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Revolución sexual, una expresión evocadora, pero ¿qué significado tiene en la actualidad? ¿Cómo surge y qué relación tiene con los cambios que han afectado a la vida personal en un plano más general? Anthony Giddens discute muchas de las interpretaciones dominantes del papel de la sexualidad en la cultura moderna. La emergencia de lo que Giddens denomina sexualidad plástica (sexualidad liberada de su relación intrínseca con la reproducción) es analizada en términos de desarrollo a largo plazo del orden social moderno y de las influencias sociales de las últimas décadas. Giddens argumenta que la transformación de la intimidad, en la que las mujeres han desempeñado la función más destacada, encierra la posibilidad de una democratización radical de la esfera personal.
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Seitenzahl: 335
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Anthony Giddens
La transformación de la intimidad
Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas
PREFACIO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO PRIMERO. Experimentos cotidianos, relaciones, sexualidad
Cambio social y conducta sexual
Heterosexualidad, homosexualidad
CAPÍTULO II. Las teorías de foucault sobre la sexualidad
Sexualidad y cambio institucional
Reflexividad institucional y sexualidad
La decadencia de la perversión
CAPÍTULO III. Amor romántico y otras formas de afectividad
Matrimonio, sexualidad y amor romántico
Papeles de los sexos y amor
CAPÍTULO IV. Amor, compromiso y el nuevo modelo de relación afectiva
El romance de la búsqueda
Mujeres, matrimonio, relaciones
Mujeres, hombres y amor romántico
Amor romántico frente a amor confluente
CAPÍTULO V. Amor, sexo y otras adicciones
Sexo y deseo
La naturaleza de la adicción
Adicción, reflexividad, autonomía del yo
Implicaciones para la sexualidad
Sexualidad y seducción
CAPÍTULO VI. El significado sociológico de la codependencia
La naturaleza de la codependencia
La adicción y el problema de la intimidad
Intimidad, parentesco y paternidad
Padres e hijos
¿Padres tóxicos?
CAPÍTULO VII. Turbulencias personales, trastornos sexuales
Sexualidad y teoría psicoanalítica: comentarios preliminares
Desarrollo psicosocial y sexualidad masculina
Sexualidad masculina, compulsividad y pornografía
Violencia sexual masculina
Sexualidad femenina: el problema de la complementariedad
Papel sexual, intimidad y cuidados
CAPÍTULO VIII. Las contradicciones de la pura relación personal
La pura relación personal: ruptura y reconstrucción
Lesbianismo y sexualidad masculina
Homosexualidad y encuentros episódicos
Hombres y mujeres: ¿juntos o separados?
La separación de los sexos
CAPÍTULO IX. Sexualidad, represión, civilización
Sexo y represión: Reich
Herbert Marcuse
Las posibilidades del radicalismo sexual
Represión institucional y la cuestión de la sexualidad
La modernidad como obsesión
Emancipación sexual
Conclusión
CAPÍTULO X. La intimidad como democracia
El significado de la democracia
La democratización de la vida personal
Mecanismos
Sexualidad, emancipación, política de vida
CRÉDITOS
Muchas personas han leído y comentado posteriormente los borradores de este libro. En la medida en que he sido capaz, he intentado tener en cuenta la mayor parte de las críticas recibidas. Quiero dar las gracias especialmente a Grant Barnes, Michèle Barret, Theresa Brennan, Montserrat Guiberneau, Rebeca Harkin, David Held, Sam Hollick, Graham McCann, Heather Warwick, Jeffrey Weeks y a un revisor anónimo de Stanford University Press. Citaré también a Avril Symonds, por su trabajo en la preparación del manuscrito y a Helen Jeffrey por su concienzuda edición de la copia.
He pretendido producir un libro accesible a la mayor parte de los lectores que se tomen el trabajo de leerlo. Por esta causa, he evitado utilizar tecnicismos siempre que ha sido posible; incluso cuando he penetrado en áreas de cierta complejidad. He utilizado una gran variedad de fuentes, mas en aras de la facilidad de lectura he reducido al mínimo las referencias y las citas a pie de página. Acaso necesite cierto comentario aquí una referencia que he utilizado extensamente, se trata de la psicología de la auto-ayuda. Despreciada por muchos, ofrece a mi entender opiniones de inestimable valor. Yo mismo me defino en su favor y declaro adherirme a sus postulados, en la mayor medida que puedo, al desarrollar mis argumentos.
La sexualidad es un tema que puede parecer de poca relevancia pública, ya que en principio aunque sea una cuestión absorbente, es de índole privada. Es también un factor constante porque es un factor biológico y necesario para la continuación de la vida de la especie. De todas formas, el sexo se proyecta siempre en el dominio público y —sobre todo— habla el lenguaje de la revolución. Se dice que en las pasadas décadas se ha producido una revolución sexual y se han depositado esperanzas en este terreno de la sexualidad por muchos pensadores, para quiénes la sexualidad representa un reino potencial de libertad, no reducido por los límites de la civilización contemporánea.
¿Cómo interpretar estas pretensiones? Ésta es la pregunta que me movió a escribir este libro. Me puse a escribir sobre sexo, y me encontré escribiendo también sobre amor y sobre los comportamientos específicos de los hombres y de las mujeres. Las obras sobre el sexo tienden a contextualizarse en el juego de los papeles masculino y femenino. En algunos de los estudios más notables sobre la sexualidad escritos por hombres, no hay ni una sola mención al amor y el tema de los comportamientos específicamente masculinos o femeninos constituye un apéndice. Hoy, por primera vez en la historia, las mujeres exigen la igualdad con el hombre. En las líneas que siguen no intento analizar en qué medida persisten en los dominios político y económico las desigualdades sexuales. Me referiré —en cambio— a un orden emocional en el que las mujeres —mujeres ordinarias en sus vidas cotidianas, así como grupos feministas muy concienciados— han protagonizado en vanguardia cambios de enorme importancia. Éstos se refieren esencialmente a una exploración de las potencialidades de la llamada “relación pura”, es decir una relación de igualdad sexual y emocional, que tiene connotaciones explosivas respecto de las formas preexistentes de las relaciones de poder entre los diversos papeles sexuales establecidos.
El surgimiento del amor romántico proporciona un estudio casuístico de la relación pura. Los ideales del amor romántico han influido más, durante mucho tiempo, en las aspiraciones de las mujeres que en las de los hombres; aunque éstos, desde luego, también hayan sido condicionados por ellos. El ethos del amor romántico tiene un doble impacto sobre la situación de las mujeres. Por un lado, ha contribuido a poner a la mujer “en su sitio”, que es la casa. Por otro lado, en cambio, el amor romántico puede ser visto como un compromiso activo y radical contra el “machismo” de la sociedad moderna. El amor romántico presupone que se puede establecer un lazo emocional duradero con el otro sobre la base de unas cualidades intrínsecas en este mismo vínculo. Es el precursor de la “pura relación”, aunque esté en tensión con ella también.
La emergencia de lo que yo llamo sexualidad plástica es crucial para la emancipación, implícita tanto en la pura relación como en la reivindicación del placer sexual por parte de las mujeres. La sexualidad plástica es una sexualidad descentrada, liberada de las necesidades de la reproducción. Tiene sus orígenes en la tendencia, iniciada a finales del siglo XVIII, a limitar estrictamente el número familiar; pero se desarrolla posteriormente, como resultado de la difusión de la moderna contracepción y de las nuevas tecnologías reproductivas. La sexualidad plástica puede quedar moldeada como un rasgo de la personalidad y se une intrínsecamente con la identidad. Al mismo tiempo —en principio— libera la sexualidad de la hegemonía fálica, del desmedido predominio de la experiencia sexual masculina.
Las sociedades modernas tienen una historia emocional clandestina que está aún por revelar. Se trata de la historia de las aspiraciones sexuales de los hombres, que se han mantenido disociadas de sus personalidades públicas. El control sexual de las mujeres por parte de los hombres es más que un rasgo incidental de la vida social moderna. En la medida en que el control en cuestión se relaja, aparece bien a las claras el carácter compulsivo de la sexualidad masculina. La decadencia de este control menguante genera también una oleada creciente de violencia masculina hacia las mujeres. En este momento, se ha abierto un abismo entre los sexos y no se puede decir con certeza cuándo se tenderá un puente.
No obstante, las posibilidades cada vez más radicalizadas de la transformación de la intimidad son muy reales. Algunos han proclamado que esta intimidad puede ser opresiva y, evidentemente, puede serlo si se la considera como algo muy estricto y cerrado. Aunque si se la concibe como una negociación transaccional de lazos personales por parte de personas iguales, el hecho aparece a una luz diferente. La intimidad implica una absoluta democratización del dominio interpersonal, en una forma en todo homologable con la democracia en la esfera pública. Hay todavía más implicaciones. La transformación de la intimidad puede tener una influencia subversiva sobre las instituciones modernas consideradas como un todo. La esfera social, en la que la realización emocional sustituye a la meta del crecimiento económico, sería muy diferente de lo que hemos conocido hasta el presente. Los cambios que afectan ahora a la sexualidad son revolucionarios, no en la superficie sino en profundidad.
En su novela Before She Met Me (Antes de que ella me encontrase), Julian Barnes describe el destino de un tal Graham Hendrick, historiador universitario, que ha abandonado a su mujer e hijos y ha comenzado una relación con otra mujer. Cuando comienza la novela, Graham está al filo de los cuarenta años, ha permanecido casado durante quince años, se encuentra “en la mitad del camino de la vida” y “puede sentir ya que se desliza cuesta abajo por la colina”. En una fiesta conoce a Ann, que anteriormente fue actriz cinematográfica de reparto y que ahora se ha convertido en compradora de modas. Por cierta razón su encuentro suscita en él sentimientos de esperanza y exaltación que apenas recordaba. Siente que su línea de comunicación con otra persona, interrumpida hace veinte años, se ha restablecido repentinamente y se siente “una vez más capaz de locuras e idealismo”.
Tras una serie de encuentros clandestinos, que se convierten en un asunto escandaloso, Graham abandona a su mujer e hijos y comienza a vivir con Ann. Obtenido el divorcio, se casan. El núcleo del argumento es el descubrimiento progresivo de los amantes que han pasado por la vida anterior de Ann, antes de que Graham entrase en ella. Ann le oculta pocas cosas, pero nunca le proporciona informaciones sin que él se las pida. Graham se obsesiona gradualmente por los detalles sexuales del pasado de Ann. Analiza y revisa los pasajes que Ann ha rodado para la pantalla, tratando de adivinar un intercambio de miradas u otros signos que le indiquen que ella y algún hombre en particular han sido amantes. A veces, ella admite que han existido relaciones sexuales, aunque la mayor parte de las veces insiste en que no las ha habido.
El desenlace final de la historia es salvaje y subvierte por completo el estilo de humor insulso que caracteriza la mayor parte del libro. Tras una investigación detenida, Graham descubre que su mejor amigo, Jack —a quien ha confiado los problemas relativos a la vida de Ann, “antes de que ella me encontrase”— ha tenido relaciones sexuales con Ann hace varios años. Graham va a ver a su amigo como si no sucediese nada, llevando consigo un cuchillo que tiene “una hoja que mide seis pulgadas de largo y una de ancho, hasta el filo”. Cuando Jack le vuelve la espalda, prestando atención a un asunto menor, Graham le apuñala. Cuando Jack, estupefacto, gira, Graham le clava repetidamente el cuchillo, “entre el corazón y los genitales”. Tras ponerse un apósito sobre un dedo, que se ha herido durante el asesinato, se sienta de nuevo frente a los restos del café, que Jack le había preparado.
Entretanto, Ann, preocupada por la ausencia de Graham, que ha durado toda la noche, ha telefoneado a la policía y a los hospitales de la ciudad, tratando de localizarle sin éxito. Ann husmea en el escritorio de Graham. Allí encuentra documentos que atestiguan las investigaciones compulsivas de éste sobre su pasado y se da cuenta de que él conoce su asunto con Jack (única relación sexual que le había ocultado). Ella va al piso de Jack y allí encuentra a Graham, junto al cuerpo ensangrentado de Jack. Sin saber por qué, deja que Graham la calme y le ate los brazos con unos pocos centímetros de cuerda de tender la ropa. Graham calcula que este procedimiento le proporcionará bastante tiempo para cumplir su objetivo, antes de que ella pueda alcanzar el teléfono para pedir ayuda. “No cortar las líneas, para evitar el melodrama.” Con el cuchillo, se corta profundamente a cada lado de la garganta. En lo que concierne a Ana, “la amaba, no cabía duda alguna”, ha calculado mal. Ann se precipita de cabeza a través del cristal de la ventana. Entre tanto, la policía llega; el sillón está irremediablemente lleno de sangre, Graham está muerto. Los últimos párrafos de la novela implican que Ann se ha suicidado también —si accidentalmente o no, no lo sabemos.
Before She Met Me no es primordialmente una novela sobre los celos. Mientras Ann lee los materiales que Graham había acumulado sobre ella reconoce que el adjetivo de celoso no le cuadra bien. Lo importante es que él “no pudiera manipular su pasado”1. El final es violento —situación incongruente, dado el tono cómico del resto del libro—, pero frío. La violencia de Graham constituye un frustrado intento de dominio. Sus orígenes quedan bastante oscurecidos por el novelista, hecho que refleja la oscuridad que esto representa para el propio Graham. Graham trata de descubrir los secretos de la historia sexual de Ann porque ésta no cumple las expectativas que se tienen habitualmente respecto de una mujer —su pasado es incompatible con sus ideales. El problema es emocional, él reconoce lo absurdo que es imaginar que Ann hubiera organizado su vida anterior con vistas a encontrarse con él. Pero incluso su independencia sexual, antes de que él “existiese” para ella, le resulta inaceptable hasta tal punto que el resultado final es una agresividad destructiva y violenta. En su favor se puede decir que Graham trata de proteger a Ann de la violencia que ella ha provocado en él; aunque, desde luego, ésta queda prendida finalmente en la misma.
Los hechos descritos en la novela son genuinamente contemporáneos. La novela no tendría sentido como descripción de la vida de la gente corriente, por ejemplo, de hace un siglo. Pues presupone un grado notable de igualdad sexual; se basa en el hecho, hoy común, de que una mujer tenga múltiples amantes antes de establecer un compromiso sexual “serio” (incluso durante el mismo y después). Desde luego, siempre ha habido una minoría de mujeres para las que ha sido posible la vivir diferentes experiencias sexuales, y con ello una cierta medida de igualdad. Pero la mayoría de las mujeres han sido clasificadas como virtuosas o disolutas. Las “mujeres disolutas” han existido sólo en los márgenes de la sociedad respetable. La “virtud” se ha definido siempre como el rechazo de una mujer a la tentación sexual, rechazo reforzado por diversas protecciones institucionales, tales como un noviazgo vigilado, matrimonios a la fuerza, etc.
De los hombres, en cambio, tradicionalmente siempre se ha considerado —y no sólo lo han hecho ellos mismos— que necesitaban experiencia sexual para su salud física. Generalmente, siempre se ha aceptado que los hombres tengan relaciones sexuales múltiples antes del matrimonio, y la doble moral, también después del matrimonio, ha sido un fenómeno real. Como dice Lawrence Stone en su estudio sobre la historia del divorcio en Inglaterra, hasta hace poco ha existido un modelo rígidamente dual respecto a la experiencia sexual de hombres y mujeres. Un solo acto de adulterio por parte de una mujer era “una ruptura imperdonable de la ley de propiedad y de la idea de la descendencia hereditaria” y su descubrimiento ponía en juego medidas punitivas. El adulterio, por parte de los hombres, en contraste, era “considerado como un ‘desliz’ lamentable, pero comprensible”2.
Incluso en un mundo de igualdad sexual creciente —aunque diste mucho de ser completa— los dos sexos deben hacer cambios fundamentales en sus perspectivas y en sus conductas. La adaptación que se exige a las mujeres es considerable, aunque quizás por ser hombre el novelista, éstas no están representadas ni retratadas con mucha simpatía en el libro. Barbara, la primera mujer de Graham, es descrita como una mujer chillona, un ser exigente, cuyas actitudes juzga desconcertantes. A pesar de que siente un amor consistente hacia Ann, la comprensión de sus puntos de vista y acciones apenas es más profunda. Se puede afirmar que, a pesar del trabajo profundo de búsqueda intensa de las opiniones y acciones de la vida anterior de Ann, no llega a conocerla en absoluto.
Graham tiende a juzgar la conducta de Barbara y Ann en términos tradicionales: las mujeres son emocionales, caprichosas, sus procesos de pensamiento no se mueven por cauces racionales. Aunque tenga compasión por ambas, particularmente, en el momento en que se desarrolla la historia, por Ann. Su nueva esposa no es una “mujer de mala vida” ni tiene derecho alguno a tratarla como tal. Cuando Ann va a ver a Jack, tras haberse casado con Graham, rechaza firmemente las proposiciones de éste. Pero Graham no puede sacar de su mente la amenaza que siente respecto a las actividades que tuvieran lugar antes de que él la “controlara”.
El novelista describe muy bien la tentativa del segundo matrimonio de Graham, matrimonio abierto, que difiere sustancialmente del primero. El primer matrimonio de Graham —queda bien explícito— fue más bien un fenómeno “natural”, basado en la división convencional de los papeles de ama de casa y de macho que trae el dinero a casa. Con Barbara, el matrimonio fue un acuerdo de negocios y no una parte especialmente gratificante de la vida; algo así como tener un empleo que no se aprecia especialmente, pero cuyos deberes son aceptados3. Con su segundo matrimonio, Graham ha entrado en un nuevo mundo, que sólo emergía de forma incipiente en el tiempo de su juventud. Un mundo de negociación sexual, de “relaciones” que hacen aparecer en el lenguaje las nuevas terminologías de “compromiso” e “intimidad”.
Before She Met Me es una novela sobre la inquietud y sobre la violencia masculinas, en un mundo social en el que se producen profundas transformaciones. Las mujeres ya no se pliegan al dominio sexual, y los dos sexos deben negociar, con las implicaciones que todo esto produce. La vida personal se ha convertido en un proyecto personal abierto, que crea nuevas demandas y nuevas ansiedades. Nuestra existencia interpersonal se ve transfigurada completamente, al involucrarnos en lo que llamaré experimentos sociales de cada día, a los que nos someten los cambios sociales más amplios. Precisaremos con detalles sociológicos en qué consisten estos cambios, que tienen relaciones directas con el sexo, la familia y la sexualidad.
Lilian Rubin estudió en 1989 las historias sexuales de casi mil personas heterosexuales de Estados Unidos, de edades entre los dieciocho y cuarenta y ocho años. De esta forma, describió y reveló “la crónica de un cambio de gigantescas proporciones en las relaciones entre hombre y mujer”, durante las pasadas décadas4. La primera experiencia sexual de los encuestados de más de cuarenta años, contrastaba dramáticamente con la relatada por los grupos de edad más joven. La autora prologa su informe refiriendo cómo eran las cosas para la generación más vieja, a partir de su propio testimonio como miembro de esa misma generación. En el momento de su matrimonio, durante la Segunda Guerra Mundial, era virgen; era una muchacha que obedecía “todas las normas contemporáneas” y nunca “había llegado hasta el final”. No estaba sola al establecer unos límites claros a la exploración en materia de sexo, sino que compartía los códigos de conducta comunes a sus amigos. Su marido potencial participaba activamente en el esfuerzo porque estos códigos se cumpliesen. Su sentido de lo que en materia sexual era correcto o erróneo se equiparaba con el de ella misma.
La virginidad de las mujeres hasta el matrimonio era apreciada por los dos sexos. Si se permitían algún intercambio sexual con algún amigo, pocas chicas pregonaban el hecho. Muchas permitían que esto sucediese sólo una vez comprometidas con el chico en cuestión. Las muchachas más activas sexualmente eran desprestigiadas por las demás, y también por los muchachos muy masculinos, que trataban de “aprovecharse” de ellas. Exactamente de la misma manera en que la reputación social de las muchachas descansaba sobre su habilidad para resistir o contener los acosos sexuales, la de los chicos dependía de las conquistas sexuales que podían lograr. La mayor parte de los muchachos ganaba sus conquistas sólo —como dijo un encuestado de cuarenta y cinco años de edad— “pasando el tiempo con una de aquellas mujeres, las furcias”.
Cuando consideramos la actividad sexual de los adolescentes hoy menores de veinte años, observamos que la distinción entre chicas buenas y malas todavía se aplica en términos fijados por la ética de la conquista masculina. Pero otras actitudes, por parte de muchas chicas menores de veinte años en particular, han cambiado radicalmente. Piensan que es legítimo desarrollar una actividad sexual, incluido el coito, a la edad que les parezca oportuno. En la encuesta de Rubin, prácticamente ninguna adolescente menor habla de “preservarse” para un compromiso futuro o para el matrimonio. En su lugar, hablan con un mensaje de romance y compromiso, que reconoce la realidad potencialmente finita de sus primeras experiencias sexuales. Así, en respuesta a la pregunta sobre sus actividades sexuales con su amigo, una muchacha de dieciséis años observaba: “nos amamos; por tanto, no hay razón para no hacer el amor”. Rubin le preguntó, entonces, en qué medida contemplaba una vinculación a largo plazo con su pareja. Su respuesta fue: ¿quiere decir que si nos casaremos? la respuesta es no. ¿O si seguiremos juntos el próximo año? Lo ignoro. Queda mucho tiempo. La mayoría de los muchachos no están juntos durante tanto tiempo. Nosotros sólo haremos planes para el tiempo en que estemos juntos. ¿No es eso un compromiso?5
En las generaciones anteriores, la adolescente sexualmente activa debía representar el papel de inocente. Esta relación se halla hoy invertida: la inocencia representa el papel de sofisticación. De acuerdo con las investigaciones de Rubin, los cambios en la conducta sexual y en las actitudes de las chicas han sido más pronunciados que entre los muchachos. Ella habló con algunos muchachos que eran sensibles a las relaciones entre el sexo y el compromiso, y quienes rechazaban la ecuación entre el éxito sexual y las proezas del macho. Generalmente, sin embargo, hablaron de forma admirativa de los amigos masculinos que iban con muchas chicas y condenaban a las chicas que hacían lo mismo. Pocas muchachas, en el ejemplo de Rubin, emulaban la conducta tradicional masculina abiertamente y con carácter desafiante. Frente a tales acciones, los chicos respondieron, en su mayoría, sintiéndose ofendidos. Ellos todavía preferían la inocencia, al menos de cierto tipo. Algunas mujeres jóvenes, interrogadas por Rubin, que estaban a punto de casarse, encontraban necesario mentir a los futuros cónyuges sobre el nivel de sus experiencias sexuales tempranas.
Uno de los hallazgos más llamativos de la investigación de Rubin, de la que se hicieron eco otras encuestas y que se aplica a todos los grupos de edad, fue la ampliación de las llamativos de actividad sexual en las que participa la mayoría de las personas o se juzga oportuno que otras lo hagan, si lo desean. Así, entre las mujeres y hombres de más de cuarenta años, poco más de uno entre diez han practicado el sexo oral. Entre la generación actual de adolescentes, aunque no se practique universalmente, el sexo oral forma parte normalmente de la conducta sexual. Cada adulto preguntado por Rubin tiene ahora al menos cierta experiencia en la materia. No se olvide que en Estados Unidos el sexo oral queda descrito como “sodomía” en los libros de derecho y es ilegal en veinticuatro estados.
La mayor parte de los hombres dan la bienvenida al hecho de que las mujeres estén más dispuestas sexualmente y proclaman que, en una relación sexual a largo plazo, desean que el otro miembro de la pareja sea intelectual y económicamente su igual. No obstante, de acuerdo con las investigaciones de Rubin, se encuentran, abierta o incoscientemente incómodos, cuando deben hacer frente a las implicaciones de estas preferencias. Dicen que las mujeres “han perdido la capacidad de ser amables”; que “no saben cómo comprometerse ya” y que las “mujeres hoy no desean ser esposas, y ellos quieren esposas”. Los hombres declaran desear la igualdad, pero muchos también afirman que ellos o rechazan el significado de esta premisa o se sienten nerviosos al respecto. Rubin preguntó a Jason, un hombre que según sus propias palabras no tiene problemas “con mujeres muy agresivas”, ¿cómo contribuiría usted en la educación de sus hijos? Su respuesta fue: “Deseo hacer todo lo que pueda. No quiero ser un padre despreocupado, pero alguien debe asumir la mayor carga de responsabilidad… Y no diré que puedo ocuparme, porque no puedo. Yo tengo mi carrera y es muy importante para mí, porque he trabajado en ella durante toda mi vida”6.
La mayor parte de las personas, hombres y mujeres, llegan ahora al matrimonio trayendo un acervo sustancial de experiencia y conocimiento sexuales. No se produce en su caso la abrupta transición entre los manoseos torpes o los encuentros ilícitos y la sexualidad más segura, aunque frecuentemente más exigente, del lecho matrimonial. Las parejas casadas recientemente tienen la mayoría de las veces experiencia sexual y ya no hay periodo de aprendizaje sexual en las primeras etapas del matrimonio, incluso cuando los individuos no han vivido juntos previamente.
Se realizan ahora más ensayos sexuales del matrimonio, como muestra Rubin, por parte de hombres y mujeres, de lo que era normal en generaciones anteriores. Las mujeres esperan recibir, así como proporcionar, placer sexual. Muchas han llegado a considerar una vida sexual plena como un requisito clave para un matrimonio satisfactorio. La proporción de mujeres casadas durante más de cinco años que han tenido aventuras sexuales extramaritales es hoy virtualmente la misma que la de los hombres. La doble moral existe todavía, pero las mujeres ya no toleran la opinión de que, mientras los hombres necesitan variedad y probablemente emprenden aventuras extramaritales, ellas deban comportarse de otra forma.
¿En qué medida podemos hablar sobre los cambios sociales genéricos, a partir de este fragmento de investigación, realizada sobre un número limitado de personas y en un solo país? Podemos aprender, creo, esencialmente, todo lo que necesitamos saber para los fines de este estudio. Está fuera de toda discusión que, hablando en general, los procesos señalados por Rubin, ocurren en la mayor parte de las sociedades occidentales. Y en cierta medida, también en otros lugares del mundo. Desde luego, hay divergencias significativas entre los diferentes países, subculturas y estratos socioeconómicos. Ciertos grupos, por ejemplo, se apartan del tipo de los cambios descritos, o tratan de resistirse a ellos activamente. Algunas sociedades tienen una más larga historia de tolerancia sexual que otras y los cambios que experimentan no son acaso tan radicales como en Estados Unidos. En muchas, sin embargo, tales transiciones están realizándose contra la infraestructura de los valores sexuales más constrictivos que habían caracterizado a la sociedad americana hace varias décadas. Para las personas que viven en estos contextos, particularmente mujeres, las actuales transformaciones son dramáticas y explosivas.
La investigación de Rubin trata sólo de actividades heterosexuales. Su decisón de excluir las experiencias homosexuales es errónea, teniendo en cuenta el hecho —ya revelado por Kinsey— de que una proporción muy elevada de hombres, han participado en actos homosexuales, en ciertos momentos de sus vidas. Kinsey descubrió que sólo cerca del 50 por ciento de todos los hombres americanos son “exclusivamente heterosexuales”. Es decir: ni han participado en actividades homosexuales ni han sentido deseos homosexuales. El 18 por ciento es o exclusivamente homosexual o persistentemente bisexual. Entre las mujeres, el 2 por ciento es plenamente homosexual. El 13 por ciento ha participado en cierta forma de actividad homosexual, mientras que más del 15 por ciento confesó que había tenido deseos homosexuales sin haber cedido a ellos7.
Los hallazgos de Kinsey sorprendieron a un público incrédulo en aquel momento. Durante el pasado cuarto de siglo, sin embargo, la homosexualidad se ha visto afectada por cambios tan grandes como los que ha sufrido la conducta heterosexual. Incluso en la fecha en que aparecieron los libros de Kinsey, la homosexualidad era vista todavía por gran parte de la literatura clínica como una patología, una forma de trastorno psicosexual, que iba pareja con toda una gama de trastornos análogos: fetichismo, voyeurismo, travestismo, satiriasis, ninfomanía, etc. Sigue siendo tratada como una perversión por parte de muchos heterosexuales —es decir, como específicamente antinatural y como moralmente condenable. Aunque el término “perversión” en sí mismo ahora ha desaparecido más o menos completamente de la psiquiatría clínica, y la aversión sentida por muchos hacia la homosexualidad no se ve reforzada ya sustancialmente por la profesión médica.
Esta salida a la luz de la homosexualidad es un proceso muy real, con grandes consecuencias para la vida sexual en general. Un signo de ello ha sido la popularización del vocablo autodescriptivo: “gay”, ejemplo de un proceso reflexivo donde un fenómeno social puede verse apropiado y transformado por medio de un compromiso colectivo. “Gay”, desde luego, sugiere colorido, abertura y legitimación, un grito que derriba la imagen de la homosexualidad, en cierto momento alentada por muchos homosexuales practicantes, así como por la mayoría de los heterosexuales. Las comunidades de cultura “gay” que surgieron en las ciudades americanas, así como en muchas áreas urbanas de Europa, proporcionaron un nuevo rostro público de la homosexualidad. En un nivel más personal, sin embargo, el término “gay” trajo con él una diseminada referencia a la sexualidad como una cualidad o propiedad de la identidad personal. Una persona “tiene” una sexualidad, gay o diferente, que puede ser reflexivamente asumida, interrogada y desarrollada.
La sexualidad llega a ser; al mismo tiempo que “gay” es alguien que puede “ser” y algo que puede “descubrirse”, la sexualidad se abre a muchos objetos. De esta forma, The Kinsey Institute New Report on Sex, publicado en 1990, describe el caso de un anciano de 65 años, cuya esposa murió después de un matrimonio feliz, que duró cuarenta y cinco años. Un año después del fallecimiento de su esposa, se enamoró de un hombre. De acuerdo con su propio testimonio, nunca se había sentido atraído por un hombre ni había fantaseado sobre actos homosexuales. Este individuo sigue ahora su orientación sexual abiertamente alterada, y se plantea el problema de “¿qué decir a los hijos?”8 ¿Hubiera podido haber concebido pocos años atrás la posibilidad de poder transformar su sexualidad de esta manera? Ha entrado en un mundo nuevo de la misma manera que hizo Graham.
La idea de “relación” emerge tan fuertemente en las subculturas gay como en la población heterosexual. Los homosexuales masculinos tienen diversos compañeros sexuales, el contacto con ellos puede ser episódico. Así aparece en la cultura de las casas de baños, antes de que la llegada del SIDA la hiciese desaparecer prácticamente. En un estudio de los años 70, unos seiscientos homosexuales masculinos estadounidenses fueron preguntados sobre cuantos compañeros sexuales habían tenido. Cerca del 40 por ciento respondió que unos quinientos o más9.
Podría parecer, no obstante, que hallamos aquí un universo social de sexualidad masculina desenfrenada, donde los encuentros de una noche se han convertido en acoplamientos indiscriminados de diez minutos. De hecho, una elevada proporción de gays y la mayoría de mujeres lesbianas, están en todo tiempo en relación con una pareja. Los mismos estudios citados encontraron que la mayor parte del público preguntado había mantenido una relación con un compañero principal, al menos una vez durante un periodo de dos años o más. Las investigaciones de Kinsey durante los primeros ochenta, basadas sobre entrevistas con varios centenares de hombres homosexuales, averiguaron que virtualmente todos estaban en uno u otro punto de una relación regular, de al menos un año10. Las mujeres y los hombres gay han precedido a la mayoría de los heterosexuales, en el desarrollo de relaciones, en el sentido en que este término significa hoy cuando se aplica a la vida personal. Porque han “seguido adelante” sin los marcos tradicionalmente establecidos del matrimonio, en condiciones de relativa igualdad entre compañeros.
La “sexualidad” hoy ha sido descubierta, se ha hecho abierta y accesible al desarrollo de diversos estilos de vida. Es algo que “tenemos” o cultivamos, no ya una condición natural que un individuo acepta como un asunto de negocios preestablecido. De algún modo, en una forma en que hay que investigar, las funciones sexuales son un rasgo maleable de la identidad personal, un punto de primera conexión entre el cuerpo, la auto-identidad y las normas sociales.
Estos cambios están ahora mejor demostrados que en el caso de la masturbación, antaño el símbolo terrible de la sexualidad fallida. Las masturbación ha “estallado” tan abiertamente como la homosexualidad. El Informe Kinsey descubrió que el 90 por ciento de los hombres y el 40 por ciento de las mujeres se han masturbado en algún momento de sus vidas. Cifras de investigaciones más frecuentes han elevado estas proporciones a casi el 100 por cien, entre los hombres; y cerca del 70 por ciento entre las mujeres. Y lo que es igualmente importante: la masturbación es considerada como una fuente importante de placer sexual y se ha recomendado activamente como un modo de mejorar la sensibilidad sexual por parte de ambos sexos11.
¿De qué forma estos cambios mencionados se relacionan, más generalmente, con las transformaciones de la vida personal? ¿Cómo conectar los cambios de las pasadas décadas con las influencias más prolongadas sobre la conducta sexual? Responder a estas cuestiones supone explicar cómo se originó la sexualidad; cómo es y cómo ha venido a ser algo que “posee” el individuo. Estos problemas son los que me preocupan a lo largo de este libro. Pero un motivo particular ha dominado el pensamiento en estos temas en los últimos años. Podemos hacer una aproximación inicial a través de una estimación crítica de la misma: la historia de la sexualidad de Michel Foucault.
Para salir al paso de posibles malentendidos, permítaseme recalcar que un encuentro a todos los niveles con el pensamiento de Foucault estaría fuera de lugar en este estudio. No abordaré tal cosa. Las brillantes innovaciones de Foucault plantean una serie de cuestiones clave, con enfoques que nadie había pensado hacer antes. En mi opinión, sin embargo, sus escritos son profundamente defectuosos, en lo que concierne tanto al punto de vista filosófico que elabora como a los juicios históricos que hace o presupone. Los admiradores de Foucault se sentirán defraudados: no justifico estas pretensiones en ningún detalle. Mis diferencias con Foucault, sin embargo, emergen muy claramente en el núcleo de los argumentos que expongo. Utilizo esta obra principalmente como un instrumento de contraste para clarificar los mismos.
1. Todas las citas pertenecen a Julian Barnes, Before She Met Me, Londres, Picador 1986.
2. Lawrence Stone, The Road to Divorce, England 1530-1987, Oxford, Oxford University Press 1990, pág. 7
3. Barnes, Before she Met Me, págs. 55 y ss.
4. Lillian Rubin, Erotic Wars, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 1990, pág. 8.
5. Ibíd., pág. 61.
6. Ibíd., pág. 146
7. Alfred C. Kinsey y otros, Sexual Behaviour in the Human Male, Filadelfia, Saunders, 1948; Sexual Behaviour in the Human Female, Filadelfia, Saunders, 1953.
8. June M. Reinisch y Ruth Beasley, The Kinsey Institute New Report on Sex, Harmondsworth, Penguin, 1990. pág. 143. [Trad. esp.: Nuevo informe Kinsey sobre sexo, Barcelona, Paidós, 1992.]
9. Ibíd., pág. 144.
10. Ibíd., pág. 145.
11. W. H. Masters y V. E. Johnson, Human Sexual Response, Boston, Little, Brown, 1966. [Trad. esp.: La sexualidad humana, Barcelona, Grijalbo, 1993.]
En la Historia de la sexualidad, Foucault ataca lo que —con una frase celebrada— llama “la hipótesis represiva”1. De acuerdo con esta opinión, las instituciones modernas nos obligan a pagar un precio —la represión creciente— por los beneficios que ofrecen. La civilización implica disciplina, y la disciplina implica control de los mecanismos internos. Control que para ser eficaz debe ser interno. Quien dice modernidad dice super-ego. El mismo Foucault parece haber aceptado una visión semejante en sus primeros escritos, y veía la vida social moderna como intrínsecamente limitada por el surgimiento del “poder disciplinario”, característico de la prisión y del asilo, y también de otras organizaciones, como las “firmas de negocios”, escuelas u hospitales. El “poder disciplinar” produce “cuerpos dóciles”, controlados y regulados en sus actividades e incapaces de actuar espontáneamente a impulsos del deseo.
El poder aparecía aquí como una fuerza constringente. Aunque —como Foucault vino a apreciar—, el poder es un fenómeno de movilización, no un factor que establece límites y quienes están sometidos al poder disciplinario no tienen necesariamente relaciones de docilidad hacia el mismo. El poder, por tanto, puede ser un instrumento para la producción de placer y no sólo se opone al mismo. La “sexualidad” no debe ser entendida sólo como un impulso que las fuerzas sociales deben controlar. Más bien es “un punto de referencia especialmente denso para las relaciones de poder”, algo que puede ser utilizado como un foco de control social a través de la genuina energía que, infundida con el poder, genera éste.
El sexo no es reducido a la clandestinidad en la sociedad moderna. Por el contrario, es continuamente discutido e investigado. Ha venido a formar parte de “un gran sermón”, que sustituye a la tradición más antigua de las prédicas teológicas. Las afirmaciones sobre la represión y el sermón de la transcedencia se refuerzan mutuamente. La lucha por la liberación sexual es parte del mismo aparato de poder que denuncia. ¿Ha existido algún otro orden social —se pregunta Foucault retóricamente— tan persistente y penetrantemente preocupado por el sexo?
Los siglos XIX y XX constituyen los temas de mayor preocupación de Foucault al enfrentarse con la hipótesis represiva. Durante este periodo, la sexualidad y el poder se entreveraron de diversas formas. La sexualidad se desarrollaba como un secreto que debía ser revelado sin tregua y simultáneamente defendido. Pongamos el caso de la masturbación. Médicos y educadores montaron campañas enteras para neutralizar este fenómeno peligroso y dejar claras sus consecuencias. Se le prestó tanta atención, que cabía sospechar que el objetivo no era eliminarla; se trataba de organizar el desarrollo del individuo, corporal y mentalmente.
Esto sucedía también —continúa Foucault— con las numerosas perversiones, catalogadas por médicos, psiquiatras y otros. Las diversas formas de aberración sexual quedaban expuestas a la inspección pública y se las convertía en principios de clasificación de la conducta individual, personalidad y auto-identidad. El efecto no era la supresión de las perversiones, sino darles “una realidad analítica, visible y permanente”; eran “implantadas en los cuerpos, se deslizaban bajo diversos modos de conducta”. Así en la normativa premoderna, la sodomía era definida como un acto prohibido, y no una cualidad o un modelo de conducta individual. El homosexual del siglo XIX se hizo un “personaje, un pasado, la historia de un caso”, así como “un tipo de vida, una forma de vida, una morfología”. Foucault dice textualmente:
No debemos imaginar que todas estas cosas, antiguamente toleradas, atrajesen publicidad y recibiesen una designación peyorativa cuando vino el momento de atribuir el papel de regulador a un tipo de sexualidad que era capaz de reproducir la fuerza de trabajo y la forma de la familia… A través del aislamiento, intensificación y consolidación de las sexualidades periféricas, las relaciones del poder con el sexo y el placer se ramificaron y multiplicaron, midieron el cuerpo y penetraron los modos de conducta2.
Muchas culturas y civilizaciones tradicionales desarrollaron artes de sensibilidad erótica; pero sólo la moderna sociedad occidental ha desarrollado una ciencia de la sexualidad. Esto ha sido posible mediante la conjunción del principio de la confesión, con la acumulación del saber sobre el sexo.
El sexo se hizo el punto focal de una confesión moderna. La confesión católica, señala Foucault, fue siempre un medio de regular la vida sexual de los creyentes. Abarcaba algo más que las meras indiscreciones sexuales, y aun reconociendo estas infracciones de poca monta, era considerado por el sacerdote y el penitente conjuntamente en términos de un marco ético amplio. Con la contrarreforma, la Iglesia insistió más en la confesión regular y se intensificó todo el proceso. No sólo los actos, sino también los pensamientos, las fantasías y los detalles concernientes al sexo debieron ser puestos a la vista y escrutados. La “carne”, que heredamos según la doctrina cristiana, que incluye cuerpo y espíritu conjuntamente, fue el origen próximo de la preocupación sexual moderna: el deseo sexual.
En cierto momento, a finales del siglo XVIII
