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«Partió sin miramientos, a horcajadas sobre su fuerte caballo ruano, vestida con un conjunto de amazona de tosco lino, la falda de amazona por encima de los calzones de lino, un lazo carmesí sobre la blusa blanca y un sombrero negro de eltro por tocado. Con la vista en el horizonte dejó atrás el hogar. Ni siquiera se volvió para despedirse con la mano.» Una mujer de poco más de treinta años, infeliz, casada con un hombre mayor que ella y a menudo ausente, decide coger un caballo e ir en busca de las comunidades indias que viven más allá de las montañas. Es un acto de rebeldía, liberador e impulsivo que la lleva a recorrer un camino interior y espiritual hacia una nueva sensibilidad. Lectura fascinante y conmovedora que nos adentra en un universo erótico y perturbador. La mujer que se fue a caballo se escribió en 1925 cuando Lawrence acababa de volver de México, etapa de su biografía de la se ha hablado poco pero que representó un momento clave en su poética y en su concepción de la vida.
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Seitenzahl: 77
Veröffentlichungsjahr: 2026
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piccola
18
La mujer que se fue a caballo
D. H. Lawrence
traducción deJulia Osuna Aguilar
Título original:
The Woman Who Rode Away
Primera edición: junio 2011
Segunda edición revisada: enero 2026
© 2026 de la presente edición: Gallo Nero Ediciones, S. L.
© 2026 de la traducción: Julia Osuna Aguilar
Diseño de cubierta: Raúl Fernández
Corrección: Chris Christoffersen
Maquetación: David Anglès
Conversión a formato digital: Pilar Torres
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores
eISBN:978-84-19168-89-4
La mujer que se fue a caballo
Pensó que aquel matrimonio, de entre todos los matrimonios, sería una aventura. Aunque no porque el hombre en sí le produjese lo que se dice magia. Era un individuo menudo y nervudo, un tanto contrahecho, veinte años mayor que ella, de ojos castaños y pelo entrecano, que había llegado a América desde Holanda hacía años, siendo todavía un chiquillo y apuntando maneras de pordiosero. Le habían echado de las minas de oro de todo el oeste hasta acabar en el sur, ya en México, donde ahora era más o menos rico, dueño de minas de plata en lo más recóndito de la Sierra Madre: resultaba obvio que la aventura radicaba en sus circunstancias, no en su persona. Con todo, y pese a los reveses superados, seguía derrochando energía, y lo que había logrado lo había logrado por sus propios medios. Una de esas rarezas humanas fuera de toda contabilidad.
Cuando ella vio en persona lo que el hombre había logrado se le encogió el corazón. Altos cerros vírgenes cubiertos de verde y, en medio de aquel aislamiento inerte, los escarpados montículos rosados del lodo seco de los yacimientos de plata; bajo la desnudez de la explotación, la casa de adobe de una planta, con un huerto en su recinto amurallado y una amplia galería techada tomada por trepadoras tropicales. Y al alzar la vista desde aquel patio en flor enclaustrado, aparecían recortados en el cielo el enorme cono rosa del lodo de plata y la maquinaria de la planta de extracción; nada más.
El portalón de madera, eso sí, solía estar abierto. Y podía ella así salir afuera, al amplio y vasto mundo, y quedarse mirando las grandes lomas vacías recubiertas de árboles que se amontonaban unas tras otras, desde la nada hasta la nada. En otoño estaban verdes; el resto del tiempo, rosadas, resecas y abstractas.
Y en su Ford baqueteado el marido la llevaba a la aldea española olvidada en las montañas, un pueblucho muerto y rematado. Con esa alta y asoleada iglesia muerta, los soportales muertos, la plaza de abastos desahuciada, donde la primera vez que fue había visto un perro muerto en medio de los puestos de carne y el despliegue de verduras, despatarrado como si no hubiese un mañana, sin que nadie se hubiese molestado en retirarlo. Muerte en la muerte.
Todo el mundo hablando con desgana de la plata y enseñando trozos del mineral. Pero la plata se había estancado. La gran guerra tal como vino se fue. El mercado de la plata murió; se cerraron las minas del marido. Pero ambos siguieron viviendo en la casa de adobe a la sombra de los yacimientos, rodeados de flores que a ella nunca le parecían lo bastante floridas.
Tenía dos hijos, niño y niña. El mayor rondaba los diez años cuando ella se despertó del estupor de su pasmo sumiso. Había cumplido ya los treinta y tres, mujer alta de ojos azules y aturdida que empezaba a estar metida en carnes. El marido, menudo, nervudo, recio, contrahecho y ojimoreno, tenía cincuenta y tres años; hombre más recio que el alambre, más tenaz que el alambre, lleno aún de energía, pese al lastre de la caída de la plata en el mercado, y de la extraña impenetrabilidad de su mujer.
Era un hombre de principios, y un buen marido. En cierto modo ella le tenía encandilado; no había llegado a recuperarse nunca de su admiración ciega por la mujer. Sin embargo, en lo esencial seguía siendo un soltero. Había sido arrojado a su suerte a los diez años de edad, soltero ya de crío. Tenía más de cuarenta cuando se casó, y dinero suficiente para casarse dos veces más. Pero su capital era el de un soltero. Era jefe de sus propias obras y el matrimonio era la última y más íntima parcela de sus obras.
Admiraba a su mujer hasta la extenuación: admiraba su cuerpo, todo lo suyo. Y para él siempre sería la deslumbrante californiana de Berkeley que había conocido. Cual jeque, la mantenía custodiada entre aquellos montes de Chihuahua. Velaba por ella como por su mina de plata, y eso es decir mucho.
A los treinta y tres seguía siendo en realidad la chica de Berkeley en todo salvo en el físico. Caso misterioso, el desarrollo de su conciencia se había detenido al casarse, se había parado en seco. Su marido nunca se le presentó como algo real, ni mental ni físicamente. A pesar de esa pasión tardía suya por ella, él nunca había significado nada para la mujer en el plano físico. Era solo en lo moral donde la doblegaba, la rebajaba, la sometía a una esclavitud insuperable.
Así se sucedieron los años, en la casa de adobe en torno al patio soleado, con las minas de plata en el horizonte. El marido nunca paraba quieto. Cuando la plata murió arrendó un rancho algo más allá, a unas veinte millas, y se dedicó a criar marranos de raza, unos animales estupendos; al mismo tiempo, odiaba los cerdos. Era un idealista de tomo y lomo, un escrupuloso que aborrecía con todo su ser el lado físico de la vida. Le encantaba trabajar y trabajar, trabajar y fabricar cosas. Su matrimonio, sus hijos eran algo que fabricaba, una parte del negocio, aunque en ese caso el beneficio fuese sentimental.
Los nervios comenzaron a traicionarla de poco en poco: tenía que salir de allí. Tenía que salir de allí. Así que él se la llevó tres meses a El Paso; y al menos aquello era Estados Unidos.
Pero él siguió ejerciendo su hechizo sobre ella. Los tres meses tocaron a su fin: allí estaba de vuelta, igual que antes, en su casa de adobe entre los eternos cerros verdes o pardorrosados, vacíos como solo alcanza a estarlo lo inexplorado. Daba clases a sus hijos y supervisaba a los mozos mexicanos que tenía por criados. Y de vez en cuando el marido traía visita, españoles, mexicanos y, en ocasiones, blancos.
A él le encantaba tener huéspedes blancos en casa. Y eso a pesar de no tener ni un momento de paz cuando estaban allí. Parecía que su mujer fuese una peculiar veta secreta de mineral de sus yacimientos de cuya existencia nadie debiese saber salvo él. Y a ella la fascinaban los caballeros jóvenes, ingenieros de minas, a los que a veces tenía por invitados. También él quedaba fascinado en presencia de caballeros de verdad; pero era un minero de la vieja escuela, y casado, y si un caballero miraba a su mujer, sentía como si saquearan su mina y hurgasen en sus secretos.
Fue uno de aquellos caballeros jóvenes quien le dio la idea a la mujer. Se encontraban todos al otro lado del gran portalón del patio, contemplando el mundo exterior. Los cerros eternos e inertes estaban verdes de arriba abajo, era septiembre, pasadas las lluvias. No había rastro de nada, salvo de la mina desierta, los yacimientos desiertos y un puñado de barracas de mineros medio desiertas.
—A saber lo que habrá al otro lado de esos grandes cerros pelados —comentó el joven.
—Más cerros —dijo Lederman—. Si le tira por ahí, Sonora y la costa. Por allí, en cambio, encontrará el desierto… por donde vinieron ustedes. Y por el otro lado, cerros y montes.
—Ya, pero ¿qué habita esos cerros y montes? De seguro que hay cosas maravillosas. No se parece a ningún otro lugar de la Tierra: es como estar en la Luna.
—Hay mucha caza, si le apetece pegar unos tiros. Y están los indios, si es que se les puede llamar maravillosos.
—¿Salvajes?
—Bastante.
—Pero ¿amigables?
—Depende. Algunos son bastante bravos, y no dejan que nadie se les acerque. Mataron a un misionero nada más verle. Y donde no llega un misionero no llega nadie.
—Pero ¿qué opina el gobierno?
—Están tan apartados de todo que el gobierno los deja en paz. Y son viejos zorros: cuando les parece que hay un problema mandan una delegación a Chihuahua para presentar una petición formal. El gobierno prefiere dejarlo estar.
—¿Y viven realmente libres, con sus costumbres y su religión de salvajes?
—Sí, claro. Solo utilizan arcos y flechas. Les he visto por la plaza del pueblo, con unos sombreros extrañísimos adornados con flores y un arco en la mano, medio desnudos, salvo por una especie de sayo, incluso con los fríos, paseándose por ahí con sus piernas de salvajes al fresco.
—Pero ¿no se le antoja maravilloso lo que pueda haber ahí arriba, en sus poblados secretos?
—No. ¿Qué podría tener de maravilloso? Los salvajes son salvajes, y todos se comportan casi igual. Son más bien viles y sucios, poco amigos de la higiene, siempre con sus tretas, y bregando por llevarse un bocado a la boca.
—Pero de seguro que tienen misterios y religiones muy, muy viejos… Tiene que ser maravilloso, segurísimo…
—Yo de misterios no sé nada… más bien prácticas deprimentes y paganas, más o menos indecentes. No, no le veo lo maravilloso; y me pregunto cómo puede usted, habiendo vivido como ha vivido en Londres, París o Nueva York…
—Bah, cualquiera vive en Londres, París o Nueva York… —dijo el joven, como si aquello fuese una razón de peso.
