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Las transformaciones sociales de Mayo del 68 y de América Latina entre el siglo XX y el XXI, las décadas prodigiosas en Silicon Valley en las que se gestó un nuevo mundo, la irrupción del movimiento de gays y lesbianas en San Francisco, la perestroika, la encrucijada sudafricana, la innovación en China, cómo se gobierna en medio de una pandemia... Desde su exilio en Francia y, más tarde, su expulsión de ese país por su activismo en el movimiento de Mayo del 68, Manuel Castells estuvo plenamente implicado en todos estos momentos y lugares cruciales que han cambiado nuestro mundo en el último medio siglo. Su experiencia y sus reflexiones nos ofrecen claves para comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y constituyen un testimonio de primera mano escrito desde la pasión por la libertad y el conocimiento.
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Seitenzahl: 285
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Manuel Castells
TESTIMONIO
VIVIENDO HISTORIA
A mi hija Nuria, luz de mi vida.
PRÓLOGO. VIVIR HISTORIA
1. ÉRASE UNA VEZ LA REVOLUCIÓN: PARÍS, MAYO DE 1968
2. PERESTROIKA: IRKUTSK, 1984-MOSCÚ, 1992
3. EL SUR: EL LATIDO APASIONADO DE AMÉRICA LATINA, 1968-2022
Palimpsesto
De Allende a Boric: Chile, 1970-2022
La revolución cocalera en Bolivia, 1985-2017
Brasil: donde se decide el futuro del continente, 1968-2022
La revolución pervertida: con el sandinismo. Managua, Masaya, 1981. Río San Juan, 2010
Medellín más allá de la Colonia 13
Estampas argentinas
La atracción del Sur
4. CON LOS CREADORES DE UN NUEVO MUNDO: SILICON VALLEY, 1980-2003
5. LA OTRA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN: FINLANDIA, 1997-2005
6. EL DERECHO A AMAR: LA COMUNIDAD GAY DE SAN FRANCISCO, 1979-1984
7. EL SUEÑO EUROPEO: LISBOA, 2000-BRUSELAS, 2022
8. COMPARTIENDO EL DOLOR DE MÉXICO, 1986-2022
9. RAZA, CLASE, IDENTIDAD: SUDÁFRICA, 2000-2018
10. Y CHINA CAMBIÓ EL MUNDO: SHENZHEN, 1983-2019; PEKÍN, 1987-2019; GUANGZHOU, 1983-1987; SHANGHÁI, 1987-2004-2010
11. GOBERNAR EN PANDEMIA: LA MONCLOA, 2020-2021
EPÍLOGO. ¿QUIÉN HACE LA HISTORIA?
AGRADECIMIENTOS
CRÉDITOS
Recién cumplidos veinte años me tuve que exiliar a Francia. Era militante del Front Obrer de Catalunya, un grupo clandestino de resistencia antifranquista que más tarde sería uno de los núcleos que formaron el Partit Socialista de Catalunya. En mayo de 1962 participamos activamente en Barcelona en manifestaciones de solidaridad con las huelgas de los mineros asturianos. La policía nos desmanteló y detuvieron y torturaron a mis amigos. Siguiendo instrucciones de mis compañeros, yo me escondí preventivamente para escaparme a París con toda la información necesaria para reconstruir la organización. Estuve un mes en una masía del Berguedà buscando la forma de cruzar la frontera. Hasta que mi prima Milagros Castells se lo contó a un amigo anarquista, Jordi Conill, que luego sería detenido y condenado a muerte. Lo salvó una campaña internacional y fue condenado a treinta años. Él salvó mi vida y hoy su hija Joana es una gran amiga mía, con quien hicimos investigación y cine documental. Jordi pidió ayuda a la red de apoyo anarquista en Perpiñán. Y así pude escapar (con la policía buscándome en todo el país) cruzando la frontera de Puigcerdà a pie, disfrazado de niño de catorce años junto con «mi familia» francesa. Tras disfrutar unos días de una comuna anarquista que me demostró que otra vida era posible, tomé el tren a París y empecé una nueva vida, interrumpida de nuevo en 1968 cuando me expulsaron de Francia por mi activismo en el movimiento de mayo de ese año. Así empezó mi periplo global, que marcó una existencia que me llevó a cuarenta y cinco países distintos, aunque solo residí en París y California. Junto con frecuentes, largos e intensos períodos en Madrid y Barcelona, porque nunca dejé de sentirme de mi tierra (fundamentalmente Barcelona), como tantos otros exiliados.
En ese largo viaje con paradas por un mundo en plena transformación viví acontecimientos que marcaron la Historia. No solo políticos, sino también tecnológicos y culturales. Viví Historia. Y el testimonio de esa vivencia es lo que comunican las páginas del libro que usted tiene ante sus ojos. Un libro que escribí, aprovechando una pausa de calma relativa en mi deambular, escuchando el consejo de muchas personas que sabían de mis experiencias únicas en distintos ámbitos y que me convencieron de que mi testimonio podía ser de interés para quienes buscan claves para entender el tiempo que hemos vivido y que aún estamos viviendo. Particularmente influyente fue la recomendación de mi amiga y editora de siempre, Belén Urrutia, de Alianza Editorial. Pero siempre puse una condición que se ha respetado por todas las personas que confluyeron en la elaboración de este libro: de ninguna manera serían mis memorias como persona, sino mi testimonio de momentos de interés general, aunque obviamente filtrados por la visión de este testigo. No he escrito y nunca escribiré mis memorias porque lo esencial que cada persona guarda en su memoria no es la Historia, sino su historia. Y mi historia, como la de todos, es una trama indisolublemente imbricada con la de otras personas. Lo más preciado de nuestras memorias son las relaciones familiares, los amores, las amistades. Es un subjetivo compartido que debe guardarse en nuestra mente sin traicionar la intimidad de quienes estuvieron en nuestro círculo íntimo. Por otro lado, tampoco he querido hacer una crónica de viajes, porque no soy guía turístico. Ni siquiera he incluido en mi relato acontecimientos políticos importantes, pero que mucha gente ha vivido de cerca con más intensidad que yo. En particular, la transición política española. Porque yo estuve en París hasta que pude volver legalmente en 1977 y seguí viviendo allí hasta 1979, cuando me trasladé a California. Participé, sin embargo, activamente en el movimiento ciudadano y en las elecciones municipales de Madrid en el período 1977-1979, aprovechando permisos de la Universidad de París para estar presente en mi país todo lo que pude. Hasta que con la democracia consolidada consideré que ya tenía permiso de mi superego para continuar con mi trabajo y mi vida más allá de la política. Y me fui a Berkeley. Durante la transición española mi experiencia fue mucho más limitada que la de tantas otras personas que podrían contar lo que pasó con mayor conocimiento de causa. Y de hecho hay una gran riqueza de relatos a los que tengo poco que añadir.
Lo mismo sucede con el movimiento de indignadas en 2011-2012, que sí viví intensamente, y al que dediqué un libro como resultado de la investigación comparada que hice sobre dichos movimientos en el mundo. Pero mi experiencia subjetiva es compartida con miles de personas que podrían relatarlo con mayor conocimiento de causa.
De ahí que mi vivencia de la Historia es doblemente selectiva. Por un lado, lo que yo pude vivir como testigo plenamente implicado en los procesos que expongo en este libro. Por otro lado, la relevancia de mi vivencia para una visión más amplia de la transformación acelerada que ha tenido lugar en el mundo en el último medio siglo. Selección necesariamente subjetiva cuya utilidad e interés le compete evaluar a usted, apreciada lectora.
El movimiento de Mayo francés empezó en marzo. Exactamente el 22 de marzo. Y ese fue el nombre que adoptaron, Movimiento 22 de marzo, sus iniciadores en el campus de Nanterre de la Universidad de París. Ese día llegaron varias furgonetas de policía para detener a algunos estudiantes que habían participado en el asalto al consulado del gobierno fantoche de Vietnam del Sur en París respondiendo al llamamiento del Comité contra la Guerra de Vietnam. Yo también estuve en ese asalto, pero pasé bajo el radar. Ya de paso, buscaban asimismo a Daniel Cohn-Bendit, estudiante de Sociología, que acababa de participar en una protesta en el campus contra el ministro de Educación francés para exigir que los estudiantes masculinos tuvieran acceso a los dormitorios femeninos igual que ellas lo tenían a la inversa. Obviamente, hombres y mujeres coincidían en la reivindicación. La visita del ministro tenía como motivo inaugurar una piscina y cuando los estudiantes le presentaron su reivindicación les contestó que precisamente para refrescar sus calores les había construido la piscina. Cohn-Bendit le contestó: «Es usted un sexista obseso del sexo, señor ministro». Y se armó. La policía empezó a zurrarles, los estudiantes respondieron y la comitiva salió por pies prometiendo volver. Volvieron, en plan duro con órdenes de arresto. Y se armó más gorda. Los estudiantes los bombardearon con sillas desde las ventanas del edificio de la Facultad de Letras y luego hicieron barricadas en las puertas de la facultad. Tras numerosos encontronazos la policía se llevó a algunos al azar, pero no a los que buscaban y en particular no a Cohn-Bendit. La facultad fue inmediatamente ocupada y el rector, un filósofo muy respetable, exigió la salida de la policía y convocó el Consejo de Gobierno.
Cohn-Bendit, Danny el Rojo (era pelirrojo), como pasó a la historia, era estudiante mío en tercer año de Sociología. Yo había sido nombrado profesor ayudante en el curso 1966-1967 por Alain Touraine, que era el director del departamento. Un gran departamento con profesores como Touraine, Henri Lefebvre, Jean Baudrillard, Michel Crozier y Fernando Henrique Cardoso. Danny y yo, con una diferencia de edad de tres años, nos hicimos muy amigos porque los dos amábamos la sociología y nos identificábamos con el anarquismo, aunque como buenos anarquistas íbamos por libre. Nació en Alemania y tenía esa nacionalidad, aunque creció en Francia y se consideraba francés. Con el tiempo vivió en Alemania y participó en el movimiento alternativo, y en su madurez, en absoluta coherencia con su origen, fue diputado europeo de Los Verdes, pero en una lista francesa. Discutimos mucho porque, para él, el marxismo llevaba a un nuevo tipo de dictadura. Yo intentaba ser marxista intelectualmente y anarquista políticamente. Una contradicción que me persiguió toda mi vida y nunca llegué a resolver. También se hizo amigo de Alain Touraine, a quien admiraba a pesar de las obvias diferencias de opinión.
Aunque Cohn-Bendit fue considerado el líder de lo que llegó a ser el movimiento de mayo, en realidad, él no lo buscó. El movimiento lo hizo su líder porque la primera lucha en Nanterre fue para evitar su deportación como extranjero. A partir de ahí se intensificó la represión policial y judicial contra los activistas de Nanterre que respondieron con una huelga ampliamente seguida. Pero Nanterre era un enclave en la periferia de París. Un nuevo campus en una zona de chabolas que fue construido allí para prevenir revueltas estudiantiles en París, tal y como hicieron al mismo tiempo en España con las Universidades Autónomas de Madrid y Barcelona. Nanterre era especial porque al estar situado en el oeste de París recibía a los estudiantes residentes de ese oeste, que resultaban ser por segregación socioespacial las clases medias-altas de París. En particular, las hijas de la burguesía venían a la Facultad de Letras de Nanterre (que incluía Ciencias Sociales) y recibieron el choque de sus jóvenes vidas al convivir con la miseria de los inmigrantes magrebíes en sus chabolas a cien metros del campus. De repente percibieron que la sociedad no era lo que les habían contado en sus familias. Y reaccionaron con el idealismo típico de los veinte años. Junto, naturalmente, con sus compañeros de clase. En un ambiente de libertad sexual que fue un ingrediente importante de ese movimiento que, en su esencia, fue un movimiento libertario: libertad personal, libertad para el Tercer Mundo, para los pobres de Francia, para los inmigrantes, para la clase obrera, para las minorías étnicas y para cualquiera que sufriese una opresión, en particular para las mujeres, los gais y las lesbianas. Temas de los que apenas había hablado la izquierda francesa, dominada por los comunistas en aquellas fechas. Con excepción de los trotskistas, en particular de las Juventudes Comunistas Revolucionarias, que fueron particularmente activos en el movimiento de mayo.
Se hizo evidente que quedarse en la Facultad ocupada no iba a ninguna parte. De modo que se llamó a la solidaridad estudiantil. Torpemente, el Gobierno, temiendo lo peor, cerró la Sorbona, o sea la histórica universidad en el centro de París, para evitar el contagio. Sucedió lo contrario. El 3 de mayo los comités estudiantiles de las distintas facultades llamaron a una manifestación para abrir la Sorbona y ocuparla. Lo que tuvo lugar efectivamente, con decenas de miles de participantes. Y con Cohn-Bendit al frente, desafiando su orden de expulsión. Ahí la cosa se puso seria y los antidisturbios (CRS en francés) llegaron y cargaron con todos los medios. Y de repente, sin que nadie liderara nada, surgió de la memoria histórica el hábito de hacer barricadas en París, aprovechando un maravilloso pavimento de adoquines que podían ser fácilmente arrancados, apilados y además utilizados como tremendos proyectiles. Quien vea fotos de la Comuna de París en 1871 las puede comparar con las de las barricadas de 1968: eran exactamente las mismas. Por cierto, eso se acabó porque lo primero que hizo el Gobierno tras el movimiento fue recubrir el pavimento de asfalto. Pero esa noche las barricadas funcionaron bien. No eran infranqueables, naturalmente, pero llevó tiempo a la policía superarlas. Sobre todo, como siempre en la historia, las barricadas eran un espacio simbólico y de solidaridad más que una trinchera defensiva. Quien estaba en las barricadas era quien estaba en el movimiento. Ahí empezaron a desaparecer los intelectuales públicos y quedamos los pocos que nos lo creíamos. En el caso de los de Nanterre, tres generaciones: Lefebvre, Touraine y yo. Los tres lo pagamos caro de distintas formas. Hacia las cuatro de la madrugada las barricadas ya no podían más y fueron cayendo con decenas de heridos y arrestados. Sálvese quien pueda. Mi barricada de la rue Gay Lussac estaba cerca del edificio de la École Normale Superieure, la elitista escuela de filosofía y ciencias sociales, cuyo secretario general era Louis Althusser, el papa del marxismo estructuralista, y cuyos discípulos eran estudiantes maoístas ortodoxos que acogieron a los activistas de las barricadas con discursos y panfletos denunciando su aventurerismo pequeñoburgués. Yo no llegué a tiempo de entrar porque cerraron sus portones. Deambulé por el barrio Mouffetard (que conocía por sus restaurantes árabes) hasta que se paró ante mí un coche y su conductor me dijo: «Anda, sube que te llevo». Así me salvé, por el momento, como muchos. Porque resulta que gente normal que había oído por la radio lo que estaba pasando decidió ir a salvar a los supervivientes de las barricadas de las palizas que les esperaban en las comisarías. Mi conductor era un trabajador de una fábrica que olvidé, pero que me decía que alguien tenía que protestar por cómo iban las cosas, y que como él no podía por su familia, pues apoyaba a su manera.
Al día siguiente, el Barrio Latino en torno a la Sorbona y al bulevard de Saint Michel se asemejaba a un paisaje después de la batalla, con las calles reventadas, algunos coches calcinados y escaparates rotos por doquier. Un denso olor a gas lacrimógeno que algunos aún llevábamos en el pelo. Pero la Sorbona fue ocupada y la policía no se atrevió a asaltarla. Y como era un espacio libre y nadie pensó en los exámenes, la gente empezó a hacerse preguntas, dentro y fuera de la universidad. Lo que se tradujo en interminables debates, día y noche, sobre cualquier tema y propuesta, con asambleas autoorganizadas en las que quien más aguantaba acababa presidiéndolas. Se vio enseguida que la gente no soportaba peroratas ideológicas. En cuanto aparecía alguno de los múltiples grupos o grupúsculos pregonando su estrategia para la lucha final, se producían amplios claros en los anfiteatros y las parejas se apartaban en los rincones para disfrutar de la libertad conquistada. Volvían a prestar atención cuando alguien empezaba a hablar del amor igualitario, cómo acabar con la guerra, cómo educar a los niños, cómo destruir las burocracias de todo signo o cómo reinventar la universidad. Fue un arco iris de imaginación al poder que se extendió rápidamente. El siguiente edificio simbólico ocupado fue el Teatro Nacional de Francia del Odeón, al lado del Jardín de Luxemburgo, edificio sin par que se especializó en estar en debate toda la noche cada noche. Empezaron las actrices y actores y luego los artistas y los músicos y todo el mundo de la cultura repensando qué cultura podían hacer a partir de su creación sin convertirla en mercancía. Después vinieron múltiples lugares anodinos, los ministerios, la Seguridad Social, las Cajas de Pensiones, las escuelas, las oficinas de las empresas, algunas fábricas, los astilleros de Nantes, hasta los bancos. No era una huelga, sino que la gente paraba de trabajar y se ponía a hablar, a debatir, a poner todo en cuestión. Y, por tanto, no trabajaban. Y así se hizo una huelga de hecho, ante la desesperación de los sindicatos que habían perdido el control. Una huelga no declarada en toda Francia, incluidos los transportes, que duró más o menos un mes, con incidencia variable pero generalizada. La policía estaba superada. Muchos hicieron sus propias asambleas. Hubo manifestaciones reprimidas, pero cada vez menos. Había un sentimiento de que habíamos ganado. ¿Ganado qué? El derecho a la palabra, el derecho a definir nuestras vidas. Un dicho que se popularizó: «Queda prohibido prohibir». Sin programa porque teníamos que encontrar el qué, poco a poco, con estos múltiples debates en los que se intentaba con balbuceos pergeñar una nueva sociedad. O soñar una utopía. Y reencontrarnos a nosotros mismos.
Recuerdo una noche mágica en la que, tras una asamblea del movimiento de Nanterre, que se mantenía como tal pero no en Nanterre porque estaba lejos, regresábamos a casa a intentar dormir tras noches en vela junto a mi amiga Colette. Colette, estudiante de filosofía, tenía cabellos de trigo y ojos de Mediterráneo. Nos encaminamos cada uno a su casa porque yo quería ver a mi niña de cuatro años. Pero no había transporte urbano en París. Y los coches no circulaban, mezcla de miedo y falta de gasolina. Ella tenía su bici, yo no. Y fue tan encantadora que caminó junto a mí durante horas. Atravesamos la ciudad de cabo a rabo, los dos vivíamos en la periferia. Había un silencio maravilloso en esa metrópoli que nunca duerme. Estábamos agotados los dos de la manif, de la discusión. ¿Qué hacemos? ¿A dónde va todo esto? No lo sabíamos y no nos importaba. Porque lo esencial estaba hecho. Era posible. Cambiar la vida era posible. Lo habíamos visto. Y nunca lo olvidaríamos mientras viviéramos. De pronto, las ruedas de la rutina se habían parado. Y mil sueños y deseos se habían expresado. Se habían juntado gentes que se veían sin verse cada día. El sentimiento de libertad de poder pensar por nosotros mismos se había manifestado por millones.
¿Era esto la revolución? Sí y no. Porque ahí empezaron a moverse los poderes fácticos; primero, la izquierda y los sindicatos. Muy inquietos porque todo esto pasó al margen de ellos o en su contra por mucho que luego intentaron reconstruir la historia. Yo sé cómo fue esa historia porque la viví. Los que se decían actores sociales decidieron que tenían que recuperar (ese era nuestro término en el movimiento) toda la energía liberada y encauzarla en su propio beneficio. De modo que los sindicatos, el Partido Comunista y el entonces agonizante Partido Socialista convocaron una manifestación el 29 de mayo para pedir un cambio de Gobierno (entonces gobernaba De Gaulle y la derecha), con ellos en el Gobierno, naturalmente, y de paso una serie de reivindicaciones laborales y sociales, justas, pero que poco tenían que ver con lo que confusamente buscaba el movimiento. Muchas de esas reivindicaciones fueron obtenidas en los llamados Acuerdos de Grenelle, así como una tímida reforma de la Universidad, consistente en dividir la Universidad de París en doce universidades, concentrando a todos los izquierdistas en la Universidad de Vincennes para que no contagiaran.
Pero la manifestación, que para la izquierda era la culminación del movimiento, fue en realidad el principio de su fin provisional. Porque hubo cientos de miles de personas en las calles de París. En parte, desfilando ordenadamente tras las pancartas de siempre con las demandas de siempre. Pero mucha otra gente por su cuenta y cada vez más decidida a enfrentarse con el sistema, sin saber demasiado qué quería decir, pero sabiendo lo que sentía. La manifestación se partió y se desvió. No fueron los típicos grupitos de exaltados, sino miles de personas los que asaltaron e incendiaron la Bolsa de Valores de París. Varias comisarías fueron atacadas. En medio del caos generalizado, entre nieblas de gas y sirenas frenéticas, encontré en la calle a un anarquista español, veterano de la Resistencia contra los nazis, que me pedía instrucciones porque me habían identificado en algunos círculos (con otro nombre) como uno de los líderes del movimiento. Falso, porque fue realmente un movimiento sin líderes, aparte de Cohn-Bendit, que fue más simbólico que organizativo. Aunque algunos maoístas (como Alain Geismar, secretario del sindicato de profesores) trataron en algún momento de aparecer como tales. El caso es que este conocido me pedía instrucciones. Me dijo: «Nos hemos reunido un grupo nuestro. Hemos sacado las armas que teníamos guardadas. Hay otros grupos que estamos conectando. ¿A dónde vamos? Hay quien dice que al Elíseo». Obviamente lo calmé y le dije que no iba de esto. Que se quedaran tranquilos en casa y esperaran el momento.
Pero el que no esperó fue De Gaulle. Salió de París ese mismo día ante los rumores de asalto al Palacio del Elíseo. Se fue a Alemania, donde estaban las divisiones blindadas francesas, y volvió con los tanques hasta las puertas de París. E hizo un discurso solemne televisado diciendo que no se toleraría la chien lit (caca de perro, o sea caos). Hablando a los partidos y a los ciudadanos espetó, con impecable sentido común, que si querían un cambio de Gobierno convocaría elecciones inmediatas. Pero que, si querían derrocarlo por la fuerza, tomaría medidas apropiadas, léase tanques. Obviamente, la izquierda aceptó las elecciones y el movimiento no tenía a nadie que lo representara. Pero ¿cuál fue el debate sobre las elecciones en el seno del movimiento?
Volvimos a Nanterre para hablarlo sosegadamente. Aceptamos la presencia de Alain Touraine, que no estaba en el movimiento pero era respetado por todo el mundo. Nuestra postura, en la clásica tradición anarquista, era el boicot a las elecciones porque en una situación así la gente vota con miedo a las opciones de orden. Touraine nos pidió que fuéramos razonables, que hacían falta cambios, pero democráticos y no revolucionarios. Cohn-Bendit le contestó con una frase que se me quedó grabada e inspiró toda mi vida: «Amigo Touraine, para que los reformistas como usted tengan éxito, los revolucionarios como nosotros debemos intentar revoluciones fallidas». Touraine se fue cabizbajo y nosotros emprendimos el camino del último acto revolucionario: resistir hasta el final en la fábrica de Renault en Flins, ocupada por obreros jóvenes que se negaban a terminar la huelga. Ya estábamos a primeros de junio, la huelga se fue deshilachando en Francia y la represión dura empezó en particular en las fábricas de automóviles en Sochaux y en la región de París sin que los sindicatos se opusieran. Flins, en la periferia de la región de París, era una nueva fábrica con catorce mil trabajadores, muchos de ellos inmigrantes. Se negaron a terminar la huelga y montaron barricadas alrededor de la fábrica. Los antidisturbios los cercaron para agotarlos por hambre. Pero ahí llegó el Movimiento 22 de Marzo, aprovisionándolos mediante senderos a través del bosque en la noche. Mi coche era viejo pero con mucha capacidad de carga y lo utilizamos a tope. Pero, además, los más osados iniciaron una guerrilla contra las fuerzas policiales, saliendo del bosque, atacándolos y desapareciendo después. Utilizaron tirachinas con bolas de acero, causando numerosos heridos. La cosa tomaba otro cariz. Así que el 11 de junio los CRS atacaron la fábrica con todo. Siguieron violentos enfrentamientos todo el día, con muchos heridos y un estudiante muerto que apareció golpeado y ahogado en el río.
Los últimos resistentes nos refugiamos en el local sindical de la localidad, que inmediatamente fue cercado. Ahí sí que tomé yo la iniciativa. Aconsejé que nos quitáramos cascos y cazadoras, tiráramos en un montón lo que pudiera considerarse instrumento ofensivo y nos situáramos cogidos del brazo frente al cordón policial en actitud pacífica y hablándoles. Incluso ofreciendo alguna flor. Recuerdo un policía muy joven que parecía entender lo que yo le decía. Hablamos largo rato a centímetros de distancia. Cuando tocaron a rebato fue el primero que entró entre nosotros golpeando a diestro y siniestro. Estaban muy quemados por la inesperada resistencia que encontraron. Cuando esperábamos una masacre llegó un oficial que entendía que había que tener cuidado con la prensa. Llegaron autocares policiales, y firmemente cogidos del brazo fuimos subiendo y apelotonándonos en ellos mientras cantábamos La Internacional y A las barricadas. Mi amiga Laurence, la más simpática, me dijo: «Lo que me sabe mal es que nunca tuvimos tiempo para hacer el amor». La verdad es que ella sí lo tuvo con otros compañeros porque es cierto que era el momento del amor libre, una experiencia maravillosa en la que la libertad era más importante que la sexualidad.
Al llegar a las comisarías, porque había muchas para muchos autocares, inmediatamente nos separaron a los extranjeros y nos llevaron a las celdas. Y de allí algunos como yo tuvimos el privilegio de que nos encerraran en los calabozos de la torre de La Conciergerie, donde estuvo María Antonieta en su camino a la guillotina. No llegaron a tanto conmigo. Simplemente proyectaban devolverme a España, donde la Brigada Político-Social me esperaba impaciente para saldar las cuentas que tenía con ellos desde 1962, cuando me escapé de Barcelona a través de los Pirineos. Touraine, siempre él, intervino con el ministro de Educación. Le dijo que yo estaba haciendo observación participante para él y que, por favor, me enviaran a otro sitio. Decidieron Ginebra, lo que me encantó por la tradición de acogida a revolucionarios históricos. De modo que así viajé en avión por primera vez en mi vida, gentileza del Gobierno francés, flanqueado por dos educados agentes y con las esposas puestas. Las autoridades suizas me acogieron, me liberaron y me advirtieron que en quince días tenía que estar fuera del país o en la cárcel. Así empezó mi trayectoria global. Porque en ese momento mi ilusión era ir al sur. El sur donde aún ardía la llama de la revolución, o eso pensaba yo. Y así llegué a Chile.
Mientras tanto, en Francia, como habíamos vaticinado, la derecha obtuvo la mayoría absoluta. Por eso los analistas habituales concluyeron que el movimiento había fracasado. Pero no lo habían entendido, como siguen sin entender quienes piensan la política en el corto plazo o en términos exclusivamente institucionales. Porque el movimiento de mayo nunca pretendió llegar al poder. No queríamos ni ocupar el Estado ni destruirlo. Queríamos autogestionar la sociedad y defender los valores por los que merecía la pena luchar. Hubo en realidad un cambio profundo que se produjo en las mentes de los franceses, incluso con un impacto político inmediato. Porque un año después, en 1969, De Gaulle perdió el referéndum. Con él quería consolidar su poder; se jubiló, se refugió en Colombey-les-Deux-Églises y murió poco después. En 1971 François Mitterrand llegó a la secretaría general del Partido Socialista y lo reconstruyó con una política de unión de la izquierda, que los comunistas rechazaron, pero con un programa de corte socialdemócrata con retoques de los nuevos valores. Mitterrand fue elegido presidente en 1981 y gobernó durante catorce años. Integró en su Administración, en lugares prominentes, a algunos de los más activos militantes del movimiento de mayo, como Yves Stourdze, por ejemplo. Más aún, los valores del 68 impregnaron a las jóvenes generaciones y Mitterrand, a quien conocí muy cercanamente a través del amor de su vida, que no era su esposa, entendió que una conexión simbólica con esos valores daría réditos electorales. Al tiempo, otros militantes del movimiento de mayo se agruparon en torno al más intelectual de ellos, Serge July, y fundaron el periódico Libération, que todavía es el referente más inequívoco de la izquierda francesa.
El impacto cultural del movimiento de mayo de 1968 fue mucho más allá de Francia. De los debates en las mil y una asambleas que encarnaron el movimiento surgieron las ideas del feminismo, del ecologismo, de los derechos humanos, de la crítica de la globalización, de la oposición a la guerra, de la solidaridad con el Tercer Mundo y de la denuncia simultánea del capitalismo y del comunismo; iniciando también la crisis de legitimidad política de las democracias liberales vaciadas de contenido. Se afirmó la libertad, individual y colectiva, como bien supremo de los humanos. Así enlazó el Mayo francés con la crítica social y las utopías culturales que tenían lugar en Estados Unidos desde 1964, inspiradas por la lucha por el free speech, los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. El movimiento se extendió, sin que nadie lo organizara, en pocos meses por Italia, por Alemania, por Inglaterra, por Portugal y por gran parte de Europa, incluida la Europa comunista con la Primavera de Praga. Y por España, donde el movimiento estudiantil se enfrentó a una severa represión que derivó hasta la declaración del estado de sitio por la dictadura franquista. E incluso en Japón, donde la Universidad de Tokio fue ocupada pacíficamente durante meses, algo impensable hasta entonces. Y en América Latina, en particular en Brasil y en México, donde el PRI decidió acabar de raíz con esta rebeldía pacífica en la matanza de Tlatelolco el 26 de julio de 1968, muchos de cuyos cientos de muertos nunca se llegaron a encontrar.
Si algo sabemos de la historia es que las ideas no se pueden matar. Más aún cuando corresponden a lo que muchas personas en muchas culturas sienten antes de pensar: se encarnan en movimientos sociales cuya influencia acaba permeando la política institucional. En ese sentido, Mayo de 1968, aún más que el movimiento simultáneo en Estados Unidos que era culturalmente más específico, fue la matriz de las tendencias profundas de transformación social que aún perduran e incluso influencian a gran parte de las sociedades medio siglo más tarde.
La sala rezuma historia. Estoy en el lugar de reunión de lo que fue el politburó del Partido Comunista de la Unión Soviética en el simbólico edificio de la Staraya Ploshchad, con sus hermosos árboles enmarcados en la nieve. Pero el Partido Comunista ya no existe. Lo acaba de disolver Yeltsin de un plumazo, como dijo al estampar su firma sobre el decreto. Ni tampoco hay Unión Soviética. Estamos en enero de 1992, cuando la nueva Rusia apenas ha iniciado su singladura. La habitación es recogida, alfombrada, con muebles de caoba, visillos bordados en las estrechas ventanas tamizando una luz invernal. Apenas ceremonial. La huella de lo que fue se encuentra en los dispositivos de grabación empotrados en la mesa frente a cada asiento, que siguen grabando, asegurando la continuidad del poder. Presiden la reunión los tres vicepresidentes del nuevo Gobierno ruso: Yegor Gaidar, Alexander Shokhin y Gennady Burbulis. A mi lado, Fernando Henrique Cardoso, Alain Touraine, Martin Carnoy y Steven Cohen. Somos el comité internacional asesor para la transición sociopolítica que yo presido. Porque así me lo pidió el Maquiavelo de Yeltsin durante la perestroika, Gennady Burbulis, arquitecto del ascenso de Yeltsin a la presidencia de la Federación Rusa y después inspirador de la disolución de la Unión Soviética como forma más segura de socavar el poder del partido tras el fallido intento de golpe de Estado contra Gorbachov. Golpe que Yeltsin aprovechó para derrotar a la vieja guardia comunista y hacerse con el poder tras resistir el asedio en la Casa Blanca, el Parlamento, protegido por una multitud que soñaba con la democracia. Conocí a Burbulis a través de mi amigo Ovsey Shkaratan, uno de los mejores sociólogos rusos, a quien el equipo de Yeltsin, en rebeldía frente a Gorbachov, había pedido que buscara académicos con experiencia en transiciones políticas para prepararse frente a lo desconocido. Burbulis, profesor de filosofía, gozaba de la absoluta confianza de Yeltsin, pero era lituano y por tanto no era elegible para ser líder político. Desconfiaba de Gaidar (el otro contacto de Shkaratan), que buscaba un comité asesor para la transición económica, que al final sería presidido por Jeffrey Sachs, de Harvard. Burbulis sabía que todo se jugaba en la sociedad, no en la economía, y de ahí su insistencia en mantener equilibrios. Estaba apoyado por Sokhin, que era sociólogo y también se relacionaba con mi propia red. Una red que fui estableciendo en los períodos que tuve de enseñanza en la Escuela de Cuadros del Komsomol, las juventudes comunistas, algo paradójico en ese momento para alguien como yo, que no era comunista y que, además, era profesor en Berkeley. Pero en los tiempos de la perestroika el surrealismo era la realidad.
Sin embargo, mi cita con la historia de la transición soviética venía de mucho antes. Se originó en un luminoso septiembre de 1984 a orillas del lago Baikal. Y es que, lejos de las miradas del mundo, a principios de los sesenta, Jruschov, impresionado por su visita a los campus universitarios estadounidenses, decidió crear una ciudad científica que concentrara excelentes jóvenes investigadores de la Academia de Ciencias en un lugar donde pudieran trabajar con mucha más libertad que en los centros establecidos. Pero lejos del mundanal ruido y del alcance de Occidente. O sea, en el bosque siberiano. Se escogió un lugar a orillas de un gran embalse a treinta kilómetros de Novosibirsk. Así nació Akademgorodok, que albergaba veinte institutos de investigación y una nueva universidad de élite. Fue un oasis de libertad en la Unión Soviética. Hicieron libremente cosas tan subversivas como un club de jazz, considerado oficialmente como propaganda americana. Y también se desarrolló la investigación en ciencias sociales alejada de las pautas de la ortodoxia marxista. Eso explica que en los años ochenta, cuando la URSS intentaba resurgir de la somnolencia de Brézhnev, el director del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias de Siberia fuese Abel Aganbegyan, un economista matemático conocedor de las tendencias mundiales y que fue a partir de 1987 el que dirigió las reformas económicas de la perestroika. En su órbita se situaba Tatyana Zaslavskaya, directora del departamento de Sociología del Instituto. Claro que era comunista, pero con un espíritu abierto y una gran sensibilidad social. En 1983, cuando el país estaba dirigido por el viejo y cansado Chernenko, se filtró a Occidente un documento conocido como el Manifiesto de Novosibirsk. Era una crítica de la ineficacia del sistema soviético y una propuesta de reformas económicas y políticas que pudiesen sacar a la URSS de su estancamiento. Aunque nunca se pudo probar, es razonable pensar que los colaboradores de Zaslavskaya y Aganbegyan eran los autores de las propuestas. En los medios occidentales se acogió el texto con un interés escéptico. Pero cuando Gorbachov llegó al poder en 1985 se inspiró directamente en estas propuestas y nombró a Aganbegyan su asesor económico y a Zaslavskaya su asesora social. De modo que la intelligentsia
