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En 2009 el filósofo esloveno Slavoj Žižek congregó a un renombrado elenco de académicos e intelectuales para discutir en torno a la persistente relevancia del comunismo en los momentos actuales. Para sor-presa general, los debates atrajeron un nutrido público. No paró ahí la cosa; desde entonces vienen celebrándose cada dos años las conferencias internacionales sobre "La idea de comunismo" en distintos lugares del globo. Tras la celebrada en Nueva York (2011) llegó el turno de Seúl, cuyas intervenciones más destacadas recoge el presente libro. A las firmas habituales de filósofos de la talla de Alain Badiou o Slavoj Žižek se suman, en esta ocasión, las de destacados intelectuales críticos procedentes de Asia, que ofrecen novedosos análisis sobre el comunismo oriental y occidental en una época de crisis económica y política global. Alain Badiou, Ho Duk Hwang, Rosalind Morris, Pun Ngai, Claudia Pozzana, Alessandro Russo, Yong Soon Seo, Wang Hui, Cécile Winter, Slavoj Žižek
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Seitenzahl: 583
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Akal / Pensamiento crítico / 72
Alex Taek-Gwang Lee y Slavoj Žižek (eds.)
La idea de comunismo
The Seoul Conference (2013)
Traducción: Antonio J. Antón Fernández
En 2009 el filósofo esloveno Slavoj Žižek congregó a un renombrado elenco de académicos e intelectuales para discutir en torno a la persistente relevancia del comunismo en los momentos actuales. Para sorpresa general, los debates atrajeron un nutrido público.
No paró ahí la cosa; desde entonces vienen celebrándose cada dos años las conferencias internacionales sobre «La idea de comunismo» en distintos lugares del globo. Tras la celebrada en Nueva York (2011) llegó el turno de Seúl, cuyas intervenciones más destacadas recoge el presente libro.
A las firmas habituales de filósofos de la talla de Alain Badiou o Slavoj Žižek se suman, en esta ocasión, las de destacados intelectuales críticos procedentes de Asia, que ofrecen novedosos análisis sobre el comunismo oriental y occidental en una época de crisis económica y política global.
Alex Taek-Gwand Lee es profesor en el departamento de estudios culturales anglosajones de la universidad surcoreana de Kyung Hee.
Slavoj Žižek es el filósofo y crítico cultural más relevante del panorama contemporáneo. Autor de una vasta obra, entre sus títulos publicados en esta misma colección cabe citar Primero como tragedia, después como farsa; Lacan. Los interlocutores mudos (editor); El año que soñamos peligrosamente; El dolor de Dios. Inversiones del Apocalipsis (con Boris Gunjević), Pedir lo imposible o La idea de comunismo. The New York Conference (2011) (editor).
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RAG
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Título original
The Idea of Communism. The Seoul Conference
© Verso, 2016
© Los autores, 2016
© Ediciones Akal, S. A., 2018
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4696-7
Prólogo
¿Por qué el comunismo, hoy?
Slavoj Žižek
Hacia finales de septiembre de 2014, después de declarar la guerra a Dáesh, el presidente Obama concedió una entrevista a 60 Minutes en la que trató de explicar las directrices de la política de intervención de Estados Unidos: «Cuando hay problemas en cualquier parte del mundo, no llaman a Pekín, tampoco a Moscú. Nos llaman a nosotros. Es lo que siempre ocurre. Que América lidera. Somos la nación indispensable». Esto también se aplica a los desastres medioambientales y humanitarios: «Cuando hay un tifón en Filipinas, observe quién está ayudando a los filipinos a lidiar con el problema. Cuando hay un terremoto en Haití, observe quién es el primero en ayudar a la reconstrucción de Haití. Así funcionamos. Eso es lo que nos hace americanos».
Sin embargo, a mediados de octubre el propio Obama contactó con Teherán, enviando una carta secreta al ayatolá Alí Jamenei en la que proponía un mayor acercamiento entre Estados Unidos e Irán basado en un interés común a ambos: combatir las milicias de Dáesh. Aparte de que Irán rechazó la oferta, cuando la carta se hizo pública los republicanos la denunciaron como un ridículo gesto de autohumillación, que sólo reforzaría la arrogante visión que tiene Irán de Estados Unidos como una superpotencia en declive. Así es como realmente funciona Estados Unidos: actuando en solitario en un mundo multicéntrico, cada vez acumula más guerras y pierde la paz, haciendo el trabajo sucio de los demás; de China y Rusia, que tienen sus propios problemas con los islamistas… y aun de Irán; el resultado último de la invasión de Irak fue entregar a Irán el control político del primero. (Estados Unidos ya quedó atrapado en esta dinámica con Afganistán; su ayuda a los combatientes antisoviéticos dio nacimiento a los talibanes.)
El origen de estos problemas es el diferente papel que desempeña ahora Estados Unidos en la economía mundial. Un ciclo económico toca a su fin, el que comenzó a principios de los años setenta, momento en el que nació lo que Yanis Varoufakis denomina el «minotauro global» –el monstruoso mecanismo que rigió la economía mundial desde comienzos de los años ochenta hasta 2008–. El final de la década de 1960 y el comienzo de la siguiente no sólo fueron tiempos de crisis del petróleo y estanflación; la decisión de Nixon de que el dólar estadounidense abandonara el patrón oro señaló un cambio mucho más radical en el mecanismo básico del sistema. A finales de los años sesenta, la economía estadounidense ya no podía continuar reciclando sus excedentes en Europa y Asia: sus excedentes se habían convertido en déficits. En 1971, el gobierno estadounidense respondió a este declive con un movimiento estratégico audaz: en lugar de contener su creciente déficit, decidió hacer lo contrario; impulsarlo. ¿Y quién lo pagaría? ¡El resto del mundo! ¿Cómo? Mediante una transferencia continua de capital que cruzaría incesantemente los dos grandes océanos para financiar el déficit norteamericano: Estados Unidos tiene que absorber cada día mil millones de dólares, que fluyen desde otras naciones, para financiar su consumo doméstico. Por lo tanto, EEUU es el consumidor keynesiano universal, que mantiene el funcionamiento de la economía mundial. Esta absorción se basa en un complejo mecanismo económico: se «confía» en Estados Unidos como centro seguro y estable de la economía, para que todos los demás, desde los países árabes productores de petróleo hasta Europa occidental y Japón, y ahora incluso los chinos, puedan invertir sus ganancias en Estados Unidos. Puesto que esta «confianza» es principalmente ideológica y militar –no económica–, el problema para Estados Unidos es cómo justificar su papel imperial: necesita un estado de guerra permanente, en el que poder ofrecerse como el protector universal de todos los países «normales», es decir, todos aquellos que no son «Estados canallas» (rogue states).
Sin embargo, aun antes de haberse establecido plenamente, este sistema mundial basado en la primacía del dólar como divisa universal se está derrumbando, siendo reemplazado por… ¿qué? Esta es la razón de las tensiones actuales. El «siglo americano» ha acabado, y somos testigos de la formación gradual de múltiples centros dentro del capitalismo global: Estados Unidos, Europa, China, quizás América Latina; cada uno de ellos representa al capitalismo, pero en cada caso de un modo específico. Estados Unidos representa el capitalismo neoliberal; Europa, lo que queda del Estado del bienestar; China, el capitalismo «con valores asiáticos» (autoritario); América Latina, el capitalismo populista. En este mundo, las antiguas y nuevas superpotencias están tanteándose, tratando de imponer al otro su propia versión de las normas globales, utilizando como conejillos de Indias a terceros que, por supuesto, son otras pequeñas naciones y estados.
La situación actual tiene por tanto un extraño parecido con los primeros años del siglo XX, cuando la hegemonía del Imperio británico se vio cuestionada por las nuevas potencias emergentes –especialmente Alemania, que quería su parte del pastel colonial–, y los Balcanes fueron un escenario de su enfrentamiento. Hoy en día, el papel del Imperio británico lo desempeña Estados Unidos, las nuevas superpotencias en auge son Rusia y China, y nuestros Balcanes se hallan en Oriente Próximo. Es la vieja batalla de siempre por la influencia geopolítica: Moscú no sólo recibe llamadas de Estados Unidos, sino también de Georgia y Ucrania; quizás comience también a oír voces en los estados del Báltico.
Hay otro sorprendente paralelismo con la situación anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial: en estos últimos meses, los medios de comunicación han advertido constantemente de la amenaza de una Tercera Guerra Mundial. Titulares como «La superarma de la fuerza aérea rusa: cuidado con el caza furtivo PAK-FA» o «Rusia se prepara para desencadenar la guerra. En un hipotético enfrentamiento nuclear con Estados Unidos, podría salir vencedora». Al menos una vez a la semana, Putin hace declaraciones que son consideradas una provocación a Occidente; un destacado representante occidental o de la OTAN advierte de las ambiciones imperialistas rusas; Rusia expresa su preocupación por la estrategia de contención de la OTAN, mientras que sus países vecinos temen una invasión rusa, y así sucesivamente. El tono de gran preocupación de estas advertencias parece aumentar la tensión, exactamente como en las décadas anteriores a 1914. Y, en ambos casos, opera el mismo mecanismo supersticioso: hablar de ello evitará que suceda. Sabemos del peligro, pero no creemos que pueda suceder realmente; y, precisamente por eso, puede ocurrir. Esto es, incluso si realmente no creemos que pueda suceder, nos estamos preparando para ello; y estos preparativos, en gran parte soslayados por los principales medios de comunicación, pero no menos ciertos, aparecen principalmente en medios marginales:
Estados Unidos está en pie de guerra. Aunque hace más de diez años que el Pentágono baraja la hipótesis de una Tercera Guerra Mundial, la posibilidad de una acción contra Rusia se contempla ahora a «nivel operativo»… No se trata de una «Guerra Fría». No sigue en pie ninguna de las salvaguardas de la época de la Guerra Fría… La adopción de un importante paquete de medidas legislativas en la Cámara de Representantes de Estados Unidos, el 4 de diciembre [de 2014] (H. Res. 758) proporcionaría (a la espera de su votación en el Senado) luz verde de facto para que el presidente y comandante en jefe de EEUU iniciara –sin la aprobación del Congreso– un proceso de confrontación militar con Rusia. La seguridad global está en juego. Este voto histórico –que potencialmente podría afectar a la vida de cientos de millones de personas en todo el mundo– prácticamente no ha recibido atención alguna de los medios. Predomina un apagón informativo total… El 3 de diciembre, el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa anunció la inauguración de una nueva entidad político-militar que tomaría el poder en caso de guerra. Rusia está preparando un nuevo centro de defensa nacional con la función de monitorizar las amenazas a la seguridad nacional en tiempo de paz, pero que podría tomar el control de todo el país en caso de guerra[1].
Lo que complica aún más las cosas es que las nuevas y viejas superpotencias en pugna están unidas por un tercer factor: los movimientos fundamentalistas radicalizados en el Tercer Mundo, que se oponen a todas ellas pero tienden a llegar a pactos estratégicos con algunas. No es de extrañar que nuestra situación nos resulte cada vez más opaca: ¿quién es quién en los conflictos actuales? ¿Cómo elegir entre Assad y Dáesh en Siria? ¿Y entre Dáesh e Irán? Esta opacidad –por no mencionar el uso creciente de drones y otros sistemas de armamento que prometen una guerra limpia, de alta tecnología; sin víctimas (al menos entre los nuestros)– dispara el gasto militar y hace por tanto más seductora la posibilidad de entrar en guerra.
Si el axioma subyacente a la Guerra Fría fue MAD (Mutually Assured Destruction), el axioma de la actual guerra contra el terror parece ser el opuesto, el de NUTS (Nuclear Utilization Target Selection): la idea de que se puede destruir la capacidad nuclear del enemigo mediante un ataque quirúrgico, mientras nos protegemos del contraataque con un escudo antimisiles. Más exactamente, Estados Unidos adopta una estrategia diferenciada: actúa como si confiara aún en la lógica MAD en relación a Rusia y China, mientras que se ve tentado a aplicar NUTS con Irán y Corea del Norte. El mecanismo paradójico de MAD invierte la lógica de la «profecía autocumplida», convirtiéndola en «intención autoparalizante»: el hecho mismo de que cada parte pueda estar segura de que si decide lanzar un ataque el otro lado responderá con toda su capacidad destructiva, garantiza que ningún lado empezará la guerra. La lógica de NUTS consiste, por el contrario, en que el enemigo puede ser forzado a desarmarse si queda asegurado el hecho de que podemos atacarle sin arriesgarnos a un contraataque. El hecho mismo de que dos estrategias directamente contradictorias se desplieguen simultáneamente por la misma superpotencia atestigua el carácter fantasmático de todo el razonamiento.
¿Cómo evitar precipitarnos en este vórtice? El primer paso es dejar atrás toda la cháchara pseudorracional de los «riesgos estratégicos» que tenemos que asumir, así como la noción del tiempo histórico como un proceso lineal de evolución en que, a cada momento, tenemos que elegir entre diferentes líneas de acción. Debemos aceptar la amenaza como nuestro destino: no es sólo cuestión de evitar riesgos y tomar las decisiones correctas dentro de la situación global; la verdadera amenaza reside en la situación en su totalidad, en nuestro «destino». Si continuamos «funcionando» como hasta ahora, estamos condenados, y no importa cuán cuidadosamente procedamos. Así que la solución no es ser cuidadosos y evitar intervenciones arriesgadas; al actuar así, participamos plenamente en la lógica que conduce a la catástrofe. La solución está en ser plenamente conscientes del explosivo conjunto de interconexiones que vuelven peligrosa toda la situación. Una vez que logremos esto, tendremos que ser capaces de embarcarnos en el largo y difícil trabajo de cambiar todas las coordenadas. Nada que sea menos que eso nos permitirá lograrlo.
Nada que sea menos que un nuevo proyecto comunista.
[1] Michel Chossudovsky, «America is on a “Hot War Footing”: House Legislation Paves the Way for War with Russia?», 5 de diciembre de 2014, en Global Research [https://www.globalresearch.ca/america-is-on-a-hot-war-footing-house-legislation-paves-the-way-for-war-with-russia/5418035].
Introducción general a la Conferencia de Seúl
Alain Badiou
Después de Londres, Berlín y Nueva York, me complace estar en Seúl para inaugurar la cuarta conferencia internacional sobre la palabra «comunismo».
En primer lugar querría transmitir a Alex Taek-Gwang Lee, Yong-Soon Seo y todos sus compañeros mi gratitud personal, y la gratitud de mi gran camarada filosófico Slavoj Žižek, por su magnífico trabajo. Sin ellos, esta conferencia habría sido absolutamente imposible. Y este trabajo no ha sido fácil; no lo ha sido en general, y específicamente no ha sido fácil en Corea, por obvias razones históricas. Así que, amigos, ¡os doy las gracias!
Estamos aquí para discutir si es posible usar la palabra «comunismo» después de los desastres del siglo pasado.
Ciertamente, esta discusión tiene que ver también con la tensión, acaso la contradicción, entre el uso clásico de esta palabra, por parte de Marx, Lenin y muchos otros pensadores y activistas; y, por otro lado, la necesidad de un nuevo significado y un nuevo uso para esta palabra.
Estamos en Corea, un país desolado y partido en dos desde la Segunda Guerra Mundial a causa de la Guerra Fría sostenida entre los estados socialistas y el mundo occidental capitalista. Tenemos el deber de afirmar que esta conferencia no tiene relación alguna con este desastre histórico. No tenemos nada que ver con el Estado nacionalista y militarista de Corea del Norte. No tenemos, en general, nada que ver con los partidos comunistas que aquí y allá prolongan una vieja moda del siglo pasado. Bajo la hermosa palabra «comunismo», en su sentido original, buscamos una nueva visión, una nueva estrategia para trazar el destino colectivo de la humanidad como tal.
Durante casi treinta años, el presente, nuestro presente histórico, ha sido una época confusa, desorientada: un tiempo que no ofrece a sus jóvenes, especialmente a los jóvenes de las clases populares, ningún principio que oriente su existencia. Por esta razón podemos, y probablemente debamos, volver a los viejos debates del siglo XIX sobre el progreso, el devenir histórico y la gran contradicción entre el enorme poder de la propiedad privada, de un lado, y la idea de una organización colectiva de las energías productivas, de otro. De hecho todo ello no fue sino una discusión en torno a la palabra «comunismo» como la alternativa única al violento nacimiento y éxito del capitalismo moderno.
Entonces, ¿cuál puede ser el principio y el nombre de una orientación genuina para la actualidad? Propongo que, de acuerdo con la historia de la política emancipadora, lo llamemos la hipótesis comunista.
Señalemos de pasada que nuestros críticos quieren desechar la palabra «comunismo» bajo el pretexto del trágico fracaso que supuso la experiencia de los estados socialistas, también llamados «democracias populares», que duró setenta años. ¡Vaya broma! Sus objeciones descansan en setenta años de pasos titubeantes, violencia y puntos muertos, ¡cuando de lo que se trata es de derribar la dominación de los ricos y la herencia del poder, que han durado milenios! A decir verdad, la idea comunista sólo ha atravesado la infinitésima parte del tiempo necesario para su verificación, para su realización efectiva.
¿Cuál es esta hipótesis? Se puede resumir en tres axiomas.
En primer lugar, la idea de la igualdad. Una idea pesimista, que nuevamente domina nuestra época, es que la naturaleza humana está destinada a la desigualdad; que, por supuesto, es una lástima que esto sea así, pero que, una vez derramadas las lágrimas de rigor, hay que entenderlo y aceptarlo. Desde este punto de vista, la idea comunista no responde propiamente con una igualdad planificada como propuesta, sino declarando que el principio igualitario nos permite distinguir, en toda acción colectiva, aquello que se ajusta a la hipótesis comunista –y que posee un valor real por tanto– de aquello que la contradice y nos devuelve a una concepción animal de la humanidad.
En segundo lugar, tenemos la convicción de que la existencia de un Estado coercitivo aparte no es necesaria. Esta es la tesis, compartida por anarquistas y comunistas, de la desaparición del Estado. Han existido sociedades sin Estado, y es racional postular que puede haber otras en el futuro. Pero, sobre todo, es posible organizar acciones políticas populares sin subordinarlas a la idea de poder, representación dentro del Estado, elecciones, etcétera. La constricción liberadora de la acción organizada puede ejercerse fuera del Estado. Hay muchos ejemplos de esto, incluidos algunos recientes.
En tercer lugar, un axioma final: la organización del trabajo no implica su división, la especialización de tareas, ni tampoco supone la diferenciación entre trabajo intelectual y trabajo manual. Es necesario y posible apuntar a la condición esencialmente polimorfa del trabajo humano. Esta es la base material de la desaparición de clases y jerarquías sociales.
Estos tres principios son máximas orientativas, que cualquiera puede utilizar como piedra de toque para evaluar lo que él o ella dice y hace, personal o colectivamente, en su relación con la hipótesis comunista.
Después de la clara explicación de la hipótesis comunista por parte de Marx y Engels durante el siglo XIX, y tras los intentos, efectuados por algunos estados en el siglo pasado, de crear a la fuerza una sociedad nueva, estamos en una tercera etapa de la posible existencia de una concepción comunista estratégica para nuestro porvenir.
Lo que necesitamos, en estos días que inauguran esta tercera secuencia, es una moralidad provisional para tiempos de desorientación. La cuestión consiste en mantener una figura subjetiva mínimamente consistente, sin poder apoyarnos aún en la hipótesis comunista, que todavía no se ha reconstruido a gran escala. Es necesario encontrar un punto real que mantener, al precio que sea; un punto «imposible» que no puede inscribirse en la ley de la situación. Debemos preservar un punto Real de este tipo, y organizar sus consecuencias.
Por ejemplo, en prácticamente todos los países europeos de hoy, la prueba viviente de que nuestras sociedades son obviamente inhumanas es el trabajador extranjero sin papeles, y más en general la situación de los extranjeros procedentes de Asia o África. Todos estos extranjeros, que son los nuevos trabajadores de nuestras ciudades, son el signo –inmanente a nuestra situación– de que sólo hay un mundo. Tratar al proletario extranjero como si él o ella viniera de otro mundo: esta es, de hecho, la tarea propia de una concepción policial global. Esta idea de que existe un mundo bueno y humano, y otro mundo ni bueno ni realmente humano, tiene su propia fuerza policial (la «policía de fronteras»). Afirmar, contra este aparato del Estado, que cualquier trabajador, incluso indocumentado, pertenece al mismo mundo que nosotros, y extraer las consecuencias prácticas, igualitarias y activistas de ello; este sería un ejemplo de moralidad provisional, una orientación local de acuerdo a la hipótesis comunista, en medio de la desorientación global que sólo su reconstrucción podrá contrarrestar.
La primera virtud que necesitamos es valentía. No siempre es así: en otras circunstancias, otras virtudes pueden tener prioridad. Por ejemplo, durante la guerra revolucionaria en China, Mao defendió la paciencia como virtud cardinal. Pero hoy innegablemente se trata de la valentía. La valentía es la virtud que se manifiesta –sin miramientos para con las leyes del mundo– en la resistencia de lo imposible. Se trata de mantener el punto de imposibilidad sin tener que dar cuenta de toda la situación: la valentía, en la medida en que consiste en tratar al punto de imposibilidad como tal, es una virtud local. Participa de una moralidad de lugar, y su horizonte es la lenta reconstrucción de la hipótesis comunista.
Nuestra conferencia es también una conferencia dedicada a la nueva valentía; la valentía de afirmar que podemos clarificar el mundo y su futuro en los términos del nuevo sentido práctico de esta vieja palabra: comunismo. Así que sólo puedo concluir: «¡Valentía!».
capítulo I
La crisis de la representatividad y la política postpartidista
Wang Hui
EL DECLIVE DE LA REPRESENTACIÓN EN LA POLÍTICA GLOBAL
El declive de la representación en la política contemporánea es el resultado de una crisis política única, de múltiples capas[1]. En primer lugar, su aspecto central, la crisis de la política de partidos, supone una fractura de representatividad, un fracaso discursivo de los valores políticos establecidos en los procesos políticos actuales y, en consecuencia, una crisis de legitimidad. La política de partidos adoptó su forma moderna en la Europa del siglo XIX. En China, fue la innovación política más importante del siglo XX. La política de partidos en el periodo de la Revolución Xinhai, especialmente entre 1911 y 1915, intentó emular el sistema parlamentario multipartidista desarrollado en el marco de la política constitucional europea. Frente a los desafíos del secesionismo, la restauración monárquica y la crisis del republicanismo, los revolucionarios y gran parte de las elites políticas comenzaron a alejarse de sus objetivos originarios.
El partido dirigente como vanguardia
Había tres prerrequisitos para la formación de la moderna y particular política de partidos en China. Primero, tras el establecimiento de la República de China, el secesionismo regional, el separatismo militar y partisano, entrelazados mutuamente, llevaron a la formación de una nueva política nacional, crucial para el pensamiento político de los comienzos del periodo republicano. En segundo lugar, durante la Primera Guerra Mundial fueron muchos los partidos políticos en Occidente que participaron de la movilización nacionalista y proporcionaron el impulso político para empuñar las armas. En consecuencia, la reflexión sobre los modos tradicionales de política de partidos entre los intelectuales europeos alcanzó su máximo despliegue tras la Gran Guerra. La reconstrucción de la política china de partidos se produjo en esta atmósfera intelectual. Finalmente, al estallar la Revolución rusa durante la Primera Guerra Mundial, algunos revolucionarios chinos creyeron que el bolchevismo como modelo político podría superar los límites de la política partidista burguesa. (Los debates y reflexiones sobre el bolchevismo y su estructura de partidos también comenzaron en este periodo, pero no tengo espacio aquí para profundizar en este tema.) En otras palabras, la crisis y el fracaso de la política de partidos dieron origen al sistema de partidos que fue el núcleo político de este siglo revolucionario. En contraposición a la crisis de los partidos, este nuevo modelo de partidos políticos, influido por la Revolución rusa y el Comintern, portaba las características duales de un partido superpolítico () y un «suprapartido» (). El término «partido superpolítico» indica que ambos partidos en liza, el Kuomintang o Guomindang (GMD) y el Partido Comunista Chino (PCCh), se vieron obligados a adoptar algunos de los elementos o formas de la política de partidos y afirmaron ser partidos políticos, pero ninguno de ellos tenía la intención de formar una política de partidos que pugnaran dentro de la estructura de un sistema parlamentario. En cambio, ambos apuntaban a convertirse en un partido hegemónico, o «partido dirigente». El término «suprapartido» sugiere que la representación política de ambos partidos difiere de la estructura multipartidista o dual de un sistema parlamentario, y se asemejaba más al concepto gramsciano de un «príncipe moderno» que representara al pueblo y al futuro. En el caso del PCCh, el papel del partido es el de vanguardia del proletariado. La teoría y la praxis de la «guerra popular» –que se desarrolló a finales de la década de 1920 y se amplió durante la guerra contra los invasores japoneses (1931-1945) y la guerra civil (1945-1949)– generó una nueva forma de política de partidos. Consolidó la lucha militar, la revolución campesina, el desarrollo de las organizaciones de base y la construcción de un Estado revolucionario constitucional en una práctica sin precedentes, cuyo núcleo fueron las estrategias políticas, a saber: la lucha militar, la línea de masas y el frente unido. Con su política de clase basada en el proletariado, la unión de obreros y campesinos y el frente unido para la liberación nacional, el PCCh finalmente superó al GMD, que gradualmente se fue apartando del movimiento campesino y la política de masas para adoptar políticas estatalistas.
La desconexión del sistema político respecto de las formas sociales
Tanto en el sistema multipartidista occidental como en el sistema chino de cooperación multipartidista en un régimen de partido único, la representatividad de los partidos políticos se torna cada vez más opaca. En el caso de China, la representatividad y la política del partido han mutado drásticamente, del mismo modo que categorías como proletariado, frente unido, o unión de obreros y campesinos, son cada vez menos claras[2]. Tras el establecimiento de la República Popular, el Partido Comunista buscó un nuevo camino para su propia renovación en las condiciones que siguieron a la guerra popular. El fracaso de la Revolución Cultural supuso el fin de esta búsqueda, y el comienzo de la integración plena del partido en el marco estatal. En mi opinión, el declive o ruptura de la representación es consecuencia de la despolitización, cuyo síntoma más grave es la estatización del partido: el partido se ha sometido cada vez más a la lógica del Estado, privándose de su esencia –que debería ser una forma de organización y movimiento político– a medida que su función y su forma organizativa han sido asimiladas al aparato del Estado. Este proceso supone el fin de la línea de masas que había engendrado el dinamismo político del PCCh. Pueden señalarse dos formas interrelacionadas de esta estatización del partido: en primer lugar, la burocratización del partido en los primeros momentos previos a la reforma económica, que se convirtió en una de las razones principales por las que se inició la Revolución Cultural. En segundo lugar, el matrimonio entre el partido y el capital en el proceso de la corporativización del gobierno durante las reformas de mercado. Para el partido, la ruptura de la representatividad se manifiesta de manera más intensa en la incongruencia del partido entre su reivindicación de representatividad general, a medida que trasciende las anteriores categorías de clase y crece su distanciamiento del pueblo, especialmente de los estratos sociales más bajos. Por supuesto hay políticas de protección de los trabajadores y campesinos; sin embargo, apenas podemos encontrar una conexión orgánica entre la política partidista y la política de los trabajadores y campesinos.
El distanciamiento del sistema político respecto a las formas sociales no acaece sólo en los países socialistas o postsocialistas, sino también en los sistemas parlamentarios de partidos americanos y europeos, así como en otros sistemas políticos inspirados en ellos. En China, la relación entre el partido y su fundamento de clase se disipa cada vez más, al igual que entre los partidos políticos occidentales se ha difuminado la distinción entre la izquierda y la derecha. En el mundo contemporáneo, la fractura de la representatividad se ha intensificado hasta tal punto, que lleva a la creencia de que el tipo de política de partidos que floreció en los siglos XIX y XX ya ha desaparecido, o persiste solamente en zonas muy delimitadas; se está transformando, o ya lo ha hecho, en una política de partido de Estado; es decir, una política que sirve de estructura para el poder estatal. A diferencia de los siglos XIX y XX, es difícil hallar en la política de partidos movimientos políticos con un programa claro. Las dimensiones cada vez mayores de los partidos políticos y su monopolio del poder estatal se interpretan habitualmente como una extensión de la política de partidos. No obstante, en el caso de que investiguemos si son los partidos políticos los que controlan el Estado, o si es a la inversa –si es la lógica estatal la que controla a los partidos–, esta última podría ser la respuesta correcta. Las fronteras entre partido y Estado se desdibujan, y el resultado de su asimilación es precisamente la disolución de la representatividad política, que a su vez hace que las relaciones de poder en la esfera política ya no sean capaces de equilibrar o reducir la desigualdad en la esfera socioeconómica, sino meramente de respaldar institucionalmente dicha desigualdad. Bajo estas condiciones de fractura de la representatividad, la retórica política empleada por los políticos se degrada hasta llegar a ser una teatralización dirigida sólo a hacerse con el poder, mientras que la burocracia tecnocrática escala peldaños en el organigrama político. En la estructura occidental, multipartidista o bipartidista, el papel de los partidos políticos es fundamentalmente el de movilizar a los votantes, siguiendo el ciclo electoral de cuatro o cinco años. Esto se parece más a un aparato estatal dedicado a la rotación de sus líderes.
En el siglo XX, el partido superpolítico en China poseía originariamente un intenso carácter político, sostenido por una organización rigurosa, una clara orientación de sus valores y unos movimientos de masas movilizados mediante una potente interacción entre la teoría y la práctica política. Sin embargo, bajo la modalidad contemporánea de partidos políticos, la organización del partido equivale prácticamente a una organización administrativa. El partido se ha convertido en una pieza del aparato estatal de gestión, y su función de movilización y supervisión cada vez se identifica más con el mecanismo estatal, a medida que sus rasgos burocráticos se intensifican y su carácter político disminuye. La crisis de representatividad en la política de partidos señala una crisis que afecta tanto a los partidos gobernantes como al resto. En la China de hoy, la representatividad de los partidos democráticos se ha vuelto una cuestión inusitadamente huidiza.
El declive de la representatividad de las instituciones públicas que median entre el Estado y la sociedad (los parlamentos en Occidente; en China, la Asamblea Popular Nacional y la Conferencia Política Consultiva del Pueblo Chino) se hace eco del proceso antes mencionado. En la democracia parlamentaria, los escaños en el parlamento habitualmente gravitan en torno a los partidos políticos. Hay debates teóricos sobre si el parlamento funciona como parte del Estado o como una institucionalización que incluye ciertas esferas públicas. Pero con la estatificación de los partidos políticos, paulatinamente se va truncando la conexión entre parlamento y sociedad. Durante una visita a la India, observé que allí florecían los movimientos sociales de base. De entre ellos, aun los más activos, ninguno podía sin embargo desempeñar un papel político en la redacción de políticas públicas, porque los partidos políticos monopolizaban el poder parlamentario. Por el contrario, en términos de orientación teórica, el sistema de representación social empleado por la Asamblea Popular de China parece más alejado de la política de partidos que la política parlamentaria centrada en los partidos. En la práctica, este modelo de representación social debe apuntalarse mediante políticas centradas en la denominada línea de masas, cuyo declive o transformación socavará el proceso de selección de los representantes del pueblo y el papel de la Asamblea Popular en la vida política de China. La proporción de representantes en la Asamblea Popular ha sido a menudo criticada en el pasado –por ejemplo, el porcentaje de obreros y campesinos, cuyo número en la Asamblea Popular es desproporcionado respecto a su contribución a la sociedad china–. La homología entre un sistema de representación y relaciones de poder social es síntoma de la crisis de la política representativa y consecuencia de la despolitización.
El segundo aspecto del declive de la representación se relaciona con el hecho de que las esferas públicas típicas, como los medios de comunicación, están experimentando una crisis en su carácter público. La expansión a gran escala de los medios implica la contracción de la esfera pública: la libertad de la industria mediática ha reemplazado a la libertad de expresión de los ciudadanos; los medios de comunicación no sólo están aliados con el capital, el poder y los propios intereses de los medios, a un nivel que no tiene precedentes, sino que en algunos casos, incluso intentan asumir el papel de las organizaciones políticas, entre ellas el partido. En Italia, el grupo mediático de Silvio Berlusconi promueve unos valores que le permitieron a él mismo –un presunto criminal– ser elegido primer ministro en varias ocasiones. Los medios de comunicación, especialmente los grupos masivos de comunicación –independientemente de si son privados o de propiedad estatal– no puede considerarse, de manera simplista, como un vehículo independiente de la opinión pública y ciudadana. Deben considerarse como una red de intereses disfrazada de vehículo público. La permeación de la influencia de los medios de comunicación en espacios políticos y de otro tipo tampoco puede considerarse parte de un proceso de democratización; más bien se trata de la colonización de estas esferas. Superficialmente podríamos decir que los medios están controlados por la política. En realidad, la esfera política también está siendo poco a poco colonizada por los medios; los líderes políticos adulan a la opinión pública con palabras vacías, y no es raro que adopten discursos estructurados por la lógica de los medios occidentales y orientales. Los medios de comunicación chinos se han industrializado y corporativizado desde los años noventa, mediante las nuevas estrategias políticas y económicas del partido, destinadas a adaptarse a la mercantilización y la globalización. Pero con la estatización del partido político, la corporativización del gobierno y la partidización de los medios de comunicación, la relación entre los medios y el partido se ha convertido en una competición entre dos conjuntos entrelazados de intereses que, en sus juegos de conflicto o cooperación estratégica, se arrogan tanto valores de democracia y libertad como de estabilidad, imperio de la ley y conciencia de la situación. La confrontación entre el departamento editorial del semanario Southern Weekly y el Comité Provincial del Partido en Guangdong, a comienzos de 2013, por ejemplo, no fue en modo alguno una lucha entre la opinión pública y el Estado, sino un embrollo desencadenado cuando ambas partes secuestraron las demandas de la opinión pública –en otras palabras, un enfrentamiento que surgió en el proceso de redistribución del poder–. Ambas partes tenían intereses diferentes, pero sus discursos políticos eran casi idénticos.
En China, la censura es hoy un problema profundamente arraigado. El ámbito del discurso público pide una reforma de calado. Pero cualquier reforma basada en la estructura ya establecida se convertirá en una mera lucha por el poder, disfrazada de pugna por la exigencia de mayor libertad de prensa. Hoy en día han cambiado los métodos para dominar a la opinión pública: los medios de comunicación han servido como mecanismos para amordazarla. Esta lucha por el poder demuestra la confrontación política entre los medios de comunicación «partidizados» y el partido político tradicional que los generó. Los primeros poseen más energía política y recursos; el segundo se asemeja a un aparato de poder enjaulado, privado de su función ideológica; ya no es una organización política en el sentido clásico. Irónicamente, ambas partes son en todo caso parabióticas. Reemplazan y ocultan los problemas de los debates políticos y la libertad de expresión con juegos de conflicto estratégico y cooperación.
El tercer aspecto de la decadencia de la representación es la crisis legal. En el proceso de despolitización, los procedimientos legales son a menudo manipulados por grupos de interés. Esta manipulación se ve no sólo en los procedimientos legales generales, sino que también permea el proceso legislativo. Por lo tanto, en lugar de simplemente afirmar opiniones procedimentalistas, para las reformas legales actualmente necesarias es una necesidad urgente e inevitable reconsiderar la relación entre leyes y política.
Los problemas en las tres áreas mencionadas constituyen la esencia de la transformación política actual.
Por lo tanto, planteo las siguientes preguntas: en la medida en que la política de partidos ha degenerado en una política de partido o partidos de Estado, ¿es posible una política postpartidista? Aunque los partidos políticos modernos están todavía muy extendidos en todo el mundo, la política postpartidista mencionada no se refiere a la política después de que los partidos políticos desaparezcan, sino al hecho de que el partido político ha adoptado ya características nuevas en el contexto de la despolitización. El partido político se estableció en la Europa del siglo XIX sobre la base de un movimiento político. En la China del siglo XX, la política de partidos –especialmente la política del Partido Comunista– fue en gran medida modelada por la guerra y sus consecuencias políticas. Por un lado, el término «partido postpolítico» indica que, aunque los partidos todavía actúen como entidades políticas primordiales, en realidad han perdido la representatividad que ostentaban los partidos en los siglos XIX y XX, y se han separado de su lógica original. Al mismo tiempo, las formas políticas se han estabilizado; las instituciones políticas principales se construyeron sobre la base del principio de la representatividad de la política de partidos. En consecuencia, la fractura de la representatividad se ha convertido en el síntoma principal de la crisis política actual. Por otro lado, el término «política postpartidista» indica la necesidad de concebir una nueva forma, y una nueva práctica correspondiente, más allá del marco de la política partidista. Las cuestiones cruciales para la política postpartidista son cómo y en qué nivel reconstruir la representatividad, o incluso si deberíamos pensar de manera diferente la propia representatividad. En la práctica política de China en el siglo XX, los elementos de la política postpartidista estuvieron activos, pero sólo en cuanto práctica de un partido superpolítico; a saber, en cuanto guerra popular, línea de masas y frente unido. Todas estas prácticas de representatividad intentaron ir más allá de las relaciones convencionales de representación. Aunque en parte evolucionara a partir de la política de superpartido, la política de partidos china también se ha generado por la degradación de un sistema de superpartido en un sistema de partido de Estado. Para superar la crisis de representación, necesitamos reconstruir la representatividad y explorar nuevas vías para la política postpartidista.
Hoy en día, la representatividad no puede reconstruirse repitiendo viejas prácticas o eslóganes. Tenemos que afrontar los problemas de la política representativa y el distanciamiento de la estructura social respecto al sistema político. Desde este punto de vista, hay que abordar dos dimensiones de la política postpartidista: deberíamos reexaminar los principios de la política representativa en la China del siglo XX, y explorar las condiciones y posibilidades de la política postpartidista.
REPENSANDO LOS PRINCIPIOS DE LA POLÍTICA REPRESENTATIVA DE LA CHINA DEL SIGLO XX
Los problemas de la representatividad, así como el consiguiente problema de un sistema de representación, fueron las cuestiones fundamentales a las que se enfrentaron los sistemas políticos modernos. En los siglos XIX y XX, el contenido de la política representativa consistía en categorías tales como el partido político y la clase social, así como su aplicación efectiva en el marco de la política estatal. Tras el declive de la monarquía, la política representativa terminó vinculándose a los problemas de la democracia. Los principios políticos de la política representativa en China difieren de los occidentales, que giran en torno a un sistema parlamentario multipartidista y los principios del sufragio universal. Esta diferencia ha sido fundamentalmente mal comprendida e ignorada. Necesitamos aclarar los problemas relacionados con las diversas formas de democracia: la democracia occidental basada en elecciones generales no es el único modelo de democracia; ni la democracia es una mera forma abstracta. Tiene que basarse en el impulso político, sin el cual no puede sobrevivir ninguna de las formas democráticas.
El significado de «la clase obrera como clase dirigente»
Al analizar los principios de la política representativa china, podríamos comenzar por la Constitución de la República Popular, una constitución pocas veces citada por los expertos en teoría constitucional a la hora de debatir en torno al significado del constitucionalismo. Su artículo 1 establece que «La República Popular China es un Estado socialista de dictadura democrática popular, dirigida por la clase obrera y basada en la alianza de obreros y campesinos»; y el artículo 2 declara: «Todo el poder en la República Popular China pertenece al pueblo». Estos dos artículos ilustran los principios de la política representativa durante el periodo socialista, conformados por muchas categorías políticas fundamentales. Pero estas categorías políticas no pueden reducirse a categorías de sentido común: no pueden ser verificadas por simples principios a priori, o comprendidas como hechos empíricos generales. Surgieron en la China del siglo XX a partir de la praxis política de la revolución.
Por ejemplo, ¿qué significa «la clase obrera como clase dirigente»? En la primera mitad del siglo XX, la clase obrera china era débil. La Revolución china, considerada desde el punto de vista de la composición de sus participantes, era principalmente una revolución campesina. ¿Cómo puede entonces la clase obrera convertirse en clase dirigente? En términos empíricos, también es discutible si la burguesía, a diferencia de la clase obrera, podría considerarse una clase en sí. Durante la mayor parte del siglo XX, la clase obrera suponía sólo una pequeña fracción de la población china, pero igualmente logró generar una revolución de clase y una política de clase. Hoy China tiene la mayor clase obrera del mundo, pero no tiene una política de clase equivalente.
Los conceptos de clase y política de clase están interconectados, pero necesitan ser tratados por separado. La moderna política de clase china tuvo desde luego una realidad objetiva y una base material, que sólo puede captarse desde la perspectiva de una conexión universal. Sin análisis teórico, la movilización política no podría haber existido. Sin la guerra popular desde finales de los años veinte hasta finales de los cuarenta, la práctica de la política de clase –con los campesinos como sus participantes principales y representando al proletariado– habría sido imposible; sin los esfuerzos de los países del Tercer Mundo por industrializarse a través de un enfoque socialista, la subjetividad de la clase obrera no podría haberse creado. La clase obrera, en cuanto realidad objetiva, no puede activar espontáneamente una política de clase obrera. Sin la construcción de las organizaciones políticas para la clase obrera, sin que los movimientos combatan por ella y por su liberación, no puede haber una política de clase obrera.
La identificación de la clase obrera como la clase dirigente es más una afirmación política que una conclusión positivista. Se generó en el análisis político y económico de las condiciones de China y otras naciones oprimidas en el contexto del desarrollo capitalista global, y emergió sólo a través de la guerra popular y la campaña para la construcción de un Estado socialista. Por tanto, podemos decir que la política de clase obrera surgió a partir del análisis teórico de las contradicciones internas en las llamadas «áreas atrasadas» a causa de los desequilibrios del capitalismo, y los movimientos socialistas dentro de ellos. En este contexto, el concepto de «clase» no es una categoría general y positivista del análisis, sino un concepto de economía política, basado en el análisis de la producción y la expansión capitalistas. A medida que se expandió el capitalismo y el imperialismo, todas las áreas no occidentales, incluyendo China, se entretejieron con la estructura de la división global capitalista del trabajo. El capitalismo industrial centrado en Occidente subyugó a todas las clases y ámbitos sociales. Por consiguiente, en cada sociedad las luchas contra su condición desigual y su gobernanza apuntaron hacia la abolición de la explotación de clase. La explotación de clase del capitalismo es la etapa final de la explotación de clase. Por esta razón, aunque China a comienzos del siglo XX no tuviera una gran clase obrera, conoció un rápido crecimiento de la política de clase obrera en el marco de las luchas políticas y militares a gran escala iniciadas por campesinos, estudiantes y pobladores de las ciudades. La genealogía y realidad de la política de clase obrera no puede ser negada mediante la referencia al pequeño número de sus participantes obreros. En otras palabras, la política de clase se refiere a movimientos contra las contradicciones creadas por la lógica del capitalismo y su derivada, la desigualdad de clase. Por tanto, el concepto político de clase, y con él el concepto de una clase dirigente, no puede equipararse a la clase en el sentido de estratificación social o división ocupacional. La esencia del liderazgo se sitúa en el hecho de que constituye el impulso –que tiene diferentes manifestaciones en diferentes periodos históricos– de cambiar esta lógica capitalista.
Dos realidades sociales cruciales formaron la base para que la clase obrera se convirtiera en la clase dirigente, en representación de los intereses generales del pueblo. En primer lugar, China era una sociedad agrícola, y el 90 por 100 de su población eran campesinos. Por tanto, la representatividad de la clase obrera tuvo que conectarse con los problemas de los campesinos e incluirlos para poder construir la categoría política de «pueblo». En segundo lugar, la clase obrera no fue sólo una creación derivada de la producción capitalista, sino también una identidad política construida en oposición a la clase capitalista, y reflejó los intereses generales y el futuro del pueblo. La existencia de la clase obrera como derivada de la producción capitalista –en cuanto formas reificadas de la fuerza de trabajo– no es equivalente a la existencia de una política de clase. La política de clase, expresada como un impulso general liberado de la lógica capitalista de la producción, se originó a partir del análisis de la división global y capitalista del trabajo, de la dinámica de su contradicción interna, y de su práctica política en muchas zonas, incluyendo aquellas no industrializadas. En la medida en que las características de la opresión nacional bajo el capitalismo difirieron de aquellas del periodo precapitalista, la política de clase también representó los intereses de las naciones oprimidas, y la liberación de la clase obrera incluyó la liberación nacional. El concepto de «liderazgo» significó un impulso político para movimientos sociales extensos: aunque en periodos diferentes pueda representarse a través de unas u otras fuerzas políticas dominantes, este concepto no se refiere a un sistema político burocrático. La lógica de la transformación política moderna no se generó según estructuras sociales establecidas, sino mediante el análisis teórico del desarrollo capitalista. Este análisis teórico y su praxis política dieron forma inmediata a una nueva subjetividad política. Por esta razón, incluso cuando cambia la estructura de las clases sociales, el impulso político que ha surgido en respuesta a la desigualdad puede mantenerse fuerte mediante la diversificación de la participación política, los debates teóricos y los experimentos sociales.
La despolitización de la categoría de clase
Hoy, sin embargo, la lógica política del siglo XX se ha debilitado. La mayor parte de los intelectuales investiga la estratificación social y sus políticas en China desde una perspectiva positivista. Respecto al siglo XX, para los intelectuales de derecha e incluso algunos de izquierda, puesto que la clase obrera (comparada con la clase campesina y otras clases sociales) ocupaba un espacio muy limitado en la vida política, y puesto que la clase capitalista estaba inmadura, la naturaleza de la revolución moderna en China no podía ser socialista, ni la clase obrera convertirse realmente en clase dirigente. Esta opinión positivista, que hasta cierto punto desmonta los principios fundacionales de la revolución y la política de la China moderna, se impuso cuando retrocedió el flujo de análisis teóricos históricos, el elemento principal de la política del siglo XX. Los intelectuales que adoptan este enfoque comparten la idea de que la «clase» es un concepto estructural y esencialista, y se niegan a reconocerle un carácter político fundado en un análisis económico-político del capitalismo.
En el contexto de la despolitización, el concepto de «clase» comienza siguiendo una lógica formalista, y se desliza hacia un concepto estructural de «división de clase». Actualmente, la connotación de clase apenas difiere de la idea de estratificación en la sociología contemporánea, que gira alrededor del Estado y contempla los estratos sociales como estructuras objetivas sin ningún impulso hacia lo político. Por el contrario, el concepto de clase del siglo XX es político. Su conexión con el Estado –por ejemplo, en los conceptos de Estado obrero o Estado socialista– se representó formalmente mediante el «partido pionero» y su alianza de clase. Sin el trasfondo de la guerra popular y la campaña para la construcción de un Estado socialista, no habría habido política de clase en la práctica. A partir de un concepto de clase como estratificación estructural, podría establecerse el correspondiente sistema estructural de representación en el Estado socialista. El sistema de representación social empleado en los partidos políticos y la Asamblea Popular es un ejemplo. Por el contrario, aunque en el siglo XX incorporara elementos de estratificación social y por consiguiente su política incluyera elementos tales como la representación proporcional, el concepto de clase fue fundamentalmente político. Estaba estrechamente asociado a la representatividad o al liderazgo políticos, y la denominada política de «línea de masas» era su plasmación concreta. Por tanto, las ciencias sociales de hoy no pueden ni explicar la crisis de la representatividad ni proporcionar una comprensión del origen de la política representativa del siglo XX. Bajo la despolitización, el dilema causado por la fractura de la representatividad no puede resolverse mediante avances (por lo demás necesarios y positivos) en el incremento de escaños para ciertas clases, como obreros o campesinos, en el partido político o en la Asamblea Popular. Reconstruir la representatividad y la repolitización son en realidad dos expresiones diferentes del mismo problema, donde la segunda se refiere a la necesidad de volver a analizar los desequilibrios y contradicciones internas dentro del capitalismo contemporáneo, para descubrir su fuerza impulsora y cambiar su lógica.
LAS CONDICIONES PARA UNA POLÍTICA DE PARTIDOS POSTPOLÍTICA
Por volver al tema de la formación de la política de clase a comienzos del siglo XX, la política china de clase en ese tiempo ya tenía elementos de política suprarrepresentativa, puesto que los partidos políticos que desempeñaron el papel central en tal política tenían características de un partido suprapolítico o superpolítico. Si utilizamos los conceptos políticos chinos clásicos de «ritos y música» () e «instituciones» () como base para una comparación, la llamada suprarrepresentatividad se asemeja a la lógica de «ritos y música», y la representatividad es equiparable a la lógica de «sistema». Del mismo modo en que «ritos y música» se refiere a sistemas que deben formarse y a su vez ser formadores, la suprarrepresentatividad indica un proceso político que permite participar al pueblo y conduce a la formación de orden (). Este proceso, enfatizado por la suprarrepresentatividad, también funciona dentro del marco de un sistema representativo, pero no es su equivalente.
Después de la Primera Guerra Mundial, se produjeron debates prolongados sobre la política parlamentaria entre diferentes escuelas políticas, e incluso entre comunistas de diferentes países. Una cuestión clave en los debates fue la redefinición del partido político. En la lucha entre el GMD y el PCCh y en la guerra contra el imperialismo japonés, la lucha armada, la línea de masas y el frente unido –así como la construcción del partido mediante la puesta en práctica de estos principios– se convirtieron en herramientas políticas para el PCCh. La línea de masas, resumida como «todo para las masas; todo depende de las masas; de las masas y para las masas» fue la directriz a partir de la cual se consolidó esta política de partido suprapolítica o superpolítica. Primero aplicada a la construcción de bases de apoyo, y más tarde al gobierno de todo el país, la línea de masas fue una praxis política que heredó o tomó prestadas algunas formas y principios del sistema representativo occidental que se originaron en los siglos XIX y XX, como la elección de representantes y el relato de la representatividad. Esto fue cierto no sólo respecto al PCCh, sino también respecto a todos los demás partidos democráticos. Queda claro que esta praxis política contiene elementos de partido suprapolítico o postpolítico que encarnan los intentos de establecer conexiones orgánicas y políticas entre el partido político y la sociedad.
En la herencia política de la China del siglo XX, la suprarrepresentatividad de la política representativa trae consigo dos características esenciales: la importancia de la cultura y la teoría, y el sostenimiento de la dinámica política del partido a través de la práctica de la línea de masas.
Debates teóricos y «autorrevolución»
Un fenómeno recurrente en la historia china moderna fue que los movimientos culturales establecieron los cimientos para una nueva política, mientras que los partidos políticos a su vez intentaron disciplinar tales movimientos. La aparición de la representatividad y subjetividad políticas estuvo estrechamente vinculada con movimientos culturales y luchas teóricas, a las que a menudo se subordinó la investigación histórica. No tengo aquí suficiente espacio para una discusión exhaustiva de estos movimientos culturales y lo que podríamos aprender de ellos, y en vez de ello me centraré en un punto: creo que las dinámicas políticas proceden siempre de la interacción entre cultura y política. Se perderán si el partido político interfiere completamente con, o disciplina, los movimientos culturales, destruyendo así la interacción entre política y cultura. Hoy, la cultura se categoriza generalmente como una esfera independiente de la política y la economía. Ya no es un espacio para la creación continua de nueva subjetividad política. El término «industria cultural» encapsula la posición de la cultura en una sociedad económica. En Sobrela contradicción, Mao Zedong afirma que en los países atrasados la teoría ocupa habitualmente la posición primaria; es imposible establecer una nueva política sin desarrollo teórico. Fundar una teoría no significa trazar planes a puerta cerrada. La relación entre la teoría y su praxis determina los resultados de una lucha teórica: ¿es una relación entre la teoría desligada de la realidad y su política dogmática, o entre la teoría que viene de y recurre a la praxis y su aplicación? Destacar la importancia de la praxis no significa negar la importancia de los debates sobre ideas, teorías y líneas (), sino oponerse al dogmatismo para impedir un distanciamiento entre la orientación de las políticas de gobierno del partido político y las demandas de la sociedad.
El sistema estatal chino se caracteriza por la simbiosis entre el partido y el gobierno, que genera tanta energía como conflicto. Limitarse a alabar o criticar esta unión no puede resolver ningún problema. Más bien deberíamos intentar comprender por qué este sistema puede, bajo ciertas condiciones, generar energía política, y, bajo otras, debilitar la energía política del partido hasta un grado sin precedentes, y forzarlo a postrarse ante la lógica del poder y el capital. En otras palabras, no es productivo denunciar de manera simplista la unión entre el partido político y el Estado en general; en su lugar, deberíamos analizar sus diversas formas y connotaciones. La formación de la estructura de la política de partidos china está estrechamente asociada a la exploración del camino socialista por parte de los revolucionarios chinos. La propiedad estatal que apuntaba a la resolución de la contradicción inherente en la propiedad privada capitalista proporcionó un prerrequisito histórico para la unión directa del Estado y el capital en la época de reformas. Que el Estado controlara una gran cantidad de capital tenía la ventaja de permitir que el Estado escapara a la manipulación de un único capitalista u oligarca, y conservara una fuerte capacidad reguladora. Pero en las circunstancias de la despolitización, la energía política principalmente se manifiesta a través del poder estatal; especialmente el poder administrativo, más que el poder político. Con el debilitamiento del poder político, el poder estatal también está rindiéndose gradualmente al control de las redes de intereses que giran en torno al capital. Por consiguiente, al igual que el capital de propiedad privada, el capital de propiedad estatal también afronta los mismos problemas de corrupción, monopolio y, como resultado de todo ello, de ineficiencia. Por tanto, el problema crucial no es la privatización de la propiedad estatal, sino cómo liberar a la propiedad estatal de las redes de intereses centradas en el capital. La disolución de la iniciativa subjetiva derivada de la alianza entre poder y capital es una consecuencia de la despolitización. Puesto que los elementos positivos y negativos del sistema están entrelazados entre sí, inevitablemente nos enfrentaremos a una crisis política si no hay una continua «autorrevolución» que genere una nueva energía política.
Durante la Revolución china y el periodo socialista subsiguiente, los debates teóricos dentro del partido fueron uno de los métodos de acumulación de energía política y de corrección del rumbo del desarrollo: la equiparación de los problemas prácticos al nivel de las discusiones teóricas y debates sobre las líneas políticas pueden generar un nuevo impulso político; también es el mejor enfoque para ayudar a la gente a entender que el mejor modo de corregir errores es a través del debate basado en la praxis y en la implementación de ajustes institucionales acertados. Incluso durante ese periodo, tales debates no se limitaron a la esfera intrapartidista, sino que se enriquecieron con la línea de masas y las relaciones recíprocas entre teoría y praxis. Después de una profunda reforma, tales debates teóricos ineludiblemente se extendieron a la esfera social. Hay varios prerrequisitos para la política de partido postpolítica: esto es, la libertad de expresión de los ciudadanos, espacio para el debate en la esfera política, participación política de los ciudadanos apoyada por la tecnología moderna, y la reinstalación de los trabajadores en el centro de la vida política china. El saludable desarrollo de los debates políticos y la participación política de los ciudadanos no se logrará sin reformar la esfera política, cuya esencia radica en liberarnos de la lógica del capital mediático en la medida en que este tiende a concentrarse y a cumplir el papel de un partido; con esta reforma y la liberación de la lógica mediática puede crearse un espacio de auténtica tolerancia y libertad. Sólo bajo esta premisa puede lograrse la interacción entre los debates sociales y los ajustes de políticas públicas. Hoy, las fuerzas que suprimen la libertad de expresión de los ciudadanos no provienen sólo de la esfera política tradicional, sino también del poder mediático, que ha sido corporativizado y partidizado. Estas tareas, expandir la esfera pública y oponerse a un monopolio mediático, no se contradicen entre sí.
