Lais - Rosa Navarro Durán - E-Book

Lais E-Book

Rosa Navarro Durán

0,0

Beschreibung

Bellamente ilustrados y adaptados para los tiempos que corren, he aquí una joya de libro: los Lais representan los primeros relatos de la literatura europea, donde las leyendas celtas se elevan a la categoría de mitos e inauguran los cuentos de hadas que siguen cautivando a los lectores del mundo entero. Originalmente escritos en el siglo XII, estos cuentos desafiaron las normas de su época, introduciendo una visión feminizada que transformó la literatura medieval y que nos presenta protagonistas cuyas vidas en apariencia realistas se ven trastocadas por seres míticos, encantamientos y el halo propio de los cuentos de hadas que sigue fascinando a lectores del mundo entero.   Se verá surcar el cielo a un cisne que desconoce la misión que tiene, pero sabe muy bien el camino; una mínima y fugaz felicidad de dos enamorados depende de él. Los «lais» son historias de amor, con heroicos protagonistas que se arriesgan a todo para conseguirlo, pero también con traidores que lo impiden; con misterios, con nieblas cegadoras hasta que la felicidad las disipa, o se desvela la tragedia tiñéndolas de negro. Se verá a un hermoso azor entrando por la estrecha ventana de una torre donde está encerrada una hermosa joven, ¿quién será ese gran pájaro cuya sombra ella descubre? Son muchas las preguntas que nos hacemos al comenzar cada uno de los lais, y todos nos abren paisajes desconocidos de trágica y turbadora belleza. 

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 154

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Lais de María de Francia

D. R. © 2024, Rosa Navarro Durán

D. R. © 2025, Rosario Lucas, por las ilustraciones

Primera edición: abril de 2025

D. R. © 2025, de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Perla Ediciones ®, S. A. de C. V.

Venecia 84-504, colonia Clavería, alcaldía Azcapotzalco, C. P. 02080, Ciudad de México

www.perlaediciones.com / [email protected]

@perlaediciones

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

ISBN: 978-607-264-006-1

ÍNDICE

~

En el umbral

LAIS

Prólogo

Guigemar

Equitán

Fresno

El hombre lobo

Lanval

Los dos enamorados

Yonec

El ruiseñor

Milón

El desdichado

La madreselva

Eliduc

Nota a los Lais de María de Francia

EN EL UMBRAL

~

SE VE SURCAR EL CIELO A UN CISNE que conoce muy bien su destino, está hambriento y sabe adónde le van a dar de comer. Es el mensajero de dos enamorados, aunque él lo ignora, y bajo sus plumas lleva oculta una carta. El caballero y la dama no tienen otra forma de saber que su mutuo amor sigue vivo ni otra manera de consolarse por la distancia que los separa.

Admiramos la blancura de ese cisne volando en una de las doce historias de amor que María de Francia escribió en verso para que no se olvidaran; eran «lais», canciones cantadas por juglares bretones que ella había oído y pensó que debía contar lo más bellamente que supiera para que siguieran floreciendo, para darles vida. Al leerlos, lo hacemos nosotros, pero también nos regalamos placer y diversión.

Un caballero noble, gallardo y bueno era apreciado por todos, era la mano derecha de su señor. Todas las semanas desaparecía tres días, y nadie sabía adónde iba, ni siquiera su esposa, que lo quería mucho. ¿Cuál era la razón de su ausencia? Es Bisclavret, el hombre lobo. Y su historia nos habla de miedos y de traiciones, pero también de lealtad y de sabiduría. Hacia los años sesenta del siglo XII, María de Francia —no sabemos de ella más que su nombre y su país de origen— escribió su historia: tan bueno y fiel era el lobo como fue y sería el caballero.

Un hermoso azor entra por la estrecha ventana de una torre donde un viejo señor, muy rico y muy celoso, tiene encerrada a su joven y bella esposa, vigilada día y noche por su hermana, una maldita vieja viuda. No la deja salir ni para ir a la iglesia. Un día que la dama estaba pensando en lo feliz que sería si un noble y hermoso caballero la visitara sin que nadie lo viera más que ella, vio la sombra de un gran pájaro en la ventana. Sería el comienzo de su felicidad y de su desdicha.

¿Por qué se llama Fresno una hermosísima muchacha? ¿Cómo recobrará su identidad? ¡Menos mal que guardaba cuidadosamente un anillo y una preciosa mantilla! Pero antes hará una increíble demostración de bondad y generosidad sin saber que esa entrega la iba a salvar de la desventura que la rodeaba ya, aplastándola casi.

¿Qué significa una rama de avellano tallada que está al borde de un camino? La verá la reina Isolda y entenderá muy bien su significado y quién la dejó en tal lugar: «Ni tú sin mí, ni yo sin ti». Supo qué quería decir porque ella era la madreselva, que sólo podía vivir abrazada al avellano.

Un nudo en una camisa que solamente puede deshacer la dama que lo ha hecho y una hebilla de un cinturón herméticamente cerrada porque el único que puede abrirla es el caballero que lo ha regalado son la salvaguarda de dos enamorados a los que acechan siempre los peligros, los insalvables obstáculos. ¿Podrán vencerlos?

Muchos son los misterios, y la niebla del final de un relato no los disipará del todo, porque vemos cómo su protagonista, un hermoso y valiente caballero, sube a la grupa del palafrén de su bellísima dama, y ésta lo lleva a Ávalon, una maravillosa isla secreta y desconocida, donde se dice que fue, por fin, feliz. Hay naves que navegan velozmente sin piloto, pero que saben conducir a su único pasajero a su destino, aunque en esos viajes él y ella lo desconozcan. Y hay aún más maravillas en estos Lais.

Se respetan las normas de la cortesía, se siguen los códigos de relación entre caballeros y damas; pero si alguno de ellos lo rompe, puede que un lobo le arranque la nariz o alguien le corte la cabeza o le esté esperando una cuba de agua hirviendo. La deshonra lo borrará de nuestra memoria, que recuerda la generosidad, la bondad, la entrega y la fidelidad.

Son doce historias de amor, ese sentimiento que arde en las venas y en los tuétanos de los huesos, que aprisiona el alma, pero que también le abre ventanas a paisajes llenos de inmensa felicidad y belleza, horizontes de seiscientos colores.

Oëz, seignurs, ke dit Marie.

Escuchen, lectores, con los ojos lo que María dice. Ella sabe muy bien cómo contar los lais bretones que oyó cantar al son del arpa. Casi nueve siglos después, la voz de la gran escritora nos regala estas doce hermosas historias.

ROSA NAVARRO DURÁN

MARÍA DE FRANCIA

LAIS

~

PRÓLOGO

~

SI DIOS TE HA DADO CONOCIMIENTOS y el don de hablar bien, no debes callar ni ocultarlos, sino mostrarlos. Cuando se oye contar un gran bien es como si floreciera por primera vez, y después, cuando la gente lo alaba, parece que todas sus flores se abren.

Aquel que quiera defenderse de un vicio debe estudiar y emprender un trabajo difícil, así podrá alejarse de él y librarse de un gran daño. Por esta razón comencé a pensar en escribir una buena historia y traducirla del latín a nuestra lengua, pero ¡hay tantos que ya lo han hecho! Luego me acordé de los lais que había oído y no dudé más. Sabía bien que los primeros que los hicieron contaban aventuras que decían que habían sucedido. He oído narrar muchos y no quiero olvidarlos, por ello los puse en verso. ¡A menudo perdí el sueño por llevarlo a cabo!

A quien le interesa un buen asunto le pesa mucho si no está bien tratado. Oigan, señores, lo que dice María, que no se olvida de esto en su tiempo. La gente debe alabar a aquel que procura que hablen bien de él; pero cuando en un país hay un hombre o una mujer de gran talento, los envidiosos critican y quieren rebajar su valía: son como el mal perro cobarde que muerde a traición. No quiero abandonar mi empresa aunque algunos se burlen o hablen mal de mí, ¡están en su derecho!

Les voy a contar brevemente historias verdaderas que los bretones han narrado en sus lais. La primera sucedió en Bretaña la Menor hace mucho tiempo.

GUIGEMAR

~

EN AQUEL TIEMPO REINABA EL REY HOEL, a veces en paz y a veces en guerra. Estaba al frente del señorío de León un barón, Oridial, en quien el rey confiaba mucho porque era noble y valiente. Tenía dos hijos: una hermosa niña llamada Noguent y un apuesto muchacho al que pusieron el nombre de Guigemar. ¡No había en el reino ningún joven más bello que él! Su madre lo quería mucho, y también su padre, y cuando tuvo la edad para ello, lo mandó a servir al rey. Como era prudente y valeroso, todo el mundo lo estimaba. A su tiempo, el rey lo nombró caballero y le dio armas y riquezas.

Guigemar se marchó a Flandes para realizar hazañas que le dieran fama, pues había en esa tierra frecuentes guerras y combates. Ni en Lorena ni en Borgoña, Anjou o Gascuña hubo en ese tiempo ningún caballero que se le pudiera comparar.

Solamente tuvo la naturaleza un fallo con él: no había amado nunca. Muchas doncellas le manifestaron su amor, sin embargo, Guigemar no mostró inclinación alguna hacia ellas. Absolutamente todos los que lo conocían lo daban por perdido en ese campo.

En la flor de su edad regresó a su país para ver a su padre, a su madre y a su hermana, que lo habían echado mucho de menos. Se quedó con ellos un mes entero, me parece.

Un día le entran ganas de ir a cazar, y por la noche avisa a sus caballeros, a sus monteros y ojeadores. De buena mañana se va al bosque; le gusta mucho ese entretenimiento. Encuentran el rastro de un gran ciervo y sueltan los perros; los monteros corren delante, y el joven se va quedando atrás; un paje le lleva el arco, su cuchillo, y va con él su perro de caza.

En la espesura de un gran matorral, ve una cierva con su cervatillo. Era completamente blanca y tenía cuernos de ciervo. Los ladridos del perro la hacen salir de un salto de su escondite. El joven tensa el arco y le dispara. La flecha la alcanza en la frente, y la cierva cae; pero rebota la saeta hacia atrás y se le clava a Guigemar en el muslo con tal fuerza que se lo atraviesa y da en el caballo. Lo obliga a desmontar; el caballero cae bocarriba en la hierba, junto a la cierva herida. El animal gemía de dolor, y de pronto le empieza a hablar:

—¡Ay, desdichada de mí! ¡Muerta estoy! Y tú, vasallo que me heriste, ¡quiero que no encuentres nunca remedio ni en hierba ni en raíces! Que ni médico ni pócima alguna puedan curar nunca la herida que tienes en el muslo. Que sólo pueda hacerlo aquella que sufra por tu amor tan gran pena y dolor como nunca sufrió mujer alguna, y que a ti te pase lo mismo por ella, de forma que todos los enamorados se maravillen del amor de ustedes. ¡Vete de aquí! ¡Déjame morir en paz!

Guigemar está gravemente herido y casi se desmaya por lo que acaba de oír. Empieza a pensar a qué tierra podría ir para que le curen su herida, porque no quiere dejarse morir. Nunca se ha enamorado y, por tanto, no puede pensar en dama alguna para que lo cure. Llama a su criado y le dice:

—Amigo, vete todo lo deprisa que puedas a llamar a mis compañeros, porque tengo que hablar con ellos.

El criado se marcha espoleando su caballo. Él, entre lamentos, con la camisa se venda con fuerza la herida; luego monta y se aleja de allí, pues no quiere que los suyos impidan su marcha. Atraviesa el bosque por un verde camino y, ya en la llanura, ve a lo lejos una montaña cortada en acantilado sobre el mar. Al pie hay un pequeño puerto, y en él está fondeada una nave. Desde lejos ve el mástil y luego su hermosa vela de seda; está muy bien aparejada, perfectamente untada con pez por dentro y por fuera, y las clavijas son de ébano.

El caballero se asombra mucho al verla porque nunca había oído decir que hasta allí pudiera llegar una nave. Con el dolor que siente por la herida le cuesta subir a bordo; pensaba encontrar hombres que lo guiaran, pero dentro no hay nadie. En medio de la nave hay una cama bellamente labrada. Tiene incrustaciones de oro y marfil, y su colcha es de seda con bordados también de oro; su almohada es tal, que quien apoyara la cabeza en ella nunca tendría el cabello cano, y la manta es de marta cibelina, forrada con seda púrpura de Alejandría. En la proa de la nave ve dos candelabros de oro puro —¡valen un tesoro!— con cirios encendidos. Guigemar está maravillado.

Se echa en la cama y descansa, pues le duele mucho la herida. Al rato se levanta, intentando salir de la nave, pero ya no puede porque está en alta mar, navegando velozmente. Sopla buena brisa, viento suave, ¡no puede regresar! No sabe qué hacer, está desolado porque la herida le duele cada vez más. Tiene que enfrentarse a la aventura y pide a Dios que lo proteja, que lo libre de la muerte y lo lleve a buen puerto. Se acuesta en la cama y se queda dormido.

Ya pasó lo más duro, porque antes de que anochezca llegará a una antigua ciudad, la capital de aquel reino, donde lo curarán. El señor que la gobernaba era un hombre muy viejo; estaba casado con una hermosa dama de alta cuna, cortés, generosa y discreta. Era celosísimo porque estaba obsesionado con el peligro de que su mujer lo engañara, ¡ese es el precio que pagan los viejos que se casan con jóvenes hermosas!

La torre del homenaje daba a un jardín rodeado de un grueso y alto muro de mármol verde. La única entrada estaba vigilada noche y día. Por el otro lado daba al mar, y nadie podía entrar o salir si no era en barca. El señor había hecho construir una bella cámara dentro de los muros para tener guardada y vigilada a su esposa, y a la entrada estaba la capilla. Las paredes de la cámara estaban bellamente pintadas; en ellas se veía a Venus mostrando cómo hay que comportarse en el amor: con lealtad y fiel servicio, y se veía también cómo la diosa echaba al fuego los Remedios de amor de Ovidio porque no quería que se siguieran sus enseñanzas.

Allí estaba encerrada la dama, y a su servicio el señor había puesto a una noble doncella, hija de su hermana; las dos se tenían mucho afecto. La acompañaba siempre que él se marchaba, nadie más podía entrar en el recinto. Un viejo sacerdote de barba blanca, eunuco, guardaba la llave de la puerta; él oficiaba para la dama el culto divino.

Ese día, por la tarde, después de dormir la siesta, la dama y su doncella salen al jardín a pasear. Miran hacia abajo, al mar, y ven llegar la nave al puerto con la marea alta, pero no ven a nadie a bordo. La dama quiere huir, tiene miedo y no es extraño que lo tenga; pero la doncella, que es discreta y más atrevida, la tranquiliza. Se dirigen hacia allí muy deprisa. La doncella se quita el manto y entra en la hermosa nave. No encuentra en ella a nadie más que al dormido caballero; lo ve tan pálido que cree que está muerto. Retrocede y sale del barco. Le cuenta a su señora la verdad, que sólo hay en ella un caballero que parece muerto.

—Vayamos allí —le dice la dama—. Si está muerto, pediremos ayuda al cura; si está vivo, nos contará su historia.

Ella entra primero en la nave, seguida por la doncella. Va a ver al caballero dormido, contempla su belleza, la apostura de su cuerpo, y se siente triste por él, por su malograda juventud. Pero al ponerle la mano sobre el pecho, lo nota caliente, y también que el corazón le late. En ese momento el caballero se despierta y la ve; la saluda, está contento porque sabe que llegó a la orilla.

La dama, triste y pensativa, le pregunta cómo ha llegado a su tierra y desde qué país, y si una guerra lo desterró.

—Señora —le contesta—, no es esta la causa de haberme alejado de mi país. Si quieres que te cuente la verdad, lo haré, no te ocultaré nada.

»Nací en Bretaña la Menor. Un día fui a cazar al bosque, herí a una cierva blanca, la flecha rebotó y se me clavó en el muslo de tal forma que creí que nunca iba a curarme la herida. La cierva se quejaba mucho y me habló, me maldijo y juró que sólo una muchacha podría curarme, y no sé dónde puedo encontrarla. Cuando oí mi destino, salí rápidamente del bosque, llegué a un puerto, vi esta nave y entré en ella. ¡Qué locura hice! Al momento, la nave partió llevándome por el mar; no sé adónde llegué ni cómo se llama esta ciudad.

»Hermosa dama, te lo ruego por Dios: dime qué debo hacer, pues no sé adónde ir y no puedo gobernar la nave.

—Buen señor —le dijo ella—, amigo, yo te ayudaré con gusto. Esta ciudad y todo el país son de mi señor; es un hombre rico y de alto linaje, pero muy viejo y terriblemente celoso. Por la fe que te debo, te digo que me tiene encerrada en este recinto que sólo tiene una entrada, y la puerta la guarda un viejo sacerdote. ¡Quiera Dios que un mal fuego lo queme! Estoy encerrada aquí noche y día, y no me atrevo a salir nunca a menos que el cura me deje porque mi señor se lo diga. Aquí tengo mi habitación y mi capilla, sólo me acompaña esta doncella. Si deseas quedarte hasta que tengas fuerzas para viajar, con gusto te daremos alojamiento y te cuidaremos las dos.

Al oír Guigemar estas palabras, dulcemente da las gracias a la dama y acepta su hospitalidad. Se levanta luego con dificultad del lecho, y ellas lo ayudan con gran esfuerzo. La dama lo lleva a su habitación, y las dos lo acuestan en la cama de la muchacha, detrás de un dosel que, a modo de cortina, lo ocultó. Traen después agua en recipientes de oro y le lavan la herida del muslo; le quitan la sangre de alrededor con una bella tela de lino blanco y lo vendan con fuerza. ¡Con qué cariño lo tratan! Cuando les llevaron la comida al anochecer, la doncella se quedó con tal cantidad que hubo suficiente para el caballero. ¡Qué bien comió y bebió!

Pero el Amor lo había herido hondamente, de tal modo que se olvida de su país y de la herida de la otra flecha; su corazón es ya un campo de batalla, suspira con gran angustia: ¡ama tanto a la dama! Le ruega a la doncella que lo cuida que lo deje dormir, y ella se marcha, se va junto a su señora, que arde en el mismo fuego que Guigemar.

El caballero se queda solo y está pensativo y angustiado, y aunque no sabe todavía qué le pasa, de algo está seguro: si la dama no lo cura, morirá sin remedio.

«¡Ay de mí! —se dice—. ¿Qué voy a hacer? Le hablaré, le rogaré que tenga compasión y piedad de este pobre desconsolado. Si rechaza mi súplica y se muestra orgullosa, no me quedará más que morir de dolor o languidecer por este mal todos los días de mi vida.» Y suspira largamente.

Poco después vuelve a pensar en lo mismo y se dice que tiene que sufrir en silencio, pues no puede hacer otra cosa. Pasa toda la noche en vela suspirando y ahogado en dolor. Recuerda una y otra vez las palabras y el rostro de la dama, los ojos claros y la hermosa boca, cuya dulzura le llega al corazón. Entre dientes le pide piedad, ¡por poco no la ha llamado «amiga»! Si hubiera sabido lo que ella sentía y cómo Amor la estaba atormentando, me parece que se hubiera puesto muy contento, y un poco de consuelo le hubiese quitado el dolor que lo había hecho palidecer.