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Fútbol, política, violencia, tribus urbanas, mitología. Borja Bauzá no escribe de oídas. Él mismo formó parte de un grupo ultra en su juventud, y para escribir este libro ha pasado años recorriendo España de norte a sur y de este a oeste entrevistándose con docenas de radicales de un sinfín de aficiones e ideologías. La tribu vertical es una radiografía sociológica, cultural y política de un fenómeno de masas transversal a nuestra historia reciente; desde sus orígenes en los años setenta hasta el día de hoy, pasando por el caos de los ochenta, el salvajismo de los primeros noventa y la sofisticación que llegó a partir del 2000 con las nuevas tecnologías. Entretenidísimo, pedagógico y plagado de anécdotas increíbles. Mientras pasa las páginas el lector, sin darse cuenta, irá comprendiendo algunas de las claves de la evolución de la sociedad española —y del llamado «fútbol moderno»— en las últimas décadas. Un libro llamado a ser un clásico.
SOBRE EL AUTOR
Borja Bauzá (Madrid, 1985) estudió Historia en la Universidad Complutense de Madrid al tiempo que trabajaba en un pequeño diario especializado en finanzas. Luego marchó a los Estados Unidos, donde vivió dos años y realizó un máster en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Nueva York. Como freelance ha colaborado con El País Semanal, El Confidencial y El Español, entre otros, y sus reportajes —que le han llevado desde Texas hasta Madagascar pasando por Logroño, Pinto o Zugarramurdi— también han aparecido en revistas como Archiletras, Panenka o Líbero. Es, asimismo, coautor de "Sportsmen. Pioneros del deporte en España 1869-1939" (Turner) y hace poco estrenó una newsletter centrada en entrevistas a «personas de interés», o eso dice él, que se puede encontrar, junto a la mayoría de sus trabajos, en borjabauza.com.
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Seitenzahl: 546
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Borja Bauzá
LA TRIBU
VERTICAL
UNA HISTORIA DE LOS ULTRAS, HOOLIGANS Y OTRAS BANDAS RADICALES DEL FÚTBOL ESPAÑOL
primera edición: mayo de 2024
© Borja Bauzá, 2024
© Libros del K.O., S. L. L., 2024
Calle San Bernardo 97-99, entresuelo 8
28015 Madrid
isbn: 978-84-19119-67-4
código ibic: JMH, WSJA, JFFE
cubierta: Artur Galocha
maquetación: María OʼShea
corrección: Melina Grinberg e Isabel Bolaños
A mis padres, por razones obvias
NOTA PREVIA
Este libro existe porque durante siete años formé parte de lo que aquí se cuenta. Nada demasiado mediático; mi grupo era —cesó actividades— discreto, apolítico y mantenía una relación con la violencia que puede definirse como anecdótica. Ocurre que cuando estás dentro, pues estás dentro. Una vez aprendes el código que rige el ecosistema —jerga, hitos, filias y fobias— puedes relacionarte de igual a igual con el resto del paisanaje.
Eso hice. Acudía al partido con los míos cuando tocaba y entre medias pasaba un sinfín de horas interactuando con ultras de medio mundo. El primer contacto solía darse en alguno de los foros de internet reservados a la gente del «mundillo», que es como se refieren los radicales a su burbuja, y si la persona —o su grupo— no me causaba demasiado rechazo las conversaciones cibernéticas solían prolongarse durante meses, años incluso, hasta que llegaba el momento de ponerse cara. Entonces la relación pasaba a convertirse en una «amistad personal», pues así, amistad personal, es como se refieren en el mundillo al colegueo entre radicales de grupos que no tienen relación o que, de tenerla, es mala. Hice amigos en muchos puntos de España, también en el extranjero, y gracias a ellos pude conocer de primera mano, trazar paralelismos y entender que, pese a todos los lugares comunes que cabría esperar, el panorama encerraba una diversidad enorme.
En esas estuve, alternando las vivencias con las observaciones, hasta que tocó pasar página. Se cuentan ahora catorce veranos desde aquello. Lo hice de manera categórica —expliqué los motivos a quien tenía que escucharlos y me alejé de los estadios—, aunque no llegué a romper con todo. Algunas de las personas conocidas durante aquel tiempo de militancia se vinieron conmigo. Una decisión basada en la amistad que, no obstante, permitió mantener el contacto con un universo que seguía interesándome. No como vividor, una faceta agotada y enterrada, pero sí como observador.
Y así, libre de filiación y mirando de reojo al que había sido mi hábitat, enfrenté los últimos años de universidad con idea de poder sumergirme, una vez resuelto el trámite académico, en un oficio que me había cautivado desde pequeño: el periodismo.
Este libro existe porque dos inviernos antes de la pandemia Nacho Carretero me propuso escribirlo. Nos habíamos conocido cuando él se ganaba las lentejas como freelance todoterreno y yo realizaba tareas variopintas en un pequeño diario económico mientras ponía el punto y final a la carrera de Historia. Había entrado en mi radar a raíz de un reportaje sobre el origen futbolero —«futbolero»— de la guerra de Yugoslavia y en un evento literario, no recuerdo cuál, me presenté como un joven periodista que seguía su trabajo con interés. Al caernos en gracia, quedamos en contacto. Asistí a su aterrizaje en El Español, a la publicación de Fariña y a su consiguiente fichaje por El País, y él vio cómo ese joven periodista que se había presentado como lector de sus reportajes daba los primeros pasos como freelance antes de ingresar en un máster de Periodismo impartido por la Universidad de Nueva York (donde me aceptaron gracias, entre otras cosas, a su carta de recomendación).
Fue a los pocos meses de regresar, tras dos años viviendo allende los mares, cuando quedamos a comer y lo soltó. Tienes que escribir un libro sobre los radicales del fútbol español, dijo. No porque supiese lo de la militancia ultra —poca gente fuera del mundillo lo sabía— sino porque, a partir de un par de conversaciones sobre fútbol, había intuido que tenía idea del percal. En el K.O. seguro que les interesa, añadió, así que ya sabes.
Pero yo no sabía. No sabía si quería escribir ese libro y tampoco sabía cómo, en caso de querer, podía escribirse un libro así. Hubo amigos que trataron de animarme a ello sugiriendo que me tomara el proyecto a beneficio de inventario. Tú cuenta lo que ya conoces, que es más de lo que conoce la mayoría, y arreando. Eso era, sin embargo, lo único que tenía claro: si terminaba embarcándome en un libro semejante no sería asumiendo el rol de veterano que introduce en la coctelera una serie de conocimientos por aquí y una serie de vivencias por allá para cascarse un anecdotario basado en el yo estuve allí. No. En el caso de tirar hacia delante lo haría asumiendo el rol del investigador. Un investigador con baúl de los recuerdos y con la perspectiva del nativo, evidentemente, pero investigador a fin de cuentas ya que para poder dar una visión de conjunto no basta con desempolvar la memoria. También hay que explorar lo que no se exploró en su día. Y luego, una vez se han hecho ambas cosas, convertir toda esa pelota de información en objeto de estudio. La pereza emocional que me invadía cada vez que pensaba en aquel proceso resultaba francamente abrumadora.
Este libro existe porque hace seis años dije sí queriendo decir no y, según me dio luz verde el K.O., comencé a tantear. Primero a los amigos y después a viejos conocidos con los que llevaba lustros sin hablar. Envié audios kilométricos —perdón a los damnificados— contando el proyecto y pidiendo fuentes solventes. Tú que te llevas con Fulano, pregúntale si estaría dispuesto a charlar. Tú que conoces a Mengano, dile a ver si quiere explicar tal tema. Tú que eres respetado entre los tuyos, organízame una serie de encuentros en tu ciudad que me ayuden a entender esto y lo otro, por favor. Tú que controlas tal grada, ¿se te ocurre con quién puedo hablar para…?
Hubo quien no quiso colaborar, como es lógico, pero la respuesta fue eminentemente positiva. Algunas de esas personas se ofrecieron a ser, ellas mismas, fuentes en sus respectivos temas y otras pusieron a mi disposición su red de contactos. En paralelo, toqué a la puerta de varios funcionarios —Ministerio del Interior, Justicia y Cuerpo Nacional de Policía— y a la de algún periodista que pudiese arrojar luz sobre tal o cual asunto. Hubo, asimismo, algún académico y algún —a falta de un término mejor— artista invitado. Unas noventa personas, en total, han terminado hablando para este libro. La mayoría, eso sí, amparándose en un off the record que no he tenido problema en conceder cuando se me ha solicitado al considerar que, en este caso, el qué es bastante más importante que el quién.
Con todo, y pese a la autoridad que las personas consultadas tienen en sus respectivos ámbitos, he utilizado todos los medios a mi alcance para tratar de triangular la información suministrada. Es ahí, en esa labor de triangulación, donde he enfrentado unos testimonios con otros, importante en un ecosistema en el que rara vez hay una sola versión de los hechos, y donde ha entrado en juego una hemeroteca compuesta por cientos de documentos sacados de la prensa convencional, por otros tantos de carácter alternativo —hojas informativas, fanzines— y por un puñado de libros convenientemente citados, para quien tenga interés, en la bibliografía. Todo ello, sumado a mis siete años en las gradas, forma la base sobre la que se ha construido la crónica que sigue. Una crónica, aclaro, que no pretende ser hagiográfica ni condenatoria sino aséptica, desenfadada y, pese a ciertas licencias estéticas y compresiones dada su naturaleza panorámica, analítico-descriptiva.
Para entendernos: yo cuento —esa ha sido, al menos, la intención— y usted concluye.
ECOS DEL OCHENTA Y DOS
1
Carl Spiers decidió que al tren le iban a dar por el culo. Lo que le faltaba. Depositar las cuatro perras que había conseguido mangar a la chavala con la que había pasado la noche en las arcas de la British Rail. Nada de eso. A dedo. Así recorrería los 450 kilómetros que separan Oldham, el agujero industrial del norte de Inglaterra al que llamaba hogar, dulce hogar, del puerto de Plymouth. Gracias a la candidez de varios conductores, Carl y otros dos acérrimos seguidores del glorioso Oldham Athletic tocaron el sur de la isla en la tarde del 13 de junio de 1982, a tiempo de embarcar rumbo a un destino vacacional que habían elegido, como tantos otros jóvenes ingleses de su generación, sin pensárselo dos veces.
El ferri partió del puerto a las ocho de la mañana del día siguiente con dos millares de hooligans a bordo que, al detectar la presencia de varios fotógrafos de prensa en el muelle, dejaron de agitar las manos y se pusieron a hacer calvos regalando, así, una estupenda foto de portada destinada a horrorizar, más si cabe, a los ilustres vecinos de Belgravia. Tras el palmoteo de nalgas, y una vez enfilada la proa hacia alta mar, los hooligans comenzaron a desplegar sus banderas británicas —la Union Jack todavía predominaba entre quienes seguían al combinado nacional— mientras entonaban su particular versión del himno acuñado por el cantante Chris Norman para la ocasión:
This time, more than any other time, this time,
We’re gonna find a way, find a way to get it right, this time
We’re all together… we are Ron’s twenty two
Hear the roar of the red, white and blue!
«Fue una escena increíblemente patriótica», recordaría Carl mucho tiempo después en un libro sobre la hinchada inglesa titulado 30 Years of Hurt. No ya por las tropecientas banderas ondeando al viento y los golpes de pecho, que también, sino porque en el contexto internacional las cosas estaban como estaban desde la ocupación de las Malvinas por parte del Ejército argentino y la consiguiente respuesta, a cañonazo limpio, de los ingleses. Y es que todo el que iba en aquel ferri era muy consciente de lo que podía ocurrir al tocar tierra y tener que lidiar con unos nativos que, condicionados por las afrentas históricas y la fobia a iniciativas atlantistas tipo la OTAN, parecían bancar a sus enemigos. «Nos sentíamos —añade Carl— como soldados marchando hacia el frente».
Los gritos de unidad duraron lo que tardó en abrir el bar. El alcohol, que a los ingleses suele sentarles regular, azuzó los localismos y claro, como allí cada uno era de su padre y de su madre pues la cosa empezó a calentarse un poquito más, y otro poquito más, y otro poquito más… hasta que a eso de las ocho de la tarde, unas doce horas después de abandonar Plymouth, un fulano del West Ham tuvo la brillante idea de agarrar un micrófono y proponer una suerte de karaoke futbolero. ¡Que cada uno cante algo a favor de su equipo! Tal y como estaban los ánimos no tardó en participar alguien que quiso dedicar su minuto de gloria no al club de sus amores sino a la puta madre del rival de turno, que resultó ser el Bolton Wanderers. Terminada la oda y ya abierta la veda fue uno de los hooligans del Bolton quien pidió la vez para soltar, alto y fuerte, que odiaba a los putos cockneys. Con lo de «putos cockneys» se estaba refiriendo a los londinenses, y como a bordo del barco se encontraba un buen puñado de hooligans del Chelsea, otro buen puñado de hooligans del Tottenham y un tercer puñado de hooligans del West Ham, todos ellos oriundos de la capital, se lio un pitote importante entre estos, los hooligans del Bolton allí presentes y varios hooligans norteños más que decidieron aparcar sus diferencias y ponerse a acariciar hocicos capitalinos.
Y así, con una estupenda ensalada de hostias en plena cubierta y un capitán jurando en arameo, el ferri atravesó el golfo de Vizcaya en dirección Santander, a donde llegaría a primera hora del martes 15 de junio. Esto es: un día antes del estreno de Inglaterra en el Mundial de España. La cita, que sería contra Francia y tendría lugar en el estadio de San Mamés, preocupaba y mucho a las autoridades patrias. No era para menos.
Fechar con exactitud el origen del hooliganismo moderno es complicado. Hay quien dice que todo empezó a desmadrarse en la primavera de 1967, a partir de una invasión de campo en Upton Park, el mítico estadio del West Ham. Pero es que año y medio antes, en el otoño de 1965, ya se había registrado el lanzamiento de una granada por parte de los aficionados del Millwall al césped del estadio del Brentford. Y si nos alejamos de Londres y ponemos el foco en el noroeste, concretamente en Liverpool, los incidentes se remontan hasta 1958, el año a partir del cual los scousers, que significa liverpuliense en jerga local, tomaron por costumbre destrozar los trenes que les llevaban de un sitio a otro y pegar a los pocos aficionados rivales que se asomaban a la desembocadura del Mersey. Una costumbre que no tardaron en replicar los jóvenes de ciudades vecinas.
Sea como fuere, empezase antes en un lugar o en otro, lo cierto es que en el verano de 1982 la juventud inglesa ya llevaba un par de décadas calentándose los morros fin de semana sí y fin de semana también. Un pasatiempo que, además, tenía a bien practicar en otras latitudes en cuanto se presentaba la ocasión, tal y como habían podido comprobar los vecinos de Basilea un año antes, los de Turín en 1980, durante la celebración de la Eurocopa, y los discretos habitantes de Copenhague en 1978, cuando la falta de previsión de la policía danesa no solo permitió que los ingleses hicieran de las suyas dentro del estadio sino también después, a lo largo de la noche, conforme fueron encontrándose con marines norteamericanos de permiso, con algunas bandas de moteros y con los típicos chungos locales que intentaron, con más pena que gloria, salirles al paso.
De ahí la preocupación de unas autoridades españolas que, con buen criterio, encargaron a un responsable policial de Bilbao identificado solamente como «comisario Urbano» el lanzamiento de una advertencia publicada en el periódico Liverpool Echo poco antes del primer partido de Inglaterra en San Mamés. Advertencia que venía a decir que no habría ningún dilema moral por parte de los uniformados españoles a la hora de repartir leña al mono si los ingleses no se comportaban con civismo durante su estancia en la península.
Carl desembarcó en Santander sin un plan establecido. Tenía que llegar a Bilbao, eso estaba claro, pero necesitaba un vehículo y no le quedaba un duro encima. Tampoco a sus dos colegas. De modo que optaron por buscarse la vida por separado. A fin de cuentas, es más fácil dar pena figurando en solitario. Tras un rato mendigando ayuda logró llamar la atención de un grupito de hooligans del West Ham que, mira tú qué bien, acababan de alquilar una furgoneta. Para entonces la jarana del ferri formaba parte del pasado; pelillos a la mar y sin rencores. De hecho, a Carl le parecieron tíos de puta madre porque no solo accedieron a llevarle hasta Bilbao de gratis sino que, una vez alcanzaron la ciudad vasca, le soltaron veinte libras para que alquilara una habitación en la que poder caerse muerto durante los primeros días de la competición.
Como era de esperar, Carl optó por gastarse la pasta en cerveza. Fue yendo de un bar a otro pagando no se sabe muy bien cómo —¿aceptaban libras en el Botxo?— hasta que, al entrar en uno de ellos, se topó con una treintena de hooligans del Oldham Athletic, colegas suyos, que habían llegado en tren vía Francia. Todo un alegrón que, sin embargo, no subsanó el lamentable estado en el que volvía a encontrarse su economía porque, a diferencia de los londinenses que le habían llevado hasta allí, sus paisanos no le prestaron un chavo. En fin, pensó, a grandes males el remedio de toda la vida. A robar se ha dicho. Que si priva por aquí, que si algo de comida por allá… y puede que hasta algún bolso o cartera suelto. Luego, a la hora de dormir, pues a un portal. Única condición: que no estuviese impregnado del meado de algún compatriota. Y así un día tras otro, suma y sigue, durante un par de semanas hasta que, tras el segundo partido de Inglaterra en San Mamés, Carl se topó con un primo suyo, hincha del Manchester United, que había establecido su base de operaciones en un apartamento de Laredo y que viendo el penoso estado en el que se encontraba el pariente decidió invitarle a pasar sus últimos días en España a pie de playa.
Pese a la imagen pintada por Carl, una imagen hasta cierto punto representativa de lo que era en 1982 aquello que luego se bautizó como la Hooligan Army, la estancia de los ingleses en el País Vasco brilló por la ausencia de incidentes reseñables como los que habían protagonizado previamente en Basilea, Turín y Copenhague.
Es cierto que durante el partido contra Francia hubo algún que otro tortazo en el fondo destinado a los aficionados galos dado que este estaba plagado de ingleses por culpa de la reventa, y que eso motivó, según recuerda un hooligan del Sheffield United, una carga policial que enfrió automáticamente los ánimos. Y también es cierto que, al terminar aquel partido, los del Chelsea decidieron hacer piña y atacar a compatriotas con acento de allende las Midlands por aquello de saldar viejas deudas. Vengar peleas perdidas en las islas durante sus viajes a las ciudades del norte y esas cosas. El asunto, sin embargo, no debió pasar de cuatro guantazos sueltos; nada destacablepara los estándares de la época.
La única excepción, el único episodio grave del que se tiene constancia, se vivió en Zarautz, donde un puñado de ingleses llegados en autobús había decidido establecer su cuartel general. Los problemas comenzaron a raíz de un malentendido con dos argentinos que andaban por el pueblo y que después del citado malentendido, un equívoco relacionado con prostitutas, lograron convencer a los vecinos de que había que echar a esa gentuza del lugar. El discurso caló y a partir de ese momento se sucedieron varias peleas entre los del pueblo y los ingleses que desembocaron en una gresca de cierta intensidad durante la cual salió a relucir una pistola. Esto forzó la intervención de unas autoridades que optaron por calmar los ánimos enchironando a varios isleños1.
Pero salvando el incidente de Zarautz, las cosillas ocurridas durante y después del partido contra Francia y alguna que otra escaramuza menor fruto de la cleptomanía y del alcohol, los temores de periódicos y revistas como Euzkadi —que en un artículo publicado meses antes había advertido a los bilbaínos de «la violencia futbolística» que iban a experimentar en verano— resultaron infundados.
Cuando uno trata de entender el porqué —¿por qué consiguió el País Vasco esquivar la ola de hooliganismo que habían sufrido otros lugares de Europa en años anteriores?— se topa con tres factores a tener en cuenta.
En primer lugar, la cuestión de las Malvinas. Resulta que el final de la contienda se había hecho público el 15 de junio de 1982, un día antes del primer partido de Inglaterra en San Mamés, y para sorpresa de los ingleses una parte sustancial de los vascos salió a celebrar la derrota de Argentina generándose, así, cierta sintonía entre los recién llegados y sus anfitriones. Ese es, al menos, el recuerdo de Carl:
Noté mucha agitación fuera de un bar; la gente se agolpaba para intentar ver la televisión que había en su interior. Me acerqué por curiosidad y vi lo que estaba sucediendo: Maggie Thatcher, nuestra líder y heroína, estaba anunciando ante el mundo que Argentina se retiraba de las Malvinas y que Gran Bretaña había ganado la guerra. Acto seguido centenares de ingleses tomaron las fuentes de Bilbao para festejarlo y los locales se nos unieron porque como odiaban a los españoles, que a su vez apoyaban a los argentinos, estaban felices. En el bar nos dieron cerveza gratis a todos los ingleses. Nunca olvidaré aquella noche tan maravillosa.
En segundo lugar, se encuentran los rivales contra los que jugó Inglaterra durante la primera fase del campeonato: Francia, Checoslovaquia y Kuwait. Unas selecciones que o no contaban con núcleo de seguidores o, en el caso francés, contaban con un núcleo de seguidores aburguesado y poco amigo del conflicto. Si Inglaterra hubiese jugado contra Italia o Escocia, por citar dos ejemplos, la historia, muy probablemente, habría sido otra.
Finalmente, la dispersión geográfica. Es verdad que los ingleses que acompañaron a su selección durante aquella primera fase del Mundial se contaban por millares y que muchos tenían ficha en las comisarías de su tierra natal, o sea una tendencia al lío contrastada, pero no es menos cierto que la mayoría solo acudió a Bilbao los días de partido, pasando el resto del tiempo en pueblos de la zona, normalmente playeros, como el primo de Carl, que plantó su bandera en Laredo, o los que se hospedaron en Zarautz. Y no es lo mismo tener a miles de hooligans en una misma ciudad durante dos semanas largas que tenerlos repartidos en grupitos de diez, doce, veinte o cincuenta, como mucho, a lo largo de ciento y pico kilómetros de una costa que, además, se vio amparada por un clima eminentemente soleado y que, por tanto, invitó al disfrute relajado de la vida.
Después de ganar todos los partidos jugados en San Mamés, algo bastante sorprendente teniendo en cuenta su trayectoria durante la década anterior, la selección inglesa pasó a la siguiente fase del campeonato. Una noticia que pilló a muchos hooligans preparándose para volver al terruño bien porque había obligaciones laborales que atender, bien porque no quedaba más pasta en el bolsillo o bien porque, como en el caso de Carl, todo tenía un límite y llevar viviendo de gorra más de medio mes empezaba a rebasarlo. Con todo, algunos lograron ingeniárselas para alargar su estancia en España y seguir el rastro de sus muchachos hasta Madrid, donde esperaban la República Federal Alemana y la anfitriona, y a donde llegaron con la mosca detrás de la oreja sospechando que la apacibilidad vivida en el País Vasco no se iba a reproducir en la capital del reino.
Madrid era, de aquella, una ciudad complicada. A las pandillas de macarras medio organizadas como la Banda del Carpio o la Panda del Moco, celosas del prestigio adquirido con mucho sudor propio y litros de sangre ajena en los parques de la capital, se sumaba el pulular de quinquis que te montaban un pollo de lo más desagradable por cualquier chorrada: una mala mirada, un tropiezo o directamente porque sí, porque habías pasado por el lugar equivocado a la hora equivocada. Y no solo en la periferia. Como aclara uno de los informantes entrevistados por el antropólogo Iñaki Domínguez en Macarras interseculares, los embrollos excedían los límites de sitios como Villaverde, Orcasitas, Vallecas, La Fortuna o Pan Bendito y en lugares tan céntricos como Chueca o Malasaña, por ejemplo, también era frecuente toparse con chulos queriendo testear los límites del extraño.
Esto es algo que ya pudieron comprobar los del West Ham dos años antes, en 1980, tras plantarse en el Santiago Bernabéu para ver a su equipo jugar contra el Castilla en la Recopa de Europa. Según Cass Pennant, un negro enorme que estuvo ese día en Madrid y que con los años se convertiría en uno de los hooligans más famosos del Reino Unido, las cosas se complicaron horas después del partido, a eso de la medianoche, cuando tuvieron que enfrentarse a unos cuantos «españoles con cuchillos» sin filiación futbolera conocida tras un percance en un autobús.
La capital encerraba, además, un tercer peligro: los grupos callejeros de ultraderecha. En 1982, el año que muchos cronistas señalan como el último de la Transición, ni Fuerza Joven ni el Frente de la Juventud atravesaban su mejor momento. Al contrario: los primeros estaban a unos meses de la disolución de Fuerza Nueva y de quedarse, por tanto, sin partido, y los segundos estaban a dos telediarios de echar la persiana tras el bajón pegado a raíz del asesinato nunca resuelto de Juan Ignacio González, su líder, año y medio antes. Sin embargo, todavía quedaban ánimos para dar alguna que otra dentellada.
«Nosotros defendíamos a Argentina y su derecho a poseer las Malvinas porque era un caso muy parecido al de Gibraltar», señala Roberto, uno de los jóvenes que todavía quedaban en el Frente de la Juventud. Por eso puso en marcha, junto a varios camaradas suyos, las Brigadas Antibritánicas; un conjunto de «comandos» cuyo objetivo era dar caza al inglés. Con cabeza, eso sí. Nada de ir a lo loco y de cualquier manera. «Normalmente los cogíamos por las mañanas porque a esa hora seguían reventados por la fiesta», dice. Que los enganchaban cuando todavía estaban medio bolingas y a su bola, no en plan piña. Unas palabras, las de Roberto, que coinciden con los recuerdos de Mike, un muchacho de Stockport que logró acercarse hasta Madrid para ver los partidos de su selección y que explica cómo el día del partido contra la República Federal de Alemania fueron apareciendo, en las inmediaciones del estadio, pequeños grupos de ingleses que al llegar contaban cómo les habían emboscado.
Los cachorros de Fuerza Nueva también hicieron de las suyas. Un joven madridista fascinado con los hooligans ingleses recuerda cómo una noche, mientras él y algunos colegas suyos, también madridistas, hablaban con ellos en un parque de las inmediaciones del Bernabéu aparecieron varios coches de los que empezaron a salir fulanos armados hasta los dientes:
Fue un ataque relámpago. Bajaron con cadenas, machetes y hachas y se pusieron a dar a todo el que pillaban. Nosotros nos libramos porque empezamos a gritar que éramos españoles. Dejaron unos cuantos heridos de gravedad y no sé si uno de ellos llegó incluso a palmar. Luego nos enteramos de que los atacantes eran de Fuerza Nueva; algunos de Madrid y otros que habían venido desde Valencia.
Nadie llegó a palmar, afortunadamente, pero un inglés llamado Mark Buckley, natural de Derby, recibió una puñalada en el corazón y de no ser por la intervención de los médicos que se encontraban esa noche de guardia en La Paz habría dejado la vida en la capital.
Los ataques de la ultraderecha pusieron en guardia a la prensa, que instó a las autoridades a tomar medidas de cara al partido entre España e Inglaterra previsto para la noche del 5 de julio. El País, por ejemplo, salió a la calle tres días antes del encuentro con un editorial avisando de que la situación corría el riesgo de «degenerar» si no se hacía nada al respecto y el ABC dejó caer en sus páginas que, sin ánimo de excusar la beligerancia de los ingleses, la policía haría bien en poner fin a las agresiones que estos llevaban sufriendo a manos de «grupos de incontrolados» desde su llegada a Madrid.
El toque de atención surtió efecto y un par de días antes de la cita el director de la Seguridad del Estado, Francisco Laína, anunció que se habían adoptado medidas especiales con el fin de evitar incidentes. Una de esas medidas establecía que los ingleses entrarían al estadio por accesos exclusivos. Otra establecía que tendrían su propia grada dentro del Bernabéu; no un fondo en el que poder entrar y del que poder salir tranquilamente, sino una zona bien acotada y vigilada solo para ellos. También se estableció la prohibición de acceso al recinto si el inglés de turno se presentaba en la puerta con una cogorza de campeonato. Asimismo, Laína ordenó a la policía detener «a todos aquellos que pernocten en jardines y bancos de esa zona, así como a los que deambulen por las proximidades del estadio fuera de las horas inminentes al partido».
Las medidas de Laína sirvieron solo hasta cierto punto. O sea: hasta las ocho y media de la tarde del Día D, cuando un centenar de ingleses situados en un bar próximo al estadio se lio a hostia limpia con el puñado de españoles que se había parado en sus narices a cantar que Gibraltar era español y las Malvinas argentinas. La algarada provocó la intervención de los policías municipales que se encontraban en la zona, quienes por lo visto también recibieron algún tortazo, tras lo cual intervino la Policía Nacional, que ya son palabras mayores, con una serie de cargas que pusieron a los ingleses del revés. Y tan del revés los debió de poner que hasta la prensa británica, siempre crítica con sus hooligans, se vio obligada a alzar la voz tras escuchar lo que contaban sus corresponsales. Que una cosa era meter en vereda a los gamberros y otra desgraciarlos de por vida. Un tirón de orejas que forzó al futuro ministro del Interior, José Barrionuevo, que entonces solo era concejal de Seguridad en el Ayuntamiento de Madrid, a pedir disculpas públicamente por «la intervención desproporcionada» de los agentes.
Las andanzas de los ingleses en España fueron llevadas a la pantalla unos años después, en 1990, por el director Charles McDougall. La película, llamada Arrivederci Millwall, se inspiró en una obra de teatro del mismo nombre escrita a mediados de los ochenta por Nick Perry. De escasísimo presupuesto —eran los pinitos de McDougall y Perry en el mundo del cine—, el filme muestra a varios hooligans del Millwall atormentados por un drama personal relacionado con la guerra de las Malvinas deambulando por la península con la Union Jack a modo de capa.
Licencias poéticas al margen, la película sorprende por mostrar con bastante tino algunas cosas. El viaje en ferri, las pésimas relaciones con la policía española o las broncas con la ultraderecha patria, por citar tres ejemplos, están ahí. También la pulsión cleptómana y esa actitud de que le den por el culo a todo, somos ingleses y no hay quien nos pare. De ahí que haya quien se pregunte si Perry estuvo en el Mundial de España. Pero no. El tino, aclara, debe agradecérselo a una persona que merodeaba por la escena teatral londinense de la época y que resultó ser un antiguo hooligan del Millwall. Fue él quien se leyó el borrador de la obra y recomendó al escritor pulir esto, cambiar aquello y añadir una cosita aquí y otra cosita allá.
Hay, sin embargo, un episodio que la película no recoge pese a ser de una extravagancia mayúscula. Más aún teniendo en cuenta el clima patriotero que envolvía a los ingleses y la animadversión que se les presupone cuando tienen enfrente a según quién. Y es que, a partir de un determinado momento, los isleños unieron fuerzas nada menos que con los hinchas alemanes que se encontraron en Madrid para tratar, así, de blindarse frente a la hostilidad capitalina. «Las cosas llegaron a ponerse muy feas», reconoce en 30 Years of Hurt un legendario hooligan del Chelsea llamado Steve «Hickey» Hickmott al reflexionar sobre aquella alianza tan inesperada. Porque cuando no estaban a palos con unos, estaban a palos con otros. O con los camaradas de Roberto o con la policía. Y entre medias, cómo no, iban acumulándose un sinfín de movidas con el macarreo autóctono. Un no parar.
Madrid despidió a los ingleses tras su partido contra España, que al quedar en empate conllevó la eliminación de ambas selecciones. Estas cosas del fútbol. Bueno, pensaron muchos madrileños, no hay mal que por bien no venga. Otro Mundial a la mierda, sí, pero y lo tranquilos que nos vamos a quedar perdiendo de vista a toda esta fauna, qué. Un alivio que solo duró tres días: los que separaron la retirada inglesa de la victoria italiana frente a Polonia en semifinales. Al saber del resultado, la capital tuvo que volver a prepararse para recibir, por segunda vez en un mes, a hinchas extranjeros de dudosa reputación. Los famosos tifosi y, entre ellos, su temida tropa de choque: los ultras.
A diferencia de lo que sucede con el hooliganismo moderno, los orígenes del fenómeno ultra están bien documentados y se remontan al mes de noviembre del año 1968, cuando unos cuantos jóvenes aficionados del Milan no del todo convencidos con esa sosería llamada supporter club decidieron crear un grupo de animación caracterizado por cierto afán de alboroto y un toquecito de agresividad. Lo llamaron Fossa dei Leoni y como bien señala el periodista Pierluigi Spagnolo, autor de I ribelli degli stadi, un libro indispensable para todo el que quiera aproximarse a la historia de las gradas italianas, no tardó en fascinar y atraer a parte de la chavalería que poblaba los barrios obreros de la ciudad.
El invento tampoco pasó desapercibido en la vecina ciudad de Turín, donde meses después varios chavales del Torino con inquietudes muy similares a los primeros leoni decidieron montar su propio grupo, Commandos Fedelissimi, ni en Génova, donde también en 1969 unos muchachos del barrio de Sampierdarena hicieron lo propio y crearon Ultras Sampdoria; el primer grupo en utilizar aquella extraña palabra. Una historia que tiene su miga. Resulta que a finales de los sesenta ya llevaba tiempo viéndose, en las calles de Génova, una pintada contra los hinchas del otro equipo de la ciudad, el Genoa, que rezaba: Uniti legneremo tutti i rossoblù a sangue. Algo así como «unidos apalearemos a todos los azulgranas hasta que sangren». Spagnolo cuenta que la expresión gozó de cierta fama hasta que alguien tuvo la idea de acuñar un acrónimo sumando la primera letra de cada palabra. Un experimento que dio como resultado el término «ultras». Poco después, dice el periodista, comenzaron a aparecer pintadas en las que únicamente ponía eso: «Ultras». Era, pues, esperable —concluye— que más tarde o más temprano la palabra terminara empleándose dentro del estadio2.
No tardarían en seguir su ejemplo los jóvenes de los otros tres equipos de esas mismas ciudades —Inter, Juventus y Genoa—, así como los jóvenes del Hellas Verona, del Napoli, del Modena, del Bologna, de la Lazio, de la Roma y etcétera. Con lo cual, en julio de 1982, los tifosi, y más concretamente los ultras, llevaban una década y pico acaparando titulares tanto en la prensa deportiva de su país como en la extranjera, española incluida, y no precisamente por su buen comportamiento.
Pero los italianos, que llegaron a Madrid por miles, se comportaron. Es verdad que llevaban comportándose desde su aterrizaje a mediados de junio en Vigo, que es donde Italia jugó sus primeros partidos, demostrando que, si bien podían ser tan violentos como los hooligans ingleses cuando se esmeraban, su prioridad, a diferencia de estos, no siempre era prenderle fuego al mundo. A veces sí, pero no por sistema. Entre otras cosas porque liarla pepina compartía protagonismo, en su caso, con otras actividades como cantar de forma más o menos coordinada —con una batería de tambores acompañando y un vocero ejerciendo de guía—, aportar colorido ondeando un sinfín de banderas —no solo colgándolas de la valla— y demás. Algo meramente circunstancial en los ingleses, que solían asomarse a todas esas conductas mediterráneas con una mezcla de extrañeza y asco, como si les hubiesen soltado un gargajo en la pinta. El ultra, en sentido estricto, era un espécimen bastante más polifacético.
Ocurre que una final es una final y además Madrid, como habían podido comprobar los súbditos de Isabel, era una ciudad un tanto sui generis. Un sitio hostil y poco benévolo con la exaltación forastera por el que convenía pasear ojo avizor y sin tocar demasiado los cojones. De ahí el nerviosismo imperante entre los biempensantes de la capital. Pero reinó la paz. Tras alzarse con la victoria los italianos cortaron el tráfico del centro y corearon hasta altas horas de la madrugada el nombre de sus campeones, sí. Pero todo ello sin provocar «incidentes dignos de mención», según dijo una policía que no veía el momento de cerrar la carpeta del Mundial para poder volver a sus cosas.
11 El episodio lo cuenta en sus memorias un histórico hooligan del West Ham llamado Bill Gardner. En su día se dijo que fue una bronca entre barras bravas desplazados al Mundial e ingleses. Lo cual tiene poco sentido porque los de Maradona jugaron sus partidos en el Mediterráneo: Barcelona y Alicante. ¿Qué pintaban, por tanto, unos barras bravas en Guipúzcoa? Además, Gardner es claro al respecto: señala la presencia de dos argentinos, solamente, que fueron quienes soliviantaron al resto del personal, natural de la zona. Es más: Gardner desliza la sospecha de que entre quienes se les echaron encima había gente del entorno de ETA. Eso explicaría, quizás, la aparición del arma de fuego en la bronca final.
22Existe una versión alternativa que dice que los de la Sampdoria, ya con idea de crear un grupo como la Fossa dei Leoni en mente, no lograban encontrar un nombre convincente… hasta que se fijaron en una pintada que ponía, pues eso, Uniti legneremo tutti i rossoblù a sangue. Entonces uno de ellos probó a ver qué salía uniendo la primera letra de cada palabra para después añadir el nombre del equipo. De ahí lo de Ultras Sampdoria. En cualquier caso, lo que parece incontestable es que el término se asoma por primera vez a una grada en el fondo de la Sampdoria y que su origen se encuentra en las paredes de la ciudad.
2
Roberto, el integrante del Frente de la Juventud que había dedicado las primeras mañanas de aquel mes de julio a emboscar ingleses, pasó olímpicamente de la final. Y no porque no le interesara el fútbol, pues era socio del Atlético de Madrid desde 1968 y rara vez se perdía un partido, sino porque sus encontronazos con los hijos de la Gran Bretaña, encontronazos de los que salió en un estado de exaltación que todavía hoy le cuesta describir, le habían llevado al convencimiento de que su querido Atleti necesitaba una tropa de choque a la altura de las hinchadas más duras de Europa. Una convicción que decidió compartir con sus amigos futboleros:
Después de los enfrentamientos quedé con unos cuantos y dije que había llegado el momento de dar un salto. Así que me puse a redactar un proyecto en la Olivetti explicando lo que queríamos ser. Gracias a José María Pascual, que era el enlace entre el Atleti y las peñas, lo pudimos presentar —yo y dos más— ante Vicente Calderón en su despacho. Recuerdo que le acompañaban un par de directivos: Julio Carrascosa y Ramón Pérez. Y por eso no vi la final del Mundial; porque cuando se jugó ya estaba inmerso en la preparación del Frente Atlético.
Cuenta Roberto, más conocido como «Ramoncín» en los ambientes atléticos, que en lo de llamarse Frente Atlético tuvo que ver el mismísimo Calderón. Y es que, por lo visto, en un principio el nombre que le presentaron era italiano: Brigata Rossibianca, o Rossobianca, o algo así. Y Calderón, que en líneas generales había recibido con entusiasmo la propuesta, no entendía muy bien por qué el nombre estaba en otro idioma. «Tenía toda la razón del mundo», dice Roberto, «lo que pasa es que la gente estaba un poco agilipollada con los hinchas italianos y por eso se propuso aquello». De modo que cuando el presidente del Atlético de Madrid dijo que el nombre tenía que ser castellano, Roberto, que tampoco terminaba de ver muy claro lo del italianismo, puso sobre la mesa una idea que llevaba días rumiando: ¿y qué tal si nos llamamos Frente Atlético?
Vicente Calderón asintió: aquel era un nombre aguerrido pero español, tal y como había sugerido, que además evidenciaba la fe atlética de sus integrantes. Lo que no pareció detectar, o sí pero no le dio importancia, fue el guiño al Frente de la Juventud. Un guiño que buscaba mantener viva la llama de una organización que, a esas alturas, ya estaba prácticamente desarticulada pero que Roberto se resistía a dejar caer en el olvido:
No quería que el Frente de la Juventud desapareciera. Quería que, a través del Frente Atlético, siguiera ahí. Es decir: que el Atleti estuviese por encima pero que lo otro estuviese presente, como un caballo de Troya, dispuesto a salir y actuar en cualquier momento.
También sirvió como aviso a navegantes. Sí, se implantó una política de puertas abiertas donde todo el mundo era bienvenido siempre y cuando la intención fuese animar al Atleti. Ahora bien: las exhibiciones políticas en la grada tenían que ser afines a una determinada ideología y el que quisiera sacar otras cosas podía hacerlo pero en su casa y sin hacer mucho ruido. «Con ese nombre», sentencia Roberto, «todo el mundo sabía de qué pie cojeaba el núcleo duro».
Con todo, pese a la incontestable influencia del Mundial y de los ingleses desparramados por la moribunda ultraderecha madrileña en particular, la creación del Frente Atlético no fue sino la culminación de un proceso que llevaba tiempo en marcha. Para entenderlo en toda su complejidad hay que remontarse, como mínimo, doce años en el tiempo.
Fue durante el partido de Copa de Europa que enfrentó al Atlético de Madrid con el Cagliari, el 4 de noviembre de 1970, cuando Roberto, entonces un crío que acudía al estadio con su padre, vio por primera vez algo de movimiento en el fondo sur. Tampoco gran cosa. Cuatro tíos dando palmas de forma más o menos coordinada, alguna que otra cancioncilla, palazos a un bombo con los colores rojiblancos y ya está. Pero por anecdótico que fuese aquel espectáculo, destacó notablemente en medio de tanta grisura; de tanto traje, de tanta corbata, de tanta gabardina. Y cuajó. No es que de cuatro pasaran a ser cuatrocientos, ni mucho menos, pero los fulanos regresaron partido tras partido y poco a poco se les fue uniendo gente. Así terminaron la temporada y así comenzaron la siguiente: cantando, saltando y —una novedad introducida en el otoño de 1971— moviendo banderas.
Los responsables de la zapatiesta pronto se dieron a conocer como la Peña Atlética Fondo Sur. Además de diferenciarse del atlético medio, ese aficionado eminentemente contemplativo, por su actitud en la grada también empezaron a distinguirse entre ellos gracias a una boina negra de corte militar con las letras «F» y «S» bordadas en ella; un distintivo parecido al que utilizaban los falangistas de entonces y es que, dado que muchos eran hijos de militares, quién sabe.
La primera gran performance de la Fondo Sur tuvo lugar en la final de la Copa del Rey disputada durante su segunda temporada de vida: en julio de 1972. Sus integrantes aparecieron en el fondo sur del Bernabéu envueltos en un mar de banderas rojiblancas y listos para dejarse la voz frente a la afición del Valencia, que según la prensa de la época tampoco se quedó atrás en alboroto gracias a la cantidad de tracas y cohetes que desplegó en el fondo contrario. Al año siguiente la peña organizó un viaje a Gijón, donde los desplazados quedaron extasiados por la remontada que lograron los suyos frente al Sporting, y en la primavera de 1974, con la Fondo Sur ya plenamente consolidada, el Atleti enlazó tres partidos europeos de vital importancia: contra el Estrella Roja de Belgrado, contra el Celtic de Glasgow y la final, en Bruselas, contra el temido Bayern de Múnich. La Fondo Sur no llegaba a tanto como para viajar a Belgrado o Glasgow, aunque en ambas ocasiones acudió a Barajas para recibir al equipo, pero sí se desplazó hasta la capital belga, donde se dieron cita algo más de diez mil aficionados atléticos y en donde los de la boina negra se hicieron notar al desplegar varias banderas enormes de tela… y al pretender, o eso contaron las malas lenguas, largarse de varios establecimientos sin pagar lo consumido.
Tras perder aquella final, que se jugó en el mismo estadio de Heysel donde una década más tarde morirían treinta y nueve aficionados de la Juventus, y ganarle al Oviedo en casa los atléticos se despidieron los unos de los otros hasta la próxima temporada, sin presagiar que el comienzo de la misma iba a estar envuelto en silencio debido, según descubrió Roberto más tarde, a la vida misma. Y es que muchos integrantes de la Fondo Sur aprovecharon aquel parón estival para contraer matrimonio y reordenar prioridades. Todavía aparecían en derbis o en partidos muy señalados, explica, pero nada que ver con antaño.
El vacío dejado por la Fondo Sur —cuya última aparición digna tuvo lugar, según Roberto, en junio de 1976 con motivo de la final de la Copa del Rey contra el Zaragoza— conllevó el surgimiento de una peña similar cuya misión no era otra que seguir aportando bullanga a los partidos. Esta se ubicó en el fondo norte y se llamó, consecuentemente, Fondo Norte.
Fue en ese momento cuando Roberto, previo permiso paterno, comenzó a ir por su cuenta al estadio. Corrían las primeras semanas del otoño de 1976 y cualquiera hubiese pensado, dado el gusto que había desarrollado por el jolgorio graderil, que enfilaría hacia donde se ubicaba la Fondo Norte. Pero no. Enfiló en dirección contraria, rumbo al fondo sur, porque esa era la grada que le había metido el veneno en el cuerpo y lealtad obliga. Una decisión que tuvo recompensa inmediata cuando al llegar allí se topó, sorpresa, con algunos viejos de la Fondo Sur que o no se habían casado o, de pasar por el altar, habían incluido algún tipo de capitulación sobre la necesidad de ver al Atleti en el contrato matrimonial. El caso es que andaban por allí tratando de revivir tiempos pasados. Roberto se encontró con un tal Quique, con otro al que llamaban el Droguero y, por encima de todos ellos, con Carlos González, más conocido como el Irureta, a quien recuerda como «el último mohicano de la Fondo Sur». Un tipo particularmente carismático e inasequible al desaliento.
El Irureta y Roberto trabaron una amistad que pronto daría sus frutos. El primero tenía, además de tesón, la experiencia de la Fondo Sur y amistad con los jugadores del Atleti. Roberto, por su parte, no acusaba desgaste alguno porque acababa de llegar y compartía la certeza de que urgía hacer algo para revivir el ambiente que había experimentado desde la lejanía siendo niño. Máxime cuando la Fondo Norte no parecía terminar de despegar. De modo que, tras valorar los pasos a seguir, contactaron con un jugador recién llegado al club, el argentino Rubén Cano, quien tras escuchar lo que querían hacer, poner en marcha una peña tipo la Fondo Sur pero un poquito más sofisticada, que tuviese una estructura y una suerte de jerarquía, dijo que perfecto y que para lo que necesitaran ahí estaba él.
La Peña Rubén Cano, considerada por los ultras del Atleti como la precursora del Frente Atlético, comenzó su andadura en 1977 y desde el principio contó con una directiva compuesta por cuatro personas y con una sede física en la calle Juana Doña, que entonces se llamaba Batalla de Belchite y que estaba situada a una media hora andando del Vicente Calderón. Pronto atrajo a varias decenas de jóvenes atléticos, algunos de izquierdas, otros de derechas y otros de la cuerda de Roberto, quien ya en aquel entonces se había afiliado al Frente de la Juventud. Entre todos ellos destacó, dice, un chaval llamado Javier:
Era hijo de un general de brigada y su presencia resultó clave porque fue él quien nos empezó a enseñar fotografías en las que aparecían los hinchas ingleses e italianos. No sabíamos muy bien de dónde las sacaba, probablemente de los viajes que hacía en vacaciones con su familia al extranjero, porque era un fanático de los tifosi y de los hooligans y cuando iba por ahí recopilaba material y estudiaba lo que veía.
Los chavales de la Rubén Cano no tardaron en compaginar lo que les mostraba su amigo Javier con lo que aparecía en la Guerin Sportivo, una revista italiana que se vendía en el kiosco de prensa sito frente al Banco de España y que traía consigo, en cada número, un dosier fotográfico mostrando qué había sucedido en las gradas de Italia durante las semanas anteriores. «Recuerdo ver fotos de los ultras del Inter de Milán y alucinar», cuenta Roberto. «Alucinaba con ellos y también con los ingleses, que se veían mucho menos organizados pero con la misma fuerza».
Aquellas influencias extranjeras previas al Mundial generaron cierta predisposición a ir un poco más allá en tribalismo, belicosidad y en eso que los ingleses llaman aggro. El tribalismo se puso de manifiesto en determinados cánticos —«¡Aquí estamos, la Peña Rubén Cano!»— y la belicosidad apareció en episodios como el ocurrido en 1979, tras la derrota del Atleti contra el Madrid en unos cuartos de final de la Copa del Rey, cuando miembros de la peña atacaron un coche lleno de madridistas a la altura de los Nuevos Ministerios. Los hinchas atléticos arrebataron las banderas que ondeaban los otros por la ventanilla, les prendieron fuego y, aún ardiendo, las introdujeron de nuevo en el coche al tiempo que sus ocupantes decían pies para qué os quiero.
Sin embargo, aunque todo ello suponía un paso importante hacia lo que se cocinaba en otras partes de Europa, la Rubén Cano se quedaba un poco corta para la juventud atlética más camorrista. Consecuentemente, tras no cumplir con todas las expectativas echó el cierre en torno al cambio de década. Roberto define los dos años siguientes como un «periodo de transición» un tanto confuso durante el cual surgieron dos grupos, uno llamado —ojo al dato— Ultras Sur y otro llamado Peña Hugo Sánchez, que tampoco lograron cuajar pese a querer llevar las cosas un poco más allá3. Entonces llegó el Mundial, el «tuteo» con los idolatrados ingleses y, finalmente, el golpe sobre la mesa que logró sellar aquella transición con la fundación del Frente Atlético.
Poco después de que la Fondo Sur se consolidara en las gradas del Vicente Calderón, un grupo de jóvenes sevillistas, no más de medio centenar, empezó a coincidir en el gol norte del Ramón Sánchez-Pizjuán. Algunos procedían del barrio de la Macarena y otros de Los Pajaritos, aunque también los había del Polígono San Pablo, de Madre de Dios y de Pío XII. Barrios populares. Se reunían en el gol norte porque allí había, en palabras de los investigadores Felipe Rodríguez y Rufino Acosta, autores de un trabajo ochentero que nunca llegó a ver la luz titulado Los jóvenes ultras en el fútbol sevillano, «un ambiente mucho más bullanguero que en el resto». No había, en fin, señoritos tocando los huevos con el baja la bandera que no veo.
El asunto empezó a coger empaque a partir del 26 de mayo de 1974, último partido de aquella temporada, cuando un Sevilla en horas bajas viajó hasta Linares jugándose la permanencia en Segunda División. Si ganaba, se mantenía; si perdía, al carajo. Así que hasta allí se desplazaron, también, varios de los chavales que se daban cita en el gol norte solo para regresar varias horas más tarde entusiasmados no ya con haber logrado la permanencia, eso por supuesto, sino con el autor de los dos primeros goles del Sevilla: un jugador gambiano llamado Alhaji Momodo Njie y más conocido como Biri-Biri.
Lejos de disiparse durante los meses de verano, aquel entusiasmo llevó a la aparición, nada más comenzar la siguiente temporada, de una pancarta que rezaba «Biri-Biri». Según Carles Viñas, un historiador especializado en movimientos culturales alternativos, se sacó por vez primera en un partido contra el Cádiz y fue desplegada junto a un tambor con el que se emularon sonidos de guerra africanos. El espectáculo, que tuvo que ser harto curioso, volvió a repetirse una semana más tarde, en Córdoba, donde los autores de la pancarta decidieron ponerse apartados del resto de su afición. Como si quisieran marcar un poquito las distancias y diferenciarse de alguna manera.
Y así continuaron, dando la nota, hasta que la obsesión de aquellos chavales con «el negro», el apelativo cariñoso que le encasquetaron, desembocó, ya entrado el año 1975, en la creación de una peña con su nombre: la Peña Biri-Biri.
Al principio la institucionalización no acarreó grandes cambios ya que, pese a la conversión en peñistas, los ya famosos muchachos del gol norte siguieron haciendo gala de ser unos auténticos tiesos: continuaron quedando en la calle para ahorrarse consumir en ningún bar, continuaron animando con lo puesto y continuaron viajando como auténticos gualtrapas, recurriendo al autoestop o a la caridad de otras peñas sevillistas más o menos pudientes que tuviesen asientos libres en el autobús.
La cosa cambió ligeramente con el ansiado ascenso a Primera División, conseguido en el verano de 1975, cuando la directiva del club quiso aprovechar el ímpetu del momento y decidió que «los biris», como empezaban a ser conocidos por el resto de la afición, podían servir para enganchar a parte de la juventud sevillana. Un impulso que conviene enmarcar en el contexto de una época dominada por el envejecimiento de los espectadores y una deserción lenta pero constante de los estadios. De modo que, según cuenta la investigación de Rodríguez y Acosta, vislumbrando el potencial de la peña los directivos del Sevilla comenzaron a tener algunos gestos hacia ella con el fin de revertir la tendencia; abarataron los abonos de su zona, ofrecieron entradas de regalo para que se viniesen los colegas, pagaron algún que otro viaje y costearon la confección de banderas.
Esos gestos consiguieron lo esperable: incrementar el tamaño de la Biri-Biri… hasta que la llamada de la patria, o sea la mili, pasó la escoba por el gol norte dejando aquello en los huesos. La estocada, sin embargo, no fue terminal gracias a que hubo quien se salvó de la pesca y a la nueva remesa de muchachos que empezó a frecuentar la grada en esa época. Unos muchachos que desde el primer momento se mostraron bastante más combativos que sus mayores, como bien pudieron comprobar, entre otros, los aficionados malagueños que visitaron Sevilla a principios de los ochenta solo para toparse con una tropa de adolescentes sin una sola intención buena.
El aumento de la belicosidad entre quienes se reunían en el fondo sur del Calderón y en el gol norte del Ramón Sánchez-Pizjuán tuvo su eco en Barcelona, donde varios jóvenes que se habían ido conociendo partido a partido en el gol sud del Camp Nou fundaron, en 1981 y tras unos incidentes registrados en un encuentro contra el Rayo Vallecano, un grupo bautizado como Boixos Nois. «Chicos Locos», en catalán acharnegado4.
En un principio, y debido precisamente a su carácter pendenciero, hubo quien asoció el nacimiento de los Boixos Nois a Los Morenos; un grupo de chungos que ejercía de guardia pretoriana de José Luis Núñez, el empresario que había alcanzado la presidencia del Barça unos años antes y quien, por lo visto, no era muy amigo de las críticas a su gestión. Especialmente si aparecían en prensa. De ahí que Los Morenos gozasen de cierta fama como zarandeadores de plumillas díscolos en el aparcamiento del Camp Nou pese a que, en ocasiones, también podían marcarse algún bonus track de carácter eminentemente deportivo. Como cuando lanzaron todo tipo de objetos contra los jugadores del Colonia durante un partido de competición europea.
Sin embargo, aquella asociación nunca logró coger altura porque carecía del fundamento suficiente como para trascender la mera leyenda urbana. Y es que Los Morenos serían muy marrulleros pero también afines al palco y nostálgicos del régimen franquista. Tenían, por tanto, entre poco y nada que ver con la juventud que a principios de los ochenta comenzó a parar en el gol sud del Camp Nou, independiente en lo que al palco se refiere y más bien catalanista, ergo antifranquista, en lo demás.
Algunas de las primeras liadas protagonizadas por los Boixos Nois ocurrieron a tan solo dos kilómetros de distancia, cruzando la avenida Diagonal, en la exclusiva zona alta de Barcelona, ya que era allí donde tenía su casa el otro equipo de la ciudad: el Español. «Se tomaban el derbi en Sarriá como si fuese una guerra», explica José Ignacio Castelló, miembro destacado de la Peña Juvenil Españolista, un grupo de animación fundado ese mismo año por cuatro estudiantes de los Escolapios adscritos al equipo blanquiazul.
Hasta entonces los encuentros entre ambos equipos se habían desarrollado en una armonía relativa, a excepción de algún que otro insulto y de las bolsas llenas de meado que se lanzaban mutuamente los miembros de la Peña Manigua, ubicada en el gol sur del estadio de Sarriá, y los hinchas azulgranas que de aquella, cuando visitaban el estadio de su rival, se ubicaban en la misma grada porque no existían las llamadas «zonas visitantes». Pero con la aparición simultánea de los Boixos Nois y de la Juvenil, que también se ubicó en el gol sur, junto a la Manigua, la cosa empeoró sustancialmente. No ya solo por la predisposición a la gresca que traían consigo los nuevos radicales barcelonistas sino también porque estos vieron en los integrantes de la Juvenil a sus homólogos: chavales jóvenes que metían bulla. Competencia directa. El enemigo a batir.
Sin embargo, y a pesar de las apariencias, la Juvenil tenía poco que ver con los Boixos Nois. Muy poco que ver, de hecho. Principalmente porque a sus fundadores no les iba nada el macarreo. Solo querían gestionar una peña de animación estrictamente pacífica que diera algo de ambiente a Sarriá. Nada más. Un proyecto que no tardó en gozar, dice Castelló, del favor del club:
Manuel Meler, el presidente de entonces, nos ayudó en todo. Nosotros íbamos a verlo y él nos daba un talón con el que abaratar nuestros viajes, nos facilitaba contactos de empresas de autocares y ese tipo de cosas. Incluso nos cedió las oficinas del Español, que entonces se encontraban en el número 300 de la calle Córcega.
Su buen talante y el compadreo con el club hicieron que la Juvenil creciera mucho en muy poco tiempo. El único pero surgía, pues eso, cuando tocaba derbi. Una jornada que los miembros de la peña asumían con la resignación del que sabe lo que hay pero ya ve usted, qué le vamos a hacer. «Nos convertimos en los conejillos de indias de aquellos primeros boixos», sentencia Castelló, que cuatro décadas después todavía se encoge de hombros con tristeza al recordarlo. «Nos tostaban que no veas».
No solo en Madrid, Sevilla y Barcelona se registró movimiento graderil antes del Mundial de España. Hubo otros lugares que también vieron cómo en sus respectivos estadios empezaba a juntarse muchachada con ganas de jolgorio y de animar al equipo desde una creciente irreverencia antes del verano de 1982.
Las gentes de Alicante, por ejemplo, asistieron en los últimos años setenta al nacimiento de un colectivo bautizado como Las Banderas que tenía como misión animar al Hércules. Otro de los grupos surgidos durante la protohistoria del fenómeno ultra en España fue el Frente Cádiz, puesto en marcha en la ciudad homónima por los mismos alumnos del colegio marianista San Felipe Neri que no mucho después fundarían las Brigadas Amarillas. También asomó la cabeza, en Gijón, la Hinchada Fondo Sur; un grupete compuesto, sobre todo, por guajes del barrio obrero de Pumarín y considerado por muchos el germen de los Ultra Boys. Asimismo, dos de las tres capitales vascas, Bilbao y San Sebastián, fueron testigos de cómo las cuadrillas de chavales que acudían a San Mamés y al viejo estadio de Atocha comenzaban a montar los Herri Norte y la Peña Mujika, respectivamente.
Incluso en la austera Castilla hubo algo de trajín antes de la cita mundialista gracias a la Peña Unionista Universitaria, que solía acompañar a la ya desaparecida Unión Deportiva Salamanca en alguno de sus viajes y que llegó a ser conocida en el resto de la ciudad por su querencia a lanzar unos petardos tremebundos en las gradas del Helmántico.
3La historia de los Ultras Sur rojiblancos se encuentra envuelta en misterio. Al parecer, el nombre se escogió a raíz de todas aquellas fotografías procedentes de Italia, donde la palabra «ultras» aparecía en un sinfín de pancartas y banderas. Sin embargo, la Delegación del Gobierno prohibió su registro al asociar el término con la ultraderecha (en la España de la época era común referirse a los ultraderechistas simplemente como «ultras») y considerarlo, en consecuencia, subversivo.
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