Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
A medio camino entre El derecho a la ciudad (1968) y La producción del espacio (1974), La revolución urbana (1970) constituye el núcleo del "momento urbano" de Henri Lefebvre (1901-1991). La revolución que dio título a estas páginas era, por un lado, «virtual», y sólo ahora, años después, se ve confirmada: la sustitución del mundo industrial por el mundo urbano, en el que el espacio pasa a ser el código de estructuración de una realidad capitalista que se define por el ocaso del campo y la ciudad, fundidos y sustituidos por algo nuevo: «lo urbano». Pero por otro lado también era -y es- una revolución «posible», que encontraba en este mismo principio las semillas de una transformación radical del espacio social impuesto por el capitalismo tardío para sentar las bases de la geografía crítica de nombres como David Harvey, Edward Soja o Neil Brenner. Introducción de Álvaro Sevilla Buitrago
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 346
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Henri Lefebvre
La revolución urbana
Introducción de Álvaro Sevilla-Buitrago
La revolución urbana: investigación y proyecto
La revolución urbana
1. De la ciudad a la sociedad urbana
2. El campo ciego
3. El fenómeno urbano
4. Niveles y dimensiones
5. Mitos de lo urbano e ideologías
6. La forma urbana
7. Hacia una estrategia urbana
8. La ilusión urbanística
9. La sociedad urbana
10. Conclusión
Créditos
Cuentan los que tuvieron la oportunidad de compartir tiempo y trabajar con él durante sus visitas a España de la mano del sociólogo Mario Gaviria que Henri Lefebvre tenía una actitud abierta y pragmática hacia sus propios textos, alejada de cualquier dogmatismo1. Indecisos ante alguno de sus conceptos o enredados en ciertos pasajes de sus libros, los jóvenes discípulos de Gaviria esperaban los encuentros con el francés para despejar sus dudas. Lefebvre respondía invitándoles a apropiarse de su propio pensamiento. «No me preguntéis qué significa esta noción o aquella idea», decía, «reflexionad y decidme cómo pueden ser útiles en vuestro trabajo». En las páginas de este libro, en una línea similar, Lefebvre insinúa que un modelo teórico o científico «sólo vale si se utiliza». Siguiendo esa estrategia, la primera cuestión a dirigir a este texto debería referirse a su utilidad. ¿Para qué sirve este libro? ¿Cómo puede ayudarnos un trabajo publicado hace cinco décadas a examinar los problemas urbanos contemporáneos? Esta introducción intentará responder a esta cuestión y sugerir otros interrogantes, a modo de pistas o claves para orientar la lectura de La revolución urbana hoy.
La sucesión de reediciones y nuevas traducciones del trabajo de Henri Lefebvre en los últimos años es quizá un buen indicio de la relevancia de su pensamiento para entender nuestra realidad urbana y delinear trayectorias posibles de transformación social y territorial en el futuro. Como veremos, esta vigencia constantemente renovada se debe no sólo a la intuición y capacidad de anticipación del autor, sin duda notable, sino también y fundamentalmente a su propio planteamiento intelectual, a sus decisiones metodológicas y a su estilo teórico, apoyado en nociones lábiles, capaces de adaptarse a distintas coyunturas de análisis. El carácter de texto abierto que tanto abrumaba a sus jóvenes colaboradores en la década de 1970 pondrá también en aprietos a más de un lector en la actualidad. Pero quizá es ahí donde reside su potencial para seguir atrapando a pensadores y activistas de diversos campos y orientaciones políticas. Los textos de Lefebvre, como la ciudad liberada a la que apuntan, requieren un ejercicio de reapropiación que interpela a su audiencia y anima formas de reflexión colectiva.
En esta introducción realizaremos una rápida síntesis del contexto y objetivo del libro, para después detenernos en varios temas centrales que siguen alimentando el debate en el campo de los estudios urbanos contemporáneos. Contrariamente a lo que su título podría sugerir, este trabajo no trata sobre un proceso de revolución política, aunque se gesta en un momento crítico para la izquierda francesa. El libro se preparó en los meses previos al verano de 1970. No estaban muy distantes las movilizaciones y huelgas de 1968, que habían empujado al propio Lefebvre a reflexionar sobre los movimientos en la Université Paris X en Nanterre, donde él enseñaba2. Los meses siguientes fueron un período intenso de proliferación de nuevos proyectos radicales, particularmente entre los círculos maoístas y autonomistas. A pesar de la urgencia de este contexto, La revolución urbana no se refiere a estas dinámicas u otros movimientos de transformación política. La noción de «revolución» alude aquí a una problemática más compleja, duradera y profunda: la dinámica por la cual las lógicas, procesos y relaciones que sustentan a las grandes ciudades se extienden por el conjunto del territorio; la superación de la sociedad industrial por la llamada «sociedad urbana»; la explosión de lo urbano como un «fenómeno planetario» que rompe las viejas fronteras entre ciudad y campo, entre Norte y Sur, y entre diversos regímenes económico-políticos. Este proceso, que hoy vemos desplegarse en toda su extensión y complejidad, es el que Lefebvre intuye en un momento crítico de la historia del capitalismo, un umbral en el que los arreglos fordistas-keynesianos y sus particulares geografías comenzaban a desmoronarse, y en el que se adivinaban ya los contornos de un proyecto capitalista emergente caracterizado entre otros por un nuevo régimen espacial, la globalización. Es ese nuevo mundo, en ese momento aún embrionario, el que Lefebvre nos invita a explorar usando una clave de interpretación inédita: la urbanización generalizada de la sociedad.
Este libro aparece en el ecuador de la etapa más fructífera y conocida del trabajo de Lefebvre3. El autor tiene en el momento de la publicación casi 70 años y nada menos que cerca de cuarenta libros a sus espaldas. Desde finales de la década de 1940 y especialmente en la de 1960 ha comenzado a trabajar en ese territorio intermedio entre la filosofía, la sociología y la ciencia política por el que es más recordado. Debemos a este período la introducción a una audiencia amplia y diversa de temas como la crítica de la vida cotidiana, el significado del marxismo y las revueltas populares y una incipiente exploración a medio camino entre la sociología rural y la urbana4. Todos estos temas reaparecen en El derecho a la ciudad, publicado en 1968, primer libro dedicado expresamente a lo urbano, abriendo una etapa breve pero central de su producción. En 1970 publica La revolución urbana y De lo rural a lo urbano. Le seguirán El pensamiento marxista y la ciudad en 1972, Espacio y política en 1973 y finalmente La producción del espacio en 19745. Estos trabajos forman el núcleo de su pensamiento urbanístico. Posteriormente y hasta su muerte en 1991 Lefebvre se centrará en otros aspectos, prestando especial atención a la reflexión sobre las formas políticas con los cuatro volúmenes de L’État y recuperando una voz y temas más estrictamente filosóficos6. En retrospectiva, es interesante apreciar que casi todos estos problemas se encuentran en La revolución urbana, bien como desarrollos de intuiciones previas, bien in nuce como anticipaciones de tratamientos posteriores. Este libro es, en ese sentido, una especie de antesala de experimentación y síntesis respecto al magnum opus de La producción del espacio, que sirve también de intersección a estas problemáticas en un formato mucho más extenso.
Los libros sobre ciudad y espacio de Lefebvre suponen en su momento un acontecimiento intelectual por su capacidad para proporcionar una base teórica robusta, de raigambre marxista, a la reflexión sobre los procesos urbanos. Por supuesto, aunque adelantado respecto a otros, no es el único autor que comienza a abrir ese camino. De forma más dispersa los situacionistas, con quien Lefebvre había estrechado lazos a principios de la década de 1960, habían planteado también una sofisticada lectura crítica del medio urbano7. De forma coetánea o en los años posteriores encontramos aportaciones en esa línea desde diversos campos del conocimiento y la práctica. Pienso, para mencionar sólo algunos, en el trabajo de geógrafos y sociólogos en la propia Francia, como Christian Topalov, Manuel Castells, Alain Lipietz o los colectivos en torno a las revistas Hérodote y Espaces et Sociétés (esta última fundada por el propio Lefebvre); en la investigación militante y en figuras como Marino Folin, Alberto Magnaghi o el primer Francesco Indovina en Italia; o, en el continente americano, David Harvey tras su llegada a Baltimore y Milton Santos. Pero la aportación de Lefebvre, además de temprana, es sustancialmente distinta a esa emergente tradición marxista de análisis espacial y urbano. Su trabajo, mucho más abstracto e intuitivo, trascendió pronto claves de lectura que iban a generalizarse después, como por ejemplo la reflexión sobre la renta del suelo y su influencia en el proceso urbanizador o la crítica al rol orgánico del urbanismo en estas dinámicas. Lefebvre sugiere con distintas formulaciones que la propia arquitectura económico-política del capitalismo avanzado reposa sobre un régimen de producción integral del espacio. El espacio, hay que recordarlo, se concibe aquí no sólo como mercancía –como bien inmueble o suelo– sino como configuración global sometida a procesos de reestructuración recurrentes: espacio económico, soporte a través del cual se despliega la circulación y realización de bienes y plusvalías, plataforma de una producción crecientemente socializada y fuerza de producción en sí mismo; espacio social, atravesado por prácticas cotidianas, estrategias de hegemonía política, conflictos de clase e identidad e imaginarios colectivos que lo convierten al mismo tiempo en objeto y medio de luchas incesantes.
La revolución urbana tiene una posición particular dentro de esta etapa lefebvriana de trabajos sobre urbanización y espacio. Si El derecho a la ciudad es la intervención más directa y claramente política de este período y La producción del espacio la más densa y filosófica, podríamos considerar este libro como el más «científico». En efecto, Lefebvre parece aquí fundamentalmente preocupado por determinar cuáles son los parámetros, alcance y condiciones de posibilidad de un conocimiento específico de «lo urbano». ¿Cómo podemos acercarnos, cómo atrapar con las ideas el contorno cambiante de este objeto escurridizo que empieza a vislumbrarse entre los restos de la ciudad tradicional? ¿Qué herramientas y métodos necesitamos para comprender este fenómeno emergente? La revolución urbana funciona en ese sentido como un ensayo sobre el modo de aprehender esta nueva realidad, las nuevas manifestaciones de la urbanización. Un ensayo, pues –uso el término aquí en el sentido de experimento científico, no de género literario–. Uno de los principales objetivos de este libro, más allá de sus enunciados positivos, es poner a prueba el modo en que conocemos y definimos lo urbano. Lefebvre empuja los límites del conocimiento y las propias coordenadas que acotan la concepción convencional del proceso urbanizador, a veces de forma brutal. Por momentos el texto roza un cierto paroxismo epistemológico; en algún pasaje llega a plantearse que lo urbano no se puede aprehender desde el espacio, el discurso, la historia o la filosofía, y el problema queda en manos de una abstracta combinación de lógica formal y dialéctica de contenidos. Regresando a un terreno más reconocible, Lefebvre lanza su conocida propuesta: sólo la teoría puede responder de forma efectiva a los interrogantes suscitados por la nueva problemática urbana. En el momento en que Lefebvre escribe –recordemos, 1970–, ésta es sólo un objeto virtual, que no puede atraparse desde los enfoques empíricos que caracterizan al urbanismo convencional y los distintos saberes especializados que se ocupan tradicionalmente de examinar la ciudad. Sólo una teoría orientada a lo real pero animada por un espíritu de crítica radical puede ofrecer una lectura sintética, total, revisable pero comprehensiva de la sociedad urbana; éste es uno de los mensajes centrales del libro, a menudo olvidado incluso por sus lectores más cercanos.
El problema de la ciudad se hizo periférico en sus textos tardíos, pero aunque se distanció de otras formulaciones, Lefebvre volvió en varias ocasiones a las hipótesis clave de este libro en su intento por dar sentido a las transformaciones sociales que le rodeaban durante sus últimos años de vida. Es quizá ese esfuerzo por precisar las condiciones de posibilidad de un conocimiento del cambio urbano el que ha llevado a algunas de las aventuras intelectuales más lúcidas de la última década a tomarlo como fuente de inspiración y renovación teórica y epistemológica8. La producción del espacio acaparó la atención en el campo de los estudios urbanos tras su traducción al inglés a principios de la década de 1990; a esta etapa pertenece por ejemplo una importante tradición de trabajos lefebvrianos en la esfera de la geografía crítica9. El eslogan del «derecho a la ciudad» ha estado presente en el trabajo académico y el activismo, con frecuencia en una versión tergiversada que tiene poco que ver con la formulación original que se hace en el libro homónimo10. La atención a La revolución urbana, por el contrario, se ha intensificado especialmente en la década de 2010, y en la actualidad es el texto de Lefebvre con más impacto en debates vivos en diversas disciplinas en la órbita de los estudios urbanos. El autor estaba enfrentándose en este trabajo a un fenómeno emergente, esforzándose por articular un aparato analítico aún necesariamente parcial y fragmentario. Han sido necesarias varias décadas para constatar la importancia de las hipótesis aquí enunciadas y la urgencia de ampliar el instrumental conceptual y empírico que necesitamos para desarrollarlas.
Repasemos por tanto algunas de las hipótesis centrales del libro y el modo en que nutren diversas discusiones en la actualidad. En primer lugar, como indicamos, debemos atender a ese impulso que recorre transversalmente el ensayo y que pregunta por el modo y medios apropiados para comprender lo urbano hoy. Lefebvre dedica secciones sustanciales del libro a repasar las limitaciones de las disciplinas y enfoques habituales en su momento. Evalúa especialmente las ventajas e inconvenientes de las aproximaciones empíricas y cuantitativas típicas en las ciencias sociales, pero también tradiciones en auge en ese período, como la lingüística o la semiótica. Tanto los saberes especializados como los enfoques interdisciplinares se consideran insuficientes: los primeros producen un conocimiento fragmentario, los segundos se limitan a acumular esos fragmentos y son incapaces de construir un terreno común a las distintas perspectivas y efectivo para transformar sus coordenadas de trabajo. En su conjunto, estas estrategias sólo contribuyen a obstaculizar el análisis, porque amplían sus «campos ciegos», es decir, aquello que las ciencias especializadas son incapaces de discernir aunque esté ya ahí, germinando, porque aún lo miran a través de marcos de lectura inapropiados. En ese sentido, ciertas técnicas y saberes producen ignorancia, antes que conocimiento, inhiben la comprensión de los problemas emergentes al conceptualizarlos con categorías que han quedado obsoletas. En esa línea, por ejemplo, algunas de las apuestas de carácter más especulativo en el campo de la teoría urbana reciente han señalado la necesidad de abandonar la propia categoría de «ciudad» y el «ciudadismo metodológico» que ha caracterizado a la disciplina hasta la fecha para centrarse en «lo urbano» como proceso, una idea que el propio Lefebvre sugiere ya en este libro11. Según estas posiciones, la noción de ciudad como asentamiento acotado y asociado a unos límites territoriales y administrativos bien definidos tendría aún sentido como categoría de la praxis, bien a nivel de la vida cotidiana, bien a nivel de las operaciones de la administración estatal. Pero su potencial heurístico como herramienta de análisis ha sido erosionado por el despliegue de lo urbano en circuitos y escalas que rompen constantemente sus fronteras tradicionales y que precisan otro tipo de marcos de comprensión espacial, más dinámicos.
Lefebvre propone dos estrategias metodológicas interrelacionadas para forjar una epistemología alternativa, capaz de enfrentarse a fenómenos emergentes y superar las debilidades de los enfoques tradicionales. En primer lugar, la adopción de un método «regresivo-progresivo» que explota la tensión dialéctica entre pasado, presente y futuro. Por una parte debemos mirar al pasado y utilizar un enfoque histórico para comprender cómo ha llegado a materializarse el presente, identificando las fuerzas y mecanismos que han forjado la realidad urbana a través del tiempo; por otra parte debemos mirar al futuro, a lo posible, y volver después al presente para delinear las sendas que nos orientarían hacia diversas trayectorias virtuales12. En segundo lugar, y estrechamente ligado a este último gesto, el libro introduce la idea de «transducción» como estrategia de análisis que supera las limitaciones de los métodos deductivo e inductivo convencionales para plantear una reflexión que conecta lo real con lo posible. En esta perspectiva el análisis formula una conjetura sobre un objeto que existe sólo de forma parcial y traza a partir de ella una serie de desarrollos tentativos; se trata de una teoría especulativa o, si se prefiere, de una teoría-proyecto.
En este libro ese objeto virtual es la «sociedad urbana» o su esencia más abstracta, «lo urbano». La noción de «revolución urbana» designa el pasaje entre la sociedad industrial y la sociedad urbana, el momento o «zona crítica» en que se instala el propio autor en el contexto de las transformaciones económicas, sociales y espaciales a principios de la década de 1970. La sociedad urbana es un horizonte, la culminación aún no realizada en ese momento de un proceso de colonización industrial que subsume el conjunto del territorio bajo la lógica de la acumulación capitalista. La hipótesis prolonga y actualiza el conocido pasaje de Marx en los Grundrisse donde, repasando de forma sucinta la expresión espacial de distintos modos históricos de producción, comenta: «La historia moderna es urbanización del campo, no, como entre los antiguos, ruralización de la ciudad»13. La extensión potencial de ese movimiento al conjunto del globo –o, como la denominará en otros momentos, la mundialización de la urbanización– lleva a Lefebvre a usar en ocasiones el término alternativo de «sociedad planetaria». El proceso y su objeto son sumamente paradójicos y, lejos de eludirlas, Lefebvre se recrea en sus contradicciones. «Lo urbano» es una categoría crítica que sirve para examinar los procesos en marcha, pero también un concepto transductivo, tentativo, experimental, que apunta a lo posible, no a un estadio concreto. La industrialización consume y trasciende los soportes espaciales de la propia sociedad industrial, en la que la ciudad tradicional aún era reconocible. La «sociedad planetaria» contiene tanto aspectos negativos como positivos y emancipadores. La urbanización es simultáneamente terreno y causa de las luchas sociales, etc.
Resulta útil entender el argumento central del libro como una serie de variaciones en torno a las dialécticas que conectan y distinguen simultáneamente a la ciudad de lo urbano, por un lado, y a lo urbano de lo industrial, por otro. Lefebvre maneja diferencias sutiles entre estos términos, que conviene tener en mente para facilitar la lectura. «Lo urbano» se concibe como un momento avanzado de la captura capitalista del territorio, una condición ligada al proceso de industrialización y su impacto fragmentador sobre la ciudad, tal y como ésta se había entendido hasta el siglo xix en el mundo occidental. La propia noción de «tejido urbano» no designa ya el entramado de calles y edificios de la aglomeración, sino el aparato que facilita la extensión del predominio de la ciudad –o, mejor dicho, de lógicas, fuerzas e intereses habitualmente concentrados en ellas– sobre el conjunto del territorio, incluyendo el mundo rural y los espacios naturales. En ese sentido incluye las redes de infraestructuras de transporte, comunicación, energía, etc., y la incorporación de áreas crecientes poco pobladas o despobladas como fuentes de recursos, sumideros o piezas funcionales de procesos desencadenados o que benefician fundamentalmente a aglomeraciones urbanas. Esta explosión y diseminación de lógicas urbanas tiene a la larga un efecto desintegrador sobre la ciudad. Por así decirlo, en ese proceso lo urbano se emancipa de la ciudad, la erosiona –volveremos enseguida a este aspecto al hablar de la noción de centralidad–. Al mismo tiempo, este proceso de urbanización generalizada se alimenta de, y refuerza, una dinámica de socialización de la producción; en ese proceso la generación de valor (y plusvalías) sale de la fábrica, circula por el territorio. La propia urbanización deviene fuerza productiva y en ese movimiento lo urbano, que se apoyaba inicialmente en lo industrial, lo trasciende. Las investigaciones desarrolladas por Neil Brenner y sus colaboradores dentro y fuera del Urban Theory Lab son la expresión más avanzada de las implicaciones de estas hipótesis para el análisis geográfico y urbanístico. Cabe destacar, en ese sentido, el proyecto de investigación sobre los llamados territorios extremos de urbanización, un trabajo colectivo en el que la noción de «urbanización planetaria» era sometida a un test de estrés, intentando mostrar cómo espacios remotos como el desierto del Sahara, el Amazonas, el Ártico, el Océano Pacífico o incluso la atmósfera son atravesados y colonizados por tejidos urbanos, convirtiendo dichos territorios en «paisajes operacionales» al servicio de las grandes aglomeraciones urbanas14.
Para facilitar la comprensión de las diferencias entre la «ciudad» y «lo urbano» –no siempre evidentes– resulta útil repasar el concepto de «centralidad», un término al que Lefebvre alude con frecuencia en sus escritos urbanísticos y que encuentra aquí su primer desarrollo amplio. La centralidad, en Lefebvre, no se refiere al espacio central de la ciudad –casco histórico o centro financiero– sino a una manifestación topológica, un sistema de relaciones y jerarquías que tiende a conectar y concentrar realidades heterogéneas en espacios concretos. La centralidad es, en este sentido, la esencia de lo urbano: una dinámica que enlaza, reúne, densifica y segrega los encuentros en el espacio; dicha dinámica está caracterizada por una tensión y posibilidad permanente de cambio. «Lo urbano», sugiere Lefebvre, «es una forma pura», una topología, el lugar de la congregación y la simultaneidad. En sí mismo no tiene contenido, se limita a conectar contenidos externos. La ciudad histórica es sede privilegiada de centralidad, comenzando por su propia función primaria de mercado, lugar donde confluyen bienes, personas y experiencias llegados de otros territorios. Sobre esa dimensión primaria se levantan otras expresiones de centralidad: la comunicación, la invención, la creatividad, la posibilidad de elección, el saber, la fiesta. En esta visión, sin duda idealizada, la centralidad y lo urbano son condiciones para la emancipación y realización del potencial humano: como en el viejo lema centroeuropeo, el aire de la ciudad es liberador.
Pero al mismo tiempo esta esencia de lo urbano, este poder para atraer, reunir, conectar, concentrar, es objeto de luchas constantes a lo largo de la historia. Las élites intentan acapararlo, dominarlo, pero la propia lógica interna del proceso urbanizador hace que a menudo la centralidad desborde estos proyectos. Lefebvre nos recuerda que el mercado, concentrador por antonomasia de centralidad y por tanto de lo urbano, prolifera a veces a las puertas de la ciudad, fuera de y en relación conflictiva con ella. A partir de un determinado momento su empuje arrastra no sólo al gobierno de la ciudad, sino también a un mundo rural que comienza a ser dominado y dirigido por mercaderes y productores. Después, el capitalismo industrial –que depende de la colonización permanente de espacios al margen de sus lógicas para prosperar– absorberá ese mecanismo, volviéndolo contra las propias ciudades, contra sus estructuras históricas: los centros populares, hasta cierto punto resistentes a esos procesos, son finalmente arrasados bajo la presión de procesos de terciarización y elitización dirigidos a menudo por actores supralocales; las periferias, siempre crecientes, se disgregan en el territorio de forma cada vez más inconexa y dispersa, perdiéndose el sentido de lugar que había caracterizado incluso a los arrabales históricos. Territorios cada vez más remotos son conectados e instrumentalizados en las redes expansivas de nuevas formas de centralidad capitalista. Llevado al límite, el horizonte que se vislumbra es el de un tejido urbano global, una maquinaria en la que el conjunto de recursos humanos y materiales del planeta trabajan al servicio de una red de aglomeraciones de rango mundial o, más precisamente, de sus élites. Con todo, de nuevo, Lefebvre y los que han seguido sus hipótesis advierten que la centralidad se manifiesta siempre de forma dialéctica. En ese incesante trabajo de conexión, subsunción y circulación, lo urbano toca nuevos territorios que adquieren, al menos potencialmente, la posibilidad de desarrollar sus propias condiciones de centralidad. Cualquier punto del tejido urbano global puede atraer hacia sí las fuerzas que lo rodean; en el proyecto de liberación de Lefebvre, de hecho, las periferias se emancipan produciendo condiciones de centralidad al margen de los nodos de poder. Los procesos de luchas periféricas y el llamado «urbanismo insurgente», particularmente en los barrios informales del Sur global, pueden leerse bajo este enfoque como una explosión de lo urbano al margen de los centros físicos de las ciudades, una vez que éstos han sido domesticados y privados de su centralidad histórica tras décadas de planificación y políticas institucionales15.
Junto a la noción fundamental de centralidad, Lefebvre maneja en el libro otras tentativas de análisis con nuevas categorías, como los distintos «momentos» históricos del espacio o la tríada de isotopía, heterotopía y utopía. Entre ellos hay que destacar la distinción de «niveles» socioespaciales en el proceso de urbanización generalizada, toda vez que esta reflexión prefigura el debate posterior sobre las políticas de escala, un aspecto que sigue animando, aún hoy, la discusión sobre globalización y reestructuración urbana en el campo de la geografía crítica16. Lefebvre sugiere una nueva tríada cuyos elementos combinan escalas espaciales, aspectos funcionales y estrategias respecto a lo urbano. El nivel G, o «global», se identifica no sólo con las escalas supralocales sino también con el Estado, el espacio institucional y los sujetos y discursos que lo alimentan, élites e ideologías económicas. En el extremo opuesto, el nivel P, o «privado», es el nivel del habitar, de la vida cotidiana, la escala de las relaciones primarias, que en Lefebvre tienen una contradictoria raigambre en autores a priori políticamente antagónicos como Nietzsche o, sobre todo, Heidegger17. Entre ambos el nivel M, o «mixto» –denominación quizá poco afortunada, por inespecífica–, es el nivel de lo urbano propiamente dicho. Aquí, hay que advertirlo, la formulación es algo tosca. El nivel M queda sin contenido o se lo identifica con la escala local de forma relativamente simple, como nivel del espacio colectivo, las calles, equipamientos, etc. Hay también identificaciones un tanto gruesas de enfoques urbanísticos e incluso diseñadores particulares con los distintos niveles: Le Corbusier y por extensión el urbanismo de los CIAM aparecen asociados el nivel G, y las visiones utópico-libertarias de arquitectos como Yona Friedman aparecen ligadas al nivel P. Mucho más útil que este tipo de interpretaciones mecanicistas es entender lo urbano como nivel mediador o, mejor dicho, como campo de lucha intermedio a través del cual las fuerzas del nivel G intentan dominar las dinámicas del nivel P y, viceversa, estas últimas intentan escapar al control del primero. Se trata de una propuesta que está aquí insinuada y que encontrará un desarrollo más consistente en La producción del espacio.
¿Y qué hay del urbanismo? ¿Qué rol juegan el diseño urbano y la planificación en este tipo de procesos? En La revolución urbana Lefebvre se distancia de sus posturas previas hacia estas disciplinas, adoptando una actitud más pesimista. En la conclusión a El derecho a la ciudad, por ejemplo, apostaba por una alianza de los técnicos y las fuerzas políticas de izquierda en apoyo a las demandas populares. La arquitectura y el urbanismo aparecían aquí como anticipadores de arreglos espaciales emancipadores gracias a su capacidad de experimentación, ofreciendo soluciones alternativas que, al menos potencialmente, podían apuntar a una ciudad más democrática. La revolución urbana presenta un juicio mucho más crítico. El urbanismo, incluyendo no sólo el diseño y la planificación sino el conjunto de saberes técnicos que intervienen en las políticas espaciales (geografía, sociología, economía…), se presenta como un aparato fundamentalmente ideológico. La planificación espacial no es un arte ni una ciencia: es, ante todo, una práctica política. No sólo carece de base epistemológica, sino que, en su ejercicio convencional, esta práctica limita el conocimiento y se convierte en el principal responsable de la continuidad del campo ciego al superponer a la realidad urbana una construcción falsa. El propio urbanista vive dentro de una ilusión: cree que domina el territorio y en realidad se limita a ejecutar órdenes y reproducir las inercias del sistema en su discurso y su práctica. El cierre del libro es prácticamente la antítesis de la conclusión a El derecho a la ciudad. La alianza de técnicos y fuerzas políticas aparece ahora como un frente contra la ciudadanía. Las políticas de participación, ya presentes en ese momento, son denunciadas como pura manipulación y retórica. El usuario es marginado en el proceso de construcción de la ciudad como un elemento inevitable pero incómodo. Para el arquitecto y el urbanista es un estorbo que pervierte el orden del diseño, a su vez expresión del orden estatal. Su mayor utilidad, paradójicamente, es precisamente devaluar el diseño, dejarlo obsoleto para alimentar nuevas rondas de reestructuración espacial.
En algunos momentos, sin embargo, Lefebvre muestra su confianza en que estas disciplinas pueden actuar como «aceleradores» sociales, facilitando el cambio en un contexto de transformación política profunda. Alude por ejemplo al modo en que los diseñadores plantearon nuevas soluciones urbanísticas y arquitectónicas en el primer período de la Unión Soviética y denuncia, de forma un tanto idealista y poco dialéctica, cómo en este caso no se supo adaptar la base material a esas visiones superestructurales. En todo caso, continuando con la preocupación central del libro, Lefebvre sugiere que un urbanismo transformado debería comenzar por transformar su perspectiva, abandonando sus rémoras analíticas para enfrentarse sin dilación a la realidad inminente de la sociedad urbana, dilucidando qué trayectorias pueden anticiparse y cómo articularlas a un proyecto de liberación general de la vida.
Antes de cerrar esta introducción, y al margen del contenido del libro, es preciso advertir sobre la peculiar naturaleza de los escritos de Lefebvre. Sus textos, repletos de desvíos y reflexiones paralelas, pueden ser entendidos como territorios; para orientarse por ellos, cada lector/a debe levantar su propio mapa. El autor se manifestó en numerosas ocasiones en contra de la construcción de sistemas de pensamiento o modelos cerrados, tan populares en el momento, particularmente en el campo del estructuralismo marxista18. Sin duda es esta estrategia intelectual de apertura epistemológica la que conserva la frescura y relevancia del pensamiento lefebvriano en la actualidad. Pero esta apuesta y su materialización en un estilo de escritura muy particular complican a veces la lectura. Sus textos incluyen digresiones gigantescas, ocupando a veces capítulos completos, a modo de microensayos en ocasiones muy fértiles, otras con una conexión tenue con los temas principales. En este libro, por ejemplo, encontramos una breve aproximación dialéctica al problema de la calle y el espacio público, en debate crítico con Jane Jacobs y las nuevas posturas de los CIAM auspiciadas por José Luis Sert a partir de la década de 1950. Lefebvre celebra, como ellos, la calle tradicional como espacio social. Pero también denuncia aspectos ausentes en esos discursos, como la creciente mercantilización del espacio público y la adulteración de la calle como un «sistema de objetos», término que toma de la tesis de su alumno Jean Baudrillard, defendida unos años antes19. También introduce páginas sobre la historia de la cartografía y la representación de la ciudad, o una reflexión sobre el rol del monumento, tema que había sido redescubierto en los años anteriores por voces centrales en la cultura arquitectónica como Sigfried Giedion, Louis Kahn o, más tarde, Aldo Rossi y otros colegas italianos afines a sus posiciones. Lefebvre no perdía la oportunidad de usar sus libros como foro público, y en ese sentido también La revolución urbana está sembrado de referencias y polémicas, casi siempre implícitas, que pueden detectarse entre líneas en una lectura atenta.
Como hemos comentado, La revolución urbana no es el texto de Lefebvre sobre espacio y ciudad más centrado en aspectos políticos, pero éstos no pueden dejar de aparecer tratándose de este autor. Están implícitas en todo momento una serie de incógnitas fundamentales que aún siguen abiertas. ¿Puede la sociedad urbana construir un nuevo humanismo? ¿Qué forma deben adoptar las luchas orientadas a dicho fin? ¿Cuáles son los agentes que pueden llevarlas a cabo? Son, por supuesto, cuestiones que nos corresponde responder a nosotros, habitantes de esta urbe planetaria que en el momento de publicación del libro sólo empezaba a intuirse. Es preocupante –y revelador del estado de la producción intelectual en el campo progresista– que tras más de cinco décadas, y a pesar del despliegue de toda serie de aparatos y propuestas de análisis, estemos aún comenzando a medir la complejidad de esta problemática y apenas podamos formular estrategias para darle una respuesta.
Lefebvre da una serie de claves que sigue siendo oportuno recordar. En primer lugar, sugiere que para avanzar hacia una política radical del espacio debemos abandonar los viejos imaginarios espaciales. En ese sentido indica que es preciso superar la idea de que el principal frente de lucha espacial es la ciudad como lugar acotado o un eje del campo frente a la ciudad, los campesinos contra la opresión de la ciudad, etc. Entendiendo que existe un proceso de colonización global del espacio por centros de decisión que «feudalizan» los organismos que de ellos dependen, el plano de lucha debe identificarse en los canales y relaciones que unen centro dominador y periferia dominada, en los aparatos que materializan esa subordinación en diversas escalas y geografías. Por sugerir sólo la expresión más obvia, esto alude a las cada vez más intensas «luchas de circulación» que toman las grandes infraestructuras energéticas, de comunicación y transporte como objetivo20. En segundo lugar, y relacionado de forma conflictiva con este problema, la reflexión sobre la noción de «centralidad» anima a perseguir una materialización de la utopía de lo urbano como exacerbación del encuentro, la simultaneidad, la confluencia; el «derecho a la ciudad» se refigura como derecho a la centralidad, como derecho a no ser excluido de ese proceso de congregación, encuentro, diversidad. ¿Cómo armonizar estos dos imperativos? ¿Cómo avanzar en la lucha por la desconexión de la red de colonización capitalista y, al mismo tiempo, asegurar esa inclusión de las periferias sociales en el flujo de lo urbano, en la distribución de la centralidad? Lefebvre no da respuesta a estas contradicciones, que sólo hoy vemos desplegarse en toda su amplitud.
Sin embargo, el libro es explícito sobre la urgencia de varios elementos para caminar hacia una sociedad urbana más justa y liberadora. Es necesario, indica Lefebvre, colocar lo urbano en el primer plano de la política. Esto parece hoy mucho más evidente que hace cinco décadas, en un momento en que la problemática urbana conecta transversalmente algunos de los dilemas más graves de nuestras sociedades. Traer lo urbano al primer plano de la política no quiere decir simplemente atender a las ciudades y sus conflictos, sino enfrentarse al reto de gobernar el conjunto de procesos de transformación del espacio a gran escala, comenzando por las dinámicas de capitalización del territorio que están hoy en el origen de retos como la crisis climática o la creciente brecha social y regional. Lefebvre sugiere también que el esfuerzo por conocer la nueva realidad urbana que recorre todo el libro debe volver a ella, a la práctica concreta, en un programa para la liberación de la vida cotidiana a través de la apropiación del tiempo y el espacio para el ser humano. Con un movimiento similar al que detecta en el pasaje de la sociedad industrial a la sociedad urbana, Lefebvre defiende la necesidad de articular estrategias de autogestión generalizada. La autogestión en la esfera productiva –una arena de lucha típica del momento en que se escribe el libro y que hoy resulta algo distante– debe ampliarse para abrazar una agenda de autogestión de los espacios de convivencia, los equipamientos y servicios colectivos, los espacios de habitación, etc. En definitiva, el libro propone una apuesta por el gobierno horizontal, autónomo, del organismo urbano. Nuestra época ha revivido esta aspiración con la creciente centralidad de la idea de común en el activismo urbano y la reflexión militante21. Éste no era, por supuesto, el lenguaje habitual en la época de Lefebvre, pero uno de los pocos elogios abiertos del texto reivindica la Comuna de París como la primera y auténtica revuelta urbana, un episodio que según él anticipó formas de lucha y organización específicas a la condición que habría de extenderse paulatinamente por todo el planeta22.
Escribo esta introducción precisamente a finales de mayo de 2021, en el 150 aniversario de este capítulo central en la tradición de las luchas urbanas. Y quiero pensar que tanto la Comuna como La revolución urbana forman parte de un hilo de acontecimientos dispersos que siguen interpelándonos, a modo de prehistoria de un momento de emancipación colectiva que aún debemos aprender a imaginar y desplegar. Este libro, en ese sentido, puede entenderse como un fragmento más de esa pedagogía de la liberación que nos corresponde reconstruir y cultivar, un gesto del pasado que nos ayuda a trazar trayectorias hacia un futuro urbano más justo y democrático.
Álvaro Sevilla-Buitrago
1. Los trabajos de Lefebvre sobre la ciudad y el espacio tuvieron una influencia importante en el mundo hispanohablante gracias a una traducción temprana. Sobre la relación de Lefebvre con España, véase Celine Vaz, «“Les Pyrénées séparent et relient la France et l’Espagne”: Henri Lefebvre et la question urbaine espagnole à la fin du franquisme», L’Homme et la société 185-186 (2012): 83-103; ŁukaszStanek, «Introduction. A manuscript found in Saragossa: Toward an architecture», en Henri Lefebvre, Toward an Architecture of Enjoyment (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2014), xi-lxi; e Ion Martínez Lorea, «Presentación: Henri Lefebvre, en busca del espacio del placer», en Henri Lefebvre, Hacia una arquitectura del placer (Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 2018), 13-57. Durante la última década han seguido proliferando los trabajos sobre Lefebvre en castellano. Véase especialmente Emilio Martínez Gutiérrez, «Introducción: Ciudad, espacio y cotidianidad en el pensamiento de Henri Lefebvre», en Henri Lefebvre, La producción del espacio (Madrid: Capitán Swing, 2013), 31-50, y el monográfico especial de la revista Urban, Álvaro Sevilla-Buitrago (ed.), Espectros de Lefebvre,Urban NS02 (2011). Desde América Latina, véanse, entre otros, Carlos de Mattos y Felipe Link (eds.), Lefebvre revisitado: capitalismo, vida cotidiana y el derecho a la ciudad (Santiago de Chile: RiL, 2015), e Ivo Gasic Klett, Ángelo Narváez León y Rodolfo Quiroz Rojas (eds.), Reapropiaciones de Henri Lefebvre: crítica, espacio y sociedad urbana (Santiago de Chile: Triángulo, 2015). Puede encontrarse una nota exhaustiva sobre la trayectoria y los libros de Lefebvre en Emilio Martínez Gutiérrez, «Breve biografía y bibliografía de Henri Lefebvre», Urban NS02 (2011): 7-13.
2. Henri Lefebvre, L’irruption de Nanterre au sommet (París: Anthropos, 1968).
3. Sobre la obra de Lefebvre, con especial atención a sus aspectos espaciales y urbanos, véanse: Neil Brenner y Stuart Elden, «Introduction. State, Space, World: Lefebvre and the Survival of Capitalism», en Henri Lefebvre, State, Space, World: Selected Essays, ed. de Neil Brenner y Stuart Elden (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2009), 1-48; Grégory Busquet y Jean-Pierre Garnier, «Un pensamiento urbano todavía contemporáneo: las vicisitudes de la herencia lefebvriana», Urban NS02 (2011): 41-57; Stuart Elden, Understanding Henri Lefebvre: Theory and the Possible (Londres: Continuum, 2004); Kanishka Goonewardena, Stefan Kipfer, Richard Milgrom y Christian Schmid (eds.), Space, Difference, and Everyday Life: Reading Henri Lefebvre (Londres: Routledge, 2008); Remi Hess, Henri Lefebvre et l’aventure du siècle (París: Métailié, 1988); Andy Merrifield, Henri Lefebvre: A Critical Introduction (Londres: Routledge, 2006); ŁukaszStanek, Henri Lefebvre on Space: Architecture, Urban Research, and the Production of Theory (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2011); ŁukaszStanek, Christian Schmid y Ákos Moravánszky (eds.), Urban Revolution Now: Henri Lefebvre in Social Research and Architecture (Londres: Routledge, 2014).
4. Véanse, por ejemplo, Henri Lefebvre, Critique de la vie quotidienne (I): Introduction (París: Grasset, 1947); Le marxisme (París: Presses Universitaires de France, 1948, trad. esp. 1985); Problèmes actuels du marxisme (París: Presses Universitaires de France, 1958); Critique de la vie quotidienne (II): Fondements d’une sociologie de la quotidienneté (París: L’Arche, 1962); La proclamation de la Commune (París: Gallimard, 1965, trad. esp. 2021); La vie quotidienne dans le monde moderne (París: Gallimard, 1968, trad. esp. 1972).
5. Casi todos estos textos se traducen al castellano de forma temprana: Henri Lefebvre, El derecho a la ciudad (Madrid: Península, 1969; reedición en 2017 en Capitán Swing); De lo rural a lo urbano (Barcelona: Península, 1991); El pensamiento marxista y la ciudad (México D.F.: Extemporáneos, 1973); Espacio y política (Barcelona: Península, 1976); La producción del espacio (Madrid: Capitán Swing, 2013).
6. Véanse, por ejemplo, Henri Lefebvre, La survie du capitalisme. La reproduction des rapports de production (París: Anthropos, 1973); De l’État (I): L’État dans le monde moderne, De l’État (II): Théorie marxiste de l’État de Hegel à Mao, De l’État (III): Le mode de production étatique, De l’État (IV): Les contradictions de l’État moderne (París: Union Géneralé d’Éditions, 1976-1978); La présence et l’absence (París: Casteman, 1980, trad. esp. 1983); Une pensée devenue monde (París: Fayard, 1980); Éléments de rythmanalyse: introduction à la connaissance des rythmes (París: Syllepse, 1992).
7. La colaboración fue pronto interrumpida tras una agria polémica sobre el sentido de la Comuna de París, en la que los situacionistas acusaron a Lefebvre de plagiar algunas de sus ideas, extremo que este último negó públicamente. Véase Stuart Elden, Understanding Henri Lefebvre, 153.
8. Véase, por ejemplo, Henri Lefebvre, «Quand la ville se perd dans une métamorphose planétaire», Le Monde Diplomatique, mayo 1989, 16-17. En los debates recientes, véase especialmente Neil Brenner y Christian Schmid, «Towards a new epistemology of the urban?», City 19 (2015): 151-182. Las hipótesis de La revolución urbana son el punto de partida de la investigación reciente sobre procesos de «urbanización planetaria».
9. Véanse por ejemplo Edward W. Soja, Thirdspace: Journeys to Los Angeles and Other Real-And-Imagined Places (Oxford: Blackwell, 1996); Rob Shields, Lefebvre, Love and Struggle: A Spatial Dialectics (Londres: Routledge, 1999).
10. Para una revisión sintética de la noción de «derecho a la ciudad» y su impacto, véanse Peter Marcuse, «¿Qué derecho para qué ciudad en Lefebvre?», Urban NS02 (2011): 17-21; Thierry Paquot, «Releer El derecho a la ciudad de Henri Lefebvre», Urban NS02 (2011): 81-87; Álvaro Sevilla-Buitrago, «Movimiento Moderno y derecho a la ciudad: prefiguraciones y contradicciones en el diseño urbano de postguerra», Arte, Individuo y Sociedad 32 (2020): 211-226.
11. Neil Brenner, «Tesis sobre la urbanización planetaria», Nueva Sociedad 243 (2013): 38-66; David Wachsmuth, «Teoría urbana sin ciudadismo metodológico», Urban NS06 (2013): 23-35.
12. Sobre el uso del método regresivo-progresivo por Lefebvre véase Elden, Understanding Henri Lefebvre, 147-ss.
13. Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, volumen 1, Siglo XXI, México, 1971, p. 442. Los lectores familiarizados con la historia del urbanismo recordarán que Ildefonso Cerdá, responsable del famoso Plan de Ensanche de Barcelona, usó una fórmula muy similar unos años después en su Teoría general de la urbanización, considerada por algunos como acta fundacional de la disciplina.
14. Neil Brenner, ed., Implosions/Explosions: Towards a Study of Planetary Urbanization (Berlín: Jovis, 2014); «The hinterland urbanised?», Architectural Design 86 (2016): 118-127. El trabajo colectivo en el proyecto mencionado puede consultarse en línea: http://www.urbantheorylab.net/projects/operational-landscapes/ (fecha de acceso: 30-5-2021).
15. Sobre las nociones de urbanismo insurgente y la autogestión del proceso urbanizador en las periferias, véanse James Holston, Insurgent Citizenship: Disjunctions of Democracy and Modernity in Brazil (Princeton: Princeton University Press, 2008); «Insurgent citizenship in an era of global urban peripheries», City & Society 21 (2009): 245-67; Leonie Sandercock, Towards Cosmopolis: Planning for Multicultural Cities (Chichester: Wiley, 1998), 3-8.
16. En esta tradición las escalas espaciales se entienden como productos sociales que segmentan verticalmente (y distribuyen desigualmente) diversas expresiones del proceso urbanizador, los regímenes económicos, los sistemas de gobierno y las relaciones sociales. Véanse, por ejemplo, Neil Brenner, New Urban Spaces: Urban Theory and the Scale Question (Nueva York: Oxford University Press, 2019); Neil Smith, «Contours of a spatialized politics: homeless vehicles and the production of geographical scale», Social Text 33 (1992): 55-81; Erik Swyngedouw y Nik Heynen, «Urban political ecology, justice and the politics of scale», Antipode 35 (2003): 898-918.
17. Sobre la relación entre el pensamiento de estos autores y Lefebvre, véanse Stuart Elden, «Between Marx and Heidegger: politics, philosophy and Lefebvre’s The production of space»,Antipode 36 (2004): 86-105; Manuel Delgado y Marta Contijoch, «Dionisos en las ciudades: el retorno del dios trágico en Eurípides, Nietzsche y Lefebvre», Scripta Nova (en prensa).
18. Es palpable en este sentido la polémica implícita con Althusser y su escuela, entre otros Manuel Castells, cercano a la ortodoxia marxista en ese momento. Aunque Castells colaboró con Lefebvre en Espaces et Sociétés en ese período, le criticará posteriormente.
19. Jean Baudrillard, El sistema de los objetos (Madrid: Siglo XXI, 2010).
20. Joshua Clover, Riot. Strike. Riot: The New Era of Uprisings (Nueva York: Verso, 2019).
21. Sobre la noción de común, véanse Pierre Dardot y Christian Laval, Commun: essai sur la révolution au xxie siècle (París: La découverte, 2014); Michael Hardt, «The common in communism», Rethinking Marxism 22 (2010): 346-356. Para una reflexión sobre la dimensión espacial y urbana del común, Stavros Stavrides, Common Space: The City as Commons (Londres: Zed Books, 2016); Álvaro Sevilla-Buitrago, «Capitalist formations of enclosure: space and the extinction of the commons», Antipode 47 (2015): 999-1020.
22. Lefebvre había reflexionado a fondo sobre este episodio previamente en La proclamation de la Commune
