Ruptura [3.ª edición] - Manuel Castells - E-Book

Ruptura [3.ª edición] E-Book

Manuel Castells

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En esta era postcovid-19, con sus profundas y duraderas consecuencias sobre la salud y la economía de sociedades de todo el planeta, la crisis de la democracia liberal, tal y como la conocíamos, cobra una renovada y urgente relevancia. En este libro claro, conciso y exhaustivamente documentado, Manuel Castells aborda la crisis de legitimidad que atraviesan los sistemas políticos en todo el mundo y explica por qué se está produciendo este cambio político global. Examina los últimos acontecimientos en Europa y Estados Unidos, prestando especial atención al fin del bipartidismo y la crisis del Estado en España, y muestra cómo esta crisis de la democracia liberal es consecuencia de varios procesos que han desembocado en una desigualdad creciente y en la desconfianza hacia las instituciones y prácticas de gobernanza. Esta tercera edición de Ruptura continúa el hilo temporal de los principales temas tratados e incluye un nuevo epílogo que da cuenta de los últimos acontecimientos. https://castellsruptura.alianzaeditorial.es

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Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Manuel Castells

RUPTURA

LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA LIBERAL

Tercera edición

Para mi nieto Gabriel Millán Castells, que lucha por la justicia y por la paz

Índice

PRÓLOGO 2020

NUESTRO MUNDO, NUESTRAS VIDAS

1.LA CRISIS DE LEGITIMIDAD POLÍTICA: NO NOS REPRESENTAN

Érase una vez la democracia

Las raíces de la ira

La autodestrucción de la legitimidad institucional por el proceso político

2.TERRORISMO GLOBAL: LA POLÍTICA DEL MIEDO

3.LA REBELIÓN DE LAS MASAS Y EL COLAPSO DE UN ORDEN POLÍTICO

Trump: los frutos de la ira

Brexit

Macronismo: el fin de los partidos en Francia

La desunión europea

La Red y el Yo

4.ESPAÑA: MOVIMIENTOS SOCIALES, FIN DEL BIPARTIDISMO Y CRISIS DEL ESTADO

Una democracia cansada

El 15-M: «¡No nos representan!»

De la crisis de legitimidad a la nueva política

Del cambio político al cambio de política

Prolegómenos a la gran coalición: asesinato en el Comité Federal

Érase una vez la revolución en la era de la información

Más allá del neoliberalismo: la izquierda del siglo XXI

La cuestión catalana y la crisis del Estado español

Más allá de España. Movimientos sociales y reconstrucción de la legitimidad democrática: una cuestión global

5.EN EL CLAROSCURO DEL CAOS

EPÍLOGO 2020: LA DEMOCRACIA EN EL MUNDO POSTCOVID-19

APÉNDICE: PARA LEER ESTE LIBRO

CRÉDITOS

PRÓLOGO 2020

Qué lejos queda 2017, fecha de la primera edición de este libro, desde la perspectiva de 2020. En este corto lapso de tiempo, el mundo cambió de base, en particular por la irrupción de la pandemia de la Covid-19 que ha infectado a millones, ha matado a cientos de miles y ha devastado las economías y las sociedades de todo el planeta, poniendo en cuestión la vida de cada uno de nosotros. Con consecuencias profundas, destructivas y duraderas cuyo análisis esbozaré en el epílogo de esta obra.

Y, sin embargo, la temática abordada en este volumen, la crisis de la democracia liberal, es más relevante que nunca, precisamente por los cambios catastróficos que estamos viviendo. Esa es la razón, la única razón de una tercera edición, no el hecho de que se hubiera agotado la anterior. Porque los libros como obra finita nacen y mueren con su tiempo y solo pueden perdurar, si lo merecen, en las mentes de sus lectores o en la memoria colectiva de la cultura. No hay necesidad de seguir deforestando el planeta para imprimir más papel si no se justifica en términos de profundizar y actualizar el vínculo comunicativo creado, en función de nuevas experiencias a cuya comprensión puede contribuir un texto. Por eso quiero enfatizar la actualidad de este libro en un contexto en que el deterioro de la confianza entre gobernantes y gobernados y la crisis de legitimidad de las instituciones se convierten en obstáculos decisivos al control que, como humanos, intentamos ejercer sobre nuestras vidas y sobre nuestros valores básicos en una situación cercana al colapso. Sin políticas públicas legitimadas en las mentes de las personas no será posible llevar a cabo los cambios profundos en todos los ámbitos que permitan rehacer las bases de nuestra existencia individual y colectiva, desde las políticas del necesario confinamiento al desarrollo de una nueva fiscalidad y a la reestructuración del empleo y de la protección social y ambiental. Y es precisamente en una situación generalizada de crisis de legitimidad con respecto a políticos, partidos e instituciones en el conjunto del mundo cuando se producen acontecimientos cuya gestión transformadora no admite espera.

Lo cual abre la puerta a soluciones autoritarias que acabarían de descomponer las bases de la convivencia democrática, con consecuencias dramáticas que, sin necesariamente reproducir las atroces experiencias del siglo XX, podrían ser inductoras de nuevos dramas. No estamos ahí, al menos en el contexto europeo. ¿Todavía no? Pero las fuerzas del mal, porque eso son si aún creemos en que existen el bien y el mal, se refuerzan en todo el planeta, incluso en Europa. El nacionalismo excluyente (no el nacionalismo democrático, que es puente indispensable entre identidades diversas), el odio en sus múltiples formas (xenofobia, racismo, sexismo, homofobia y todo un aquelarre de rechazo violento a los demás) y la puesta en cuestión de la legitimidad institucional se combinan en una mezcla explosiva que puede destruir lo que tanto nos costó construir, llevándonos a una espiral destructiva multidimensional. Sin legitimidad política será casi imposible gestionar una crisis, sanitaria, económica, social, psicológica, que requiere sacrificios, confianza en que tenemos que salir juntos de esto, como país y como especie, y consenso para hacerlo aceptando la necesidad de un bien común. Y es esa legitimidad política la que estaba ya cuestionada en formas y por causas que se exponen y se analizan en este libro. Por eso hay un vínculo objetivo entre el análisis presentado en un tiempo reciente, basado en la investigación empírica en múltiples países, y la nueva problemática de gestión de la pandemia y la postpandemia que dominará nuestras vidas en los tiempos venideros.

También por esa razón, la actualización del texto del libro ha sido muy limitada. Se refiere simplemente a algunas observaciones coyunturales cuya modificación no altera el análisis presentado. Pero en lo esencial he conservado el análisis en su integridad porque en mi opinión sigue vigente y porque quiero dejar constancia de la pertinencia y continuidad de lo que concluí hace algún tiempo.

En parte porque quiero dejar claro que mi nueva situación profesional no ha alterado, ni alterará, mi independencia analítica. Como es conocido en España, y menos conocido en el ámbito mundial en que se suelen mover mis estudios, en enero de 2020 acepté, como independiente, mi nombramiento como ministro de Universidades del nuevo gobierno de coalición progresista de España, integrado por el Partido Socialista Obrero Español y la coalición Unidas Podemos, y liderado por el presidente Pedro Sánchez. En mi opinión (aquí sí, subjetiva), se trata del gobierno más progresista que ha habido en la democracia española y uno de los más avanzados del mundo. Por eso acepté el nombramiento. Como es lógico, me someto voluntariamente a la disciplina y a la solidaridad gubernamental en todo aquello referente a la acción política. Pero en modo alguno menoscabó mi independencia intelectual. Nadie me lo pidió y eso es lo que he practicado en mis siete meses de ministro sin que jamás haya tenido cortapisa alguna. Por tanto, el análisis que presento en estas páginas reitera lo que escribí mucho antes de formar parte del gobierno español y las nuevas interpretaciones que añado en la conclusión son de mi exclusiva responsabilidad. En mi opinión, un intelectual que se compromete en un proyecto político debe asumir que tiene que ajustar sus decisiones políticas al gobierno del que forma parte y eso hago. Pero nunca dejar de lado su propia reflexión. Quien lo hiciera dejaría de ser intelectual o académico para pasar a ser simplemente político. Una noble profesión, pero que no es la mía. Por eso este libro, escrito en 2017, ha sido revisado y ampliado en mi breve tiempo de vacación, en agosto de 2020, manteniendo mi distancia analítica respecto a mis tareas políticas. Las frases que puedan encontrar en el texto con un tono positivo sobre los actuales gobernantes fueron escritas en 2017. En realidad, fue partiendo de esa esperanza de cambio que identifiqué en mi observación como tomé la decisión de compartir responsabilidad política en este momento. Y precisamente el que me encontrara con la necesidad de gestionar las consecuencias de la pandemia, en las universidades entre otras cosas, refuerza mi decisión. Es coherente con mi vida como persona el salir del mundo protegido de la academia en el que siempre he vivido para estar con la gente que quiero y en el país que más me importa, aunque mi solidaridad con los demás me ha llevado y me llevará allá donde pueda practicarla.

Barcelona, agosto de 2020

NUESTRO MUNDO, NUESTRAS VIDAS

Soplan vientos malignos en el planeta azul. Nuestras vidas titubean en el torbellino de múltiples crisis. Una mortífera pandemia global que ha mostrado la fragilidad de la especie humana y ha hecho saltar por los aires la ilusión de que controlábamos nuestra existencia. Una crisis económica, que viene de lejos y que se ha convertido en colapso económico en 2020, abocándonos a la precariedad laboral y a salarios de pobreza, aunque con intensidades variables según las políticas de los gobiernos y las decisiones de las empresas. Un recurrente terrorismo fanático que fractura la convivencia humana, alimenta el miedo cotidiano y da pábulo a la restricción de la libertad en nombre de la seguridad. Una marcha aparentemente ineluctable hacia la inhabitabilidad de nuestro único hogar, la Tierra. Una amenaza permanente de recurrir a guerras atroces como forma de tratar los conflictos. Una violencia rampante contra las mujeres que osaron ser ellas mismas. Una galaxia de comunicación dominada por la mentira, ahora llamada posverdad. Una sociedad sin privacidad en la que nos hemos convertido en datos. Y una cultura, denominada entretenimiento, construida sobre el estímulo de nuestros bajos instintos y la comercialización de nuestros demonios.

Pero aún hay una crisis más profunda, que tiene consecuencias devastadoras sobre la (in)capacidad de tratar las múltiples crisis que envenenan nuestras vidas: la ruptura de la relación entre gobernantes y gobernados. La desconfianza en las instituciones, en casi todo el mundo, deslegitima la representación política y, por tanto, nos deja huérfanas de un cobijo que nos proteja en nombre del interés común. No es una cuestión de opciones políticas, de derecha o izquierda. La ruptura es más profunda, tanto a nivel emocional como cognitivo. Se trata del colapso gradual de un modelo político de representación y gobernanza: la democracia liberal que se había consolidado contra los estados autoritarios y el arbitrario institucional a través de lágrimas, sudor y sangre en los dos últimos siglos. Ya sea en España, en Estados Unidos, en Europa, en Brasil, en Chile, en Corea del Sur, en Tailandia y en múltiples países, asistimos desde hace un tiempo a amplias movilizaciones populares contra el sistema actual de partidos políticos y democracia parlamentaria bajo el lema de «¡No nos representan!». No es un rechazo a la democracia, sino a la democracia liberal tal y como existe en cada país, en nombre de «la democracia real», como proclamó en España el movimiento 15-M. Un término evocador que invita a soñar, deliberar y actuar, pero que desborda los límites institucionales establecidos.

De ese rechazo surgen liderazgos políticos que, en la práctica, niegan las formas partidarias existentes y trastocan en profundidad el orden político nacional y mundial. Trump, brexit, Le Pen, Macron (enterrador de los partidos), el neofascismo de la Lega Nord y los Fratelli d’Italia en Italia, son expresiones significativas de un orden (o caos) postliberal. Como lo es la total descomposición del sistema político de Brasil, país fundamental de América Latina. O de un México víctima de un narcoestado hasta el intento de regeneración de López Obrador. O de Chile, sacudido durante meses por revueltas contra la injusticia. O una Venezuela post-Chávez en cuasiguerra civil. O del golpe de Estado contra la nueva Bolivia de Evo Morales. O de la democracia surcoreana, con el derrocamiento popular de la corrupta presidenta Park Geun-hye, entregada al hechizo de Choi Soon-sil, líder de una secta ocultista hasta que una movilización popular restableció la democracia con el presidente Moon. O de un presidente de Filipinas que practica la ejecución sumaria como forma de resolver la inseguridad. De dichas crisis institucionales surgieron en la última década algunas revoluciones populares que trataron de articular una nueva relación entre representación parlamentaria y representación social. Pero en buena parte del mundo, en particular en China y Rusia, se consolidaron regímenes autoritarios que se constituyen en alternativas eficaces a la democracia liberal. Mientras, Oriente Próximo está gobernado por teocracias (Irán, Arabia Saudí) o dictaduras (Egipto, Siria), exceptuando Israel, que está en guerra permanente con sus territorios ocupados. Incluso en Europa del Este, la reacción identitaria contra la Unión Europea apunta a neofascismos en Hungría, Austria, Polonia, Chequia y, con matices, en otros países de la región. Cierto que siempre nos queda el consuelo de una Escandinavia democrática y representativa, pero solo si olvidamos que los partidos nacionalistas, xenófobos y antieuropeos se han ido reforzando en cada elección. Y en España un partido de ultraderecha como Vox se convirtió en la tercera fuerza parlamentaria.

Este libro habla de las causas y consecuencias de la ruptura entre ciudadanos y gobiernos y de la madre de todas las crisis: la crisis de la democracia liberal que había representado la tabla de salvación para superar naufragios históricos de guerras y violencia. No ofreceré soluciones porque no las tengo. Y porque son específicas a cada país. Pero si la crisis política que constato tiene una dimensión global, por encima de las características propias de cada sociedad, habrá que pensar que se trata del colapso gradual de un modelo de representación. Un colapso que, de acentuarse, nos dejaría sin instrumentos legítimos para resolver colectivamente nuestros graves problemas, en el momento preciso en que arrecia el huracán sobre nuestras vidas.

1.LA CRISIS DE LEGITIMIDAD POLÍTICA: NO NOS REPRESENTAN

Érase una vez la democracia

Democracia, escribió hace tiempo Robert Escarpit, es cuando llaman a tu puerta a las cinco de la mañana y supones que es el lechero. Quienes vivimos el franquismo sabemos el valor de esa visión minimalista de democracia que todavía no se ha alcanzado en la mayor parte del planeta. Pero tras milenios de construcción de instituciones en las que podamos delegar el poder soberano que, teóricamente, ostentamos los ciudadanos, aspiramos a algo más. Y de hecho eso es lo que nos propone el modelo de democracia liberal. A saber: respeto de los derechos básicos de las personas y de los derechos políticos de los ciudadanos, incluidas las libertades de asociación, reunión y expresión, mediante el imperio de la ley protegida por los tribunales; separación de poderes entre ejecutivo, legislativo y judicial; elección libre, periódica y contrastada de quienes ocupan los cargos decisorios en cada uno de los poderes; sumisión del Estado, y todos sus aparatos, a quienes han recibido la delegación del poder de los ciudadanos; posibilidad de revisar y actualizar la Constitución en la que se plasman los principios de las instituciones democráticas. Y, desde luego, exclusión de los poderes económicos o ideológicos en la conducción de los asuntos públicos mediante su influencia oculta en el sistema político. Por sencillo que parezca el modelo, costó siglos de sangre, sudor y lágrimas llegar a su realización en la práctica institucional y en la vida social. Aun teniendo en cuenta sus múltiples desviaciones de los principios de representación que aparecen en la letra pequeña de las leyes y en la práctica sesgada de parlamentarios, jueces y gobernantes. Por ejemplo, casi ninguna ley electoral aplica el principio de una persona, un voto en la correspondencia entre el número de votos y el número de escaños. Y la estructura del poder judicial depende indirectamente del sistema político, incluyendo los tribunales que interpretan los principios constitucionales. En realidad, la democracia se construye en torno a las relaciones de poder social que la fundaron y va adaptándose a la evolución de esas relaciones de poder, pero privilegiando el poder que ya está cristalizado en las instituciones. Por eso no se puede decir que es representativa a menos que los ciudadanos piensen que están representados. Porque la fuerza y la estabilidad de las instituciones dependen de su vigencia en las mentes de las personas. Si se rompe el vínculo subjetivo entre lo que los ciudadanos piensan y quieren y las acciones de aquellos a quienes elegimos y pagamos, se produce lo que llamamos crisis de legitimidad política, a saber, el sentimiento mayoritario de que los actores del sistema político no nos representan. En teoría, ese desajuste se autocorrige en la democracia liberal mediante la pluralidad de opciones y las elecciones periódicas para optar entre dichas opciones. En la práctica, la elección se limita a aquellas opciones que ya están enraizadas en las instituciones y en los intereses creados en la sociedad, con obstáculos de todo tipo para los que intentan acceder a un cotarro bien delimitado. Es más, los actores políticos fundamentales, o sea los partidos, pueden diferir en sus políticas, pero coinciden en mantener el monopolio del poder dentro de un marco de posibilidades preestablecidas por ellos mismos. La política se profesionaliza y los políticos se convierten en un grupo social que defiende sus intereses comunes por encima de los intereses de quienes dicen representar: se forma una clase política que, con honrosas excepciones, trasciende ideologías y cuida su oligopolio. Además, los partidos como tales experimentan un proceso de burocratización interna, predicho por Robert Michels desde la década de los veinte, limitando su renovación a la competición entre sus líderes y apartándose del control y decisión de sus militantes. Es más, una vez realizado el acto de la elección, dominado por el márketing electoral y las estrategias de comunicación, con escaso debate y participación de militantes y electores, el sistema funciona autónomamente con respecto a los ciudadanos. Tan solo tomando el pulso de la opinión, nunca vinculante, mediante encuestas cuyo diseño controlan quienes las encomiendan. Aun así, los ciudadanos votan, eligen e incluso se movilizan y entusiasman por aquellos en quienes depositan sus esperanzas, cambiando de vez en cuando cuando la esperanza supera al miedo al cambio, que es la táctica emocional básica en el mantenimiento del poder político. Pero la decepción recurrente de esas esperanzas va erosionando la legitimidad, al tiempo que la resignación va dejando paso a la indignación cuando surge lo insoportable. Como cuando en una crisis económica se salva a bancos fraudulentos con el dinero de los contribuyentes mientras se recortan servicios básicos para la vida de las personas. Con la promesa de que las cosas irán mejor si aguantan y siguen tragando, y cuando no es así, hay que romper con todo o aguantar todo. Y el romper fuera de las instituciones tiene un alto coste social y personal, demonizado por medios de comunicación que, en último término, están controlados por el dinero o por el Estado, a pesar de la resistencia muchas veces heroica de los periodistas. En situación de crisis económica, social, institucional, moral, lo que era aceptado porque no había otra posibilidad, deja de serlo. Y lo que era un modelo de representación se desploma en la subjetividad de las personas. Solo queda el poder descarnado de que las cosas son así y quien no lo acepte que salga a la calle, donde los espera la policía. Esa es la crisis de legitimidad.

Y eso es lo que está pasando en España, en Europa y en gran parte del mundo. Más de dos tercios de las personas en el planeta piensan que los políticos no los representan, que los partidos (todos) priorizan sus intereses, que los parlamentos resultantes no son representativos y que los gobiernos son corruptos, injustos, burocráticos y opresivos. En la percepción casi unánime de los ciudadanos la profesión peor considerada es ser político. Y tanto más cuanto que se reproducen eternamente y rara vez vuelven a la vida civil mientras puedan medrar entre los vericuetos de la burocracia institucional. Este sentimiento ampliamente mayoritario de rechazo a la política realmente existente varía según países y regiones, pero se da en todas partes. Incluso en países, como Escandinavia, en donde la limpieza democrática ha sido una referencia esperanzadora, la tendencia de la opinión pública va en el mismo sentido desde hace un tiempo. Por eso me tomo la libertad de remitirle al compendio estadístico de fuentes fiables que se expone en la web relacionada con este libro para que el lector pueda hacer sus propias constataciones en diversas áreas del mundo. Para referirme, como ejemplo, al caso de España, si en el 2000 el 65% de los ciudadanos no confiaban en los partidos políticos, la desconfianza subió al 88% en 2016. La desconfianza en el Parlamento aumentó del 39% en 2001 al 77% en 2016, y en el gobierno, del 39% al 77%. Y subrayo el hecho de que este hundimiento de la confianza se refiere tanto a gobiernos socialistas como populares. De hecho, la mayor caída es un 80% de desconfianza en 2011, precipitando la espantada del gobierno del PSOE con Zapatero. Aun en menor medida, más de la mitad de los españoles tampoco confían en el sistema legal (el 54% en 2016, comparado con el 49% en 2001). Mientras que las autoridades regionales y locales no salen tampoco bien paradas, aunque en este caso ha habido un descenso de la desconfianza desde su máximo del 79% en 2014 al 62% en 2017 tras la elección de los municipios del cambio (liderados por Podemos y confluencias) en 2014. En fin, la policía es la mejor considerada. Tan solo el 36% de los ciudadanos desconfiaban en 2014 y la tendencia es a la baja de la desconfianza: 24% en 2017. La intervención policial contra la corrupción y el instinto de buscar un orden más allá de los políticos parecen favorecer la idea de que los servidores del Estado son más fiables que sus jefes. No es de extrañar, puesto que casi las tres cuartas partes de los españoles en 2016 pensaban que «los políticos no se preocupan de la gente como yo» y que «esté quien esté en el poder siempre benefician a sus intereses personales».

Y en la primavera del 2020 una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas encontró que para el 43% de los españoles los partidos y los políticos eran un problema.

Ahora bien, si las cosas son así en el ámbito mundial, aun salvando las diferencias, tal vez sea ese el sino de cualquier institución humana. También de la democracia liberal. Seguimos refiriéndonos frecuentemente al célebre dictamen de Churchill en 1947, según el cual «la democracia es la peor forma de gobierno excepto todas las otras que se han intentado de vez en cuando». Tal vez. Pero más allá de un debate metafísico sobre la esencia de la democracia, lo que observo es que cada vez menos gente se cree esta forma de democracia, la democracia liberal, al tiempo que la gran mayoría sigue defendiendo el ideal democrático. Precisamente porque la gente quiere creer en la democracia el desencanto es aún más profundo en relación con la forma en que la viven. Y de ese desencanto nacen comportamientos sociales y políticos que están transformando las instituciones y las prácticas de gobernanza en todas partes. Eso es lo que creo importante analizar. En cuanto a la inevitabilidad de la perversión del ideal democrático, no creo muy útil filosofar sobre la malhadada naturaleza humana, discurso paralizante justificador de la continuidad de este orden de cosas. Más relevante es investigar algunas de las causas del porqué la separación entre representantes y representados se ha acentuado en las dos últimas décadas, hasta llegar al punto de ebullición del rechazo popular a los de arriba, sin distinciones. Algo que desde el establishment político y mediático se denomina peyorativamente como populismo porque son comportamientos que no reconocen los sesgados canales institucionales que se ofrecen para el cambio político. En realidad, las emociones colectivas son como el agua: cuando encuentran un bloqueo en su flujo natural abren nuevas vías, frecuentemente torrenciales, hasta anegar los exclusivos espacios del orden establecido.

Las raíces de la ira