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Este completo libro, elaborado por un equipo multidisciplinar de especialistas, propone una reflexión coral sobre las contradiciones y las tensiones a las que está sometida la práctica de una disciplina que aspira a construir nuevas aproximaciones al pasado desde el registro material, modelando la memoria en el presente.

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Seitenzahl: 654

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Akal / Universitaria / 346 / Serie Arqueología

Juan Antonio Quirós Castillo (dir.)

La materialidad de la historia

La arqueología en los inicios del sigloXXI

Agustín Azkarate Garai-Olaun, Miquel Barceló, Felipe Criado Boado, Belén Martínez Díaz, John Moreland, Almudena Orejas Saco del Valle, María Ángeles Querol, Juan Antonio Quirós Castillo, Jordi Roig i Buxó, María Ruiz del Árbol Moro y Vicente Salvatierra Cuenca

La arqueología está sometida, desde hace varios decenios, a profundas tensiones académicas, profesionales, éticas y políticas, resultado de la crisis o el colapso de una determinada forma de concebir esta disciplina. Y aunque en la opinión pública sigue siendo evocadora y atractiva la idea de una arqueología que descubre tesoros o «los orígenes» de un pueblo o una ciudad, y el mito del improbable héroe-explorador que encabeza este trabajo sigue resultando atractivo, pocas disciplinas han luchado y luchan de forma tan intensa por dotarse de una identidad propia como la arqueología. Reinventada en los últimos años como ciencia del patrimonio, la arqueología es hoy una profesión; una forma de gestionar, crear y promover identidades a través del patrimonio; un instrumento para crear productos consumibles en el marco del denominado turismo cultural.

Este completo libro, elaborado por un equipo multidisciplinar de especialistas, propone una reflexión coral sobre las contradicciones y las tensiones a las que está sometida la práctica de una disciplina que aspira a construir nuevas aproximaciones al pasado desde el registro material, modelando la memoria en el presente.

Juan Antonio Quirós Castillo, director de la obra, es catedrático de Arqueología medieval en la Universidad del País Vasco. Es autor, entre otras, de Arqueología III. Arqueología postclásica (2006, con Belén Bengoetxea Rementería), The Archaeology of Early Medieval Villages in Europe (2009) y coordinador de Vasconia en la Alta Edad Media, 450-1000. Poderes y comunidades rurales en el norte peninsular (2011).

Diseño de portada

RAG

Director de la serie

Alfredo González Ruibal

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Los autores, 2013

© Ediciones Akal, S. A., 2013

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-3822-1

LOS AUTORES

JUAN ANTONIO QUIRÓS CASTILLO, catedrático de Arqueología, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea, UPV-EHU.

JOHN MORELAND, catedrático de Arqueología Histórica, University of She­ffield.

MIQUEL BARCELÓ, catedrático de Historia Medieval, Universitat Autònoma de Barcelona, UAB.

FELIPE CRIADO BOADO, profesor de investigación, Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT), Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC.

BELÉN MARTÍNEZ DÍAZ, directora general de Archivos, Bibliotecas y Museos. Ayuntamiento de Madrid.

MARÍA ÁNGELES QUEROL, catedrática de Prehistoria, Universidad Complutense de Madrid, UCM.

JORDI ROIGI BUXÓ, editor científico y gerente de Arrago S. L., Arqueologia i Patrimoni, e investigador predoctoral de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea.

ALMUDENA OREJAS SACODEL VALLE, investigadora científica, Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Instituto de Historia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC.

MARÍA RUIZDEL ÁRBOL MORO, científica titular, Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Instituto de Historia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC.

VICENTE SALVATIERRA CUENCA, catedrático de Historia Medieval, Universidad de Jaén.

AGUSTÍN AZKARATE GARAI-OLAUN, catedrático de Arqueología, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea, UPV-EHU.

INTRODUCCIÓN

Juan Antonio Quirós Castillo

Cada vez que me preguntan cuál es mi profesión, percibo una mezcla de interés desmedido bajo el hechizo de los «descubrimientos» y los hallazgos que de forma regular aparecen en los medios, una cierta admiración «por haberte dedicado a lo que te gusta», así como un cierto desdén o incluso animadversión de aquellos que, por distintas circunstancias, han tenido que soportar retrasos por culpa de los trabajos arqueológicos y, peor aún, por los costes que comportan. En realidad, los arqueólogos hoy día son profesionales que malviven de una actividad inestable y en la que hay permanentes recambios generacionales, funcionarios que hacen muchos expedientes y mucho trabajo de oficina, algunos profesores que trabajan en la universidad y otros profesionales en los museos. Cualquier parecido, pues, con los estereotipos y lugares comunes es casi una pura coincidencia.

Este texto empezó a ser escrito mientras estallaba la grave crisis económica actual que ha tenido, entre otras consecuencias, un notable redimensionamiento de la actividad arqueológica en España y la destrucción de un gran número de empleos. Pero es también el periodo en el que se han creado las primeras titulaciones de arqueología, se ha acentuado la proyección internacional de la arqueología española, se han puesto las bases para superar las limitaciones y contradicciones de la epistemología posmoderna y se ha desarrollado una mordaz autocrítica con la que construir la arqueología del futuro. Luces y sombras que caracterizan el tortuoso camino de una disciplina que busca su lugar en el mundo.

La arqueología se ha transformado mucho en poco tiempo, y poco tienen que ver los contenidos que se enseñaban en las universidades hace unos años con lo que hacen los arqueólogos en la actualidad. Muchos de estos cambios han sido poco comprendidos y poco explicados fuera del ámbito arqueológico, a pesar de la creciente literatura generada internamente en torno a nuestra disciplina.

El fin principal de este libro es doble. Por un lado, propone una reflexión coral sobre las contradicciones y las tensiones a las que está sometida la práctica de una disciplina que aspira a construir nuevas aproximaciones al pasado desde el registro material, modelando la memoria en el presente. Creemos que un texto de esta naturaleza contribuirá a comprender mejor las tensiones a las que está sometida la práctica de esta actividad científica y favorecerá el debate conceptual y teórico que está teniendo lugar en el ámbito de la arqueología y otras disciplinas sociales.

En segundo lugar, este texto ha sido redactado con el fin de servir como orientación para aquellos alumnos que se inician en los nuevos títulos de grado y de posgrado de Arqueología e Historia que están surgiendo en nuestras universidades.

Este libro no habría sido posible sin el apoyo de Esther Pascua Echegaray. Este volumen empezó a cuajarse hace unos años en una conversación con Riccardo Francovich, y se concluyó cuando se marchó Tiziano Mannoni. Ambos son dos de los arqueólogos que más han influido en el desarrollo de la arqueología de época histórica en los últimos decenios en el sur de Europa. Querríamos dedicar estas páginas a su memoria.

I

¿EL FIN DE LA ARQUEOLOGÍA? LA ARQUEOLOGÍA A INICIOS DEL SIGLO XXI

Juan Antonio Quirós Castillo

La arqueología está sometida, desde hace algunos años, a profundas tensiones conceptuales, éticas, académicas, profesionales y políticas como resultado de la crisis y del colapso de una determinada forma de concebir esta disciplina que, parafraseando el trabajo de Francis Fukuyama de los años noventa, podríamos caracterizar como «el fin de la arqueología», o quizá mejor como el fin de un tipo de arqueología. Y aunque para la opinión pública sigue siendo evocadora la idea de una arqueología que se dedica a descubrir tesoros, «los orígenes» o la antigüedad de una localidad, y sigue resultando atractivo el mito del improbable héroe-explorador cinematográfico Indiana Jones, pocas disciplinas como la arqueología han luchado y luchan de forma tan intensa por dotarse de una identidad propia. Además, en los últimos años, esta tensión ha ido creciendo como resultado de la crisis económica que ha comprometido seriamente el sector de la arqueología comercial, el cual ha llegado a representar hasta un 90 por 100 de la actividad arqueológica desarrollada en nuestro país.

La arqueología en sentido moderno nació, o mejor, fue construida a lo largo del siglo XIX por una burguesía emergente que buscaba un soporte identitario y legitimador de su propia visión del mundo y que no se reconocía en las explicaciones teológicas de la historia que habían presidido hasta el momento la historia de la humanidad. La necesidad de un pasado profundo y racionalista les condujo a un redescubrimiento de los objetos a partir del anticuarismo primero y de marcos interpretativos como el evolucionismo después, en el momento en el que se estaban sentando las bases del conocimiento científico. Entre finales del XIX e inicios del siglo XX la arqueología fue utilizada para justificar la supremacía de unos pueblos «civilizados» frente a otros en el marco de la colonización y la expansión de las potencias occidentales, y contribuyó a crear las bases de las identidades culturales de las naciones modernas. Ya en pleno siglo XX, la arqueología se convirtió en una disciplina académica y estructurada que, tras la Segunda Guerra Mundial, supo superar los excesos del historicismo cultural y del difusionismo, para reinventarse como la disciplina científica y rigurosa que, en el ámbito anglosajón, se dio por llamar «Nueva Arqueología». El optimismo que presidió la sociedad occidental durante las décadas de los sesenta y setenta, generado por el espectacular desarrollo técnico de las potencias políticas europeas y norteamericanas, se tradujo en una arqueología que buscaba explicaciones universalistas, capaces de desentrañar el comportamiento humano a través de leyes que, en última instancia, remitían al determinismo ecológico y demográfico. En muchos países europeos, influidos por movimientos como el de mayo del 68, la práctica arqueológica de carácter materialista comportó una profunda ruptura generacional con aquellos autores que la identificaban con una historia del arte y de los monumentos, y que se limitaban a evocar pretéritas gestas y un pasado glorioso.

En los últimos decenios se han producido transformaciones muy profundas que han reconfigurado la naturaleza de la disciplina en el Occidente capitalista. Las crisis energéticas, la globalización económica que se confronta con los particularismos culturales, el fin de la política de bloques y de la Guerra Fría o la exacerbación de fundamentalismos nacionalistas, étnicos, religiosos, los procesos de limpieza étnica y los grandes flujos migratorios provocados por la desigualdad regional serían algunos de los vectores de esa transformación. La práctica arqueológica basada en planteamientos elitistas y en un distanciamiento de la sociedad, aparentemente inmune a las transformaciones sociales y científicas, se ha transformado radicalmente en Latinoamérica bajo la emergencia de movimientos y conflictos sociales. En el ámbito anglosajón, las explicaciones universalistas dieron paso al reconocimiento de la diversidad y a la búsqueda del particularismo, integrando puntos de vista relativistas entre los que priman planteamientos idealistas y se discrimina positivamente el análisis de las minorías. En Europa, la arqueología nacida como historia del arte se transformó en una disciplina histórica por derecho propio que ha tratado de innovar proporcionando nuevas fuentes informativas y nuevos enfoques de naturaleza antropológica. Pero ha sido, sobre todo, el huracán del posmodernismo el que ha terminado por desvelar la carga ideológica y subjetiva de la práctica arqueológica en las sociedades capitalistas[1].

No obstante, el cambio más sustancial que ha afectado a la esencia de la arqueología ha sido el desarrollo de la noción de patrimonio arqueológico que se gestó en nuestro país en el seno de la democracia constitucional, y más concretamente con la aprobación de la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español. Este marco normativo, desarrollado posteriormente a nivel autonómico, no solamente ha redefinido el estatuto jurídico para los bienes culturales –y entre ellos los arqueológicos– sino que, además, ha creado nuevos mecanismos para proteger, valorizar, intervenir y, en definitiva, socializar unos bienes que son de todos.

Todos estos cambios han llevado a redifinir el significado y la funcionalidad de la práctica arqueológica y, de forma más amplia, de las disciplinas humanísticas en la sociedad actual. Nadie se cuestiona la utilidad de la biomedicina o la investigación en alimentación y biotecnología, la energía, las nanociencias, los transportes, el medio ambiente o las tecnologías de la información. Pero la arqueología siente la necesidad de auto-justificarse de forma permanente y encontrar su sitio, especialmente una vez que ha asumido la noción de patrimonio arqueológico y la responsabilidad social y política que implica gestionar este bien común. De hecho, en los últimos años la arqueología, o al menos una parte importante de ella, se ha reinventado como ciencia del patrimonio, generando nuevas figuras profesionales y formas de acercamiento y consumo de la historia, materializada en lo que se denomina turismo cultural. De hecho, tal y como señala Felipe Criado en este libro, la arqueología es la única disciplina humanística que se ha convertido en una profesión liberal.

En términos científicos, la arqueología se ha trasformado en una disciplina que cubre todos los periodos históricos, incluso aquellos que cuentan con abundantes fuentes escritas, y ha construido sus propias propuestas teóricas con el fin de explicar e interpretar el comportamiento humano. Si hubo un tiempo en el que la arqueología se identificaba exclusivamente con el estudio de las sociedades prehistóricas y de los monumentos de época clásica, hoy en día interviene también en contextos de época moderna y contemporánea, aunque esta práctica no siempre se rentabilice para un mejor conocimiento de estos periodos. Asimismo, la diversificación de los métodos empleados por la arqueología, y de los contextos de aplicación de la práctica arqueológica, han alcanzado tal amplitud que los textos de referencia son cada vez de mayores dimensiones y conforman verdaderas enciclopedias[2].

Asimismo, la arqueología ha desbordado igualmente los límites clásicos del ámbito académico y ha logrado convertirse en una potente herramienta para recuperar o recomponer la memoria, individual o colectiva, así como los olvidos. La recuperación de los restos y de la memoria de los represaliados por la dictadura franquista es un ejemplo significativo de esta orientación cuyos destinatarios son los familiares y la sociedad civil (Etxebarria Gabilondo, 2005). No obstante, una emergente arqueología de la Guerra Civil (González Ruibal, 2007) busca transcender el ámbito de la memoria para repensar la historia y, por lo tanto, reconstruir una memoria colectiva en beneficio de la sociedad actual.

En definitiva, tal y como el lector habrá podido constatar tras estas apretadas notas iniciales, resulta extremadamente complejo definir, en realidad, qué es la arqueología hoy. Es mucho más fácil saber lo que ya no es, lo que fue respecto a lo que es o lo que puede llegar a ser. En palabras de Kristiansen, «la Arqueología ha perdido su identidad como disciplina y ha sido reemplazada por un conglomerado de funciones e identidades, en ocasiones separadas, en ocasiones superpuestas» (cit. Hodder, 1999, p. 8).

En este volumen analizaremos la noción de arqueología desde una triple perspectiva: como disciplina de construcción de conocimiento histórico, como herramienta para la construcción y la gestión del patrimonio, dotando de significado a las cosas y resolviendo conflictos en torno a la materialidad de la historia, y como instrumento crítico para analizar nuestra sociedad a partir de la construcción de la memoria y de sus omisiones, reconstruyendo la relación entre nuestro presente y nuestro pasado.

Para abordar esta perspectiva poliédrica y compleja, se han reunido ocho trabajos en los que han participado once especialistas que abarcan todos los sectores implicados en la práctica arqueológica actual: académicos, administradores y profesionales, con excepción de políticos y museólogos. Esta aproximación permite profundizar en algunas temáticas que no siempre tienen cabida en otro tipo de textos. Este trabajo no pretende ser, pues, un «manual», sino una reflexión coral sobre los campos en los que operan en la actualidad los arqueólogos y los conflictos que su actividad genera, con el fin de comprender por qué se ha de pagar un peritaje arqueológico cuando se rehabilita una casa en un casco histórico o se hace una autopista, por qué hay arqueólogos que hablan con el esquivo lenguaje de los especialistas y otros que, en cambio, se esmeran en narrar al gran público el resultado de su trabajo, por qué hay arqueólogos que hacen teoría y otros se queman bajo el sol en una excavación, por qué hay historiadores que prescinden o se olvidan de los datos aportados por los arqueólogos y otros se integran en los procesos de construcción social del conocimiento, o por qué hay arqueólogos que estudian las formas de dominio social y otros que hacen tipologías de objetos. En definitiva, el objetivo principal de este libro es el de explorar para qué sirve la arqueología en una sociedad como la nuestra.

Confiamos en que esta propuesta sea estimulante para los estudiantes que se inician en esta disciplina –y en general para todos los interesados en el quehacer de la arqueología– y que sea útil para que puedan posteriormente profundizar en este campo o, al menos, obtengan una visión crítica de la práctica arqueológica en la actualidad que raramente encuentra acomodo en los manuales y en las presentaciones generales de la disciplina.

A continuación y de forma previa, se presentarán algunos de los conceptos y las problemáticas que se analizarán de forma más detallada en los distintos capítulos que componen el volumen.

LAMATERIALIDADDELAHISTORIA

Aunque la arqueología hoy día es mucho más que una disciplina histórica basada en el análisis de los registros materiales, esta es la principal característica que la define en los círculos académicos. Y aunque más adelante se analiza cómo la práctica de la arqueología pública primero y la teoría después han llevado a desbordar este ámbito de actuación, en este primer apartado trataremos dos aspectos importantes que caracterizan la construcción del conocimiento arqueológico: las profundas transformaciones epistemológicas que se han generado en el seno del pensamiento arqueológico y el protagonismo creciente de la arqueología en el estudio de las sociedades de época histórica.

Dando sentido al registro arqueológico

Cuentan las malas lenguas que las corrientes de pensamiento arqueológico posmoderno se desarrollaron en Gran Bretaña en los años ochenta como resultado de los tremendos recortes, impuestos por los gobiernos de M. Thatcher, que pusieron fin a muchos proyectos arqueológicos y trabajos de campo. Así es como los arqueólogos, obligados a excavar menos y pensar más, crearon lo que hoy se conoce como postprocesualismo. Aunque se trata de una maldad, es cierto que los periodos de crisis crean las condiciones para cuestionar las bases teóricas sobre las que se fundamenta la utilidad de disciplinas como la arqueología, especialmente en situaciones –como la actual– en las que esta se percibe como una traba para el desarrollo de la actividad económica[3]. De hecho, en términos teóricos, estamos asistiendo a un periodo muy creativo en el que se están poniendo las bases para el desarrollo futuro de la arqueología.

La teoría arqueológica suele generar odios y amores profundos entre los «empiristas» y los «teóricos». Y aunque la arqueología en España tiene un alto grado de ateorismo, en los últimos años ha crecido el nivel de autoconciencia, bien por la creciente influencia de las reflexiones epistemológicas anglosajonas, bien por el desarrollo de nuevas propuestas interpretativas sólidamente fundadas y argumentadas en España (González Ruibal, 2012).

Los objetos, paisajes, contextos y edificios con los que trabajan los arqueólogos son mudos, no son testimonios narrados como los documentos, por lo que su comprensión o inteligencia requiere movilizar toda una serie de mecanismos interpretativos de carácter teórico no siempre explicitados. El cometido de la teoría en arqueología es precisamente hacer explícitos los fundamentos sobre los que se basan estas inferencias y contextualizar las formas de representar el pasado desde el presente.

El trabajo de Felipe Criado incluido en este volumen es el que aborda de forma más explícita esta reflexión teórica, aunque también impregna los textos de otros autores. El autor se enfrenta a uno de los principales problemas de la arqueología en el contexto pos-posmoderno: la domesticación de los excesos hermenéuticos y acientíficos de la interpretación histórica. La epistemología posmoderna, que ha demostrado la imposibilidad de una ciencia «objetiva», ha mostrado cómo la interpretación de los textos o del registro arqueológico está siempre condicionada por nuestro propio pasado histórico, por la sedimentación en nosotros de las tradiciones heredadas y por nuestro presente. Dicho de otra manera, no se puede separar la observación del observador y no existe, por lo tanto, una verdad objetiva. La realidad solo se puede representar, y el relato arqueológico no es sino una representación de la realidad.

Las consecuencias de este planteamiento, llevadas a su extremo, son evidentes: el subjetivismo extremo nos llevaría a un relativismo absoluto en el que todo vale y no habría una arqueología o una ciencia, sino muchas. Frente al absolutismo del positivismo clásico o el subjetivismo posmoderno, Felipe Criado postula una «tercera vía» que propone patrones de racionalidad que permitan «dar sentido» al registro arqueológico, definiendo «una metodología subjetiva de representación del mundo que se pueda aplicar objetivamente para actuar positivamente sobre el mundo» y que medie entre la explicación imposible y la interpretación carente de rigor.

Un segundo ámbito en el que la teoría y la reflexión en arqueología son muy importantes es el de la comprensión de los procesos sociales que condicionan la construcción del relato arqueológico.

Como resultado del giro posmoderno ha caído el mito de la ciencia neutral, dominante durante buena parte del siglo XX, desenmascarando las lógicas sociales y políticas que determinan las orientaciones y los contextos de aplicación de la ciencia en las sociedades tardocapitalistas. Y en este contexto, la arqueología, como instrumento básico de percepción y de construcción de la realidad, ha constituido una arena privilegiada en la construcción de marcos identitarios individuales y colectivos. Autores como Almudena Hernando (2002) han subrayado que las identidades se construyen social y culturalmente cohesionando y relacionando el grupo y que, por lo tanto, pueden analizarse e interpretarse históricamente. No se nace con una identidad, sino que se construye a partir de una serie de pautas de lectura de la realidad que el grupo social transmite recurriendo con frecuencia al pasado como instrumento de legitimación. Las identidades colectivas, que en buena medida refuerzan y legitiman la pertenencia y la exclusión de determinados grupos a diferentes escalas (de pueblo, de aldea, de ciudad, de región, de país, etc.), se basan en construcciones ideológicas que descansan en determinadas representaciones del pasado. Y especialmente «los orígenes» de un pueblo o de un lugar, concebidos como el momento fundacional de una determinada realidad, constituyen uno de los primeros objetivos en la construcción de la memoria. La historia, pues, se utiliza para construir la memoria, deconstruyéndola y poniéndola al servicio de la legitimación de intereses determinados (véase por ejemplo Pérez Garzón et al., 2000). De hecho, Michel Foucault ya señaló la importancia que tenía la historia y la verdad en la creación, la legitimación y la justificación de los poderes (Foucault, 2008) e, indudablemente, las implicaciones políticas de la práctica arqueológica son evidentes (Falquina et al., 2006).

En una sociedad tan icónica como la nuestra, en la que la imagen y la materialidad valen más que las palabras, la arqueología se ha convertido en una herramienta poderosa para la creación de identidades (Anico, Peralta, 2009) y, en ocasiones, se ha visto transformada en una tecnología dedicada a generar productos consumibles como memoria identitaria mediante la selección de retazos del relato histórico. Por otro lado, la práctica de la arqueología necesita confrontarse permanente con los poderes públicos, lo cual explica por qué se ha creado una relación muy estrecha entre ciencia, ética y política (Fernández, 2006). Así hay arqueólogos que trabajan cerca del poder autojustificando su actividad con la existencia de «necesidades» o «demandas» sociales no siempre bien definidas, o construyendo relatos amables con un determinado estado de cosas; hay arqueólogos que visibilizan minorías y grupos excluidos o que recuperan la memoria de los olvidados, haciendo posible otra historia; hay gestores del patrimonio arqueológico que diariamente se ven plegados por las presiones de los poderes económicos y políticos, etc. En definitiva, todos los profesionales de la arqueología se ven envueltos en una red de intereses que, con frecuencia, terminan por superar u orientar las expectativas originales, relegando la historia a favor de la construcción de representaciones de la realidad de base histórica[4]. Y aunque la responsabilidad civil de un arqueólogo no es la de un ingeniero o la de un médico en términos legales, su responsabilidad social no es inferior ya que, parafraseando a Eric Hobsbawm, la responsabilidad social del historiador se basa en que produce la materia prima que termina convirtiéndose en propaganda y mitología.

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De la misma forma que la prehistoria solo se puede estudiar a partir del registro arqueológico, en los últimos decenios se ha generalizando el uso de la arqueología para estudiar las sociedades letradas. La arqueología, que ha recorrido un largo camino desde el anticuarismo para convertirse en ciencia social, se confronta con otras disciplinas, como la antropología, la historia del arte y sobre todo la historia, a la hora de construir el relato del pasado.

Cuando hablamos de historia en términos disciplinares nos referimos a la disciplina que trabaja de forma predominante con testimonios textuales, lo que genera una cierta confusión conceptual. En rigor, la historia y la arqueología tienen el mismo fin, pero han tenido orígenes distintos y comportamientos diferenciados, lo que ha generado una mutua desconfianza (Malpica, 1993, p. 47) y una clara dependencia, como señala John Moreland en este volumen. Paolo Delogu ha señalado recientemente que ambas disciplinas se comportan como «hermanas celosas» (Delogu, 2011).

Aunque puede parecer que este debate tiene un carácter estrictamente académico o de relaciones de poder disciplinar, en realidad encierra una serie de problemas teóricos y conceptuales complejos relativos al uso y la construcción de las fuentes históricas, la naturaleza del conocimiento histórico y la forma en que el historiador representa la realidad, tal y como lo ha planteado recientemente Gaddis (2004). Los trabajos de Miquel Barceló y de John Moreland incluidos en este volumen abordan precisamente esta temática.

El estudio arqueológico de las sociedades que cuentan con testimonios textuales se ha articulado, desde un primer momento, como una práctica dependiente de la historia realizada con textos, y con el fin de suplir las ausencias de estos, o bien para verificar propuestas y planteamientos generados desde los mismos textos. Esta versión de la arqueología de época histórica, aún muy extendida, tiene la ventaja de encuadrar rápidamente los hallazgos en marcos interpretativos ya definidos, pero tiene igualmente numerosas limitaciones. En primer lugar, delegar en otra disciplina y en otra epistemología la tarea de «dar sentido» a los objetos ha hecho que muchas intervenciones arqueológicas no generasen ningún tipo de conocimiento crítico, porque se carecía y se carece de estos marcos interpretativos. En segundo lugar, este uso disminuido y condicionado de la arqueología ha limitado notablemente la potencialidad de una actividad que es muy costosa y compleja si la comparamos con la forma de trabajar de los especialistas en el uso de textos.

Pronto resultó evidente lo inadecuado que era esta perspectiva en términos metodológicos, por lo que algunos autores han propuesto nuevos acercamientos críticos. El propio Miquel Barceló ya ha subrayado la diferente naturaleza del registro material y el registro textual, de tal forma que son difícilmente complementarios y permiten acceder a conocimientos que no son equiparables. Esto es, su yuxtaposición o solapamiento carece de sentido (Barceló, 1988). Hay cosas que no pueden saberse jamás a partir de la documentación escrita y hay cosas que el registro arqueológico no permite ni siquiera plantear. Sin embargo, esta disparidad no implica una diferencia en cuanto a la calidad de la información: los dos registros producen informaciones distintas, cuya relevancia depende, en última instancia, de su articulación en una teoría y del lugar que ocupen dentro de ella (Barceló, 1988, pp. 11-12). También Chris Wickham abundó en estas diferencias cuando señaló que los restos materiales ofrecen preferentemente informaciones sobre las formas y las funciones, mientras que los historiadores que trabajan sobre los documentos pueden hablar mejor de los significados y las percepciones que se tenían en el pasado (Wickham, 2007, p. 18). Asumiendo estas orientaciones es más fácil comprender aquellas situaciones en las que, aparentemente, existe un conflicto o una contradicción entre los dos registros informativos.

En definitiva, el proceso de construcción de los datos y los registros requiere de metodologías diferentes si partimos del mundo de las cosas o del de las palabras. Los textos forman parte de un proyecto comunicativo verbal, con una intencionalidad manifiesta en su producción, invención, transmisión, conservación o incluso en su destrucción. Desde el posmodernismo, son legión los especialistas que sostienen que las informaciones obtenidas de narraciones, crónicas, cartas o de la legislación constituyen una representación de la realidad que no refleja tanto hechos como percepciones y valores de los redactores y los destinatarios de estos textos. Por este motivo, varios autores han subrayado que la información contenida en los textos es siempre parcial, genera distorsiones y no tiene por qué reflejar procesos que realmente han tenido lugar. Un ejemplo significativo está constituido por el estudio de la casa de Paolo Gerolamo Torriglia, construida en el casco histórico de Génova en los años 1613-1614 por los maestros Cesare y Bartolomeo Bianco (Decri, Gavotti y Monguzzi, 1996). Conocemos muy bien el edificio debido a que se ha conservado un proyecto ejecutivo de obra muy detallado (promissio fabricae) que recoge aspectos como los tiempos y la modalidad de edificación, los costes, las formas de pago, etc., incluyendo planimetrías y especificaciones sobre las dimensiones de la obra. Sin embargo, el estudio arqueológico del Palazzo Torriglia pudo demostrar que la obra realizada era más pequeña que la contratada (18 m en vez de los 20,13 m establecidos), que aspectos importantes como las cubiertas o las cornisas fueron modificadas y que la vivienda reflejada en los contratos tenía diferencias notables con la que realmente fue ejecutada.

Figura 1. Palazzo Torriglia en Génova, según A. Decri, C. Gavotti y M. Monguzzi. A la izquierda, el proyecto que recoge la documentación escrita; a la derecha, el edificio realmente ejecutado.

Por el contrario, el registro arqueológico carecería aparentemente de intencionalidad explícita y los datos sería más «objetivos». Sin embargo, hay numerosos ejemplos que muestran que hay claras intencionalidades en los procesos de formación de la estratigrafía. Pero además, durante el proceso de construcción del registro arqueológico –es decir, el paso de la estratificación a la estratigrafía, en palabras de Carandini–, entra en juego la subjetividad del observador a través del empleo de la teoría arqueológica que permite «dar sentido» a los objetos y a las estructuras mudas. Este es el caso, por ejemplo, de la interpretación del significado de los elementos de adorno personal de carácter «visigodo» (broches de cinturón, fíbulas, etc.) hallados en cementerios excavados en la meseta castellana (véase la figura 2). Para algunos autores, estos objetos permiten identificar a personas de origen visigodo que se enterraron siguiendo un determinado ritual. En cambio, otros investigadores piensan que estos objetos tenían un significado contextual y contenían un mensaje muy concreto dirigido a una audiencia que sabía entenderlo. La destrucción pública de riqueza en un acto funerario público permitía a los descendientes reivindicar el estatus del ascendiente fallecido en un marco de competitividad muy acentuado, independientemente de su posible origen étnico (Quirós y Vigil-Escalera, 2011).

Figura 2. Broche de cinturón del siglo vi procedente del yacimiento de Gózquez (Madrid).

De hecho, la diferencia más sustancial existente entre las fuentes materiales y textuales reside en el carácter no verbal de las primeras. El arqueólogo ha de construir sus fuentes, al igual que el historiador. Pero el arqueólogo, además, tiene que crear un protocolo para «dar sentido» e interpretar el mundo de las cosas. El mutismo de los objetos frente a la capacidad expresiva de los textos constituye, pues, una nueva barrera, y ello requiere tanto de procedimientos y técnicas rigurosas como de los marcos teóricos adecuados. Tal y como ha planteado Mark Leone, fuentes distintas tienen diferentes estatutos epistemológicos (Leone, 2010).

Una vez comprendidas estas diferencias, el problema reside entonces en cómo utilizar críticamente ambos registros informativos para construir nuestra representación del pasado. Incluso, cómo construir desde la arqueología una narrativa propia que valorice, y no refleje de forma especular, el discurso histórico.

Estos bordes rugosos de confrontación, tal y como los denomina Miquel Barceló en este volumen, se han resuelto de forma muy variada. Algunos autores han apostado por reclamar una autonomía disciplinar de la arqueología respecto a la historia en términos operativos, mediante la construcción de narrativas independientes que puedan confrontarse cuando hayan alcanzado un determinado nivel de complejidad. Uno de los autores más explícitos en este sentido ha sido Riccardo Francovich, quien ha propuesto «interpretar correctamente las fuentes materiales más que proponer interpolaciones aproximativas y ocasionales entre fuentes fragmentarias de distinta tipología: la síntesis se alcanzará cuando el cuadro esté definido de forma más homogénea» (Francovich y Wickham, 2005, p. 351).

Otros autores, desde el procesualismo, han pretendido realizar un uso mucho más instrumental del registro textual con el fin de obtener recursos narrados que permitiesen, al igual que la etnoarqueología, mediar entre el mutismo de los objetos y su significado y funcionalidad.

Dentro del postprocesualismo, uno de los intentos más densos realizados para lograr esta integración entre fuentes de distinta naturaleza es la denominada «arqueología documental» desarrollada en el marco de la arqueología histórica norteamericana, la cual propugna la interpretación de las fuentes en términos contextuales y no solamente como fuentes de información (Wilkie, 2006).

Esta idea ha sido desarrollada por John Moreland en este volumen. Según este autor, los textos y los objetos son mucho más que meras fuentes del pasado, puesto que han tenido un papel activo en la construcción social. Por lo tanto, comprender su significado en términos contextuales amplifica y potencia su capacidad explicativa. Los casos propuestos de Karanis, Vindolanda o de Annapolis son muy significativos.

En cualquier caso, todos estos problemas son de naturaleza teórica y, por lo tanto, es en este marco donde deben plantearse. Tal y como sugiere Miquel Barceló en este volumen, más allá de la distinta naturaleza de las fuentes, estas adquieren sentido dentro de un marco teórico sobre una determinada sociedad. De hecho, este autor hace una propuesta explícita de carácter teórico desde el materialismo, poniendo en el centro de la comprensión de las dinámicas sociales el registro arqueológico campesino en toda su complejidad, con el fin de explicar el cambio social. La discusión sobre las sociedades campesinas, lo que denomina la nueva genealogía de los poderes feudales, o de las migraciones como factor de cambio histórico, constituyen agendas grávidas de consecuencias para la construcción del registro arqueológico.

Arqueología y patrimonio: las «dos arqueologías»

Varios de los trabajos recogidos en este volumen inciden sobre uno de los aspectos que más profundamente ha transformado la práctica y la teoría de la arqueología en los últimos decenios: la compleja relación que se ha creado entre la arqueología, nacida como una disciplina científica que aspira a reconstruir la historia de las sociedades a partir de la materialidad, y el patrimonio arqueológico, categoría de carácter normativo que determina los criterios de actuación y protección sobre aquellos elementos del registro arqueológico que son considerados socialmente significativos. Y aunque los arqueólogos que han reflexionado sobre esta relación coinciden unánimemente en señalar que ambas esferas de la actividad arqueológica han de ser indistinguibles en términos conceptuales (Criado, 1996; Barreiro, 2005; Vicent, 2008), la verdad es que el carácter bipolar de la práctica de la disciplina condiciona notablemente su esencia. Analizaremos brevemente a continuación los componentes de esta compleja ecuación.

¿QUÉESELPATRIMONIOARQUEOLÓGICO?

La re-conceptualización de la arqueología como una ciencia del patrimonio (Criado, 2012) ha supuesto una de las transformaciones más profundas que ha conocido la disciplina en los últimos decenios. Hasta hace no demasiado tiempo los materiales y los yacimientos arqueológicos no eran más que fuentes para obtener información del pasado. Los objetos dotados de valores estéticos y formales constituían el vínculo con el pasado y se presentaban en museos arqueológicos desnudos, convertidos con frecuencia en cacharrerías, mientras que los mismos arqueólogos se constituían en una casta sacerdotal orientada hacia el culto fetichista de las piezas, que una vez expuestas se auto-explicaban. El producto final de la acción del arqueólogo era una narración, frecuentemente dirigida a una elite de colegas y especialistas, mientras que la divulgación no era sino la hermana pobre de la labor arqueológica.

La arqueología como ciencia del patrimonio, también conocida como Arqueología Pública[5], ha invertido el orden de los factores, pero sobre todo ha reorientado sus prioridades. De hecho, la reconceptualización del patrimonio cultural como objeto de investigación y como recurso social es uno de los mayores logros de las humanidades y las ciencias sociales en los últimos años. Esta noción, gestada como una definición de carácter normativo y administrativo (siendo muy relevante a estos efectos la Ley de Patrimonio Histórico Español del año 1985), ha adquirido dentro del paradigma posmoderno nuevos contenidos y significados. Las reflexiones epistemológicas y teóricas han incidido de forma progresiva en el patrimonio como objeto de gestión (Querol y Martínez, 1996; Querol, 2010), de ordenación territorial (Fernández Cacho, 2008), de estudio científico desde distintos parámetros (Criado, 1999), de recurso social y económico (Ballart, 1995), de espacio de percepción y creación de identidades (Hernando, 2002), como nicho laboral y de ocupación (Parga-Dans, 2010), etcétera.

El concepto de patrimonio es un concepto difícil debido a su carácter polisémico y al hecho de que ha adquirido significados cambiantes en los últimos años. Esta heterogeneidad se puede ver reflejada en cómo otros idiomas definen el patrimonio histórico. En inglés se usa el término de heritage, que hace referencia a la herencia, a los bienes recibidos. En italiano se habla de beni culturali (y de hecho existe un Ministerio así denominado), de manera que el acento a la hora de definir el patrimonio se pone en su carácter de bien, de recurso, similar al término cultural resources empleado en Estados Unidos. En Francia, como en España, se hace referencia a la noción de patrimoine archéologique.

Utilizaremos como punto de partida la propuesta del arqueólogo Michael Shanks, quien ha definido el patrimonio como «aquello que el presente valora del pasado, y el valor del pasado reside en su contribución al sentido contemporáneo de identidad y riqueza» (Shanks, 2008, p. 127).

Dos, pues, son los componentes que entran en juego. Por un lado, una serie de objetos o cosas, materiales o inmateriales, relativas al pasado. En particular, cuando nos referimos al patrimonio arqueológico hablamos de objetos o estructuras, normalmente asociados y relacionados en lo que llamamos contexto, de carácter frágil, de manera que cualquier intervención sobre estos bienes es irreversible. Además, se trata de un bien que es finito y no regenerable, por lo que asumimos una gran responsabilidad al trabajar con él.

Sin embargo, el hecho de que el patrimonio arqueológico no sea regenerable no quiere decir que no se pueda ampliar resignificando elementos ya existentes y dándoles un nuevo sentido y, sobre todo, un nuevo valor. Como señala Shanks, es el significado en el mundo contemporáneo el que da o quita el carácter patrimonial a los objetos, tanto en términos formales como identitarios o de valor (Shanks, 2008).

Uno de los ejemplos más evidentes de este proceso es la diferente consideración que la arquitectura rural de época moderna y contemporánea puede tener en medios sociales muy distintos. En el País Vasco se han inventariado más de 2.000 caseríos, y la normativa exige la realización de una intervención arqueológica preventiva de forma previa a la rehabilitación de estos bienes. De hecho, a lo largo de los años se han estudiado numerosos caseríos y en el propio Museo del Caserío Vasco en Igartubeiti (véase la figura 3) se realizó una excavación que permitió identificar una vivienda realizada sobre postes de madera de época medieval (Santana et al., 2003).

Figura 3. Caserío de Igartubeiti (Ezkio-Itsaso, Guipúzcoa).

Algo más al oeste, en Asturias, las caserías no cuentan con un régimen de protección especifico, pero sí los hórreos, paneras, cabazos y los teitos (véase la figura 4). De hecho, el Principado de Asturias financia la restauración y conservación de estos bienes de forma regular y la Ley de Patrimonio Cultural del Principado de Asturias regula explícitamente cómo han de construirse nuevos hórreos, paneras y cabazos, y prohíbe expresamente la modificación de aquellos construidos antes del año 1900[6]. No son muchas las intervenciones arqueológicas realizadas en los hórreos, aunque en lugares como Vigaña Arceu (Belmonte de Miranda) se ha identificado un cementerio medieval bajo uno de ellos.

Figura 4. Hórreo de El Batón, Bustio, Villaviciosa (Asturias), año 1505.

¿Qué es lo que diferencia un caserío del País Vasco de una casería en Asturias? Sustancialmente, su significado y su percepción por parte de la sociedad actual, que representa su pasado a través de objetos monumentalizados. En el País Vasco, el reconocimiento de la identidad del mundo rural tradicional se ha producido a través de los caseríos, construcciones domésticas realizadas a partir del siglo XV que agrupan bajo un mismo techo distintas funciones y usos, incluyendo el almacenaje de los productos agrarios. En cambio, en Asturias han sido el hórreo, las paneras y los cabazos los elementos que han terminado por identificar, en el imaginario colectivo, el paisaje tradicional asturiano, de tal manera que las caserías no están protegidas, pero los hórreos y las paneras sí. Y aunque conocemos la existencia de hórreos en los documentos escritos altomedievales, los ejemplares más antiguos conservados en el área de Villaviciosa se han de atribuir a inicios del siglo XVI (Balbín Loredo, 2009, pp. 44-49).

Por otro lado, a pesar de que son tipos constructivos creados y utilizados en contextos históricos muy concretos, los caseríos en el País Vasco y los hórreos en Asturias son percibidos como permanentes y «tradicionales». Por lo tanto, el caserío en el País Vasco y los hórreos, paneras o cabazos en Asturias son «expresiones relevantes de las culturas y las formas de vida tradicionales», tal y como se recoge en la normativa que regula el patrimonio histórico en España.

Este ejemplo es suficientemente significativo para establecer algunas consideraciones:

– En primer lugar, que el patrimonio se construye dotando de significado y de relevancia contextual a los objetos, los lugares o los monumentos que hemos heredado del pasado. Es, pues, una construcción presente en cuanto que reconoce elementos que son significativos en la actualidad según determinadas lógicas sociales y, por ello, merecen ser conservados. Por lo tanto, el patrimonio de un determinado lugar no se define de forma definitiva y requiere de una permanente actualización en función de valores y significados cambiantes (Criado, 2012, p. 121).

– En segundo lugar, la arqueología, en cuanto disciplina que «da sentido» y otorga significados a las cosas heredadas del pasado, es una potente herramienta para construir el patrimonio a partir del registro arqueológico. Dicho de otra manera, la arqueología no es una disciplina basada sustancialmente en el hallazgo de cosas, sino en la construcción de significados. De hecho, muchos de los objetos con los que trabaja, como ocurre con las arquitecturas y con muchos yacimientos de época histórica, no están ocultos y se pueden ver cada día.

– No es por lo tanto determinante la entidad formal, monumental o estética de los objetos o de los yacimientos sobre los que se interviene, sino que es la naturaleza de los significados que se construyen lo que cualifica los proyectos patrimoniales. De este modo la cosificación y la descontextualización de los objetos provoca la «descapitalización» de su valor patrimonial, sea cual sea su identidad. Igualmente, las prácticas de exclusión de la memoria determinan el olvido y la marginalización de muchos elementos culturales.

– En cuarto lugar, el arqueólogo tiene que ser un especialista en historia, pero también en la memoria. Para que un bien sea significativo en términos sociales, y por lo tanto pueda ser revertido en términos patrimoniales, se debe realizar un salto desde el ámbito académico a los contenidos simbólicos e ideológicos actuales que configuran la memoria, lo que en ocasiones genera conflictos y polémicas. No resulta siempre sencillo, por ejemplo, argumentar, fuera del ámbito académico, que los caseríos aparecen en los paisajes vascos «solamente» a partir de finales del siglo XV y que no son monumentos «tradicionales» y permanentes en el territorio.

Pero si uno de los objetivos fundamentales de la actividad de los arqueólogos ha de ser la construcción del patrimonio «dando sentido» a los objetos para que sean significativos en la memoria social, la praxis diaria en la que se mueve la arqueología dista mucho de ser tan permeable a este tipo de iniciativas.

LAEMERGENCIAYLACRISISDELAARQUEOLOGÍACOMERCIAL

Tal y como explica en su capítulo J. Roig, desde los años ochenta y noventa la arqueología ha salido de los ámbitos académicos y museísticos para implantarse en la Administración y en el mercado profesional. Los efectos que ha comportado la descentralización de la gestión del patrimonio cultural en general, y arqueológico en particular, como consecuencia de la aprobación de la Ley de Patrimonio Histórico, han sido muy profundos y probablemente aún no tenemos la perspectiva adecuada para valorarlos en toda su complejidad[7].

Anteriormente la arqueología era una ciencia de unos pocos, con papeles y roles bien establecidos. Por un lado estaban los universitarios e investigadores que se ocupaban de investigar y escribían áridas descripciones y análisis, con frecuencia ininteligibles para los no iniciados. Por otro lado estaban los museos, detentadores de objetos y de colecciones de materiales que se auto-explicaban sin necesidad de un discurso o un relato externo a la propia materialidad de las piezas. Eran, igualmente, exposiciones dirigidas a los iniciados o a la promoción de los valores estéticos más que los históricos.

Con posterioridad a la aprobación de la Ley de Patrimonio Histórico Español del año 1985, los agentes se han multiplicado, pero de alguna manera los límites se han difuminado. Al lado de los arqueólogos académicos y de los museos ha surgido una densa red de profesionales y empresas que trabajan con y en la Administración al servicio de la gestión del patrimonio arqueológico, así como en la profesión liberal, ejecutando intervenciones de carácter preventivo o de urgencia.

La multiplicación de los sujetos activos no se ha realizado sin conflictos o contradicciones (Criado, 1996; Vicent, 2008; Moya, 2010). En muy poco tiempo, los grupos que detentaban de forma hegemónica la dimensión científica de la arqueología se han visto desplazados, tanto en términos económicos (los presupuestos mayores ya no están en los proyectos académicos), de legitimidad (qué uso social tiene la arqueología académica en un contexto en el que los yacimientos se destruyen diariamente) y social (para quién trabajan y escriben estos autores). A su vez, la nueva administración, infradotada de recursos humanos, ha tenido que desarrollar y crear un sistema de protección y gestión de la destrucción del patrimonio arqueológico basándose en una legislación de corte positivista y empirista, que elude en la mayor parte de los casos la planificación y la racionalización de los recursos y las intervenciones. Los profesionales han tenido que inventarse literalmente una profesión, con un alto coste personal y profesional, lo que justifica la constante renovación generacional de los actores implicados en este ámbito de trabajo. Por último, los museos han tenido que renovarse profundamente, puesto que a su tradicional papel expositivo y, durante mucho tiempo, administrativo, se ha unido el de acoger en sus almacenes volúmenes enormes de materiales arqueológicos que han desbordado su capacidad, seleccionando los materiales a conservar aplicando sesgos poco coherentes con la propia concepción actual del patrimonio arqueológico.

En definitiva, a partir de los años ochenta se han puesto en España las bases normativas que han permitido el desarrollo de la arqueología como una profesión liberal. Las brutales intervenciones que han tenido lugar en las periferias de las grandes ciudades han llevado a urbanizar miles hectáreas, incluso zonas previamente protegidas por su riqueza arqueológica. También las infraestructuras promovidas por las administraciones y las empresas (trenes de alta velocidad, autopistas, gaseoductos, redes de riego, etc.) han sido un motor muy importante para el desarrollo de la arqueología comercial. Eva Parga-Dans ha realizado en su tesis doctoral un diagnóstico y una valoración de la arqueología comercial en España en los años 2008-2009, cuando la crisis ya había golpeado el sector (Parga-Dans, 2010). Se ha estimado que en estos años había unas 300 empresas dedicadas a la arqueología en España, la mayor parte de ellas pequeñas o muy pequeñas, y el sector comercial daba trabajo al menos a unos 2.500 profesionales.

No obstante, resulta difícil valorar el volumen de la actividad arqueológica realizada en los últimos treinta años, puesto que carecemos de estadísticas fiables para el conjunto del país y, en la mayor parte de los casos, solamente contamos con estimaciones. Se ha calculado que en 2006 y 2007 se realizaron más de 10.000 intervenciones en toda España (Almansa, 2011, p. 273), aunque hay diferencias territoriales muy importantes entre las distintas comunidades autónomas. En Andalucía se autorizaron unas 5.312 actividades arqueológicas entre 2005 y 2010 (Aranda, 2011, p. 15), mientras que en Cataluña en el periodo 1981-2007 se llevaron a cabo 11.820 intervenciones preventivas y 2.476 en el marco de proyectos de investigación (Gracia Alonso, 2009). En el País Vasco son 3.222 las intervenciones arqueológicas que se realizaron entre 1983 y 2011. La gráfica relativa a este territorio muestra un aumento creciente entre los años ochenta y el año 2007, cuando la tendencia se invirtió bruscamente, aunque parece que en los últimos años el mercado se ha estabilizado nuevamente (véase la figura 5).

Figura 5. Número de intervenciones arqueológicas realizadas en el País Vasco en los años 1981-2011 (Fuente: Arkeoikuska).

Por lo tanto, podemos afirmar que el impacto de la crisis sobre el sector ha sido muy notable. Se calcula que el adelgazamiento de las empresas más sólidas supera el 40 por 100 (Vigil-Escalera, 2011), y que en zonas como Andalucía el 80-90 por 100 de los autónomos ha dejado su trabajo[8].

Estas cifras, dramáticas, reflejan la debilidad de un sector caracterizado por un conocimiento altamente cualificado, pero excesivamente dependiente de agentes externos y escasamente diversificado (Parga-Dans et al., 2012). Por otro lado, los efectos de la crisis económica ocultan otros problemas estructurales que caracterizan no solo la arqueología comercial, sino toda la arqueología profesional. Tal y como señala Felipe Criado en su capítulo, la creación de la arqueología comercial ha sido un proyecto fallido en España: no era esto.

Belén Martínez y María Ángeles Querol denuncian en su texto cómo la gestión del patrimonio arqueológico se ha resuelto, sustancialmente, mediante la gestión de la destrucción de ese patrimonio a cambio de llevar a cabo intervenciones previas que valorasen, y en algunos casos recuperasen, los restos que se iban a destruir. Es decir, la práctica de la arqueología comercial ha tenido como horizonte operativo principal liberar de cargas arqueológicas los lugares donde se ubicaban los yacimientos, con resultados nefastos. La destrucción de patrimonio arqueológico ha sido tan importante en estos años, que Martínez y Querol proponen redefinir completamente la noción de arqueología preventiva, orientándola hacia prácticas de preservación e incidiendo sobre la planificación. Estas autoras proponen una praxis preventiva contraria a la excavación y la práctica arqueológica destructiva: no nos podemos permitir el lujo de continuar destruyendo restos arqueológicos, por mucho conocimiento histórico que esta destrucción comporte. De hecho, no faltan arqueólogos que han saludado la llegada de la crisis como una forma de parar el proceso de destrucción del patrimonio (Aitchison, 2009), aunque el resultado más evidente ha sido la precarización de las condiciones de trabajo, lo que ha significado el fin de la actividad de muchos profesionales.

Pero quizá la mayor frustración de la arqueología comercial se deriva del alto nivel de autoconciencia alcanzado por los profesionales acerca de, por un lado, la fragilidad de los elementos patrimoniales y la naturaleza de los intereses que determinan su destino y, por otro, de las limitaciones en las que se desarrolla su actividad. Una vez asumida la noción de patrimonio arqueológico entendido en términos de bienes colectivos protegidos por ley, la cual determina conceptualmente la existencia de la arqueología comercial, resulta cuanto menos sorprendente percatarse de que el valor social y científico atribuido a esta actividad es realmente escaso o inexistente. A pesar del alto nivel de formación especializada de los arqueólogos que operan en este ámbito, es normal que sus condiciones laborales, empezando por las salariales, sean inferiores o muy inferiores a los de los peones y otros trabajadores de la construcción con los que comparten obra. Y aunque la firma de varios convenios colectivos en los últimos años haya abierto el camino para una regulación del sector, la realidad es que esta vía no se ha demostrado como la más eficaz para resolver los problemas, tal y como señala J. Roig en su texto.

Si el mercado laboral genera frustraciones en términos de precariedad, condiciones de trabajo mejorables, salarios bajos y un escaso reconocimiento social (especialmente comparado con otras profesiones), sería lógico pensar que al menos esta actividad estuviese especialmente valorada y apreciada por el colectivo restante de historiadores y arqueólogos y, en concreto, por los universitarios y académicos. En el fondo, son estos últimos los que han ido formando a los profesionales que operan en el ámbito de la arqueología comercial. Además, esta constituye la última tabla de salvación de numerosos yacimientos arqueológicos de gran interés para construir el relato arqueológico.

Sin embargo, la historia de la relación entre la arqueología comercial y la arqueología académica en España está llena de desencuentros y olvidos: se ha cuestionado el carácter científico de las intervenciones preventivas, así como la preparación del colectivo que opera en el sector comercial; frente a la colaboración universidad-empresa se ha privilegiado el conflicto; en no pocas ocasiones las instituciones académicas han intervenido en la arqueología comercial mediante prácticas de competencia desleal, etc. Esto ha comportado una ulterior fractura, puesto que la arqueología comercial ha terminado por perder la referencia que suponía la construcción de productos de carácter académico que habrían rentabilizado en términos de conocimiento histórico.

De hecho, hay que constatar que la mayor parte de las intervenciones realizadas desde la arqueología comercial no han creado valor en términos patrimoniales, sociales o científicos. La alienación de los trabajadores, que han llegado a autoexplotarse (Díaz del Río, 2000; Vicent, 2008; Moya Maleno, 2010), las limitaciones de un sistema normativo que ha creado las condiciones para financiar la liberación de las cargas arqueológicas pero no la creación de valor (véase J. Roig en este volumen) y las carencias de una administración que no siempre ha podido/sabido/querido establecer mecanismos de control de calidad y formas de planificar la práctica de la arqueología en relación con el uso del suelo (Vigil-Escalera, 2011) son los ingredientes de esta «indigestión» de la gestión.

Pero seríamos muy injustos si no se reconociese, por otro lado, las importantes aportaciones realizadas desde la arqueología comercial. Aunque las condiciones de partida no eran las mejores, puesto que la formación recibida en las universidades no era la más adecuada, desde la arqueología comercial se han realizado algunos de los proyectos arqueológicos más complejos que se han desarrollado en nuestro país. Jordi Roig, en su capítulo, señala solo algunos de ellos. En las periferias de ciudades como Madrid o Barcelona se han realizado, en los últimos quince años, intervenciones en extensiones de entre 20 y 100 hectáreas aplicando innovaciones metodológicas y técnicas de gran importancia a varios niveles. Y aunque estos protocolos solamente han sido parcialmente socializados, el know-how acumulado por algunas de las principales empresas de arqueología en España en estos años es un tesoro que ahora está comprometido por la propia crisis.

Sus aportaciones también han sido y son muy relevantes en términos de construcción de conocimiento e investigación básica, tal y como ha sido subrayado por varios autores (por ejemplo Vicent, 2008). Solamente por poner un ejemplo, nuestro conocimiento sobre las sociedades protohistóricas y altomedievales peninsulares se ha modificado sustancialmente gracias a la labor de la arqueología comercial, tal y como expone Jordi Roig en este volumen.

TODOESTO, ¿TIENESOLUCIÓN?

Llegados a este punto, hay que preguntarse si todas estas contradicciones que están penalizando sobre todo la arqueología comercial tienen alguna salida. Desde luego, los trabajos más recientes dedicados a la evaluación crítica de este estado de cosas no son muy optimistas (Almansa, 2011), pero todavía hay algunos aspectos clave sobre los que merece la pena reflexionar.

En primer lugar, una de las principales debilidades del sistema reside en la formación de nuevos profesionales y en las actitudes de la Academia. Es sobre las universidades, el lugar en el que se forma a todos los arqueólogos profesionales, donde recae la mayor responsabilidad de generar sinergias que favorezcan una nueva epistemología de la praxis arqueológica (Barreiro, 2006). Esta institución destinada a liderar y anticipar, en términos de innovación, los cambios en el campo de conocimiento, en este caso, como en otros, ha resultado ser en ocasiones más el problema que la solución. Pero hay que ser optimistas. Los vientos del cambio recorren las aulas y los departamentos de algunas universidades españolas, y los estudiantes que deseen contar con una formación en arqueología ya pueden, por primera vez en nuestro país, cursar un grado o un posgrado especializado. Y aunque solamente tres centros de enseñanza superior española oferten estas titulaciones y las innovaciones impulsadas desde el sector comercial no se han volcado a la formación universitaria, el avance es indudable (Ruiz Zapatero, 2005, 2009)[9].

En segundo lugar, buena parte de las contradicciones que se han generado en torno a la gestión del patrimonio han de buscarse en el marco normativo que se creó a raíz de la ley del año 1985 y su posterior desarrollo legislativo en las comunidades autónomas. Este marco legal se creó cuando el número y la naturaleza de las intervenciones arqueológicas realizadas en nuestro país era muy reducido respecto a las magnitudes que hemos citado más arriba. Y aunque muchas comunidades autónomas estén ahora mismo desarrollando las leyes de tercera generación, tal y como señalan Martínez y Querol, el marco conceptual sigue estando muy constreñido por los estrechos márgenes de la ya mencionada ley estatal. Por lo tanto, es urgente un cambio normativo profundo y valiente que siente las bases para que la arqueología comercial cree valor y se consolide como un sector profesional digno. Hay muchos referentes en otros países europeos que han atravesado crisis análogas a la nuestra y que han buscado y hallado remedios. Así, por ejemplo, la colaboración interinstitucional entre sector público y privado, entre universidades y centros de investigación con las empresas de arqueología, es una vía obligada que algunos recorremos desde hace años.

Una segunda vía es la de asumir que la contraprestación debida por la destrucción del patrimonio no es una arqueología que se limite a documentar restos y a recuperar objetos para los depósitos y los museos arqueológicos. La única contraprestación posible de la destrucción de «patrimonio» (que, en términos administrativos, quiere decir lugares u objetos inventariados) es crear patrimonio significativo socialmente en el presente. Dicho de otra manera, cualquier intervención sobre el patrimonio que no genere conocimiento significativo y socializado no construye patrimonio: destruye objetos y los contextos originales que no lograrán convertirse en patrimonio. Como ha señalado R. Francovich, no sirve de nada excavar para acumular datos incoherentes: «la excavación ajena a un proyecto de investigación y de socialización no tiene sentido» (Francovich, 2008, p. 142).

La planificación de las intervenciones arqueológicas en función del valor del suelo en términos patrimoniales, científicos y sociales es otra de las alternativas fundamentales (Carver, 2003; Carver, 2011). Frente a la ilusión de que se puede salvar «todo», si es que pudiésemos definir objetivamente los límites de un yacimiento o de «todo» el patrimonio arqueológico, resulta mucho más realista, pragmático y productivo considerar que hace falta destruir –mediante los procedimientos arqueológicos adecuados– una parte para poder dar significado a un todo, y que es necesario articular protocolos de evaluación y de intervención (Criado, 1995). De ello deberían derivarse nuevas formas de gestionar la destrucción y de construir patrimonio. Muchas intervenciones arqueológicas preventivas que se realizan en la actualidad son innecesarias o contraproducentes por diferentes motivos (deficiente conservación de los depósitos arqueológicos, ausencia de proyectos capaces de «dar sentido» a los hallazgos, carencia de formas de socialización del patrimonio), ya que no generan más que ruido de fondo y consumen abundantes recursos que socavan la legitimad de la práctica arqueológica. En cambio, otras intervenciones están infradotadas de medios y de legitimidad social, de tal manera que no generan valor; solamente problemas. Hoy contamos con herramientas suficientes para planificar y determinar estrategias de actuación solventes, tal y como se viene haciendo en el ámbito de la arqueología urbana anglosajona desde hace años (véase la figura 6).

Figura 6. Protocolo de intervención sobre el patrimonio (Carver, 2009).

Esto nos lleva a un tercer aspecto: la falta de liderazgo de las administraciones públicas en los procesos de gestión del recurso arqueológico. La escasez de recursos de los que han dispuesto las administraciones autonómicas y el papel subalterno atribuido a las competencias de cultura ha determinado que buena parte del protagonismo de la intervención del patrimonio se haya delegado en las propias empresas que negocian con los promotores y con los gestores las formas más adecuadas de intervenir sobre el patrimonio y, al mismo tiempo, salvaguardar el negocio. De este modo, muchos arqueólogos territoriales terminan por ser meros administrativos que tramitan permisos, pero carecen de recursos o de capacidad para poder establecer un control de calidad exhaustivo que excluiría a algunos profesionales y potenciaría a otros, siguiendo lógicas a menudo contrarias a las que decreta el mercado (Vigil-Escalera, 2011).

En definitiva, como ha señalado recientemente Jaime Almansa (2011), otra arqueología es posible y ya hay grupos que están construyendo las alternativas. Muchos de estos cambios requerirán movilizar buena parte de los colectivos que participan de esta compleja ecuación. Y aunque ahora se cierra una de las etapas más productivas e ilusionantes de la arqueología en España, las bases para aprender de esta crisis de crecimiento están puestas.

Los ámbitos de actuación de la arqueología

En la última parte este volumen se recogen tres trabajos dedicados a explorar, de forma más concreta, tres ámbitos privilegiados de la práctica arqueológica que tienen y tendrán un protagonismo sustancial en los próximos años: los paisajes, las ciudades y las arquitecturas.