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Este libro esencial documenta la configuración de la sociedad digital en todo el mundo y examina sus consecuencias sociales, económicas, políticas y culturales. A partir de la investigación académica y del análisis empírico más rigurosos y actualizados, Manuel Castells explora el profundo impacto que la tecnología y la transformación digital siguen teniendo en nuestro mundo.
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Seitenzahl: 279
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Manuel Castells
LA SOCIEDAD DIGITAL
Traducción de Alejandra Freund
Alianza Editorial
Para Isidora,el amor de mi vida
Agradecimientos
1. Introducción. Una sociedad digital
2. Nos comunicamos, luego existimos
3. ¿El fin de la privacidad? El estado de vigilancia y el capitalismo informacional
4. La digitalización de los mercados financieros: de los derivados a las criptomonedas
5. El Teletrabajo y la metrópolis en red
6. Aprendizaje humano, Aprendizaje informático y de la IA
7. Brechas digitales: territorio, género, edad, clase, etnicidad, culturas
8. Movimientos sociales en red
9. Redes sociales y polarización política
10. Guerra y paz en la era de las máquinas digitales
Conclusión La sociedad digital y la sociedad red
Postfacio a la edición española. La digitalizacion en España
Referencias
Créditos
Cualquier libro es una labor compartida bajo la responsabilidad del autor. Este no es ninguna excepción. Por tanto, me gustaría nombrar y agradecer a las principales personas que han contribuido a esta obra en su forma final.
Mi primer y principal agradecimiento es a Juan Ortiz Freuler, estudiante de doctorado con la beca Wallis Annenberg, por su ayuda investigativa verdaderamente excepcional en la elaboración de este libro. Es más, ha sido mi interlocutor en el largo proceso de analizar y dar sentido a la información que habíamos estado recopilando. Muchas de sus ideas han inspirado la escritura, aunque yo soy el único responsable de las posibles carencias de la obra que tiene usted entre manos. Mi alumno de doctorado Marley Randazzo aportó excelente ayuda investigativa adicional. Los alumnos de mis seminarios de doctorado en la Annenberg School of Communication and Journalism, University of Southern California, especialmente en Comm 647 (Sociedad Red) y Comm 670 (Cultura y Economía), cuyas investigaciones también han orientado algunos de los temas que trato en este libro. Huelga decir que su obra está citada al completo en las referencias de los capítulos relevantes.
Mi eficiente asistente administrativa, Pauline Martinez en la USC, ha estado a cargo de la coordinación del proyecto y de la preparación del manuscrito con su diligencia y profesionalidad habituales.
De nuevo, Ian Tuttle ha sido el editor que hace posible que mis libros, y este en particular, lleguen a los lectores en un inglés correcto.
Expreso mi reconocimiento de corazón a todos los contribuyentes que he citado y a muchos otros, entre ellos mis colegas en California, Inglaterra, Estados Unidos, Cataluña, China, México, Argentina, Portugal, Costa Rica y España, que también han ayudado a mi entendimiento de la sociedad digital en nuestras interacciones. Tengo una deuda particular con Jonathan Aronson, Jonathan Taplin, Ernest Wilson, Geoff Cowan, Hernan Galperin y Francois Bar en la USC Annenberg School of Communication and Journalism. Un reconocimiento especial a mi decana, Willow Bay, por su apoyo incondicional a mi trabajo en la universidad. También tengo una deuda intelectual con mis colegas y amigos, neurocientíficos António Damásio y Hanna Damásio, en la USC. Con John Thompson, de la Universidad de Cambridge. Con WiIl Dutton, que antes estaba en el Oxford Internet Institute. Con Wendy Hall, en la Universidad de Southampton, con el difunto Peter Hall en University College, Londres. Con Tim Berners-Lee en el MIT. Con Rosalind Williams y el fallecido William Mitchell en el MIT. Con Jerry Feldman en Berkeley. Con Imma Tubella, David Megias, Arnau Monterde y Mireia Fernández-Ardèvol de la Universitat Oberta de Catalunya. Con Cui Baoquo en la Universidad de Tsinghua. Con Fan Dong en la Universidad de Zhejiang. Con el señor Ren, CEO de Huawei. Con el señor Ma, CEO de Tencent. Con mi ayudante de investigación y antigua alumna de doctorado en la USC, Yuehan Wang. Con Carmen Rodriguez Armesta en México. Con Fernando Calderon en Buenos Aires. Con Gustavo Cardoso en Portugal. Con Isidora Chacon en Costa Rica, cuyas ideas sobre educación han transformado mi visión de este tema. Y con mis colegas en el gobierno español, de quienes aprendí las implicaciones políticas de la digitalización de la sociedad.
Como es el caso con la mayor parte de mi investigación actual, me he beneficiado del apoyo institucional y financiero de la Annenberg Foundation, así como del rectorado de la University of Southern California.
Solo usted, respetado lector, podrá juzgar el valor de todas estas contribuciones en la obra final.
Pacific Palisades, California, noviembre de 2023.
Hoy en día vivimos en una sociedad digitalizada casi por completo. Según un artículo publicado en 2011 en la revista Science, mientras en 1986 menos del 1% de la información mediada global estaba almacenada en formato digital, para 2007 había alcanzado el 94% (Hilbert y Lopez, 2011), y para 2014 era un asombroso 99,5% (Hilbert, 2015). Puesto que producir, almacenar y procesar información es un componente esencial para todas las formas de vida, podemos concluir con certeza que producir, almacenar e intercambiar información digitalmente moldea las formas de organización humana que llamamos sociedad.
La información en formato digital ha permitido una explosión en la comunicación global, posibilitada por los protocolos de internet y las telecomunicaciones digitalizadas. En todo el mundo, el número de usuarios de internet pasó de 2,6 millones en 1990 a 5,3 mil millones en 2022, y las suscripciones móviles de 23.500 en 1980 a más de 8 mil millones en 2020, en un planeta con más o menos esa población (World Bank, 2022).
Figura 1.1: Suscripciones de telefonía móvil-celular y usuarios de internet por cada 100 habitantes, por región
Fuente: Juan Ortiz Freuler, utilizando datos de la International Telecommunications Union (UN).
Notas:
a) En muchas regiones hay más suscripciones que personas porque algunas poseen múltiples aparatos conectados (por ejemplo, para el trabajo y personal; o tableta y teléfono), mientras que otros tienen múltiples tarjetas SIM y se aprovechan de diferentes promociones, o aseguran la cobertura mientras se desplazan por el territorio.
b) La región CEI es la Comunidad de Estados Independientes. Es una organización política y económica creada en diciembre de 1991, tras la disolución de la Unión Soviética. La CEI está formada por diez estados miembro: Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbequistán.
En la figura 1.1 observamos el crecimiento global en suscripciones móviles y usuarios de internet por región.
La comunicación digital ha experimentado la difusión más rápida entre todas las tecnologías. Para alcanzar 50 millones de usuarios: las aerolíneas necesitaron 64 años; los automóviles, 62; el teléfono, 50; la electricidad, 46; la televisión, 22; el ordenador, 14; el teléfono móvil, 12; internet, 7; Facebook, 4 (Desjardins, 2018). En 2023, ChatGPT solo necesitó dos meses para alcanzar 100 millones de usuarios (Milmo, 2023).
La creación masiva y acelerada de información digital es en gran medida consecuencia de la expansión del uso de internet y del crecimiento en el número de usuarios. Así, en 2021, durante un minuto de internet global se subieron a YouTube 500 horas de contenido, se enviaron unos 200 millones de correos electrónicos, hubo 695.000 historias compartidas en Instagram, 5.000 descargas de la aplicación de TikTok, 28.000 suscriptores estaban viendo Netflix, se realizaron dos millones de «swipes» en Tinder y se gastaron 1,6 millones de dólares en línea (Lewis, 2021).
No solo hay personas creando contenido digital para otras personas, las máquinas también generan datos digitales para otras máquinas conectadas por internet. Provienen de los dispositivos caseros inteligentes, pero también de coches conectados y de maquinaria industrial en red. Este Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés) está creciendo rápidamente y produce una cantidad masiva de información digital que otras máquinas procesan y que ningún humano verá nunca. En cuanto a conexiones activas a internet, estos dispositivos están superando rápidamente a los aparatos centrados en humanos, como smartphones, portátiles y ordenadores, una tendencia ilustrada en la figura 1.2.
Figura 1.2: Conexiones activas globales de dispositivos del internet de las cosas (IoT) y del no-IoT entre 2010 y 2025 (en miles de millones)
Fuente: Autor.
Nota: No-IoT incluye teléfonos móviles, tabletas, PCs, portátiles y líneas de telefonía fijas. IoT incluye todos los dispositivos conectados empresa a empresa (B2B, por sus siglas en inglés) y dispositivos conectados de consumidores. Ejemplos de conexiones IoT incluyen coches conectados, aparatos domésticos inteligentes y maquinaria industrial conectada. En comparación, conexiones no-IoT son smartphones, portátiles y ordenadores. Las conexiones de este tipo de dispositivos sumarán algo más de 10 mil millones de unidades para 2024 —tres veces menos que las conexiones de aparatos IoT.
El resultado es un flujo enorme de datos humanos e informáticos que lleva acumulándose durante años y que crece cada minuto. Este sistema solo es posible gracias al crecimiento de la computación en la nube1. El gasto relacionado con la inversión en esta infraestructura pasó de 61.000 millones de dólares en 2009 a 178.000 millones en 2021 (Vailshery, 2022b). Mientras que en 2015 el 30% de los datos corporativos estaban almacenados en la nube, para 2022 era el 60% (Vailshery, 2022c). El rol crucial de los megaservidores y su concentración geográfica plantea cuestiones importantes acerca de la soberanía de los países, pues los centros de datos se han convertido en factores fundamentales de riqueza y poder. La figura 1.3 muestra la distribución geográfica desigual de la infraestructura vital para la nube por región en 2018.
Figura 1.3: Localización de los servidores para los principales proveedores de la nube que ofrecen infraestructura como servicio (IaaS, por sus siglas en inglés)
Fuente: Autor.
Notas: Los datos representan solo los proveedores de infraestructura como servicio (IaaS), y no incluyen proveedores de software como servicio (SaaS, por sus siglas en inglés). IaaS es en lo que confiaría una empresa que quiere externalizar sus centros de datos (no incluye los centros de datos gestionados directamente por empresas como Microsoft o Facebook para dar servicio directo a sus usuarios). Los datos solo incluyen la información de centros de datos de Alibaba, AWS, Google Cloud, IBM, Interoute, Microsoft Azure, Oracle Cloud y OVH. Las zonas se definen como centros de datos discretos o localizaciones de centros de datos (las regiones de Microsoft Azure son equivalentes a Amazon Web Services (AWS) y a las zonas de disponibilidad de Google en esta figura).
Figura 1.4: Capacidad de los sistemas de IA para reconocer lenguaje e imágenes
Fuente: Max Roser (2022).
La aceleración descrita en este texto no solo se refiere a la difusión de tecnologías existentes. También se están incrementando las capacidades de las nuevas tecnologías digitales, impulsadas por la creciente acumulación de datos, por las técnicas novedosas desarrolladas para procesar tal información y aprender de ella, y por la potencia computacional disponible. En la figura 1.4 podemos ver el ritmo acelerado al que diferentes modelos de inteligencia artificial (IA) han alcanzado un rendimiento parecido al humano en ciertas capacidades. Mientras que en 1998 los investigadores necesitaron 18 años para que la IA reconociera caligrafías al mismo nivel que una persona, en 2016 solo hicieron falta cuatro años para que obtuviera un nivel equivalente en comprensión lectora.
Es más, para 2023, los modelos transformativos preentrenados (GPTs, por sus siglas en inglés) obtuvieron mejores resultados que la mayoría de los humanos en la mayor parte de pruebas estandarizadas (como SAT, LSAT, GRE), con grandes avances en tan solo unos meses (Eloundou et al., 2023). La expansión de Modelos de lenguaje grandes (LLMs, por sus siglas en inglés), gestionados sobre todo por empresas privadas, está transformando rápidamente el uso de IA en los ámbitos de la educación, investigación, salud, transporte, en el militar y en la gestión y toma de decisiones, como analizaré en los siguientes capítulos. En una tendencia problemática, los laboratorios de investigación académica se están quedando rezagados con respecto al sector privado, pues el porcentaje de alumnos de doctorado dedicados a la IA que están empleados por la industria saltó del 25% en 2004 al 73% en 2020 (Ahmed et al., 2023).
Junto al desarrollo de la IA, la otra gran transformación tecnológica reciente ha sido la mejora en la conectividad digital, con la difusión de conexiones 5G y un progreso continuo que dará forma a lo que conoceremos como 6G. Las nuevas tecnologías de conectividad aumentaron sustancialmente la velocidad de transmisión y el volumen de datos que puede ser comunicado, y redujeron la latencia en la comunicación2.
Pero quizá el cambio tecnológico más significativo que ahora mismo está en proceso de desarrollo sea la aparición de la computación cuántica, capaz de llevar a cabo una velocidad y volumen de cálculo sin precedentes. Se espera que alcance su fase comercial alrededor del año 2030. China incluyó la computación cuántica como una prioridad principal en su plan quinquenal de 2021 (Creemers, 2022). Las capacidades de simulación de la computación cuántica proporcionan una herramienta crucial para la toma de decisiones estratégicas en negocios, gobiernos y en el ejército, aparte de su promesa para explorar nuevas fronteras científicas.
Se espera que estos importantes avances tecnológicos, considerados como un cúmulo de componentes interactivos, tengan un fuerte impacto sobre los empleos relacionados con el procesamiento de información, así como en el sector servicios en general. No obstante, esto no conllevará necesariamente un desempleo masivo futuro. Por la historia sabemos que la tecnología, en lugar de eliminar progresivamente empleos, reemplaza a los humanos en el desarrollo de tareas específicas, reestructurando la asignación del tiempo hacia actividades más cualificadas. Pero, si no se implementan normativas para proteger algunas profesiones, estas podrían verse afectadas negativamente. Un ejemplo es el intento por parte de los estudios de Hollywood de grabar las imágenes y voces de actrices y actores para reproducir sus interpretaciones con personajes virtuales desarrollados por IA, eliminando así poco a poco a los humanos sin una compensación adecuada. De manera similar, los guionistas podrían verse reducidos a editores de guiones escritos por GPTs entrenados gracias al trabajo previo de estos mismos escritores. La huelga de artistas y guionistas de Hollywood en 2023 indicó una oposición rotunda a la sustitución de humanos a favor de IA en un amplio espectro de actividades. El resultado final no dependerá de la tecnología, sino de las relaciones de poder.
El impacto sobre la productividad y la calidad de vida podría ser positivo, siempre y cuando el sistema educativo y formativo se adapte debidamente, y los gobiernos y empresas ayuden a los trabajadores en la transición, respetando sus derechos. El conocimiento basado en las ciencias sociales de los efectos específicos de la digitalización sobre cada sector podría calmar el miedo a una disrupción negativa debido a su aceleración. Las instituciones tendrán que diseñar normativas para afrontar los nuevos desafíos de lo que podría ser un salto enorme para la creatividad humana o, por el contrario, saltar ciegamente a una galaxia tecnológica incierta. Este libro trata de explorar precisamente esto, libre de cualquier prejuicio ideológico.
1. La computación en la nube se refiere a la entrega de servicios computacionales a través de internet o «la nube». Estos incluyen servidores, almacenes, bases de datos, redes, software y análisis. Permiten a los usuarios el acceso a estos servicios sin necesitar infraestructura física, como servidores y centros de datos, en sus propiedades. El servidor del servicio en la nube (por ejemplo, Amazon Web Services, Microsoft Azure, Google Cloud) gestiona y mantiene la infraestructura, lo que permite a los clientes centrarse en utilizar los recursos computacionales para sus necesidades específicas. La computación en la nube ofrece escalabilidad, flexibilidad, rentabilidad y es fácil de usar, mientras a la vez impulsa una consolidación general de los mercados digitales a través de un control de acceso abusivo a los recursos computacionales y una integración horizontal de los proveedores de nube existentes.
2. La latencia se refiere al desfase entre una acción y su respuesta en telecomunicación. Con redes 5G es crucial obtener una latencia baja para proporcionar tiempos de respuesta más rápidos y un mejor rendimiento de las aplicaciones, como servicios de sanidad en remoto, realidad virtual y videojuegos en línea. Permite interacciones prácticamente en tiempo real. El objetivo en latencia utilizando calidad 5G es de menos de un milisegundo, considerablemente más bajo que la latencia media en redes 4G. Para permitir una latencia baja en 5G son necesarias mejoras en la arquitectura de la red y tecnologías avanzadas, como segmentación de red y bandas milimétricas.
Los humanos somos animales sociales que desarrollamos la conciencia y organizamos nuestras vidas comunicándonos entre nosotros. Nuestras redes neuronales se conectan con las de otros individuos humanos y con las del entorno natural y cultural. La comunicación es la construcción de significado a través del intercambio de información. Por tanto, una revolución tecnológica centrada en la información y comunicación necesariamente tendrá un fuerte efecto sobre toda la existencia humana e interactuará de manera cercana con la cultura e instituciones de todo tipo de sociedades.
El siglo xx vio el auge de la comunicación en masa, caracterizada por mensajes unidireccionales enviados de un número de emisores limitados a una gran cantidad de receptores (McChesney, 2007; Neuman, 2016). Tras la aparición de internet en 1969 y la expansión gradual de las redes interactivas de comunicación digital, surgió una nueva forma de comunicación: la autocomunicación de masas (Castells, 2009). Es «de masas» porque tiene la capacidad de alcanzar una audiencia global, superando en alcance a cualquier forma de comunicación anterior. Es «auto» porque tanto emisor(es) como receptor(es) pueden abrir, recibir, seleccionar, recoger, combinar e interactuar con los mensajes. Es más, la multiplicidad interminable de mensajes confluye en un hipertexto que se convierte en el marco de referencia cambiante para todas las prácticas comunicativas. No obstante, la autonomía del ser autocomunicante es relativa. Está mediada por organizaciones sociales y por los dueños y controladores de las redes digitales de comunicación, quienes cada vez más supervisan los mensajes, siguiendo algoritmos cuyos parámetros son desconocidos para los sujetos comunicantes. Al igual que la tecnología y la sociedad industriales dieron forma a la comunicación de masas, que tuvo su origen en los medios de masas, la tecnología de la comunicación y la sociedad red dieron forma a la autocomunicación de masas. La expansión de la tecnología digital interconectada ha sido la más rápida de todas las tecnologías de comunicación en la historia de la humanidad, como se muestra en la introducción a este libro. En cuanto al tiempo de uso, las denominadas «redes sociales»3 están superando a los medios de comunicación de masas, como muestra la figura 2.1.
La nueva esfera de comunicación transciende los límites del tiempo y el espacio. Es local y global, multimodal, sincrónica y asincrónica al mismo tiempo. En cuanto a la interacción entre humanos, el denominado «smartphone» fue la tecnología crucial, desarrollado por Steve Jobs y su equipo de Apple en 2007.
Figura 2.1: Tiempo diario dedicado a medios digitales versus tradicionales en Estados Unidos entre 2011 y 2023 (en minutos)
Nota: Los datos se refieren a proyecciones posteriores a 2020.
Fuente: Diseñado por Juan Ortiz Freuler, basándose en datos recogidos por Statista, 2023b.
Se trata de un ordenador portátil con un dispositivo comunicativo basado en internet. Distribuye mensajes y datos a través de redes de comunicación desde cualquier lugar a cualquier otro lugar. La llamada «comunicación móvil» no tiene por qué estar en movimiento: la mayor parte de las llamadas se realizan desde puestos de trabajo, hogares y colegios. La característica fundamental es que asegura una conectividad permanente (Katz y Aakhus, 2022; Ling, 2004; Castells et al., 2006). Con 8,6 mil millones de suscripciones inalámbricas en 2023 (Statista, 2023a) en un planeta de 8 mil millones de personas, y con el 86% de la población mundial haciendo uso de smartphones, hemos cruzado el umbral hacia una organización social que podría conceptualizarse como «la sociedad de la comunicación», tal y como propuso Alain Touraine (2021), en lugar de una «sociedad de la información». Los protocolos de internet posibilitaron la comunicación digital distribuida globalmente, igual que el motor eléctrico descentralizó el poder energético en las sociedades industriales. Es cierto que persisten desigualdades en el uso de internet, como analizaré en el capítulo 8. Pero se trata de desigualdades dentro de una estructura social y un paradigma tecnológico compartidos (la sociedad red y la sociedad digital, respectivamente).
Ser social significa relacionarse con otras personas en diferentes grados de intimidad y frecuencia. Los sociólogos suelen diferenciar entre vínculos débiles (como conocidos ocasionales) y vínculos fuertes (familia, amistades duraderas, relaciones amorosas) (Wellman et al., 2001). La sociabilidad 1.0, en la era preindustrial, estaba determinada sobre todo por la familia, en especial la familia extendida, y la contigüidad en el trabajo u hogar. Cuando la industrialización impulsó una urbanización a gran escala, las relaciones íntimas se limitaron a un grupo cercano, mientras que la interacción social se difuminó en el espacio y tiempo, gracias a la separación entre trabajo y hogar. La participación en la sociedad a gran escala estaba basada en asociaciones voluntarias y grupos de interés segmentados. Fue una transición de «comunidad» a «asociación» (Fisher, 1976; Tönnies, 2001 [1887]). Esta sociabilidad 2.0 incluía la forma anterior, pero se hizo más completa. La formación de las opiniones y valores que guían el comportamiento cada vez dependía más de los medios de masas, desde la prensa a la radio y televisión. La interacción telefónica conectó a los individuos (Fischer, 1994).
Con internet y la explosión de las redes sociales tomó forma gradualmente una nueva forma de sociabilidad, que podríamos llamar 3.0 (Castells, 2001; Katz y Rice, 2002; Castells et al., 2003; Baym, 2015). Los vínculos fuertes se creaban normalmente con la interacción cara a cara o a través de familia y otros tipos de vida social construida. Pero la comunicación basada en internet enfatizaba los vínculos fuertes y a la vez posibilitaba la exploración y el mantenimiento con poco esfuerzo de vínculos débiles (Rainie y Wellman, 2012). La llegada de esta nueva sociabilidad se vio nublada por la nostalgia ante la pérdida de la «sociabilidad auténtica», negando a las interacciones por internet cualquier papel significativo en la expresión de emociones profundas. Es más, la resistencia cultural al cambio culpó a la sociabilidad en línea de haber destruido la anterior vida social. Como afirma la prensa basándose en pruebas anecdóticas, internet provoca aislamiento, soledad, depresión y finalmente alienación entre las personas (Wolton, 2000). Nos adentramos a toda velocidad en una nueva sociedad sin reconocer lo que era, y atribuimos a internet la responsabilidad de nuestros graves problemas sociales, como ya había sido el caso antes con la expansión de la televisión (Postman, 1986), aunque Umberto Eco desafió esta suposición (Eco, 1984). Los miedos se centraron en las consecuencias potencialmente dañinas para niños y jóvenes. Eran la generación de internet, condenados a la ineptitud mental, incapaces de aprender, finalmente destinados a ser frikis peligrosos porque vivían en un entorno comunicativo que sus padres no comprendían.
Por suerte, contamos con una buena ciencia social y docenas de centros investigativos por todo el mundo para el estudio social de internet, como el Oxford Internet Institute, el Harvard Berkman Klein Center, el Pew Research Center en Washington o el Internet Interdisciplinary Institute en Barcelona. Varios estudios han demostrado que, aunque muchos jóvenes tienen problemas personales y se sienten aislados, el uso de internet aliviaba esos problemas, en lugar de causarlos. Se ha demostrado que la sociabilidad desconectada y en línea son cumulativas, no excluyentes. Es decir, cuanto más social seas cara a cara, más lo serás por internet, y cuando más socialices por internet, más ampliarás tu sociabilidad general (Castells et al., 2003; Hampton, 2004; Rainie y Wellman, 2012). Resumiendo, los resultados de las investigaciones académicas muestran que está surgiendo una nueva forma de sociabilidad intensa.
Cuando las personas sienten aislamiento y alienación, a menudo ser social por internet las ayuda a afrontar estos sentimientos. En lugar de sentir infelicidad por el uso de internet, el importante estudio de Nahoi Koo, entre otros, mostró lo contrario. Utilizando los datos del University of Michigan World Values Survey sobre una muestra global representativa, observó que la intensidad en el uso de internet está correlacionada positivamente con indicadores de satisfacción vital (Koo, 2017). Existe una explicación para este descubrimiento que coincide con los resultados de otros estudios sobre el mismo tema: internet aumenta nuestra sociabilidad general. Y su uso empodera a personas que están desempoderadas, en especial mujeres, minorías étnicas y personas dispersas geográficamente con ideas afines (BCS, 2010). En su modelo de ecuaciones estructurales que explicaba la satisfacción subjetiva de los usuarios de internet, Koo introdujo las dos variables cruciales responsables de aumentar el bienestar personal: la densidad de las relaciones sociales y el empoderamiento como resultado del acceso a información. El uso de internet estimula ambos factores (Graham y Dutton, eds., 2014). Además, en contra de la imagen creada por algunas investigaciones tempranas acerca de la predominancia de identidades falsas en internet, los grupos en sitios de redes sociales, como Facebook, están basados en afinidad y convergencia de intereses4.
De hecho, las pruebas disponibles muestran (Persily y Tucker, 2020) que los grupos motivados políticamente están fundamentados sobre presunciones comunes de valores ideológicos y posiciones políticas, un fenómeno que genera la polarización política en redes y en la sociedad. Puede ser que algunos usuarios escondan sus nombres verdaderos, pero no sus ideas e identidades, pues el propósito de participar en la interacción es precisamente encontrar compañía en estas orientaciones (Baym, 2015). Nombres falsos no es lo mismo que identidades falsas. Para la mayoría de los usuarios es esencial publicar su identidad. En parte, es una práctica narcisista dominante en medios digitales. Pero, sobre todo, es indicativa de una búsqueda de almas gemelas que alivien la incomprensión, aislamiento y hostilidad sufridos en la vida social (Jones, ed., 1997; Yates et al., 2020).
A medida que el uso de internet se extendió por todos los ámbitos de la vida social, contribuyó a amplificar o incluso transformar algunas de las dimensiones más importantes de las relaciones humanas, como el cortejo y el apareamiento heterosexual. Varios estudios estadísticos en Estados Unidos, resumidos y analizados por Marley Randazzo (2022), descubrieron que, para 2017, antes de la pandemia de la Covid-19, cerca del 40% de nuevas parejas se habían conocido en línea, seguido por presentación entre amigos (20%), conocerse en el trabajo (10%), colegio (10%) y familia (7%), mientras el número que se habían conocido en bares era prácticamente nulo. Por supuesto, la pandemia de 2020 aceleró, pero no causó, la tendencia hacia las citas en línea como mecanismo de emparejamiento, lo que ha creado un enorme mercado para las plataformas digitales de citas. Entre los factores que contribuyen a este crecimiento parece estar la necesidad de evaluar las características de compañeros potenciales antes de formar una relación, y a la vez reservarse la posibilidad de tener relaciones simultáneas antes de tomar una decisión. Sobre este nuevo patrón de sociabilidad parecen estar actuando varios factores. Primero, el matrimonio se ha retrasado (en Estados Unidos, la edad media para casarse es 30 años en hombres y 28 en mujeres). Segundo, en contra de la percepción pública, el porcentaje de adultos (sobre todo hombres) entre 18 y 30 años que no han tenido relaciones sexuales en el último año ha aumentado de un 10% en 2008 a un 23% en 2018 (hay que recordar que esto se refiere a sexo heterosexual) (Ingraham, 2019). Podría ser consecuencia, como planteamos hace unos años (Castells y Subirats, 2007), de la reacción masculina a la creciente autonomía y conciencia de las mujeres. Es posible que los hombres sean cada vez más cautelosos antes de comprometerse, una tendencia que explicaría simultáneamente el retraso del matrimonio, la disminución en actividad sexual masculina y el mayor uso de plataformas digitales de mediación5.
Lo que está claro es que, en el núcleo de una profunda transformación cultural de las prácticas románticas heterosexuales, las plataformas digitales de citas están contribuyendo a modificar una de las prácticas tradicionales más importantes de la sociabilidad humana.
Esta tendencia concuerda con otra importante evolución sociotécnica: se ha demostrado que internet es un poderoso factor que contribuye a favorecer la autonomía del individuo frente a las normas y valores dominantes en las instituciones (Rainie y Wellman, 2012; Graham y Dutton, eds., 2014). No hay ninguna crisis de sociabilidad, más bien se trata del surgimiento de una nueva forma de sociabilidad, conceptualizada por Wellman como «individualismo en la red». Los individuos definen sus intereses y proyectos vitales, pero lo hacen conectándose con otros individuos.
En 2003 realicé un estudio basado en una gran encuesta a 3.000 personas, una muestra representativa de la población de Cataluña (Castells et al., 2003). Definimos cinco tipos de autonomía social: personal, profesional, sociopolítica, cultural y corporal. Mostramos que las cinco dimensiones eran estadísticamente independientes entre sí. Pero cada una de ellas correlacionaba positivamente con el nivel de autonomía demostrado por los individuos encuestados, medido en una escala de comportamiento autónomo. Es un descubrimiento significativo, pues, como ha teorizado Giddens (1992), el proceso de individuación es una característica esencial de nuestras sociedades contemporáneas. Entendemos por individuación la capacidad de las personas para definir proyectos autónomos, distanciándose de las normas dominantes en la sociedad u organizaciones. Utilizamos tecnologías y estas se convierten en poderosas herramientas cuando encajan con los valores de un número significativo de humanos en un contexto histórico dado. Así, internet es una herramienta de autonomía comunicativa que encaja particularmente bien en una cultura en la que los valores de individuación surgen de la definición e implementación de proyectos autodefinidos por las personas más autónomas de una sociedad. La cultura de la autonomía creó internet (Castells, 2001) y, a su vez, contribuye en gran medida al refuerzo de esta cultura para los actores sociales autónomos, que son una minoría decisiva en la exploración de nuevas fronteras de innovación y cambio social. Es más, en internet, los usuarios son los productores de la innovación que da forma a la interacción social, tanto allí como en la sociedad. No obstante, pese a esta autonomía relativa de usuarios/productores, las plataformas de internet son propiedad de empresas que las gestionan y, a menudo, condicionan la interacción de usuarios a través de sus características de diseño y de algoritmos que controlan la moderación y preservación del contenido en circulación, entre otros ejemplos.
La interacción social por internet, para todo tipo de propósitos aparte de la sociabilidad, se concentra en los sitios de redes sociales digitales. Según la definición de boyd y Ellison (2007: 211), los sitios de redes sociales son «servicios en la web que permiten a individuos (1) construir un perfil público o semipúblico dentro de un sistema delimitado, (2) estructurar una lista de otros usuarios con los que comparten una conexión y (3) visualizar y transitar su lista de conexiones y la de otros dentro del sistema». Los usuarios de sitios de redes sociales (denominados popularmente «redes sociales») componen la mayoría de los usuarios actuales de internet. El primer sitio web a gran escala fue Friendster, lanzado en San Francisco en 2002. Facebook empezó en Harvard en 2004, después se mudó a Silicon Valley para beneficiarse del ecosistema de innovación y de su fuerza de trabajo. En enero de 2023 había miles de redes sociales en todo el mundo para todo tipo de propósitos, con 4,7 mil millones de usuarios, o un 59,4% de la población mundial, por lo que son la forma de sociabilidad extendida más importante a nivel global, coexistiendo siempre con la interacción cara a cara. Aunque el 25,9% de todos los usuarios de internet se comunican en inglés, casi tres cuartas partes no utilizan este idioma, entre ellos el 19,8% que interactúan en chino y el 8% en español (Statista, 2022b). Es más, las plataformas estadounidenses como Facebook y otras redes de Meta están sufriendo una disminución gradual y relativa de su dominio, debido al creciente peso de las redes sociales chinas (como WeChat, TikTok-Douyin, Kuaishou, etc.) y de redes alternativas como Telegram y Signal. La tabla 2.1 clasifica los principales sitios de redes sociales por número de usuarios.
Tabla 2.1: Las redes sociales más populares globalmente desde 2023, ordenadas según el número de usuarios activos mensuales (en millones)
Nombre de la plataforma
Número de usuarios activos mensuales (millones)
2.958
YouTube
2.514
2.0001
2.000
1.309
TikTok
1.051
Facebook Messenger
931
Douyin
7152
Telegram
700
Snapchat
635
Kuaishou
626
Sina Weibo
584
574
556
445
Notas: 1. Las plataformas no han publicado números de usuarios actualizados en los últimos 12 meses, de manera que los datos podrían estar desactualizados y no ser fiables.
2. Número de usuarios activos diarios, por lo que es probable que los usuarios activos mensuales sean más.
Fuente: Autor.
La clasificación relativa de las redes sociales no es tan estable como pueda parecer. Es altamente sensible a los cambios en su gestión (por ejemplo, el éxodo inicial de usuarios de Twitter después de que Elon Musk lo comprara), a innovaciones tecnológicas de la competencia (TikTok superando a Facebook) o a la obsolescencia de modelos de negocio basados casi exclusivamente en la publicidad personalizada (como parece ser el caso de Facebook transformándose en Meta y buscando ingresos con la venta de cascos de realidad virtual, gafas de sol inteligentes y comisiones por la venta de productos). En último término, la transformación en la industria de la comunicación digital está afectando sustancialmente a las prácticas en redes sociales, con la aparición gradual de nuevas tecnologías, modelos de negocio y estructuras organizativas.
La comunicación digital y los medios de comunicación giran en torno a unas pocas empresas enormes que son el núcleo de redes de negocio multimodales, como mostraron Arsenault y Castells en su estudio de 2008. No obstante, aunque persiste la estructura global interconectada de la industria, los nodos de su configuración han ido cambiando con el tiempo, y siguen haciéndolo a medida que los negocios se diversifican, los mercados se expanden y la transformación del capital y la tecnología provoca fusiones y adquisiciones. Las empresas tecnológicas, de redes sociales, entretenimiento, comercio electrónico, servicios financieros y distribución están en constante proceso de mezcla y recombinación para tratar de reinventarse en una industria marcada por incesantes cambios tecnológicos y organizativos.
Figura 2.2: El panorama mediático
Fuente: Diseñado por Juan Ortiz Freuler, basándose en el trabajo previo de Rani Molla para Recode (2022), utilizando datos de los informes de las compañías, del Lechtman Research Group y de reportajes de Recode.
