La lista - Yomi Adegoke - E-Book

La lista E-Book

Yomi Adegoke

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Beschreibung

Un solo clic puede desmoronar toda tu vida Ola Olajide, una mediática periodista, va a casarse con el amor de su vida dentro de un mes. Jóvenes, guapos, con éxito, Michael y ella parecen tenerlo todo. Hasta que una mañana, al despertar, los dos reciben el mismo mensaje: «¿Has visto la Lista?». Un listado de acusaciones anónimas sobre hombres maltratadores se ha publicado en internet. Ola se ha labrado un nombre dando en primicia este tipo de noticias. Normalmente, sería la primera en cubrir el tema y pedir que despidieran a esos hombres, salvo que, esta vez, el nombre de Michael está en la lista. Con su futuro en juego, Ola le da un ultimátum a Michael para que demuestre su inocencia antes del día de la boda, pero ¿y si la verdad de lo que ha pasado lo cambia todo para ellos?

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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En recuerdo de mi querido abuelo

Primera parte

1. Veintiocho días para la boda

La noche antes de que pasara, habían salido de celebración. Su mesa era un involuntario santuario de los dioses del Schadenfreude, plagada de copas de champán doradas y botellas puestas boca abajo en los cubos con hielo. La feliz pareja brindaba, sin saberlo, por el principio del fin.

La habitación estaba tenuemente iluminada; el aire tenía un toque salado debido al sudor de los que andaban de fiesta con la piel pegajosa. Eran más de las nueve de la noche, así que la zona del bar se había transformado en una pista de baile improvisada en la que la élite creativa de Londres, vestida con andrajos, iba encajándose entre sí como piezas del Tetris. Michael contemplaba la escena sentado en la esquina de un reservado de color rojo oscuro, con las largas piernas de su futura esposa extendidas sobre su regazo. Se sentía muy hombre. Borracha de mala manera, Ola bostezó con la boca tan abierta como un león bajo un mechón de trenzas de color azul oscuro. Se tropezó un poco al incorporarse para iniciar su tercera discusión simulada de la noche.

—Pero NO ME LO PUEDO creer —dijo Ola, fingiendo estar enfurruñada, adelantando hacia fuera el labio inferior de una manera que le quitaba años. A aquello no contribuía precisamente el hecho de que llevara corrida la barra de labios de color ciruela oscuro por las comisuras de la boca, lo que le daba a su cara de bebé un aire de niña pequeña que asalta el neceser de maquillaje de su madre—. ¿De verdad que no me lo puedes decir?

Michael extendió la mano sobre el regazo de ella para coger otra copa.

—¿Cómo se supone que voy a saber la respuesta, hermana? —preguntó Michael.

Aunque estaba achispado, no había bebido tanto, y se dio cuenta de que iba a tardar un tiempo en alcanzar el grado de borrachera de su prometida. Ahora se habían pasado al vino y estaban en un club privado solo para socios de cuyo nombre no podía acordarse; no estaba seguro siquiera de cómo habían conseguido entrar. Mientras Michael sentía que el Merlot se le iba mezclando con la sangre y lo acaloraba, una música electrónica desatada retumbaba desde alguna parte de aquella sala abarrotada. Todo era una feliz confusión: no se acordaría de casi nada al día siguiente, pero los pequeños detalles se quedarían con él. El atuendo de Ola: un bralette de encaje negro conjuntado con una chaqueta gris y pantalones pitillo; sus risas ahogadas por la sala atestada de gente mayor bailando a contratiempo; el olor del cuello de Ola, la suavidad de su piel y de sus labios. Se habían pasado buena parte de la velada besuqueándose por los rincones oscuros, como dos adolescentes.

—Es una pregunta sencilla, nene —dijo Ola, adelantando el labio todavía más, en un intento poco convincente de parecer seria y ofendida—. Que no contestes es una respuesta, a decir verdad. —Ola desenredó con torpeza sus piernas de las de él y le dio la espalda, con los brazos cruzados. De manera nada disimulada, echó un vistazo por encima del hombro para ver si él la seguía mirando—. Si no vas a derramar lágrimas como una bestia en la boda, no quiero casarme —farfulló Ola.

Michael fingió un suspiro pensativo, sabiendo que aquello la provocaría.

—Vale, dame un minuto para que me lo piense.

Ola volvió a girarse con rapidez.

—¡¿Un minuto?! ¿Sesenta segundos enteros para decidir si el 8 de junio va a ser el día más feliz de tu vida? ¿El día que tú mismo has dicho que llevas esperando desde la primera vez que posaste los ojos en mí? ¡Y después te preguntas por qué digo que los hombres saben mentir!

—O sea, vi a Thierry Henry en Gatwick aquella vez, en 2008 —respondió Michael con ironía—. Y me saludó con la cabeza, te lo conté, ¿no?

—Eres un capullo…

—Déjame por lo menos que llegue a la iglesia y vea cómo es —dijo Michael soltando una risita—. Ya sabes que no me gustan las bodas espectaculares.

Ola chasqueó los labios.

—Sí, bueno, a este paso ni siquiera habrá boda. El hecho de que estés diciendo que no vas a ser feliz el día de nuestra propia boda…

—¡Ola! ¿Cuándo he dicho yo eso, por favor?

—… es una locura total. ¿Qué cosa puntuaría más en la clasificación? Ilumíname.

Michael se acarició la barba.

—¡No digas que la primera vez que te dejé metérmela, Michael! —dijo Ola, dándole un empellón a una copa con la mano derecha y propinándole un puñetazo a Michael en el brazo con la izquierda.

Él fingió una mirada incrédula, con las cejas levantadas, falsamente conmocionado.

—¡Lo digo en serio! Porque estoy a punto de ponerme en plan Real Housewives de Streatham y tirarte esto.

Riéndose, Michael atrajo la cara de Ola hacia la suya. La miró, contemplándola durante un momento con los ojos dopados y entrecerrados; la besó en la frente.

Ola se rio y se limpió el beso mientras soltaba una risita histérica.

—¡Quítate, tío! Estás intentando distraerme y no te va a funcionar. Quiero respuestas, Michael. ¡¡Respuestas!!

Estaba levantando la voz; unas cuantas personas giraron la cabeza desde la barra y empezaron a lanzarles miraditas. Michael no se podía creer lo que le gustaba consentir a Ola, incluso cuando montaba una escena. Ese día sentía que podía decir, sin dudar, que amaba cada una de las cosas de Ola. De hecho estaba seguro de que, en aquel preciso momento, la quería más que a nada en el mundo.

No era capaz de acordarse de ningún momento en el que hubieran sido más felices. Nunca lo haría. Volvería a evocar aquella noche en las semanas siguientes y pensaría en todas las cosas que habría dicho y hecho de manera distinta. Si hubiera sabido lo que le esperaba al día siguiente, jamás se habría atrevido a arriesgarse a bromear sobre su futuro juntos. Le habría dicho a Ola que le costaba elegir el día más feliz de su vida porque no podía decidirse entre el día que ella había accedido a casarse con él o el día en que le había dicho que ella también lo quería. Le habría dicho que sabía que iba a ser el día de su boda, pero que, más tarde o más temprano, se vería superado por el día en que naciera su primer hijo.

A Michael se le escapó una sonrisa de satisfacción antes de volver a besar a Ola en la frente con ternura.

—¿Cuándo me dejaste metértela por primera vez, entonces? —preguntó Michael, que se encogió cuando el puño de Ola alcanzó con un ruido sordo el cojín después de no acertarle en el brazo.

2. Veintisiete días para la boda

Ola se despertó a las ocho y media de un lúgubre lunes del mes de mayo, con el sonido de la alarma acompañado por el tañido simultáneo de los mensajes de WhatsApp. Los pitidos agudos poco hicieron para sacarla de su confusión matutina, más enturbiada todavía por las botellas de champán compradas para dos (que, en la práctica, se había ventilado ella) la noche anterior.

—Mierda —se oyó susurrar.

No podía mover ninguna parte del cuerpo, salvo los labios. Era imposible que hubiera dormido más de cuatro horas. Se quedó tumbada un momento, saboreando los últimos segundos con la cara enterrada en la almohada, antes de que, oficialmente, se confirmara que llegaba tarde. Con languidez, estiró los brazos por encima de la cabeza y se volvió hacia la pared, donde, como un amante abandonado, yacía el iPhone, que se estaba cargando. Deslizó el dedo, alargado por una uña acrílica de color lima, a lo largo de la pantalla agrietada del teléfono para silenciarlo, y entrecerró los ojos para mirar la cola de notificaciones.

Ciento treinta y nueve malditos mensajes. Además, Ola adivinaba de quién serían y sobre qué: el capítulo final de la temporada de Juego de tronos se había emitido la noche anterior; ya se imaginaba los apasionados comentarios del chat grupal de sus amigas.

RUTH: Nono lo siento tías pero Dany es una ídola. NO NOS QUEDA MÁS REMEDIO QUE SER SUPERFANS DE NUESTRA KHALEESI

CELIE: Emm, yo sí tengo más remedio. Paso.

No sé qué, no sé qué, Lannister. No sé qué, no sé qué, el Muro. Ruth escribiendo todo con mayúsculas y gifs animados y párrafos serpenteantes; Celie puntuando las enfáticas diatribas de su amiga con un solitario «hermana…» o con una silenciosa cadena de signos de interrogación, sin más. Con cuanta más intensidad hablaban de ello, más segura estaba Ola de no querer tener nada que ver con lo que a ella le parecía un poco El señor de los anillos con cierto arco de oscura violencia sexual y una pizca de capacitismo.

Una veintena de mensajes serían sin duda de la floristería, para preguntarle por los detalles de alguna cosa que Ola les había descrito el día anterior. Se sentiría menos ofendida por las incesantes preguntas sobre la proporción de peonías y rosas del ramo si no se hubiese gastado tantísimo dinero esperando ahorrarse el tener que intervenir ella directamente. Se preguntó si la florista no estaría haciendo todo lo posible para justificar sus exorbitantes tarifas pareciendo lo más ocupada posible o si sería verdad que necesitaba que le respondiera. Ola no estaba segura de qué era peor.

Se estremeció cuando el teléfono zumbó dos veces más. Era probable que la mayoría de los mensajes (que ahora habían aumentado hasta ciento cuarenta y uno) serían de su jefa, Frankie. Ola le había prometido enviarle el texto para un post patrocinado a las siete y media de la mañana, «como muy muy tarde». Había dejado arrinconada esa entrega en el fondo de su mente por culpa de los encargos de la boda: las sillas especiales, la mesa alta, los manteles y las servilletas, las cortinas, el mobiliario para el lounge, la pista de baile portátil, la iluminación.

Además, si calculaba lo que costaban aquellas cosas: Bueno, hasta ese momento, más que su préstamo universitario. La semana anterior le había pedido a su jefa que le ampliara el plazo de entrega, ya que le estaba costando mucho hacer funcionar el artículo. Le habían encargado encontrar un vínculo consistente entre los fundadores —hombres— de una marca danesa de juguetes sexuales bañados en cannabidiol, Kalmte Kut, y el movimiento body-positive. En parte, Ola lo había pospuesto con la vana esperanza de que Frankie se lo endilgara a otra empleada de Womxxxn a quien se le diera mejor disfrazar las notas de prensa de marcas seudofeministas. Sin embargo, Frankie no lo había hecho y el artículo seguía sin escribir.

De Tooting a Victoria: Ola tenía menos de veinte minutos para arreglarse. Con ojos somnolientos, tecleó el año de nacimiento de su padre en el teléfono. Como respuesta, vibró:

Estás #BLOQUEAT hasta las 9:30 (56 minutos)

Abrumada, respiró hondo.

—Mierda, mierda.

El iPhone de Ola estaba repleto de aplicaciones para ponerse las pilas, y todas ellas caídas en el olvido. Aplicaciones sin usar para el insomnio. Aplicaciones para correr que había abandonado hacía mucho, ya que era sedentaria el ochenta por ciento de la semana. Y, por supuesto, #BLOQUEAT, una aplicación infranqueable para controlar el tiempo de uso del móvil que había instalado para no acercarse a las aplicaciones por la mañana, ya que lo más probable es que fuera una adicta. Estaba harta de ver su cronología de Twitter nada más despertarse. La última vez que lo había comprobado, pasaba casi seis horas al día frente a la pantalla, el doble de la media nacional. Después de fracasar tres años consecutivos en sus propósitos de Año Nuevo, era o #BLOQUEAT o algún tipo de rehabilitación tecnológica. La aplicación cumplía con su cometido: una ventana emergente oscurecía la pantalla del teléfono e impedía acceder a él hasta que se desbloqueaba a las nueve y media de la mañana, pero como su móvil seguía vibrando y haciendo mucho ruido, Ola sentía que las virtudes de la aplicación quedaban opacadas por el hecho de que era un completo peñazo.

En ese momento, Ola se incorporó. Descorrió las cortinas, de un color naranja vivo que contrastaba con el cielo lúgubre del sur de Londres, y se volvió para inspeccionar su dormitorio en busca de daños y perjuicios. No estaba demasiado mal. La ropa de la noche anterior estaba colgada a los pies de la cama. Evitó la mirada del dibujo lineal de Maya Angelou, que había pedido por Etsy con las palabras AUN ASÍ ME LEVANTO escritas debajo en cursiva, y al lado de su cactus zigzag vio una caja de Chicken Corner llena de huesos roídos. Había un cerco en el escritorio dejado por una taza con vino, pero, salvo por eso, había salido bien parado. Aun así, las pruebas de la noche anterior estaban esparcidas por la habitación como si fuera la escena de un crimen; la Ola borracha había dejado pistas para que rellenara las lagunas.

Entró en el cuarto de baño y, con el iPhone aún agarrado, se quitó con lentitud la enorme camiseta que utilizaba como pijama, demasiado resacosa como para acelerar el ritmo. Se recogió en un gran moño sus interminables trenzas de color azul marino y lo cubrió en parte con un gorro de ducha demasiado pequeño. Después de colocar el teléfono a un lado del lavabo, se quedó de pie desnuda frente al espejo del baño y se contempló. Sus ojos, de un color marrón oscuro, estaban ahora enmarcados por las ojeras. Enseñó los dientes; el Merlot le había dejado las encías y la lengua ennegrecidas. Mientras se metía en la ducha, sonrió al recordar la noche anterior. Había sido una gran velada. No como en los viejos tiempos, tal vez mejor. El pobre chaval había vuelto en el Uber con ella para meterla en la cama, bendito fuera; en la habitación todavía olía a la loción para después del afeitado de Tom Ford que utilizaba Michael. Aunque no se acordaba del trayecto de vuelta a casa, vislumbraba vagamente a Michael quitándole los zapatos de tacón y a ella agarrándole la cara, diciendo su nombre con voz cantarina mientras él la arrebujaba debajo del edredón. Ola sintió una punzada de culpabilidad: él tenía que levantarse temprano aquella mañana; esperaba que sus travesuras no le hubieran afectado en su primer día de trabajo.

Ola y Michael se habían conocido tres años antes, en el verano de 2016, en un encuentro de afrobritánicos para establecer contactos en el mundo de los medios, cuando en las listas de éxitos predominaban canciones de Drake que provocaban mil situaciones: Controlla, One Dance, su versión de Work con Rihanna. Congeniaron enseguida. A ella le había sorprendido gratamente que, una semana después, le pidiera salir, y anunció la inminente cita en el chat grupal con sus amigas mostrándoles la segunda mejor foto de él que había encontrado en su perfil de Facebook. En la mejor que tenía, estaba en una fiesta del Día de la Independencia de Ghana con la camisa desabrochada hasta casi el ombligo, luciendo una bandera del país a modo de improvisado pañuelo. Ola quería evitar que lo tachasen de fuckboy, así que eligió una foto en blanco y negro en la que parecía un conferenciante de motivación personal.

Ruth dijo en el grupo de WhatsApp llamado «Lo mejor de Saint Augustine»:

No te voy a mentir, está CAÑÓN, pero en realidad parece un fuckboy

LOOOL

Y Celie añadió:

Tiene pinta de ser el que tocaba los tambores en la iglesia. Y ya sabes que son los peores de todos

Por lo menos admitieron que era guapísimo. Michael era incluso más alto que Ola, medía uno noventa, tenía los ojos almendrados y un cutis perfecto. Debajo de la barba, cuidada a conciencia, un rostro tallado en mármol negro. Vestía bien, fijándose en los detalles; siempre llevaba una fina cadena de oro y una argollita pequeña en la oreja izquierda que su madre odiaba y Ola adoraba. Su aspecto era lo único en lo que coincidían sus amigas. Celie y Ruth ni siquiera estaban seguras de que nadie que le gustase a Ola fuera lo bastante bueno para ella, lo que reflejaba unos niveles de exigencia extremadamente altos (que Ruth no conseguía sostener en su propio caso y que Celie, casta a perpetuidad, no tenía que cumplir), más que el mal gusto de Ola. Así que ella ni se inmutó por la opinión que sus amigas tenían de él. A Ola le gustaba cómo se sentía cuando estaba con Michael. Más suelta, menos ella misma, pero más ella misma. Él era un animal de calle, divertido y amable. Y puede que a Ola no le gustara tener que pagar siempre la cuenta del restaurante, pero le gustaba todavía menos lo que habría dicho de ella que castigase a Michael por eso.

—Con todo lo que escribes sobre la brecha salarial de género, no tienes excusa —dijo Ruth cuando empezaron a salir.

—Tiene toda la razón —concordó Celie—. La Biblia habla de unirse en yunta igual, no en ruina igual.

Cuando Ola contraatacó diciendo que, por definición, estaban unidos en yunta igual, Ruth y Celie cerraron las bocas como si fueran dos líneas gemelas y sombrías. Aunque solo parecían estar de acuerdo cuando discrepaban por el gusto de Ola en cuanto a hombres, se habían puesto manos a la obra con la organización de la boda y ayudaban a Ola de todas las maneras que podían, por lo que les estaba agradecida, pero sabía que seguían teniendo sus reservas sobre Michael. Seguro que estarían satisfechas ahora que iba a ganar más que ella en su nuevo trabajo. Ola no había decidido todavía cómo se sentía al respecto —había destinado más dinero a la boda que él, al fin y al cabo—, pero la felicidad que sentía por que tuviera trabajo dejaba aquello en segundo plano.

Perdió el hilo del pensamiento cuando su teléfono empezó a vibrar otra vez, con una intensidad que a Ola le pareció creciente. Alargó la mano a ciegas para cogerlo y, mientras se limpiaba la cara con una loción con aroma a vainilla, le dio la vuelta a la pantalla despacio. El nombre FRANKIE W destellaba con furia como una advertencia. Se dio cuenta de que junto a ciento cuarenta y ocho mensajes, enterrados bajo una oleada de notificaciones de Instagram y de Twitter, tenía diecisiete llamadas perdidas que el teléfono no le había enseñado hasta entonces. Aquello era la confirmación de que había metido la pata hasta el fondo. Derrotada, Ola cerró la ducha, se envolvió en una esponjosa toalla turquesa y se quedó mirando fijamente las baldosas del suelo del cuarto de baño.

Antes de aquel contratiempo laboral, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se había sentido en paz. O todo lo cerca que podía estar de esa sensación. Esa paz real de «llevar al día todos los preparativos de la boda, todo lo marcado en el calendario de Google, todas las facturas pagadas» le resultaba una sensación tan extraña que no podía relajarse ni confiarse del todo a ella. Se sintió más segura cuando por fin llegó la tormenta a la que había precedido la calma.

Aquella mañana, creía que la tormenta iba a presentarse en forma de Frankie convocándola a un rapapolvo disfrazado de «charla rápida» cuando entrara en la oficina, pero en realidad se desató unos minutos después de que llegara, a las nueve y media en punto, cuando la aplicación por fin le permitió acceder al teléfono. Fue a marchas forzadas hasta su mesa, con la mirada tan gacha que ni siquiera estaba segura de que Frankie hubiese llegado ya. Desbloqueó el teléfono: los primeros cuatro mensajes eran, tal como sospechaba, de Celie y de Ruth. Con su animación característica, los de Ruth decían:

EMERGENCIA. CONTESTA EL PUTO TELÉFONO!

POR DIOS SANTO, OLAIDE!!!!! NO HAS ENTRADO EN TWITTER???

LLÁMAME EN CUANTO PUEDAS

LA HAS VISTO??? HAS VISTO LA LISTA?

El mensaje de Celie, corto y directo como ella, consistía en solo tres palabras:

Tas bien, Ola?

3. Veintisiete días para la boda

El primer día de Michael Koranteng en su nuevo trabajo en CuRated fue el día del lanzamiento de «La Lista» en internet. Odiaba que la gente hablara de ella en esos términos, como si fuera el lanzamiento de unas zapatillas deportivas o el adelanto de una película de Marvel.

Esa mañana se había despertado antes de que sonara la alarma: los nervios del primer día lo activaron a las siete y diecisiete. Michael estaba bien despierto a pesar de haber trasnochado; no le había dado ni de lejos tan fuerte como Ola, a quien había tenido que llevar hasta su casa en Uber, cargándola como un bombero. Cuando llegaron, se las arregló para quitarle la ropa, ponerle una camiseta vieja y meterla en la cama, pero pasaron otros veinte minutos hasta que se quedó dormida. Michael se había quedado sin batería, así que no podía pedirse un taxi; cuando le preguntó a Ola su contraseña, ella no quiso dársela a menos que bailaran juntos la canción de su boda, Yori Yori, de Bracket, y se refiriese a ella como «señora Koranteng». Por suerte, consiguió sacarle la contraseña antes de que perdiera la conciencia y encharcara de babas la almohada.

Habían celebrado su nuevo trabajo deambulando por el Soho, saltando de club privado en club privado, mientras se preguntaban en voz alta «¿Quién coño somos?». Michael se daba cuenta de que sonreía cada vez que pensaba en su futura esposa. Ola era de una belleza extraordinaria: grandes ojos marrones, pómulos marcados, con la honesta belleza africana con hoyuelos a la que los músicos del Yori le dedicaban discografías enteras. Con su metro ochenta, era alta y delgada, algo que, según ella, no le había sido útil durante su adolescencia en Streatham, lugar en el que su pecho plano y sus caderas estrechas la dejaban en el escalón más bajo de lo atractivo. Para cuando llegó a la universidad, la antes considerada «larguirucha» ya era percibida como «piernas largas» y, en algunas ocasiones, la habían confundido con una modelo; algo parecido le sucedía con su frente alta. Su carta de presentación, las trenzas que le llegaban hasta la cintura y que iba cambiando con regularidad de color, la hacían todavía más llamativa, igual que la argollita de plata que llevaba en la nariz chata.

Pero no era solo una cara bonita. Ah, no, ni mucho menos. Ola era lista y ambiciosa y comprensiva con Michael. También tenía valores profundos y gran empatía. De entre los varios miles de millones de almas gemelas potenciales del planeta, Michael sabía que la suya no podía ser otra que Ola Olajide. Dentro de veintisiete días iban a declararlo delante de todo el mundo a quienes querían, casi tanto como se querían el uno al otro. Casi. Habían pasado por muchas cosas, Ola y él, pero aquel día, eso esperaba Michael, sería el primero en que demostraría que la merecía, tanto a sí mismo como a los demás.

Abrió el armario, cogió una de las pocas camisas entalladas con cuello que tenía y un par de pantalones negros elegantes, en vez del uniforme habitual que se autoimponía de jersey oscuro, pantalón de chándal a juego y zapatillas de deporte. Sabía que era probable que fuese demasiado arreglado para trabajar en esa empresa emergente conocida por su ambiente relajado, pero no podía quitarse de encima la voz desdeñosa de su madre, preguntándole con sarcasmo que por qué quería dar la impresión de ser un desempleado el primer día en su nuevo trabajo. Michael estaba a punto de bajar a la cocina a desayunar cuando decidió revisar su teléfono; lo había dejado cargando por la noche, pero en el momento en que se encendió la pantalla supo que algo iba mal. Veintiuna llamadas perdidas. Cincuenta y nueve WhatsApps. Se le revolvió el estómago. ¿Quién se había muerto? Pensó en su abuela, a quien no llamaba lo suficiente, ni de lejos. La última vez que habían hablado, hacía más de una semana y media, su abuela estaba recuperándose de una operación menor. Michael se aseguraba de mandarle mensajes de texto un día sí y otro no desde que la habían operado, y parecía que todo iba bien, pero su abuela tenía ochenta y un años. Además, los pacientes de los hospitales de Ghana morían con frecuencia de manera inesperada después de intervenciones menos invasivas todavía.

No había mensajes de su madre, sino muchos de gente muy distinta. Intentó encontrar una conexión entre ellos. El primero era de un hombre llamado Ryan, al que no recordó hasta que miró su foto de contacto; tenía el vago recuerdo de haberlo conocido en un taller de pódcast unos meses antes. La naturaleza del último mensaje que se habían escrito —habían intercambiado de forma amistosa información sobre la fecha del próximo evento— no podría haber sido más distinta a la del texto de aquel día:

¿¿¿Esta mierda es verdad???

¿Que si era verdad qué mierda? Michael no estaba seguro de si le gustaba el tono de Ryan. Abrió un segundo mensaje, esta vez de la mejor amiga de Ola, Celie, que le había enviado seis signos de interrogación, sin más, seguidos de un enlace. Michael lo pulsó y lo redirigió a una cuenta de Twitter con un avatar gris: «@_la_ lista». Frunció el ceño mientras leía la biografía. «Dejando al descubierto a los acosadores más productivos de los medios de comunicación británicos», decía el texto. «En directo solo durante 24 horas». El estado de ánimo de Michael pasó de la ansiedad a la confusión. ¿Qué tenía que ver aquello con él? El perfil no seguía a nadie, tenía setecientos ochenta y seis seguidores y había publicado solo dos tuits. El primero estaba fijado en la parte superior del perfil y se titulaba «Nuestra respuesta», con una captura de pantalla del texto adjunto:

Gracias a todas las que nos habéis enviado nombres. Hemos creado esta cuenta, ya que los canales oficiales siguen fallándoles a las víctimas de abusos en los medios de comunicación y en la industria del entretenimiento. No nos queda más opción que hacer algo por nosotras mismas.

Para proteger la seguridad y la identidad de las que han enviado los nombres, no responderemos a DM sobre #LaLista. Esta cuenta se desactivará dentro de 24 horas.

Michael tenía la boca seca. Su teléfono seguía zumbando con mensajes, aunque ya apenas quedaban registrados. Él no podía estar en esa lista, sin duda… El segundo tuit mostraba una captura de pantalla de una hoja de cálculo con dos columnas llenas de texto. Respiró hondo antes de hacer clic en ella y enseguida reconoció su nombre. Allí estaba, el número cuarenta y dos, encajado entre un productor de televisión acusado de violación durante una cita y un periodista que se aprovechaba de chicas adolescentes. Su nombre de pila estaba mal escrito, Micheal; después habían puesto CuRated junto a las palabras «Acoso y comportamiento intimidante / Agresión física en la fiesta de Navidad de la oficina». A eso le seguía una «orden de alejamiento», entre paréntesis. En cualquier otra circunstancia, le habría encantado la idea de que lo reconocieran solo por su nombre de pila, como si fuera una figura pública. Durante un momento se preguntó si no estaba entrando en pánico antes de tiempo, quizá porque aquel día empezaba su trabajo nuevo de manera oficial. A lo mejor era una confusión, tal vez era otro Michael de Producción o de Contabilidad. Michael era un nombre muy común. Descartó la idea en pocos segundos, en cuanto se acordó del anuncio de su contratación que tanto se había retuiteado la semana anterior. Salió de la Lista y miró el tuit. Treinta y cuatro retuits. Doscientos tres me gusta. Publicado a las seis y media de la mañana. Se sintió mareado y empezó a andar de un lado a otro.

«Voy a perder el trabajo», fue lo primero que pensó. «Voy a perder el primer trabajo que he deseado, antes siquiera de empezar». Con manos temblorosas, pulsó el icono de la banderita que había debajo del tuit, junto a las palabras «Informar de un problema». Cuando lo hizo, se desplegó un menú con opciones. «Es spam»; «Expresa intenciones suicidas»; «No me interesa». No había una opción de «Me acusa de agresión». Eligió «Comete abusos o es perjudicial» y se sintió todavía más frustrado en la siguiente página: «¿De qué manera comete abusos o es perjudicial este tuit?». Aunque le daba la sensación de que «Anima al suicidio o a las autolesiones» era lo que más se acercaba, optó por «Incluye acoso selectivo» y pulsó enviar.

Observó que las reacciones a la publicación no dejaban de aumentar. Buscó nombres y caras conocidas entre los me gusta. Era difícil llevar la cuenta, los miembros del jurado crecían y crecían cada vez que deslizaba hacia abajo. Cada vez que actualizaba el tuit, parecía una condena. Ahora había doscientos diecisiete me gusta; el último programa en directo que había hecho en el pódcast había tenido doscientos diez oyentes. Se tambaleó al pensar en el aspecto que tendría tal cantidad de gente en una habitación. Y eso que solo eran las que habían interactuado públicamente con el tuit: ¿cuántas publicaciones veía, compartía y debatía él sin involucrarse en absoluto de manera visible? Se acordó del mensaje del tal Ryan: demasiado íntimo, acusatorio. «¿¿¿Esta mierda es verdad???». Apenas lo conocía y, aun así, aquel tipo había sentido la confianza suficiente como para mandarle un mensaje como si fueran unos críos, para lanzar acusaciones en su contra antes de las nueve de la mañana. Sintió náuseas cuando se imaginó los demás mensajes que se amontonaban en su teléfono, mensajes de semidesconocidos o de gente que tal vez lo conociera mejor.

Se había despertado hacía menos de una hora como el nuevo presentador de Tasted, era el primer día del resto de su vida. Pero ahora estaba yendo a trabajar como un agresor que trabajaba en el sector de los medios. Hacía apenas un momento que le habían colgado esas etiquetas, «acosador», «asaltante», «agresor» y, sin embargo, ya se sentía marcado por ellas para siempre. No sabía qué hacer.

Todo por lo que había estado trabajando los últimos seis años se desintegraba a su alrededor. Michael quería desaparecer, que se lo tragara la tierra. ¿Cómo demonios iba a enfrentarse a sus nuevos compañeros? Si aún no habían visto la publicación, no tardarían en hacerlo. Estaba acabado: en aquella lista había gente mucho más famosa que él, así que no faltaría mucho para que pasara de ser un hilo de Twitter a salir en las páginas de cotilleos, en un artículo en los periódicos, en…

Ola. Tenía que hablar con ella. Marcó su nombre en los contactos, sabiendo que era probable que no le contestara hasta más tarde por culpa de la aplicación de bloqueo que se había instalado hacía unas cuantas semanas. Michael le había advertido de que era una idea estúpida. ¿Y si había alguna emergencia? Aunque él pensaba más bien en que se le perdieran las llaves y no en que lo acusaran de forma anónima de haber agredido a una mujer. Después de un tono, la llamada se cortó. Lo volvió a intentar otra vez; ahora sonaron unos cuantos tonos antes de que saltara el contestador.

—Oye, Ola, soy yo —dijo, sin saber qué añadir—. ¿Puedes llamarme en cuanto oigas esto?

Ignorando los demás mensajes, empezó a contestarle a Celie:

No es verdad. Necesito hablar con Ola lo antes posible

El estado de Celie cambió inmediatamente de «conectada» a «está escribiendo». Michael se quedó mirando mientras el tecleo se detenía y comenzaba repetidas veces, antes de que el avatar de Celie cambiara a la silueta predeterminada del muñeco de palitos: lo había bloqueado.

El ruido sordo que sentía en el pecho empezó a afectarle a la respiración. Ola y él se iban a casar dentro de un mes. Al menos eso se suponía. No estaba seguro de cómo afectaría aquello a la boda. O a su relación. Aquella lista de agresores le revolvería el estómago a cualquier mujer, pero ¿a Ola? Era el tipo de cosa que se había pasado documentando toda su carrera. El tipo de cosa que hacía que sintiera que el mundo que intentaba cambiar con tanta desesperación no tenía arreglo. Esa clase de hombres. ¿Y qué significaba «esa clase de hombres» ahora que el nombre de Michael aparecía entre ellos? ¿Ahora él pertenecía a ese grupo de hombres sobre los que escribía Ola? Michael volvió a estudiar la lista, tratando de encontrarle el sentido al lugar que ocupaba en ella, relacionando su nombre con el de los demás acusados. «No me puedo creer que me esté pasando esto a mí», pensó Michael. Aunque, en el fondo, siempre se había preguntado si algún día le pasaría algo así. El karma, quizá. Mantuvo apretado el botón de encendido del lateral del teléfono hasta que la pantalla se quedó en negro.

Se sentó en el borde de la cama para tranquilizarse, con los dedos en las sienes. Le palpitaban. Al cabo de un rato se levantó despacio, sintiendo que le temblaban las rodillas. Volvió a respirar hondo y corrió al cuarto de baño, donde vomitó. Después se cepilló los dientes por segunda vez, se abrochó los botones de la camisa y salió hacia el trabajo.

Todas las miradas cayeron sobre él cuando entró en la oficina; no sabía si por ser nuevo, por ser negro o porque sus nuevos colegas ya se habían topado con la Lista. Al entrar en las oficinas de CuRated le dio la sensación de que la plataforma online había cobrado vida. Distinguido, casi como si fuera el algoritmo de la elegancia de Instagram; lo recibieron unas señales fluorescentes de color amarillo, verde y azul que proclamaban eslóganes como «Date prisa» y «Sube de nivel». Había un futbolín del mismo rojo que los autobuses de Londres cerca de la entrada, así como un conjunto de minifrigoríficos con las puertas de cristal al final de cada zona de trabajo llenos de Evian, Coca-Cola light y Rekorderlig. Al fondo, una cabina de grabación con una iluminación tenue.

—¡Michael!

Oyó la atronadora voz de Beth Walker, la directora de Recursos Humanos antes de verla. Notó lo mucho que se parecía aquella gente de los nuevos medios de comunicación cuando intentaba destacar: igual que otras dos mujeres que había en la oficina, Beth lucía un corte pixie rubio platino, gafas negras de pasta y argollas de plata de tamaño creciente dispuestas a lo largo del borde de ambas orejas. Le estaba sonriendo, mostrándole los dientes, con la sonrisa adornada con una barra de labios de un tono naranja casi fluorescente.

—¡Estamos taaan emocionados de que por fin te unas a nosotros!

«Emocionados. Bien. Así que todavía no lo ha visto», pensó Michael.

—Gracias, Beth. No veo la hora de empezar.

Estaba acostumbrado a tener que hablar en dos idiomas; uno lo reservaba para sus amigos; otro, para su lugar de trabajo. Sin embargo, ese día se sentía aún más cohibido. Esperaba que Beth estuviera en guardia cuando se encontraran. Michael era muy consciente de cómo se había producido su contratación. A finales de diciembre del año anterior, el ahora exdirector de redes sociales de CuRated, al que luego habían despedido, había tuiteado una foto de la fiesta de Navidad a sus 656 400 seguidores. La imagen del equipo de veintiséis personas, todas blancas, se hizo viral muy rápido, lo que espoleó el hashtag #NotRated, que fue tendencia en Twitter dos días seguidos. Acusaron a aquella plataforma de contenidos digitales para hombres de ser la «guardiana de la esencia» y de «blanqueo». No les favorecía el tipo de vinculación de la página con la cultura negra: hacían vídeos con cuentas regresivas de las zorras más icónicas de todos los tiempos en los vídeos musicales de rap o sobre los sistemas de sonido patrocinados en el carnaval de Notting Hill. Unos meses y dos hashtags más tarde, Michael se unió al equipo para presentar su programa de cultura y estilo de vida, Tasted, dos veces por semana. Saldría en YouTube. Habían anunciado su contratación en internet a bombo y platillo. Y ahora Michael estaba seguro de que iba a provocar más comentarios, pero por los motivos equivocados.

—¡Qué momento tan emocionante! —exclamó Beth—. Bueno, antes de seguir, quiero asegurarme de que me queda absolutamente claro. Tu apellido… —Puso cara de disculpa preventiva—. ¿Se pronuncia… Corn… Quran-ting?

—Sí, sí —respondió Michael, asintiendo con entusiasmo ante aquella carnicería—. Eso es.

—¡Increíble! —dijo Beth aplaudiendo para celebrarlo—. ¡Estaba preocupada por si lo decía mal! Ahora que ya hemos arreglado eso, vamos a saludar a Seb, ¿te parece?

El director general y editor de CuRated, Sebastian Fraser, tenía el mismo aspecto que en sus fotos: el de un miembro de las juventudes de un partido conservador. Aunque no había conseguido averiguar su edad por mucho que la había buscado en Google, Michael estaba seguro de que no podía tener más de veintitrés años. Iba bien afeitado y era pelirrojo. Era una criatura diferente a sus compañeros de Hypebeast, de tipo más corporativo. Llevaba una camisa de rayas debajo de una chaqueta gris de traje, pantalones ajustados y zapatos Oxford de color marrón, muy lustrosos. Sebastian estaba a mitad de conversación con alguien sobre la estrategia de redes sociales de CuRated cuando llegaron Michael y Beth.

—¡Mike, colega! —dijo Sebastian, que miró a Michael con sus ojos castaños y extendió las manos para estrecharle las suyas mucho antes de que lo hiciera él—. Muy muy fan de Pillado en un desliz. ¡Tus amigos y tú sois tremendos! Espero que puedas meter algunas bromas de esas en CuRated, ¿eh? —dijo mientras asentía con la cabeza para enfatizar sus palabras—. Me alegro de tenerte a bordo.

—Gracias —respondió Michael, con la esperanza de que Sebastian no notase lo húmeda que tenía la mano—. Me alegro de estar a bordo.

—Estoy seguro de que Beth ya te lo habrá dicho, pero en CuRated somos una gran familia. Lo único que nos preocupa es conseguir que las cosas sucedan. Vosotros sois los cerebros, los jefes. —Siguió estrechándole la mano con gran vigor. A Michael se le estaba empezando a cansar la muñeca—. Sé que en la práctica soy tu «jefe», pero no es más que un tecnicismo. En el esquema general de las cosas, en realidad, soy un don nadie. Solo me encargo de la parte aburrida de los números, de mantener en marcha nuestro pequeño proyecto. ¡Los que de verdad hacéis que esto sea lo que es sois vosotros, así que espero que estés preparado! —Michael asintió. Por fin, Sebastian le soltó la mano, antes de darle una palmada en la espalda—. ¡Estupendo! Y ahora, colega… —dijo, juntando las manos, ahora un poco más húmedas—. ¡Vamos a presentarte al resto de la banda!

Le presentaron a una fila de Jacks y Katies y Emmas y Toms, cuyas caras y puestos se le fueron desdibujando poco a poco. Lo llevaron a dar una vuelta por la oficina, de la que ya no se acordaba cuando lo acompañaron a su mesa. Se disculpó por su actitud distante, achacándosela a un dolor de cabeza, lo que era verdad en parte, y se pasó casi toda la mañana metido en un silencio que esperaba que atribuyeran a los nervios. En cuanto el reloj dio las doce, volvió a encender el teléfono: treinta y cuatro llamadas perdidas, algunas de gente de la que hacía años que no sabía nada, otras de números desconocidos. Ninguna de Ola.

Intentar pensar en otra cosa que no fuera la Lista le resultaba imposible; en lugar de familiarizarse con el programa de edición que tenía que utilizar, hizo un repaso mental de todas las chicas que había conocido, con las que había ligado, salido, a las que había ignorado, hecho ghosting, a las que les había puesto los cuernos… Lo que fuera. Estaba frenético por la falta de contexto de aquellas acusaciones, intentaba rellenar las lagunas. ¿Lo habría denunciado alguna de aquellas chicas? Le vino a la cabeza Gabrielle King, una chica devota a quien había desvirgado en el viaje de fin de curso del instituto a Chipre. Habían compartido pupitre unas cuantas veces porque en la lista de la clase iban uno detrás del otro y se llevaban bien, hasta que a Michael le llegó el rumor de que le gustaba en serio a Gabrielle. No era su tipo, tenía mal cutis y vestía todavía peor. Pero la primera noche del viaje hicieron la cucharita en la cama de él y a Michael le faltó el tiempo para tener relaciones sexuales sin preservativo con aquella chica con la que había entablado conversación solo cuando había necesitado pedirle prestado un bolígrafo.

Casi ni hablaron mientras lo hacían; además, todo terminó prácticamente antes de que Michael se diera cuenta. Algo para olvidar. Unas cuantas noches después, en el mismo viaje, en la misma cama, Michael se enrolló con la amiga de Gabrielle, Martha; mientras estaban acurrucados, la chica le contó que Gabrielle estaba arrepentida y se sentía utilizada. La píldora del día después —que él había pagado de mala gana— le había dado náuseas. En aquel momento, Michael se había limitado a soltar un gruñido como respuesta. Cosas que pasan. No era culpa suya que Gabrielle fuera a un colegio católico solo para chicas cuando era pequeña y que tuviera una actitud rara hacia el sexo. Pero a lo mejor no había sido solo una cagada. A lo mejor había sido algo más grave. Pero no podía ser, ¿no? Era absurdo sugerir siquiera que… Aunque, si lo pensaba, tampoco es que se hubiera portado muy bien con Toyasi mientras salían juntos. Ni con Efua. Ni con Tash. Ni con Jackie.

Había habido otras, además. Antes de madurar y conocer a Ola, había roto unos cuantos corazones. Les hundía la autoestima; luego le desmoralizaba que fueran inseguras. Sabía que podría haber tratado mejor a las mujeres con las que había salido cuando era más joven, más idiota. Se estremeció, consciente de que muchas exnovias abandonadas estaban convencidas de que era una mierda humana. Pero ¿hasta qué punto?

El teléfono se puso a vibrar. En la pantalla parpadeaba: OH LA LA. Ola lo estaba llamando.

Michael contestó enseguida.

—Ola —dijo, casi sin aliento por el alivio que sentía.

—Hola —dijo ella con voz tranquila.

—Hola, ¿estás bien? Perdona si has estado intentando contactar conmigo. Ha sido…, esta mañana ha sido un poco una locura. Supongo que habrás visto…

—¿Podemos hablar?

Michael se quedó callado. ¿Detectaba miedo en la voz de Ola?

—Claro, sí, claro que podemos hablar. Deberíamos hablar.

—¿En persona?

Si estaba asustada, ¿por qué iba a pedirle que se encontraran cara a cara? Michael se secó la frente húmeda con la manga de la camisa. Era Ola. Se estaba portando como un paranoico.

—Sí, vale. Perfecto. ¿Te parece en el Prêt, al lado de la estación Victoria? Nos podemos ver allí para comer, a las doce y veinte.

—Vale. Nos vemos allí.

—Genial. Oye, Ola. Espero que sepas…

Pero Ola ya había colgado. Michael tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta. Se levantó y cogió la mochila y la chaqueta del respaldo de la silla. Cuando salía a toda velocidad, se chocó con Beth.

—¿Adónde vas con tanta prisa? —preguntó con una sonrisa—. ¿Ya te has cansado de nosotros?

—Sí, o sea, quiero decir, no, perdona. He quedado con mi chica para comer…

—Ah. —Beth cerró los ojos y se llevó las manos al pecho con fingida adoración—. ¿No es maravilloso el amor?

4. Veintisiete días para la boda

Aquella mañana, Ola había entrado en el trabajo a hurtadillas y se había escondido detrás de su mesa; al parecer, había pasado inadvertida. Frankie todavía no había llegado y, en un segundo golpe de suerte, Sophie estaba en la cocina, de espaldas, sirviéndose agua hirviendo para prepararse una taza de té verde. Kiran estaba encorvada sobre su ordenador portátil, tecleando con furia y asintiendo para seguir el ritmo de lo que fuera que salía de sus AirPods. En silencio, Ola le dio las gracias al universo por aquellas pequeñas cosas mientras contestaba al mensaje de Celie («¿Estás bien, Ola?»). Sí, estaba bien, gracias por preguntar, pero ¿qué mierda estaba sucediendo? No había pasado ni un minuto cuando Celie intentó llamarla dos veces. Ola le contestó rápidamente con un mensaje:

No puedo hablar, estoy en el trabajo. Mándame un mensaje

La respuesta de su amiga llegó al instante: un enlace a un tuit seguido de un «Llámame en cuanto puedas».

Cuando lo abrió, Ola entrecerró los ojos para enfocar la pantalla del teléfono. La cabeza le daba vueltas por culpa de la resaca. Por eso tardó en darse cuenta de lo importante que era el mensaje:

Esta base de datos servirá como herramienta temporal para subrayar la gravedad de los abusos en los sectores del entretenimiento y la creatividad del Reino Unido. Esperamos que esto sirva de altavoz para las víctimas e inspire a los miembros de la industria a ser más proactivos en cuanto a prevención. El * significa que la acusación proviene de más de una persona.

Mientras Ola iba leyendo la Lista, sintió un profundo desánimo, aunque también satisfacción. Que les dieran a aquellos hombres por lo que habían hecho y que vivan las mujeres que se niegan a permanecer en silencio. En unos pocos renglones había tantos tipos diferentes de abusos registrados que se puso enferma: de todo, desde fotopollas no solicitadas a intimidación sexual y violaciones.

La invadió una sensación de aprensión, se le erizó la piel ante lo familiares que le resultaban las acusaciones. Le vinieron recuerdos del abrazo acompañado de manoseo del director de Womxxxn, Martin Frost, en los Premios Netty, hacía ya algún tiempo. Aquella misma noche le había hecho un comentario cargado de prejuicios sobre el Kama Sutra a Kiran y le había preguntado si, como era pansexual, tendría más posibilidades con ella, «ya que le gustaba todo el mundo».

—Entonces, ¿no es más que una excusa para participar en un montón de orgías? —le había susurrado al oído, con la cara enrojecida por la borrachera—. Porque si es por eso, ¡cuenta conmigo!

Y ¿cómo iba a olvidarse de sus primeras prácticas? ¿Por qué se había ido dos semanas antes de lo estipulado, renunciando así a una nómina que no podía permitirse el lujo de perder?

Ola se puso a pensar en cómo le había llegado la Lista aquella mañana. Celie se la había mandado con desesperación, preguntándole si estaba bien. Ruth le había rogado que la llamase, preguntándole con letras mayúsculas si la había visto. Pero ¿por qué? ¿Qué tenía que ver aquello con Ola? ¿Qué —o más bien a quién— habían visto en ella? La cabeza empezó a irle a mil por hora. Examinó los nombres, más de sesenta, para ver si reconocía a alguien. ¿Estaba Martin en la Lista? ¿Lo habían dejado por fin al descubierto? Enseguida se encendió la chispa del reconocimiento mientras bajaba por la hoja de cálculo: Papi Danks, joven promesa del afroswing. Celie y ella habían asistido a una fiesta que había dado su discográfica hacía unos años; aunque Ola recordaba muy poco de él, no dejaba de ser una conmoción relativa ver su nombre en la Lista. Su familia iba a la misma iglesia que Celie.

Samson Mackay también estaba en la Lista, pero Ola mentiría si dijera que no se lo esperaba. Llevaban años circulando historias sobre él, mujeres periodistas mayores que Ola le habían advertido que pusiera tierra de por medio si se lo encontraba. Luego se fijó en Lewis Hale, leyenda del fútbol, un habitual del programa de la BBC The One Show. ¿No había quedado finalista el año pasado en ese concurso de baile, también de la BBC, Strictly Come Dancing? A Ola no le interesaban los deportes, pero Lewis era muy famoso. Desde que tenía uso de razón, recordaba aquella figura televisiva pública perenne, un experto en deportes. El tipo de hombre que esperabas que fuese tan agradable en persona como en la tele. No parecía de esa clase. Pero Ola sabía de sobra que nunca lo parecían.

Siguió leyendo. Cuando sus ojos se posaron en el nombre número cuarenta y dos, el estómago le dio un vuelco:

Micheal, CuRated. Acoso y comportamiento intimidante / agresión física en la fiesta de Navidad de la oficina (orden de alejamiento).

Nada podría haberla preparado para eso. Le empezaron a temblar las manos mientras el teléfono no dejaba de zumbar sin parar con los mensajes que iban llegando. ¿Cómo iba a estar Michael en aquella lista? ¿Su Michael? Cuando sopesó las palabras que acompañaban a su nombre —acoso, comportamiento intimidante, agresión física—, se sintió mareada. Era como estar soñando. Aturdida, intentó procesar lo que había leído, pero no tenía ningún tipo de sentido.

Al levantarse, tuvo la impresión de que las paredes de la oficina se derrumbaban. Con la misma brusquedad con la que había entrado, se dio la vuelta y subió corriendo las escaleras hasta los aseos de la empresa emergente de velas veganas del piso de arriba. Una vez dentro, le dio un codazo a la puerta de cada cubículo para asegurarse de que estaba sola. Se sentó en la tapa de uno de los inodoros, sacó el teléfono y empezó a deslizar el dedo por la pantalla.

El número de me gusta y de retuits de la publicación no paraba de aumentar cada vez que Ola pulsaba «actualizar»; sin embargo, de donde no podía apartar la vista era de los comentarios que se iban multiplicando. Mezcla de conmoción y escepticismo, rabia y elogios, era como si todos esos mensajes le gritaran a ella en silencio:

¿Quién ha criado a esta gente? Solidaridad con las que han sido tan valientes como para contar su verdad

¿Cómo ha conservado @_Matt_Plummer su puesto en @ITVNews después de que se descubriera que es un delincuente sexual?

Sabéis que os pueden acusar por difamación, ¿verdad?

#noestássola #nonoscallamosmás #yosítecreo #LaLista

Algunos usuarios comentaban la definición de difamación. Muchos evitaban las palabras y preferían usar emojis con el puño en alto y corazones multicolores. La mayoría se limitaba a etiquetar a otros usuarios, y no había duda de que se guardaban los comentarios para los chats privados, lo que enardecía la imaginación de Ola y la hacía pensar en qué otras cosas estarían diciendo. Volvió a la publicación original, juntó los dedos sobre el texto de la Lista y luego los separó para ampliarla, hasta que el nombre de Michael llenó la pantalla. Se quedó mirándolo fijamente, como si así se obrara un milagro y se transformase en el nombre de otra persona. Allí estaba, en blanco y negro, «Micheal», sin el apellido que no tardaría en ser el suyo. Le quedaba un poco de margen, supuso.

Se sintió avergonzada. Al cabo de un rato, se sintió aún más avergonzada porque fuera vergüenza precisamente lo primero que había sentido con claridad. Era una reacción muy egocéntrica, pero no podía evitarla. Se le llenaron los ojos de lágrimas y los oídos de las burlas imaginarias que le estarían haciendo a sus espaldas, al pensar en los mensajes directos de Twitter que se estarían intercambiando a su costa:

El novio de Ola está en la Lista, ¿sabes? Qué locura.

Ola ¿la de Womxxxn???

OLA DE WOMXXXN. ¡La directora general del Twitter de «los hombrxs son basurx»! Está con el «hermanx más basurx» de todos ellos.

¡Shhh, calla! Ni de puta coñaaa… ¡¡¡Se le acabó el reinado a la Obama británica!!!

En realidad, ¿podía culpar a alguien por pensar así? Era más o menos lo que habría dicho ella si le hubiera pasado a cualquier otra persona. Pero Ola había dedicado la mayor parte de la última década a luchar contra el patriarcado, la cultura de la violación y la masculinidad tóxica. Ola había asistido a más protestas, mesas redondas y manifestaciones en favor de los derechos de la mujer de las que recordaba. Durante el primer curso, había fundado la Sociedad Feminista Negra de su universidad, por Dios santo, en aquellos tiempos en que la conversación en torno al feminismo era poco sexy y nada instagrameable. Cuántas veces, en su antiguo blog de Tumblr, se había enfrentado a las reacciones negativas y al troleo de sexistas a los que no les gustaba lo que decía; en aquella época, sus creencias la habían mantenido en pie. No era el tipo de persona que no ve las señales de alarma y comete el error de estar con alguien capaz de tener un comportamiento así.

Pensó para sí que Michael no podía ser un…, pero no tardó en refrenarse. Así se empieza. «Él no puede ser» era exactamente lo que se decía de los hombres que sí podían serlo y de hecho lo eran. Cuando se publicó en Womxxxn el artículo de investigación que había escrito sobre el #MCsToo, en el que denunciaba los abusos cometidos por hombres de la industria musical, cientos de fans dijeron que sus ídolos eran incapaces de cometer los crímenes que Ola denunciaba. Que unos años después su voz se uniera al coro de los negacionistas era algo que no podía soportar. Todas las mujeres que le habían escrito después de que se hiciera viral #MCsToo para darle las gracias, para contarle sus historias de terror…, ¿qué pensarían de ella ahora?

Era difícil decantarse por una emoción clara de entre el batiburrillo sobrecogedor que sentía. Quería llorar, eso lo sabía, pero no estaba segura de si era de miedo o de angustia. Ni siquiera estaba segura de qué le daba más miedo o por quién estaba más disgustada. Sentía rabia, eso seguro, y un toque de arrepentimiento preventivo. Lo único que sabía con certeza era que su vida entera había cambiado en un instante. Sintió que se doblaba como si le hubieran dado un puñetazo en las tripas, las lágrimas le nublaban la vista. Temblaba mientras sollozaba en silencio contra la camisa, afligida tanto por la pérdida de su feliz ignorancia de un momento antes como del futuro que había planeado con Michael. Con una larga exhalación, Ola pulsó el botón para mandar un mensaje directo desde su cuenta y, temblorosa, escribió un mensaje:

Conozco a alguien que ha salido en la Lista… No sé qué hacer. ¿Me puedes ayudar?

Enviar. ¿Y ahora qué? Sintió que las piernas iban a fallarle en cualquier momento, pero se acercó al lavabo y abrió el grifo, ahuecó las manos debajo. Se salpicó la cara con el agua helada, pero seguía sintiéndose pegajosa. Dentro de un mes iba a casarse con un hombre a quien, al parecer, no conocía. Sintió una opresión en el pecho.

—Ola, respira —dijo en voz alta.

Cerró los ojos, buscando en su memoria el ejercicio de respiración para la ansiedad más fácil de los que le había enseñado Fola. De repente, la voz de su hermana resonó en sus oídos: «Exhala caos, inhala paz». Se llevó el pulgar a la fosa nasal derecha e inspiró lentamente por la izquierda. Luego repitió lo mismo con el dedo índice en el otro lado, exhalando por la fosa nasal derecha. Después de tres rondas de inhalaciones, se le calmó la respiración.

Se sacudió. Comprobó en el espejo que no tenía los ojos inyectados en sangre y luego miró el teléfono para ver si había respuesta. No la había. Respiró hondo una última vez y se dirigió de nuevo a la oficina.

Cuando llegó a su silla, aún temblorosa, vio una notificación en la esquina de su pantalla de Slack, la plataforma de mensajería que utilizaban en el trabajo. Era un mensaje de Frankie, que estaba ya en su oficina, entrecerrando los ojos delante del ordenador. A Ola no se le cayó el alma a los pies porque ya se le había caído antes.

¿Podemos charlar un momento, rápido? FW besos

Antes, el rapapolvo matutino cortesía de Frankie le había parecido un asunto de vida o muerte; ahora solo era algo que tenía que quitarse de encima.

Sí, bajo dentro de cinco minutos

Volvió a leer el mensaje de Frankie y miró otra vez el suyo por encima. Mientras ponía los ojos en blanco, firmó con «besos» y pulsó enviar.

Las paredes de la oficina de Frankie eran de cristal, una representación del compromiso literal y figurado de Womxxxn con la transparencia o algo así, suponía Ola. Tenía la impresión de que la vigilancia resultante quizá sí que era involuntaria, ya que el equipo veía a Frankie, tan bien como Frankie las veía a ellas, cada vez que con los dientes apretados volvía a instaurar los límites que había traspasado su exmarido durante una llamada, cada vez que engullía su primera comida del día a las tres y media de la tarde directamente de la caja del restaurante Wasabi.

Como el resto de Womxxxn, la oficina de Frankie era de varios tonos pastel: las paredes melocotón, la lámpara de la mesa azul celeste, los posavasos lilas; la mesa desordenada, llena de papeles esparcidos, una maceta de aloe vera, una fotografía enmarcada de ella acariciando a un niño muy rubio y una vulva de cerámica de color rosa metalizado, en la que guardaba el papel para carta y los sobres. En la pared de detrás, una reproducción ampliada de la portada digital de septiembre de 2017 de Womxxxn, con la modelo y activista estadounidense Jada Smalls dándole de mamar a su hijo, que entonces tenía un mes; aquel año, Elle había hecho historia al poner en portada a la primera víctima de quemaduras, así que Frankie contrató a Jada para que fuera la primera portada de una publicación femenina con una mujer con albinismo.

—Dile que se traiga a Zion, vamos a inmortalizarla amamantando —le había dicho a Kiran—. ¿Sigue existiendo lo de Free the niple?

—Estoy bastante segura de que no existe desde 2014 —le había contestado Kiran.

—Bueno, ¿estás bastante segura de que no lo podemos hacer… si el pezón es albino? El negro es el nuevo blanco o el nuevo negro… o algo así.

Ola vio el ceño fruncido de Frankie por encima de la pantalla mientras abría la puerta. Tenía un aspecto increíble para sus cuarenta y muchos; usaba de manera asidua, si bien secreta, los mismos tratamientos de belleza no invasivos sobre los que manifestaba estar en contra en los artículos de opinión. Aun así, su empeño por imitar los conjuntos tal como estaban puestos en los maniquís de Urban Outfitters —vaqueros holgados de corte masculino, gorras de marinero y zapatillas de deporte macizas— la envejecían. A Ola le recordaba a la madre de Ponte en mi lugar después del intercambio de cuerpos, vestida como su hija adolescente. No lo decía en voz alta porque le parecía edadista, pero no podía dejar de pensarlo. Ese día Frankie llevaba un mono amarillo de tela vaquera al que Ola le había echado el ojo por internet y un par de zapatillas Vans de color blanco.

—¿Querías verme? —preguntó Ola en vez de saludar cuando abrió la puerta.

Asomó la cabeza por una esquina, como si no tuviera intención de entrar. Frankie sonrió de manera forzada y leve, con la misma sonrisa que se le dedica a un niño travieso a quien no nos corresponde castigar.

—¡Ah, Ola, sí, genial! Quiero hablar contigo —dijo, metiéndose un mechón de pelo castaño claro y lustroso detrás de la oreja—. Siéntate. ¿Has tenido algún problema con el teléfono esta mañana?

Ya habían bailado aquella danza muchas veces. En vez de decir «¿Por qué llegas tarde?», Frankie decía cosas como «Había mucho tráfico esta mañana en Tooting, ¿no?». En vez de preguntarle por qué no había entregado todavía un artículo, le decía algo como «Solo quería saber cómo te va. Avísame si tienes algún problema para terminarlo». Al principio, Ola no se había dado cuenta de que detrás de aquellos dobles sentidos se escondían acciones concretas, pero no tardó en aprenderse los pasos de las coreografías de Frankie. A veces, en un juego de poder que no admitiría jamás abiertamente estar jugando, Ola se comportaba como si no fuera capaz de leer entre líneas, obligando a Frankie a explicarle las cosas con claridad, lo que no era capaz de hacer sin sonrojarse con un satisfactorio tono granate. La hostilidad pasiva era la lengua vehicular de las oficinas de Womxxxn.