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Una novela con gran carga sicológica que trata sobre la impostura, la mentira y la huida. La fuga —nomadismo— como eje de vida en la tragedia solo infinitamente aplazada. En la narración se desarrollan temas muy polémicos como el incesto: su vacío misterioso y cruel. En la contradicción que funda lo humano al prohibirlo y en la cultura. Se haya la angustia del protagonista y personajes que lo acompañan en un verdadero viaje interior: es preciso perderse para encontrarse. Esta novela con una prosa exquisita, a veces, poética, nos sumerge en lo oscuro, en lo monstruoso y también en lo poco que nos queda de humano.
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Seitenzahl: 231
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Pedro Ángel Palou
La quinta estación
LA QUINTA ESTACIÓN
© Pedro Ángel Palou
© Editorial Letra Maya
Calles 25 y 26, avenida 5, Heredia, Costa Rica
Primera edición electrónica: 2023
Primera edición impresa: 2019
863.44
P174q
ISBN: 978-9930-596-26-5
Derechos reservados conforme a la Ley de Derechos de autor y Derechos conexos. D.R. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento escrito de la editorial. Hecho el depósito de ley.
Dirección editorial:Emilia Fallas Solera
Diseño de portada: Stephanie Williams Fallas
Diseño de libro electrónico: Daniela Hernández Castillo (Doce puntos)
@letramaya
@LetraMaya
Para Indira.Te pregunto otra vez: ¿Irías a se muda que Dioste dio esos ojos? ¿Irías a ser ciega que Dios te dioesas manos? Tus ojos hipnotizan la soledad.
Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo.A lo largo de los años puebla un espacio con imágenesde provincias, de reinos, de montañas, de bahías,de naves, de islas, de peces de habitaciones,de instrumentos, de astros, de caballos y de personas.Poco antes de morir, descubre que esepaciente laberinto traza laimagen de su cara.
Borges
En general se podría asegurar que lo imperfectoen el hombre es la causa de que posea lo anheladosolo a través de su polo opuesto.
Kierkegaard
Soy un impostor. No es gran cosa, lo sé. Todo el mundo finge ser quien no es. Yo, en cambio, he elevado a supremo arte tal impostura. La he convertido en credo. También se trata de un defecto profesional, soy un estudioso de la mentira. O mejor: he diseccionado de tal forma el rostro humano, sus más imperceptibles movimientos musculares para detectar todas las emociones que somos capaces de tener. He logrado diseccionar toda falsificación. Me he especializado en detectar la más mínima mentira y así he terminado por controlar mis propias ficciones corporales, a hacerlas creíbles.
Un gesto que para los demás es nimio, impenetrable, se encuentra lleno de intrincados mensajes que debo descifrar. Me he preparado a conciencia para ello. Allí donde todo es repetición —la sala de espera de un aeropuerto en la que se despiden los amantes y sus forzadas sonrisas hacen que la cara cruja como un papel de estraza a punto de romperse en mil pedazos, una lágrima resbala por la mejilla— yo puedo contemplar cientos de facetas. Ese gordo, por ejemplo, que abraza a su mujer y que casi la parte en dos mientras la estruja es en realidad un libertino. Me lo dice su maxilar. O mejor: la emoción reprimida de su músculo. Solo espera a que la mujer se dé la vuelta para liarse con su amante que lo espera junto al aeroplano. Estoy seguro. Quizá nadie más pueda verlo. Yo sí. Lo distingo a varios metros de distancia.
O esa otra mujer con cara de chihuahueño que solloza mientras se despide del hijo. En realidad, quiere dejarlo, abandonarlo por un tiempo. Es una lata, la fastidia. Pero lo besa en ambas mejillas y contrae los labios. El niño ve una sonrisa que le da ánimo. Ella solo ansía despedirse.
Hay trescientas combinaciones posibles de cada dos músculos de la cara. Yo leo cada una de ellas. Pero si se añade un tercer músculo al gesto estamos ya hablando de cuatro mil combinaciones. Dos músculos más entran en escena y estamos cerca de los diez mil gestos. ¿Cómo penetrar en esa selva en la que nadie se adentra? Ese ha sido mi trabajo durante largos años.
Llegué a esto por casualidad. Terminaba mis estudios y mis viajes de aventura en una jungla remota, analizando a los Kukukuku, una tribu bastante hostil para nuestros estándares en Papua Nueva Guinea cuando conocí a uno de los pioneros del estudio del rostro humano. Él filmaba películas —kilómetros de cinta— para analizar junto con Paul Eckman. Y luego los acompañé hasta su universidad sin saber que, a duras penas, terminaría mi disertación doctoral para incorporarme de lleno al equipo de estos dos sabios o locos; da lo mismo.
Ellos me enseñaron a ver. Ellos me enseñaron a mentir.
Volveré quizá más adelante a esa historia, ahora no viene a cuento. Han pasado varias décadas ya de esto. Solo necesito decir que para mí no hay misterio a develar detrás de la belleza del rostro de una mujer. Es como si viera sus músculos moverse detrás de la tersa piel. Y ese rostro me habla en un idioma que para los otros no existe: el de la mentira oculta tras las palabrejas que quieren erguirse en verdad.
Pongamos un ejemplo. Un caso clínico. Estoy en un bar, está oscuro. Ella se llama Belén, aunque eso todavía no lo sé. La entreveo mientras con un agitador desgracia un margarita que le han servido. Es un movimiento instintivo: le han puesto un pequeño bambú en forma de sombrilla a la copa y ella lo usa para agitar el líquido. Mezcla la sal escarchada en el bordo. Un desastre. Pero cada vez que el tequila se remueve dentro del cristal ella se siente más tranquila, como si diluyera un coágulo de sangre que estuviese a punto de obstruirle la aorta.
No hay lágrimas porque quizá el corazón ya está guardado bajo siete llaves. Un músculo de terciopelo traicionero el corazón. Me le acerco, con estudiada cautela y ya sentado a su lado pido un bourbon. Quema lo suficiente para que yo pueda vencer la inicial timidez que me asalta al abordar a una nueva mujer.
Soy alto. Excesivamente alto. Una especie de gigante algo desgarbado a pesar de la edad y del bastón que me ayuda a caminar. Algún día fui apuesto, o eso me decían. Pero el tiempo corroe hasta la cañería más resistente. Así que lo que queda de mí no tiene el aplomo necesario para iniciar una conversación sin un buen trago. Mientras lo sorbía, imitando de cuando en cuando al dejarlo sobre la barra el gesto de la mujer al agitar los hielos con el dedo, mi estructura ósea volvía a estar en su sitio, se acomodaba a una piel que le iba poco a poco quedando grande.
Me volteé y escruté su rostro con cierto cinismo. Unos segundos pueden ser fatales. Ella se ruborizó, se sintió observada y de reojo ella misma quiso comprobar de quién se trataba.
Tal vez le parecí inofensivo. La edad puede ser también una ventaja en ciertos casos. Le pedí al cantinero que le sirviera otro margarita:
—Aún no me lo he acabado —protestó.
—Ya no es un margarita, lograste que el hielo se derritiera. Vas a tomar agua con tequila —le dije y aparté la antigua copa echada a perder por el nerviosismo. Cuando le trajeron su bebida se sintió obligada a existir y alargó la mano a modo de saludo:
—Belén —dijo como si su nombre fuera un conjuro.
—Héctor —le dije yo estrechando su pequeña mano blanca. Quizá le hice daño con la mía. La retiró con prisa. Estaba tibia como un conejito recién nacido. Su mano respiraba con dificultad. Era la mano de una mujer herida. Entonces volteó, justo lo que yo necesitaba.
Su rostro. Una radiografía. ¡Qué estupidez eso de que los ojos son las ventanas del alma! Allí se hallaban frente a mí no solo esos faros de niebla apenas iluminados por la tristeza sino sus músculos. Debajo de la piel aún hermosa, joven. Detrás de los pómulos enrojecidos como si hubiesen sido pintados por Rubens al nacer Belén —ahora sí, ya sabemos su nombre— se escondían sus emociones.
Y yo soy un lector ávido.
Pero debía proceder con cautela. Más de una ocasión me ha ocurrido que estropeo el encuentro por la prisa de querer comunicar mis hallazgos. Esta vez no sería así, me dije. Procedería con la minuciosidad y el sigilo de un arqueólogo.
—Belén, —le dije. Y coloqué mi mano de abuelo, mi mano manchada encima de la suya, tibia (ya lo dije) y ligeramente húmeda (eso hasta ahora lo sé y me agrada el repentino nerviosismo de la muchacha).
Y ahora debo cambiar el tiempo. Evitar el pasado, tan arcaico. Pensemos que se trata no de un ejemplo, sino de mi última cacería. En presente, como está ocurriendo:
Ella bebe de su margarita que ahora sí debe saberle a margarita. Yo recupero el sabor de mi bourbon. Y una descarga eléctrica me recuerda quién soy. Un mínimo electroshock.
Debo explicar desde ahora que no solo soy un experto en discernir cuáles de esas diez mil combinaciones de músculos tienen sentido (siete mil se pierden en la noche de la infancia, son como los gestos inútiles de un recién nacido); soy además un excelente actor. Uso los míos para producir las emociones que deseo que los demás vean en mí. Y lo hago a mi antojo, con cierta obsesiva repetición. Un ojo no entrenado necesita que se le reitere la imagen de la tristeza si quiere producir algo así como compasión instantánea. Fácil pero peligroso.
Alguien lo escribió mejor que yo: aprende, aprende a descansar en el instante, en el terrible instante. Aunque él no es terrible, solo el miedo al futuro lo hace terrible. Y la mirada al pasado. Las pequeñeces deciden las pequeñeces, debías saberlo ya Héctor. Así que festina lente, apresúrate lentamente viejo chocho.
Belén tiene tiempo. A ella le sobra tiempo. A su edad Belén no existe en el tiempo, solo flota en el instante. Por eso no retira su mano diminuta aprisionada por la mía enorme. Veo mis uñas, amarillas y su contemplación no me agrada, de la misma manera en que me repele verme en el espejo y comprobar que lo que antes fue blanco en mis ojos tenga también ese matiz ictérico y sin brillo.
Ella me mira. Entonces yo con sabiduría ensayo mi mejor treinta y nueve (contraigo las fosas nasales mientras la miro) y cumple su efecto. Ella activa su zigomático mayor y se dibuja la primera sonrisa de la noche en su rostro de joven madonna. Todo lo demás será coser y cantar.
De las tres mil combinaciones de músculos de la cara que tienen algún sentido, Eckman, con ayuda de sus colaboradores, logró seleccionar las verdaderamente importantes. Ya dije que fueron siete años —los míos allí, antes de independizarme— arduos que explican en parte la maravillosa capacidad de selección de lo verdaderamente esencial de las emociones del rostro. Lo que no he dicho es que yo era muchas veces el conejillo de indias, lo que me permitió aprender también a realizar cada una de las unidades de acción faciales que él diseccionó con la paciencia de un rabino que explica la Torah a un converso. Hay algunas que difícilmente se pueden realizar sin gran entrenamiento ya que son innatas, no se realizan a voluntad. Y es que lo que está atrás de esta historia de los músculos faciales es, en realidad, la emoción. Nadie le prestó atención a Darwin en ese aspecto, hasta Wallace Frissen y Paul Eckmann. Porque presuponía que hay unos universales en el rostro y, sobre todo, que la emoción humana en cierta medida puede ser ajena a la cultura, al aprendizaje. Que somos, al fin y al cabo, animales más o menos desarrollados, mamíferos destetados. Solo eso.
Y no es fácil de aceptar con lo importantes que nos sentimos los humanos, con lo sabelotodos que nos creemos. Yo en cambio me he vuelto un cínico. Un cínico en el sentido más puro del término, y eso que nunca —los cínicos— fueron una escuela filosófica, más bien predicaban una forma de vida. O como dijeron sus adversarios, querían vivir como perros. Las cosas que se dicen para vergüenza de los otros pueden no serlo tanto, como es el caso.
Vamos a ver: si dijera que soy un estoico no tendría tan mala prensa. Y no es sino una elaboración del cinismo como doctrina: el cosmopolitismo del estoico, la ética del estoico proviene de Diógenes y este excepcional individuo no es sino un discípulo aventajado de Cynicus, el perro.
Yo he decidido desprenderme de todo lo accesorio, vivir de acuerdo a lo que la naturaleza esté dispuesta a brindarme. Tengo la libertad económica —sin que esto signifique holgura— para pasar mis últimos años viajando, al acecho. En una forma más sosegada de aventura que la que me guio en mi juventud.
Vivo como un perro, como lo que me llega. Si encuentro una perra en celo la monto. Duermo donde cae la noche; intento pasar el menor de los fríos. Para ello soy el propietario de mi propia cueva: dos cuartos casi vacíos, una sala sin ningún mueble, una cocina que casi no uso.
Y no es un privilegio de la edad. Podría haberme convertido en un viejito piadoso, como tantos. Y le daría lata a todo el mundo con mis oraciones y mi necesidad de proclamar una verdad y de compartirla con mis prójimos. Yo, en cambio, no tengo nada próximo como no sea la muerte y tampoco la espero con denuedo.
Diría que, así como otros se solazan en la tristeza y viven en duelo eterno, yo he decidido dejarme sorprender por la alegría. Que no es lo mismo que ser feliz —ser feliz es ser idiota—, sino solamente pleno. Y no conozco otra plenitud que la del instante.
Y el instante puede significar expansión, burbujeo, efervescencia.
No es que no haya yo vivido, como todo mundo, momentos difíciles; incluso inconfesables, pero ni mi pena ni mi audacia son más importantes que la deliciosa fascinación por la vida que ha guiado mis pasos sobre la tierra —y digo toda la tierra, porque la he visitado casi entera sin otro afán que el de perderme.
Hay el viajero y hay el turista y provienen de familias distintas, como los reptiles y las aves. El primero no tiene destino. No le importa el lugar al que ha de llegar, le interesa la travesía. Se detiene tantas veces como se lo exija su mirada. Y sus obsesiones. Tal vez nunca llegue a ningún lugar, de allí su gracia. El turista solo sabe que existe la línea recta. Quiere arribar a su destino, comprarlo, poseerlo —en baratijas, con cientos de fotos inútiles—, es un imbécil coleccionista de la nada. El viajero también vive en el reino de la nada, es un extranjero siempre, pero no le importa porque nada busca traer de regreso. Nada que no sea el viaje mismo.
Sé que la alegría carece de la gravedad que le gusta a los pensadores y a los profesores. Es leve y no se posee. Se puede tener una enfermedad, se puede tener una depresión —poseer la tristeza, ser su dueño—, pero no se puede tener la exuberante alegría, porque es efímera. Nos viene de nuestro pasado mamífero —así juegan los cachorros de tigre— y la tienen los nómadas de los que tanto aprendí a desaprender.
Los nómadas no poseen nada. Solo se dejan guiar por el hambre. Sus juegos, sus devaneos amorosos, sus ritos de caza, sus guerras— son solo manifestaciones de la vibrante fuerza de su movimiento. Se desprenden de todo y vuelven a partir. Siempre están de viaje. Entusiasmados, —entheos, con su dios adentro al que se han comido también después de la larga y extenuante cacería— alegres.
Luego un día los humanos decidimos hacer ciudades para protegernos y hemos terminado construyendo muros y más muros para protegernos ahora dentro de las ciudades inseguras en las que habitamos como marranos.
Debimos seguir siendo nómadas. O como los líquenes que pueden crecer debajo de la nieve, en las ventanas de las iglesias, en los bosques, en los caparazones de las tortugas y los cuernos de los rinocerontes. Una colonia de líquenes puede vivir más que muchas de las civilizaciones humanas. Han aprendido, nosotros no.
Yo soy un viejo y cínico nómada. Ya lo he dicho, ha quedado asentado en esta que será una no muy apretada memoria.
Volvamos a Belén, mi último trabajo de destrucción. Estamos en el bar. Ella bebe al fin un margarita medianamente decente. Yo mi bourbon.
Belén me sonríe. Y no es cualquier sonrisa (es una mezcla de la unidad 17, la 23 y la 24, con cierta coquetería según puedo ver por la manera en que en fracción de segundos levanta los pómulos, los labios y entrecierra los ojos). La cara revela seis emociones y sus grados —treinta y tres— con una precisión que sobrecoge cuando se conoce y domina. Felicidad, tristeza, sorpresa, temor, ira y disgusto (las emociones duran poco tiempo, no son los humores, o los temperamentos; leer un rostro no permite decir si una persona es irascible, qué flojera, pero puede revelarte en qué momento sintió una profunda ira por lo que le estabas diciendo o debido a que recordó algo particularmente molesto, yo qué sé). La vergüenza y la excitación, el arrojo y el coqueteo pueden inferirse, pero no han sido comprobadas como emociones universales discernibles. ¡Qué me importa! Yo me he entrenado para las microexpresiones que, en medio de las emociones, revelan esas otras cuatro emociones sobre las que he basado mis éxitos nada medianos en la caza.
Un nómada busca carne. Se traslada. Mira a su presa, la estudia. Y ataca. Yo estaba listo para lanzarme hacia Belén cuando me sorprendió, literalmente:
—¿No estás muy viejito para esto, Héctor?
—¿Esto? No te entiendo —jugué a responderle y bajé levemente la curva de mis cejas con instinto clínico.
—Conquistar ninfetas, Lolitas. Bien sabes de qué hablo.
No le respondo. Ella juega ahora, me acaricia la mano, sube por el brazo. Me está mirando a los ojos. No hay dulzura ni dureza. Solo me mira. Es una venada que estudia al bosquimano que la acecha. No me sirven las metáforas. Pero tengo una frase que puede desarmarla:
—Yo ya traspasé la barrera de las décadas, es cierto. Pero tú ya no eres precisamente una Lolita. ¡Qué felicidad haberte conocido diez años antes, te hubiera raptado!
Tomo su mano, la apreso con la mía. Sigue mojada, ya no tiembla. Le beso un dedo, luego otro, luego otro. Introduzco su pulgar en mi boca. Belén no cierra los ojos, no sonríe, juega a guardarse toda reacción. Pero el vello de su brazo la delata, perversa.
—Treinta y dos años, si quieres saberlo, es una estupidez que las mujeres no digamos nuestra edad. Ya no me cuezo al primer hervor.
—¿Qué estudiaste? —le pregunto luego de soltarla, como si no quisiera responder a la constatación de su estancia en la tierra.
—Arquitectura de interiores.
—Rimbombante nombre para una decoradora en ciernes.
—Sí. Pero suena superserio ¿no? —Apantalla.
—¿Te gusta?
—Me fascina. Acabo de acondicionar un loft para un fotógrafo y su esposa. Fue titánico, tanto espacio, tantas necesidades.
Tomo un trago, cierro los ojos.
—¿Te aburro?
—No, muy al contrario. Otro Margarita —le digo al barman—, para mí también igual.
Belén toma el agitador en forma de sombrilla de su coctel y juega con él. Esconde parte de sus labios, carnosos, tras él. Luego se acaricia un pómulo. Yo arriesgo:
—¿Me asesorarías para redecorar mi casa?
—Será un placer. Te advierto, cuesto una fortuna. Profesionalmente.
Nos reímos.
—Yo te advierto que es la casa de un nómada, no esperes encontrar gran cosa.
—Mejor así. Me voy a sentir más libre.
Nos tomamos nuestros tragos en medio de una conversación trivial. Sé que la cosa no se enciende. Ninguno de los dos proporciona el combustible necesario. Para mí, sin embargo, el cuerpo de Belén desnudo sería suficiente. Pero no aquí, no medio borracho. Ella lo sabe. Se excusa, repentinamente:
—Tengo que volver. ¿Te veré entonces?
Se maquilla, como si corriera hacia una cita.
Le escribo la dirección en una libreta minúscula que saca de su bolsa. Aparento la ecuanimidad de quien desea contratarla. Guarda sus utensilios, se acomoda el cabello y antes de salir me da un beso.
En la boca.
Y allí me quedo. De piedra.
Y hecho de granito sigo en mi habitación. Sin poder dormir. Pienso en Belén. En su juego. Hace un calor insoportable, además. Abro la ventana como quien se hace un trasplante de pulmón. Apenas hay viento afuera. La noche devora a las cosas, se las engulle. Una luz, lejana, alumbra la esquina. No hay ninguna ventana encendida. Las tres y media de la mañana, compruebo. Todos duermen, menos yo.
Abro la ventana para que entre la noche. Aquí hay luz eléctrica, calefacción, una colcha sobre la cama. Esto no es noche alguna. Allá afuera vive la noche.
Entonces me desnudo. Duermo sin ropa, aunque con el bastón al lado por si tengo que orinar en medio de la noche. En el bolsillo de la gabardina encuentro el lápiz labial de Belén, con el que se pintó los labios carnosos antes de darme el beso. Lo contemplo como si fuera un talismán, un amuleto.
¿Por qué lo tengo yo, allí en la bolsa de mi gabardina?
Mi cuerpo enorme desnudo, apoyado en el bastón, frente a la ventana abierta por la que no entra nada, ni el viento. Mi mano izquierda jugando con el cilindro del labial, rojísimo. Ruido en la calle. Un grito. Me asomo. Se trata de una mujer a la que un hombre persigue, da alcance, vuelve a liberarse, con fuerza. Lleva rota la blusa, producto de la riña. Llora. Grita. Él vuelve a forzarla y la tira al suelo. Se encienden otras ventanas en la calle. Puedo ver los cuerpos, no los rostros, de los otros testigos que se asoman. Ninguno, ni yo mismo, hacemos nada. Solo observamos, como si lo que está ocurriendo allí no signifique nada. Se escucha la repetida negación de la mujer. Un no, no, no, cada vez con más pánico, con furia. Se empiezan a apagar las luces. Una tras otra. Todos se esconden en sus madrigueras.
¿Y yo?
¿Qué puede hacer un viejo desnudo tres pisos encima del suceso? El hombre la golpea en la cara. No con la mano abierta, con el puño. Una, dos veces. Se escucha el ruido de los dos golpes, la sangre, un diente roto que va a caer algunos metros más allá de la pareja. La mujer se hinca, o es forzada a hincarse. No lo sé. Quiero gritar yo también, decirle que pare, que se detenga.
Las cosas empiezan a ocurrir en cámara lenta. Las veo así. No vivo en un barrio peligroso, nunca he presenciado un asalto en estas calles, me irrita aún más por eso mi silencio. El silencio de los otros que han vuelto a sus camas. Oigo el llanto de la mujer y veo que el hombre empieza a patearla. Son unas patadas brutales, al estómago, al pecho, nuevamente al estómago. La mujer se dobla de dolor. Ya no hay gritos, ni llantos. Ha enmudecido, solo se contrae como una oruga ante la bestialidad repetida del hombre.
La deja tirada, allí. Como un mal sueño.
No puedo verla bien, debido a la oscuridad. El hombre se aleja, o lo intenta. Una patrulla enciende entonces las luces y dos hombres bajan de ella, armados. Le obligan a levantar las manos. Le gritan, ahora, a él. Son hábiles. Pronto lo esposan y lo meten dentro. Uno de ellos, el policía más joven se acerca al cuerpo de la mujer. Comprueba si sigue viva, mueve la cabeza en señal de aprobación.
Luego, mucho después, llega la ambulancia. Cuando suben lo que queda de la mujer al vehículo arranca también la patrulla. Ningún vecino ha salido. Se han vuelto a encender y a apagar las luces. Alguno debió llamar.
Tarde o temprano, pero llamó.
Todos los demás, incluido yo mismo, somos unas ratas. Huimos, nos escondemos. Cavamos un agujero profundo para protegernos. No nos importa nada salvo sobrevivir. ¿Para qué?
Ahora ha vuelto la noche, la total oscuridad. La mayoría habrá tomado algún calmante. Estará durmiendo para esta hora. Yo no puedo. Sigo allí, levantado. He dejado el labial en la mesita de noche y he vuelto a la ventana. Hace tiempo que no me repito que estoy viejo, son demasiados los signos que lo delatan. Pero esta noche me siento particularmente inmemorial. Solo, acalorado, con la única compañía de la noche,
Y de todas las otras ratas, agazapadas.
He de haber alcanzado el sueño muy tarde, no tengo idea. Lo único que sé es que me duermo preguntándome si con tantos viajes conocí nuevos paisajes —labor del coleccionista— o mudé muchas veces de ojos.
¿Con cuáles de esos ojos miré en la madrugada cómo era golpeada una mujer sin hacer otra cosa que observar? ¿Con qué ojos vi a Belén en el bar y no pude traerla a mi cama, el único lugar donde la deseaba? ¿Con qué ojos me despierto hoy? ¿Con los del sueño?
Tocan a la puerta. Ella entra como un huracán. Lleva una bolsa de lona que algún día fue blanca, toscamente amarrada con un lazo. Nada más. Mira el lugar con reprobación, como si deseara encontrar la clave de la ausencia de objetos en mi casa. Una mesa con sillas, un colchón tirado en el suelo. Muchos libros. Nada más. Me sorprende su llegada, me llena de satisfacción su olor. Yo llevo una sábana que me mal envuelve y el inevitable bastón. Me cuesta trabajo detener ambas cosas.
—Déjame ponerme un pantalón —le digo, aún aturdido.
—Yo no veo —me dice riendo y hace un ademán de taparse los ojos. Luego se da la vuelta y yo me visto, con menos prisa que torpeza. Apenas me coloco la blusa ella se acerca y me ayuda a abotonarla. Siento su perfume, insoportable, quisiera tenerla desnuda.
—¿Cómo te has ganado la vida? —me pregunta ahora y con su mano abarca la nada que es mi casa.
—Buscando pastura.
—¿Cómo?
—De un lado a otro. Buscando hierbas que comer. Te lo dije ayer, soy un nómada. Cuando no hay nada, ni siquiera arbustos cerca sino la inmensa llanura, plana, desierta, te trasladas hasta que encuentras un poco de pastura. Luego vuelves a partir. Te estás yendo siempre.
—Me gusta el minimalismo, pero te pasas Héctor. ¿De verdad quieres que decore tu choza?
Entonces recuerdo su oferta. Mi mano escribiendo la dirección. Le miento:
—Claro. Un hecho.
—Con cuánto cuento
—¿Cuánto tiempo?
—No cuánto dinero.
—¿Cuánto puede costar? No tengo idea.
(Tampoco sé para qué quiero llenar ese espacio que no me contiene, que no es mi hogar, pero sigo el juego).
Ella anota una cifra en una hoja de su block, una cifra con muchos ceros.
—¿Incluye tus honorarios?, —le digo con la estudiada sonrisa de quien está a punto de perder su reino y abdica con una simple firma.
—Eso lo discutiríamos después.
—¿Después? No he gastado ese dinero nunca. En mi vida. ¿Por qué habría de querer invertirlo de golpe en este lugar? Ni siquiera sé si me voy a quedar mucho tiempo.
—No seas mentiroso. No tienes ningún lugar a dónde ir. Ni te quedan muchos años tampoco para seguir huyendo. Hacemos un trato. Tú me das una semana. Una tan solo. Yo consigo las cosas con mueblerías y diseñadores que conozco. A prueba. Si no te gusta las regresamos, me pagas eso sí mi dinero más las mudanzas y regresamos todo a la normalidad. Si esto se puede llamar normal. Eso sí, necesitaré un cheque con algo para algunos trabajos menores que hay que pagar. Si esa parte no te gusta la pierdes, inevitablemente.
