándola.
Filistan miraba fijamente un agujero en el tablado de la casa. Varios minutos atrás, había enviado a Dorn, su hurón, a través de él para desalojar a una rata, y ahora la esperaba. Sin embargo, para su sorpresa, Dorn fue el primero en salir, perseguido por una rata casi tan grande como un conejo. Entrenado durante varios años por el cazador de ratas, el hurón eludió hábilmente las varias trampas dispuestas en el suelo y subió por la pierna de Filistan hasta su refugio, una caja de madera que colgaba del cinturón de este. La rata no tuvo tanta suerte. Ella activó la primera trampa que encontró y, en un santiamén, quedó con el cuello partido.
El cazador de ratas acarició su asustado hurón, mientras avanzaba para desactivar y recoger las trampas y llevar a la rata.
Apenas salió del edificio, un hombre gordo y calvo con las manos y la ropa manchadas de harina se acercó rápidamente y le dijo:
– Gracias, Filistan. Me has salvado el día. Aquí están tus cuatro monedas de cobre y una más por la rapidez. Gracias.
El hombre desapareció hacia el interior del edificio, la panadería del pueblo.
– Hoy has cogido otra de las grandes – dijo una voz aguda y quebrada. – Las ratas de la aldea están creciendo. ¿Esta es qué? ¿La quinta en los últimos dos días?
Una mujer vieja y corcovada se acercó a Filistan con las ollas, sartenes, cucharas, platos, vasos y otros utensilios metálicos y de madera que llevaba tintineando violentamente en la espalda y en la cintura.
– Haz lo que tienes que hacer con la rata y tráeme la ratonera – dijo el cazador de ratas, pasando la trampa con la rata y una moneda de cobre a la anciana.
– Está bien, está bien. Estás muy hablador hoy.
Filistan mal oyó la última frase, ya que entró en una estrecha calle que llevaba directamente a su casa. Él estaba más preocupado con la aparición de las enormes ratas de lo que la vieja chatarrera podría suponer. Durante sus más de veinte años como cazador de ratas, nunca las había visto tan grandes. Sin embargo, prefería no discutir el asunto en público, especialmente después de las noticias que llegaban de los pueblos vecinos. En las dos semanas anteriores, los habitantes de tres pueblos habían sido encontrados muertos, sus cuerpos irreconocibles y cubiertos de dentelladas de roedores. Las recientes apariciones en Lindenfels podían querer decir que este pueblo sería el siguiente. ¡Si al menos él pudiera descubrir a ciencia cierta de dónde venían aquellas ratas!
Llegado a la puerta de su casa, el cazador de ratas sacó la llave del bolsillo y la llevó a la cerradura. Sin embargo, al escuchar el sonido de pezuñas, interrumpió el movimiento.
– ¡Mata-ratas, mata-ratas! – gritó una voz.
Filistan detestaba que le llamasen así. Él se volteó para dar una respuesta cabreada, pero, entonces, se dio cuenta que se trataba de Ilneos, el representante local del barón, y decidió no decir nada.
– Mata-ratas – dijo el hombre una última vez cuando llegó junto a Filistan. – Necesito tu ayuda. Los carboneros se quejan de una infestación de ratas. Quiero que vayas allí y te encargues del problema. Te pagaré lo habitual, por supuesto.
– Está bien, yo me encargaré de ello.
Y, sin siquiera dar las gracias, el hombre dio media vuelta y desapareció, cabalgando, por una calle cercana.
