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Waris es una chica huérfana de padre que se siente inadaptada en el mundo porque es mestiza y además sufre de esquizofrenia. Mientras que Fahad viene de una familia ideal árabe, quiere ser como su hermano mayor y ayudarla a superarse.
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Seitenzahl: 230
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Farah Mohamed
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1068-120-0
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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«El amor, a veces, es como las drogas. No te quitas».
Prólogo
El amor verdadero es cuando todavía amas a una persona aunque no la veas. Es cuando la mencionas en tus súplicas y rezos. Es cuando lloras por esa persona mientras le hablas a Allah por ella. Es cuando aún después de todas las angustias le deseas lo bueno y felicidad. El verdadero amor es amar a distancia y esperar a que dios os junte en matrimonio. El verdadero amor no son las relaciones extramatrimoniales. El amor verdadero es amar a través de Allah.
Capítulo 1. Orígenes
Zulekha era la tercera hija de Mimunt y Ahmed, después de Abdellah y Abdeljebar. Nació en 1951, en primavera. Su madre no recordaba si fue en marzo o abril. Pero en su documento ponía que fue el 11 de abril. Mimunt y Ahmed eran campesinos. Dueños de diez hectáreas de tierras donde cosechaban un poco de todo y criaban vacas, ovejas, cabras y gallinas. Los dos solían ir al mercado cuatro días por semana a vender lo que cosechaban, además de huevos, leche y quesos frescos. Tras Zulekha, Mimunt y Ahmed tuvieron una hija más, que se la llamó Rahma. Cuando no iban a la escuela de la mezquita para aprender a leer y a escribir, tanto Zulekha como sus tres hermanos ayudaban a sus padres en las tareas del campo y las tareas domésticas. Ellos, según sus padres, debían de aprender para que, de mayores, pudieran ser útiles en el campo.
En 1959, se casó Abdulah, quien tenía diecisiete años en aquel momento. Su esposa era hija de los vecinos. Ellos dos se fueron a la ciudad a vivir y se llevaron con ellos a Zulekha y Rahma, quien querían estudiar. Una vez Zulekha y Rahma terminaron su secundaria y el equivalente marroquí del Bachillerato se fueron las dos solas a Fez a estudiar una carrera universitaria. Eligieron las dos la carrera de Corte y confección. Tras terminar sus estudios, ambas se fueron a Tánger, donde había trabajo. Tras meses trabajando, Rahma conoció a un hombre que le pidió matrimonio. Así que las dos regresaron a casa de sus padres para la boda de Rahma. Tras la boda, regresaron a Tánger; Rahma fue a vivir a la casa de su esposo y Zulekha se quedó viviendo sola en la casa que antes solían alquilar las dos hermanas. Pasaron los años y Zulekha no obtuvo ninguna oferta de matrimonio decente. En 1984, Zulekha y Rahma cerraron su taller de costura porque ya no se entendían. La razón era que la única que trabajaba ahí era Zulekha y Rahma se tenía que llevar la mitad de los ingresos.
Así que Zulekha fue a vivir a castillejos, Tetuán. Y se sacó el pasaporte. Su idea era pasar a Ceuta para buscar trabajo ahí. Y lo encontró. Trabajó cuidando una anciana durante seis años. En enero de 1990, esa anciana falleció y Zulekha perdió su trabajo. En abril de ese mismo año, una mujer llamada Rebeca llamó a Zulekha por teléfono y le preguntó si quería cuidar a su anciano tío, de sesenta y siete años. Zulekha aceptó.
Tras un mes trabajando para Rebeca cuidando a su tío José, Rebeca le preguntó a Zulekha si quería casarse con su tío solo para que le dieran la nacionalidad española. Zulekha estuvo de acuerdo. ¿Quién no lo estaría?
En 1994, dieron a Zulekha la nacionalidad española. Y Rebeca le ofreció acompañar a su tío a Málaga, donde se quería ir a vivir. José ya tenía en Málaga una finca, pero la verdadera razón por la que se quería mudar ahí era para estas más cerca de sus trece hermanos. La casa de la finca de José era enorme. Tenía ocho habitaciones en la segunda planta y en la primera varios salones y una biblioteca enorme con primeras ediciones. Todo estaba pintado de blanco con acabados dorados. Parecía un palacio. Bueno, lo era. José empezó a vigilar a Zulekha de una forma muy machista. Zulekha, al principio, creía que era porque no quería que Rebeca siguiera controlando su vida. Que el hombre quería un poco de libertad. Así que le ocultó a Rebeca que su tío se compró un apartamento en un edificio de nueva construcción en el centro de Málaga que daba a la playa.
José no era de hablar mucho, pero le contó a Zulekha que, aunque tuvo amantes, nunca hijos. Tras varios meses, Zulekha quedó embarazada y decidió ocultárselo a todos. Incluso a José. Cuando ya se le notó la barriga José, sabiendo que era suyo, la llevó al piso de Málaga, la dejó ahí y le prohibió visitarle en la finca. Cuando Zulekha dio a luz en el Hospital de Málaga un trece de mayo de 1995, José fue a visitarla. Tras la salida de mi madre y mía del hospital, José se fue a una mezquita y se convirtió al islam. Y pasó a llamarse Salah. Fue el regalo más bonito que le hizo a mi madre.
Tanto Rebeca como el resto de la familia de mi padre no sabían que mi madre seguía en la vida de mi padre o de que yo, Waris, existía. Pasados cuatro meses, mi madre se sintió enferma y fue al hospital conmigo porque no tenía con quién dejarme. Los médicos le hicieron varias pruebas para determinar que estaba otra vez embarazada. Mi madre volvió a casa y le dijo a José lo que le pasaba, así que este le propuso ir a Xerta, Tarragona, Cataluña, España. La razón era que no quería que su familia se enterase de nuestra existencia. La propiedad que compró en Xerta era un terreno de diecinueve hectáreas con cinco edificios, los cuales quería convertir en un hotel, un restaurante, un balneario árabe, una tienda y un garaje de tres plantas para los coches de los clientes. La otra propiedad que compró en Xerta era una casa de dos plantas con cinco dormitorios que tenía garaje y jardín enorme con piscina. La casa estaba cerca de un colegio y de un instituto.
—José, si no me dices por qué huyes de tu familia, nos divorciaremos —le dijo mi madre a mi padre, dándole un ultimátum.
—Digamos que es porque tengo mucho dinero y, si me caso y tengo descendencia, ellos no heredarán nada.
Mis padres se quedaron en Xerta hasta que nació mi hermana. Tres meces después, mi padre fue a Ceuta para arreglar unos asuntos que tenía pendientes.
—Si yo muero, no vayas nunca a donde está mi familia. No les digas dónde vives —le dijo mi padre a mi madre al regresar de su viaje.
Luego, José le contó cómo lo trató Rebeca al reencontrarse con él.
—Primero, me regañó como si yo fuera un niño. Luego, me trató de cambiar la medicación para mandarme al otro lado antes de tiempo —explicaba.
En 1998, se terminó la obra en la finca de Xerta y se inauguró el hotel balneario de mi padre. Este también le compró una tienda a mi madre no muy lejos de casa y se la equipó con la maquinaria necesaria para un taller de costura. Mi madre inauguró su taller y nos llevaba a trabajar con ella. Nos ponía a cada una en una de esas cunas de viaje. Mi madre confeccionaba ropa europea y marroquí a la carta para sus clientas. Lo que más confeccionaba eran vestidos occidentales. En 1999, mi padre fue a Málaga y sus hermanos pelearon con él porque descubrieron de que tenía dos hijas secretas que heredarían todo su patrimonio. A mi padre, simplemente, le dio un infarto y falleció en Málaga. Su familia lo enterró. Mi madre no se enteró hasta unos meses después, cuando fue a matricularme en el colegio y encontró que el libro de familia no le valía. Cuando fue al registro para preguntar por qué le dijeron que era porque en él no constaba que mi padre había fallecido. A mi madre se le cayó el mundo encima al enterarse, pero se mantuvo fuerte porque ya sabía que pasaría. Mi padre era un anciano y tenía que ocurrir.
Unos meses después, el abogado de mi padre vino a la tienda de mi madre y le dijo que era la única heredera. Mi madre recibió en aquel entonces la herencia, que eran propiedades y dinero. Mucho dinero. El mismo abogado le dijo a mi madre de que no fuera a visitar o encontrarse con la familia de mi padre. Y que mejor los evitara.
Yo no tenía muchos recuerdos de mi padre. Y mi hermana menos. Pero teníamos muchas fotos de bebés con él. Mi hermana se parecía a mi padre, tenía sus mismos ojos azules y sus rasgos, pero había heredado de mamá el pelo castaño rizado. Yo también tenía el pelo castaño, pero no tan rizado. Y mis ojos eran negros, aunque mis rasgos también eran de mi padre.
Capitulo 2. Infancia.
Mis primeros recuerdos son de cuando tenía seis años. Mi madre nos recogía del colegio y nos llevaba a casa a comer. Luego íbamos con ella al taller. Nosotras nos quedábamos en la salita de descanso que había en la segunda planta del taller. Veíamos películas de niños mientras ella trabajaba. Sí, mi madre trabajaba porque, aunque tenía dinero, a ella le gustaba trabajar en el taller creando vestidos. Eso sí, la finca con el hotel la había alquilado, ya que no sabía cómo administrarla. Mi madre ganaba seis mil euros solo de ese alquiler. Y de su taller trescientos sesenta euros al día que, al mes, eran unos nueve mil euros.
Recuerdo que, ese mismo verano, mi madre decidió cerrar su tienda de vestidos e ir a Marruecos a visitar, por primera vez, a su familia después de tantos años. Obviamente, nos llevó con ella. Primero fuimos a Tánger a visitar a tía Rahma y luego a Alhucemas, donde nos encontramos con nuestros ancianos abuelos. También conocimos a nuestros tíos Abdullah y Abduljebar. El tío Abdullah tenía dos hijos y una hija y todos eran ya mayores y casados. Y el tío Abduljebar tenía una hija bebé. Nos hospedamos en un hotel del centro de la ciudad.
—Hermana, ¿cómo se llamaba tu marido? —le preguntó un día Abdullah.
—Salah Mohamed —mintió mi madre.
Ella nos había explicado que para los marroquíes era vergüenza casarse con españoles, por eso debíamos mentir a nuestros tíos.
Durante nuestra estancia en Marruecos, mi madre nos compró todo lo que quisimos. Y también adquirió una casa rodeada de un terreno de tres hectáreas. Y le dejó dinero a su hermano Abdullah para que la reformara. De hecho, él le sugirió a mi madre derrumbarla y reconstruirla. Mi madre aceptó y nos dijo que el año siguiente nos quedaríamos en la casa nueva de Alhucemas. Pocos días después, regresamos a Xerta, Tarragona. De Marruecos habíamos traído todo lo que le habíamos pedido a nuestra madre que nos comprase. Además, se trajo para ella, un montón de cosas que no sabíamos por qué había comprado. Días después de llegar a España, regresamos al colegio.
Recuerdo que en el colegio se reían de nosotras por ser hijas de una mora, como ellos decían a mamá. También se reían porque mi padre era anciano y por ser un poco lenta en los estudios. Y por mi físico, aunque yo para nada era gorda ni delgada. Me creó un buen problema el acoso escolar. Me odiaba a mí misma. Y terminé yendo al psicólogo, luego al psiquiatra, quien me diagnosticó ansiedad infantil. A mi hermana le daba todo igual o era realmente fuerte porque no le pasó lo mismo que a mí. Ella estaba bien, a pesar de todo.
Al verano siguiente, fuimos también a Marruecos, Alhucemas. Esta vez nos quedamos en nuestra nueva casa, que era preciosa. Por dentro, al entrar, era un riad con un patio en el centro y una fuente, macetas con árboles alrededor de la fuente. Tenía en la planta baja dos salones, un comedor, una cocina y un baño. Y en la segunda cuatro habitaciones con su baño. Ese verano fuimos con mis tíos a Fez, Meknas, Marrakech y al Sáhara. La arena era increíble. Y mi madre, como el verano pasado, nos compró un montón de cosas.
En septiembre, volvimos a Xerta para empezar el colegio. Los niños, al vernos morenas, empezaron a reírse de nosotras. Yo no lo soportaba más. Y, encima, los niños no eran los únicos que se reían de mí. Los profesores también lo hacían. Siempre bromeaban sobre mi falta de atención o sobre mi lentitud. Y eso me convertía en motivo de burlas. El grado de acoso por parte de los profesores era tal que no me dejaban ir a las excursiones con los demás niños. Yo, realmente, me sentía agobiada. Llegó un momento en el que yo ya estaba acostumbrada al acoso y a los motes ofensivos e incluso a los golpes. Cuando terminé sexto de primaria, yo tenía doce años y me daba pavor empezar la secundaria por el motivo del acoso.
En septiembre de 2007 empecé primero de la ESO. Entré por la puerta del instituto con miedo. Me dirigí a clase sin mirar a nadie y sin hablar con nadie. En el aula me senté en la última fila. Sola e intentando que mi existencia no molestase a nadie. Entonces, los alumnos de la clase, que no eran los mismos que los del colegio, empezaron a tratar conmigo normal. Yo me asusté, creía que se burlaban de mí. Pasó una semana y no hubo ningún insulto hacia mí. Tampoco burlas, vejaciones, amenazas o golpes. Y me solían prestar el bolígrafo cuando el mío se estropeaba o dejaba de pintar.
Había un chico en especial que era muy amable conmigo y se llamaba Iván. Él era guapísimo y a todas nos gustaba. No pasaron ni diez días de clase cuando a la tutora se le ocurrió usar las horas de tutoría de la semana, que eran cuatro, para ponernos al tanto de las profesiones que había y qué debíamos estudiar para ejercerlas. De hecho, se le ocurrió invitar a estudiantes de esas profesiones para que nos compartieran sus experiencias. La primera profesiones que nos presentaron fue Medicina y sus ramas y Enfermería.
—¿Por qué no te metes a estudiar Enfermería? —me preguntó Gérard. Que era uno de mis amigos en la clase.
—Porque es difícil. Yo no voy a estudiar una carrera, ¿sabes? Para mí es muy difícil —le expliqué.
—Pues yo estudiaré contigo esa carrera y te ayudaré a aprobar. Te lo prometo —me dijo con sinceridad absoluta.
—Bueno si apruebo la ESO y Bachillerato, ¿por qué no? —le dije al final y el asintió con una sonrisa.
Gérard era guapo, pero a mí me gustaba Iván, que no sé qué tenía, pero me atraía como un imán. Y copiaba todo lo que él hacía para sentirme cerca de él y, al mismo tiempo, disimulaba al máximo mis sentimientos para que nadie se diera cuenta.
Las siguientes profesiones que nos enseñaron fueron el grupo de las ingenierías. Y vinieron como quince alumnos a explicar de qué trataba cada una que existía.
—¿Qué tipo de profesión queréis estudiar vosotros? ¿Y qué profesiones queréis que veamos la semana que viene? —preguntó la profesora.
—Quiero ser piloto comercial —dijo Iván.
—Yo quiero ser policía —dije cuando la profesora me señaló.
—Yo quiero estudiar algo relacionado con la rama de la salud —dijo Gérard.
—Yo quiero ser maestra —dijo Marina.
—Bueno, la semana que viene veremos todo eso —dijo la profesora antes de salir de la clase.
En las dos primeras clases de la siguiente semana vimos las profesiones de Farmacia, Parafarmacia y Odontología. Y en las terceras nos visitaron policías y guardiaciviles para explicarnos cómo acceder al cuerpo. En la cuarta clase, la profesora se lució trayendo a un alumno de la escuela de aviación de Barcelona para que nos explicará cómo accedió, qué asignaturas tenían, cuántos años eran y cuánto se cobraba por el trabajo que se ejercía. El muchacho que vino esta vez era delgaducho, alto, moreno, con pelo largo recogido en una cola y feo. Muy feo.
—Me llamo Fahad Ibn al Muhandis. Y tengo dieciocho años —se presentó.
—Fahad, empieza a describir la carrera en la que estás ahora y diles a mis alumnos cuánto esfuerzo te costó entrar a ella —dijo la profesora.
El joven empezó a hablar describiendo su carrera y su experiencia con esta. Terminó explicando de la nota de corte.
—¿Tenéis alguna pregunta? —dijo Fahad al final.
Iván era el único que le hizo preguntas, una tras otra, hasta llegar a cuarenta. El tipo se mostró al final algo borde con él, ya que este último estaba exagerando un poco.
—¿Me das tu email de contacto? —le preguntó Iván al final.
—Solo si tu profesora lo cree oportuno —le contestó Fahad.
—Sí. Dáselo —dijo la profesora.
Entonces el chico le escribió el email de mala gana en el papel y se lo dio a Iván.
—¿Me lo das también a mí? —pregunté. Si Iván se metía en esa escuela de aviación, yo también lo haría. No importaba nada más.
—¿En serio tú te quieres meter en la escuela de aviación? —me preguntó Fahad con cara de pocos amigos.
—Sí —dije con firmeza.
Fahad se acercó a mí a darme el papelito con el email. Y luego, al volver a su sitio, le dijo algo a nuestra tutora en el oído. Ella me miró con terror y luego me dijo:
—Waris, estás castigada y no te muevas de tu sitio. Los demás pueden salir al patio, que ya es la hora de Educación Física.
Yo empecé a llorar y todos salieron al patio, menos Gérard, Marina y yo. Fahad decidió salir al pasillo para esperar a nuestra tutora ahí.
—Profesora, ¿por qué castigas a Waris? Ella no hizo nada —dijo Gérard.
La profesora decidió echar a este de la clase. Y Gérard salió tras disculparse conmigo.
—¿Estás bien, Waris? —preguntó la profesora.
—¿Qué hice para que me castigues? —pregunté.
—Nada. A ver, te explico. Hay algo que le baja a las mujeres y a ti te bajó hoy —dijo ella y yo me miré los pantalones. No tenía nada, entonces me levanté y en la silla había sangre.
—Pero ¿qué es esto? —dije asustada.
—La regla —dijo Marina manteniendo la calma.
—Lo que le baja a las mujeres todos los meses durante una semana. —Me volvió a explicar la profesora. Y yo le agradecí que hubiera echado a los demás alumnos de la clase.
—¿Por qué no me das el número de teléfono de tu madre para que yo la llame desde secretaría y que te traiga ropa? —dijo Marina.
Yo le di el número de mi madre y me quedé sentada en la silla hasta que vino mamá. Mi madre me trajo una muda de ropa. Y ropa interior limpia, bragas y toallitas húmedas de bebé para limpiarme. Salieron la tutora y Marina del aula cerrando la puerta tras ellas y yo me quedé sola con mi madre, que se encargó de limpiar mi silla mientras yo me cambiaba de ropa. Mi madre me explicó qué era la menstruación. Y me dijo que me cambiara de compresa regularmente. Me dijo también que cuando me viniera la menstruación no se debía de enterar nadie. Y que tuviera cuidado de que se me manchara la ropa. Cuando empecé a llorar, mi madre me dijo que la menstruación les venía a todas las chicas de mi edad y que lo anormal sería no tenerla, ya que es propia de una mujer.
Los demás alumnos de mi case volvieron de la case de Educación Física que se daba en el patio o en el gimnasio del instituto y me preguntaron cuánto más iba a estar castigada. Me decían que la profesora fue injusta conmigo.
—En realidad, ya no va a estar castigada, fue solo hoy —dijo Marina intentando evitar más preguntas.
Las demás clases fueron lentas y agradecí cuando sonó la campana para irnos a casa. En cuanto salí por la puerta del instituto me agarró la mano de Iván y tiró de mí hasta un sitio apartado de la gente que había en la puerta del centro. También estábamos lejos de la Policía. Yo, por un instante, pensé que me diría algo bonito.
—Deja de mirarme así —me dijo él, a la vez que me propinaba una bofetada.
Luego me empezó a pegar patadas. Y luego una chica de la otra clase me cogió de los pelos y me tiró al suelo. Entonces, los dos empezaron a pegarme patadas. Cuando terminaron conmigo, tenía un ojo hinchado y moratones por todo el cuerpo. Se escaparon porque vieron a mi tutora acercarse.
—¿Estás bien? —me preguntó la tutora.
—¡Mamá! —Lloriqueé yo.
—Está aquí. Lo siento, Tere, pero la vi pasando con su coche y le dije que viniera a ver qué es lo que hicieron con su hija —dijo Fahad a mi tutora llamándola por el diminutivo de su nombre de pila. A su lado estaban mi madre y mi hermana. Aunque el instituto y el colegio estaban cerca de mi casa, mi madre siempre nos llevaba y nos recogía. Primero a mi hermana y luego a mí.
—Hija, ¿por qué dejaste que te hicieran esto? ¿Es que no te sabes defender? —me dijo mi madre llorando.
—¿Te puedes levantar? Mamá, deberíamos denunciarles —dijo mi hermana.
Entonces, mientras mi madre llamaba a la Policía y mi tutora Teresa a la ambulancia, Fahad me ayudó a levantarme. Vino la Policía y la ambulancia y me llevaron al hospital. Luego, cuando la Policía obtuvo el parte médico de las lesiones, me llevaron a la comisaría en el coche patrulla. Detrás estaba el de mi madre, Teresa y Fahad. Una vez en comisaría, hicimos la denuncia y Teresa facilitó el nombre de los dos alumnos del centro que me pegaron. Luego, mi madre nos llevó a casa. Estuve una semana completa sin ir a clase y, cuando volví, ya no estaban ni Iván ni la chica esa, que se llamaba Claudia. El director del instituto los había echado a los dos permanentemente del centro. Además de que el juez les puso una orden de alejamiento. Es decir, por ley tenían prohibido acercarse a mí.
Mi vida, otra vez, estaba perdida. Me sentía sin ganas de nada y tenía un fuerte dolor en el pecho. Era desamor. Decepción. Tenía el corazón roto. Y no habíamos terminado ni el segundo mes de mi primer año de instituto. «Muy bien, Waris», pensé.
Abrí mi email para chatear con los chicos de mi clase y me encontré con un mensaje de Fahad preguntándome cómo estaba.
—Estoy bien, he regresado a clase.
—Si no fuera por Teresita, les habría partido las piernas a los dos —contestó Fahad.
—No puedes. Porque te ganarías antecedentes penales y eso afectaría a tu carrera—le dije.
—Mmm —me respondió él.
—Mi tutora Teresa, ¿qué es, tu pareja? —pregunté yo con curiosidad.
—¿Y a ti qué te importa? Quiero decir, eso es privado —respondió él.
—Discúlpame, solo era curiosidad. —Le escribí cabreada.
—Tienes que aprender disciplina y a ser fuerte. Te ayudaría apuntarte a clases extraescolares e ir al psicólogo.
—Mi madre me va a apuntar a clases particulares en una academia. Iré de cuatro a seis de la tarde. Luego, a clases de Inglés en otra academia de seis a siete. Empezaré el mes que viene y no me dará tiempo de más clases o de ir al psicólogo. —Le escribí.
—¿Por qué no haces boxeo de siete a ocho y luego vas de ocho a nueve a natación? Créeme que la natación y el gimnasio te irán bien. Aprenderás disciplina y a centrarte en ti misma. Y luego puedes ir en hora de tutoría al psicólogo dos horas por semana. Que te lleve tu madre. Créeme, sigue mis consejos o te volverás loca por tanta mierda. —Me escribió.
—Bueno, lo pensaré —le contesté. Sabía que mi madre no iba a estar de acuerdo con estar llevándome todo el día de un lado para otro y sin coche no iba a llegar a la hora ni de coña.
—Hija, ¿por qué estas tan callada? —me preguntó mamá durante la cena.
—Bueno, me dijeron que me apuntara a actividades extraescolares, pero creo que no puedo porque no tienes tiempo para llevarme —le contesté.
—Sí tengo tiempo. Ya sabes que he contratado a unas muchachas llamadas Suad y Najma. Ellas se quedarán en mi tienda mientras yo me ocupo de vosotras. Te llevaré al psicólogo dos veces por semana, en dos de tus cuatro horas de tutoría. Luego irás a particulares, a clases de idioma, de algún deporte que elijas y a natación. Es lo que me aconsejó tu tutora Teresa. Y me dijo que hicieras taekwondo o boxeo. ¿Tú cuál eliges? —dijo mi madre, harta de que siempre me pegaran.
—Elijo boxeo —dije. Y la elección no la hice yo, sino Fahad.
Empecé todas las clases extraescolares el primer día hábil del mes que entraba. Boxeo lo tenía todos los días, pero natación solo tenía tres días por semana, así que me apunté esos dos días restantes a clases de Danza del vientre con mi hermana. También me apunté a clases de Teatro e interpretación, que eran los sábados por la mañana, a las que iba con mi hermana. Wisal era más lista que yo y para no acabar rendida no se apuntó a lo loco a las clases extraescolares. Ella solo iba a particulares, a Danza y a Teatro.
Cuando llegaron las notas del primer trimestre, tuve miedo de ir con mi madre a recogerlas. Ya que me quedaron todas las asignaturas. Mi madre llegó a casa enfurecida y me regañó. Pero el enfado se le pasó rápido. Durante las vacaciones de invierno descansé mucho, quedándome en casa sin salir. Mi hermana salía todos los días a jugar delante de la casa con sus amigas. Yo solía salir a veces un rato con ellas, pero rápido me aburría.
—Hola —le dije a Fahad por email.
No me respondió. Al principio, pensé que era porque pasaba de mí. O porque yo era pegajosa y algo que evitar. Me sentía fatal por saludarlo. Quería borrar ese mensaje, pero pude. Pasaron los días y las aburridas, pero necesarias vacaciones.
Empecé las clases y no me ponía al día con ninguna. «Este trimestre también voy a suspender», pensaba a cada rato. Algo que mi psicóloga me decía que no dijera y que fuera positiva. El siguiente sábado por la tarde, tras empezar las clases, me conecté en Messenger desde el ordenador de mi casa que solo usábamos mi hermana y yo. Y encontré un mensaje larguísimo de Fahad.
«Querida Waris. Siento responderte tan tarde, pero estaba en Arabia Saudita en casa de mis padres y ahí no podía conectarme a Messenger. Espero que estés bien. Teresita me dijo que estabas un poco estresada porque tenías el día muy ocupado y las clases extraescolares no te relajaban. Mi consejo es que no seas negativa. Intenta estudiar los temas desde el primer día. Y, cuando hagas deporte, recuerda que es para relajarte y no para estresarte más. Intenta hacer ejercicios de matemáticas, aunque no te los manden, así aprenderás a ser más ágil en esa materia. Y, por favor, cuéntale todos tus miedos a tu psicóloga. Confía en ella, te ayudará. Bueno, Waris, estamos en contacto».
Ese trimestre no sé cómo paso. El tiempo volaba. Y yo, al seguir el consejo de Fahad y estudiar desde el primer día, empecé a aprobar todo. También mejoré mucho en el gimnasio. Aunque el entrenador solo me ponía a hacer cardio. Me decía que era por donde se empezaba. Me empezó a ir mejor en natación y ya no tenía miedo de ahogarme a cada rato. En danza no me fue mejor, así que estuve a punto de abandonar y el teatro descubrí que era una de mis pasiones. Se me daba genial. El día que mi madre cogió las notas del segundo trimestre y las vio, le cayeron lágrimas de la felicidad. Era la primera vez que aprobaba todo.
Llegó el cuatro de abril, el cumpleaños de mi hermana, y mi madre decidió que este año lo celebraríamos. Mi madre nunca nos celebró el cumpleaños porque decía que era haram (ilícito) en el islam, pero no sé porque este año le dio por celebrar los nuestros.
El cumpleaños de mi hermana se celebró en un café que tenía una piscina de bolas y una bolera, además de un parque para niños. La temática de la fiesta fue la sirenita. A mi hermana le hicieron unos ciento cincuenta regalos porque mi madre invitó a casi doscientas personas. Los regalos más bonitos se los dio Fahad. Que le trajo un colgante de oro con su inicial, un ramo de flores y una Barbie.
