La mamacoca - Libertad Demitrópulos - E-Book

La mamacoca E-Book

Libertad Demitrópulos

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Beschreibung

"Aquí todos saben qué significa la frontera: purgación, estado de crisálida, el intervalo que separa del absoluto, la fulguración. Quien se atreve a cruzarla, a desafiarla, desprecia el paraíso. Tenemos un ansia amorosa por el infierno.    Marea Editorial presenta la reedición de La mamacoca, publicada de manera póstuma y escrita en 1994, pocos años antes de la muerte de Libertad Demitrópulos. Una joya literaria cuya belleza solo recibió tardíamente el reconocimiento que merece, al igual que su autora.   Como en otras novelas de la aclamada escritora jujeña, un puñado de personajes memorables se mueve en un escenario familiar y a la vez ajeno. El lugar elegido es "la frontera", un espacio simbólico que evoca los límites del Norte de la Argentina con Bolivia, Paraguay y Brasil. El tiempo es preciso: la globalización neoliberal de los años noventa.    Un padre e hijo que ejercen el contrabando como un legado y un honor, una muchacha que lee novelas sentimentales y asesina prolijamente a todos sus amantes, un traficante de cocaína y de mujeres que negocia con la policía y el poder de turno, una monja alemana que organiza comunidades indígenas, una prostituta que cambia su rumbo y se une a causas altruistas. Todos estos personajes conviven en un marco económico-político complejo, entrelazado con la cultura y la tradición ancestral, con la mamacoca, con lo sagrado que habita en cada hoja, en cada árbol de la selva.    Con maestría, Demitrópulos entrecruza las historias que va narrando, de un lado y del otro de la escena. Construye así un mundo complejo y sugestivo, de múltiples capas, matices, en el que hombres y mujeres sucumben al deseo y buscan el poder, la libertad que este promete" (Ana Ojeda).

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Seitenzahl: 253

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Contenidos

Prólogo - Estética y política en Libertad Demitrópulos

ELLOS

I

II

III

IV

ELLA

I

II

III

Puntos de interés

Portada

Demitrópulos, Libertad

La mamacoca / Libertad Demitrópulos ; Prólogo de Florencia Abbate. - 1a ed. -

Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2025.

Libro digital, EPUB - (Narrativa / Constanza Brunet ; 1)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-823-085-6

1. Narrativa Argentina. 2. Narcotráfico. I. Abbate, Florencia, prolog. II. Título.

CDD A860

Dirección editorial: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes

Asistencia editorial: Carmela Pavesi

Comunicación: Verónica Abdala

Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez

Corrección: Natalia Ginzburg

Imagen de tapa: óleo sobre tela de Olga Demitrópulos

© 2025 Herederos de Libertad Demitrópulos

© 2025 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

[email protected] | www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-823-085-6

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Prólogo

Estética y política en Libertad Demitrópulos

1

Pocas escritoras argentinas me parecen tan originales como Libertad Demitrópulos (1922-1998). En parte, por su deseo de encomendarse a un proyecto narrativo tan atípico y audaz en el contexto de la tradición literaria nacional. Digo “encomendarse” porque es evidente que todas sus novelas –Los comensales (1967), La flor de hierro (1978), Río de las congojas (1981), Un piano en Bahía Desolación (1994), Sabotaje en el álbum familiar (1984), y La mamacoca (2013, póstuma)– comparten ciertos rasgos que delinean un programa estético-político.

Uno de esos lineamientos es su predilección por narrar historias que transcurren en lugares marginales, geografías del país que casi no han sido abordadas por la literatura argentina. Pueblos pequeños y precarios, con calles de tierra, casas humildes y una fuerte p resencia de las culturas indígenas y la colonialidad. De ese modo se distancia de los cánones de nuestra tradición literaria del siglo xx, centrados en narrativas urbanas ambientadas en Buenos Aires, con su aura cosmopolita y en diálogo con tradiciones europeas.

Demitrópulos enfoca su mirada en América del Sur, en su historia social y sus producciones literarias y culturales; especialmente en sus raíces comunes: poblaciones mestizas que habitan espacios no urbanos y enfrentan problemáticas como la pobreza y la disputa por la tierra. Además, elige representar en sus novelas a las mujeres de las clases populares, e iluminar su presencia en la Historia, cuyos relatos oficiales no se han distinguido por recordarlas. Tampoco la literatura argentina del siglo xx se ha caracterizado por poner en primer plano los problemas de las mujeres pobres, como lo hace Demitrópulos.

2

Se trata de una autora que desarrolló su obra de manera marginal respecto del circuito literario hegemónico de su tiempo. Demitrópulos nació en Ingeniero Ledesma, un pueblo de la provincia de Jujuy, y más tarde se mudó a la ciudad de Buenos Aires para estudiar la carrera de Letras en la UBA. Trabajó como docente y directora de escuela. Se casó con el poeta Joaquín Gianuzzi, con quien tuvo dos hijas. Siempre se describió a sí misma como una persona poco interesada en las pasarelas culturales. Su vida estuvo atravesada por problemas de salud. Tras haber tenido fiebre reumática, le quedó una secuela cardíaca que implicó tener que someterse a varias operaciones; y, en los últimos años, a una traqueotomía. Pero las causas de la escasa circulación de su obra en el mundo editorial, no sólo se vinculan con su ética artística, sus pudores y sus dificultades de salud, sino también con el hecho de que escribiera un tipo de narrativa que no se condecía con los cánones estéticos ni temáticos más demandados. Sin embargo, la publicación de la que es considerada su mejor novela, Río de las congojas (1981), no pasó desapercibida, y obtuvo el Premio Municipal. En 1996, la reeditó Ediciones del Dock, y Demitrópulos ganó el Premio Boris Vian. También le organizaron un emotivo homenaje en la Biblioteca Nacional: “Nunca rondé espacios del marketing ni frecuenté las pasarelas sociales ni las luces mediáticas. Soy una escritora solitaria”, dijo en la entrega del premio, y agregó sobre los elogios recibidos: “Estos juicios los tomo con los debidos recaudos, porque no se puede salir tan trabajosamente de las garras de la muerte para caer ligeramente en los brazos de la vanidad”.

Hacia 1994, Demitrópulos escribió La mamacoca, mientras atravesaba sus últimos años. Esta novela sería publicada por primera vez, de manera póstuma, en 2013.

3

La mamacoca nos sumerge en el turbio y fascinante mundo de “la frontera”, un espacio simbólico que evoca los límites del Norte de la Argentina con Bolivia, Paraguay y Brasil; y propone una trama que se extiende hasta una zona del Chaco, El Impenetrable. Presenta personajes para quienes “la frontera fue siempre más real que la Capital de la República”, centrándose en la historia de dos clanes antagónicos dedicados al negocio del narcotráfico: los Pastor, liderados por el patriarca Julio Pastor y luego por su hijo; y Saúl Sombrío, un nuevo capo que busca imponer su dominio, dueño de prostíbulos y los mejores contactos con el poder político. A diferencia de sus novelas anteriores, aborda una temática contemporánea a la década de 1990, el narcotráfico, y juega con la alusión al presidente de entonces, llamando “Saúl Sombrío” al mafioso. Al igual que en las otras, sin embargo, hay una historia de hombres que se enfrentan por el poder y el control del territorio; y hay también una historia de mujeres.

Demitrópulos siempre se ha interesado por indagar los lugares y los roles que les ha tocado ocupar a las mujeres en las disputas patriarcales. Sus personajes femeninos han nacido expuestos a situaciones de violencia, explotación o persecución, pero nunca están representadas como meras víctimas: son mujeres complejas, astutas, y sumamente valientes. Como Justina, nieta de Julio Pastor, nacida en “un pueblo cautivo, levantado en medio de una franja virgen. Ahí, en medio, creció”. Sus antepasados, “cuatreros y contrabandistas, de pena en pena fueron haciéndolo libre, entre represalias y pleitos… Inclinándose hacia la tierra que habían defendido, entraron en la oscuridad como en un refugio. Así pasaron esas vidas dudosas”.

La frontera es un territorio ambiguo. Quienes mueven los hilos del mundo siempre se han ocupado de propagar una moral del Bien y el Mal que establece cuál es la “gente de bien” (generalmente blanca, impoluta), y quiénes son los que hay que exterminar o de quienes se puede prescindir. En las fronteras no hay nada tan claro, predominan las mezclas y se acepta la impureza como parte de la vida. Los personajes que habitan la frontera no son almas bellas: saben que el infierno nunca se encuentra solamente del otro lado.

Desde niña, Justina se ve obligada a colaborar en las tareas del hogar y en el trabajo del campo; más tarde, le toca prestarse a contraer un matrimonio forzado. No obstante, siempre ha sido una niña que sabe “mirar las grietas del infierno sin aturdirse, como su abuelo”. Familiarizada con el infierno, crece mirando a ese abuelo salir en expediciones a gambetear “a la Gendarmería”. Atisbando de soslayo detalles del infierno, Justina aprende a admirarlo:

“–Abuelo: tráigame un caimán, un caimancito –le decía.

–Si no fueras mujer, al cumplir los quince te llevaría conmigo”.

Al cumplir los quince, hacía rato que el abuelo había muerto abandonado por sus secuaces en un hospital perdido del otro lado de la frontera, tras haberlo escondido varios días en un aguantadero: “Poco después, una mañana trajeron arriba de un camión destartalado los restos del viejo. Justina lloró lágrimas de verdadera tristeza. Ya no vería más los resquicios del infierno. Ahora tendría que reproducirlos”.

Hija de la frontera, Justina heredará el negocio de su abuelo y, al mismo tiempo sufrirá a los propios; e incluso llegará a enamorarse del periodista que busca denunciar la corrupción, la impunidad y la histórica alianza entre los narcos y los gobernadores.

La ambigüedad también está presente en la historia de la Badaja, una prostituta que termina siendo amiga de la monja alemana Annelise Stoker. La Badaja es una mujer que ha sufrido diversas formas de violencia. Fue trabajadora sexual en el prostíbulo de Saúl Sombrío, luego de escapar del barrio de Once y los abusos de su padrastro en Buenos Aires. Justo Pastor se encaprichó con ella y la compró por 25.000 dolares, convirtiéndola en “su esposa”. Pero ella experimenta un despertar de la conciencia social a través de su relación con Annelise, la monja que lleva cuatro años en una misión en El Impenetrable, ayudando a la comunidad indígena, y cuyo altruismo la convierte en enemiga de los poderosos.

No se sabe mucho del pasado de la monja, pero la Badaja se pregunta, imaginando que tampoco ella tuvo una infancia feliz: “Annelise, antes de entrar en El Impenetrable, ¿habría salido como ella del infierno de la infancia? ¿Tuvo una infancia? Le intrigaba la monja, su ponderación. Entre el infierno de la infancia y el de la frontera, ¿qué diferencia había?”.

4

Demitrópulos organiza las tramas a partir de elementos de géneros populares, como son los relatos de viajes y de aventuras o la novela sentimental, pero la voz narrativa que construye en cada texto es inclasificable: extraña, única. Con oído poético, sus narradores inventan dialectos donde se mezclan vocabularios de diversas fuentes y les dan a las construcciones gramaticales toques inusuales. Un registro impuro, mestizado, que juega con la rareza y el sonido de las palabras, y sorprende con imágenes inesperadas.

Los bosques nativos de El Impenetrable, con esa cobertura vegetal densa y cerrada, aparecen aquí como refugio propicio para actividades ilegales. Pero no ocultan solo narcotraficantes, sino también indígenas que se niegan a trabajar para los mafiosos, y que consideran a la mamacoca (la hoja de coca) un elemento sagrado y fundamental de su cultura.

Entre oscuros hoteles de frontera y laberínticos búnkeres, se producen los diarios desplazamientos desde las yungas hasta las fábricas clandestinas de cocaína y pasta base. Los indígenas observan el paso de la droga por el río, un buen lugar para la evacuación de olores, y una lancha navegando bien puede ser un laboratorio ideal. Algunos de ellos, campesinos cocaleros, creían que sus antepasados tenían el poder de envenenar a los peces sin dañar a la gente, pero notan que ahora los resultados están siendo otros:

“Los indios pasan horas metidos en el agua con la red y al anochecer regresan a sus toldos provistos de comida. Conocen el distraído movimiento de esa lanchita y qué se está haciendo ahí, porque el viento les trae vahos de amoníaco y de acetona. A veces se trata de una lechada de cal que la barcaza arroja al agua: entonces los pescados suben muertos a la superficie y aun así no habrán de desecharlos. Comiéndolos les sobreviene la euforia”.

El dirigente del movimiento indígena, estableciendo una alianza con la misionera alemana –quien ayuda a la comunidad en la construcción de casas y enseña nuevas formas de cultivar– rechaza al Estado y al poder político, que aparece en la zona para intervenir la cooperativa de la misión con una comitiva de funcionarios de la Dirección del Aborigen. Tampoco los indígenas conocen la moral del Bien y el Mal. Demitrópulos los muestra con la misma complejidad que a las mujeres. En esas zonas, la pobreza, la corrupción y la violencia se entrelazan con la cultura y las tradiciones ancestrales. La coca es un símbolo de esa ambivalencia, representa una tradición cultural y, al mismo tiempo, la base de una economía ilegal que perpetúa la opresión.

5

El proyecto de Demitrópulos rechaza los modelos narrativos de las novelas supuestamente “exitosas”, que rinden tributo a la intriga y respetan la linealidad, siguiendo pautas formales previamente establecidas –como el “viaje del héroe”, que en el mercado audiovisual se impone como estructura narrativa básica del entretenimiento–. No le interesa brindar la garantía de obedecer a normas eficaces de producción, sino que apuesta por formas arriesgadas, más desarticuladas y abiertas.

Esto puede apreciarse en su máxima expresión en los finales de sus novelas, que no nos permiten arribar a ninguna resolución. Son novelas que terminan con escenas sugerentes, plenas de simbolismos, que no suponen ningún claro desenlace. Más bien insinúan que el conflicto no se puede liquidar, ni los personajes llegar a ninguna redención.

Se trata de un rasgo que dice mucho acerca de la verdad con que la autora concibe a sus personajes; si proceden de una larga historia de opresión, ¿cómo podrían al final ser libres, felices y comer perdices?

Impedida, por su condición subalterna, de consumar cualquier tipo de cierre concluyente, esta obra narrativa, cuya gran protagonista son las clases populares, parece llamada a asumir una forma abierta, mientras sus finales esbozan la promesa de una sangrienta e interminable secuela.

Florencia Abbate

Ellos

I

Si fuera necesario, acondicionar la luz sobre los rostros que devendrán fatigados pero que no cambiarán de expresión.

Tres hombres sentados a una mesa y dos en otra. Al fondo, el hotelero prepara las bebidas: whisky con jugo de mangos y café. Afuera caerá la noche y en el salón el ruido del ventilador del techo, como una sierra, obturará el aire.

Los hombres se envuelven en la conversación y si nadie escucha lo que dicen o traman será porque se trata de algo secreto o pecaminoso o prohibido, menos para ellos o para el hotelero de aire distraído. Menos para ellos que bajo la lámpara se observan. Justo Pastor y Justo Crescencio –padre e hijo–, alertas frente al hombre que habla de prostíbulos. Quién podría negar que se trata de un extraño aunque diga llamarse Saúl Sombrío, S. S. Todavía no es el magnate del tabaco virginia, ni el poderoso señor del imperio periodístico, de radios y de canales de televisión. Todavía tendrá que esperar para entrar en el mito. Ahora se conformará con abrir un prostíbulo aquí, junto a la frontera, y prestar ese servicio a dos países. ¿Dos países? Se está informando mal: a tres. Distintas monedas y la internacional. Cobraré en dólares –dice Saúl Sombrío–, yo los respeto a ustedes y ustedes me respetarán a mí ¿de acuerdo? No he venido a invadir jurisdicciones sino a pedir respeto. Aquí S. S. mirará hacia la noche en tanto bebe. Los dos Justos asienten: si nos respeta, lo respetaremos. Y bien, señores, brindemos. Brindemos por el porvenir y por el placer, porque los gobiernos se sensibilicen con hombres como nosotros, portadores de cultura, por... Aquí S. S. hará una pausa, pausa para comprender que sus contertulios no gustan de chanzas. Entonces pasará a preguntar si no conocen alguna casa grande para comprar o, acaso, ¿será mejor edificarla? En ese preciso momento padre e hijo tendrán el mismo pensamiento que pasará como una ráfaga. La niña Justina.

–Procure que esté lejos del pueblo –dirán–, hay señoras y niñas decentes.

La casa, de dos cuerpos, dividida según la categoría de los clientes. Salones y cuartos responderán a esa división. Salón blanco, cuartos confortables, primer patio: para los ricos. Violeta, mugrosos cuartos, segundo patio: para la chamusquina. Esta última accederá por el portón de atrás y deberá pasar enfrente a los excusados antes de regatear con la mujer morocha que, semidesnuda, estará guardando la puerta. S. S. mandará a construir esta casa como anticipo de las muchas que irá sembrando en toda la extensión de la frontera. Si la piel oscura se ofrecerá en el salón violeta, en el blanco, lechosa piel y pelo platinado. Indias en el segundo patio; alemanas, alguna francesa y argentinas en el primero.

Las coperas harán de carnada en el salón blanco con ajustados vestidos y escotes profundos. Serán tan dulces como palomas torcaces. No ha de olvidarse que la frontera es bárbara y caliente de clima y que, en oposición, las muchachas del primer patio deberán exhibir ese signo de la piel suave, soñada por hombres de cierta condición. El amor con ellas no es violento sino muy caro. Implica el anticipo de una joya, un perfume importado, un cheque. Estas niñas tendrán origen desconocido y aspirarán a dejar el prostíbulo casadas con algún comerciante barrigón o un traficante de fuste. Las negras del segundo patio, en cambio, putearán, armarán camorra, incentivarán celos y puñaladas y montarán ellas a los clientes. División del trabajo impuesta por S. S. quien, alguna vez y en ambos sectores, contraerá la blenorragia.

Allí hará su aparición, ya viudo, Justo Pastor. Entre tantas encontrará una mujer bonita y de su calce, ni rubia ni negra sino bejarana. Trigueña de ojos verdes y pelo renegrido, la Badaja –que así la llamaban– a la puerta de su cuarto y por las tardes hasta la llegada del viejo, suspiraba. Cuando supo de su oficio, detrás del viejo la Badaja clausuraba su puerta dejando a los otros clientes apostados en fila. Se dedicaba solo a él. Favor de no equivocarse. Por ser pobre e indefinida, al principio S. S. la relegará al segundo patio. La afición del viejo lo hará reflexionar sobre su talle fino y su tonito de porteña abrumada, más por sus aspiraciones que por las apariencias. Entonces decidirá pasarla al primer patio convencido de que en el salón blanco la Badaja llegará a ser como una gringa y bailará el tango y el rock and roll. Y no dudó que allí esta mujer alcanzaría esa pátina rancia pero prestigiosa que se llama cotización. Se la encontró callejeando en plaza Once escapando del padrastro que la asediaba. Y aquí había dado con Justo Pastor quien –y más cuando tenía que cruzar la frontera en esas entradas al reino de la muerte–, encaprichado con ella, comenzará a desearla solo para él.

Y un día el viejo pedirá su mano. Y S. S. pondrá precio para dejarla ir. Dirá: veamos, tanto que pierdo de ganancia por año, a tantos años que le doy a la mujer de rendimiento efectivo, en total son 25 000 dólares que el abuelo pagará. La llevará a su casa, casi vecina de la iglesia, y ella se instalará como señora, porque para eso ha venido aquí. El pueblo arderá por el escándalo y Cloris, la nuera del viejo, le negará el saludo, lo mismo que su hijo Justo Crescencio.

Solo la niña Justina –que, desde chica, mirando al abuelo salir a gambetear a la Gendarmería o a las patrullas, atisbaba los resquicios del infierno–, solo ella celebrará esta última aventura del viejo.

Un día le dije (¿o le diré?) que somos anhelantes. Su ojo, de largo alcance, registra la visa de cada uno. Usted ya ha trascendido la frontera y está en todas partes, dicen que canizo pero siempre recio.

Este debió ser un pueblo incrustado entre selvas de quebrachos y maraña de vinales para ocultar bandoleros y hacerlos invisibles a la Policía, como Isidro Velázquez, el Vengador, y Vicente Gauna. Isidro Velázquez durante siete años vivió internado en el monte protegido por los campesinos; tenía su payé y con su sola mirada paralizaba a sus perseguidores. De la selva sacaba su poder y una vez el agente Mieres vació su pistola y no pudo alcanzarlo, en cambio el Vengador de un solo disparo le atravesó el corazón. Pero en definitiva fue un pueblo cautivo levantado en medio de una franja virgen. Ahí, en medio, creció. Nuestros abuelos, cuatreros y contrabandistas, de pena en pena fueron haciéndolo libre, entre represalias y pleitos; hecho esto esperaron la noche apaciguados, piropeando mujeres. Inclinándose hacia la tierra que habían defendido entraron en la oscuridad como en un refugio. Así pasaron esas vidas dudosas. Antes que en la lengua propia conversaron en la extranjera: la frontera fue siempre más real que la Capital de la República. Cuando sopla el viento, la basura del país vecino se deposita entre nosotros.

Nos queda, entonces, escuchar a los pájaros. Al atardecer, en la rama del urundel o del palto, el chalchalero canta. Explora nuevas tonadas, busca el centro de su corazón y canta. Lo escuchamos olvidando los pecados de aquellos abuelos, de nuestros padres y de nosotros mismos. Canta el chalchalero un cantar hondo como la culpa que no se compadece con la mirada suya, acuosa, color que da a sus ojos, sus verdaderos ojos, esa frialdad que tanto hiere. Y aunque sobre la tierra caiga alguna lluvia ligera torrencial, alguna plaga o sequía, siempre sus ojos estarán fijos, mirándonos desde el teleobjetivo.

Los forasteros no pueden leer estas cosas. La frontera es trasgresión y para eso han venido. Porteña como era la Badaja, amancebada al abuelo echará humos de señora. Perfumes, elegancias, mimos. A Justo Pastor le trastornaba su cuerpo y que ella venga a decirle: ¿qué hay para la nena? Él volcará su bolsa y ella venga para acá. Y deberá marchar frontera adentro dejándola sola para pasar los días. A ella la molicie, la hamaca bajo la sombra; disfrutes. ¿Despertaba? Ya la sirvienta con el salto de cama y la cocinera con el desayuno. Jugo de chirimoya, pomelo y café. Vendrá el baño de espumas y el elegir primores de una ropa costosa, pintar su boca violácea y los pómulos arenosos. Irá llenando su cofre de collares, anillos, sedas; pieles no, que aquí siempre hace calor. Las pieles para después, cuando vaya al encuentro del galán ahora desconocido pero amante seductor. Se irá lejos, como todos los forasteros, tal vez a alguna ciudad cosmopolita, lo más lejos posible de estos indios y mestizos y del rústico abuelo.

Por las tardes –cuando nosotros escuchamos a los pájaros y a lejanos tambores que trae el viento–, por las tardes la ganará el tedio y entonces al cine, ahí encontrará el mundo soñado.

En lo posible seguirla a contraluz caminando por la acera, vestida de seda roja, hasta conseguir la impresión de aleteo que es su caminar. Habrá de descubrírsele un aura como de madona, no sobre sus cabellos, sobre la envoltura carnal. Pero al entrar en el cine volverá a ser la Badaja del segundo patio del prostíbulo. Se sentará en la última fila y en la oscuridad entrará usted. Antes de que termine la película usted habrá diseñado otra vida a su voluntad. Habrá de proponerle quitársela al viejo, por eso ha de escucharse siseo de avenencia, chasquido de besos. Clark Gable, en un caza bombardero, se quita los anteojos oscuros y mira la planicie, pero en realidad la está mirando a ella, indecisa ante dos apetencias. Justo Pastor viene a ser un viejo aventurero, con dientes de oro, apegado a una tierra sin salvación.

Justo Pastor cruzará una vez más la frontera en lo que iba a ser su último viaje. Ducho en recorrer el largo camino de la mamacoca, conocedor de menudas aldeas de no más de tres calles sin nombre, de tenderetes de vendedores, hangares donde dormía a falta de hoteles o posadas, saludándose en el camino con personajes de bellos rostros tenebrosos, el corajudo abuelo irá entrando en los sitios secretos de las transacciones comerciales y penetrará en la jungla, con su camión. El riesgo y la peligrosidad eran su salsa salpicada de sabores picantes.

A pocos metros de la cima de la colina el camión lanzará un ronquido de agonía. Atrás quedarán las sierras áridas y frías que debió atravesar para tomar la cuesta abajo y de pronto descubrir el valle. Las yungas aparecerán como mares ondulantes de un verde lúcido y sobrevendrán el calor húmedo y el aire pesado. Ha entrado en el reino de la mamacoca por el pitillo que le ofrece su vecino de mesa en un puesto de comida donde un muslo de pollo se paga al precio del polvo.

El pueblo donde recala no figura en ningún mapa, está en plena formación, por eso apenas hay calles paralelas a la carretera. Hombres y mujeres muévense desconfiados unos de otros, se habla poco, se regatea mucho. Una hilera de taxis se alinea en una de esas calles, en la otra está la parada de ómnibus. Pasada la última hay una barrera que cierra el pueblo que, sin embargo, no terminará allí. Justo Pastor sorteará la valla y entrará de pronto en plena jungla, donde el comercio se hace muy activo. Saludará a las mujeres de los campesinos que en fila y de pie junto a sus “cargas” comercian con las mujeres de los magnates como usted. Estas seleccionan entre sus dedos la calidad de las hojas y fijan el precio. Luego se informará de cuanta noticia le pasan los encargados que con armas arriba de algunos camiones custodian a los compradores y protegen a las damas. Vienen las preguntas: ¿cómo estuvo el tiempo? ¿Y las cosechas? ¿Cuál es el precio de plaza desde su última entrada? ¿Cuáles las novedades? ¿Qué se sabe de las patrullas?

De regreso al pueblo irá a comer pescado en una taberna a orillas del río donde las comadres lavan la ropa y se bañan al mediodía, cuando el calor cae pegajoso y el aire más pesado, los hijos de las lavanderas, desnudos y flacos, sin embargo chiquillos bulliciosos. Exactamente a la hora que tenía previsto, y cuando vaciaba su botella de cerveza tibia, a escasos cien metros de donde él está sentado con un viejo colono, se detendrá un hidroavión. En total sincronía una canoa oculta entre las cañas se dirigirá al hidroavión y, en menos de cinco minutos, listo el traspaso. El aparato levantará vuelo con la carga y el cielo se lo tragará cuando unos hombres de bigotes y cartera de ejecutivos en la mesa vecina asentirán con la cabeza en un movimiento de aprobación y levantarán sus copas. Justo Pastor reconocerá en ellos a los capos del despacho, a los amos de la jungla.

Y deberá seguir porque su periplo recién comienza en el lujurioso verdor del trópico. Faltan afiebradas noches presenciando el trabajo de los pisadores de hoja, jadeantes después de largas horas de mover los pies endurecidos por el ácido, hombres secos y pacientes a quienes él espera que terminen su tarea para invitarlos a una copa, para contarles del mundo que hay detrás de la frontera. Falta distinguir las dos líneas rectas de alrededor de un kilómetro de largo por cincuenta metros de ancho: esas pistas de aterrizaje abiertas en plena selva. Y la disputa del colono con el cansancio de la tierra. Falta hacer su propio negocio.

Las epifanías. La composición aditiva. El tiempo de los sobresaltos que vuelven cargados de información acumulada. Se tendrá el recorrido de Justo Pastor como el efecto acumulativo de alguien que cuenta y vuelve a contar un sucedido sabiendo que no se agregará nada más allá de lo dicho, que será esa última vez la que operará como un disparador de hechos por venir. Y así Justo Pastor signará la historia de Justo Crescencio quien a su vez lo hará con la de la niña Justina. Y en el medio, rigiendo sus destinos, la mamacoca y usted.

Eran tres e iban vestidos con suma elegancia para aquella aldea de apenas una calle principal. La culata del revólver asomándoles por sobre el cinturón de cuero de víbora, en los pies finos zapatos de cabritilla, inusitados en un lugar donde los pisadores y los campesinos calzan ojotas hechas con neumáticos de autos. De pronto la desierta calle habrá de transformarse en un auténtico far west. Mujeres con balanzas de mano, ante el requerimiento de los compradores descendidos de los ómnibus, pesarán en los platillos unas bolsas de plástico con la pasta de los pisadores. Un murmullo de regateos, ofertas y competencia llenará la calle hasta que van apareciendo los billetes, todo supervisado por los hombres elegantes. No lejos un camión cargado de individuos duros, bien armados, parece a punto de partir, pero no se moverá de su lugar: es el contingente de los encargados de proteger a compradores y capos. Un olor acre y dulce macera el aire y nadie diría que aquí respira el delirio, tan aparentemente normal parecen las transacciones. Algo tan simple como un tome la mercadería y venga la plata. Pero –siempre hay un pero en esos mundos– de improviso el aire parece derramarse como aceite caliente. Corre una voz, un murmullo denso y entrecortado por monosílabos, una alerta, y en un abrir y cerrar de ojos las mujeres ocultarán sus balanzas y sus bolsas con pasta, los compradores se dispersarán y los jóvenes elegantes rápidamente se arrimarán a los camiones para protegerse. La calle queda vacía con sus tenderetes entornados. Falsa alarma. Veinte minutos después todo volverá a la febril actividad del comienzo y el murmullo crecerá y las risas cortarán el aire. Luego otros hombres y mujeres irán llegando para que el comercio continúe.

Aquí también Justo Pastor se habrá puesto al día con las novedades y los precios, se encontrará con conocidos, especialmente con una de sus comadres, vendedora de pasta. Disimuladamente esperará hasta que la mujer haya vendido toda la pasta blancuzca, entonces la acompañará hasta su casa donde se acostarán entre sacos de mercadería. La visita a la comadre durará cosa de una semana y ella venga a decirle quiero que me lleve con usted, compadre, y él como siempre se lo prometerá. En mi próximo viaje llevaré al muchacho –dirá–, después vendré por usted. Antes de irse revisará y limpiará la pistola que ella tiene a mano para defenderse. Se despedirán con aquella promesa, él acariciando la cabeza de un chiquillo de grandes ojos huraños.

Tomará el camino de las yungas colgado sobre abismos. Sepultados en los precipicios verá camiones cargados de banana, café y cacao y más abajo correr ríos verdosos. Pero previamente a esta visión habrá ido dejando atrás otra, macabra: la pista sembrada de cadáveres pudriéndose igual que la fruta de los camiones sin que nadie se haya preocupado de enterrarlos, ahí quedaban, mudos testigos de ajustes de cuentas. Eran cadáveres de campesinos –hombres, mujeres y hasta niños– sorprendidos en sus diarios desplazamientos desde las yungas hasta las fábricas clandestinas de pasta base, cadáveres de hombres que iban transportando en sus espaldas cargamentos de hojas de coca. Ellos caían, pero las “cargas” eran desprendidas de las espaldas y desaparecían.

Finalmente, contra el flanco de las montañas, aparecerán las yungas, esos andenes o terrazas trepando en líneas paralelas, con sus campesinos inclinados sobre la esmeralda brillante de las plantaciones, recogiendo la hoja que aquí es más perfumada y más doliente, sacudida por las ráfagas de la metralla policial. Justo Pastor gusta venir para carnaval cuando todo el pueblo festeja la fiesta de la mamacoca y él baila, y lo enharinan y bebe chicha y masca el acullico y es feliz junto a los campesinos que también sueltan sus vergüenzas y entran en el jolgorio y gozan durante esos días de libación. Ahora, al llegar, se enterará de que las yungas estaban de luto por la entrada que habían hecho las patrullas.

–Han entrado, violado a nuestras mujeres, quemado nuestros campos, matado a nuestros líderes.

Y llorará por su compadre Dalmacio a quien tanto le había costado aclimatarse a esta región húmeda y calurosa, cuando vino de sus tareas frías.

Con el calor que envenena la sangre y la humedad que todo lo pudre, más adelante se verá al abuelo llegar a una picantería atravesando calles con manchas de riego alternadas con mojazones de orines, ya en otro pueblo. El viento hirviente arrastrará bichos, polvo, basura y otras menudencias.