La trampa de miel - Unni Lindell - E-Book

La trampa de miel E-Book

Unni Lindell

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Beschreibung

«Una maravillosa lectura para los amantes de la novela negra.» Västerviks-TidningenUnos días antes del comienzo de las vacaciones de verano desaparece Patrik, un niño de 7 años que volvía solo del colegio a casa. Hace calor, todo está  tranquilo. La furgoneta de los helados ha hecho su ronda habitual, la anciana que vive recluida al final de la calle espía por la ventana, dos niñas saltan sobre una cama elástica en el jardín vecino. Una semana después, una inmigrante ilegal muere atropellada. Era la novia del conductor de la furgoneta de los helados, y trabajaba en el barrio residencial donde desapareció Patrik. El inspector de policía Cato Isaksen tendrá que enfrentarse a numerosos retos; no sólo a las terribles conexiones que descubrirá entre ambos casos, sino también a su peculiar nueva compañera, la joven y tozuda Marian, que en ocasiones parece tener una desconcertante empatía con la mente criminal…

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Veröffentlichungsjahr: 2011

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La trampa de miel

Gracias a la comisaria de policía Eva B. Ragde

por su extraordinaria colaboración.

Y gracias a la muy viva y real Birka.

La furia llegó deslizándose como una ola. Reconocible, dura y dinámica, de ninguna parte. Siempre caía como un rayo, provocaba un incendio que no se podía apagar. Como entrar en un agujero negro, ningún freno. Nada más que estos sentimientos punzantes. Las manos que se levantan, los músculos que se mueven, y el calor del odio cuando el golpe cae. Malditos bichos, llegar aquí y creer que se puede hacer lo que se quiera. Tomarse libertades, ocupar un lugar. ¿Cómo se llama? Egoísmo, egocentrismo o descaro puro y duro. El agua de la jarra tiene el mismo color que el cristal. Así es siempre, las cosas no son lo que parecen. El agua no es cristal.

En surcos estrechos como dedos, abejas solitarias habitan casas temporales entre la yerba. De rodillas dirijo mi vista a una boca que es cueva, un ojo redondo, verde, desconsolado como una lágrima.

(...)

La reina de las abejas contrae matrimonio con el invierno de tus años.

Sylvia Plath, «The Beekeeper’s Daughter»,

(trad. José M.ª Moreno Carrascal)

10 de junio (14:42)

Vera Mattson pasó cansada la mano por su ancha frente. El cabello, recogido en la nuca en un moño desordenado, ya no era de un negro intenso, tenía hilos de plata y manchas castañas más claras en la raya y en su nacimiento.

Estaba sentada en una silla de cocina, la pintada, con las manos cerradas entorno a la taza marrón de café y atisbaba entre las cortinas. Miraba hacia el garaje de chapa ondulada, donde el seto de espino había crecido hasta hacerse denso y estaba entretejido de hiedra. Junto a ella, sobre la mesa, estaba el trapo de cocina estriado, gris de suciedad. La pintura del marco de la ventana se resquebraja. Hoy no hay ningún policía fuera, ningún pastor alemán que tire de la correa, olisqueando y meneando el rabo. Entonces, habrán terminado con sus investigaciones, ¿no?

Miraba fijamente hacia la casa amarilla del otro lado de la calle. Los rosales tenían hojas de un verde nuevo, y los capullos se abrían, rojos contra la pared amarilla. La hija de los vecinos y su amiga pelirroja y regordeta jugaban, como de costumbre, en la cama elástica. Sus voces histéricas y agudas se colaban por la grieta de la ventana. Percibía sus destellos de color entre las ramas cubiertas de lilas azuladas, mientras saltaban arriba y abajo, arriba y abajo. Las niñas iban vestidas con vaqueros y camisetas cortas que enseñaban media tripa. ¿Por qué no se ocuparían los padres de hoy en día de que sus hijos fueran decentemente vestidos? ¿Y por qué estaban las niñas en casa en pleno día? ¿El colegio ya se había terminado por la llegada del verano, o tenían a los niños en casa por lo que había pasado con el chico la semana pasada?

Repentinamente, ese sonido volvía a estar allí. Vera Mattson mantuvo el café templado un momento en la boca antes de tragarlo. El irritante timbre de la furgoneta de los helados que se acercaba, mezclado con los gritos de las niñas. Pling, plong. Pling, plong. Pling, plong. Se hizo un silencio total.

La furgoneta de los helados pasaba todos los lunes, y siempre provocaba en ella la misma incontenible irritación. No sólo era que su ruido monótono causara un dolor casi físico, sino el revuelo que originaba. Gente que llegaba apresurada, gritos y ruidos. No le gustaban las interrupciones. Vera Mattson dejó la taza de café sobre la mesa con un pequeño estallido y bajó la vista hacia sus gruesos dedos. Las cosas podían cambiar en unos segundos.

La foto del chico desaparecido hacía una semana estaba por todas partes, en la televisión y en todos los periódicos. Cerró los ojos un instante y lo vio frente a ella, el pelo blanco y la boca medio abierta con sus paletos demasiado grandes. Ella era la última que lo había visto.

Se levantó, fue hasta la panera y la abrió. Sólo quedaban dos trozos de pan, tendría que salir corriendo a la tienda. Lo odiaba. El sobrepeso era un problema. No le gustaba encontrarse con gente. Todavía utilizaba el abrigo de invierno aunque fuera verano. En realidad no era tan grueso, más que nada estaba desgastado. Y llevaba calcetines con zapatos y la vieja bolsa de la compra de nylon.

La llamada de la furgoneta de los helados empezó otra vez. «Irá bien, estoy bien», se dijo a sí misma y se tapó las orejas con las manos. Salió al pequeño recibidor. Se quedó parada contemplando su rostro en el espejo de la pared. El plateado de la vieja superficie tenía manchas marrones. La cara que veía era tan inexpresiva y poco acogedora que deseó esquivar su propia mirada. No había cambiado mucho en los últimos diez años. Todo lo demás cambiaba, pero ella no.

Se lo repitió a los policías varias veces, que no quería verse implicada en nada. Pero no la habían dejado escapar. Habían insistido en que tenía que contar lo que supiera. Pero ella no sabía nada, había dicho. ¿Qué podía saber? ¿Qué se suponía que debía saber ella?

Explicó lo mismo una y otra vez, que había visto a los tres chicos ese día. Que les había gritado porque, como siempre, habían intentado coger el atajo que atravesaba su jardín. «Muy molesto todo», reiteró a los investigadores. Ya que se lo preguntaban, no se cortó. Los niños la volvían loca deslizándose furtivamente junto a sus paredes a todas horas. Estaba claro que les encantaba provocar. El día que el rubio desapareció, ella abrió la puerta, salió corriendo y gritó tras ellos, rugió que ahora sí que ya estaba bien, que iba a buscar a sus padres, y cosas así. Pero dos de ellos ya habían pasado la verja caída del fondo del jardín y habían desparecido ladera abajo, hacia la calle Odden. El tercero, el rubio hijo del demonio, dudó y se detuvo. Entonces se volvió. Su regañina había tenido efecto. Muerto de miedo y desconcertado se quedó de pie a unos metros de ella, como si sus piernas estuvieran ancladas en la tierra. Duró tan sólo un breve instante. Había cortado una rama de lila. Ella le observaba enfurecida mientras arrancaba las flores moradas con sus pequeñas manos. Frotaba los racimos con los dedos de forma que las florecillas se deshacían y caían al suelo.

Hacía exactamente una semana. La policía decía que probablemente era la última que había visto a Patrik Øye. Por supuesto, ella no tenía ni idea de cómo se llamaba, no hasta que la policía llamó a la puerta. A los detectives les había contado todo: que el chico se había dado la vuelta, había regresado, para luego salir corriendo por la cancela, desapareciendo entre los postes y acelerando por el camino de grava, el mismo por el que había venido. Les había dicho que fue la última vez que le vio. Y que su mochila, negra y beige atravesada por una raya verde, demasiado grande para él, botaba arriba y abajo sobre su espalda.

10 de junio (15:16)

Signe Marie Øye se apoyó sobre un codo y se quedó tumbada en esa postura. Sobre la mesa había un vaso de agua. Junto al vaso, una servilleta con una mancha marrón de grasa. Miraba fijamente la puerta cerrada de la terraza y el cielo que coloreaba el cristal de azul. La intensa luz de verano calentaba las horas amarillas de forma indecente y nauseabunda.

De pronto, su hermana estaba allí otra vez. Cogió su mano.

–Ven, vamos –dijo–, siéntate. He preparado una tortilla.

Sentía la boca seca y extraña. Su hermana le daba la lata con la comida todo el tiempo. Una amiga había llamado para ofrecerse a cortarle el césped. El jardín era una jungla. Había sido una primavera muy cálida. Pero qué le importaba a ella el césped, ahora que Patrik había desaparecido.

Se obligó a incorporarse. Su hermana le puso un plato delante. Se sentó a su lado en el sofá y empezó a darle de comer. La alimentaba con pequeños trozos amarillos. Y Signe Marie Øye masticaba despacio, como si su boca fuera algo ajeno a ella.

No había dormido en mucho tiempo. Ni esta noche, ni la noche pasada.

Repentinamente oyó un coche fuera, en la calle. Giró la cabeza y escuchó. El motor latió en punto muerto un instante, luego metieron la marcha atrás y el coche retrocedió un poco. Escuchó cómo giraba hacia la calle y desaparecía. Así que tampoco esta vez era la policía que venía con un mensaje para ella sobre Patrik. Ya llevaba perdido una semana. Toda una semana.

El aire no se movía, era pesado. La ventana estaba abierta. El zumbido del tráfico de la E-18 inundaba el salón como una marea constante y se mezclaba con el sonido de la furgoneta de los helados que se acercaba.

Había recorrido el camino del colegio cien veces, ida y vuelta. Había mucha gente caminando por los senderos: ancianos que paseaban, madres jóvenes con carritos de bebé, escolares y gente con perros sujetos a una correa. Iban como si nada hubiera ocurrido. Bajaba la cabeza al encontrarse con alguien conocido. Había subido hasta el colegio varias veces, se quedaba de pie mirando el edificio, luego bajaba por el camino de Selvik, hasta el final, donde el camino terminaba abruptamente frente a los dos grandes jardines. Allí donde empezaba el atajo secreto.

Había pasado entre los postes y llamado a la puerta de la casa marrón donde vivía la señora mayor, la que decía la policía que era la última que lo había visto. Pero nadie abrió. Sólo un gato blanco se lamía, sentado en la escalera. Habló con los que vivían en la casa amarilla con la gran cama elástica. Patrik hablaba de esa cama elástica, y de que él, Klaus y Tobias habían saltado una vez a escondidas, pero los habían echado las niñas que vivían allí. A Patrik le daban miedo las chicas grandes. Le había tenido miedo a tantas cosas: al médico y al dentista. A los adultos enfadados y a Severus Snape en las películas de Harry Potter. Y le daban miedo los perros desconocidos. Y los hombres raros. Pero esto último se lo enseñó ella.

Siempre tuvo miedo de que su hijo se cayera de lo alto de un árbol. Patrik adoraba subirse a los árboles. Había llegado a imaginárselo sin vida en el suelo, o en el agua, flotando boca abajo y el pelo, blanco, como hierba mecida entorno a su cabeza.

Nadie pudo contarle qué había ocurrido el tres de junio. Patrik simplemente se perdió, desapareció en algún punto del pequeño camino de grava entre los dos jardines. La policía decía que alguien debía haberle atraído u obligado a subirse a un coche. Le veía en diáfanos flash backs. El pelo blanco. Su rostro, su manera de reír. Le había dado a la policía la foto que le hicieron en agosto del año pasado, el primer día de colegio.

La noche antes de que desapareciera, Patrik, Klaus y Tobias habían discutido a causa del fútbol. Los oyó a través de la puerta de la terraza. Patrik quería ponerse de portero, pero uno de los otros también quería. Se habían gritado, alterados, y luego los otros dos se habían marchado. Patrik no había querido acostarse esa noche. Estaba de mal humor y cansado. Cuando por fin consiguió que se acostara, pensó que debía leerle algo, pero no tuvo fuerzas. Le revolvió el pelo blanco y le dijo que tenía que dormir.

A la mañana siguiente el niño estaba sonriente otra vez. Ella había aclarado la taza de café bajo el grifo, como solía, y le había gritado que tenía que darse prisa o llegaría tarde al colegio. Fue la-última-mañana. Todo estaba grabado en su memoria. La ventana abierta, el aire del verano que ella sentía como un fino hilo de plata al atravesar las habitaciones. Y luego llevó a Patrik al colegio en coche.

11 de junio (9:15)

La urbanización de Frydendal, en Asker, estaba vacía de niños. Hacía mucho que habían desaparecido todos camino del colegio y la guardería. El inspector jefe de policía Cato Isaksen giró para salir del parking en su coche camuflado de policía. El aire caliente de verano golpeaba a través de la ventanilla medio abierta. Echó un vistazo al retrovisor observando su rostro marcado, con barba de dos días. Cumplir cincuenta años no era del todo fácil. Pero no estaba mal. Al fin y al cabo su hijo mayor, Gard, tenía 22 años. El mediano, Vetle, se había ido al colegio hacía una hora y Bente había desaparecido poco después, montada sobre la bici de la cesta rosa chillón. Tenía el primer turno de guardia en el sanatorio en el que trabajaba y debería estar en casa con tiempo de sobra para hacer la cena.

Sobre el asiento del copiloto estaba el periódico del día, el Aftenposten, bien doblado. También hoy media portada estaba cubierta por la foto del niño de siete años que desapareció de Høvik, en Bærum, hacía ocho días. Cato Isaksen echó un vistazo al encantador rostro infantil. Se alegraba de no llevar ese caso. Alguien tenía que haber secuestrado al pobre chico. Si le encontraban, probablemente no sería con vida.

Cato Isaksen salió a la E-18 y se colocó en el carril de la izquierda. Adelantó cuatro coches y volvió al carril derecho. Llegaba tarde, pero había decidido tomarse con un poco de calma esta primera semana de vuelta al trabajo. Había estado de baja seis semanas, después de una mala temporada bastante larga. Primero se ahogó su compañero Prebe Ulriksen en Tailandia; luego su hijo pequeño Georg se vio involucrado dramáticamente en un caso criminal que él había llevado: un asesino condenado por sus investigaciones secuestró al pequeño de siete años al salir del colegio. El asunto terminó con el suicidio del secuestrador y el rescate de Georg, encontrado en una cabaña de un área de recreo en Sogn. La pesadilla vivida por su familia le decidió a tomarse, por primera vez en su carrera, un tiempo de descanso.

No había hecho más que volver al trabajo y ya habían surgido nuevos problemas. Mientras estaba fuera, la comisaria, Ingeborg Myklebust, había contratado un nuevo detective para su equipo, alguien que debía suceder a Preben Ulriksen. Y lo hizo sin consultarle. Marian Dahle, se llamaba la nueva. Había sido adoptada en Corea, parecía introvertida y tenía algo de sobrepeso. Dahle venía del departamento de seguridad ciudadana, donde había trabajado en la oficina de citaciones. De un día a día en el que remitía notificaciones a testigos se suponía que iba a pasar directamente a homicidios. Sólo eso ya... Desde la primera vez que la saludó supo que habría tormenta. Pero le iba a dar una oportunidad. El equipo estaba falto de personal y realmente necesitaba sangre nueva.

Aunque eran casi las 9:30, había principio de atasco en Lysaker. Cato se miró en el retrovisor. Qué enfadado parecía. Suspiró profundamente. Lo primero que había hecho al volver al trabajo fue entrar directamente al despacho de la comisaria y quejarse de la nueva contratada. Ingeborg Myklebust se disculpó con que no había querido molestarle durante la baja, que ésa era la razón por la que no se había puesto en contacto con él. Era, evidentemente, una buena excusa, pero él la había pillado. Sabía que le venía muy bien no tener que tomar postura ante sus opiniones. Especialmente porque sus opiniones a menudo no coincidían.

El equipo funcionaba al máximo antes de la llegada de Marian Dahle. Cato Isaksen había sido el inspector jefe de Roger Høibakk, Asle Tengs, Randi Johansen y Ellen Grue durante años. Le respetaban, le escuchaban y hacían su trabajo.

Siempre se había sentido seguro de ellos al cien por cien, pero ahora también esto estaba desmoronándose. Porque Asle Tengs no quiso hablar con él de Marian Dahle. Y Randi Johansen se mostró claramente incómoda cuando intentó sacar el tema con ella. Randi siempre le había apoyado fielmente en todo. Así que Dahle ya había conseguido dividir al equipo, pensó mientras frenaba de golpe. Sintió un dolor agudo en la sien izquierda.

Roger Høibakk era el único que le había respaldado. Llamó bomba premenstrual y hormonada a la nueva, que ya se había lucido. Había hablado con la prensa sobre el comunicado de la Dirección General de la Policía en el sentido de que ya no podían apoyar económicamente el análisis de huellas biológicas, como si ella supiera algo de eso. Randi la excusó diciendo que la habían animado a que lo hiciera, pero aun así. Marian Dahle tenía un ego claramente sobredimensionado, pensó Cato Isaksen y puso el intermitente a la izquierda sobre el gran paso elevado, junto a la Estación Central de Oslo. La nueva Ópera se elevaba en vidrio y hormigón frente al mar.

11 de junio (20:54)

Elna Druzika cerró tras ella la puerta del almacén vacío y se quedó un momento esperando con la llave en la mano. Colgado del hombro llevaba el bolso amarillo mostaza que su madre le había tejido. Dejó caer la llave en el pequeño bolsillo lateral. Le dolían las muñecas. En su cabeza todavía oía el eco del ruido de la loza al entrechocar y el olor a comida se desprendía de su ropa y su cabello. Siempre se sentía a disgusto cuando estaba sola en los locales del catering al anochecer, pero esta noche había sido especialmente desagradable. Toda la tarde había sentido la angustia atenazándole la garganta, primero mientras terminaba las tartas de turrón con vainilla, luego mientras servía en la cafetería, más tarde al escurrir la porcelana blanca, tirar los restos de comida y limpiar las encimeras. Las imágenes de la cámara frigorífica se habían congelado en su mente y alterado el ritmo de su respiración.

La plazoleta estaba silenciosa. Crujían las placas de chapa ondulada fijas en la parte inferior de la pared para protegerla de camiones y carretillas elevadoras. El sol, que las había calentado y dilatado durante el día, se había puesto tras los almacenes. Las placas se enfriaban. No se veía un alma, tan sólo los edificios industriales, enormes uno a continuación de otro, formando un patio cuadrado en el que sólo había aparcados dos coches. Reconoció uno, era de la empresa de seguridad, pero detrás había un coche rojo. Creía recordar haberlo visto antes, pero no podría asegurar dónde.

Bajó con cuidado la escalera de metal. Emitía un sonido reverberante cada vez que ponía el pie en un nuevo peldaño. Tenía que volver a casa con Inga.

La visión que había tenido unas horas antes, cuando sacó el paquete tieso y congelado de la última estantería de la cámara frigorífica, casi le había quitado la respiración. Alguien había intentado esconder una bolsa de basura negra debajo del estante, tras unas cajas de polietileno vacías. Se puso en cuclillas, sacó la bolsa y la palpó, pero se detuvo de golpe. Abrió la bolsa y miró dentro. Vio el cadáver de un niño. La imagen se grabó en su mente. Se dio la vuelta deprisa, se levantó y volvió a empujar la bolsa debajo de la estantería con el pie. Justo a la vez había sonado el ruido de un avión sobre el edificio y, repentinamente, allí estaba Norman Khan, detrás de ella. Había balbuceado algo, habló acelerada de que aún no había medido los ingredientes pero que las tartas estarían a tiempo. Todas, y que iba a cubrir un par de ellas con mazapán y decorarlas con bombones para que fueran especialmente bonitas. «Sí, sí, sí», dijo él abriendo los brazos. Le había lanzado una mirada irritada y le había pedido que hiciera primero las tartas de miel.

De repente se abrió la puerta del comedor de los conductores y el sonido de sus voces y risas cubrió su conciencia como una molesta capa.

Sin previo aviso, estaba allí, detrás de ella. Junto a su espalda. Se dio la vuelta. Había visto demasiado, eso lo entendió por la expresión de su cara. No era capaz de hablar, ni siquiera de susurrar.

–No vas a... –dijo, y la agarró.

–No –respondió ella–. Ni siquiera a Inga –pero entendía que él lo sabía: sí, hablaría con Inga. Hablaba con Inga de todo.

La arrastró hacia él y la empujó detrás de la estantería. Se escabulló, pero la siguió y la estampó con dureza contra la pared. Cogió con fuerza sus antebrazos y la sacudió. Intentó soltarse y lo consiguió, pero en el momento en que iba a salir corriendo la retuvo otra vez contra él. Apretó en torno a su cuello. En ese momento se abrió la puerta batiente con un fuerte ruido metálico, y alguien metió la carretilla elevadora dentro de la cámara frigorífica. La soltó y se retiró; salió al sol y desapareció.

Luego, de vuelta al fregadero, se dio de verdad cuenta de que algo era peligrosamente diferente. ¿Qué podía hacer? Ella venía de un lugar en el que la vida y la muerte estaban mucho más cerca de uno que en Noruega. En casa, cuando enterraba a los gatos, sus hermanas pequeñas tenían una expresión relajada. «Hay gatos de sobra», decía siempre su madre. Pero los animales y las personas son cosas diferentes.

Después, Noman se había marchado a una reunión y Ahmed había continuado trabajando con la carretilla elevadora en el almacén. Oía el zumbido del motor en la cocina del catering. Sólo quedaban Milly y ella. Milly habló y habló, como hacía siempre. Pero era difícil concentrarse. Había aprendido que el autocontrol era una virtud, pero esto era diferente. Tenía que hablar con Inga. Pero Inga estaba sirviendo en la fiesta de verano de una gran empresa informática en Sjølyst. No podría hablar con ella hasta que llegara a casa.

Elna Druzika apretó el bolso regalo de su madre contra su pecho, como un amuleto. Cruzó el patio deprisa, anduvo hacia la puerta recortada en el gran portón de metal. Pronto estaría fuera de allí. Echó un vistazo al reloj. El autobús salía dentro de diez minutos.

En ese mismo momento registró un movimiento por el rabillo del ojo. La certidumbre corrió por su espina dorsal hasta la nuca. Oyó que alguien giraba la llave de uno de los coches aparcados. El motor arrancó. Tardó un poco en empezar a correr. Era como si estuviera en otro lugar. Escuchó que el coche aceleraba tras ella. No giró, pero corrió manteniendo la vista fija en la puerta, que estaba a tan sólo unos pocos metros. El coche se puso a su lado y se abrió la puerta del copiloto, pero ella no quería entrar. Pensó: camina despacio y con normalidad, como si no pasara nada. Pero en menos de un segundo el rugido del motor le hizo tomar conciencia de que se equivocaba. Esto no era ningún juego. Estaba tan desesperado que quería matarla. Iba a morir. Abrió la boca para gritar, pero no emitió ningún sonido. Cuando el coche la atropelló, pasó ante ella un río de imágenes: el viejo caballo y el carro desgastado frente a la casa en Bene, su hogar. Las paredes de madera caldeadas por el sol, grises por el paso de los años. Y la tierra compacta en el exterior. Las flores a lo largo del muro y el hielo sobre los cristales en invierno. La madre Fanja y las hermanas. Y el hermano. Las nubes, que cubrían el tejado como seda blanca. El silencio, y la luna contra el cielo negro en otoño. El camino que giraba, que desembocaba en la rejilla que impide el paso de los animales, donde empezaba el cultivo. Todo fluyó por su conciencia un pequeño instante antes de la muerte, casi como la mínima pausa entre dos latidos del corazón.

Terminaron sus pensamientos. Dejó de oír, y el áspero asfalto desapareció en una clara luz blanca.

Marian Dahle estaba inclinada hacia delante, con los brazos cruzados y los hombros algo levantados. Tenía la boca fina, nariz pequeña y pómulos altos. El pelo negro azabache estaba recogido en una delgada coleta. Tenía treinta y dos años, pero aparentaba dieciocho.

Tras los cristales ahumados de la comisaría, el sol había producido un calor pesado e inmóvil. Era 12 de junio y tenía que comparecer en el juzgado a las diez. Hojeó rápidamente las páginas del caso que estaban frente a ella sobre su mesa de trabajo. Llevaba trabajando en homicidios exactamente un mes. Aprendía mucho. Era un desafío y una emoción haber conseguido una plaza en el equipo de investigación de Cato Isaksen, porque estaba cansada de enviar citaciones a testigos. Esto era mucho más excitante. Esto era lo que quería; poder trabajar con personas que estaban en el límite de algo, que iban hasta el final de las cosas. Se le daba especialmente bien juntar las piezas de un puzle, piezas tácticas. Había crecido teniendo que estar siempre alerta, siempre por delante de lo que pudiera ocurrir. Por eso había desarrollado un esquema de pensamiento negativo que conducía su imaginación hacia lo destructivo. La distancia hasta los asesinos y asesinas con los que trabajaría no sería necesariamente muy grande. Era una ventaja importante. Su única pena era que el jefe de investigación en persona estaba de vuelta, y él había resultado ser una gran decepción. Cato Isaksen no era, de ninguna manera, atento y agradable, como habían dicho los otros. Por lo menos, no con ella. Pero había hecho un esfuerzo evidente y le había dicho que era bienvenida.

A Marian Dahle no le gustaban especialmente las personas. El bóxer Birka era su tabla de salvación. La perra dormía en su cama por las noches. La respiración acompasada de Birka hacía que ella durmiera como un tronco todas las noches. Lo más importante era que hacía un buen trabajo. Ahora tendría un breve encuentro con la experta en escenarios de crímenes Ellen Grue, antes de sacar a pasear a su perra, que esperaba en el coche, para luego conducir hasta el juzgado.

Randi Johansen le había confiado que la razón por la que Cato Isaksen estaba de mal humor era que no había podido participar en el proceso de selección. Se ofendía con facilidad, y entonces podía parecer poco diplomático, pero Marian no debía citar a Randi. En todo caso, no tenía nada que ver con ella. Había añadido que el inspector jefe necesitaba tiempo, pero aun así Marian se lo tomó como algo personal. No era de las que da tiempo a la gente. Había pasado esa etapa. Pero no tenía intención de dejarle ver que su menosprecio la afectaba. No pensaba darle ese gusto. Ya había pasado por peores tormentas antes.

Sentía que la frialdad de Cato Isaksen era tan intensa que era mejor pasar a la defensiva de buenas a primeras. Soltó que tenía intención de llegar a ser la mejor, y añadió que sabía que lo podía conseguir. Randi Johansen y Roger Høibakk estaban presentes. Randi le había dirigido una sonrisa de ánimo, mientras que Roger salió del despacho con una expresión distante en el rostro. Marian sintió que una sensación heladora recorría su cuerpo porque, de repente, por un breve instante, todo había vuelto. Ese sentimiento, la firme sensación de indignidad. En verdad había tenido que movilizar toda su fuerza de voluntad para ser capaz de mirar al jefe de investigación a los ojos. Pensó con amargura que todo en la vida era fácil, bastaba con fingir que era fácil. Ése había sido su mantra desde que se hizo mayor y por fin pudo irse de casa. Pero le asustaba darse cuenta de lo frágil que era, lo terriblemente susceptible y fácil de herir que era, a pesar de todo. Cuando la intranquilidad cargada de angustia golpeaba, lo compensaba tratando a su entorno con dureza. No todo era un baile de rosas, pensó, pero nadie podía leer en su interior.

El móvil de la inspectora de escenarios de crímenes Ellen Grue sonó mientras hablaba en el pasillo con Roger Høibakk. Vio enseguida en la pantalla que era el Instituto Anatómico Forense. Efectivamente, la llamaba el catedrático Wangen. Era el más simpático de los forenses, un hombre canoso y en forma, al inicio de la cincuentena, adicto al deporte y con una personalidad agradable y fácil. Como siempre, fue al grano. Una mujer había muerto atropellada en un polígono industrial de Alnabru la noche antes. La policía de tráfico recibió el aviso sobre las nueve de la noche y el cuerpo había sido trasladado, de forma rutinaria, para su autopsia. El forense opinaba que la fallecida, además de los daños producidos por el atropello, también presentaba claras señales de violencia en el cuerpo. ¿Tendría Ellen Grue la amabilidad de ir al Instituto Anatómico Forense inmediatamente?

–Voy –dijo, y tras haber pedido a Roger que transmitiera la información a Cato Isaksen, y comunicar a Marian Dahle que tendría que hablar con otro de los inspectores sobre el informe del caso que iba a verse en el juzgado, fue corriendo a su oficina y sacó un sándwich de su bolsa. No había tenido tiempo de desayunar esa mañana y se sentía algo mareada. Deseaba intensamente no estar embarazada. El hombre con el que se había casado tres años antes era mucho mayor que ella y tenía hijos adultos. Ellen Grue no veía ninguna razón para traer más personas a este mundo. Nunca sería madre. Si algo había aprendido de este trabajo, era eso.

La escultura de acero que recordaba a un insecto estaba cubierta de luz, el aire vibraba bajo el techo.

Cato Isaksen echó una mirada a la interminable cola de personas que esperaban un pasaporte. Sonaba el aviso de las máquinas que daban turno y un niño lloraba como poseído. Fue rápidamente hacia la izquierda, pasando la recepción. Introdujo la tarjeta por el lector y subió en el ascensor hasta el quinto piso. Le habían dado casi las diez hoy también.

Cato Isaksen giró hacia su despacho y fue hasta la ventana para abrirla. Una mancha de sol que temblaba en la pared acabó sobre un montón de papeles; contenían información sobre dos casos de agresiones con cuchillo y un supuesto homicidio por fuego: un chico joven había prendido fuego a la casa de su padrastro.

Aunque sólo hacía una semana que había vuelto al trabajo, su mesa ya estaba llena de documentos. Junto a la iglesia, al otro lado de la calle, vio una pandilla de jóvenes pasar despacio. Las vacaciones se acercaban. Dentro de una semana terminarían los colegios, y Bente y los chicos irían a una casa de veraneo que habían alquilado en Stavern. Él los seguiría a principios de julio.

Roger Høibakk entreabrió la puerta y asomó su oscura cabeza.

–Tarde al trabajo hoy también –dijo sarcástico, y sonrió–. Ellen ha ido al Anatómico Forense. Puede que tengamos un nuevo caso. Una joven atropellada en Alnabru. Tiene marcas en el cuerpo que no pueden atribuirse al atropello. Por cierto, Marian Dahle fuma a escondidas. La vi antes. Estaba en el parque con su perra –Roger Høibakk sonrió y desapareció.

Así que fumaba a escondidas. Cato Isaksen también se había tropezado con ella el otro día, mientras paseaba su perra en horario laboral. Una bóxer, de piel jaspeada en marrón oscuro, con dibujos en blanco. Le había preguntado si tenía intención de seguir trayéndola al trabajo. Le interrumpió agresiva y dijo que había oído que se le consideraba un jefe competente, pero un poco difícil.

–Siempre que haga mi trabajo, ¿qué puede importarte a ti que mi perro esté en el coche? La furgoneta blanca que hay en el parking es mía. Está allí la mayor parte del tiempo. Utilizo mi hora del almuerzo para pasearla, y no fumo como otros muchos, así que no pierdo tiempo –sus palabras llovían sobre él. Menudo desparpajo... ¿Y quién había dicho que él era difícil?

La perra se había sentado junto a su pierna y esperaba anhelante que le hicieran caso. A Cato Isaksen no le gustaban especialmente los perros; tenía un gato rojizo, Mermelada, un asunto vago, gordo y de pelo largo. De forma automática le leyó la cartilla: si no tenía la actitud apropiada iba a resultarle muy difícil trabajar en su equipo.

–Somos un equipo unido y positivo. Si vienes arrasando y vas a lo tuyo, no tienes nada que hacer aquí –había dicho.

–Tengo la actitud adecuada –le había mirado muy seria–. Pero no estoy aquí para jugar. Y no estoy acostumbrada a rodearme de arpías.

Cato Isaksen la observó durante medio minuto sin decir nada. La ira ardía en su estómago.

Se quedó callada. La perra estaba sentada, encogida, como si entendiera que el ambiente no era del todo bueno.

Arpías, los había llamado arpías. Después estuvo irritado consigo mismo por haber mostrado todas sus cartas a la primera. Marian Dahle había entrado subrepticiamente en el departamento, sin su aprobación, y probablemente tendría que vivir con eso. Preben Ulriksen ya había sido bastante irritante. Preben el pijo, pero con toda sinceridad podía decir que le echaba de menos. Le había dicho cosas, le había ofrecido una especie de amistad. Que él no había aceptado. Y luego se había ahogado. Dolía pensarlo.

El recorrido hasta el Hospital Central llevaba algo menos de quince minutos. Ellen Grue dejó el coche en el parking. Echó un vistazo a su rostro en el retrovisor y se arregló el cabello oscuro, antes de cerrar el coche y subir las escaleras hasta la entrada principal. Se registró en la recepción y recorrió el luminoso pasillo hacia la puerta que llevaba al Anatómico Forense, en el sótano.

El olor especialmente dulzón de la muerte y la podredumbre la recibió ya en el vestuario, donde se quitó su propia ropa antes de ponerse el pantalón de algodón verde y la parte de arriba de la misma tela. Los azulejos blancos de la pared estaban muy limpios. Aquí y allí se percibían sobre la superficie lisa restos casi invisibles del polvo blanco con el que fregaban. Sacó las zapatillas flexibles de su taquilla y se puso un par de calcetines azules de plástico por encima.

Tras la puerta de la sala de autopsias se colocó la bata amarilla, el gorro de plástico y los guantes.

El catedrático Wangen la estaba esperando junto a la mesa más apartada. Dejó el portapapeles azul sobre el fregadero.

–Hola, Ellen, ¿qué tal te va?

–Bien –Ellen Grue echó una mirada al cadáver de la mesa. Las ventanas esmeriladas, que daban a la parte trasera del hospital, dejaban pasar una luz grisácea. En el techo estaban encendidos los neones.

–Elna Druzika. De Letonia –empezó el forense y detalló el lugar de nacimiento y la fecha–. 23 años. Una amiga suya de Letonia, parece ser que trabaja en el mismo sitio que la fallecida, estuvo aquí ayer para verla con alguien de seguridad ciudadana y la identificó. Tú pedirás a los inspectores de homicidios que se pongan en contacto con ella, claro. Su novio no quería verla.

Ellen Grue asintió con la cabeza. Se sentía mareada otra vez. Tenía sudores fríos. El catedrático Wangen la miró preocupado.

–¿No estás bien? –preguntó.

–No, he estado indispuesta todo el día.

–¿Algún virus?

–Espero que sea algo que se pase, en todo caso –replicó sarcástica con una débil sonrisa.

El catedrático Wangen asintió comprensivo y empezó a relatarle los hallazgos que había hecho. El informe provisional de la autopsia estaría listo esa misma tarde, dijo.

–No hay indicios de una violación y probablemente no está embarazada.

Ellen Grue no hizo ningún comentario. La mujer de la mesa, joven y desnuda, tenía un aspecto bastante neutro. La media melena castaña estaba retirada del pálido rostro. El cuerpo blanco, la piel de cera, como solía suceder en las personas muertas. Los pechos, pequeños, con pezones descoloridos.

La víctima tenía grandes daños en la parte izquierda del cuerpo, y en la cabeza. La habían limpiado, las heridas destacaban con claridad. El forense tiró de los guantes para ajustarlos mejor.

–Está lista para ser fotografiada y las lesiones están definidas. Hemos recogido fragmentos de la pintura del coche y cristales de los faros en bolsas numeradas. El coche que la atropelló es rojo.

–Bien, entonces mandaremos los restos de pintura a Alemania para ser analizados, y esperemos que puedan descubrir qué clase de coche era.

–Tiene todas las lesiones características de los atropellos: fracturas de huesos, heridas en la cara, grandes abrasiones en el cuerpo, etcétera.

Ellen Grue asintió y notó que la víctima además tenía visibles huellas de una fuerte presión en los antebrazos y círculos azules en torno a las muñecas.

–Sí, y aquí vas a ver –continuó el catedrático Wangen inclinándose sobre la muerta–. Hemorragias puntuales y derrames alrededor del cuello. Alguien la ha cogido y apretado muy fuerte. Se ven las huellas de los dedos en este lado, donde la piel del cuello es más fina. Pero le hicieron las marcas del cuello antes de morir y no eran mortales. También la han sujetado por los antebrazos. Las huellas son tan fuertes que diría que quien la sujetó era un hombre. Probablemente ha intentado retorcerse y escapar. Entonces la ha cogido por las muñecas para impedírselo. Esto ha debido de ocurrir sólo unas horas antes de que la atropellaran, porque las marcas no están del todo maduras. Serían más oscuras si hubieran podido madurar.

El sol daba en la ventana del coche y tuvo que bajar el parasol para proteger sus ojos. Hacía tanto calor en la furgoneta que le costaba respirar. El malestar recorría su cuerpo. Wiggo Nyman presionó el elevalunas para abrir la ventanilla, y se encontró con su mirada en el pequeño espejo del parasol. Tenía un rostro delgado de ojos azules y despiertos. En la mejilla tres grandes cicatrices causadas por el acné. El cabello era rubio y rebelde bajo la gorra azul. Vestía vaqueros y una camiseta blanca sin mangas. Suspiró profundamente y se pasó con cansancio la mano por los ojos, puso el intermitente y giró cerca del colegio de primaria de Lysejordet, aparcó en el sitio de siempre, donde empezaba la urbanización de chalets adosados.

El asfalto se desmigaba por los bordes. Los mosquitos se multiplicaban en la hierba de las cunetas. Unos metros más allá, unos niños jugaban a rifar pasteles en una mesita roja. Dos de ellos fueron corriendo hacia la furgoneta de los helados. Wiggo Nyman echó el freno de mano, se asomó por la ventanilla y les pidió que esperaran un poco. Iba a tomarse un descanso antes de empezar. Volvieron despacio hacia su mesa roja.

El motor desprendía el olor grasiento del aceite que le había echado por la mañana. Tenía el coche con el equipo de música más guay. Johny Cash cantaba «Run Softly, blue river». Wiggo Nyman sentía tanta tensión en la nuca que casi no podía girarse. Se echó hacia atrás, sobre el reposacabezas y quedó con la mirada perdida a través del cristal.

Si hubiera podido librarse de conducir hoy, lo habría hecho. Pero su jefe había dicho que las cosas no funcionan así. Aunque la noche anterior hubieran atropellado y matado a Elna, él no estaba enfermo. ¿Quién iba a conducir por él? Conocía todos los sitios habituales como la palma de su mano.

Recordaba con exactitud el color de cada casa, si la puerta era roja, azul o verde. Y qué madre llegaba con qué carrito a cada lugar. Eran casas idénticas en calles idénticas.

Cogió la cajetilla del salpicadero y la golpeó hasta sacar un cigarrillo. Lo encendió, sacándolo por la ventanilla mientras se calaba la gorra.

Las intensas voces infantiles de la mesa de la lotería de pasteles se colaban por la ventanilla. Veía a Elna frente a él, escuchaba su sonido. El tintineo de los cuchillos y los tenedores en el cajón de los cubiertos. El agua del grifo cuando escurría el trapo. Echó un vistazo al reloj. Ya llevaba diez minutos de retraso. Sería mejor ponerse en marcha. Apagó el cigarrillo contra la cajetilla y lo tiró por la ventana, apretó el botón que reproducía la llamada, y saltó del coche. El hiriente sonido de la campanilla se colaba hasta los huesos. Los niños de la mesa roja aullaron entusiasmados y fueron corriendo hacia él otra vez.

Gritaron de alegría cuando abrió las dos puertas traseras y subió al interior. El tintineo le atacaba los nervios. Había hecho bajar el sonido de forma que fuera posible estar dentro del coche sin que dañara los oídos. El frío y el dulce olor a frambuesas y miel cayeron sobre él. Los pequeños estaban fuera dando saltos para poder ver el interior. Sacó tres cajas de helados. La marca Happy Star estaba impresa en azul y rosa con pequeñas estrellas amarillas repartidas aquí y allá. No se fijó en los sabores, sólo apoyó los cartones sobre su pecho para depositarlos en el suelo. Cuando pensaba en lo que le había ocurrido a Elna sentía escalofríos en la espalda. Muerta, estaba muerta. Las cosas habían cambiado de repente. Tenía que aprender a olvidarlo. Los momentos pasados tenían que ser sustituidos por otros nuevos. No tenía que pensar en ello. Con todo el mundo era de acero. Era como estar en el agua. Como ver a las personas a través del agua.

Empezaron a llegar los clientes adultos, primero dos madres jóvenes con cochecitos de bebé, luego pequeños grupos de adolescentes que volvían a casa desde el colegio, algunos chavalines, cinco niñas y un anciano solitario con bastón.

–Madre mía, qué calor hace –dijo el viejo quitándose la corbata.

Wiggo Nyman bajó del coche, fue a la parte delantera y apagó la megafonía. Por su cabeza pasaban imágenes. Notó que estaba irritable y enfadado. En cuanto los clientes acabaran de comprar cerraría las puertas traseras y llevaría el coche a descargar. Luego iría derecho a Maridalen a contarles a su madre y a su hermano lo que le había ocurrido a Elna. No tenía fuerzas para hacerlo por teléfono. En lo único que podía pensar ahora era en estar en casa junto a su madre y su hermano. Veía ante sí la casa blanca con la pintura descascarillada, los dos pajares rojos y el cercado de los gatos, la cocina y los muebles de mimbre bajo el roble. Tenía que retener esa imagen para sobrevivir. El camino forestal con la arena seca y todas las flores silvestres en las cunetas. Los campos verdes se sucedían como alfombras, llenos de colza amarilla. Y los altos arces, donde empezaba el bosque. Lo que más deseaba era dormir para evitar pensar.

No le dio la gana de contestar inmediatamente cuando una de las jóvenes madres le preguntó qué sabor recomendaría. Si la gente no era capaz de decidirse, le daba igual. Cuando ella repitió la pregunta, le dijo que el helado de frambuesa estaba bueno, pero aun así la mujer se quedó mirando en la puerta las fotos impresas de los helados sin ser capaz de decidirse. Le pidió al siguiente cliente que se adelantara.

Cato Isaksen observaba molesto una mosca que zumbaba como una chispa arriba y abajo en el marco de la ventana. La puerta se abrió con un estallido. Era Roger.

–Ellen llamó. Seguramente es un asesinato, la joven de Alnabru.

Cato Isaksen asintió y le pidió que entrara.

–Qué opinas realmente de ella –empezó.

–¿De la mujer de Alnabru?

–No.

–¿De Ellen?

–No, de Marian Dahle, por supuesto.

Roger Høibakk se dejó caer en la silla con una media sonrisa.

–Como ya he dicho, es una bomba de hormonas –sonrió, sacó el peine del bolsillo y se lo pasó por el cabello.

–A los otros les gusta, Randi y Asle. Sí, a Ellen también, creo.

–Pero tú tienes razón, jefe, a mí me parece una interferencia difícil de aguantar.

–Nos llamó arpías –Cato Isaksen tiró el bolígrafo que tenía en la mano haciéndolo rodar por la mesa–. Va a estropear todo el ambiente de trabajo.

Una sonrisa se insinuó en los labios de Roger Høibakk.

–Pero precisamente en eso tiene razón; homicidios se ha convertido en un nido de arpías. Espera a que los sueldos lleguen a un nivel aceptable y verás como vuelven los chicos. Por cierto que ayer hice una oferta por un piso, pero no me lo dieron.

–Los sueldos no van a llegar a un nivel decente –Cato Isaksen se levantó. Un rayo de sol calentó su mano.

–¿Cuánto ofreciste?

–Dos millones doscientas mil coronas.

Cato Isaksen contempló a su compañero y suspiró. Abrió la ventana dejando salir a la ruidosa mosca.

–He estado fuera unas pocas semanas y cuando vuelvo, joder, está todo cambiado. Pero tendré que intentar tomarlo con un poco de calma.

Roger Høibakk le observó.

–Sí, tendrás que intentar tomarlo con un poco de calma. Por cierto, olvidé decirte que hay rumores de que nos darán otro más para el equipo.

–¿Quién coño ha dicho eso?

–Rumores, digo –Roger se encogió de hombros. En ese momento sonó su móvil. Dio media vuelta sobre la silla y contestó.

Cato Isaksen sintió cómo la frustración hormigueaba por su columna vertebral. Ya bastaba.

–No concibo a qué está jugando la comisaria –murmuró–. Si lo que quiere Ingeborg Myklebust es deshacerse de mí, desde luego que se va a salir con la suya.

Desapareció por la puerta y bajó por el pasillo a toda velocidad, mientras Roger Høibakk le miraba sorprendido.

¿Le querían rebajar de categoría? Cato Isaksen adelantó deprisa a dos colegas sin saludarlos. Ya era suficiente. En el pasillo el aire era caliente y seco. Estaban ventilando el nauseabundo olor del jabón de fregar con las ventanas abiertas. Si ése era su plan, estaba listo para marcharse, pensó obstinado. Le daría lo que quería.

Llamó brevemente a la puerta de cristal de la comisaria, la abrió de golpe y entró. Ingeborg Myklebust giró la silla, se atusó el cabello pelirrojo, se quitó las gafas y le miró interrogante.

–Siéntate.

Pero Cato Isaksen permaneció de pie.

–No es necesario –respondió–, sólo tengo una breve pregunta. Hay rumores de que nos asignarán uno más para el equipo, ¿es correcto?

Ingeborg Myklebust asintió.

–Sí, nos han dado un refuerzo.

–¿Así que es cierto?

–Sí, es cierto. Me lo acaban de confirmar, y viene bien ahora que es época de vacaciones y todo. De hecho, iba camino de tu despacho. Sólo quería acabar de revisar un caso antes. Hay tres candidatos, y dos de ellos pueden incorporarse inmediatamente. Depende de ti, Cato.

Aspiró con fuerza.

–Así que ahora se supone que depende de mí –tenía que tener cuidado para no quedarse en fuera de juego. En la medida de lo posible, debía aparentar profesionalidad. Pero no pudo resistirse–: Y ¿a quién has elegido esta vez?

Ingeborg Myklebust no le hizo caso.

–Ya he dicho que depende de ti. Los tres candidatos son dos hombres y una mujer. Me es indiferente a quién elijas.

–Bien. ¿A quién propones tú? –se aproximó–. Ya está bien de señoras –dijo irónico. Sabía que estaba provocando–. ¿Podríamos sustituir a Marian Dahle?

Ingeborg Myklebust le miró condescendiente.

–No, por supuesto que no. Tendrás que vivir con Marian Dahle. Cuando la contraté no sabía cuándo volverías. Así son las cosas. Soy consciente de que es una persona muy verbal y muy suya. Pero tiene arrestos.

–Verbal. Pues también es una forma de llamarlo. Esto de que traiga el perro al trabajo, no voy a consentirlo de ninguna manera.

–Vale. Lo puedo entender.

–Así que ¿estás de acuerdo en que no lo consintamos?

–Si el perro interfiere con su rendimiento en el trabajo, estoy completamente de acuerdo contigo –Ingeborg Myklebust enderezó su collar–. Tendrás que ponerla en su lugar, Cato. Creo entender que os acaba de entrar un nuevo caso.

–Sí, Ellen viene de hablar con Wangen –Cato Isaksen sintió cómo su enfado se diluía–. Es una mujer joven que fue atropellada y muerta en Alnabru. Parece ser que tiene señales de violencia en el cuerpo. Así que suponemos que no ha sido un conductor cualquiera el que la ha atropellado.

–Bien. Mira, aquí vas a ver a los tres candidatos –apretó una tecla.

Cato Isaksen se decidió rápido. Eligió a Tony Hansen, de 28 años. Medía 1,80, tenía el pelo claro y un pendiente en la oreja. No era ninguna belleza, pero era atractivo y atlético y venía de Groruddalen. Por lo que podía leerse de él, no era ninguna estrella. No necesitaba otra estrella.

–Hansen es el hombre apropiado para el equipo –constató. Ingeborg Myklebust estuvo de acuerdo.

Cato Isaksen convocó una reunión urgente. Los inspectores se reunieron en la calurosa sala de reuniones. Asle Tengs y Randi Johansen estaban sentados. Roger Høibakk y Cato Isaksen entraron a la vez en la sala, con sendos vasos de cartón con café en la mano. Marian Dahle aún estaba en el juzgado. Esperaban a Ellen Grue que iba a presentar los hallazgos provisionales.

–Por cierto, tenemos otro nuevo en el equipo –empezó Cato Isaksen. Tomó asiento en el extremo de la mesa y sorbió un poco de café caliente–. Tony Hansen, está en el despacho con Myklebust, pero luego vendrá aquí.

–Será maricón, ¿no? –rió Roger Høibakk–, así tendremos de todo, una mujer de jefe, una niña adoptada. El cuadro estaría completo si tuviéramos uno de ésos en el equipo.

Randi Johansen le miró con desesperación.

–Por favor –Cato Isaksen ahogó una sonrisa.

–Es un auténtico joven chico policía –dijo con satisfacción.

Tony Hansen era una buena elección, seguro, al contrario de Marian Dahle que tenía perro, fumaba a escondidas y vivía en la pretenciosa Grünerløkka. Una combinación muy molesta, había decidido Cato Isaksen.

–Es perfecto –interrumpió Asle Tengs–; espero que no pretenda tener vacaciones este año. Me voy a Francia dentro de dos semanas.

–Pero ese nombre... –continuó Roger Høibakk–. Tony Hansen, suena a recluso.

–Cumple todos los requisitos –afirmó Cato Isaksen–. Encajará con facilidad. Y nos hace falta. Viene del departamento de seguridad ciudadana: capacidades muy especiales, un niño pequeño y su pareja trabaja en el 7-eleven. En resumen: una persona normal. No puedo estar peleando con Dahle todo el tiempo. Tendréis que ayudarme un poco, dijo lanzando una mirada interrogante a Asle Tengs.

–¿Ayudarte? ¿Cómo?

–Apoyarme, estar de acuerdo, cosas así.

–¿Estar de acuerdo? –Asle Tengs resopló por la comisura de los labios–. Dahle no daba ningún problema, hasta que volviste tú –se recostó en su asiento.

Cato Isaksen le miró irritado.

–Sí, pero en todo caso, ese perro tiene que desaparecer.

–Birka no molesta a nadie –Asle Tengs se había puesto de mal humor–. Para ser sincero, a mí en realidad me parece que ese perro aporta algo al departamento. Es, en una palabra, simpático.

–Simpático –repitió Cato Isaksen con sarcasmo–, ...sinceramente, Asle.

Randi Johansen también defendió al perro. Cato Isaksen constató que Marian Dahle estaba en la onda de la mayoría del equipo. Era difícil de digerir. Si hubiera estado presente desde el principio seguramente habría sido mucho más fácil. Ahora, Marian Dahle en cierta manera había cogido la delantera, y reclamaba demasiado espacio. Tenía la sensación de que él era el elemento extraño.

Apareció por la puerta de repente. Cato Isaksen hizo un esfuerzo y sonrió. Es verdad que algo tenía Marian, irradiaba alguna cualidad. Pero era demasiado pronto, pensó. Aún no había demostrado nada.

Ellen Grue entró comiéndose un plátano, a la vez que el recién contratado agente Tony Hansen. El resto del equipo le dio la bienvenida de forma abrumadoramente cordial. Sonrió con orgullo y tomó asiento junto a Randi Johansen. Dio las gracias por la taza de café que le alcanzó Marian Dahle.

–Te vas a ver lanzado a la acción desde el primer momento –empezó Cato Isaksen–, pero supongo que eso es bueno. No parece que nos vayamos a quedar sin trabajo a la primera de cambio. Bienvenido seas.

El jefe de investigación se incorporó.

–Bueno, tenemos un nuevo caso y vamos a ponernos en marcha. Mujer joven atropellada y muerta en Alnabru. Tiene lesiones que no son consecuencia del atropello. La policía recibió el aviso a las 21 horas de ayer, de un guarda de Securitas que se encontraba muy cerca. Te cedo la palabra, Ellen, puedes continuar.

Ellen Grue se aclaró la voz y dirigió una rápida sonrisa a Tony Hansen. Percibía el respeto infantil que sentía hacia ella. Le ponía de buen humor.

–Estamos recogiendo y asegurando las pistas en el polígono industrial –se dio la vuelta y lanzó la cáscara del plátano a la papelera de la esquina. Cayó exactamente donde debía–. La muerta era de Letonia, Elna Druzika, 23 años. Ya hemos recibido un informe forense muy provisional. No tiene muy buena pinta –continuó–. El atropello se produjo la noche del 11 de junio, es decir, ayer. La fallecida tiene las lesiones características de un atropello. Roturas de huesos, lesiones en el rostro, grandes erosiones en el cuerpo etc... Pero además tiene lesiones que no son consecuencia del atropello: moratones entorno a las dos muñecas, huellas de presión en los antebrazos y pequeñas hemorragias en el cuello. En un primer momento todo parecía indicar que la mató un conductor cualquiera, que luego huyó del lugar de los hechos, pero se han encontrado indicios en la fallecida que hacen que el caso nos incumba. Ya me he ocupado de que los restos de la pintura del coche y el vidrio de los faros sean enviados inmediatamente a Alemania para ser analizados. Dentro de una semana deberíamos saber de qué tipo de pintura y vidrio se trata, de forma que podamos contactar con concesionarios de coches y encontrar la marca del vehículo. Tenemos trabajo que hacer. Roger Høibakk jugueteaba con su móvil.

–El coche que la atropelló tendrá necesariamente grandes marcas en la parte delantera –murmuró.

–Sí, y el coche probablemente es rojo –continuó Ellen Grue.

–Yo también he hecho algunas comprobaciones –dijo Randi Johansen leyendo un documento–: el guarda de Securitas, que estaba dentro del recinto cuando ocurrió el accidente, ha explicado que había un coche rojo aparcado fuera cuando él llegó. Pero no se fijó en nada especial, ni la marca ni la matrícula. Era sólo un coche rojo que estaba allí aparcado. Cree que se hubiera dado cuenta si la matrícula hubiera sido extranjera, así que supone que era noruego. Oyó que el coche arrancaba y a la mujer gritar. Corrió a la ventana y vio al coche desaparecer por la esquina y a la fallecida tirada en el suelo. Es el único testigo. Fue él quien llamó al número de emergencias –Randi Johansen miró a su alrededor y continuó–: Elna Druzika venía de un pequeño pueblo que está diez millas al sur de Riga, llamado Bene. No tiene familia en Noruega, pero sí un novio y una amiga íntima, Inga Romulda. Ella también es de Letonia y más o menos de la misma edad que la fallecida. Lleva en Noruega dos años, mientras que Elna Druzika llegó hace uno. Las dos trabajan para una compañía de catering que está en ese polígono industrial. Las dos comparten un piso en Karihaugen. Al proceder de un país de la UE Druzika no necesitaba permiso de residencia, sólo de trabajo, pero no lo tenía.

Marian Dahle tomó el relevo.

–Ya he llamado a Hacienda, y no la tienen registrada, así que parece que trabajaba ilegalmente.

Cato Isaksen la miró irritado.

–¿Tú no has estado en el juzgado hoy?