2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
Acostumbrada a vivir en la gran ciudad, la bella Zoe Kozlowski acudió a Pinehurst a recuperarse de su separación matrimonial y de la aterradora lucha contra el cáncer de mama. La apasionada fotógrafa se lanzó enseguida a llevar a cabo un ambicioso proyecto: convertir su casa en un pequeño hotel. Afortunadamente, el mejor arquitecto del pueblo, que además era el soltero más codiciado, resultó ser su vecino, Mason Sullivan. El interés de Mason por las obras de la casa no tardó en convertirse en una auténtica pasión… no sólo profesional. Pero por muy encantadora que fuese Zoe, también suponía un doloroso recuerdo de su infancia y Mason había prometido que no volvería a correr el riesgo de perder a alguien a quien quisiese.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2007 Brenda Harlen
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Lágrimas de esperanza, n.º 1735- septiembre 2018
Título original: The New Girl in Town
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-9188-968-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
ZOE Kozlowski definitivamente ya no estaba en Manhattan.
Años viviendo en la ciudad habían hecho que se acostumbrase al ruido del tráfico: el chirrido de las ruedas, los claxon, las sirenas… Hubiera dormido perfectamente con el ruido de un martillo percutor seis pisos más abajo de la ventana abierta de su dormitorio, pero el suave gorjeo de los gorriones la había sacado de su sueño.
Con el tiempo, estaba segura, acabaría acostumbrándose a ese sonido, pero de momento, era nuevo y lo bastante agradable como para que no le importara que la despertara a una hora tan temprana. Mientras se dirigía con una infusión al porche trasero, podía oír no sólo el canto de los pájaros, sino también la suave brisa que movía las hojas y, de fondo, el ladrido de un perro.
Se detuvo a contemplar los alrededores a la luz de la mañana. Los colores eran tan vívidos y brillantes que casi hacía daño mirarlos. El reluciente azul zafiro del cielo sólo roto por el paso ocasional de alguna nube. Y los árboles… los había de tantas clases, tantos tonos de verde sólo alrededor del perímetro del jardín. Robles, arces y álamos con hojas de todos los tamaños, formas y colores que iban desde el verde amarillento al verde oscuro.
Se preguntó cómo sería en otoño, qué cantidad de gloriosos amarillos, naranjas y rojos aparecerían. Y después en invierno, cuando las hojas hubieran caído y los árboles quedaran desnudos, las largas ramas brillando por el hielo o cubiertas de nieve. Y al principio de la primavera, cuando las primeras yemas empezaran a abrirse y anunciaran así la llegada de la nueva estación.
Pero en ese momento, rozando el principio del verano, todo era verde, fresco y bonito. Y mientras apreciaba la belleza natural del presente, ya estaba anticipando el cambio estacional. No deseándolo, pero sí mirando el futuro y preparándose para disfrutar cada minuto.
El jardín precisaba de una buena cantidad de trabajo, lo mismo que la vieja casa en la que había pasado la noche, pero mientras echaba otro vistazo alrededor sintió que una gran paz la inundaba.
Tenía que conseguir un columpio para el porche, decidió de pronto, impulsivamente. Un lugar donde sentarse a disfrutar de la primera taza de té de la mañana. Echaría raíces allí, como los árboles, bien profundas. Haría de ese sitio su hogar.
Era extraño que hubiera vivido diez años en Nueva York y nunca hubiera experimentado esa necesidad de echar raíces. Y no era porque no le gustara Manhattan, que tenía un aura que la seguía atrayendo, una emoción que no había experimentado en ningún otro lugar. Para una fotógrafa joven, había sido el lugar en el que estar y cuando Scott le había propuesto mudarse allí después de casarse, había aprovechado la oportunidad. Habían empezado en un diminuto estudio-apartamento en Brooklyn Heights, después se habían trasladado a un piso de una habitación en el Soho y, finalmente, cuatro años antes, a un clásico sexto piso en Park Avenue.
Nunca se había imaginado la posibilidad de marcharse de allí, hasta que una rutinaria visita al médico se había vuelto no tan rutinaria después de todo.
Dieciocho meses después de aquello, su vida había dado varios giros inesperados. El más reciente la había llevado allí, a Pinehurst, Nueva York, a visitar a su amiga Claire y…
¡Oh!
Se quedó sin respiración y la taza le salió disparada de la mano cuando una bestia la empujó por la espalda y luego se acomodó en su pecho. Habría gritado si hubiera tenido aire en los pulmones para hacerlo. Cuando abrió la boca para respirar, una enorme lengua le pasó por la cara.
¡Ugh!
No estaba segura de si aquella peluda criatura la chupaba por afecto o para comprobar su sabor antes de hincarle el diente. Escupió y trató de quitársela de encima.
Se oyó un silbido en la distancia y el perro, al menos eso pensaba ella que era, aunque no se parecía a ninguna raza que conociera, levantó la cabeza al oír el sonido. Después, volvió a lamerla.
—¡Rosie!
El animal reculó y le apoyó su impresionante peso en la parte superior de los muslos, dejándola así atrapada. Zoe lo miró recelosa mientras se apoyaba en los codos para incorporarse e intentar defenderse del siguiente ataque. Un movimiento en el límite del bosque atrajo su atención. Volvió la cabeza y vio un hombre alto y de hombros anchos que cruzaba el jardín a grandes zancadas. Volvió a empujar al animal, pero no consiguió nada.
—¿Puedes quitarme esto de encima? —dijo con los dientes apretados.
—Lo siento —el hombre se agachó y agarró al animal del collar.
A Zoe se le pasó la irritación en cuanto echó un vistazo a su salvador.
Tenía el pelo oscuro, casi negro, y corto alrededor de un rostro que parecía estar cincelado en granito. La frente era amplia, las mejillas afiladas y la nariz tenía un ligero bulto en el puente como si se le hubiera roto una o dos veces. Tenía barba de un par de días y los ojos, no podía ver bien el color porque estaban en sombra, pero hubiera dicho que eran oscuros, entornados mirando al perro. Llevaba una camiseta vieja de la Universidad de Cornell, un par de vaqueros que se ajustaban a sus musculosas y largas piernas y unas zapatillas de deporte.
—¿Estás bien? —preguntó con una voz suave y cálida como el whisky bueno.
—Estoy bien. Bueno, lo estaré cuando me quites esta cosa de encima.
—Rosie, fuera —le dijo a su atacante al tiempo que daba un tirón del collar.
La bestia de cuatro patas inmediatamente sacó su peso de encima de las piernas y se sentó al lado del hombre con la lengua colgando y mirándolo arrobada.
Zoe se imaginó que sería una hembra. También se figuró que ese hombre estaría acostumbrado a esa reacción por parte de las mujeres que lo conocieran. Ella misma se habría puesto a babear si no hubiera estado inmunizada contra las caras bonitas después de doce años de trabajar como fotógrafa de moda. Bueno, casi, porque no podía negar que había algo en ese hombre que le hizo desear haber tenido la cámara a mano.
Lo inesperado de esa urgencia sería algo en lo que tendría que pensar luego, decidió Zoe mientras se ponía de pie y se pasaba una mano por la cara para limpiarse las babas del perro. Se sacudió los pantalones cortos y tiró un poco de ellos consciente de que no llegaban más de cinco centímetros más abajo que el borde de las nalgas.
—¿Qué demonios es esa cosa? —preguntó dando un paso atrás.
—Es un perro —respondió en el mismo tono suave—. Y aunque es excesivamente cariñoso en ocasiones, no suele encariñarse con extraños.
—Evidentemente es un perro —al menos tenía cuatro patas y rabo—, pero ¿de qué raza? Nunca he visto algo tan —«feo» fue la palabra que le vino a la cabeza, pero no quería insultar ni al hombre ni a su mejor amigo, así que optó por— grande.
—Tiene un pedigrí indeterminado —dijo con una sonrisa irónica—: parte de sabueso, parte de pastor inglés y muchas más mezclas.
Miró de nuevo al guapo extraño y se dio cuenta de que le estaba haciendo el mismo estudio que ya le había hecho su mascota. Fue consciente de que tenía el pelo revuelto, no se había lavado los dientes y tenía la camiseta llena de huellas del perro. Después se encontraron sus miradas y Zoe ya sólo fue consciente de que tenía los ojos azules como el cielo color zafiro que había en ese momento.
—¿Has pensado alguna vez en llevar a tu perro a clases de obediencia? —preguntó—. Mejor antes de que deje a alguien inconsciente.
—Rosie acaba de terminar con éxito las clases. Puede sentarse, tumbarse, darse la vuelta y hablar —se encogió de hombros y volvió a sonreír—. Sólo le falta aprender a refrenar su entusiasmo.
—No bromees —dijo cortante—. ¿Lo llamas Rosie? —frunció el ceño.
—Es un diminutivo de Rosencratz.
—Rosencratz —repitió Zoe preguntándose qué clase de persona torturaría con ese nombre a un animal indefenso.
—Como Rosencratz y Guildestern —le dijo—. De Hamlet.
Estaba realmente sorprendida y mucho más intrigada de lo que quería por ese extraño de ojos azules y lector de Shakespeare.
—¿Dónde está Guildestern? —preguntó aprensiva.
—Con mi hermano —respondió—. Mi socio encontró los dos cachorros abandonados en un arroyo tras su patio trasero. Su mujer y él querían quedárselos, pero ya tenían un gato y un bebé en camino, así que yo me quedé uno y mi hermano otro.
Se dio cuenta de que su socio tenía esposa, pero no había dicho nada de si él también. No era que importara, por supuesto. Tenía muchas razones para haberse mudado a Pinehurst, pero un romance no era una de ellas, sobre todo porque las heridas de su fallido matrimonio estaban apenas empezando a cicatrizar.
—Bueno, deberías llevarlo con una correa —dijo intentando volver a concentrarse en la conversación.
El animal, de pronto, se tiró al suelo panza arriba y empezó a lloriquear.
—¿Qué le pasa? —preguntó Zoe con el ceño fruncido.
—Has dicho la palabra con C —respondió él.
Lo miró inexpresiva.
—C-O-R-R-E-A.
—Estás de broma.
—Rosie odia que lo aten —dijo negando con la cabeza.
—Bueno, pues tendrá que irse acostumbrando porque no me gusta nada que tu chucho me ataque en mi propio jardín.
—¿Tu jardín? —pareció sorprendido—. ¿Has comprado la casa?
Ella asintió.
—¿Eres rica y te aburres o simplemente estás completamente loca?
—No es la primera persona que cuestiona mi salud mental —admitió—, pero sí la que tiene el descaro de hacerlo dentro de mi propiedad.
—Yo sólo… estoy sorprendido —dijo él—. La casa llevaba a la venta mucho tiempo y no había oído nada sobre ningún potencial comprador.
—Los últimos papeles los firmamos ayer. Es mi casa, mi tierra.
—Si ésta es tu casa, tu tierra, entonces eso significa… —hizo una pausa y sonrió lo que hizo que el traidor corazón de Zoe latiera más deprisa— eres mi vecina.
Mason vio cómo las pálidas mejillas se teñían de color y pensó que un poco más limpia sería bastante atractiva. Incluso en ese momento, a pesar de estar hecha un desastre. El largo pelo rubio era una maraña alrededor de su rostro, tenía las cejas, que coronaban unos preciosos ojos color chocolate, arrugadas al fruncir el ceño y la escasa camiseta estaba cubierta de barro. No pudo evitar observas que bajo la ropa se adivinaban unas curvas suaves y redondas que estaban bien colocadas en su sitio. Y sintió el estímulo de la excitación.
Se dio a sí mismo una reprimenda mental. Era evidente que llevaba tanto tiempo sin estar con una mujer que la visión de una bastante desaliñada lo encendía.
Su periodo sin citas había sido tanto una elección como una necesidad. Desde su ruptura con Erika le habían salido una serie de trabajos bastante importantes que habían requerido toda su atención. Últimamente, sin embargo, en la oficina las cosas habían empezado a ir más despacio. Lo suficiente para que pudiera dormir una cantidad razonable de horas e incluso considerar la posibilidad de recuperar la vida social. Si lo hacía, a lo mejor conocía a una mujer que fuera más de su tipo, pero era esa mujer la que atraía su atención en ese momento. Porque era, si no su tipo, al menos su vecina, lo que le hacía sentir una curiosidad natural hacia ella.
—Dime algo —dijo Mason.
—¿Qué? —preguntó recelosa.
—¿Qué ataque le ha dado a una chica de ciudad como tú para que se compre una casa como ésta?
—¿Qué te hace pensar que soy una chica de ciudad?
La recorrió con la vista antes de decir:
—La ropa de diseño y el reloj de moda, para empezar. Pero sobre todo esa desenfadada confianza en ti misma que hay bajo esa sensación que transmites de «al diablo con lo que piense el resto del mundo» y que te queda tan bien como esos diminutos y ajustados pantalones cortos.
Zoe alzó la barbilla.
—Es una presunción bastante sorprendente después de sólo cinco minutos de conversación.
—Disfruto observando a la gente —dijo con una sonrisa—. Especialmente a las mujeres.
—No lo dudo —dijo cortante.
Sin amilanarse por el tono del comentario, siguió.
—No has respondido a mi pregunta de por qué has comprado la casa.
—Es bonita.
—Debió de serlo hace más de diez años —reconoció—. Antes de que la señora Hadfield se hiciera vieja y se volviera demasiado tacaña para pagar las reparaciones.
—¿Qué le pasó a la señora Hadfield? —preguntó en lo que pareció ser un intento evidente de cambiar de conversación.
—Murió hará un año y medio y le dejó la casa a una nieta que vive en California. Ella la puso a la venta de inmediato, pero sólo hubo una oferta de una promotora y ella la rechazó porque pensaba que a su abuela no le hubiera gustado que derribaran la casa y dividieran la tierra.
Después de ese intento, la casa había caído en el olvido. Mason había oído al agente inmobiliario que la nieta tenía una idea muy clara de quién le hubiese gustado a Beatrice Hadfield que viviera en su casa una vez muerta, pero no había hecho una lista de criterios, ni siquiera al agente, que casi había abandonado la idea de vender la casa, hasta ese momento.
—Y sabes todo eso porque….
—Porque en un ciudad pequeña no hay secretos.
—Estupendo —murmuró—. Y odiaba tener unos vecinos encima en Nueva York.
Realmente no era su tipo, pero era femenina y en cierto modo mona, así que no pudo resistirse a bromear.
—Yo sólo estaré encima si es eso lo que quieres, querida.
Ella entornó los ojos color chocolate y se irguió todo lo que pudo, lo que era casi treinta centímetros menos que él.
—No querré —dijo fría—. Y no me llames «querida».
—No quería ofenderte… —hizo una pausa para darle la oportunidad de que le dijera su nombre.
—Me llamo Zoe —dijo ella finalmente—. Zoe Kozlowski.
Era un nombre raro, pero de algún modo a ella le iba bien.
—Mason Sullivan.
Zoe miró un momento la mano que le tendió antes de estrechársela.
Rosie ladró y levantó una pata.
Su nueva vecina miró hacia abajo con una medio sonrisa en los labios. Se descubrió a sí mismo mirando esos labios y preguntándose si serían tan suaves y besables como parecían.
—No me habías dicho que sabía dar la mano —dijo ella agarrando la pata de Rosie.
—Otra de sus muchas habilidades —extrañamente incómodo porque pusiera más interés en el perro que en él.
No era que él tuviera interés en ella, pero tenía una reputación en la ciudad por su éxito con las mujeres y nunca antes ninguna lo había descartado por un animal.
—Ahora ya sólo falta que le enseñes a respetar los límites entre nuestras propiedades.
—Eso puede llevar algo de tiempo —advirtió mientras ella soltaba la pata de Rosie y se volvía a poner derecha—. Lleva muchos meses acostumbrada a correr por aquí.
—No llevará nada de tiempo si lo tienes atado.
Rosie lloriqueó como si hubiera entendido la amenaza, obligando a Mason a salir en defensa del animal.
—Es un espíritu libre —dijo, luego sonrió—. Como yo.
Zoe inclinó la cabeza y lo miró con detenimiento como si fuera una importante grieta en la base de una columna.
—¿De verdad en esta zona las mujeres se dejan impresionar por tópicos tan antiguos?
—No he tenido ninguna queja —dijo Mason manteniendo la sonrisa a toda costa.
—He trabajado en Images en Nueva York durante seis años —dijo Zoe refiriéndose a una de las principales revistas de moda—. He pasado la mayor parte de los días rodeada de hombres que viven de su imagen, así que va a hacer falta algo más que una sonrisa para que me derrita.
De acuerdo, era más dura de lo que había pensado, pero todavía no había conocido a ninguna mujer que fuera inmune a sus encantos, sólo había que buscar un resquicio por donde colarse.
—Parece un reto.
—Sólo una descripción de los hechos. Ahora, si me perdonas, tengo cosas que hacer.
Mason salió del porche sin dejar se sujetar el collar del perro y sin dejar de mirar a su nueva vecina.
—Encantado de conocerte, Zoe.
—Ha sido realmente interesante —dijo ella con una media sonrisa que le hizo pensar que ya no estaba enfadada por la educación de Rosie.
De vuelta a casa se descubrió planeando su siguiente encuentro con la nueva vecina.
Zoe entró a la casa con una sonrisa en el rostro y una mirada positiva sobre el día a pesar, o a lo mejor a causa de, los inesperados sucesos de la mañana. A pesar de que no había previsto encontrarse con uno de sus vecinos en el jardín trasero tan temprano, pensó que había manejado bastante bien la situación. Había sido capaz de mantener una conversación informal sin preocuparse mucho de lo que él estaba viendo o estaría pensando. Había sido una experiencia liberadora.
Mason era un extraño que no sabía nada de ella ni de su pasado, el dueño de un perro disculpándose por la actitud cariñosa de su mascota. Era un hombre que la había mirado como si fuera una mujer, una interacción normal tras un año y medio de preguntarse si algo volvería a parecer normal de nuevo.
En los últimos dieciocho meses había perdido todo lo que importaba: su marido, su trabajo, su casa y, lo peor de todo, la sensación de ser ella misma. Había empaquetado la mayor parte de lo que tenía y lo había guardado en un pequeño almacén, todo menos una docena de cajas que había echado al maletero del coche y había salido de la ciudad decidida a empezar una nueva vida en otro sitio. Lo que realmente quería era ir a algún lugar donde nadie supiera quién era, donde nadie la mirara con lástima o la hablara de modo compasivo. Algún sitio donde pudiera volver a ser la mujer que había sido.
Lo que había encontrado al ir a visitar a Claire, su mejor amiga y confidente, había sido una encantadora casa victoriana que atrajo tanto su atención que llegó a parar el coche en medio de la carretera para mirarla.
Era un impresionante edificio de tres plantas con chimeneas y torres, bastante descuidado y al que hacía falta una buena reparación. El tejado del porche que daba toda la vuelta estaba medio hundido, las chimeneas deshechas, la pintura desconchada y algunas ventanas clavadas con tablas.
Mientras miraba las partes más ruinosas de la casa, tuvo que contener las lágrimas. No había duda de que la casa alguna vez había sido fuerte y orgullosa y bonita. Ya no era mucho más que una sombra de lo que debió de ser. Lo mismo que ella.
Casi no había visto el cartel de se vende oculto por la hierba que había crecido en el jardín delantero, pero cuando lo descubrió, supo que estaba dirigido a ella. Había sacado el coche de la carretera, se había acercado al jardín, había sacado el móvil y marcado el número que había en el cartel.
El año y medio anterior había estado buscando algún objetivo, algún propósito, y allí, finalmente, lo había encontrado.
O a lo mejor era verdad que estaba loca. Consideró esa posibilidad mientras dejaba la taza en la pila. Pero incluso aunque lo estuviera, tenía un compromiso. La casa era suya, además de la hipoteca que había suscrito para la compra y las reformas. Y, aunque una parte de ella estaba aterrorizada pensando que había cometido un tremendo error, otra, más grande, estaba ilusionada por los retos y oportunidades que se le presentaban: iba a arreglar su destartalada casa y convertirla en un exitoso alojamiento. Aunque ya hubiera varios establecimientos similares en la ciudad, ninguno tenía la magia del edificio que ya era su hogar.
Echó un vistazo al reloj y vio que eran casi las ocho. El arquitecto, que había resultado ser el marido de la abogada que le había asesorado en la compra, llegaría en menos de media hora.
Estaba excitada por la reunión, ansiosa por empezar, pero también sentía ya las primeras dudas. Una cosa era darle vueltas a ideas en la cabeza y algo completamente distinto compartir esas esperanzas con alguien que podría ayudarla a llevarlas a cabo… o destruirlas.
Mientras recorría el polvoriento suelo, las preguntas y las dudas le salían a cada paso.
¿Qué estaba haciendo?
Eso era lo que sus amigos y compañeros le habían preguntado cuando había dejado el trabajo en la revista. Habían expresado comprensión por todo lo que había pasado, pero todos le habían recomendado mantener su situación como estaba. Le parecía irónico, incluso irritante, que tanta gente que no había pasado por lo que ella, tuviera tantos consejos que darle sobre cómo salir adelante. Sólo la había entendido Claire. Y se había emocionado cuando su amiga había elegido Pinehurst para empezar de nuevo. Su emoción se había visto bastante atemperada cuando había visto la casa que Zoe había comprado, pero nunca había dejado de apoyarla.
Mientras quitaba una telaraña, se preguntó qué pensarían sus colegas de Manhattan. Sacudió la cabeza para dejar de ir por ese camino. No tenía tiempo para dudas y recriminaciones, tenía que arreglarse para su cita con el arquitecto.
Los grifos goteaban y las tuberías rugían, pero Zoe se las arregló para conseguir que saliera agua por la ducha del primer piso. No estaba ni muy caliente ni muy limpia, pero fue suficiente para empapar una esponja con la que frotarse. Tratar de aclararse el pelo fue otra historia, y se preguntó si habría valido la pena pasar la noche en la habitación de un hotel, al menos se habría podido dar una ducha en condiciones, pero sabía que la reforma de la casa iba a ser costosa, y lo que le quedaba en el banco después de los gastos médicos y la entrada de la casa no era una cantidad desorbitada.
Desechó las ideas negativas. A pesar de que la vendedora le había advertido de que la casa necesitaba mucha reforma, Zoe no tenía miedo de remangarse y mancharse las manos. De hecho era lo que buscaba. Incluso pensaba que el trabajo resultaría terapéutico. Lo que le preocupaba era lo que no podía hacer ella. Lo que le iban a costar los electricistas, fontaneros o cualquier otro profesional que tuviera que contratar. Por suerte, el marido de Jessica le diría exactamente lo que necesitaría e incluso podía hacerle alguna recomendación.
Otro rápido vistazo al reloj le dijo que faltaban menos de diez minutos para que fuera la hora. Sintió la garra de la ansiedad en el estómago mientras se ponía unos vaqueros y una camiseta. No sabía qué esperar, qué le sugeriría el arquitecto, cuánto le costaría.
Echó un vistazo en torno suyo con ojo crítico. ¿Era un sueño descabellado pensar que podría hacer que esa destartalada vieja casa volviera a ser tan bonita como ella sabía que habría sido?
Bueno, descabellado o no, era su sueño… y estaba decidida a hacer todo lo posible para llevarlo a cabo.
El teléfono estaba sonando cuando Mason entró por la puerta con Rosie. El perro corrió hasta su bebedero y se puso a beber ruidosamente. Mason levantó el auricular.
—Sullivan.
—Estás ahí. Dios —Nick Armstrong parecía angustiado, lo que no era frecuente en el hombre que Mason conocía desde el colegio y con quien llevaba trabajando quince años.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Necesito que vayas a una cita por mí esta mañana —después su voz se perdió un momento mientras decía—. Aguanta, cariño. Ya casi llegamos.
Tras un momento de confusión, Mason se dio cuenta de que la segunda parte no estaba dirigida a él.
—¿Pasa algo con Jess? —preguntó preocupado.
—Ha roto aguas. Hace menos de media hora. Tiene contracciones cada vez más frecuentes.
Mason entendió el pánico en la voz.
Nick y Jess llevaban mucho tiempo deseando ese bebé que por fin iba a tener y la idea de que algo pudiera ir mal casi al final, era aterradora.
—Respira, cariño —murmuró Nick dirigiéndose a su esposa.
Mason oyó la cortante respuesta de Jess. Nada que ver con la mujer serena y fría que normalmente era. Eso era lo que le pasaba a la gente normal y racional cuando tenía un bebé, supuso, y agradeció no tener en perspectiva ser padre.
¿Matrimonio y niños? Se estremecía sólo de pensarlo. Diablos, sólo pensar en el compromiso le producía urticaria.
Su mejor amigo había elegido un camino diferente, pero Mason estaba deseando poder ayudar.
—Concéntrate en ella —dijo—. Yo me hago cargo del negocio.
—Gracias, Mason.
—No te preocupes por nada —de fondo oyó jurar a Jess—. Dile a Jess que luego le llevaré un tarro de medio litro de helado de fresa.
—Le encantará —dijo su amigo—. Te dejo… estamos llegando al hospital.
—Espera —dijo antes de que colgara.
—¿Qué?
—¿Dónde y cuándo es la cita?
Recibió la información y sonrió mientras colgaba.
El día iba cada vez mejor.
ZOE reconoció a Mason en cuanto lo vio en la puerta.
Se había afeitado y puesto unos pantalones caqui, una camisa y una corbata en lugar de la camiseta y los vaqueros que llevaba antes; tampoco estaba a su lado la gigantesca bestia, pero los ojos azules y la sonrisa sexy seguían en su sitio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.
—Tenemos una cita —dijo sin desanimarse por la falta de entusiasmo en la expresión de Zoe.
—¿Eres el marido de Jessica?
—No —dijo apoyando la negativa con un gesto de la cabeza—. Soy el socio de su marido. Me envía Nick con sus disculpas por no poder venir en persona. Está de camino al hospital… parece que Jessica va a dar a luz hoy.
Cuando había conocido a Jessica, Zoe ya se había dado cuenta de que estaba embarazada, pero no había pensado que de tantos meses.
—Sé que esperabas a Nick —siguió Mason—, pero estoy seguro de que entenderás que tiene que estar con su mujer en estos momentos.
—Por supuesto —no pudo evitar recordar cuando ella había estado en el hospital, sin su marido al lado.
No había sido algo muy agradable y había marcado el inicio del final de su matrimonio.
—¿Zoe?
—Perdona —dijo volviendo al presente—. Estaba pensando…
—¿Prefieres que pongamos otra fecha para cuando Nick pueda?
—No —dijo—. Sólo quiero saber qué hay que hacer para arreglar esta casa.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—¿A qué te refieres? —preguntó entornando los ojos.
—Simplemente te sugiero que eches una mirada detenida a lo que tienes alrededor —dijo Mason.
Lo hizo, y vio toda la belleza que había sido abandonada. El brillo de la madera noble bajo las capas de polvo, los destellos de las vidrieras emplomadas debajo de la mugre, los intrincados detalles de los remates y las molduras debajo de las telarañas. Veía historia que había que preservar y promesas esperando a ser cumplidas, pero no se sentía cómoda diciéndole nada de eso.
—La vendedora me aseguró que la estructura del edificio está bien.
—Los cimientos parecen sólidos —admitió él—, pero hay que cambiar la cubierta, reconstruir las chimeneas y volver a levantar el porche. Y eso es sólo lo que se ve desde fuera. Si realmente quieres tener una casa aquí, seguramente será más fácil y más barato tirar ésta y levantar otra.
Podía ser más fácil y más barato, pero no era lo que ella quería. Necesitaba arreglar la casa, demostrar que valía a pesar de las partes dañadas.
—No me interesa lo fácil, y no me hago ilusiones de que sea barato, pero quiero restaurar esta casa —le dijo.
—Sólo quería estar seguro de que considerabas todas las opciones —dijo encogiéndose de hombros.
Ella asintió, aunque en su interior sabía que no podía considerar la demolición como una de las opciones. Destruir lo que quedaba de ese hermoso edificio, le rompería de nuevo el corazón.
Entraron en la casa y Mason empezó a tomar medidas y hacer anotaciones con eficacia, pero no dejaba de sacar defectos según iban pasando de una habitación a otra. Se sentía frustrada por sus incesantes comentarios negativos y estaba a punto de decirle que buscaría otro arquitecto cuando se dio cuenta de la contradicción que había entre lo que decía y lo que hacía.
Le advertía de que el techo estaba dañado por la continua entrada de agua, pero su mirada se detenía en las esquinas de latón. Le decía que la fontanería estaba terriblemente vieja, pero le brillaban los ojos al ver los antiguos grifos. Y mientras se quejaba de que alguien había pintado el manto de la chimenea, con los dedos acariciaba la madera tallada.
—Los marcos de todas esas ventanas están empezando a pudrirse —dijo—. Habría que cambiarlos.
Zoe suspiró y cuando habló en sus palabras había resignación.
—A lo mejor tienes razón. A lo mejor habría que derribarla.
Giró la cabeza para mirarla y la miró con los ojos entornados.
—¿Es eso lo que quieres hacer?
—Estoy empezando a creer que es lo más lógico.
—Lo es —dijo después de una breve duda.
Zoe sonrió.
—Espero que seas mejor arquitecto que actor.
—¿De qué hablas?
—No te gusta la idea de destruir este hermoso edificio.
