María Blanchard - Baltasar Magro - E-Book

María Blanchard E-Book

Baltasar Magro

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Beschreibung

Un rico cliente llama a la puerta de la pintora más misteriosa de París, una española con aspecto de niña pequeña que vive encerrada en su estudio que sólo abandona al atardecer para pasear oculta entre las sombras. El comprador desea que la pintora reproduzca un retrato que hizo de su madre mucho tiempo atrás y que es uno de los recuerdos más queridos de su infancia. Ella se niega terminantemente, no piensa perder su tiempo con ruinas del pasado... El París de la bohemia de principios del siglo XX reunió a un inmenso ejército de ilustres artistas, novelistas, poetas, músicos y pintores que revolucionaron el mundo del arte. Uno de estos genios fue una mujer: María Blanchard, pintora cubista, amiga íntima de Picasso, Juan Gris y Diego Rivera que, como una sombra, pasó casi desapercibida pese a su innegable originalidad y a la huella indeleble que dejó en las vanguardias artísticas. A través de un relato conmovedor, cargado de intriga y emoción, que conjuga elementos reales con otros de ficción, "María Blanchard: como una sombra" recrea el rastro humano y la labor artística de esta singular pintora, reconstruyendo su singular visión de la pintura, como forma de retiro espiritual, y ofreciendo detal les de una humanidad desbordante que le hizo acercarse a los parias de la sociedad, mendigos, prostitutas, pobres y tullidos, a quienes abría las puertas de su casa, alimentaba, daba cobijo y retrataba con sensibilidad y respeto .

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Seitenzahl: 187

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Baltasar Magro

María Blanchard

Como una sombra

«¿Tenemos que ser reinas o estar desnudas para entrar en los museos más importantes?»

MARIANNE PITZEN(Fundadora en Bonn del primer museo para mujeres artistas)

1

París, 27 de diciembre de 1931.

Aquel día fue de los más desagradables y desapacibles que recordaba María Blanchard en los veintidós años que llevaba en la Ciudad de la Luz. El cielo estuvo revuelto, nevó con fuerza a ratos, cayó aguanieve y también sopló durante algunas horas un viento gélido que se introdujo por los rincones de la casa sin que fuera posible poner freno o remedio a su agresión. A pesar de todo, María, imperturbable ante este difícil ambiente, con la enfermedad erosionando su cuerpo y su ánimo, apenas soltó los pinceles a lo largo del día. Estaba obligada a cumplir sin demora con los encargos, tan numerosos que se le iban amontonando. Le faltaba el dinero; siempre escaseó en sus bolsillos.

Estaba agotada, rota. Había momentos en los que recordaba una vida distinta que se había desvanecido a velocidad de vértigo: viajera, ociosa alguna vez y muy divertida. Durante los últimos años, después de perder a las personas más queridas, a sus fieles amigos Juan Gris y Diego Rivera, por circunstancias bien distintas, se había ido alejando del marasmo de la bohemia para refugiarse en la soledad. Se encerró cada vez más en su estudio, salvo para acudir a alguna exposición o a las ceremonias religiosas que más le atraían. Era una ferviente feligresa de varios templos cercanos a su casa. Lo que nunca abandonó ni rechazó fue la conversación, el encuentro con sus pocas amigas.

Cuando estaba hundida, cansada, evocaba aquel verso de Quevedo: «me pesa la sombra». Lo pronunció el genial escritor después de soportar durante tres años un encarcelamiento cruel, sin acusación que lo sustentara, tras ser arrojado a una celda encharcada en León que fácilmente podría haber provocado su salida hacia el cementerio. «Me pesa hasta la sombra.» Desde hacía varias semanas ella sufría algo similar. Muchas veces le faltaba el aire. Sujetar los pinceles al llegar la noche, después de trabajar más de doce horas seguidas y sin respiro, suponía una especie de tortura. Para colmo de males, aquel diciembre había sido muy frío, y la humedad era tan intensa que destrozaba los huesos y las articulaciones de su maltrecho cuerpo. Durante los primeros años en París soportó largos periodos sin pintar hasta que llegaba la primavera porque era incapaz de trabajar con el frío. Ahora, en su atelier, tenía algo de calor, pues nunca le faltaba leña para la pequeña estufa. Pero el recuerdo de los tiempos en los que se veía obligada a quemar sus propios dibujos y bocetos para calentarse, y que le había dejado una huella dolorosa que aún perduraba, la atenazaba y agudizaba sus funestas sensaciones. Todos los inviernos, invariablemente, le asediaban los enemigos y las amenazas.

Oía a su hermana Carmen, que le hablaba desde el pie de la escalera. La urgía para que se retirase al dormitorio a descansar. Lo hacía insistentemente, casi todos los días, a la misma hora, más o menos las nueve de la noche. María siempre le respondía lo mismo: que se encontraba bien en el estudio y que debía terminar una pintura, la que fuese. Entornó los párpados y detectó que sus ojos pesaban como si fueran de mármol en vez de estar rellenos de un ligero humor vítreo. Al abrirlos, vio la bandeja con comida que le habían traído por la mañana; apenas había probado bocado en todo el día, tan solo unos sorbos de caldo a eso de la una, cuando interrumpió su trabajo para entretenerse hojeando una publicación sobre los primitivos artistas flamencos que le habían regalado esa Navidad. El cuenco estaba medio lleno y había dos baguettes sin empezar. Decidió probar una de ellas, la que tenía queso fresco, para evitar que Carmen se enfadase. Bajaría en una media hora, más o menos. Tenía costumbre de leer un buen rato antes de irse al dormitorio; en realidad, de no ser por la terquedad y vigilancia de Carmen, permanecería en el estudio, en su más querido refugio, hasta altas horas de la noche con un libro en la mano. La lectura continuaba siendo un placer para ella, y lamentaba no dedicarle más tiempo.

Carmen, su hermana mayor, era una mujer atractiva y elegante, con tanto estilo –según destacaban quienes la conocían– que llamaba la atención por igual de hombres y mujeres, atraídos por sus hermosas facciones, su figura y su porte. Hacía varios meses que se había instalado en la casa tras separarse de su marido, Juan Egea, destinado en la embajada de España en París. La llegada de Carmen al estudio, situado cerca de Montparnasse, le complicó mucho la vida a la pintora. María había mantenido durante cortas temporadas a sus otras dos hermanas, Ana y Aurelia, pero nunca sospechó que se acomodaría en su casa, sin fecha de salida, casi una familia al completo: Carmen y sus tres hijos. La fama y el reconocimiento de María como una de las creadoras más renovadoras del arte moderno y la demanda de sus obras por parte de marchantes y coleccionistas llevaron a pensar a sus hermanas que poseía medios más que suficientes para alimentar a todos los Gutiérrez Blanchard, incluidos consortes y prole. Habían sido muchos los miembros de la saga que habían llamado a su puerta, en distintos momentos, y María no solo no los rechazó nunca sino que incluso, en ocasiones, se vio obligada a asumir por ellos gastos que la desbordaban con creces.

«Hay días en los que la veo ahogándose, sin fuerzas, y sus migrañas se han incrementado, aunque, para mi sorpresa, no ha perdido el humor y la energía –escribió Carmen a sus otras hermanas–. He intentado por todos los medios que deje de trabajar, aunque tengamos que arreglarnos con menos dinero, pero ella se niega porque desea que tengamos lo mejor. Come muy poco; le subo los platos al estudio y ella los deja en el suelo y se pone a pintarlos. La situación económica se ha complicado con nuestra llegada, eso es verdad, pero María podría dejar de pintar; no es imprescindible que lo haga porque tiene almacenada en casa mucha obra. Me dice que conserva esos cuadros para que los repartamos cuando ella falte. Siempre pensando en los demás, así es ella: ¡un cielo!»

Carmen estaba acostumbrada a vivir sin controlar demasiado los gastos, sus gustos eran exquisitos, del lujo más elitista. Y es cierto María se esforzaba para que no le faltase de nada. Ni a ella ni a sus tres sobrinos.

«Sobre mis espaldas me he echado ¡tres hijos ajenos! –escribió María en una carta a su hermana Aurelia–. Jamás pensé que tendría una familia tan numerosa; nunca sabes lo que te depara el destino, pero hay que apechugar con lo que llega e intentar no agobiarse en exceso. Es un pequeño sacrificio por ellos. Sin ser mis hijos, me he impuesto el deber de sacarlos adelante.»

Se levantó con gran esfuerzo de su silla giratoria, que tenía una pata rota y hacía un ruido tétrico al moverse de un lado a otro de la sala. Las figuras que había pintado durante esa jornada volvieron a reclamar su atención. Le alcanzaban sus miradas, el fulgor que irradiaban sus cuerpos. Los ojos transmitían asombro ante lo que las rodeaba, incluso alucinación. Sí, fue Pablo, Pablo Picasso, quien adivinó en una exposición de María lo que había inspirado a la pintora para elegir esa expresión en casi todos los personajes que creaba.

«Yo también me he sentido atrapado por esos ojos –le dijo Picasso a María–, los he descubierto en los maestros de la iluminación, en los viejos códices. Me impresionaron la perfección y el toque de pincel con un pelo que utilizaban los monjes en los llamados beatos. Esos ojos –se explayó Picasso–, los que tú reproduces, son como los que tienen los ángeles del Apocalipsis.»

Acertó el malagueño. María pensó que no había otro artista capaz de dominar y hacer suyas tantas imágenes como él. Atesoraba en su cabeza todas las que se exponían ante sus ojos para mejorarlas y poseerlas como un brujo. Ella conoció de pequeña los beatos que le mencionó Picasso. No en vano el primer libro comentado del Apocalipsis de san Juan fue obra de su paisano Beato en la Liébana cántabra, allá por el siglo octavo. Admiraba a muchos artistas clásicos, especialmente a los primitivos florentinos como Masaccio o Giotto, y a los iluminadores medievales, incluso a los más lejanos, los persas, a los que tuvo ocasión de estudiar cuando visitó la colección del British Museum en Londres.

Hacía meses que no salía de París, y desde entonces todo iba peor. La maldita salud, que ya durante toda su vida había sido delicada, era ahora un auténtico suplicio. Lo percibía a cada instante, y seguramente en su rostro se apreciaba el progresivo deterioro. Evitaba tanto mirarse a un espejo como ser fotografiada. Era consciente del efecto que producía en los demás cuando la miraban y observaban con disimulo, pues, a pesar de sus esfuerzos, la gente no conseguía ocultar la compasión y, a veces, el asombro.

Por fin se decidió a bajar a su cuarto.

Se tumbó en la cama, vestida, como hacía la mayoría de las noches. Era un dormitorio de paredes blancas, sin adornos de ninguna clase ni ventanas, un destemplado cuarto oscuro. Las próximas horas supondrían un sufrimiento porque apenas lograría conciliar el sueño, ni siquiera el láudano o los mejunjes del doctor Chabrier conseguían el efecto buscado. Se vería obligada a mantenerse rígida, adoptando la misma postura durante toda la noche, igual que había hecho desde niña debido a la deformidad congénita de su cuerpo. Después de permanecer tres días en cama,

2

Isabelle Rivière la encontró encorvada como un ovillo encima de su silla cuando fue a visitarla antes de que terminara el año. María ensayaba varias mezclas de color depositándolas sobre una tabla donde, previamente, había hecho una imprimación con blanco. Miró de reojo a la recién llegada esbozando una cariñosa sonrisa a modo de recibimiento. Estaba animada, lo que resultaba bastante infrecuente en los últimos días. Lo primero que le dijo María, casi en un susurro, es que acababa de despedirse de una pobre mujer que no tenía nada para dar de comer a sus dos pequeños.

–Me hace bien ayudar a los necesitados, y, en cualquier caso, no importa lo que yo sienta, sino saber que les entregas algo que resulta esencial para ellos. No cuesta mucho calmar la sed y el hambre de los menesterosos.

Isabelle llevaba mucho tiempo intentando que María saliera del agujero en el que se había metido para ocultar a los demás la desesperación en que la había sumido la muerte de Juan Gris, el artista que llevó a la cumbre los postulados del movimiento cubista iniciado por Picasso. Isabelle fomentó en ella la devoción religiosa, que consideró el mejor asidero para que superara el aciago trance que tanto la estaba afectando. Y, a decir verdad, su influencia fue decisiva porque recuperó la fe, que había arrinconado –en realidad la había perdido casi por completo– hacía muchísimos años, prácticamente desde la adolescencia. Pero su regreso tuvo otro efecto: la ansiedad por la perfección en el cumplimiento de las reglas acabó convirtiéndose en algo obsesivo. Así pues, ¿la religión fue la salvación que necesitaba o vino a incrementar sus angustias? La renacida devoción de María no había actuado, al parecer, como el bálsamo que precisaba su espíritu.

Las dos mujeres rozaban la cincuentena y profesaban la fe con idéntico fervor; en lo relativo a la pintura, sin embargo, no acababan de entenderse. Isabelle, aunque se esforzaba por comprenderlo, no entendía el verdadero alcance del trabajo de María ni qué sentido tenía retratar personajes alejados de lo que ella consideraba real. En su opinión, retratar la realidad sin matices era lo que debía motivar a los pintores.

María le tenía mucha estima. Isabelle era menuda y poco agraciada pero destacaba por sus impecables atuendos y por sus maneras elegantes; su carácter, sobrio y algo seco, se suavizaba gracias al encanto de que hacía gala en el trato cercano.

«Constituía un verdadero milagro que María pudiera sostenerse en aquella silla de equilibrio inestable que conservaba desde épocas remotas», –precisó Isabelle en la biografía que escribió sobre su amiga–. La descripción que hizo de María Blanchard y del lugar donde trabajaba no tenía desperdicio: «pintaba vestida con un blusón de color negro manchado de pintura de pies a cabeza; insistía en que le encantaba arreglarse, pero que carecía de tiempo para hacerlo; llevaba el pelo cortado a capas, mal recogido con una goma, y se ponía con frecuencia unas gafas de montura exagerada para el tamaño de su rostro, con una patilla medio rota sujeta, desde tiempo inmemorial, con un poco de hilo. Algunos creían que no necesitaba lentes, que utilizaba cristales sin graduación para ocultarse de las miradas ajenas. A su alrededor tenía una especie de tenderete de colores, pinceles, lápices de pastel, botellas, dibujos, calcos, libros abiertos y desperdigados por el suelo, trozos de tela cortados el día anterior para hacerse un vestido que esperarían semanas para ser cosidos. Las paredes de su estudio estaban cubiertas de incontables cuadros arrinconados de espaldas, apilados en cualquier esquina. Había un montón de vestidos tirados encima de una especie de diván de rayas chillonas; en el centro de la sala, una mesita china con un puñado de flores artificiales metidas en un jarrón desportillado, y a través de los ventanales, poco que ver, solo se apreciaba el esqueleto de un árbol delante del muro de un garaje».

Lo mejor sin duda de aquel espacio eran las claraboyas, por las que entraba una luz tamizada e intensa que inundaba la estancia, incluso en los días nublados o espesos como los que estaba haciendo esa última semana del año. Para María había pocas cosas en la vida y en su entorno, por no decir ninguna, lo suficientemente importantes como para desviar su apego por la pintura. Nada era capaz de enturbiar la misión que se impuso siendo una adolescente. Había trabajado en cuchitriles donde ni las ratas se encontrarían a gusto. Llevó durante años un único vestido de cuadros verdes y amarillos que irritaba a la vista, pero no hacía caso a quienes le sugerían que cambiara de aspecto. Pintar era lo fundamental, y nada debía perturbar ese objetivo. El arte la había salvado de precipitarse en el abismo másinsondable. Era su asidero.

«Los señorones y los mandamases dicen que las mujeres no tenemos inteligencia ni capacidad para la creación artística porque estamos en el mundo para la reproducción y la crianza de los hijos, que esa es la razón por la que nuestra inteligencia está limitada para acometer acciones más elevadas y de mayor categoría. Es evidente que no es mi caso. Yo no estoy hecha para otra cosa, creo, que no sea dar brochazos a las telas –comentó con ironía en alguna ocasión–, aunque no he probado otras lides; vete a saber dónde habría terminado si me hubiera cruzado con un altruista y buen mozo; tal vez habría abandonado este oficio porque mi pequeña inteligencia habría sido consumida por la descendencia.»

El 29 de diciembre Isabelle la encontró trabajando con el mismo ímpetu y entusiasmo de cualquier día, como era de esperar, porque, salvo que estuviera muy enferma recluida en la cama, nada limitaba su dedicación desde primeras horas de la mañana hasta avanzada la noche. María evitaba entretenerse con Isabelle, y sus respuestas, a medida que avanzaba el reloj, se reducían a simples monosílabos. Tampoco la situación se prestaba a mucho más dado que la lluvia, al golpear las cristaleras del techo, hacía un ruido atroz, tan fuerte que era casi imposible mantener una conversación sin gritar.

María repetía un cuadro que Isabelle había visto otras veces con escasas variaciones: una maternidad. La artista le dio a su amiga una inesperada explicación:

–Si me las piden, ¿qué voy a hacer?, ¿negarme? No cesan de pedírmelas desde que acabó la guerra, a mí y a todos los pintores, mis cuadros deben agradar porque tengo lista de espera. Además, pintar es pintar, y el tema no importa tanto porque intento darle un sesgo diferente. Estar aquí frente al caballete forma parte de mí, como si fuera una extensión de mi persona. Es lo que sé hacer y disfruto haciéndolo. Es como una especie de droga, y peor es no tenerla; resulta imprescindible para no arrojarse al vacío.

Lo primero que llamaba la atención de esas pinturas era la relación distante entre la madre y el bebé, adornados con un aura de melancolía constante que, por otra parte, era frecuente en la mayoría de los personajes que poblaban los lienzos de la última etapa de la artista. ¿María culpaba a su propia madre de las heridas que soportaba su cuerpo desde que vino al mundo? Isabelle lo sospechaba, pero nunca se atrevió a formularle la pregunta. Quería evitar que la respuesta incrementara su malestar al aflorar lo que, seguramente, anidaba en los resquicios más insondables de su amiga. Era ya sabido que cuando su madre se hallaba en avanzado estado de gestación se había caído al descender de un carruaje. ¿Fue esa la causa de que ella naciera con una deformidad física muy acusada en la espalda? ¿Consideraba que la torpeza de su madre era el motivo de su desgracia? Nunca mencionó este hecho; sin embargo, los cuadros de los últimos años dejaban traslucir algo de ese sentimiento. La mayoría de las figuras aparecían talladas como diamantes, con luz propia, con rasgos de acusada inocencia; eran personas doloridas y tristes, huérfanas del abrazo o el calor de los seres cercanos.

Isabelle se mantuvo sentada cerca de ella evitando alterar su concentración. La observó pacientemente. Tenía unas manos hermosas; ni siquiera los avatares de la edad y una vida poco pródiga en cuidados habían dañado su delicada naturaleza, sus ojos grandes, oscuros, muy profundos, ávidos de captar lo que estaba a su alrededor. En los labios mantenía a todas horas una sonrisa dulce, un gesto amable muy característico y que amortiguaba el efecto de repulsión que, en un primer instante, solían provocar en los demás su espalda desviada, a punto de quebrarse, y su ostensible joroba. «Su figura –escribió años más tarde Isabelle– estaba constreñida y torturada, lo que la obligaba a caminar casi perdiendo el equilibrio. Eso no impedía que, cuando se encontraba con sus amigos, se transformara en alguien transparente como un niño, chispeante, un alma ardiente, desbordante y generosa hasta el heroísmo, bañada de inocencia. De este cuerpo enfermo, de esta alma sin reposo, del fondo de esta vida aplastada sin compasión, nacieron multitud de criaturas, luminosas, repletas de ternura y piedad.»

María había decidido, al finalizar su etapa como pintora cubista, embarcarse en la representación de seres desvalidos, solitarios, desheredados. Todos sus personajes surgían de su cabeza, conservados en su memoria, sin la observación directa de un modelo. Eran imágenes, en su mayoría, inspiradas en vivencias reales, captadas durante sus viajes y salidas al exterior.

Isabelle observó cómo perfilaba los ojos de la madre, con el pecho desnudo, que acababa de dar de mamar a su bebé. Su expresión era amable; el gesto, sereno, y tenía ojos grandes y rasgados. El conjunto de sus facciones sugería una persona de origen oriental. A veces incluso representaba figuras de rasgos africanos y aspecto de refugiados. María le había explicado que esa fascinación por lo primitivo era fruto del intento de los renovadores del arte, como ella, de destruir los ideales del clasicismo mediante la creación de un nuevo lenguaje que dio origen al cubismo. Para ella el ejemplo más representativo de esa innovación fue el cuadro Les Demoiselles d’Avignon de su amigo Pablo Picasso. Aquel día de 1916 en que el malagueño presentó esa composición, cuyas figuras femeninas estaban cubiertas con caretas africanas, María Blanchard lo acompañaba en la sala, donde también exponía obras suyas. En más de una ocasión expusieron juntos.

Después de un buen rato contemplando cómo progresaba la composición de la maternidad, algo que María lograba con una facilidad que asombraba a cualquiera que tuviera la oportunidad de presenciarlo, Isabelle buscó una excusa para animarla a descansar. En realidad, pensó que lo más apropiado sería introducirla en una bañera para limpiar todos los manchones que habían ido depositándose en su piel y en su ropa, casi tanta pintura como la que había dejado sobre el lienzo. Le propuso dar un paseo por el barrio a sabiendas de que era difícil sacarla de casa. Para tentarla, le dijo que había una pastelería nueva donde hacían los mejores bombones de París, no muy lejos de la calle Boulard. En otro tiempo habría echado casi a correr para darse ese capricho. Lamentablemente, había cambiado mucho en los últimos años.

–Está lloviendo –respondió al instante, para continuar con otro pretexto frecuente–: cuando termine lo que estoy haciendo, tal vez.

La frase era casi siempre la misma. Y siempre estaba haciendo algo. Vivía para pintar y era probable que muriera pintando.

3

El tiempo apenas mejoró con la llegada del nuevo año. María tampoco modificó sus rutinas: seguía enclaustrada la mayor parte del día trabajando como una hormiga obrera. En realidad su trabajo daba más frutos que el que obtenían las pobladoras de un hormiguero: convertía en realidad emociones poco frecuentes o, al menos, la trataba con formas, luces y perspectivas originales, de honda belleza y sentimientos contenidos.

Para celebrar la entrada del nuevo año, María pasó parte de la mañana en la iglesia que estaba frente a Les Catacombes, a pocos metros de su casa, situada en la rue Boulard. Carmen se disgustó con ella por haberse atrevido a salir con el tiempo de perros que azotaba la ciudad. Para colmo, se había negado a protegerse del frío. Se empeñaba en andar por la calle con un abrigo que había perdido mucho grosor y apresto después de los numerosos lavados soportados a lo largo de sus más de diez años de trasiego. María rechazaba enérgicamente protegerse con más ropa, y como mucho toleraba una bufanda o una chaqueta de lana encima de su blusón.