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La invasión rusa de Ucrania, que comenzó en el año 2022, constituye, sin duda alguna, el conflicto armado internacional más importante desde el fin de la Guerra Fría, no solo por su impacto humanitario y económico, sino también por sus posibles consecuencias geopolíticas sobre el orden internacional. Esto obliga a estudiar la guerra de Ucrania también desde una perspectiva latinoamericana. Por ello, el presente libro, a través de nueve capítulos a cargo de docentes de la especialidad de Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, pretende comprender el conflicto desde distintos enfoques que enfatizan aspectos históricos y económicos, hasta aquellos que incorporan los intereses de las principales potencias mundiales y del Perú en la guerra.
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Seitenzahl: 614
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Sebastien Adins es doctor en Ciencia Política y Gobierno por la PUCP, magíster en Relaciones Internacionales y magíster en Economía, ambos por la Universidad de Gante (Bélgica). Es profesor ordinario de la PUCP, director de la especialidad de Relaciones Internacionales y coordinador del Grupo de Investigación sobre el Orden Internacional y Órdenes Regionales (GIOR) en la misma casa de estudios. Ha sido profesor en la Academia Diplomática del Perú y profesor visitante en la Universidad de Gante (Bélgica).
Oscar Vidarte Arévalo es doctor en Ciencia Política y Gobierno por la PUCP y magíster en Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia). Tiene estudios en Seguridad Internacional por la Universidad de Delaware (Estados Unidos). Es profesor ordinario de la PUCP y coordinador del Grupo de Investigación sobre Política Exterior Peruana (GIPEP) en la misma casa de estudios. Ha sido profesor en la Academia Diplomática del Perú, la Escuela Superior de Guerra Naval y profesor visitante en la Universidad Iberoamericana (México).
Sebastien Adins y Oscar Vidarte ArévaloEditores
LA GUERRA EN UCRANIA
Consideraciones políticas, económicas e históricas en un orden internacional en transición
La guerra en UcraniaConsideraciones políticas, económicas e históricas en un orden internacional en transiciónSebastien Adins y Oscar Vidarte Arévalo, editores
© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2024Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú[email protected]
Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP
Primera edición digital: abril de 2024
Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2024-03321e-ISBN: 978-612-317-949-6
Índice
Introducción
Sebastien Adins y Oscar Vidarte A.
Capítulo 1. Antecedentes históricos de la guerra ruso-ucraniana
Sebastien Adins
Capítulo 2. ¿Del fin de la historia a las historias del fin?La guerra Rusia-Ucrania en el incierto futuro del (des)orden mundial
Daniele Benzi
Capítulo 3. ¿Crisis de la globalización? Implicancias económicas de la guerra en Ucrania
Julissa Castro Silva
Capítulo 4. Interdependencia económica y guerra en Ucrania
Farid Kahhat
Capítulo 5. La política exterior peruana frente a la crisis en Ucrania
Oscar Vidarte A.
Capítulo 6. Los debates de política exterior de Estados Unidos frente a la invasión rusa de Ucrania
Nicolás Terradas
Capítulo 7. La opinión pública china en revolución
Patricia Castro Obando
Capítulo 8. La Unión Europea y la guerra en Ucrania: precedentes, respuestas y consecuencias para la región
Mayte Anaís Dongo Sueiro
Capítulo 9. Caminos del multilateralismo en la ONU: el abordaje de la guerra entre Rusia y Ucrania
Mildred Rooney Paredes
Sobre los autores
Introducción
Sebastien AdinsOscar Vidarte A.
Cuando escribimos estas líneas, en marzo de 2024, la guerra entre Rusia y Ucrania ya se ha prolongado por más de dos años, y ninguna de las partes involucradas parece tener incentivos para iniciar el diálogo para detener las hostilidades. En Ucrania, tanto la administración de Volodímir Zelenski como una gran mayoría de la población se niega a negociar con Moscú sobre la cesión de territorios a Rusia —incluida Crimea— o sobre su ingreso a la OTAN1. A su vez, desde la perspectiva del Kremlin, un retiro de las tropas rusas desde territorios que oficialmente ya pertenecen a Rusia (un aproximado 18% del territorio de Ucrania), después de las decenas de miles de bajas, podría bien desestabilizar al régimen de Vladimir Putin2. Finalmente, como ha reconocido Joe Biden en varias ocasiones, un motivo detrás del respaldo estadounidense a Ucrania refiere al debilitamiento militar de Rusia, un histórico rival, o, de acuerdo con la lógica binaria del mandatario, de los oponentes al «Mundo Libre», liderados por China. Esta política tampoco parece que vaya a cambiar pronto, por lo menos antes de que termine el mandato del actual presidente estadounidense en enero de 2025.
En el frente, el año 2023 no inauguró grandes cambios, con la excepción de la toma de Bajmut/Artemivsk por parte de Rusia y la recuperación de un número muy reducido de pueblos por Ucrania al sur de Zaporiyia, como parte de su anunciada «contraofensiva». Así, mientras se mantuvieron las hostilidades, la guerra pareció estancarse territorialmente, buscando el desgaste de la contraparte. No obstante, además de su superioridad en materia productiva y demográfica frente a Ucrania, Rusia cuenta con la ventaja de la defensa de territorios bajo su control desde 2022. En tal sentido, logró corregir varios de sus errores cometidos durante el primer año de guerra, lo que hace el escenario de una completa restauración de la integridad territorial de Ucrania cada vez más distante. Incluso está por verse si el retiro ucraniano desde Avdíivka/Avdéyevka, una localidad estratégica y simbólica, tras haber estado en el frente desde el año 2014, pueda representar un punto de partida de una renovada ofensiva rusa en el este del país.
Si bien no se trata de la única guerra interestatal del presente siglo3, ni tampoco de la más mortal4, el hecho de que involucra directamente a una potencia nuclear —y, de modo indirecto, a cuatro5— y que ocurre en la región considerada la más pacífica del mundo desde 1945, produce gran preocupación en la comunidad internacional. Asimismo, como es sabido, se desarrolla en un contexto internacional particularmente tenso, caracterizado por la competencia estratégica entre Estados Unidos y la República Popular China, el estrés que conlleva la desaceleración de la economía global y un incremento en el número de conflictos internos a nivel global. Tal vez, por ahora, la única manera de silenciar las armas y detener las pérdidas de más vidas humanas sería a través de un «congelamiento» del conflicto, al igual que en otras áreas del espacio postsoviético, es decir, sin negociar un acuerdo de paz en el corto plazo.
Si bien aún resulta difícil determinar si la guerra ruso-ucraniana será recordada como un punto de inflexión en la historia del siglo XXI, ya podemos identificar algunas tendencias derivadas del conflicto que parecen mantenerse en el corto y mediano plazo. Primero, con el régimen de sanciones más comprehensivo en su contra, Rusia se encuentra aún más separada de Occidente que en la época de la Guerra Fría, con una disminución dramática de sus vínculos comerciales y económicos (oficiales, en todo caso6), así como una importante reducción en los flujos de personas, siendo la suspensión de todos los vuelos comerciales entre ambas partes un símbolo de esta brecha. Más allá de las esporádicas llamadas telefónicas hasta 2023 entre los presidentes de Rusia y de Francia, Putin y Macron, o el mantenimiento de algunos canales extraoficiales de diálogo entre Moscú y Washington, se ha llegado a un punto muerto en la diplomacia directa entre las partes contrapuestas. No obstante, es importante resaltar que la gran mayoría de los Estados en el mundo, si bien se oponen a una guerra de estas dimensiones, no participan en la política occidental de sanciones. Además, por ahora, el alto precio de los hidrocarburos, el incremento en la demanda china e india de productos rusos, y la activación de una economía de guerra en Rusia parecen reducir el impacto de estas sanciones, al menos en el corto plazo. Así, la economía rusa habría crecido 3,6% en el año 2023, muy por encima del -0,3% de Alemania, el 0,1% de Reino Unido o el 0,9% de Francia7.
Por otra parte, con una intensificación de la cooperación entre Rusia y China, solo se acentúan las asimetrías entre ambos socios, reduciendo la autonomía estratégica del primero. Asimismo, tanto las evidentes dificultades de logística y coordinación de las fuerzas armadas rusas durante los primeros meses de combate, como el incremento de ataques contra objetivos estratégicos dentro de Rusia, se presentaron como golpes para la imagen de «potencia militar». Finalmente, está claro que el accionar irrendentista ruso en Ucrania ha contraído una gran preocupación en otras ex repúblicas soviéticas, como Moldavia, Armenia o Kazajistán, ahora más dispuestos a acercarse a Occidente o a China. Paradójicamente, si con la invasión de Ucrania Moscú aspiraba repotenciar su hegemonía en el espacio postsoviético, la guerra parece haber traído lo contrario (por ahora, con la excepción de Bielorrusia). Con todo, la guerra habrá fortalecido, ahora más que nunca, el «pivote al este» de Rusia.
En segundo lugar, el inicio de la guerra en Ucrania trajo la imagen de mayor unidad entre los países del Occidente político, tanto en la OTAN, la Unión Europea (UE) o el G7. Desde esta perspectiva, parecemos estar lejos de la desconfianza que marcó la relación trasatlántica durante la administración Trump (2017-2021), de la acumulación de tensiones entre la UE y dos vecinos de Ucrania (Hungría y Polonia) o los cuestionamientos de Macron en cuanto a la sostenibilidad de la OTAN. Si la alianza militar tuvo dificultades para formular una misión clara luego de la disolución del Pacto de Varsovia (y con varias de sus intervenciones en tajante contradicción con su carácter defensivo), definitivamente, desde 2022 encuentra en Rusia una renovada raison d’être. La adhesión de Finlandia (en 2023) y Suecia (en 2024) a la OTAN, algo casi inimaginable hace una década, solo refuerza esta idea. Empero, con un mayor protagonismo de la OTAN, también volvió a reducirse la misma autonomía estratégica de la UE, una prioridad histórica para Francia y, en menor medida, para Alemania.
Cabe señalar que, si bien Occidente se encuentra unido en condenar las acciones rusas y respaldar a Ucrania, está claro que los efectos de la guerra se hacen sentir principalmente en el Viejo Continente, y no en los Estados Unidos. Asimismo, está por verse hasta cuándo se podrá mantener esta unidad, pues se observan ciertos síntomas de fatiga respecto a la guerra y la ayuda a Kiev, tanto a nivel oficial como entre la población8. Las recurrentes tensiones entre Ucrania y Polonia en materia agrícola y migratoria, la reciente divergencia entre Berlín y París respecto a la entrega de determinadas armas (o, incluso, el envío de tropas) a Ucrania o el creciente escepticismo entre los republicanos en Washington, son solo algunos reflejos de esta tendencia. A su vez, los problemas de abastecimiento militar que enfrenta Kiev, sumados a algunos avances rusos desde finales de 2023 y la perspectiva de un retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, están alimentando un marcado pesimismo en las capitales de Occidente en cuanto al posible desenlace de la guerra. El hecho de que —más allá de respaldar a Kiev, aislar a Rusia y oponerse a cualquier tipo de negociaciones— Occidente no parece poseer una estrategia que contemple varios escenarios solo exacerba este sentimiento. Así las cosas, sobre todo en el Viejo Continente, se hacen cada vez más frecuentes las alusiones públicas a la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, donde el actual conflicto solo constituiría el comienzo de un enfrentamiento de gran escala entre Rusia y la OTAN.
Respecto a la ayuda occidental a Ucrania, según el Kiel Institute for the World Economy, entre el 24 de enero de 2022 y el 15 de enero 2024, la Unión Europea y sus Estados miembros habían aportado 144 100 millones de dólares, mientras el aporte de los Estados Unidos fue de 67 700 millones, siendo la ayuda militar y financiera mucho más significativa que la humanitaria9. Además, mientras que la ayuda estadounidense —casi exclusivamente militar— fue facilitada sobre la base de cuatro leyes aprobadas por el Congreso en el año 2022, la mayor parte de la ayuda europea —tanto financiera como militar— recién se aprobó a partir de 2023 (en el caso del «Mecanismo para Ucrania» de 50 000 millones de euros, en febrero de 2024) y recién está llegando a Ucrania10. Si bien según la misma fuente, dicha ayuda se encuentra muy por debajo de otras iniciativas, como la guerra en Iraq para Estados Unidos o el fondo Próxima Generación de la UE11, sorprende la manera en que se vinieron cruzando constantemente nuevas líneas rojas, primero con el envío de tanques a Ucrania, luego aviones de combate y también misiles de largo alcance. Por otro lado, si la ayuda occidental contribuyó a la escalada de la violencia en Ucrania —y la misma inseguridad en Europa—, tanto la oposición de la administración de Biden al pronto ingreso del país a la OTAN como su pronto distanciamiento de la insurrección de Yevgueni Prigozhin en junio de 2023 son muestras de que Estados Unidos tampoco quiere provocar más a un rival poseedor del primer arsenal nuclear del mundo.
Ahora bien, más allá de la ayuda brindada a Ucrania, el inicio de la guerra claramente constituye un momento de inflexión para Europa —en palabras del canciller alemán Olaf Scholz: una Zeitenwende— con diversas nuevas iniciativas en materia militar y, sobre todo, un incremento histórico en el gasto militar de los integrantes de la UE. Así, el presupuesto en defensa alemán pasó de 1,2% de su PBI en 2018 a un proyectado 2% en 2024; el de Polonia del 2% en 2018 al 3,8% en 202312. Definitivamente quedó atrás la idea, muy poderosa desde la década de 1990 en varias capitales de Europa, de que el siglo XXI inauguraría una era de cooperación e interdependencia o que su agenda de seguridad solo abarcaría «nuevos» desafíos o amenazas, como el terrorismo, el cambio climático y la descomposición de Estados13.
Luego de lo dicho, se podría concluir que el 24-F ha exacerbado la división del mundo en dos bandos, liderados por Washington y Beijing, respectivamente, y con una pérdida de autonomía estratégica para Bruselas y Moscú. Sin embargo, al igual que durante la histórica Guerra Fría, una mayoría de Estados del denominado «Sur Global» ha suscrito una postura pragmática —no alineada, si se quiere— que combina una defensa de los principios de integridad territorial y no intervención, con una cooperación selectiva con Moscú, por ejemplo, en cuestiones comerciales o de seguridad y defensa. Incluso algunos aliados de Washington, como Israel, Emiratos Árabes Unidos y Turquía, coinciden con dicha línea. Así también India, más allá de los reproches de Narendra Modi de que «no es momento para una guerra», incrementó dramáticamente la importación de petróleo ruso y mantuvo su cooperación con Moscú, un tradicional socio estratégico y proveedor de armas. Probablemente las siguientes palabras de su ministro de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, resumen una posición muy generalizada fuera de Occidente: «Europe has to grow out of the mindset that Europe’s problems are the world’s problems, but the world’s problems are not Europe’s problems»14. Así las cosas, no sorprende que la mayoría de las propuestas serias de mediación en la guerra provengan de este grupo de Estados «neutros». Por otro lado, para muchos en el mundo no occidental, la indolencia manifestada por Occidente ante la guerra en Gaza solo parece reafirmar el doble estándar del bloque en la política internacional.
Finalmente, con respecto a la modalidad de la guerra, llama la atención cómo parecen combinarse prácticas que solíamos asociar con el pasado, como las «trincheras» o una invasión masiva con tanques, con tecnologías bélicas de punta del siglo XXI, como el uso masivo de drones, satélites o big data para mejorar la performance de combate. Por otro lado, la guerra en Ucrania revela un fenómeno que ya se había manifestado en otros conflictos recientes y que refiere a la participación de actores no convencionales, que algunos expertos describen como la «privatización» de la guerra. Así, por ejemplo, del lado ruso ha sido ampliamente analizada la participación de empresas militares privadas («PMSC») como el Grupo Wagner, Redut o Patriot, así como las milicias de las «Repúblicas Populares» de Donetsk y Luhansk y la que lidera el jefe checheno Ramzán Kadírov. A su vez, asociadas a las fuerzas armadas ucranianas se encuentran múltiples batallones voluntarios, creados en el contexto del «Euromaidán» de 2014, así como una legión extranjera basada en unos veinte mil «voluntarios», mayormente de origen canadiense, polaco, estadounidense y hasta colombiano.
El propósito de este libro es ofrecer al lector, a través de nueve capítulos y desde una perspectiva interdisciplinaria propia de las Relaciones Internacionales, diferentes enfoques que buscan, en su conjunto, mejorar la comprensión del origen de la guerra ruso-ucraniana y analizar sus consecuencias políticas y económicas, la postura de los principales protagonistas frente a la misma y los intereses del Perú involucrados en el contexto del conflicto. Cabe resaltar que los nueve autores son docentes de la Pontificia Universidad Católica el Perú, y en la mayor parte de los casos, afiliados a la especialidad de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Sociales.
El primer capítulo, «Antecedentes históricos de la guerra ruso-ucraniana», a cargo de Sebastien Adins, busca entender el actual conflicto desde una perspectiva histórica, haciendo énfasis en los principales momentos de Ucrania en su relación con Rusia y Occidente. Asimismo, propone que la actual situación solo pueda ser comprendida como una confluencia de la crisis nacional en la Ucrania posindependencia, con la denominada «cuestión ucraniana», entendida como su compleja posición en el conflicto entre Rusia y Occidente.
El segundo capítulo, escrito por Daniele Benzi y titulado «¿Del fin de la historia a las historias del fin? La guerra Rusia-Ucrania en el incierto futuro del (des)orden mundial», pretende analizar las implicancias de la guerra en Ucrania en el orden mundial contemporáneo. Para dicho fin, no solo prioriza la dimensión global del conflicto, tanto en términos de su impacto político y económico, sino también busca comprenderla como expresión de la crisis del orden internacional liberal liderado por Occidente, confirmando la existencia de un momento complejo en el actual devenir histórico.
Julissa Castro es la autora del tercer capítulo, «¿Crisis de la globalización? Implicancias económicas de la guerra en Ucrania». Además de identificar las repercusiones del conflicto en los precios de los alimentos y la energía, Castro busca explicar esta crisis como parte de un cambio de paradigma en la globalización económica. Para ello, partiendo de lo que denomina «crisis en la globalización», estudia las trasformaciones que se dan en la economía mundial, con especial interés en el desacoplamiento de la producción y las cadenas de valor.
En el cuarto capítulo «Interdependencia económica y guerra en Ucrania», Farid Kahhat examina la importancia de la interdependencia económica para comprender el origen y el desarrollo del conflicto. De esta forma, se analizan los errores de cálculo tanto de Rusia como de la OTAN en relación a los costos que se producirían al darse un conflicto, así como el impacto que pueden tener las sanciones económicas sobre Rusia y consideraciones en materia política y de seguridad que bien permiten explicar la racionalidad inherente al accionar ruso en el conflicto.
Por su parte, Oscar Vidarte desarrolla en el quinto capítulo, «La política exterior peruana frente a la crisis en Ucrania», las acciones tomadas por los diferentes gobiernos peruanos desde el origen de la crisis ucraniana en 2014 hasta el escenario bélico actual. Desde una perspectiva que prioriza los intereses del Perú, se va a demostrar que, si bien la posición asumida siempre ha sido de defensa de la soberanía de Ucrania, esto no ha implicado un alineamiento total con Occidente, pues el Perú ha mantenido sus vínculos con Rusia. Esto denota un cierto nivel de pragmatismo y realismo que cabe resaltar.
El sexto capítulo, escrito por Nicolás Terradas y titulado «Los debates de política exterior de Estados Unidos frente a la invasión rusa de Ucrania», busca explicar el impacto del conflicto en Ucrania en los debates sobre el rol de liderazgo global de Estados Unidos. En un escenario de debilitamiento de la hegemonía estadounidense, resulta de gran relevancia comprender los planteamientos de los diferentes enfoques teóricos respecto a la política exterior de Estados Unidos, desde el «momento unipolar» que surge a fines de la Guerra Fría, hasta el momento actual marcado por la guerra en Ucrania.
Al igual que Estados Unidos, China también presenta sus propios debates. Por ello, en el capítulo sétimo, «La opinión pública china en revolución», Patricia Castro plantea que, a diferencia del equilibrismo que practica el gobierno chino frente a la guerra entre Rusia y Ucrania, inicialmente la opinión pública china apoyó la invasión rusa, marcando una clara tendencia a favor de Moscú. No obstante, a pesar de la propaganda estatal, la postura prorrusa del público chino ha empezado a pendular, apuntando ahora a la neutralidad de China y pidiendo el fin de la guerra.
El capítulo octavo, escrito por Mayte Dongo Sueiro, «La Unión Europea y la Guerra en Ucrania: precedentes, respuestas y consecuencias para la región», tiene como objetivo explicar las consecuencias del conflicto ucraniano para la Unión Europea, tanto en el impacto político y económico de la guerra en los países europeos, como en el relacionamiento internacional de la Unión Europea con otros actores internacionales. En todo caso, se plantea la necesidad de repensar la política de seguridad comunitaria en el ámbito interno, entre los Estados que conforma la Unión Europea, y en su dimensión externa, más allá de su relación con Estados Unidos.
Finalmente, el papel de la Organización de las Naciones Unidas es desarrollado por Mildred Rooney en el capítulo noveno, titulado «Caminos del multilateralismo en la ONU: el abordaje de la guerra entre Rusia y Ucrania». A partir de un análisis exploratorio y descriptivo, desarrolla la diversidad de respuestas de los principales órganos de las Naciones Unidas y de los actores estatales que las conforman, para abordar el conflicto ucraniano. Para ello estudia el comportamiento del Consejo de Seguridad, la Asamblea General y el Consejo de Derecho Humanos, el papel de la Secretaría General y el proceder de la Corte Internacional de Justicia y de la Corte Penal Internacional.
Para terminar, queremos agradecer el apoyo recibido por la especialidad de Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Fondo Editorial de la misma casa de estudios para hacer posible este libro.
1 Sin embargo, según el Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS), hay un ligero aumento en el porcentaje de la población que se muestra dispuesta a ceder «ciertos territorios a Rusia, a cambio de restaurar la paz y preservar la independencia», al pasar de 8% en diciembre de 2022 a un 19% en diciembre de 2023 (https://kiis.com.ua/?lang=eng&cat=reports&id=1332&page=1). A su vez, un 89% de la población ucraniana desea el ingreso de su país a la OTAN para el año 2030, mientras que un 18% aceptaría abandonar dicha aspiración a cambio de la paz (https://kiis.com.ua/?lang=eng&cat=reports&id=1258&page=2&t=13).
2 Según el Centro Levada, en noviembre de 2023, un 74% de la población entrevistada en Rusia dijo respaldar las acciones de sus fuerzas armadas en Ucrania (con un 39%, definitively yes; y otro 35%, rather yes). Sin embargo, al mismo tiempo, un 57% se mostró a favor del inicio de negociaciones de paz (https://www.levada.ru/en/2024/01/26/conflict-with-ukraine-assessments-for-november-2023/).
3 Generalmente, se define una guerra como un conflicto armado que genera una mortalidad anual por encima de las 1000 víctimas. Así, en lo que va del siglo XXI se produjeron seis guerras interestatales: la Segunda Guerra del Congo (1998-2003, aunque combinó la lógica de una guerra intraestatal internacionalizada y la de una guerra interestatal), las invasiones de Estados Unidos en Afganistán (2001) e Iraq (2003), la primera etapa de la actual guerra en Ucrania (2014-2015), la invasión turca del norte de Siria (2016) y la guerra entre Armenia y Azerbaiyán por el territorio de Nagorno Karabaj (2020-2023).
4 De las guerras mencionadas, la Segunda Guerra del Congo, también denominada «Gran Guerra del África», fue la más mortal con un saldo de víctimas estimado entre 3 y 5,4 millones.
5 Tres miembros de la OTAN (Estados Unidos, Reino Unido y Francia) cuentan con un arsenal nuclear y dos de ellos (Estados Unidos y Reino Unido) figuran entre los tres países que más ayuda militar brindan a Ucrania (https://www.ifw-kiel.de/topics/war-against-ukraine/ukraine-support-tracker/).
6 Se sabe sobre varias desviaciones del comercio entre Occidente y Rusia, a través de terceros países como Turquía, Kazajistán o el Cáucaso. Asimismo, pese a su política oficial, varias empresas occidentales se mantienen en el mercado ruso.
7 https://www.france24.com/en/europe/20240316-after-two-years-war-ukraine-russian-economy-resilient-sanctions-putin-but-how-long
8 Así, por ejemplo, en Estados Unidos, el porcentaje de personas entrevistadas que consideran que su país está ayudando demasiado a Ucrania pasó de 24% en agosto 2022 a 41% en noviembre de 2023, aunque con una clara brecha interpartidaria: solo 14% de demócratas respalda la anterior afirmación, frente a un 62% de republicanos (https://news.gallup.com/poll/513680/american-views-ukraine-war-charts.aspx). A su vez, según un estudio de febrero de 2024 en la Unión Europa, un 41% de los entrevistados defendió la opción de que el bloque tiene que presionar a Ucrania para iniciar negociaciones de paz con Rusia (contra un 31% que cree que la UE tiene que apoyar a Ucrania hasta que recupere todos los territorios bajo control ruso). En cambio, solo un 10% cree en la posibilidad de una victoria ucraniana, contra un 20% que anticipa una victoria rusa y un 37% que espera una salida negociada del conflicto. Sorprendentemente, un 37% defiende que la UE ha jugado un rol negativo en la guerra, contra un 29% que le atribuye un rol positivo (https://ecfr.eu/publication/wars-and-elections-how-european-leaders-can-maintain-public-support-for-ukraine/).
9 https://www.ifw-kiel.de/topics/war-against-ukraine/ukraine-support-tracker/
10 https://www.ifw-kiel.de/fileadmin/Dateiverwaltung/Subject_Dossiers_Topics/Ukraine/Ukraine_Support_Tracker/Methodological-Update-Feb-2024_UST.pdf
11 Según el IFW (2023), en mayo de 2023 la ayuda militar de los Estados Unidos a Ucrania había llegado al 0,18% de su PBI, en contraste con la guerra en Iraq, que le costó un 0,67% del PBI, o la guerra en Vietnam (1965-1975) un 0,96%. Asimismo, el paquete de ayuda financiera de la UE alcanza los 75 000 millones de dólares, contra los 886 000 millones del Fondo Next Generation.
12 https://www.reuters.com/world/europe/scope-polands-spending-spree-focus-nato-ups-defence-goal-2023-07-12/
13 Véase, por ejemplo, la Estrategia Europea de Seguridad de 2003.
14 https://www.youtube.com/watch?v=2R1z5_KBHw4&t=130s
Capítulo 1. Antecedentes históricos de la guerra ruso-ucraniana
Sebastien Adins
1. Introducción
Una dimensión importante de cualquier guerra concierne a la contraposición de narrativas sobre el pasado, como un medio de justificar las acciones de las partes involucradas. Esto es particularmente cierto en el caso de la actual guerra ruso-ucraniana. Como se expondrá con mayor detalle en este capítulo, según la historiografía rusa convencional, Kiev es considerado la ciudad «madre» del país —su cuna civilizatoria— y Ucrania parte de la gran nación panrusa. Por lo tanto, el nacionalismo ucraniano se percibe artificial o como el producto de intereses extranjeros para debilitar a Rusia. A su vez, una mayoría de historiadores ucranianos procura enfatizar la singularidad de su país frente al gran vecino, al presentarlo como una nación histórica insertada en la tradición ilustrada y democrática de Occidente, en contraste con la cultura autocrática rusa heredada desde la era mongol. Desde esta perspectiva, Rusia es vista como una amenaza constante a lo largo de la historia de Ucrania, omitiendo así los episodios de convivencia y la gran interdependencia entre ambas sociedades hasta la actualidad.
Este capítulo, además de comprender la actual guerra desde una perspectiva histórica, se propone ir más allá de las generalizaciones y revisionismos presentes en ambas perspectivas. Se constatará, en primer lugar, que casi toda la historia ucraniana ha sido escrita por terceros, principalmente desde Polonia, Rusia y, en menor medida, Austria, el Imperio Otomano y Alemania. Son los primeros dos Estados los que más cuestionaron la existencia de una nación ucraniana desde el siglo XIX, aunque mientras Polonia, movida por intereses geopolíticos, llegó a aceptar la estatalidad ucraniana desde la segunda mitad del siglo XX, todavía le cuesta a Rusia reconocer la plena independencia de Ucrania como Estado-nación. Sin embargo, más allá de las fricciones que han surgido por esta razón con Rusia en épocas recientes, los periodos de unión y fraternidad han sido mucho más frecuentes, haciendo que el actual conflicto sea aún más trágico.
En segundo lugar, la actual guerra ruso-ucraniana constituye el resultado de la confluencia de dos grandes problemáticas interconectadas: la crisis (nacional) ucraniana y la pugna geopolítica en torno al país, que denominaremos la «cuestión ucraniana». Por un lado, desde la independencia de Ucrania, se ha visto una exacerbación de las tensiones internas entre un campo etnonacionalista y aquellos que defienden un Estado que reconoce la diversidad de su población, empezando con el de facto bilingüismo y los derechos de la importante minoría rusa. Dicha división originó una profunda crisis nacional, reforzada por el mal manejo político y económico del país. Por otro lado, a lo largo de las últimas tres décadas, Ucrania se ha convertido en el objeto de una pugna geopolítica cada vez más intensa entre Occidente y Rusia, presionando a Kiev a elegir entre uno de los dos bandos.
Antes de repasar los principales hitos en la historia de Ucrania, con énfasis en sus vínculos con Rusia y Occidente, es menester considerar ciertos aspectos más generales del país. Para comenzar, se trata del segundo Estado más extenso de Europa después de Rusia, con la mayor parte del país ubicado en la Gran Llanura Europea, con la excepción de los Cárpatos en el extremo oeste y la particular geografía de Crimea. Este hecho ayuda a entender por qué históricamente las tierras ucranianas fueron un lugar de tránsito, como en la época de las grandes migraciones, o el teatro de dramáticos enfrentamientos bélicos entre las potencias europeas. En términos paisajísticos, Ucrania se divide en tres grandes zonas: los bosques al norte, las estepas al sur y una zona intermedia, conocida por sus tierras negras (chernozem), consideradas como las más fértiles del mundo. Estas últimas ya fueron cultivadas para proveer cereales a la antigua Grecia, y convirtieron a Ucrania en el Kornkammer o «granero» de Europa desde el siglo XVI. Si el lector se quiere imaginar un paisaje típico de Ucrania durante el verano, basta observar su bandera, con el contraste entre el cielo azul y los interminables campos de trigo, de color amarillo.
Más allá del significado original del término Ukraïna —literalmente: «tierra de frontera»—, históricamente Ucrania fue un espacio de encuentro entre imperios y culturas1. Así, durante la antigüedad, se encontró en el límite del mundo clásico (con diversas colonias griegas en las costas del Mar Negro) y las regiones nómadas del norte. Veinte siglos después, estuvo ubicada en el cruce de los ámbitos católico (Polonia), ortodoxo (Rusia) e islámico (Imperio otomano), para volver a dividirse entre los Imperios austriaco y ruso en el siglo XIX y Checoslovaquia, Polonia, Rumanía y la URSS en el interbellum. En materia cultural, en parte por su historia compleja, Ucrania fue una de las zonas más diversas de Europa. Si bien los ucranianos solían predominar en el campo, las ciudades albergaron grandes cantidades de rusos, judíos, polacos, alemanes, griegos y armenios. Sin embargo, tras las masacres e «intercambios poblacionales» (un eufemismo para limpiezas étnicas) de la primera mitad del siglo XX, Ucrania se quedó con una sociedad mayormente binacional. Si bien un 80% de la población actual son ucranianos (siendo el restante sobre todo ruso-ucranianos), por lo menos un 40% es rusófono o habla súrzhyk, dialectos que mezclan ambos idiomas2. A modo ilustrativo: de los seis presidentes elegidos en Ucrania desde la independencia, tres fueron rusófonos3.
2. La Ucrania presoviética: una «tierra fronteriza»
Rusia, Bielorrusia y Ucrania consideran la denominada «Rus de Kiev» como el punto de partida de su historia nacional. Así, las palabras «Rusia»4 y «rutenos»5 derivan del nombre de este Estado medieval. Si bien Kiev fue fundada por los jasares alrededor del siglo VI, pronto una parte sustancial de Europa Oriental quedó bajo el dominio de los eslavos. Según una crónica del siglo XII, ante las constantes hostilidades entre estos eslavos, en el año 862 se invitó a un grupo de vikingos para gobernarlos. Con ello nació la dinastía de los Riúrik (originalmente Rørik). Más allá de la veracidad de dicha «invitación», es un hecho que, en esta época, Kiev creció como asentamiento en la importante ruta comercial fluvial entre Escandinavia y Bizancio, usada por los vikingos para vender sus productos a cambio de monedas de plata árabes. Si bien los primeros Riúrik aún llevaron nombres germanos, a finales del siglo X adoptaron equivalentes eslavos (Detrez, 2015).
En medio de conflictos dinásticos, el gran-principado llegó a su auge con Vladimir (980-1015) y Jaroslav (1019-1054). Con el primero se abandonó el paganismo a favor del cristianismo y se adoptó como idioma oficial al antiguo eslavo eclesiástico, con su característico alfabeto cirílico. Bautizado en Quersoneso (hoy cerca de Sebastopol) y devenido en santo para los ortodoxos, «Vladimir el Grande» les daría su nombre a los actuales mandatarios de Rusia y Ucrania, Vladimir Putin y Volodímir Zelenski. Mientras tanto, con «Jaroslav el Sabio», la Rus de Kiev se convirtió en el estado europeo más extenso de la época y se dieron importantes avances a nivel cultural y legal (Jansen, 2014). Dado que Bizancio fue, en varios momentos, rival de Kiev, también sirvió de inspiración para ambos gran-príncipes, tal como se puede observar en la arquitectura y las artes de aquella época. Cabe mencionar que una mayoría de la población de la Rus de Kiev hablaba dialectos del eslavo oriental, un idioma que recién para el siglo XII se dividiría en una rama rusa, ucraniana y bielorrusa.
Desde hace por lo menos un siglo y medio, se ha producido una disputa entre historiadores rusos y ucranianos sobre el legado de la Rus de Kiev. Mientras que para Moscú existe una continuidad entre Kiev y el Estado ruso en base a la dinastía Riúrik —que gobernó sobre Moscovia hasta 1598—, la historiografía ucraniana convencional defiende que el Estado moderno de Ucrania constituye el sucesor «natural» de la Rus de Kiev, a través del principado Galitzia-Volinia6 (1199-1349), el Gran Ducado de Lituania, el Hetmanato cosaco (1648-1775) y las repúblicas ucranianas de inicios del siglo XX. Simbólicamente, el mencionado Jaroslav aparece en los billetes tanto de 2 hryvnia —con un aspecto cosaco— como de 1000 rublos —con un estilo más propio de un zar ruso y la ciudad rusa homónima al fondo—. Igual de ilustrativo es que, desde el inicio de la invasión rusa en febrero de 2022, varios medios de comunicación e integrantes del gobierno en Ucrania han reemplazado el topónimo «Rusia» por «Moscovia», subrayando así la «esencia» ucraniana de la Rus de Kiev.
Luego de la muerte de Jaroslav, la Rus de Kiev se volvió a dividir entre varios de sus hijos y se redujo la importancia política y económica de Kiev a favor de principados periféricos, como Nóvgorod, Galitzia-Volinia (hoy en Ucrania occidental) y Vladimir-Súzdal (actualmente al este de Moscú), que seguirían reclamando el nombre de «Rus». De manera oficial, en 1240 la Rus de Kiev dejó de existir tras la invasión de los mongoles, responsables de la casi completa destrucción de la ciudad. La «Horda de Oro» no solo logró conquistar los territorios del antiguo gran-principado (con la excepción de Nóvgorod), sino también las estepas al norte del Mar Negro y Crimea. No obstante, el impacto de los mongoles fue más duradero para la futura Rusia que para Galitzia-Volinia (considerada un proto-Estado ucraniano): si la última región ya dejó de pagarle tributo para los años 1340, Moscovia quedaría bajo el «yugo tártaro» hasta que Iván III declaró la plena independencia en 1476. Este hecho ha sido enfatizado por historiadores ucranianos para marcar la supuesta diferencia entre una cultura política más «europea» en su país, en contraste con una tradición más patrimonialista y autocrática en Moscú (Jansen, 2014). Por otro lado, a raíz de la devastación de Kiev, para 1299 el metropolita «de Kiev y toda Rus» se trasladó a Vladimir y, en 1325, a Moscú, convertida en la ciudad más importante de la región7. A su vez, se crearía otro arzobispado metropolitano en Hálych (Galitzia), denominado «Pequeña Rus». Este último nombre —«Malorossiya» en ruso— entraría en desuso a favor de «Ucrania» a inicios del siglo XX.
Un siguiente hito histórico fue la conformación de la Mancomunidad de Polonia-Lituania a través de la Unión de Lublin en 1569. La llamada «República de las Dos Naciones» se constituyó ante la amenazante expansión de Moscovia con Iván el Terrible, con un claro predominio por parte del Reino de Polonia. Con el mismo tratado, además, nació la actual frontera ucraniano-bielorrusa, con todo el norte, oeste y centro de la actual Ucrania en manos polacas8. Mientras tanto, Crimea y toda la región costera al norte del Mar Negro pertenecían al Kanato (tártaro) de Crimea, estado sucesor de la Horda de Oro y vasallo otomano hasta 1774. A su vez, las estepas ubicadas entre ambos Estados, dominadas por nómadas hasta la llegada de los cosacos, gradualmente empezaron a ser colonizadas por los polacos. En referencia a esta franja «fronteriza» —kraj en eslavo oriental— nació el nombre Ukraïna, que ya aparece en mapas del siglo XVI, aunque recién en el siglo XIX con alusión a todo el país.
Bajo dominio polaco, se produjeron varios procesos que marcarían la historia de Ucrania y la diferenciarían de la rusa durante casi dos siglos. Para empezar, a través de Polonia, la actual Ucrania entró en contacto con el Renacimiento y la Reforma de la Iglesia católica. Si bien no habría una gran expansión en el número de protestantes en la zona, varias nuevas academias —en Chernihiv, Ostroh y, sobre todo, Kiev— se convirtieron en principales centros de reflexión y debate eclesiásticos del mundo ortodoxo. En este sentido, resulta difícil sobreestimar el impacto de la academia de Kiev como nexo entre Europa occidental y Rusia. Indudablemente, la principal innovación en materia religiosa fue la creación de la iglesia greco-católica con la Unión de Brest de 1596, a partir de la cual la Mancomunidad puso al metropolita de Kiev bajo autoridad de la Iglesia católica. Con ello, gran parte de la nobleza local, crecientemente «polonizada» en base a la educación y lazos matrimoniales, optó por abandonar la Iglesia ortodoxa en este tiempo.
Si bien la Mancomunidad funcionó como una repúblicaaristocrática, donde la nobleza elegía al rey y se garantizaban ciertos derechos básicos para los nobles, a partir del siglo XVI se exacerbó la brecha entre la nobleza polaca o polonizada y el campesinado ucraniano, reducido a la servidumbre. En el mismo periodo, las regiones ucranianas aparecieron como un importante productor de cereales en Europa, algo que no solo contribuyó con la gradual colonización de las estepas, sino que también produjo tensiones sociales. Por otro lado, el hecho de que cada vez más judíos, sobre todo a partir del siglo XVI, trabajaron como mayordomos o socios de los terratenientes polacos, provocó un creciente antisemitismo entre los siervos ucranianos (Plokhy, 2021). Este fue el particular contexto en el que los cosacos emergieron como nuevo actor político.
Inicialmente, los cosacos fueron nómadas que se dedicaron a la pesca en los ríos de las estepas y al bandidaje. Con el tiempo, empero, la mayoría eran campesinos escapados de los abusos cometidos por los latifundistas y autoridades polacos, que se organizaron en bandas armadas encabezadas por «hetmanes». Siendo cada vez más profesionales y ante las constantes incursiones tártaras en territorio polaco en aquella época, las autoridades polaco-lituanas comenzaron a contratar a los cosacos como una especie de guardias fronterizas. No obstante, el mencionado descontento social entre la gran mayoría de campesinos conllevó a que parte de los cosacos radicalizara su agenda social, entre ellos el hetmán Bogdán Jmelnitski. Bajo su liderazgo, en 1648, se produjo la «Gran Rebelión», que terminó en una explosión de violencia campesina contra los terratenientes polacos y los judíos9. También contrajo el establecimiento del Hetmanato, un verdadero Estado cosaco independiente por varias décadas en los territorios «fronterizos» conocidos por cartógrafos contemporáneos como Ukraïna y donde, por primera vez, el ucraniano moderno fuera usado como lengua oficial. Por ello, la era del Hetmanato aún es vista en Ucrania como un incipiente movimiento «nacional» o protoestado, así como el apogeo en la histórica hostilidad entre Polonia y Ucrania.
Tres años después de la Gran Rebelión, la guerra contra Polonia se reanudó, y luego de haber solicitado infructuosamente ayuda al Imperio otomano, Jmelnitski y sus seguidores terminaron juramentando lealtad al entonces zar ruso Alejo I, a cambio de la protección del Estado cosaco. Este Convenio de Pereyáslav (1654) no solo sería un punto de inflexión en la historia ucraniana, sino objeto de otra gran discusión entre los historiadores de ambos países. Para Moscú, el convenio significó —y aún significa— el punto de partida de una «reunificación» entre los eslavos orientales y la sumisión al zar del Hetmanato. En esta línea, pronto el zar incluyó a Malorossiyaentre los territorios de su título oficial y, luego de la muerte de Jmelnitski, decretó que la elección del nuevo hetmán requería de la aprobación de Moscú. Kiev, en cambio, considera al convenio como una asociación militar entre dos Estados independientes (Jansen, 2014; Plokhy, 2021). Definitivamente, si bien en el siglo XVII aún no se pensaba en términos nacional-étnicos, 1654 inauguró un proceso que fortaleció el poderío ruso sobre tierras ucranianas, a costo del propio Hetmanato y en detrimento del Imperio otomano, el Kanato de Crimea y la Mancomunidad polaco-lituana.
La muerte de Jmelnitski abrió un periodo caótico que la historiografía ucraniana suele denominar «Ruina»,con constantes pugnas entre los mismos cosacos, así como enfrentamientos contra rusos, polacos y otomanos. Un resultado directo de la lucha entre Polonia y Rusia fue el Tratado de Andrúsovo de 1667, que fijó la frontera entre ambos Estados: la orilla derecha del Dniéper pasó a Polonia, mientras que la orilla izquierda y Kiev terminaron en manos rusas. Con ello, si bien los hetmanes aún mantuvieron su autonomía, el Estado cosaco quedó dividido en dos. La elección de Iván Mazepa pareció devolverle cierta estabilidad al Hetmanato, más aún por la buena relación personal que el líder cosaco mantuvo con el joven zar Pedro I. Durante sus más de veinte años en el poder se produjo una importante recuperación económica, así como un florecimiento cultural. Pero, en medio de la Gran Guerra del Norte entre Rusia y Suecia (1700-1721), Mazepa decidió cambiar de bando y aliarse con el rey sueco, en búsqueda de mayor autonomía para los cosacos. Por esta razón, mientras que el hetmán pasó a ser un héroe nacional para los ucranianos, Moscú lo tilda de traidor. Paradójicamente, tanto el clero ortodoxo como una buena parte del campesinado dejarían de respaldar a Mazepa, al preferir vivir en un protectorado del zar ortodoxo por encima de un rey protestante. Poco después, en la batalla de Poltava de 1709, las tropas de Pedro I obtuvieron una victoria aplastante, contribuyendo con el declive de Suecia como potencia europea, la proclamación del Imperio ruso en 1721 y la incorporación del Hetmanatodentro de las estructuras administrativas del Imperio.
Con el reinado de Catarina la Grande (1762-1796) se agregan tres nuevos hitos a la historia ucraniana. Para empezar, en 1764 la zarina abolió la institución del hetmán, mientras que sus territorios fueron convertidos en la gobernación de Malorossiya(«Pequeña Rusia»). Segundo, entre 1772 y 1795 se produjeron las famosas particiones de Polonia entre Rusia, Prusia y Austria. De esta manera, Rusia logró anexar toda la orilla derecha del Dniéper, incluyendo las regiones de Podolia y Volinia. Las particiones hicieron que el porcentaje de ucranianos en el Imperio ruso incrementara de 13% a 22% de la población total, conformando así la primera minoría, mientras un 10% de la población de los habitantes de los territorios anexados fueron judíos (Plokhy, 2021). A su vez, Austria obtuvo el antiguo principado de Galitzia y la región de Bucovina. En tercer lugar, Moscú apareció como ganador de la guerra ruso-turca de 1768-1774, lo que resultó en otra expansión hacia las estepas al norte del Mar Negro, históricamente periféricas en la época otomana y escasamente pobladas. A su vez, el Kanato de Crimea se convirtió en un Estado independiente, para ser anexado en 1783. Poco después, se produjo un primer éxodo de tártaros, pueblo originario de la zona, hacia el Imperio otomano. Al presenciar el dramático retroceso territorial y declive del Imperio otomano, la corte de Catarina jugó con la idea —bautizada como «proyecto griego»— de destruir el poder otomano y reemplazarlo por un nuevo «Bizancio» bajo liderazgo ruso. Si bien nunca se concretó este plan, explica el nombre griego de varias ciudades anteriormente otomanas o creadas en esta época, como Jerson, Mariúpol, Odessa y Sebastopol.
Combinada con la emigración de decenas de miles de tártaros, la colonización proclamada por Catarina en los nuevos territorios del sur —renombrados Novorossiya(«Nueva Rusia»)— trajo profundos cambios demográficos. Si bien los ucranianos generalmente representaron una mayoría en el campo, a lo largo de la última parte del siglo XVIII la región presenció la llegada de decenas de miles de inmigrantes, atraídos por las exoneraciones de impuestos y la oferta de tierras vírgenes. Así, además de campesinos rusos y ucranianos, llegaron menonitas, griegos, búlgaros, serbios y armenios, entre otros. Casi todas las ciudades importantes del sur y este de Ucrania —Odessa, Jerson, Mikolayiv y Dnipró, entre otras— fueron fundadas en este periodo. Tal vez el caso más emblemático del cosmopolitismo de esta época fue Odessa, donde italianos, judíos y griegos dominaron el comercio portuario, antes de su rusificación en el siglo XIX. En cuanto a Crimea, se convirtió en una especie de «Riviera» rusa, donde Catarina procuró convertir a la nueva ciudad de Sebastopol en el «San Petersburgo del Sur» (Jansen, 2014). Así, se inauguró la gradual desaparición del legado tártaro en la península.
Si el siglo XVIII trajo grandes transformaciones territoriales para Ucrania, el siglo XIX la introdujo a la era de la modernidad y todo lo que ella implica: la industrialización, la urbanización y la emergencia de un incipiente proyecto nacional. Evidentemente, la situación en Malorossiya (que albergaba un 80% de ucranianos) sería diferente a la que vivieron los ucranianos en Galitzia-Lodomeria (Austria). Bajo influencia del romanticismo y la emergencia del nacionalismo en otras partes de Europa, también en tierras ucranianas empezó a surgir un movimiento nacional. Un pionero en esta corriente fue Iván Kotliarevsky, el primer autor en escribir poesía en el idioma ucraniano desde 1798. En la misma época apareció el polémico ensayo anónimo «Historia de la Rus o la Pequeña-Rusia», donde se defendió que los cosacos (ucranianos) eran los verdaderos descendientes de la Rus de Kiev, en oposición a Moscovia. En las siguientes décadas, además, se publicaron las primeras gramáticas y libros de historia «nacional» y se produjo un boom del folklor ucraniano. No debe sorprender que una mayoría de estos «ucranófilos» provinieron de la región del antiguo Hetmanato, la única región donde las élites compartieron la cultura con la población local10.
Un punto de quiebre para el movimiento nacional ucraniano del siglo XIX fue la conformación en 1845 de la Hermandad de los Santos Cirilo y Metodio, un agrupamiento clandestino creado en la Universidad de Kiev, que abogó por una liberalización política del Imperio ruso, así como el establecimiento de un estado federal donde Ucrania tendría un estatus igual a Rusia. Cercano a esta hermandad fue Taras Shevchenko, considerado como «padre de la nación ucraniana» y uno de los fundadores de la literatura ucraniana moderna (Plokhy, 2021). Con todo, si una parte de la inteligencia ucraniana favoreciera la promoción de la cultura y lengua ucranianas y otros defendieran la abolición de la servidumbre o la apertura política, la idea de una independencia para Ucrania estuvo ausente en su agenda. Por cierto, varios grandes literatos, como el novelista Nikolai Gogol, escribieron sobre temas ucranianos, pero en el idioma ruso. Por ello, inicialmente, las autoridades rusas se mostraron relativamente permisivas ante estos «ucranófilos», asumiendo además que la represión en su contra podría llevarlos a los brazos de los nacionalistas polacos, muy activos desde la revolución de 1830. Esto empezó a cambiar desde los años 1860, cuando se aceleró la campaña de rusificación y se llegó a prohibir la publicación de escritos en ucraniano. Fue en este contexto que se hizo popular la idea de una nación panrusa «tripartita», aunque indivisible, en base a tres «tribus»: los gran-rusos, los pequeño-rusos y los «rusos blancos» o bielorrusos (Plokhy, 2023). Asimismo, un ministro de interior de esta época, Petr Valuev, pronunciaba la famosa frase: «no hubo, ni hay, ni podrá haber una lengua pequeño-rusa», alegando que «el dialecto hablado por la gente sencilla es ruso, pero corrompido por influencias polacas» (Jansen, 2014, p. 80, traducción propia)11. El úcase de Ems de 1876 iba aún más allá, al prohibir producciones de teatro o música y la importación de libros en ucraniano. De esta manera, la cultura y lengua ucranianas fueron vistas como una amenaza para la unidad del imperio y la propia nación rusa.
En contraste, en la provincia austriaca de Galitzia, las autoridades imperiales permitieron el uso del ucraniano (con periódicos propios, por ejemplo), reconocieron los derechos de la Iglesia greco-católica y fundaron una universidad secular en la capital Lemberg (Lviv)12. Constituyendo una minoría en las ciudades, inicialmente, el liderazgo del movimiento nacional «ruteno»13 fue asumido por el clero greco-católico, lo que explica su carácter conservador en aquel periodo. Desde Viena, esta política en favor de los derechos de los ucranianos fue vista como un contrapeso a los polacos que, al igual que en el Imperio ruso, fueron mucho más activos y radicales en sus demandas, al pedir el restablecimiento de un Estado propio. Por cierto, la nobleza polaca fue un serio obstáculo en el otorgamiento de mayor autonomía a los ucranianos, considerándolos polacos14. En palabras de Jansen: «Cuando los rusos consideraban al movimiento ucraniano como una conspiración polaca, los polacos lo veían como un complot ruso» (Jansen, 2014, p. 80, traducción propia). Con todo, si bien Galitzia siempre fue la provincia más rural y pobre del Imperio, las políticas educativas y medidas sociales como la abolición de la servidumbre claramente hicieron de los ucranianos la minoría más leal de todo el Imperio. Además, el envío de representantes de la comunidad rutena al parlamento en Viena introdujo a los ucranianos galitzianos a la política electoral.
Por este clima definitivamente más favorable para la causa «nacional», varios intelectuales y escritores ucranianos del Imperio ruso publicaron sus obras en Austria, contribuyendo con una conciencia de que los ucranianos a ambos lados de la frontera pertenecían a una sola nación. Recién con el Ausgleich de 1867, que otorgó mayor autonomía a los húngaros y polacos —la última en agravio de los ucranianos—, una parte del movimiento ruteno empezó a adoptar una postura más prorrusa y encontró en los defensores de la idea pequeña-rusa en el imperio vecino, un socio natural. A la par, con el tiempo, el movimiento ucraniano se emancipó del clero y quedaría encabezado por intelectuales, el más famoso de los cuales fue el escritor Iván Frankó.
Además del nacionalismo, en la segunda mitad del siglo XIX también se impulsó la industrialización, al menos en el Imperio ruso. Luego de su derrota en la guerra de Crimea (1853-1856), el zar Alejandro II se propuso lanzar un programa de reformas a fin de alcanzar los niveles económicos de Europa Occidental. Un primer paso en esta modernización consistió en la construcción masiva de ferrovías, sobre todo desde el centro de Malorossiya hacia el puerto de Odessa, pues las gobernaciones ucranianas producían un 75% de las exportaciones totales del Imperio ruso, sobre todo cereales (Detrez, 2015). Asimismo, en 1871 se inauguró la línea férrea de Moscú a Sebastopol, crucial para la construcción de una flota moderna en Crimea. En base a las enormes cantidades de carbón en la cuenca del río Donets (o «Donbás») y hierro en Krivói Rog, el triángulo entre esta ciudad, Dnipró y Zaporiyia, y el propio Donbás tomarían la vanguardia en la industrialización de la economía rusa, y ambas regiones pronto estarían entre las de mayor crecimiento industrial del mundo. Por su experiencia y recursos financieros, gran parte de las industrias ucranianas quedaron en manos de empresas extranjeras, sobre todo de Gran Bretaña, Francia y Bélgica (Jansen, 2014).
Con la industrialización emergió una clase obrera y se dio un impresionante crecimiento de las urbes ucranianas. Al final del siglo XIX, Odesa ya contaba con una población de 400 000 habitantes, Kiev con 200 000 y Járkov con 175 000. Así también, se fundaron ciudades nuevas, entre otras la de Yuzovka (Donetsk) y Luhansk. Sin embargo, una mayoría de las personas que llegaron a las ciudades no fueron campesinos ucranianos, sino rusos provenientes del empobrecido sur del Imperio15. Entre ellos se encontraron Sergei Jrushchov y Ilia Brézhnev, ambos padres de futuros líderes soviéticos. Por esta razón, en el censo imperial de 1897, si bien las gobernaciones ucranianas contaron con una población de diecisiete millones de ucranianos versus tres millones de rusos, en las ciudades los rusos hasta superaron a los ucranianos (Jansen, 2014).
Cabe anotar que, con la emergencia de una clase obrera, nacieron los primeros partidos políticos en la Ucrania rusa16, tales como el Partido Revolucionario Ucraniano (socialdemócrata y nacionalista), el Partido Constitucional Democrático (liberal) y varios partidos panrusos. Asimismo, la Revolución de 1905 tuvo una base importante en Ucrania, con las huelgas en las industrias metálicas del Donbás, el paro ferroviario y el legendario motín del acorazado Potemkin. Muestra del antisemitismo latente en la historia ucraniana es que se produjo otro pogromo en 1905, particularmente mortal en Odesa y perpetrado por monarquistas y círculos derechistas que veían a los judíos como los instigadores de la movilización popular. Finalmente, con las elecciones de la Duma en 1906 y 1907, varias decenas de ucranianos salieron elegidos y se agruparon en un «Club Ucraniano», inspirados en la experiencia política de los ucranianos en Galitzia.
2. La Revolución y la República Socialista Soviética de Ucrania (1917-1939)
2.1. Las primeras «repúblicas» ucranianas
El periodo entre el inicio de la Gran Guerra y la fundación oficial de la Unión Soviética en 1922, resultó particularmente caótico, violento y mortal para Ucrania, al entremezclarse los efectos de la primera revolución socialista en la historia con una guerra internacional y otra civil, generando un vacío de poder que se prolongó por varios años (Kubicek, 2008). Al mismo tiempo, empero, constituyó un hito en el desarrollo de una conciencia nacional ucraniana, con la fundación de varias efímeras repúblicas ucranianas.
Al estallar la Gran Guerra, los dos Estados con el mayor número de ucranianos, Rusia y Austria-Hungría, se enfrentaron como bandos opuestos en el frente oriental. Así, unos 3,5 millones de ucranianos rusos terminaron combatiendo a otro cuarto de millón de «connacionales» bajo el mando austriaco (Jansen, 2014). Y si bien el Imperio ruso marcó unos avances importantes al inicio de la guerra al conquistar Galitzia y Bucovina, con la gran ofensiva alemana de 1915 empezó a cambiar la suerte para las tropas rusas, lo que terminaría con la implosión del frente —y el propio Imperio— con la Revolución de 1917. El caos que dejó el colapso, primero del Imperio ruso, y al año siguiente, de la Doble Monarquía, creó una gran oportunidad para el movimiento nacional ucraniano. No obstante, por diversas razones, apenas un lustro después las tierras ucranianas volvieron a dividirse, esta vez entre cuatro Estados: la recién creada Unión Soviética, con unos 26 millones de habitantes ucranianos, mientras que otros siete millones radicaron en Polonia (Galitzia y parte de Volinia), Checoslovaquia (Transcarpatia) y Rumanía (Bucovina) (Jansen, 2014).
Apenas una semana después de la Revolución de Febrero, intelectuales y líderes de diversas organizaciones ucranianas, generalmente de orientación socialista, pasaron a crear un consejo, denominado la Rada Central. Esta Rada, que pronto obtuvo el aspecto de un parlamento, se propuso promover el uso de la lengua ucraniana en los colegios, realizar una reforma agraria y obtener la autonomía de Ucrania, como parte de un nuevo Estado federal ruso. Sin embargo, no llegó a obtener un apoyo masivo en las ciudades y, al mostrarse incapaz de implementar una redistribución de la tierra, pronto se alienó al campesinado ucraniano. Por otro lado, poco después de la Revolución de Octubre, se reunieron los primeros soviets en diversas ciudades ucranianas, seguido por la creación de «República Popular Ucraniana de Soviets» desde Járkov. Frente a esta nueva circunstancia, la Rada respondió con la proclamación de una «República Popular Ucraniana» (UPR), provista de su propia bandera, símbolos y hasta moneda. Como tal, si bien se mantuvo oficialmente el pedido de «autonomía», el diseño de la UPR tuvo todo de un Estado independiente, originando los primeros combates con los bolcheviques. Enfrentada al nuevo gobierno bolchevique, la Rada anuncia la independencia en enero 1918, seguida por la suscripción de un tratado con Alemania y Austria. Más que buscar la paz, con este tratado la UPR permitió una intervención en sus territorios por casi medio millón de tropas austro-alemanas, para así derrotar a los bolcheviques. Y, si bien temporalmente se logró este objetivo, Alemania no dudó en tomar posesión de toda la infraestructura crítica y la economía ucraniana. Así, le impuso a la Rada la provisión de un millón de toneladas de trigo ucraniano a Berlín y Viena, para luego instalar una monarquía conservadora, más en línea con sus objetivos, denominada «Hetmanato». Con la derrota de las potencias centrales en el frente occidental, este último gobierno se desintegró, permitiendo el regreso de una debilitada Rada.
Simultáneamente, con la desaparición de Austria-Hungría en noviembre de 1918, en Galitzia se creó otro Estado ucraniano, nombrado «República Popular de Ucrania Occidental» (WUPR). No obstante, pronto el nuevo Estado polaco reclamó toda la provincia como parte integral de su territorio y se enfrentó a la WUPR, iniciando así la guerra ucranio-polaca. Enfrentados conjuntamente a Polonia en el oeste, los bolcheviques en el nordeste y —con el inicio de la guerra civil en Rusia— el ingreso del Ejército Blanco desde el sur, ni siquiera la unión entre la UPR y WUPR en diciembre de 1918 pudo garantizar la consolidación de un estado ucraniano. En su lugar, la región cayó en el caos, protagonizado por los utamany (una especie de war lords), y un espiral de violencia que le costó la vida a más de un millón de personas solo durante el periodo 1918-1920. Como en otras épocas de turbulencia, en medio de este caos se produjeron varios pogromos que, con más de treinta mil vidas perdidas, son considerados como el mayor asesinato en masa de judíos en la Europa prenazi (Kubicek, 2008). Recién para 1920, con los movimientos ucranianos divididos y los «blancos» en retiro, los bolcheviques lograron avanzar y, con promesas de instaurar una República Socialista Soviética Ucraniana formalmente independiente, comenzaron a obtener el respaldo tácito de la población, exhausta de tanta destrucción y muerte. Mientras que los ejércitos polacos de Józef Piłsudski aún realizaron un último intento de impulsar una Ucrania independiente, de acuerdo con sus proyectos geopolíticos del Intermarium y el prometeísmo17, con el Tratado de Riga de 1921 se logró detener la guerra polaco-soviética y establecer la nueva frontera entre ambos Estados. O, desde la perspectiva ucraniana: una nueva repartición de su país.
Entonces, ¿por qué no se dio la independización ucraniana —desde 1918 un objetivo explícito del movimiento nacional—, como en los otros diez Estados centroeuropeos creados en este periodo? Para empezar, los dos protoestados ucranianos (la UPR y la WUPR) nacieron de contextos históricos sumamente distintos, lo que obstaculizó una unificación entre ambos. Si la UPR surgió en un contexto de fuerte vinculación con Rusia y con una economía y sociedad relativamente modernas, la WUPR emergió desde una condición periférica del Imperio austriaco, que sí había permitido la irrupción de una sociedad civil ucraniana. Por otro lado, gran parte de las ciudades ucranianas en esta época fueron dominadas por rusos, polacos y judíos, dejando a las zonas rurales como único bastión del nacionalismo ucraniano18. Asimismo, y así lo reconoció el propio Lenin, la revolución mundial y el nuevo Estado soviético, creado oficialmente en 1922, no tendrían futuro sin las enormes cantidades de recursos alimentarios e industriales que pudo ofrecer Ucrania, por lo que su incorporación a la URSS fue crucial (Plokhy, 2021). Por último, como es sabido, Woodrow Wilson y las potencias de la Entente solo se mostraron entusiastas para otorgar la autodeterminación a las minorías de las potencias centrales, priorizando además la consolidación de un Estado polaco, en detrimento de la cuestión nacional ucraniana.
2.2. La República Socialista Soviética Ucraniana en las décadas de 1920 y 1930
Oficialmente, en diciembre 1922, la República Socialista Soviética Ucraniana (RSSU), que comprendía los territorios de la antigua Novorossiyay el Donbás, acordó integrarse a la nueva Unión Soviética, junto con las repúblicas de Rusia (RSFSR), Bielorrusia y Transcaucasia. Esto fue el resultado de un arduo debate entre aquellos que favorecían una mera autonomía de Ucrania dentro de RSFSR —la postura de Stalin— y los «comunistas nacionales», quienes abogaron por una república propia, respaldados por Lenin (Plokhy, 2021). Este último, con el eslogan «nacional en forma, socialista en contenido», entendió que una rusificación, como en la época imperial, le quitaría legitimidad al nuevo Estado revolucionario, más aún luego de la reciente experiencia ucraniana con un Estado propio. Y si bien el derecho a sucesión fue una mera formalidad, los primeros años de existencia de la Ucrania soviética representaron un gran avance respecto al periodo de los zares, con el reconocimiento en tanto «nacionalidad» propia dentro de la URSS, así como por su nivel de autonomía. Según el historiador ucraniano Plokhy: «Between the federalism of the union treaty and the centralism of the ruling Communist Party, Ukraine enjoyed a de facto autonomy with broader prerogatives than those imagined by mainstream Ukrainian politicians of the decades leading up to World War I or even the leaders of the Central Rada in the first months of the 1917 revolution» (Plokhy, 2021, p. 230).
Por otro lado, la reforma agraria, la Nueva Política Económica (NEP)19 y la política de korenizatsia hicieron que, en sus comienzos, las autoridades soviéticas contaran con un importante respaldo entre el campesinado ucraniano y el resto de la población. Con la korenizatsia
