La Maldicíon del Puente del Arco - Joel Puga - E-Book

La Maldicíon del Puente del Arco E-Book

Joel Puga

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Beschreibung

Algo en las inmediaciones del Puente del Arco está ahogando a los niños de la aldea de Perre. Temiendo que la causa sea de origen sobrenatural, la población acude a la Iglesia para que les ayude. Sin embargo, al ver la aparente impotencia de esta, tres hombres deciden resolver el problema por sí solos. Lo que tienen que hacer para mantener a sus hijos seguros, los perseguirá hasta el final de sus vidas.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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La Maldicíon del Puente del Arco

por Joel Puga

Text copyright © 2016 Joel Puga

All Rights Reserved

Tabla de Contenido

 

Historia 

 

Sobre el Autor 

Otras Obras del Autor 

 

Historia

 

Sus padres le dijeron para que no se desviara del camino, que fuera directo a la casa de sus abuelos. Su padre hasta amenazó con pegarle con el cinturón si lo desobedecía, pero la tentación fue demasiado fuerte como para que Zézinho la resistiera. Cuando llegó al cruce, fue en dirección al Puente del Arco. Corrió lo más rápido que pudo por el camino de tierra, entre campos donde, en aquel momento, nadie trabajaba. No quería perder mucho tiempo, tenía miedo de que sus abuelos se fijasen en su demora y se diesen cuenta de que había ido donde no debía.

Poco después, avistó el viejo puente. Desde siempre aquellas piedras desgastadas por el tiempo fascinaban a los niños de Perre. Ellos se escondían detrás de los parapetos, fingiendo estar sobre las murallas de un castillo, o se refugiaban bajo los arcos románicos, imaginándose en el interior de un palacio.

Zézinho atravesó el puente corriendo, pues no tenía tiempo para enfrentar al ejército que atacaba la fortaleza. Luego se dirigió hacia el empinado camino que llevaba hasta el río y lo bajó lenta y cuidadosamente para que no fuera a resbalar y caer en el agua. Después, saltando por las piedras colocadas en el medio de la corriente, llegó a la roca sobre la cual uno de los pilares del puente se asentaba. Ahora estaba debajo del segundo arco más grande de los cuatro. A pesar de que, en su punto más alto, este no tuviera ni siquiera dos metros, y menos del doble de eso de largo, para un niño de ocho años como Zézinho, parecía enorme, un auténtico salón.

En casa compartía su habitación con tres hermanos, por lo que los pequeños momentos que pasaba solo allí debajo era lo más cerca que podía llegar a estar de tener un lugar propio. Se sentó en una piedra imaginando que era un banco, e imitando lo que su padre hacía todos los días después de llegar del campo, se quitó los zuecos. Se imaginó en una sala con una mesa en el medio, sobre la cual se encontraban platos y terrinas llenas de arroz de sangre, embutidos y un sin fin de pasteles. Con la mano derecha, acariciaba la cabeza de un chucho negro, blanco y marrón. Podía, incluso, sentir el calor del fuego que ardía en la chimenea.

De repente, algo extraño atrajo la atención de Zézinho, y la ilusión desapareció. Después de pasar el puente, el río se ensanchaba y se hacía más profundo, antes de volver a estrecharse y desaparecer detrás de una curva, formando lo que se asemejaba a un lago. En el centro de este lago, bajo el agua, ahora ardía una llama.

Zézinho se levantó y se acercó lo más que pudo sin mojarse, pero, por más que se pusiera en puntillas o se inclinara, no podía darse cuenta de lo que era aquel fenómeno. Llegó a pensar sobre tirarse al agua, olvidando por completo el castigo que le esperaría en casa cuando llegase empapado, pero, allí, el río era demasiado profundo para que él llegara de pie y no sabía nadar. Entonces, para su alegría, la llama empezó a acercarse lentamente. Pasados unos instantes, se dio cuenta de que no se trataba sólo de una, sino de dos llamas muy próximas una de la otra. Las siguió atentamente con los ojos, que no se atrevían a pestañear, hasta que estas se encontraron debajo de él. Eran, ahora, dos orbes de color naranja rojizo, cuyo brillo le encantaba y llamaba. Zézinho se arrodilló para ver mejor. Una silueta negra los parecía rodear, pero el joven no tuvo tiempo para discernir su forma, pues, de repente, una mano rompió la superficie, lo agarró por el cuello y, con un fuerte estirón, lo jaló bajo el agua.

 

 

El Sol ya comenzaba a desaparecer detrás del monte, cuando Miguel Grucho y su hijo João, ambos vistiendo las ropas blancas y negras de los rapões, avistaron el Puente del Arco. Detrás de ellos, tirado por un par de bueyes, seguía un carro de madera lleno de sargazo, restos de pescado y deyecciones humanas procedentes de los barcos y fosas sépticas de Viana do Castelo; fertilizante para los campos de la aldea.

– Espero que mamá tenga la cena preparada cuando lleguemos – dijo João, frotándose la barriga. – Estoy con una gusa... 

– Vas a tener que esperar – respondió su padre.

Así que llegaron al puente, los dos hombres dejaron el carro atrás y se arrodillaron delante de la diminuta capilla esculpida en el medio del vano, en el parapeto derecho. Se quitaron los sombreros de fieltro negro, y, ante la pintura de un Cristo crucificado rodeado de almas suplicantes, dijeron una rápida oración.

Estaban apunto de levantarse para retomar su camino, cuando João vio algo en la orilla del río.

– ¿Qué es eso? – preguntó, señalando con el dedo. 

Miguel miró hacia allá.

– ¡Parece un niño!

Los rapões corrieron hacia su carro para ir a buscar sus rastrillos, atravesaron el puente y fueron hasta cerca del niño. Este se encontraba a un metro de la orilla, atrapado en las ramas más bajas de un árbol inclinado. Estaba bocabajo e inmóvil, por lo que, sin gran esperanza, ellos lo engancharon con sus rastrillos y lo jalaron hacia la tierra.

– Es el hijo más nuevo de João Jácome – dijo Miguel, sosteniendo en sus brazos el cuerpo frío, pálido y sin vida de Zézinho.

– Otro más – dijo su hijo.