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Burak Mansor es hijo de inmigrantes marroquíes que siempre aprende de sus errores a las malas. Pero para él ser tan mujeriego no es un error. Es más, defiende un modelo de pareja en donde el hombre puede tener las cuatro esposas que, según el islam, puede tener.
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Seitenzahl: 212
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Farah Mohamed
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-962-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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También es muy sano renunciar a personas que ya no te aportan nada. Recuerda: todo lo bueno que es para ti, no va a causarte inseguridad, ni mucho menos tristezas. Deja atrás lo que no te permite avanzar y vuelve a sonreír; así, como si nada doliera.
Jairo Guerrero.
PRÓLOGO
La vida me enseñó que, a veces, puedes tener todo lo que te propongas. Me enseñó que, por muy fuerte que sea el golpe o la herida, nada duele para siempre, y que las penas no matan. Que hay que ser positivo. Que las tormentas forjan el carácter. Que la soledad no es mala. Que tratar bien a la gente tiene su recompensa divina. Y que el mayor amor es el proveniente de los hijos. Y que los pájaros nacidos en una jaula siempre verán la libertad como un crimen.
1 KETAMA
Nací el 2 de marzo de 1988 en Málaga, pero mi origen es de Ketama, Marruecos. Y era hijo único. Mis padres, Abdelhakim y Nuria, habían llegado a España en 1980, justo después de casarse. El dinero que usaron para venir a España provenía todo del tráfico de drogas. Y era dinero que mi padre había ahorrado tras cuatro años trabajando para narcotraficantes. Sí, desde los dieciséis hasta los veinte, mi padre fue un pequeño delincuente.
Cuando era pequeño, mis padres me llevaron de viaje por toda España y nos hacíamos muchas fotos juntos; fotos que después mi madre mandaba a sacar en un estudio de fotografía. Cumplí los diez años y, por fin, nos dieron a mis padres y a mí la residencia española. Desde ese momento, empezamos a viajar por toda Europa prácticamente.
A mis dieciséis años, empecé primero de bachillerato y conocí a María Ángeles, quien se convirtió en pocos minutos en mi mejor cómplice para gastar bromas. Los días pasaban y mis amigos chicos me presionaban para salir con chicas y ser, como ellos decían, «un hombre». Es decir, querían que estuviera por primera vez con alguna chica.
—En mi religión, estar con chicas sin estar casados es ilícito, Hugo —le dije a mi amigo desde preescolar.
Hugo y yo siempre habíamos elegido las mismas optativas en el instituto para estar en las mismas clases.
—Bueno, pues sal del armario, perra —me dijo él en broma.
—Y tú eres una puta asquerosa, maricón. Que te falta maquillarte y depilarte las cejas —le respondí.
—Que sepas que te quiero. De hecho, me gustas, chaval —me contestó él bromeando y fingiendo ser gay.
—Me tiraré a M.A. ¿Qué te parece? —le dije al final.
—Esa es fácil, porque ya es tu amiga. Ve por algo más difícil, chaval —me contestó casi en susurros, ya que el profesor de Economía había entrado en el aula.
—No, no conozco a ninguna chavala. Prefiero a M.A —le declaré a Hugo, y él se encogió de hombros.
Así fue como, a mis dieciséis, perdí mi inocencia y le robé a María Ángeles su flor empujado por la sociedad. No tenía conciencia de lo que hacía, ya que era solo un crío.
María Ángeles era gitana, así que ya no podía casarse ni juntarse con un gitano. Yo había deshonrado a su familia. Es más, unos meses después de que empezáramos a quedar, a ella le vinieron a pedir su mano unos gitanos, y ella, que estaba enamorada de mí, se negó a casarse. Lo peor es que yo no la quería y la usaba solo para tener con quien relacionarme.
Cumplí los diecisiete años y me dieron por fin la nacionalidad española. A mis padres ya se la habían dado un par de años antes. Ese año, fuimos a Marruecos a pasar el verano con nuestros familiares de Ketama. En concreto, nos quedamos en casa de mis abuelos paternos. La casa era de barro y tenía un patio interior. Era muy humilde y, aunque tenían luz, no tenían agua corriente. Mis abuelos iban encima de su burro una vez a la semana a la fuente a llenar agua. Tras tres semanas en Ketama conociendo a mis tíos paternos y maternos, mi padre decidió hacer turismo por Marruecos. Así que cogimos carretera y manta y nos fuimos a Alhucemas, Fez, Tánger, Marrakech y al Sáhara. Tras llegar septiembre, volvimos a Málaga, España.
Empecé las clases de segundo de bachillerato y, cuando cumplí los dieciocho, mi padre me dio dinero para sacarme el carné de conducir. Me lo saqué y, al mes siguiente, me gradué en bachillerato.
—Enhorabuena —me dijo María Ángeles a la vez que me saludaba con dos besos cuando bajamos del escenario.
—Enhorabuena a ti también. Qué bien que nos hayamos graduado juntos —le respondí yo, ya que ella también se graduaba.
María Ángeles y yo seguíamos juntos y, para ella, éramos novios secretos, pero para mí no éramos nada más que amigos.
Tras la graduación, fuimos Hugo y yo, por primera vez, a un botellón, y nos quedamos ahí toda la noche. Al regresar a casa, encontré que mi madre se había quedado despierta esperándome. Estaba sentada en el salón estilo marroquí de nuestra casa.
—¡¿Dónde estabas?! —me gritó al ver que estaba bien y entero.
—Solo fuimos de fiesta —le respondí, tras lo que me propinó una bofetada.
—Nosotros somos musulmanes, no vamos de fiesta, no bebemos, no tomamos drogas, no fumamos y no fornicamos —me susurró. Y luego añadió—; ¿Lo entiendes? Ahora vete a dormir. Estás castigado.
Me fui a mi cuarto y, literalmente, me desmayé sobre mi cama. Me desperté a las seis de la tarde, me duché y fui a la cocina a buscar algo de comer. Mis padres estaban en el salón viendo la televisión.
—Hijo, ya has crecido, ahora tienes que casarte. Y conozco a la chica perfecta para que sea tu esposa. Ella es de Ketama, son vecinos de tus abuelos y el año pasado falleció su padre. Le dejó muchas tierras, porque ella es hija única. Hijo, es la mujer perfecta para ti —me anunció mi padre, a lo que yo me negué. Apenas tenía dieciocho años, no tenía la edad para casarme.
—Papá, yo todavía soy joven para casarme.
—Yo me casé con dieciocho y con veinte vine a España acompañado de tu madre. Imagínate, éramos jóvenes y estábamos solos e indocumentados en un país del que no conocíamos ni el idioma —me dijo mi padre.
—Papá, yo no puedo casarme con una chica que no conozco —le manifesté casi en susurros, ya que me dolía la cabeza.
—Mira, si no te casas con quien yo quiero, no heredarás ni el restaurante ni la casa, hijo —me dijo papá cabreadísimo.
—Vale, me casaré —accedí, porque sabía que me desheredaría si no le hacía caso.
Le conté todo a Maria Ángeles, ya que siempre nos lo contábamos todo.
—¿Y conmigo que pasará? Ya me desfloraste y no me puedo casar. ¿Qué hago? Que sepas que soy gitana y me hiciste deshonrar a mi familia —me expresó llorando.
Estábamos en mi coche parados en un descampado y ella empezó a pegarme. Salí del coche para respirar y la tóxica me siguió. Iba a ser muy difícil romper la no relación que teníamos. Y yo no quería dejar de quedar con ella, así que debía buscar una manera para arreglar esto.
—Mira, yo soy musulmán, y los musulmanes tenemos más de una esposa —le dije en voz baja intentando persuadirla.
—El problema es que yo no soy tu esposa —me contestó gritando histérica.
—Amor, tú serás mi primer amor siempre, aunque no haya anillo. Además, yo estoy esperando que termines la universidad para ir a hablar con tus padres —mentí.
—¿En serio? —preguntó, creyéndose el cuento. Y luego añadió—; Pero no te casarás con nadie más. Aunque los árabes tengáis cinco esposas. Burak, tú eres mío y solo mío.
—Los hombres musulmanes solo pueden tener cuatro esposas. Y yo no seré solamente tuyo nunca, porque si no me caso, mi padre me desheredará —le expliqué con suma paciencia, intentando sonar persuasivo.
—Pues trabajaremos para ganarnos lo nuestro y así no necesitaremos el dinero de tu padre —dijo ella decidida.
—¿Dónde trabajaremos? ¿Venderemos en el mercadillo? —Quise saber cabreado.
A ella eso le ofendió y se montó en el coche. La llevé hasta su calle, hicimos el trayecto en silencio y, cuando bajó del coche, no dijo nada.
Ese verano, fuimos a Ketama, Marruecos, en coche y pasamos por Algeciras para ir en barco a Tánger. Una vez en Tánger, mi madre compró telas y joyas de oro para mi futura novia. También compró para esta perfumes, maquillaje y cosmética de la tienda de Yves Rocher. Una vez llegamos en coche a Ketama, nos paramos y compramos un ramo de flores. Al llegar al lugar donde vivían mis abuelos, los saludamos y luego entramos en su casa para descansar. Al día siguiente por la tarde, cogimos carretera hacia la finca de los padres de la chica con quien me casaría. Llegamos en cuarenta minutos.
—Esta finca tiene cincuenta y siete hectáreas, de los cuales siete conforman los establos, los corrales y la casa. Lo demás está todo cultivado —me explicaba mi madre llevando en la mano el ramo de flores que compramos. Vestía con una preciosa jilaba.
La casa de los padres de mi futura esposa era de barro, como la casa de mis abuelos, pero esta, a diferencia, tenía agua corriente. Al entrar a la casa, los hombres nos sentamos en el patio y las mujeres se sentaron dentro de los humildes salones. Pasamos la tarde conociendo a la familia de la chica. Llegó la noche y me llevaron a otra casa que estaba a unas dos hectáreas. La casa de planta baja era de barro. Al entrar, había un salón que tenía tres puertas: la primera daba a una cocina moderna y bien equipada; tras la segunda había un baño también moderno y equipado; y la tercera era la puerta del dormitorio, también equipado con muebles modernos.
Mi novia estaba sentada en la cama, a la tenue luz de la lámpara que había en la mesilla de noche.
—¿Se han ido todos? —me preguntó la chica, que vestía un kaftan blanco y tenía un velo blanco tapando su cabello.
—Sí —le respondí, tras lo que ella se levantó para acercarse a mí.
Entonces, me di cuenta de que estaba embarazada.
—¿Estás embarazada? —le pregunté.
—Sí. Creí que lo sabías —me dijo.
Samira, que es como se llamaba, era guapísima, aunque sus manos estaban dañadas por las tareas del hogar.
—Nuestro matrimonio no es válido. ¿Por qué no te casaste con el padre de tu criatura? —le pregunté con curiosidad.
—Falleció intentando cruzar el mar hacia España hace unos meses. Entonces, mi madre le preguntó a tus padres si estarían de acuerdo en que nos casáramos para que me protejas del que dirá la gente.
—¿Estabas casada con él?
—Sí. No iba a estar con un hombre sin estar casada —me afirmó ella.
—Entonces, haremos esto. Yo me iré y, después de que des a luz, nos casaremos —le dije. Luego, salí de la habitación, fui directo hacia el coche de mis padres y me quedé a esperarlos ahí.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó mi padre cabreado.
—Papá, he hablado con la novia y hemos acordado que nos casaríamos cuando ella de a luz.
—¿Está embarazada? —le preguntó estupefacto mi padre a mi madre.
—Sí, y su marido falleció cuando ella estaba de pocos meses. Fue cuando su madre le dijo a mi hermana lo que había pasado y mi hermana me preguntó si quería casar con ella a nuestro hijo —le contó mi madre.
—Hijo, no eres ni el primero ni el último que se casa con una viuda —dijo mi padre.
Sabía que, pasara lo que pasara, no me iban a dejar casarme con quien quería. Al mes siguiente, Samira tuvo a la criatura que esperaba, y mis padres y yo, que estábamos todavía en la casa de mis abuelos paternos, fuimos al hospital a visitarla.
—¿Eres el marido? Tu esposa ha sufrido un grave desgarro cuando estaba dando a luz a su tercer bebé. Así que no recomiendo que se quede embarazada de nuevo —me informó la doctora, confundiéndome con el padre de la criatura.
Estábamos en la puerta de la habitación del hospital y aún no habíamos entrado. Yo quise irme, pero mi madre llamó a la puerta y mi padre me cogió del brazo para obligarme a entrar.
—Salam wa alaikum —nos saludó la madre de Samira, que tenía en brazos a una diminuta persona. La recién nacida era niña.
—Wa alaikum Salam —dije yo.
Pasamos una hora sentados con Samira en el hospital. Ella era una mujer muy vergonzosa, además de guapísima. Tras asegurarse de que Samira estaba bien, mi madre se levantó, y esa era la señal para marcharnos.
Cuarenta días después, en la primera semana de septiembre, Samira y yo nos casamos de nuevo. No sé cómo, pero en los pocos días que pasé con Samira, me enamoré de ella.
Tras esos días, me tocó volver a España para empezar la universidad. Era octubre de 2006.
Una vez en España, empecé a ver otra vez a María Ángeles, la cual había empezado a estudiar con Hugo y conmigo Administración y Dirección de Empresas.
—Lo tuyo con M.A. va en serio, ¿eh? —preguntó Hugo casi burlándose de mí.
—No tan en serio —le contesté sin darme cuenta de que María Ángeles estaba detrás de mí sentada.
Ella se levantó y salió de la clase, y a mí me tocó seguirla. No sé por qué, ya que realmente no estaba enamorado de ella. Me gustaba Samira, mi mujer. Pero sentía que le debía algo a M.A. La seguí hasta donde estaba aparcado su coche, pero ella me ignoró. Así que cogí mi coche y la seguí hasta donde ella vivía.
Ella creía que no la iba a seguir a su casa, así que, después de que entrara a su casa, yo llamé a la puerta y me abrió su padre.
—Hola. ¿Qué se le ofrece? —preguntó el gitano, que era vendedor de mercadillo.
—Me presento. Soy el marido de su hija y ella hoy se ha enfadado conmigo. He venido para formalizar nuestro matrimonio y para que usted sepa que su hija es mía, señor.
—No bromee con estas cosas, chaval —declaró el gitano.
—Claro que no. Si quiere, llama a su hija y pregúntele —le dije sudando del miedo a que me rechazara.
—Usted es moro y sabe que en estas cosas no hay bromas. ¿Es verdad que nuestra hija se casó ya? ¿Con usted? —me preguntó la madre de M.A.
—Sí. Desde los dieciséis es mi esposa —le contesté.
—¿Y por qué no viniste antes? —me dijo la gitana.
—Porque quiero que María termine de estudiar. Y que termine la universidad —les expliqué.
—Haremos esto, nosotros hablaremos con nuestra hija y le preguntaremos si es verdad que es su esposa, y si lo es, no pasa nada, usted se puede quedar a vivir con nosotros hasta que esté económicamente estable y tenga su casa —propuso el padre de M.A.
—Gracias, señor —le contesté.
—De nada —se despidieron los dos padres de M.A. al unísono.
Me fui a mi casa y Hugo me llamó al móvil, pero yo lo ignoré. Las clases siguieron y yo seguí ignorando a Hugo. Un mes después, él se cambió de universidad. Cuando eso sucedió, M.A. y yo nos acercamos más y empezamos a sacar mejores notas.
—Por fin se fue quien creaba discordia y peleas entre nosotros. Encima quería conmigo —me confesó M.A.
Estábamos en mitad de una clase, así que no hice más que asentir, pero en cuanto salí de clase me dirigí solo a la casa de Hugo. Me abrió la puerta él y yo le propiné un puñetazo. Tras pegarle, me fui.
—No vale tanto como para que destruyas nuestra amistad—gritó Hugo.
—Eres un maldito maricón —le contesté.
—¿Pero qué os ha pasado si érais uña y carne? —me preguntó su madre desde el segundo piso.
Entonces, me paré y le contesté:
—Se insinuó a mi mujer.
—¿Hugo? Pero si es gay —me dijo su madre, y entonces entendí muchas cosas.
—Lo siento, Hugo, pero tú y yo no podemos ser amigos. Y no vuelvas a hablar con mi mujer.
—No lo hará, eso te lo aseguraré yo —me dijo su madre.
Me fui a casa y llamé a M.A. por teléfono, quien me dijo que sus padres querían que el domingo fuera a su casa para conocerme.
2 LOS GITANOS
El viernes, salí a dar una vuelta por la noche por el centro de Málaga. Las calles estaban llenas y me crucé con Carlota. De hecho, ella fue quien se chocó conmigo.
—Hola. ¿Qué tal? ¿Cómo te va? —me saludó ella nerviosa. Estaba pedo. Pero muy, muy borracha.
—Te puedo llevar a casa si quieres —me ofrecí.
Sabía perfectamente que Carlota, la hermana de Hugo, estaba loca por mí. Ella era dos años menor que yo, así que tenía dieciséis años. La llevé a su casa y ella me pidió que entrase. Entré y la acompañé a su cuarto. Después, ella se quedó dormida y yo me quedé buscando entre sus cosas toda la noche. Tenía mi nombre escrito en casi todos los lados y tenía varias fotos mías a lo largo del tiempo entre varios libros suyos. Carlota era muy culta y muy tierna, ¿cómo iba a gestionar lo que acababa de hacer? Y encima era la hermana del estúpido de Hugo.
En cuanto amaneció, sonó la alarma del despertador y yo me sobresalté.
—Buenos días —me dijo Carlota adormecida todavía.
—Buenos días. Me quedé solo para advertirte de que no le debes decir a nadie que nos vemos —le señalé, y ella asintió.
—Mi hermano se volvería loco —me dijo ella medio en broma.
—Me da igual tu hermano. La única que me importa es M.A, ¿vale? —le dije.
—¿No la dejarás?
—Al contrario, acabo de formalizar lo nuestro. Y estamos en nuestro mejor momento.
—¿Y por qué te metiste conmigo?
—Te deseaba.
—Entonces, ¿no nos veremos más?
—Si tu quieres, podemos vernos más. Yo no abandono a mis chicas. Y si tú quieres, solo la muerte nos puede separar —le declaré con mi voz más seductora.
—Bien, entonces nos estaremos viendo sin que tu novia se entere.
—Mejor es si nadie se entera —le dije al final, y luego me dirigí hacia la puerta para salir de su cuarto.
Bajé las escaleras y me encontré con la madre de Hugo y Carlota saliendo por la puerta de la cocina.
—Espera, te van a ver Hugo y mi marido —me susurró ella.
Entonces, me cogió del brazo y tiró de mí para ayudarme a salir de la casa por la puerta del salón.
—Gracias —le dije yo y me dirigí hacia mi coche.
—¿Desde cuándo estás saliendo con mi hija? —me preguntó.
—Qué va, señora, no salgo con su hija. Solo que ayer ella ingirió sustancias y yo decidí traerla a casa. Por cierto, yo estoy casado y respeto a mi mujer —manifesté a la vez que me montaba en mi coche.
La madre de Hugo y Carlota solo asintió y se fue. Yo arranqué el motor del coche y fui directo a casa. Mis padres estaban dormidos, así que no supieron cuándo entré a casa. Me dio tiempo de ducharme, rezar y ponerme el pijama antes de que mi madre me llamara para desayunar en familia.
—Papá, ¿puedo tener a más de una esposa, es decir, a cuatro? —le pregunté.
—Sí, siempre y cuando trates a las cuatro por igual y les des lo mismo —me contestó mi padre.
—Hay una chica que se llama Ibtisam. Quiero que te cases con ella —intervino mi madre, a lo que yo negué con la cabeza.
—Esta chica no tiene hijos, ni es divorciada —dijo mi padre.
—¿Por una vez no puedo elegir a mi mujer? —pregunté, y ellos dos negaron con la cabeza. Entonces, añadí—: Papá, mamá, tengo dos novias que son españolas. Una es gitana y la otra paya. No las voy a dejar y me quiero casar con ellas por el rito islámico algún día.
—Bien. Cásate con ellas para que te denuncien y entres a la cárcel —espetó mi madre.
—Qué va, ellas no me harán eso. Me quieren y me son leales —les dije.
—Bien, hijo, si estás enamorado, ¿qué vas a hacer? Cásate con ellas y luego cásate con Ibtisam —me dijo mi padre a la vez que me guiñaba un ojo.
Mi padre se levantó para ir a trabajar y me quedé solo con mi madre. Eran las diez de la mañana. Mi madre estuvo toda la mañana diciéndome que era un mujeriego y que no podía tener a cuatro esposas.
Al día siguiente, fui a comer a la casa de M.A. Al llegar a su casa, me abrió la puerta su hermano menor de once años. Sus padres habían puesto la mesa en el jardín de atrás de la casa, aprovechando las pocas horas de sol de ese día.
—Hola, yerno, siéntate aquí, por favor —me ofreció el padre de M.A., que estaba sentado encabezando la mesa.
Me senté a su derecha como me indicó y luego empezamos a hablar. Me preguntó en qué trabajaba y yo le contesté que mi padre tenía un restaurante.
—¿Y ayudas a tu padre en el restaurante? —me preguntó.
—No. Mis padres quieren que estudie. Y hasta que no termine de estudiar, no quieren que trabaje —contesté.
—Eso es bueno, pero también deberías aprender a llevar el negocio de tu padre — expuso el padre de M.A., quien se llamaba Sebastián.
—María Ángeles me dijo que vosotros sois dueños de varios puestos de mercadillo, y que queréis que os ayude —le dije, y él asintió.
—Sí, es así, pero como tú no quieres que trabaje, no trabajará —anunció él, a lo que yo asentí.
La madre de M.A., que se llamaba María Concepción, puso la paella en el centro de la mesa y María puso el bol de cristal con la ensalada al lado. Nos servimos la comida, que hoy era halal por mí, y comimos mientras conversábamos. Al parecer, a los padres de M.A. les caía bien. Y, antes de irme, me invitaron a pasar los días festivos de las Navidades con ellos.
Me fui a mi casa y, al revisar mi móvil, encontré una llamada perdida de Carlota. Así que le llamé yo.
—¿Quieres venir a cenar hoy conmigo? —le pregunté.
—Claro —respondió ella.
—Pues te recojo en dos horas.
—Vale.
Me duché y me vestí elegante, acorde al restaurante que íbamos a visitar. Y luego llamé a Samira. Era la primera vez que hablaría con ella después de volver a España.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—Bien. Tu madre me dijo que querías tener cuatro esposas. Y, bueno, que te vas a casar con Ibtisam y dos chicas de España —me informó ella.
—¿Estás de acuerdo con que me case más veces? —pregunté.
—Sí. Estoy de acuerdo —contestó Samira.
—Gracias. Bueno, espero que estés bien y que tu madre y tus tres hijas estén bien. Ah, Samira, que sepas que mi primera esposa no eres tú, sino una chica española.
—Sí, eso me dijo tu madre. Bueno, no pasa nada, pero llámame más a menudo.
—Claro que sí. Bueno, ahora voy a salir a hacer unas cosas. Te voy a colgar la llamada —le dije y me empecé a sentir ansioso, ya que la echaba mucho de menos.
—Vale, bien, cuelga. Nosotras estamos y estaremos bien. Que Dios te proteja —se despidió ella.
—Y a ti, reina, que eres una reina.
Le colgué el teléfono y luego salí para ir a recoger a Carlota.
Carlota me esperaba al lado de la puerta de su casa vestida con una minifalda vaquera, una camiseta de tirantes y encima llevaba puesta una chaqueta vaquera.
—Cámbiate de ropa, vamos a un buen restaurante —la informé en cuanto se montó en el coche.
—Bueno, ¿y qué me pongo? —preguntó confundida.
Yo me quedé pensando y luego decidí entrar con ella a hurtadillas a su casa. Le elegí lo que se pondría y luego volvimos al coche.
La noche pasó muy amena. Apenas hablamos, pero sentía que me entendía con ella en todo. Tras cenar, la llevé a la puerta de su casa.
—Por favor, no consumas alcohol, drogas y no fumes —le pedí mientras ella salía de mi coche. Y ella asintió.
Me fui a mi casa y llamé a Samira otra vez para hablar con ella un rato más.
Al los días siguientes, cogimos las vacaciones de Navidad y fui a la casa de M.A. en Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Reyes. Conocí a toda su familia y sus padres me presentaron como su esposo a todos los presentes. De hecho, la familia de M.A. nos hicieron un montón de regalos a los dos. Uno de los regalos era una sesión de fotos vestidos de novios. Nos hicimos la sesión de fotos unos días después, justo en la segunda semana de enero de 2007.
—María Ángeles, estoy saliendo con Carlota, la hermana de Hugo —le confesé cuando regresábamos a casa de la sesión de fotos.
—Que sepas que odio a esa gente. ¿Y tú me haces eso? —me dijo ella enfadada.
—Simplemente surgió —le dije, y ella asintió sin decir nada más.
—Estás jugando con fuego y te quemarás en el infierno. He decidido hacerme musulmana, y no cometeré más pecado contigo. Si no estamos casados de verdad, no hay más nada.
—Bien, entonces haré las cosas correctamente —le aseguré y, por una vez, estaba siendo absolutamente sincero.
Llegué a casa, me purifiqué y recé. Y luego le llamé a Carlota.
—Carlota, ¿te quieres casar conmigo? —le pregunté sabiendo que se iba a negar en rotundo.
—No —respondió ella.
—Carlota, no podemos seguir viviendo en pecado. Lo siento mucho.
—Pues podemos salir sin cometer ningún pecado.
—Lo intentaremos —le dije.
—Bueno, te cuelgo que tengo que ir a hacer mis deberes.
—Si no supiera que me quieres, creería que tienes a otro —le comenté celoso.
—¿Qué pasa si tengo a otro? —me preguntó.
—Pasa que te dejaría para siempre —le contesté.
—No te preocupes, tóxico, que no tengo a nadie. Adiós.
—Adiós —ldije y le colgué.
