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Éste es el tercer número de "Los Viajes del Hechicero", una revista de un solo autor llena de fantasía, ciencia ficción y horror. En estas páginas encontrarán demonios repulsivos, robots gigantes, bioingenieros alienígenas, visiones negras del futuro y mucho más.
La Curiosidad y la Carne – Durante uno de sus paseos por la escalera del Santuario del Buen Jesús en Braga, el explorador urbano veterano Marco encuentra un lugar que puede haber estado esperando siglos para ser explorado. Pero allí hay algo más allá de sus peores pesadillas.
La Muerte del Centro Comercial – Imprevistos financieros obligan un hombre a ir de compras a uno de los decrépitos centro comerciales de la ciudad. No lo visitaba desde que era joven, durante la segunda década del siglo XXI, y pronto se da cuenta de que éste había cambiado mucho desde entonces.
El Escuadrón: Batalla Final – Después de ser obligada a abandonar la Tierra, la Humanidad hizo del planeta Próxima Centauri b su nuevo hogar. Sólo años después se dieron cuenta de que éste ya estaba habitado. Para combatir a los alienígenas, formaron el Escuadrón, un grupo de hombres y mujeres equipados con el mejor entrenamiento y armamento disponible. Esta es la historia de su batalla final contra el enemigo y el primer (¿o será el último?) capítulo de una saga contada desde el final hasta el principio.
La Elección del Caballero: Capítulos 6, 7, 8 y 9 – Según más y más señales de demonios surgen en todo el reino de Veltraik, Loran sigue luchando a lo lado de cazadores de demonios para erradicar todas las formas de herejía contra la Ley de los Ángeles.
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Veröffentlichungsjahr: 2021
por Joel Puga
Text copyright © 2021 Joel Puga
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La Curiosidad y la Carne
La Muerte del Centro Comercial
El Escuadrón - Batalla Final
La Elección del Caballero
Otras Obras del Autor
Sobre el Autor
Marco tomó la primera salida de la rotonda. Debería irse a casa, pero su curiosidad venció. Aquella era la noche en que investigaría la capilla.
Ya había explorado las ruinas de la antigua Fábrica Confianza y de la vieja Escuela D. Luis de Castro y ya había estado en los cadáveres esqueléticos de decenas de casas abandonadas. Incluso había logrado entrar en el gran y misterioso Castillo de D. Chica. Después de la capilla desmoronada que había encontrado en Ferreiros, pensó que no había nada más que explorar en Braga. Estaba equivocado.
Después de recorrer los primeros kilómetros de la carretera que llevaba directamente al Santuario del Buen Jesús Del Montedo Bom Jesús do Monte, entró en otra más estrecha y agujereada. Él se detuvo poco después, frente a la alameda donde comenzaba el suplicio de aquellos que subían a pie hasta la cima de la colina.
Después de un momento de vacilación, Marco salió del coche. Las sombras de los árboles oscurecían la escasa iluminación. Alrededor, sólo había bosques y campos negros, y las dos casas más cercanas, que flanqueaban los últimos metros de la alameda, ya habían sido abandonadas hacía mucho tiempo.
De repente, Marco escuchó un auto y se escondió detrás de un árbol. El auto paró unas decenas de metros más adelante, en el vacío y aislado aparcamiento que servía el funicular. Marco casi volvió a su coche. ¿Quién sabe qué clase de gente frecuentaba un lugar como aquél a aquellas horas de la noche? Sin embargo, al darse cuenta de que la joven pareja dentro del coche no estaba prestando atención a lo que pasaba en el exterior, decidió continuar.
Finalmente, llegó al portal, difusamente iluminado por las pocas farolas que había allí, que marcaba el comienzo de la famosa escalera que llevaba al Santuario do Bom Jesús do Monte. El arco, pintado de blanco, era claramente visible, así como las dos primeras de las muchas capillas esparcidas por la subida, pero lo mismo no podía decirse del resto del recorrido. La oscuridad en el interior del arco era absoluta, ya que la escalera subía el monte y serpenteaba entre el bosque sin una sola luz iluminándola. Después de todo, nadie se suponía que la subiría de noche.
Con la ayuda de una linterna, Marco penetró la oscuridad y empezó la subida escalón por escalón. Avanzaba despacio, pues tenía miedo de resbalar en hojas o de tropezar en una rama caída.
Era el comienzo de la Primavera, y murciélagos, recién salidos de sus madrigueras invernales, volaban a su alrededor. Otros animales se movían en la vegetación fuera del borde de la escalera, provocando ruidos que, en el silencio de la noche, parecían venir de criaturas mucho más grandes.
Tramo a tramo, Marco pasó por varias capillas. Algunas ni las vio, sólo se dio cuenta de que estaban allí porque escuchó el sonido del agua brotando de las fuentes que las acompañaban.
Finalmente, llegó a la que despertara su curiosidad. Había pasado por ella muchas veces durante su caminata semanal a la cima de la colina, pero sólo un poco más de un mes antes había notado que ésta tenía dos postigos sellados con ladrillos y cemento junto a la base, donde en las otras sólo había pared. Esto le hizo pensar que tal vez hubiera allí un sótano abandonado esperando ser explorado. A partir de ese día, cada vez que pasó por aquella capilla, miró hacia adentro, a través de una pequeña ventana creada para eso mismo, buscando una manera de bajar al subterráneo. Finalmente, encontró unas líneas que parecían formar la esquina de una trampilla junto a una de las figuras que albergaba. Ese fue el descubrimiento que lo llevó allí aquella noche.
De su bolsillo, sacó un cortapernos y rompió la cadena que cerraba la puerta. A continuación, entró. Al principio, se sintió asfixiado por el intenso olor a moho, pero rápidamente se acostumbró. Cada una de las capillas de aquella escalera albergaba figuras de terracota representando un momento importante de la vida de Jesucristo, por lo que su linterna pronto iluminó un Cristo azotado y coronado con espinas. Debajo y al lado de éste, en el suelo polvoriento, se encontraban las líneas que Marco había visto antes. Con cuidado, él apartó la figura, e inmediatamente confirmó su sospecha: había una trampilla allí.
Sus manos le temblaban cuando tiró el aro de metal que había en éste, revelando un agujero oscuro como boca de lobo. Él apuntó su linterna hacia abajo, e inmediatamente vio el suelo del nivel inferior. No parecía tan alto. Sin dudarlo, Marco se bajó al interior. Ahora que había llegado hasta allí, no había nada que pudiera enfriar su curiosidad.
En cuanto sus pies tocaron las losas de piedra que formaban el pavimento, apuntó su linterna hacia las paredes, revelando frescos parcialmente borrados por el tiempo. Éstos mostraban a Cristo crucificado, pero también a demonios y almas atormentados por ellos. Entusiasmado, Marco sacó su teléfono del bolsillo y empezó a fotografiar y filmar todo. Aquello sería una increíble adición a su blog y canal de YouTube.
Finalmente, encontró una pequeña parte de la pared que no tenía ninguna pintura. Al acercarse, se dio cuenta de que allí había un panel de madera cubriendo parte de la escena, tapando algo que un grupo de figuras humanas adoraba.
Curioso, Marco empezó a patear el panel. Después de varios minutos de esfuerzo, la madera finalmente cedió, y su pierna penetró hasta la rodilla. Sorprendido, miró a través de la nueva apertura. Para su asombro, al otro lado no se encontraba parte del fresco, sino un túnel muy diferente de la cámara en la que se encontraba. El suelo, las paredes, el techo, todos eran de tierra. Tenía una forma circular, por lo que parecía haber sido excavado por una lombriz gigante. Pero lo más extraño de todo era que antorchas clavadas en sus paredes lo iluminaban.
Marco sintió un escalofrío. ¿Qué lugar era aquél? ¿Quién lo construyó? ¿Quién mantenía las antorchas encendidas? Y, lo más importante, ¿adónde llevaba aquel túnel?
Al final, y a pesar de que todos sus instintos le decían que era mala idea, no pudo resistir a la curiosidad. Con un par de patadas más, abrió un espacio lo suficientemente grande como para pasar.
Nunca antes había sentido tanta fascinación, tanta emoción al explorar un lugar. En otros, había descubierto viejas y curiosas reliquias, de coches ochocientistas a viejos folletos escolares, o detalles de la historia que nunca hubiera imaginado, pero allí había un misterio, un secreto que desvelar.
El paso bajaba y bajaba, penetrando cada vez más profundo en las entrañas de la Tierra. Marco no sabía exactamente cuánto había caminado, aunque le parecía más de un kilómetro, cuando, después de una curva, el túnel quedó más ancho y se convirtió en una caverna aparentemente natural.
En ese instante, paró. Frente a él, encadenados a la pared derecha, había una docena de hombres y mujeres. Éstos llevaban ropa rasgada, y tenían los cuerpos cubiertos de cicatrices, heridas abiertas y contusiones, como si hubieran sido torturados durante meses. Sin embargo, lo que más impresionó a Marco fue el hecho de que ninguno de ellos tenía boca. Sus labios parecían estar fundidos el uno al otro, creando una repugnante membrana opaca de piel y carne.
Al ver al explorador, los pobres desgraciados intentaron llamarlo, sin embargo, aunque sus mandíbulas se movían, sólo lograban emitir un murmullo gutural.
La primera reacción de Marco no fue correr a pedir ayuda, sino sacar su móvil y filmar. Después de todo, tenía allí la oportunidad de capturar el mejor video de YouTube.
Lentamente, entró en la caverna, acercándose a los prisioneros para un primer plano. En su ansia de obtener los ángulos más impresionantes, ignoró lo que se encontraba al otro lado de la caverna. Cuando finalmente se dio la vuelta, dejó caer el móvil, porque si en el lado derecho había almas torturadas, el izquierdo estaba ocupado por monstruos.
Una de las criaturas se parecía a un ciempiés, con una decena de piernas humanas y otros tantos senos, terminada en ambos extremos por la cara de un hombre. Otra tenía cuerpo de mujer, pero docenas de tentáculos le crecían donde debían estar sus brazos y piernas. En una esquina, se veía una bola compuesta de cuerpos fundidos unos a los otros, como un mosaico, y, a su lado, una forma amorfa hecha de carne y cubierta por caras humanas. Un hombre tenía cuatro piernas, pero ningún brazo. Cabezas reemplazaban las manos de otro.
Trozos medio digeridos de hamburguesa y Pepsi-Cola chorrearon de la boca de Marco hacia sus zapatillas. Las náuseas eran tan fuertes que tuvo que apoyarse en una pared.
Poco a poco, después de varios intentos y de mucho vomitar, se acostumbró a la horrible escena. Entonces, se dio cuenta de que tenía allí la oportunidad de hacer su video aún más fantástico, así que cogió su móvil y reanudó lo rodaje.
De repente, oyó un ruido acercándose desde un túnel situado en el lado opuesto a aquel por el que había entrado. Asustado, retrocedió, escondiéndose mientras miraba detrás de la curva. Alguien o algo le había hecho aquello a aquella gente, y no tenía ganas de conocerlo.
Del otro túnel, surgió un grupo de criaturas que sólo podían llamarse de demonios. Tenían cuerpos vagamente humanoides, más próximos de los simios que de los homínidos. Sus cabezas se parecían a de las cabras, pero estaban parcialmente descompuestas, por lo que el cráneo era visible, mientras cortes y otras llagas, goteando constantemente pus, cubrían casi toda su piel.
Ellos soltaron a los prisioneros y los cargaron sobre los hombros al segundo túnel.
Marco temblaba como una hoja. Por un momento, dudó. Después de todo, ya había grabado más que lo suficiente para crear uno de los videos más vistos de YouTube. Sin embargo, no pudo contener su curiosidad y siguió a las criaturas.
El segundo túnel resultó ser mucho más corto que el primero, pero tenía varias curvas y contracurvas e incluso una espiral descendente. En el otro extremo, Marco encontró una nueva caverna, también ella mucho más pequeña que la anterior. Allí había otro demonio, éste mucho más grande que los otros, pálido y con múltiples brazos. Tenía un cuerpo delgado y serpentiforme terminado por una cabeza andrógina coronada por un cuerno curvado.
