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"La sociedad venezolana es una continua transformación, es una mutación perenne que deja atrás y sin piedad lo que fuimos, por un ansia insaciable de lo que seremos". Bajo esta premisa, Briceño-León aborda la modernidad mestiza de Venezuela, su dinamismo, su oropel y su fragilidad, atendiendo desde el impacto que tuvo en la política la modernidad petrolera, ocasionando un igualitarismo tradicional y un estado de necesidad, pasando por una revisión de la división social, la influencia de las migraciones europeas, la raza, el racismo y la exclusión social, para cerrar con una explicación de la relevancia del mestizaje para la práctica sociológica. Investigar y debatir desde la sociología sobre la constitución social, cultural, económica y política de Venezuela ha sido una labor ininterrumpida y comprometida para Roberto Briceño-León quien, en este nuevo título y a partir de múltiples estudios sociológicos realizados a lo largo de varias décadas, analiza, desde la teoría y el trabajo de campo con diferentes actores de la diversa sociedad venezolana y su mestizaje que, como realidad social y práctica sociológica, está convencido de que lejos de ser un pecado, debe ser considerado orgullo y sobre todo esperanza.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
A quienes nos abrieron las puertas de sus casas y sus sentimientos para hacer esta investigación posible.
Al pie del cerro, muy cerca del primer rellano de las empinadas escaleras, se había estacionado el camión y los cargadores bajaban con cautela las lavadoras, cocinas y neveras que integraban el «combo de línea blanca» que el gobierno estaba ofreciendo a precios diminutos durante la campaña electoral del año 2012.
Sin embargo, Juan no se afanaba por vigilar esos productos, su mirada estaba fija en la delgada y larga caja marrón que demoraban en descargar. Su cara de ansiedad se mudó pronto, y un gesto de fruición se dibujó en su rostro al aparecer la marca japonesa de la televisión y, en letras grandes y azules, las especificaciones de «Plasma, 42 pulgadas». De reojo, detallaba cómo sus vecinos veían el empaque con venerable admiración.
Junto con su hijo cargaron la caja por las tortuosas escaleras. La caja no era tan pesada como difícil de maniobrar en las curvas de las veredas, los mismos senderos que habían dejado como caminos los urbanistas improvisados, cuando, años atrás, invadieron esas tierras y construyeron trochas para poder erguir sus casas con vista a la ciudad. Ellos conocían bien el camino, pues muchas veces lo habían recorrido para ir al trabajo o a la escuela, o para subir los tobos de agua que llenaban en un camión cisterna que mandaba la Alcaldía cuando, como había sucedido durante las últimas tres semanas, no llegaba el agua por la tubería de la casa.
A pesar de su familiaridad con el recorrido, iban lento, cuidando el aparato y mostrando con orgullo ante los pasantes su nueva posesión, la gran pantalla en la cual ahora podrían ver no solo los partidos de béisbol y los concursos de Miss Venezuela que transmitía la televisión local, sino los de todo el mundo, pues sobre el techo de zinc de su vivienda tenían desde hace tiempo una pequeña antena parabólica con la marca de una de las grandes distribuidoras de televisión por satélite del mundo. Ahora, su casa sería moderna.
Era el orgullo moderno de una televisión plasma de 42 pulgadas en una casa que no disponía de agua corriente. Es la modernidad mestiza de Venezuela.
***
Este libro se gestó durante muchos años. Es el resultado de múltiples estudios sociológicos realizados a lo largo de varias décadas. Es el producto de entrevistas a profundidad que he llevado a cabo con empresarios y delincuentes; de grupos focales con madres solteras y sindicalistas; de sucesivas encuestas nacionales de población con muestras aleatorias; pero sobre todo del diálogo amistoso, entre los aromas de un café guarapo, con los campesinos de Cojedes, Carabobo o Trujillo, y con los trabajadores urbanos de los barrios de Caracas, Ciudad Guayana o Tinaquillo.
Los capítulos que aquí se presentan derivan de entrevistas realizadas en contextos distintos y con propósitos diferentes. Fueron posible por el apoyo de instituciones como el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico (CDCH) de la Universidad Central de Venezuela, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conicit), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (CIID) del Canadá, y el Lincoln Institute of Land Policy, y su análisis y escritura por el tiempo que me ofrecieron el Saint Antony’s College de la Universidad de Oxford, el Centre Nationale de Recherche Scientifique y la Université de La Sorbonne, Paris III, y el Woodrow Wilson International Center for Schollars.
Algunos textos son inéditos y otros fueron reescritos y actualizados en conceptos y datos estadísticos o cualitativos, pues ya habían sido parcialmente publicados en formato de reportes de investigación o artículos. Todos los textos fueron reinterpretados para poder dar cuenta de la modernidad venezolana, de su dinamismo, su oropel y su fragilidad.
El libro consta de dos partes. En la primera se revisa la modernidad petrolera y su impacto en la política, se muestra cómo el ingreso petrolero, que ayudó a construir la democracia, ha permitido también la instalación del estatismo autoritario, impedido el desarrollo capitalista del sentido de propiedad, y fomentado la corrupción, propiciando el igualitarismo tradicional y la acción social orientada por el estado de necesidad, y no por el esfuerzo y el trabajo.
La segunda parte revisa la estructura social y cómo la modernidad impulsada por esa actividad económica y la cultura de la empresa petrolera la ha modificado. En esta parte se hace una revisión histórica de las interpretaciones que ha dado la sociología venezolana a la división social. Se presentan los resultados de mis investigaciones sobre la representación de los venezolanos de cómo es y cómo debe ser la división social, sobre el impulso que significaron para la modernización las inmigraciones europeas y sobre el papel que cumplen la raza y el racismo vergonzante en el cerramiento y la exclusión social.
Los dos capítulos adicionales, al inicio y al final, muestran al comienzo la propuesta de la modernidad mestiza en una discusión con la teoría social y la realidad latinoamericana, y al cerrar, la relevancia del mestizaje para la práctica sociológica.
Un libro de sociología nunca es el mismo. Así como la filosofía clásica nos enseñó que una persona no se baña dos veces en el mismo río, el análisis de la sociedad que resulta de la sociología siempre es diferente. La sociología es una cuando se realizan las investigaciones, otra cuando tiempo después se interpretan y escriben los resultados, y otra distinta cuando se lee el libro, pues la sociedad ha cambiado, y los ojos y la mente del lector también se han modificado.
Nuestro deseo es que este libro, en lugar de incitar a la pureza, contribuya a mostrar que el mestizaje, como realidad social y práctica sociológica, no es un pecado, sino un orgullo y una esperanza.
La sociedad venezolana es una continua transformación, es una mutación perenne que deja atrás y sin piedad lo que fuimos, por un ansia insaciable de lo que seremos. Venezuela es uno de los países donde la aceleración de la historia puede percibirse con mayor vigor y transparencia.
A comienzos del siglo XX, cuando Caracas era apenas un pueblo grande, otras ciudades de América Latina ya podían ostentar, con razonable orgullo, el título de metrópolis. En 1913, mientras en Caracas los transportistas estaban vendiendo los caballos que habían tirado los tranvías, pues comenzaba a funcionar el primer vagón eléctrico, ya en Buenos Aires se estaba inaugurando su transporte subterráneo, apenas una década después del inicio de operaciones del Métropolitain de París.
Pero los cambios fueron grandes y rápidos. A fines de los años treinta, el gobierno de la ciudad contrató al arquitecto francés Maurice Rotival para que elaborara el primer plan urbano de Caracas; el equipo técnico que lo acompañaba pensó que la ciudad podía crecer mucho en los años siguientes y estableció unas proyecciones de población alarmantes: ¡podía alcanzar hasta los ochocientos mil habitantes hacia fines del siglo! Cuentan los actores del proceso que, muchas personas, sorprendidas, les reclamaron el desatino de llegar a pensar que aquel pequeño pueblo de casas solariegas y techos rojos pudiera llegar a tener casi un millón de habitantes al acercarse el año 2000... La realidad fue que la población de la capital creció cuatro veces más de lo previsto como exagerado.
En los años sesenta y setenta del siglo pasado, las autopistas de varios niveles y los edificios rascacielos, la masificación de la educación y la caída de la dictadura con la construcción de una institucionalidad democrática, impulsó la imagen de una sociedad moderna. Quizá, para ese entonces, la más avanzada y moderna de América Latina. Pero, ¿era realmente así? Para algunos estudiosos, Venezuela ha sido apenas una modernidad de fachada; para otros, los cambios del país han ocasionado una real transformación de la sociedad que no hemos sabido interpretar bien. ¿Es moderna la sociedad venezolana? ¿Cómo es nuestra modernidad?
La única manera de poder evaluar nuestra modernidad es combinando la teoría social clásica con los estudios específicos de nuestra sociedad. Procurando identificar los rasgos que desde hace dos siglos las corrientes teóricas del pensamiento social le asignan a la modernidad y confrontarlas con los procesos sociales reales, con las transformaciones vividas en el país, con los cambios que en el siglo XX nos llevaron festinadamente De una a otra Venezuela, según diría Uslar Pietri (1980), o De unos a otros hombres, según Briceño Iragorry (1957). Quizá, por esa ruta, podamos saber cuánto hay de universal y cuánto de singular de nuestro camino hacia la modernidad.
Entender la singularidad de nuestra modernidad tiene importancia y actualidad pues, aunque en los países llamados desarrollados o ricos la intelectualidad sufre de ataques epilépticos de posmodernidad, en los países pobres, subdesarrollados o tradicionales, la modernidad sigue siendo una aspiración, una ambición y una meta importante, pues está asociada con el bienestar que promete sus frutos (Lee, 1994).
Para comprender esa modernidad, heterogénea y confusa, que vivimos, debemos entender el proceso social y económico que la precedió o la acompañó, es decir, debemos conocer y describir cómo han sido las condiciones materiales y culturales, las raíces de los árboles que arrojaron frutos tan diversos y mestizos.
La modernidad como realidad y la modernización como proceso, se han mezclado y confundido en el pensamiento social y en el lenguaje cotidiano en las últimas décadas. La modernidad ha representado un sueño, una esperanza que ha agrupado muchos modos de decir lo contemporáneo, lo inmediato o lo reciente. También lo bueno y lo valioso, en comparación con lo atrasado, con lo viejo, antiguo o pasado de moda. Ser moderno es una manera de definir los objetos, la sociedad y los comportamientos, y hasta hace pocos años era también sinónimo indiscutible de unas bondades que podían ser evidentes o subyacentes, pero siempre bien valoradas. Un objeto moderno: un vestido, un equipo de sonido o un vehículo moderno, fue siempre una manera de connotar su novedad y su innovación; su primicia que dejaba atrás los otros objetos que en su momento fueron igualmente calificados de modernos, pero que la nueva temporada de moda o el nuevo diseño, por esa aceleración del tiempo, los convierte en antigüedades recientes.
La modernización ha sido una manera de describir una multiplicidad de procesos que han permitido a las sociedades llegar a la actualidad, a la contemporaneidad de un presente siempre efímero. Las personas hablan de la «modernización de la industria o de los servicios públicos» como una manera de nombrar la puesta al día de los procedimientos o la tecnología, y la modernización de la sociedad sería la suma de esos procesos como un todo.
La modernidad se interpreta entonces bajo algunas dicotomías. La primera es la que contrapone a lo antiguo con lo nuevo, siendo lo moderno lo nuevo. Pero como vivimos en una época donde siempre hay algo nuevo, entonces lo moderno empieza a ser lo actual como contraposición a lo pasado o anterior. No importa cuán reciente sea un objeto, una tecnología o una práctica, la aparición de algo más reciente lo convierte en no moderno, pasando el recién llegado a ocupar esa posición privilegiada de «lo moderno». Y como lo señala Latour (1994), la designación de lo moderno es asimétrico pues se refiere a un quiebre en el pasaje regular del tiempo y a un combate en el cual hay vencedores y vencidos; lo bueno y bello es lo moderno y lo viejo y feo es lo anterior, que ha quedado derrotado por la fuerza de la innovación que emana la modernidad.
Sin embargo, los tiempos modernos, Les Temps Modernes o The Modern Times tienen ya varios siglos de existencia. La modernidad posee un significado en el uso cotidiano de las personas y otro en la academia. Para la sociología la modernidad se refiere a dos dimensiones distintas: por un lado a una época delimitada, que se corresponde con varios siglos de la historia de Europa; y, por el otro, a un tipo de organización social, económica y política, cuyos rasgos aparecieron y se consolidaron en ese período de la historia europea.
La modernidad, vista en una perspectiva temporal ha sido un largo período histórico que transcurre después del siglo XV. Al final de su vida, Hegel (2004) modifica la periodización en cuatro etapas que había desarrollado en su Lecciones de filosofía de la historia universal y divide en tres grandes épocas la historia, las cuales han dado lugar a lo que conocemos como las etapas antigua, la medieval y la moderna. Esa nueva fase de la historia, la moderna, sostiene Habermas (1996) que tuvo su origen a partir de tres grandes eventos que desplazaron el énfasis de la vida social desde Dios y la tradición hacia el ser humano y la razón. Esos acontecimientos fueron el descubrimiento de América, el Renacimiento y la Reforma. El descubrimiento del Nuevo Mundo ofrecía una dimensión diferente de la Tierra a las personas y permitió a las economías expandir el comercio mundial con la incorporación de nuevos productos y nuevas rutas; la Reforma protestante rompió el monopolio religioso del clero católico y hacía libre al hombre de comunicarse con Dios, e introdujo la idea de la salvación del alma por el trabajo y el enriquecimiento; y el Renacimiento brindó una concepción de vida y la naturaleza centrada en la razón y la ciencia, y del disfrute de la belleza.
Para Giddens (1990) los inicios de la modernidad se pueden ubicar en los modos de vida y organización que emergen en Europa alrededor del siglo XVII. Ashton (1948), de una manera más restringida, considera que se pudieran situar en Inglaterra y con la Revolución Industrial a partir de 1760, con el surgimiento de las máquinas hilanderas. Para Hobsbawm (2005) el período se iniciaría a partir de 1780, pues toma como referencia los cambios que introduce el motor de vapor. También pudiera establecerse, pensando con criterios políticos, como el período que surgió en Francia a partir de agosto de 1789, cuando se produce la abolición de los privilegios feudales y la declaración de los derechos del hombre.
Este es un período que conlleva el establecimiento del capitalismo en Europa, con su base industrial y de libertades individuales, consagradas como derechos a la libertad, a la igualdad de acceso a cargos y posiciones y a la justicia, pero también de la igualdad en la contribución tributaria y en el mantenimiento del Estado y de las instituciones públicas y comunes, y que Parsons llama la «primera cristalización del sistema moderno» (1974).
Según esta perspectiva somos modernos desde hace trescientos años. Aunque autores como Latour, provocadoramente, afirman que en verdad «nunca fuimos modernos». Lo cierto es que la impronta de la civilización que se desarrolla a partir de esos eventos en Europa logra constituir un tipo de sociedad novedosa que ha marcado, en mayor o menor grado, la vida social del planeta y que es esencialmente «occidental».
Ahora bien, ¿es que esos rasgos y atributos que sin lugar a dudas tienen un origen circunscrito a un lugar y un tiempo, son exclusivamente la modernidad? ¿O es posible generalizarlos hacia otros lugares y otros tiempos? Si la modernidad es solo un período de la historia europea, se le debe dar entonces un tipo de tratamiento en el análisis sociológico distinto a si se le considera como una forma de organización social más abstracta y universal; y también será diferente si se le considera no como un hecho del pasado, sino como un modelo de sociedad cuyo ejemplo se debe imitar y seguir en el futuro.
La llamada sociedad moderna ha tenido algunos rasgos particulares que le han permitido caracterizar como una organización social específica en lo económico, político y social. Se le ha catalogado como una sociedad racional, capitalista, tecnológica, científica, burocrática y también democrática.
De todas esas calificaciones, tres rasgos han sido atribuidos de manera marcada a la modernidad. Como bien los resume Taylor (1998) ellos son: el surgimiento de una economía industrial de mercado, la aparición de un Estado burocrático y el surgimiento de un gobierno popular. Claro, uno pudiera sostener que mucho de esos tres rasgos han existido desde la Antigüedad, pues desde siempre han existido mercados, burocracias y formas de gobierno popular. Pero lo singular de la modernidad es que esos factores adquieren una relevancia y dimensiones diferentes y, sobre todo, que hay unos cambios en la manera de pensar de las personas, en su idea del mundo y de la vida. Por eso, el racionalismo occidental, si bien se sustenta en la técnica, en el cálculo del retorno económico, y en la existencia de un sistema de leyes, al final sus resultados dependen, como sostiene Weber (1969), de la capacidad y aptitud de las personas para asumir determinados tipos de conducta racional. Por eso es que Eisenstadt (2002) considera que la modernidad no es solo economía y política, sino un «programa cultural» mucho más amplio, que se difundió con formas múltiples y diferenciadas.
La modernidad como modelo económico significó unos cambios importantes en la organización del trabajo, donde se da un proceso tecnológico que permite modificar las relaciones entre la economía doméstica y la industría y entre los diversos factores de producción que permitieron la organización del trabajo libre, dejando al trabajador con el exclusivo control de su fuerza de trabajo, mientras el empleador controlaba el tiempo y los procesos productivos, los instrumentos de trabajo, las materias primas y el producto final. Weber insiste también en que esa organización racional capitalista del trabajo, formalmente libre, fue una innovación exclusiva de Occidente, que no se había dado en ninguna otra parte de la Tierra. Esa singularidad es quizá el sustento de la gran admiración que el propio Marx expresa sobre el capitalismo: «la sociedad burguesa es la más compleja y desarrollada organización histórica de la producción» (Marx, 1971: 26), y le atribuye al capital una gran fuerza «revolucionaria» pues «derriba todas las barreras que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas» y modifica los patrones de trabajo, consumo y necesidades, y crea una nueva sociedad, de allí «su gran influencia civilizadora» (Marx, 1971).
La modernidad como modelo político estuvo marcada por el dominio del liberalismo político como ideología, el surgimiento de los Estados-nación, la creación de una amplia burocracia y la división de poderes que creaba contrapesos en el Estado y la legitimidad de origen de los gobernantes como fundada y consagrada por la voluntad de la población y no por la gracia de Dios. La Constitución de Filadelfía de 1787 en Estados Unidos y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 en Francia echaron las bases y marcaron la pauta de lo que conocemos como modernidad política.
Y finalmente la modernidad como una propuesta cultural que implicó un gran cambio de orientación de la mirada social, pues mutó desde sociedades que miraban al pasado y se fundaban en la tradición hacia sociedades que miraban hacia el futuro y estaban obligadas a construirse lo inédito, lo nuevo. La modernidad disuelve todo lo sólido que se había construido en el pasado, todas las tradiciones sagradas son profanadas, como dice Bauman (2000), pues el proceso de «melting of solids» es la marca permanente de la modernidad. Esa orientación hacia el futuro se ha reconocido como uno de los grandes cambios culturales de la modernidad, junto con la orientación racional del comportamiento. Si bien hay polémica sobre el significado de este comportamiento orientado a fines, basado en el modelo del cálculo de probabilidades y de costos y beneficios que definió al empresario capitalista, dado que Habermas sostiene que por racional no debe entenderse exclusivamente el comportamiento orientado a la obtención de beneficios egoístas, sino más bien por la acción orientada por una voluntad de entendimiento entre los seres humanos libres que desarrolla la modernidad (De la Vega Visbal, 2004).
Esta doble perspectiva de la modernidad sufre una modificación a mediados del siglo XX. La idea de que la modernidad es un proceso histórico que estuvo circunscrito a un espacio determinado y por lo tanto se trata de una singularidad, se transforma en un modelo universal de sociedad.
En sus libros, Herbert Spencer estudia los cambios en las sociedades y encuentra que hay muchas similitudes en las transformaciones que se estaban dando en el mundo a partir de la extinción del feudalismo y el surgimiento de la sociedad capitalista industrial: se diferenciaban cada vez más las funciones de trabajo, se producían nuevos tipos de oficios, se regulan las diferencias entre gobernantes y gobernados, se diferenciaban las funciones del liderazgo religioso y el político, y se incrementaba la vida en las ciudades. Ese proceso, que se llamó el cambio de lo «homogéneo hacia lo heterogéneo», considera Spencer (2001) que ocurre «de igual modo en el progreso de la civilización como un todo en el progreso de cada tribu o nación». Y estima luego que es razonable sostener que existe «una ley del cambio que puede explicar esta transformación universal».
Fundado en esta orientación, el carácter específicamente «occidental» de la modernidad se modifica y empieza a ser universal, pues se extiende por el mundo. No solo en Occidente se manifiestan los mismos rasgos económicos, políticos o culturales, sino que se encuentran por doquier, en Asia, África y América. Los patrones de producción y de consumo se tornan similares, y aunque la industrialización pueda tener expresiones distintas en lugares como Rusia o Japón, se estima que sus fundamentos son similares y propios de la evolución de la sociedad y por lo tanto es un proceso universal.
La segunda mutación se refiere al carácter normativo que se le otorga a los rasgos propios de la modernidad, pues dejan de ser una consecuencia de un proceso social específico que libremente puede ocurrir y se le transforma en un modelo universal que se debe seguir, en la ruta por la cual se puede encontrar el bienestar o superar el «atraso» en que se hallaban algunos países. La modernidad se convierte en el estereotipo de la buena sociedad, de la que ha logrado el bienestar y la libertad, y a partir de allí surge una nueva dicotomía en la cual lo moderno es la antítesis de la sociedad rural, la pobreza y el atraso. Posteriormente, esa dicotomía se amplía, y la modernidad se homologa con la idea de progreso y desarrollo, y por lo tanto la noción de no moderno lo constituye el atraso y el subdesarrollo.
Al operarse esos cambios, surgió un nuevo concepto que se llamó modernización, por medio del cual se describía tanto el proceso que había llevado a ciertos países a ser modernos, como a los cambios que debían impulsarse en la economía y la política para permitir que aquellas otras sociedades tradicionales, atrasadas o subdesarrolladas, pudieran llegar a ser modernas. La modernización fue asociada con la teoría de las etapas del desarrollo económico que postuló Rostow en los años cincuenta y en la cual la etapa nodal era la del take-off, del despegue económico, en el cual, tomando la metáfora del vuelo de un avión, se considera que el momento crítico es cuando la aeronave se levanta de la tierra, del atraso y el subdesarrollo, para poder llegar al cielo del desarrollo, pues una vez alcanzada la altura requerida, requiere de menos esfuerzo sostenerse (Rostow, 1961).
La modernización así pues deja de ser un hecho específico y se convierte en un patrón explicativo y, muchas veces, normativo, que establece cómo evolucionan o deben evolucionar las sociedades para ir desde el estadio de atraso, rural o feudal, a otro del progreso, urbano e industrial.
Ese impulso a la modernización requiere de la existencia de un excedente económico, de un nivel de ahorro que permita invertir para la industrialización, lo cual, a su vez, genera más renta nacional que también impulsa la urbanización que permite disponer de más fuerza de trabajo para la industria y de un mayor mercado para los productos. La sociología vio estos procesos asociados con otros cambios como la educación de la población a la alfabetización y escolarización, que ofrecía destrezas a las personas para el trabajo, y también a una disposición psicológica para aceptar el cambio y adaptarse a nuevas condiciones de vida y de trabajo y, finalmente, al surgimiento de mecanismos políticos que permitían una mayor participación en la conformación del poder y una resistencia al autoritarismo (Lerner, 1979).
Aunque el lenguaje y los propósitos puedan ser muy distintos, los rasgos que sostienen tanto Parsons como Bourdieu son similares. La modernidad requiere para Parsons de unas condiciones materiales de ahorro e inversión que lleven a la industrialización, que se expanda el gobierno de la ley para la democratización y que se eduque e impulse la ciencia para alcanzar la secularización. Para Bourdieu son los mismos cambios que llevan a garantizar tanto la reproducción del capital económico como la reproducción del capital cultural; la diferencia, sostiene el autor, es que en las sociedades precapitalistas (o premodernas) esa reproducción estaba garantizada por el «habitus», mientras que en la sociedad capitalista se garantiza por mecanismos «objetivos» de la organización del trabajo, las leyes, las prácticas contables (Bourdieu, 1997).
A partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, con el surgimiento del sistema de naciones, el proceso de independencia de las antiguas colonias y la instauración de la Guerra Fría, el concepto de modernización entró en boga. Se trataba de una respuesta que se les daba a los países no industrializados, como un modo de describir el camino aún no recorrido y que se debía transitar; era al mismo tiempo una explicación de las falencias del pasado y una esperanza de futuro, y ese fue el contexto en el cual autores como Germani (1971) interpretaron la de la modernización de América Latina.
La difusión política del concepto se ofrecía como una alternativa a la explicación marxista del imperialismo y a la propuesta comunista de la revolución proletaria. Era una respuesta frente a las políticas que adelantaba la Unión Soviética hacia el mundo no europeo: Asia, África y América Latina. Un mensaje que decía que la sociedad rural, tradicional o atrasada, podía modernizarse en lugar de hacerse comunista. Y es ese el recuerdo, bueno o malo, que se tiene del concepto en muchas partes de América Latina y que la llevó a calificar por Quijano (1988) como ideologizada y fallida o deficitaria.
Por eso es adecuado afirmar, como lo hace Alexander, que la teoría de la modernización no es solo una teoría científica, como sociología del cambio social, economía del crecimiento o explicación de la historia, sino una ideología que permitía no solo comprender lo que estaba ocurriendo en el mundo de un modo racional, sino interpretarlo de una manera que le daba sentido y motivación a las personas. La modernización ha sido un sistema simbólico que funciona como un metalenguaje que le indica a las personas, las empresas y los gobiernos cómo actuar y qué hacer (Alexander, 1994).
Sin embargo, las teorías de la modernización en las ciencias sociales son mucho más complejas y ricas que las simplificaciones o motes ideológicos; además, mantienen su vigencia, pues algo de lo prometido ha ocurrido, pero quizá no tanto ni tan suficiente como para olvidar que la pobreza, el atraso o el subdesarrollo persisten. Por eso la ilusión de desarrollo o modernización se mantiene, y con nombres y ropajes ideológicos diferentes, unas veces interpretada como capitalismo y otras postulada como socialismo, la modernización sigue siendo una ambición insatisfecha.
El problema con la propuesta normativa reside en que es muy difícil, desde el punto de vista histórico, poder aceptar la existencia de un modelo único en el proceso de transformación social. En América Latina los procesos de modernización han sido, como afirma Larraín (2011), imitativos y efímeros, y quizá habría que decir que han sido efímeros porque han sido imitativos. No hay un camino que se pueda calificar, con algún sustento, como normal. No es posible decir que hay un proceso universal de modernización, ni como modelo recurrente, ni tampoco como recomendaciones a seguir, pues fuera de lo que aconteció en el Reino Unido y en Francia, las variaciones son notables, inclusive entre los países de Europa occidental. Tampoco es posible pensar que pueda existir una receta o un mapa de la ruta que deba seguir una sociedad para llegar a la modernidad. El proceso de industrialización ocurrió de un modo en Inglaterra y de otro muy diferente en Japón, y ambos a su vez difieren de lo acontecido en Taiwán o Corea del Sur. Y a su vez, esos cuatro procesos de industrialización, son disímiles del modo en que se ha gestado el acelerado proceso de industrialización de la China poscomunista. No hay regla entonces que pueda formularse. Pero algo común sucede en el mundo contemporáneo.
En la sociología hay tres maneras diferentes y dominantes de entender la modernidad, cada una de las cuales se encuentra asociada a tres figuras hoy clásicas de las ciencias sociales: Marx, Durkheim y Weber.
Marx (1968), describía el capitalismo como un sistema que conducía a innovaciones constantes por la necesidad y el deseo incesante de acumulación de capital, y que el propósito de su obra había sido «descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna», que venía dada por la difusión generalizada del trabajo asalariado y por las formas económicas de explotación del trabajo libre, que surge pero se contrapone a las formas no económicas de los regímenes anteriores como el feudalismo.
Para Durkheim (1967), la modernidad es un producto de la división del trabajo que se sucede en la historia a partir de lo que él llamaba la densidad social y moral y que conducía a la sustitución de la solidaridad mecánica de las sociedades tradicionales por una solidaridad orgánica propia de la modernidad, y todo esto se expresaba en el proceso de industrialización de las sociedades modernas.
Finalmente para Weber (1977), la diferencia entre las sociedades tradicionales y las modernas vendría dada por un tipo de comportamiento diferente y que él denominó racional, es decir un comportamiento que dejaba de lado la fuerza de la costumbre o los afectos y que procuraba lograr sus fines utilizando los mejores medios. Este proceso de racionalización progresiva de los comportamientos de los individuos o las empresas, sostuvo Weber, era el cambio sustancial que podía describir la «época moderna», y esto se daba en un contexto de libertad de los actores frente a un mercado donde cada cual procuraba obtener el máximo del beneficio.
Cada una de estas tres maneras de entender la modernidad ocurrieron en Venezuela en el siglo XX pero con unas muy marcadas singularidades.
Para inicios del siglo XX era muy difícil catalogar a la sociedad venezolana de capitalista, ya que si bien existían vínculos propiamente capitalistas con el mundo exterior, en la organización interna de la sociedad predominaban las relaciones mercantiles simples y los sistemas semifeudales de producción. Estas formas semifeudales se expresaban en la relación que establecía el dueño de la tierra con los campesinos, como en la relación entre las casas comerciales y los productores. En la producción agrícola la forma de predominante consistía en que el campesino que cultivaba la tierra le pagaba al dueño con una parte de la cosecha bajo la fórmula de la medianería o la tercería, y cuando era el propietario quien pagaba al trabajador, lo hacía con fichas, vales u objetos. No existía propiamente trabajo libre. La relación entre la casa comercial y el propietario no era muy distinta, pues los préstamos o adelantos recibidos se pagaban con la cosecha misma, teniendo muy poca fuerza el intercambio en dinero.
Sin embargo, a partir de los años treinta del siglo XX esta situación cambia y se introducen en el país unas relaciones de trabajo propiamente capitalistas, y esto se da a partir de dos hechos significativos: el primero fue el impacto que la crisis capitalista mundial de 1929 tuvo sobre las formas de producción del campo, el segundo fue el auge de las actividades de exploración y explotación petrolera.
La crisis capitalista que se inició en octubre de 1929 redujo el valor del kilogramo de café o del cacao en 1930 a una cuarta parte del valor con que se había cotizado en las bolsas en 1928. Esta crisis en el consumo y en los precios tuvo un fuerte impacto en los propietarios de la tierra y exportadores del país, que forzó a cambiar la forma de pago en especies, que el campesino daba al dueño de la tierra por su derecho a cultivarla por un pago en dinero. Desde el punto de vista del propietario o de la casa comercial, esa fue la manera de protegerse y de trasladar al campesino o al propietario el problema de la venta de la cosecha. Desde una perspectiva global, fue un puntal para el establecimiento de una economía distinta con relaciones sociales diferentes. La misma crisis llevó a una transformación de la producción agrícola en ganadera y a un cambio en los dueños de las tierras que, por recuperación de deudas o por razones políticas, pasaron a nuevos propietarios, facilitándose así el proceso de cambio social en la economía tradicional.
Por su parte el inicio de la actividad petrolera motorizó cambios en el trabajo asalariado desde dos perspectivas distintas. Por un lado las actividades de exploración y explotación requerían de una abundante mano de obra, con distintos niveles de pericia y calificación, y emplearon en consecuencia una gran cantidad de trabajadores que empezaron a percibir salarios, a vender su tiempo de trabajo cronometrado por dinero, y a pagar los servicios de otros también en dinero. El gobierno por su parte comenzó a recibir el ingreso petrolero de manera abundante, y a emplear una cantidad mucho mayor de trabajadores; se estima que los empleados públicos se incrementaron en cuatro veces desde 1925 a 1936, y todos ellos recibían un salario. Estos cambios en la producción y el ingreso del capitalismo forzaron a la nación a dar el «gran salto» que, según Mariano Picón Salas (1988), «nos separaba del siglo XIX».
Es a partir de este momento cuando podemos hablar de una generalización del sistema capitalista en la sociedad venezolana. En las décadas posteriores el sistema de trabajo asalariado se disemina de una manera importante y si bien aún persisten algunas formas de trabajo no capitalistas, como el intercambio de trabajo en determinadas zonas rurales y otras formas comunales entre los indígenas, su significación es muy pequeña.
La industrialización es un proceso del siglo XX venezolano. Ciertamente en la segunda mitad del siglo XIX ya se habían instalado unas fábricas textiles en Macarao y en Valencia, dos cervecerías, una en Maracay y otra en Caracas, y tres plantas eléctricas en las ciudades principales, pero su relevancia en la economía y su impacto en la organización de la sociedad eran completamente marginales. Las primeras estadísticas oficiales publicadas en el año 1913 contaron 163 industrias, muchas de las cuales eran propiamente talleres artesanales. En los años siguientes se consolidaron las industrias azucareras, cigarrilleras, textileras, de tenerías y cerveceras, las cuales, junto con la industria de la construcción, van a constituir el centro del proceso industrial del país diferente del petróleo.
El incremento de la población urbana y el apoyo estatal expresado en la creación del Banco Industrial de Venezuela (1937) y de la Corporación Venezolana de Fomento (1946), dieron un leve impulso al proceso de la manufactura, lo cual llevó a que el producto industrial superara al producto agrícola a mitad de este siglo XX. Este hecho estadístico creemos que nos indica más sobre la mengua de la producción agrícola que sobre el crecimiento de la industria durante ese período.
Es a partir de 1958 cuando se establece un fuerte impulso a la industrialización en el país con la política de sustitución de importaciones, la cual ofreció créditos, protección y exenciones tributarias a quienes emprendieran una industria manufacturera. Estas nuevas industrias, muchas de las cuales se constituyeron con capital del Estado, tuvieron un importante crecimiento, irregular pero sostenido, durante el siglo pasado. Tanto las empresas grandes del hierro, como las pequeñas de la agroindustria o la construcción, aumentaron su producción y superaron el millón de empleos industriales en los años noventa.
Sin embargo, no puede afirmarse que Venezuela haya sido un país industrial. Si bien el proceso de industrialización se dio de manera relativamente amplia, no es posible considerar que en Venezuela la modernidad se haya alcanzado desde esta perspectiva. Y mucho menos después de la destrucción industrial que provocó el régimen chavista y que llevó al cierre de fábricas y pérdida de empleos.
El proceso de racionalización, en tanto que surgimiento de un comportamiento orientado a fines, es siempre más difícil de describir y precisar en cualquier sociedad, por lo complejo de los datos requeridos y por lo lento de este tipo de mutaciones culturales. El comportamiento racional es una conducta individualista y empresarial que se encuentra orientada a la obtención de los máximos beneficios. El espíritu emprendedor y la riqueza como meta social son una parte de ese comportamiento racional, y la otra es el cálculo racional del uso de los medios para alcanzar dichos fines.
En ese proceso, uno de los rasgos importantes ha sido la separación de la familia o de los vínculos afectivos personales, de las actividades económicas. La aparición de este tipo de conducta se ha venido propiciando a lo largo de un siglo, pero con mucha dificultad, pues todavía sigue siendo funcional para los actores la relación entre la familia y la economía, o inclusive en los procesos de gestión burocráticos. Sin embargo, la opinión pública de la población ha cambiado y lo que antes se aceptaba con mucha más naturalidad, como que un gobernante colocara en los cargos públicos a sus primos y paisanos, ya a fines del siglo XX recibía la crítica y el repudio.
El estudio que hizo McClelland en Venezuela en los años setenta dio como resultado una orientación afiliativa –hacia los amigos y familiares– o hacia el poder, muy superior a la orientación al logro que, de acuerdo a su propia teorización, era el rasgo propio de la modernidad.
Nuestros estudios muestran que este tipo de comportamiento varía de una zona a otra, siendo mucho más marcada la orientación racional en las zonas urbanas que en las rurales, y superior en las zonas donde han tenido influencia de las actividades industriales o petroleras que en las zonas agrícolas o donde ha predominado el comercio o la burocracia estatal. En términos de puntos porcentuales hemos encontrado que poco más del 30% de la población tiene un comportamiento estrictamente racional orientado a la obtención de riqueza, mientras una cifra similar puede ubicarse en un comportamiento de tipo tradicional y afectivo. El otro tercio de la población oscila entre una y otra conducta y, dependiendo del área específica de actuación, procura combinar ambos tipos de orientaciones (Briceño-León, vol. 3). La modernidad como racionalización social ha existido en Venezuela, pero no se ha hecho dominante.
Hay algunos procesos comunes en la sociedad contemporánea y que se están dando de una manera universal, aunque no idéntica. Son procesos que tienen algunos rasgos comunes en los modos de sucederse o en la semblanza de los resultados finales, pero que difícilmente pueden establecerse como iguales y menos como idénticos. Boudon y Bourricaud (1990) sostienen que la modernización se puede caracterizar por tres procesos comunes: la movilización, la diferenciación y la laicización o secularización.
La movilización se refiere a los rápidos movimientos que se dan en la población desde el punto de vista territorial y ocupacional. La modernidad estuvo acompañada de la revolución urbana que convirtió las ciudades en el gran modo de vida, pues cambió de sociedades que tenían la casi totalidad de la población viviendo en el campo a otra donde la mayoría habitaba en ciudades. La población rural quedó reducida a una mínima expresión, y por los cambios tecnológicos, esa menor población logra cumplir con las metas de producción que antes requería diez o veinte veces más trabajadores. Estados Unidos, una de las grandes potencias en producción de alimentos del mundo, tiene un 4% de la población viviendo en el campo y esos trabajadores agrícolas producen alimentos para todos los demás habitantes urbanos del país y, además, tienen un excedente que pueden exportar. Ese cambio ha implicado también un cambio en el tipo de trabajo y en las formas de organización de la producción.
La diferenciación es un término no muy claro que se refiere a la creciente división del trabajo que conllevó la industrialización, la cual hace que cada día existan más oficios diversos y especializados. También, a una mayor complejidad en la estratificación social, pues las maneras simples de diferenciación social que podían existir en el campo, entre campesinos y propietarios de la tierra y artesanos, se vuelve más compleja y diversa. De igual modo, los roles que los individuos deben cumplir son mucho más diversos y las posiciones que ocupan en las jerarquías se vuelven desiguales, pudiendo cambiar de un sistema de roles a otro. Se asocia también al surgimiento de la clase media.
Y finalmente el proceso de secularización, que no significa que se haya perdido el sentido de lo religioso, ni la creencia en algún Dios por las personas, sino que la vida social dejó de estar regida por las reglas religiosas, por los mandamientos de la Biblia, el cielo y el infierno, y fueron sustituidas por leyes civiles que prescribían y premiaban los comportamientos deseados, y castigaban los indeseados.
Por supuesto, esto no ocurrió por igual en todas las sociedades, y en algunos países los procesos pueden haber ido en dirección contraria, como por ejemplo el proceso de convertir la ley religiosa en la ley nacional, como ha ocurrido en algunos países del Medio Oriente, donde se han instalado nuevas teocracias y son los religiosos los que en última instancia gobiernan al país, aunque en otras dimensiones muestren rasgos de modernidad. Por eso es posible observar modernizaciones antiguas o recientes, rápidas o lentas, fallidas o exitosas, y al final encontramos que tenemos múltiples modernidades.
Veamos cómo podemos entender esos procesos en Venezuela.
La movilización es tanto movilidad social como movilidad territorial. Si bien ambos procesos han estado muy unidos, corresponden a dos realidades diferentes. Por un lado se trata de la liberación de las ataduras sociales a la tierra y al dueño de la tierra que existían en la sociedad feudal y que le impedían al campesino cambiar fácilmente de ocupación y de dueño de la tierra, que le cercenaban el deseo de trasladarse hacia otras zonas rurales o hacia la ciudad.
En Venezuela estos dos procesos adquirieron un carácter nuevo a partir de la exploración petrolera. La guerra de Independencia y la Guerra Federal generaron una gran movilidad territorial con la recluta de los peones como soldados, pero estos eran procesos esporádicos, que no se sostenían ni acrecentaban en el tiempo. Algo diferente ocurrió a partir de la exploración petrolera, pues la movilidad territorial y social se incrementa en un camino sin regreso, es decir, se vuelve cambio social complejo y completo (Carrera Damas, 1980).
La existencia de formas alternativas de obtener ingresos, como obrero petrolero o como empleado del gobierno, le permitió a un contingente amplio de la población salirse de las zonas rurales y escapar de lo que se conocía como el poderío de los jefes civiles, así como también de las deudas que los ataban al campo o a las lealtades de Don Fulano. La crisis económica de 1929 también empujó este movimiento, pues obligó a la búsqueda de fuentes de trabajo diferentes y facilitó el cambio de lealtades, al perder a los señores tradicionales a los cuales los campesinos les debían favores y respetos. La existencia de esta mano de obra asalariada crea una demanda que al ser efectiva, pues recibe su ingreso en moneda, impulsa la creación de un sector comercial y de servicios.
A partir de ese momento se inicia en Venezuela una movilización social ascendente que afecta a todos los estratos sociales y que no se detiene sino hasta los años ochenta, cuando la crisis del ingreso petrolero y la caída del salario real estancan el ascenso social primero, y luego, en el nuevo siglo y con la revolución bolivariana, se invierte y lo convierten en descenso social.
Las oligarquías que existían en el país fueron barridas por el petróleo y la ambición gomecista, y con ellas se disiparon también las barreras sociales que podían existir. En Venezuela la riqueza y los honores son nuevos. A diferencia de otras sociedades, donde ocurre un ascenso social de solo un determinado grupo social, en Venezuela el ascenso fue de todos los estratos, quienes fueron positivamente afectados por una mejoría global de las condiciones de vida, salud, educación, vivienda e ingresos. Y si bien es cierto que esta mejoría fue desigual, el ingreso petrolero llegó a todos y cambió la sociedad.
Desde el punto de vista territorial la situación fue de una gran movilización. A comienzos del siglo XX, más del 80% de la población vivía en zonas rurales, mientras al finalizar el siglo, más del 80% de la población vivía en ciudades. La movilidad territorial, entendida como migraciones internas, aparece en el país con la exploración petrolera, y a partir de allí se fortalecen las ciudades pequeñas y medianas y, posteriormente, las ciudades grandes. Este proceso fue visto hasta los años sesenta como un indicador importante de la proximidad que el país tenía hacia el desarrollo y la modernización (Germani, 1976).
La movilidad territorial crea también un fenómeno propio de este siglo que son los barrios de ranchos en las ciudades. Los barrios son una continuidad de lo que en el siglo pasado se consideraba la orilla de la ciudad, una forma irregular de crecimiento urbano que usaban los trabajadores de servicios o artesanales recién llegados a la urbe. Pero las orillas crecieron tanto por el fenómeno de la gran movilidad territorial que se dio en el siglo XX, que los orilleros han llegado a representar cerca de la mitad de la población urbana: el 40% de la población de Caracas, el 55% de la de Valencia y el 64% de la de Maracaibo. Por eso no fue posible seguir considerándolas orillas, como lo es tampoco seguir pensándolas como marginalidad, pues representan tanto o más que la ciudad formal (Bolívar, 2016).
Por diferenciación se entiende un proceso de complejización de la estructura social, producto de las nuevas formas de división del trabajo que aparecen en la época moderna con la expansión de la industria, los servicios y la burocracia del Estado. Este proceso crea nuevos roles y con ello hace a los individuos cada vez más diferentes unos de otros, pero al mismo tiempo necesarios unos a otros, pues sus roles no son fácilmente intercambiables. Esta diferenciación es también la que crea las condiciones de la libertad individual (Aron, 1976).
La división social tiene su inicio en la diferenciación de oficios, pero excede a los oficios y se expresa en las clases sociales. La tradicional división de dueños de la tierra y campesinos se modifica, mas no es sustituida exclusivamente por la de burgueses y proletarios, sino por una gama más amplia de sectores sociales que se diferencian por sus ingresos y sus estilos de vida (Briceño-León, 1992).
Observando el hecho desde otra perspectiva, la diferenciación permite el crecimiento de una clase media tanto en su tamaño como en la diversidad. Si bien los sectores medios como tópica siempre han existido, el tamaño proporcional de estos crece fuertemente en la modernidad hasta llegar a ser los más numerosos de la sociedad, transformando la pirámide como forma gráfica de la estratificación social, de pocos ricos, algunos sectores medios y muchos pobres, en una pera, con una engrosada clase media en el centro.
En la sociedad venezolana este proceso se vio impulsado por las múltiples tareas que requiere la industria petrolera, por las obras públicas que se emprenden, así como por la diversidad de empleos que han de crearse para poder construir un Estado que cumpla las distintas funciones que requiere la modernidad. El crecimiento educativo que se dio a partir de los años cuarenta apuntaló esta división del trabajo, y el empleo burocrático hizo realidad el establecimiento de la clase media, la cual se expandió en los años cincuenta con la bonanza económica y unos salarios reales que, en muchos oficios, eran superiores a los que se disfrutaban en Europa para ese momento. Las clases medias adquieren su punto máximo de crecimiento y bienestar a mitad de los años setenta con el primer gran boom petrolero.
En la segunda mitad del siglo XX la diferenciación adquirió un carácter generalizado, pues a partir de ese momento, más de la mitad de la población vivía en las ciudades, las ramas económicas se ampliaron y los requerimientos sociales y políticos se expandieron.
Finalmente el proceso de separación de la religión de la vida civil, de los asuntos de Dios y del César, constituye otro rasgo típico de la modernidad. La sociedad se hace cada vez más secular y menos religiosa, en el sentido que no requiere de Dios ni de la religión para controlar la vida social, ni para explicar los fenómenos de la naturaleza o la sociedad. La secularización es un proceso social de mucha mayor amplitud que los conflictos de poder entre la Iglesia y el Estado, aunque estos pueden contribuir a hacer que una sociedad sea más o menos secular que otra.
Venezuela tuvo un inicio temprano de este proceso de secularización que se vio expresado en el establecimiento del Patronato Eclesiástico en 1824, pero, sobre todo, a partir de los conflictos que ocurren entre el gobierno de Guzmán Blanco y la Iglesia católica y que condujeron al cierre de seminarios y escuelas religiosas, así como al establecimiento del matrimonio civil, el registro de los recién nacidos y el control de cementerios por parte del gobierno nacional.
Una circunstancia muy particular de la sociedad venezolana es entonces este dominio secular de la vida social con la cual ingresa al siglo XX y que permitió, por ejemplo, el establecimiento del divorcio en 1904 rompiendo tempranamente con la tradición católica (Di Mielo Milano, 2006). Es de destacar que en otros países de América Latina, como Chile o inclusive en nuestra vecina Colombia, el divorcio solo logró aprobarse casi noventa años después.
