Una difícil decisión - Brenda Harlen - E-Book
SONDERANGEBOT

Una difícil decisión E-Book

Brenda Harlen

0,0
3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Lectores, ¿se lo pueden creer? ¡Sutter Traub ha regresado al pueblo! Han pasado cinco años desde que el guapo ranchero se mudara a Seattle, pero por aquí nadie le ha olvidado. Especialmente Paige Dalton, la abnegada profesora con la que todo el mundo creía que se iba a casar… Abundan los rumores. Nadie tiene muy claro qué ha traído a Sutter a casa después de todo este tiempo, ni si se merece una segunda oportunidad. Pero apostamos a que se trata de cierta belleza de ojos marrones con una petición especial en su lista de regalos de Navidad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 243

Veröffentlichungsjahr: 2014

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por Harlequin Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Harlequin Books S.A.

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Una difícil decisión, n.º 95 - noviembre 2014

Título original: A Maverick Under the Mistletoe

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-5606-6

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Publicidad

Capítulo 1

En opinión de Sutter Traub, Rust Creek Falls era tan irresistible y tan caprichoso como una mujer. Una vez le entregó su corazón a aquel pueblo y no imaginaba vivir en ningún otro sitio. Pero luego el pueblo le dio la espalda.

Igual que la única mujer a la que había amado en su vida.

Por supuesto, había vuelto cuando lo necesitaron. El pueblo, no la mujer. Porque Paige Dalton nunca le había necesitado, y nunca le pediría ayuda aunque así fuera, y pensar en ella ahora solo iba a servir para despertar recuerdos y sentimientos que no quería despertar.

Así que se centró en la razón por la que estaba ahora en una esquina del ayuntamiento: las inminentes elecciones. Cuando su hermano Collin le había anunciado su intención de presentarse a alcalde de Rust Creek Falls, Sutter se ofreció impulsivamente a ser su jefe de campaña. Por eso, en los últimos meses, había pasado más tiempo en el pueblo del que tenía pensado. Y no iba a volver a Seattle hasta que se hubiera contado la última papeleta.

Aunque por el momento lo único que quería era que terminara aquel debate.

Era el último cara a cara entre los dos candidatos a la alcaldía, Collin Traub y Nathan Crawford, antes de que los habitantes de Rust Creek Falls acudieran a las urnas el jueves. Y aunque ya estaba todo en marcha, Sutter desearía que ya hubiera acabado.

No sabría decir por qué, pero tenía una mala premonición respecto a aquel evento. Tal vez tuviera algo que ver con la expresión petulante de Nathan, como si tuviera algo guardado en la manga. Conociendo a los Crawford, Sutter no lo dudaba ni por un instante.

A medida que fue avanzando el debate, Sutter empezó a relajarse. Collin se encontraba cómodo delante de la gente, respondía a las preguntas con seguridad en sí mismo. Había definido un plan claro para devolverle a Rust Creek Falls su antigua gloria, y quería asegurarse de que sus habitantes lo supieran. Nathan se había centrado más en la historia del pueblo que en su futuro, más en afirmar que él era el mejor candidato para arreglar los problemas que en cómo iba a hacerlo. Pero ambos candidatos se mostraron respetuosos el uno con el otro, y los asistentes parecían escucharlos con atención.

Pero cuando Thelma McGee, la madre del fallecido alcalde anterior y moderadora del evento, se levantó para anunciar que el debate había terminado, uno de los asistentes se levantó haciendo ruido.

Sutter sospechó al instante que se trataba de un seguidor de Crawford, y el brillo de los ojos de Nathan le hizo creer que no había nada de espontáneo en la actitud de aquel hombre.

Era un militar vestido de uniforme con las medallas orgullosamente dispuestas en el pecho, y a Sutter empezó a latirle el corazón con fuerza. Una de las mangas de la chaqueta del hombre le colgaba porque no tenía brazo. No solo era un veterano condecorado, sino un héroe de guerra.

A Sutter se le perló la frente de sudor.

Pero Thelma, que Dios la bendijera, no se inmutó.

—Lo siento, señor…

—Sargento Dean Riddell —bramó su nombre como si fuera una orden militar.

—Sí, bueno, nos hemos quedado sin tiempo esta noche y…

—El tiempo es irrelevante cuando nuestros muchachos están luchando para proteger nuestra libertad. Y quiero recordarle a la buena gente de Rust Creek Falls que tienen que saber si estos candidatos apoyan a nuestras fuerzas armadas.

—Aunque entendemos su preocupación, el futuro alcalde de Rust Creek Falls no tiene nada que decir respecto a la actividad militar. Aquí se trata únicamente de política local.

La gente empezó a hablar y a debatir.

—Señoras y señores —Collin trató de tranquilizar a los asistentes mientras Nathan se quedaba sentado con los brazos cruzados y una sonrisa en la cara—. ¿Necesito recordarles que mi hermano, el comandante Forrest Traub, también es un héroe de guerra condecorado? Luchó sin descanso y con valentía por su país y por todos nosotros, y yo siempre he valorado su sacrificio y su esfuerzo.

—¿Puede decir lo mismo de su jefe de campaña? —demandó el sargento.

Sutter supo entonces que el daño estaba hecho. No importaba que todo lo que Collin había dicho fuera verdad; lo que le importaba a la gente era que hubiera barro al que poder arrojarle. Y el único culpable era él mismo.

Entonces era joven e impetuoso y probablemente demasiado vehemente en sus esfuerzos por convencer a su hermano de que ya había hecho suficiente por el país. Objetó con todas sus fuerzas cuando Forrest anunció que iba a alistarse para otra misión porque quería que su hermano se quedara en casa y estuviera a salvo.

Pero Forrest decidió regresar, y cuando volvió a Rust Creek Falls tras recibir el alta médica, Sutter supo que las cicatrices de la pierna de su hermano no eran nada comparadas con el daño que tenía en el alma. Afortunadamente, los meses de rehabilitación y enamorarse de Angie Anderson habían empezado a sanarle el alma y el corazón. Pero la relación con su hermano iba a necesitar algo más.

Estaba claro que nadie en Rust Creek Falls había olvidado las objeciones de Sutter. Y aunque sabía y aceptaba que le perseguirían los errores del pasado, no esperaba que alguien más tuviera que pagar por sus opiniones. Al escuchar ahora a los asistentes, soliviantados por el sargento Riddell, se dio cuenta de que su presencia perjudicaba a su hermano en lugar de ayudarle. Justo lo que buscaba Nathan Crawford.

Seguían oyéndose murmullos cuando otro asistente se puso de pie al otro lado de la sala. A Sutter empezó a latirle el corazón a toda prisa cuando reconoció a Paige Dalton.

No la había visto entrar en la sala del ayuntamiento, no sabía que estuviera allí. Aquello en sí mismo ya suponía una sorpresa, porque Sutter siempre había tenido un sexto sentido en lo que a Paige se refería. Un sexto sentido que había utilizado para protegerse desde que regresó a Rust Creek Falls unos meses atrás.

Al mirarla ahora sintió que le faltaba el aliento. No solo era bella, sino que su postura, erguida y con la barbilla alzada, parecía la de una guerrera dispuesta a enfrentarse a toda la población de Rust Creek Falls, o al menos a los que estaban allí reunidos aquella noche. Llevaba puesta una blusa sencilla color rosa y una falda en tono frambuesa. El largo y castaño cabello le caía hasta la mitad de la espalda. Sus ojos chocolate oscuro brillaban con fuerza.

Sutter se preparó para el ataque. No le importaba lo que pensara el sargento Riddell ni nadie más en Rust Creek Falls, solo que pudiera afectar a las posibilidades de Collin de ganar las elecciones. Pero nunca había dejado de importarle lo que pensara Paige, y odiaba pensar que la había decepcionado.

—¿Podemos centrarnos en lo que es relevante aquí? —le dijo ella a la gente. No gritó, solo alzó la voz lo suficiente para ser oída—. En primer lugar, y el más importante, está el hecho de que es Collin Traub quien se presenta a alcalde, no Sutter. En segundo lugar, independientemente de que estemos de acuerdo o no con las afirmaciones que hizo Sutter respecto a la decisión de su hermano de volver a alistarse, era su opinión y eso fue hace cinco años. Tenemos que centrarnos en los asuntos relevantes para Rust Creek Falls actualmente y en los candidatos que se presentan a estas elecciones.

Paige hizo una breve pausa para tomar aliento y para darle a la gente un minuto para pensar en lo que acababa de decir antes de continuar.

—Pero aunque fuera Sutter quien se presenta y no Collin yo le daría también mi voto, porque es la clase de hombre que está dispuesto a defender lo que cree a pesar de la opinión de los demás. Es un hombre de convicciones firmes, de los que hacen lo que dicen, y Rust Creek Falls necesita en estos momentos alguien que haga las cosas. Afortunadamente, es un rasgo que comparte con su hermano Collin. Y esa es la razón por la que Collin Traub es el hombre que necesita nuestro pueblo en estos momentos difíciles. Con el debido respeto, sargento Riddell, el ejército no va a venir a reconstruir nuestro pueblo. Y creo que estará de acuerdo conmigo en que tienen cosas más importantes que hacer. Eso nos deja a nosotros, los habitantes de Rust Creek Falls, la responsabilidad de hacer las cosas y de escoger a la persona que mejor nos pueda ayudar. Creo que esa persona es Collin Traub.

Entonces Paige agarró su chaqueta y se dirigió tranquilamente hacia la puerta.

—Gracias de nuevo por haber venido esta noche…

Thelma McGee estaba hablando otra vez, pero Sutter no se quedó a escucharla. Tenía que ver a Paige. No estaba muy seguro de por qué, pero tenía que verla.

Se escabulló por la puerta lateral y corrió hacia la parte delantera del edificio. Paige solo le llevaba un minuto o dos de ventaja, pero parecía haberse esfumado en el aire. Sutter escudriñó la calle apenas iluminada y por fin la vio cuando se acercó a la farola que había al fondo.

—¡Paige, espera!

Ella se detuvo en la esquina norte de Main Street, y cuando Sutter se acercó vio el recelo reflejado en su cara. Parecía tener más ganas de salir corriendo que de esperar, pero se mantuvo quieta hasta que Sutter llegó a su lado. Entonces, Paige giró hacia el este por Cedar Street. Quedaba claro que no quería que la gente la viera cuando salieran del ayuntamiento.

Sutter no la culpaba por no querer que la vieran con él. Ambos habían crecido en aquel pueblo en el que todo el mundo se conocía, y lo lógico era que la mayoría de la gente conociera al menos parte de su historia común.

—Solo quería darte las gracias —le dijo él caminando a su lado.

—No lo he hecho por ti —afirmó Paige—. Nathan está haciendo una campaña oculta desde que Collin se presentó como candidato, pero traer a un veterano de guerra a este debate para desacreditar a tu hermano… —sacudió la cabeza—. Eso es demasiado bajo incluso para Nathan.

—¿Estás segura de que es cosa suya?

—Le vi hablando con el sargento antes del debate —confesó ella—. No me cabe ninguna duda de que lo ha traído para arengar al público.

—Bueno, creo que tras tus palabras, su plan no ha dado el resultado que él esperaba.

Paige se encogió de hombros.

—He venido porque quiero votar informada. Dejar a un lado mis preferencias personales y escuchar lo que los candidatos tenían que decir, ver cómo respondían a las preguntas. Todo lo que he visto y oído esta noche confirma mi creencia de que Collin es el mejor candidato a alcalde, y quería asegurarme de que la gente saliera de la sala pensando en él, no en ti.

—Bueno, en cualquier caso, te agradezco lo que has hecho —le dijo Sutter—. Sé que no ha debido ser fácil salir en mi defensa, aunque fuera por mi hermano, después de… todo lo que ha pasado.

Después de todo lo que ha pasado.

Las palabras de Sutter resonaron en la mente de Paige, llevándola a preguntarse si sería así como calificaba el hecho de que le había roto el corazón y había destrozado sus sueños y sus esperanzas. ¿Tan banal había sido para Sutter su relación, tan poco importante su ruptura como para que calificara aquellos sucesos como «todo»?

Alzó la vista para mirarle, molesta y asombrada al comprobar que una simple mirada todavía le aceleraba el corazón cinco años después. Por supuesto, seguro que provocaba aquel efecto en muchas mujeres. Medía casi dos metros, tenía la estructura muscular de un auténtico vaquero y hacía girar las cabezas allí por donde pasaba gracias a su pelo castaño claro, los ojos azules y la sonrisa fácil. Paige apartó deliberadamente la vista.

La enfurecía que todavía le doliera su rechazo cinco años después, mientras que él parecía estar completamente tranquilo. Pero de ninguna manera iba a pedirle explicaciones. Así que se limitó a decir:

—Eso fue hace mucho tiempo.

—¿Sí? —la retó él con un tono de tristeza en la voz.

O tal vez Paige estaba escuchando lo que quería escuchar.

—Admito que hay días en los que nuestra relación me parece cosa de otra vida —admitió él—. Y otros en los que juraría que todo ocurrió ayer. Entonces cierro los ojos y te veo justo delante de mí, y puedo extender la mano y acariciar la suavidad de tu piel, aspirar tu aroma.

Paige no iba a permitir que la seducción de su voz ni de sus palabras la distrajeran.

—Creo que lo que has estado aspirando es alguna sustancia ilegal.

—Vaya, eso ha sido fuerte.

—¿Qué clase de respuesta esperabas?

—No lo sé —reconoció Sutter—. Tal vez solo quiero saber si tú piensas en mí a veces también.

—No, porque esto no ocurrió ayer, fue hace cinco años y en mi vida suceden demasiadas cosas como para estar pensando en lo que pasó o en lo que podría haber pasado.

Pero estaba mintiendo. La verdad era que no solo pensaba en Sutter en ocasiones, pensaba en él con demasiada frecuencia. No parecía importar que se hubiera marchado cinco años atrás, porque su corazón todavía no se había curado del todo. E incluso después de tanto tiempo, cuando le veía, lo que por suerte no sucedía con demasiada frecuencia, sentía como si le abrieran otra vez la herida.

Y, sin embargo, cuando un desconocido le había atacado, Paige no había podido evitar salir en su defensa. Porque, independientemente, de lo que había pasado entre ellos, en el fondo sabía que Sutter era un buen hombre. El hombre que había amado una vez más que a nadie en el mundo.

—Cuéntame entonces qué está pasando en tu vida.

Paige se giró para mirarle.

—¿Por qué?

—Porque quiero saberlo.

—Bueno, estoy dando clase a mis alumnos de quinto en el salón de mi casa porque ya no tenemos escuela. Esa es una de las razones por las que estoy tan interesada en el resultado de estas elecciones. Necesitamos que se construya la escuela nueva porque los niños se merecen algo mejor.

—¿Quinto curso? —Sutter frunció el ceño—. Creo que el hijo mayor de Dallas está en quinto.

Ella asintió.

—Ryder está en mi clase.

—Está pasando un mal momento desde que su madre se fue.

—No ha sido fácil para ninguno de ellos —a Paige le enterneció que se preocupara por su sobrino, pero al instante volvió a endurecerse—. Pero cuando una persona termina una relación, es inevitable que alguien resulte herido.

Sutter entornó los ojos.

—¿Estamos hablando de Ryder?

—Por supuesto —aseguró Paige con gesto inocente—. ¿De quién si no?

—De nosotros —le espetó él—. Creí que te estabas refiriendo al final de nuestra relación, cuando me dejaste.

Paige odiaba que todavía pudiera ver a través de ella con tanta facilidad.

—No estaba hablando de nosotros, y yo no te dejé. Solo me negué a fugarme contigo. Porque eso fue lo que hiciste, huir.

—Pero ahora he vuelto —le dijo Sutter.

Al tenerle tan cerca, le resultaba fácil recordar lo que sentía antes por él. Y más fácil todavía desear volver a sentirlo. Por suerte, ya no era una adolescente ingenua, y no dejaría que sucediera. Porque tarde o temprano, Sutter se marcharía de Rust Creek Falls. Siempre lo hacía.

—Sí, has vuelto —reconoció—. Pero, ¿por cuánto tiempo?

Sutter apartó la mirada.

—Bueno, como soy el jefe de campaña de Collin me quedaré por aquí hasta las elecciones.

Era la respuesta que esperaba, pero Paige no podía negar que sintió una punzada de dolor al escucharla.

—Sí, eso me parecía.

—No me resulta fácil estar aquí —le recordó Sutter—. Nadie me ha recibido con los brazos abiertos.

Ella lo habría hecho. Si hubiera vuelto a casa en algún momento durante aquellos primeros seis meses le habría recibido con los brazos abiertos y con el corazón lleno de amor.

Pero no lo hizo, no regresó durante el primer año. Y cuanto más tiempo pasaba, más consciente era Paige de que el inmenso amor que sentía por él no era correspondido. Al menos no del modo que ella necesitaba para construir un futuro juntos.

Así que siguieron cada uno por su lado. Según contaban, a Sutter le iba muy bien en Seattle. Al parecer había abierto su propia cuadra de caballos en la ciudad y se había ganado una reputación. Paige se había alegrado de corazón por él cuando oyó la noticia, porque ella estaba contenta con su vida en Rust Creek Falls.

Le encantaba su trabajo, vivía cerca de su familia y les veía con frecuencia, a veces incluso con demasiada, tenía buenos amigos y salía de vez en cuando. No quería ni necesitaba nada más, y desde luego no quería que Sutter Traub volviera a poner su vida patas arriba.

—Ya lo has visto esta noche —le señaló él—. Nadie ha olvidado lo que pasó, por qué me marché, y nadie me echará de menos cuando me vuelva a ir.

Paige se dio cuenta de que hablaba en serio y sintió lástima por él.

—Este es tu hogar —le dijo—. Tanto si decides vivir aquí como si no, este es el lugar al que perteneces. Aquí está tu familia, tus amigos y todos los que se preocupan por ti.

Sutter consiguió esbozar una sonrisa triste. Y cuando habló, lo hizo en un tono más esperanzado que escéptico.

—¿Estás tú incluida en esa lista?

Capítulo 2

Por supuesto —reconoció Paige—. A pesar de todo lo que ha pasado entre nosotros, siempre hemos sido amigos.

En cuanto hubo pronunciado aquellas palabras, lamentó haberlo hecho. Porque aunque sabía que volver a casa y hacer las paces con su familia era lo que Sutter debía hacer, para ella no era lo mejor. Y menos al ver cómo la estaba alterando aquella breve conversación.

—Bueno, pues te voy a hacer una confidencia de amigo —dijo Sutter—. Me temo que Collin va a tener que librar una dura batalla en estas elecciones.

Paige agradeció el cambio de tema.

—¿Por qué lo dices?

—Porque cada vez que bajo al pueblo oigo rumores —aseguró él—. El otro día estaba en la tienda y escuché a Ginny Nigh comentarle a Lilah Goodwin que es una lástima que hoy en día no se comprenda la importancia de los valores familiares. Antes, cuando un hombre dejaba embarazada a una mujer, hacía lo correcto y se casaba con la madre de su hijo.

—¿Crees que estaba hablando de Clayton?

—Sé que sí. Por supuesto, no mencionó que Clayton ni siquiera sabía que Delia estaba embarazada hasta que se presentó en su puerta con el bebé, ni que Delia se marchara de la ciudad unos días más tarde.

—Dejando a tu hermano con un hijo que ni siquiera sabía que tenía. Para mí eso demuestra que sí comprende la importancia de los valores familiares. Se comprometió al instante a ser un padre para Bennett y nunca trató de encasquetárselo a nadie.

Sutter sonrió.

—Ojalá hubieras estado en la tienda conmigo.

Pero, por supuesto, ambos sabían que eso habría generado rumores de otro tipo.

—En cualquier caso, no deberías preocuparte por Ginny. Todo el mundo sabe que es una vieja cotilla.

—Desgraciadamente, no es la única que va hablando por ahí. Incluso el reverendo habló el otro día de los votos matrimoniales. Dijo que «hasta que la muerte nos separe» significa hasta la muerte, no hasta que uno de los cónyuges decida que ya se ha cansado.

—El reverendo Alderson nunca ha ocultado su oposición al divorcio.

—Y Dallas está divorciado. Pero solo dio ese paso cuando su mujer les abandonó a sus hijos y a él.

—Creo que la mayoría de la gente de por aquí sabe que ese divorcio fue provocado por el abandono de Laurel.

—¿Ah, sí? —la retó Sutter—. ¿O lo ven como la prueba de que los Traub no reflejan los valores tradicionales que son la piedra angular de Rust Creek Falls?

—Collin debería escoger las batallas que quiere librar —razonó Paige—. No puede esperar ganar todas las discusiones de cada tema, así que debería centrarse en lo que está haciendo y no preocuparse por los rumores.

—Eso es lo que hemos estado intentando hacer —admitió Sutter—. El propósito de su iniciativa online para ayudar a reconstruir Rust Creek Falls era darle a la gente un motivo para dejar atrás la devastación y centrarse en lo positivo.

—Votar a Collin Traub es votar por el éxito y la prosperidad de Rust Creek Falls —repitió ella de memoria.

Sutter sonrió.

—Has leído el lema de nuestra campaña.

—He leído los programas de las dos campañas —le aclaró Paige—. Quiero tomar una decisión informada.

—¿Estás saliendo con alguien?

Paige se detuvo en medio de la acera, asombrada por el repentino cambio de tema.

—Eso no es asunto tuyo.

—Tal vez no —admitió Sutter—. Pero he oído que te han visto en compañía de un capataz del aserradero, y quiero saber si es verdad.

—Es verdad —dijo ella poniéndose en marcha otra vez—. Llevo unos meses saliendo con Alex Monroe.

—¿Es algo serio?

—Te repito que no es asunto tuyo —afirmó, porque no estaba dispuesta a admitir que su relación con Alex distaba mucho de ser algo serio.

Alex era un gran tipo. Era atractivo y educado y le gustaba pasar tiempo con él. Desgraciadamente, no había ninguna chispa entre ellos, nada que la llevara a pensar que lo suyo pasaría al siguiente nivel.

Sus hermanas, Lani y Lindsay, aseguraban que Paige nunca podría tener una relación seria con Alex ni con ningún otro hombre mientras siguiera llevando la antorcha de Sutter. Ella, por supuesto, negaba que fuera cierto, porque hacía mucho tiempo que había renunciado a él.

Pero ahora que estaba a su lado, se vio de pronto abrumada por los recuerdos de lo que habían compartido en el pasado, y se dio cuenta de que tal vez había estado comparando a los demás hombres con «el hombre que salió huyendo». Pero no pensaba que eso fuera algo inusual. Después de todo, Sutter había sido su primer amor y su primer amante, y no imaginaba que ninguna relación posterior pudiera tener la misma profundidad.

Y no iba a malgastar ni un solo minuto más de su tiempo preocupándose por ello aquella noche. Se puso a andar otra vez y Sutter la siguió.

Unos minutos más tarde, Paige se detuvo en el exterior de una casa azul de madera con el tejado a dos aguas y cortinas de encaje blanco en las ventanas.

—Esta es mi casa —dijo con el familiar deje de orgullo que sentía al pronunciar aquellas palabras.

Dos años atrás, cuando había hecho una oferta por la casa, estaba emocionada, y luego aterrada cuando la aceptaron. El terror fue remitiendo poco a poco con las interminables semanas y meses de intenso trabajo de lijado y pintado hasta que sintió que por fin era suya.

Sutter examinó un instante la casa.

—Es bonita —dijo con aprobación.

Paige no necesitaba su aprobación, pero sonrió sin poder evitarlo. Porque sí era bonita. Y lo más importante, era suya.

—¿Vas a invitarme a tomar un café? —preguntó Sutter.

—No.

Él alzó las cejas.

—¿No, así sin más? ¿No vas a poner siquiera alguna excusa?

—No necesito ninguna excusa —afirmó Paige—. Mañana es día de clase y tengo que preparar las lecciones.

La sonrisa que cruzó el rostro de Sutter hizo que le temblaran las rodillas.

—Durante un instante me ha parecido que estábamos otra vez en el instituto —dijo.

Ella había pensado lo mismo en cuanto aquellas palabras salieron de su boca. Muchas veces, Sutter había tratado de convencerla para que saliera con él en lugar de ir a casa a hacer los deberes o a estudiar para algún examen. Y muchas veces se dejaba convencer. Y cuando la acompañaba más tarde a casa, les costaba trabajo despedirse, así que se quedaban a la sombra del porche trasero de casa de sus padres y se besaban para despedirse. Invertían mucho tiempo dándose las buenas noches.

Sin duda, Sutter se estaba acordando de lo mismo, porque dio un paso adelante y dijo:

—¿Vas a dejarme que te dé un beso de buenas noches?

—No —Paige dio un instintivo paso atrás.

Sutter sonrió.

—¿Estás ocupada el jueves por la noche?

Aquel segundo y repentino cambio de tema hizo que Paige casi olvidara su anterior proposición.

—¿Por qué?

—Es la noche de las elecciones —le recordó él—. Y los candidatos y sus votantes se van a reunir en el ayuntamiento para esperar los resultados. Como has declarado públicamente tu apoyo a Collin, he pensado que te gustaría estar ahí.

Paige pensaba que Collin era el mejor candidato y le iba a votar sin lugar a dudas, pero estar allí supondría tener cerca a Sutter, y no estaba muy segura de poder lidiar con ello.

—Lo pensaré —dijo finalmente.

La única esperanza que tenía de proteger su corazón era estando lo más lejos posible de Sutter Traub.

Dado que no era una negativa en rotundo, Sutter decidió no presionar a Paige para que le diera una respuesta definitiva. Esperó a que abriera la puerta, le dio las buenas noches y volvió al ayuntamiento. No se había dado cuenta de lo mucho que habían andado hasta que tuvo que hacer el camino de regreso sin el placer de su compañía.

Le gustaba caminar y hablar con ella como habían hecho tantas veces antes. Volvía sobre sus pasos como había vivido durante los últimos cinco años: sin ella. Trató de no pensar en todo lo que habían significado el uno para el otro y en todo lo que habían perdido.

Paige Dalton había sido su alma gemela y su mejor amiga. Su corazón le pertenecía a ella completa y absolutamente. Era la única mujer con la que se había imaginado pasando el resto de su vida. Incluso le había propuesto matrimonio antes de salir del pueblo, pero ella le rechazó y le dio la espalda, así que él se fue solo al estado de Washington.

El cambio de Rust Creek Falls a Seattle no había sido fácil, y durante los primeros meses, Sutter no había tenido claro si lo conseguiría. Había trabajado en varias oficinas de la ciudad, pero nunca había encontrado un empleo que encajara con él. O tal vez era demasiado inquieto para estar sentado todo el día frente a un escritorio. Las cosas empezaron a mejorar cuando se enteró de que había un puesto de trabajo como entrenador de caballos en unos establos locales.

Siempre se le habían dado bien los animales, y enseguida se labró una reputación en el mundillo hípico. Tras un par de años trabajando por cuenta ajena, reunió el dinero y la confianza en sí mismo para emprender una aventura en solitario.

Tres años antes había inaugurado Establos Traub, y estaba encantado con su éxito. También estaba contento porque su empresa había creado un nuevo mercado para Sillas CT, las sillas de montar que hacía a mano Collin. Sutter tenía todo lo que quería y necesitaba. O eso pensaba hasta que volvió a Rust Creek Falls.

Cuando se había marchado del pueblo cinco años atrás, había jurado que nunca volvería. Por supuesto, en aquel entonces era más joven y más impulsivo, y el simple hecho de que su familia estaba en Rust Creek Falls garantizaba que no podría estar eternamente sin ir. A pesar de las duras palabras que se habían dicho en la casa familiar de los Traub, Sutter nunca podría darle la espalda a los suyos aunque sintiera que ellos se la habían dado a él primero.

Así que cuando recibió la noticia de que Rust Creek Falls había sufrido una grave inundación volvió a casa para asegurarse de que todo iba bien en el rancho. Dejó todo arreglado en su negocio para poder tomarse dos semanas. A medida que se iba acercando al rancho Triple T su tensión iba en aumento. Todavía había tensión en su familia, sobre todo entre Forrest y él, y se le pasó por la cabeza que tal vez no fuera bienvenido. Sobre todo si su hermano se encontraba allí.