La vida en el laboratorio - Bruno Latour - E-Book

La vida en el laboratorio E-Book

Bruno Latour

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Publicado por primera vez hace más de cuarenta años en colaboración con Steve Woolgar, La vida en el laboratorio es la primera obra de Bruno Latour y el esbozo inicial de lo que más tarde daría forma a la Teoría del Actor-Red. Fruto de dos años de investigación etnográfica en el laboratorio de neuroendocrinología del Premio Nobel Roger Guillemin en el Salk Institute, este libro fundacional sentó las bases de las nuevas tendencias en los estudios de la ciencia. A partir de una mirada antropológica, Latour y Woolgar ponen en jaque las concepciones tradicionales de la investigación científica para someter a su juicio al "hecho científico" y definirlo, desde un enfoque constructivista, como el "producto" de las complejas relaciones que establecen entre sí el conjunto de prácticas, instrumentos e instituciones que conforman el ámbito científico. Ahora, cuando la ciencia se entrelaza cada vez más con nuestro día a día a través de la omnipresente amenaza del colapso climático y las diversas tendencias negacionistas y anticientíficas, pero también del ecofascismo, parece más necesario que nunca volver a los postulados de Latour para comprender la necesidad de un mundo común que sea capaz de mantener la potencia de los hechos sin dejar de denunciar sus intereses y sus riesgos.

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Seitenzahl: 539

Veröffentlichungsjahr: 2022

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BRUNO LATOUR Y STEVE WOOLGAR

LA VIDA EN EL LABORATORIO

La construcción de los hechos científicos

Traducción de Eulalia Pérez Sedeño

ÍNDICE

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN, por Jonas Salk

1. DEL ORDEN AL DESORDEN

El observador y el científico

Lo social y lo científico: El recurso del participante

Lo social y lo científico: El dilema del observador

La «antropología» de la ciencia

La construcción del orden

Materiales y métodos

La organización de nuestra tesis

2. UN ANTROPÓLOGO VISITA EL LABORATORIO

La inscripción gráfica

La cultura del laboratorio

Artículos sobre neuroendocrinología

La «fenomenotécnica»

Documentos y hechos

La lista de publicaciones

Tipos de enunciados

Transformación de tipos de enunciados

Conclusión

3. LA CONSTRUCCIÓN DE UN HECHO: EL CASO DEL TRF(H)

El TRF(H) en sus diferentes contextos

Determinación de la subespecialidad: Aislamiento y caracterización del TRF(H)

La elección de estrategias

Eliminación de esfuerzos concurrentes mediante nuevas inversiones

La construcción de un nuevo objeto

La naturaleza péptida del TRF

Reduciendo las posibilidades

El TRF pasa a otras redes

4. EL MICROPROCESAMIENTO DE LOS HECHOS

Cómo se construyen y destruyen hechos en la conversación

El análisis sociológico de los «procesos de pensamiento»

Hechos y artefactos

5. CICLOS DE CRÉDITO

Crédito: Recompensa y credibilidad

¿Qué motiva a los científicos?

Las limitaciones de la noción de crédito como recompensa

La búsqueda de credibilidad

La conversión de una forma de credibilidad en otra

La demanda de información viable

Estrategias, posiciones y trayectorias profesionales

Curriculum vitae

Posiciones

Trayectorias

Estructura del grupo

Dinámica del grupo

6. LA CREACIÓN DE ORDEN A PARTIR DEL DESORDEN

La creación de un laboratorio: Los principales elementos de nuestra tesis

Orden a partir del desorden

¿Una nueva ficción?

EPÍLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN (1986)

¿Es muy radical lo radical?

¿Qué significa ser etnográfico?

El lugar de la filosofía

La muerte de lo «social»

Reflexividad

Conclusión

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ARCHIVO FOTOGRÁFICO

CRÉDITOS

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN

El cambio más importante con respecto a la primera edición es que se ha añadido un epílogo en el que exponemos algunas de las reacciones que suscitó la primera publicación del libro a la vista de los desarrollos del estudio social de la ciencia desde 1979. El epílogo también explica por qué se ha omitido el término «social» en el nuevo subtítulo de esta edición. También se ha añadido un índice de contenidos detallado, referencias adicionales y un índice de conceptos y nombres. Se aconseja a los lectores que se sientan tentados a concluir que el cuerpo principal del texto reproduce fielmente el original que consulten Borges (1981).

Wolvercote, agosto de 1985

Al Salk Institute

«Si no se pudiera aplicar la sociología de un modo completo al conocimiento científico, eso significaría que la ciencia no puede conocerse de un modo científico.»

Bloor (1976)

«Desconfiad de la pureza; es el vitriolo del alma.»

—M. Tournier (Viernes)

AGRADECIMIENTOS

La investigación de campo que constituye la base de la discusión de este volumen fue llevada a cabo por el primer autor. La investigación de campo fue financiada por una Beca Fulbright (1975-1976), una Beca OTAN (1976-1977) y una ayuda especial del Salk Institute. Debemos dar las gracias en especial al profesor Roger Guillemin y a su grupo, que posibilitaron el trabajo de campo. La redacción posterior fue ayudada financieramente por PAREX, la Maison des Sciences de L’Homme y por la Universidad de Brunel. Es un placer darles a todos ellos las gracias, así como a quienes se han tomado la molestia de leer partes del trabajo y hacer críticas útiles.

INTRODUCCIÓN

A menudo los científicos sienten aversión por lo que los no científicos dicen de la ciencia. Los que no son científicos no practican la crítica científica del mismo modo que quienes no son novelistas ni poetas hacen crítica literaria. Lo más cercano a la crítica científica es la de los periodistas que han recibido una educación científica, o los científicos que han escrito sobre sus propias experiencias. Los estudios sociales de la ciencia y la filosofía de la ciencia tienden a ser abstractos, a ocuparse de acontecimientos históricos bien conocidos o ejemplos remotos que no tienen relación alguna con lo que sucede diariamente en un laboratorio ni con las interacciones que se producen entre los científicos cuando persiguen sus fines. Además, las explicaciones sociológicas o periodísticas a veces parecen tener el único propósito de probar simplemente que los científicos también son humanos.

En algunos segmentos de la sociedad existe un sentimiento de amor-odio hacia los científicos. Se advierte claramente en los relatos que se ocupan de aspectos que oscilan desde expectativas tremendamente elevadas de los estudios científicos a su coste y peligros, todos los cuales ignoran el contenido y el proceso del trabajo científico mismo. Los estudios de la actividad científica realizados por economistas y sociólogos se ocupan, a menudo, de la cantidad de publicaciones y de la duplicación del esfuerzo en nombre de «la política científica». Aunque esos análisis tienen cierto valor, dejan mucho que desear porque, en parte, las herramientas estadísticas son toscas y porque tales ejercicios pretenden controlar a menudo la productividad y la creatividad. Y, dicho de un modo más rimbombante, no se ocupan de la parte sustancial del pensamiento y del trabajo científicos. Por esas razones los científicos no suelen leer lo que los profanos tienen que decir sobre la ciencia y prefieren las opiniones que los propios científicos tienen sobre sus esfuerzos.

Sin embargo, este libro es algo distinto a los relatos que usualmente escriben sobre ciencia los que no son científicos. Se basa en el estudio que durante dos años llevó a cabo un joven filósofo francés en el Instituto Salk de Estudios Biológicos y fue posteriormente escrito en colaboración con un sociólogo inglés. Aunque no fui el responsable de la invitación inicial, acogí positivamente la oportunidad de ver si el enfoque adoptado remediaría algunos de los defectos de anteriores estudios sociales de la ciencia.

La estrategia elegida por Bruno Latour fue la de convertirse en parte del laboratorio, seguir estrechamente los procesos íntimos y diarios del trabajo científico, al tiempo que seguía siendo un observador «externo» que estaba «dentro», una especie de indagación antropológica para estudiar la «cultura» científica: seguir con todo detalle qué hacen los científicos, qué y cómo piensan. Ha vertido lo que observó a sus propios conceptos y términos, esencialmente extraños para los científicos. Ha traducido las piezas de información a su propio programa y al código de su profesión. Ha tratado de observar a los científicos con la misma visión fría e imperturbable con la que se estudian las células, las hormonas o las reacciones químicas, un proceso que puede evocar sentimientos de desasosiego en los científicos que no están acostumbrados a ser analizados desde semejante perspectiva.

El libro carece de ese tipo de cotilleos, insinuaciones, historias embarazosas y psicologizaciones que a menudo se ven en otros estudios o comentarios. En este libro los autores muestran lo que denominan la «construcción social de la ciencia» utilizando ejemplos honestos y válidos de la ciencia que se hace en el laboratorio. Eso es un logro en sí mismo, pues, en cierto sentido, son legos en la ciencia de laboratorio, y no es de esperar que capten sus fundamentos, sino tan solo que comprendan lo que resulta más fácil de entender, como, por ejemplo, los aspectos superficiales de la vida en el laboratorio.

Al leer este libro sobre mis colegas observados a través del microscopio sociológico me di cuenta de cómo podría ser el estudio «científico» de la ciencia visto por un profano que se sintió impelido a imitar el enfoque científico que observaba. El instrumental y los conceptos de los autores son toscos y cualitativos, pero su deseo de entender el trabajo científico es consistente con el ethos científico. Su coraje e incluso su impetuosidad en esta tarea me recuerdan muchos empeños científicos en los que nada constituía un obstáculo para proseguir una investigación. Este tipo de observación objetiva de los científicos trabajando, realizada por un profano, como si fueran una colonia de hormigas o ratas en un laberinto, pudiera resultar insufrible. Sin embargo, no parece que sea así, y lo que me ha resultado más interesante del trabajo y sus resultados es que Bruno Latour, sociólogo-filósofo, comenzó un estudio sociológico de la biología y con el tiempo llegó a ver la sociología biológicamente. Nuestros conceptos y modos de pensamiento sobre los organismos, el orden, la información, las mutaciones, etc., transformaron su propio estilo de pensamiento. Curiosamente, en vez de sociólogos que estudian a biólogos, que a su vez están estudiando procesos vitales —en una especie de regresión infinita—, tenemos sociólogos que llegan a darse cuenta de que su trabajo tan solo es un subconjunto de nuestro propio tipo de actividad científica, que, a su vez, es solo un subconjunto de la vida en su proceso de organización.

La cuestión final, puestos a sugerir que este libro es digno de la atención de los científicos, está en el puente que se tiende entre la ciencia y los científicos por un lado y el resto de la sociedad. La palabra «puente» no es muy adecuada y dudo que los autores la aceptaran, porque pretenden ir mucho más allá. Una de sus principales afirmaciones es que no puede existir el mundo social por un lado y el científico por otro, porque el ámbito de lo científico es simplemente el resultado final de muchas otras operaciones que están en el ámbito de la realidad. Los «asuntos humanos» no son diferentes de lo que los autores denominan «la producción científica» y lo que pretenden principalmente es revelar cómo los «aspectos humanos» se excluyen de las etapas finales de la «producción de hechos». Tengo mis dudas acerca de esta forma de pensar y encuentro en mi propio trabajo muchos detalles que no encajan en esta imagen, pero siempre me siento estimulado por los intentos de mostrar que las dos «culturas» son, de hecho, una sola.

Sea cual fuere la objeción que se pueda plantear acerca de los detalles y las afirmaciones de los autores, ahora estoy convencido de que hay que extender este tipo de examen directo de los científicos mientras trabajan, y, por nuestro propio interés y el de la sociedad, debe ser llevado a cabo por los propios científicos. En general, la ciencia genera demasiada esperanza y demasiado temor, y la historia de la relación entre científicos y no científicos está plagada de pasiones, estallidos repentinos de entusiasmo y accesos, igualmente repentinos, de pánico. Si se pudiera ayudar a la gente a entender cómo se produce el conocimiento científico y pudiera entender que es comprensible y que no es más extraordinario que cualquier otro terreno, no esperarían de los científicos más de lo que pueden dar, ni los temerían tanto como los temen. Esto no solo aclararía la posición social de los científicos en la sociedad, sino también ayudaría a que el público entendiera el núcleo de la ciencia, los objetivos científicos y la creación de conocimiento científico. A veces resulta desalentador que, aunque dedicamos nuestras vidas a la ampliación del conocimiento, a dar luz e ilustrar la racionalidad en el mundo, solamente se entiende el trabajo de los científicos individuales, o el trabajo de los científicos en general, de un modo mágico o místico.

Aunque no estemos de acuerdo con los detalles de este libro, aunque lo encontremos ligeramente incómodo o incluso doloroso en algunas partes, me parece que este trabajo supone un paso en la dirección adecuada para disipar el misterio que se cree rodea nuestra actividad. Estoy seguro de que en el futuro muchos institutos y laboratorios podrían incluir una especie de filósofo o sociólogo residente. Por lo que a mí respecta, fue interesante tener a Bruno Latour en nuestro instituto, lo que le permitió llevar a cabo la primera investigación de este tipo que conozco, y, lo que es más interesante, pude observar cómo esa experiencia lo transformó a él y a su modo de enfocar la cuestión. Le resultaría muy útil a esta crítica ser criticada. Ayudaría a los autores (y a otros estudiosos con intereses y antecedentes similares) a contribuir a que los científicos se entendieran a sí mismos a través de un espejo que les han proporcionado y a que un público más amplio comprendiera la búsqueda científica desde un nuevo punto de vista, diferente y bastante refrescante.

Jonas Salk, M. D.

La Jolla, California

Febrero, 1979

CAPÍTULO 1

DEL ORDEN AL DESORDEN

5 mins. John entra y va a su despacho. Dice rápidamente que ha cometido un error grave. Había enviado la evaluación de un artículo... El resto de la frase resulta inaudible.

5 mins. 30 segs. Entra Barbara. Pregunta a Spencer qué tipo de disolvente ha puesto en la columna. Spencer contesta desde su despacho. Barbara sale y va a la mesa de laboratorio.

5 mins. 35 segs. Llega Jane y le pregunta a Spencer: «Cuando preparas la I.V. con morfina, ¿es en solución salina o en agua?». Spencer, que aparentemente está escribiendo, contesta desde su despacho. Jane se va.

6 mins. 35 segs. Wilson entra y mira en una serie de despachos tratando de juntar gente para una reunión de personal. Recibe vagas promesas. «Es una cuestión de cuatro mil dólares que hay que resolver en los próximos dos minutos como mucho.» Se va al vestíbulo.

6 mins. 20 segs. Llega Bill de la sección de química y le da a Spencer un frasquito delgado: «Aquí están tus doscientos microgramos; recuerda poner este número de código en el libro», y señala la etiqueta. Deja la habitación.

Silencio prolongado. La biblioteca está vacía. Algunos escriben en sus despachos, algunos trabajan en las ventanas en el espacio del mostrador brillantemente iluminado. Desde la antesala se puede oír el ruido en staccato de la máquina de escribir.

9 mins. Julius entra comiendo una manzana y leyendo con atención un ejemplar de Nature.

9 mins. 10 segs. Llega Julie de la sección de química, se sienta en la mesa, despliega las hojas de ordenador que lleva y comienza a rellenar una hoja de papel. Sale Spencer de su despacho, mira por encima del hombro de Julie y dice: «Mmmm. Parece bonito». Luego desaparece en la oficina de John con unas cuantas páginas de un borrador.

9 mins. 20 segs. Llega una secretaria de la antesala y pone un borrador recién mecanografiado en la mesa de John. Intercambian brevemente observaciones sobre fechas límite.

9 mins. 30 segs. Siguiéndola inmediatamente llega Rose, la ayudante del gerente, para decirle a John que el aparato que quiere comprar cuesta trescientos dólares. Hablan en el despacho de John y ríen. Ella se marcha.

Otra vez silencio.

10 mins. John chilla desde su despacho: «¡Eh, Spencer! ¿Conoces algún grupo clínico que haya informado de la producción de SS en células tumorales?». Spencer grita desde su despacho: «Leí que en los abstracts de la Conferencia de Asilomar se presentó como un hecho bien conocido». John: «¿Qué evidencia tenían?». Spencer: «Bueno, tuvieron un aumento de … y concluyeron que era debido al SS. Puede ser, no estoy seguro de que comprobaran directamente actividades biológicas, no estoy seguro». John: «¿Por qué no lo tratas en el bioensayo del próximo jueves?».

10 mins. 55 segs. Bill y Mary entran de repente. Están terminando una discusión. «No me creo este artículo —dice Bill—. No, está fatal escrito. Mira, lo ha debido de escribir un médico.» Miran a Spencer y se ríen... (Extracto de las notas del observador.)

Todas las mañanas, los trabajadores entran en el laboratorio llevando sus almuerzos en bolsas de papel marrón. Los técnicos del laboratorio comienzan inmediatamente a preparar ensayos, montar mesas quirúrgicas y a pesar sustancias químicas. Recogen datos de los contadores que han estado en funcionamiento durante toda la noche. Las secretarias se sientan ante las máquinas de escribir y vuelven a corregir manuscritos que inevitablemente llegan tarde a la fecha límite para su publicación. El personal investigador, alguno de cuyos miembros han llegado antes, entra en el área de despachos e intercambia brevemente y uno por uno información sobre lo que hay que hacer durante la jornada. Después de un rato, vuelven a sus mesas del laboratorio. Los celadores y otros trabajadores entregan remesas de animales, sustancias químicas nuevas y un montón de correo. Se dice que el esfuerzo laboral total está guiado por un campo invisible, o más en concreto por un rompecabezas, sobre cuya naturaleza ya se ha decidido y que se puede resolver hoy. Tanto los edificios en los que trabajan estas personas como sus carreras están salvaguardados por el Instituto. Así, periódicamente llegan cheques de dinero de los contribuyentes, por cortesía del NIH1, para pagar cuentas y sueldos. En la mente de todos están los congresos y conferencias futuros. Cada diez minutos más o menos hay una llamada telefónica para alguno de los investigadores procedente de un colega, un editor o algún funcionario. Hay conversaciones, discusiones y argumentaciones en los mostradores: «¿Por qué no intentas eso?». Se garabatean diagramas en las pizarras. Montones de ordenadores vierten multitud de listados. Larguísimas hojas de datos se acumulan en las mesas cerca de las copias de artículos garabateados por colegas.

Al final de la jornada se ha despachado el correo junto con manuscritos, borradores y muestras de sustancias raras y caras empaquetadas en hielo seco. Se van los técnicos de laboratorio. La atmósfera se relaja y ya nadie corre. Hay bromas en el vestíbulo. Hoy se han gastado unos mil dólares. Se han añadido unas pocas platinas, como ideogramas chinos, a las reservas; se ha descifrado un carácter, un aumento invisible, minúsculo. Han surgido pequeños indicios. Uno o dos enunciados han visto aumentada (o disminuida) su credibilidad unos pocos puntos, de manera semejante al índice Dow Jones diario. Quizá la mayoría de los experimentos de hoy fueron una chapuza, o están llevando a sus realizadores a un callejón sin salida. Quizá se ha conseguido unir más estrechamente unas pocas ideas.

Un limpiador filipino friega el suelo y vacía los cubos de basura. El sitio está ahora vacío, exceptuando la figura solitaria de un observador. Silenciosamente, reflexiona sobre lo que ha visto con una dulce sensación de perplejidad... (Relato del observador.)

Desde comienzos de siglo, decenas de hombres y mujeres han penetrado bosques frondosos, han vivido en climas adversos y sobrevivido a la hostilidad, el aburrimiento y la enfermedad para reunir retazos de las denominadas sociedades primitivas. En contraste con la frecuencia de estas excursiones antropológicas, se han hecho relativamente pocos esfuerzos por penetrar en la intimidad de la vida de tribus mucho más cercanas. Quizá eso sea sorprendente a la vista de la recepción e importancia que se atribuye a su producto en las modernas sociedades civilizadas: nos referimos, por supuesto, a las tribus de científicos y a su producción, la ciencia. Mientras que ahora disponemos de un conocimiento sumamente detallado de los mitos y los rituales de circuncisión de tribus exóticas, permanecemos relativamente ignorantes de la actividad equivalente entre las tribus de los científicos, cuyo trabajo, por lo general, se anuncia a bombo y platillo que tiene efectos sobrecogedores o, al menos, sumamente importantes sobre nuestra civilización.

Es cierto, por supuesto, que en los últimos años un montón de estudiosos han vuelto su atención hacia la ciencia. Sin embargo, con frecuencia su interés se ha centrado en los efectos que tiene la ciencia a gran escala. Hay ahora un montón de estudios sobre el tamaño y forma general del crecimiento científico global (por ejemplo, Price, 1963; 1975), la economía de su financiación (Mansfield, 1968; Korach, 1964), la política de su apoyo e influjo (Gilpin y Wright, 1964; Price, 1954; Blisset, 1972) y la distribución de la investigación científica por todo el mundo (Frame et al., 1977). Pero es fácil quedarse con la impresión de que la investigación de esos macrointereses ha aumentado el misterio de la ciencia, en vez de reducirlo. Aunque ha crecido el conocimiento que tenemos de los efectos externos y de la recepción de la ciencia, aún no se ha desarrollado el entendimiento de las complejas actividades que constituyen el funcionamiento interno de la actividad científica. Se ha exacerbado el énfasis en el funcionamiento externo de la ciencia, aplicando a la ciencia conceptos peculiares de los científicos sociales con creencias y compromisos teóricos diversos. Al utilizar conceptos sumamente especializados, los científicos sociales han tendido a representar la ciencia como un mundo aparte, en vez de hacer más comprensible la actividad científica. En ciencia ha aparecido una plétora de diferentes orientaciones especializadas, de modo que la imagen total resulta en gran medida incoherente. El análisis de las citas que aparecen en los artículos científicos nos dice poco de la sustancia de los artículos; los macroanálisis de la financiación de la ciencia siguen virtualmente silenciosos sobre la naturaleza de la actividad intelectual; las historias cuantitativas del desarrollo científico han tendido a hacer demasiado hincapié en esas características de la ciencia que conducen más rápidamente a la cuantificación. Además, muchas de estas maneras de enfocar la cuestión han aceptado muy frecuentemente los productos científicos y los han dado por sentado en el análisis subsiguiente, en vez de intentar explicar su producción inicial.

La insatisfacción que sentíamos con respecto a estos enfoques empeoró considerablemente al darnos cuenta de que muy pocos estudios de la ciencia habían autoevaluado los métodos empleados. Resulta sorprendente, pues se podría esperar de forma automática que los que estudian las ciencias fueran en todo momento conscientes de sus fundamentos para producir descubrimientos «científicos»: resultaría razonable esperar que los estudiosos interesados por la producción de la ciencia hubieran comenzado a examinar las bases de su propia producción de descubrimientos. Sin embargo, los mejores trabajos de estos estudiosos siguen mudos con respecto a sus propios métodos y condiciones de producción. Por supuesto, se puede argumentar que resulta inevitable la falta de reflexividad en un área que todavía es comparativamente joven, y que una atención excesiva a los problemas metodológicos les apartaría de la producción de descubrimientos en investigación, muy necesarios, aunque preliminares. Pero, de hecho, la poca evidencia disponible sugiere que las nuevas áreas de investigación no posponen, por lo general, las discusiones de cuestiones metodológicas en favor de la producción temprana de resultados sustantivos. La discusión y aclaración metodológica se produce, más bien, en una etapa primera de desarrollo (Mulkay et al., 1975). Quizá una explicación más plausible de la falta de reflexividad metodológica en los estudios sociales de la ciencia sea simplemente que ese enfoque sería inconsistente con la supremacía ya observada de los macrointereses. Prestar atención a los detalles de la propia metodología constituiría así, pues, una empresa radicalmente diferente del interés por el desarrollo global o por las implicaciones del crecimiento para la financiación y la política científica.

En parte como resultado de nuestra insatisfacción, y en un esfuerzo tanto por penetrar la mística de la ciencia como por proporcionar una comprensión reflexiva de las actividades detalladas de los científicos, decidimos construir una explicación basada en las experiencias de un estrecho contacto cotidiano con los científicos de un laboratorio durante un período de dos años (véase más adelante «Materiales y métodos»).

El observador y el científico

Cuando un observador extraño expresa por primera vez interés por las actividades de los científicos, puede esperar diversas reacciones. Si es un colega, un científico profesional de distinto campo, o si es un estudiante que trabaja para ser admitido finalmente en la profesión científica, por lo general su interés hallará fácilmente acomodo. Exceptuando esas circunstancias que implican extremo secreto o competencia entre las partes, los científicos pueden reaccionar a las expresiones de interés adoptando un papel pedagógico. Así se les puede enseñar a los de fuera los principios básicos del trabajo científico en un campo que les resulta relativamente extraño. Sin embargo, la situación es bastante diferente para los observadores ajenos que son completos ignorantes en ciencia y no aspiran a convertirse en científicos profesionales. La reacción más ingenua (y quizá la menos común) es que los observadores de fuera que no son científicos no pretenden investigar las actividades de la ciencia. Aunque los científicos en activo se dan cuenta de que diversos observadores que no son científicos —como historiadores, filósofos y sociólogos— pueden tener, y de hecho tienen, intereses profesionales por la ciencia, lo más común es que el núcleo exacto de sus preguntas y observaciones constituya una fuente de cierta perplejidad. Eso resulta comprensible, pues los científicos normalmente solo poseen un conocimiento elemental de los principios, teorías, métodos y problemas en juego dentro de otras disciplinas diferentes a la propia. Un observador que se declara «antropólogo de la ciencia» debe ser una fuente de consternación particular.

Por un lado, la falta de conocimiento puede conducir a un marcado desinterés por los informes que los intrusos hacen de la ciencia. Una reacción común de esta clase es que los tratados eruditos de los estudios sociales de la ciencia parecen «bastante aburridos». Como poco, este tipo de comentario es una advertencia notable de la irrelevancia que los científicos perciben en muchos estudios sociales de la ciencia. Por otro lado, la falta de familiaridad con otras disciplinas distintas a la ciencia natural puede provocar sospechas. Así, a menudo se asume que los intereses de los observadores ajenos deben centrarse en los aspectos más fructíferos de la vida científica, porque se considera que los investigadores plantean cuestiones esencialmente irrelevantes para la actividad científica práctica. En consecuencia, la supuesta carnaza más apropiada para esos investigadores tendría que basarse en historias de escándalo e intriga, de comportamientos que no se ajustan a las elevadas normas habituales en la investigación científica o que no son éticos, del intercambio de grandes ideas durante el café o de actos famosos de genios y diversas experiencias del tipo «¡eureka!». No sugerimos que los observadores ajenos consideren necesariamente esa información en su significado literal. No obstante, resulta claro que el tipo de información que proporcionan los científicos tendrá un efecto importante en la configuración de los informes de los investigadores y que la información proporcionada depende, a su vez, de la naturaleza de la relación entre el científico y el investigador. Por ello es importante examinar brevemente la naturaleza de esta relación y el modo en que puede afectar a la producción de los informes sobre la ciencia.

Tenemos la fortuna de que la discusión que aparece en este volumen está constituida por la investigación realizada en una institución que tiene una aceptada y bien desarrollada tradición en el cultivo de un amplio dominio de intereses filosóficos y científicos. En concreto, sus fundadores habían establecido el principio de que la institución albergara intereses investigadores que abarcaran áreas de las «ciencias de la vida» que fueran más allá de las corrientes principales de la biología. Por ejemplo, como parte integral de la institución, se concibió un departamento de lingüística. En parte como resultado de este principio general, los problemas referentes al acceso inicial se redujeron considerablemente. Bajo los auspicios del director de un determinado laboratorio, durante dos años se le concedió a uno de nosotros un despacho en proximidad inmediata con las actividades cotidianas de los científicos en activo. Sin embargo, a pesar de la resolución de los obstáculos institucionales, el observador externo siguió constituyendo una fuente de problemas para los miembros del laboratorio. ¿Cuáles eran exactamente los objetivos y motivos específicos para estudiar el laboratorio?

Quizá resulte tentador para un observador de fuera presentar sus intereses en términos de categorías ya establecidas por investigaciones eruditas, en vez de en un modo que pudiera exacerbar la curiosidad o el sentido de sospecha de los participantes. Por ejemplo, se podría aceptar más fácilmente el rótulo de «historiador» o «filósofo» que el de «sociólogo» o «antropólogo». El término «antropólogo» se asocia rápidamente con el estudio de sistemas de creencias «primitivos» o «precientíficos». El término «sociólogo» plantea una plétora de interpretaciones diferentes, pero el científico en activo puede considerar que esencialmente tiene que ver con una serie de fenómenos, todos los cuales afectan, en cierto modo, a intrigas sociales y políticas. Por ello no sorprende que muchos científicos consideren que se aplica primariamente el término «sociología» a todos esos aspectos «no científicos» de la ciencia. Así, el interés sociológico por la ciencia parece tener que ver con una serie de fenómenos comportamentales que entran dentro de una categoría residual: estos fenómenos afectan inevitablemente a la práctica científica en virtud del hecho de que los científicos son seres sociales; pero son esencialmente periféricos a la propia práctica. Según esta opinión, los fenómenos sociales ocasionalmente dejan sentir su presencia en casos de secreto extremo, fraude o en otras ocasiones relativamente infrecuentes. Solo entonces se ve severamente amenazado el núcleo del procedimiento y la lógica científica y los científicos ven trastornado su trabajo por la intrusión de los factores externos.

Lo social y lo científico: el recurso del participante

Un montón de fuentes atestiguan que entre los científicos prevalece esta concepción de la sociología y de «lo social». En primer lugar, esta idea es consistente con la idea relativamente frecuente que tienen los científicos de que los sociólogos se ocupan de algún tipo de revelación de cosas escandalosas. Como respuesta a los estudios de los investigadores que han declarado su falta de pericia científica, se les proporciona información que tiene que ver con acontecimientos esencialmente externos a la ciencia. En segundo lugar, un método para encontrar defectos o arrojar dudas sobre las afirmaciones de los demás consiste en prestar atención a las circunstancias sociales en que se produce tal afirmación. Por ejemplo, la afirmación según la cual

X observó el primer púlsar óptico

puede ser puesta en cuestión severamente utilizando la siguiente formulación:

X pensó que había visto el primer púlsar óptico tras estar despierto durante tres noches seguidas y estando completamente exhausto.

En la segunda versión, la lógica interna del procedimiento científico sistemático se ha visto desbaratada por la intrusión de factores sociales. Como veremos con más detalle a su debido tiempo, aquí los «factores sociales» se refieren tanto a «estar despierto tres noches» como a la transformación de una «observación» sencilla en el proceso de que «piensa que ve algo». Para que la observación sea fructífera, la ciencia tiene que estar aislada de esos «factores sociales», o hacerse a pesar de ellos, como en el caso de los «grandes» científicos. Ya que tales «factores sociales» existen, ningún científico común puede hacer ciencia fructíferamente. De ese modo, se puede explicar o echar la culpa de las observaciones, afirmaciones y logros invocando las circunstancias sociales. En tercer lugar, aunque se pueden usar esas circunstancias sociales para restar valor al logro científico, también es posible considerar los factores sociales como parte integral del procedimiento científico rutinario. Como resultado, los «factores sociales» en cuestión ya no parecen ajenos a la ciencia. Como ya no versan sobre «lo social», estos factores van más allá del dominio del conocimiento experto sociológico. Por ejemplo, en el descubrimiento de los púlsares (Woolgar, 1978), una serie de grupos de radioastronomía se quejaban de que sus rivales de Cambridge se habían retrasado indebidamente a la hora de informar de su descubrimiento. Dicho de otro modo, se intentó reducir la naturaleza de lo que Cambridge había logrado centrando la atención en el modo en que se había manipulado la comunicación sobre el descubrimiento. Uno de los muchos comentadores efectuó la siguiente glosa de doble filo:

Lo cierto es que Hewish y todo el grupo de Cambridge habían logrado durante varios meses una pantalla de seguridad y secretismo que era, en sí misma, casi tan importante como el propio descubrimiento (Lovell, 1973, p. 122).

Contestando a críticas similares, el portavoz de Cambridge afirmó que la necesidad de secreto era simplemente parte del proceso científico normal:

Creo que, a lo largo de la historia de la ciencia, se ha considerado que era un derecho del individuo o grupo que efectúa un descubrimiento científico proseguir este descubrimiento sin obligación de publicar los resultados preliminares (Ryle, 1975).

La idea aquí es que lo que se había considerado como base para arrojar dudas sobre la cientificidad de la conducta de Cambridge era de hecho esencial en el progreso normal de la ciencia. Se consideraba que el comportamiento denominado «sigiloso» (el término mismo fue vehementemente impugnado por los integrantes del grupo de Cambridge) era una parte normal del procedimiento científico, en vez de un factor social ajeno que se podía utilizar para censurar el comportamiento de Cambridge. Además, varios participantes argumentaban que, debido a que esa conducta constituía una parte normal del proceso científico, no merecía ninguna atención especial por parte de intrusos sociológicos.

A su debido tiempo volveremos a discutir detalladamente la utilización por parte de los científicos de procedimientos similares al tratar las circunstancias asociadas a sus actividades. Pero nosotros mantenemos no solo que la distinción entre lo «social» y lo «intelectual» es frecuente entre los científicos. Lo que es más importante, esta distinción proporciona un recurso al que los científicos pueden recurrir para caracterizar sus propios esfuerzos o los de otros. Por eso resulta importante investigar la naturaleza de esta distinción y cómo la usan los científicos. La medida en que los observadores de la ciencia aceptan de manera acrítica la distinción entre lo «social» y lo «intelectual» puede tener consecuencias importantes en los informes que producen sobre la ciencia.

Lo social y lo científico: el dilema del observador

Por un lado, podemos imaginar que un observador adopte completamente la distinción mencionada anteriormente. En este caso, el observador mantiene el supuesto de que los fenómenos científicos ocupan un dominio en gran medida distinto al de los fenómenos sociales y que solo a estos últimos se les pueden aplicar los conceptos, procedimientos y conocimientos técnicos de la sociología. Por consiguiente, los procedimientos y logros centrales del trabajo de los científicos son en gran medida inmunes a la explicación sociológica. Los enfoques que adoptan implícitamente este punto de vista han sido criticados basándose en diversos aspectos. En vez de repetir estas críticas con detalle, bosquejaremos simplemente algunos de los principales puntos críticos. En primer lugar, la decisión de centrarse solo en lo «social» en vez de en los aspectos «técnicos» de la ciencia limita severamente el dominio de los fenómenos que se pueden seleccionar apropiadamente para ser estudiados. Dicho de un modo sencillo, esto significa que no tiene sentido hacer sociología de la ciencia a menos que se pueda identificar claramente la presencia de algún aliento político tras la nuca de los científicos. Se argumenta que, allí donde no hay esa interferencia obvia de agentes externos, la ciencia puede proseguir sin que sea necesario el análisis sociológico. Este argumento depende de una noción particularmente limitada del influjo ocasional de los factores sociopolíticos; si esos factores están ausentes, la parte sustancial de la ciencia no resulta afectada. En segundo lugar, hacer hincapié en «lo social» en contraposición a «lo técnico» puede llevar a seleccionar para su análisis una serie desproporcionada de acontecimientos que parecen servir de ejemplo de lo que es la ciencia «errónea» o «equivocada». Como mostraremos, un rasgo importante de la construcción de un hecho es el proceso mediante el que desaparecen los factores «sociales», una vez se establece el hecho. Ya que los propios científicos retienen (o resucitan) de manera preferente la existencia de factores «sociales» allí donde se considera que las cosas científicas han ido mal, que un observador adopte el mismo punto de vista le conducirá necesariamente a analizar cómo los factores sociales afectan o pueden dar origen a creencias «erróneas». Sin embargo, como ha argumentado Barnes (1974), hay al menos una necesidad muy real de enfocar simétricamente el análisis de las creencias (cfr. Bloor, 1976). Los logros científicos que se consideran correctos deben ser tan susceptibles de análisis sociológico como los que se consideran equivocados. En tercer lugar, el énfasis en «lo social» ha llevado a que los comentadores argumenten en favor de cierta rectificación de un desequilibrio: se piensa que no se ha prestado suficiente atención a «lo técnico». Por ejemplo, Whitley ha mantenido que el interés sociológico por la ciencia está en peligro de convertirse en una sociología de los científicos en vez de en una sociología de la ciencia con todas las de la ley:

Es un error separar el estudio de los productores de ciertos artefactos culturales, esto es, de ciencia, sin hacer referencia a la forma y sustancia de la ciencia misma (Whitley, 1972, p. 61).

Una cuarta fuente de crítica se dirige a los análisis inspirados por la representación mertoniana de la estructura normativa de la ciencia. Muchos de estos análisis ilustran la separación que hacen los sociólogos de «lo social» con respecto a «lo técnico». Gran parte de la crítica se ocupa de la falta de base empírica que tiene el ethos de la ciencia moderna que bosqueja estos análisis. Por ejemplo, se ha argumentado de forma pertinente que, simplemente, las normas de Merton no rigen el comportamiento de los científicos del modo en que se sugiere (Mulkay, 1969). Más recientemente, se ha indicado que la existencia tanto de normas como de contranormas en ciencia (Mitroff, 1974) deriva de la evaluación insuficientemente crítica que los sociólogos hacen de lo que los científicos dicen sobre su trabajo a los observadores externos (Mulkay, 1976). Sin embargo, más importante que esta crítica de la base empírica de las normas de los científicos es el hecho de que esos análisis sociológicos ignoran la parte técnica sustancial de la ciencia. Aunque las normas por él especificadas fueran correctas, por todo lo que nos dice acerca de la naturaleza o la parte sustancial de su actividad, el sociólogo podría estar describiendo igualmente una sociedad de pescadores.

En un esfuerzo por prestar más atención a la parte «técnica» que a «lo social», Mulkay (1969) afirma que el cuerpo de conocimiento establecido y las «normas técnicas y cognitivas» asociadas constituyen una restricción más real sobre el comportamiento de los científicos que las normas sociales. Por consiguiente, se sabe (Mulkay, 1972) que los científicos trabajan dentro de un sistema consistente en gran medida con la descripción que hace Kuhn (1970) de la investigación dentro de los límites de un paradigma. El argumento de que los factores «técnicos» merecen un tratamiento semejante y en la misma medida que los factores «sociales» ha llevado a un estudio que subraya la investigación de paralelos entre el desarrollo social y el intelectual. Así, en diversas contribuciones de esta área se considera axiomático que el examen de los desarrollos cognitivos debe proceder conjuntamente con el entendimiento de desarrollos sociales «concomitantes». Quizá el ejemplo más evidente de esta formulación se halle en la obra de Mullins (1972; 1973a; 1973b). En ella se considera que los procesos sociales (por ejemplo, el surgimiento de «líderes de la organización social») se dan conjuntamente con desarrollos en el «lado intelectual» (por ejemplo, el cambio entre «definir la posición» y «hacer estudios»). La discusión de los procesos sociales se presenta de un modo completamente separado del tratamiento de los factores intelectuales. De manera similar, los modelos del progreso científico han presentado con frecuencia áreas de la ciencia que atraviesan diversas etapas de desarrollo, cada una de las cuales posee características cognitivas y sociales intrínsecas (Crane, 1972; Mulkay et al., 1975). Ahí se hace hincapié en elaborar «una explicación que muestre algunas de las conexiones entre el desarrollo intelectual y los procesos sociales» (Mulkay et al., 1975, p. 188).

Investigar la actividad científica en términos de las conexiones existentes entre dos diferentes aspectos de la actividad lleva a diversas dificultades. Como ya mencioné, algunos sociólogos se han quejado de que no se ha hallado el equilibrio correcto entre «lo social» y «lo intelectual». Por ejemplo, Law (1973) argumenta que Mullins (1972) se centra menos en el desarrollo de las ideas que en los cambios de redes que son característicos de la especialidad en la época (véase también Gilbert, 1976, p. 200). Al mismo tiempo, ha surgido el problema de la relación causal, en parte por la distinción entre factores sociales e intelectuales: ¿es la formación de grupos sociales la que da lugar a que los científicos prosigan ciertas líneas intelectuales de investigación, o es la existencia de problemas intelectuales la que conduce a la creación de redes sociales de científicos? Algunos autores evitan intentar especificar la dirección de esta relación causal (Mulkay et al., 1975). Otros han sugerido que la dirección varía según el área científica que se investiga (por ejemplo, Edge y Mulkay, 1976, p. 382) y que es un problema que exige investigación adicional (por ejemplo, Tobey, 1977, especialmente la nota 4 a pie de página).

Comprometerse a entender las cuestiones «técnicas» o «intelectuales» plantea un importante desafío a los métodos de investigación sociológicos tradicionales. Ese desafío ha sido aceptado por Edge y Mulkay (1976), cuyo estudio del nacimiento de la radioastronomía en Gran Bretaña proporciona una historia global de los desarrollos técnicos detallados. Como tal, su explicación se aparta sustancialmente de las anteriores perspectivas en sociología de la ciencia. Sin embargo, resulta interesante que ciertos comentaristas hayan analizado ese informe en términos del énfasis relativo que se pone en los aspectos «sociales» y «técnicos» de la radioastronomía. Por ejemplo, Crane ha dicho que el hincapié que hacen los autores en la historia técnica ha empequeñecido la parte del trabajo dedicada a la interpretación teórica y que hay una correspondiente falta de audacia en los intentos de generalización de los autores:

Los autores presentan análisis sociológicos de algunos aspectos del desarrollo de la especialidad, pero, como ellos mismos afirman, su discusión está en un «bajo nivel de generalidad y se mantiene cerca de los datos empíricos generados en el caso de estudio» (Crane, 1977, p. 28).

Para nuestros propósitos, un aspecto importante en el que se aleja de trabajos anteriores surge de que para producir este estudio han cooperado un exmiembro del grupo de investigación en radioastronomía y un sociólogo. Parecería que esa cooperación debería ser un prerrequisito sensato en todos los intentos en que un observador ajeno al grupo se esforzara por resolver los detalles técnicos de la ciencia. Sin embargo, esta cooperación no carece de problemas específicos propios.

Mulkay (1974) mantiene que el estudio sociológico de la ciencia requiere un estrecho examen de su cultura técnica y, por consiguiente, la cooperación activa de participantes técnicamente competentes. También observa que, debido a que raras veces los observadores externos se interesan por la cultura técnica y, por lo general, son incompetentes en cuestiones técnicas, las explicaciones que les dan desde dentro deben ser tratadas con considerable cautela. Los científicos que se enfrentan a un auditorio de legos en su materia parecen tener una confusión categórica entre precisión científica e histórica en sus explicaciones. Las observaciones de Mulkay sobre las entrevistas realizadas bien por el exparticipante, bien por el sociólogo o por ambos a la vez arroja mucha luz sobre la relación entre el científico y el lego. Se podía establecer rápidamente una compenetración entre el exparticipante y el entrevistador si la discusión trataba de cuestiones técnicas similares a las discutidas rutinariamente por el entrevistado como parte de su actividad cotidiana. Por lo general, quedaba para más adelante el tratamiento de cuestiones más sociológicas y, en especial cuando tanto el exparticipante como el sociólogo se hallaban presentes, esto exacerbaba la percepción que el entrevistado tenía de que el sociólogo era un extraño. El entrevistado suponía que el sociólogo estaba cualificado en áreas de la discusión que no tenían que ver directamente con el contenido técnico de su ciencia.

Estas observaciones acerca de las dificultades experimentadas en el curso de la interacción con los entrevistados apoyan más la idea de que los propios científicos trabajan con una distinción muy definida entre lo «social» y lo «técnico». Esa misma distinción puede proporcionar un problema para los observadores en el sentido de que plantea la cuestión de si se ha logrado o no un equilibrio equitativo entre los dos lados de la dicotomía. Tal cuestión sigue en pie, a pesar de la afirmación de que «las cuestiones sociales y técnicas están íntimamente ligadas» (Mulkay, 1974, p. 114).

Nos gustaría argumentar que no es necesario atribuir una importancia concreta a la consecución de un equilibrio «correcto» entre los factores «sociales» y los «intelectuales». Y eso por dos razones. En primer lugar, como ya mencioné, la distinción entre factores «sociales» e «intelectuales» es un recurso utilizado rutinariamente por los científicos activos. Intentamos comprender cómo se presenta esta distinción en las actividades de los científicos, en lugar de demostrar si resulta más apropiado para entender la ciencia uno u otro lado de la dualidad. En segundo lugar, nuestro interés por los detalles de la actividad científica rebasa la distinción entre factores «técnicos» y «sociales». Queremos prestar atención a las cuestiones «técnicas» en el sentido en que la utilización que los científicos hacen de los términos «técnico» e «intelectual» constituye una característica importante de su actividad. Pero consideramos que el uso de tales conceptos es un fenómeno que hay que explicar. De un modo más significativo, lo consideramos tan importante que la explicación que demos de la actividad científica no debe depender de un modo importante del uso acrítico de los mismos conceptos y terminología que actúan como parte de esa actividad.

La «antropología» de la ciencia

El núcleo de nuestro estudio es el trabajo rutinario que se desarrolla en un laboratorio concreto. La mayor parte del material que orienta nuestra discusión se recogió in situ observando la actividad de los científicos en un escenario. Sostenemos que muchos aspectos de la ciencia descritos por los sociólogos tienen que ver con las minucias de la actividad científica que ocurren rutinariamente. Acontecimientos históricos, avances y competencia son ejemplos de fenómenos que se dan en y sobre una corriente continua de actividades científicas en marcha. En términos de Edge (1976), nuestro objetivo más general es arrojar luz sobre la naturaleza de la «parte suave más expuesta de la ciencia»: por ello nos centramos en el trabajo que hace un científico que se sitúa firmemente en su mesa de laboratorio.

Según esta perspectiva tomó forma el proyecto que denominamos, en busca de un término mejor, una antropología de la ciencia. Utilizamos esta descripción para llamar la atención sobre diversos rasgos distintivos de nuestro enfoque2. En primer lugar, el término antropología pretende indicar la presentación preliminar de material empírico acumulado. Aunque no se pretende haber elaborado una descripción exhaustiva de las actividades de todos los practicantes de igual parecer, pretendemos proporcionar una monografía de investigación etnográfica de un grupo específico de científicos. Hemos ideado un procedimiento investigador análogo al de un explorador intrépido de Costa de Marfil que, habiendo estudiado el sistema de creencias o la producción material de las «mentes salvajes» viviendo entre la tribu, compartiendo sus penas y convirtiéndose casi en uno de ellos, vuelve por fin con un cuerpo de observaciones que puede presentar como informe de la investigación preliminar. En segundo lugar, como ya se ha indicado, damos una importancia especial a la recolección y descripción de las observaciones de la actividad científica obtenidas en un escenario concreto. Debido a nuestro compromiso con las técnicas de observación participante, esperamos solucionar un importante problema que ha oscurecido hasta ahora la comprensión de la ciencia. Recientemente ha habido una insatisfacción creciente en la confianza que los observadores externos tienen en las afirmaciones que hacen los propios científicos sobre la naturaleza de su trabajo. Algunos participantes han argumentado que las comunicaciones científicas impresas tergiversan sistemáticamente la actividad que originan esos informes publicados (Medawar, 1964)3. De un modo similar, Watkins (1964) se queja de que el estilo «didáctico inexpresivo» que se exige en los informes científicos crea diversas dificultades para entender cómo se hace ciencia. En concreto, los científicos que evitan la forma autobiográfica dificultan que los lectores aprecien el programa o contexto que proporciona el telón de fondo del trabajo en cuestión. Los sociólogos han notado que tendencias similares causan problemas particulares para la comprensión sociológica del contexto histórico (Mulkay, 1974; Woolgar, 1976a; Wynne, 1976), aunque, por lo general, se considera que las interpretaciones contradictorias se pueden reconciliar mediante la explicación sociológica (Mulkay, 1976; pero véase Woolgar, 1976b). Estos comentarios sobre los problemas que conlleva utilizar las explicaciones del científico encuentran un paralelo en las discusiones del carácter «artesanal» de la ciencia. Por ejemplo, Ravetz (1973) sugiere que la naturaleza de la actividad científica está totalmente tergiversada por la forma de presentación utilizada al comunicar los informes científicos. No solo las afirmaciones de los científicos crean problemas para la elucidación histórica; también ocultan sistemáticamente la naturaleza de la actividad que producen sus informes de investigación. Dicho de otro modo, el hecho de que los científicos a veces cambien la manera y el contenido de sus afirmaciones cuando hablan con observadores externos origina problemas tanto en la reconstrucción que dichos observadores externos hacen de los acontecimientos científicos como en la apreciación de cómo se hace ciencia. Por ello es necesario recuperar parte del carácter artesanal de la actividad científica mediante observaciones in situ de la práctica científica. Dicho más concretamente, es necesario mostrar a través de la investigación empírica cómo se organizan esas prácticas artesanales en un informe de investigación sistemático y ordenado. En resumen, ¿cómo se transforman las realidades de la práctica científica en afirmaciones acerca de cómo se ha hecho ciencia? Consideramos que la inmersión prolongada de un observador ajeno en las actividades diarias de los científicos es una de las mejores vías para contestar esta cuestión y otras similares. Eso también tiene la ventaja de que las descripciones que hacemos de la actividad científica han surgido como resultado de las experiencias del observador en el campo. Dicho de otro modo, no hemos elegido de forma consciente el centrarnos predominantemente en cualquiera de los aspectos tecnológicos, históricos o psicológicos de lo observado. No se ha intentado delimitar el área de competencia antes de nuestra discusión, y no había hipótesis previa sobre qué concepto (o conjunto de conceptos) podría explicar mejor lo que se iba a encontrar en ese campo. En tercer lugar, el uso de «antropología» indica la importancia de poner entre paréntesis nuestra familiaridad con el objeto de estudio. Con eso queremos decir que consideramos muy instructivo captar como algo extraño esos aspectos de la actividad científica que fácilmente se dan por sentados. Es evidente que la aceptación acrítica de los conceptos y la terminología utilizados por algunos científicos ha tenido el efecto de aumentar el misterio que rodea la elaboración de la ciencia, en vez de reducirlo. De modo paradójico, el uso que hacemos de la noción de rareza antropológica pretende disolver el exotismo con el que se asocia a veces la ciencia, en vez de reafirmarlo. Este enfoque, junto con nuestro deseo de evitar adoptar la distinción entre «lo técnico» y «lo social», nos conduce a lo que se podría considerar una aproximación particularmente irreverente a los análisis de la ciencia. Consideramos que la aparente superioridad en cuestiones técnicas de los miembros de nuestro laboratorio es insignificante, en el sentido de que no consideramos que un conocimiento previo (o en el caso del exparticipante, una socialización previa) sea un prerrequisito necesario para entender el trabajo de los científicos. Esto es semejante a la negativa de un antropólogo a inclinarse ante el conocimiento de un hechicero primitivo. Para nosotros, los peligros de «convertirse en nativo» son mayores que las posibles ventajas del fácil acceso y el establecimiento rápido de compenetración con los participantes. Los científicos de nuestro laboratorio constituyen una tribu en la que se corre el peligro de malentender la manipulación y producción de objetos cotidianos, si se les otorga el alto estatus que el mundo externo da, a veces, a sus resultados. Por lo que hemos visto hasta ahora, no hay razones a priori para suponer que la práctica de los científicos sea más racional que la de los observadores externos. Por ello intentaremos que las actividades del laboratorio parezcan tan extrañas como sea posible para no dar demasiadas cosas por supuestas. Los legos que no estén demasiado familiarizados con cuestiones técnicas pueden poner en peligro su perspicacia observacional conformándose de entrada con adoptar acríticamente la cultura técnica.

La utilización especial que hacemos de la perspectiva antropológica con respecto a la ciencia entraña un grado de reflexividad que, por lo general, no resulta evidente en muchos estudios de la ciencia. Al hablar de reflexividad pretendemos referirnos a la conciencia de que quienes observan la actividad científica emplean métodos esencialmente similares a los de los practicantes que estudian. Por supuesto, en el repertorio de muchos sociólogos son habituales los debates acerca de si, y en qué sentido, pueden ser científicas las ciencias sociales. Sin embargo, con frecuencia estos debates han dependido de concepciones erróneas acerca de la naturaleza del método científico entresacadas de los informes parciales que dan los filósofos sobre cómo se practica la ciencia. Por ejemplo, aunque se ha hablado mucho acerca de si la ciencia social puede (o debe) seguir los modelos de Popper o de Kuhn, no está claro, por decirlo suavemente, que las descripciones de la ciencia que hacen estos autores se correspondan con las realidades de la práctica científica4. En nuestra discusión evitaremos estas cuestiones generales y, en cambio, nos centraremos en los problemas específicos que pueden tener en común el científico practicante y el observador de la actividad científica. Eso hará que, en especial en la parte final de la discusión, explicitemos la conciencia que tenemos de los problemas metodológicos con los que nos enfrentamos en la construcción y presentación de nuestra discusión.

Hemos intentado cumplir los requisitos anteriores de una perspectiva antropológica basando nuestra discusión en las experiencias de un observador con cierto entrenamiento antropológico, pero que en gran medida es un ignorante en cuestiones científicas. Al usar este enfoque esperamos arrojar alguna luz sobre el proceso de producción que se da en el laboratorio y sobre las semejanzas con el enfoque del observador.

Es poco probable que nuestra discusión les diga a los científicos algo que no sepan ya. Desde luego, no presumimos, por ejemplo, de revelar hechos hasta ahora desconocidos para los sujetos de nuestro estudio sobre detalles del trabajo científico. Queda claro (como veremos) que muchos miembros de nuestro laboratorio admitirían las clases de actividades artesanales que describimos. Pero, al mismo tiempo, la descripción que hacemos del modo en que esas actividades artesanales se transforman en «afirmaciones sobre la ciencia» podrían constituir una nueva perspectiva sobre lo que los científicos saben que es el caso. Nosotros anticipamos que se enojarán quienes mantienen un compromiso inflexible con las descripciones de la actividad científica tal y como se formula en los informes de investigación. A veces, ese compromiso procede de la percepción de la utilidad de esas afirmaciones para procurarse fondos o pretender otros privilegios. Así, habrá objeciones cuando se considere que nuestra versión alternativa de cómo procede la ciencia socava o amenaza potencialmente la obtención de esos privilegios. Con frecuencia se considera que la investigación de la base de nuestras creencias o, por describir de un modo más preciso esta discusión, de la construcción sociológica del conocimiento científico es un intento de arrojar dudas sobre las creencias o el conocimiento que se estudia. Los análisis a veces se encuentran con este tipo de percepción errónea en el estudio sociológico del conocimiento (por ejemplo, Coser y Rosenberg, 1964, p. 667). No pretendemos que nuestra «irreverencia» o nuestra «falta de respeto» por la ciencia sea un ataque a la actividad científica. Es simplemente que mantenemos una posición agnóstica. Por ello debemos subrayar que no negamos que la ciencia sea una actividad sumamente creativa. Solo que a veces se malinterpreta la naturaleza precisa de esta creatividad. El uso que hacemos de «creativo» no se refiere a las capacidades especiales de ciertos individuos para obtener un mayor acceso a un cuerpo de verdades previamente ocultas; refleja más bien nuestra premisa de que la actividad científica es solo una esfera social en la que se construye el conocimiento.

También se podría objetar que el trabajo del laboratorio concreto que hemos estudiado es inusual, pues es relativamente pobre a nivel intelectual; que su actividad la constituye un aburrido trabajo rutinario que no representa el drama y la osadía predominantes en otras áreas del trabajo científico. Sin embargo, en 1977, poco después de que comenzáramos a preparar este manuscrito, se le concedió el Premio Nobel de Medicina a uno de los miembros de nuestro laboratorio. Si el trabajo de un laboratorio es rutinario, entonces es posible recibir lo que quizá sea el tipo de aclamación más prestigioso por parte de la comunidad científica por el tipo de rutina que describimos.

Quizá sea relativamente fácil mostrar la intrusión de factores sociales en casos límite, en la ciencia polémica, o allí donde el secretismo y la competencia resultan evidentes. Ello es debido precisamente a que en esas situaciones los científicos pueden ofrecer indicios de interferencias extratécnicas o no científicas en su trabajo. Como resultado, se intenta explicar en esos casos la ocurrencia de lo «técnico» en términos de lo «social». Sin embargo, el trabajo de nuestro laboratorio constituye la ciencia «normal» que está relativamente libre de hechos sociológicos evidentes. Por ello nos vemos menos tentados a tratar de ir sacando casos de cotilleo y escándalo; ni pretendemos revelar cosas sociológicas escandalosas ni afirmamos que la ciencia desprovista de esa intriga no sea digna de atención sociológica.

Hasta ahora hemos comentado algunos modos en que nuestro enfoque difiere de muchos intereses sociológicos tradicionales. En concreto, hemos adoptado la noción de estudio antropológico de la ciencia para referirnos al sentido particular que tiene nuestra concepción de lo social. No nos interesa un análisis sociológico en la tradición funcionalista que trate de especificar las normas que rigen la conducta de los científicos. Al mismo tiempo, queremos evitar la perspectiva que adopta implícitamente una distinción entre cuestiones «técnicas» y «sociales», aunque se diga que estas están estrechamente relacionadas. El uso de tal distinción puede ser peligroso, porque no examina críticamente la parte sustancial de las cuestiones técnicas o debido a que los efectos de lo social son solo aparentes en los casos más evidentes de interrupción externa. Muy significativamente, el uso de esta distinción no examina su importancia como recurso de la actividad científica. Además, nuestra recolección de observaciones dentro del escenario nos ha llevado a un tipo de investigación que tiene que ver primariamente con los detalles de la actividad científica, en vez de con la descripción histórica que lo abarca todo. Nuestra discusión se ocupa de la construcción social de los hechos científicos, con la condición de que usamos «social» en un sentido especial que quedará claro en el curso del debate. Evidentemente, queremos evitar la imposición simplista de conceptos al intentar dar sentido a nuestras observaciones de la ciencia. Por ejemplo, nuestro interés por lo «social» no se limita a esas observaciones no técnicas a las que se les pueden aplicar conceptos sociológicos tales como normas o competencia. En cambio, consideramos que el proceso de construcción del sentido que la aplicación de conceptos sociológicos implica es sumamente significativo para nuestro propio enfoque. Lo que constituye el núcleo de nuestra discusión es este proceso de construcción del sentido. Por ello, como definición de trabajo, se podría decir que nos interesa la construcción social del conocimiento científico en la medida en que esta presta atención a los procesos mediante los que los científicos dan sentido a sus observaciones.

Recapitulemos utilizando un ejemplo que ilustre lo que queremos decir con el proceso de dar sentido en la construcción social de la ciencia. En algún momento a finales de 1967, Jocelyn Bell, una estudiante investigadora de los laboratorios de radioastronomía de Cambridge, observó la persistente aparición de una extraña «mancha» en el registro del aparato ideado para producir un reconocimiento estelar de cuásares. Esta afirmación es en sí una versión condensada de la descripción vislumbrada a partir de una serie de fuentes que incluyen discusiones con Bell (Woolgar, 1976a). Sociólogos de diferentes concepciones y estilos de investigación podrían sin duda considerar este episodio de distintas maneras. Por ejemplo, aquellos a los que les interesan fundamentalmente las normas podrían indagar cómo se manipuló la comunicación de este descubrimiento a la luz de las presiones competitivas prevalecientes. ¿En qué medida siguieron, o evadieron, los científicos las normas de universalidad? Un enfoque semejante dejaría intacta la actividad entrañada en la percepción de Bell. Otro enfoque más sofisticado podría indagar sobre las circunstancias sociales predominantes en ese momento. ¿Cuáles eran las construcciones en términos de disponibilidad de equipo que hicieron que las observaciones de Bell parecieran notables? ¿Cuáles eran las características de la organización de la radioastronomía en esa etapa de su desarrollo que dieron una importancia especial a la observación de Bell? Este enfoque sería más sofisticado en el sentido de que se examinarían factores tales como la organización de la investigación en Cambridge y la experiencia de los participantes en disputas pasadas para ver el influjo ejercido en la observación y en su subsiguiente interpretación. Se podría argumentar que, dado un estado de hechos distinto, se habrían interpretado las observaciones de modo diferente o podrían no haberse producido en absoluto.

En este ejemplo concreto se podría mantener que, si el escrutinio de los registros hubiera estado automatizado, o si Bell hubiera estado suficientemente socializada para darse cuenta de que era imposible la persistente recurrencia del pico y que, por tanto, no era notable, el descubrimiento de los púlsares habría tardado más en llegar. Los hechos técnicos, tal como las observaciones de Bell, son, por tanto, mucho más que meras operaciones psicológicas; el mismo acto de percibir está constituido por fuerzas sociales predominantes. Sin embargo, nuestro interés se ha de centrar en los detalles del proceso de observación. En concreto, nos gustaría saber mediante qué método dio sentido Bell a una serie de figuras tales que pudieran producir la descripción: «Aparecía una y otra vez una cierta mancha». Se puede tratar de modo psicológico el proceso que informa la percepción inicial. Sin embargo, a nosotros nos ha de interesar el uso de los procedimientos socialmente disponibles para construir una descripción ordenada del aparente caos de las percepciones disponibles.

La construcción del orden