La mala vida - Martina Cole - E-Book

La mala vida E-Book

Martina Cole

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Beschreibung

Daniel y Peter Bailey controlan el mundo del hampa en el East End, el barrio popular del corazón de Londres. Además de ser hijos de distinto padre, son muy diferentes en todos los sentidos. Daniel es temperamental e impulsivo; Peter, pausado y reflexivo, sobre todo discreto. Les une la violencia despiadada, lo que les dio fuerza y les hizo ser temidos y respetados en los bajos fondos, pero discrepan sobre cómo administrarla. Las diferencias sobre cómo actuar les están dividiendo y debilitando, lo que les termina enfrentando pese a la mediación materna. La entrada en el "negocio" de sus respectivos hijos, unido a una serie de desgraciados incidentes, lo va a complicar todo. En estos ambientes es difícil mantener el poder, siempre hay alguien a la espera de arrebatártelo. A veces alguien muy próximo... Con pinceladas de tragedia clásica, la nueva novela de Martina Cole, cruda y tan emocionante como todas las suyas, es un certero e impávido retrato de una familia desgarrada por la violencia y la traición, pero, en última instancia, unida por lazos de lealtad y de sangre y por unos ardientes deseos de venganza... Es un relato de la vida, "La mala vida" del hampa como sólo Martina Cole sabe contarlo.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Martina Cole

La mala vida

Traducido del inglés por F. G. Corugedo

Índice

Palabras preliminares

PRÓLOGO

LIBRO PRIMERO

LIBRO SEGUNDO

LIBRO TERCERO

EPÍLOGO

Créditos de las canciones citadas

Créditos

Palabras preliminares

Después de los libros, mi gran amor es la música. Cuando escribo por la noche, escucho sonidos de las épocas sobre las que escribo. Es la manera perfecta de meterme en la piel de los personajes, y, como todo el mundo sabe, ciertos discos son capaces de transportarte a un momento determinado del pasado. Si me pongo a escuchar Mama Weer All Crazy Now, de Slade, se me viene a la cabeza el recuerdo asombrosamente preciso de uno de mis más viejos amigos, Graham Petherick, simulando tocar la guitarra a base de mover los dedos en el aire mientras muchos de nosotros contemplábamos su silueta a través de ¡el cristal de la ventana de su cuarto de baño! Cuando escucho Woke Up This Morning, de Alabama 3, veo a mi hija Freddie Mary y a mi nieto Lewis, los dos con cuatro años de edad en ese momento, cantando esa canción al unísono con el disco mientras viajábamos en el coche camino de Eastbourne para recoger mi caravana. Recuerdos maravillosos que la música me hace recuperar a su compás. La música es capaz de hacer eso, de hacerte presentes unos recuerdos y obligarte a sonreír incluso durante tus días más tristes. Después de enterrar a mi madre, puse un disco de Bowie, y a pesar del dolor no pude dejar de sonreír al recordarla pidiéndome que subiera el volumen del tocadiscos cuando sonaba Rock ’n’ Roll Suicide, porque le encantaba esa canción, le encantaba Bowie. Mi madre murió ocho meses después que mi padre, ambos a principios de los ochenta, y todavía los echo muchísimo de menos. A los dos.

Mientras escribía La mala vida, escuché muchísimo a Alabama 3 —uno de mis grupos favoritos de todas las épocas—, y he utilizado sus letras en este libro. Es un grupo al que escucho a menudo últimamente. Los he visto en directo y la verdad es que son una banda de lo más visual y cuya música parece recoger las ideas de muchas generaciones distintas. Confío en poder volver a verlos pronto. Tuve la gran suerte de que me pidieran que tomase parte en su último álbum, Shoplifting 4 Jesus, así que ahora ¡presumo de ser una artista que ya ha grabado un disco! Gracias, chicos, especialmente a Ian Gough y Larry Love.

No puedo creer que hayan pasado ya veinte años desde que publiqué mi primer libro, Una dama peligrosa. Para conmemorarlos, Una dama peligrosa se va a representar adaptada a la escena en el teatro Royal Stratford East, en la zona este de Londres. Es un teatro al que le tengo mucho cariño; si dejamos que se pierdan los teatros y las bibliotecas de los barrios, habrá desaparecido el verdadero corazón de las comunidades locales. Sería una verdadera desgracia, y algo de lo que hay que ocuparse porque, de no ser así, nunca los recuperaremos. Cuando era niña no sé que habría hecho sin la biblioteca de mi barrio, y el teatro local también tuvo un papel importante en mi búsqueda de conocimientos.

Una dama peligrosa fue un gran hito en mi carrera, y estoy muy orgullosa de ella. Pero nunca habría logrado publicar nada de no ser por mi agente Darley Anderson, que no solo es mi agente sino además, y para empezar, un amigo maravilloso. Nunca podré agradecerle bastante todo lo que ha hecho, y en especial su amistad y su apoyo. Darley es uno de esos seres tan poco frecuentes: ¡un hombre que entiende de verdad a las mujeres! Además es también el padrino de mi hija, y una persona muy cercana a mi familia y a la que todos queremos. Para mí su sabiduría es algo único, y su amistad supone todo un verdadero mundo.

Susan Fletcher, mi primera editora y una persona fantástica, alguien que creyó en mí en cuanto posó la mirada por primera vez sobre Una dama peligrosa. Muchísimas gracias de nuevo. Lamentablemente Sue se jubilará este año de su puesto en la editorial, así que todos la echaremos de menos una barbaridad.

Tim Hely Hutchinson, siempre tan bueno conmigo, fue quien, junto a Susan Fletcher y Sian Thomas, hizo crecer Headline hasta ser la maravillosa casa editorial que es hoy día. Llevo ya más de veinte años con Headline y todas las personas con las que he tenido que tratar han sido siempre encantadoras. Muchas gracias a ti, Tim, gracias por todo.

Clare Foss, mi editora durante muchos años, es otra persona a la que nunca podré agradecer lo bastante su apoyo y su amabilidad. ¡Adelante, Clare!

Jane Morpeth, mi actual editora, es una mujer realmente encantadora, una persona a la que admiro y respeto de verdad. Gracias, Jane, ¡y espero que sigamos igual otros veinte años! Para mí has sido una gran amiga y una editora fantástica. Gracias otra vez.

Martin Neild, el hombre más encantador del mundo: muchísimas gracias también. Has tenido una gran influencia en mí y aprecio muchísimo tu amistad. (Lo de Pink Floyd en un Bentley es un recuerdo que conservaré para siempre.) Buena suerte en el futuro.

También quiero dar las gracias a Amanda Ridout. Fue siempre muy buena conmigo mientras estuvo en Headline y siempre le agradeceré todo lo que hizo por mí. Gran chica; y nunca volveré a beber cinco botellas de un buen Montrachet con nadie más... ¡ella ya sabe de lo que hablo! (PS: por cierto, Amanda, ¡seguimos siendo bien recibidas en el restaurante OXO Tower!)

Quiero darle también las gracias a Kerr MacRae; siempre fue absolutamente encantador conmigo cuando estaba en Headline, y aunque ahora se haya mudado a otros pastizales, seguimos siendo buenos amigos. Es probable que Kerr sea una de las mejores personas que haya en el mundo editorial, y tuvo un papel importante en mi éxito como escritora. Así que ahora soy yo quien le desea muchos éxitos en el futuro.

Louise Page... ¿qué puedo decir? Es fantástica; no solo es muy buena persona y una amiga maravillosa, ¡también es la mejor relaciones públicas de todo el país! Gracias, Lou: has sido una estrella durante años y años. Peter, tú y yo —también conocidos como Los Tres de Waberthwaite— hemos viajado a lo largo y ancho de este país y nos hemos reído a gusto por los caminos. Gracias una vez más: siempre has sabido encontrar los mejores locales y, desde luego, ¡sabes organizar unas fiestas del demonio!

Y ahora vamos a pasar a Peter Bates. Me has llevado en coche durante muchos años, Pete, y ambos hemos vivido nuestros altibajos. Pero hay una cosa que nunca cambia: tu amistad y tu buen humor. Te quiero, Pete, y nunca podré agradecerte lo bastante que estés ahí a mi lado ¡desde el principio de los tiempos! Hemos echado nuestras buenas risas por esos caminos de Dios, y sin ti todos esos viajes no habrían sido ni la mitad de divertidos. Te deseo todo lo mejor para el futuro. Todavía no he conseguido entender cómo Rita puede aguantarte: es una mujer encantadora, ¡y una santa!

Me gustaría dar las gracias a todos cuantos están en Headline, a los antiguos y a los nuevos. Para mí habéis sido una segunda familia, y sé lo afortunada que he sido al formar parte de ella. Ha sido un privilegio, y nos lo hemos pasado muy bien... ¡además de trabajar un montón! De modo que os doy las gracias otra vez, ¡sobre todo a cierto irlandés! Darragh: viajar en coche por España oyendo buena música es un recuerdo que nunca olvidaré. Gracias.

También quisiera dar las gracias a Pete Newsom, que para mí ha sido otro buen amigo. Me acuerdo de cuando me lo encontré hace unos pocos años en un concierto de Morrissey y ¡no sé quién se quedó más sorprendido de los dos! Pero gracias, Peter: he pasado muy buenos ratos en Oz, en Nueva Zelanda y en Sudáfrica. Te deseo lo mejor para el futuro.

Y muchísimas gracias también a Martin Booth, un hombre bueno de verdad ¡y responsable de que me dieran mi primer cheque por escribir! Estaba en la BBC en los primeros años noventa y me aceptó un guión que había enviado a la emisora. Nos hicimos buenos amigos y supo darme la confianza que me hacía falta para decidirme a continuar con mi carrera de escritora. Así que gracias, Martin, muchísimas gracias.

Y por último, pero desde luego no menos importante, me gustaría dar las gracias a Lavinia Warner. Hace muchos años adaptó mi novela Una dama peligrosa para una serie de televisión. Desde entonces nos hemos hecho buenas amigas y socias de negocios, tras la primera hemos producido otras tres series más y todavía tenemos otros proyectos en la cartera. Gracias, Vin, has sido una auténtica estrella, y ya eres una parte importante de mi familia, todos te queremos muchísimo. A principios de este año fuimos a Broadway a ver a su primo, que representa La Venus de las pieles. Fue uno de los momentos estelares de mi vida; gracias por hacerme partícipe de él. Te quiero, amiga.

Y ahora, a mis lectores: ¡ya sabéis quiénes sois! He conocido a muchos de vosotros a lo largo de los años, sobre todo en la caseta de Pat Fletcher en Romford Market. Pat organizó mi primera firma de libros, y siempre le estaré agradecida por ello. Nos hemos hecho buenas amigas, e ¡incluso tenemos casas la una cerca de la otra en el norte de Chipre! De manera que muchas gracias a Pat y Harry Fletcher, nos veremos pronto, colegas, nos veremos en el restaurante Kybele de Bellapais.

De manera que gracias una vez más a todos vosotros, mis leales lectores, los que estáis ahí desde Una dama peligrosa, desde hace todos estos años. Espero que os guste La mala vida. Llevo ya un año viviendo con la familia Bailey y mis planes son terminar la historia de Tania dentro de unos pocos años. Así que espero que disfrutéis con sus idas y venidas, con sus altibajos; porque, creedme, ¡hay una buena dosis de eso! Confío en encontrarme con muchos de vosotros en mis firmas de libros y espero poder saludaros a todos personalmente.

Cuidaos mucho y que Dios os bendiga,

Martina

xxx

Prólogo

1997

Crecí en medio de la Vida, la mala vida del hampa, pero en realidad nunca formé del todo parte de ella... mi madre se había ocupado de que fuera así. Pero todo cambió a partir del día de su muerte.

El día que la enterrábamos, eché una mirada por la iglesia. Toda mi familia estaba allí, y los Bailey éramos una familia muy grande, y una familia muy conocida, además. Mi abuela, Theresa Bailey, la matriarca, estaba sentada a mi lado y me tenía cogida de la mano. Siempre era muy buena conmigo. Podía fiarme totalmente de ella, pues nunca contaría a nadie mis secretos. Sabía más cosas que cualquiera de los otros, pero se las guardaba. Porque si en cualquier momento abría la boca, acabaría habiendo otro asesinato; así que teníamos que guardar el secreto pasara lo que pasase, y eso fue exactamente lo que hicimos. Yo sabía que sin ella nunca hubiera podido hacer frente a todo aquello, y especialmente a aquel día.

Mis cuatro hermanos —todos ellos grandotes, guapos y hombres de honor— estaban sentados del otro lado y mi padre, destrozado por la muerte de su mujer y sin enterarse en absoluto de la vergüenza que pasaba su hija, se sentaba a mi lado. Estaba más afectado por cómo había muerto mi madre que por el hecho de haberla perdido. La muerte se la había llevado en un abrir y cerrar de ojos; esas fueron sus palabras, no las mías.

Allí estaba yo, de pie junto a él, su hija más pequeña y la única chica. De hueso pequeño como mi madre y con el mismo pelo caoba y espeso de mi abuela paterna. Pero tenía los ojos de él, esos ojos irlandeses azul profundo que mostraban todas la emociones y le contaban al mundo entero en qué estaba pensando, especialmente a él y a mis hermanos. Aprendí pronto a no dejar que nadie adivinara mis verdaderos sentimientos, un triste legado en mis actuales circunstancias. El conocimiento es poder, y hasta el más mínimo tropiezo puede ser suficiente para rebajar tu posición.

Nosotros éramos los Bailey, la familia más respetada y de la que más se hablaba en el East End de Londres —la familia más relevante de Inglaterra, en realidad, durante muchos largos años. Llevábamos unas vidas estupendas, lo teníamos todo —y al decir todo quiero decir todo—. Mi padre, Daniel Bailey, se ocupaba de que fuera así.

Mientras le tenía cogido de la mano en aquel día frío y desapacible, me la metió en el bolsillo de su abrigo, igual que hacía cuando era pequeña incluso con ya casi dieciocho años, seguía gustándome notar la calidez y el cariño que me demostraba aquel gesto. Sabía desde niña que mi padre era una persona peligrosa, pero hasta hacía muy poco tiempo no me había dado verdadera cuenta de cuánto peligro encerraba. Siempre se había limitado a hacer lo que consideraba que había que hacer; yo lo comprendía, y aquel día, triste y desolada por la muerte de mi madre, dependía de él más que nunca para encontrar consuelo.

Mi mundo había cambiado de la noche a la mañana. Con mamá desaparecida para siempre, no había nadie que me protegiese de la auténtica forma de vida del resto de mi familia. Mi madre, Dios la tenga en su gloria, había hecho cuanto había podido para asegurarse de que yo nunca llegara a conocer cómo eran las cosas en realidad; pero por mucho que ella se esforzara, siempre acababa oyendo más de lo que me convenía oír. Los miembros de mi familia eran asesinos, embusteros, personas para las que la violencia y la intimidación eran literalmente el pan de cada día.

Mis hermanos eran bastantes años mayores que yo. Fui la última oportunidad de mi madre, como ella solía decir con una gran sonrisa en la cara: «Dios me la envió como un regalo». Yo lo era todo para ella. Hablaba mucho de Dios y significaban mucho para ella Dios y su Hijo, Jesucristo que había muerto en la cruz para redimir los pecados del mundo. Cuando murió, mis hermanos no sabían qué hacer conmigo, una mujer abandonada en un mundo predominantemente de hombres, pero ellos me querían muchísimo y harían lo que fuese necesario para protegerme y yo lo sabía. Además nunca dejaría de quererles por muy malvados que fueran. Ellos me querían y se preocupaban por mí y eso, a mi corta edad, era suficiente.

Sospechaba que mi madre sabía más de lo que contaba sobre las actividades de su marido y sus hijos, y habría sido demasiado para ella saber la realidad y seguir creyendo en ellos. Era una mujer decente a su manera —confiaba en Dios y creía en la vida después de la muerte—. Se dejó guiar por los hombres de su vida porque eso era lo que quería. Era su madre después de todo y ellos eran sus hijos. Pero en lo más profundo de su ser, condenaba lo que hacían.

La recordaba sonriendo a Danny, mi hermano mayor, aquel día y sabía que él siempre estaría ahí cuando lo necesitara. Exceptuando su pelo rubio, Danny era el doble de mi padre, como solía decir mi nana incluso en su manera de escupir y de soltar un «jódete». Él y mis otros hermanos, Davey, Noel y Jamsie, se confesaron, hicieron el acto de contrición y tomaron la comunión en el funeral de mi madre sin miedo o arrepentimiento; mi padre también lo hizo. Hipócrita, lo sé, pero lo hizo por mi madre y yo le quería porque lo hacía por ella. Amaba a mi madre pero ahora con sed de venganza

Años más tarde, cuando le recordaba cortando los dedos de la mano a un hombre, también pude observarle tal como era en su día a día. Las dos caras de Daniel Bailey.

Veía el contorno de su rostro emocionado igual que el de su hermano Peter Bailey y su mujer Ria entrando en la iglesia con sus respectivos hijos. Apretaba los dientes, y yo veía en sus ojos que era difícil para él olvidar a su hermano en ese terrible día.

Mi tía Ria, la mujer de Peter, y mi madre siempre habían sido buenas amigas, y estaban muy unidas pero mi tía parecía siempre desesperadamente triste.

Le sonreí a ella y a mis sobrinos que seguían a sus padres hacia la iglesia. Mi sobrina Imelda, una chica con el pelo negro liso, que había heredado el aspecto jamaicano más que sus hermanos, se acercó a mí y a mi padre. Sonriendo tristemente abrazó primero a mi padre y luego a mí, tenía los ojos húmedos pero no derramaban lágrimas. Me sentí contenta que él le devolviera el abrazo. Siempre había sido su favorita. Nadie podía saber entonces cómo la Vida, la mala vida del hampa la afectaría después.

Miré a mi tío Peter, un hombre negro guapo y grande, y también miré a mi padre, parecido a él en muchas cosas, aunque era lo que se llamaba un blanco. Eran hijos de la misma madre pero de padre diferente. Eran iguales y, como dos páginas de un mismo libro, estaban unidos ahora por el mismo dolor. Era un dolor que trascendía sus diferencias.

La iglesia estaba llena de gente preguntándose quién habría sido el bastardo que había colocado una bomba en el coche de mi madre y que había volado el Soho. Pero desgraciadamente nosotros sabíamos quién había colocado la bomba que causó esa carnicería. Y también sabíamos que la bomba no estaba destinada a mi madre. Si el destinatario real hubiera muerto, tal vez, sólo tal vez, las cosas habrían sido diferentes de lo que fueron. Viéndolo retrospectivamente fue una cosa fascinantemente jodida.

Aún tendría que aprender muchas cosas sobre mi familia. En aquel tiempo no sabía nada de armas ni de la muerte de un niño, un inocente niño trágicamente asesinado dentro de un mundo de violencia como en el que había muerto mi madre. Aprendería esas cosas con el tiempo. Solo oírlo y sabría que mi familia lo había hecho. Pero no podían prever la profundidad en la que se hundirían en el lodazal de la venganza olvidando el mundo real para hundirse en su propio mundo.

La pérdida de mi madre me hizo abrir los ojos a la verdad de esa mala Vida del hampa. En el último mes yo había visto y hecho cosas que me cambiaron para siempre. A pesar de que mi madre había hecho lo posible por mantenerme al margen, no me preparó para lo seductora que esa Vida podía ser.

Existe un viejo dicho irlandés que repetía mi nana. Siempre decía que consigues la vida que mereces. Yo deseaba contra toda esperanza que no fuera cierto. Pero el tiempo se encargaría de decirlo.

LIBRO PRIMERO

Ella se sacude la tristeza y luego prueba suerteHace una pequeña apuesta, confía en que su caballo ganeMetiendo la mano en bolsillos ajenos para hacerse con un dinero fácilPorque ya se fundió todos sus malditos fondos en la Lotería NacionalAlabama 3, Mansion On The HillÁlbum: La Peste (2000)

Dale, nena, dale al interruptor,Hazme perder la chavetaSi vas a llorar, deja las persianas bajadasAlabama 3, Keep Your Shades OnÁlbum: Outlaw (2005)

Capítulo uno

1979

—¿Tú y cuántos más? ¿El ejército de quién? Pero, tío, ¡escucha lo que dices! ¿Nos amenazas a nosotros con el gilipollas de tu tío? Todo lo que dices es pura mierda.

Daniel Bailey estaba que echaba humo, y todos los que andaban por la fábrica comprendieron que aquello no acabaría bien.

A Michael Lanson —o Micky L, como le gustaba que lo llamaran—, lo tenían amarrado como un pollo, y ahora lamentaba muy seriamente haber sido tan bocazas. Había oído decir que los Bailey eran una ley por sí mismos, pero no había comprendido realmente lo en serio que iba el grupo hasta dos horas antes, cuando lo raptaron en plena calle.

Trabajaba para su tío, un hombre que atendía por Jed Lanson, y por ese motivo se creía invencible. Jed era un viejo capo; tenía su reputación, y hasta ahora nadie había tenido agallas para meterse con él. Pero, al parecer, Daniel y Peter Bailey eran la excepción a la regla.

Peter Bailey estaba sentado tan tranquilo, dando sorbitos a su vaso de ron blanco y observando a su hermano con interés. Peter entendía la lógica en que se basaban los métodos de su hermano a pesar de que él ¡no la aplicara! Por eso formaban un equipo tan bueno: cada uno disponía de sus propios puntos fuertes. A Peter le gustaba hacer las cosas tranquilamente, con el mínimo alboroto. Le gustaba la discreción. Pero también era conocido por ser un hombre que podía hacer mucho daño a cualquiera que se le atravesara. Las venganzas de Peter Bailey eran largas y calculadas. Se rumoreaba que disfrutaba haciendo recorrer a sus víctimas toda la escala de las emociones posibles, desde el miedo, el dolor y la agonía, hacerles suplicar que acabase de una vez con sus vidas. Pero nunca quedaba ninguna prueba, y tanto la persona desaparecida como el recuerdo de su calvario no quedaban más que en unos cuantos rumores.

A Daniel, por su parte, le encantaba deshacerse de cualquiera que se le enfrentase montando un numerito lo más melodramático posible. Lo que creía era que si ibas a quitar a alguien del medio, tenías que hacerlo de manera que aquello sirviese de algún modo de lección. Asegurarse de que todos entendieran lo que también iba a pasarles a ellos si llevaban las cosas demasiado lejos. Daniel conocía bien el valor de una reputación como Dios manda. Mantenía las bocas cerradas, y mantenía a todos, a los «hoi polloi», como él los llamaba, en su sitio. Estaba convencido de que la reputación lo era todo; ya habría tiempo para escarceos cuando estuvieras bien instalado, y hasta entonces tenías que seguir forjándote una reputación, y que fuese importante. Los hermanos andaban ya por la treintena, así que había llegado el momento de conseguir lo que querían. Había que dejarse de chorradas, de trabajar para otros, impedir que los tomaran por gilipollas a la izquierda, por el centro y a la derecha. Era hora de hacerse con lo que era suyo por derecho propio.

Daniel y Peter estaban empezando con los Lanson. El tío de Micky era un pez gordo de verdad metido en un estanque muy, muy pequeño. Tan pequeño, de hecho, que para los Bailey sería fácil meterse en él y quitárselo. Jed Lanson no tenía visión de futuro: seguía pensando que era lo bastante fuerte como para mantener bajo control lo que él mismo había creado. Para los Bailey el hecho de que aquel muchacho —el sobrino del propio Lanson— se sintiera tan confiado como para intentar desplumarlo era muy elocuente. Era hora de que Jed desapareciese. Primero, no obstante, había que ocuparse de corregir la falta de respeto que Micky L. había mostrado hacia su tío. Eran unas libertades jodidas y diabólicas, y para los hermanos Bailey eran el equivalente a una puta sublevación.

Daniel agarró un martillo de bola, hizo un gesto con la mandíbula a sus hombres y dijo enfadado:

—Sujetadle bien esa puta mano. Voy a darle una lección sobre la lealtad que no se le va a olvidar en mucho tiempo. Tendrías que saber perfectamente que la familia vale más que cualquier extraño, muchacho. Te cargaste a tu propio tío, al hermano de tu madre, tu propia carne y tu propia sangre. Eres un puto Judas en todos los sentidos de la palabra.

Daniel se quedó mirando cómo sus hombres ejecutaban su orden sin titubear. Micky forcejeó con ellos con todas sus fuerzas. Un martillo de bola producía ese efecto en las personas. Era un arma perfectamente legal que podías meterte en la bota sin tener que preocuparte una mierda de la pasma, al contrario que un machete o una escopeta, que con cualquiera de los dos podías verte metido en un lío de trena. En cambio un martillo era como un destornillador o un cincel —es decir, un arma legal para asuntos legales—, a pesar de que, puesto en malas manos, podía inflingir serios daños personales. En sus manos, desde luego que sí.

Micky estaba sudando de miedo y Daniel le dirigió una sonrisa antes de guasearse un poco de él.

—Te pensaste que podías tomarnos por gilipollas, ¿eh? ¿Que podías llamar negrata a mi hermano y decirme a mí que yo le limpio el culo al negrata y que luego te dejaríamos irte de rositas?

Descargó el martillo sobre la mano del chico que tenían sujeta sobre el suelo de cemento. Todos pudieron oír el crujido de los huesos al hacerse añicos y ver la sangre salpicando en todas direcciones.

El dolor era insoportable, y Micky, al sentir que la bilis le subía desde el estómago, supo que se iba a desmayar. Por fin comprendió plenamente la enormidad de lo que le estaba sucediendo, tal y como pretendía Daniel Bailey. Le habían machacado seriamente la mano, y muy bien podía morirse en aquella fábrica asquerosa, en aquel suelo asqueroso.

Daniel meneó la cabeza y lo que percibió fue la alevosía del hombre que tenía delante.

—Miradlo, joder, miradlo. Desmayado como una puta nena. Sujetadle la cabeza, chicos. Cuando por fin decida volver en sí, le voy a arrancar los dientes al muy mamón. Se va a pasar unos cuantos años sin dirigir una puta sonrisa a nadie.

—¿Vas a dejar que salga de aquí? ¿En serio? —Uno de los del grupo soltó en voz bien alta lo que todos estaban pensando, incrédulos.

—¡Pues claro que voy a dejarlo salir! Este gilipollas es la razón por la que su tío va a venir detrás de nosotros. —Señaló con el dedo al hombre que estaba en el suelo—. Esta es la razón por la que su tío le va a meter bien metida esa fea cabezota suya en el cepo; ese tío que es un bastardo traidor. —Daniel volvió hacia donde estaba sentado su hermano—. Hoy en día parece que todos fueran unas jodidas monjas: un poco de dolor y se desmayan como vírgenes en una juerga de solteros.

Peter Bailey se echó a reír.

—No es la primera persona que me llama negrata, y tú ya lo sabes.

—Siempre me ha molestado más a mí que a ti, Peter, incluso cuando éramos unos críos. Pero si alguien te insulta a ti, me insulta a mí, o, para ir más al grano, insulta a nuestra madre. Pero tienes razón, esta vez no es más que otra excusa para putear a alguien. ¡Es un puto gilipollas! ¿Se piensa que va a poder timarnos? Es que no me lo puedo ni creer.

—Menuda osadía por la cara.

—Bueno, hermanito, hemos trabajado muy duro y mucho tiempo para conseguir esto, y esta noche recogeremos el fruto. Será como si aquellos putos coros de blancos y negros se hicieran con todo el este de Londres. Después de todo, es lo que andan llamándonos, por lo menos según ese marica.

Peter sonrió, enseñando aquellos dientes tan blancos y tan caros.

—A mí siempre me gustaron. ¿Te acuerdas de que cuando éramos unos críos nos poníamos a bailar claqué en el linóleo para imitarlos? A partir de esta noche vamos a bailar claqué por toda la vieja ciudad de Londres.

—Tienes toda la razón, Peter, joder, nos lo hemos ganado, joder.

—Bueno, después de este paquete, más nos vale estar preparados, porque no será demasiado fácil que las cosas rueden.

—Confío en que no —se rió Daniel—, porque, si no, ¡todo esto sería en vano! ¡Que se jodan! Tú y yo, hermanito, vamos juntos para arriba...

Un gruñido llegado desde el suelo interrumpió la conversación cuando Micky empezó a recuperar el sentido. Daniel sabía que tenía que estar sufriendo unos dolores tremendos y que no podía comprender por qué le estaba sucediendo aquello, pero dijo encantado y poniendo una voz exageradamente pija:

—¡Oh, Peter! ¡Me parece que por fin nuestro invitado vuelve a estar con nosotros! ¿Qué ha sido de mi buena educación?

Fue andando despacio hacia donde sus hombres sujetaban a Micky de rodillas, miró a los ojos del joven y dijo en tono jovial:

—Espero que conozcas un buen dentista, hijo, porque vas a necesitarlo de veras, joder.

Y machacó la mandíbula del muchacho con un tremendo martillazo que se llevó la mayor parte de sus dientes. Luego lanzó el martillo sobre un banco que tenía al lado y dijo como quien no quiere la cosa:

—Dejadlo delante del negocio de su tío, justo a la puerta del pub. No queremos que la gente piense que no nos preocupamos por nuestros invitados, ¿verdad?

Capítulo dos

Lena Bailey siempre estaba preocupada por algo, formaba parte de su vida cotidiana. Pero esa noche era diferente. En lo más profundo de su corazón estaba convencida de que iba a suceder algo..., aunque no tenía ni idea de qué podría ser. Daniel estaba muy callado, pero la verdad era que ella nunca le preguntaba por los asuntos de sus negocios.

Tratando de quitarse las preocupaciones de la cabeza, Lena se volvió hacia su suegra y le sonrió.

—Theresa, eso huele estupendamente. Eres demasiado buena con nosotros.

Theresa Bailey era todavía una mujer de buen ver, con repuntes de la gran belleza de su juventud en los ojos y la sonrisa. Empezaba a transitar por la cincuentena, pero con un buen maquillaje y la luz adecuada, seguía aparentando cuarenta y pocos. Peter y Daniel estaban orgullosísimos de ella. Sus chicos la adoraban, para ellos era lo mejor del mundo, y así tenía que ser. Los había alumbrado contra pronóstico y los había criado y sacado adelante todavía más en contra de cualquier probabilidad. No se había casado nunca y conservaba el apellido de soltera; ninguno de los padres de sus hijos se había quedado mucho tiempo con ella después del nacimiento de los críos.

—Ah, siempre he sido buena cocinera —dijo encogiéndose de hombros y con buen humor—. Mi madre, que Dios tenga en su gloria, no me enseñó un carajo de la vida, pero sí que me enseñó a preparar todas las cosas buenas y sencillas de la cocina irlandesa.

Las dos se echaron a reír.

—Déjalo que se enfríe despacio, mañana estará buenísimo. ¡Y os servirá para que toda la panda pueda comer dos días!

Echó una ojeada al reloj de pared de la cocina; Lena se daba cuenta de que su suegra estaba tan preocupada como ella, porque si no ya andaría por el pub. Le gustaba ir por allí por la noche; tenía buenas amigas, jugaba al bingo y disfrutaba de la vida tal y como le venía. Había tenido a sus hijos en los años cuarenta, uno de un soldado jamaicano y el otro de un ratero del East End. Había criado a los dos ella sola, y se había montado más o menos la vida. Nunca había vuelto a Irlanda, su patria, porque comprendía que allí no iba a ser muy bien recibida, dadas las circunstancias. Pero seguía siendo una católica devota y adoraba a sus dos hijos, los quería con locura.

Theresa decía a menudo que la vida era para las personas que estaban dispuestas a vivirla, y ella la había vivido sin arrepentirse ni de un segundo de lo que había hecho. Tenía dos hijos muy guapos, y entre ambos le habían proporcionado nietos suficientes para mantenerla atareada hasta la vejez. Lena se preguntaba muchas veces a quién intentaba convencer Theresa, si a ella misma o a sus hijos. Su suegra no había tenido una vida fácil, y la respetaba mucho por cómo había criado a los dos chicos y la maravillosa forma en que siempre se había puesto de su parte. Para ser sinceros, la vida no era una cosa fácil en aquellos tiempos, en esos tiempos. Theresa tenía dieciséis y dieciocho años cuando dio a luz a sus dos hijos. Su hermana, que le había rogado que se fuera a Inglaterra a hacerle compañía y ayudarla tras casarse con un soldado inglés, la había echado de casa cuando llegó el parto del primer niño, y después del segundo dejó definitivamente de hablarle. Pero la verdad era que ella nunca había permitido que nadie se enterase de si le importaba algo lo que pudieran pensar los demás. Lena comprendió por algunas cosas que oyó a Theresa que aquello le había dolido en lo más profundo, pero era demasiado orgullosa para permitir que la estrechez de miras de los demás le arruinara la vida. En consecuencia, había trabajado hasta dejarse la piel y les había dado a sus dos hijos todo lo mejor que tuvo a su alcance. Y ahora ellos dos intentaban compensarla asegurándose de que no le faltase de nada.

Tanto Lena como Ria, la mujer de Peter, la adoraban. Ria, al igual que la propia Theresa, se había enfrentado a los prejuicios para estar con Peter, aunque, al final, Ria había ganado la batalla y se había casado con él a pesar de que su padre nunca lo había aceptado. Para él verla casarse con un negro era una estupidez que solo podía ocasionar problemas. La madre de Ria había acabado por ceder y la visitaba a escondidas tantas veces como le era posible. Aun así, seguía siendo reacia a saludar a su yerno si se lo encontraba por la calle, e incluso a saludar a sus nietos. Por su parte, Ria había aprendido a disculpar los prejuicios de su madre. Así era el mundo. Pero para la familia Bailey el color no significaba nada, y cualquier prejuicio al que tuvieran que hacer frente solo servía para reforzarlos y unirlos todavía más.

Daniel, el marido de Lena, siempre se había reflejado en su hermano mayor, siempre habían estado unidos; en muchos aspectos era como si fuesen gemelos. Incluso a Daniel le dolía más que a Peter encontrarse gente con prejuicios raciales. Peter consideraba que era problema de ellos, no suyo; Daniel lo consideraba un menosprecio a todos ellos, a la familia completa. Se lo tomaba como un insulto personal a él y a su madre, y a Daniel Bailey no le gustaba que la gente les insultara, ni a él ni a los suyos. Theresa decía siempre que Daniel acabaría por ser el peor enemigo de sí mismo. Peter se sentía por encima de la mezquindad de la gente, mientras que Daniel se dejaba arrastrar hacia abajo y se ponía al nivel de ellos.

Lena comprendía los razonamientos de Theresa, pero como esposa de Daniel sabía también lo mucho que su marido quería a su hermano y cómo le dolía lo que decía la gente. Daniel idolatraba a Peter, y Peter a Daniel. Es verdad que desde el punto de vista de la personalidad, eran tan distintos como el agua y el aceite, pero los dos juntos formaban un equipo formidable.

—A ti también te lo parece, ¿verdad, Lena? Es como uno de esos días de verano tan húmedos, uno de esos que amenazan tormenta y en los que se puede cortar el aire con un cuchillo. Algo está pasando con los chicos y nosotras seremos las últimas en enterarnos, como siempre.

Lena asintió. En ocasiones se preguntaba si su suegra no sería vidente, porque muchas veces sabía exactamente qué era lo que pensabas. Pero sin embargo, al contrario que su suegra, Lena prefería no saber demasiado de los asuntos de negocios en que andaba su marido; por lo que a ella concernía, la ignorancia era una bendición.

Capítulo tres

Jed Lanson miró a su sobrino, un muchacho que, sinceramente, nunca había conseguido caerle realmente bien. Era demasiado parecido a su madre. Adelaida, la hermana de Jed, era una jodida perra, una miserable que, como su hijo, se metía con quien fuera a la menor oportunidad. Sin embargo, y dejando aparte animosidades, aquella era una puta oportunidad y no algo que pudiera tomarse a la ligera. Jed era un jefe reconocido, así que aquello solo podía ser obra de alguien que quisiera desafiarle. Y él tenía una idea bastante aproximada de quién podía ser.

Los putos Bailey. El problema era que, en lo más profundo, los Bailey le caían bien y los respetaba porque eran hombres decentes. Peter, desde luego, era hombre de palabra, y también un buen proveedor de fondos. A Daniel, en cambio, la cabeza se le calentaba con demasiada facilidad: tenía que ser Daniel el que había hecho aquello, era el especialista en dramas. El propio Jed se había aprovechado muchas veces de esa precisa cualidad y le había pagado generosamente por ello. Era como la BBC. Mucho drama, pero ninguna sustancia. Pero sí que sabía que tanto Daniel como Peter querían un poco más, claro; y ¿por qué no iban a quererlo?

Si aquel sobrino idiota hubiera controlado aquel impulso de regañarlos, humillarlos y, en resumen, sacarlos de quicio, Jed les habría dado cuartelillo, y más pronto que tarde. Ahora la cosa tendría que ser una jodida lección: tendría que asegurarse de que toda la gente que conocía se enterara de que no iba a consentir ningún tipo de insubordinación. Tendría que enfrentarse a dos de sus mejores proveedores de fondos por culpa de aquel inútil, incapaz de encontrar cinco libras de oro sin un mapa detallado y una vela metida por el culo... Qué injusto era todo. Pero Micky era de la familia, y si Jed se tragaba aquello, perdería la reputación, por completo.

—Mételo en un coche y llévatelo al hospital. Ha recibido una buena paliza, pero saldrá de esta. Si los Bailey lo hubieran querido muerto, creo que podríamos dar por hecho que lo estaría. Seguro.

Lo había dicho, por fin había soltado el nombre. Todo el mundo daba por supuesto quiénes eran los responsables, de modo que era una tontería tratar de fingir otra cosa.

Jed Lanson miró a su alrededor, vio las caras de sus fuerzas de trabajo —hombres de primera, leales a él—, pero vio también que se estaban acomodando, que estaban echando panza, que llevaban demasiado tiempo dándose a la buena vida. Siempre era un error volverse demasiado complacientes; después de todo, así era como había llegado él adonde estaba ahora. Reemplazando a la vieja guardia. Ya tendría que haberse largado diez años antes, retirarse cuando iba en cabeza. Pero era difícil, muy difícil, admitir que tu tiempo había pasado. Que era hora de dar un paso atrás y gozar de los frutos de tu trabajo. Pero claro, tampoco en eso era como los Bailey: él tenía tres hijas y ningún hijo al que instruir en esa Vida, la vida del hampa. Por eso el hijo de su hermana se había creído el heredero por derecho. Por todo lo que había hecho por él; por todos, en honor a la verdad.

Miró otra vez a su alrededor, a los hombres con los que había crecido, con los que había trabajado todos aquellos años, y sonrió irónicamente para sus adentros. Tenía la sensación de que no les quedaba ni una oportunidad más. Los Bailey habrían calculado todo aquello hasta el último segundo. Aquel iba a ser un golpe bien planeado y bien ejecutado.

Suspiró profundamente. Veinte años antes, ellos eran la crema de la crema. Ahora eran más bien como los personajes de la serie Dad’s Army, y él era el puto capitán Mainwaring, o sea, que eran todos unos fantasmas. Sabía, por puro instinto, que aquella noche no iba a terminar bien para ninguno de ellos. Y sobre todo para aquel bobo inútil de Micky. Iba a perder todo aquello por lo que había trabajado, y por culpa de un hombre que nunca le había gustado, al que incluso ni siquiera había respetado nunca. Era totalmente la puta vida que se cachondeaba de él.

Dos horas más tarde lo último que vio fue la cara de Daniel Bailey cuando Daniel Bailey le disparaba en el ojo derecho.

Capítulo cuatro

—¿Dónde has estado, Dan? Estaba muerta de preocupación.

Daniel Bailey sonrió con aquella sonrisa de pícaro que tanto había atraído a Lena hacía ya bastantes años. La verdad es que era extraño que incluso después de todo aquel tiempo y de haberle dado cuatro hijos bien robustos siguiera sintiendo por él la misma atracción que había sentido la primera vez que lo vio. Le había parecido un Rhett Butler todavía más atractivo que Clark Gable, más alto que la mayoría de los hombres, con abundante pelo negro y ojos de un azul profundo. Entonces se había quedado prendada de él, y todavía lo estaba en la actualidad.

Dan se metió en la cama junto a ella, la atrajo a sus brazos y le dijo, en voz baja:

—Estaba trabajando. Ya me conoces, Lena, para mí nunca habrá nadie más.

Era algo que ella sabía perfectamente. Si hubiera andado de picos pardos, alguien se lo habría soplado, porque así era su mundo. De todas formas, su marido insistía mucho en lo necesaria que era la fidelidad. La consideraba el mejor criterio para medir la decencia y la moralidad.

—¡Eso ya lo sé, Dan! Pero a veces me preocupas bastante. Si te pasase cualquier cosa... —dejó la frase en el aire.

Daniel Bailey sonrió en medio de la penumbra; había hecho bien escogiendo a Lena. Era una buena mujer, y todavía guapísima, además, con aquel abundante pelo castaño y aquellos dulces ojos verdes. Nunca le pedía más información de la precisa sobre su forma de vida ni tampoco sobre sus decisiones. Y él la respetaba lo bastante como para decirle con toda sinceridad: «Te lo juro, Lena, te lo juro por la vida de mi madre, no tienes nada de lo que preocuparte, cariño. Todo va perfectamente. La verdad es que todo marcha sobre ruedas».

La notó relajarse entre sus brazos, comprendió que había ahuyentado sus miedos y la abrazó estrechamente contra él. Cuando ella se dio la vuelta para dormir, él suspiró satisfecho. Jed Lanson había muerto bien, había sabido aceptar lo inevitable y comprendido que tendría que haber entregado a los hermanos Bailey lo que les debía antes de que se lo quitaran.

Se quedó allí tumbado, en la oscuridad, oyendo el reloj de la iglesia dar las horas una tras otra, planeando las próximas semanas. Los momentos posteriores al golpe serían los más duros, y tanto él como su hermano lo sabían bien. Quitarse del medio a los Lanson era la parte fácil; lo que les produciría verdaderos quebraderos de cabeza sería tener que esperar a ver quién saldría reptando entre el maderamen en busca de venganza. Y Lanson tenía un jefe. Y ese sí que era un tipo astuto, que había permitido que Lanson se colgase las medallas mientras él se llevaba la bolsa. Aquello iba a ser la parte más difícil del golpe y tendrían que planear el próximo movimiento con sumo cuidado.

Capítulo cinco

Peter Bailey llamó a la puerta de la casa de Kevin O’Neill a la cuatro y media de la mañana. Mientras esperaba a que su hombre le abriese, miró a su alrededor con auténtica admiración. O’Neill había dejado el East End, se había comprado una granja grande en Essex y se había reinventado a sí mismo como terrateniente de toda la vida.

Jed Lanson había sido un simple portavoz, el portavoz de los O’Neill. Y ahora que Lanson estaba completamente fuera del juego, Peter Bailey estaba decidido a asegurarse de que Kevin O’Neill supiese perfectamente cuál era su sitio en el gran entramado de las cosas. Se palpó el bolsillo para asegurarse de que el afilado cúter que se había llevado seguía allí. No le había dicho nada a Daniel de aquella visita porque quería acabar el asunto lo más deprisa posible y porque tenía una cuenta muy personal contra O’Neill.

Kevin abrió la puerta con una sonrisa genuina y actitud caballeresca. O’Neill era un hombre que conocía la importancia del cambio, y, por lo que a él concernía, le importaba un carajo quién se trabajara la capital para él mientras le llegase a casa su porción. Se alegró de que fuera Peter Bailey el que hubiera ido a comunicarle la mala nueva. Por lo menos Peter tenía fama de hacer las cosas en silencio y con tranquilidad, no como su hermano Daniel. Daniel era una prima donna de proporciones olímpicas y por ese motivo Kevin solía utilizar con más frecuencia sus servicios para trabajos como aquel. Ahora empezaba a darse cuenta de que había subestimado al más peligroso de los hermanos Bailey.

—Ah. Bien, esperaba que vinieras en cualquier momento. Pasa.

Peter entró en la casa, impresionado a su pesar por el enorme tamaño y opulencia de lo que le rodeaba. Aquello sí que era buena vida, y él también quería tener un poco de eso. Sentado en lo que parecía ser un despacho, esperó a que O’Neill sirviera una copa para cada uno y luego le dijo en tono tranquilo:

—Los hemos quitado a todos del medio, Kevin; pero seguro que tú ya lo sabías.

Kevin contempló al enorme negro que tenía delante. Tuvo que admitir que sería un oponente formidable... Tanto él como su hermano eran un par de adversarios bien jodidos, los más jodidos con los que se había encontrado, para ser sincero.

—Ya lo había oído, sí.

—Me parece que no lo pillas del todo, ¿sabes? —sonrió Peter.

Kevin O’Neill se rió, medio impresionado por el descaro del tipo pero consciente también de que era necesario bajarle un poco los humos, y mejor cuanto antes.

—¿Pero tú de qué vas, Peter? No puede importarme menos quién se patea mi acera, me da igual que seas tú, que sea el jodido de Jed Lanson o ese otro jodido, el Charlie de King Street. Mientras mi nombre se mantenga al margen, todo eso me importa un rábano. Esta noche tú has podido dar un giro porque Lanson se estaba haciendo viejo. Yo ya andaba buscando un equipo más joven y más competitivo, con más hambre, y si tú y ese retrasado de tu hermano hubierais esperado unas pocas semanas os habría ofrecido el puesto en bandeja.

Peter alzó una ceja con escepticismo.

—Nunca oí nada que sonase ni remotamente a eso, y eso que yo lo oigo todo, puedes creerme, tío, joder —dijo.

Se bebió el brandy y puso con cuidado su vaso sobre la repisa de la chimenea sin dejar de mirar fijamente a O’Neill. Durante un tiempo lo había admirado, hacía ya muchas lunas, cuando los dos eran mucho más jóvenes; pero ahora lo veía tal y como había llegado a ser.

—¿Sabes qué eres, Kevin? —continuó—. Una puta sanguijuela. Has estado chupando de todo el mundo desde el primer día, vives de la buena reputación que te echaste ya ni se sabe cuándo, joder. Estamos en los setenta, colega, y nadie se va a quitar el sombrero delante de ti porque una vez liquidaste a alguien. Todo eso está más que pasado. Ahora eres un primo, ni más ni menos. Ahora hay un nuevo orden. Podías haber seguido cinco años más si hubieras sabido usar esa jodida mollera tuya. Pero no tienes ni una pizca de inteligencia. Eres un jodido idiota.

Kevin O’Neill se quedó mirando al hombre que había tenido la audacia de entrar en su casa e insultarle. Meneó la cabeza sin poder creérselo y dijo en tono tranquilo, aunque en ese momento la ira subía a borbotones hacia la superficie:

—Negro estúpido de mierda. Estaba dispuesto a tragarme ese puto comportamiento insultante que tienes porque creía que tú y tu hermano merecíais que os prestase cierto interés. Pero ¡joder!, tú entras aquí como si fueras alguien importante y tienes los huevos de hablarme como si yo fuera un imbécil; ¿y piensas que voy a tragar como si fuera el puto Lanson? Bueno, pues eso ni lo sueñes.

—Ya me esperaba que no —dijo Peter, serio.

Entonces sacó el cúter y dio un tajo a O’Neill a la altura de la boca que le desgarró toda la cara de oreja a oreja. Lo desfiguró de la peor manera posible, dejándolo imposibilitado para decir ni una palabra. Era el peor insulto que hubiera podido sufrir, y ambos lo comprendieron.

—No va a venir nadie en tu ayuda, colega..., me temo que ya hemos desactivado a tus muchachitos. Hace horas que abandonaron el barco que se hunde. Y una última cosa antes de que te rebane del todo como es debido. No se te ocurra volver a llamar a mi hermano puto retrasado mental. Vale más que cien como tú.

Peter Bailey se tomó su tiempo y se aseguró de que Kevin O’Neill seguía vivo cuando por fin lo dejó solo. Quería que se muriera despacio, que se muriera sabiendo exactamente quién lo había matado, y por qué. Echó una mirada por la habitación, fijándose en todo. Más tarde avisaría a sus hombres para que limpiaran.

Mientras conducía su coche camino de su casa, vio salir el sol y se sonrió para sus adentros. Hoy amanecía una nueva era y los jóvenes Bailey iban a estar exactamente donde se merecían estar.

Capítulo seis

—¿Todo bien, mamá?

Theresa asintió con una sonrisa. Peter, su hijo mayor, era tan parecido a su padre... De hecho se maravillaba de lo poco que habían heredado de ella sus dos chicos.

—Estoy muy bien, hijo. Me han dicho que vosotros dos habéis estado muy ocupados.

—Oh, no te preocupes, mamá, ¡ya sabes que nuestro Peter es hombre de pocas palabras! —Daniel entró en la cocina de su madre detrás de su hermano.

Todavía estaba atónito tras enterarse de que Peter había ido a por O’Neill él solo. Lo admiraba por ser capaz de hacerlo, pero, puestos a ser realmente sinceros, todavía estaba exasperado por el tema. Estaba cabreado por no haber podido asistir en persona al momento del triunfo. Se temía que Peter siempre le iba a llevar una cierta ventaja, ya que era conocido por ajustar sus cuentas más bien a hurtadillas. Puede que eso fuera bueno para ellos como equipo, pero Daniel se sentía un tanto resentido porque eso le daba a su hermano un prestigio superior al suyo, una cierta ventaja, si se quiere. Porque eran hermanos y también eran socios.

Así que Daniel sacó a su hermano al jardín trasero de la planta baja de su madre decidido a soltárselo, pero Peter levantó una mano.

—Tenía que resolver las cosa con ese tipo, Dan, era una cuestión personal que había que zanjar.

Daniel miró a su hermano directamente a los ojos castaño oscuro y dijo sinceramente:

—Pero íbamos a hacerlo juntos, Pete, y espero que en el futuro las cosas sean así.

—Ya lo sé, hermanito —asintió Peter, contrito—, pero fueron muchas las veces que me dio de lado por verte a ti. Los dos sabemos por qué lo hacía. Bueno, pues ya no tendré que aguantarlo más. No pienso ser nunca más el segundo violín de nadie, joder.

Daniel asintió, comprendiendo a su hermano como siempre lo había comprendido.

—Es más que justo, pero en el futuro o hacemos esas cosas los dos juntos o nos lo advertimos el uno al otro antes de hacer algún movimiento. Hemos luchado mucho tiempo y muy duro para estar donde estamos, y la única forma de mantenernos en lo más alto es trabajando juntos.

—Ya lo sé, colega, y te pido perdón. Ya sé que tú no ves el color de mi piel, pero los demás sí.

Daniel suspiró profundamente

—¡Y a quién le importa lo que vean o lo que piensen! —dijo—. Somos nosotros dos contra ellos. Como siempre ha sido, hermano.

Peter asintió en silencio.

—No me gustó que fueras allí tú solo, Pete, que no llevases un equipo. Kevin O’Neill era un cabrón escurridizo. Podría haber pasado cualquier cosa. Tú y yo somos un equipo y siempre lo hemos sido, desde que éramos niños.

Peter tenía lágrimas en los ojos al mirar a su hermano, a su propia sangre.

—Ahora ya estamos ahí, ya estamos donde queríamos estar. Todo es nuestro, Dan. Podemos quedarnos con lo que queramos.

Todos los que habían trabajado alguna vez para Kevin habían jurado lealtad a los Bailey y se alegraban de haberlo hecho. ¿Por qué tenía alguien que sentirse molesto? Y, yendo más al grano, resultaba que todos los antiguos jefes se habían largado hacía tiempo, los habían enchironado o se habían ido a vivir a España. No era una decisión difícil: los Bailey eran formidables y nadie tenía ganas de buscarles las cosquillas. ¿Para qué? No eran de la clase de gente que quieres tener como enemigos.

Los hermanos Bailey se abrazaron mientras su madre los contemplaba desde las contraventanas y sonreía. Siempre les había dicho que lo único que importaba eran ellos; los había criado para que estuvieran siempre más unidos de lo que la mayoría de otros hermanos podían esperar estarlo nunca, y se alegraba de ver que después de tantos años seguían estando tan próximos el uno del otro como cuando eran niños. Estaba orgullosa de sus hijos, y sabía que siempre cuidarían el uno del otro. También sabía que eran unos cabrones peligrosos, y eso también le parecía muy bien. Era plenamente consciente de que aquellos hijos suyos no iban a ser nunca unos vulgares oficinistas.

Capítulo siete

—¿Es verdad que estás embarazada? —Ria Bailey estaba excitadísima con su amiga y cuñada—. Qué noticia más fabulosa, Lena. ¡Confío en que sea una niña!

Lena tenía una sonrisa de oreja a oreja. Se quedó asombrada cuando le dijeron que estaba embarazada, pero ahora que se lo habían confirmado confiaba ciegamente en que fuera una niña. Ya tenía cuatro chicos. Danny, el mayor, de dieciséis años, y su hermano Davey, de quince, que era la sombra de su hermano mayor, estaban siempre juntos. Noel y Jamsie, de doce y de once, habían sido como sus bebés hasta hacía nada.

—Yo también lo espero, sería muy bonito tener otra mujer en la casa. Bueno, eso tú lo sabes mejor que yo, tú tienes una hija.

—Es la puñetera verdad —se rió Ria encantada—, pero te aviso desde ahora, Lena, las niñas son una delicia de pequeñas, pero en cuanto llegan a la adolescencia ya puedes prepararte para el día a día, créeme. Pero, aparte de eso, siguen mereciendo la pena, ¡hasta el último puto detalle hormonal!

—Bueno, sabiendo la suerte que tengo, me temo que será otro chico. Lo contrario me lo creeré cuando la vea.

Ria sirvió el té en dos tazas de porcelana cara. A Ria le gustaban las cosas hermosas y se rodeaba siempre de lo mejor que se podía comprar con dinero. A Lena también le gustaban las cosas bonitas, pero, al contrario que Ria, siempre se sentía obligada a ahorrar. Todavía tenía demasiado reciente el recuerdo de la pobreza, y le aterraba volver a verse en esas condiciones. Había veces que hasta se odiaba a sí misma por eso, aunque otras se felicitaba por su moderación. El contrapeso de la vida del hampa era que tanto podías tener siete años de vacas flacas como siete de vacas gordas. Ella ya sabía lo que era ser pobre de verdad, y por nada del mundo querría aquello para sus hijos. Ria, por su parte, vivía el momento, y eso era algo que Lena le envidiaba de verdad.

Las dos tenían unas casas estupendas, pero Lena sabía que Ria lo compraba todo de muy buena calidad, cosas con las que siempre podría recuperar el dinero: sillas que parecían sacadas de un mercadillo parroquial pero que eran auténticas antigüedades que Ria restauraba, algunas veces a un coste más alto de lo que Lena estaba dispuesta a pagar por un flamante tresillo nuevo, y que le quedaban fantásticas. Ria tenía lo que su suegra calificaba de «muy buen ojo», y aunque muchas veces Lena se echaba para atrás al ver lo mucho que Ria estaba dispuesta a gastarse en un solo mueble, no había podido dejar de ir adquiriendo un cierto conocimiento de las antigüedades. Ria era así, te arrastraba a su mundo y le agradecías que te dejara entrar a formar parte de él. Con su pelo rubio brillante y sus vivarachos ojos azules era una auténtica explosión de vida y tenía una gran capacidad para hacerte creer, al menos durante unas horas, que tú también lo eras.

Lena se había criado en unas viviendas de protección oficial de Hackney. Su padre y su madre eran personas encantadoras, pero nunca habían tenido ni la menor ambición, ni para ellos ni para su única hija, y Lena sentía un cierto resentimiento por ello. A su alrededor vivían familias numerosas hacinadas en unas pocas habitaciones, y había visto a aquella gente apretarse el cinturón y hacer economías para procurar que a sus hijos les fuese mejor. Pero su padre y su madre, no; ni una sola vez le habían preguntado qué quería hacer con su vida o qué sueños tenía. La vestían y alimentaban, pero ni una sola vez hablaron de verdad con ella.

Y lo que de verdad anhelaba era tener seguridad, que se ocuparan de ella, formar parte de una verdadera familia, una familia que cuidase de los suyos y no estuviera siempre rodeada de otra gente. Cuando conoció a Daniel Bailey, fue como si el propio Jesucristo hubiera bajado de la cruz y respondido a sus plegarias. A los quince años Daniel le había hecho perder la cabeza y desde ese día lo había amado, lo había querido con una pasión y una fuerza que nadie habría pensado nunca que ella podría sentir. Daniel la adoraba a ella exactamente igual, y cuando llegaron los niños Lena sintió en lo más profundo que todos sus sueños se habían hecho realidad: ya tenía la vida de familia que siempre, siempre había anhelado. El único punto negro por el que, siendo sincera consigo misma, Lena sufría era por la falta de estabilidad. Nunca hacía más preguntas de la cuenta sobre el modo de vida de su marido ni sobre la procedencia del dinero. No era tan ingenua como para pensar que todo era legal, pero se mostraba partidaria del principio de que lo que no sabes no puede hacerte mucho daño. Eso no significaba que no tuviera miedo de que algún día el dinero se esfumase, y por consiguiente había decidido que, si desaparecía por cualquier motivo, las reservas guardadas serían suficientes para capear cualquier temporal. Ria no creía que su modo de vida fuera a terminarse jamás, pero Lena, en cambio, vivía aterrorizada por la posibilidad de que eso sucediese algún día. Odiaba dar la impresión de que no se fiaba de su marido, así que nunca expresaba sus miedos en voz alta..., se limitaba a tener bien guardado su tesoro y a rezar para que todo fuera bien.

Capítulo ocho