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En el tomo 4 se examinan de las ideas y procesos que nos explican cómo llegaron al Constituyente de 1916-1917 temas como el proyecto agrario y sus nociones de justicia, el lugar de los extranjeros en el nuevo Estado o la cuestión político-constitucional del anhelo de un presidencialismo fuerte.
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Seitenzahl: 516
Veröffentlichungsjahr: 2019
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
SerieHistoria Crítica de las Modernizaciones en México
La Revolución mexicana, 1908-1932
Historia Crítica de las Modernizaciones en México
Coordinadores generales de la serie
CLARA GARCÍA AYLUARDO, División de Historia, CIDE
IGNACIO MARVÁN LABORDE, División de Estudios Políticos, CIDE
Coordinadora administrativa PAOLA VILLERS BARRIGA, CIDE
Asistentes editoriales ANA LAURA VÁZQUEZ MARTÍNEZ, CIDE ADRIANA VÁZQUEZ MARÍN, CIDE
CoordinadorIGNACIO MARVÁN LABORDE
4
Primera edición, 2010Primera edición electrónica (ePub), 2018
Esta publicación forma parte de las actividades que el Gobierno Federal organiza en conmemoración del Bicentenario del inicio del movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del inicio de la Revolución Mexicana.
Revisión editorial: Paola Villers BarrigaDiseño de portada: Paola Álvarez Baldit
Imagen de portada: Diego Rivera, Paisaje zapatista (1915), Colección Museo Nacional de Historia, CNCA-INAH
D. R. © 2010, Centro de Investigación y Docencia EconómicasCarretera México-Toluca, 3655 (km 16.5), Lomas de Santa Fe; 01210 Ciudad de México
D. R. © 2010, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de MéxicoFrancisco I. Madero, 1, San Ángel; 01000 Ciudad de México
D. R. © 2010, Consejo Nacional para la Cultura y las ArtesAv. Paseo de la Reforma, 175, piso 14, Cuauhtémoc; 06500 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura EconómicaCarretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected]. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-0409-5 (volumen 4, impreso)ISBN 978-607-16-0442-2 (obra completa)ISBN 978-607-16-6067-1 (volumen 4, ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Siglas
Introducción. Revolución mexicana y modernización: 1908-1932Ignacio Marván Laborde
Campesinos y obreros en la Revolución mexicana. Entre la tradición y los afanes modernizadoresAnna Ribera Carbó
El proyecto económico de la Revolución mexicana: tierra, trabajo y dineroSergio Silva Castañeda
La “modernización” revolucionaria del discurso político liberal: el problema agrario entre 1895 y 1929Luis Barrón
Constitución, Revolución y reformas. Derechos individuales y derechos sociales María del Refugio González
La inmigración: el ocaso de una utopía modernizadoraPablo Yankelevich
La Revolución mexicana y la organización política de México: la cuestión del equilibrio de poderes (1908-1932)Ignacio Marván Laborde
Bibliografía
AALyP: Archivo Personal de Andrés Landa y Piña.
AGN: Archivo General de la Nación.
AHDSRE: Archivo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
AHINM: Archivo Histórico del Instituto Nacional de Migración.
AHSSA: Archivo Histórico de la Secretaría de Salud y Asistencia Pública.
BUAP: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
CEE: Centro de Estudios Económicos, Colmex.
CEHAM: Centro de Estudios Históricos sobre el Agrarismo en México.
CIDE: Centro de Investigación y Docencia Económicas.
CIESAS: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.
Colef: El Colegio de la Frontera Norte.
Colmex: El Colegio de México.
Colmich: El Colegio de Michoacán.
Colsan: El Colegio de San Luis.
Conaculta: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
ENAH: Escuela Nacional de Antropología e Historia.
FCE: Fondo de Cultura Económica.
IIH: Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM.
IIJ: Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM.
INAH: Instituto Nacional de Antropología e Historia.
INEHRM: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.
INM: Instituto Nacional de Migración.
Instituto Mora: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
PGR: Procuraduría General de la República.
PNR: Partido Nacional Revolucionario.
PRI: Partido Revolucionario Institucional.
SCJN: Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Segob: Secretaría de Gobernación.
SRA: Secretaría de la Reforma Agraria.
SRE: Secretaría de Relaciones Exteriores.
UAM: Universidad Autónoma Metropolitana.
UNAM: Universidad Nacional Autónoma de México.
IGNACIO MARVÁN LABORDE*
Con rigor, el término moderno nos remite a una era de la historia del mundo occidental que se inicia en el siglo XVIII, a la Ilustración, a la explicación del mundo a partir del individuo y la razón, así como a una idea de progreso continuo. Sin embargo, la idea de modernización, como categoría de análisis histórico de los procesos de cambio, nos ubica de inmediato en un momento y en un lugar determinado, y está vinculada a la noción de poner al día o actualizar un determinado estado de cosas con respecto a cambios o tendencias de reforma que están sucediendo o están presentes en el mundo.
El objetivo de este libro es examinar la Revolución mexicana desde esta perspectiva, es decir analizando las ideas y los procesos de cambio que se plantearon en el periodo 1908-1932; sin anacronismos, ubicando el significado que el término tenía en ese lapso que abarca tanto los antecedentes inmediatos y el hecho mismo de la Revolución como la llamada reconstrucción y su agotamiento.
Debo destacar que, sin tratarse de un libro sobre la Constitución de 1917, de manera involuntaria o quizá inevitable ésta quedó como una referencia central. En los seis ensayos que los autores presentamos en este tomo de la Historia Crítica de las Modernizaciones en México, en los que se abordan los temas del surgimiento de nuevos actores sociales, la economía, el proyecto agrario y sus nociones de justicia, la tensión que se vivió en los años inmediatamente posteriores a la Revolución entre garantías individuales y garantías sociales, el asunto del lugar de los extranjeros en el nuevo Estado y, por último, la cuestión de la organización política de México, en cada uno, se da cuenta de las ideas y procesos que nos explican cómo llegaron esos temas al Constituyente de 1916-1917, qué fue lo que ahí se resolvió y cuál fue la evolución posterior de los mismos hasta el punto en que, a principios de la década de los años treinta, los acontecimientos de México y del mundo llevaron a la crisis y un replanteamiento sustancial de enfoques y del curso que llevaba el país. Me explico un poco más: la movilización campesina que imprimió el carácter social a la Revolución entró en una fase de organización en la década de los años veinte, no logró grandes avances y a fines de esa década aparecieron nuevos movimientos agrarios que revitalizaron la demanda de tierras, hicieron que se incrementara la intranquilidad en el campo mexicano y se lograron reformas sustanciales a las leyes e instituciones encargadas de la materia, que modificaron el contenido del concepto de justicia social para llevar a cabo la reforma agraria. En lo que respecta a las organizaciones obreras, el arreglo con los sonorenses se agotó en menos de una década, el movimiento obrero entró en crisis, sufrió divisiones y se radicalizó, al mismo tiempo que se hicieron reformas al artículo 123 para consolidar a las juntas de conciliación y el amparo en materia laboral y, después de años de discusión, emitir en 1931 una ley federal del trabajo que daría cauce a la movilización y reorganización del movimiento obrero mexicano en la década de los años treinta. El rechazo a los extranjeros expresado en la Constitución de 1917 se tradujo en leyes migratorias restrictivas en la década de los años veinte que, en los años posteriores, se endurecerían aún más. Y, por último, en lo que se refiere al equilibrio de poderes establecido en 1917, fue cuestionado casi de inmediato, no funcionó y en 1928 y 1932 se hicieron sendas reformas a la Constitución de 1917 para hacer efectivo el fortalecimiento del Ejecutivo, en menoscabo de la independencia de los poderes Legislativo y Judicial.
Quiero destacar que, desde una perspectiva comparada, lo que sucedió con la modernización en México durante ese periodo tiene por supuesto sus especificidades pero que, como tendencia general de los cambios que se estaban dando en el mundo, no fue algo único ni original. Coincidió, primero, con las transformaciones que introdujeron en el liberalismo la cuestión social en Europa y el movimiento progresista en los Estados Unidos a fines del siglo XIX y principios del XX hasta antes de la primera Guerra Mundial y, después, fue algo en cierta medida paralelo al replanteamiento de políticas que trajeron consigo el paso de las reformas legales y políticas para hacer frente a la cuestión social, a los planteamientos radicales de transformación social a partir de 1918, así como a la crisis de las instituciones liberales y el crack del paradigma mercado y democracia que siguió a la Gran Depresión de 1929. Como escribió Luis Cabrera, el 20 de noviembre de 1935:
En la situación actual del mundo la Revolución mexicana no puede ir más que por uno de estos dos caminos:
O el comunismo.
O el nacionalismo.
¿Quiénes son los verdaderos revolucionarios?
¿Los que nos aconsejan imitar a Rusia, o los que nos ponen a Italia como ejemplo?
Ecco il problema!1
La validez y el derrotero que siguió la disyuntiva que se planteaba Luis Cabrera, ya es materia de otro momento de las diferentes ideas y procesos de modernización que ha habido en México.
* División de Estudios Políticos, CIDE.
1 “La Revolución. Sus hombres y sus ideas”, en Luis Cabrera, Obras completas, t. III, Obra política, Oasis, México, 1975, p. 777.
ANNA RIBERA CARBÓ*
Seña distintiva del variado y heterogéneo proceso de la Revolución mexicana de 1910 es la participación popular. El llamado de Francisco I. Madero a alzarse en armas en contra del régimen de Porfirio Díaz, contenido en el Plan de San Luis, convocó a distintos grupos sociales que hasta entonces habían manifestado sus descontentos o propuestas de manera aislada y se habían enfrentado infructuosamente al Estado porfiriano desde sus particulares trincheras. Campesinos de distintas procedencias geográficas, históricas y culturales, artesanos recién transformados en obreros, así como trabajadores de dinámicas ramas industriales se convirtieron en los actores colectivos que constituyen la imagen emblemática de la década de 1910. Estos grupos sociales, vinculados o no a las dirigencias visibles de la Revolución, elaboraron sus propias agendas, demandas y proyectos, y, en algunos casos, las instituciones que los cobijaron. Cabe preguntarse, sin embargo, si dichas agendas, demandas, proyectos e instituciones eran modernizadoras, ya que la modernidad está asociada a los proyectos liberales que personifica el mundo burgués.1
Desde esta perspectiva, no cabe duda de que, en el contexto de la Revolución mexicana, tan diversa en las propuestas ideológicas que la animaron y en las acciones colectivas que le dieron contenido, hubo un claro sesgo modernizador que pretendió poner al día el proyecto liberal del longevo general y presidente Díaz. Los clubes liberales de principios de siglo, el Programa del Partido Liberal con todo y sus propuestas sociales y, desde luego, el maderismo, consideraban la urgencia de construir espacios de participación verdaderamente democrática, de recuperar las posturas liberales respecto de las relaciones con la Iglesia y de buscar medidas que moderaran las injusticias que laceraban la vida nacional. Ya en el transcurso de la lucha armada fueron surgiendo propuestas de modernización de la propiedad rural, para actualizar el sistema de haciendas y hacerlo más competitivo. Pero hubo también propuestas revolucionarias que pretendieron ir más allá de la modernización liberal, como aquellas que plantearon los obreros de la Ciudad de México, de la mano del pensamiento anarquista. Otras intentaron restaurar modelos sociales y económicos de un pasado idealizado en la memoria colectiva, como la de los pueblos comuneros del sur. Estas propuestas revolucionarias populares vivieron sus particulares itinerarios a lo largo de la década de 1910, en que se modificaron conforme las circunstancias fueron cambiando, se adaptaron a las nuevas realidades o posibilidades políticas e influyeron finalmente en el texto constitucional de 1917.
Las revoluciones protagonizadas por trabajadores urbanos fueron, por lo regular, preparadas ideológicamente por medio de la prensa y de las asociaciones mutualistas y los sindicatos. Se pensaba que la revolución social que liberaría a la humanidad del triple yugo del capital, del clero y del Estado, requería un prolongado esfuerzo de organización en sindicatos, de educación en escuelas afines a sus ideas y de propaganda realizada en periódicos, en reuniones e inclusive en actos de resistencia como la huelga, que eran considerados ensayos de la lucha definitiva. Las organizaciones de trabajadores procuraron rebasar la modernidad burguesa, empezando desde sindicatos y escuelas la construcción de la sociedad futura que se erigiría sobre la base de la justicia social. Sus ideas tenían dimensión y pretensión universal y eran compartidas por trabajadores de todo el orbe, quienes se inspiraban en los mismos pensadores y conmemoraban las mismas efemérides de un calendario militante cuyos momentos estelares eran la Comuna de París, el 1º de mayo y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia.
La presencia revolucionaria de los campesinos, en cambio, no estuvo motivada por la visión de un mundo futuro, sino pasado. Las revoluciones campesinas del siglo XX, incluyendo la mexicana de 1910, se alzaron contra el despojo universal que significó la expansión de las relaciones capitalistas. La presencia popular campesina intentó detener la destrucción de las estructuras tradicionales ante el avance de las nuevas relaciones económicas y sociales. En 1950 Octavio Paz escribía en El laberinto de la soledad que
el movimiento zapatista tiende a rectificar la historia de México y el sentido mismo de la nación, que ya no será el proyecto histórico del liberalismo. México no se concibe como un futuro a realizar, sino como un regreso a los orígenes. El radicalismo de la Revolución mexicana consiste en su originalidad, esto es, en volver a nuestra raíz, único fundamento de nuestras instituciones.2
Veinticinco años más tarde, en “Vuelta a El laberinto de la soledad”, Paz abundaba en el tema:
En los trastornos de México entre 1910 y 1929 debemos distinguir varios fenómenos. Primero, una revolución de la burguesía y de la clase media para modernizar al país […] Frente a esta revolución progresista y que continúa al liberalismo y al porfirismo, está su negación, la revuelta de los campesinos mexicanos del sur […] Por más contradictorias que nos parezcan sus figuras y sus ideas, hay una continuidad entre Lorenzo de Zavala, Mora, Gómez Farías, Juárez, Ocampo, Porfirio Díaz, Justo Sierra, Limantour, Carranza, Calles, Bassols, Lombardo Toledano, etc., etc. Esa continuidad es el “progresismo”, la tentativa de “modernizar” a México. Todos esos proyectos tienen en común el querer borrar, por así decirlo, la mancha, el pecado original de México: el haber nacido frente y contra el mundo moderno. Zapata es la negación de todo eso.3
Las revoluciones que obreros y campesinos hicieron en el contexto de la Revolución mexicana, resultan desde esta perspectiva luchas en contra de la modernidad burguesa, cuya más lograda expresión fue el proyecto de la Reforma liberal que sostenía, como decía Francisco Zarco en El Siglo XIX, que “no hay adelanto físico, moral, intelectual, político, económico, social, que no haya venido en guerra abierta contra la costumbre […] todo lo grande, todo lo útil, todo lo bello, ha sido progreso del triunfo sobre la costumbre”.4 Los obreros hicieron su propia revolución dentro de la Revolución animados por las ideas de pensadores como Miguel Bakunin, Pedro Kropotkin, Anselmo Lorenzo, Francisco Ferrer Guardia y Ricardo Flores Magón. Buscaban erradicar las injusticias derivadas del capitalismo industrial, haciendo de la ciencia y la técnica herramientas de liberación y no de sujeción de los hombres. Los campesinos no necesitaron de inspiración teórica. Sus referentes estaban en la noción de una edad de oro mítica que había que recuperar. El zapatismo “en un sentido profundo niega la obra de la Reforma, pues constituye un regreso a ese mundo del que, de un solo tajo, quisieron desprenderse los liberales”.5
Ni la revolución de los campesinos ni la de los obreros libertarios triunfó. Y su derrota se debe, en parte, a que unos luchaban mirando hacia el pasado y otros con la vista puesta en el futuro y a que no tuvieron la capacidad política para tejer alianzas entre sí. Pero la facción liberal, modernizadora y nacionalista que se impuso finalmente, se radicalizó con la presencia de sus demandas e ideas, y con la fuerza y el poder de sus ejércitos. El Estado se reservó para sí, por supuesto, el derecho de decidir los tiempos y las formas en que habrían de atenderse las cuestiones agrarias y laborales. Hizo concesiones, restituyó tierras, reglamentó jornadas y salarios, pero canceló cualquier vía de autogestión que pusiera en riesgo su propio proyecto modernizador.
En las páginas siguientes se presentan 10 episodios de la Revolución mexicana con los que se intenta sustentar estas ideas. Escenas de la participación popular en la década de 1910 durante la cual obreros y campesinos navegaron entre la tradición y los afanes modernizadores.
Éste es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución. Nunca imaginaron un destino tan singular. Lloviera o tronase, llegaran agitadores de fuera o noticias de tierras prometidas fuera de su lugar, lo único que querían era permanecer en sus pueblos y aldeas, puesto que en ellos habían crecido y en ellos, sus antepasados, por centenas de años, vivieron y murieron: en ese diminuto estado de Morelos del centro-sur de México.6
Así empieza, hablando de unos pueblos que hacían una revolución porque no querían cambiar, Zapata y la Revolución mexicana de John Womack, Jr., uno de los libros de historia más conocidos acerca de la Revolución mexicana y concretamente sobre la revolución zapatista de Morelos. Es un hecho que los pueblos querían cambiar las condiciones existentes que les parecían intolerables, lo cual era a todas luces revolucionario, pero su referente utópico se hallaba en un pasado idealizado y no en un futuro indeterminado. Las comunidades agrarias no eran estáticas, ni lo habían sido desde el siglo XVI; se adecuaron a los cambios y modificaron su discurso y sus argumentos. Pero todo ello tenía una finalidad única: mantener el control de su patrimonio de tierras, aguas y bosques, sustentada en la memoria de que un monarca español había ratificado lo que ellos sabían desde antes, que aquel patrimonio era suyo desde siempre.
Lo sorprendente es que la rebelión tuvo su origen y mayor arraigo en los valles centrales de Morelos, la región en la que durante el Porfiriato había tenido lugar el más destacado proceso de modernización de la propiedad y el trabajo agrícolas con la consolidación de las haciendas azucareras, auténticas empresas agroindustriales, y en la que, paradójicamente, no hubo muchas muestras de resistencia abierta antes de 1911. Lo que sí había habido era una aguda crisis política dentro del grupo gobernante, a propósito de las elecciones locales de 1909, en las que aparecieron en escena, como personajes secundarios, algunos de quienes dos años después serían los dirigentes de la revolución zapatista.7 Quienes formaron el núcleo inicial de la rebelión y la dirigieron en los años que siguieron provenían de las clases medias y bajas de la sociedad rural; algunos eran pequeños propietarios y contaban con tierras y animales; había también pequeños comerciantes, tenderos o arrieros, peones de las haciendas de Cuautla o leñadores y carboneros, más dos profesores rurales. Sus edades fluctuaban entre 31 y 42 años y eran reconocidos en sus comunidades, en las que contaban con cierto prestigio y arraigo local. Algunos, como Emiliano Zapata y Genovevo de la O, habían sido nombrados representantes tradicionales en sus comunidades y encabezado la resistencia de sus pueblos. Muchos tenían además vínculos de parentesco y amistad entre sí, lo que facilitó la coordinación y afianzó lazos de confianza, lealtad y solidaridad.8 Éstos eran los hombres que estaban al frente de “los indios morelenses que amenazaban el sueño de la razón”, a decir del diputado conservador José María Lozano.9
La revolución maderista ofreció a estos activistas agrarios la oportunidad de sumar fuerzas contra un mismo enemigo, obtener cobertura política y aliarse con un movimiento de alcance nacional que, de triunfar, podría solucionar los viejos problemas de tierras de sus comunidades. Pero cuando en mayo de 1911 se hizo evidente que el cumplimiento del artículo tercero del Plan de San Luis, que prometía revisar la situación de las tierras, no sería muy puntualmente cumplido, una revolución que no era nueva, que había estallado al calor de la convocatoria maderista y que ahora tenía su propio proyecto, ya estaba teniendo lugar. El gobernador maderista de Morelos, Patricio Leyva, declaró en Cuernavaca sus simpatías por ese movimiento campesino en el discurso de su toma de posesión el 1º de diciembre de 1912. Dijo que la reconstrucción de ejidos encerraba todo el problema que agitaba a la región:
No es verdad que los zapatistas pretendan la repartición de terrenos; su deseo, y creo que tienen derecho a exigirlo, es la reconstrucción de los ejidos, que se les devuelvan las pequeñas propiedades que les fueron decomisadas […] [este acto de justicia] hará volver a las labores agrícolas a muchos que hoy tienen el carácter de revolucionarios.10
La verdad era otra. Los revolucionarios de Morelos no querían sólo la reconstitución de los ejidos y las pequeñas propiedades decomisadas. En el Plan de Ayala del 25 de noviembre de 1911 se planteaba claramente que se nacionalizarían todos los bienes de los enemigos de la revolución y, además, que los campesinos despojados de sus tierras entrarían en posesión de ellas “desde luego” y que la posesión se mantendría “a todo trance” y “con las armas en la mano”. Los terratenientes inconformes serían en todo caso quienes, al triunfo de la revolución, deberían acudir ante los tribunales especiales a defender su derecho a las tierras ocupadas por los campesinos. Se trataba de una revolución que ponía la iniciativa en manos de los trabajadores del campo y que con ello subvertía el orden establecido. El Plan de Ayala recuperaba el pasado y era revolucionario en función de un argumento histórico restauracionista: los pueblos tienen derecho a unas tierras que les pertenecían y de las que fueron despojados a la mala. En una carta escrita el 3 de septiembre de 1914 por Manuel Palafox, secretario de Emiliano Zapata, a Antenor Sala, quedaba de manifiesto cuál era el camino zapatista para enfrentar el problema agrario:
La repartición de tierras no se hará precisamente como usted lo indica, por la división parcelaria del suelo, sino que se llevará a cabo esta repartición de tierras de conformidad con la costumbre y usos de cada pueblo, y entiendo que es lo más justo, es decir, que si determinado pueblo pretende el sistema de comuna, así se llevará a cabo, y si otro pueblo desea el fraccionamiento de la tierra para reconocer su pequeña propiedad, así se hará, y en esta forma con gusto cultivarán las tierras apoyados por la Revolución.11
Los pueblos y sus usos y costumbres serían, para los zapatistas, los árbitros del campo de Morelos. Mientras tanto, era el Ejército Libertador del Sur quien garantizaría la propiedad de la tierra por los pueblos, así como la legalidad revolucionaria. Con la desaparición de facto de las instancias del gobierno huertista, así como del ejército federal en los territorios bajo dominio revolucionario, los pueblos asumieron las tareas de gobierno, fundamentalmente las de carácter agrario y administrativo, siempre ratificadas por el Cuartel General. Promovieron su revolución agraria en el centro-sur de México inspirando movimientos populares desde Puebla y Tlaxcala hasta Guerrero y el Estado de México. “La Revolución en la Mesa Central dependió de Morelos: ahí —dice Alan Knight— enfrentó Huerta su amenaza más cercana y encontró el constitucionalismo del norte el reto más severo a su hegemonía revolucionaria.”12
Laura Espejel, Alicia Olivera y Salvador Rueda sostienen que los objetivos zapatistas consistían en
la implementación de un gobierno que los reconociera como originales y verdaderos dueños de la tierra, pero sobre todo, de acuerdo con un régimen que creara una legislación campesina pensada y planteada por ellos mismos. La intervención —no la dirección— directa en un gobierno que los tomara en cuenta en iguales circunstancias que a los demás ciudadanos y no en la forma paternalista y opresiva que había venido haciéndolo, como si no tuvieran la misma capacidad e iguales derechos.13
Los zapatistas buscaban el establecimiento de un gobierno que respetara su derecho a la tierra y a gobernarse en sus pueblos conforme a sus usos y costumbres, no la creación o dirección de un nuevo Estado.
La mirada hacia el pasado y la reivindicación de usos y costumbres tradicionales que inspiraba las acciones y los proyectos de futuro de los campesinos armados del Ejército Libertador del Sur, enfrentados a la expansión y auge de las modernas haciendas azucareras que amenazaban su supervivencia, es explicada por Adolfo Gilly:
En este sentido, si nos atenemos al imaginario de sus protagonistas, antes que al de sus dirigentes, estas revoluciones se parecen a la visión de Walter Benjamin, “para Marx las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Tal vez las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, jala el freno de emergencia”.14
Con el sindicalismo “como medio de defensa contra la explotación de nuestra época” y la Comuna de París como el ejemplo de lo que “el hombre común era capaz de hacer” se fundó la Casa del Obrero el 22 de septiembre de 1912 en la Ciudad de México. La organización se vinculó a la tendencia anarcosindicalista tanto en su apuesta por la acción directa como en el rechazo a la política. Sus fundadores y primeros militantes provenían de organizaciones mutualistas o de resistencia, como el sastre Luis Méndez y el herrero y mecánico Jacinto Huitrón, quienes habían pasado por el Partido Obrero Socialista y junto con Eloy Armenta habían sido fundadores del Grupo Anarquista Luz. Otro sector importante provenía de la clase media e intelectual radicalizada, muchos de cuyos integrantes habían constituido el ala moderada del magonismo. La diversidad de ideas entre los miembros fundadores y las posiciones previas de sus militantes se subsanaron porque el anarquismo aportó un vocabulario que articuló las diferencias de origen de sus militantes y rebasó los límites del mutualismo.15 La Casa del Obrero alentó la creación de sindicatos y el ejercicio de la acción directa, y tan sólo unos meses después de su fundación había ampliado su énfasis original en el modelo de Escuela Racionalista y la regeneración moral de los trabajadores en un sentido sindicalista. En su primer año de existencia participó en más de 70 huelgas.16
La Casa del Obrero empleó ideológicamente “mitos históricos” que reforzaron su labor de propaganda con la toma de calles, con mítines, con manifestaciones y conmemoraciones a propósito de las efemérides internacionales de la Comuna de París, el 1º de mayo, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia y la mexicana represión de la huelga de Río Blanco. De hecho, la primera manifestación por el Día del Trabajo en la capital fue resultado de su convocatoria. Las organizaciones obreras de resistencia invitaron a las sociedades mutualistas a la “primera celebración en México del Día del Trabajo, jornada mundial por las ocho horas”. La conmemoración se llevó a cabo conforme al tono solemne que le daba el movimiento anarquista. Del Zócalo salió a las 10 de la mañana la manifestación “clamorosa, potente, turbadora”, y “en medio de un delirante entusiasmo, que hizo vibrar el sentimiento de clase de esa multitud ansiosa de libertad y justicia”. Los “paladines” de la Casa del Obrero portaban, por primera vez, una bandera roja cruzada por una franja negra.17 Fue ese día cuando los miembros de la Casa del Obrero decidieron agregar a su nombre la palabra “Mundial”, en “homenaje al principio de solidaridad internacional de los trabajadores y en homenaje también al sublime sacrificio de los mártires de Chicago”.18
Atraídos por el discurso de la Casa del Obrero, numerosos trabajadores se afiliaron. El anarquismo ofrecía educación y organización para llegar en un futuro impreciso a una indefinida emancipación universal. El sindicalismo promovía soluciones inmediatas a problemas concretos con sus demandas por la jornada de ocho horas, el descanso semanal, el salario mínimo. El primero ponía énfasis en la libertad del individuo y en la crítica a la autoridad encarnada por el Estado; el segundo, en la acción colectiva para el mejoramiento de los trabajadores. Organizar sindicatos y fundar escuelas inspiradas en las de Francisco Ferrer Guardia fueron por ello las prioridades de la Casa del Obrero. La revolución, su propia revolución libertaria que acabaría con el poder del Estado, la Iglesia y el capital, requería todavía mucho tiempo de maduración.
Durante los gobiernos de Francisco I. Madero y de Victoriano Huerta, la Casa del Obrero Mundial navegó al cobijo de sus posturas apolíticas y sus ideas encontraron desde septiembre de 1913 una eficaz vía de divulgación en las páginas de El Sindicalista. En ellas se explicaba a los lectores las ventajas de la organización y la lucha obrera por medio de sindicatos, así como los peligros de la acción política.
Antonio Díaz Soto y Gama publicó al respecto el artículo “Los políticos no salvarán nunca a la clase obrera, a pesar de todas sus promesas”. Afirmaba que “la democracia ha sido un fiasco” ya que “no acaban de pasar las elecciones, cuando ya empieza a abrirse un abismo entre electores y elegidos, entre ciudadanos y representantes, entre el pueblo que tuvo el candor de conferir un mandato incondicional e ilimitado, y los hombres investidos por la omnipotencia de ese mandato”. En contraposición abogaba por el sindicalismo que
busca la liberación del proletariado lejos de las añagazas electorales, de las promesas de sufragio efectivo, de las locas quimeras de redención por medio de la política, y substituye esas ilusiones y esas fantasmagorías por las realidades de la vida económica, por el franco espectáculo de la lucha de clases, por la obtención de conquistas efectivas de bienestar y más altos salarios.19
El Sindicalista daba cuenta de los conflictos a que se enfrentaban los trabajadores de los sindicatos afiliados, así como de los intentos del gobierno por intervenir en los asuntos laborales mediante el Departamento del Trabajo. El tipógrafo Anastasio S. Marín alertaba:
Recordad las palabras de Carlos Marx que dice: “La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”. Y a fe que tiene razón, porque lo que no hagamos nosotros a nuestro favor, nadie lo hará; y si esperamos que el Departamento del Trabajo mejore nuestra situación, bien podemos esperar morirnos de hambre antes que ver realizado semejante absurdo.20
Un grupo de oradores conocido como la Tribuna Roja fue eje de las reuniones de reclutamiento de los trabajadores. Rafael Quintero, Antonio Díaz Soto y Gama, Rafael Pérez Taylor y Agustín Aragón hablaban a las “enormes multitudes” que según John M. Hart se arremolinaban en las calles frente a las oficinas principales de la Casa del Obrero. Estas reuniones permitieron atraer a nuevos miembros, muchos de ellos obreros analfabetas, que quedaban fuera del alcance de El Sindicalista.
El 1º de mayo de 1914 la Casa del Obrero intentó crear una estructura más centralizada, con estatutos formales, para los sindicatos de la capital. Fue la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal, en cuya Declaración de Principios se establecía la lucha de clases como método de organización proletaria con la finalidad de socializar el suelo, el subsuelo, las aguas, los inmuebles, la maquinaria, etc.; la acción directa y las armas del sindicalismo revolucionario, es decir boicot, sabotaje, huelga parcial y huelga general revolucionaria en su caso; la inscripción en su seno de todos los obreros sin distinción de religión, banderías políticas o nacionalidad, y la implantación de la Escuela Racionalista.21
Victoriano Huerta, quien había clausurado temporalmente la Casa del Obrero en el verano de 1913, decidió cerrar la organización cuyas actividades se volvían cada vez más incómodas para su régimen. Fue una acción inútil porque el general tenía ya sus días contados al frente del país. El 25 de agosto se llevó a cabo la ceremonia de reapertura con la presencia de representantes del constitucionalismo, entre quienes destacaba el antiguo magonista Antonio I. Villarreal. Los trabajadores iniciaron un nuevo ciclo de organización y lucha que duró de manera ininterrumpida cerca de dos años. El escenario fue distinto ya que no existía un poder legalmente constituido y distintas facciones revolucionarias se encontraban enfrentadas. Aprovecharon el tiempo visitando fábricas y talleres, haciendo trabajo de organización y propaganda. Aceptaron el local que les ofreció el general Álvaro Obregón en la calle de San Juan de Letrán, el edificio del Convento de Santa Brígida y el Colegio Josefino. Ya en esta sede se reorganizaron los sindicatos de albañiles, de dependientes de restaurantes, detallistas, mecánicos, plomeros, herreros y hojalateros, y también la Federación de Obreros y Empleados de la Compañía de Tranvías.
Los mundiales continuaron intentando hacer su propia revolución asidos a la ideología anarquista. Una revolución que, tenían claro, tardaría en llegar. En una carta de julio de 1914 dirigida a Alexander Schapiro, secretario del Congreso Anarquista de Londres, Jacinto Huitrón, administrador de la Casa del Obrero afirmaba:
La revolución que predicamos necesita mucha preparación. ¿Qué vamos a hacer aquí donde hay un ochenta por ciento de analfabetos? Si Europa, que está más preparada e ilustrada, no ha podido realizar la Revolución Social, ¿cómo hemos de efectuarla nosotros, que apenas sabemos leer? […] Aquí es casi desconocida la idea ácrata. Estamos luchando por propagarla. Vemos el estado intelectual de los trabajadores: hay que educarlos primero y a eso estamos dedicados.22
En Chihuahua y Durango la Revolución empezó, como en Morelos, apelando al pasado. Uno mucho menos remoto que el del estado sureño y que había desaparecido hacía apenas un par de décadas, cuando se terminaron las guerras apaches. Como en Morelos, el llamado democratizador de Madero, con el lema del sufragio efectivo y la no reelección, sirvió como detonador de múltiples agravios acumulados. Pero a diferencia de lo acontecido en el estado suriano, donde Otilio Montaño se había sumado al Plan de San Luis con el muy claro lema y programa de “abajo haciendas y viva pueblos”, la revolución de los hombres del campo del norte tardó más en explicitar su propio programa y lo hizo de manera mucho menos precisa.
Los colonos militares que habían peleado contra los apaches habían sido los héroes de Chihuahua y los habitantes de los pueblos se consideraban el último baluarte de la civilización. Paradójicamente, con el fin de la guerra llegó también el suyo. Los gobernantes de México y de Chihuahua ya no necesitaron de sus habilidades militares y pusieron manos a la obra para adueñarse de sus tierras. Entre 1884 y 1910 los rancheros perdieron campos y derechos. En las regiones tradicionalmente agrícolas los nuevos hacendados, a los que ya no preocupaban los pactos de sangre de la guerra apache, extendieron sus propiedades ganaderas.23
Ampararon sus acciones con dos leyes que la Legislatura del estado aprobó a instancias del gobernador y hacendado Enrique Creel. La primera, en 1904, estableció que los presidentes municipales elegidos democráticamente serían sustituidos por funcionarios designados por el gobierno estatal. La segunda, de 1905, pasaba del gobierno federal al estatal el papel de árbitro en las cuestiones agrarias y eliminaba todas las restricciones a la venta de propiedades comunales y tierras municipales. Esta ley transformó a muchos pequeños propietarios en jornaleros sin tierras y, por gracia de la ley de 1904, sin representación propia en los municipios para defenderse. Luis Terrazas y Enrique Creel se convirtieron en señores absolutos de Chihuahua.
El llamado maderista a levantarse en armas el 20 de noviembre de 1910 cayó sobre yesca y en Chihuahua se produjo una insurrección masiva que se alimentó de múltiples y diversos agravios y demandas, reclamos y resentimientos, al frente de los cuales se encontraron los únicos dirigentes del norte de México que no pertenecían a las clases altas: Pascual Orozco y Pancho Villa. Fue éste, que en 1910 no tenía ambiciones políticas, no había sido dirigente campesino ni de ninguna comunidad, sino bandido dedicado especialmente al abigeato, quien en 1913, tras el asesinato de Francisco I. Madero, se puso al frente de un grupo de hombres a los que se sumaron muchos más para conformar en poco tiempo la gran fuerza revolucionaria que fue la División del Norte.
Uno de los rasgos distintivos de ésta fue la heterogeneidad de su composición social, ya que fue la única fuerza revolucionaria que contó con miembros de todas las clases sociales a excepción de hacendados. Mineros, habitantes de pueblos campesinos, un conglomerado de clases medias compuesto por grupos de rancheros y tenderos, pequeños empresarios y notables locales de pueblos y ciudades, así como peones de las grandes haciendas participaron en el incendio revolucionario. La extraordinaria concentración del poder económico y político en manos de una sola familia explica que todo el descontento de Chihuahua se dirigiera contra los Terrazas-Creel.24
La División del Norte y la elección de Pancho Villa como su jefe en Jiménez a finales de septiembre de 1913, resultaron de la unión de las partidas revolucionarias comandadas por los jefes militares de Durango y Chihuahua, a quienes seguían numerosos jefes locales de menor importancia. Todas estas partidas se habían levantado en armas por su cuenta reconociendo el liderazgo de Venustiano Carranza pero actuando sin coordinación entre sí. Estos caudillos regionales, con sus causas específicas para sumarse a la Revolución, siempre tuvieron conciencia de que Pancho Villa les debía su mando y de que la legitimidad revolucionaria del movimiento norteño emanaba de ellos en tanto jefes y representantes de sus soldados.25
Esta enorme diversidad en la composición de la División del Norte contribuye a explicar la ausencia de un programa revolucionario de la claridad y precisión del Plan de Ayala, formulado en una región cuya población era mucho más homogénea, y permite entender la existencia de un discurso y unas acciones justicieras que no constituyen propiamente un programa revolucionario. Cuando Chihuahua quedó bajo el poder de Villa en 1914, se procedió a la expropiación de las tierras de la oligarquía y al reparto de alimentos y otros productos entre la población más pobre, pero los demás cambios sociales, económicos y políticos se dejaron para después del triunfo. Si procedía al reparto de tierras entre sus soldados, Villa se quedaba sin ejército. Dice Friedrich Katz que en sus planes para Chihuahua “Villa fue a la vez un tradicionalista y un modernizador”, tradicionalista en tanto que quería restablecer las colonias militares, principal forma de organización de los habitantes de los pueblos a lo largo de la Colonia y el siglo XIX, y modernizador dada su convicción en los beneficios de la educación.26
Respecto a la cuestión agraria, Villa no mostró conciencia acerca de la necesidad de una reforma antes de 1913. Sus ideas reflejaban las de los antiguos colonos militares que se habían ganado la tierra combatiendo, lo que se tradujo en su postura de que los primeros en recibir tierras al término de la Revolución serían los soldados que habían luchado para ganarlas. Pueden haber sido sus contactos en prisión con los zapatistas Gildardo Magaña y Abraham Martínez y sobre todo sus discusiones con los dirigentes campesinos norteños Toribio Ortega y Calixto Contreras, las que influyeron en sus ideas sobre el tema que, en la tardía Ley Agraria de mayo de 1915, adquirió su forma más acabada. Planteó en primera instancia un límite máximo a la cantidad de tierra que podía ser poseída por un solo dueño, declaró de utilidad pública el fraccionamiento de las grandes propiedades que excedieran del límite máximo establecido y la expropiación de los terrenos circundantes de los pueblos indígenas para repartirlos en pequeños lotes entre sus habitantes.27 Se trataba de un documento que no atentaba contra la propiedad privada de la tierra, pero sí contra la concentración de la misma, el gran detonador de la revolución norteña. Dice Adolfo Gilly que en Villa, si bien
su programa es democrático burgués, es su acción la que altera y trastorna la lógica burguesa, y se le opone; y esa acción es tan extensa geográficamente, tan profunda socialmente y tan clamorosa militarmente —ella y no otra, destruye al ejército federal en Zacatecas— que no se le puede reducir a un problema o a una especificidad regionales.28
Friedrich Katz se pregunta si la revolución norteña fue un movimiento opuesto a la modernización. Su respuesta es que Villa contribuyó más que cualquier otro dirigente de la Revolución mexicana de 1910 a la destrucción del Viejo Régimen. En 1911 evitó que Madero decidiera una retirada desastrosa de Ciudad Juárez; entre 1913 y 1914 colaboró decisivamente para acabar con la dictadura militar de Huerta y la expulsión masiva de hacendados que llevó a cabo contribuyó a debilitar su poder como clase social. Y aunque muchos recuperaron sus propiedades durante la presidencia de Venustiano Carranza o en los años veinte, su control sobre las haciendas y los peones estaba ya debilitado. Por ello, cuando Lázaro Cárdenas expropió sus tierras en la década de 1930, no pudieron oponer una resistencia eficaz.29
Pancho Villa llegó a la “bola” sin ninguna teoría revolucionaria previamente adquirida, lo que junto a sus orígenes bandoleros ha hecho que en ocasiones se le considere, conforme a la categoría creada por Eric Hobsbawm, como un “rebelde primitivo”. No sólo no tuvo influencia de los magonistas, tan extendida en esas geografías y en esos años, sino que incluso los combatió. Pero los tiempos son los tiempos, y aquéllos lo eran de revoluciones y de ideologías justicieras. En un artículo Katz cuenta la anécdota de Duval West, representante de Woodrow Wilson quien, tras una larga entrevista con el general norteño y con sus administradores, le escribió una carta al presidente de los Estados Unidos diciéndole: “Esta gente es socialista sin saberlo”.30
En una fotografía de 1920 aparecen juntos Pablo González y Genovevo de la O tras la toma de posesión de Adolfo de la Huerta como presidente de la República. Después del triunfo del Plan de Agua Prieta, el jefe zapatista llegó de avanzada a la Ciudad de México y Álvaro Obregón llegó escoltado tanto por fuerzas zapatistas como por tropas guerrerenses de Maycotte y Figueroa. Siete años atrás, al iniciarse la revolución constitucionalista, Obregón había comentado a propósito de Sonora: “Aquí no tenemos agraristas a Dios gracias. Todos los que andamos en este asunto lo hacemos por patriotismo y por vengar la muerte del señor Madero”.31 En siete años habían sucedido suficientes cosas como para llevar a Obregón a aliarse con los más empedernidos agraristas de la Revolución y a éstos a aceptar la alianza, llegando incluso a posar con González que se había empeñado, apenas unos meses atrás, en acabar con los revolucionarios de Morelos.
Desde la formulación del Plan de Guadalupe había sido clara la posición de Venustiano Carranza, que fue la postura oficial del constitucionalismo: nada de incluir reformas sociales. Se trataba sólo de un programa político para la restauración del orden constitucional y nada más. No todos sus seguidores estaban de acuerdo con ello y la redacción final del plan no estuvo exenta de discusiones en torno a la posibilidad de incluir en él un programa social.
Aunque Carranza se salió con la suya, dejando para un indefinido después la formulación de un programa social, la verdad era que el aspecto agrario tenía una importancia capital en la génesis de la rebelión popular en las regiones del norte. Muchos de los militantes del constitucionalismo, intelectuales y militares, se dieron cuenta de eso. La situación agraria era clave en el conflicto nacional y había que darle una pronta solución. En 1913 el concepto de “reforma agraria” resultaba confuso y generaba dudas. Dice Charles C. Cumberland que
para Lucio Blanco y Luis Cabrera […] significaba el establecimiento de un campesinado independiente, propietario de parcelas de suficiente tamaño para mantener cómodamente una familia. Para Pastor Rouaix […] significaba la restricción del poder económico y político de los grandes barones de la tierra; y para otros significaba el desarrollo de un sistema que incrementara la producción agrícola. Todos, sin embargo, coincidían en un punto: la hacienda era el centro del problema y la hacienda debía ser frenada.32
Ya en 1912 Luis Cabrera, diputado de la sección sur del Distrito Federal, cuestionó la política oficial que prefería la paz a la reforma, argumentando que debían abandonarse los postulados del liberalismo ya que sólo la reforma sería capaz de traer la paz. Sostuvo que la legislación liberal, al destruir la tenencia comunal, había abierto las puertas a una transferencia masiva de tierras de los pueblos a las haciendas. Era necesario, decía, reconstituir los ejidos y darles identidad legal; las transferencias de tierras debían otorgarse a las colectividades más que a los individuos. Esto requeriría “tanto de la intervención activa del gobierno como de la trasgresión de los derechos sobre la propiedad”.33
Muchos de los mandos del constitucionalismo empezaron a actuar en ese sentido a pesar de la oposición de Carranza. El acto más significativo en esta línea fue el reparto de Los Borregos, la hacienda de Félix Díaz en Tamaulipas. El reparto, realizado el 29 de agosto de 1913 por Lucio Blanco y el jefe de su Estado Mayor, el entonces capitán Francisco J. Múgica, fue el primero de la revolución constitucionalista. Carranza los reprendió y envió a Blanco a Sonora bajo las órdenes directas de Obregón. Arnaldo Córdova sostiene que para Carranza el futuro ordenamiento político de México debía ser un verdadero régimen de derecho, y la lucha de clases significaba para él “la guerra, dirigida por el Estado, a los privilegios de la vieja sociedad, lucha que el caudillo de Coahuila no podía aceptar fuera del marco del Estado”.34
Algunos dirigentes del constitucionalismo empezaron a legislar en materia agraria en las áreas bajo su control. Saturnino Cedillo emitió en marzo de 1913 en San Luis Potosí una “Ley Ejecutiva del Reparto de Tierras”, en la que prometía dividir todas las propiedades que pertenecieran a los huertistas para entregarlas a los soldados y sus familias, tanto federales como rebeldes. Estas propiedades serían inalienables y se darían créditos para el cultivo. La ley garantizaba además que “a los indígenas de toda la República” se les devolverán las tierras confiscadas por los “bandidos porfiristas”. En octubre del mismo año Pastor Rouaix, gobernador constitucionalista de Durango, promulgó un decreto de reforma agraria en el que se comprometió a restituir el ejido y a expropiar y repartir algunas haciendas.35
Por más que estuvieran separadas por la geografía y por sus maneras de entender la Revolución, las revoluciones del norte y del sur no se podían ignorar. El 27 de julio de 1914 el secretario privado de Carranza le escribió a Zapata ofreciéndole suministros militares a cambio de apoyo al Primer Jefe. Luego se envió al Dr. Atl a entrevistarse directamente con Zapata en Yautepec. Tras la ocupación de la capital por el ejército del noroeste y aunque Obregón mantuvo a los federales derrotados apostados ante sus avanzadas para contener a los zapatistas, los carrancistas y los revolucionarios del sur conferenciaron casi diariamente. Dos miembros del personal de De la O se entrevistaron con Carranza, lo que hizo al Primer Jefe escribirle una carta a Zapata proponiéndole una entrevista en el lugar que él quisiera. Mientras tanto, el 18 de agosto, el Dr. Atl intervino nuevamente, escribiéndole a Zapata en nombre de Lucio Blanco para arreglar una conferencia. Los contactos no llevaron a nada. Carranza no pensaba ceder en la autoridad que le otorgaba el Plan de Guadalupe y “para él los zapatistas no eran sino forajidos del campo, peones advenedizos que nada sabían de cómo gobernar […] Le advirtió a una comisión zapatista que a menos que los sureños depusiesen las armas ordenaría que se les atacase como a bandidos”.36
Por su parte, Emiliano Zapata consideraba que solamente apegándose al Plan de Ayala podría garantizarse la promulgación y la realización de una auténtica reforma agraria y no estaba dispuesto a ceder en nada, en tanto Carranza no adoptara el plan de los revolucionarios de Morelos. “El primer jefe norteño —decían entretanto los informes surianos— era un viejo ‘cabrón’, ladrón y ambicioso, rodeado de abogados coludidos con él, que eran indiferentes a las miserias y las desdichas del pueblo.”37
Desde entonces era claro lo que no cambiaría nunca mientras Carranza y Zapata vivieran: Carranza no cedería en términos de la autoridad del Estado y del derecho a la propiedad, mientras que Zapata nunca haría concesiones en su forma de concebir el derecho de los pueblos a la tierra.
De cualquier modo los esfuerzos por llegar a un acuerdo continuaron. Zapata autorizó a Sarabia a que invitara a Villarreal, a Cabrera y a Blanco a una conferencia en Cuernavaca, expresando su deseo de llegar a un “arreglo cordial con todos los revolucionarios que sostuvieran los mismos principios”. Carranza no permitió que Blanco asistiera y no autorizó a los delegados a hacer ninguna concesión. El 27 de agosto la comisión salió rumbo al sur. No hubo negociaciones reales y a la diplomática declaración de Cabrera sobre el deseo de Carranza de tener una entrevista personal, para que los dos jefes pudieran llegar a un entendimiento, Zapata respondió “que él se podía entender con todos ‘si no por la buena a chingadazos’ y que si Carranza quería verlo que fuera a Cuernavaca”. Zapata puso, además, cuatro condiciones para evitar la guerra “entre la revolución del norte y la del sur”: Carranza y sus generales deberían firmar el Plan de Ayala, Xochimilco sería entregado a los sureños, Carranza debería renunciar al Poder Ejecutivo y deberían llevarse a cabo las disposiciones electorales y agrarias del Plan de Ayala. Las condiciones eran inaceptables.38
Por su parte, una delegación zapatista enviada por el general Genovevo de la O tuvo que escuchar decir al Primer Jefe del constitucionalismo que “los hacendados tienen derechos sancionados por las leyes y no es posible quitarles sus propiedades para darlas a quienes no tienen derecho” y concluir tajante: “Eso de repartir tierra es descabellado. Dígame qué haciendas tienen ustedes, de su propiedad, que puedan repartir, porque uno reparte lo que es suyo, no lo ajeno”.39 La modernidad burguesa enfrentaba a una revolución agraria tradicional. No habría acuerdo posible.
En una de las célebres fotos de la ocupación de la Ciudad de México por los ejércitos de la Convención aparece, haciendo su entrada el 6 de diciembre de 1914 por la calle de San Francisco, un grupo de generales. Se trata de Lucio Blanco, Otilio Montaño con una venda cubriéndole una herida en la frente, Rafael Buelna, Tomás Urbina cabalgando al frente y con salacot, Emiliano Zapata y Pancho Villa conversando, Everardo González entre ambos caudillos y, a la derecha, Rodolfo Fierro fumando un puro y montando un caballo blanco. Estos ocho generales eran, apenas cinco años atrás, un campesino, un maestro rural, un estudiante, un cuatrero, un caballerango, un bandolero, un campesino y un maquinista de tren.40 La fotografía resume lo que había ocurrido en el país en los últimos cuatro años y especialmente en Aguascalientes en octubre y noviembre de 1914.
Venustiano Carranza convocó a una Convención revolucionaria que inició sus actividades el 1º de octubre en la Cámara de Diputados de la capital de la República. Pero ésta no era la Convención que Villa quería, sino la programada conforme al calendario de Carranza y con sus propios delegados. La División del Norte avanzó hacia el sur y llegó hasta las puertas de Aguascalientes, adonde exigió se trasladara la asamblea. Obregón convenció a Carranza de que si no cedía, Villa se lanzaría sobre la capital.
El 10 de octubre, con el nombre de Convención Militar de Aguascalientes, inició sus trabajos formada por delegados militares carrancistas encabezados por Obregón y villistas dirigidos por el general Felipe Ángeles. El grupo más numeroso fue constituido por un conjunto de delegados “independientes” cuyo núcleo era la “comisión pacificadora” integrada por los generales Pesqueira, Buelna, Medina, Hay, Blanco y Villarreal, quien presidió la mesa directiva. La Convención se declaró soberana y en su discurso de apertura Villarreal dijo, entre muchas otras cosas:
Esta Revolución que tiene muy poco de política, que es eminentemente social […] que ha surgido de la gleba dolorida y hambrienta, no habrá terminado, no habrá cumplido su obra hasta que hayan desaparecido de nuestros talleres los salarios de hambre, y de nuestras ciudades los pordioseros que pueden trabajar y piden limosna, porque no encuentran donde trabajar. Vamos a acabar con el peonaje, vamos a hacer que los salarios suban, que disminuyan las horas de trabajo, que el peón, que el obrero, sea ciudadano.41
Según el Plan de Guadalupe, la Revolución tenía una motivación política. En el discurso de Villarreal ya era “eminentemente social”. Al día siguiente, a instancias de los villistas, se designó a cinco delegados que viajaron a Cuernavaca para invitar oficialmente a Emiliano Zapata a que enviara representantes del Ejército Libertador del Sur a la Convención. La comisión zapatista estuvo integrada por el periodista Paulino Martínez, el abogado Antonio Díaz Soto y Gama, los médicos Alfredo Cuarón y Aurelio Briones y por Alfredo Serrato, quien traducía las cartas de Zapata al inglés. Don Emiliano “había mandado lo más granado del movimiento agrarista como era de suponer”.42 Estos delegados que se incorporaron el 27, asistían con voz pero sin voto, a título de observadores.
La llegada de los zapatistas provocó su inmediata conjunción con el ala más radical del villismo, a la que los carrancistas no pudieron oponerse y frente a la cual no deseaban aparecer como reaccionarios en el plano de los programas y de las ideas. El día 28 los delegados villistas aprobaron por aclamación los principales artículos del Plan de Ayala, con lo que quedó asentado que la Convención favorecía el plan de redistribución de la tierra más radical que México había conocido jamás.43 El 30 la Convención cesó a Carranza como encargado del Poder Ejecutivo y a Villa como jefe de la División del Norte, decidiendo designar a un presidente que convocaría a elecciones en un plazo fijo. El Primer Jefe no aceptó ni la soberanía de la Convención ni su decisión de removerlo del Poder Ejecutivo. El 1º de noviembre la Convención elegía como presidente interino a Eulalio Gutiérrez con el apoyo de los villistas y la aceptación extraoficial de los zapatistas, en una clara maniobra para dejar al margen a don Venustiano. Los delegados carrancistas se retiraron tras los fracasados intentos mediadores de Obregón.44
La Convención de Aguascalientes, dice Womack, “era entonces el gobierno efectivo de México y su adopción de los artículos del Plan de Ayala, aun cuando no fue más que en principio, era el primer compromiso oficial de llevar a cabo una política de bienestar rural de que se tuviera noticia en la historia de la nación”. Lo notable, dice, es que
cuatro años antes los científicos hubiesen ejecutado la alta política casi completamente en favor de los grandes terratenientes, que durante el gobierno de Madero los agraristas hubiesen parecido todavía excéntricos reformistas sociales y que ahora un gobierno anunciase el derecho especial de los pobres del país a recibir sus servicios, esto, por sí solo, indicaba hasta qué punto y hasta dónde la revolución había dado satisfacción al deseo de justicia de la gente. Y la fuerza motriz del cambio habían sido los revolucionarios de Morelos.45
Al calor de la lucha revolucionaria, y ante el contacto con la abrumadora realidad social del país, muchos dirigentes y mandos medios del constitucionalismo se habían ido radicalizando y adoptando posiciones agraristas mucho más definidas. Algunos, al punto de incorporarse al gobierno convencionista, como Lucio Blanco o el propio Eulalio Gutiérrez; otros presionando dentro de sus propias filas para la adopción de políticas agrarias más claras y activas. Encontramos aquí la disyuntiva entre la simpatía y comprensión por las causas justicieras de una revolución “restauradora” y los modelos agrarios modernos del liberalismo burgués del que procedía la mayoría de ellos. Como resume Adolfo Gilly,
les repele la revolución hasta el fin, la visión imprecisa todavía por falta de programa pero cercana por la potencia del alzamiento nacional campesino, de las masas en el poder. Ven el impulso arrasador de la revolución, no ven su futuro: ni los campesinos pueden mostrárselo, ni ellos pueden superar el horizonte ideológico de la burguesía, aunque lo tiñan con colores jacobinos.46
Estos sectores radicales de la oficialidad constitucionalista vieron sus posiciones favorecidas por la existencia del zapatismo, aunque no compartieran la subversión del orden establecido que éste representaba.
A finales de 1914 la realidad era que los campesinos mexicanos del norte y del sur, una vez lograda su conjunción política en la Convención, eran los árbitros del destino de México. Y para el carrancismo había pasado ya la hora de las componendas. Por eso los constitucionalistas, encabezados por Obregón, se retiraron poco después de haber aprobado con sus votos el Plan de Ayala. La Convención “fue una derrota política para la dirección burguesa, y además para Obregón, que la había prohijado y a quien se le había escapado totalmente de las manos”.47
Fue entonces, cuando la guerra campesina había llegado a su punto más alto y los viejos poderes habían abandonado el centro político del país, que los ejércitos de los trabajadores del campo que reivindicaban los antiguos derechos de los pueblos a la tierra, o a los territorios ganados en guerra contra los apaches, hicieron su entrada en la Ciudad de México, el espejo de la modernidad porfiriana, encabezados por quienes apenas hacía cinco años eran dos campesinos, un maestro rural, un estudiante, un cuatrero, un caballerango, un bandolero y un maquinista de tren.
El que nos ha sorprendido ha sido Zapata. Zapata se hizo simpático por su apego al programa agrario y por su espíritu de rebeldía frente a todos los centros obreros del mundo. Veíamos a Zapata como el Espartaco moderno dispuesto a luchar hasta morir o lograr la liberación de los esclavos de la gleba. Pero hete aquí que por azares de la fortuna llegan los zapatistas a la capital y en vez de indios indómitos que celebran gallardos su triunfo, contemplan nuestros ojos asombrados a cohibidos y humildes parias que piden temerosos a los transeúntes una limosna “por el amor de Dios” […] Los reaccionarios hacen manifestaciones de regocijo y la gente de orden se mostraba satisfecha de la respetuosa actitud de los zapatistas. Nosotros, sin salir de nuestro asombro, nos resistíamos a creer lo que veíamos. El desengaño era demasiado cruel […] Siguió el desfile de fuerzas y vimos a los zapatistas llevar como un pendón de combate a la Virgen de Guadalupe. Otra desilusión. Y por fin la reapertura de las iglesias y la reanudación de las prácticas religiosas. El zapatismo, tal como lo imaginábamos, había muerto.48
La Casa del Obrero Mundial, como el conjunto del anarquismo internacional, había sentido una simpatía teórica por la lucha agraria de Morelos. Pero los testimonios del momento en que los afiliados a la Casa del Obrero vieron entrar a los campesinos a su propio espacio urbano, reflejan un asombroso desconocimiento e incomprensión recíprocos. Los revolucionarios villistas y zapatistas resultaban extraños a los trabajadores urbanos, aunque sus líderes estuvieran conscientes de las difíciles condiciones de vida de los campesinos y hubieran admirado y aplaudido su lucha por la tierra. En el momento cumbre de la revolución campesina, cuando Villa y Zapata se reunieron en Palacio Nacional, los dirigentes del movimiento obrero veían en Villa a un “personalista” y en los zapatistas a unos “católicos”.49
A la hora del contacto real, campesinos y obreros no lograron establecer una alianza. Entre la dirigencia zapatista y la Casa del Obrero Mundial no hubo más que algunos encuentros “de cortesía”, como la visita de Manuel Palafox y Antonio Díaz Soto y Gama a la organización obrera. Díaz Soto y Gama, antiguo miembro de la Casa del Obrero y destacado militante de las fuerzas de la Convención, reclamó a los trabajadores urbanos su distancia respecto a las causas campesinas, ante un público compuesto por “altas personalidades de la política suriana” y un número considerable de obreros que llenaba por completo los salones de la Casa del Obrero:
Mis viejos amigos y compañeros de la Casa del Obrero. Estaba triste, pues un soplo de fría indiferencia hacia los surianos soplaba en este Centro Social. ¿Por qué los oradores no han mencionado el problema nacional del Sur y hablaron sobre problemas de España, Francia y otros países y de la acción infamante con que los españoles han flagelado siempre al indio? ¿Qué es el presente lleno de sangre y de tristezas ante el ideal glorioso de nuestra raza indígena, del zapatismo de guarache, que ha dado una bofetada a los fariseos y egoístas que no han tenido el entusiasmo intenso de recibir, como era debido, a los hijos del pueblo? De este indio que arrancó los entorchados a la canalla federal y el que a despecho de muchos malévolos ha sido su ejército el que ha triunfado, a pesar de la desidia de los obreros de la ciudad que apoyaron a Madero contra Zapata, acción que más tarde juzgará debidamente la historia. En los grandes momentos no se analiza, se siente. La heroicidad de los surianos ha sido intuitiva y tenaz, hasta conseguir el triunfo al cual habían dedicado más de cuatro años de azarosa lucha, sin tener jamás la ayuda efectiva de los obreros de la ciudad.50
En defensa de los obreros de la ciudad habló Rafael Pérez Taylor, manifestando que éstos “siempre habían estado luchando por el ideal en una sublime terquedad de esperanza, sabiendo que tarde o temprano, aun cuando para ellos no llegara el mismo hecho acción, en cambio sus hijos recogerían en la copa cincelada por un nuevo Benvenuto, las lágrimas derramadas por el actual proletario”. Reprochó a Soto y Gama su trato injusto hacia los trabajadores de la capital, “pues ya, más tarde, con los movimientos sociales que comienzan a iniciarse, será la Judith que de un mandoble arranque a Holofernes, la burguesía, su cabeza, para colocarla en el inmaculado picacho del Popocatépetl, que será el pedestal definitivo de esa ara inmutable de veneración que se llama libertad”.51
