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Además de sus seis grandes novelas, Jane Austen escribió también historias de menor extensión en las que no resultan menos reconocibles ni brillantes las cualidades que hacen de ella una de las favoritas del público, como son el análisis de los sentimientos, un fino sentido del humor y la hábil caracterización de los personajes. El presente volumen reúne las mejores de estas obras menores en tamaño, aunque no en calidad: "Lady Susan", novela cuya desinhibida protagonista se aparta de los tipos más comunes en las obras de Austen; "Los Watson", en la que explora la situación de dependencia de las mujeres; "Amor y amistad", divertida parodia de las novelas galantes, y "Sanditon", prometedora novela que truncó la enfermedad que llevó a la muerte a la autora.
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Seitenzahl: 400
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Jane Austen
Lady Susany otras novelas
Traducción deMiguel Ángel Pérez Pérez
Lady Susan
Los Watson
Amor y amistad
Sanditon
Créditos
Langford, diciembre
Mi querido cuñado:
No puedo seguir negándome el placer de aprovecharme de la amable invitación que me hiciste, la última vez que nos vimos, para que pase unas semanas con vosotros en Churchill, así que si os viene bien a la señora Vernon y a ti recibirme en estos momentos, espero tener dentro de unos días la ocasión de que me presentes a la cuñada a la que hace tanto tiempo que ardo en deseos de conocer. Mis afectuosos amigos me instan con todo cariño a que prolongue mi estancia aquí, pero su modo de ser hospitalario y alegre los lleva a mantener una intensa vida social que resulta excesiva para mi actual situación y estado de ánimo, por lo que aguardo con impaciencia a que llegue el momento en que me recibáis en vuestro encantador retiro. Ansío conocer a vuestros queridos hijos e intentar hacerme un hueco en sus corazones. Dentro de muy poco no me quedará más remedio que poner a prueba toda mi fortaleza, ya que estoy a punto de separarme de mi hija. La larga enfermedad de su amado padre impidió que le pudiese dedicar toda la atención que el deber y el afecto me dictaban por igual, y tengo mis razones para temerme que la institutriz a cuyo cuidado la confié no estuviera a la altura de dicha responsabilidad. Así pues, he decidido meterla en uno de los mejores colegios privados de la ciudad, en el que podré dejarla yo misma cuando vaya de camino a vuestra casa. Como ves, estoy resuelta a que no me niegues la entrada a Churchill, y me dolería mucho que te fuera imposible recibirme ahora.
Tu agradecida cuñada que tanto te quiere,
Susan Vernon
Langford
Estabas equivocada, mi querida Alicia, al suponer que me quedaría en este lugar todo el invierno. Me duele decir lo muy equivocada que estabas, pues pocas veces he pasado tres meses tan agradables como estos últimos. Sin embargo, en la actualidad las cosas no van nada bien por aquí. Las mujeres de la familia se han unido en mi contra. Tú ya predijiste lo que iba a pasar cuando me vine a Langford, y Manwaring es un hombre tan agradable que yo misma tenía mis miedos. Recuerdo que pensé mientras me dirigía a la casa: «Me agrada mucho ese hombre; no quiera el cielo que pase nada malo». De todos modos, estaba decidida a ser discreta, a tener siempre presente que sólo llevaba cuatro meses de viuda y a comportarme con toda la moderación que me fuera posible, y así lo he hecho. Mi querida amiga, no he aceptado las atenciones de nadie salvo las de Manwaring, he evitado todo coqueteo y no he dado ningún trato preferente a persona alguna de las muchas que pasan por aquí, a excepción de sir James Martin, al que mostré cierta deferencia para apartarlo de la señorita Manwaring. Pero si el mundo conociera mis motivos para hacerlo, me daría toda la razón. Se me ha llamado mala madre, pero actué movida por el sagrado impulso del afecto maternal, y si mi hija no fuese la mayor boba que hay sobre la faz de la tierra, mis esfuerzos se habrían visto recompensados como se merecían. Sir James llegó a pedirme la mano de Frederica, pero ésta, que nació para hacer de mi vida un suplicio, prefirió oponerse con tanta fuerza a esa unión, que consideré que sería mejor dejarlo estar de momento. En más de una ocasión me he arrepentido de no haberme casado yo misma con él, y bastaría con que sir James fuese un poco menos débil y deleznable para que lo hiciera, pero reconozco que soy bastante romántica a ese respecto y no me conformo con que un hombre sea rico. El resultado de todo esto es muy exasperante. Sir James se ha ido, Maria está muy indignada y la señora Manwaring celosa hasta lo insoportable; tan celosa e iracunda conmigo que, llevada por la furia, no me extrañaría nada que recurriera a su tutor si tuviese libertad para dirigirse a él, pero en eso tu marido sigue siendo un verdadero amigo, pues nunca ha hecho nada más amable y acertado en su vida que librarse de ella para siempre tras el matrimonio que contrajo. Así pues, te ruego que mantengas vivo su resentimiento contra ella. Ahora la situación es muy triste; nunca ha habido casa más alterada; toda la familia está en pie de guerra y Manwaring apenas se atreve a hablarme. Es hora de que me vaya, por tanto; he decidido dejarlos, y esta misma semana espero pasar un agradable día contigo en la ciudad. Si el señor Johnson continúa teniendo la misma mala opinión de mí, entonces habrás de venir tú a verme a Wigmore Street, 10, pero espero que no sea ése el caso, pues, como al señor Johnson, pese a todos sus defectos, siempre se le aplica ese gran término de ser un hombre «respetable», y se sabe que yo soy íntima de su mujer, el que me desprecie de ese modo debe de resultar extraño. Voy a Londres de paso, camino de un lugar insoportable como es un pueblecito, pues mi destino es Churchill. Perdóname, mi querida amiga, pero es mi último recurso. Si tuviera abiertas las puertas de cualquier otro sitio de Inglaterra, sin duda que iría allí. Le tengo una gran aversión a Charles Vernon, y me da miedo su mujer. Aun así, he de quedarme en Churchill hasta que se me presente algo mejor. Mi hija me va a acompañar a Londres, donde la dejaré al cuidado de la señorita Summers, en su colegio de Wigmore Street, hasta que le entre un poco de razón. Allí hará buenas amistades, ya que las demás chicas son de las mejores familias. Cuesta carísimo, y excede con mucho lo que me puedo permitir.
Me despido. Te escribiré unas líneas en cuanto llegue a la ciudad.
Un abrazo,
Susan Vernon
Churchill
Mi querida madre:
Lamento mucho comunicarle que no nos será posible cumplir nuestra promesa de pasar las navidades con usted, pues nos impide gozar de esa dicha una circunstancia que no creo muy probable que nos compense en absoluto. Lady Susan le ha enviado una carta a su cuñado en la que le comunica su intención de venir a visitarnos casi de inmediato, y como lo más seguro es que esa visita sea por pura conveniencia, me es imposible predecir lo que pueda durar. Yo no estaba en absoluto preparada para semejante contingencia, ni tampoco me explico esta conducta de milady. Langford parecía justo el lugar perfecto para ella en todos los sentidos, tanto por el estilo de vida caro y elegante de allí como por el gran apego que le tiene a la señora Manwaring, así que lejos estaba yo de esperarme que nos hiciera tan rápidamente este honor, por más que siempre he sospechado, a tenor del cariño cada vez más grande que nos ha cogido desde la muerte de su marido, que tendría que llegar el momento en que nos viésemos obligados a recibirla. Soy de la opinión de que el señor Vernon fue demasiado amable con ella cuando estuvo en Staffordshire. El modo en que se ha portado con mi marido desde antes de que contrajéramos matrimonio, independientemente de cuál sea su forma de ser en general, ha sido tan taimado y mezquino, sin que hubiese la menor justificación, que alguien que fuera menos amable y afable que él nunca se lo habría pasado por alto, y aunque como viuda de su hermano que estaba pasando estrecheces lo que correspondía era que el señor Vernon le ofreciese ayuda económica, no puedo dejar de pensar que tanta insistencia para que se viniese una temporada a Churchill con nosotros estaba de más. Pero como él siempre piensa lo mejor de todo el mundo, el gran despliegue de pena que hizo ella, y sus afirmaciones de lo arrepentida y resuelta a actuar con prudencia que estaba, bastaron para que él se ablandara y confiase de veras en su sinceridad. Sin embargo, yo sigo sin tenerlas todas conmigo, y pese a lo convincente de la carta de milady, no sabré a qué atenerme hasta que consiga averiguar lo que verdaderamente pretende al venirse a casa; así pues, ya se podrá imaginar, mi querida madre, con qué ánimo aguardo su llegada. Ella dispondrá de ocasiones de sobra para hacer gala de ese poder de seducción por el que es tan célebre e intentar ganarse mi estima, y yo desde luego me voy a resistir a ese influjo si no va acompañado de algo más sustancial. En la carta manifiesta las ganas que tiene de conocerme, y nombra a mis hijos con mucha amabilidad, pero no soy tan incauta como para creerme que una mujer que ha tratado a su hija con tanto desinterés, por no decir crueldad, vaya a sentir algún afecto por los míos. La señorita Vernon se va a quedar en un colegio de Londres antes de que su madre venga a casa, de lo cual me alegro tanto por su bien como por el mío. A ella le vendrá bien separarse de su madre, y, por otro lado, una chica de dieciséis años que ha recibido una educación tan mala no sería aquí una compañía muy aconsejable. Reginald lleva mucho tiempo deseando que yo conozca a esta cautivadora lady Susan, y esperamos que él también venga a vernos pronto. Me alegra saber que mi padre sigue tan bien de salud.
Con todo mi cariño,
Catherine Vernon
Parklands
Mi querida hermana:
Os felicito al señor Vernon y a ti por estar a punto de recibir en vuestra casa a la mayor coqueta de toda Inglaterra. Siempre he tenido motivos para considerarla una casquivana muy distinguida, pero últimamente me he enterado de algunos detalles de su comportamiento en Langford que demuestran que no se limita a esa especie de tonteo sin mayor importancia que agrada a la mayoría de las personas, sino que aspira a la satisfacción más exquisita de hacer desdichada a una familia entera. Con su conducta con el señor Manwaring consiguió volver celosa y desdichada a la mujer de éste, y con las atenciones que dedicó a un joven que estaba muy unido a la hermana del señor Manwaring, logró privar a una chica encantadora de su pretendiente. Supe todo eso por un conocido, el señor Smith, que está ahora por aquí (he comido con él en Hurst y en Wilford) y acaba de llegar de Langford, donde pasó una quincena en la casa en compañía de milady, con lo que tiene información de primera mano.
¡Qué mujer tiene que ser! Me muero de ganas de verla, y desde luego voy a aceptar tu amable invitación para formarme una idea más clara de ese poder suyo de seducción, que es capaz de ganarse a la vez y en la misma casa el afecto de dos hombres que no eran libres para concedérselo, y, además, sin que cuente ella con el encanto de la juventud. Me alegra saber que la señorita Vernon no va a acompañar a su madre a Churchill, ya que no posee buenos modales y, según el señor Smith, es tan aburrida como orgullosa. Allí donde la soberbia y la estupidez van unidas de la mano, no puede haber disimulo alguno al que valga verdaderamente la pena prestar atención, así que la señorita Vernon se vería relegada a un desdén implacable; sin embargo, por lo que oigo, lady Susan posee una encantadora habilidad para el engaño que me será muy agradable presenciar y detectar. Estaré muy pronto con vosotros.
Tu hermano que te quiere,
Reginald De Courcy
Churchill
Recibí tu nota, mi querida Alicia, justo antes de irme de Londres, y me complació confirmar que el señor Johnson no sospechaba nada de nuestro encuentro de la tarde anterior. Sin duda lo mejor es engañarlo por completo; ya que él se empeña en ser tan testarudo, no queda otro remedio. Llegué aquí sin ningún incidente, y no tengo la menor razón para quejarme del recibimiento que me hizo el señor Vernon, pero confieso que no estoy tan satisfecha con la actitud de su señora. Es de una educación exquisita y tiene todo el aire de ser una mujer muy distinguida, pero todos sus modales no van a convencerme de que no esté predispuesta en mi contra. Yo quería que se regocijara de veras al verme, y de hecho me comporté con toda la amabilidad que pude, mas fue en vano: no le caigo bien. Claro está que, si tenemos en cuenta que me tomé ciertas molestias para intentar impedir que mi cuñado se casara con ella, esa falta de cordialidad por su parte no resulta muy sorprendente, pero, de todos modos, es síntoma de una actitud intransigente y vengativa que esté molesta por algo que consideré conveniente llevar a cabo hace ya seis años, y que finalmente no llegó a buen puerto. A veces casi me arrepiento de no haber dejado que Charles comprase el castillo de Vernon cuando nos vimos obligados a venderlo, pero es que fue una circunstancia muy exasperante, sobre todo porque la venta tuvo lugar a la vez que el matrimonio de él, y creo que debería respetarse que mis delicados sentimientos no pudiesen soportar que la dignidad de mi marido fuese a menos al tomar posesión su hermano pequeño de la mansión familiar. De haber podido arreglar las cosas de manera que nosotros no nos tuviéramos que ir del castillo; de haber podido seguir viviendo allí con Charles, tras conseguir que él permaneciese soltero, lejos habría estado yo de convencer a mi marido para que dispusiese de la finca de otro modo; pero es que Charles estaba a punto de casarse con la señorita De Courcy, y ahora el resultado me da totalmente la razón. Esta casa está llena de niños, con lo que no veo qué beneficio habría supuesto para mí que él comprase Vernon. Puede que el que yo lo impidiera haya dado a su mujer una impresión desfavorable de mí, pero cuando uno está predispuesto a que le disguste una razón, nunca le faltarán otras muchas, y en cuanto a la cuestión económica, aquello nunca ha impedido que Charles me sea siempre muy útil. La verdad es que le tengo mucho aprecio, por lo fácil que es aprovecharse de él.
La casa está muy bien; el mobiliario es a la última y todo rebosa elegancia y abundancia. Charles es muy rico, de eso estoy segura; una vez que un hombre ingresa en una casa de banca, se forra de dinero. Sin embargo, no saben qué hacer con su fortuna, tienen muy poca vida social y sólo van a Londres por asuntos de negocios. Vamos a estar todos aburridísimos. Quiero ganarme el afecto de mi cuñada por medio de sus hijos; ya me he aprendido todos sus nombres, y, haciendo gala de mi mayor sensibilidad, le demuestro especial cariño a uno de ellos, el pequeño Frederic, al que siento en mi regazo y suspiro mientras recuerdo a su querido tío.
¡Pobre Manwaring! No hace falta que te diga lo mucho que lo echo de menos, y que lo tengo de continuo en mis pensamientos. Al llegar aquí, me encontré con una funesta carta de él, llena de quejas de su mujer y de su hermana, y lamentos suyos por la crueldad de su sino. A los Vernon les hice creer que la carta era de su mujer, y cuando yo le escriba a él, tendrá que ser dentro de otra dirigida a ti.
Un abrazo,
Susan Vernon
Churchill
Bueno, mi querido Reginald, ya he visto a esta mujer peligrosa y paso a describírtela, aunque espero que muy pronto puedas hacerte tu propia idea de ella. En verdad es muy hermosa. Por mucho que quieras poner en tela de juicio el atractivo de una dama que ya no es joven, he de afirmar por mi parte que pocas veces he visto a una mujer tan preciosa como lady Susan. Es rubia y delicada, de bonitos ojos grises y pestañas oscuras, y, por su aspecto, nadie pensaría que tuviese más de veinticinco años, aunque de hecho debe de tener diez más. Yo desde luego no estaba dispuesta a admirarla, pese a haber oído tanto acerca de su belleza, pero no me queda más remedio que reconocer que reúne en sí una unión muy poco habitual de simetría, esplendor y gracilidad. Se dirigió a mí con tanta ternura, franqueza e incluso afecto que, de no saber yo la aversión que me tiene por haberme casado con el señor Vernon, además de que nunca nos habíamos visto antes, podría haber llegado a creerme que estaba recibiendo a una amiga íntima. Supongo que tenemos tendencia a relacionar el exceso de seguridad en una misma con la coquetería, y a esperar que unos modales insolentes vayan acompañados por una similar insolencia de mente; cuando menos, yo estaba preparada para que lady Susan se comportase con un indecoroso exceso de seguridad en sí misma, pero resulta que tiene un semblante muy dulce, y que su voz y su porte son muy agradables y encantadores. Qué pena que sea así, ya que no es más que un engaño. Lamentablemente la conocemos demasiado. Es inteligente y agradable, tiene ese conocimiento del mundo que permite que sea fácil conversar con ella, y se expresa muy bien, con un acertado dominio del lenguaje que me da la impresión de que emplea con demasiada frecuencia para convertir lo blanco en negro. Ya casi me ha hecho creer que le tiene muchísimo cariño a su hija, pese a que llevo tanto tiempo convencida de lo contrario. Habla de ella con tanta ternura y preocupación, y se lamenta con tanta amargura de haber descuidado su educación, lo cual, por otro lado, afirma que fue algo totalmente inevitable, que me veo obligada a recordar las muchas primaveras seguidas que pasó en Londres, mientras su hija se quedaba en Staffordshire al cuidado de los sirvientes, o de una institutriz que apenas era mejor que aquéllos, para no creerme todo lo que me cuenta.
Si sus modales ejercen tanta influencia en mi resentimiento, ya te podrás imaginar cuánto más influyen en el carácter generoso del señor Vernon. Me encantaría poder creerme tanto como él que de verdad lady Susan se fue de Langford para venirse a Churchill por voluntad propia, y, de no haberse pasado ella tres meses allí antes de descubrir que el estilo de vida de sus amigos no era el que más se ajustaba a su situación ni a sus sentimientos, yo habría podido llegar a pensar que su sufrimiento por la pérdida de un marido como el señor Vernon, con el que no es que se portara de forma intachable, era la razón de que desease llevar una vida más retirada durante algún tiempo. Sin embargo, no me olvido de lo larga que fue su estancia con los Manwaring, y cuando pienso en lo distintos que debieron de ser allí sus días a los que ahora se ve obligada a pasar aquí, sólo me cabe suponer que fue el deseo de limpiar su reputación comportándose con decoro, aunque ya sea demasiado tarde, lo que la impulsó a dejar a una familia en cuya casa verdaderamente debía de estar disfrutando mucho. No obstante, la historia de tu amigo el señor Smith no puede ser cierta, puesto que lady Susan se cartea con regularidad con la señora Manwaring, o, en todo caso, debe de estar muy exagerada, ya que no parece muy posible que ella fuese capaz de engañar hasta ese extremo a dos hombres a la vez.
Un abrazo,
Catherine Vernon
Churchill
Mi querida Alicia:
Eres muy amable al preocuparte por Frederica, lo que te agradezco como una muestra más de tu amistad, pero como no dudo en absoluto de la autenticidad de ésta, jamás en la vida te exigiría que realizases semejante sacrificio. La pobre es una estúpida sin mérito alguno. Así pues, no me gustaría que desperdiciases ni un segundo de tu precioso tiempo invitándola a Edward Street, sobre todo porque cada visita que haga allí serán muchas horas que habrá que descontar de la cuestión fundamental de su educación, que es a lo que más me interesa que se atienda mientras siga con la señorita Summers. Quiero que aprenda a tocar y cantar con algo de gusto y mucho aplomo, ya que ha sacado mis manos y mis brazos y tiene una voz pasable. Yo estuve tan consentida de pequeña que nunca hube de esforzarme en nada, por lo que carezco de las destrezas que culminan a una mujer bella. Y no es que yo sea de las que defienden esa moda que tanto impera de adquirir un perfecto conocimiento de todas las lenguas, artes y ciencias, pues es una pérdida de tiempo; dominar el francés, el italiano y el alemán, así como la música, el canto, el dibujo, etc., puede conseguirle algunos elogios a una mujer, pero no añadirá ni un enamorado a su lista. Al fin y al cabo, la gracilidad y los modales son lo más importante. Así pues, no pretendo que los logros de Frederica vayan más allá de lo superficial, y me halaga pensar que no va a estar el suficiente tiempo en el colegio para enterarse de nada a conciencia, puesto que espero verla convertida en la esposa de sir James antes de que transcurra un año. Sabes en lo que baso mis esperanzas, que creo bien fundadas, ya que estar en el colegio debe de resultar muy humillante para una chica de la edad de Frederica; y, por cierto, mejor que no la invites más a tu casa por esa circunstancia, porque quiero que su situación se le haga lo más desagradable que sea posible. Estoy segura de que sir James no me fallará, y que bastará con que le escriba unas líneas para que me vuelva a pedir la mano de la niña. Entretanto, te ruego que impidas que él entable ninguna otra relación cuando vaya a Londres; invítalo a tu casa alguna que otra vez, y háblale de Frederica para que no se olvide de ella.
En líneas generales, estoy muy contenta de mi comportamiento en este asunto, que considero una acertada mezcla de circunspección y ternura. Algunas madres habrían insistido en que su hija aceptara una propuesta tan magnífica a la primera tentativa, pero yo no me habría quedado tranquila si hubiese obligado a Frederica a contraer un matrimonio que le repugnaba; con lo que, en lugar de ser yo la que tenga que tomar una medida tan severa, me propongo sencillamente que sea ella la que lo decida, haciéndole la vida del todo imposible hasta que termine por aceptar a sir James. Pero ya está bien de tanto hablar de esta chica tan aburrida.
Supongo que te preguntarás cómo me las apaño para pasar aquí el rato, y la verdad es que la primera semana fue de lo más insufrible y tediosa. Ahora, en cambio, se empiezan a arreglar las cosas, ya que se nos ha unido el hermano de la señora Vernon, un joven apuesto que parece prometerme cierto entretenimiento. Hay algo en él que me interesa bastante: una especie de descaro, de exceso de confianza, que voy a enseñarle a corregir. Es muy alegre y parece inteligente, y cuando le haya infundido mayor respeto hacia mí del que los amables oficios de su hermana le han inculcado, puede que me sea agradable coquetear con él. Produce un placer exquisito someter a una persona insolente, hacer que alguien predispuesto a que no le gustes termine por reconocer tu superioridad. De momento ya lo he desconcertado con mi serenidad y reserva; y me voy a encargar de bajarles los humos aún más a estos De Courcy que se creen tan importantes, de convencer a la señora Vernon de que sus advertencias de hermana han sido en vano, y de persuadir a Reginald de que ella me ha calumniado de una forma vergonzosa. Al menos así estaré entretenida, y no lamentaré tan intensamente esta terrible separación de ti y de todos aquellos a los que quiero. Me despido.
Tuya afectísima,
S. Vernon
Churchill
Mi querida madre:
No espere que Reginald vuelva hasta dentro de algún tiempo. Me ha pedido que le diga que el buen tiempo que está haciendo lo ha animado a aceptar la invitación del señor Vernon para que prolongue su estancia aquí en Sussex y puedan salir a cazar juntos. Tiene intención de pedir que le traigan sus caballos de inmediato, así que me es imposible decir cuándo lo volverá a ver por Kent. No le voy a ocultar cuáles son mis sentimientos con respecto a este cambio, mi querida señora, aunque considero más conveniente que usted no se los comunique a mi padre, ya que se preocupa en exceso por Reginald y esto podría inquietarlo hasta afectar seriamente a su salud y su ánimo. No me cabe duda de que lady Susan ha conseguido en una quincena que mi hermano se vuelva como ella; en definitiva, que estoy convencida de que el que vaya a quedarse más tiempo del previsto se debe tanto a la fascinación que siente por ella como a que quiera cazar con el señor Vernon, con lo que, obviamente, el alargamiento de su visita no me produce la misma alegría que, de otro modo, me daría poder contar con la compañía de mi hermano. De hecho, estoy indignada con los ardides de esta mujer sin escrúpulos. ¿Qué mejor prueba puedo dar de su peligrosa facilidad para cambiar las cosas que esta distorsión del buen criterio de Reginald, que llegó a esta casa tan decidido en contra de ella? En la última carta que me envió antes de venir, hasta me detalló algunos particulares de la conducta de ella en Langford, tal y como se los contó un caballero que la conocía muy bien, los cuales, de ser ciertos, serían motivo de sobra para que todo el mundo la aborreciera, y que el propio Reginald estaba totalmente dispuesto a creerse. Estoy segura de que tenía tan mala opinión de lady Susan como de la peor mujer de Inglaterra, y cuando llegó aquí se notaba que no consideraba que ella se mereciese ser tratada con delicadeza ni respeto, y que pensaba que estaría encantada de recibir las atenciones de cualquier hombre que mostrara alguna disposición a tontear con ella.
Sin embargo, reconozco que lady Susan se ha comportado de modo que tal idea se disipase por completo; no le he detectado la menor falta de decoro –ni la menor muestra de vanidad, ínfulas o frivolidad–, y, al ser una mujer tan atractiva, no me habría extrañado que Reginald quedase encantado con ella de no haber sabido nada de su forma de ser antes de conocerla aquí, pero de verdad que me sorprende que esté tan fascinado con esa mujer como sé que lo está, porque atenta contra toda lógica y convicciones. Ya desde el principio sintió una fuerte admiración por ella, aunque no mayor de la que cabía esperar, del mismo modo que no me pareció raro que le agradaran sus modales gentiles y delicados; pero, de un tiempo a esta parte, cuando me la nombra es para ensalzarla de la forma más increíble, y ayer hasta llegó a decir que no le extrañaba que tanto encanto y talento pudiesen llegarle a un hombre muy dentro; y cuando le respondí lamentándome de que fuese tan mala, Reginald comentó que, cualesquiera que hubiesen sido sus errores, había que atribuirlos a las deficiencias de su educación y a haberse casado tan joven, y que no por eso dejaba de ser una mujer maravillosa.
Me saca de quicio esta tendencia a excusar su conducta, o a pasarla por alto llevado por la admiración; y de no saber que Reginald está aquí en Churchill en su casa y no necesita de invitación alguna para prolongar su estancia, habría lamentado mucho que el señor Vernon se la hiciese.
Las intenciones de lady Susan son, por supuesto, coquetear todo lo que pueda, o seguir realizando su deseo de ser admirada por todo el mundo. No me cabe en la cabeza que tenga nada más serio en mente, pero me da mucha pena ver a un joven tan cabal como Reginald embaucado por ella.
Con todo mi cariño,
Catherine Vernon
Edward St
Mi queridísima amiga:
Te felicito por la llegada del señor De Courcy, con el que te aconsejo encarecidamente que te cases. Tenemos constancia de que el patrimonio de su padre es muy considerable y sin duda pasará a él. Sir Reginald está muy enfermo, así que no es muy probable que se interponga mucho tiempo en tu camino. He oído hablar bien del joven, y aunque no pueda haber nadie que verdaderamente te merezca, mi queridísima Susan, vale la pena que te hagas con el señor De Courcy. Manwaring montará en cólera, por supuesto, pero no te costará mucho calmarlo. Además, ni por la cuestión de honor más escrupulosa se te podría exigir que esperaras a que él consiguiera emanciparse. He visto a sir James; vino unos días a Londres la semana pasada y se pasó varias veces por casa. Le hablé de tu hija y de ti, y, lejos de haberos olvidado, estoy segura de que se casaría encantado con cualquiera de las dos. Le di esperanzas de que Frederica terminaría por transigir, y le hablé mucho de los grandes progresos que estaba haciendo en sus estudios. Lo reprendí por hacerle la corte a Maria Manwaring; él afirmó que no iba en serio, y los dos nos reímos con ganas del chasco que se había llevado ella y, en definitiva, pasamos un rato muy agradable. Sigue igual de tonto que siempre.
Un abrazo,
Alicia
Churchill
Te quedo muy agradecida, mi querida amiga, por tu consejo sobre el señor De Courcy, el cual, aunque sé que me diste plenamente convencida de su conveniencia, no me inclino del todo a seguir. Me cuesta decidirme sobre algo tan serio como el matrimonio, sobre todo porque en estos momentos estoy bien de dinero, y puede que hasta la muerte del anciano caballero esa unión me beneficiase muy poco. Cierto es que soy lo bastante vanidosa para creer que está a mi alcance. He hecho que él se dé cuenta de mi poderío, y ahora me regocijo de haber triunfado sobre alguien que llegó aquí predispuesto a que yo no le gustara por mis actos del pasado. Espero que su hermana también haya quedado convencida de lo poco que sirve presentarle a alguien un retrato desfavorable de otra persona, cuando se tiene que enfrentar a la influencia directa sobre ese alguien de la inteligencia y los buenos modales de dicha persona. Veo con toda claridad que está inquieta por lo mucho que estoy consiguiendo que su hermano se forme una buena opinión de mí, y me imagino que hará todo lo que pueda para contrarrestarla; aun así, en cuanto consiga que él ponga en tela de juicio la idea que su hermana tiene de mí, probablemente acepte el desafío.
Disfruto viendo cómo él se me insinúa para que intimemos más, y sobre todo observando lo mucho que ha cambiado su actitud como consecuencia de que yo reprimiese, por medio de mi comportamiento sereno y digno, su insolente forma de tratarme con una familiaridad excesiva. Mi conducta también ha sido de lo más cautelosa desde el primer momento, de modo que jamás en la vida me he comportado menos como una coqueta, por más que tal vez nunca haya tenido más clara mi ansia de dominio. Lo he doblegado por completo por medio de mi conversación tan seria como sensiblera, y me atrevo a decir que he conseguido que esté medio enamorado de mí sin que yo haya dado la menor apariencia de recurrir al coqueteo al uso. La señora Vernon debe de ser consciente de que se merece todo tipo de venganza que esté en mi mano causarle por sus malos oficios, y ya sólo eso debiera permitirle darse cuenta de que, en cambio, mi comportamiento tan cortés y sincero no responde a ningún plan. De todos modos, que piense y haga lo que quiera; nunca he visto que el consejo de una hermana pueda evitar que un joven se enamore si así lo quiere. Ahora estamos avanzando hacia cierto tipo de confianza mutua, y, en definitiva, es probable que pronto entablemos una especie de amistad platónica. Puedes estar segura de que, por mi parte, no llegará a más, pues, aunque no estuviera ya más unida a otro hombre de lo que podría estarlo a nadie, bien que me encargaría de no entregar mi afecto a uno que se atrevió a pensar tan mal de mí.
Reginald tiene buena figura, y no es indigno de los elogios que has oído de él, pero no deja de ser muy inferior a nuestro amigo de Langford. Es menos refinado, menos obsequioso que Manwaring, y, en comparación, carece de la habilidad de decir esas cosas encantadoras que la ponen a una de buen humor consigo misma y con todo el mundo. Aun así, es lo bastante simpático para tenerme entretenida y conseguir que pasen agradablemente muchas de las horas que, de otro modo, tendría que dedicar a vencer las reservas de mi cuñada y a escuchar la insulsa conversación de su marido.
Me satisface mucho lo que me cuentas de sir James, y tengo intención de dejarle caer a la señorita Frederica cuáles son mis intenciones muy pronto.
Un abrazo,
S. Vernon
Mi queridísima madre:
Cada vez estoy más preocupada por Reginald, según veo lo rápidamente que aumenta la influencia de lady Susan sobre él. Ahora son de lo más amigos, con frecuencia mantienen largas conversaciones, y ella ha conseguido con su taimada coquetería que el buen juicio de él se rinda a sus intenciones. Es imposible observar esa intimidad a la que tan deprisa han llegado sin sentir cierta inquietud, si bien me cuesta creer que el propósito de lady Susan sea el matrimonio. Sería muy de desear que usted consiguiera, por medio de alguna excusa creíble, que Reginald volviese a casa pronto. Él no tiene la menor intención de dejarnos, por más que le he lanzado todas las indirectas acerca del precario estado de salud de nuestro padre que me permite la buena educación, al encontrarse él en mi casa. El dominio de esa mujer sobre él debe de ser infinito, ya que ha logrado que desaparezca por entero la mala opinión que tenía de ella, y hasta lo ha convencido para que no sólo le perdone su conducta del pasado, sino que también la justifique. Cuando llegó a Churchill, Reginald creía firmemente en el relato del señor Smith de lo que había hecho ella en Langford, en el que la acusaba de haber engatusado al señor Manwaring y a un joven, prometido con la señorita Manwaring, para que se enamoraran locamente de ella; y, en cambio, ahora sostiene que sólo es una invención injuriosa. Él mismo me lo dijo con una vehemencia que mostraba lo mucho que ahora le duele habérselo creído.
¡Lamento de todo corazón que esa mujer llegara a entrar en esta casa! Siempre esperé su llegada con intranquilidad, pero lejos estaba de suponer que me tendría que preocupar por Reginald. Suponía que sería una compañía muy desagradable para mí, pero no me imaginaba que mi hermano corriera el menor peligro de quedar cautivado por una mujer de unos principios que él conocía tan bien, y a la que despreciaba con tantas ganas. Lo mejor que podría pasar es que usted consiguiera sacarlo de aquí.
Con todo mi cariño,
Catherine Vernon
Parklands
Sé que, por lo general, los jóvenes no consienten que ni siquiera sus parientes más cercanos se entrometan en sus asuntos del corazón, pero espero, mi querido Reginald, que no seas de los que no tienen en cuenta la inquietud de un padre y se creen con derecho a negarle su confianza y despreciar sus consejos. Supongo que eres consciente de que, como único hijo varón de esta familia de abolengo, tu conducta en la vida es del mayor interés para tus seres queridos. En lo tocante a la importantísima cuestión del matrimonio, en particular, es mucho lo que está en juego: tu propia felicidad, la de tus padres y tu buen nombre. No creo que fueras capaz de formalizar un compromiso sin informarnos a tu madre y a mí, o, al menos, sin estar convencido de que tu elección sería de nuestro agrado; sin embargo, no consigo librarme del temor de que la dama de la que últimamente te has encariñado te pueda tentar a contraer un matrimonio que toda tu familia, cercana o lejana, habríamos de reprobar rotundamente.
La edad de lady Susan ya es de por sí una objeción de peso, pero su falta de buena reputación es otra tanto más seria, que hasta una diferencia de doce años se convierte en comparación en una menudencia. Si no te cegase una especie de fascinación, sería ridículo por mi parte repetirte los ejemplos de la espantosa mala conducta de ella que son del dominio público. El modo en que desatendió a su marido y coqueteó con otros hombres, su despilfarro y libertinaje, fueron tan flagrantes y notorios en su momento, que todos estuvimos al tanto de ellos entonces, y es imposible que nadie los haya olvidado aún. En nuestra familia siempre se nos ha presentado una imagen más dulcificada de ella a través de la benevolencia del señor Charles Vernon; pero, incluso pese a sus generosos intentos por disculparla, sabemos que, por los motivos más egoístas, ella hizo todo lo que pudo para impedir que el señor Vernon se casara con Catherine.
Por mis años y achaques cada vez mayores, lo que más anhelo, mi querido Reginald, es verte sentar la cabeza. Me da igual la fortuna que pueda aportar la que sea tu esposa, habida cuenta de la holgura de la mía, pero su familia y reputación habrán de ser igual de intachables. Cuando te decidas en firme por alguien a quien no se pueda objetar nada en ambos puntos, te prometo que de inmediato daré encantado mi consentimiento; por el contrario, tengo la obligación de oponerme a una unión que probablemente sólo resultase del empleo de malas artes, y que terminaría por hacerte desdichado.
Tal vez el comportamiento de ella esté motivado por una mera cuestión de vanidad, o por su deseo de ganarse la admiración de un hombre al que debe de figurarse muy predispuesto en su contra; pero veo aún más probable que aspire a algo más. Es pobre, con lo que no deja de ser normal que busque contraer un matrimonio que le sea muy ventajoso. Conoces tus derechos, y que no hay forma legal de que yo pueda impedir que heredes la finca de la familia. El que me dedicase a amargarte la vida mientras durase la mía sería un tipo de venganza al que no me rebajaría bajo ningún concepto. Te estoy manifestando con toda sinceridad mis opiniones e intenciones. No quiero influir en tus posibles temores, sino en tu sentido común y en tu afecto. Me destrozaría la vida saber que te habías casado con lady Susan Vernon. Sería el fin del auténtico orgullo que siempre he sentido por mi hijo, al que a partir de entonces me avergonzaría ver, oír hablar de él e incluso dedicarle mis pensamientos.
Quizá el único bien que haga esta carta sea que me permite desahogarme, pero he considerado que era mi deber advertirte de que tu debilidad por lady Susan no es ningún secreto para quienes te queremos, así como prevenirte contra ella. Me gustaría saber qué razones tienes para no creerte la información del señor Smith, ya que hace un mes no te cabía la menor duda acerca de su veracidad.
Si me aseguras que no tienes ninguna intención, más allá de la de disfrutar de la conversación de una mujer inteligente durante un corto periodo, y de rendir tributo sólo a su belleza y aptitudes, sin que éstas te impidan ver sus defectos, me devolverás la felicidad; pero si te es imposible hacerlo, explícame al menos qué ha provocado que cambie tanto tu opinión de ella.
Tuyo afectísimo,
Reginald De Courcy
Parklands
Mi querida Catherine:
Lamentablemente, cuando llegó tu última carta, me hallaba postrada en cama por un resfriado, el cual me afectó tanto a la vista que no pude leerla por mí misma, así que no pude negarme cuando tu padre se ofreció a leérmela él, con lo que, para mi gran fastidio, se enteró de lo que tanto te preocupa de tu hermano. Yo tenía intención de escribirle a Reginald en cuanto se me pusieran bien los ojos, para señalarle el peligro de que un joven de su edad y grandes expectativas entable una relación íntima con una mujer tan taimada como lady Susan. También le iba a recordar que estamos solos en casa, y lo mucho que lo necesitamos para que nos entretenga en estas largas veladas de invierno. Ahora ya no hay forma de saber si eso habría servido de algo, pero me molesta muchísimo que sir Reginald se enterase de un asunto que sabíamos que lo intranquilizaría tanto. Se dio perfecta cuenta de todo lo que te temías en cuanto leyó tu carta, y estoy segura de que no se lo ha quitado de la cabeza desde entonces. Le escribió a vuelta de correo una larga carta a Reginald hablándole de todo eso, en la que le pedía en particular que le explicase lo que le pueda haber dicho lady Susan que contradiga esos últimos rumores tan espantosos. Su respuesta ha llegado esta mañana, y te la adjunto porque me imagino que querrás conocerla. Me gustaría que fuese más satisfactoria, pues parece escrita con una determinación tan clara de pensar bien de lady Susan, que sus afirmaciones sobre la cuestión del matrimonio y demás no consiguen tranquilizarme. No obstante, a tu padre le digo todo lo que puedo para tenerlo contento, ya que él sí que está menos intranquilo desde que llegó la carta de Reginald. Qué irritante es, mi querida Catherine, que esta inoportuna invitada tuya no sólo impida que nos veamos estas Navidades, sino que también provoque tanta preocupación y problemas. Dale un beso a mis queridos nietos de mi parte.
Tu madre que te quiere,
C. De Courcy
Churchill
Querido señor:
Acabo de recibir su carta, que me ha producido mayor estupor del que haya sentido en toda mi vida. Supongo que he de agradecerle a mi hermana que le haya hecho ese retrato de mí que ha dañado la opinión que tiene usted de mi persona, y que tanta inquietud le ha causado. No entiendo por qué habría de preocupar a su familia y a sí misma temiéndose algo que afirmo que sólo a mi hermana se le ocurriría que pudiera ser posible. Imputar a lady Susan semejante intención significa retirarle toda posesión de ese excelente criterio que ni siquiera sus enemigos más acérrimos le han negado nunca, como también anula cualquier pretensión mía de ser un hombre sensato, si se sospecha que mi comportamiento con ella esconde fines matrimoniales. Nuestra diferencia de edad ya es un obstáculo insuperable, así que le ruego, querido señor, que se tranquilice y no albergue una sospecha que es tan perjudicial para su sosiego como para nuestro juicio.
Al frecuentar la compañía de lady Susan, no me mueve más objeto que el de disfrutar un corto periodo (como usted mismo dice) de la conversación de una mujer de grandes facultades mentales. Si la señora Vernon atribuyese la duración de mi visita al cariño que les tengo a su marido y a ella misma, estaría siendo más justa con todos nosotros, pero, desafortunadamente, mi hermana siente una animadversión contra lady Susan que no creo que vaya a cambiar. Por el afecto que le tiene a su marido, el cual los honra a los dos, no puede perdonar esos intentos de impedir su unión que se achacan al egoísmo de lady Susan. Sin embargo, en ese caso, como en tantos otros, la gente ultraja burdamente a esta dama al imaginarse lo peor, cuando hay dudas sobre los motivos de su conducta.
Lady Susan había oído algo que iba tan en desprestigio de mi hermana, que se convenció de que ese matrimonio supondría la infelicidad absoluta del señor Vernon, al que tanto apego ha tenido siempre. Y esa circunstancia, a la vez que explica el verdadero motivo de lady Susan y la exculpa de todas las acusaciones que se le han prodigado en exceso, también sirve para enseñarnos el poco crédito que debiéramos dar a los rumores que corran por ahí sobre alguien, ya que no hay reputación, por muy buena que sea, que escape a la malevolencia de la calumnia. Si mi hermana, en la seguridad de su retiro, y con tan pocas oportunidades como intenciones de hacer el mal, no pudo evitar ser criticada, no deberíamos condenar precipitadamente a quienes, al vivir en sociedad y estar rodeados de tentaciones, sean acusados de errores que se sabe que estaría en su mano el poder cometer.
Me avergüenzo con severidad de mí mismo por haberme creído tan alegremente los escandalosos chismes que se inventó Charles Smith para perjudicar a lady Susan, pues ahora estoy convencido de lo mucho que la han vilipendiado. En cuanto a lo de los celos de la señora Manwaring, no fue más que otro invento de él, del mismo modo que la historia del afecto que despertó en el enamorado de la señorita Manwaring apenas tiene mayor fundamento. Esa joven consiguió atraer a sir James Martin para que éste le dedicase algunas atenciones, y, como él es adinerado, no costaba ver que las intenciones de ella llegaban hasta el matrimonio. Es bien sabido que la señorita Manwaring quiere cazar marido, con lo que nadie puede compadecerla por perder, ante el atractivo superior de otra mujer, la ocasión de hacer a un hombre de valía completamente desdichado. Lejos estaba lady Susan de pretender esa conquista, y al comprobar lo mucho que le molestaba a la señorita Manwaring la deserción de su enamorado, decidió irse de esa casa, pese a los fervientes ruegos de los señores Manwaring en sentido contrario. Tengo razones para creer que llegó a recibir una proposición de matrimonio en firme de sir James, pero el que lady Susan se fuera de Langford en cuanto descubrió lo que aquél sentía por ella bien debe absolverla a ojos de cualquier persona sensata. Estoy seguro, mi querido señor, de que usted también apreciará la verdad de este razonamiento, y de aquí en adelante será más justo con una mujer cuya reputación ha sufrido tantos agravios.
Sé que lady Susan vino a Churchill únicamente con las intenciones más honorables y agradables. Su prudencia y sobriedad son ejemplares, su estima por el señor Vernon está a la altura de toda la que él se merece, y su deseo de ganarse la buena opinión de mi hermana es digno de recibir mejor respuesta que hasta ahora. Como madre no tiene tacha. El fuerte cariño que le tiene a su hija queda demostrado por el hecho de que la haya dejado en manos de quienes le van a dar una excelente educación; sin embargo, como no peca de esa debilidad ciega y blanda de la mayoría de madres, se la acusa de falta de cariño maternal. Cualquier persona juiciosa, empero, sabrá valorar y elogiar su afecto bien encauzado, y compartirá mi deseo de que Frederica Vernon demuestre ser más digna de lo que lo ha sido hasta la fecha de los afectuosos cuidados de su madre.
Con esto, mi querido señor, ya le he expresado cuál es mi verdadero parecer sobre lady Susan; sabrá por esta carta lo mucho que admiro su talento y aprecio su forma de ser; si usted no queda del todo convencido cuando le aseguro solemnemente que sus miedos no tienen fundamento, me causará una profunda pena y aflicción.
Suyo afectísimo,
R. De Courcy
Churchill
Mi querida madre:
Le devuelvo la carta de Reginald, que me alegro de todo corazón que haya tranquilizado a mi padre. Dígaselo con mis felicitaciones; pero, aquí entre nosotras, he de reconocer que sólo ha servido para convencerme de que mi hermano no tiene intención de casarse con lady Susan de momento, no de que no corra peligro de hacerlo de aquí a tres meses. Da una explicación muy verosímil del comportamiento de milady en Langford que me encantaría que fuese cierta, pero como la información debe de provenir de ella misma, me inclino menos a creérmela que a lamentar el grado de intimidad que siguen teniendo, como implica el que hablen entre ellos de un asunto como ése.
