La hora de Quevedo - Baltasar Magro - E-Book

La hora de Quevedo E-Book

Baltasar Magro

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Beschreibung

Exhausto, viejo, perseguido por sus enemigos, sintiendo cercano su fin, don Francisco de Quevedo se retira a la Torre de Juan Abad, su señorío en Ciudad Real. Allí, en una larga epístola que dirige a su joven sobrino don Pedro de Alderete, pasa revista a su larga y agitada existencia en la que no han faltado arrebatos y equivocaciones. ¿La hora de Quevedo¿ es una novela histórica que nos traslada a la España del Siglo de Oro y en la que nos podemos asomar a la malevolencia de las intrigas de palacio, a la decadente vida en la corte de Felipe IV y a los oscuros manejos del conde-duque de Olivares, el hombre más poderoso de la Europa del momento y sañudo enemigo de Quevedo.

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Veröffentlichungsjahr: 2015

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Baltasar Magro

La hora de Quevedo

Índice

A don Pedro Alderete Quevedo y Villegas

Pertenecemos, bien lo sabes, a una familia

Apenas cuenta, pero tengo algún rastro

La matanza me ilusionó

El frío en estas tierras llega a ser terrible

Siempre estuve en el partido de la guerra

Apenas leo o estudio

Han sido numerosas las batallas y los duelos

¿Y no había en tu infierno ningún monarca?

Han pasado varios días sin escribirte

Ser centinela de uno mismo

He disfrutado viendo pasar mis poemas

Aguardo en estas horas la muerte

Hoy, regresamos a historias del pasado

Don Pedro me mantuvo informado

Nuestro destino se decide

Deseo continuar con la historia de Pedro el Grande

La vida cortesana en Nápoles

Quedé gratamente sorprendido

La República de Venecia no claudicó

La mayor parte de la muerte siento

Regresemos al pasado

El cabecilla de los tiempos que se anunciaban

Casi me tiene rendido el mal

¿Era o es solución la guerra?

Dos días hace que me apretó sumamente el mal

Una guerra santa me arrojó

La pasada noche medité largamente

Del duque de Medinaceli

Algunos caballeros hermanos de Santiago

Cuán errado ha sido mi camino

Ocupo estos días mucho tiempo en el estudio

Existen dos o tres potencias en este solar europeo

Después de vivir sin quietud

Al aplicarme el médico en mi cámara

Por qué me torturaron ocultándose

La carta que he recibido del duque de Medinaceli

Don Francisco de Quevedo y Villegas

Antonio Carnero y José González

Biografía de Francisco de Quevedo (1580-1645)

Créditos

A don Pedro Alderete Quevedo y Villegas:

Tarde, con el sol débil, abrí hoy los ojos, cansado; me pesa la sombra.

Nada puede alterar ya mi destino o deshacer la contumaz trama hacia el vacío que a todos nos alcanza. Estoy a cubierto de afanes absurdos, como el que observa desde la lejanía la batalla consciente de que su pulso apenas interviene en las hazañas o derrotas. Contemplo cada minuto que me resta como el más hermoso de mi vida, sólo lo empequeñecen las profundas llagas que cubren mi cuerpo y las dudas de mi alma.

Fui castigado con saña; me pregunto cómo llegué a provocar tanto odio en algunas gentes. Me encarcelaron sin pruebas, amarrado con grilletes como un rabioso criminal; tres llaves cerraban mi calabozo, cada una de ellas pertenecía a diferente autoridad haciendo imposible cualquier prerrogativa para que me dejasen libre. Me acusaron ante el Rey de estar al servicio del enemigo francés, de obedecer las órdenes del cardenal Richelieu. El delator fue un amigo, así él se consideraba, que pensó sacar provecho con su acción. Aquello resultó una vil patraña que utilizaron para acallar mi voz. Casi lo logran, pues salí de prisión con la mente apagada, el cuerpo desmoronado y trillada mi salud.

Nunca un reino consigue ser grande si permite tamañas torturas e injusticias.

Deseo conocer la verdad, saber qué movió a Juan de Isassi, ayo del príncipe Baltasar Carlos, a presentar ante el Rey una acusación falsa, por qué me encerraron varios años en una húmeda celda, con el aire irrespirable, sin tener cargos contra mí. Quizás, antes de llegar al final, pueda comprender si merecía tanto castigo. Había sed en los cuchillos de mis verdugos, desmesura para destruir a este incorregible y ardiente escritor.

Al salir de mi encierro creí dejar atrás el horror y el miedo, aquel enterramiento en carne viva. Vana ilusión del débil y maltrecho para quien el contento suele ser fugaz. Me esperaba a las puertas de San Marcos un carruaje del duque de Medinaceli, uno de sus ayudantes me reveló, tras los saludos de rigor, un recado de mi buen amigo, don Antonio:

–Mi señor quiere que sepáis del destierro, que en estos días se cumple, del conde-duque de Olivares. Es un hecho extraordinario que salgáis libre cuando vuestro mayor enemigo se encamina hacia Toro, a la casa que tiene allí su hermana, doña Inés, donde deberá permanecer hasta el fin de sus días. Es una buena nueva que debemos celebrar...

De repente, el plomo acalló su voz mientras se alojaba en su hombro como un fuego letal. Gabriel, que a ese nombre respondía el ayudante del duque, se dobló sobre sí mismo tratando con tal suerte de taponar el caudal de sangre que brotaba de su cuerpo y calmar el dolor.

–¡Canalla! Por fortuna, no acertó del todo...

Al escuchar su lamento, comprendí al instante que el ataque tenía otro destinatario: yo mismo. El agresor huía encima de su cabalgadura sin haber acertado con el blanco que le habían asignado. Mala fortuna para mí, pues mejor hubiera sido terminar en aquella plaza de León con mi errática existencia. Sin embargo, el aviso me dejó una seca herida, de una profundidad y amargura que ahoga el escaso flujo de aire que todavía poseo.

Acababa de palpar la luz, la libertad, y me enterraban de nuevo. Aquél era también el deseo de mis enemigos, que jamás recuperase el aliento, que viviera con el pesar que supone ser consciente de que, antes o después, repetirán la hazaña para que muera como un hediondo animal al que no se le concede ninguna clase de piedad. Si mi hora se retrasa, otros se encargarán de adelantar el momento. Varias guadañas me acechan sin descanso.

Creí que nunca más vería la Torre de Juan Abad y sus tierras que parecen sangrar cuando reciben los rayos de sol. Pensé que quedaría amarrado al camino, que hacía mi último viaje. Fue todo un calvario. En Toledo y en Consuegra me dieron casi por muerto; llegué a casa como un difunto. Me esforcé por conseguirlo, la quietud de este lugar me alienta aunque el dolor no huye con la calma. Voy, sin embargo, cobrando algún vigor. Desconozco cuál es mi enfermedad, creció después de cuatro años de encierro por la venganza del poder sumo, metido en aquel agujero con un río por cabecera; allí atesoré indigencia hasta hallarme en un cuerpo inhabitable, un huésped molesto. Todo se acaba y más deprisa lo poco que lo mucho. Es una certeza que tardamos en reconocer, en hacer nuestra. Perece raudo lo débil, esa materia de la que somos, a la que concedemos tantos esfuerzos y festines.

Algo me siento renacer en este pueblo, a pesar de tener vedada la ilusión cuando se acerca la hora en el dulce cobijo donde me hallo. Ansío aquejado por la enfermedad de los años, de un cuerpo incurable y con la esperanza ahogada, hallar la senda, el motivo de una existencia que contemplo confusa, extraña incluso para mí. Me servirá el silencio, despojado del tumulto, las componendas, los altercados y tantos avatares hueros que nos disfrazan y aturden.

Pronto recibirás mi casa y hacienda, el señorío de esta villa que espero aproveches con menos quebraderos de cabeza de los que yo he sufrido por su causa. Deseo dejarte también el legado de mi memoria porque el afecto que he recibido de ti me sostiene en esta soledad. Acaso, después de algún tiempo, estos pensamientos contengan más valor que los otros bienes que te entrego con el mayorazgo. Si no fuera así, al menos me ayudará para examinar el designio de mis acciones. Pretendo hablarte como nunca lo hice a otra persona: amigos, reyes, amantes y rivales, que de todo tuve, y muchos de los últimos, hasta saciarme. Me cura hacerlo, es lo mejor que se me ocurre cuando las fuerzas me faltan.

No quiero morir igual que una bestia como pretenden mis enemigos por abandonarme al temor. Cumple siempre los deseos de este enfermo y perseguido si te pide una locura, cuando repudia el lecho y necesita evadirse de su celda. Ayer lo experimentaron el ama Juana y mi fiel criado Andrés:

–Mañana, antes del alba –les dije–, iremos cerca de la sierra, o hasta donde podamos llegar.

–¡Eso es una temeridad! –exclamó Juana.

–Pues que así sea, porque tal es mi anhelo y escasa cordura, aunque tengamos que hacer el camino en andas.

Ya con la primera presa que me trajeron los galgos comencé a moverme sin parihuelas. Los dolores, las penas, se adormecieron con la templada brisa de Sierra Morena. El frío que había anidado en mi cuerpo desde que estuve recluido como un hurón agazapado en San Marcos se iba diluyendo. Así, olvidé algunos sinsabores, las maldades del alma que se resisten a sanar y algo menos la amenaza cierta de mis acosadores, a los que espero cualquier anochecida agazapados por el pueblo. No, no fue un espejismo el atentado que sufrimos al dejar la prisión de León; Gabriel, el ayudante del duque de Medinaceli, quedó tarado de su hombro.

Al regresar a casa esta mañana, tras mi primera salida al campo, me despojé de las ropas sin la ayuda de los criados. Mi cuerpo herido, agotado, apenas importaba. Por eso te digo, sobrino, que la vida es pelea, pero nunca debes ignorar el peligro que hay en los caminos y las fieras que se ocultan entre los cortinajes de los palacios o se retraen en las cavernas.

Si quieres medrar, como yo hice por paladear la celebridad, habrás de sufrir y ser infame, pero ten presente que hasta a los bufones les alcanza la caída. ¡Cuántas veces lo pensé! Y por mucho que lo hiciera, desdeñé lo esencial. Otro debí ser, y jamás me atreví a serlo. Mis esfuerzos estuvieron encaminados a proteger nuestra Fe, defender la monarquía y permanecer cerca de su autoridad. Erré al imaginar que las bendiciones del Rey apenas alcanzaban al pueblo debido a la cohorte de sanguijuelas que le cercaban. Quise ser una de ellas para influir, para tener la consideración de una persona a la que había que escuchar. Subí aprisa, ardiendo con ruido en lo alto, y bajé en más de una ocasión desmintiendo mis luces en humo y ceniza. Malgasté en esa lucha la mayor parte de mi vida y de mi obra. Merecí algunos castigos por picar tan arriba con malas artes. Ahora espero lo que me venga, sin afligirme el recuerdo de golpes, más sensibles por más crueles.

Me esforcé en la crítica y en la adulación a los poderosos.

Jugar con varias barajas es de fuleros, y así me llamaron «doctor en desvergüenzas», protodiablo entre los hombres o licenciado en bufonerías. Pero en el fondo de mi corazón tuve siempre el mismo deseo: hacer gigantes a nuestros reyes y pretender que nada ni nadie entorpeciera su destino de grandeza. Desde Carlos Quinto los sucesores han desnudado la herencia de sus padres: ganaron enemigos, permitieron la corrupción en torno suyo, escarmentando a inocentes. Los quise a imagen de Dios, delante de los suyos, valientes, peleando por la gloria.

Aquel que enriquece a sus súbditos tiene tantos tesoros como vasallos, pero nuestros monarcas se rodearon de privados que ocasionaron ruinas porque no sabiendo mandar, no quisieron obedecer. Y conocí ministros discípulos de la hija de Herodías: divertían a los reyes y príncipes con danzas y fiestas para luego pedirles la cabeza del justo. Son muchos los nobles viciosos que se hacen delincuentes, hacen tiranos a sus reyes y actúan como fieras. Los vemos arder en púrpura, sus manos en diamante y piedras, y son tierra y gusanos. También he conocido nobles generosos, capaces de entregar su sangre y su fortuna por la Corona. Son pocos, de ellos te hablaré si la muerte da algún rodeo.

De las majestades que dominaron el mundo, te diré que su debilidad corre como la liebre asustadiza, son mortales. Ya temprano lo aprendí al hablarme mi madre, dueña del retrete de la reina Ana, de sus tareas y de las necesidades que a todos nos igualan. Mis preceptores me educaron en la reverencia, respeto y modales para arraigar en la corte. Juan Cañete, uno de lo ayos que tuve durante la adolescencia, quiso desvelarme las rencillas, traiciones y venganzas que cubre el boato. Me lo repetía a menudo:

–Entre los señores, la mentira es moneda corriente. Cuando se dan la espalda hacen un traje a la medida de los que envidian. Todos murmuran, pues son de idéntica calaña. Piensan que tienen licencia para el engaño. Sólo se hermanan en una cosa: impedir que el pobre llegue a tener honras como las de ellos.

Lo supe pronto, y en vez de desdeñarlo, quedé embrujado por el poder, aun sabiendo que me emponzoñaría. Fui educado en la devoción hacia los nobles: admiraba su brillo, codiciaba estar a su lado, ansiaba participar de sus regalías...

Pertenecemos, bien lo sabes, a una familia que nos honra de humildes servidores a la Corona; yo he roto con la costumbre mortificando a los nuestros. Hui de la obediencia, fidelidad y discreción que se espera de un sirviente, sea cual sea su rango. Lo hice a veces engañado por mis sueños; otras, para proteger mis propios intereses: hubo ocasiones en las que actué sin acierto, con vehemencia, convencido de ser útil por mucho que me acusaran de traidor.

Fueron mis abuelos quienes ganaron prestigio en palacio, eran caballeros ilustres y de la mejor sangre que dio la Montaña en el valle de Toranzo. Mi padre, Pedro Gómez de Quevedo, natural de Bejorís, creo que fue un buen hombre, amante de su mujer. Trabajó como escribano de cámara de Felipe Segundo y, más tarde, fue secretario de la reina Ana de Austria, cuarta esposa del monarca. Apenas conservo memoria de él ya que falleció cuando yo tenía seis años. Quedé al cuidado de tres mujeres: madre, tía y abuela. Felipa de Espinosa, la abuela materna, la única de mis antepasados que no procedía de Cantabria, era una mujer de carácter, muy religiosa, tan querida por Felipe Segundo que la favoreció con una cuantiosa dote al contraer matrimonio con un aposentador de palacio, quien luego alcanzaría el puesto de secretario del propio monarca. Ella tenía trato cercano con la infanta, doña Isabel, y con los Reyes. La abuela manejó a nuestra familia con autoridad, quizás en demasía, ocupándose del bienestar de todos nosotros. Había casado a sus dos hijas con funcionarios de la corte e hizo lo propio con mi hermana Margarita de Quevedo, tu madre, dama de los aposentos de Ana de Austria hasta que contrajo matrimonio con Juan Alderete, uno de los encargados de las caballerizas de la Reina.

Tuve un hermano mayor, Pedro, escribano de cámara siguiendo la tradición familiar de empleados palaciegos, sin nobleza reconocida. Murió muy joven y, por lo tanto, mis primeros años transcurrieron, como dije, rodeado de mujeres, bajo el manto de la abuela Felipa. Vivíamos en la calle de las Fuentes, cerca del Alcázar, y todo lo que acontecía a los Reyes afectaba a nuestra existencia. Felipe Segundo marchaba en primavera a Aranjuez, durante el verano a El Escorial y en otoño a El Pardo. Aquel trajín se reproducía en nuestro hogar. Mi madre permanecía la mayor parte del tiempo en Madrid al cuidado de nosotros. Cuando ella faltaba, era la tía Margarita quien me dedicaba sus esfuerzos; las dos aplicaban con rigor las instrucciones de la abuela para darme una educación esmerada, severa, insistiendo en la formación religiosa y en la buenas maneras, casi aristocráticas. Ellas, mujeres elegantes, ataviadas a diario con lujo y primor para cumplir sus funciones, permitían pocas veleidades al único varón de la saga.

Yo era un muchacho deforme, cojo, falto de vista y contrahecho que nunca trabajaría en palacio; a cambio me exigieron una abnegación superior al resto de los mortales. Llegó a dolerme, y mucho, traicionar el destino familiar de servicio al poder, de cercanía con la riqueza y con el prestigio social. Era un ser extraño en nuestro clan, lo advertí de niño, pues incluso tu madre, con tan sólo nueve años, ya servía de menina a la infanta Isabel. Me sentía repudiado por ser incapaz de atender a la familia real. Un grito de rabia carcomía mis entrañas al apartarme de la dedicación y el destino de los míos. Me despreciaban en la corte y yo ansiaba estar en palacio; esa contradicción y carga pesaría siempre sobre mis espaldas, una de las muchas que me han perseguido. Decidí conquistar aquellas almenas por caminos belicosos, si fuera necesario, o con la fuerza de mis conocimientos. Hay empeños acrisolados durante la infancia que te llevan a malgastar energías en lo menos conveniente para tu ventura. Y cuando la llaga es profunda, que nunca consigue curar, te produce una amargura enquistada, permanente.

Lloraba mucho en silencio, me sentía descaminado, arropado para colmo por una atmósfera pacata y autoritaria, junto a mujeres enviudadas que sólo aspiraban a tomar los hábitos. La abuela definía los límites de nuestro entorno y tardó en romperlos, hasta que contrató a mis primeros preceptores. Uno de ellos, Arturo Galiardo, me adiestró en el manejo de la espada.

–Admiro y me asombra vuestra aplicación a las armas, Francisco. De continuar así, os aseguro que podréis derrotar a cualquiera, aunque a primera vista parezca lo contrario, ya que el físico no os bendice para la pelea...

¡Deslenguado Arturo! Lo decía sin maldad, pero sus palabras dolían. Cierto es que me volqué con toda mi alma en el aprendizaje de la esgrima, en sus trucos y maneras de la mejor escuela española. Me ayudó a apaciguar la agresividad que tenía acumulada dentro de mí. Y con el tiempo comprobé cómo las enseñanzas de Galiardo me habían convertido en un contrincante peligroso, escurridizo, con la espada. De eso dan fe los que me retaron.

La abuela obtuvo de Su Majestad la merced para que estudiase cómodamente; el Rey me concedió una buena cantidad de ducados cada año para mi preparación, era una manera de compensar el rechazo que sufría en la corte, y estudiar fue una liberación; también lo fue la afición que tenía a la política. Numerosas tardes, al calor del hogar, disfrutaba escuchando las conversaciones de las mujeres. Hablaban de las intrigas y de los manejos en palacio, soplaban los comentarios de la Reina o los debates de los secretarios en las antesalas de las habitaciones discretas del Alcázar. Todos los rumores o bulos eran recocidos en nuestra casa. Conocía, de primera mano, las maniobras que se urdían en las carrozas de las aristócratas cuando paseaban por la Casa de Campo o los jardines de El Pardo. Y tantas, tantas historias que incitaban mi imaginación y apego por aquel trajinar. Me estimularon, casi sin proponérselo, el gusto por la política mostrándome sus leyes y reglas menos comunes.

Tenía a mi alcance informaciones curiosas: por ejemplo, de las visitas que hacía el monarca a la reina Ana, puesto que la abuela era una de sus azafatas.

–Siempre a la misma hora y por poco tiempo. Hasta en la cama actúa con idéntica regularidad...

–Y aburrimiento –concluía mi madre.

Estas y otras costumbres del monarca contribuían al conocimiento de aspectos privativos de su reinado. Nada, al parecer, hacía cambiar a Felipe Segundo sus hábitos; era una persona desconfiada, acomplejado de debilidad. Todo era para él una obra de Dios, de su idea de Dios, y por la religión había que posponer cualquier prioridad. Llegó a arruinar la Hacienda obsequiando con millones de ducados a los católicos franceses o financiando empresas bajo el mando de incompetentes, como la de la Armada Invencible. Y malgastaba sus fuerzas ocupándose de minucias.

–Tales como la decoración de los aposentos de los criados o las compras de utensilios cameros –comentaban jocosas mi madre y la tía.

La abuela le tenía mucho aprecio, pero en casa con sus hijas estiraba la lengua sin encubrir los defectos del monarca.

–No le llega a su padre –decía–. Carlos Quinto supo abdicar y él, a pesar de las dificultades de salud y de la cabeza, quisiera gobernar incluso después de muerto.

Felipe Segundo había cumplido algunas recomendaciones del Emperador: rodearse de consejeros sin tener un valido o primer ministro.

«Nadie debe controlar la voluntad del monarca porque aunque es más descansado, no conviene.»

Una máxima que cumplieron a rajatabla padre e hijo. También le pidió Carlos Quinto que fuera juez esmerándose en la virtud de la misericordia; aquí no siguió el mandato. Fue, más bien, justiciero.

La realeza debe ser servidumbre más que privilegio, para atender a las necesidades del pueblo por encima de todo lo demás. Con Felipe Segundo el pueblo terminó pasando estrecheces y hambre. Faltaba mucho dinero en la Hacienda, los impuestos ahogaban y el campo permanecía baldío. Hubo otros males: el comercio con las Indias quedó paralizado por los corsarios y aunque las guerras con Francia y Flandes fueran justas y santas, el Rey no atendió a quienes le pedían que las cesase cuando carecíamos de fuerzas. Al finalizar el reinado, cundió el pesimismo entre sus súbditos. Por entonces, yo le hice culpable de debilidad para arrasar sin piedad a los enemigos de España y a la nobleza ávida de fortuna e incapaz para el sacrificio. Entiéndeme, mi espíritu belicoso exigía una mano férrea, sin contemplación en el castigo, contra todo aquel que se opusiera al destino sagrado de la patria. Aquel Rey resultaba un santo, pero para mí era demasiado pusilánime en algunos actos de gobierno. ¿Quién está libre de cometer errores? Mucho más cuando una sola persona acumula responsabilidad tan colosal. Pero los que le sucedieron, hicieron grande a Felipe Segundo. Y ahora pienso que no desvarié al escribir, al poco de su muerte, que fue como han de ser los reyes, no como quieren los avariciosos; premiaba méritos, no hartaba codicias. El tiempo me ha dado otras razones: hay que poner freno a la voluntad de los monarcas para que no se conviertan en tiranos y luchar contra las artimañas de aquellos que les rodean. A los reyes es permitido responderles, a los viciosos nobles atacarles con denuedo.

Pues bien, como te explicaba, fueron las mujeres de nuestra familia quienes, sin proponérselo, me abrieron los ojos sobre las excelencias y las mezquindades de la corte y los cortesanos. Ellas intentaron reunir en mi persona las virtudes que atesoraban, en esto fueron estrictas, mientras me desvelaban, como hiciera el ayo Juan Cañete, la podredumbre que reviste a los poderosos.

Ellas, piadosas en sus costumbres, hablaban de otras con desparpajo forjando en mi interior un temor hacia la mujer. He sido cruel, intransigente con todas, fiero haciendo burla las más de las veces. Las he visto como putas y ángeles, aficionadas, sobre todo, a incrementar los cornudos por el mundo. Fui bruto al describirlas como seres despreciables y su belleza como algo peligroso. Es el desvarío de quien al ser niño fue agobiado por tantas mujeres y luego, huérfano, incapaz de disfrutar sus favores más delicados. ¡Cómo envidio a quien logra serenidad al lado de una dama fiel! Es un ardor que todavía tengo y te digo que merece la pena apaciguar.

Acostumbrado como estoy al delirio que me produce fumar hierba, hubiera deseado degustar más veces, como un néctar inacabable, la quietud de los placeres femeninos más allá del resabio que deja un quiebro amoroso febril. De ésos tuve muchos; mujeres licenciosas hay en demasía, aunque para ser justo no abundan tantas como hombres. Se acercaban a mí por el dinero, la fama o la posición que representaba en cada momento, nunca porque les atrajeran mis bondades. Tampoco busqué yo otra cosa en la mayoría y hallé lo que reclamaba.

Del buen amor, algo puedo hablarte, aunque en otra ocasión me referiré a ello, cuando afloren con mayor ardor los recuerdos que conserva el corazón de este viejo.

Aún era un mocoso cuando reemplacé las faldas por las sotanas; cambié el alegre barrio del Alcázar, los chismes de la corte y el ambiente festivo junto a palacio, por el erial de Ocaña y el rigor de un internado. Hizo bien mi madre al adoptar esa decisión, beneficiosa para mí como ninguna otra. Un familiar, el licenciado Busto de Villegas, por entonces gobernador del arzobispado de Toledo, fue quien le aconsejó que me llevara a un colegio de jesuitas alejado de Madrid. Allí estudié con la intensidad de un novicio, pero con el privilegio de tener más libertad, sin verme obligado a la oración y otras disciplinas pías. Adquirí el hábito del trabajo ordenado, exigente; aprovechaba mis horas de ocio en la biblioteca, ayudado por mis tutores, para instruirme en los clásicos. Comencé a dominar mi segunda lengua, el latín, y los rudimentos del griego. Años después estudié algo de hebreo; hablo además italiano y francés por el tiempo en el que me dediqué a la política. Saber tantas lenguas expande la mente y apacigua el espíritu.

Conservo buenos recuerdos de Ocaña, lugar inhóspito donde los haya, encaramado en una loma fronteriza con la meseta. Ni las urracas detenían allí su vuelo. El estudio, por fortuna, me distrajo del paisaje. Aquel entorno adusto hacía que la luz que llegaba a mi estancia, o los cambios del cielo, por lo común monótono y de un azul estable, se convirtieran en algo medular; al mismo tiempo, me ayudaba a ahondar en mis tareas de estudiante, a conocerme mejor. Mi madre facilitó los recursos para convertir mi cuarto en un lugar placentero, también me proporcionó un ayo que no me perdía de vista, Gómez de Estrada, un fiel guardián dispuesto a colaborar en las tareas más ingratas. Me fue de gran ayuda para desocuparme de las labores de intendencia.

Aprendí con los jesuitas lo poco de virtud que hay en mí. A mis profesores, que reverencio desde entonces, debo los conocimientos básicos en gramática, retórica, poética, historia y teología que tanto me han servido. Pero en las aulas de Ocaña afiné sobre todo la pluma, el estilo, con numerosos ejercicios de composición a partir de autores latinos. Muy pronto intuí que la cultura podía convertirse en el mejor instrumento para ascender por los peldaños del poder si careces de herencia o linaje; el mejor camino hacia la grandeza, el superior. Caí en la cuenta de ese talismán al comprobar cuánto entusiasmo, y cierta reverencia hacia mi persona, originaba la lectura de mis textos; en varias ocasiones el claustro de profesores solicitó humildemente mi pluma para cualquier celebración o festejo en el colegio.

Lamento, eso sí, que la instrucción en Ocaña fuera algo tediosa, por ser parcial, alejada de las necesidades de la existencia real. Consideré, por lo tanto, que había que aprovechar la oportunidad de atender a mis maestros sin cerrar los ojos al exterior, con espíritu crítico, sin olvidar lo que se movía en cualquier ámbito de la cultura. La experiencia es fuente de criterio, no lo olvides.

En Ocaña nació mi profunda estima por un compañero de estudios, años después predicador real: el muy elegante padre maestro Hortensio Paravicino. Era la persona más excelente que encontré en el colegio, ya por entonces poseía estilo para la oratoria. En las exercitaciones improvisaba discursos convenciendo con su facilidad de palabra hasta de lo más contrario que pensabas como cierto.

–Juntos, con tu oratoria y mi pluma, rendiríamos a medio mundo, muchos poderosos besarían nuestros pies –le decía.

Nos entrenábamos casi todas las tardes: leíamos un texto latino al que yo redactaba una crítica y Hortensio molía mis argumentos tras un somero repaso de lo escrito. Su finura y agudeza me dejaban absorto. Esos juegos intelectuales cimentaron nuestra relación. Me encandiló a nunca mudar la lengua, el ser inflexible en la defensa de mis ideales, algo que él llevó hasta el paroxismo. Años más tarde, como padre trinitario, Hortensio encendía con su agudeza al público letrado y erudito, ordenando las ideas con palabras repletas de conceptos arcaicos; era un devoto de lo impenetrable. He combatido esa forma de expresión, en el habla y la escritura, prefiero atrapar a las gentes con sus palabras para no cerrarle puertas al entendimiento y acabar escuchándote tú mismo junto a la cohorte de tuercebotas que lamen tus bolsillos. Apenas importaron nuestras diferencias. Fuimos amigos hasta su prematura muerte. No cumplí igual con otros, por eso me enorgullece tanto evocar al padre Hortensio. ¡Cuánto debe el púlpito a ese paladín de la palabra! Me prestó siempre su lucido verbo en diferentes causas, aunque no fueran suyas y a mí me conviniesen. Expuso observaciones atinadas para cercar a la retahíla de infernales sabandijas que agobian a los emprendedores e imaginativos. Ninguna causa despierta tanto la envidia como la novedad. Estuvo a mi lado en mil batallas porque la amistad verdadera, sin fisuras, perdurable, es aquella que se fragua en la adolescencia, cuando somos accesibles y la suspicacia aún no ha hecho mella en nuestros corazones raposos.

Hortensio Paravicino intentó contener muchos de mis disparates, aunque por lo común yo desatendiera sus razones. Estuvo a mi lado siempre que pudo, incluso en acciones que le crearon grandes dificultades. Cuando los ignorantes atacaron a Lope de Vega, él hizo lo contrario como le pedí, y fue el único que desde el púlpito hizo también defensa del duque de Osuna, al morir este grande en prisión sin juicio. Te hablaré despacio de don Pedro Téllez de Girón, otra de las personas que tanto influyeron en mí, no pueden faltar en esta extensa epístola sus enseñanzas y yerros, que de todo hubo en los largos años que permanecí hermanado con él y durante el tiempo que estuve a su servicio en Italia.

Recibí mucho, como te digo, del docto padre Hortensio, se enfrentó incluso al conde-duque de Olivares para impedir la persecución de la que fui objeto. Apenas pude compensarle por su entrega, de ello me arrepentiré hasta el final de mis días. Me quedan sus lecciones, el ejemplo de aquel corajudo de conversación eminente que conocí cuando comenzaba a pensar por mí mismo.

Querido Pedro, fomenta la amistad, mima los amigos como el mejor bien que te ha sido concedido. Ahí reside gran parte de la felicidad, te lo aseguro.

Con frecuencia llamamos «amigo» al que se presta para el juego, te acompaña a rameras, te divierte y entretiene, come y cena contigo, te alaba y te hace las espaldas; y enemigo al que te reprende, al que intenta corregirte. Es al contrario. El amigo de tu hacienda, apetito y perdición, no te conviene. Empleamos mucho tiempo en comprenderlo, en abrir los ojos a esta verdad.

A punto de cumplir los dieciséis años dejé el colegio de Ocaña, me dolió hacerlo. Aquel mirador yermo, alejado de la corte, espoleó mi mente, reposó mi ánimo, haciéndome devoto del estudio y menos de las componendas de palacio que tanto animaban mi casa de Madrid. ¡Cuánto lamenté no haber llegado antes a ese lugar! Apenas nos damos cuenta de la importancia que tiene la esmerada educación, prepararse para lo que ha de venir con el estudio. La meditación y los libros son la argamasa de un espíritu fuerte. En caso contrario, permaneces desabrigado ante las tentaciones que, a cada paso, te desnortan en el rumbo enloquecido de la vida que te aguarda.

Apenas cuenta, pero tengo algún rastro sobre la identidad del bellaco y de los miserables que quieren acabar conmigo ensangrentado; de los que desean borrar la bestia que llevan dentro matándome antes de que yo me convierta en fango. Lo comprobé hoy en el cuartelillo al que me desplacé para hablar con uno de mis asaltantes cuando estaba moribundo.

Todo comenzó la pasada noche. Pocas veces en la Torre de Juan Abad se ha vivido un suceso tan sonado. Como se me hace imposible el descanso, percibí el estruendo desde sus inicios. Deduje, nada más comenzar, que el trasiego encima de mi cabeza, por los tejados, no era precisamente de los felinos que merodean por la casa, sino de alimañas a dos patas. Crujía la techumbre como si fuera a quebrarse en mil pedazos, que tan poca prevención tenían los malditos. De súbito, un desgarro se oyó hasta en las eras que rodean a la aldea; luego, el chasquido de un cuerpo en el patio. Me alarmé ante el seguro daño a la persona que había caído. El corretear de otro individuo rompiendo tejas en su huida me asustó aún más. Llamé a Luisa, la hija del ama Juana, que pernocta en el cuarto de al lado para atenderme y vigilar mi corto sueño. Ella tiene un buen dormir y supuse que el trajín apenas le habría incomodado. Se escucharon los gritos de su madre:

–¡Ay, Señor! ¿Qué ha pasado?

–Venid aquí, al patio... –exclamó Andrés a las mujeres y a quien pudiera oírle–. ¡Qué horror!

–¡Rápido! Avisad al sereno –ordenó Luisa.

A continuación, el jaleo fue incrementándose. Vecinos, alguaciles, médico y alcalde por lo menos. El barullo se transformó en ruido sordo, en murmullos ahogados. El pueblo entero terminó en vela. Por fin, subió Juana a mi cuarto; detrás de ella apareció el munícipe.

–Señor, señor, no os queríamos incomodar. Es una tragedia –susurró ella.

–Venían a por vuestra merced, eso es casi seguro –apostilló don Julián, el alcalde–. Redoblaremos la vigilancia si es preciso, a partir de esta noche.

–Bueno, tranquilos, que no me asustan en exceso las aventuras nocturnas –concluí–. Es sorprendente las numerosas visitas que tenemos a altas horas. Será porque el pueblo es cada día más conocido...

Poco después del amanecer salí de casa para ver la cara del individuo que vino a echarme de este mundo. El compinche había escapado, pero resultó ser un mercenario a sueldo del primero, según la confesión que hizo ante el escribano municipal, con quien se explayó sin temor fruto, supongo, de su mal estado.

Al entrar en la celda y verle derrumbado en el camastro, no me cupo ninguna duda. Era el mismo que destrozó en la plaza de San Marcos el hombro de Gabriel. Esta vez era él quien había terminado con los huesos hechos añicos, y en mayor número puesto que no quedó entera ninguna de sus extremidades. El médico tuvo que administrarle fuertes adormideras para calmar sus dolores. Casi no se quejaba, ni tampoco se escuchaban lamentos de su boca. Daba pena verle y me sentí conmovido al mirar los ojos de aquel joven que se jugaba la vida por arrancarme la mía. ¿Por qué? ¿Qué le movía a hacerlo? Me senté a su lado, llevaba buenas ropas. Él me miró asombrado, temeroso:

–¿Qué os he hecho? –le pregunté–. ¿Quién os manda?

Cerró los párpados ocultando sus enormes ojos, muy negros. El silencio duró una eternidad, pensé que jamás pronunciaría una sola palabra. El temblor de sus labios me hizo imaginar que, en cualquier momento, daría un último suspiro. Pareció reanimarse transcurridos casi dos minutos.

–Tenía que abriros en canal para haceros pagar el daño que habéis causado a mi familia y al reino entero.

Lo dijo con firmeza, aunque con voz apagada. Abrió los ojos.

–Pero ¿quién sois?

–Un soldado del ejército de Aragón.

–¿Quién os paga por matarme?

–Nadie, lo hago por España, debéis morir... –balbuceó.

El ahogo le impidió continuar. Alargó sus manos aleteando por el aire. Temí que buscara aprisionar mi cuello en un postrer intento de llevarme a la tumba con él. ¿Cómo era posible tamaño desvarío en un hombre? ¿Quién había abonado su trastorno? Necesitaba respuestas. Pedí al médico que resucitara al soldado, al homicida confeso, reincidente en su enajenación. No fue necesario, volvió en sí para exhalar su odio antes de cerrar los labios para la eternidad.

–Somos muchos los que queremos castigaros.

–¿También vuestro suegro?

–¿Qué importa eso? Muchos desean vuestra muerte. Yo obedezco gustoso...

–¿Estáis esposado con una hija de Antonio Carnero?

–Sí...

Comenzó a tiritar, sentí lástima por él.

–Aunque yo muera –dijo con un hilo de voz–, otros seguirán con el empeño de haceros pagar vuestra traición al Rey.

Con anterioridad, había sido informado de su confesión ante el escribano, pero yo quería saber más. Me hubiera gustado que pronunciase el nombre de las personas que deseaban verme muerto como fuera, después de haberme robado la salud con la peor tortura que puede emplearse contra un ser humano: quitándome la libertad, aislado en un sucio agujero a lo largo de cuatro interminables años, sin aliento para salir indemne de aquella prueba.

La matanza me ilusionó durante los últimos días, disfruté con la ortografía de las ollas preparando morcillas y longanizas, apenas sentí el riguroso invierno de estas tierras limítrofes, casi olvidé que a mi cuerpo se le acaban sus andanzas. Fruto de los excesos y la cárcel, percibí esta tarde cómo la sangre fluía sin fuerza por las venas, cómo el vahído del cansancio perturbaba mi mente. La tibia luz de la sierra, las lomas de un azul nebuloso inundaron mi estancia decayendo el ánimo. Menos mal que Luisa me rescató al despejar los ventanales del dormitorio. Ella admira lo mucho que padezco mientras yo recupero el resuello con tan sólo mirarla; su figura desenvuelta, la lozanía de su piel, son un reclamo para el placer. Ella es uno de los pocos alicientes prohibidos que me rodean.

Yo que tantas veces dije ser peor verse comido de mujeres que de gusanos, ahora exclamo que quien no ama con sus cinco sentidos a una mujer hermosa, no estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. Luisa es uno de los mejores modelos. Su mocedad adorna la fuerza de la creación que abraza un cuerpo recio; con sólo verla deambular se explayan sus encantos, manifestando así que el caudal de la vida es más fuerte que la oscuridad que me persigue.

La luz del gozo es un don para aquel que ha sabido doctorarse en el arte del amor, aunque la mayoría de las veces somos vulgares principiantes que desaprovechamos ese regalo divino. Nos damos cuenta de lo perdido cuando faltan las fuerzas, ya tarde. Durante algún tiempo seguí en tal materia las enseñanzas algo díscolas de don Pedro Téllez de Girón, duque de Osuna. Don Pedro era tan aguerrido en la defensa de España como en la conquista de algunas damas que tantos problemas le acarrearon. Fue grande, por ello mismo osado y generoso en la batalla, tanto como lo era en el amor. Supo ser humilde en el fracaso y en la victoria, un espíritu hermano que me arrastró en muchos avatares, algunos, a decir verdad, rozaron la locura. Pero ¿quién ponía impedimento a su arrojo, a su seducción? Es más difícil hacerlo cuando la juventud acrisola el entusiasmo, más si ese amigo posee el aura, el carisma de los héroes. Nos conocimos en Alcalá de Henares, tentados los dos por la musa poética y de haber dedicado el noble más tiempo a la escritura que a las armas y la política, hoy estaría en lo más alto del Parnaso de los creadores.

Por entonces, yo había dejado el Colegio del Rey en Alcalá aposentándome en casa propia, cerca de la universidad donde cursaba estudios de Arte después de haber cumplido en Ocaña con mi formación básica. En aquel tiempo me importaban más las lecturas en la biblioteca que las clases, dando la espalda a muchos maestros; deseaba aprehender en las plazas públicas, escuela donde las haya para ilustrarse en los sentimientos del pueblo, en sus virtudes y sus carencias. Estaba convencido de la necesidad de patear por antros y templos donde se entrecruzaba gentío de toda laya; huía de los púlpitos, de las ágoras doctrinales poco proclives a modificar el pensamiento con el discurrir de la vida.

Don Pedro, que bien pudo dedicarse a dormitar con las abundantes rentas de sus dominios, parecía volcado hacia el precipicio de lo imprevisible; era un devoto del aprendizaje, pero daba igual que las enseñanzas se hallasen en los salones de la corte, en los cuarteles, en los campos de su Andalucía, como en los albañales. Su abuelo, el primer titular de la casa Osuna, virrey de Nápoles, eligió a sus preceptores llevándoselo a Italia cuando era un infante. Allí, don Pedro, fue educado en la eficaz dedicación al gobierno y la administración de la justicia con la grandeza en el perdón. Fue testigo en Nápoles del regreso de soldados maltrechos en naves desarboladas por defender al Rey y la mar libre para nuestros territorios. Comprendió, muy pronto, el significado del sacrificio para extender el dominio de España; tuvo presente, desde entonces, que los fugaces designios no deberían soterrar su voluntad y estaba decidido a defender su patria con la fuerza del volcán que llevaba dentro.

La confusión propia de la juventud orientaba nuestros pasos cuando nos presentó un conocido de ambos, Lucas Montano, a la sazón catedrático de Retórica en Alcalá. La incertidumbre y el desánimo entristecían aquellos días el ambiente: la agonía de Felipe Segundo, el calvario de ese «segundo Job», influía en todos nosotros. Mi abuela había muerto meses atrás; mi hermana Ana, luego sor Felipa de Jesús, había ingresado siendo una chiquilla en el convento de las carmelitas descalzas y, para colmo de desgracias, mi madre perdía la salud. Por entonces, hasta estuve tentado en encaminarme hacia la Iglesia para convertirme en un fiel servidor de la misma. Para huir de tamaña veleidad me vino al pelo don Pedro. Él estaba inquieto ante la desesperanza que preveía en España con la muerte del monarca, y por los riesgos que imaginaba en los asuntos del reino si el heredero se desarmaba contra los peligros que nos estaban acechando. La fortaleza, el valor desbocado de don Pedro, le incitaban a la aventura y hazañas sinnúmero.

–He propinado alguna estocada en lances amorosos que me han complicado mucho la vida.

–¿Hasta qué extremos? –le pregunté.

–Más de lo que pueda imaginarse. Estoy castigado con el destierro en Sevilla.

–¿Un destierro...?

–Sí, lo que ocurre es que lo incumplo regularmente. Es imprescindible mi presencia en las proximidades de la corte para trabajar junto al bando que influirá en el próximo monarca.

–¿Para conspirar, supongo?

–¡Claro está! Hay que preparar el futuro, don Francisco, y dejarse de zarandajas.

Son pocos los que se libran de los duelos y pendencias en la juventud, de sus desatinos; ya lo era, y extraordinario, vernos a nosotros como compinches. Don Pedro, gallardo, elegante y con trazas de victorioso, a la espera de ir al campo de batalla. Yo, cual fiel escudero, cargado de escritos y sueños para triunfar en las Letras, arropando con mi capa el escaso donaire de mi nacimiento. Para acallar a los lerdos, reconocí en algún tiempo que mi madre me parió una noche oscura porque el sol tuvo de verme vergüenza.

Con don Pedro discutíamos, en muchos lares, sobre cuestiones mundanas y morales ante una legión de seguidores ávidos por escuchar nuestras diatribas. Juntos nos volcamos en el divertimento, amoríos y lecturas. A su lado, me doctoré en la destreza con la espada y en otros juegos, encomendados ambos por entonces a disfrutar, sobre todas las cosas, de las mujeres. Él adquirió con mi ayuda mayor dominio en la palabra y en la pluma haciendo sus análisis más certeros. Yo, a su lado, alcancé rudimentos para la intriga política, materia en la que todavía era un iletrado.

A medida que avanzo en este escrito, comprendo lo importante que fueron algunas personas con las que tuve trato; hasta qué punto, más allá de lo imaginable me marcaron. Y primó sobre todas ellas don Pedro; él saqueó, sin que pusiera reparos, mi voluntad ciega; con mi beneplácito y entrega, sorbió bastantes años de mi vida. Con él, lo sé, hice historia, y debí colmar mi vocación política.

Me has preguntado muchas veces cómo y cuándo fui herido al ver las cicatrices que horadan mi frente. Fueron fruto de una lucha callejera. El de Osuna empeñado en defender a la hija de un escritor de comedias, por la que tenía perdido el sentido, esgrimió su irritación belicosa ante dos individuos al salir de San Felipe el Real. Al mediar, la refriega me dejó malherido. Con mi auxilio, don Pedro acabó, al fin, con los moscardones y, para no agravar su situación ante la ley, ya de por sí complicada, huyó al lugar de destierro que tenía encomendado. Seguí sus pasos a lo largo de varios meses hasta el advenimiento del nuevo Rey.