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«Si conocierais París, sabríais que es una gran colmena dividida en celdas estancas. En esta conspiran, en aquella comercian, en la otra urden planes fantasmagóricos para la ciudad futura, y en todas partes no se habla más que de las alegrías de la boca y del bajo vientre.» Escrita bajo el signo de Sade y ambientada en los convulsos años de la Revolución francesa y del subsiguiente Terror, esta novela epistolar nos presenta los peculiares consejos y confidencias que Marguerite P., regenta de un atroz burdel, comparte con su amiga y «aprendiz» en el oficio, Louise L. Entre lo exquisito y lo ominoso, la obra despliega una variopinta galería de personajes (hermafroditas, libertinos de toda laya, enanos hercúleos…) y se rige, de principio a fin, por aquella máxima que Gabrielle Wittkop convirtió en el inconfundible sello de su poética: «Se puede escribir cualquier cosa, pero hay que saber cómo».
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LA VENDEDORA DE NIÑOS
PRIMERA EDICIÓN enero 2025
TÍTULO ORIGINAL La Marchande d’enfants
Publicado por
EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.
www.cabaretvoltaire.es
©edición, 2005 Éditions Gallimard
©de la traducción, 2025 Lydia Vázquez
Jiménez ©de esta edición, 2025 Editorial Cabaret Voltaire SL
IBIC: FA
ISBN-13: 978-84-19047-81-6
PRODUCCIÓN DEL EPUB: booqlab
Dirección y Diseño de la Colección
MIGUEL LÁZARO GARCÍA
JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA
Cubierta: Retrato de niña con su perro (1796-97),Jean-Jacques Lequeu
Guarda: Gabrielle Wittkop, 2001.
©Raphael Gaillarde. Gamma Rapho
Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.
NIKOLA DELESCLUSE
«Pero pase lo que pase, Gabrielle,immer werden Sie bei mir sein, immer, immer, immer…»
«No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; solo algunos saborearán sin peligro ese fruto amargo.»1
No es sorprendente que, al principio de esta correspondencia entre dos regentas de burdel, Marguerite P. y Louise L., nos reciba la enigmática sonrisa de Maldoror. Aunque nunca se haya expresado con tanta claridad, la advertencia es, sin embargo, parte integrante de la obra de Gabrielle Wittkop, una obra en la que solo se puede entrar con la conciencia aguda de cometer una infracción soberana. Los títulos de sus libros, signos tanto de adhesión como de desafío, ondean como estandartes y proclaman la libertad incondicional de una mujer que comenzó a explorar los tenebrosos territorios de la literatura con El necrófilo. Continuará su búsqueda bajo aterradoras banderas que son otras tantas invitaciones a acompañarla, con conocimiento de causa, en este peligroso viaje: La Mort de C., Litanies pour une amante funèbre, Hemlock, Les Départs exemplaires, Almanach perpétuel des Harpies, Le Sommeil de la raison… Todas ellas son llamadas a la prudencia, pues si bien el veneno es habitual en sus narraciones, Gabrielle Wittkop prefiere el arma blanca, el ataque frontal, la ausencia de evasivas.
Con la mirada directa y clara, armada de su dignidad vertical, Gabrielle Wittkop lo exige todo de su lector, pero nunca lo deja aventurarse por su cuenta sin advertirle de los riesgos que ello entraña. En este sentido, La vendedora de niños, cuyo título por sí solo impacta la imaginación, no es una excepción a la regla: de hecho, se nos invita a sumergirnos en los más oscuros pozos humanos de un siglo XVIII rico en horrores: sin duda, habrá almas tímidas que se asustarán ante la ferocidad de Marguerite, como se asustarían ante las palabras de la propia Gabrielle Wittkop. Pero atrévanse y adéntrense en los tortuosos laberintos sentimentales de esa alcahueta un tanto peculiar y se llevarán una profunda impresión, comparable, aún hoy, a la provocada hace más de treinta años por El necrófilo.
«¿Provocadora…? ¡No! Si la gente se escandaliza, simplemente demuestra que es “escandalizable”, ¡eso es todo!»2
A la hora de referirse a los escritos de Gabrielle Wittkop, la crítica se ha limitado a hablar de «pose», «provocación», «teatralidad» y «afectación», y es que parece inconcebible que una persona exprese sus pensamientos de forma simple y directa cuando tales pensamientos contravienen absolutamente la bendita normalización de nuestras virtuosas civilizaciones. A ojos de los censores, Gabrielle tenía que interpretar la comedia no para que la oyeran, sino simplemente para que la toleraran.
¿Curará La vendedora de niños esa sordera voluntaria? Las dificultades que atravesó este libro para ser publicado podrían hacer temer lo contrario: cuántos rechazos de editores, cuántas lecturas horrorizadas antes de acabar viendo la luz. Muy irónicamente, esta publicación póstuma —que la propia Gabrielle Wittkop previó como tal durante un tiempo, y que la realidad, desgraciadamente, ha querido que así fuera— da al relato la esperanza de ser aceptado sin demasiadas reticencias, ahora que la autora ya no está aquí para representar su ultraje en la escena mundial. Si el éxito rara vez corona a los «hombres libres», es aún menos conciliador con aquellos cuya obra «no es ni tolerada por los Gobiernos ni aprobada por las juventudes contestatarias».3 Pero ¿no cabe esperar que, tras una vida y una muerte ejemplares, se rinda finalmente homenaje a quien fue, ante todo, escritora?
«Nada es más inverosímil que la muerte.»4
La vendedora de niños, creada bajo los auspicios de «Donatien, el Admirable», afirma una vez más la presencia esencial de la muerte en la obra de Gabrielle Wittkop. Hablemos, pues, de coherencia sensible. Reconozcamos, en las cartas de Marguerite P., el jugo venenoso del imaginario wittkopiano y admitamos lo inadmisible, lo inconfesable, lo indecible: el amor bebe de las fuentes crueles de la muerte, a menudo se enriquece con ella, a veces la reclama o se burla de ella. Lejos de caer en el sentimentalismo, la pluma de Gabrielle Wittkop, afilada como un escalpelo, deja al desnudo, sin mencionar nunca el misterio, el inquebrantable núcleo de noche que irradia el ser y del que Sade fue un explorador inagotable. En efecto, ¿cómo no sentir la circulación orgánica del amor en las venas de Marguerite, en todo su cuerpo libertino? ¿Cómo extrañarse entonces de las habitaciones acolchadas y rigurosamente cerradas donde bullen los libertinos y los niños que se someten a sus deseos, ya que el ejercicio de la crueldad, como el del amor, requiere «murallas que protejan del soplo terrestre, cortinas que detengan la mirada de los astros»?5 El destino particular que parece reservado al hermafrodita Tiresias —su capacidad para hacer revivir efusiones insospechadas en el cuerpo y en el alma de Marguerite— no es quizá más que la manifestación última de una lógica que conduciría luego a la salida ejemplar de la alcahueta, a su propio alejamiento de una escena sensible de la que era, hasta ahora, la única organizadora. Después de contemplar durante tanto tiempo la muerte como un divertimento libertino, ¿no debía Marguerite conocer su implacable rigor y acudir a su irresistible cita con ella?
«Se mide cualquier cualidad ontológica por la curva de una ceja, un olor, las inflexiones de una voz.»6
Educada en el espíritu del Siglo de las Luces, imbuida desde muy joven de filosofías sensualistas, Gabrielle Wittkop tiene una aproximación al mundo fundamentalmente emocional. Reacciona ante los olores, las curvas, los tejidos, los ruidos y los sabores, cuya mezcla y percepción constituyen una forma de pensar que sería erróneo reducir a esteticismo. El más mínimo detalle tiene sentido y debe ser captado, aunque carezca de importancia a primera vista, si se espera recomponer la unidad perdida de un espejo roto; el conocimiento es parcial, fragmentado, irremediablemente inaccesible a la sola razón. Formada en la escuela de la mirada, la escritura de Gabrielle Wittkop despierta nuestros sentidos adormecidos, devolviéndoles su agudeza gracias a un lenguaje preciso y colorista que lleva la violencia del espectáculo observado al corazón de nuestras representaciones.
La crueldad, apenas teñida de compasión, que Marguerite inflige a los cuerpos de los niños encuentra un eco inquietante en las sangrientas exacciones de la espantosa tormenta revolucionaria que barrerá un régimen político injusto en provecho de otro igual de inicuo. Así, entre el 27 de mayo de 1789, fecha simbólica del nacimiento de la correspondencia entre Marguerite y Louise, y agosto de 1793, fecha de la última carta, todo un mundo se ha trastornado en apariencia, pero los engranajes de ese mundo, aunque controlados por manos diferentes, siguen triturando hasta la muerte a los mismos individuos. Es un severo juicio sobre el homo sapiens, una especie sobre la que Gabrielle Wittkop nunca albergó ilusiones por haber sufrido en sus propias carnes algunas infamias.
«No cabe duda de que hay villanos que viven del secuestro de niños; y lo prueba el hecho de que esos niños perdidos son casi siempre niñas», escribe con razón Louis-Sébastien Mercier en su Cuadro de París (1781-1788). Basándose en una erudición sin fisuras, La vendedora de niños explora, por supuesto, esta realidad histórica, pero es también, y sobre todo, el testimonio conmovedor de un amor melancólico en una época que, más que ninguna otra, forjó el estilo y el pensamiento de Gabrielle Wittkop, y a la que ella insufló nueva vida. El lector perspicaz será sensible a la atmósfera, a los trajes y decorados suntuosos, al terrible bullicio de una capital siempre en efervescencia, y no se sorprenderá, a pesar de una comprensible náusea, de haber podido contemplar, sin apartar la mirada, las esforzadas figuras del ballet erótico puesto en escena por Marguerite, porque «se puede escribir cualquier cosa, pero hay que saber cómo»,7 principio de escritura al que obedece esta novela que conserva el vibrante recuerdo de Gabrielle Wittkop.
1 Lautréamont, Los cantos de Maldoror.
2 Gabrielle Wittkop, revista Chronic’art, marzo de 2001.
3 Gabrielle Wittkop, El necrófilo (1972).
4 Gabrielle Wittkop, Hemlock (1988).
5 Gabrielle Wittkop, El necrófilo (1972).
6 Gabrielle Wittkop, Hemlock (1988).
7 Gabrielle Wittkop, Le Temps, Ginebra, 2001.
A Donatien, el Admirable
Al final del libro se adjunta un pequeño glosario (a cargo de la propia traductora, Lydia Vázquez Jiménez) con una selección de términos, lugares y personajes históricos que pueden ser de interés para los lectores y que ayudan a comprender mejor tanto la novela como la época en que esta se enmarca.
Querida Louise, me hace feliz saber que se os trata con generosidad en Burdeos, y más aún que pensáis adoptar una de las profesiones más útiles para la humanidad. Sobre todo, es extraordinariamente provechosa para quien la ejerce, a pesar de sus peligros y reveses. Por desgracia, es cierto que estamos a merced de envidiosos y devotos —a menudo son los mismos—, y que un padre que se cree ultrajado por no haber podido desvirgar en persona a su hija impúber o un esbirro de la policía que considera insuficiente el soborno propuesto se ensañan con nosotras. Además, no basta con reunir una buena clientela, también hay que saber proveerse del material que esas personas esperan encontrar en una casa seria. La mía tiene buena fama por la frescura de la mercancía que ofrece y por la discreción que rige en su interior. Mi establecimiento es de cómodo acceso, sin que las carrozas deban estacionarse en fila delante de la puerta, algo que siempre causa mala impresión. Renunciad a vuestro coche personal y recurrid, mejor, a los servicios de uno de esos vehículos de alquiler que están acostumbrados a todo. Podéis llamarlos con un silbido, o bien delegar en un acólito para que lo haga, y con ese sencillo silbido se pondrán a vuestras órdenes en un abrir y cerrar de ojos. Os subís rápidamente con vuestro fardo, amordazado o no, atado de pies y manos o no, como sea, y ¡arre, cochero! Tenemos muchos coches de punto en París, cobran una libra y diez sueldos por la carrera, es verdad que es mucho, pero sin ellos no saldríamos adelante.
Estoy instalada en la Rue des Fossés-Saint-Germain, justo enfrente de la Comédie-Française, encima del café Zoppi, el café que frecuentan los filósofos y en cuya antecámara hay un trasiego donde todo es posible y nada sorprende. Yo ocupo dos plantas unidas por una escalera de caracol. He mandado acolchar algunas habitaciones para que los gritos no resuenen en el exterior, pero os confesaré que aún no dispongo de la silla articulada de la que habla Pidansat de Mairobert en El espía inglés. Tengo un comedor de lo más elegante y unos salones muy bonitos, aunque sin exagerar en magnificencia. Por último, los cuartos de baño ofrecen todo tipo de comodidades al gusto de cualquier persona refinada, para sí misma y para los objetos vivos puestos a su disposición. Ni el estado de las chimeneas ni el de las lámparas dejan nada que desear y, si de mí dependiera, los aguadores nunca estarían ociosos. Puedo encargar bañeras, listas para su uso, con la misma facilidad que la comida de un excelente proveedor. Tengo tres habitaciones bien cerradas: en una tengo a los niños; en otra, a las niñas; y la tercera está reservada para Florian, un esclavo de Martinica que compré a precio de oro y que, a veces, se pone al servicio de ciertos clientes. Actualmente estoy pensando en comprar, en la buhardilla, una habitación alargada y de techo bajo donde podríamos poner a los niños a representar obras de teatro. Si lo consigo, los instruiría en ese arte, y estoy segura de que no nos costaría encontrar a los autores adecuados: solo hace falta un poco de imaginación, un buen conocimiento de la sociedad y suficiente ingenio para reírnos de las farsas más perversas, en las que involucraríamos a nuestra mercancía. Solo el diablo, si existiera, sabría describirlas: tratarían de asuntos de sangre y heces, por no hablar de las lágrimas ardientes que con tanta frecuencia derraman estos niños, víctimas de tráfico.
Pero volvamos a los gajes de nuestro oficio.
Una pareja de viejos casi mudos, Jacques y Jacquette, se ocupa de las tareas domésticas, mientras que a mí me ayudan en mi trabajo dos muchachas muy hábiles. Una, Marthe Scapulaire, es la persona más osada y al mismo tiempo impávida que he conocido: secuestraría, sin pestañear, a un niño delante de las narices de su familia. La otra, casi enana pero muy astuta y apañada, es la Pinette, que, en su día, estuvo al servicio de mis placeres personales y me es incondicional. Estoy muy satisfecha con ella, a pesar de sus protestas a la hora de limpiar la sangre que a menudo mancha el suelo. Sin estas dos muchachas, ciertamente me vería en la imposibilidad de ejercer mi profesión como es debido, así que en cuanto debutéis como vendedora de niños, vuestros primeros pasos deben centrarse en conseguir la ayuda de una o dos secuaces cuyo silencio y lealtad sean irreprochables. Por desgracia, no conozco a nadie en Burdeos a quien pueda recomendaros, pero tened claro que bajo ningún concepto debéis abrir vuestro negocio antes de encontrar la ayuda perfecta que se requiere para ello. Sed paciente y circunspecta, y no os arrepentiréis.
En cuanto hayáis dado con las personas de vuestra confianza, empezad a buscar un local adecuado, es decir, cómodo, no demasiado grande, y bien situado. No pidáis crédito a ebanistas, tapiceros y plateros si no es con la máxima discreción; tened en cuenta que al principio es preferible contar con poca cantidad de mobiliario, pero de calidad impecable y con garantía de buen resultado. También deberíais saber —porque hay que ser realista— que, a menos que tengáis una suerte milagrosa, casi nadie podrá igualar el estilo de la Gourdan, en la Rue des Deux-Portes, con su serrallo de bellezas, su piscina repleta de todos los perfumes de Arabia y su enfermería, donde la impotencia y la frigidez se curaban con pastillas Richelieu y una famosa «esencia para uso de los monstruos». Asimismo, tendría que haber sitio para almacenar un lote entero de esos consoladores que solían encargar a la Gourdan las monjas, cuyas numerosas cartas de petición se encontraron cuando murió ella. En cuanto a las habitaciones acolchadas —quizá lo mejor es que empecéis por instalar una sola—, no son un lujo, sino una necesidad, porque, sean cuales sean los libertinajes que se lleven a cabo en vuestra casa, es importante que no trascienda nada al exterior. Mis cartas os enseñarán que esto no siempre es tan fácil.
